The Project Gutenberg eBook of Letras
Title: Letras
Author: Rubén Darío
Illustrator: Enrique Ochoa
Release date: January 24, 2016 [eBook #51029]
Most recently updated: October 22, 2024
Language: Spanish
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LETRAS
| AL ÍNDICE |
LA CASA DE LAS IDEAS
I
STA frase de Elisée Reclus: «La ciudad de los libros» despierta en mí este pensar: «las casas de las ideas».
En efecto; si la palabra es un ser viviente, es a causa del espíritu que la anima: la idea.
Así, pues, las ideas, con sus carnes de palabras, vivientes, activas, se congregan, hacen sus ciudades, tienen sus casas. La ciudad es la biblioteca, la casa es el libro.
Helas allí como los humanos seres; hay ideas reales, augustas, medianas, bajas, viles, abyectas, miserables. Visten también realmente, medianamente, miserablemente. Tienen corona de oro, tiara, yelmo, manto o harapos. Imperiosas o humilladas, se alzan o caen, cantan o lloran. Evocadas por el hombre, dejan sus habitáculos, abandonan sus alvéolos, resuenan en el aire, o, silenciosas, penetran en las almas por los ojos. Luego vuelven a sus casas, después de hacer el bien o el mal.
II
Tenéis aquí una vieja catedral: es un misal antiguo. Muestra sus ferradas y pesadas puertas; sus muros, sus esculturas, sus vidrios coloreados, sus rotondas, sus flechas, sus agujas, sus campanarios. En los nichos de las mayúsculas viven los santos, las vírgenes, los mártires. A su rededor clama un pueblo de ideas santas, canta como a son de órgano o al vago vibrar de tiorbas celestes. Las ideas angélicas, encarnadas en palabras castas y blancas, dicen en coro rezos, himnos, glorias, hosannas. Las martirizadas pasan purpúreas, cerca de los azules y oros que pulieron los monjes. Unas llevan los ramos de lirios en las manos, otras clavos, coronas de espinas o palmas. ¡Palmas! Cuando el triunfo de Nuestro Señor Jesucristo llena las vastas naves, el pueblo de ideas fieles se congrega. Es el ambiente de los profetas, el mundo de los doctores, la atmósfera de los beatos. Un incienso de fe perfuma el aire. Los altares, bellos de oro y de cirios, presentan la magnificencia mística de sus arquitecturas. Por las cornisas, por los tallados de las puertas, por los calados de las piedras, piruetean los demonios bufos con los frailes obscenos; un cabrón que termina en largo y crespo follaje vegetal, quiere ascender hasta la soberbia expansión de los maravillosos e historiados rosetones.
Esa vieja historia es un castillo feudal. Ois el cuerno del enano, entráis por el puente levadizo. Encontraréis dentro al castellano, a la castellana, a los pajes, a las dueñas. Las ideas están vestidas a la usanza de entonces; todo es hierro, lorigas, caparazones; en los cintos las espadas, en los blancos cuellos las golas; en los puños gerifaltes. Y suena el rumor de las mesnadas de ideas. Ellas claman, vitorean, dicen decires, cantan cantos, tienen sus fiestas, sus cacerías; pelean bravas, juran y se signan, saben de respeto y de honor, de Dios y de los caballeros. De noche, al calor del buen hogar, cuentan cuentos.
En esa Ilíada pasa, truena un mundo de ideas gigantescas; viven en palabras desmesuradas, altas, vibrantes, sonoras, primitivas, divinas. Hay ideas que pasan desnudas como Venus; otras que ululan como Hécuba; otras heroicas y veloces como Aquiles. En esa portentosa ciudad griega por donde quiera os halaga la maravilla del ritmo, reina la música en su sentido original; al mandato de una lógica imperiosa, todo se mueve obedeciendo al número; al paso escucháis cómo hacen vibrar el bosque de aritmética las cigarras del verso.
En ese usado Ars Amandi os sonríen variadas y graciosas ideas femeninas. Provocan, llaman a la batalla del amor; así como ese ojeado Aretino, propiedad quizá de alguna refinada marquesa del tiempo pasado, es un curioso prostíbulo.
En las bibliotecas existe el «inferi», como en ciertos museos los gabinetes secretos, y en los estereoscopios las vistas reservadas. ¿En dónde había de estar sino en el infierno la Faustina del divino Marqués?
III
Los impresores y los encuadernadores son los arquitectos de las ideas congregadas. Ellos les levantan sus palacios, o las alojan en casas burguesas; las adornan de formas elegantes, caprichosas, modernas, graves, cómicas; las ilustran, las refinan o las ponen en aislados ghetos; las colocan, las recaman de oro como si fuesen personas imperiales; tapizan sus casas con las pieles de los animales, con costosos pergaminos, telas ricas, sedas y galones. Muchas, fastuosas y vulgares, moran en palacetes opulentos de keapsake; otras, hermosísimas, puras, nobles, llevan pobremente en ediciones modestas su perfecta gracia gentilicia.
Las primeras son semejantes a ricas herederas, feas y estúpidas; las otras a princesas olvidadas, hijas de reyes caídos, virginales, supremas, avasalladoras por la sola virtud de su potencia nativa. Hay unas heroicas, yámbicas, masculinas. Hay las soldados, espadachines, verdugos, perros furiosos. ¡No toquéis a los que manejan ideas!
Allí viven las ideas en sus casas, en sus ciudades e imperios, las bibliotecas; tienen sus Parises, sus Londres, sus aldehuelas, sus villas. En las puertas de sus mansiones se ven nombres anunciadores de sus jerarquías, desde la Biblia hasta Bertoldo, desde Hugo hasta el Sr. X. Pues todo en ellas sucede como en los hombres, y así, son unas porfirogénitas, otras plebeyas. Y como el hombre también, unas mueren y caen en el olvido; otras ascienden a la inmortalidad, por la suma gloria del genio.
PARÍS Y LOS ESCRITORES EXTRANJEROS
L influjo y el encanto de París son los mismos para todos; mas cada cual los recibe conforme con su temperamento y su manera de encarar la vida. París es embriagante como un alcohol; hay personas refractarias a todas las alcohólicas intoxicaciones. Hay quienes hacen de París su vicio. Hablo del París que produce la parisina, del París en que la existencia es un arte y un placer. Tal París embriaga de lejos. El chino, el japonés, el negro, el ruso, el yanqui, el criollo, sufren su atracción de la misma manera. El paraíso, un verdadero paraíso artificial, se reconoce a la llegada. El hechizo está en el ambiente, en las costumbres, en las disposiciones monumentales, y sobre todo, en la mujer. La parisiense sólo existe en París, afirmarían nuestros queridos maestros M. de la Palice y Pero Grullo. Mas el efecto de París se aminora o se agranda según la edad, los elementos de vida, los caracteres y las aspiraciones. No se trata de razas ni de países. Conozco por ejemplo dos vascos, Miguel de Unamuno y Ramiro de Maeztu, en quienes el influjo parisiense es nulo; en cambio hay innumerables vascos que gastan su dinero y dan placer a sus sentidos y a su imaginación en París, de la manera más meridional del mundo. En los escritores, en los artistas, se nota la diferencia de comprensión y de impresiones. La inoculación de parisina en unos es activa, en otros de mediana fuerza, en otros inocua. De los metecos, son los rumanos y levantinos los más accesibles a la parisinación completa. Los españoles resisten fuertemente, en tanto que los originarios de la América latina cuentan entre los que más se asimilan al medio y entre los refractarios. Véanse algunos ejemplos.
El marqués de Rojas vivía en París hace larguísimos años. Antiguo diplomático, ha conocido buen número de testas coronadas y ha permanecido en casi todas las cortes de Europa. Sus estudios preferidos han sido investigaciones históricas, la literatura, y sobre todo, los asuntos financieros, disciplina en que sobresale. Sus gustos, sus hábitos eran los de un gran señor; y la vida de París le sentaba tan bien, que ostentaba, no sin un justo orgullo, una florida y animada senectud. Mas una vez que se le conocía y se le trataba, se veía que el venezolano persistía, a pesar del tiempo, del medio y de las frecuentaciones. Y en sus libros se revela poderoso el espíritu hispanoamericano. Lo propio puede decirse de un cubano eminente, D. Enrique Piñeyro. Crítico de alto valer, pensador ponderado, muy erudito en literaturas extranjeras y en la española, sobre todo, guarda en su espíritu la savia cubana, el aliento del terruño. Antiguo compañero de colegio, amigo de la infancia, amigo hasta los últimos días, de José María de Heredia, el poeta francés, ha publicado, después de varios libros sobre asuntos literarios diversos, una monografía sobre José María de Heredia. ¿El cubano francés? No, el cubano del todo, el autor de la oda al Niágara. En ese trabajo, dice un periódico, «discurre el señor Piñeyro con su acostumbrada sobriedad acerca de la vida breve y agitada del cantor del Niágara, y a través de su prosa clara como las ondas de un río, se destaca con calor y vida la figura del gran poeta; se le ve muy joven estudiando a Homero y leyendo la Biblia en la ciudad oriental; más tarde le vemos investirse de abogado ante la Audiencia de Camagüey y ejercer la carrera al lado de su tío Ignacio en la poética Matanzas.
En esta ciudad se le ve esconderse y huir fugitivo para desembarcar luego tiritando de frío en Boston, peregrinar en varias ciudades americanas enseñando el español, sin saber aún el inglés, hasta que apoyado con la influencia poderosa de Roca Fuerte, surge en Méjico como uno de los consejeros de Guadalupe Victoria, el primer presidente constitucional de aquella república. Allí trabaja tranquilo, crea familia, y como obedeciendo a un sino incontrastable, le vemos pronto envuelto en los tormentosos acontecimientos políticos que señalaron el paso por el Gobierno mejicano del general Santa Ana. Mientras tanto aquí en Cuba se le había condenado a muerte, y cuando, decepcionada el alma y desfallecido el cuerpo, pidió y obtuvo regresar a la patria para abrazar a su madre, no encontró nave que le trajera a tiempo, pues antes la muerte, que le venía acechando, le arrebató la vida a los treinta y seis años escasos de haberla padecido. Y ni aun sus restos han podido recogerse, pues cerrado el cementerio en donde fué enterrado, se mezclaron las osamentas para conducirlas al azar a otra parte.»
Tal es la vida del egregio poeta cubano; tal es la gran figura literaria cuya biografía traza con mano firme y límpida el señor Piñeyro. Si en el renombrado crítico hubiese prendido bien la parisina, la monografía hubiera sido escrita sobre el famoso sonetista, miembro de la Academia francesa. La hubiera escrito en francés o la habría hecho traducir, para que fuera gustada, ante todo, por el público parisiense; habría hablado muy poco de la época de los primeros estudios en la Habana, y habría sido minucioso en recuerdos respecto a la intimidad de Heredia con Hugo, con Gautier y con todos los parnasianos; habría hablado de su salón literario, de su biblioteca, de sus obras de arte, y el escritor no habría revelado su origen de ninguna manera. Para el parisiense no existe otro lugar habitable más que París, y nada tiene razón de ser fuera de París. Se explica así la antigua y tradicional ignorancia de todo lo extranjero y el asombro curioso ante cualquier manifestación de superioridad extranjera. Ante un artista, ante un sabio, ante un talento extranjero, parecen preguntar: ¿Cómo, este hombre es extranjero y sin embargo tiene talento? Y el meteco que se parisianiza llega al mismo grado de exclusivismo que el legítimo parisiense de París.
El poeta cubano Augusto de Armas llegó a la gran ciudad ya poseído de la locura de París.
Escribió versos franceses admirables, se llenó del espíritu luteciano, fué en el barrio latino como cualquier joven poeta francés de ensueños y melena—y se lo comió París. No existía entonces el arribismo. El pobre criollo vivía en su ilusión de gloria, dedicó poesías a todos los mamamuchis de entonces, y fuera de Banville, que le escribió una carta amable, nadie le hizo caso.
Muchos de los que hemos venido a habitar en París hemos traído esa misma ilusión. Mas hemos tomado rumbos diferentes. Yo he sido más apasionado y he escrito cosas más «parisienses» antes de venir a París que durante el tiempo que he permanecido en París. Y jamás pude encontrarme sino extranjero entre estas gentes; y ¿en dónde están los cuentecitos de antaño...? Gómez Carrillo es un caso único. Nunca ha habido un escritor extranjero compenetrado del alma de París como Gómez Carrillo. No digo esto para elogiarle. Ni para censurarle. Señalo el caso. El es quien dijo, yo no recuerdo dónde, que el secreto de París no le comprendían sino los parisienses. Los parisienses ¡y él! Si no ha llegado a escribir sus libros en francés, es porque no se dedicó a ello con tesón. Mas en su estilo, en su psicología, en sus matices, en su ironía, en todo, ¿quién más parisiense que él? Muerto Jean Lorrain, no hay entre los mismos franceses un escritor más impregnado de París que Gómez Carrillo.
Revolviendo nombres y categorías puede observarse: Tourguenieff estuvo siempre en la estepa, Heine en el Walhalla, Wolff y Max Nordau en el ghetto, Eusebio Blasco en Fornos, Moreas en la Morea, la señorita Vacaresco en Rumania, Cantilo y Daireaux en la Argentina, Marinetti en Milán, Bonafoux en España... Carrillo es el meteco más parisiense de París. ¡Pues bien! El mismo Carrillo comienza a reconocer que más de una vez se ha sentido desarraigado en la babilónica metrópoli. Y él no puede quejarse de París, que bien se lo pudo tragar como se tragó a Augusto de Armas y a tantos otros. París le dió su gracia verbal, su versatilidad femenina, su sonrisa y el gusto por el refinamiento de sus placeres. Carrillo vino muy joven. Habitó en el barrio latino en un tiempo en que aún existía la bohemia y se amaba la poesía y el amor buenamente. Apenas si comenzaban a causar su efecto los venenos baudelaireano y verlaineano. Carrillo alcanzó las veladas de «La Plume». Tuvo buenos compañeros. Le halagaron desde entonces; le publicaron en aquella revista su retrato—un Carrillo adolescente y muy medalla romana—y logró una, dos y no sé cuántas Mimís, en la edad más hermosa, con cuerpo y alma de estreno. Con el tiempo evolucionó, con las ventajas y desventajas del medio... No creo que pudiera nunca separarse de París, aunque haya llegado a reconocer más de una de las falsías y engaños de la adorable cortesana que lo hechizó.
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Acabo de leer un pequeño libro del escritor dominicano Tulio M. Cestero. En estas páginas hay una sensación de París, expresada en un diálogo de transparente fondo psicológico. El autor expresa el encanto, el embrujamiento parisiense en el espíritu hispanoamericano, y el peligro del torbellino que atrae. No sé que haya permanecido largo tiempo en la ciudad luminosa. Lo que sí sé es que ha peleado ruda y bravamente en las revoluciones de su país, que es, entre los de la América revolucionaria, el país de las revoluciones. «Hemos hecho la guerra, dice, desde los días del descubrimiento. En el alma nacional lidian la tristeza del indio, el dolor del negro esclavo y la nostalgia del español aventurero, terrible herencia de odios que nos ha hecho un pueblo triste y levantisco.» Ha descrito, en prosa orgullosa y gallarda, escenas de las luchas arduas en que ha tomado parte. Deja ver ingenuidades de roca nativa, y en ellas el más puro oro cordial y diamantes generosos. Aun perfumada el alma del soplo de las patrias selvas, llega a Lutecia. Está en el bulevar. Párrafos del diálogo que he citado nos darán la impresión que buscamos:
«Marcelo.—El bulevar... ¿Has leído la reciente novela del corrosivo ironista La Jeunesse? Cuántos pensamientos en nuestras tierras de América se orientan hacia esta congestionada arteria donde el placer y el dolor forman una ola impetuosa. Venir a París, trotar por el bulevar, es la aspiración tenazmente perseguida de los intelectuales, políticos, mercaderes y mundanos de nuestras tierras calientes. Y casi tienen razón. Es única esta vía que encierra un mundo en algunos metros; ni Picadilly, de Londres, ni Unter den Linden, de Berlín, ni Broadway, de Nueva York, producen esta impresión de onda que acaricia y flagela al mismo tiempo; es una corriente que arrastra. Sí, pero es un río formado por los apetitos, las ambiciones, los dolores, las alegrías en delirio que bajan rugientes de Montmartre, de Batignolles, del barrio latino, de más lejos aún, de los cuatro puntos cardinales del globo, y en confluencia forman esta corriente que parece mansa y es pérfida, poderosa, cuyos remansos son las terrazas de los cafés. ¡Qué gloria enfrenarla y domarla; pero qué energías formidables se necesitan! Sondear su fondo me marea, y las bascas amargan mis labios.
Andrés.—Por el contrario, yo siento una sensación de fuerzas nuevas, alegres, un vehemente anhelo de conquistar el aplauso de esos hombres y el amor de esas mujeres; de erigirme un pedestal con las cabezas erguidas bajo las plumas o las sedas de los sombreros caros, y me digo cada vez: «París, tú serás mío».
Marcelo.—Ilusión.
Andrés.—París es inconquistable, indomable; olvida en la noche sus amores del alba. Es inútil empeño querer aprisionar el agua en el puño. Es en las tierras de América, que nuestros padres han regado con sangre, donde hemos de realizar la acción de nuestros sueños. A París viene todo el oro de nuestras minas, en monedas y en pensamientos; y a los que llegan fuertes, jóvenes, sanos, con la primavera en el alma, París los devuelve enfermos, viejos, rotos. Café de la Paix, Americain, Maxim’s, cocotas, sombreros, sonrisas, grupas. Marcelo ha de sentir el influjo, la atracción, y después de una noche blanca, después de una borrachera, ha de exclamar al ir en el frío de una madrugada parisiense: «Me envuelve la ola, me desarraiga, me arrastra, en el torrente, voy aguas abajo... Este cielo es un trapo sucio y no hay sol, no hay sol... el sol». Ciertamente, en París no sólo hay grupas y sonrisas de venta, y cafés alegres. Mas, entre todos los que vienen, nadie prefiere Madame Curie a Mademoiselle Liane de Pougy. Y París, sobre todo, es mujer. Es la hembra. Y Cestero se va al Congreso de La Haya y luego partirá para Santo Domingo, a pelear quizá con los revolucionarios. Pero donde, por dentro y por fuera, tendrá el sol. Su sol.
VIDA DE LAS ABEJAS
ESPUÉS de haber publicado Maurice Maeterlinck su «Vida de las abejas», vió que su libro era bueno. El público y el editor fueron de su misma opinión. Así el autor prosigue en sus incursiones de poeta y de filósofo en el reino de la naturaleza. El libro sobre las flores, como el conocido sobre las abejas, está libre de toda pedantería científica. El autor declara al comenzar: «Quiero simplemente recordar aquí algunos hechos conocidos de todos los botanistas. No he hecho ningún descubrimiento, y mi modesta contribución se reduce a algunas observaciones elementales. Claro está que no tengo la intención de pasar en revista todas las pruebas de inteligencia que nos dan las plantas. Esas pruebas son innumerables, continuas, sobre todo entre las flores, en las cuales se concentra el esfuerzo de la vida vegetal hacia la luz y hacia el espíritu.» En todo naturalista diríase que hay algo de poeta. Y todo poeta encuentra motivos de meditación y de emoción en las mil formas en que se manifiesta la voluntad de vida sobre la tierra. Dos autores que fueron de los primeros en la dirección del movimiento simbolista en Francia, dos antiguos idealistas, son los que hoy producen estas obras de un género nuevo en que se junta la observación científica y la literatura: Maeterlinck y Remy de Gourmont. Con la diferencia de que el primero ha permanecido fiel al misterio, al más allá, y el segundo ha evolucionado hacia una concepción absolutamente materialista del universo. Pero ambos son escritores de su tiempo, y la «Física del amor» debe complacer a quien escribió la monografía sobre las abejas, y estas páginas excelentes sobre las flores.
Ignoro si tuvo ocasión antes de morir, el lamentado André Theuriet, de conocer el volumen en que me ocupo. Tan sincero y apasionado «forestier» habría gozado de todo corazón con ver tratada tan sutil y delicadamente lo que llamaríamos el alma de esas cosas tan amables y tan encantadoras que representan como la gracia femenina en el mundo de las plantas. Las flores aman, las flores tienen designios, las flores luchan y vencen en contra de las disposiciones del destino. Uno rememora las concepciones de Ovidio; y se llega a imaginar que algo que se relaciona con lo humano obra en la planta después de misteriosas y extraordinarias metamorfosis.
En el poema latino Dafne se transforma en laurel, Siringa en caña, Narciso en flor de su nombre, Driope en loto, Jacinto en flor, Mirra en árbol, Adonis en anémona, las Ménades en árboles, Ayax en jacinto, Apolo en olivo. ¿Quién no ha visto, con la ayuda del pensamiento y de la imaginación, gestos y ademanes en los árboles, coquetería, o modestia, o lujuria, o voluptuosidad, u orgullo en el imperio floral? El buen sentido de las naciones ha hecho muy justas denominaciones simbólicas, y el sencillo y antiguo «Lenguaje de las flores» contiene una crecida cantidad de correspondencias, como diría un swedenborguiano. Es el mismo Swedenborg quien dice esto: «El hombre se asemeja a los animales por las afecciones y los apetitos de su natural; se abandona a los impulsos de ese apetito y se acerca a los animales con que tiene más correspondencia y relación. De allí viene que en uso ordinario se le compare con ellos. Si es de un carácter dulce, pacífico, se dice: es un cordero. Si es duro, implacable, cruel, se le califica de oso, tigre; si es voraz, de lobo; si es glotón, de cerdo; si es engañador, de zorro, y así de tantas otras maneras de decir, fundadas en las correspondencias entre el hombre y los animales; correspondencias o relaciones conocidas, pero sobre las cuales no se reflexiona lo bastante para darnos cuenta de mil cosas, tanto naturales como espirituales, que el hombre ignora. Esta correspondencia existe también con el reino vegetal.» Esta última frase la subraya Robert de Montesquiou a propósito de las «Flores animadas» de Grandville. Un delicioso poeta mejicano, ya desaparecido, Manuel Gutiérrez Nájera, animó líricamente también a esas lindas criaturas, en sus versos sobre «La misa de las flores», inspirados por unos de Víctor Hugo en las «Chansons des rues et des bois».
Il avait plu; j’étais crotté;
Mais puisque j’ai vu tant de roses,
Je dois dire la vérité.
J’arrivais tout près d’une église,
De la verte église du bon Dieu,
Où qui voyage sans valise
Ecoute chanter l’oiseau bleu,
C’était l’église en fleurs...
Y en otra poesía también se animan las flores, en la que él titula «Celebración del 14 de Julio en la floresta»; y en otra aún, «La santa capilla», que acaba:
S’ouvre et reçoit le saint rayon;
Je regarde la rose faire
Sa première communion.
Maeterlinck, por su parte, observa la íntima volición de las vegetales familias, sujetas a la tierra, mas sin embargo, conmovidas por la universal ley de fecundación y de vida. Él no trae nada nuevo, como lo ha advertido; mas de hechos conocidos en botánica él saca consecuencias que hacen meditar, une con una suerte común el alma de las flores con el alma de los hombres... Saint Pierre, el dulce e ingenuo Saint Pierre, aplicaba a tales asuntos sus inofensivas filosofías. Mas ya hay distancia entre el seráfico abuelo y el creador enigmático de Tintangiles, de Maleine, explorador sombrío de lo desconocido, de la muerte, del ensueño, de la previsión, del azar, del destino.
Es después del descenso repetido a la más obscura y temerosa de las minas del cerebro, que viene el místico moderno, a inclinarse en observación sobre el cáliz de una rosa, sobre la blancura de un lirio. Y a vislumbrar en el fondo de todos esos deliciosos aparatos, una luz de probabilidad consoladora, en el perpetuo enigma en que se agita la humanidad desde lo recóndito del tiempo.
LUIS BONAFOUX «BOMBOS Y PALOS»
AS apariencias: Luis Bonafoux, hombre terrible... La realidad: Luis Bonafoux, hombre suave y cordial... Quien dice el hombre, dice el escritor. Porque convenceos de que la frase de Bouffon—que generalmente se cita mal,—se debe entender al revés: el hombre es el estilo. Por lo general, en lo físico, se observa que las personas robustas, los colosos, los hércules, los fuertes, son de carácter dulce y más propensos a la alegría que al humor agrio y melancólico. En lo moral sucede lo mismo: guardaos de las almas flacas, de las almas pálidas. Luis Bonafoux es un amante de la justicia, y su pasión lo ha llevado a veces hasta la crueldad. Y ese vociferador, ese combatiente, ese perseguidor, ese «maître aux injures» que aparecerá a veces como un espíritu tendente al odio y a las más ásperas venganzas, tiene en el fondo desmayos hacia la caridad, aflicciones de altruísmo, consagraciones de sacrificios, ímpetus de ternura que parecerían increíbles. Cuando le oigo en ocasiones, o cuando leo algunas de sus ácidas páginas que terminan generalmente en un suspiro, en una sonrisa o en una lágrima, recuerdo aquella admirable figura de abuelo gruñón y tan sensible que encarnó Hugo en el M. Guillenormand de Los Miserables. O, en lo contemporáneo y de carne y hueso, evoco la memoria de una Luisa Michel o el aspecto de un Rochefort, de un Malatesta, o de un León Bloy, plumas furiosas por exceso de amor, cada cual en su ambiente de ideas, o en su ráfaga de aspiraciones.
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La obra de Bonafoux demuestra lo vano de la diferencia que ha querido hacerse entre escritores y periodistas. No existe después de todo sino esto: hay periodistas que saben escribir y periodistas que no saben escribir; hay quienes tienen ideas y quienes no tienen ideas. Y, como decía una vez el sesudo y acre Paul Groussac, más o menos: hay quienes no escriben ni bien ni mal; ¡no escriben! Mas hay artículos de periodista que valen, por fondo y forma, lo que un buen libro. Desconfiad de la fecundidad, de la cantidad. De Magnard díjose que escribía sonetos políticos. Las crónicas de Bonafoux serían así sonetos, rondeles, letrillas, sin rimas: aladas, picantes, ligeras, pesadas, con su poco de miel, con su poco de amargura, tal como hubieran podido complacer a cierto ruiseñor alemán que anidó en la peluca de Voltaire según confesión propia, y a quien también se puede colocar entre los «periodistas». ¿No es un periodista ya aquel Séneca antiguo que nos ha dejado tan singulares «crónicas» avant la lettre?
Para buscar antecesores a Bonafoux no hay necesidad de ir a extranjeras tierras. Sus abuelos mentales están en España. Se ha hablado de Heine. Pero ¿no es Cervantes uno de los espíritus que más influencia tuvieron en el atormentado y maravilloso teutón? Estaba yo releyendo en estos días el «Centón epistolario» del bachiller Fernand Gómez de Cibdareal, cuando recibí la reciente obra «Bombos y Palos»; y leyendo el libro nuevo observé que a través de largos siglos, había más de una relación ancestral con el libro viejo. He allí otro periodista, aquel bachiller que escribía, antes de Barrionuevo, sus cuartillas a las personas, como hoy se escriben a los diarios. Mas la vida moderna y la lucha del vivir, y los años que dejan ver lo amargo de las cosas humanas, han puesto en mi amigo Bonafoux una acritud que no desea disimularse, y que aparece casi siempre en su producción.
¡Por Dios! Encontramos gentes que de todo sonríen, o ríen, satisfechos, y que todo lo encuentran excelente en el mejor de los mundos posibles. No está mal que ante la fácil «candidez» surjan de tanto en tanto los protestantes contra las inevitables miserias en las tragedias y sainetes de la hostil existencia cotidiana. Y luego, a desfacer entuertos. He allí la parte del eterno Quijote, en el defensor de los débiles, sin curarse de si una vez los galeotes libertados, no se volverán contra él y le lapidarán, como es muy de razón que así sea. ¡Y el amor de la verdad, el peligroso amor de la verdad! Decir la verdad, gritar la verdad, a riesgo de las naturales consecuencias, y prestar para ello su vocabulario al argot, a los clásicos, a Quevedo sobre todo, y, sin temor a lo escatológico, ¡al mismo general Cambronne! Y en seguida gemir por un niño mártir, por un dolor ajeno, por una tristeza que necesita consuelo... Bonafoux el Feroz se convierte en San Luís Bonafoux.
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Al recorrer este último libro, no puedo menos que pensar: ¡Si Bonafoux escribiese sus memorias! Pues hay aquí las más sabrosas páginas sobre españoles e hispanoamericanos en París. Artistas, escritores, diplomáticos, hombres de bien y pillos están tratados conforme con sus merecimientos. Y desenfadadamente, para unos maneja el sonoro instrumento en que por lo general se percute la piel de los asnos; para otros, también desenfadadamente, emplea un nudoso garrote. Sobre todo, no caben en él disimulo y engaño. Mentiri nescio. Mas, en medio de esas tareas, no descuida el ir una que otra vez a dar una vuelta por su jardín. Y allí están, cultivadas casi con pudor, casi a escondidas, bellas rosas de arte, frescos lirios de sentimiento, frías y pomposas hortensias de fantasía. Lo cual no obsta para que, en cuanto sale de nuevo a la diaria faena, no deje de gritar por ejemplo: ¡Vaya cardo! y lo dé por espuertas a los que de ello han menester.
En Asnières, lugar florido, lejos de los ruidos de París, tiene hace tiempo su casa de trabajo y de reposo, al amor de su familia, pues es varón de orden y de hogar. Cuando viene a París, casi siempre está acompañado. La persona que con él podéis ver, puede ser un príncipe destronado, un periodista, un hombre de negocios, un anarquista. Unos le buscan por asuntos de bombos y otros por asuntos de bombas... Tal su ministerio.
Tiene larga fama. Hay quienes en Río Janeiro, o en Tánger, leen tales o cuales diarios por el artículo de Bonafoux. Y lleva la carga de su talento, con talento. Y la cinta de la Legión de Honor, con honor.
EN EL PAÍS DE BOHEMIA
E visto varias veces el «Glatigny» de Catule Mendès. Es un bello espectáculo. Bello como el ensueño y triste como la vida. Glatigny, príncipe y fauno de un cuento improbable, es un personaje de ayer no más, de carne y hueso; poca carne, huesos largos, pálido y soñador, nefelíbato y lascivo, que murió tísico por una equivocación. Un bohemio. Muchos amigos suyos existen aun, entre ellos el mismo Mendès. Vive también un su hermano, en provincias. Y Camille Pelletan, el que fué ministro de Marina, también fué de sus compañeros y acaba de hacer de él este amable retrato: «Sí, dice, he conocido a Glatigny y su figura era de las que uno no olvida. Pocas he visto tan extrañas y tan potentes. Este pagano furioso parecía descender por cierto lado del Sátiro de Víctor Hugo, suelto en los bosques llenos de ninfas y de náyades, ebria el alma de las florestas; y es sin duda por un recuerdo de familia que ha escrito un día:
Pero por otro lado de su genealogía, la sangre que corría en sus venas era bien gala: descendía de Rabelais por Panurgo. Tenía de él la risa estallante, el don de las bromas enormes, la pasión de las aventuras y la alegre imprevisión. Debo agregar que no era todo lo que esa naturaleza valiente y leal había tomado al compañero bastante cobarde y bastante perverso de Pantagruel, de Epistemón y de frère Jean des Entommeures. Cómo, con ese doble origen, nació hijo de gendarme en su muy prosáico cheflieu de cantón de l’Eure, es lo que sería difícil de explicar. Sabéis que, como el mundo contemporáneo no tiene lugar para los seres fantásticos de antes, él se encontró arrojado en la existencia azarosa de los personajes de la novela cómica de Scarron: cómico errante como Destin o La Rancune; yendo de escena de provincia a escena de provincia; tan detestable actor por otra parte (no lo ocultaba él mismo) como excelente poeta».
Hugólatra, discípulo de Banville, compañero de Baudelaire, de Mendès, de los jóvenes poetas que hoy peinan canas o duermen en la tumba, Glatigny vivió en un tiempo de entusiasmo que hoy nos parece tan lejano, y exprimió el jugo de sus «viñas locas» y lanzó, lleno de un fuego apolíneo, sus «flechas de oro». No pensó nunca en el mañana. Le persiguió naturalmente la miseria; le abrumó la vida de café; le engañaron los colegas, las mujeres, el éxito, las máscaras: la Gloria, ella no, no le olvidó.
Glatigny es uno de tantos Don Quijotes como vagan por el mundo. Solamente, en el drama funambulesco de Mendès muere sin recobrar la cordura. Su Dulcinea, sus visiones, hechas de fantasía y deseo, le acompañan en la agonía, y, seguramente, aunque sin confesión y sin buen sentido, se va a la mortal sombra misteriosa, más feliz. Se va para siempre en su postrer «salida».
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He aquí el drama: En un pequeño pueblo normando vive Glatigny, con su padre, un simple gendarme. El poeta, que como ya sabéis, si tiene en el alma una estrella, esa estrella está encerrada en el cuerpo de un sátiro, que danza sobre la hierba con sus pies hendidos, el poeta está en vagos amoríos con la empleada del correo, Emma, pobre mujer que está ciertamente enamorada del fantástico joven, y que, mayor que él, le quiere casi maternalmente. Una compañía de cómicos de la legua pasa por el pueblo. Están sin un cuarto y quieren irse sin pagar el hospedaje. Así, de noche, comienzan a poner en práctica la fuga. Entre ellos hay una guapa mocetona, Lizane, querida de uno de los cómicos, Fassin—pues hay allí tres de los que figuran en las Odas funambulescas de Banville: Neraut, Fassin y Grédelu. En momentos en que Lizane ha saltado por una ventana a la calle, medio vestida, Glatigny sale de casa de Emma; al ruido se esconde Lizane en un boscaje próximo. Glatigny la divisa y corre hacia ella. El sátiro y la ninfa. Palabras, audacias, versos lindos. Glatigny se enamora y, con anuencia de Lizane, que le ha contado la vida de los poetas de París que ella conoce, allá en el café—¡sueños de Glatigny!—se va con los de la farándula a la capital, no sin antes pagar, con dinero que le ha dado la misma Lizane, la cuenta del hotelero; y halagado por la canción que es como la Marsellesa de sus ensueños:
Nous sommes frères des oiseaux.
Croissez, grands lys! chantez, ruisseaux!
Et vive la sainte Bohème!
Y en el pueblecito queda la triste Emma, que ha hecho todo lo posible con sus súplicas para que la voluptuosa cómica errante le deje a su amado.
En el acto segundo Glatigny está ya en París, y en casa de Émile de Girardin que está para ser nombrado ministro, y cuya secretaría va a solicitar el bohemio. Mal vestido, pero ya con cierta fama y con un tupé colosal, comienza en la antesala del periodista famoso y rico por comerse los bizcochos y beberse el oporto de los visitantes.
Entra en esto Mme. d’Elfe, una embajadora—la célebre princesa de Meternich, que aún vive en Viena—llena de elegancia y de gracias. Viene a politiquear, intrigante y buena amiga de Napoleón III, con Girardin. Diálogo lleno de curiosas cosas, entre poeta y embajadora. Ella queda sorprendida y contenta de las ocurrencias y galanterías del flaco y lírico tipo, que le confía su calidad de poeta y de actor y que incontinenti le hace unos versos, que escribe en un precioso carnet de la princesa. Ésta arranca la hoja escrita, y ofrece el carnet a Glatigny, que rehusa el regalo. El carnet está cubierto de piedras preciosas. En cambio pide la rosa roja que adorna el tocado de la alta dama; la cual accede, pero viendo que el galante hombre va a besar la flor, le dice orgullosamente:
Et moins fière, s’il vous plaisait de faire l’echange,
N’hésitez pas. N’importe quand, et n’importe où,
Renvoyez moi la fleur, vous aurez le bijou.
...Je ne crois pas vous la rendre jamais!
exclama Glatigny. Y envuelve la rosa en un autógrafo de Banville que él guarda preciosamente. La conversación sigue hasta la llegada de Girardin, al cual pide la princesa que modifique un artículo que está ya en prensa. El diarista accede, manda suspender la tirada y busca a su secretario, que ha partido; la princesa le recomienda a Glatigny, que empieza al instante sus funciones... que abandonará pronto por voluntad propia. Sale Girardin. Y entra Lizane, que había quedado fuera esperando al poeta. Conversación agitada. Lizane manifiesta que, una vez más, quiere dejarle, e ir a probar fortuna en calidad de cocota.
—¿Ah? ríe Glatigny.
D’un nom ducal, chez la marchande de toilettes
Hermine de Bréda.
Está bien. Y se despiden. No sin que antes le aconseje Lizane al abandonado que se junte con la hija de un músico de cervecería, la adolescente Cigalón, no bonita, pero que está profundamente enamorada de él. El acto acaba con la salida de Glatigny de su famosa secretaría y con el horror de Girardin y la risa de los que llegan y acaban de leer el diario recién aparecido. ¡El loco había escrito en verso el artículo dictado!
Tercer acto. La cervecería des Martyrs, que M. Audebrand acaba de desenterrar en uno de sus últimos libros. Centro de la bohemia, lugar en que se encuentran todos los comedores de azur y bebedores de toda clase de cosas, pintores, músicos, poetas melenudos, batalladores, templo tumultuoso en que se lanzan las más raras paradojas, se ríe, se combate, se besa a las muchachas y se imaginan todas las filosofías y locuras. El icono de ese lugar es el de Mürger. Allí aparecen personajes como Olivier Metra y Courbet, tipos como el del fracasado Morvieux, que son de todos los tiempos, y el coro de buscadores, de seguidores, de acólitos, de bohemios. Glatigny está desesperado por la separación de Lizane, y no comprende o no hace caso de la pasión ingenua de la pobre hija del músico de Cigalón, que procura darle algún consuelo. Ella sabe por qué sufre el poeta y le dice sus más suaves palabras y le anuncia que la otra ha de volver, que no sufra, que pronto ha de verla. Y Lizane vuelve, porque su amante, el cómico Tassin, está preso, porque no solamente vive de ella sino que ha robado. Y engaña de nuevo a Glatigny, que cree ciertas sus promesas de amor, sus frases que le enloquecen. La desventurada Cigalón ve el gozo del que ama por el retorno de Lizane, y llena de pena, al verlos partir juntos, va a llevarse a su padre, al músico raté, comedor de haschis, que vive su miseria en paraísos artificiales; y cuando quiere levantarle de la mesa en que está inclinado, le encuentra muerto.
En el acto cuarto Glatigny está unido a Emma y ambos trabajan en la Alhambra, ella en su repertorio cantaridado, él como improvisador. El público ve, al mismo tiempo, el escenario de la Alhambra, el cuarto de vestirse de Lizane y el de las demás artistas. Lizane, en una escena se muestra triste y de mal talante; y como Glatigny la pregunta el motivo, ella le hace ver que necesita dinero, bastante dinero, para vivir sólo para él, una vida de amor... El desastrado soñador se desespera... y por fin promete a la pérfida el dinero. Tiene allí cabalmente la rosa ya seca de la princesa d’Elfe; y en una salida que hace Lizane a escena, él envía a la princesa, que casualmente está en un palco, la rosa. Y en seguida recibe el carnet, que pasa a manos de Lizane. A esto ha venido a buscarla Tassin, que ha cumplido el tiempo de su prisión, y ella se va con él, mientras Glatigny improvisa ante el público, acompañado por el violín de Cigalón... La desesperación de Glatigny es inmensa, y mayor la de Cigalón, que ha de echarse al Sena en breve.
El último acto. El poeta, el amante pródigo, ha vuelto a su pueblo natal, ya tísico; y vive unido a Emma, que le recibió con los brazos y el corazón abiertos. Él guarda el recuerdo de sus pasados días. En su gastado cuerpo no han muerto ni el soñador ni el sátiro. Pero la enfermedad ha ganado ya mucho terreno, todo el terreno. Y cuando llega la noche y Emma le acuesta, después de un acceso, él finge quedarse tranquilo, dormir. La buena mujer se va confiada a su reposo. Y el lunático, el Quijote de la rima y de la carne, se levanta, como en un delirio. Le ha vuelto más viva que nunca su locura; busca su maleta vieja, sus papeles viejos, y sale a proseguir sus aventuras, sale a la calle, y al campo, sobre la nieve... Y muere en su sueño, con el beso de la esperanza en los labios:
Ahí le encuentran por la mañana, helado de muerte y de nieve.
—«Pauvre petit!»—suspira la pobre Emma.
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De uno de los pasados dramas en verso de Mendès decía Jules Lemaître que parecía escrito por Víctor Hugo. Este parece escrito por Rostand, siendo asimismo y por lo tanto huguesco, de un Hugo modernizado. Hay en Glatigny bastante de Cyrano. ¿No son ambos hermanos por la luna y por el quijotismo? Al uno le amortaja el otoño, al otro el invierno... A ambos hieren amor e imposible. Mendès ha hecho todo lo que ha querido, con su talento tan fuerte, tan bello y tan flexible. Ha hecho cosas como Hugo, como Leconte de Lisle, como Banville, como Baudelaire, como Verlaine, como los parnasianos, como los simbolistas, como los decadentes. Y además, como Mendès. Tiene una obra enorme y varia, y un espíritu siempre fresco y vivaz. Es, indudablemente, un gran virtuoso; pero es también, indudablemente, un grande y magnífico poeta.
EL MILAGRO DE LA VOLUNTAD
L acabar de leer un reciente libro de León Daudet, La lutte, he sentido un gran bienestar. He pasado una colina para ir a ver el Océano. Venía sobre las olas un viento sano. El día estaba un tanto ardiente, mas soplaba frescor la inmensidad marina. Y pensé: la vida es hermosa; la naturaleza es la concreción de la vida. El hombre debe encontrar en la aflicción de su pensamiento su propia esperanza. Aprovechemos el lado sonriente del misterio. Seamos los perseguidores de la alegría. Más de la mitad de la alegría, si no toda la alegría, está en la salud. Seamos los perseguidores de la salud. Dediquémonos a ella hasta conseguirla lo más completa posible. Mantengamos los órganos de nuestro cuerpo lo mejor que podamos. Más hace por nuestras penas morales nuestro hígado que nuestras penas morales mismas.
El amor completo, el sabor de la gloria, el impulso generoso, la concepción luminosa, necesitan del buen estado de nuestras vísceras. La ciencia de las ciencias se llama Higiene.
Mientras nuestra alma permanece en su casa de carne, nuestra alma es fisiológica... Ordenémosle bien su casa. Con nuestro principal poder, con nuestra principal riqueza: la voluntad... De pronto observo: ¿este optimismo no será sospechoso? Arthur Symons ha escrito: «La mayor parte de los que han escrito de una manera seductora sobre el aire libre de lo que llamamos las cosas naturales y florecientes, han sido enfermos: Thoreau, Richard Jeffries, Stevenson. El hombre fuerte tiene tiempo de ocuparse en otra cosa, puede abandonarse a pensamientos abstractos sin tener un lanzamiento al cerebro, puede perseguir objetivamente las consecuencias morales de la acción, no está condenado a los solos elementos de la existencia. Y en su tranquila aceptación de los privilegios de la salud ordinaria, no encuentra ningún lugar para ese éxtasis lírico de las acciones de gracias que un día claro o una noche tranquila despierta en el enfermo.» ¿Y si para la exaltación del arte el hombre «sano» no existe, por lo menos en lo que toca al aparato nervioso? Tanto mayor razón entonces de fortalecernos y mantener en el mejor estado posible el mecanismo de la máquina animal. Y en tal caso, evitar ante todo cualquiera de las puertas señaladas con un peligroso signo mágico, por las cuales se entra en los paraísos artificiales. Epicuro, Anacreonte, se quedan a la entrada. Omar Kayam, Poe, Musset, Quincey, Verlaine, penetran, y cuando retornan vienen pálidos de haber visto el infierno de los infiernos.
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El personaje principal de la novela de León Daudet es un joven médico que en lo mejor del goce de su fresca juventud se siente presa de la tuberculosis. Para calmar sus males, o por el terror de su dolencia irremediable, se entrega a la morfina. Entre las más horribles agitaciones de su vicio, cuando el remedio ha resultado peor que la enfermedad, una resolución firme, ayudada por la constancia de buenos espíritus, por un noble amor, y a la verdad, por los medios que puede procurar una fortuna, triunfa de todo el daño. La voluntad ha vencido a la tuberculosis y a la morfinomanía. Esa es toda la novela. Los incidentes son variados y curiosos. El estilo es el que el autor ha hecho admirar por su vigor y concentración en obras anteriores.
Pierre Guisanne, el héroe, a pesar de su dedicación a la medicina, «n’est pas un savant, c’est un artiste», como pensaban sus camaradas; y al sentirse tuberculoso ha de haber recordado quizás ciertas palabras de Thomas de Quincey, en las que se refiere a que «bien podría ser (el opio), y lo pienso según un hecho absolutamente convincente para mí, el único remedio que haya, no para curar cuando ya ha estallado, sino para detener, cuando se halla en estado latente, la tisis pulmonar, ese azote tan temible en Inglaterra.» Guisanne se deja poseer del espanto de la muerte inevitable. El opio, o su alcaloide, le libra de la fatal idea fija, le crea un estado de alma nuevo, le mata el miedo. Ante la perspectiva del anonadamiento en la tumba, se acelera su deseo de vivir. Se impone el soplo de la vida ardiente. Él va en un querer frenético al placer y a la embriaguez que le hace aprovechar la eternidad de los instantes. La furia del gozo por la inminencia del aniquilamiento. Recuérdense las admirables páginas de Renan en la Abadesa de Jouarres. Es un «parisiense», una «persona muy parisiense», ese joven deseoso de todos los goces y que lleva la existencia de París como la más agradable de las cargas. Su viejo padre vive en provincia, es un sabio discreto. Él cumple con el programa del buen vividor en la capital de las capitales: amigos diversos, también «muy parisienses», queridas, diversiones, elegancias, citas, adulterios, ventajas de soltero. Hay tipos perfectamente delineados y copiados, seguramente, de lo vivo, de los conocimientos de M. Daudet; gentes de letras, ridículos y malos, exquisita canalla; mujercitas, «snobinettes», como dicen en París, impregnadas de vicio y de vicios; donjuanes vaudevillescos, y, demás está decirlo, cocotas de fama y clubmen; y también generosas almas, excelentes corazones, varones de bondad y experiencia, y un lirio de mujer, la novia salvadora. Cuando de repente, brota la primera sangre por la boca y el gozador contempla en su imaginación el fantasma de la tuberculosis, todas las ilusiones se vienen abajo. Alguien turba la fiesta... El se hace ver por uno de sus profesores, Contrat, hombre de seso y con conocimiento del mundo. «La voluntad, le dice, es lo contrario de la preocupación. Ella es un esfuerzo momentáneo, pero serio, en tanto que la preocupación es una vana y constante «revêrie»... ¿Sois creyente? Guisanne le contesta que es casi indiferente en materia religiosa. Que ha nacido en la religión católica, que tiene simpatía por las ideas de libertad que hay en ella y que son un feliz contrapeso al fanatismo materialista; pero no practica desde la edad de doce años, desde que perdió a su madre. «Je vous avoue que n’ai pas prié...»—¡Ah, tanto peor!, dice Contrat. «Contrat se había levantado y venía hacia mí lentamente, como si hablase a sí mismo en una semimeditación.—«Sí, he notado que los creyentes resisten más, en ese caso, que los otros. Es una escalera que hay que volver a subir... y ellos tienen una rampa; ¿comprendéis? Os parecerá divertido que el viejo maestro os hable de este modo. Ciertamente, yo he sido un famoso escéptico. Pero estoy en vía de evolucionar. Mi sobrina Blanca es tal vez la causa..., o la experiencia..., o el trabajo de los abuelos en mí... En todo caso vuestra sensibilidad ha permanecido cristiana. Sin duda. Y bien, mi querido hijo, poneos en la actitud moral que corresponde a la esperanza del milagro lo más a menudo que podáis. Quiero decir, implorad de vuestra voluntad, de las fuerzas desconocidas, de lo que gustéis, la curación súbita y radical... Hay un estado de receptividad moral para el bien como para el mal; eso es lo que es verdad, y los tejidos no son insensibles a eso. El escepticismo predispone a la ruina.»
Esto constituye la base principal de la fabulación, que hay que considerar como tomada de algún ejemplo viviente, ya que no relacionada con el más útil, digno y generoso de los casos autobiográficos. Así, pues, Guisanne, con todo, y su respeto por el profesor, se deja vencer por el terror inmediato, y antes que recurrir a la fuerza voluntaria o a la fe religiosa, se intoxica.
Un compañero médico le dice: «Yo no me atrevo a aconsejarte el opio porque es contrario a todas las doctrinas corrientes... y luego es el diablo para librarse de él...» El enfermo vacila, pero después cae en la tentación. El opio le engaña, le hace vivir en sus delicias ficticias, y le aleja la idea de la muerte. Al recurrir al opio en su situación—lo he dicho,—Guisanne ha debido recordar a Thomas de Quincey. El caso es casi el mismo, hay demasiada similitud. Y tanto más si se recuerda que el autor inglés pudo vencer también en absoluto su vicio, nada menos que después de más de cincuenta años de ser dominado por él. La voluntad fué seguramente más poderosa al luchar con triple fuerza de hábito y triple terreno ganado. Es verdad que de Quincey confiesa que la primera vez empleó el opio para calmar una fuerte e invencible neuralgia dental, y otra vez, más tarde, por una molestísima dolencia del estómago. Mas en una parte de las Confessions of an opium eater, dice claramente: «Al principio de mi carrera como comedor de opio, había sido señalado como una futura víctima de la tisis pulmonar, y me lo habían dicho más de una vez. Bien que las conveniencias humanas hubiesen hecho acompañar esa sentencia sobre mi suerte de palabras alentadoras; que se me haya dicho, por ejemplo, que los temperamentos varían a lo infinito, que nadie podía fijar límites a los recursos de la medicina o a defecto de los remedios a las fuerzas curativas de la sola naturaleza, no era menos preciso un milagro para quitarme la convincción de que era un caso condenado. Tal era el resultado definitivo de esas comunicaciones agradables; era bastante alarmante y llegaba a hacer más aun por tres motivos. Primero, esta opinión era formulada por las autoridades más fidedignas del mundo cristiano, conviene a saber los médicos de Clifton y de las fuentes termales de Bristol, que ven más enfermedades pulmonares en un año que todos sus colegas de Europa en un siglo; esta afección, como he dicho, era un azote muy propio de la Gran Bretaña, pues depende de los accidentes locales, del clima y de las variaciones continuas que sufre. No era, pues, sino en Inglaterra donde podía estudiarse; para profundizar ese estudio era preciso visitar los alrededores de Bristol, etc.»
Y en otra parte:
«El lector sabe que cuando llegamos a los cuarenta años, todos somos locos o médicos, según el proverbio de nuestros abuelos («fool or physicien»)... Presumo que ese proverbio significaba esto: que a esa edad se puede exigir de un hombre que acepte la responsabilidad de su propia salud. Es, pues, de mi deber ser, en ese sentido, un médico, de garantizar, en cuanto la previsión humana puede garantizar algo, mi propia salud corporal. En cuanto a eso, lo he logrado, según testimonios prácticos y ordinarios. Y agrego solemnemente, que sin el opio no hubiera logrado eso. ¡Hace treinta y cinco años, sin duda ninguna, que estaría enterrado!»
A Guisanne también le sirvió de mucho el opio o la morfina.
Mas, como a Quincey, el exceso le trajo un sinnúmero de penalidades, de sufrimientos que constituían otra y más terrible enfermedad. «No hay enfermedad peor que el alcohol», decía Poe. Que la morfina, dicen los morfinómanos. Y al describir los temerosos efectos del abuso, León Daudet parece que pone las impresiones de su propio individuo. Así Santiago Rusiñol, otro victorioso, ha escrito una página alucinante sobre esos mismos terroríficos efectos.
El héroe de esta novela de Daudet, después de una inaudita brega consigo mismo, ayudado de buenos consejeros, se resuelve a ir a un sanatorio alemán, donde un especialista ha de librarle de su fardo infernal de pesadillas. Allí la ciencia hace lo que puede lograr; mas es el ejercicio de la voluntad el que, en resumen, realiza el verdadero milagro. Un alma nueva nace, o más bien, el alma ligada y prisionera rompe sus hierros y cuerdas.
En todo esto hay escenas incidentales de un positivo interés y descritas de modo magistral. En ciertas partes, no se puede menos que recordar que el autor tiene una íntima herencia del creador de Jack y de Petit Chose. El hermoso optimismo fundamental no hace sino realzar y dorar del más bello oro espiritual esta obra bienhechora.
El fondo religioso y consolador es tanto más de admirar, cuanto que viene de un trabajador vigoroso de ideas y de sensaciones, de un hombre nutrido de ciencia, y de un criterio no por cierto empapado en aguas de azúcar sentimentales. No es una pluma afeminada y dulce la que ha escrito cerca de veinte volúmenes, todos masculinos y combativos, o nutridos de ideas medulares o reveladores de músculo y garra, como L’Astre Noir, Les Morticoles, Le Kamtchatka o Le Voyage de Shakespeare.
Y no es sino harto conocida su potencia de pugil en los encuentros periodísticos y entre las apacherías de la política. Su libro reciente es un libro de bien. Más de un enfermo de la voluntad encontrará alivio y tal vez curación en esas páginas saludables.