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Letras / Obras Completas Vol. VIII

Chapter 26: INDICE
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About This Book

Una serie de ensayos utiliza la metáfora de las ideas como seres que edifican ciudades y habitan libros para describir distintos ámbitos del pensamiento literario: la catedral de las ideas religiosas, el castillo feudal, la ciudad homérica y sus ritmos, y los gabinetes eróticos e infernales. Analiza el papel de impresores y encuadernadores como arquitectos que adornan y jerarquizan las obras, y contrasta ediciones pomposas con ediciones sencillas que conservan pureza. Complementariamente, examina el influjo de París sobre escritores extranjeros, mostrando cómo el temperamento y el origen determinan la capacidad de asimilar o resistir ese encanto, y cómo algunos autores latinoamericanos mantienen la savia del terruño.

No ha sido hostil como otros para los nuevos poetas; pero sí ha sido y es implacable para los poetas malos; nuevos y viejos. Una cualidad habrá que reconocerle entre todas, y es ella la distinción. Es algo de abolengo. Su estilo, aun cuando emplee términos del pueblo y trate de tópicos ultramodernos, siempre es de capa y espada. Quevedo en el bulevar, como antes le llamara. Como todo el mundo, claro que ha sufrido; pero con un supremo estoicismo: no ha mostrado nunca sus quebrantos; y, a la japonesa, ha opuesto siempre al duelo su sonrisa.

Mariano ha creado unas «marionetas» que le sirven de intérprete de sus opiniones y de sus críticas, de vez en cuando. Madame de la Pilongue, una francesa importada que vale por tres; el profesor Humbugman, de la Universidad de Pluncake; Don Vicente de la Recua, Barón de la Reata, suelen representar sus oportunos papeles en el pasar de los cotidianos acontecimientos. También ha resucitado por su influjo otro personaje, creación de uno de los que él considera como precursores y maestros, el perínclito don Patricio Buena Fe, que no deja de parecemos un poco fuera de su centro y otro poco Falot, en esta época de autos, aviación y demás cosas precursoras del Antecristo...

*
* *

Ahora se trata de cuál sea la forma más indicada para rendir el homenaje. Hay un nombre célebre, una vida generosa y treinta y tantos años de labor. Por de pronto, está muy bien la lápida en la casa donde nació. Ahora estará muy bien pensar en darle la casa donde muera. Mariano ha sido la cigarra del periodismo. Ha desdeñado la intriga y la cábala, no ha querido ser más que un hombre de pluma y de libertad y no ha solicitado los que para él hubieran sido fáciles honores y prebendas. Ha sido un trabajador formidable en su temperamento acerado y hoy está tan vigoroso de intelecto como antaño. Pero ¡qué diablos! Uno no es de granito, y un día llega en que el cerebro necesita reposo, en que de las batallas del espíritu se sale quebrantado, aunque uno las gane. Y para los soldados del pensamiento no hay cuartel de inválidos. Dígalo el Mariscal Zorrilla, cuya corona de platería anduvo, en la ancianidad del glorioso, en una casa de empeño...

Pide la Prensa que Cávia entre a la Academia. La honra es merecida; pero no es Mariano para ir a sentarse gravemente a su sillón en la terrible tarea de cocinar el diccionario. A menos que haga lo que Anatole France en la Academia Francesa: no ir nunca a las sesiones. No veo yo a Mariano discutiendo un vocablo con el señor Cotarelo, o con el padre Mir. Mas si ello ha de ser, preparémonos a saborear el que será exquisito discurso de recepción del Benjamín de los inmortales españoles. Aunque ha hecho y hace más por el idioma desde las columnas de su periódico que lo que hacer podría entre los conservadores oficiales.

Y todo eso estará muy bien; pero estamos en el tiempo de ser prácticos. Hay que ser como los ingleses. El esfuerzo y la gloria son un valor que se cotiza. No a todos ha de tocar el premio Nobel; y los homenajes positivos son los más preciados homenajes. Cierto es que El Imparcial ha apoyado y apoya eficazmente a ese escritor que le ha dado lo mejor del jugo de su cerebro; mas no se trata de algo que deba hacer El Imparcial solo, sino toda la prensa y los poderes que ella mueva.

Que se haga, pues, algo que valga la pena, algo fundamental y algo contante y sonante. Y que se haga pronto, ahora que Mariano está todavía joven. No pase como lo que cuentan de cierto militar español, que cuando, ya viejo, le llevaban su sueldo de Capitán General, exclamaba:

—¿Y ahora para qué? ¡Si me hubiesen dado esto cuando yo era teniente...!



MANUEL S. PICHARDO

UANDO se habla de la Isla de Cuba como país lírico, en Francia se recuerda al «conquistador» José María de Heredia, y en España a aquella exuberante y hermosa musa que se llamó Gertrudis Gómez de Avellaneda en el tiempo apasionado y sonoro del romanticismo.

En mi primaveral adolescencia era ya Cuba para mí una tierra de poesía. La «Perla de las Antillas» era en verdad una inmensa y maravillosa perla, llena de mansiones ilusorias y de paisajes de encanto, como los paisajes de las Mil y una noches que el prestigioso verbo del Dr. Mardrus nos ha hecho conocer. Yo he tenido el amor de las islas, y entre todas Ceylán y Cuba me han atraído como dos soberbias mujeres; la una perfumada de las más finas canelas, la otra olorosa a rosas y jazmines. En pasados tiempos conocí a dos peregrinos que aumentaron mi entusiasmo. Era el uno un poeta rubio, bizarro y caballeresco, que recorría nuestro continente en una jira de leyenda, diciendo versos de amor y de patria, conquistando simpatías para la causa de la libertad cubana y damas para sus apetitos sentimentales y voluptuosos de don Juan errante. Se llamaba José Joaquín Palma. Era quien había escrito ciertos versos que, encontrados entre los papeles de Olegario Andrade, fueron publicados como del autor de la Atlántida, rectificándose luego la equivocación.

El otro era un fogoso y armonioso orador, que en los intermedios de sus bravas campañas patrióticas decía rimas de pasión y cuentos de ensueños en los salones donde era su palabra un atractivo y un hechizo. Se llamaba Antonio Zambrana. Ambos me hablaban de las dulzuras de su tierra, de sus mujeres incomparables y de sus nidos de amor. Me llegaba un aroma de bosques de la Isla de las Islas, un aroma de bosques entre ruidos de mar. Soñaba con las maravillas de un suelo lleno de vida bajo un cielo todo azul lleno de sol. Y era la visión de jardines deliciosamente criollos, exacervantes de olores, sonoros de arrullos de paloma, de cantos de pájaros, del revolar de las milanesianas cimarronzuelas de rojos pies... Y, como en Oriente, calcadas en el zafiro del celeste fondo, «las palmas ¡ay! las palmas deliciosas» que hicieron suspirar a Heredia el castellano, nostálgico de ellas junto a la catarata yanqui.

Soñaba yo con la Habana como con una capital de placer y de deleite. Una decoración extraña y pintorescas fortalezas sobre las olas, playas adornadas de árboles y flores del trópico; calesas en que iban marquesas blancas de grandes ojeras; criados negros, terribles y fieles; elegancias europeas en un ambiente tibio de pereza sensual, y, sobre todo, una cálida gracia que embargaría los sentidos y haría ensoñar de tal manera que se sentiría pasar la vida como una onda de miel y una caricia de seda. Y mi adolescencia se estremecía ante tantas imaginaciones.

Yo decía: Amar allá en Cuba debe ser amar. Decía: El gozo en Cuba debe ser un multiplicado gozo. Y sentía como el sabor de un beso de rara sulamita, con un algo de azúcares de níspero, de ámbar, y de la miel y de la leche que regocijaron el paladar del querido colega, del perfecto enamorado lírico que se llamaba Salomón.

Muchos años pasaron y pude por fin estar unas horas—las que el vapor me permitía—en tierra cubana. No tuve tiempo de verificar mi ensueño antiguo. Esas horas las pasé entre poetas y almas generosas que me manifestaron su confraternidad y su cariño en un banquete inolvidable. Entreví, sí, jardines, elegancias, ardientes poemas de carne, ojos milagrosos. Y con los poetas, entre tanta vida, la única visita que pude hacer fué a la Muerte. Ciertamente—el motivo no lo recuerdo—nos dirigimos al cementerio, en aquel día un tanto opaco, con otros amigos, Kostia el perspicuo, Hernández Miyares, cuya gentil arrogancia se arregla muy bien con su amabilidad cordial; Raoul Cay, aquel charmant Raoul en cuya casa bebimos un té digno de Confucio y nos vestimos de mandarines chinos con espléndidos trajes auténticos, mientras en el salón el General Lachambre hacía la corte a la soberbia María, hoy su respetable viuda; Julián del Casal, atormentado y visionario como Nerval, todo hecho un panal de dolor, un acerico de penas, ya con algo de ultratumba en las extrañas pupilas, y que hoy reposa en la paz y en la gloria que merecieron su corazón de niño desventurado y sus versos de hondo y exquisito príncipe de melancolías; Pichardo, el que es hoy laureado poeta de la Isla, y yo.

Tengo presente que íbamos conversadores y que retornamos menos locuaces y con alguna vaga tristeza. ¿Es que comprendimos que la visita debía ser pronto pagada?... Poco tiempo después llegó la Misteriosa, en su carro negro, a casa de nuestro pobre Julián.

Y fué en esa tarde de la visita al cementerio, como en las horas del ágape amistoso, cuando por primera vez comuniqué con el alma poética de Manuel Serafín Pichardo—a quien su pueblo aclama entre los primeros—pudiendo apreciarle entre los vinos y las rosas, y junto a los cipreses. Desde esa época «ha pasado mucha agua bajo los puentes». El destino nos ha llevado a unos a un punto, o otros a otro. Con el poeta que acaba de ser moralmente coronado por su patria, nos hemos encontrado, al azar de la vida, una noche, en un teatro de Madrid, creo que en una representación de Réjane. Cambiamos unas palabras y no nos hemos vuelto a ver. Hoy le escribo estas para su libro de versos. Lo hago con sincero placer, a pesar de una preocupación que ya raya en mí en supersticiosa: casi todo pórtico que he levantado a la fábrica intelectual de un amigo, me ha caído encima...

Me encantan los versos de Pichardo, antes que todo, porque no veo en él a un fanático de escuelas, o maniático de maneras. No se propone enseñar, ni ponerse los hábitos apolillados de fray Luis de León, o los casacones de Quintana, ni entablar ningún flirt con mis pasadas princesas azules... Menos se propone componer el mundo; por lo cual le felicito de todo corazón, no viendo la necesidad absoluta de que todos nos dediquemos a la carrera de apóstol. Bellamente, noblemente, gallardamente, expresa el poeta sus pensares y sentires en ritmos varios, y en veces veréis en él reminiscencias clásicas, en veces, sobre el modo moderno, escucharéis muy sutiles melodías, rapsodias elegantes y tal cual sonata sentimental chopinizada a la luz de la bella luna de su patria.

A este noble poeta no le pueden acusar de no cantar las cosas de su tierra. Patriótico, familiar, o pintor de caracteres, almas y paisajes, ha escrito poesías que son productos cubanos genuínos, autóctonos. Yo no sé de versos más hermosamente gráficos que ese Danzón que exterioriza todo el picante de la molicie lujuriosa, al mismo tiempo que transciende al perfume del corazón del terruño; relentes de Africa, atavismos voluptuosos, ecos de legendarios ingenios, noches de libertad jocunda, aguardiente fuerte y caña dulce y labios rojos.

El poeta va a España y allí sufre la tentación de todo artista. Allá ha de producir cincelados sonetos castellanos à l’instar de las labradas orfebrerías de Gautier; ha de externar su espíritu de adorador de hermosas visiones en poemas que se demuestran sentidos y brotados espontáneamente, con el influjo de ese soplo arcano que ha producido en el mundo tantas maravillas y que antes se llamaba «inspiración». Si el calificativo se usase todavía, podría decirse de este autor que es un lírico verdaderamente inspirado.

Tiene en su rica colección una parte fúnebre que podríamos llamar la loggia de los duelos. Allí están los afectuosos cenotafios, los «mármoles negros», las urnas votivas, las lápidas recordatorias, los conceptos consagrados a seres admirados o amados que han desaparecido en la eternidad. No puedo menos que señalar los versos que dedica a Julián del Casal, al triste Julián del Casal, a quien yo también amé mucho, pagando así la más pura de las admiraciones y el más sincero de los afectos.

Hay en este volumen poemas de dolor, ecos de desgarraduras, crujidos de fibras y de entrañas, lamentos lanzados al choque de la vida. Tal lo que se contiene en «La copa amarga». Hay otros poemas de entusiasmo, de impresiones literarias—algunas no muy de mi predilección, como los afamados versos «A Rostand»—en que no dejan de manifestarse siempre la bizarría, el bello gesto del esparcidor de flores o del portapalma que se acerca a decorar el altar de su ídolo o el simulacro de su dios. En ocasiones es escultórico, y más de una vez sus composiciones hacen recordar la dignidad métrica de su semipaisano Heredia el francés.

La poesía doméstica que ha tentado a Pichardo es para mí cosa peregrina y extraña. No porque la considere ingenua, arrierée y a la papá, sino porque juzgo poco a sus anchas a las nueve musas para danzar libremente ante los lares... Y eso que el portentoso Hugo las hizo hacer las más lindas evoluciones en El Arte de ser abuelo. Con todo, ¡los niños tienen tan frescas sonrisas y tan claras miradas! ¡Y Pichardo las ha interpretado tan hondamente!

Otra cosa es la canción galante que este poeta cultiva y prefiere y la cual vuela libre y atrevida como una abeja. Abeja que en este caso tiene mucho en donde revolar y en donde posarse en esa tierra de Cuba, florecida de beldades, y en donde hay tanto

Tipo oriental, nívea tez
Y el endrino pelo en haz...

Insistiré: todas las mujeres bellas del mundo tienen sus encantos especiales; mas el encanto de la mujer cubana es único por su algo de Oriente, por una fascinación misteriosa, porque por pudorosa que sea hay en ella como un incesante y secreto llamamiento. Ovidio lo diría mejor que yo:

Scilicet ut pudor est quamdam cœpine
Sic alio gratum est incipienti pati.

Y esto lo digo de las pocas cubanas que en mis peregrinaciones por el mundo he encontrado. ¡Cómo será la delicia en el paraíso ardiente de la Isla!

Réstame referirme a las traducciones que de varios poetas ha hecho Pichardo. No puedo aplaudirlas sino como originales, porque no creo en la posibilidad de una traducción de poeta que satisfaga. Apenas en prosa se puede dar a entrever el alma de una poesía extranjera. En verso el intento es inútil, así sea el traductor otro poeta y sea hombre de arte y de gusto, llámese Llorente, Díez-Canedo, Leopoldo Díaz, Valencia, o Pichardo. Lo que el lector obtendrá será una poesía de Pichardo, de Leopoldo Díaz, de Valencia o de Llorente, o de Díez-Canedo, no de Verlaine, de Poe, de Mallarmé o de Gœthe. Don Miguel de Cervantes sabía bien lo que se decía con lo del revés de los tapices.

Y he aquí lo más conocido, lo más reproducido, lo más gustado de mi amigo Pichardo: las «Ofélidas». El nombre evoca en seguida a la pálida enamorada shakespeareana, muerta bajo las flores; «¡flores sobre la flor!» Y el triunfo de esas poesías cortas, intensas, comprensivas, expresivas, sensitivas, consiste en su intimidad; en que dejan ver lo interior del poeta, los caprichos, las amarguras, las heridas. Son pequeños estuches que encierran joyas con secretos, alfileres con más o menos ponzoña o con casi invisibles manchas sangrientas... Son fragmentos de vida, he ahí la razón de su boga. Por eso casi todos los grandes poetas que han escrito «ofélidas» han ido en seguida al corazón de las gentes. Las de Heine se llaman «Intermezzo», las de Bécquer «Rimas», las de Verlaine «Parallélement»... Allá lejos, Catulo habría gustado de todas ellas.

Yo saludo a Pichardo, al gran poeta de Cuba, al aparecer su brillante libro, en cuya cubierta la musa medio desnuda, destacándose en el fondo de la sagrada selva, muestra sus blancos pechos erectos, cerca de los cisnes, de los bienhechores, melodiosos y olímpicos cisnes.



MARINETTI Y EL FUTURISMO

ARINETTI es un poeta italiano de lengua francesa. Es un buen poeta, un notable poeta. La «élite» intelectual universal le conoce. Sé que personalmente es un gentil mozo y es mundano. Publica en Milán una revista políglota y lírica, lujosamente presentada, Poesía. Sus poemas han sido alabados por los mejores poetas líricos de Francia. Su obra principal hasta ahora: Le roi Bombance, rabelesiana, pomposamente cómica, trágicamente burlesca, exuberante, obtuvo un éxito merecido, al publicarse, y seguramente no lo obtendrá cuando se represente en L’Œuvre de París bajo la dirección del muy conocido actor Lugne-Poe. Su libro contra D’Annunzio es tan bien hecho y tan mal intencionado que el Imaginífico—¿la pluma en el sombrero, Lugones?—debe estar satisfecho del satírico homenaje. A este propósito, el conde Robert de Montesquiou le dice conceptos que yo hago míos:

«Le temps et le verve que vous lui donnerez sont des beaux éloges, dénués de la fadeur des cassolettes et de l’écœurement des encensoirs. La louange n’est pas une; et, surtout, pas forcément suave: elle peut être acidulée; ce n’est pas la pire. Et le «toujours Lui, Lui partout!» de votre brillante critique, représente une salve d’applaudissements qui a bien son prix. La gentiane est amère, le pavot empoisonné, la belladone, vénéneuse: elles n’en sont pas moins des fleurs salutaires, belles, entre toutes, que plusieurs, non des moins difficiles, preféreront au jasmin. Et leur gerbe, déposée au socle d’un buste, l’honore autant que le ferait la flore étoilée.»

Los poemas de Marinetti son violentos, sonoros y desbridados. He ahí el efecto de la fuga italiana en un órgano francés. Y es curioso observar, que aquel que más se le parece es el flamenco Verhaeren. Pero el hablaros ahora de Marinetti es con motivo de una encuesta que hoy hace, a propósito de una nueva escuela literaria que ha fundado, o cuyos principios ha proclamado con todos los clarines de su fuerte verbo. Esta escuela se llama El Futurismo.

Solamente que el Futurismo estaba ya fundado por el gran mallorquín Gabriel Alomar. Ya he hablado de esto en las Dilucidaciones, que encabezan mi Canto errante.

¿Conocía Marinetti el folleto en catalán en que expresa sus pensares de futurista Alomar? Creo que no, y que no se trata sino de una coincidencia. En todo caso, hay que reconocer la prioridad de la palabra, ya que no de toda la doctrina.

¿Cuál es ésta?

Vamos a verlo.

*
* *

1. «Queremos cantar el amor del peligro, el hábito de la energía y de la temeridad». En la primera proposición paréceme que el futurismo se convierte en pasadismo. ¿No está todo eso en Homero?

2. «Los elementos esenciales de nuestra poesía serán el valor, la audacia y la rebeldía». ¿No está todo eso ya en todo el ciclo clásico?

3. «Habiendo hasta ahora magnificado la literatura la inmovilidad pensativa, el éxtasis y el sueño, queremos exaltar el movimiento agresivo, el insomnio febriciente, el paso gimnástico, el salto peligroso, la bofetada y el puñetazo». Creo que muchas cosas de esas están ya en el mismo Homero, y que Píndaro es un excelente poeta de los deportes.

4. «Declaramos que el esplendor del mundo se ha enriquecido con una belleza nueva: la belleza de la velocidad. Un automóvil de carrera, con su cofre adornado de gruesos tubos semejantes a serpientes de aliento explosivo... un automóvil rugiente, que parece que corre sobre metrallas, es más bello que la Victoria de Samotracia». No comprendo la comparación. ¿Qué es más bello, una mujer desnuda o la tempestad? ¿Un lirio o un cañonazo? ¿Habrá que releer, como decía Mendès, el prefacio del Cronwell?

5. «Queremos cantar al hombre que tiene el volante, cuyo bello ideal traspasa la Tierra lanzada ella misma sobre el circuito de su órbita». Si no en la forma moderna de comprensión, siempre se podría volver a la antigüedad en busca de Belerofontes o Mercurios.

6. «Es preciso que el poeta se gaste con calor, brillo y prodigalidad, para aumentar el brillo entusiasta de los elementos primordiales». Plausible. Desde luego es ello un impulso de juventud y de conciencia, de vigor propio.

7. «No hay belleza sino en la lucha. No hay obra maestra sin un carácter agresivo. La poesía debe ser un asalto violento contra las fuerzas desconocidas, para imponerles la soberanía del hombre». ¿Apolo y Anfion inferiores a Herakles? Las fuerzas desconocidas no se doman con la violencia. Y, en todo caso, para el Poeta, no hay fuerzas desconocidas.

8. «Estamos sobre el promontorio extremo de los siglos... ¿Para qué mirar detrás de nosotros, puesto que tenemos que descerrajar los vantaux de lo Imposible? El Tiempo y el Espacio han muerto ayer. Vivimos ya en lo Absoluto, puesto que hemos ya creado la eterna rapidez omnipotente». ¡Oh, Marinetti! El automóvil es un pobre escarabajo soñado, ante la eterna Destrucción que se revela, por ejemplo, en el reciente horror de Trinacria.

9. «Queremos glorificar la guerra—sola higiene del mundo,—el militarismo, el patriotismo, el gesto destructor de los anarquistas, las bellas Ideas que matan, y el desprecio de la mujer». El poeta innovador se revela oriental, nietszcheano, de violencia acrática y destructora. ¿Pero para ello artículos y reglamentos? En cuanto a que la Guerra sea la única higiene del mundo, la Peste reclama.

10. «Queremos demoler los museos, las bibliotecas, combatir el moralismo, el feminismo y todas las cobardías oportunistas utilitarias».

11. «Cantaremos las grandes muchedumbres agitadas por el trabajo, el placer o la revuelta; las resacas multicoloras y polifónicas de las revoluciones en las capitales modernas, la vibración nocturna de los arsenales y los astilleros bajo sus violentas lunas eléctricas; las estaciones glotonas y tragadoras de serpientes que humean, los puentes de saltos de gimnasta lanzados sobre la cuchillería diabólica de los ríos asoleados; los paquebots aventureros husmeando el horizonte; las locomotoras de gran pecho, que piafan sobre los rieles, como enormes caballos de acero embridados de largos tubos, y el vuelo deslizante de los aeroplanos, cuya hélice tiene chasquidos de bandera y de muchedumbre entusiasta.» Todo esto es hermosamente entusiástico y, más que todo, hermosamente juvenil. Es una plataforma de plena juventud; por serlo, tiene sus inherentes cualidades y sus indispensables puntos vulnerables.

*
* *

Dicen los futuristas, por boca de su principal leader, que lanzan en Italia esa proclama—que está en francés, como todo manifiesto que se respeta—porque quieren quitar a Italia su gangrena de profesores, de arqueólogos, de ciceroni y de anticuarios. Dicen que Italia es preciso que deje de ser el «grand marché des brocanteurs». No estamos desde luego en pleno futurismo cuando son profesores italianos los que llaman a ilustrar a sus pueblos respectivos un Teodoro Roosevelt y un Emilio Mitre.

Es muy difícil la transformación de ideas generales, y la infiltración en las colectividades humanas se hace por capas sucesivas. ¿Que los museos son cementerios? No nos peladanicemos demasiado. Hay muertos de mármol y de bronce en parques y paseos, y si es cierto que algunas ideas estéticas se resienten de la aglomeración en esos edificios oficiales, no se ha descubierto por lo pronto nada mejor con que sustituir tales ordenadas y catalogadas exhibiciones. ¿Los Salones? Eso ya es otra cosa.

La principal idea de Marinetti es que todo está en lo que viene y casi nada en lo pasado. En un cuadro antiguo no ve más que «la contorsión penosa del artista que se esfuerza en romper las barreras infranqueables a su deseo de expresar enteramente su ensueño.» Pero ¿es que en lo moderno se ha conseguido esto? Si es un ramo de flores cada año, a lo más, el que hay que llevar funeralmente a la «Gioconda», ¿qué haremos con los pintores contemporáneos de golf y automóvil? Y ¡adelante! Pero ¿a dónde? Si ya no existen Tiempo y Espacio, ¿no será lo mismo ir hacia Adelante que hacia Atrás?

Los más viejos de nosotros, dice Marinetti, tienen treinta años. He allí todo. Se dan diez años para llenar su tarea, y en seguida se entregan voluntariamente a los que vendrán después. «Ellos se levantarán—¡cuando los futuristas tengan cuarenta años!—ellos se levantarán al rededor de nosotros, angustiados y despechados, y todos exasperados por nuestro orgulloso valor infatigable, se lanzarán para matarnos, con tanto mayor odio cuanto que su corazón estará ebrio de amor y de admiración por nosotros.»

¡Y en este tono la oda continúa con la misma velocidad e ímpetu!

¡Ah, maravillosa juventud! Yo siento cierta nostalgia de primavera impulsiva al considerar que sería de los devorados, puesto que tengo más de cuarenta años. Y, en su violencia, aplaudo la intención de Marinetti, porque la veo por su lado de obra de poeta, de ansioso y valiente poeta que desea conducir el sagrado caballo hacia nuevos horizontes. Encontraréis en todas esas cosas mucho de excesivo; el son de guerra es demasiado impetuoso; pero ¿quiénes sino los jóvenes, los que tienen la primera fuerza y la constante esperanza, pueden manifestar los intentos impetuosos y excesivos?

*
* *

Lo único que yo encuentro inútil es el manifiesto. Si Marinetti con sus obras vehementes ha probado que tiene un admirable talento y que sabe llenar su misión de Belleza, no creo que su manifiesto haga más que animar a un buen número de imitadores a hacer «futurismo» a ultranza, muchos, seguramente, como sucede siempre, sin tener el talento ni el verbo del iniciador. En la buena época del simbolismo hubo también manifiestos de jefes de escuela, desde Moreas hasta Ghil. ¿En qué quedó todo eso? Los naturistas también «manifestaron» y la pasajera capilla tuvo resonancia, como el positivismo, en el Brasil. Ha habido después otras escuelas y otras proclamas estéticas. Los más viejos de todos esos revolucionarios de la literatura no han tenido treinta años.

El calvo D’Annunzio no sé cuántos tiene ya, y fíjese Marinetti que el glorioso italiano goza de buena salud después de la bella bomba con que intentó demolerle. Los dioses se van y hacen bien. Si así no fuese no habría cabida para todos en este pobre mundo. Ya se irá también D’Annunzio. Y vendrán otros dioses que asimismo tendrán que irse cuando les toque el turno, y así hasta que el cataclismo final haga pedazos la bola en que rodamos todos hacia la eternidad, y con ella todas las ilusiones, todas las esperanzas, todos los ímpetus y todos los sueños del pasajero rey de la creación. Lo Futuro es el incesante turno de la Vida y de la muerte. Es lo pasado al revés. Hay que aprovechar las energías en el instante, unidos como estamos en el proceso de la universal existencia. Y después dormiremos tranquilos y por siempre jamás. Amén.

INDICE

 Págs.
La casa de las ideas5
París y los escritores extranjeros11
Vida de las abejas21
Luis Bonafoux.—«Bombos y Palos»27
En el país de la Bohemia33
El milagro de la voluntad43
El Brasil intelectual53
Letras dominicanas61
Un poeta portugués en la India69
Eugenia de Guérin79
Arthur Symons.—«Retratos Ingleses»89
Saint-Pol-Roux99
El pueblo del Polo107
Hércules y Don Quijote117
Un recuerdo a Castelar123
Jean Orth y Eugenio Garzón129
Catulle Mendès135
Antonio de Zayas147
El conde de las Navas153
José Nogales163
Mariano de Cávia167
Manuel S. Pichardo177
Marinetti y el Futurismo187


OBRAS COMPLETAS

DE

FRANCISCO VILLAESPESA

TOMOS PUBLICADOS

I.—Intimidades.—Flores de almendro.

II.—Luchas.—Confidencias.

III.—La copa del rey de Thule.—La musa enferma.

IV.—El alto de los bohemios.—Rapsodias.

V.—Las horas que pasan.—Veladas de amor.

VI.—Las joyas de Margarita: Breviario de amor.—La tela de Penélope.—El Milagro del vaso de agua.

VII.—Doña María de Padilla.—La cena de los cardenales.

VIII.—El Milagro de las Rosas.—Resurrección. Amigas viejas.

IX.—Las granadas de rubíes.—Las pupilas de almotadid.—Las garras de la pantera.—El último Abderramán.

X.—Tristitiæ rerum.

XI.—La leona de Castilla.—En el desierto.

XII.—El rey Galaor. El triunfo del amor.

EDITORIAL MUNDO LATINO

Barbieri, 1 duplicado.—Apartado 502

——MADRID——

Las librerías de España y América deberán dirigir sus pedidos a la

Sociedad General Española de Librería.
Diarios, revistas y publicaciones (S. A.)


——FERRAZ,——21 MADRID——

Los errores corregidos:
ciuda griega=> ciudad griega {pg 7}
En estas paginas=> En estas páginas {pg 17}
los intectuales=> los intelectuales {pg 18}
Es el mismo Sweendenborg=> Es el mismo Swedenborg {pg 23}
Gentón epistolario=> Centón epistolario {pg 29}
ella en su rerepertorio=> ella en su repertorio {pg 39}
Confesions of an opium eater=> Confessions of an opium eater {pg 49}
quitarme la convinción=> quitarme la convincción {pg 49}
Lep Morticoles=> Les Morticoles {pg 51}
los últimos movientos=> los últimos movimientos {pg 54}
naturalmentedes pertaron=> naturalmente despertaron {pg 57}
Nel plenilunio di calendimaagio=> Nel plenilunio di calendimaggio {pg 71}
«It is better to have loved and los than never to have lovei at all»=> «It is better to have loved and lost than never to have loved at all» {pg 75}
Arthur Simons es un poeta y escritor inglés=> Arthur Symons es un poeta y escritor inglés {pg 89}
casa de arte allá en Taliti=> casa de arte allá en Tahiti {pg 100}
más admirativos cenceptos=> más admirativos conceptos {pg 100}
Etre admire n’est rien, l’affaire est d’être aimé,=> Être admiré n’est rien, l’affaire est d’être aimé, {pg 102}
como Lytton Bwllver=> como Lytton Bullver {pg 110}
los selanitas=> los selenitas {pg 116}
ya dicho Perso=> ya dicho Perseo {pg 119}
CATULLE MENDÉS=> CATULLE MENDÈS {pg 135}
mes tendres et donloureux=> mes tendres et douloureux {pg 137}
conocimiento tampoco=> conocimiento tammpoco {pg 156}
facultad de discenir=> facultad de discernir {pg 171}
alegre discrección=> alegre discreción {pg 171}
Es algo de abolego=> Es algo de abolengo {pg 173}
en a ancianidad=> en la ancianidad {pg 175}
que Cavia entre=> que Cávia entre {pg 175}
bebimos un te=> bebimos un té {pg 180}
l’ocœurement des encensoirs=> l’écœurement des encensoirs {pg 188}
Teodoro Rooselvet=> Teodoro Roosevelt {pg 192}
Saint-Poul-Roux=> Saint-Pol-Roux {pg 197—índice}