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Letras / Obras Completas Vol. VIII

Chapter 15: SAINT-POL-ROUX
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About This Book

Una serie de ensayos utiliza la metáfora de las ideas como seres que edifican ciudades y habitan libros para describir distintos ámbitos del pensamiento literario: la catedral de las ideas religiosas, el castillo feudal, la ciudad homérica y sus ritmos, y los gabinetes eróticos e infernales. Analiza el papel de impresores y encuadernadores como arquitectos que adornan y jerarquizan las obras, y contrasta ediciones pomposas con ediciones sencillas que conservan pureza. Complementariamente, examina el influjo de París sobre escritores extranjeros, mostrando cómo el temperamento y el origen determinan la capacidad de asimilar o resistir ese encanto, y cómo algunos autores latinoamericanos mantienen la savia del terruño.

...Haciendo bellas rimas viejas
En loor de las muertas castellanas y de los amables caballeros.

Otro retrato es el de Wálter Pater, que también fué un prodigioso retratista de retratos imaginarios... En dos rasgos véis surgir aquel admirable y poderoso intelecto: «Wálter Pater era un hombre en el cual la fineza y la sutileza de emoción se unían a una exacta y profunda erudición; en el cual una personalidad singularmente llena de encanto encontraba para expresarse un estilo absolutamente propio y absolutamente nuevo, que era el más preciosamente y el más curiosamente bello de todos los estilos ingleses.» Entusiasta por toda la producción del maestro, mira y admira, no solamente al crítico, sino al autor de obras originales que cuentan entre lo más definitivo y valioso de toda la lectura victoriana. De la misma manera nos presenta a George Meredith, esa alta alma orgullosa de su ideación y de su singular poder verbal, que tantos puntos de contacto tiene con el francés Stéphane Mallarmé. Meredith, que escribe el inglés «como una lengua sabia», y que tanto en prosa como en verso llega a una casi perfección que se creería inaccesible. ¡Un decadente! Sea. La palabra decadente, dice Symons, ha sido en Francia y en Inglaterra—en todas partes, hay que decir—empequeñecida hasta no ser más que una estampilla para una escuela particular de recientísimos escritores. Lo que decadencia significa en literatura realmente, es esa sabia corrupción de lenguaje por la cual el estilo deja de ser orgánico y llega a ser, persiguiendo tal medio de expresión, o tal belleza nueva, deliberadamente anormal. Esto ya más o menos lo había expresado en página memorable Théophile Gautier, a propósito de Baudelaire.

De Rober Lois Stevenson sabemos que era un artista desdeñoso, enamorado del estilo, y, para decirlo así, de una manera apasionada; y sin embargo, era popular. A propósito de él hace ver Symons el error de los críticos que suelen hacer elogios aun fuera de razón, sin dar a comprender a la muchedumbre leyente el verdadero valor de un escritor o de un poeta.

Otro retrato es el de John A. Symons, cuya autobiografía es una obra maestra, y que era un «carácter» intelectual; otro es el de Rober Buchanan, que escribió bellas prosas y bellos versos, y que sin embargo no era sino un combatiente, un irreductible polemista, especie de León Bloy, poeta, que se proclamara ante todo un hombre entre los hombres. Otro retrato es el de Wilde, hecho con comprensión y serenidad, escrito con nobleza. Y siguen otros como los de Hubert Crackantorpe, el artista tan personal e independiente; Rober Criages, el puro lírico; el «patético» Austin Dobson. Y es poeta y nada más que poeta; Stephen Phillips, que se me antoja el Rostand de Inglaterra; el pobre alcohólico y bohemio admirable de poesía que fué Ernest Dowson, que murió joven, gastado, por lo que no había nunca sido la vida para él, dejando algunos versos que tienen lo patético de las cosas demasiado jóvenes y demasiado frágiles aún para envejecer. Y todos esos retratos afirman la seguridad de la mano, la fina y potente mirada interior, la transparencia del juicio, la auténtica virtualidad incontaminada del ánimo, la obra de un maestro. Y no hay sino aplaudir a Arthur Herbert, que imprime a la inglesa tan bellos libros ingleses en lengua francesa.



SAINT-POL-ROUX

ORQUE hay una familia del Río de la Plata que ha venido a buscar aire fresco a tierra bretona, he oído en la mañana de cristal vidalitas junto a menhires. Gratamente habrían sorprendido al padre del poeta, que habita en el manoir del Boultous, pues recordarán sus oídos de viajero antiguas noches de Buenos Aires, tardes de las costas uruguayas.

A un lado del camino vemos de cuando en cuando cuadros pastoriles o agrícolas. La tierra es pobre de árboles. Sobre las colinas nos hacen pensar en nuestro Don Quijote los molinos de viento. Pegado a los filos de la tierra se ve el ajonc con sus pompones de oro. En los cuadrados de hortalizas, la patata, modesta, pero dignamente, luce cerca de la madre col sus flores claras. Encontramos muchachas robustas, campesinos, soldados. De pronto, al acabar de subir una cuesta, se presenta a nuestra vista el panorama de Camaret. Las casitas grises pegadas a la costa, las barcas de pesca en la bahía, la espuela de roca que se interna en el mar y en cuya roseta se aloja la iglesita de Notre-Dame-de-Roch-Amadour y el famoso y vetusto castillo de Vauban. Al frente, sobre lo alto, se destaca el semáforo, y se miran como en un cuento de caballero las torres del manoir en que sueña y piensa Saint-Pol-Roux, no lejos del chalet de Antoine, el histrión ilustre.

Bajo un árbol estamos, ya cerca de la puerta en donde nos reciben amables el perro gris y la criada rubia. En el salón hay panoplias de armas, el piano, los retratos de los hijos y las dos insignias pirográficas que Gauguin tenía en su casa de arte allá en Tahiti, donde pintó con sol extraño, metiendo su alma por los ojos entre almas primitivas y descubriendo las partes secretas de la Belleza. Y cuelgan, secas ya, las ramas rituales que vinieron de la iglesia donde se repartieron en el día del triunfo de Jesús.

Estamos luego en un saloncito blanco y oro.

Sobre el marco del espejo hay pintada una fantasía marina. En la mesa libros de poetas, en cuyas páginas dicen las sendas dedicatorias los más admirativos conceptos. Y he aquí al dueño de casa. Viste el traje en que recorre a pie todos estos contornos. Terciopelo castaño, polainas de cuero, zapatos sólidos. La melena de antaño está un tanto recortada. El rostro es dulce, la mirada del más bello oriente, el gesto acogedor, la voz con blandura e inflexiones de bondad. Ya ha hablado fraternalmente; ya no nos deja partir sin que almorcemos con él; ya habla de América como de un país de encanto, y aunque confunde a Buenos Aires con el Brasil, a pesar de los periplos paternales, no importa. Este gran despertador de valores del verbo es un sencillo. Este «raro» es un familiar. Suele inclinarse de tanto en tanto cuando habla, habituado como está a portar su carga de pensamiento. Una formidable conciencia de su valer le aisla indiferente a los vanos esfuerzos de los adoradores del momento.

Su espíritu ha descifrado lo hondo de la inscripción del Templo délfico. Y al oído le han repetido: Platón, lo Bello es el esplendor de lo Verdadero; Platino, lo Bello es la idea de lo Verdadero; Gœthe, hay diosas augustas que reinan en la soledad; alrededor de ellas no hay ni lugar ni tiempo; se turban cuando se habla de ellas. La Bruyère, aquel que no considera al escribir sino el gusto de su siglo, piensa más en su persona que en sus escritos; hay siempre que tender a la perfección, y entonces, esta justicia, que nos es a veces negada por nuestros contemporáneos, la posteridad sabe otorgárnosla.—Con tales ensalmos bien aprendidos se abren innumerables sésamos invisibles.

El meridional que ha cantado tan bellamente a la sonora Marsella, ha extraído de los silencios de Bretaña ricos diamantes de concentración. Asombra la joyería metafórica y el prodigio de combinaciones ideícas; es el dominio del iris y la sujeción de todas las gamas; y el volcar de la aladínica mina íntima un inacabable tesoro.

Emperador de las Imágenes, rey de las Analogías, es para mí un gran placer la comunicación fraternal con tal creador de nuevas existencias y conceptos, y mirar, por el don amistoso, como la del argentino Lugones, como la del griego Moreas, transparente su alma. Tales tratos inmunizan contra la mirada de los basiliscos y las ponzoñas de los escorpiones.

Être admiré n’est rien, l’affaire est d’être aimé,

dijo un lírico de sufrimiento. Saint-Pol-Roux ha logrado ambas cosas.

Se presentó, toda ella un bouquet de gracia, Mme. Saint-Pol-Roux. Es parisiense de París, y a pesar de sus largos años de Bretaña hay en su acento un grato acento montmartrés. Nos sentamos a la mesa. Y aparecen también Cœcilien, tan celebrado por su prosa gallarda como por buen nadador y mozo de corazón, y Loredán, en la flor de los catorce años, y Divine, la diminuta y gentil madrina de la antigua chaumière de Roscanvel. Y así todo, desde el pescado hasta el champaña entablamos la más sabrosa de las charlas. Descubro a Ricardo Rojas, ojos de fauno, cuando al decir sus años aplaudimos tanta juventud. Y nos vamos luego, con un gran cariño y una admiración grande, frescos aun los labios de la espuma del montebello.

Y ya de vuelta, al descender las colinas en la tarde de ámbar, pienso en la obra vasta de ese solitario que ha huído de la ciudad dorada y martirizadora, y que va descendiendo su existencia apoyado en su bastón de cordura. El fué con los del alba simbolista, de los que comenzaron a practicar la libertad mental sin dejar por eso de amar a sus maestros «como a dioses», siendo los dos maestros, el uno un pobre profesor de inglés, el otro un bohemio desventurado, ebrio de alcoholes y de dolores. Es el poeta de sus Anciennetés, en que canta en «el tiempo abstracto de lo solo» el orgullo humano hecho una llama, a su manera, la arcilla ideal de Hugo, de la reina primitiva, de la «rosa maligna»; la vuelta de Odises; el chivo emisario en el mundo judío, la divina Magdalena,

La femme au cœur plus grand qu’un lever de soleil

Lázaro y el Gólgota, en versos que hubieran sido de un Leconte de L’Isle flexible y trascendente.

Aquellos pasados «reposorios» que aparecían en el primer Mercure, y hoy coleccionados en series que forman una sucesión de, como dice el poeta, «temas filosóficos, símbolos de alma, notaciones de estaciones, pinturas de horas, magias de fenómenos», constituyen una de las obras más hondas y más puramente artísticas de la última época intelectual. Son de esas criaturas cerebrales que suelen resucitar a través de los siglos.

Concentraré. Aún me deleita, como la primera vez, aquella inicial significación de las alondras. «Les coups de ciseaux gravissent l’air.» Es el poemal comienzo de la vida en la sucesión cotidiana. Son el clarín del gallo, «la diana» y la salida del sol. De poner los ojos en una rata nace una música de ideas, y aun de ver la ropa lavada que tiende la madre en la aldea. Cada paso en la existencia da nacimiento a una lírica expansión. Interpreta el tiempo, el número, el espacio. Siempre está en él el pensamiento. Las apariencias se expresan, se entrelazan las alegorías. ¿Es prosa, es verso? El ritmo impera. Y hay verso y prosa, o solo verso, según el entender mallarmeano.

Yo he respirado los perfumes de la Rosa y me he herido en las Espinas del camino... Del sol me he abrevado con el que nació en el Mediodía y no he perdido nunca su don apolíneo; y con brazos de fuego he penetrado la floresta del misterio, clamando, por donde Mæterlinck habla en voz baja...

Largas páginas tendría que escribir para hacer un estudio de esta producción de psíquicas piedras preciosas. Desde el primero hasta el reciente tomo de los Reposorios, la maestría se ha querido demostrar, lográndolo, poseída de don infuso, extraordinario. ¿Quién le llamó pastor? ¿Quién le llamó loco? Pastor de ideas, loco de poesía, con más filosofía que las bibliotecas y ardiendo en amor humano. ¡Ser pastor, Dios mío, ser pastor como Apolo, como Jesucristo! estado, por consiguiente divino.

Rara vez habréis leído en ningún autor tal maravilla de transposiciones conceptuales en un discurso prestigioso casi todo constituído de alusión. Y la manera es por extremo singular de armonía y de libre voluntad. El poeta dice en cortos períodos sonoros las voliciones íntimas de las cosas, los secretos del vínculo, las correspondencias de las plantas y de los animales, Gaspard Hauser en el arca de Noé, Orfeo que ha habitado en París. ¿Quién aseguraba que tan solamente en el Norte florecía bajo las nieblas el árbol del misterio? De misterio vivía envuelto en sol Raimundo Lulio, en un día hecho de pedrerías; de misterio arden aún las mágicas Mil y una Noches, y por Saint-Pol-Roux del misterio vienen, de una selva encantada de misterio, su blanca Paloma, su negro Cuervo, su Pavo real.

«Por mínimo que fuese, yo he sido, tal vez por momentos, el protagonista del gran Pan», dice alguna vez.

Es la reducción del Universo al servicio del poeta, en cuya alma, por divina virtud, se juntan todo el tiempo y todo el espacio. ¿A quién se parece Saint-Pol-Roux? Primeramente, «a sí mismo», y luego, a la Poesía. Mas no por ser tal flor de propio carácter dejará de tener tales relaciones. Hay en la obra de Saint-Pol-Roux esencias que creéis distinguir en el ramo singular. Esencia de Píndaro y esencia de Ezequiel, esencia de Rabelais y esencia de Virgilio, esencia de Góngora y esencia de Hugo, esencia de Gœthe y esencia de Mallarmé... Mas, sobre todo, esencia del día y esencia de la noche, esencia del cielo y esencia de la tierra, esencia de la Vida y esencia de la Muerte. ¡La Muerte! Desde Orcagna, desde la danza Macabra, nadie ha podido como él traer por el poder del Arte ante nuestros ojos, personalizada y vestida de símbolos, a la siniestra Flaca, a la Dama de la Hoz. Una vez lograda esa caza de prodigio, volvió a los reinos vitales.

Y así continúa, coleccionando en el receptáculo de los libros la riqueza que extrae de sus hondos senos propios. Y para andar entre las gentes preciso le es el hablar el idioma de todos los días, vivir la diaria vida. Sus pescadores, sus vecinos sencillos, le aman. Cuando pasa por las calles del pueblo todo el mundo le señala con afecto.

Con las rocas habita, en una altura, en frente del mar. Abajo tiene arena blanda; sedas de espuma. Y en el invierno, el viento hace temblar el manoir. Se levanta matinal. Trabaja fumando su pipa. La luz de su lámpara sirve de faro a las barcas de pesca que vuelven por la madrugada.



EL PUEBLO DEL POLO

L progreso moderno es enemigo del ensueño y del misterio, en cuanto a que se ha circunscrito a la idea de utilidad. Mas, no habiéndose todavía dado un solo paso en lo que se refiere al origen de la vida y a nuestra desaparición en la inevitable muerte, el ensueño y el misterio permanecen con su eterna atracción. Lo desconocido en la naturaleza surge de repente en formas tales, que llegan a realizar lo imaginado. El radium es un milagro. Todavía no se sabe lo que es la electricidad. A este propósito, en un libro reciente, dice M. Lucien Poincaré: «Los espíritus, aun los más cultivados, tienen una tendencia tan natural como engañadora a creer que han comprendido la causa de un fenómeno cuando se ha dado una explicación que junta ese fenómeno a otro anteriormente conocido, y al cual se está acostumbrado desde hace tiempo. Reflexiónese un poco y se advertirá que el embarazo en que se encuentra el sabio sería igualmente grande si fuera preciso dar una explicación completa de no importa qué otro fenómeno físico, aun tomado entre los más familiares. Si ante una de las aplicaciones más sencillas y más vulgares de la corriente eléctrica, en frente, supongamos, de una modesta campanilla eléctrica, el físico se encuentra un tanto molesto cuando se le pregunta cómo la energía de la pila se transporta a lo largo de un hilo, y a qué modificaciones en el hierro corresponde la imantación del electroimán, estaría en el derecho de hacer notar que sabría, además, satisfacer plenamente la curiosidad de quien quisiera darse una cuenta enteramente exacta de las razones profundas por las cuales la vieja y respetable campanilla antaño usada hace oir un sonido cuando se tira del cordón.» Así en todo. La ciencia de hoy corrige a la de ayer; mas poco a poco y de tiempo en tiempo se descubre o se entrevé un nuevo enigma del universo, que hace más profundo y formidable el enigma total. Muchos creen que la astronomía y la química son las sucesoras de la astrología y de la alquimia. ¡De ninguna manera! protesta un estudioso como M. Jacques Brieu. Preguntad a Paúl Flamblart, Selva, Fomalhaut, Barlet y algunos otros, de los cuales tres o cuatro, por lo menos, son antiguos alumnos de la Politécnica, si se debe confundir la astrología con la astronomía. Esta difiere de aquélla tanto como la anatomía de la fisiología y de la psicología. En cuanto a la química, comienza apenas ahora a entrar en los dominios de la alquimia.—Dijérase que el ejercicio de la inteligencia nunca como hoy ha contado con más investigadores de absoluto. En otras épocas, la concentración de la labor mental, en solitarios gabinetes y en silenciosas celdas de conventos, se tendía por el esfuerzo teológico a la rebusca y comprensión de Dios. Hoy la unida labor intelectual se dirige a la exploración de la materia y de la fuerza, de lo arcano inmediato, de lo que nos rodea; y está en nosotros mismos.

Pero, tanto en lo lejano de los astros apenas vislumbrados con el aún impotente telescopio, como en lo recóndito de la vida atómica, hay un infinito ignorado. La geografía ha avanzado mucho. Mas ¿está todo el globo ya en nuestros nutridos inventarios? Hay todavía rincones inviolados. Y está el Polo, guardado aún por la enorme y blanca esfinge que surge en una de las más maravillosas creaciones o supervisiones de Poe.

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Tales temas tientan hoy a más de un escritor de imaginación. Wells, el inglés, ha sido el conquistador de la celebridad inmediata por sus novelas extraordinarias. Hay antecesores ilustres, y con razón se ha citado a este respecto los nombres de Poe, de Villiers de l’Isle Adam, y aun el del venerable y pueril Julio Verne.

Otros pueden agregarse, en cierto sentido, como Lytton Bullver o Rider Hagard. En Francia, y tratándose únicamente de la sorpresa intelectual producida por la obra de Wells, no habían aparecido aún seguidores del autor británico. M. Charles Derennes, cuya reciente obra El pueblo del Polo acabo de leer, me parece que inicia la serie de los imitadores, y a pesar de lo que en su contra tiene toda imitación, el libro de que trato logra el propósito, y podría pasar por «du Wells», si no apareciese en medio de los más interesantes momentos de la acción el inevitable «esprit», que echa a perder la intensidad de lo que nos conmueve y hace pensar.

La fabulación es sencilla; y el procedimiento conocido: prólogo explicativo, manuscrito encontrado. El autor cuenta que en Septiembre del año de 1906 se encontraba en Saint-Margarit Bay, pueblo del condado Real, en la costa del Paso de Calais, a seis millas de Dover. Allí se junta con un su amigo, Luis Valentón, profesor del Colegio de Francia, miembro del Instituto, que ha hecho grandes exploraciones en Siberia, y que ha descubierto muchas cosas; entre ellas un esqueleto de animal desconocido que habría regocijado al sabio Ameghino y que él califica de antroposauro. Este animal, explica Valentón, es contemporáneo de los primeros hombres, y la inteligencia humana y la inteligencia... antroposauria han debido, en una época, existir juntamente...

Hay una comparación que me parece explicar bien la manera con que las especies evolucionan, se transforman y salen las unas de las otras. Imaginada familia que posee una casa en un país fértil. Los campos la nutren, nutren a los primeros hijos y aun, quizás, a los hijos de esos hijos; pero la raza se multiplica, el terreno no basta ya, y pronto tienen las nuevas generaciones que ir a buscar fortuna a otra parte. Esos hombres llegan a ser lo que la naturaleza de su patria de adopción quiere que sean; si el país es, por ejemplo, cubierto de bosques y poblado de animales, serán cazadores y no agricultores como sus hermanos y primos que han quedado en la tierra original de la raza.

Así, abandonando los pantanos primitivos donde vivían los monstruosos saurios de las viejas edades, ciertas especies han, poco a poco, ganado la tierra firme, se han cubierto de pelo, y de ellas han salido las razas mamíferas. Pero las especies fraternas que habían permanecido en los pantanos no dejaron de transformarse menos en el sentido del progreso, y entonces, ¿qué de extraño hay en que una o varias de ellas hayan llegado, como la especie humana, hasta la posesión de un cerebro dotado de razón y de inteligencia, punto culminante del progreso que nos es permitido concebir para un ser viviente?

En resumen; queda casi afirmada la existencia del antroposaurio, rival único del primate triunfante, del rey de la creación. Mas ¿dónde existe el antroposaurio? «Quelque part il y a quelque chose», dice el miembro del Instituto. Y entrega al autor un manuscrito, encontrado cerca de los hielos polares entre una lata de gasolina—, como el de un cuento de Poe fué encontrado en una botella.

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En el manuscrito cuenta un tal Vénasque las más raras aventuras. Después de una introducción sobre los antecedentes familiares y su modo de ver y de pensar, presenta a un su amigo llamado Ceintra, ingeniero, preocupado del problema de la navegación aérea. Ambos se proponen construir un dirigible con el cual pueden ir nada menos que a descubrir el Polo—, anticipándose así a los proyectos de la expedición Wellmann, de que tanto se ha hablado últimamente. Se ensayó un primer globo cerca de París. Para el segundo se pensó en un lugar cercano a las regiones árticas, «a fin de que las condiciones climatéricas durante las experiencias y durante el viaje fuesen las mismas». Escogieron Kabarowa, aldea samoyeda, al Sur del estrecho de Yugor, a la entrada del mar de Mara, último lugar habitado que vió Nansen antes de internarse entre las nieves polares.

Para abreviar detalles: el dirigible dió buen resultado y ambos amigos se embarcaron con rumbo a lo desconocido. Después de pasada una vasta región glacial, se encuentran conque la temperatura desciende. Y, primera sorpresa extraordinaria, entran en la verdadera parte polar de la tierra, en donde el día, según lo advierten, es de color violeta. Descubren aspectos extraños, vegetaciones distintas a las conocidas. El paisaje no tenía verdaderamente nada de terrestre. Y fué mucho peor cuando, de pronto, el manto de bruma que cubría el horizonte se desgarró y el sol del Polo apareció en el extremo de la llanura, inmenso y semejante a un escudo de metal empañado; el poder del dueño de la Tierra parecía aquí aniquilado por el de la singular fuerza luminosa que había invadido el cielo; ningún rayo emanaba de él, y se veía en la claridad violeta como una luciérnaga bajo el brillo de una lámpara de arco. A esa luz misteriosa perciben el vuelo de no conocidos pájaros. La influencia de un gran peso de ondas eléctricas se reconoce en el ambiente. Quieren huir, pero no pueden mover el globo, a pesar de funcionar bien el motor; y la barquilla, que tiene gran parte acerada, es atraída por un enorme imán, como el del cuento de Simbad. Por de pronto, los viajeros viven de sus provisiones, y tienen de ellas copioso depósito. Se convencen, con todo, de que son prisioneros de seres inteligentes que les rodean sin dejarse vencer por ellos.

En la tierra encuentran huellas de un animal ignorado. La arcilla suave y flexible había netamente guardado la huella del paso de un animal... Un paso aquí, otro allá... tiene el aspecto de una huella de bípedo, o, mejor, de un animal que utiliza únicamente para caminar sus miembros posteriores y su cola: algo como un kanguro... ¿Se trata del iguanodon...? Quizá hay rebaños de iguanodones, de iguanodones domesticados... Como el lector comprende, el antroposaurio va a aparecer. Han encontrado, en ciertas rocas, o en la tierra, puertas metálicas. Han oído ruidos subterráneos. Y luego, se dan cuenta de que les han robado varias piezas del motor. Advierten que la luz especial que allí forma el día es producida a voluntad. Por fin, un ser, el «ser» de esos lugares, se deja ver. «Desde que hube observado ese cráneo extremadamente desarrollado, hipertrofiado en partes, y como hinchado de un exceso de cerebro; desde que, sobre todo, los grandes ojos iluminados de un reflejo interior, se fijaron en los míos, comprendí definitivamente que esa criatura estaba dotada de razón.

»Pero el aspecto del monstruo no recordaba en nada el del hombre. Estaba acurrucado sobre sus miembros posteriores, y debía andar apoyándose en su fuerte cola; sus brazos grotescos y cortos, en lugar de caer en el reposo, a lo largo de los costados, parecían restos de manos, sino dedos unidos directamente a los puños, dedos desunidos y larguísimos, más largos que los brazos, al parecer, y semejantes a tentáculos. Sobre, la cara, nada de pelos; una piel descolorida y pálida que me hacía pensar en una cabeza de ternero pelada. Los ojos redondos, ligeramente salientes y metidos, sin párpados visibles en las órbitas prominentes. En lugar de nariz, dos hoyos profundos de donde salía vapor; abajo, la raja desmesurada de una boca de reptil provista de muchos dientes agudos que no llegaban a cubrir los labios delgados y córneos. En las comisuras de los labios, que se juntaban casi a las orejas movibles y minúsculas, salía un poco de saliva. El mentón no existía, o desaparecía bajo los lisos repliegues de pellejo blando que había sobre el cuello y la parte superior del tronco. Después, por dos veces, los párpados se agitaron, y velaron un instante los ojos, blancos, tenues, casi diáfanos, como los de las serpientes o de los pájaros».

Poco a poco, Vénasque llega a hacerse vagamente comprender por señas de algunos de los monstruos. Mas el ingeniero Ceintras se vuelve loco, y, una vez que han podido penetrar en el imperio subterráneo de los habitantes del Polo, si Vénasque tiene tiempo para observar un sistema de gobierno, una ciencia y una vida social singulares, su compañero, armado de una carabina, asesina una cantidad increíble de antroposaurios; el paso de los dos humanos ha sido una catástrofe en ese mundo recóndito. El loco se pierde entre los hielos, una vez salido de las entrañas de la tierra; y Vénasque puede aún escribir su relación antes de la inevitable desaparición. Ese es el resumen de la obra.

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* *

Desde luego, como he dicho, el libro interesa. Desgraciadamente, en lo mejor de la narración, un diálogo que se quiere hacer espiritual, la cosa parisiense, la «blague» bulevardera, descompone la tensión curiosa del que lee. Algunas descripciones del novelista hacen pensar en otros autores. La luz producida por una fuerza especial que maneja un sabio tan solamente dedicado a eso, recuerda el «vril» de la también subterránea «raza futura» de lord Lytton. La labor de los polares y hasta su superdesarrollado cerebro, tienen más de un punto de semejanza con los selenitas y con los marcianos de dos novelas de Wells muy conocidas. A pesar de todo, me ha complacido le lectura de este volumen, que no tiene nada que ver con el adulterio y el apachismo ambientes, y cuyo autor busca en problemas científicos atrayentes como las más bien urdidas fábulas, un tema que hace pensar y mantiene la atención viva.



HÉRCULES Y DON QUIJOTE

N notable escritor y poeta, que por cierto es de la familia de Castelar—me refiero a don Mariano Miguel de Val, dice lo siguiente:

«Es un libro que está por hacerse, a pesar de lo agotado que parecía el tema: Hércules y Sileno, precursores del valeroso hidalgo Don Quijote y de su escudero Sancho. Hércules, libertador de los oprimidos, amparo de los débiles, castigo de los tiranos y espanto de los monstruos, tiene tales analogías con el ingenioso hidalgo de la Mancha, que hasta la protección de Palas Atenea, diosa de la sabiduría, parece sentar el principio de que también al hijo adulterino de Júpiter le sorbieron el seso los libros, más o menos de caballerías.»

La comparación de Don Quijote con Hércules me parece nueva e ingeniosa. La de Sancho y Sileno la había hecho ya el gran Hugo en un capítulo de su William Shakespeare.

«En Cervantes—dice—, un recién llegado entrevisto en Rabelais, hace decididamente su entrada: es el buen sentido. Se le ha percibido en Panurgo, se le ve de lleno en Sancho. Llega como el Sileno de Plauto, y él también puede decir: Soy el Dios montado sobre un asno.»

El señor de Val busca los puntos de semejanza en los dos héroes. Hércules, en su destierro, condenado por Anfitrión, rey de Tebas, haciendo vida pastoril, y don Quijote, enamorado y poeta, en Sierra Morena. En las «salidas» hubo indudablemente muchos «trabajos»; las aventuras de los molinos de viento, en la venta, lo del yelmo de Mambrino, la liberación de los presos, el caballero del bosque, los leones, a los cuales se pueden agregar el descenso a la cueva de Montesinos, los batanes, los cuadrilleros, el barco encantado y tantos otros momentos de la vida heroica del caballero de los caballeros.

Todo esto, desde cierto punto de vista, es comparable con las hazañas del esposo de Deyanira. Mas, a mi entender, la psicología, digamos así, de los dos personajes, es absolutamente distinta. Además, Don Quijote es inseparable de Rocinante. Es el «caballero». Diríase que sin su caballería está incompleto. Cuando no va en Rocinante hacia el heroísmo, va en Clavileño hacia el ensueño. Hércules no cabalga. La única vez que usa de corceles es cuando ya consumido su cuerpo por las llamas en la cumbre del Œta, en soberbia apoteosis, y bajo su olímpico aspecto de inmortal, asciende, por orden de Júpiter, hasta los astros, en un carro tirado por una cuadriga:

Quem pater omnipotens inter cava nubila raptum
Quadrijugo curru radiantibus intulit astris.

Podríase comparar don Quijote, a ese respecto, con Belerofonte, con Perseo, ambos jinetes de Pegaso y sublimes caballeros andantes. Cervantes cita poco a Hércules. En la primera parte del Quijote, cuando habla de las lecturas del héroe, dice:

«Mejor estaba con Bernardo del Carpio, porque en Roncesvalles había muerto a Roldán el encantado valiéndose de la industria de Hércules, cuando ahogó a Anteón, el hijo de la Tierra, entre los brazos.»

Hércules es el prototipo de la fuerza bruta, aunque, según las palabras de Muller, «lo heroico-ideal está expresado con la mayor fuerza en Hércules, quien fué preeminentemente un héroe nacional helénico. Su semejante bíblico es Sansón. Don Quijote es el Espíritu cabalgante, el Ideal caballero. Otros hay que pudiéranse nombrar a su respecto: el ya dicho Perseo, San Jorge, Santiago, Astolfo—y todo Poeta que monta en Pegaso.

Don Quijote es casto. Hércules es tan lascivo como Pan. En el canto en que Deyanira se dirige a su esposo en las Nereidas, de Ovidio, ella enumera alguna de las eróticas fazañas del formidable marcheur. Le habla de sus amoríos errantes y variados. «Cualquier mujer, le dice, puede ser madre por obra tuya.» Le recuerda la violación de Angea y el «pueblo de mujeres», nietas de Teutra, de las cuales gozó, y la tremenda Onfalia, que afemina al beluario, y le hace hilar a sus pies como a una esclava. Don Quijote no encuentra siquiera a Dulcinea y n se deja tentar por la carne, siempre con el alma de hinojos ante la figura soñada. Hércules, por fin, es el semidiós medio bandido, y don Quijote, aunque él asegure, al compararse con don San Jorge y don San Diego y otros caballeros canonizados, que ellos pelearon a lo divino y él a lo humano, es un paladín medio santo.

¿Y Sancho y Sileno? Ya hemos visto cómo Hugo hace la comparación en su libro sobre Shakespeare. Sancho es también inseparable de su asno. Recordaré el párrafo del admirable capítulo:

«Llega como el Sileno de Plauto y él también puede decir: Soy el Dios montado sobre un asno. La cordura en seguida, la razón muy tarda; es la historia extrema del espíritu humano. ¿Qué de más cuerdo que todas las religiones? ¿Qué de menos razonable? Morales verdaderas, dogmas falsos. La cordura está en Homero y en Job; la razón, tal como debe ser para vencer los prejuicios, es decir, completa y armada en guerra, no estará sino en Voltaire.

El buen sentido no es la cordura y no es la razón. Es un poco de lo uno y un poco de lo otro, con un matiz de egoísmo. Cervantes lo pone a caballo sobre la ignorancia, y al mismo tiempo, acabando su irrisión profunda, da por caballería al heroísmo la fatiga. Así muestra, en uno después del otro, el uno con el otro, los dos perfiles del hombre y las parodias, sin más piedad para lo sublime que para lo grotesco. El hipógrifo llega a ser Rocinante. Detrás del personaje ecuestre, Cervantes crea y pone en marcha el personaje asnal. Entusiasmo entra en campaña. Ironía sigue al paso. Los altos hechos de Don Quijote, sus espolazos, su gran lanza enderezada, son juzgados por el asno; perito en molinos. La invención de Cervantes es magistral, hasta el punto que hay entre el hombre tipo y el cuadrúpedo complemento, adherencia estatuaria, el razonador como el aventurero hace un solo cuerpo con la bestia, que le es propia, y no se puede desmontar ni a Don Quijote ni a Sancho Panza.»

El asno de Sancho es silencioso y paciente, el asno de Sileno de Plauto está dotado del don de la palabra, como el de Balaan, como el que dialoga en Turmeda, como el que habla largamente al filósofo Kant en el poema de Víctor Hugo. El asno ha tenido insignes cantores desde Grecia y Roma, hasta Daniel Heinsius, hasta Hugo, hasta nuestro buen Lugones. Cierto es que, el dulce animal de las largas orejas, además de conducir a Sancho y a Sileno, sirvió de caballería triunfal al Señor de Amor en su entrada a Jerusalén.



UN RECUERDO A CASTELAR

ACE poco tiempo, el señor don Adolfo Calzado, publicó un volumen que contiene muchas cartas de Castelar, dirigidas a él—desde el año de 1868 hasta el 98—, y otras escritas a Castelar por Víctor Hugo, Renán, Dumas, Duque de la Victoria, Mazzini, Thiers, Garibaldi y otros famosos y gloriosos hombres de diferentes naciones.

El señor Calzado fué el amigo más íntimo de Castelar, y quien, sin alardes de humillante mecenismo, ayudó pecuniariamente al gran orador, en ocasiones en que éste necesitaba de su apoyo. Calzado, rico banquero muy conocido en París, y al propio tiempo persona de superior cultura, ha escogido, entre las muchas cartas que recibiera, las principales.

¿De qué manera—dice en el prólogo—he procedido al ordenar estas cartas? Desde luego he hecho poco uso de aquellas cortas circulares que me enviaba Castelar periódicamente, al mismo tiempo que a otros cuatro amigos, las cuales dictaba a su secretario para que sacase copias de ellas. Doy preferencia a las íntimas, porque reflejan idénticos pensamientos con mayor espontaneidad y abandono, bien que ofrezcan el peligro de hacerme parecer inmodesto, aceptando elogios inmerecidos y expansiones que el lector, con su buen criterio, achacará indudablemente a la parcialidad del amigo. Después he eliminado lo agresivo, lo que, dicho en la intimidad y con el calor y la vehemencia de la lucha, pudiera ofender a muchos que fueron amigos suyos y son sus primeros admiradores. Por el deleznable fin de sazonarle a la curiosidad pública manjares, con la sal y pimienta del escándalo, hubiera faltado a deberes elementales. Tampoco he querido suavizar aquellas frases de ingenio tan peculiares en él, verdaderos zarpazos de león, para convertirlos en vulgares arañazos de gato. Suprimiéndolas sencillamente, si no doy gusto a los aficionados al escándalo, dejo en pie la idea, el concepto, que por faltar un adjetivo o un donaire no pierden su razón y su virtualidad.»

El compilador, respecto a las necesidades de aquel grande hombre que cumplió con el deber estético de darse la mejor vida posible, agrega:

«No me he creído con derecho a suprimir lo relativo a sus apuros económicos, porque ponen en relieve su laboriosísima existencia, su trabajo diario de diez horas, y cómo el hombre que ocupó los primeros puestos en la nación murió tan pobre que cuatro amigos tuvieron que pagarle el entierro. ¡Y no fué un entierro nacional, si fueron nacionales el duelo y el quebranto!»

Al leer la correspondencia de Castelar se ve ante todo la facilidad de fuente que había en aquel surtidor de ideas y de cláusulas armoniosas. Castelar en sus cartas, como en sus novelas, como en sus artículos, es el Castelar de los discursos, es siempre el orador. Hace su frase, busca la cadencia y el efecto, redondea su hipérbaton. Así era también en su conversación. Y, a propósito, fué Castelar quien me presentó a su amigo Calzado, una vez que almorzamos en su casa de la calle de Serrano. Otra cosa que se advierte en seguida es la vehemencia meridional en todo, y una facultad de dar en todo, un soplo de lirismo.

Claro que lo que principalmente preocupa al escritor se ve que es la política, y de política tratan la mayor parte de las epístolas. Tanto como la política española dijérase que le interesa la francesa; y se sienten sus protestas, sus enojos, sus críticas, llenas de fogosidad. No queda muy bien Gambetta ante sus juicios. Y cuando Castelar se exalta, no se para en señalar hasta el defecto de ser tuerto.

También resalta el ingenuo y natural orgullo de quien sabía lo que era y lo que valía. Esa águila tiene mucho de pavo real. Y la verdad es que los oros y colores de su estilo brillan lindamente al sol. Hugo tenía también ese conocimiento de lo desmesurado de su genio, y asimismo mostraba su soberanía con sencillez, simplemente, como un león. Y hay que ver el cambio de cumplimientos olímpicos entre el gran francés y el gran español.

Y todo eso estaba perfectamente. Castelar no iba a dirigir sus pomposos elogios a M. Tartampion, ni Víctor Hugo sus inciensos pontificios a Juan de las Viñas.

Otra cosa que advertiréis es el trabajo formidable de aquel cerebro excepcional. Aunque la política le quitase mucho tiempo, él se arreglaba de modo que, mientras había libros suyos en prensa, iban sus larguísimas y profusas correspondencias a Buenos Aires, a Montevideo, a Venezuela, México, a Nueva York, fuera de su colaboración en diarios y revistas europeas. Ganaba mucho dinero, es verdad; puede decirse que nadie aquí ha sacado tanto oro de sus tinteros. Pero gastaba mucho; su vida de gran señor y de hombre de buen gusto le costaba un dineral, y ya habéis visto cómo Calzado cuenta que cuatro amigos tuvieron que pagar su entierro.

Hay en esas cartas opiniones sobre hechos y sobre gentes, sobre arte, vida pública; paisajes rápidos, soñaciones e intenciones de poeta. Escribe en una parte, desde Étretat:

«Tengo el valor de predicar a un poeta prusiano, muy amigo de Bismark, su agente en Roma, que Alemania debe reconciliarse con Francia, como se ha reconciliado con Italia, volviéndole Milán y Venecia. Por consiguiente, debe volver a Francia, Metz y Estraburgo.»

Una tablita:

«Querido Adolfo: Aquí me tienes en la soledad más completa. Frente de mis balcones se extiende el Mediterráneo, que me envía sus frescas y a veces tempestuosas brisas; en torno de la casa una multitud de colinas sombreadas por pinos de Italia, y en cuyas cañadas crecen las higueras, los naranjales y las palmas.»

Política europea:

«Estoy indignado con ese bárbaro zar moscovita. Después de haber echado los pobres servios al campo, todavía los insulta. Después de haber convertido el ejército servio en ejército ruso, todavía escupe por el colmillo. Ayer comí en casa de Layard con tres diputados conservadores del Parlamento inglés. Me dijeron que Alejandro ladra, pero no muerde.»

Un buen párrafo para Gambetta, en Noviembre del 76:

«La campaña de Gambetta me admira más cada día. Es el verdadero talento político que hay en la democracia francesa. Por él, y sólo por él, vivirá la República. Si hoy tengo tiempo te incluiré una carta en español para que se la traduzcas de viva voz al francés, felicitándole y felicitándome por sus triunfos, que son también triunfos de la democracia europea.»

Y en Agosto del 77, refiriéndose a un discurso pronunciado por Gambetta:

«Aunque he dicho a América que me había gustado el discurso de Lila, te digo a ti que no me ha gustado nada. Cada día encuentro a ese mozo más gárrulo y más vacío. Luego, a su altura, no se comprometen los hombres públicos en procesos de imprenta como cualquier pelafustán de baja talla.»

Después, aún hay cosas peores contra Gambetta. Un sabroso párrafo culinario:

«Las últimas chucherías salen de provincias y llegarán antes de dos días. Haced un almuerzo español. Freid las morcillas, asad las longanizas, hervid las batatas de Málaga, coced los blancos de Elda, desgranad las granadas; reunid a todo esto el turrón y luego preguntad dónde se quedan Chevet y Compañía.»

Pues Castelar amaba como pocos los placeres de la mesa. Y ya he hablado en uno de mis libros de ciertas perdices, regalo de la duquesa de Medinaceli, que me hizo saborear aquel hombre glorioso de alma infantil.



JEAN ORTH Y EUGENIO GARZÓN

EAN Orth es sabido que es el archiduque austriaco, de la imperial familia atrida, que, enamorado como un antiguo estudiante romántico, se embarcó un día con la mujer amada en un navío de ignorada suerte. Con rumbo a la buscada Felicidad, se esfumó en el Misterio. Y Eugenio Garzón es el Gaucho Dandy del Fígaro de París, que llegado a Lutecia de su Uruguay nativo, tiró las boleadoras a la Fama, y la llevó de las alas a la garçonnière de la rue de Courcelles, para lanzarla a todas partes, dando buenas nuevas propias y curiosas noticias del archiduque Juan de Habsburgo.

¿El archiduque naufragó? ¿El archiduque ha sido encontrado en el Río de la Plata? ¿El archiduque está en el Japón? Después de leer el buen libro de Garzón sobre Jean Orth, no tenemos la certeza de nada de eso. Quizás esto vale más, pues archiduque encontrado, leyenda acabada; y es siempre mejor que Barbarroja esté en su ignorada gruta, haciendo compañía probablemente a Enoch y a Elías. Y luego, yo creo que Garzón es tan artista que ha dejado escaparse al príncipe hacia su sueño de soledad—, quedándose con el pretexto, es natural, de escribir un bello volumen.

Este tuvo el consiguiente éxito cuando apareció en castellano. A pesar de estar escrito en nuestra lengua, tan poco leída en Europa, se habló bastante de él en Italia, en Alemania y en Austria. La versión francesa lo hará conocer mayormente. La crítica española le ha sido favorable, y sus colegas y amigos de América han tenido para el autor gentiles opiniones. Manuel Bueno proclama su «mérito indiscutible»; Emilio Mitre reconoce el interés y la agradable literatura del libro; Eduardo Wilde encuentra «páginas encantadoras»; Daniel Muñoz aplaude esta obra «variada en su unidad»; García Ladevese asegura que «son los libros escritos como Jean Orth los que consuelan de la impotente literatura de decadencia»; y Gómez Carrillo cuenta que se ha «olvidado de almorzar» por leer Jean Orth. Esto que parece más bien un prière d’insérer, no es sino un ramillete de justicias. Al cual yo agrego, gustoso, mis cumplimientos.

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Hace algún tiempo, visitando la admirable mansión de Miramar que posee en la isla de Mallorca el archiduque Luis Salvador, vi en una capilla construída no lejos de la legendaria gruta de Raimundo Lulio, una estatua de mármol, simulacro de nuestra católica Virgen. En el zócalo una inscripción recuerda las dos visitas que a Miramar hiciera la emperatriz que tan bellas páginas inspiró a Maurice Barrès, y que el doctor Christomanos biografiara fervorosamente. Y en tal inscripción se ponía bajo el amparo y la protección de la Maris Stella, a la porfirogénita viajera que en Corfú descansa en su Achilleion, frente al monumento que consagrara a su admirado Heine, de sus errantes fatigas. La Estrella del Mar no pudo desviar, por ley de la superioridad divina, el arma del anarquista que, a las orillas del lago de Ginebra, hirió a la soberana y solitaria señora. Y al leer la inscripción votiva no pude menos que recordar a Jean Orth que, como el holandés errante, se perdió en lo incógnito del mar sobre su barco fantasma. Tiene Garzón una hermosa página en que los datos fatídicos se amontonan como puñales en el proceso histórico de esa familia predestinada. Quizá poseído del terror de su sangre, el príncipe perdido abandonó la existencia palatina de Viena y en compañía de la hembra elegida, vestido de su pseudónimo, se fué en busca de paz, de acción, de horas tranquilas y amorosas.

Su caso queda entre los enigmas de la historia. Su vida es una novela que justamente ha tentado la pluma de un escritor de fantasía y entusiasmo, que ha hecho juntarse en el camino de la leyenda el Río de la Plata y el bello Danubio azul. El hallazgo del príncipe hubiera sido una victoria periodística destructora de ilusiones; el triunfo literario en que me ocupo deja felizmente el campo libre a la suposición y a la imaginación.

El temperamento caballeresco de Garzón se aviene a maravilla con la aventura romántica del archiduque navegante, y su habilidad de escritor sale ufana del intento de demostrarnos la posibilidad de que actualmente existe en alguna parte el que casi todo el mundo ha creído muerto en el mar.

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Contraste curioso ofrece el autor, entre estas páginas laboradas con una firme preocupación y elegancia de estilo, y su diaria tarea de Le Fígaro, en donde con períodos erizados de guarismos y de manera concentrada y expositiva, hace la propaganda de las riquezas y de los progresos de la América nuestra, sobre todo de la maravillosa República Argentina. Gracias a esto, le perdonarán sus amigos de estancia y automóvil sus apasionados devaneos con las bellas letras que no son de cambio. El Fígaro parisiense ha ganado mucho, es indudable, en nuestro continente y en nuestro mundo hispanoparlante, con el trabajo asiduo de su redactor platense. Y nuestras repúblicas, a su vez, han logrado por fin tener en Europa un expositor útil y fidedigno y serio, de su civilización y de sus elementos de riqueza y de cultura. Tanto más, que a la propaganda simplemente comercial e industrial de la hoja cotidiana, se agregará pronto la social y artística en Le Figaro Illustré.

Amigo de las elegancias y de las distinciones, alejado de los murmuradores charlatanes y de los folicularios de países latinos que abundan en las colonias de París, puede Garzón entretener sus vagares de mundano, escribiendo con pluma fina libros como su Jean Orth y como La entraña del bulevar, que aparecerá en breve.

En el tiempo relativamente corto en que ha logrado ser el primer hispanoamericano que ha entrado a formar parte de la redacción activa de un gran diario, ha llegado a conocer la vida parisiense como muy pocos extranjeros la conocen. Conversar con él es un placer. Y así, entre anécdota y frase oportuna, os narrará cosas del mundo internacional de la Metrópoli, como traerá a cuento sus días de juventud y de lucha, en su amada tierra original. Trofeo forman, en su gabinete de trabajo, los ponchos costosos de los gauchos, las espuelas, la guitarra del payador, las boleadoras que han detenido carreras de avestruces y de potros en las vastas pampas. Y bajo esos trofeos suelen verse lindas sonrisas francesas, monóculos literarios; o tal o cual barba blanca de personaje.

Aunque ya ha nevado sobre él, guarda con bizarra actitud sus bríos de antaño, que recuerdan sus antiguos compañeros de periodismo en el Plata, hoy casi todos diplomáticos y hombres de estado. Y es soltero. Garzón para la garçonnière.

Este escritor y este periodista, ambos en el mejor sentido de la palabra, es, como lo he dicho en otra ocasión y en este nuestro querido Fígaro habanero, un romántico modernizado. A pesar del continuo contacto con esta inquietante ultracivilización, conserva viejas virtudes castizas, que Dios le guarde siempre. Cree en la nobleza, en el carácter, en la amistad, en el honor, en la cortesía. Y aunque ya todo eso casi no está de moda, él lo sabe lucir de manera envidiable. Y es que este dandy, que hubiera sido amigo de Barbey d’Aurevilly, tiene también el dandismo «por dentro».