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Las paredes oyen

Chapter 51: Escena IX.
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About This Book

A satirical comedy traces a vain, gossipping gallant whose private slanders against two noblewomen are repeatedly exposed through overheard conversations, misplaced letters, and disguised listeners; as their allies defend them and the women's suspicions grow, the gallant's reputation collapses and he is rejected. The plot unfolds with tight staging and epigrammatic dialogue, balancing comic episodes and moral critique to examine the social harms of rumour, the gap between speech and public reputation, and the corrective force of loyalty and clever contrivances.

ACTO TERCERO.

Escena primera.

Sala en casa de doña Ana.

Doña Ana, Celia, el Duque y don Juan. (Todos como acabaron el segundo acto).

DOÑA ANA.

¿No advertís lo que habéis hecho?

¿Cómo tan despacio estáis?

DUQUE.

Por nosotros no temáis,

quitad el hermoso pecho;

pues con probar la violencia

que intentó aquel caballero;

en nuestro favor espero,

que tendremos la sentencia.

Y por su reputación

le estará más bien callar;

no penséis que ha de tratar

de tomar satisfacción

por justicia un caballero.

¿No veis lo mal que sonara,

que herido se confesara

del brazo vil de un cochero

un tan ilustre señor,

dueño de tantos vasallos?

De estos casos el callallos

es el remedio mejor.

DOÑA ANA.

Siéntome tan obligada

de vuestro valor extraño,

que el temor de vuestro daño

toda me tiene turbada.

DUQUE.

No temáis.

DOÑA ANA.

El pecho fiel

el daño está previniendo.

DUQUE.

Quien pudo herir a don Mendo,

podrá defenderse de él.

CELIA.

(A doña Ana al oído).

En hablar tan cortesanos,

tan valientes en obrar,

mucho dan que sospechar

estos cocheros.

DOÑA ANA.

(A Celia al oído).

Las manos

les mira, que la verdad

nos dirán.

CELIA.

Es gran razón

pagarles la obligación

que tienes a su lealtad,

(Toma las manos al Duque y vuélvese a hablar aparte a doña Ana).

pues por otras manos queda

tu honestidad defendida.

(Aparte las dos).

¡Ay, señora de mi vida!

Blandas son como una seda,

y en llegando cerca, son

sus olores soberanos.

DOÑA ANA.

¿Buen olor y buenas manos?

Clara está la información.

Disimula.

(Don Juan se está escondiendo detrás del Duque).

CELIA.

El otro está

siempre cubierto y callado.

(Va Celia por detrás de todos a coger de cara a don Juan).

Cogerelo descuidado,

pues la aurora alumbra ya,

lo que basta a conocerlo.

DOÑA ANA.

Amigos, puesto que así

os arriesgasteis por mí,

sin obligación de hacerlo,

de esta casa y de mi hacienda

os valed.

DUQUE.

Los pies os beso,

mas yo no paso por eso,

que no es razón que se entienda

que fue sin obligación

el serviros; pues de un modo

se le pone al mundo todo

vuestra rara perfección.

Porque a quien os llega a ver

dais gloria tan sin medida,

que aunque os pague con la vida,

os queda mucho a deber.

CELIA.

(Aparte a don Juan).

Y vos, ¿sois mudo, cochero?

¿De qué estáis triste? Volved;

alzar el rostro, aprended

ánimo del compañero.

¿El que riñó sin temer,

teme sin reñir ahora?

DUQUE.

En vano os cansáis, señora,

que es mudo.

CELIA.

Bien puede ser.

(Aparte).

(Mas yo don Juan de Mendoza

pienso que es... Él es, ¿qué dudo?

El triste se finge mudo

por no perder lo que goza

mientras encubierto está.)

¿Quien dirá, señora, que es

el callado?

DOÑA ANA.

Dilo pues.

CELIA.

¿Quién piensas tú que será?

DOÑA ANA.

No lo sé.

CELIA.

¿Quién puede ser

quien, siendo gran caballero,

quisiese ser tu cochero,

solo por poderte ver?

¿Quién el que con tal valor,

en un lance tan estrecho,

pusiese a la espada el pecho

por asegurar tu honor?

¿Quién, el que en pensar se goza

por tu amor y tu desdén,

sigue enamorado? ¿Quién,

sino don Juan de Mendoza?

DOÑA ANA.

Bien dices, solo él haría

finezas tan extremadas.

CELIA.

Bien merecen ser premiadas.

DOÑA ANA.

Que no las pierde, confía.

DUQUE.

El sol sale, porque vos,

que sol al mundo habéis sido

en tanto que él ha dormido,

reposéis ahora; adiós.

Y así los cielos, que os dan

belleza, os den larga vida,

que no os inquiete la herida

de don Mendo de Guzmán.

(Vase).

Escena II.

Dichos, menos el Duque.

DOÑA ANA.

Tras la ofensa que ha intentado,

no hay por qué inquietarme pueda,

que ni aun la ceniza queda

en mí del amor pasado.

Detén a don Juan, que quiero

hablarle.

CELIA.

A servirte voy.

DOÑA ANA.

Y mientras con él estoy,

entretén al compañero.

CELIA.

Señor cochero fingido,

mi dueño os llama, esperad.

DON JUAN.

Hum...

CELIA.

No hay «Hum», volved y hablad,

que ya os hemos conocido.

(Vase).

Escena III.

Doña Ana y don Juan.

DON JUAN.

¡Eso debo a mi ventura!

DOÑA ANA.

¿Qué es esto, don Juan?

DON JUAN.

Amor.

DOÑA ANA.

Locura, dirás mejor.

DON JUAN.

¿Cuándo amor no fue locura?

DOÑA ANA.

Sí; mas los fines ignoro

de estos disfraces que veo.

DON JUAN.

Así miro a quien deseo,

así sirvo a quien adoro.

DOÑA ANA.

No; traidoras intenciones

encubren estos disfraces.

DON JUAN.

Falsas conjeturas haces,

por negar obligaciones.

DOÑA ANA.

El probarte lo que digo

no es difícil.

DON JUAN.

Ya lo espero.

DOÑA ANA.

¿Quién es ese caballero

y a qué fin viene contigo?

Traer quien me diga amores,

y escucharlos escondido,

¿podrás decir que no ha sido

con pensamientos traidores?

DON JUAN.

¡Cuán lejos del blanco das,

pues si traidores los llamas,

la mayor fineza infamas

que ha hecho el amor jamás!

DOÑA ANA.

Dila pues, que a agradecella,

si no a pagalla, me obligo.

DON JUAN.

Por obedecer la digo,

no por obligar con ella.

Como mi mucha afición

y poco merecimiento

engendró en mi pensamiento

justa desesperación,

vino amor a dar un medio

en desventura tan fiera,

que a mi mal consuelo fuera,

ya que no fuera remedio:

y fue que te alcance quien

te merezca; tu bien quiero,

que el efecto verdadero

es este de querer bien.

A este fin, tus partes bellas

al duque Urbino conté,

si contar posible fue

en el cielo las estrellas;

él, de tu fama movido,

de tu recato obligado,

este disfraz ha ordenado

con que te ha visto y oído.

Y ojalá que conociendo

tu sujeto soberano,

dé, con pretender tu mano,

efecto a lo que pretendo;

que yo, con verte en estado

igual al merecimiento,

al fin quedaré contento,

ya que no quede pagado.

Esta ha sido mi intención,

y si escuchaba escondido,

fue porque el ser conocido

no estorbase la invención.

Que juzgues ahora quiero,

si he merecido o pecado,

pues de puro enamorado

vengo a servir de tercero.

DOÑA ANA.

Tu voluntad agradezco,

pero condeno tu engaño,

que presumes por mi daño

más de mí que yo merezco.

Porque no es a la excelencia

del Duque igual mi valor;

que no engaña el propio amor

donde hay tanta diferencia.

Fue mi padre un caballero

ilustre, mas yo imagino

que pensara honrarle Urbino

si lo hiciera su escudero.

Y así, a tan locos intentos

tus lisonjas no me incitan,

que afrentosos precipitan

los soberbios pensamientos.

DON JUAN.

Mucho, señora, te ofendes,

porque sin tu calidad,

digna es por sí tu beldad

de más bien que en esto emprendes.

No te merece gozar

el Duque, ni el Rey, ni...

DOÑA ANA.

Tente;

la fiebre de amor ardiente

te obliga a desatinar.

Tu amoroso pensamiento

encarece mi valor;

diérasle al Duque tu amor,

que yo le diera tu intento.

DON JUAN.

¿Quien podrá quererte menos,

en viendo tu perfección?

DOÑA ANA.

Al fin, por tu corazón

quieres juzgar los ajenos;

y es engaño conocido,

que si el tuyo por mí muere,

no con una flecha hiere

todos los pechos Cupido;

y aunque el Duque tenga amor,

galán querrá ser, don Juan,

y honra más que un rey galán,

un marido labrador;

y aunque en el Duque es forzosa

la ventaja que le doy,

grande para dama soy

si pequeña para esposa.

DON JUAN.

Nadie con tal pensamiento

ofende tu calidad.

DOÑA ANA.

De mi consejo, dejad

de terciar en ese intento;

porque mayor esperanza

puede al fin tener de mí,

quien pretende para sí,

que quien para otro alcanza.

(Vase).

Escena IV.

Don Juan, y después Beltrán.

DON JUAN.

¿Posible es que tal favor

merecieron mis oídos?

¡Dichosos males sufridos!

¡Dulces victorias de amor!

Que tendrá más esperanza,

dijo, si bien lo entendí,

quien pretende para sí,

que quien para otro alcanza.

Que la pretenda mi amor

me aconseja claramente,

y la mujer que consiente

ser amada, hace favor.

BELTRÁN.

Mira que el Duque te espera,

y no el padre de Faetón,

que a publicar tu intención,

apresura su carrera.

DON JUAN.

En cas de mi amada bella

son los años puntos breves.

BELTRÁN.

En la taberna no bebes,

pero te huelgas en ella.

DON JUAN.

Bien lo entiendes.

BELTRÁN.

Alegría

vierten tus ojos, señor.

DON JUAN.

Hacen fiestas a un favor.

BELTRÁN.

Mucho alcanza la porfía.

Escena V.

Dichos y Celia.

DON JUAN.

Celia, amiga, Dios te guarde.

CELIA.

Y te dé el bien que deseas.

DON JUAN.

Como de mi parte seas,

no hay ventura que no aguarde.

CELIA.

Si en mi mano hubiera sido,

tu dicha fuera la mía;

mas, don Juan, sirve y porfía,

que no va tu amor perdido.

(Vase don Juan).

Escena VI.

Celia y Beltrán.

BELTRÁN.

¿Y a mí me aprovecharía

el servir como a mi amo?

CELIA.

¿Pues amas también?

BELTRÁN.

Yo amo

por solo hacer compañía.

Escena VII.

Dichos y doña Ana.

DOÑA ANA.

Celia está con el criado

de don Juan, y no sosiego

hasta hablarle; ya está el fuego

en mi pecho declarado.

CELIA.

Mi señora.

BELTRÁN.

Voyme.

DOÑA ANA.

Hidalgo,

volved. ¿Quién sois?

BELTRÁN.

Soy Beltrán,

un criado de don Juan

de Mendoza.

DOÑA ANA.

¿Queréis algo?

BELTRÁN.

Servirte solo quisiera;

aquí a Celia le decía

que amo por compañía.

DOÑA ANA.

No es conclusión verdadera.

¿Satirizas?

BELTRÁN.

No conviene,

que eso puede solo hacer,

quien no tiene que perder,

o que le digan no tiene.

Pero yo, ¿cómo querías

que predique, sin ser santo?

¿Qué faltas diré, si hay tanto

que remediar en las mías?

DOÑA ANA.

Tu gusto desacreditas

con esa cuerda intención,

porque a la conversación

la mejor salsa le quitas.

BELTRÁN.

Si ella es salsa, es muy costosa,

señora; que bien mirado,

ni hay más inútil pecado,

ni salsa más peligrosa.

Después que uno ha dicho mal,

¿saca de hacerlo algún bien?

Los que le escuchan más bien,

esos lo quieren más mal;

que cada cual entre sí

dice, oyendo al maldiciente:

«Este, cuando yo me ausente,

lo mismo dirá de mí».

Pues si aquel de quien murmura

lo sabe, que es fácil cosa,

¿qué mesa tiene gustosa?,

¿qué cama tiene segura?

Viciosos hay de mil modos,

que no aborrecen la gente,

y solo del maldiciente

huyen con cuidado todos.

Del malo más pertinaz

lastima la desventura,

solamente al que murmura

lleva el diablo en haz y en paz.

En la corte hay un señor,

que muchas veces oí

(Aparte),

(esto encaja bien aquí

para quitarle el amor),

que está malquisto de modo,

por vicioso en murmurar,

que si lo vieran quemar

diera leña el pueblo todo.

¿No conoces a don Mendo

de Guzmán?

DOÑA ANA.

Beltrán, detente.

El vicio del maldiciente

has estado maldiciendo,

¿y con tal desenvoltura

de don Mendo has murmurado?

BELTRÁN.

Pienso que es exceptuado

murmurar del que murmura;

dicen que el que hurta al ladrón

gana perdones, señora.

DOÑA ANA.

Dicen mal. Vete en buen hora.

BELTRÁN.

Da a mi ignorancia perdón,

si acaso te he disgustado.

(Aparte).

(Mal disimula quien ama.)

(Vase).

Escena VIII.

Doña Ana y Celia.

CELIA.

Apagado se ha la llama,

mas mucha brasa ha quedado

pues su ofensa te ofendió.

Sin duda que en tu memoria

ha borrado amor la historia

que esta noche te pasó.

DOÑA ANA.

Celia, ten; cierra los labios,

mira que mi honor ofendes,

cuando de mi pecho entiendes

que olvida así sus agravios.

No los males he olvidado,

que ha dicho de mí don Mendo;

la infame hazaña estoy viendo

que hoy en el campo ha intentado,

en que claramente veo,

pues tan poco me estimaba,

que engañoso procuraba

solo cumplir su deseo.

Conque ya en mi pensamiento

no solo el fuego apagué,

pero cuanto el amor fue

es el aborrecimiento.

Mas esto no da licencia

para que un bajo criado

de hombre tan calificado

hable mal en mi presencia;

que no por la enemistad

que entre dos nobles empieza,

pierden ellos la nobleza,

ni el villano la humildad.

Esto, Celia, me ha obligado

a indignarme con Beltrán,

que no porque ya don Juan

no esté solo en mi cuidado.

CELIA.

¿Al fin su fe te ha vencido?

DOÑA ANA.

Con lo que anoche pasó,

cuanto don Mendo bajó,

él en mi rueda ha subido.

CELIA.

¿Declarástele tu amor?

DOÑA ANA.

¿Tan liviana me has hallado?

¿No basta haberle mostrado

resplandores de favor?

CELIA.

¡Liviana dices, después

de dos años que por ti

ha andado fuera de sí!

Bien parece que no ves

lo que en las comedias hacen

las infantas de León.

DOÑA ANA.

¿Cómo?

CELIA.

Con tal condición

o con tal desdicha nacen,

que en viendo un hombre, al momento

le ruegan, y mudan traje,

y sirviéndole de paje,

van con las piernas al viento.

Pues tú, que obligada estás

de tanto tiempo y fe tanta,

si bien señora, no infanta,

honestamente podrás

decirle tu voluntad

con prevenciones discretas,

sin temer que a los poetas

les parezca impropiedad.

DOÑA ANA.

¿Poco a poco no es mejor?

CELIA.

¿Tú quiéreslo?

DOÑA ANA.

Celia, sí.

CELIA.

¿Sabes que él muere por ti?

DOÑA ANA.

Bien cierta estoy de su amor.

CELIA.

Pues cuando de esa verdad

hay certidumbre, yo hallo

más crueldad con dilatallo,

que en decillo liviandad;

que el tiempo sirve de dar

del amor información,

y es necia la dilación,

si no queda que probar.

DOÑA ANA.

El sujetarme es forzoso,

Celia, a tu agudeza extraña.

CELIA.

Es verdad que es poca hazaña

persuadir a un deseoso.

(Vanse).

Escena IX.

Sala en casa de don Mendo.

Don Mendo con banda, sin espada, y el Conde.

DON MENDO.

Mis cocheros me han vendido,

dijo mi enemiga apenas,

cuando en espadas y dagas

truecan azotes y riendas,

y como animosos, mudos,

indicio de su fiereza,

que da el valor a los pechos

lo que les quita las lenguas,

embistieron dos a dos

con tal ímpetu y violencia,

que pensé, viendo el exceso

de su valor y sus fuerzas,

que transformado en cochero,

Jove, por mi ingrata bella

vibraba rayos ardientes

para vengar sus ofensas;

porque sus valientes golpes

eran tantos, que no suenan

en la fragua de Vulcano

los martillos tan apriesa.

Al fin, primo, (que a vos solo

puedo confesar mi afrenta),

la espada de un hombre humilde

pudo herirme en la cabeza;

y tanta sangre corría,

con ser la herida pequeña,

que cegándome los ojos

puso fin a la pendencia.

Volví a curarme a Alcalá,

que estaba a cuarto de legua,

más con rabia de la causa,

que del efecto con pena.

Esto ha podido en doña Ana

una mal fundada queja,

y este es el premio que traigo

de celebrarla en las fiestas.

CONDE.

¡Hay suceso más extraño!

¿Y habéis sabido quién eran

cocheros tan valerosos?

DON MENDO.

Como se va con cautela

procurando, por mi honor,

que el suceso no se sepa,

no es averiguarlo fácil;

mas yo tengo una sospecha,

que siempre estas viudas mozas,

hipócritas y santeras,

tienen galanes humildes,

para que nadie lo entienda.

Tal valor en un cochero

los celos no más lo engendran,

que nunca así por leales

los hombres bajos se arriesgan.

Esto se viene rodado,

que si no, no lo dijera,

que ya sabéis que no suelo

meterme en vidas ajenas.

CONDE.

(Aparte).

(¡Así tengas la salud!)

No vengo en esa sospecha.

El enojo os precipita

contra tan honradas prendas;

y no es justo hablar así

de quien puede ser que sea

vuestra esposa.

DON MENDO.

Ya he perdido

la esperanza y la paciencia.

CONDE.

¿Tan presto?

DON MENDO.

Volverme quiero

a mi constante Lucrecia.

CONDE.

(Aparte).

(¡Malas nuevas te dé Dios!)

Indicios dais de flaqueza.

Si doña Ana está engañada,

procurad satisfacerla.

DON MENDO.

Niega a mi voz los oídos.

CONDE.

Entrad y habladle por fuerza,

porque quien el dueño ha sido,

siempre tiene esa licencia

mientras no se satisface

de que es la mudanza cierta.

Quizá enojada os castiga,

y no os despide resuelta;

o decid vuestras disculpas

en un papel.

DON MENDO.

Yo lo hiciera

si hubiera de recibirlo.

CONDE.

Yo me obligo a que lo lea.

DON MENDO.

¿Cómo?

CONDE.

Dádmelo, que yo

lo pondré en sus manos mesmas.

DON MENDO.

Al punto voy a escribirlo.

(Vase).

Escena X.

El Conde.

CONDE.

(Aparte).

Y yo a pedir a Lucrecia

que me cumpla su palabra,

pues ha visto sus ofensas;

que pues con doña Ana vino

de Alcalá en un coche, es fuerza

que viera lo que ha contado,

y su desengaño viera;

y este papel ha de ver,

para que negar no pueda;

que modo habrá de excusarme,

cuando don Mendo lo sepa

y consiga yo mi intento,

suceda lo que suceda;

que no mira inconvenientes

el que ciega amor de veras.

(Vase).