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Las paredes oyen

Chapter 55: Escena XIII.
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About This Book

A satirical comedy traces a vain, gossipping gallant whose private slanders against two noblewomen are repeatedly exposed through overheard conversations, misplaced letters, and disguised listeners; as their allies defend them and the women's suspicions grow, the gallant's reputation collapses and he is rejected. The plot unfolds with tight staging and epigrammatic dialogue, balancing comic episodes and moral critique to examine the social harms of rumour, the gap between speech and public reputation, and the corrective force of loyalty and clever contrivances.

Escena XI.

Don Juan y Beltrán.

BELTRÁN.

¿Qué, llegó el tiempo?

DON JUAN.

Llegó

el fin de las ansias mías.

BELTRÁN.

¡Gracias a Dios, que en mis días

un milagro sucedió!

¿Que a doña Ana le das pena?

¿Que olvida al Guzmán Narciso?

Este es el tiempo que quiso

ver el Marqués de Villena.

Es verdad que de cada año

lo mismo decir he oído;

pero viene aquí nacido

con suceso tan extraño.

¿Que te quiere bien?

DON JUAN.

Sin duda.

Ya lo dijo claramente,

y un ángel, Beltrán, no miente.

BELTRÁN.

Todo, en efecto, se muda,

pues algún tiempo averiguo,

que fue ya la calva hermosa:

jamás el tiempo reposa.

¿No dice un romance antiguo:

«Por mayo era por mayo,

cuando los grandes calores,

cuando los enamorados

a sus damas llevan flores?».

Pues ves aquí se ha pasado

a septiembre ya el calor;

pero sospecho, señor,

que tú también te has mudado.

¿De qué tal melancolía

te ha cargado en un instante?

Tahúr parece el amante,

pues no dura su alegría.

Pero advierte que es flaqueza.

DON JUAN.

Déjame con mi aflicción.

BELTRÁN.

¿Ello importa a la invención,

señor? Pues va de tristeza.

DON JUAN.

Beltrán, la mudanza mía,

en mudarse todo está,

que también se mudará

la causa de mi alegría.

Que adora así su beldad

el duque Urbino, que creo

que, por lograr su deseo,

perderá la libertad.

BELTRÁN.

¿Que se case temes?

DON JUAN.

Sí.

BELTRÁN.

Pues si tu querida alcanza

de vista aquesa esperanza,

bien pueden doblar por ti;

que por llamarse excelencia,

¿qué no hará una mujer?

DON JUAN.

Eso me obliga a perder

la esperanza y la paciencia.

BELTRÁN.

Pues el remedio, señor.

DON JUAN.

Dilo tú, si alguno ves.

BELTRÁN.

Si él ama así, no lo es

el declararle tu amor.

Mas pues que tu amada bella

contigo está declarada,

antes que él la persuada,

cásate, señor, con ella.

DON JUAN.

¿Cómo la podré obligar

tan brevemente?

BELTRÁN.

Fingiendo

que la herida de don Mendo

se ha sabido en el lugar,

y con esto el vulgo toca

en la opinión de doña Ana,

que tengo por cosa llana,

que por taparle la boca,

si se ha de determinar

tarde, que quiera temprano

darte de esposa la mano;

con esto puedes mostrar

un desconfiado pecho

con recelos de su fe,

porque la mano te dé

para verte satisfecho.

Que pues dice claramente

que te quiere, y tú la quieres,

o ha de hacer lo que quisieres,

o ha de confesar que miente.

DON JUAN.

Al jardín irá esta tarde,

allí la tengo de ver,

y seguir tu parecer.

BELTRÁN.

Nunca ha vencido el cobarde.

El Duque es este.

Escena XII.

Dichos, el Duque y Fabio.

DON JUAN.

¿Señor?

DUQUE.

Don Juan, amigo, yo muero.

DON JUAN.

¿Cómo?

DUQUE.

En un combate fiero

de celos, desdén y amor.

Al ingrato como bello

ángel que adoro, escribí

hoy un papel.

DON JUAN.

(Aparte).

¡Ay de mí!

DUQUE.

Y no ha querido leello.

DON JUAN.

(Aparte).

(El alma al cuerpo me ha vuelto.)

¿Pues cómo tanto rigor?

DUQUE.

Nacido es de ajeno amor

un disfavor tan resuelto.

DON JUAN.

Yo a ser amada atribuyo

el mostrarse tan ingrata.

DUQUE.

Cuando el efecto me mata,

sobre la causa no arguyo.

Lo que es cierto, es que yo muero;

vos, don Juan, me aconsejad.

DON JUAN.

De tan resuelta crueldad

la mudanza desespero.

Dejarlo es mi parecer,

antes que crezca el amor.

DUQUE.

Ya no puede ser mayor.

DON JUAN.

Pues amad y padeced.

Escena XIII.

Dichos y Marcelo, criado del Duque.

MARCELO.

¿Puedo hablarte?

DUQUE.

Sí, Marcelo.

MARCELO.

Dame albricias.

DUQUE.

Tu tardanza

me mata.

MARCELO.

Ya tu esperanza

ha hallado puerta en tu cielo.

Hoy va tu dueño crüel

al jardín, y un escudero

(que esto ha podido el dinero)

quiere darte entrada en él.

DUQUE.

Abrázame.

BELTRÁN.

¡Qué doblones!

DUQUE.

¿No iréis conmigo, don Juan?

DON JUAN.

Señor, los que solos van

gozan bien las ocasiones.

DUQUE.

Bien decís; vedme después

que se esconda el sol dorado,

sabréis lo que me ha pasado.

(Vase).

DON JUAN.

¡Mal haya el vil interés,

por quién ni honor ni opinión

podemos asegurar!

BELTRÁN.

Lo que importa es madrugar

y hurtarle la bendición.

(Vanse).

Escena XIV.

Decoración de jardín.

El Conde y doña Lucrecia.

CONDE.

¿Negarás, señora mía,

la palabra que me diste?

DOÑA LUCRECIA.

Yo no la niego.

CONDE.

¿Y que viste,

cuando doña Ana venía

de Alcalá, tu desengaño?

DOÑA LUCRECIA.

Eso tampoco te niego;

mas aunque se apagó el fuego

quedan reliquias del daño.

CONDE.

Pues porque arrojes del pecho

las cenizas que han quedado,

mira el papel que me ha dado

don Mendo, de amor deshecho,

para aplacar el rigor

de doña Ana de Contreras.

Si más agravios esperas,

será bajeza y no amor.

(Dale un papel y lee Lucrecia).

DOÑA LUCRECIA.

«El que sin oír condena,

oyendo ha de condenar;

y esto me obliga a pensar

que es sin remedio mi pena.

Ya que el cielo así lo ordena,

dadme solo un rato oído,

que si culpado lo pido,

para más pena ha de ser,

si no que os dañe saber

que jamás os he ofendido».

CONDE.

¿Conoces la letra?

DOÑA LUCRECIA.

Sí.

CONDE.

¿Ves tu engaño?

DOÑA LUCRECIA.

Ya lo veo,

Conde, y pagarte deseo

lo que padeces por mí;

que demás de que premiarte

es justo tan firme fe,

gusto a mi padre daré,

que es en esto de tu parte.

Hazme gusto de esconderte

por el jardín, no te vea

mi prima.

CONDE.

El alma desea

por gloria el obedecerte.

(Vase).

Escena XV.

Doña Lucrecia, doña Ana y Celia.

CELIA.

¿Que de esa manera estás?

DOÑA ANA.

Después que estoy declarada,

cuanto más resistí helada,

tanto voy ardiendo más.

¡Quién detrás de este arrayán

súbitamente lo hallara!

CELIA.

¡Ay, Celia, y qué mala cara,

y mal talle de don Juan!

¿Ves lo que en un hombre vale

el buen trato y condición?

DOÑA ANA.

Tanto, que ya en mi opinión

no hay Narciso que le iguale.

Prima, ¿qué es eso que lees?

DOÑA LUCRECIA.

Un billete de don Mendo,

y mostrártelo pretendo,

por si sus promesas crees.

DOÑA ANA.

Ni le escucho, ni le creo,

bien puedes vivir segura.

DOÑA LUCRECIA.

(Da el papel a doña Ana, y ella se pone a leerlo).

¡No le dé Dios más ventura,

de la que yo le deseo!

Solo pretendo que dél

entiendas lo que te quiere.

(Aparte).

Harele el mal que pudiere

pues da ocasión el papel.

Escena XVI.

Dichos y don Juan.

CELIA.

Llega atrevido y dichoso.

(Don Juan que se llega por un lado a doña Ana).

DON JUAN.

(Aparte).

(Un papel está leyendo,

y la letra es de don Mendo.)

¿Tendrá licencia un celoso,

a quien tu dueño has llamado

para ver ese papel?

DOÑA ANA.

Don Juan, si ha nacido dél

ese celoso cuidado,

pide licencia primero

a mi prima, y lo verás.

DON JUAN.

¿Luego licencia me das

de decirle que te quiero?

DOÑA ANA.

Sí, que este es lance forzoso,

puesto que el alma te adora.

DON JUAN.

Dadme licencia, señora,

por amante, o por celoso,

para ver este papel.

DOÑA LUCRECIA.

Mi gusto en doña Ana vive.

DOÑA ANA.

Ahora sabe que escribe

don Mendo a Lucrecia en él.

DON JUAN.

¿Don Mendo a Lucrecia?

DOÑA ANA.

Sí;

decirlo puede mi prima.

DON JUAN.

Si tanto tu gusto estima,

más que eso dirá por ti.

Pero aquí el mismo papel

es bien que el testigo sea.

DOÑA LUCRECIA.

Satisfacerme desea,

y audiencia me pide en él.

(Toma don Juan el papel y lee).

DON JUAN.

«El que sin oír condena,

oyendo ha de condenar,

y esto me obliga a pensar,

que es sin remedio mi pena:

ya que el cielo así lo ordena

dadme solo un rato oído,

que si culpado lo pido,

para más pena ha de ser,

sino que os dañe saber

que jamás os he ofendido».

(Prosigue don Juan).

Doña Ana, ¿qué te ha obligado

a pretenderme a engañar?

¿Qué te puedo yo importar

no querido y engañado?

A ti vienen dirigidas

las razones que he leído,

que sobre lo sucedido

son palabras conocidas.

DOÑA ANA.

Cuando a mí venga el papel,

¿da gracia de algún favor,

o quejas de mi rigor?

Luego te obligo con él.

DON JUAN.

Mejor modo de obligar

fuera no haberlo leído,

que quien escucha ofendido,

no huye de perdonar.

¿Ajeno papel recibes

cuando mía te has nombrado?

O poco me has estimado,

o livianamente vives.

De donde he ya conocido

que vivir me está más bien

desdichado en tu desdén

que en tu favor ofendido.

Yo me iré, donde jamás

pueda otra vez engañarme

tu favor.

DOÑA ANA.

¿Quieres matarme,

señor?

DON JUAN.

Suelta.

DOÑA ANA.

No te irás

sin oírme. Prima mía,

ayúdamele a tener.

DON JUAN.

Soltad.

DOÑA LUCRECIA.

Ya es esto perder

la debida cortesía.

CELIA.

Don Mendo está en el jardín.

DOÑA ANA.

¿Don Mendo?

CELIA.

Por fuerza ha entrado.

DOÑA ANA.

A coyuntura ha llegado

que daré a tus celos fin.

Los dos tras ese arrayán

os entrad, donde escondidos

los ojos y los oídos

satisfacción os darán.

DON JUAN.

Sola tu mano ha de ser

quien me tenga satisfecho.

DOÑA ANA.

Señor eres ya del pecho;

poco te queda que hacer.

(Escóndense don Juan y doña Lucrecia).

Escena XVII.

Dichos y don Mendo.

DON MENDO.

Ni quiero que me perdones,

ni volver quiero a tu gracia,

y si tal pidiere, cierra

el oído a mis palabras.

Mis descargos solamente

quiero que escuches, doña Ana,

por volver por mi opinión,

no por culpar tu mudanza.

Si al duque Urbino de ti

dije una noche mil faltas,

fue temor de que en su pecho

engendrase amor tu fama;

porque don Juan de Mendoza

contaba tus alabanzas,

y a la pólvora de un mozo

la menor centella basta.

A tu prima le escribí

mil agravios por tu causa,

desengañando su amor

y encareciendo tus gracias.

Si ella te ha dicho otra cosa,

presto verás que te engaña,

que el traslado traigo aquí;

oye sus mismas palabras:

(Lee):

«Tu sentimiento encareces

sin escuchar mis disculpas:

cuanto sin razón me culpas,

tanto con razón padeces.

Verás cómo la pasión

si miras lo que mereces,

te obliga a que sin razón

agravies en tu locura,

con las dudas, la hermosura,

con los celos, la elección.

Lucrecia, de ti a doña Ana

ventaja hay más conocida

que de la muerte a la vida,

de la noche a la mañana.

¿Quién a la hermosa Diana

trocará por una estrella?

Deja la injusta querella,

desengaña tus enojos,

que tengo una alma y dos ojos

para escoger la más bella».

(Prosigue).

Mira si más claramente,

pude yo desengañarla;

si ella lo entendió al revés,

en mí no estuvo la falta.

Que quise en el campo usar

de fuerza, dirás. ¡Ah, ingrata!

Como a esposa lo intenté,

si te ofendí como a extraña;

y delinquir en el campo

no fue mucho, si llevaba

anticipado el castigo

con mil flechas en el alma.

Tus quejas y mis disculpas

estas son, la furia amansa,

huya de tu hermoso cielo

la nube de mi desgracia;

que el cielo, el aire, la tierra

son testigos de mis ansias;

no hay quien dude mis verdades

sino tú, que eres la causa.

Esta es mi mano de esposo,

y con disculpa tan clara,

o no niegues mi firmeza,

o confiesa tu mudanza.

DOÑA LUCRECIA.

Aquí se casan sin duda.

DON JUAN.

Aquí sin duda se casan.

¿Saldré, Celia?

CELIA.

No la enojes,

cuando te importa obligalla.

Escena XVIII.

Dichos, el Duque con un escudero, y quédanse al paño.

ESCUDERO.

De aquí podéis aguardar

a que don Mendo se vaya.

DOÑA ANA.

Don Mendo, yo te confieso

que tu descargo es muy llano,

y que con darme la mano,

puede cerrarse el proceso;

pero tu intento no tiene

remedio: ya me has perdido,

y resuelto el ofendido,

tarde la disculpa viene.

Digo que fue la intención

con que hablaste mal de mí

al Duque, querer así

librarme de su afición;

mas fue público el hablar,

la intención oculta fue,

si por lo escrito juzgué,

no te me puedes quejar;

y ahora te desengaña

de cuán malo es hablar mal,

pues con ser la causa tal,

y el fin tan bueno, te daña.

Por el mal medio condeno

el buen fin; todo lo igualo,

en que verás que lo malo

aun para buen fin no es bueno.

Tu lengua te condenó

sin remedio a mi desdén;

a toda ley, hablar bien,

que a nadie jamás dañó.

Con esto si eres discreto,

mudar intento podrás.

DON MENDO.

¿Resuelta, en efecto, estás?

DOÑA ANA.

Resuelta estoy en efeto.

DON MENDO.

Mira lo que dices.

DOÑA ANA.

Digo

que es vana tu presunción,

porque esta, resolución

es, don Mendo, no castigo.

DON MENDO.

Ya lo que dice de ti

la fama creer es justo,

que informa de tu mal gusto

el aborrecerme a mí.

Del cochero que me hirió

se habla mal, y mal sospecho,

que tal brío en bajo pecho

de tus favores nació.

DOÑA ANA.

Tente, no me digas más,

yo estorbaré mis afrentas:

por donde obligarme intentas

del todo me perderás.

El cochero que te hirió,

don Mendo, mostrarte quiero.

Bien podéis salir, cochero.

(Salen al teatro, y empuñan todos las espadas).

DON JUAN.

Yo soy el cochero.

DUQUE.

Y yo.

DOÑA ANA.

Caballeros, deteneos,

que a mí ese daño me hacéis.

DUQUE.

Basta que vos lo mandéis.

DON JUAN.

Serviros son mis deseos.

DOÑA ANA.

Estos los cocheros son,

por quien mi opinión se infama;

y por quitar a la fama

de mi afrenta la ocasión,

le doy la mano de esposa

a don Juan.

(Danse las manos).

DON JUAN.

Y yo os la doy.

CELIA.

¡Buena pascua!

BELTRÁN.

¡Loco estoy!

DUQUE.

Vuestra amistad engañosa

castigaré.

(Empuña el Duque contra don Juan).

DON JUAN.

Deteneos,

que yo nunca os engañé;

recato y no engaño fue

encubriros mis deseos;

que si os queréis acordar,

solo os tercié para verla,

y en empezando a quererla,

os dejé de acompañar.

DOÑA ANA.

Y en fin, si bien lo miráis,

el dueño fui de mi mano,

y sobre mi gusto en vano

sin mi gusto disputáis.

A don Juan la mano di,

porque me obligó diciendo

bien de mí, lo que don Mendo

perdió, hablando mal de mí.

Este es mi gusto, si bien

misterio del cielo ha sido,

con que mostrar ha querido

cuanto vale el hablar bien.

DON MENDO.

Antes sospecho que fue

pena del loco rigor,

con que por ti el firme amor

de tu prima desprecié;

mas con llorar mi mudanza

y gozar su mano bella

estorbaré su querella,

y mi engaño, y tu venganza.

DOÑA LUCRECIA.

¿Quién os dijo que sustenta

hasta ahora el alma mía

vuestra memoria?

BELTRÁN.

Él hacía

sin la huéspeda la cuenta.

DOÑA LUCRECIA.

Vos hablasteis, pretendiendo

a doña Ana, mal de mí.

DON MENDO.

¡Yo a doña Ana mal de ti!

DOÑA LUCRECIA.

Las paredes oyen, Mendo.

Mas puesto que en vos es tal

la imprudencia, que queréis

ser mi esposo, cuando habéis

hablado de mí tan mal,

yo no pienso ser tan necia,

que esposa pretenda ser,

de quien quiere por mujer

a la misma que desprecia;

y porque con la esperanza

el castigo no aliviéis,

lo que por falso perdéis,

el Conde por firme alcanza.

Vuestra soy.

(Da la mano al Conde).

DON MENDO.

¡Todo lo pierdo!

¿Para qué quiero la vida?

CONDE.

Júzgala también perdida,

si en hablar no eres más cuerdo.

BELTRÁN.

Y pues este ejemplo ven,

suplico a vuesas mercedes

miren que OYEN LAS PAREDES;

y a toda ley, hablar bien.

F I N.