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Letras / Obras Completas Vol. VIII

Chapter 20: CATULLE MENDÈS
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About This Book

Una serie de ensayos utiliza la metáfora de las ideas como seres que edifican ciudades y habitan libros para describir distintos ámbitos del pensamiento literario: la catedral de las ideas religiosas, el castillo feudal, la ciudad homérica y sus ritmos, y los gabinetes eróticos e infernales. Analiza el papel de impresores y encuadernadores como arquitectos que adornan y jerarquizan las obras, y contrasta ediciones pomposas con ediciones sencillas que conservan pureza. Complementariamente, examina el influjo de París sobre escritores extranjeros, mostrando cómo el temperamento y el origen determinan la capacidad de asimilar o resistir ese encanto, y cómo algunos autores latinoamericanos mantienen la savia del terruño.



CATULLE MENDÈS

UANDO comencé a dar a mis ansias artísticas, hace ya cerca de veinticinco años, los nuevos rumbos que habían de traerme en América y en España tantos amigos y enemigos—«todo buena cosecha»,—uno de mis maestros, uno de mis guías intelectuales, después del gran Hugo—el pobre Verlaine vino después—fué el poeta que de modo tan horrible ha muerto, tras de vivir tan hermosamente: Catulle Mendès. Su influencia principal fué en la prosa de algunos cuentos de Azul; y en otros muchos artículos no coleccionados y que aparecieron en diarios y revistas de Centro América y de Chile, puede notarse la tendencia a la manera mendeciana, del Mendès cuentista de cuentos encantadores e innumerables, galante, finamente libertino, preciosamente erótico. Mi admiración se exteriorizó en un soneto:

Puede ajustarse al pecho coraza férrea y dura;
Puede regir la lanza, la rienda del corcel;
Sus músculos de atleta soportan la armadura...
Pero él busca en las bocas rosadas leche y miel.
Artista, hijo de Capua, que adora la hermosura,
La carne femenina prefiere su pincel;
Y en el recinto oculto de tibia alcoba obscura
Agrega mirto y rosas a su triunfal laurel.
Canta de los oarystis el delicioso instante,
Los besos y el delirio de la mujer amante,
Y en sus palabras tiene perfume, alma, color.
Su ave es la venusina, la tímida paloma.
Vencido hubiera en Grecia, vencido hubiera en Roma
En todos los combates del arte o del amor.

Mi admiración fué siempre la misma, aun después de la nueva moda de revisar valores. Siempre le tuve por un admirable artífice de la palabra y por un espíritu alta y elegantemente romántico. Fué uno de los pajes predilectos del emperador de la Leyenda de los Siglos. Cuando la muerte de Gautier, cuya hija Judith fué la primera esposa de Mendès, Víctor Hugo escribió a éste:

«Hautevill-Housse, 23 Octobre 1872. 5 heures du soir.—C’était prévu et c’est affreux. Ce grand poète, ce grand artiste, cet admirable cœur, le voilà donc parti! Des hommes de 1830 il ne reste plus que moi. C’est maintenant mon tour. Cher poète, je vous serre dans mes bras. Mettez aux pieds de Mme. Judith Mendès mes tendres et douloureux respects.»

Alma muy 1830, queda hasta su último día la de Mendès. Yo no le traté personalmente, y vale más. Le ví muchas veces en París, y sobre todo en su café preferido, el Napolitain, donde, alrededor de una mesa, a la izquierda de la entrada, se reunen todas las tardes a conversar y tomar aperitivos unos cuantos hombres de letras y periodistas. Allí reinaba Mendès, teniendo a su lado a un gran amigo suyo, Courteline. Vi algunas ocasiones a Moreas, entre otros comediógrafos, poetas y cronistas. Una tarde vi también que llegó a buscar a su marido Madame Jane Catulle Mendès, bella, elegante, muy «parisiense.» Su marido, apartando un poco el guante, descubrió el rosado puño de su mujer y le dió gentilmente un beso. Ella, poco tiempo después, recuerdo que publicó un lindo tomo de poesías, en que en plausibles estrofas se manifestaba muy enamorada de él. Los versos eran exquisitos. No pasó mucho sin que ocurriese la separación de los cónyuges. Esto, en París, es muy sencillo.

Era ese poeta amable, de noble continente y gestos de hombre «nacido». Y era israelita. Nació dotado de gran belleza. Se cuenta que cuando llegó a París, muy joven, una noche, al presentarse en un palco, acompañado de su madre, llamó la atención su rostro de príncipe de cuento.

Fué un bizarro conquistador de amores. Hizo poética su vida. Hasta sus últimos años tenía, en un cuerpo ya cargado de edad, el alma fresca. Su muerte ¿un suicidio? Imposible. Anacreonte muere de otra cosa. Si la existencia no tuviese esos golpes violentos, debidos a una misteriosa lógica absurda, Mendès debió morir académico. Aunque más peligrosa a la blancura de los azahares, si su obra, allá en los primeros pasos, le llevó a la cárcel, como a Richepin, no tiene la brutalidad del Turiano. Y de seguro Mendès no hubiera escrito Père et mère... En cambio, Zo, Lo y Jo, sus antiguas figuritas predilectas, antecesoras de todas las Claudinas, hubieran concurrido a oir el discurso de recepción bajo la Cúpula.

*
* *

Era el poeta. Su crítica, sus cuentos, sus dramas, sus novelas, eran de poeta. A todo le daba valor armonioso. Puede decirse que no tenía creencias religiosas o que las tenía todas bajo el imperio de la poesía. Ese judío escribió páginas inefables, no sin el inseparable perfume venusino, en el Evangelio de la Santísima Virgen y en Santa Teresa. Todas las teogonías tenían para él, como para todos los poetas, los prestigios del misterio, del símbolo, del mito. Su inspiración vuela por todas las latitudes. Ya comprende e interpreta, desde sus primeros poemas, el encanto nórdico, explorando las brumas y las nieves del país en donde suavemente y fantásticamente brilla el sol de media noche, y hace dialogar a Snorr y Snorra; ya su pasión wagneriana, tan sólo superada en él por su pasión hugueana, le hace escribir una exégesis poemática de la obra del Thor musical, y novelas como aquella en que narra a su manera la legendaria vida del Rey Virgen; ya con su Hesperus flota en el mundo de Swedenborg, o con Panteleia crea una música astral y deliciosa. Como su dios Hugo, él tenía toda la lira, aunque más pequeña, y también sabía agregar la cuerda de bronce.

Tenía un admirable don de asimilación, y, voluntariamente, o por sugestiones sucesivas, dejó en su obra numerosa algo que hubiera firmado Hugo, algo que se confundiría con lo de Gautier, con lo de Leconte de L’Isle, con lo de Banville, con lo de Heredia. Es cierto que él perteneció, y se glorió siempre de ello, a la familia parnasiana, que se desarrolló bajo el ramaje del patriarcal Roble romántico.

El fué bondadoso con los poetas que vinieron después de su generación. No careció de enemigos, ésto conforme con su mérito. Mas da a quien lo merece el justo elogio con sus crónicas, y en su voluminoso trabajo sobre la poesía francesa en el siglo XIX, que escribió por encargo oficial.

Lo que nunca pudo ver con buenos ojos ni oir con benévolas orejas fué el verso libre. Que no le hablasen del verso libre. Y eso, siendo como era un gran conocedor de secretos musicales, un wagnerista, y habiendo escrito en prosa rítmica y rimada los más encantadores «lieds de France». Es una joya ese librito, en el que a los lieds de Mendès viene unida la música de ya no recuerdo cuál joven autor parisiense.

De todas las artes es la música la que más se compadece con la mentalidad israelita, y este poeta tenía la facultad musical en el verbo, que en el pentágrama tuvieron y tienen muchos artistas de su raza.

Yo admiro el buen tino del padre de Mendès que supo comprender desde la niñez de su hijo la verdadera vocación. ¿Qué digo tino? Debo decir don de profecía, pues si le impulsó a las letras en lo fragante y primaveral de su ensoñadora juventud, vió desde la cuna el laurel verde y así le llamó con nombre de poeta. El padre de Chapelain fué menos avisado, y su cosecha fué, como dicen los franceses, plutôt maigre.

Era el poeta. Un poeta pagano, alerta siempre, que sabía amar con elegancia y lirismo las mujeres y el vino; por lo cual debe haberle encantado el consejo luterano que leyera inscrito en letras góticas en las cervecerías alemanas, cuando, en sus días de estudiante, cantara en Heidelberg el Gaudiamus igitur después de los salamander, en los coros de escolares teutónicos. ¡Gentil epicúreo! Casi septuagenario, se regalaba con primicias ofrecidas por la Fama y por la Voluptuosidad. Su primera esposa era una musa; se separa de ella y se consuela con otra musa adoradora de Wagner como él; en seguida, su esposa es musa también; se separa de ella y se consuela con la amistad de una bella cortesana de letras.

Es muy de París, como hubiera sido muy de Atenas. Con sus corbatas de seda blanca y fina bajo su cuello doblado, con su en bon point, con sus cabellos entre plata y oro, su cara de Cristo satisfecho, con su indumentaria, si no de dandy nunca descuidada, me parecía más joven que todos los que a su rededor se congregaban, más joven que el mismo Moreas, tan lleno de juventud, y desde luego más joven que otros amigos jóvenes, pero de espíritu y corazón matusalénicos.

Luego se batía por cosas de arte y de poesía, defendía a sus maestros y daba la sangre por sus ideas estéticas. Un escritor y conferenciante, ya difunto, le agujereó el vientre en una de esas bizarras cyranadas.

Sabía latín bien; debe haber sabido griego, pues hizo muy buenas humanidades; el alemán debe haberle sido familiar, puesto que cursó en Alemania estudios universitarios. En cuanto a su español, si nos atenemos a las citas que alguna vez hiciera, y a los nombres estrafalarios de ciertos personajes de su Santa Teresa, debe haberlo conocido y hablado como un cisne francés...—No debe haber existido la tradición sefardita en su familia paterna—desde luego su madre era cristiana, según tengo entendido. Si no, ya hubiese parlado un sabroso castellano viejo, como el que habla el doctor Nordau; y si no, portugués.

Como crítico, siempre manifestaba para toda obra extranjera el parti pris, el modo de ver francés. Sus funciones de crítico teatral en el Journal parisiense fueron arduas. El hijo del judío rico, en sus últimos años, que debían haber sido de rentas y reposo relativo, tenía que trabajar como un negro para llenar sus necesidades de gentleman y de mundano. Porque era poeta con renombre de bohemio, el amigo de Glatigny y su resurrector, y el cliente del Napolitaine lo era también de Ritz y comía—como comió la noche de su muerte—en casa del banquero Openheimer.

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Sobre el movimiento literario contemporáneo francés tuvo ciertas expansiones, hace algún tiempo, con un escritor que fué a conversar con él a ese respecto. Creo que Mendès vivía en ese tiempo en la calle Boccador, frente a la Legación de Nicaragua. El visitante pinta su gabinete de trabajo, lleno de libros, y en el que resalta, dignamente enmarcado, un autógrafo de Hugo, «La siesta» de El arte de ser abuelo. Y habla del poeta, que se presenta sonriente y casi joven:

«M. Mendès ha visto morir el romanticismo, desenvolverse los destinos del Parnaso, nacer y morir el simbolismo; pero los años no le pasan, sobrevive a todos los naufragios alerta y alegre.»

Y Mendès da su opinión sobre la literatura francesa contemporánea. Para él no hay nada nuevo. Por otra parte, que se lea su «Rapport sur la Poesie». Con justicia se sulfura contra las escuelas. ¿Acaso había antes escuelas?, dice. «Hugo siempre negó haber fundado una escuela; en todos sus prefacios se acordó de protestar. El Parnaso no es tampoco una escuela. Era una agrupación de amigos que se estimaban y que trabajaban juntos; pero nuestras tendencias eran tan poco comunes, que nada se parece menos a la obra de Heredia que la de Coppée, a la de Sully-Prudhomme que la mía...»

Y luego:

«Cada poeta hace su obra como puede, como lo entiende, lo menos mal posible. Eso es todo. La escuela simbolista, la escuela romana, la escuela naturista, grupos sistemáticos y artificiales, ¡qué tontería! ¡Vedlos! Pasan su vida redactando proclamas y olvidan hacer obras.—No hay nada nuevo después de los prefacios de Cronwell y de Hernani. Todavía viven de eso todos; los comentan, los discuten, los niegan; pero es alrededor de ellos que se baten.»

Y el poeta se expresa poco amable con las técnicas nuevas. Los poetas jóvenes creen encontrar a cada paso un nuevo camino; pero siempre siguiendo las huellas de sus antecesores.

«Hacen ahora tragedias clásicas. ¿Y por qué? Porque yo he hecho Medea. Así se grita: ¡renacimiento clásico! Pero si yo tenía derecho de hacer Medea sin ver en ese asunto más que un motivo interesante de teatro. Entonces, porque he escrito El hijo de la Estrella se deberá clamar: ¡renacimiento bíblico! No. Cada poeta es libre de ir a extraer su inspiración de donde bien le parezca, sin que se pueda interpretar ese esfuerzo particular como una tendencia general. Corneille ha hecho tragedias griegas y tragedias españolas. Todos los asuntos son buenos; sólo el talento del poeta les da valor.»

Y cuenta que un día un amigo de Alejandro Dumas lo invitó a comer, ofreciendo darle «un excelente asunto para una pieza». Dumas fué a la comida, y preguntó a su amigo, que quizá sería el mismo Mendès:—¿Y ese asunto?—Es éste: un joven y una joven quieren casarse; pero el padre no quiere. En efecto, afirma el poeta, con eso hacéis El Cid, sólo que depende del modo que esté tratado el asunto.

Tenía sus admiraciones especiales: Rostand, Madame de Noailles. Con todo y no creer en los nuevos poetas, siempre estaba pronto a dar buenos consejos y a alentar a los que a él se acercaban. M. Saint-George de Bouhelier le debe mucho de su renombre.

Y con buenos lustros encima, era un formidable laborioso, pues teniendo a su cargo la crítica teatral de un diario parisiense, y casi la dirección literaria del mismo, tenía tiempo para hacer vida social y escribir dramas, comedias, cuentos, novelas, todo lo imaginable. Su pegaso estaba enyugado, como el de la poesía de Schiller y el del dibujo de Retzsche. Pero, de pronto, quedaba libre, y de un solo lírico impulso se elevaba al azul.

*
* *

Con motivo de su muerte se han repetido los ataques que la murmuración, con razón o sin ella, propagaban en su contra. Hemos quedado en que nadie es perfecto en la tierra. Los defectos que se le achacan, los pecados que se le critican, los tienen en el mundo infinitos fulanos, sólo que en él si existieron, como parece muy probable, resaltan más al brillo de su talento, al resplandor de su obra, que si no durará ha tenido su triunfo de belleza. Pero a veces la crítica aparta el prestigio de los dones singulares y se empeña en medirlo todo con igual rasero. Poco científico y poco justo. Cartouche no es Benvenuto Cellini, y Soleilland no es César Borgia.



ANTONIO DE ZAYAS

E aquí el poeta más español de todos los que escriben versos en España. De él decía hace algún tiempo: «Poeta diplomático. Es un señor. Continúa la tradición propia; es de la familia de los viejos poetas hidalgos; prendados de noblezas, de prestigios, de heroísmo, de ceremonia. Con todo, su vocabulario, su elegancia decorativa, los saltos libres de su pegaso, le ponen entre los innovadores. A veces, con pensamientos nuevos hace versos antiguos, y con pensamientos antiguos hace versos nuevos. El verso libre en España no ha llegado a la licencia de ciertos versolibristas franceses, con todo y haber escrito Manuel Machado versos libérrimos. Los de Antonio de Zayas son voluntariamente sujetos a un ritmo general que no desentona ni se rompe nunca. En Paisajes, los hay magistrales. Hay una oración por el alma de Felipe II, que en cualquier literatura honraría a un poeta; pero que en este caso concentra el alma española, la cristaliza en un diamante verbal sorprendente. Sus sonetos se resienten de heredianos algunos: los escritos en alejandrinos. Los otros siguen la influencia gallarda que nos viene de los grandes sonetistas del siglo de oro: Quevedo y el admirable Góngora.»

A esas afirmaciones, me complazco ahora en agregar otras.

Ese aristócrata—Antonio de Zayas pertenece a la nobleza—, ese hombre de protocolo y ese hombre de mundo, tiene un respeto y una pasión profunda por la dignidad del pensamiento y por la pureza del Arte. Sabe que el ciego Homero tuvo templos como los semidioses y que la lira es un instrumento sagrado aun en la época de los gramófonos y de las pianolas. Con su dignidad gentilicia trata a las musas, y ellas le corresponden con dones preciados y envidiables sonrisas. Tributario de la Diplomacia, peregrino de la Carrera, ha vivido en países extranjeros, en climas ásperos para el hijo de una tierra armoniosa y solar, y su noble pasión por las bellas letras le ha consolado, con la juventud y el amor, en sus horas frígidas y brumosas, pues, como Ovidio, ha podido escribir:

Solus ad egressus missus septempticis Istri
Parrhasiae gelido Virginis axe premor.

De esas oficiales peregrinaciones ha habido felices consecuencias poéticas. Los paisajes distintos, las costumbres exóticas, las evocaciones históricas y los espectáculos pintorescos han inspirado a nuestro artista de la palabra preciosas preseas, entre las cuales rítmicos «joyeles bizantinos». Él estuvo en ese Oriente europeo que ha cambiado de pronto al influjo del tiempo nuevo; alcanzó a ver la vida de la Turquía misteriosa y un poco miliunanochesca que han europeizado esos niños y ancianos terribles que se llaman los Jóvenes Turcos. Su saber y su gusto de poeta le hicieron aprovechar del lado bello y peregrino de las cosas. Y en armoniosas y bien sonantes estrofas nos regaló con sus impresiones y sensaciones orientales.

Él lleva consigo su luz y su sol nativos. Así os explicaréis cómo, según nos ha narrado en cierta hermosa página, sus Paisajes, esos versos que se dirían impregnados de llama andaluza y de calor castellano, fueron acordados «en las inmediaciones del Círculo Polar Ártico, durante el rigor del invierno, cuando, rodeado de nieve por todas partes y perdida la mirada en los turbios cristales del Melar, contemplaba en lontananza como único límite del horizonte, inmóviles ejércitos de abetos, solemnes como obeliscos funerarios.»

De tal modo su espíritu hizo brotar ardientes rosas bajo toldos de brumas en instantes cimerianos. Sus Retratos antiguos, sus Noches blancas, su Leyenda, son la prueba del constante ingenio y la maestría elegante de un artífice que, consciente y vigoroso, ha adornado su juventud con frescos y bien ganados laureles. Su reciente traducción de la obra poética de Heredia ha aumentado sus prestigios.

Se le ha querido absurdamente afiliar a esta o aquella tendencia literaria; quiénes le hacen seguidor de los clásicos, quiénes le declaran parnasiano, quiénes le bautizan con el absurdo epíteto de modernista. Los primeros se fijan en algunas de sus poesías construídas según los cánones de la poética ortodoxa castellana; los otros en la voluntaria ausencia de todo subjetivismo emocional, en la impasibilidad escultural de tales sonetos; los otros en sus novedades de expresión, en su virtuosismo rítmico. Él es simplemente un poeta, un artista del verbo; sincero, de conciencia, y como tal capaz de contradicciones en el proceso de su evolución mental, y en lo que no ataña a las ideas primordiales. Es un admirable evocador de figuras y escenarios del pasado. Hay en él como la herencia de una visión ancestral. Su énfasis es atávico, así como su buen gusto y sus aptitudes de aristócrata. Y no es un refinado hasta el límite decadente como el francés Montesquiou-Fesenzac, sino el descendiente de los viejos poetas españoles que a un tiempo amaban la lira y las máscaras, el arcabuz y la espada de Toledo.

Viajero y políglota, ha procurado siempre alejarse de toda heterodoxia de lenguaje, de ser en todo y por todo de su tierra. Y su misma simpatía por Heredia, tiene de seguro por razón el abolengo intelectual y familiar del sonetista franco-cubano, que tuvo ascendientes conquistadores como el bizarro don Pedro, fundador de Cartagena de Indias.

No soy yo amigo de las traducciones en verso. Un poeta es intraducible. Si el traductor es otro poeta, hará obra propia. El canto del poeta extranjero no será comprendido sino por los que entienden su música original. Con todo, alabo la traducción que Antonio de Zayas ha hecho de la obra herediana, porque ha dado a España la poesía de un poeta que tenía mucho en su espíritu de español; porque ha realizado su labor con nobleza y mucho conocimiento, y porque parece en ocasiones que, al ser refundida y troquelada con la alianza del metal castellano, vibrase más sonora la medalla francesa.

Lleno de distinción, verboso—¡como que posee, signo de raza, el don oratorio!—amable y rebosante de hidalguía, joven, unido a una gentil dama de gran cultura que le ha acompañado en sus viajes y que es encanto de su casa; con títulos de nobleza y ejecutorias de talento; feliz, en lo relativo de este mundo; así vive su lozano vivir este mi buen amigo que acabará sus días, Deo volente, embajador y académico entre los hombres, y portalira glorioso premiado por los dioses.



EL CONDE DE LAS NAVAS

IBLIOTECARIO Mayor de S. M. el rey don Alfonso XIII, es el Excelentísimo Señor don Juan Gualberto López Valdemoro y de Quesada, Conde de las Navas. Como otros caballeros de sangre azul, se dedicó a los deportes el conde de las Navas, sin desdeñar los ejercicios de la fuerza y elegancia, pues hasta está en la lista de los nobles que han toreado; se consagró principalmente a la bibliografía, a la erudición, a la literatura. A mí me parece extraño que, aunque relativamente joven, no tenga ya su sillón en la Real Academia de la Lengua. Ha producido ya buen número de libros que le hacen acreedor a tal merecimiento. Conoce su idioma como muy pocos, es un escritor castizo y de tradición. Y por su nombre, su papel social, su cultura y sus vinculaciones, debía estar ya entre los eminentes fabricantes del Diccionario.

Yo le conozco desde hace ya algunos años. Solía encontrarle en la célebre tertulia de D. Juan Valera y en casa de la condesa de Pardo Bazán. Su conversación es tan amena como sus escritos. Su cultura es sólida y su carácter no está agriado de pesimismos, a pesar de haberle coartado su actividad física una penosa dolencia que ha hecho aún más sedentaria su vida de religioso de los libros. Adora a su España, es andaluz y se encanta con la región asturiana, que le ha hecho producir páginas hermosas. «¡Ah! exclama, si yo no hubiese nacido bajo los verdes nopales de Gibralfaro, rezado la primera vez ante el altar de la Virgen de Araceli, y estudiado Derecho romano a la sombra de la torre de los Siete Suelos; si no debiera, en parte, mis pocas felices inspiraciones—si tuve alguna—al elixir del Tío Pepe, y si la Reina del Guadalquivir, con su Giralda, que, destacándose sobre el cielo, parece signo de admiración por tanta y tanta grandeza, no me hubiese prohijado más tarde, renegaría de mi tierra para hacerme asturiano y beber en el borde de la herrada el agua cristalina y fría en donde pesca la lóndriga la riquísima trucha, y para dormir la siesta a la sombra «proyectada por el ancho alero del hórreo», siquiera me despertase alguna vez la fuina persiguiendo a los pichones en el palomar cercano».

Mas es un purísimo hijo de Andalucía, y en su obra encontraréis alternados, como pasa en la existencia de esa tierra solar, la alegría y la tristeza andaluzas, ambas intensas y cordiales.

Yo no conozco todas las ya numerosas obras del conde de las Navas, pero algunas que he leído me han procurado momentos de amable solaz, me han conmovido o me han enseñado muchas cosas interesantes, raras, curiosas o divertidas. No ha llegado a mis manos La docena del fraile, que se publicó con un prólogo de Carlos Frontaura, jovial escritor cuyo nombre hoy dice poco y es por muchos ignorado, pero que tuvo en su época fama de ingenio fino y despierto. ¡Un infeliz! es una novela que se diría romántica si no fuese el estudio observado de la realidad, el trasunto de una vida, expuesta con procedimientos que poco se relacionan con lo moderno y menos con lo que hoy se llama modernista, con sutileza psicológica que nada tiene de bourgetiana, y con una gran penetración de sentimiento en lo que puede haber de más humano y al mismo tiempo de más español.

De más está decir que todavía, cuando publicó López Valdemoro ese libro, no había aparecido aún por estas tierras peninsulares la influencia del más loco y terrible de los filósofos anticristianos, y que, con todo y su cultura universal y variada, es y permanece fiel al espíritu tradicional de su patria y conserva su pensar absolutamente ortodoxo, a pesar de que se siente el estremecimiento de su alma ante el eterno misterio de la vida y de la muerte. ¡Un infeliz! el protagonista, es el que, en medio de los humanos lobos, cree en el bien, en la dignidad, en el honor, y, sobre todo, es capaz de amar de veras hasta el sacrificio, hasta el heroísmo, hasta la soñada eternidad. El tipo no es común, pero existe, y, sobre todo, ha existido, principalmente entre estos hidalgos españoles.

En una edición de doscientos cincuenta ejemplares, en papel de hilo, hoy agotada, publicó la primera serie, que no conozco, de sus interesantes Cosas de España, la cual primera serie fué escrita en colaboración con D. Manuel R. Zarco del Valle. Trátase en ese volumen, que se imprimió en Sevilla, de varios asuntos: Máscara de los artífices de la platería de México (1621); Entrevista de Carlos I y Francisco I (1538); La fuerza en España; La destreza en España; Don Josef Daza y su arte del Toreo; Los bufones en España y El tropezón de la risa. No han llegado a mi conocimiento tampoco su Chavala, historia disfrazada de novela; ni La media docena, cuentos y fábulas para niños, obra declarada de texto, ni algunas otras de sus producciones. En la segunda serie de Cosas de España, que poseo, hay monografías llenas de erudición sabrosa y entretenida.

La que trata del Tabaco, aunque no muy extensa, está escrita con verdadero amore y será leída con agrado especial por los fumadores. (En América hemos tenido, entre otros, dos grandes fumadores delante del Eterno, ambos generales: en la del Norte, el general Grant, y en la del Sur, el general Mitre). Hay muchos datos peregrinos y citas bibliográficas sobre el origen del tabaco y el placer de fumar. Ignoro si mi eminente amigo conoce un librito, o más bien folleto, del cual encontré un ejemplar en uno de mis paseos por los puestos de libros de viejo de los «quais» de París; me refiero al Traité-Théorique et practique-de-Culotage des pipes-œuvre posthume-de Culot, librepenseur-Philosophe éphectique-Professeur honoraire de pipe à la Société Œnofine-Membre-de plusieurs Sociétés buvantes-Avec les lumières de M. P. R. fumeur émerite.—Paris.—Etienne Sausset, Libraire Editeur.—Galeries de l’Odéon. Si no ha leído el conde de las Navas ese opúsculo, y llega a leerlo, su buen humor tendrá un nuevo momento de expansión, pues el francés tiene el verbo ágil y picante y es un ferviente adorador de la «nicotiana tabacum».

Los otros trabajos de la segunda serie de las Cosas de España, se refieren a Juan de la Cosa y su Mapa-mundi; a la Noche Buena; a don Fernando Colón—a propósito de las muchas discusiones que ha habido sobre si ese hijo del Almirante fué natural o legítimo—; a las Estatuas; a los Juegos de pelota, y al Robinsón español. En todas esas páginas demuestra el escritor que van iguales su talento de expositor y sus condiciones de «chercheur» y de «curieux».

No han llegado a mi poder los Cuentos y chascarrillos andaluces; pero sí he admirado a La niña Araceli, y el escenario andaluz en que se mueve su gracia y todo ese vivir de la famosa tierra que aún aman los moros; como me satisfizo El procurador Yerbabuena, entre lo cómico y lo amoroso, y Retama, el rústico, víctima de lo duro de la suerte, de la universal fatalidad que no conoce lo bueno ni lo malo, lo justo ni lo injusto. La pelusa es una novelita, o, como dicen los franceses, una «nouvelle», y, para seguir con ellos, una «tranche de vie». El argumento se desarrolla en la Corte. Hay en la narración la misma perspicacia y la misma desenvoltura ingeniosa con que el conde ha hecho vivir los personajes y tipos de sus novelas andaluzas.

Otros libros: La decena, cuentos y chascarrillos, inventados o recogidos de labios de amigos de buen humor. Literatura de buena digestión y de buena conciencia. De allende el Pajares, paisajes y cuentos trasladados e inspirados al amor del cielo y del suelo de Asturias. Yo he pasado algunos veranos en esa región amable y me explico el entusiasmo del autor por tierra tan llena de encantos y atractivos, tierra sonriente en medio de una como natural melancolía y un como flotante ensueño.

Mas una de las fases principales del espíritu del conde de las Navas, es su faz de bibliófilo en el verdadero sentido de la palabra. Él tiene el amor de los libros y frecuenta con asiduidad y cariño esas casas de las ideas. No podría encontrar el rey Alfonso XIII ni sacerdote más fervoroso, ni vigilante más celoso, a quien confiar el santuario intelectual riquísimo que es su Biblioteca. Sabida es la gran importancia de ella y las joyas bibliofílicas que contiene. El conde tiene también su biblioteca particular que, según tengo entendido, es muy digna de sus gustos y de su talento. El afecto a los libros demuestra un alma plácida y un fondo bondadoso. La buena erudición aleja los malos sentimientos. Erasmo, o M. Bergeret, tienen que sernos simpáticos. Además, tened por entendido que un bibliófilo no morirá nunca aplastado por un 40 HP, o despedido por un aeroplano. Pocos, poquísimos dice López Valdemoro en una parte de su tratado De libros, son los verdaderos bibliófilos que aman el libro en alma y cuerpo, por lo que dice, por su rareza en el mercado y por la buena ropa con que aparece vestido. Si a este propósito se preguntara a don Francisco Rodríguez Marín: «Después de las de Cuba, Puerto Rico y Filipinas, ¿con qué gran pérdida nacional cree usted que se cerró la lista de nuestro inmenso despojo?», me atrevo a asegurar que el ilustre escritor sevillano respondería inmediatamente: «Con la venta de la magnífica biblioteca del marqués de Xerez de los Caballeros». Al poner el conde de las Navas tal respuesta en boca del señor Rodríguez Marín, deja ver que él habría contestado en igual caso la misma cosa. Él ha escrito sobre los amigos y enemigos del libro—hombres, mujeres e insectos...—; sobre las erratas, de las cuales cita celebérrimas; sobre el tamaño del libro; sobre los libros españoles de sastrería; sobre el plan de un libro que se propone escribir respecto al vino; sobre la venta de libros con dedicatorias autógrafas; sobre el arte de la encuadernación, y sobre otras semejantes disciplinas.

Y en todo lo suyo encontraréis claridad, elegancia, nobleza, gracia oportuna, documentado saber. Lo que él os diga, tened por sabido que no lo encontraréis en las fáciles y usuales enciclopedias. ¡Por Dios! Ha escrito sobre las gallinas, y para ello ha consultado ciento catorce obras impresas y nueve manuscritos.

Recientemente hizo un viaje a Lourdes y publicó sus Impresiones de un incurable. Esas impresiones son las de un cristiano sincero, las de un católico prudente. Él ha leído todo lo que a Lourdes se refiere, desde Lasserre hasta Zola, desde el abate Archelet hasta el doctor Baraduc, desde el P. Camboné hasta Huysmans, Gourmont y tantos otros, creyentes o ateos. Él cree en el poder de la fe y en la especialidad del milagro, y sabía que él, en su peregrinación, no alcanzaría la curación como otros. Él no es fanático; mas escucha en veces a la ciencia misma, decir por boca de sabios como Ramón y Cajal: «A despecho de los inmensos progresos acumulados en el pasado siglo, la fisiología cerebral del entendimiento y de la voluntad, continúan siendo el enigma de los enigmas... por mucho que se descubra no se llegará a contemplar objetivamente el pensamiento, ni se averiguará por qué un movimiento en lo objetivo resulta una percepción en lo subjetivo».

Del conde de las Navas han dicho: Picón, «que tiene un estilo en que andan mezcladas por partes iguales la corrección, la sencillez y la gracia»; el finado P. Blanco García, «que Alarcón hubiera firmado sin escrúpulo algunos cuentos de La docena del fraile»; la condesa de Pardo Bazán, le hace notar «su gran riqueza de diccionario»; Le Quesnel, afirma que es «un artiste ciseleur, ou mieux un artiste joaillier qui ne cesse de sertir des perles»—; y de su obra sobre el espectáculo nacional, dicen unos cuantos inmortales que es magistral y merecedora de todo aplauso.

Pero entonces, vuelvo a asombrarme: ¿Por qué no ocupa el sillón que de derecho le corresponde en la Real Academia Española, el Excelentísimo señor don Juan Gualberto López Valdemoro, conde de las Navas y Bibliotecario Mayor del Rey don Alfonso XIII?



JOSÉ NOGALES

EA usted qué tarde más triste, qué tarde más gris—me dice el pintor burgalés Santa María, tan gentil y talentoso;—el gris de las tumbas es el mismo del cielo.

Así era. Salíamos del cementerio de Nuestra Señora de la Almudena; acabábamos de dejar bajo la tierra al poeta y escritor José Nogales. Y había una tristeza muy grande en el ambiente, en todas las cosas. Nada más lleno de la ceniza del otoño y de la pena del otoño que esta tarde. Yo no voy casi nunca a entierros. Padezco la fobia de la muerte y desde mi niñez me emponzoñó el terror católico. Quizás en la antigua Grecia, habría acompañado con cantos alegres y con flores, los despojos de un amigo. Mas ya en mis primeros años me poseyó el espanto de la Desnarigada.

Recuerdo que en la ciudad nicaragüense de León, cuando un vecino estaba para expirar, tocaban en los campanarios de las viejas iglesias un son lento y doloroso que infundía pavor, el toque de agonía. Al oirlo, en todas las casas se rezaba, encomendando a Dios el alma del agonizante. Eso ha desaparecido, felizmente. Pero en mi espíritu quedó la huella de tanta temerosa impresión mediœval. Así siempre he procurado no escribir ciertas palabras, no ocuparme en ciertos asuntos y no ir a los entierros.

...A acompañar a Nogales si fuí. Yo no le vi nunca. No fuí amigo personal suyo. Mas aparte de que era un compañero en La Nación, tenía todas mis simpatías por lo noble de su espíritu, por lo caballeresco de su manera, por lo castizo, por lo elegante y lo sensitivo. Luego, en medio de la comedia literaria, era un sincero, decía con claridad y franqueza su sentir y su pensar, y daba a cada cual lo suyo. Por eso creo que a su entierro, si concurrieron algunos hombres de letras y hombres de gloria, faltaron tales o cuales rozados por las firmes verecundias de Nogales.

...La procesión iba triste y lentamente, precedida por el fúnebre carro modesto, sin una sola corona. Vi en la concurrencia a Moret, a Canalejas, a Galdós y a Blasco Ibáñez, a Moya y a Castrovido, a Querol y a Benlliure. Yo iba en compañía de Valle-Inclán y de Antonio Palomero. Y hablábamos de la triste vida de las letras, de la terrible vida del periodismo, del vicio de la publicidad. Una vez que se ha probado de ella, ¡hasta el fin! Raros son los casos de liberación. He ahí un hombre que vivía relativamente feliz en provincia y quien, si le hubiese faltado un poco de talento, habría tenido algo más de existencia, exenta de luchas y de afanes. Según sé, poseía algunas tierras, y cultivaba las bellas letras en los periódicos de su región, gratamente. Pero ganó un día un premio en el concurso de cuentos promovido por un diario de la Corte, y a la Corte se vino lleno de ilusiones. ¿A qué? A afianzar su renombre literario, a hacer labor de periodista, sin dejar de ser lo que fué: un artista y un talento literario de primer orden. Esos artículos que aquí, a la francesa, llaman crónicas, y que son vistos aun por muchos que los escriben, como cosa de poca monta, como producción del instante y para el olvido, tuvieron en él un buen obrero que dejó mucho de valor antológico. Mas el cuento fué su trabajo preferido y aquel en que mayormente se hicieron notar su imaginación bizarra y su don de buen lenguaje y su culto de la tradición castiza. Su prosa era sana y fluida, quizá oliente todavía al terruño provincial y nativo; y si atavismos buscárais, habría que dar el gran salto hacia Grecia, de donde parecía traer su pasión de luz y de prosa marmórea el que pudiera ser considerado a través de tiempo y espacio un español homérida.

Dicen los que le trataron íntimamente que era de humor jovial y de carácter íntegro y generoso. Aún en las penas de la enfermedad parece que guardaba sus sonrisas. Y eso que, antes de la gravedad que le llevó al cementerio, padeció la pérdida de la vista, y para cumplir sus compromisos con los periódicos en donde trabajaba, se ponía a dictar miltonianamente, a una bella y joven hija suya, sus juicios y sus fabulaciones.

Si el sepulcro es la paz, paz tenga inacabable el compañero que ha partido.



MARIANO DE CÁVIA

L Ayuntamiento de Zaragoza, «la heroica», ha acordado rendir un homenaje de admiración a Mariano de Cávia, porque si no lo sabéis, sabedlo: Mariano de Cávia es aragonés como la virgen del Pilar y como la jota.

La noticia de ese homenaje ha tenido en toda España la mejor acogida y se ha aplaudido con todo entusiasmo. Mariano es muy admirado y muy querido. Se juntan en su caso las dos cosas del verso de Musset:

Être admiré n’est rien: l’affaire est d’être aimé.

Es el caso rarísimo de un hombre de talento sin enemigos. A través de la política, en su faena de periodista ha pasado sonriendo sin que le hayan rasgado las carnes los garfios salientes de los zarzales de los partidos. Siempre ha estado al alcance de su pensamiento una idea generosa que su pluma ha servido con buen humor y con gallardía. Su estilo ameno, ductil y elegante, es la transposición de su persona. Su cultura es varia y su don de oportunidad incomparable.

«Es único—dice El Imparcial—. Humanista y culto, a la manera de hombres insignes del siglo XVII y de muy contados de días posteriores, trajo al periodismo español, en pleno fragor de luchas políticas, una renovación de orientaciones y de ambiente. Su humorismo, castizamente español, burlón sin encono, ridiculizador sin acritudes, no tiene en el periodismo español más precedente ni semejante que el de Fígaro

Algunas veces se notará en su prosa cierta acidez, pero ella no es dañosa ni aun para aquellos a quienes va destinada. Es una acidez de manzana, de fruto sabroso. Tan castizos como él hay pocos, y, sin embargo, aparece libre de la hiperlogia española, de la elocuencia. Su discurrir es culto al propio tiempo que sencillo; en él va la alusión para los refinados, la reminiscencia para el erudito y la frase llana para el pueblo. Es el perfecto periodista.

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Ya he dicho en otra ocasión mi pensar respecto a eso del periodismo. Hoy y siempre, un periodista y un escritor se han de confundir. La mayor parte de los fragmentarios son periodistas. ¡Y tantos otros! Séneca es un periodista. Montaigne y de Maistre son periodistas, en un amplio sentido de la palabra. Todos los observadores y comentadores de la vida han sido periodistas. Ahora, si os referís simplemente a la parte mecánica del oficio moderno, quedaríamos en que tan sólo merecerían el nombre de periodistas los reporters comerciales, los de los sucesos diarios, y hasta éstos pueden ser muy bien escritores que hagan sobre un asunto árido una página interesante, con su gracia de estilo y su buen por qué de filosofía. Hay editoriales políticos escritos por hombres de reflexión y de vuelo, que son verdaderos capítulos de obras fundamentales—y eso pasa.

Hay crónicas, descripciones de fiestas o ceremoniales, escritas por reporters que son artistas, las cuales aisladamente tendrían cabida en libros antológicos, y eso pasa. El periodista que escribe con amor lo que escribe no es sino un escritor como otro cualquiera. Solamente merece la indiferencia y el olvido aquel que premeditadamente se propone escribir para el instante palabras sin lastre e ideas sin sangre. Muy hermosos y muy útiles y muy valiosos volúmenes podrían formarse con entresacar de las colecciones de los periódicos la producción escogida y selecta de muchos considerados como simples periodistas.

Cávia, de quien apenas si se ha publicado alguna que otra pequeña selección de artículos, ha tratado en los suyos de omnia re scibilli, de letras, de arte, de poesía, de ciencia y, sobre todo, de cosa pública, dando a cada cual lo suyo, haciendo siempre justicia, una justicia sonriente, un si es no es campechana, no sin mostrar cuando el caso lo ha requerido, que sus abejas productoras de muy sabrosa miel tienen un agudo y eficaz aguijón, que, como él diría, «hace pupa». Como clásicas han quedado sus famosas revistas de toros. Nadie como él para narrar las peripecias pintorescas de la lidia; nadie como él para conocer la calidad de un torero.

Por largo tiempo fué el Homero alerta, y con un buen par de ojos, del coso. Sin abusar del especial tecnicismo que convierte algunas páginas de esos artículos en jergas erizadas para el no ducho, sabía contarlo y calificarlo todo con insuperable gracejo; y en sus revistas aparecían siempre, sin arrastrarlos, sin forzarlos, el asunto de actualidad, la nota del día, el hecho culminante, en una aplicación que ni de intento. Dejó la literatura torera y se aplicó a esas sus impresiones del día, comento de sucedidos y magistrales improvisaciones. Aunque en él no haya nada improvisado, a pesar de las exigencias del periódico, porque bien nutrido como está, bien pertrechado en toda suerte de disciplinas, siempre encuentra para toda circunstancia la anécdota aplicable, la cita precisa, el recuerdo a propósito, el refrán irremplazable, el verso o la frase en castellano o en cualquier idioma vivo o muerto. El inglés, el francés, el italiano, el portugués, los conoce perfectamente. En cuanto al latín no sé si le conoce, pero sí que, como Sarmiento, si no sabe latín sabe latines.

¿Tiene una filosofía? Quizá la tenga guardada en alguna gaveta de su mesa de trabajo. Sólo sé que en él no han hecho mella ninguna de las importadas modas de pensar que han sido tan sonadas en estos últimos tiempos. ¿Tiene una religión? También lo ignoro; pero sí sé que está en excelentes relaciones con su paisana la Pilarica. Ateo, no es ni escéptico ni pesimista. Jamás se ha burlado de un culto ni se ha encarnizado contra ningún presbítero, ulema, pastor o rabino. Cree que todavía no es de mal gusto amar a la patria y sentir entusiasmo por sus glorias al soñar en su engrandecimiento. Es uno de los pocos que no dejan decaer las esperanzas de Juan Español. Es un fiel discípulo de nuestro Maestro Don Miguel de Cervantes y tiene afectos y ternuras para nuestro Señor Don Quijote de la Mancha.

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Por su don de comprensión es menester alabarle. Los limitados, los retraídos, aunque sean dotados de fortaleza, no gustan de los que en todo tienen la facultad de discernir. Mariano lleva su alegre discreción a todas partes y nada le es extraño, desde la teología hasta la gramática. Tiene sus caprichos. Un día, para indicar ciertas reformas urgentes, anuncia que el museo del Prado se ha quemado, y hasta después de irlo a ver la gente no se fija en el doble sentido de la ocurrencia. Otra ocasión, recientemente, se le antoja que debe rechazarse la palabra inglesa foot-boll, ser sustituída por una de su composición, «balompié». Y la gente, en su mayor parte, le hace caso a Mariano y comienza a decir y a escribir «balompié».

Ha escrito versos en francés, bien hechos; no sé si en latín, pero ciertamente en castellano como estos con que me obsequió en El Imparcial, cuando la aparición de mis Cantos de Vida y Esperanza, en tercetos monorrimos que compuso al modo litúrgico:

RAPSODIA