Escena XI.
Don Juan y Beltrán.
BELTRÁN.
¿Qué, llegó el tiempo?
DON JUAN.
Llegó
el fin de las ansias mías.
BELTRÁN.
¡Gracias a Dios, que en mis días
un milagro sucedió!
¿Que a doña Ana le das pena?
¿Que olvida al Guzmán Narciso?
Este es el tiempo que quiso
ver el Marqués de Villena.
Es verdad que de cada año
lo mismo decir he oído;
pero viene aquí nacido
con suceso tan extraño.
¿Que te quiere bien?
DON JUAN.
Sin duda.
Ya lo dijo claramente,
y un ángel, Beltrán, no miente.
BELTRÁN.
Todo, en efecto, se muda,
pues algún tiempo averiguo,
que fue ya la calva hermosa:
jamás el tiempo reposa.
¿No dice un romance antiguo:
«Por mayo era por mayo,
cuando los grandes calores,
cuando los enamorados
a sus damas llevan flores?».
Pues ves aquí se ha pasado
a septiembre ya el calor;
pero sospecho, señor,
que tú también te has mudado.
¿De qué tal melancolía
te ha cargado en un instante?
Tahúr parece el amante,
pues no dura su alegría.
Pero advierte que es flaqueza.
DON JUAN.
Déjame con mi aflicción.
BELTRÁN.
¿Ello importa a la invención,
señor? Pues va de tristeza.
DON JUAN.
Beltrán, la mudanza mía,
en mudarse todo está,
que también se mudará
la causa de mi alegría.
Que adora así su beldad
el duque Urbino, que creo
que, por lograr su deseo,
perderá la libertad.
BELTRÁN.
¿Que se case temes?
DON JUAN.
Sí.
BELTRÁN.
Pues si tu querida alcanza
de vista aquesa esperanza,
bien pueden doblar por ti;
que por llamarse excelencia,
¿qué no hará una mujer?
DON JUAN.
Eso me obliga a perder
la esperanza y la paciencia.
BELTRÁN.
Pues el remedio, señor.
DON JUAN.
Dilo tú, si alguno ves.
BELTRÁN.
Si él ama así, no lo es
el declararle tu amor.
Mas pues que tu amada bella
contigo está declarada,
antes que él la persuada,
cásate, señor, con ella.
DON JUAN.
¿Cómo la podré obligar
tan brevemente?
BELTRÁN.
Fingiendo
que la herida de don Mendo
se ha sabido en el lugar,
y con esto el vulgo toca
en la opinión de doña Ana,
que tengo por cosa llana,
que por taparle la boca,
si se ha de determinar
tarde, que quiera temprano
darte de esposa la mano;
con esto puedes mostrar
un desconfiado pecho
con recelos de su fe,
porque la mano te dé
para verte satisfecho.
Que pues dice claramente
que te quiere, y tú la quieres,
o ha de hacer lo que quisieres,
o ha de confesar que miente.
DON JUAN.
Al jardín irá esta tarde,
allí la tengo de ver,
y seguir tu parecer.
BELTRÁN.
Nunca ha vencido el cobarde.
El Duque es este.
Escena XII.
Dichos, el Duque y Fabio.
DON JUAN.
¿Señor?
DUQUE.
Don Juan, amigo, yo muero.
DON JUAN.
¿Cómo?
DUQUE.
En un combate fiero
de celos, desdén y amor.
Al ingrato como bello
ángel que adoro, escribí
hoy un papel.
DON JUAN.
(Aparte).
¡Ay de mí!
DUQUE.
Y no ha querido leello.
DON JUAN.
(Aparte).
(El alma al cuerpo me ha vuelto.)
¿Pues cómo tanto rigor?
DUQUE.
Nacido es de ajeno amor
un disfavor tan resuelto.
DON JUAN.
Yo a ser amada atribuyo
el mostrarse tan ingrata.
DUQUE.
Cuando el efecto me mata,
sobre la causa no arguyo.
Lo que es cierto, es que yo muero;
vos, don Juan, me aconsejad.
DON JUAN.
De tan resuelta crueldad
la mudanza desespero.
Dejarlo es mi parecer,
antes que crezca el amor.
DUQUE.
Ya no puede ser mayor.
DON JUAN.
Pues amad y padeced.
Escena XIII.
Dichos y Marcelo, criado del Duque.
MARCELO.
¿Puedo hablarte?
DUQUE.
Sí, Marcelo.
MARCELO.
Dame albricias.
DUQUE.
Tu tardanza
me mata.
MARCELO.
Ya tu esperanza
ha hallado puerta en tu cielo.
Hoy va tu dueño crüel
al jardín, y un escudero
(que esto ha podido el dinero)
quiere darte entrada en él.
DUQUE.
Abrázame.
BELTRÁN.
¡Qué doblones!
DUQUE.
¿No iréis conmigo, don Juan?
DON JUAN.
Señor, los que solos van
gozan bien las ocasiones.
DUQUE.
Bien decís; vedme después
que se esconda el sol dorado,
sabréis lo que me ha pasado.
(Vase).
DON JUAN.
¡Mal haya el vil interés,
por quién ni honor ni opinión
podemos asegurar!
BELTRÁN.
Lo que importa es madrugar
y hurtarle la bendición.
(Vanse).
Escena XIV.
Decoración de jardín.
El Conde y doña Lucrecia.
CONDE.
¿Negarás, señora mía,
la palabra que me diste?
DOÑA LUCRECIA.
Yo no la niego.
CONDE.
¿Y que viste,
cuando doña Ana venía
de Alcalá, tu desengaño?
DOÑA LUCRECIA.
Eso tampoco te niego;
mas aunque se apagó el fuego
quedan reliquias del daño.
CONDE.
Pues porque arrojes del pecho
las cenizas que han quedado,
mira el papel que me ha dado
don Mendo, de amor deshecho,
para aplacar el rigor
de doña Ana de Contreras.
Si más agravios esperas,
será bajeza y no amor.
(Dale un papel y lee Lucrecia).
DOÑA LUCRECIA.
«El que sin oír condena,
oyendo ha de condenar;
y esto me obliga a pensar
que es sin remedio mi pena.
Ya que el cielo así lo ordena,
dadme solo un rato oído,
que si culpado lo pido,
para más pena ha de ser,
si no que os dañe saber
que jamás os he ofendido».
CONDE.
¿Conoces la letra?
DOÑA LUCRECIA.
Sí.
CONDE.
¿Ves tu engaño?
DOÑA LUCRECIA.
Ya lo veo,
Conde, y pagarte deseo
lo que padeces por mí;
que demás de que premiarte
es justo tan firme fe,
gusto a mi padre daré,
que es en esto de tu parte.
Hazme gusto de esconderte
por el jardín, no te vea
mi prima.
CONDE.
El alma desea
por gloria el obedecerte.
(Vase).
Escena XV.
Doña Lucrecia, doña Ana y Celia.
CELIA.
¿Que de esa manera estás?
DOÑA ANA.
Después que estoy declarada,
cuanto más resistí helada,
tanto voy ardiendo más.
¡Quién detrás de este arrayán
súbitamente lo hallara!
CELIA.
¡Ay, Celia, y qué mala cara,
y mal talle de don Juan!
¿Ves lo que en un hombre vale
el buen trato y condición?
DOÑA ANA.
Tanto, que ya en mi opinión
no hay Narciso que le iguale.
Prima, ¿qué es eso que lees?
DOÑA LUCRECIA.
Un billete de don Mendo,
y mostrártelo pretendo,
por si sus promesas crees.
DOÑA ANA.
Ni le escucho, ni le creo,
bien puedes vivir segura.
DOÑA LUCRECIA.
(Da el papel a doña Ana, y ella se pone a leerlo).
¡No le dé Dios más ventura,
de la que yo le deseo!
Solo pretendo que dél
entiendas lo que te quiere.
(Aparte).
Harele el mal que pudiere
pues da ocasión el papel.
Escena XVI.
Dichos y don Juan.
CELIA.
Llega atrevido y dichoso.
(Don Juan que se llega por un lado a doña Ana).
DON JUAN.
(Aparte).
(Un papel está leyendo,
y la letra es de don Mendo.)
¿Tendrá licencia un celoso,
a quien tu dueño has llamado
para ver ese papel?
DOÑA ANA.
Don Juan, si ha nacido dél
ese celoso cuidado,
pide licencia primero
a mi prima, y lo verás.
DON JUAN.
¿Luego licencia me das
de decirle que te quiero?
DOÑA ANA.
Sí, que este es lance forzoso,
puesto que el alma te adora.
DON JUAN.
Dadme licencia, señora,
por amante, o por celoso,
para ver este papel.
DOÑA LUCRECIA.
Mi gusto en doña Ana vive.
DOÑA ANA.
Ahora sabe que escribe
don Mendo a Lucrecia en él.
DON JUAN.
¿Don Mendo a Lucrecia?
DOÑA ANA.
Sí;
decirlo puede mi prima.
DON JUAN.
Si tanto tu gusto estima,
más que eso dirá por ti.
Pero aquí el mismo papel
es bien que el testigo sea.
DOÑA LUCRECIA.
Satisfacerme desea,
y audiencia me pide en él.
(Toma don Juan el papel y lee).
DON JUAN.
«El que sin oír condena,
oyendo ha de condenar,
y esto me obliga a pensar,
que es sin remedio mi pena:
ya que el cielo así lo ordena
dadme solo un rato oído,
que si culpado lo pido,
para más pena ha de ser,
sino que os dañe saber
que jamás os he ofendido».
(Prosigue don Juan).
Doña Ana, ¿qué te ha obligado
a pretenderme a engañar?
¿Qué te puedo yo importar
no querido y engañado?
A ti vienen dirigidas
las razones que he leído,
que sobre lo sucedido
son palabras conocidas.
DOÑA ANA.
Cuando a mí venga el papel,
¿da gracia de algún favor,
o quejas de mi rigor?
Luego te obligo con él.
DON JUAN.
Mejor modo de obligar
fuera no haberlo leído,
que quien escucha ofendido,
no huye de perdonar.
¿Ajeno papel recibes
cuando mía te has nombrado?
O poco me has estimado,
o livianamente vives.
De donde he ya conocido
que vivir me está más bien
desdichado en tu desdén
que en tu favor ofendido.
Yo me iré, donde jamás
pueda otra vez engañarme
tu favor.
DOÑA ANA.
¿Quieres matarme,
señor?
DON JUAN.
Suelta.
DOÑA ANA.
No te irás
sin oírme. Prima mía,
ayúdamele a tener.
DON JUAN.
Soltad.
DOÑA LUCRECIA.
Ya es esto perder
la debida cortesía.
CELIA.
Don Mendo está en el jardín.
DOÑA ANA.
¿Don Mendo?
CELIA.
Por fuerza ha entrado.
DOÑA ANA.
A coyuntura ha llegado
que daré a tus celos fin.
Los dos tras ese arrayán
os entrad, donde escondidos
los ojos y los oídos
satisfacción os darán.
DON JUAN.
Sola tu mano ha de ser
quien me tenga satisfecho.
DOÑA ANA.
Señor eres ya del pecho;
poco te queda que hacer.
(Escóndense don Juan y doña Lucrecia).
Escena XVII.
Dichos y don Mendo.
DON MENDO.
Ni quiero que me perdones,
ni volver quiero a tu gracia,
y si tal pidiere, cierra
el oído a mis palabras.
Mis descargos solamente
quiero que escuches, doña Ana,
por volver por mi opinión,
no por culpar tu mudanza.
Si al duque Urbino de ti
dije una noche mil faltas,
fue temor de que en su pecho
engendrase amor tu fama;
porque don Juan de Mendoza
contaba tus alabanzas,
y a la pólvora de un mozo
la menor centella basta.
A tu prima le escribí
mil agravios por tu causa,
desengañando su amor
y encareciendo tus gracias.
Si ella te ha dicho otra cosa,
presto verás que te engaña,
que el traslado traigo aquí;
oye sus mismas palabras:
(Lee):
«Tu sentimiento encareces
sin escuchar mis disculpas:
cuanto sin razón me culpas,
tanto con razón padeces.
Verás cómo la pasión
si miras lo que mereces,
te obliga a que sin razón
agravies en tu locura,
con las dudas, la hermosura,
con los celos, la elección.
Lucrecia, de ti a doña Ana
ventaja hay más conocida
que de la muerte a la vida,
de la noche a la mañana.
¿Quién a la hermosa Diana
trocará por una estrella?
Deja la injusta querella,
desengaña tus enojos,
que tengo una alma y dos ojos
para escoger la más bella».
(Prosigue).
Mira si más claramente,
pude yo desengañarla;
si ella lo entendió al revés,
en mí no estuvo la falta.
Que quise en el campo usar
de fuerza, dirás. ¡Ah, ingrata!
Como a esposa lo intenté,
si te ofendí como a extraña;
y delinquir en el campo
no fue mucho, si llevaba
anticipado el castigo
con mil flechas en el alma.
Tus quejas y mis disculpas
estas son, la furia amansa,
huya de tu hermoso cielo
la nube de mi desgracia;
que el cielo, el aire, la tierra
son testigos de mis ansias;
no hay quien dude mis verdades
sino tú, que eres la causa.
Esta es mi mano de esposo,
y con disculpa tan clara,
o no niegues mi firmeza,
o confiesa tu mudanza.
DOÑA LUCRECIA.
Aquí se casan sin duda.
DON JUAN.
Aquí sin duda se casan.
¿Saldré, Celia?
CELIA.
No la enojes,
cuando te importa obligalla.
Escena XVIII.
Dichos, el Duque con un escudero, y quédanse al paño.
ESCUDERO.
De aquí podéis aguardar
a que don Mendo se vaya.
DOÑA ANA.
Don Mendo, yo te confieso
que tu descargo es muy llano,
y que con darme la mano,
puede cerrarse el proceso;
pero tu intento no tiene
remedio: ya me has perdido,
y resuelto el ofendido,
tarde la disculpa viene.
Digo que fue la intención
con que hablaste mal de mí
al Duque, querer así
librarme de su afición;
mas fue público el hablar,
la intención oculta fue,
si por lo escrito juzgué,
no te me puedes quejar;
y ahora te desengaña
de cuán malo es hablar mal,
pues con ser la causa tal,
y el fin tan bueno, te daña.
Por el mal medio condeno
el buen fin; todo lo igualo,
en que verás que lo malo
aun para buen fin no es bueno.
Tu lengua te condenó
sin remedio a mi desdén;
a toda ley, hablar bien,
que a nadie jamás dañó.
Con esto si eres discreto,
mudar intento podrás.
DON MENDO.
¿Resuelta, en efecto, estás?
DOÑA ANA.
Resuelta estoy en efeto.
DON MENDO.
Mira lo que dices.
DOÑA ANA.
Digo
que es vana tu presunción,
porque esta, resolución
es, don Mendo, no castigo.
DON MENDO.
Ya lo que dice de ti
la fama creer es justo,
que informa de tu mal gusto
el aborrecerme a mí.
Del cochero que me hirió
se habla mal, y mal sospecho,
que tal brío en bajo pecho
de tus favores nació.
DOÑA ANA.
Tente, no me digas más,
yo estorbaré mis afrentas:
por donde obligarme intentas
del todo me perderás.
El cochero que te hirió,
don Mendo, mostrarte quiero.
Bien podéis salir, cochero.
(Salen al teatro, y empuñan todos las espadas).
DON JUAN.
Yo soy el cochero.
DUQUE.
Y yo.
DOÑA ANA.
Caballeros, deteneos,
que a mí ese daño me hacéis.
DUQUE.
Basta que vos lo mandéis.
DON JUAN.
Serviros son mis deseos.
DOÑA ANA.
Estos los cocheros son,
por quien mi opinión se infama;
y por quitar a la fama
de mi afrenta la ocasión,
le doy la mano de esposa
a don Juan.
(Danse las manos).
DON JUAN.
Y yo os la doy.
CELIA.
¡Buena pascua!
BELTRÁN.
¡Loco estoy!
DUQUE.
Vuestra amistad engañosa
castigaré.
(Empuña el Duque contra don Juan).
DON JUAN.
Deteneos,
que yo nunca os engañé;
recato y no engaño fue
encubriros mis deseos;
que si os queréis acordar,
solo os tercié para verla,
y en empezando a quererla,
os dejé de acompañar.
DOÑA ANA.
Y en fin, si bien lo miráis,
el dueño fui de mi mano,
y sobre mi gusto en vano
sin mi gusto disputáis.
A don Juan la mano di,
porque me obligó diciendo
bien de mí, lo que don Mendo
perdió, hablando mal de mí.
Este es mi gusto, si bien
misterio del cielo ha sido,
con que mostrar ha querido
cuanto vale el hablar bien.
DON MENDO.
Antes sospecho que fue
pena del loco rigor,
con que por ti el firme amor
de tu prima desprecié;
mas con llorar mi mudanza
y gozar su mano bella
estorbaré su querella,
y mi engaño, y tu venganza.
DOÑA LUCRECIA.
¿Quién os dijo que sustenta
hasta ahora el alma mía
vuestra memoria?
BELTRÁN.
Él hacía
sin la huéspeda la cuenta.
DOÑA LUCRECIA.
Vos hablasteis, pretendiendo
a doña Ana, mal de mí.
DON MENDO.
¡Yo a doña Ana mal de ti!
DOÑA LUCRECIA.
Las paredes oyen, Mendo.
Mas puesto que en vos es tal
la imprudencia, que queréis
ser mi esposo, cuando habéis
hablado de mí tan mal,
yo no pienso ser tan necia,
que esposa pretenda ser,
de quien quiere por mujer
a la misma que desprecia;
y porque con la esperanza
el castigo no aliviéis,
lo que por falso perdéis,
el Conde por firme alcanza.
Vuestra soy.
(Da la mano al Conde).
DON MENDO.
¡Todo lo pierdo!
¿Para qué quiero la vida?
CONDE.
Júzgala también perdida,
si en hablar no eres más cuerdo.
BELTRÁN.
Y pues este ejemplo ven,
suplico a vuesas mercedes
miren que OYEN LAS PAREDES;
y a toda ley, hablar bien.
F I N.