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Legends, Tales and Poems

Chapter 52: III
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About This Book

A tightly edited selection brings together short, atmospheric prose legends rooted in Andalusian folklore and a group of concise, melancholic lyric poems, both written with musical, suggestive language. The narratives often blend romance and the supernatural, emphasizing mood, memory, and unattainable longing, while the poems distill similar themes into pointed, melodic lines. The volume also provides a biographical sketch, explanatory notes, a practical treatise on Spanish versification, and a vocabulary to aid readers and students.

Á este primer acorde, que parecía una voz que se elevaba desde la tierra al cielo, respondió otro lejano y suave que fué creciendo, creciendo hasta convertirse en un torrente de atronadora armonía.

Era la voz de los ángeles, que atravesando los espacios, llegaba al mundo.

Después comenzaron á oirse como unos himnos distantes que entonaban las jerarquías de serafines; mil himnos á la vez, que al confundirse formaban uno solo, que, no obstante, era no más el acompañamiento de una extraña melodía, que parecía flotar sobre aquel océano de misteriosos ecos, como un jirón de niebla sobre las olas del mar.

Luego fueron perdiéndose unos cantos, después otros; la combinación se simplificaba. Ya no eran más que dos voces, cuyos ecos se confundían entre sí; luego quedó una aislada, sosteniendo una nota brillante como un hilo de luz.... El sacerdote inclinó la frente, y por encima de su cabeza cana y como á tráves de una gasa azul que fingía el humo del incienso, apareció la Hostia á los ojos de los fieles. En aquel instante la nota que maese Pérez sostenía trinando, se abrió, se abrió, y una explosión de armonía gigante estremeció la iglesia, en cuyos ángulos zumbaba el aire comprimido, y cuyos vidrios de colores se estremecían en sus angostos ajimeces.

De cada una de las notas que formaban aquel magnífico acorde, se desarrolló un tema; y unos cerca, otros lejos, éstos brillantes, aquellos sordos, diríase que las aguas y los pájaros, las brisas y las frondas, los hombres y los ángeles, la tierra y los cielos, cantaban cada cual en su idioma un himno al nacimiento del Salvador.

La multitud escuchaba atónita y suspendida. En todos los ojos había una lágrima, en todos los espíritus un profundo recogimiento.

El sacerdote que oficiaba sentía temblar sus manos, porque Aquél que levantaba en ellas, Aquél á quien saludaban hombres y arcángeles era su Dios; era su Dios, y le parecía haber visto abrirse los cielos y trasfigurarse la Hostia.[1]

[Footnote 1: trasfigurarse la Hostia. See p. 101, note 2.]

El órgano proseguía sonando; pero sus voces se apagaban gradualmente, como una voz que se pierde de eco en eco, y se aleja, y se debilita al alejarse, cuando de pronto sonó un grito en la tribuna, un grito desgarrador, agudo, un grito de mujer.

El órgano exhalo un sonido discorde y extraño, semejante á un sollozo, y quedó mudo.

La multitud se agolpo á la escalera de la tribuna, hacia la que, arrancados de su éxtasis religioso, volvieron la mirada con ansiedad todos los fieles.

—¿Qué ha sucedido? ¿qué pasa? se decían unos á otros, y nadie sabía responder, y todos se empeñaban en adivinarlo, y crecía la confusión, y el alboroto comenzaba á subir de punto, amenazando turbar el orden y el recogimiento propios de la iglesia.

—¿Qué ha sido eso? preguntaban las damas al asistente, que, precedido de los ministriles, fué uno de los primeros á subir á la tribuna, y que, pálido y con muestras de profundo pesar, se dirigía al puesto en donde le esperaba el arzobispo, ansioso, como todos, por saber la causa de aquel desorden.

—¿Qué hay?

—Que maese Pérez acaba de morir.

En efecto, cuando los primeros fieles, después de atropellarse por la escalera, llegaron á la tribuna, vieron—al pobre organista caído de boca sobre las teclas de su viejo instrumento, que aún vibraba sordamente, mientras su hija, arrodillada á sus pies, le llamaba en vano entre suspiros y sollozos.

III

—Buenas noches, mi señora doña Baltasara; ¿también usarced[1] viene esta noche á la Misa del Gallo? Por mi parte tenía hecha intención de irla á oir á la parroquia; pero lo que sucede... ¿Dónde va Vicente? Donde va la gente.[2] Y eso que, si he de decir la verdad, desde que murió maese Pérez, parece que me echan una losa sobre el corazón cuando entro en Santa Inés... ¡Pobrecito! ¡Era un santo!... Yo de mí se decir, que conservo un pedazo de su jubón como una reliquia, y lo merece... pues en Dios y en mi ánima, que si el señor arzobispo tomara mano en ello, es seguro que nuestros nietos le verían en los altares.[3] ... Mas ¡cómo ha de ser!... Á muertos y á idos, no hay amigos.[4] ... Ahora lo que priva es la novedad... ya me entiende usarced. ¡Qué! ¿No sabe nada de lo que pasa? Verdad que nosotras nos parecemos en eso; de nuestra casita á la iglesia, y de la iglesia á nuestra casita, sin cuidarnos de lo que se dice ó déjase de decir... sólo que yo, así... al vuelo... una palabra de acá, otra de acullá... sin ganas de enterarme siquiera, suelo estar al corriente de algunas novedades.... Pues, sí señor; parece cosa hecha que el organista de San Román,[5] aquel bisojo, que siempre está echando pestes de los otros organistas; aquel perdulariote, que más parece jifero de la puerta de la Carne[6] que maestro de solfa, va á tocar esta Noche-Buena en lugar de maese Pérez. Ya sabrá usarced, porque esto lo ha sabido todo el mundo y es cosa pública en Sevilla, que nadie quería comprometerse á hacerlo. Ni aun su hija que es profesora, y después de la muerte de su padre entró en el convento de novicia. Y era natural: acostumbrados á oir aquellas maravillas, cualquiera otra cosa había de parecernos mala, por más que quisieran evitarse las comparaciones. Pues cuando ya la comunidad habrá decidido que, en honor del difunto y como muestra de respeto á su memoria, permanecería callado el órgano en esta noche, háte aqui que se presenta nuestro hombre, diciendo que él se atreve á tocarlo.... No hay nada más atrevido que la ignorancia.... Cierto que la culpa no es suya, sino de los que le consienten esta profanación... pero, así va el mundo... y digo, no es cosa la gente que acude...[7] cualquiera diría que nada ha cambiado desde un año á otro. Los mismos personajes, el mismo lujo, los mismos empellones en la puerta, la misma animación en el atrio, la misma multitud en el templo... ¡Ay, si levantara la cabeza el muerto! se volvía[8] á morir por no oir su órgano tocado por manos semejantes. Lo que tiene que,[9] si es verdad lo que me han dicho las gentes del barrio, le preparan una buena al intruso. Cuando llegue el momento de poner la mano sobre las teclas, va á comenzar una algarabía de sonajas, panderos, y zambombas, que no haya más que oir... pero ¡calle! ya entra en la iglesia el heroe de la función. ¡Jesús, qué ropilla de colorines, qué gorguera de cañutos, qué aires de personaje! Vamos, vamos, qué ya hace rato que llego el arzobispo, y va á comenzar la misa... vamos, que me parece que esta noche va á darnos que contar para muchos días.

[Footnote 1: usarced. Contraction of vues(tr)a merced, 'your grace.']

[Footnote 2: ¿Dónde va Vicente? Donde va la gente. See vocabulary. Note the two senses in which the adverb of place, donde, is used.]

[Footnote 3: en los altares. That is to say canonized.]

[Footnote 4: Á muertos y á idos, no hay amigos = 'The dead and departed have no friends (or are soon forgotten)'.]

[Footnote 5: San Román. A church, originally a mosque, situated in the northern part of Seville, on the Plaza de San Román. It was reconstructed by D. Pedro I. Its façade is very plain, the chief decorative features being an ogival doorway in the center and a window of similar form to the right. It contains some fine statuary by Montañés. The fifteenth-century painter Juan Sánchez de Castro is buried here.]

[Footnote 6: la puerta de la Carne. One of the ancient gates of Seville, situated in the north wall near the Matadero ('slaughter-house'). Hence its name. It was once called the Puerta Judía. But little remains now of the old walls of Seville, which had a circumference of upwards of ten miles, and were pierced by fifteen gates and strengthened by one hundred and sixty-six towers.]

[Footnote 7: no es cosa la gente que acude = 'the crowd in attendance is not small' or 'what a lot of persons have come!' The expression no es cosa is used familiarly in the sense of es mucha.]

[Footnote 8: volvía. A Common use of the imperfect indicative instead of the conditional.]

[Footnote 9: Lo que tiene que = 'the fact is.']

Esto diciendo la buena mujer, que ya conocen nuestros lectores por sus exabruptos de locuacidad, penetró en Santa Inés, abriéndose según costumbre, un camino entre la multitud á fuerza de empellones y codazos.

Ya se habiá dado principio á la ceremonia.

El templo estaba tan brillante como el año anterior.

El nuevo organista, después de atravesar por en medio de los fieles que ocupaban las naves para ir á besar el anillo del prelado, había subido á la tribuna, donde tocaba unos tras otros los registros del órgano; con una gravedad tan afectada como ridícula.

Entre la gente menuda que se apiñaba á los pies de la iglesia, se oía un rumor sordo y confuso, cierto presagio de que la tempestad comenzaba á fraguarse y no tardaría mucho en dejarse sentir.

—Es un truhán, que por no hacer nada bien, ni aún mira á derechas, decían los unos.

—Es un ignorantón, que después de haber puesto el órgano de su parroquia peor que una carraca, viene á profanar el de maese Pérez, decían los otros.

Y mientras éste se desembarazaba del capote para prepararse á darle de firme á su pandero, y aquél apercibía sus sonajas, y todos se disponían á hacer bulla á más y mejor, solo alguno que otro se aventuraba á defender tibiamente al extraño personaje, cuyo porte orgulloso y pedantesco hacía tan notable contraposición con la modesta apariencia y la afable bondad del difunto maese Pérez.

Al fin llego el esperado momento, el momento solemne en que el sacerdote, despues de inclinarse y murmurar algunas palabras santas, tomó la Hostia en sus manos.... Las campanillas repicaron, semejando su repique una lluvia de notas de cristal; se elevaron las diáfanas ondas del incienso, y sonó el organo.

Una estruendosa algarabía llenó los ámbitos de la iglesia en aquel instante y ahogó su primer acorde.

Zampoñas, gaitas, sonajas, panderos, todos los instrumentos del populacho, alzaron sus discordantes voces á la vez; pero la confusión y el estrépito sólo duró algunos segundos. Todos a la vez como habían comenzado, enmudecieron de pronto.

El segundo acorde, amplio, valiente, magnífico, se sostenía aún brotando de los tubos de metal del organo, como una cascada de armonía inagotable y sonora.

Cantos celestes como los que acarician 'los oídos en los momentos de éxtasis; cantos que percibe el espíritu y no los puede repetir el labio; notas sueltas de una melodía lejana, que suenan á intervalos, traídas en las ráfagas del viento, rumor de hojas que se besan en los árboles con un murmullo semejante al de la lluvia, trinos de alondras que se levantan gorjeando de entre las flores como una saeta despedida á las nubes; estruendo sin nombre, imponente como los rugidos de una tempestad; coro de serafines sin ritmos ni cadencia, ignota música del cielo que sólo la imaginación comprende; hímnos alados, que parecían remontarse al trono del Señor como una tromba de luz y de sonidos... todo lo expresaban las cien voces del órgano, con más pujanza, con más misteriosa poesía, con más fantástico color que los habían expresado nunca .....

Cuando el organista bajó de la tribuna, la muchedumbre que se agolpo á la escalera fué tanta, y tanto su afán por verle y admirarle, que el asistente temiendo, no sin razón, que le ahogaran entre todos, mando á algunos de sus ministriles para que, vara en mano, le fueran abriendo camino hasta llegar al altar mayor, donde el prelado le esperaba.

—Ya véis, le dijo este último cuando le trajeron á su presencia; vengo desde mi palacio aquí sólo por escucharos. ¿Seréis tan cruel como maese Pérez, que nunca quiso excusarme el viaje, tocando la Noche-Buena en la Misa de la catedral?

—El año que viene, respondió el organista, prometo daros gusto, pues por todo el oro de la tierra no volvería á tocar este órgano.

—¿Y por qué? interrumpió el prelado.

—Porque... añadió el organista, procurando dominar la emoción que se revelaba en la palidez de su rostro; porque es viejo y malo, y no puede expresar todo lo que se quiere. El arzobispo se retiró, seguido de sus familiares. Unas tras otras, las literas de los señores fueron desfilando y perdiéndose en las revueltas[1] de las calles vecinas; los grupos del atrio se disolvieron, dispersándose los fieles en distintas direcciones; y ya la demandadera se disponía á cerrar las puertas de la entrada del atrio, cuando se divisaban aún dos mujeres que, después de persignarse y murmurar una oración ante el retablo del arco de San Felipe,[2] prosiguieron su camino, internándose en el callejón de las Duenas.[3]

[Footnote 1: revueltas= 'turns.' The streets of Seville are many of them crooked like those of Toledo and other Moorish cities in Spain.]

[Footnote 2: San Felipe. See p.95, note 4.]

[Footnote 3: el callejón de las Duenas. See p.98, note 1.]

—¿Qué quiere usarced? mi señora doña Baltasara, decía la una, yo soy de este genial. Cada loco con su tema.... Me lo habían de asegurar capuchinos[1] descalzos y no lo creería del todo.... Ese hombre no puede haber tocado lo que acabamos de escuchar.... Si yo lo he oído mil veces en San Bartolomé,[2] que era su parroquia, y de donde tuvo que echarle el senor cura por malo, y era cosa de taparse los oídos con algodones.... Y luego, si no hay más que mirarle al rostro, que según dicen, es el espejo del alma.... Yo me acuerdo, pobrecito, como si lo estuviera viendo, me acuerdo de la cara de maese Pérez, cuando en semejante noche como ésta bajaba de la tribuna, después de haber suspendido al auditorio con sus primores.... ¡Qué sonrisa tan bondadosa, qué color tan animado!... Era viejo y parecía un ángel... no que éste ha bajado las escaleras á trompicones, como si le ladrase un perro en la meseta, y con un color de difunto y unas... Vamos, mi señora doña Baltasara, créame usarced, y créame con todas veras... yo sospecho que aquí hay busilis....

[Footnote 1: capuchinos= 'Capuchins.' An order of mendicant friars founded in 1528 by Matteo di Bassi, and named from the pointed capouch or cowl that distinguishes their dress. Honesty, as well as poverty and humility, is supposed to be one of their crowning virtues.]

[Footnote 2: San Bartolomé. The church of St. Bartholomew is situated on the Plaza de San Bartolomé in the northeastern part of the city. It was built on the site of a Jewish synagogue, after the expulsion of the Jews by the Christian kings of Spain. Its present architecture is Doric and dates only from the eighteenth century.]

Comentando las últimas palabras, las dos mujeres doblaban la esquina del callejón y desaparecían.

Creemos inútil decir á nuestros lectores quién era una de ellas.

IV

Había transcurrido un año más. La abadesa del convento de Santa Inés y la hija de maese Pérez hablaban en voz baja, medio ocultas entre las sombras del coro de la iglesia. El esquilón llamaba á voz herida á los fieles desde la torre, y alguna que otra rara persona atravesaba el atrio silencioso y desierto esta vez, y después de tomar el agua bendita en la puerta, escogiá un puesto en un rincón de las naves, donde unos cuantos vecinos del barrio esperaban tranquilamente que comenzara la Misa del Gallo.

—Ya lo véis, decía la superiora, vuestro temor es sobremanera pueril; nadie hay en el templo; toda Sevilla acude en tropel á la catedral esta noche, Tocad vos el órgano y tocadle sin desconfianza de ninguna clase; estaremos en comunidad... pero... proseguís callando sin que cesen vuestros suspiros. ¿Qué os pasa? ¿Qué tenéis?

—Tengo... miedo, exclamó la joven con un acento profundamente conmovido.

—¡Miedo! ¿de qué?

—No sé... de una cosa sobrenatural.... Anoche, mirad, yo os había oído decir que teníais empeño en que tocase el órgano en la Misa, y ufana con esta distinción pensé arreglar sus registros y templarle,[1] á fin de que hoy os sorprendiese... Vine al coro... sola... abrí la puerta que conduce á la tribuna.... En el reloj de la catedral sonaba en aquel momento una hora... no sé cuál.... Pero las campanadas eran tristísimas y muchas... muchas... estuvieron sonando todo el tiempo que yo permanecí como clavada en el dintel y aquel tiempo me pareció un siglo.

[Footnote 1: templarle. See p. 66, note 1.]

La iglesia estaba desierta y obscura.... Allá lejos, en el fondo, brillaba como una estrella perdida en el cielo de la noche, una luz moribunda, la luz de la lámpara que arde en el altar mayor.... Á sus reflejos debilísimos, que sólo contribuían á hacer más visible todo el profundo horror de las sombras, ví... le ví, madre, no lo dudéis, ví un hombre que en silencio y vuelto de espaldas hacia el sitio en que yo estaba, recorría con una mano las teclas del órgano, mientras tocaba con la otra á sus registros... y el órgano sonaba; pero sonaba de una manera indescriptible. Cada una de sus notas parecía un sollozo ahogado dentro del tubo de metal, que vibraba con el aire comprimido en su hueco, y reproducía el tono sordo, casi imperceptible, pero justo.

Y el reloj, de la catedral continuaba dando la hora, y el hombre aquel proseguía recorriendo las teclas. Yo oía hasta su respiración.

El horror habia helado la sangre de mis venas; sentía en mi cuerpo como un frío glacial, y en mis sienes fuego.... Entonces quise gritar, pero no pude. El hombre aquel había vuelto la cara y me había mirado... digo mal, no me había mirado, porque era ciego.... ¡Era mi padre!

—¡Bah! hermana, desechad esas fantasías con que el enemigo malo[1] procura turbar las imaginaciones débiles.... Rezad un Pater Noster[2] y un Ave Maria[3] al arcángel San Miguel,[4] jefe de las milicias celestiales, para que os asista contra los malos espíritus. Llevad al cuello un escapulario tocado en la reliquia de San Pacomio,[5] abogado contra las tentaciones, y marchad, marchad á ocupar la tribuna del órgano; la Misa va á comenzar y ya esperan con impaciencia los fieles.... Vuestro padre está en el cielo, y desde allí, antes que á daros sustos, bajará á inspirar á su hija en esta ceremonia solemne para el objeto de tan especial devoción.

[Footnote 1: el enemigo malo. That is to say, the devil.]

[Footnote 2: Pater Noster. See p. 33, note 1.]

[Footnote 3: Ave Maria. "A form of devotion used in the Church of Rome, comprising the salutation addressed by the angel Gabriel to the Blessed Virgin Mary. (Luke i. 28.) The words Ave Maria are the first two, in Latin, of the form as it appears in the manuals of the Roman Church, thus: ' Hail Mary (Ave Maria), full of grace, the Lord is with thee, etc.' To which is appended the following petition: 'Holy Mary, mother of God, pray for us sinners now, and in the hour of our death. Amen.'... It was not used before the Hours, until the sixteenth century, in Romish offices." Hook's Church Dict., London, 1887, p. 72. Some say earlier.]

[Footnote 4: San Miguel = 'St. Michael.' "An archangel mentioned in the Bible. He is regarded as the leader of the whole host of angels... He is spoken of five times in the Bible, always [or to be more exact usually as fighting] John mentions him as fighting at the head of the angels against the dragon and his host." Century Dict.]

[Footnote 5: San Pacomio = 'St. Pachomius.' "Born probably in Lower Egypt, about 292: died about 349. One of the founders of monasticism. He established a monastery on the island of Tabenna in the Nile, and was the first thus to collect the monks under one roof and establish strict rules of government for the community." Century Diet.]

La priora fué á ocupar su sillón en el coro en medio de la comunidad. La hija de maese Pérez abrió con mano temblorosa la puerta de la tribuna para sentarse en el banquillo del órgano, y comenzó la Misa.

Comenzó la Misa, y prosiguió sin que ocurriese nada de notable hasta que llegó la consagración.[1] En aquel momento sonó el órgano, y al mismo tiempo que el órgano un grito de la hija de maese Pérez....

[Footnote 1: consagración = 'consecration.' "The form of words by which the bread and wine in the Mass are changed into Christ's body and blood." Addis and Arnold, Catholic Diet, London, 1884, p. 216. See also p. 101, note 2.]

La superiora, las monjas y algunos de los fieles corrieron á la tribuna.

—¡Miradle, miradle! decía la joven fijando sus desencajados ojos en el banquillo, de donde se había levantado asombrada para agarrarse con sus manos convulsas al barandal de la tribuna.

Todo el mundo fijó sus miradas en aquel punto. El órgano estaba solo, y no obstante, el órgano seguía sonando ... sonando como sólo los arcángeles podrían imitarlo en sus raptos de místico alborozo...............

—¡No os lo dije yo una y mil veces, mi señora doña Baltasara, no os lo dije yo!... ¡Aquí hay busilis!... Oidlo; qué, ¿no estuvísteis anoche en la Misa del Gallo? Pero, en fin ya sabréis lo que paso. En toda Sevilla no se habla de otra cosa.... El señor arzobispo está hecho, y con razón, una furia.... Haber dejado de asistir á Santa Inés; no haber podido presenciar el portento... ¿y para qué? para oir una cencerrada; porque personas que lo oyeron dicen que lo que hizo el dichoso organista de San Bartolomé en la catedral no fué otra cosa.... Si lo decía yo. Eso no puede haberlo tocado el bisojo, mentira ... aqui hay busilis, y el busilis era, en efecto, el alma de maese Pérez.

LA CRUZ DEL DIABLO

Que lo creas ó no, me importa bien poco. Mi abuelo se lo narró á mi padre; mi padre me lo ha referido á mí, y yo te lo cuento ahora, siquiera no sea mas que por pasar el rato.[1]
***

[Footnote 1: por pasar el rato = 'to while away the time.']

I

El crepúsculo comenzaba á extender sus ligeras alas de vapor sobre las pintorescas orillas del Segre,[1] cuando después de una fatigosa jornada llegamos á Bellver,[2] término de nuestro viaje.

[Footnote 1: Segre. A river of the province of Lérida in northern Spain. It rises in the Pyrenees, and joins the Ebro twenty-two miles southwest of Lérida. Its chief tributary is the Cinca. Length about 250 miles. See Century Diet.]

[Footnote 2: Bellver. A little town of some 650 inhabitants, situated in the valley of the Segre, in the diocese of Urgel, province of Lérida, Spain. Its situation is very picturesque. It contains an ancient castle.]

Bellver es una pequeña población situada á la falda de una colina, por detrás de la cual se ven elevarse, como las gradas de un colosal anfiteatro de granito, las empinadas y nebulosas crestas de los Pirineos.[1]

[Footnote 1: Pirineos = 'Pyrenees.' A mountain range which separates France from Spain, and extends from the Bay of Biscay to the Mediterranean. The highest points are about 11,000 feet. A visit to the Eastern Pyrenees from the Spanish side is much more difficult than from France, as both traveling and hotel accommodations are sadly lacking.]

Los blancos caseríos que la rodean, salpicados aquí y allá sobre una ondulante sábana de verdura, parecen á lo lejos un bando de palomas que han abatido su vuelo para apagar su sed en las aguas de la ribera.

Una pelada roca, á cuyos pies tuercen éstas su curso, y sobre cuya cima se notan aún remotos vestigios de construcción, señala la antigua línea divisoria entre el condado de Urgel[1] y el más importante de sus feudos.

[Footnote 1: el condado de Urgel = 'the earldom (or county) of Urgel.' The town of this name (2800 inhabitants) is situated on the Segre, seventy-four miles northwest of Barcelona, in the province of Lérida, Spain. It has been the see of a bishop since 840, and possesses a Gothic cathedral. The earldom was of considerable importance in the fourteenth century, Count Jaime (James) de Urgel (d. 1433) being a most dangerous claimant of the crown of Aragon.]

Á la derecha del tortuoso sendero que conduce á este punto, remontando la corriente del río, y siguiendo sus curvas y frondosas márgenes, se encuentra una cruz.

El asta y los brazos son de hierro; la redonda base en que se apoya, de mármol, y la escalinata que á ella conduce, de obscuros y mal unidos fragmentos de sillería.

La destructora acción de los años, que ha cubierto de orín el metal, ha roto y carcomido la piedra de este monumento, entre cuyas hendiduras crecen algunas plantas trepadoras que suben enredándose hasta coronarlo, mientras una vieja y corpulenta encina le sirve de dosel.

Yo había adelantado algunos minutos á mis compañeros de viaje, y deteniendo mi escuálida cabalgadura, contemplaba en silencio aquella cruz, muda y sencilla expresión de las creencias y la piedad de otros siglos.

Un mundo de ideas se agolpo á mi imaginación en aquel instante. Ideas ligerísimas, sin forma determinada, que unían entre sí, como un invisible hilo de luz, la profunda soledad de aquellos lugares, el alto silencio de la naciente noche y la vaga melancolía de mi espíritu.

Impulsado de un pensamiento religioso, espontáneo é indefinible, eché maquinalmente pie á tierra, me descubrí, y comencé á buscar en el fondo de mi memoria una de aquellas oraciones que me enseñaron cuando niño; una de aquellas oraciones que, cuando más tarde se escapan involuntarias de nuestros labios, parece que aligeran el pecho oprimido, y semejantes á las lágrimas, alivian el dolor, que también toma estas formas para evaporarse.

Ya había comenzado á murmurarla, cuando de improviso sentí que me sacudían con violencia por los hombros.

Volví la cara: un hombre estaba al lado mío.

Era uno de nuestros guías, natural del país, el cual, con una indescriptible expresión de terror pintada en el rostro, pugnaba por arrastrarme consigo y cubrir mi cabeza con el fieltro que aún tenía en mis manos.

Mi primera mirada, mitad de asombro, mitad de cólera, equivalía á una interrogación enérgica, aunque muda.

El pobre hombre, sin cejar en su empeño de alejarme de aquel sitio, contestó á ella con estas palabras, que entonces no pude comprender, pero en las que había un acento de verdad que me sobrecogió:—¡Por la memoria de su madre! ¡Por lo más sagrado que tenga en el mundo, señorito, cúbrase usted la cabeza, y aléjese más que de prisa de esta cruz! ¡Tan desesperado está usted, que no bastándole la ayuda de Dios, recurre á la del demonio!

Yo permanecí un rato mirandole en silencio. Francamente, creí que estaba loco, pero él prosiguió con igual vehemencia:

—Usted busca la frontera; pues bien, si delante de esa cruz le pide usted al cielo que le preste ayuda, las cumbres de los monies vecinos se levantarán en una sola noche hasta las estrellas invisibles, sólo porque no encontremos la raya en toda nuestra vida.

Yo no pude menos de sonreir.

—¿Se burla usted?... ¿cree acaso que esa es una cruz santa como la del porche de nuestra iglesia?...

—¿Quien lo duda?

—Pues se engaña usted de medio á medio, porque esa cruz, salvo lo que tiene de Dios, está maldita... esa cruz pertenece á un espíritu maligno, y por eso la llaman La cruz del diablo.

—¡La cruz del diablo! repetí cediendo á sus instancias, sin darme cuenta á mí mismo del involuntario temor que comenzó á apoderarse de mi espíritu, y que me rechazaba como una fuerza desconocida de aquel lugar; ¡la cruz del diablo! ¡Nunca ha herido mi imaginación una amalgama más disparatada de dos ideas tan absolutamente enemigas!... ¡Una cruz... y del diablo!!! ¡Vaya, vaya! Fuerza sera que en llegando á la población me expliques este monstruoso absurdo.

Durante este corto diálogo, nuestros camaradas, que habían picado sus cabalgaduras, se nos reunieron al pie de la cruz; yo les expliqué en breves palabras lo que acababa de suceder; monté nuevamente en mi rocín, y las campanas de la parroquia llamaban lentamente á la oración, cuando nos apeamos en lo más escondido y lóbrego de los paradores de Bellver.

II

Las llamas rojas y azules se enroscaban chisporroteando á lo largo del grueso tronco de encina que ardía en el ancho hogar; nuestras sombras, que se proyectaban temblando sobre los ennegrecidos muros, se empequeñecían ó tomaban formas gigantescas, según la hoguera despedía resplandores más ó menos brillantes; el vaso de saúco, ora vacío, ora lleno y no de agua, como cangilón de noria, habia dado tres veces la vuelta en derredor del círculo que formábamos junto al fuego, y todos esperaban con impaciencia la historia de La cruz del diablo, que á guisa de postres de la frugal cena que acabábamos de consumir, se nos había prometido, cuando nuestro guía tosió por dos veces, se echó al coleto un último trago de vino, limpióse con el revés de la mano la boca, y comenzó de este modo:

—Hace mucho tiempo, mucho tiempo, yo no sé cuánto, pero los moros ocupaban aún la mayor parte de España, se llamaban condes[1] nuestros reyes, y las villas y aldeas pertenecían en feudo á ciertos señores, que á su vez prestaban homenaje á otros más poderosos, cuando acaeció lo que voy á referir á ustedes.[2]

[Footnote 1: condes = 'counts,' 'earls.' The word conde comes from the Latin comes, comitem, 'companion,' and during the Roman empire in Spain was a title of honor granted to certain officers who had jurisdiction over war and peace. During the reign of the Goths it was likewise an official and not a nobiliary title. Later, with the growth of the feudal system, the counts became not merely royal officers, but hereditary rulers, with coronets and arms and an assumption of absolute authority in their counties. In some of these counties the title developed later into that of king.]

[Footnote 2: The epoch referred to is doubtless in the eleventh century before the first crusade. See p. 122, note 1.]

Concluída esta breve introducción histórica, el héroe de la fiesta guardó silencio durante algunos segundos como para coordinar sus recuerdos, y prosiguió así:

—Pues es el caso, que en aquel tiempo remote, esta villa y algunas otras formaban parte del patrimonio de un noble barón, cuyo castillo señorial se levantó por muchos siglos sobre la cresta de un peñasco que baña el Segre, del cual toma su nombre.

Aún testifican la verdad de mi relación algunas informes ruinas que, cubiertas de jaramago y musgo, se alcanzan á ver sobre su cumbre desde el camino que conduce á este pueblo.

No sé si por ventura ó desgracia quiso la suerte que este señor, á quien por crueldad detestaban sus vasallos, y por sus malas cualidades ni el rey admitía en la corte, ni sus vecinos en el hogar, se aburriese de vivir solo con su mal humor y sus ballesteros en lo alto de la roca en que sus antepasados colgaron su nido de piedra.

Devanábase noche y día los sesos en busca de alguna distracción propia de su carácter, lo cual era bastante difícil, después de haberse cansado como ya lo estaba, de mover guerra á sus vecinos, apalear á sus servidores y ahorcar á sus súbditos.

En esta ocasión cuentan las crónicas que se le ocurrió, aunque sin ejemplar, una idea feliz.

Sabiendo que los cristianos de otras poderosas naciones, se aprestaban á partir juntos en una formidable armada[1] á un país maravilloso para conquistar el sepulcro de Nuestro Señor Jesucristo, que los moros tenían en su poder,[2] se determinó á marchar en su seguimiento.

[Footnote 1: armada = 'fleet.' The reference is probably to the first crusade under Godfrey of Bouillon (1096–1099), which resulted in the capture of Jerusalem and the temporary establishment of a Christian kingdom in Palestine.]

[Footnote 2: que los moros tenian en su poder. See p. 35, note 4.]

Si realizó esta idea con objeto de purgar sus culpas, que no eran pocas, derramando su sangre en tan justa empresa, ó con el de transplantarse á un punto donde sus malas mañas no se conociesen, se ignora; pero la verdad del caso es que, con gran contentamiento de grandes y chicos, de vasallos y de iguales, allegó cuanto dinero pudo, redimió á sus pueblos del señorío, mediante una gruesa cantidad, y no conservando de propiedad suya más que el peñón del Segre y las cuatro torres del castillo, herencia de sus padres, desapareció de la noche á la mañana.

La comarca entera respiró en libertad durante algún tiempo, como si despertara de una pesadilla.

Ya no colgaban de los árboles de sus sotos, en vez de frutas, racimos de hombres: las muchachas del pueblo no temían al salir con su cántaro en la cabeza á tomar agua de la fuente del camino, ni los pastores llevaban sus rebaños al Segre por sendas impracticables y ocultas, temblando encontrar á cada revuelta de la trocha á los ballesteros de su muy amado señor.

Así transcurrió el espacio de tres años; la historia del mal caballero, que sólo por este nombre se le conocía, comenzaba á pertenecer al exclusivo dominio de las viejas, que en las eternas veladas del invierno las[1] relataban con voz hueca y temerosa á los asombrados chicos; las madres asustaban á los pequeñuelos incorregibles ó llorones diciendoles: ¡que viene el señor del Segre![2] cuando he aquí que no sé si un dia ó una noche, si caído del cielo ó abortado de los profundos, el temido señor apareció efectivamente, y como suele decirse, en carne y hueso, en mitad de sus antiguos vasallos.

[Footnote 1: las. See vocabulary.]

[Footnote 2: ¡que viene el señor del Segre! Compare the familiar English expression used to frighten children: "The boogy-man is coming."]

Renuncio á describir el efecto de esta agradable sorpresa. Ustedes se lo podrán figurar mejor que yo pintarlo, sólo con decirles que tornaba reclamando sus vendidos derechos, que si malo se fué, peor volvió, y si pobre y sin crédito se encontraba antes de partir á la guerra, ya no podía contar con más recursos que su despreocupación, su lanza y una media docena de aventureros tan desalmados y perdidos como su jefe.

Como era natural, los pueblos se resistieron á pagar tributes, que á tanta costa habían redimido; pero el señor puso fuego á sus heredades, á sus alquerías y á sus mieses.

Entonces apelaron á la justicia del rey; pero el señor se burlo de las cartas-leyes de los Condes soberanos;[1] las clavó en el postigo de sus torres, y colgó á los farsantes de una encina.

[Footnote 1: Condes soberanos. See p. 121, Note 1.]

Exasperados, y no encontrando otra vía de salvación, por último, se pusieron de acuerdo entre sí, se encomendaron á la Divina Providencia y tomaron las armas; pero el señor reunió á sus secuaces, llamó en su ayuda al diablo, se encaramó á su roca y se preparó á la lucha. Ésta comenzó terrible y sangrienta. Se peleaba con todas armas, en todos sitios y á todas horas, con la espada y el fuego, en la montaña y en la llanura, en el día y durante la noche.

Aquello no era pelear para vivir; era vivir para pelear.

Al cabo triunfó la causa de la justicia. Oigan ustedes cómo.

Una noche obscura, muy obscura, en que no se oía ni un rumor en la tierra ni brillaba un solo astro en el cielo, los señores de la fortaleza, engreídos por una reciente victoria, se repartían el botín, y ebrios con el vapor de los licores en mitad de la loca y estruendosa orgía, entonaban sacrílegos cantares en loor de su infernal patrono.

Como dejo dicho, nada se oía en derredor del castillo, excepto el eco de las blasfemias, que palpitaban, perdidas en el sombrío seno de la noche, como palpitan las almas de los condenados envueltas en los pliegues del huracán de los infiernos.[1]

[Footnote 1: huracán de los infiernos. The idea is taken from Dante's Inferno, v.

I came into a place mute of all light,
  Which bellows as the sea does in a tempest,
  If by opposing winds 't is combated.

The infernal hurricane that never rests
  Hurtles the spirits onward in its rapine;
  Whirling them round; and smiting, it molests them.

                Longfellow's translation

It is to this realm, where the carnal sinners are punished, that Dante relegates the lovers Paolo and Francesca da Rimini.]

Ya los descuidados centinelas habian fijado algunas veces sus ojos en la villa que reposaba silenciosa, y se habian dormido sin temor á una sorpresa, apoyados en el grueso tronco de sus lanzas, cuando he aquí que algunos aldeanos, resueltos á morir y protegidos por la sombra, comenzaron á escalar el cubierto peñón del Segre, á cuya cima tocaron á punto de la media noche.

Una vez en la cima, lo que faltaba por hacer fué obra de poco tiempo: los centinelas salvaron de un solo salto el valladar que separa al sueño de la muerte;[1] el fuego aplicado con teas de resina al puente y al rastrillo, se comunicó con la rapidez del relámpago á los muros; y los escaladores, favorecidos por la confusión y abriéndose paso entre las llamas, dieron fin con los habitantes de aquella guarida en un abrir y cerrar de ojos.

[Footnote 1: That is to say, they passed suddenly from sleep to death. Tasso uses much the same figure, when he says, in his Gerusalemme Liberata, ix. 18:

Dal sonno a la marts è un picciol varco.Small is the gulf that lies 'twixt sleep and death.]

Todos perecieron.

Cuando el cercano día comenzó á blanquear las altas copas de los enebros, humeaban aún los calcinados escombros de las desplomadas torres, y á través de sus anchas brechas, chispeando al herirla la luz y colgada de uno de los negros pilares de la sala del festín, era fácil divisar la armadura del temido jefe, cuyo cadáver, cubierto de sangre y polvo, yacía entre los desgarrados tapices y las calientes cenizas, confundido con los de sus obscuros compañeros.

El tiempo pasó; comenzaron los zarzales á rastrear por los desiertos patios, la hiedra á enredarse en los obscuros machones, y las campanillas azules á mecerse colgadas de las mismas almenas. Los desiguales soplos de la brisa, el graznido de las aves nocturnas y el rumor de los reptiles, que se deslizaban entre las altas hierbas, turbaban sólo de vez en cuando el silencio de muerte de aquel lugar maldecido; los insepultos huesos de sus antiguos moradores blanqueaban al rayo de la luna, y aún podía verse el haz de armas del señor del Segre, colgado del negro pilar de la sala del festín.

Nadie osaba tocarle; pero corrían mil fábulas acerca de aquel objeto, causa incesante de hablillas y terrores para los que le miraban llamear durante el dia, herido por la luz del sol, ó creían percibir en las altas horas de la noche el metálico son de sus piezas, que chocaban entre sí cuando las movía el viento, con un gemido prolongado y triste.

Á pesar de todos los cuentos que apropósito de la armadura se fraguaron, y que en voz baja se repetían unos á otros los habitantes de los alrededores, no pasaban de cuentos, y el único más positivo que de ellos resulto, se redujo entonces á una dosis de miedo más que regular, que cada uno de por si se esforzaba en disimular lo posible, haciendo, como decirse suele, de tripas corazón.

Si de aquí no hubiera pasado la cosa, nada se habría perdido. Pero el diablo, que á lo que parece no se encontraba satisfecho de su obra, sin duda. Con el permiso de Dios y á fin de hacer purgar á la comarca algunas culpas, volvió á tomar cartas en el asunto.

Desde este momento las fábulas, que hasta aquella epoca no pasaron de un rumor vago y sin viso alguno de verosimilitud, comenzaron á tomar consistencia y á hacerse de día en día mas probables.

En efecto, hacía algunas noches que todo el pueblo había podido observar un extraño fenómeno.

Entre las sombras, á lo lejos, ya subiendo las retorcidas cuestas del peñón del Segre, ya vagando entre las ruinas del castillo, ya cerniéndose al parecer en los aires, se veían correr, cruzarse, esconderse y tornar á aparecer para alejarse en distintas direcciones unas luces misteriosas y fantásticas cuya procedencia nadie sabía explicar.

Esto se repitió por tres ó cuatro noches durante el intervalo de un mes; y los confusos aldeanos esperaban inquietos el resultado de aquellos conciliábulos, que ciertamente no se hizo aguardar mucho, cuando tres ó cuatro alquerías incendiadas, varias reses desaparecidas y los cadáveres de algunos caminantes despeñados en los precipicios, pusieron en alarma todo el territorio en diez leguas á la redonda.

Ya no quedó duda alguna. Una banda de malhechores se albergaba en los subterráneos del castillo.

Estos, que sólo se presentaban al principio muy de tarde en tarde y en determinados puntos del bosque que, aún en el día, se dilata á lo largo de la ribera, concluyeron por ocupar casi todos los desfiladeros de las montañas, emboscarse en los caminos, saquear los valles y descender como un torrente á la llanura, donde á éste quiero á éste no quiero, no dejaban títere con cabeza.

Los asesinatos se multiplicaban; las muchachas desaparecían, y los niños eran arrancados de las cunas á pesar de los lamentos de sus madres, para servirlos[1] en diabólicos festines, en que, según la creencia general, los vasos sagrados[2] sustraídos de las profanadas iglesias servían de copas.

[Footnote 1: servirlos. The sacrifice of children has always been considered by popular superstition as an essential part in practices of black magic or in compacts with the devil.]

[Footnote 2: los vasos sagrados. The sacred vessels of the church are said to play an important part in demonolatry. The consecrated wafers too are believed to be put to improper uses.]

El terror llego á apoderarse de los ánimos en un grado tal, que al toque de oraciones nadie se aventuraba á salir de su casa, en la que no siempre se creían seguros de los bandidos del peñón.

Mas ¿quiénes eran éstos? ¿De dónde habían venido? ¿Cuál era el nombre de su misterioso jefe? He aquí el enigma que todos querían explicar y que nadie podía resolver hasta entonces, aunque se observase desde luego que la armadura del señor feudal había desaparecido del sitio que antes ocupara,[1] y posteriormente varios labradores hubiesen afirmado que el capitán de aquella desalmada gavilla marchaba á su frente, cubierto con una, que de no ser la misma, se le asemejaba en un todo.

[Footnote 1: ocupara See p. 16, note 3.]

Cuanto queda repetido, si se le despoja de esa parte de fantasía con que el miedo abulta y completa sus creaciones favoritas, nada tiene en sí de sobrenatural y extraño. ¿Qué cosa más corriente en unos bandidos que las ferocidades con que estos se distinguían, ni más natural que el apoderarse su jefe de las abandonadas armas del señor del Segre?

Sin embargo, algunas revelaciones hechas antes de morir por uno de sus secuaces, prisionero en las últimas refriegas, acabaron de colmar la medida, preocupando el ánimo de los más incrédulos. Poco más ó menos, el contenido de su confesión fué éste:—Yo, dijo, pertenezco á una noble familia. Los extravíos de mi juventud, mis locas prodigalidades y mis crímenes por último atrajeron sobre mi cabeza la cólera de mis deudos y la maldición de mi padre, que me desheredó al expirar. Hallándome solo y sin recursos de ninguna especie, el diablo sin duda debió sugerirme la idea de reunir algunos jóvenes que se encontraban en una situación idéntica á la mia, los cuales, seducidos con las promesas de un porvenir de disipación, libertad, y abundancia, no vacilaron un instante en suscribir á mis designios.

Éstos se reducían á formar una banda de jóvenes de buen humor, despreocupados y poco temerosos del peligro, que desde allí en adelante vivirían alegremente del producto de su valor y á costa del país, hasta tanto que Dios se sirviera disponer de cada uno de ellos conforme á su voluntad, según hoy á mí me sucede.

Con este objeto señalamos esta comarca para teatro de nuestras expediciones futuras, y escogimos como punto el más á proposito para nuestras reuniones el abandonado castillo del Segre, lugar seguro, no tanto por su posición fuerte y ventajosa, como por hallarse defendido contra el vulgo por las supersticiones y el miedo.