XXII
Varias cosillas que no debo dejar en el tintero y la enfermedad de Eloísa.
I
Un domingo por la mañana, cuando menos lo esperaba yo, presentóseme en mi casa María Juana. Venía de oir misa en las Salesas. No habíamos acabado aún de saludarnos, cuando... ¡tilín! la señorita Camila. Esta no venía de misa, sino de dar un paseo por el Retiro con Miquis, porque la mañana estaba hermosa.
—¿Y las camisas? —me preguntó desde la puerta del gabinete—. ¿Te has puesto alguna?
Al oir la pregunta, María Juana y yo soltamos la risa. Precisamente la noche antes habíamos hablado de las tales camisas y de lo mal que estaban. Camililla las hizo con toda la mejor voluntad posible, muy bien cosidas; pero en los cortes demostraba que no es tan fácil dominar aquel arte.
—Pues te diré... Siéntate primero.
—Salud, —refunfuñó Miquis entrando.
—Te diré... Las camisas...
—¿Qué? ¿Vas á salir ahora con que no están bien? —gritó la autora con la prontitud de su genio impetuoso.
—No, mujer... escucha...
—Ya me lo figuraba. Hícelas yo, pues por fuerza habían de estar mal. Nada, lo que digo. Todo ha de ser francés; si no, no gusta. ¡Ay qué españoles éstos! Desprecian lo de aquí, y se les cae la baba con cualquier mamarracho que venga de Francia.
—¿Pero á dónde vas á parar?
—Sí, sí —añadió alzando más la voz y manoteando—. Si hubiera hecho las camisas algún franchute, ¡oh! entonces serían magníficas; pero las he hecho yo... Vamos á ver, ¿qué defecto les has encontrado?
—Si no me dejas hablar; si iba á decir que están muy bien...
—No están sino muy mal —declaró María Juana con la seriedad de quien acostumbra á poner la justicia por cima de todas las cosas.
—¡Muy mal!... ¿Y tú qué sabes?
—Lo sé, porque él me lo ha dicho anoche.
—No te enfades, Camila —indiqué yo, tratando de templar aquellas gaitas—. El corte de camisas es difícil: se necesita mucha práctica...
—Pues Constantino no usa más que las cortadas por mí, y no se queja. ¿Verdad, tú?
Constantino estaba entretenido viendo unas fotografías de caballos, y no hizo caso de la pregunta.
—En rigor no están mal —añadí—. El cuello no encaja bien, se sube un poco por delante, y la pechera se abulta, se abomba, figurando algo así como delantera de un ama de cría...
Las risas de María Juana desconcertaron más á la otra, que dió algunas pataditas.
—La culpa tengo yo por meterme á generosa. ¡Mal agradecido! Quita allá. No vuelvo á dar una puntada por tí. Permita Dios que cada puntada que he dado en las seis camisas, sea un picotazo en tu corazón y se te vaya agujereando como si te lo comieran los pájaros.
—¡Jesús, qué barbaridad! —exclamó la hermana mayor.
—Y nada más... ¡Vaya con el señor de los pechos planchados...! que le han de hacer las camisas los ángeles, y no han de tener ni una arruga... ¡Y quémeme yo las cejas para esto!
—Vamos, Camililla, no te enfades. No es extraño que el primer ensayo... Ahora te compraré más tela, y me harás otra media docena.
—¡Yo!... Que los dedos se me pudran si vuelvo á dar una puntada por tí. Te desprecio... altamente.
—Y nada menos que altamente.
—Y en prueba de ello, mira lo que voy á hacer. ¡Ramón!
Empezó á dar voces llamando á mi criado. Constantino le dijo:
—No alborotes, chica. ¡Que siempre has de ser así...!
Y como mi criado tardase en venir, fué ella á buscarle. Oímos su voz diciendo:
—Ramón, tráeme las seis camisas que le he regalado á tu amo.
—¡Qué torbellino! —murmuró María Juana—. No sé cómo la aguantas.
Pronto apareció Camila con las camisas.
—Falta una.
—Es la que me puse ayer... Salí con ella, y tuve que volver á casa á quitármela, porque por la calle iba haciendo gestos como si tuviera el pescuezo lleno de pulgas.
—Ya te daré yo pulgas, tontín. Verás, verás. Pues, señor, estas cinco camisas, digo, seis, porque la otra también la apando cuando esté lavada, me las llevo á mi casita, y haciéndoles una pequeña reforma, ensanchándoles un poquito de hombros y de cuello, se las arreglo á este animal. Mira tú por dónde he salido ganando... Chúpate esa y vuelve por otra... Constantino, hijo de mi alma, vámonos de esta casa de mal agradecidos. Ya tienes seis albardas más. Tú no les pondrás peros. ¿Qué has de poner?
Él se reía, diciéndonos:
—No la hagan ustedes caso. Hoy le ha dado por alborotar. En fin, tiro del ronzal y me la llevo para que os deje en paz.
Cuando salieron, díjome la otra:
—¡Qué vecindad tan molesta debe de ser para tí! Estarás harto.
—No lo creas: me divierto con esas tonterías.
—¿Y qué tal? ¿Hay sablazos?...
—No lo creas. Viven con arreglo. Es que tenemos de Camila una idea muy equivocada.
—Ya sé que no se gobierna del todo mal. Pero el día menos pensado la pega. No hay fondo en ella.
—Pues se me figura que lo hay. La Humanidad, como la Naturaleza geográfica, nos ofrece cada día nuevos motivos de sorpresa y asombro. Donde menos lo pensamos, aparecen las maravillas humanas y tesoros que estaban ocultos, como los continentes antes de que un Colón les echara la vista encima.
—Vaya, que te remontas.
—Y á cada territorio que descubrimos en el planeta moral, parece que se ensancha el alma total del mundo, y por ende, la nuestra crece y...
—Chico, chico, te quiebras de sutil. El demonio que te entienda —me dijo echándose á reir—. Baja de esos espacios y escúchame. Tengo que irme en seguida.
—Soy todo oídos.
—Anoche estuvo la pobre Victoria en casa. Cada ojo así, por ver si entrabas. Como no fuiste, la pobre se secaba mirando á la puerta del salón. Cuando se marchó, creo que le faltaba poco para hacer pucheros.
Tras este exordio, vino una larga amonestación sobre el mismo tema. Yo debía casarme á ojos cerrados con aquella joven.
—Mira, prima: ya te he demostrado...
—Sé lo que me vas á decir; conozco tus argumentos como si fueran míos... No todas las personas se casan enamoradas; y las que se casan sin amor, no son las más infelices. Hay mil casos... Bien sé que Victoria no es una mujer superior, tal y como á tí te conviene; pero ven acá: esa mujer superior, ¿dónde la vas á encontrar? Hallarás la bonita, la graciosa, la cariñosa, la trabajadora, la rica, la discreta; pero la que reúna estas cualidades todas, y á ellas añada ese talento femenino que es tan hermoso por lo mismo que es tan raro, el talento de encadenar al hombre pareciendo que es ella la que se encadena; esa divinidad, ese milagro, ¿dónde está?
—¿Dónde? Qué sé yo... ¿Y qué saco de descubrir esa maravilla, si no ha de ser para mí? Soy un desdichado que siempre llega tarde, y voy volteando por el mundo, de equivocación en equivocación, queriendo siempre lo que no puedo tener. No doy un paso sin tropezar con una ley que me dice: ¡alto! Mi dicha está siempre en manos ajenas.
—No alambiques, no alambiques —dijo un poco turbada; y se levantó de su asiento para ver los cacharros que tenía yo en una vitrina.
No quiso darme á conocer cierta confusión que á su rostro salía.
—Vaya que tienes aquí cosas divinas. Y á propósito: ¿sabes á dónde han ido á parar los cuatro grandes tapices de Eloísa? A casa de esa que llaman la Peri. ¡Qué escándalo! A esto llaman vueltas del mundo; yo lo llamo volteretas. El espejo horizontal y otras piezas están en casa de Torres. Se mirará Paca en él para peinarse las greñas. Todo el comedor ha ido á poder de Sánchez Botín. Él empezó por comerse los manjares, y ha concluído por tragarse la mesa de roble y las hermosísimas sillas talladas. ¿Y las dos credencias inglesas, las has visto en alguna parte?
—Como que las tengo en mi casa.
—¿Aquí?
—Sí: en mi segundo —afirmé señalando al techo— vive la querida del director de no sé qué ramo; una tal Felisa, que llaman la Chocolatera... La habrás oído nombrar; la habrás visto alguna vez. Es guapa, un poquito ajada.
—¡Ah! sí, estaba en San Juan de Luz... ¿Esa ha comprado las credencias?...
—Ayer estaba yo en casa, y ví á media docena de mozos de cuerda que las subían. Puedes creer que me lastimó ver aquellos hermosos muebles que fueron míos... ¡Volteretas del mundo!
—¡Saltos mortales!
—Y parece que me persiguen estas visiones tristes. Anteayer pasé por la calle de Hortaleza y ví el busto de Shakespeare en el escaparate de la Juana, rodeado de mil chucherías. Entré en la tienda y lo compré sin reparar el precio.
—Es verdad: aquí está. ¡Qué hermoso es! ¡Y cómo nos mira!
Estuvo un momento abstraída. De pronto, como quien vuelve en sí, me miró fijamente, diciendo:
—Vaya... te dejo... Tengo que marcharme.
La insté á que prolongara la visita; pero se resistió á ello.
—Bueno, pues te acompañaré hasta tu casa.
—No, no te molestes... Es que no quiero que me acompañes. Te lo prohibo terminantemente.
De pronto hizo un movimiento expresivo, como si se acordara de algo importante, y lanzó una exclamación de desprecio de sí misma.
—Vaya, si parece que estoy tonta. ¡Qué cabeza ésta mía! ¿Pues no me iba sin decirte aquello precisamente por que he venido?
—¿Sí? ¿me tenías que decir...?
—Una cosa, sí... lo que más presente tenía.
Se sentó, y yo también, lo más cerquita de ella que pude.
—Pero no —indicó de súbito, mostrando gran confusión y perplejidad, y volviéndose á levantar—. Dije que me marchaba y no me retracto. Coge el sombrero, y por el camino te diré lo que te tenía que decir.
Y calle de Zurbano adelante, pensaba yo así: «Te veo venir. En fin, tú resollarás.»
Lo que me tenía que decir salió ya en lo más bajo de la Ronda de Recoletos. Era que Medina había dado á entender que no le gustaba la frecuencia de mis visitas. No quería esto decir que hubiera malicia en mí. Pero en la vida hay que dejar de hacer á veces las cosas más inocentes para evitar malas interpretaciones. Era imposible que una persona tan sabia, tan filósofa, si es permitido decirlo así, como María Juana, tratase de un punto relacionado con cosas de moral sin dejar de exponer alguna bonita doctrina.
—Nada hay tan sabroso para el alma —declaró— como obligarse á hacer cosas contrarias á nuestro gusto, y recrearse, después de hechas, en ver cuán fácil era lo que nos parecía difícil.
Mostréme conforme con esto, y me volví tan filósofo que no había más que pedir. Sí: yo también me vencía; yo también batallaba día y noche; yo era un atleta que me robustecía moralmente con la gimnasia aquélla de dar bofetadas al pícaro gusto y acoquinarlo y meterlo en un puño... ¡Como que mi prima y yo éramos un par de santos, que á poco que nos esforzáramos íbamos derechos á la canonización! Díjele que admiraba su virtud y su fortaleza como las cosas más peregrinas que había visto en mi vida, y que... en fin, dije muchas cosas, con las cuales me parecía que estaba envolviendo en paja la verdad de mis sentimientos con respecto á ella, para remitirlos en gran velocidad. Yo era el embalador del desprecio que me inspiraba.
Firme en aquel pedestal de filosofía, hablóme de Medina, llamándole el mejor de los hombres. Con cien vidas de abnegación no le pagaría ella el cariño inmenso que él le tenía. Y dispuesta estaba á hacer todos los sacrificios posibles, pues se sentía con fuerzas íntimas capaces de levantar montañas... Por mi parte, yo no me podía quedar atrás en aquello de sojuzgar las pasioncillas. También tenía yo estímulos de virtud tan grandes como la copa de un pino; yo era hombre capaz hasta del heroísmo... Total: que nos despedimos en la calle de Goya, acordando que me convidaría el lunes próximo, y que yo no iría; al otro lunes debía ir, retirándome un ratito después de comer. Algunas tardes podía visitarla, siempre á las horas en que Medina estaba, y nada más, nada más... Esto se llamaba cortar por lo sano.
—Piensa mucho en Victoria —me dijo en el último apretón de manos— y decídete de una vez. Es lo que te conviene, es tu salvación, y por eso es lo que yo quiero.
«Lo que tú quieres, bien lo veo —me dije para mi sayo al volverme á mi casa—. Pues te saldrás con la tuya.»
II
Aquel mismo día, no sé dónde, oí decir que Eloísa estaba enferma. Era cosa de la garganta, indisposición pasajera tal vez, la neurosis de la pluma. No hice caso ni pensé en ir á verla. El general Morla me entretuvo toda la tarde, enseñándome las armas que había adquirido recientemente, y sus variadas colecciones, que no se acababan de ver nunca: tal era su riqueza. Tenía una de clavos arrancados de las puertas de Toledo, otra de bacías de barbero y otra de muestras de escritura, la cosa más galana y famosa que se podía ver. Habíalas hechas con las dos manos á la vez, que eran una maravilla de destreza caligráfica. Ví también botones militares, espuelas, estribos y mil herrajes diversos, todo muy limpio y admirablemente clasificado por épocas. De mañanita se iba mi hombre al Rastro, en cuyos revueltos tenderetes había encontrado verdaderas joyas arqueológicas.
Comimos juntos aquella noche, y recayendo la conversación sobre intereses, indicóme el deseo de poner en mis manos parte de sus economías para que yo se las colocara en mis negocios, dándole la renta que me pareciese bien. Él no entendía ni jota de compra y venta de papeles. Su Bolsa era el Rastro, donde parece que reviven las anécdotas de cien generaciones en los desechos y barreduras de las mismas. No me gustaba encargarme de intereses ajenos; pero por ser Morla quien era, y por la confianza ciega que en mí tenía, consentí en ser su depositario.
Y ya que hablo de negocios, diré que había logrado con ellos lo que me propuse, á saber: distraerme y ganar algún dinero. A estas ventajas debo añadir la actividad física que por necesidad era inherente á tal género de vida, y aunque tenía coche, resolví usarlo poco para que el ejercicio me desentumeciera. De noche me imponía la obligación de visitar á mis amigos en los distintos círculos á que concurrían. Por charlar un poco con el amigo Arnáiz, iba al Círculo de la Unión Mercantil, de que él era presidente; por ver á Severiano y á Chapa, iba un rato al Casino, y Morla y Villalonga me llamaban hacia el Ateneo. De estos círculos era yo socio, aunque calentaba poco los divanes en ellos. Al Bolsín no iba sino cuando tenía que ver necesariamente á Torres, ó á Samaniego, que siempre estaba allí de una á dos, la hora de liquidar, llamada propiamente de Bolsín. Aquel círculo me era muy antipático, dicho sea sin ofender á nadie. A la sala de liquidación no le faltaba más que el vino para parecerse á una taberna. Por las noches la invadían los cobradores y zurupetos, jugando al tresillo en las mismas mesas donde por el día se mataban y se casaban las diferencias; y los escuetos salones eran para mí lo más aburrido del mundo, salvo cuando corrían noticias de bulto. En estos casos el Bolsín era el centro de las palpitaciones comerciales, el gran simpático que reflejaba la excitación de todo el Madrid financiero. Pero en noches normales parecíame un casino soso, no exento de grosería. El gallito de él era Torres, que todo lo animaba con sus dicharachos crudos, con su costumbre de tutear á todo el mundo y aquella risa repentina, entre marrullera y soez, que desde la escalera se oía, y á la cual algunos daban toda la importancia de un signo de lenguaje y presumían de saberlo traducir.
A la Bolsa iba yo entonces todos los días, unas veces decidido á hacer algo, sin meterme muy á fondo; otras por tomar el pulso al juego. Corriéndome hacia la derecha, me encontraba con la alta Banca, entre cuyos individuos tenía yo buenos amigos. Solía tropezar con Partiendo del Principio, que en dos palabras me daba á conocer la excelsitud de sus conocimientos, y no perdonaba ocasión de hacerme saber que yo era un inocente, y que la humanidad toda pasaba desapercibida para un sujeto tan perspicuo como él. Medina no faltaba ningún día, y se paseaba de largo á largo en el espacio aquél de la derecha, conforme entramos, sin pararse un momento. Andando, daba sus órdenes á Samaniego, que bajaba del parquet con frecuencia, y se ponía de acuerdo con Torres. Este no iba todos los días: se había crecido mucho para prodigarse. Cuando se aparecía por allí, toda aquella gente de los corros le miraba con cierta veneración, y él se inflaba lo indecible. En el murmullo del local, tan semejante al zumbido de una colmena, sonaban sus risas prontas, ásperas y estridentes, parecidas al rasgar de telas que se oye pasando por la calle de Postas á las horas de más venta. Comúnmente se venía hacia mí, y concertábamos una operación modesta. En aquel local siempre me tuteaba: era costumbre arraigada en él, de la cual sólo se eximían Ortueta, Urquijo y otros pocos por quienes tenía adoración. Era un asombro ver cómo se lanzaba á mayores, haciendo operaciones arriesgadísimas, por sumas fabulosas, con mediación de Samaniego, pero sin publicar.
Torres no salía del local sin que le anunciara el coche un lacayo cargado de pieles. Daba compasión ver al pobrecito muchacho sudando cada gota como un puño. Pero el agiotista creía sin duda pregonar mejor su riqueza por medio de las zaleas que ahogaban á aquel infeliz mancebo, y no se las quitaba hasta muy entrado el tiempo de calor. En esto no imitaba á sus patriarcas Ortueta y Urquijo, que hacían gala de retirarse siempre á pie. Partiendo del Principio, después de espatarrarse un momento delante del parquet, limpiarse el sudor de la frente con cierta pausa, á que él quería dar aires de gravedad, y decir cuatro sandeces, se iba en su victoria camino del Retiro, donde le esperaba No Cabe Más, siempre de tiros largos, siempre estrenando, siempre en perpetuo domingo ó Corpus ó Jueves Santo, por lo chillón y nuevecito y llamativo de cuantos perendengues llevaba.
Un día me dijo Medina, sin detener el paso, para lo cual tuve que dejarme ir con él:
—¿Sabe usted que Eloísa está mal?
—¿Mal de intereses? Ya me lo suponía.
—No: de salud... Debe de ser cosa de cuidado.
Como en seguida hablamos de un tema en extremo interesante, la liquidación del siguiente día, fin de mes, se me fué del magín Eloísa y su mal.
—Esta liquidación va á dar algunos disgustos —gruñó Medina—. Sáinz me tiene que aflojar diez mil pesetas, Cecilio setenta y cinco mil. ¿Quién liquida por ese Cañizares de los espejuelos verdes? Creo que lo hará Paco Rojas. ¿Y usted, qué tal? Ya, ya sé que tengo que aflojar á usted doce mil pesetas; pero las casaremos si Rojas tiene algo á favor de usted.
Aquella noche, en su casa, sacamos nuestras notas de liquidación, y matando y casando, obtuvimos nuestros respectivos totales. Él y yo quedábamos casi á la par. Un tal Sáinz, con quien yo había hecho muchas dobles, y que en aquel mes hizo conmigo una operación alta, nos tenía que entregar á Torres, á Medina y á mí, por diferencias, unos noventa mil duros. La liquidación fué algo penosa, porque Sáinz estuvo al ras de presentarse en quiebra. Nos tragamos nuestro susto, pues aunque la operación había sido pública y con todas las formalidades, si el tal no tenía, era forzoso tomar lo que quisiera darnos. Por fin, el 2 de Marzo Sáinz se presentó en el Bolsín á proponernos saldar sus compromisos con una partida de Cubas y otra de Obligaciones de Osuna.
—Si usted no quiere las Osunas —me dijo Medina—, yo las tomo todas.
—Me es igual —respondí.
Y concertamos que Cristóbal tomaría las Cubas y yo todas las Osunas. Aquel mismo día, en el Bolsín, salió del corro de contratación una voz gangosa que me dijo:
—Doña Eloísa está muy mal.
Era la voz del cobrador de Medina, amigo y protegido de mi tío.
—Pero, hombre, si la señorita María Juana me ha dicho anoche que ya estaba bien...
Por la tarde subí á ver á Camila. No estaba.
—La señorita —me dijo la criada— ha ido á casa de su hermana, que está muy malita...
—¿Y el señorito Constantino?...
—Ha salido á caballo, como todas las tardes.
«Conque sigue mal la infeliz... —pensé al retirarme—. Bueno: mañana iré á verla.»
Y llegó mañana, y no fuí tampoco. Se necesitaba un espolazo mayor para decidirme. Hallábame en la Bolsa. Poco interés aquel día. Acerquéme á los distintos corros, que estaban muy desanimados. Generalmente, en estos pelmazos humanos dominan los hongos número dos y las americanas de mal traer; hay algunas capas, y por lo común formas no muy exquisitas. Hay corro que parece de apreciables tenderos de ultramarinos; el del Perpetuo, enracimado en la barandilla, es el más bullicioso. Pero aquel día sólo había un poco de vida en el de los Aguadores, ó sea los que operan en Cubas. Del de los Negritos, que es el más modesto, salió una destemplada voz que me dijo:
—Don José María, el señor Trujillo estaba preguntando hace un rato si había venido usted.
Pertenecía esta voz á un individuo que imitaba á Torres en la manera de reir y en la costumbre de tutear; dedicábase á comprar picos, y operaba en chinchorrerías. Su especialidad era estar siempre de capa hasta el cuarenta de Mayo lo menos; se llamaba Mazarredo, y cuando hacía un buen negocio, expresaba su gozo imitando el canto de la codorniz con gran escándalo y risa de todos los concurrentes á la Bolsa.
Al oir que Trujillo quería hablarme, corrí al ángulo segundo de la derecha. Aquél no era el Trujillo que yo conocía, sino su primo Manolo, joven muy simpático, rico, soltero, elegante, de buena figura. Desde el año anterior había empezado á padecer de la vista, y perdiéndola gradual y rápidamente; á la fecha de lo que escribo estaba ciego del todo. Era un dolor verle, con los ojos cuajados y fijos, la cara pálida, ansiosa, queriendo ver y no viendo nada. El pobrecito se hacía la ilusión de que veía algo, y los amigos cuidábamos de no quitársela por completo.
—¿Qué tal, Manolo?...
—Mejor, mejor —respondía infaliblemente, pasándose una mano por delante de los ojos—. Principia á aclarar el derecho... Me veo perfectamente los dedos.
Todos los días, como quiera que estuviese el tiempo, se vestía correctamente, y un criado le llevaba á la Bolsa á eso de las dos y cuarto y le sentaba en aquel ángulo, de donde no se movía, hasta que á las tres y media volvía el mismo criado á recogerle. Aunque era joven, se había estrenado en los negocios, para los que tenía gran capacidad, y no podía vivir sin respirar durante un rato aquella atmósfera picante, en la cual no se sabe qué es más espeso, si el aire cargado de humo ó el ambiente aquél de las cotizaciones saturado de números. Hay gustos muy raros.
Sentéme junto á él, y aún no le había estrechado la mano, cuando, dando un gran suspiro, me disparó estas palabras:
—¿Conque Eloísa se muere?...
Dejóme frío la noticia y la puse en duda.
—No, no es cuento. Anoche he estado allí... Muy mala, muy mala la pobre. Es cosa de la garganta, del cuello, no sé qué. Dicen que está horriblemente desfigurada. Yo, como no la puedo ver, siempre la veo hermosa.
Manolo Trujillo había sido, antes de perder la vista, uno de los más fervientes y al mismo tiempo más discretos admiradores de Eloísa. Después de su ceguera, la visitaba de vez en cuando, haciendo gala de una especie de inclinación alambicada y platónica, sentimiento muy propio de un caballero que ha visto mucho y ya no ve nada. No esperé á que acabara de contarlo, y deplorando mi descuido, corrí á la calle del Olmo.
III
Al entrar en la casa, todo cuanto en ella ví me anunciaba desolación, ruina, tristeza. Evaristo, sin librea, estaba encendiendo un brasero en el patio, asistido del cochero, en mangas de camisa y con chaleco rojo. Soplaba aquel día, que lo era á principios de Marzo, un vientecillo Norte que afeitaba. Los dos criados me saludaron y les pregunté por su señora. Enseñándome la lista, pusieron muy mala cara los dos. La escalera estaba glacial, y el pasamanos empolvadísimo. No sé cómo me entró aquella indignación que no pude reprimir.
—Evaristo —grité—, ¿no os da vergüenza de que las personas que entran vean esta escalera? Mira cómo me he puesto las manos. ¿En qué estáis pensando?
Y salió á decirme, gorra en mano, que no podían atender á todo, y que la casa era muy grande. Seguí subiendo. A mí qué me importaba que limpiaran ó no, ni qué tenía yo que ver con semejante cosa...
Desde la antesala me interné en los pasillos; mas por la mampara de cristales alcancé á ver la sala de juego con las paredes desnudas. Ví sillas en montón, patas arriba, como dispuestas para que se las llevaran, y flecos de riquísimas cortinas que arrastraban por el suelo. La primera persona que me encontré fué Micaela, que estaba en el gabinete de Eloísa, partiendo en tiras una sábana de hilo. Antes que yo le preguntara, la doncella, leyendo en mi cara el deseo de saber, me dijo:
—Yo creo que hoy está mejor; pero anoche por poco...
Daba dolor ver el gabinete desmantelado, casi vacío de las admirables porcelanas de Sevres, Sajonia y Barbotine que antes lo adornaban, conservando sólo dos ó tres acuarelas de escaso mérito. Los clavos indicaban dónde estuvieron las obras superiores. Agujeros horribles en la pared, mostrando el yeso y la tapicería desgarrada, marcaban el sitio del espejo biselado que había ido á parar á casa de Torres. En cambio, quedaban begonias de trapo caídas de sus jardineras y llenas de polvo, fotografías apiladas sobre la chimenea, un caballete de nogal y oro sirviendo de percha para colgar cajas de sombreros, ropas y corsés de raso negro pendientes de sus cordones. Camila no tardó en entrar. Traía su delantalillo azul, y un puchero del cual salía vaho repugnante. Agitaba el contenido con una cuchara, y lo hacía caer de alto para que se enfriase.
—¿Ya estás aquí? —me dijo en voz baja, sin mirarme.
—No sabía nada hasta este momento. Me lo dijo Manuel Trujillo.
—Hazte el bobito... Demasiado lo sabías.
—Pero creí que era alguna desazón ligera.
—No está mala desazón. Anoche creímos que se nos iba. ¡Pobrecita! Y siempre preguntando: «¿Ha venido?» No quería mandarte llamar, sino que vinieras tú por tí mismo.
—Hija, no sabía...
—Francamente —afirmó mirándome cara á cara—, lo que has hecho es una indecentada... Porque, sea lo que quiera, pórtese bien ó mal, en eso no me meto, cuando una persona se muere... todo se perdona. Y tú la has querido, tú la has hecho pecar...
—Pero ¿cómo está, cómo está? ¿Es cierto que hay mucha gravedad? —le pregunté sintiendo un dogal en mi garganta.
—Mucha. Pero hoy está mejor que ayer. La hinchazón ha bajado algo. Ya no padece tanto. Dices que no sabías... ¡tonto! ¿Pues no te dijo Ramón que anoche me quedé aquí?
—No me ha dicho nada.
Y dale que le darás al menjurje aquél, que era espeso, viscoso, almidonáceo, y parecía tener leche á juzgar por su blancura.
—Esto es una cataplasma... —me dijo Camila bajando más la voz—. ¡Pobre Eloísa! Si entras á verla, ten cuidado de no dejar conocer la impresión que te ha de causar. Está horrible, espantosa. No la conocerás. Haz como que no encuentras en ella nada de particular. Más que el dolor y la fiebre, la mortifica la idea de lo fea que se ha puesto. No hace más que llorar y pedir á Dios que se la lleve antes que dejarla así.
Me acuerdo de haber dado un gran suspiro al oir esto. Camila y Micaela empezaron á extender aquella pasta sobre los trapos, soplando á la vez para que se enfriase. Después pasaron las dos á la alcoba, en la cual, al abrirse la puerta, noté que había completa obscuridad. Sentí lamentos que me traspasaron, con los cuales se confundían las voces cariñosas de las dos enfermeras.
—Si no te lastimamos; si es aprensión tuya...
—No tenga usted cuidado, señorita. La cataplasma está muy pegada y la vamos sacando poquito á poco...
Y seguían los quejidos y ayes de angustia, con invocaciones á la Virgen y á toda la corte celestial.
Cuando Camila volvió al gabinete, me susurró al oído estas palabras:
—Ya sabe que estás ahí. Se ha excitado un poco. Dice que no entres todavía; espérate. Ha mandado cerrar bien las maderas para que no entre ninguna luz. Cuidadito con lo que te he advertido.
Transcurrió bastante rato, y al fin Micaela apareció en el umbral, haciéndome señas de que pasara. Entré con vivísima emoción. No veía absolutamente nada. La atmósfera de la alcoba era espesa, repugnante; ambiente de enfermería que se hace irrespirable para todo el que no lo acometa con el desinfectante de la abnegación y del amor. A mí me tiraba á matar, oprimiéndome los pulmones. Micaela salió. Acerquéme al lecho, y palpando hallé el respaldo de una silla. Al sentarme dije palabras cariñosas, de fórmula, no sé cuáles. Oí entonces la voz aquélla, apagadísima y desentonada por la fiebre, pronunciando estas palabras:
—Por fin... pareciste... Tú habrás dicho: «Que se muera como un perro...»
Con las palabras salía del lecho un vaho infecto y pesado.
—¡Qué cosas tienes! Es que no sabía... Ya me ha dicho Camila que estás mejor.
—¡Ay, mejor! —exclamó la voz con desaliento—. Si me muero, si estoy hecha una miseria, una asquerosidad... No quiero que me veas. Estoy horrible.
—No te sofoques, hija. Eso pasará. Y no estás tan desfigurada como crees.
—¡Ay! chiquillo, tú no me has visto. Si me vieras, te espantarías, te parecería mentira que me quisieras.
Me incliné hacia ella.
—No, no te acerques, por Dios... Estoy rodeada de miseria humana. Pase el morirse; pero morirse así, apestando...
—No te agites. Me marcho, si no eres razonable.
—No: quédate otro poquito... Pero no me mires. Si ves algo, mandaré á Micaela que eche la cortina y que tape hasta la última rendija. No quiero que veas este adefesio que te gustó tanto cuando era de otra manera.
—¿Pero qué es al fin? Aún no sé lo que tienes.
Contóme en palabras breves su enfermedad. Empezó por un recrudecimiento de aquella sensación de la pluma. Pronto se determinó una angina, con fiebre intensísima. El médico dijo que era una angina maligna. No podía tragar; se ahogaba. De pronto empezó á hinchársele el cuello... un bulto horrible, que crecía por horas, y la fiebre subiendo, y el cerebro trastornado... delirio, inquietud. La noche última, por fin, cuando ya creía que se ahogaba, empezó la resolución... ¿Para qué hablar más de aquello? Era un horror.
—¿Qué tal de calentura? —le pregunté—. Dame acá una mano.
Sentí la mano que venía á buscarme. La busqué y nos encontramos. ¡Oh! ardía.
—Tienes muy poca fiebre —le dije, observando que tenía mucha y que las pulsaciones eran muy irregulares.
Le besé la mano una, dos, tres veces, conociendo cuánto gusto le daba con ello.
—Puedes besarla sin cuidado —afirmó con acento de cariño, que era como un alfilerazo en mi corazón—. Cuando supe que estabas aquí, hice que Micaela me las lavara... Es el único gusto que tengo ahora, en medio de esta suciedad, en medio de este pánico de la pestilencia que me mata más que el dolor.
—Esto no es nada, hija —repetí traspasado de lástima—. Dentro de ocho días verás qué buena te pones. Un poco de molestia, y nada más. Te acompañaremos, te cuidaremos mucho. ¿Te asiste Moreno Rubio?... Pues pierde cuidado. Eso no vale nada. Es un desahogo de la naturaleza. Te vas á quedar luego más buena... y más guapa que antes.
—¡Ay! tú no sabes cómo estoy. Ocho días de fiebre muy alta me han dejado en los huesos... Entra tu mano, y toca, chiquillo.
Metí la mano por entre las sábanas tibias, húmedas y pegajosas, y allá, en lo más caldeado, tropecé con su mano que me guiaba, mientras la quejumbrosa voz decía:
—¿Ves?... ¿ves qué pellejos?... Soy la muerte, la muerte.
Advertí que lloraba, y le dije por consolarla cuanto me parecía propio del caso.
—¡Oh! no, no, no me pondré bien —exclamó ella con amargura hondísima—. He sido muy mala, y Dios me está castigando. Pero por mala que una mujer haya sido, verse una entre esta inmundicia, verse así en los huesos...
—No te apures por las carnes, hija —le respondí haciendo un esfuerzo por reirme—. Verás qué pronto las echas: te pondrás gorda.
—¡Gorda yo!... ¡Jesús! No volveré á ser lo que fuí. ¡Y este cuello, Dios mío; esta monstruosidad...!
—Vaya, estate tranquila. La conversación y esas sofoquinas te perjudican mucho. Te voy á dejar... No: si vuelvo, no te apures.
—He sido mala, lo conozco... pero bien merezco que me vengas á ver, por lo mucho que me acuerdo de tí. Lo que yo digo: si tuvieras un perro y se pusiese enfermo de muerte, ¿no bajarías á verlo al sótano, y lo rascarías con un palo? Pues eso, eso... Yo no pretendo que te intereses mucho por mí; pero llegar, darme un vistazo...
En esto comencé á ver algo en la lóbrega habitación. Fuera porque mis ojos se habituasen á la obscuridad, ó que entrara más luz por las rendijas del balcón, lo cierto es que ví, y más deseara no ver. De la obscuridad, amasada con el vaho del lecho en términos que ambos fenómenos parecían uno solo, destacóse una forma confusa, de contornos tan extraños, que al pronto la creí determinación engañosa del bulto de las almohadas. Miré más, avivando el poder de mi retina cuanto pude, y causóme indecible terror la certidumbre de que aquella monstruosidad era la cara que conocí en la plenitud de la gracia y la hermosura. Parecióme enorme calabaza, cuya parte superior era lo único que declaraba parentesco con la fisonomía humana. Mas en la inferior la deformidad era tal, que había que recurrir á las especies zoológicas más feas para encontrarle semejanza. ¡Pobre Eloísa! La impresión que sentí fué de tal manera penosa, que cerré los ojos para no ver más. Dios mío, ¿por qué me permitiste ver aquella máscara horrible? Nunca la olvidaré. Parecíame ver expresadas en un solo visaje todas las ironías humanas.
—Nada, hija: te dejo sola para que descanses. No, no me voy de la casa, y entraré más tarde si te sientes bien. Descuida, que te sacaremos adelante.
—Bueno, hijito —replicó declarando en el tono su alegría—. Me haré la ilusión de que me quieres, á ver si de este modo me animo un poco.
Hice un gran esfuerzo para besarla en la frente. Para ello cerré bien los ojos. Cuando salí de la sofocante alcoba, iba pensando qué cruz tan pesada y espantosa es ser enfermero en frío, ó sea cuidar á enfermos á quienes no se ama.
IV
Salí á mis quehaceres y volví sobre las cinco. ¿Por qué he de ocultar una cosa que me desfavorece? La compasión por Eloísa me atraía verdaderamente; mas el deseo de encontrarme con la otra no me impulsaba menos hacia la calle del Olmo. Dicho en plata, me ilusionaba el ver allí á Camila, hecha una interesante enfermera; y si, al acordarme de su infeliz hermana, se aplacaban los fuegos de mi querencia, cuando suponía á la enferma salvada y mejorada, no podía menos de recrear mi espíritu en la idea de tropezarme con Camila en los rincones y callejuelas de aquel solitario caserón que tan bien conocía yo. Debo decir que mi locura, bien por no ser correspondida hasta entonces, bien por la depuración de mi espíritu en el trabajo, se había vuelto platónica. Siempre que podía hablar con Camila á solas, pintábame como un enamorado entusiasta, pero tranquilo, admirador frenético de sus eminentes virtudes y de la misma resistencia que me había puesto en tal estado. Y era verdad esto que le decía: la tal borriquita se me había subido á lo más alto de la cabeza, allí donde se mece, á manera de nube, lo puramente ideal, lo que es y no es, lo que nos habla de otros mundos y de Dios, haciéndonos á todos un poco poetas, religiosos ó filósofos, según los casos.
Yo no me alegraba de que Eloísa se pusiese peor; al contrario, lo sentía mucho; pero deseando que se mejorase, sentía que Camila no estuviese allí todo el día y toda la noche con su delantal azul, aunque sus manos olieran á cataplasma. Cómo compaginaba y conciliaba mi espíritu estos dos deseos, no lo sé decir. Pero es el espíritu tan buen componedor, que sin duda resultaría un arreglito en mi conciencia, escarbando mucho en ella para buscarlo.
Dejo esto por ahora, y sigo con la otra infeliz. Moreno Rubio, después que la vió al anochecer, me dijo que aunque la mejoría se había iniciado, no las tenía todas consigo. Explicóme lo que era aquello con todos sus pelos y señales, dándome á conocer la resolución posible, el proceso reparador en caso favorable, la complicación en el caso contrario. Pero no repito las palabras de aquel observador eminente por no cansar á mis lectores, ni entristecerles con estos pormenores tristísimos de la desdicha humana. Digamos sólo, con la religión, que somos polvo, inmundicia, y que siendo tan mala cosa, todavía ha de haber quien quiera regalarse con nosotros, y estos golosos de nuestra podredumbre son los gusanos.
Yo no pasé á ver á Eloísa, porque no se excitara; pero á eso de las diez se puso tan inquieta que nos alarmamos. Estábamos allí mi tía Pilar, Camila, Constantino y yo. Raimundo se había marchado á las nueve, y el tío Rafael vendría más tarde. Empezó la enferma á hablar como una taravilla: á ratos lloraba, á ratos anunciaba su muerte. Pedía que yo entrase; después que no. Quería estar á obscuras; luego la obscuridad le daba miedo, y era forzoso encender luz. Desde la puerta le oí decir, llorando:
—Me muero, conozco que me muero. Es terrible morirse así, en este muladar... Dios me perdonará. ¿Está ahí José María? A él le encargo que no entre aquí ningún cura: ¡no, no quiero ver curas...! Ya me las arreglaré sola con Dios.
La fiebre era muy alta aquella noche, y estaba la pobre agitadísima.
—No quiero luz: ¿no he dicho que quería estar á obscuras? ¿Es que me quieren mortificar? —gritó moviendo mucho los brazos.
La alcoba quedó en tinieblas, y entonces me llamó para que le pusiera el termómetro y le observara la temperatura.
—Constantino me engaña siempre —me dijo—. Para él nunca paso de 39, y yo conozco, por este fuego de mi cuerpo, que debo de tener 41, 42, 50...
María Santísima, ¡qué volcán!
Le puse el termómetro debajo del brazo, y esperé sentado junto á la cama.
—¡Oh! ¡qué mal me siento! La cabeza se me abre, se me desvanece, se me va; se me arranca la vida... me muero esta noche. ¿Estarás aquí cuando dé las boqueadas?... ¿Me cerrarás los ojos? ¿Te dará horror verme tan fea y echarás á correr? Sí: lo estoy viendo, lo estoy viendo. Dios mío, yo he sido mala; pero no para tanto... Nada, lo que yo digo: si tú te hubieras casado conmigo, yo habría sido menos loca; pero no quisiste, y me dejaste en medio del arroyo.
Esta febril locuacidad me lastimaba, oprimiéndome el corazón. No cesaba de decirle:
—Serénate, cállate la boca, procura dormir. Estás un poco excitada de los nervios, y nada más.
—Mira ya el termómetro y no me engañes.
Salí al gabinete para observarlo á la luz. Marcaba 40 y tres décimas. ¡Qué mala cara debí de poner cuando lo estaba mirando!
—¿Ves?... no hay motivo para que te inquietes —declaré volviendo á su lado y guardando el termómetro—. Tienes 38 y unas décimas.
—¿Es de veras?
—¿Quieres verlo?
—¿No me engañas?
—Ya sabes que yo...
Pues se lo creyó; mas no por eso estuvo más tranquila en las horas que siguieron.
—Nada, nada: yo me muero esta noche. Siento que me desquicio, que la vida se me quiere escapar. ¡Qué espanto me da...! No, Señor, Dios mío: yo no me quiero morir, yo soy joven, yo no he sido mala... Si yo misma te lo he dicho, rezando: es que me he calumniado.
Tras larga pausa, en que la sentí murmurar vocablos ininteligibles como si rezara, volvió á expresarse con la misma agitación.
—No te digo que me perdones, porque sé que me perdonarás de todo corazón. ¿Y á tí, grandísimo pillo, quién te perdona? Porque tú eres tan malo como yo, quizás peor. A ver, hazte el valiente, confiésame en este momento solemne tus picardías. ¿A que no las confiesas? ¿No ves que me muero? Dame ese gusto. ¿Quieres que te dé el ejemplo? Pues te voy á confesar todo lo malo que he hecho, absolutamente todo.
Rebeléme contra aquel propósito, más bien nacido del desvarío febril que de un vigoroso móvil de conciencia.
—Si te pones así, me enfado; es que me enfado de veras. Me marcharé.
—No, eso nunca —exclamó rompiendo á llorar—. Quiero que estés aquí, que me veas cuando espire... ¿Llorarás? Dime si llorarás.
—Pero, mujer... ¡qué tonterías...!
—Dime si llorarás... Es que quiero saberlo.
—Bueno: pues sí, lloraré, y mucho.
—¿Y me besarás las manos?... las manos nada más, porque la cara... Se me quita la contrición cuando pienso en lo horrible que estaré. Pero acuérdate de cuando estuve guapa; acuérdate y cierra los ojos... ¿Me harás una caricia?... ¡Mira que si no, resucito y te...!
Hacía extraños gestos con los brazos. Yo se los metía entre las sábanas, recomendándole la tranquilidad en los términos más cariñosos.
—Hija mía, no hagas locuras. Vas á pasar una noche infernal.
—Es que no me quiero morir, es que no me da la gana —clamó, ahogándose en llanto copioso—. ¿Pues por qué me pongo así sino por el miedo que tengo...?
—No seas tonta, y no tengas miedo. Si estás bien; si apenas tienes fiebre; si Moreno me ha dicho que no hay cuidado... Vaya, no hables más de muerte.
—¿Pues no he de hablar si la veo, si la siento venir...?
—Patrañas, hija; aprensión...
—¡Y morir así, como arrojada en una pocilga, revolcándome en miserias y como si mis propios pecados me estuvieran comiendo por todas partes! Yo he visto una estampa en las prenderías, en la cual hay uno que agoniza, y salen de debajo de las almohadas bichos muy feos y asquerosos, lagartos y demonios horribles que lo roen y se lo comen. Así estoy yo, así me muero yo.
Pensé que las bromas harían mejor efecto en su espíritu que la seriedad, y tomándole una mano y besándosela con el mayor calor posible, le dije:
—¿Pues qué querías tú? ¿morirte como la Traviata, con mucho amor, tosecitas y besuqueo? Si eso pretendes, se puede hacer. Por mí no ha de quedar.
Parecióme que se sonreía, y esto me animó á seguir por aquel camino.
—Bien sabes tú que no va de veras; que si lo sospecharas, no estarías tan charlatana. Esos son mimos, no terror de la muerte. Tú buscas lo que los franceses llaman una pose, y la postura no parece.
—¡Ay, hijo: no te rías de mí! ¿Cómo puedes pensar que yo tenga esas ideas en medio de estas prosas...? Porque éstas sí son prosas, chico. Si no hay mayor castigo para una mujer que tener asco de sí misma, yo estoy bien castigada. Acepto la muerte si la considero como una gran lejía en la cual me voy á chapuzar...
Y como si su espíritu tomara de improviso con esto una dirección de consuelo, me estrechó mucho la mano diciéndome:
—Joselito... si por casualidad me salvo, ¿me volverás á querer...?
—¡Sí...! de tí depende que te pongas buena pronto, no sofocándote sin motivo.
—Agua; me muero de sed.
Se la dió Camila; y cuando nos quedamos de nuevo solos, díjome que se sentía mejor. Su piel estaba húmeda.
—Ahora te vas á dormir.
—Si soñara que me volvías á querer, creo que despertaría muy mejorada.
Respondíle que podía soñar lo que fuera más de su gusto, y desde aquel momento empezó á calmarse. Quejóse de vivos dolores en la cara; pero no debieron de ser muy fuertes, porque á eso de las dos ya dormía, si bien con inseguro sueño. Salí de la alcoba, rendido de cansancio, y me encontré á mi tía Pilar, profundamente dormida, y á Camila despierta, aunque con mucho sueño. Disputamos, como era natural, sobre quién había de descansar... Que ella, que yo. El reposo de la enferma fué breve, y pronto la oímos que nos llamaba. Micaela y Camila estuvieron más de una hora con ella, dándole medicinas, curándola y mudándole hilas y trapos. Mala noche pasó la infeliz. A la madrugada descabecé un sueño en el despacho de Carrillo, sobre el sofá de cuero, frío y desapacible.
Despertóme, ya entrado el día, una voz que al pronto no conocí. Era la de Constantino, y poco á poco surgió en mitad de mi campo visual la figura de éste, abrutada, tosca y respirando honradez.
—¿Cómo está Eloísa? —le pregunté con susto, sospechando que me iba á dar una mala noticia.
—Ahora duerme —replicó de muy mal talante, paseándose en la habitación con las manos en los bolsillos—. Va mejor.
«¿Pero qué tiene este bruto para estar tan malhumorado?» —me dije para mi sayo.
Sacóme pronto de dudas, pues era Constantino tan rudo como inocente, incapaz de guardar secretos.
—¿Has visto á Camila? —me preguntó.
—Anoche, sí.
—¿Sabes que hemos reñido?... Anteanoche... aquí... Una bobería... un soplo, chismes, calumnia. Le dijeron que me habían visto ir de picos pardos...
—¿Qué me cuentas?
—Todo es paparrucha —añadió, dando un gran suspiro y alargando más el hocico—. Camila se la ha tragado, y no la he podido desengañar. No nos hablamos. Anoche no pude dormir, pensando en ella. Me parecía mi casa tan vacía, chico... Me figuraba que mi mujer se me había muerto; no, que se había ido con otro, y...
—Eres un bebé... ¡ja, ja, ja!
—Créelo... por poco me echo á llorar...
—¡Ay, Dios mío, qué célebre!... Constantino, eres un niño de teta...
—Y ahora —prosiguió haciéndose el fuerte, mas sin poderlo conseguir— he venido acá con unas ganitas de verla... ¡Qué afán! Si me figuro que no he visto en cuatro años su cara. Pues llego; me dicen que está en el cuarto de Rafaelín durmiendo; voy allá, empujo la puerta, y ella salta y me la tira á los hocicos, y se cierra por dentro, y me grita: «¡Vete á los infiernos, perdido, gatera, chulapo!»
—Bien, hombre, bien. Anda, vuelve á picos pardos... Me alegro... —le dije, sintiéndome inspirado y locuaz—. ¡Ah! perillán. ¿Crees tú que el matrimonio es cosa de quita y pon? ¡El matrimonio, la cosa más santa, la institución más respetable, más augusta, más...!
—¡Quítate allá, y no me vengas á mí con retumbancias!
—Estos pilletes se figuran que el tálamo es trampolín... y profanan la santidad de la familia, y hacen burla de la virtud de una intachable esposa...
—¿Te quieres callar?...
—No, señor; no me callaré... Tu conciencia no se subleva, no se te levanta como un fantasma para decirte: «Constantino, ¿qué has hecho de la paz del hogar?»
—¿Pero todo eso es cháchara ó qué...?
—¡Qué ha de ser broma, hombre, qué ha de ser broma! Ya ves que estoy indignado.
—Que me caiga muerto aquí mismo, que me mate un rayo —juró con vehemencia salvaje— si yo he ido á picos pardos. Que me vuelva buey ahora mismo si he tocado, desde que me casé, más mujer que la mía. ¡Mírala, por ésta!
—Valiente hipócrita estás tú... ¡Con esa jeta de lealtad y esas inocencias, me parece...! Y lo que es ahora no la convences. Buena estará.
—Se me figura que quien le llevó el cuento fué el marqués de Cícero... ¡Ay si le cojo! Le arranco los bigotes, y después se los hago tragar... ¡Decir que yo...! ¡cuando el que venía de picos era él, él... el muy monigote, pinturero...!
V
Hablando pasamos á la estancia que había sido de Carrillo. Quise lavarme; pero no encontré agua.
—Yo te la traigo —me dijo Constantino cogiendo el jarro.
A poco volvió, y cuando me llenaba la jofaina, díjome en el tono más cordial:
—Quítale eso de la cabeza.
—¿Qué le he de quitar de la cabeza? ¿los adornos que le has puesto?
—No, hombre: la idea...
—¿Conque la idea?... Lo intentaremos, lo intentaremos.
Él se reía, y no cesaba de amenazar al marqués de Cícero. Le iba á freir, á abrirle un tragaluz en la barriga, á untarle de petróleo y pegarle fuego...
—¡Qué buen ayuda de cámara me he echado! Ya que eres tan amable, ten la bondad de decir á Micaela que haga café y me lo traiga aquí.
No había pasado un cuarto de hora, cuando sentí abrir la puerta. Hallábame en elástica, con la toalla sobre los ojos, la cabeza toda mojada, y no ví quién entró.
—Déjelo usted ahí —dije creyendo que era Micaela; mas no tardé en ver á Camila poniendo el café sobre la mesa.
—Hola, borriquita —exclamé, dejando salir de mi alma la alegría que la llenaba—. Dí una cosa: ¿y tu hermana?
—Durmiendo. Me parece que va bien.
—¡Contento está tu marido!... Pero ¿qué prisa tienes? ¿A dónde irás que más valgas? Oye...
Quise proceder con buena fe, pero no podía; la malignidad salía culebreando, como centella eléctrica, desde el corazón á la punta de mi lengua.
—Las mujeres prudentes no ponen esos hociquitos por un desliz del marido. ¡Pues tendría que ver! No seas inocente, no seas ridícula, no seas pueril. ¿Tú no has leído aquello de la Perfecta casada, que dice...?
—Yo no he leído nada ni me da la gana de leer papas —exclamó á gritos, hecha una leona.
—Sosiégate... Lo que yo digo es que eres una tonta si crees que el marido de hoy puede ser un formalito de éstos de aquí me ponen, aquí me quedo. Sería hasta ridículo, sería...
No me dejó acabar. En un tris estuvo que me tirara á la cabeza la cafetera. Con sacudida de violenta cólera, se puso á gritar:
—No estás tú mal... sinvergüenza... Déjame en paz.
«Ya te irás domando», pensé al quedarme solo, y un instante después pasé al cuarto de Rafaelín, á quien hallé sentado en el suelo, entretenido en armar un teatro de cartón. Su media lengua me enteró otra vez de la mejoría de su mamá, y después preguntóme con palabras vertidas cautelosamente en mi oído, si yo me iba á quedar allí pa siempre. Respondíle que sí, y jugamos un rato. ¡Pobrecito niño! ¡Qué interés tan hondo despertaba en mí! Me lo habría llevado á mi casa, adoptándole por hijo, si su madre lo consintiera. Aquella madrugada, cuando me dormí en el diván, había visto en sueños á Eloísa muy mal perjeñada por las calles, con mantón pardo, pañuelo por la cabeza, las faldas manchadas de fango, llevando de la mano á Rafaelín, el cual tenía las botas rotas y enseñaba los tiernos dedos de los pies; el cuello envuelto en bufanda, y el cuerpo en roñoso gabancito. Esta visión me oprimía el pecho, más por el hijo que por la madre. ¡Ay! Esta campeaba en la indiferencia de mi alma, como en un desierto árido y vacío. Pasaba por ella sin dejar rastro ni huella en aquel inmenso arenal.
Sin hartarme de jugar con el pequeño ni de darle besos, salí de la casa. Eloísa se había despertado y sentía gran alivio. El médico me dijo que la resolución era rápida y segura. No quise entrar á verla, porque la estaban curando, y le dejé un afectuoso recado. En mis correrías de aquel día por Madrid, experimenté lo que yo llamaba la congestión espiritual de Camila en mayor grado que nunca. La llevaba en mi corazón y en mi cartera, y la ví entre los apuntes de mis operaciones como la mosca que se ha enredado en la tela de araña. La ví en la ahumada atmósfera de la Bolsa y entre los movibles y bulliciosos corros. Muy distraído estuve, y conociéndome, no me arriesgué á operaciones delicadas, porque desconfiaba de la claridad de mi sentido. Era como algunos borrachos, que, conocedores de su estado, tienen la sensatez relativa de no celebrar ningún contrato mientras están peneques.
Torres, Medina, Samaniego y otros me preguntaron por Eloísa, y á todos contestaba «bien... si no es nada... un simple flemón.» Manolo Trujillo, á quien acompañé un ratito, hablóme de ella con amor y entusiasmo. Me complací en destruir su ilusión pintándole lo desfigurada que estaba. ¡El infeliz exhalaba unos suspiros oyéndome...! Era yo cruel sin duda; pero me salía esta crueldad muy de dentro, y sentía un goce extraño y vengativo al decir á los que me hablaban de ella:
—Es un horror... no hay idea de fealdad semejante.
Volví á la calle del Olmo por la tarde, ¡y qué suerte tuve! El marqués de Cícero salía cuando yo entraba, Eloísa dormía, y Camila estaba sola. Se me arreglaron las cosas tan guapamente, que ni de encargo salieran mejor.
—No se harta de dormir la pobrecita —me dijo Camila sentándose junto á mí en el salón desierto, y sacando una obrilla de gancho con que se entretenía.
Ni caída del Cielo. Estábamos solos; nadie nos turbaba. No menté á Constantino ni hice alusión al disgustillo. Hablé tan sólo de mí, de aquella pasión loca que me consumía, y que por providencia de Dios había venido á ser fina, delicada, platónica, lo sublime de la amistad, si me era permitido decirlo así. ¡Oh! yo no deseaba que ella faltase á sus deberes; adorábala honrada; quizás infiel no la adoraría tanto. Me entusiasmaba su virtud, y por nada del mundo destruiría yo esta celestial corona tan bien puesta en sus nobles sienes... Yo no pretendía de ella sino un cariño puro, leal, diáfano como el mío, enteramente limpio de deshonra y malicia. No recuerdo si saqué á relucir también lo del armiño, que es de reglamento; pero de fijo no se me quedó por decir lo del altar en mi corazón y otras imágenes muy al caso.
Y ¡cosa singular! estas tonterías, que ella calificaba siempre con el injurioso dicterio de papas, no la alborotaron aquel día como otras veces. Oíame callada, los ojos fijos en su obra, haciendo, al meter y sacar el gancho, las mismas muequecillas que hacía cuando trazaba números; y de tiempo en tiempo me miraba sin decir más que «papas, papas.» Parecióme que aquello lo decía maquinalmente, y que en realidad mis palabras trazaban surco en su alma. ¿Sería ficción de mi anhelo? Ocurrióme que aquella casa maldita obraba con perversa influencia sobre el resistente espíritu de la señora de Miquis, introduciendo en él por diabólico modo un germen de fragilidad. Porque era muy particular que, oyendo lo que había oído, no me llamase, como de costumbre, tísico, indecente, simplín. Estaba un tanto descolorida y pensativa, muy pensativa. Sobre esto no podía tener duda. Oyóse el timbre eléctrico de la alcoba de Eloísa. La enferma llamaba. Levantóse prontamente Camila, y cuando iba por la habitación próxima, le oí pronunciar con claridad su estribillo: «papas, papas.» Un detalle precioso. Al retirarse, dejó su labor en el sofá en que nos sentábamos; sí: allí, junto á mi muslo, quedaron el ovillo blanco, el gancho, la roseta á medio hacer. «Piensa volver, y volverá.»
Pasó mucho tiempo, así como medio siglo, y viendo que no parecía, cogí la labor y, metiéndomela en el bolsillo, fuí en busca de mi borriquita. Al salir al pasillo tropecé con una figura majestuosa que en tal instante empujaba la mampara de la antesala. Era la señora de Medina, que en el caso aquél de enfermedad grave, olvidaba sus resentimientos y sabía cumplir los deberes de familia. Creo que se alegró mucho de verme. Su cara de estatua de la Verdad se encendió un poco.
—Ya sé que está mejor —me dijo—, y completamente fuera de peligro.
No habíamos dado diez pasos hacia el gabinete, cuando me tomó por un brazo diciéndome:
—Explícame una cosa. ¿Qué obra es esa que pensaba hacer Eloísa; esa estufa, ese techo de cristales?
Pasamos al segundo salón, y desde una de las ventanas que daban al patio hícele la descripción del proyecto.
—Pues de fijo habría sido muy bonito... —observó mi prima—. Y lo que es ahora... da dolor ver lo desmantelado que está todo. Dí otra cosa. ¿Dónde estaban los dos cuadros del viejo y la chula, con reflectores?
—Ahí, á los dos lados de esa puerta.
—Mira, mira: todavía quedan aquí unas cortinas preciosísimas. ¡Oh! qué ricas son. Toca, toca esta seda, esta pasamanería... Otra cosa. ¿Y en este hueco, qué hubo?
—Un mueble inglés lleno de preciosidades.
—¿Es ésta la puerta del comedor? —preguntó abriéndola—. ¡Ah! sí, comedor es. Parece una caverna. ¡Qué soledad! Ni mesa ni sillas. ¿Estaban aquí los tapices?...
—Sí: cogían toda la pared, incluso los huecos. Los de la puerta y ventanas se corrían como cortinas cuando empezaba la comida, y entonces no se veía interrupción ninguna. Todo en derredor era tapiz. Efecto bonitísimo.
—¡Sí que lo sería!... —exclamó la ordinaria permitiendo á su cara expresar un interés inmenso—. Otra cosa. ¿Y por dónde entraban los criados á servir?
—Por aquella puerta que ves en el fondo. Pero delante de la puerta estaba el gran aparador. Los criados aparecían por un lado y otro de éste. La puerta no se veía.
—¡Ah!... ¡qué soberbio!... Mira, todavía están los mecheros de gas. ¡Qué elegantes!
—En mi tiempo se encendían. Después...
—Ya, ya recuerdo lo que me dijiste. Muchas velitas... Estoy al tanto.
En esto vimos pasar á Micaela.
—Eh, Micaela. Me parece que ha entrado alguien. ¿La señorita tiene visita?
—Sí, señor. Ahí está la hermana del señor marqués de Cícero, y ese caballero ciego...
—¡Ah! el pobre Trujillo.
—Pues yo no paso hasta que no se vayan —indicó María Juana, haciéndome señas de que la siguiera—. Dime otra cosa. El salón de baile, ¿no se abría sino muy de tarde en tarde...?
—Cierto. Casi siempre le ví cerrado. No se había concluído de decorar. Eloísa pensaba inaugurarlo con un gran baile.
—Vamos por aquella puerta... Ve tú delante para que me guíes. Quiero que me saques de otra duda.
A todas sus preguntas contestaba yo lo primero que me ocurría. Mostraba la sapientísima señora curiosidad viva y anhelo de conocer las costumbres de aquella casa en sus días de auge. A veces disimulaba este interés diciendo con solapado menosprecio:
—¡Cuánta tontería! Luego nos pasmamos de las catástrofes. Razón tiene Medina en decir que todas estas etiquetas son invenciones del Diablo.
Entramos y salimos, pasando de pieza en pieza. Yo estaba un tanto mareado, y con ganas de sentarme.
—Es un laberinto este caserón —dijo mi prima—. Jamás lo he podido entender. ¿A dónde salimos ahora? ¿Qué puerta es ésta?
—Por aquí se pasa al guardarropa de Eloísa.
Cuando yo decía esto, oímos la voz de Camila. Empujé la puerta y entramos.
—Esta pieza la conozco —manifestó la de Medina, entrando con aire regio y calándose los lentes para arrojar una mirada en redondo á la estantería de roble—. ¿Verdad que es bonita? ¿Cuánto le costaría á Eloísa esta tanda de roperos?
—Vete á saber... Más costaría lo que está dentro —respondí sin hacerme cargo ya de nada más que de Camila, á quien vimos... Pero esto merece párrafo aparte.