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Lo prohibido (novela completa) cover

Lo prohibido (novela completa)

Chapter 38: VI
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About This Book

The narrator abandons his provincial business after his father's death and moves to Madrid, lodging near an uncle while maintaining independence. He records the city's rapid modernization and cultural bustle and sketches his uncle Rafael as sociable, loquacious, and quietly distressed by his daughters' marriages. The narrative examines family relations, domestic tensions, and social ambition through detailed character portraits and observational passages. Episodes contrast personal longing and practical affairs, portraying Madrid's changing urban life and the moral complexities of intimate ties.

VI

Gran silencio en la mesa. Rompiólo al fin el general con estas palabras:

—Cuando digo yo... Oye, Santiaguito: sírveme Jerez.

Sánchez Botín no sabía disimular el furor que le dominaba por causa del maldito M. Petit, que no puso aquel día en la mesa la lista de platos. Resultado de esta preterición (que parecía una estratagema traidora) fué que mi hombre se atracó de roastbeef á la inglesa, y cuando aparecieron las codornices ya no le quedaba para ellas todo el hueco estomacal que merecían. Se podían leer en las serosidades lobulosas de su frente sus irritados pensamientos. Estaba verde, y sus gruesos labios engrasados se estremecían como los labios de los perros cuando van á ladrar. «Esto no pasa más que aquí. Vale más ir á un mal restaurant», de seguro diría. Al través de las gafas de oro, sus ojos inyectados y como queriendo salirse del casco, arrojaban destellos de odio contra el pobre M. Petit.

Poco á poco volvió á sonar el metal de cuchillos y tenedores sobre la porcelana. Ligera oleada de animación, corriendo de una punta á otra de la mesa, agitó la doble fila de cabezas. Cada cual comunicó á su vecino sus observaciones, unos en voz baja, otros en alta voz. En aquella mesa rara vez se hablaba sin doble sentido. Debajo de la conversación verbal, serpenteaba la intencional como la víbora entre hojas. Interpretarla y devolverla era el encanto de los comensales. Las circunstancias no pudieron hacer que aquella conversación nuestra fuese lúgubre, aunque sólo se hablaba de enfermedades y de la aterradora muerte. La marquesa de San Salomó iba preguntando á todos, uno por uno, si tenían miedo á la muerte y en qué forma se les presentaba al espíritu. Cada cual respondía cosas diferentes, la mayor parte poco ingeniosas. Fué la misma Pilar quien dijo:

—Yo soy cristiana católica y vivo preparada. A pesar de esto, no me gusta ver entierros...

—Es que no tiene usted la conciencia tranquila —dijo no sé quién, derivándose de esto un tiroteo de frases, esmaltadas de discretas risas.

—Me parece que les estoy viendo á todos ustedes —dijo Pilar— bajando de patitas al Infierno...

—Como la llevemos á usted por delante...

—¡A mí! Usted está mal de la cabeza. ¡A mí!...

—Sí, señora. Y si usted se empeñara en no ir, elevaríamos una sentida exposición á Dios, pidiendo que la destinara á usted á nuestro departamento...

—¡Aunque sólo fuera en comisión de servicio!

Siguió á esto un gran debate sobre si hay ó no Infierno, si el Limbo es verdad ó figuración teológica, y, por último, hacia qué parte cae el Purgatorio.

Me parecía mentira que la comida se había de concluir. Cuando acabó, fuí á enterarme por mí mismo del estado de Carrillo. El ayuda de cámara, á quien encontré en el pasillo, díjome que habían metido al señor en un baño caliente, y que ya estaba mejor. Parecióme, en verdad, muy aliviado cuando le ví. Regresé al salón, donde estaban tomando té y café bajo los auspicios de la marquesa. Esta debió de conocer en mi cara que llevaba noticias buenas, y me preguntó con mucho interés por el enfermo. Díjele lo que sabía, y ella, tomando tonos de intimidad y de secreteo, hablóme así:

—¡Qué noche para la pobre Eloísa! Dígale usted que no se apure, que se esté por allá. Yo entretendré á esta gente como pueda.

—Precisamente, me acaba de encargar dé á usted un recado semejante.

—¿Y está mejor, es cierto? —me preguntó mirándome de un modo que era nueva apelación á mi confianza.

—Diré á usted. Yo creo que esto es una remisión pasajera. El pobre Pepe está muy malo: hace tiempo que lo vengo diciendo...

—Yo también... Cuidado que pasarán ustedes malos ratos. Eloísa no es para cuidar enfermos. Usted tampoco... Y la verdad, no hay cosa más triste que estar viendo padecer á una persona de la familia sin poder aliviarla. Vale más, mucho más, que acabe de una vez...

—Sin duda alguna —le contesté, por contestar algo.

—Dígame usted —añadió arrimándose más á mí y acentuando el tono de confianza—, ¿Carrillo ha dejado intacta la fortuna que heredó de la marquesa de Cícero?...

—Señora, habla usted como si ya... —respondí espantado.

—¡Qué tonta!... Quiero decir, dejará... Es verdad que todavía no ha concluído... ¡pobrecillo!

—Creo que sí —contesté mintiendo, porque decirle la verdad era como mandar un comunicado á la prensa—. Sí: su capital permanece intacto.

—¿Sí?... ¿de veras? —dijo sonriendo y dando al de veras ese dejo de burla que es tan elocuente en el lenguaje popular—. O usted se ha caído de un nido, ó piensa que me he caído yo. Voy á darle una taza de té para que se le aclaren las ideas.

—Gracias... Pues decía que el capital permanece intacto... Carrillo es un hombre prudente.

—Lo que es eso... Se pasa de prudente. Pero vamos al caso. Si lo que usted me ha dicho es cierto, seguramente ha hecho usted muchos números.

—Algunos he hecho.

—Con franqueza... Respóndame usted á lo que le pregunto. ¿Cuando pase el luto, seguirán los grandes jueves?

Esta pregunta me enfrió la sangre. Pero pronto supe amoldarme á la situación y á las conveniencias, y contesté decidido, como la cosa más natural del mundo:

—¡Quiá!... ¿Por quién me toma usted, señora? Creo que el presente es el último de los jueves habidos y por haber.

—Así, así: energía... Me gustan á mí las personas de carácter... Pero el hombre propone y... nosotras disponemos. A Eloísa le gusta esto, y si pudiera, todos los días de la semana los volvería jueves... ¡Qué disparates digo... ahora que está la pobre tan afligida...! Me cortaría esta pícara lengua. Usted tiene la culpa, usted...

En aquel instante, el marqués de Fúcar, que no había venido á comer, ocupó su puesto frente á la marquesa. Seis personas más formaban la corte de ésta. Los que entraban á saludarla oían de su boca frases apropiadas al papel que hacía. Daba excusas por la ausencia de Eloísa, pintando con melancólicos colores las circunstancias en que estaba la casa. Su voz tomaba un tono patético, que habría hecho llorar á un cerrojo. Y cada persona que llegaba decía la indispensable formulilla de lástima y desconsuelo, echándola en el corrillo como se arroja la moneda de compromiso en la bandeja de plata de un petitorio. Suspiraba Pilar y daba las gracias en nombre de su amiga, añadiendo con religioso acento y expresivo arquear de cejas un Sea lo que Dios quiera.

Fuí hacia donde estaban los fumadores, y después á la sala de juego, que parecía un verdadero casino. Algunos hablaban del suceso con entera libertad, y otros jugaban ó reían sin acordarse para nada del pobre amo de la casa. Severiano, que entró de los últimos, me dijo:

—En el Casino corrió la voz de que Pepe había muerto de repente en la mesa, cayendo sobre tí y derrumbándote un hombro.

De pronto ví pasar á Eloísa, que venía de las habitaciones de Pepe. Todos se abalanzaron á saludarla. Su cara revelaba contrariedad y tristeza, y el traje de color rosa-té, de sencillez arcadiana, le sentaba tan á maravilla, que parecía una elegante pastora del pequeño Trianón, llorando ausencias de algún pastor de peluca. Dió afables excusas por su ausencia... Gracias á Dios, el pobrecito Pepe estaba mejor. Un coro de pésames por la enfermedad y de felicitaciones por la mejoría demostró cuánto la querían sus amigos. Oía mi prima el coro con aturdimiento de actriz que no está muy fuerte en su papel. La desconcertaba el temor de parecer demasiado triste ó demasiado consolada. Aprovechando una ocasión propicia, me dijo al oído:

—Ve allá... Quiere verte... No hace más que preguntar por tí.

Aunque tal visita me disgustaba, corrí al aposento de Carrillo, y al alejarme del tumulto de los salones, sentí como un secreto miedo supersticioso. Fuerte olor de láudano denunciaba la pasada batalla entre la química y el dolor. Era el olor de la pólvora. Celedonio y el médico, dos combatientes valerosos, estaban de pie junto al lecho. Ví en éste el rostro amarillo de Pepe, que me recordaba el San Francisco de Alonso Cano, macerado, febril y exangüe. Su nariz era como el filo de un cuchillo. Sus ojos tenían un cerco morado, y las pupilas atónitas un no sé qué de espiritual, de soñador, avidez de martirios y apetitos de inmortalidad. Fija en las almohadas, aquella cabeza de santo no tenía vida más que en los ojos y en las arqueadas cejas. La boca, inmóvil y entreabierta, parecía endurecida por el pasado suplicio. Su corta barba de un color sienoso, y el cabello negro, partido con natural elegancia en gruesas guedejas, daban al total de la cabeza el aspecto de antigua escultura en madera con la pátina del tiempo. En mitad de la pieza, el baño despedía un vapor tibio que me sofocaba, como si el dolor que se había disuelto en el agua se exhalara en ondas y viniera á mugir en mis oídos y á acariciarme la piel. En un ángulo, sobre el velador decorado con la vista del Parlamento inglés, estaba la encendida lámpara de bronce, en figura de candilón, despidiendo, al través de la bomba esmerilada, claridad blanda y lechosa. El médico, con el sombrero puesto ya, se estaba envolviendo el cuello en un tapabocas, pronunciando las fórmulas de despedida.

—Ya no hago falta por esta noche. Mañana veremos. No hay cuidado.

Y llegándose á Pepe, le dirigió frases de cariño.

—Mucha quietud, que eso no es nada. Dentro de unos días, volverá usted á su vida habitual.

Fuí con él hasta la habitación próxima, y al despedirle, me dió á entender con un mohín de su expresiva cara que si por el momento no había peligro, la enfermedad marchaba á pasos de gigante.

VII

Fuíme entonces derecho á Pepe, que me recibió con sus ojos fijos en la puerta por donde yo debía entrar. Como no se le veía más que la cabeza, hízome ésta el efecto de la de San Juan Bautista, la cabeza cortada que el arte religioso presenta siempre servida en bandeja como un manjar. Luego que me miró bien, sacó de entre las sábanas su mano, que era toda huesos, y en la cual la imaginación, á poco que lo intentara, podía ver una de las llagas del Seráfico, y buscó la mía. Cuando estrechó mi carne con aquel alicate de hueso, me corrió por el cuerpo un hielo mortal.

—¿Qué tal vamos? —le dije inclinándome para verle mejor.

—Caro te vendes, hijo. Se muere uno aquí sin que los amigos vengan á echarle un vistazo.

—No quería molestarte. Y ¿cómo estás ahora?

—He pasado un rato muy malo —replicó sacando difícilmente las palabras del pecho—. Pero después del baño me encuentro muy bien. Eloísa se ha asustado mucho. Estos trances no son para ella... ¿Quién ha venido?

Dile cuenta de todas las personas que había en la casa.

—Que no parezca que estoy enfermo —añadió con brío—; que se diviertan como si no ocurriera nada de particular. Y verdaderamente no estoy tan mal. Todo ha sido un cólico nefrítico, el paso de las arenillas desde los riñones á la vejiga. Dolores espantosos; pero, en fin, nada más... Todavía...

Miróme con cierta intención compasiva, ¡extraña compasión! y haciendo un gran esfuerzo por emitir con toda claridad la voz, dijo:

—Todavía te has de morir tú primero que yo... Lo veo, lo conozco, no sé por qué... Me dijo mi mujer que estabas muy malo, que habías tenido vómitos de sangre.

—¿Sí?... ¿te lo dijo?

Creí prudente no negarlo. Eloísa tenía la costumbre, cuando le veía muy malo, de contarle imaginarias enfermedades de otros. Le consolaba como se consuela á los niños.

—Y que todos los días tenías fiebre.

—Es verdad —afirmé—. No estoy bueno, ni mucho menos.

—Cuídate... cuídate. Sentiría mucho que en lo mejor de la edad...

—Sí, sí: estoy decidido á cuidarme.

—Yo estaré en pie la semana que entra —añadió, galvanizándose con su espiritual fuerza—, y volveré á mis quehaceres de siempre. Tengo un gran proyecto. Pienso construir un edificio para albergue de huérfanos pobres: gran pensamiento, magnífico plan. Habrá hospital, clínica, consulta, talleres, escuelas, gimnasio. Se necesitan seis millones de reales. Cuento con tu cooperación, si no te perdemos antes. Eloísa se encargará de organizar con sus amigas funciones en los principales teatros. Yo solicitaré el auxilio del Gobierno y de la Familia Real. Tú harás lo que puedas entre tus amigos...

No sé hasta dónde habría llegado este coloquio, si felizmente no entrara mi prima.

—¡Eh... basta de conversación! —dijo, poniendo su mano derecha en mi hombro y la izquierda sobre la frente ardorosa de Carrillo—. Lo primero que ha ordenado el médico es el reposo, y... punto en boca.

—Sí, hija: ya me callo, ya no diré una palabra más. Estábamos hablando de mi hospital de San Rafael. Llevará el nombre de mi hijo.

—Más vale que te duermas ahora. No pienses, no te acalores. Ya haremos un hospital, y dos si es necesario... José María y yo te ayudaremos... ¿Verdad? Los tres vamos á ocuparnos mucho de eso desde mañana. Vaya, basta de conversación. José María, aquí estás ya de más.

En la habitación que precedía á la alcoba, volví á ver á Eloísa, que me habló así:

—¡Qué malos augurios ha hecho el médico! ¡Pobre Pepe!... La convalecencia de este ataque será cruel. ¡Qué días me esperan! ¿Vendrás mañana á acompañarme?

—¡Qué pregunta!

—¿Y no has visto al pequeño? Pasa —me dijo cariñosamente, empujándome hacia una puerta—. El pobrecito se despertó con los gritos de su padre; pero debe de haberse dormido otra vez... Pasa... Vengo al instante. ¡Cuánto deseo que se marche esa gente!

El pequeño dormía. Preguntóme el aya por el señor, y le dije lo que me pareció. De buena gana me habría quedado allí un buen rato, sin hacer otra cosa que contemplar el envidiable sueño de aquel ángel. Pero Eloísa entró á ver á su hijo, y sacóme del éxtasis en que yo estaba, dejando volar mi pensamiento á las alturas de contemplaciones muy espirituales. La mano de mi prima se posó sobre mi hombro, y oí estas blandas palabras:

—Ve al salón. ¡Qué gente, qué pesadez! Extrañarán que no estés allí. El pobre Pepe está aletargado. Creo que pasará bien el resto de la noche.

Salimos juntos, y en el pasillo nos separamos. Echóme una mirada de tristeza, diciéndome con severidad dulce:

—Ya sé que ha habido mucho secreteo con Pilar. No puedo descuidarme un momento.

—¿Pero eres tan tonta que...?

Celos tan inoportunos me causaban hastío.

—Ni afirmo ni niego nada. No hago más que hacer constar un hecho— replicó, apretándome ligeramente el brazo con sus dedos.

En la reunión tuve que sostener conversaciones que me aburrían, contestar á preguntas que me incomodaban y resistir una lluvia de frases de doble sentido. Poco á poco se fueron aclarando los salones. La de San Salomó salió de las últimas, llevándose, como de costumbre, al general, que vivía cerca de su casa.

—¿Usted se queda aquí? —me dijo—. Velará usted. Cada cual á su puesto de honor.

A última hora fuí á enterarme del estado del enfermo. Eloísa me salió al encuentro en el pasillo. Se había quitado su vestido de sociedad y puéstose la bata de raso blanco. Como se apareció con una luz, creí ver á lady Macbeth cuando el paso aquél de las manos manchadas. Llevándose el dedo á la boca, dióme á entender que Carrillo dormía, y en palabras muy quedas me dijo:

—Está tranquilo. Mas por lo que pueda suceder, me quedaré en el sofá de su cuarto. Voy al despacho á buscar una novela, porque de fijo no podré dormir.

Contesté que yo velaría; pero se opuso tenazmente, alegando lo quebrantado de mi salud, mis pocas fuerzas...

—Necesitas descansar —me dijo con el mayor cariño—. Duerme ocho horas si puedes... Aquí no haces falta. Celedonio y yo nos entenderemos. Esta noche, caballero, se va usted á su casita.

Empujóme suavemente hacia la antesala, después de susurrarme esto:

—¿Vendrás mañana? Mira, que no faltes. Ven á almorzar. ¿Te espero? No me hagas rabiar. Si á las diez no estás aquí, te mando siete recados. Esta soledad es horrible. Esta noche, si duermo, voy á soñar veinte mil disparates.

Ella misma me lió el pañuelo á la garganta y alzóme el cuello del gabán:

—Abrígate bien, por Dios... Haz el favor de no constiparte ahora. ¿Hay ruidito de oídos? Voy á soñar que es verdad lo que te dijo Pepe, que arrojas sangre por la boca y tienes fiebre...

Cariñosa y amante me despidió, y yo salí pensativo.