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Los argonautas

Chapter 10: VIII
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About This Book

La narración sigue a Fernando de Ojeda, quien, mientras escribe, observa con detalle un elegante salón-jardín invernal donde rituales sociales y pequeños lujos contrastan con la vida interior que despierta en los objetos. Se muestran las relaciones familiares y financieras de María Teresa, que elogia la generosidad de una tía al tiempo que atiende peticiones de dinero y planes de matrimonio, y las tensiones entre parientes. Un episodio de perturbación atmosférica introduce un elemento fantástico: el ambiente se anima, las cosas parecen cobrar vida y una franja azul asciende por los cristales, transformando la escena en una experiencia inquietante y sensorial.

Cuando acababa de pasar la arena de la ampolleta, o sea cada media hora, uno de los pajes debía gritar, para que lo oyesen los marineros:

Buena es la que va,
mejor es la que viene;
una es pasada y en dos muele,
más molerá si Dios quiere.
Cuenta y pasa que buen viaje faza.
¡Ah de proa; alerta, buena guardia!

Y los marineros de proa contestaban con un grito o un gruñido para dar a entender que no dormían.

Tripulantes y pasajeros formaban corrillos en la obscuridad, hablando de los misterios y leyendas del mar, dando nombres y propiedades mágicas a los astros que brillaban entre el cordaje y las velas negras. A media noche, cuando todos sentían cerrarse sus ojos e iban en busca de las hamacas y petates, verificábase el relevo de la guardia, entrando de cuarto los que habían de velar hasta que rompiese el día, y los pajes gritaban otra vez:

—Al cuarto, al cuarto, señores marineros de buena parte. Al cuarto, al cuarto en buena hora de la guardia del señor piloto, que ya es hora. Leva, leva, leva.

El sábado, a la caída de la tarde, era la gran fiesta en el navío. Rezábase la salve «y otras prosas», como decía Colón en su diario. Se improvisaba un altar con imágenes y velas encendidas, reuniéndose ante él tripulantes y pasajeros.

—¿Somos aquí todos?—preguntaba el maestre.

—Dios sea con nosotros—respondía a coro la gente.

Quitábase la caperuza el maestre antes de replicar:

Salve digamos,
que buen viaje hagamos.
Salve diremos,
que buen viaje haremos.

Y todos los del buque, proeles, grumetes, lombarderos, soldados, hidalgos, damas, sirvientes y niños, entonaban la salve en la tarde moribunda, mientras el sol teñía de anaranjado las velas y el mar levantaba con sus choques la pesada cáscara del galeón.

Con la salve y la letanía no terminaban los rezos. Un paje que hacía funciones de monacillo al lado del maestre recomendaba después con su voz infantil:

Digamos una Ave María
por el navío y la compañía.

—Sea bien venida—contestaba la multitud.

Y cuando se finalizaba este rezo, el maestre saludaba a todos con grave compostura.

—Amén, señores, y que Dios nos dé buenas noches.

No todos los navegantes eran piadosos y confiaban su suerte al cielo. En el primer siglo del descubrimiento, esparcíase entre la gente marinera la leyenda del piloto Carreño, un argonauta osado y blasfemador, enemigo de Dios y de los santos. A pesar del ambiente diabólico que rodeaba su nombre, las tripulaciones lo recordaban con envidia en las grandes calmas, cuando el galeón permanecía inmóvil semanas enteras en un mar como un espejo, sin el más leve soplo de brisa.

Este maldito del Océano, que hacía recordar al «Holandés errante» y a otros pilotos en pecado mortal, había realizado un viaje desde las Indias a Cádiz en sólo tres días. Pero hay que advertir que la nave iba tripulada por una legión de demonios disfrazados de marineros, que le habían ofrecido sus servicios. La travesía se efectuó en un continuo huracán. Pasajeros y soldados no podían tenerse de pie sobre el buque, tembloroso por la velocidad y próximo a romperse. El piloto Carreño, sentado en el tabernáculo, tenía que agarrarse a su cadira de mando para que el loco movimiento de la nave no lo arrojase al mar.

Los demonios, espíritus traviesos, ejecutaban las maniobras al revés de las voces náuticas que daba Carreño. Cuando éste ordenaba a la tripulación, ágil y maligna como una tropa de monos, «Larga escota», los demonios juguetones aferraban las velas del trinquete y de la mesana. Y cuando mandaba «Iza», ellos amainaban. Pero los diablos resultan inocentes siempre que tienen que vérselas con la malicia del hombre: su destino es ser engañados a la larga por el pecador, y el hábil Carreño, al comprender la bellaquería de sus revoltosos marineros, ordenó en adelante todo lo contrario de lo que en realidad quería que ejecutasen. Así se salvó la nao, y Carreño, en tres días, engañando al demonio, pudo pasar de un mundo a otro.

La sed era el tormento de los largos viajes interrumpidos por las calmas. Corrompíase el agua, y los alimentos, salados en demasía, excitaban en todos el ansia de beber. Las familias emigradoras se sustentaban con las provisiones que habían hecho antes de embarcar. El fogón de la nave era llamado «la isla de las ollas» por su gran número, pues cada grupo cuidaba de la suya. Y cuando llegaba la hora de la comida, los mismos pajes que acababan de tender para los marineros un mantel en el suelo, con platos de madera, daban a gritos la señal.

—Tabla, tabla, señor capitán, piloto, maestre y buena compaña. Tabla puesta, vianda presta. Agua usada para el señor capitán y maestre y buena compaña. ¡Viva, viva el rey de Castilla por mar y por tierra! Y quien le diere guerra, que le corten la cabeza. Y quien no dijera amén, que no le den de beber. Tabla en buena hora, quien no viniere que no coma.

Y comían los tripulantes al principio de la navegación carne salada de vaca; luego, huesos sin tuétano vestidos sólo de algunos nervios; los viernes y vigilias, habas guisadas con agua y sal; y en las fiestas recias, abadejo, que era plato de gran lujo. Quedaban los más con hambre pero dábanse por contentos siempre que el paje encargado de la gaveta del vino pasase con frecuencia ante ellos taza en mano.

Olvidaban los pasajeros todos los martirios y miserias de la navegación a la vista de las Indias. Abrían las cajas para sacar camisas blancas y vestidos nuevos; limpiábanse de los menudos compañeros de viaje repugnantes y molestos, que volvían a refugiarse en las rendijas de las naos; se ceñían la espada. En cuanto a las pobres damas, macilentas por el mareo y las privaciones, transfigurábanse al llegar a las nuevas tierras. Deshacían los cadejos de sus greñas abandonadas, animábanse el rostro con blanco solimán y roja cochinilla, «saliendo de bajo de cubierta—según un viajero de entonces—tan bien tocadas, rizadas, engrifadas y repulgadas, que parecían nietas de las que eran en alta mar».

La gloria, la riqueza y hasta el gobierno de pueblos estaban al alcance de todos al otro lado de los mares. Siguiendo los pífanos y atambores de los tercios y el flamear de las banderas con águilas de doble cabeza, el pobre hidalgo iba al encuentro de la gloria, pero también de la miseria. Después de largas campañas en Flandes o en Italia, tenía asegurada una espera no menos luenga en las antesalas de los palacios, con el memorial en las rodillas, solicitando una recompensa de criado por los pelotazos de hierro y los acuchillamientos recibidos en las batallas contra el turco y el herético. Los altos puestos los acaparaban los cortesanos de nobleza tradicional, los descendientes de los que habían peleado en la Península contra el sarraceno.

Embarcándose para las Indias todo era posible. Bastaba fundar un pueblo para ennoblecerse por este hecho, colocando ante su nombre el honorífico Don. Mozos de vida airada, acostumbrados a peleas nocturnas con las rondas de alguaciles y a largas estancias en la cárcel por deudas, convertíanse al otro lado del Océano en magníficos señores que destronaban emperadores, colocaban otros en su lugar, o concluían por sentarse en el trono. Algunos, a la hora en que sus madres, vistiendo zagalejos de roja bayeta, daban de comer a las gallinas en sus corrales de Extremadura y Andalucía, se casaban, lo mismo que los caballeros andantes, con grandes princesas de tez pálida y ojos oblicuos, criaturas de enigma y ensueño que llevaban sobre la frente la borla multicolor de la autoridad y en el pecho áureas placas con sagrados jeroglíficos.

Y todos los días, durante un siglo, chirriaban al amanecer las puertas del caserío vasco, del tapial pardo de Castilla, del casuchín morisco enjalbegado y oprimido en la calleja andaluza, de la corralada extremeña envuelta en olor de estiércol cerduno, y los mozos emprendían la marcha, ligeros de ropa y ágiles de piernas, cantando como los mancebos que encontraba Don Quijote en sus correrías, con una vieja espada al hombro a guisa de bordón de peregrino y pendiente de ella el hato de ropa con toda su fortuna: unas calzas nuevas, los gregüescos, dos camisas, un rosario, unos naipes gastados, lo más preciso para llegar a virrey o a marqués de título sonoro y exótico al otro lado del mar. Y de todos los extremos de la Península, siguiendo rutas convergentes como las varillas de un abanico, estos alegres romeros de la aventura y la ilusión venían a unirse con una firme amistad, tal vez por toda la existencia, al pie de las carabelas y galeones que se balanceaban pesadamente en la desembocadura del Guadalquivir esperando el lombardazo de partida.

Eran «la segunda hornada» de exploradores, los que habían de contornear el mundo recién descubierto, a través del naufragio y la muerte. Embarcábanse años después los de «la tercera hornada», los conquistadores de reinos y fundadores de ciudades, que, mal avenidos con la paz del triunfo, acababan por pelearse entre ellos sañudamente en una guerra de banderías estúpida y feroz.

Los reyes vivían vueltos de espaldas a estas tierras de misterio, cuyas riquezas tan decantadas sólo fueron una realidad algunos años más tarde. Preocupados con sus guerras y negocios de Europa, miraban indiferentes este éxodo y abrían la mano liberalmente a toda demanda de nuevas conquistas y permisos de navegación.

—Un autor de aquella época—dijo Maltrana—escribió un libro titulado Los seis aventureros de España, y cómo el uno va a las Indias, y el otro a Italia, y el otro a Flandes, y el otro está preso, y el otro anda entre pleitos, y el otro entra en religión. Y cómo en España no hay más gente destas seis personas sobredichas... Así era: no había más. Éste era el estado a que podían aspirar los que tenían voluntad y coraje. Las Indias representaban, según Cervantes, «el refugio y el amparo de todos los desesperados de España»; y como la desesperación era el estado natural de los españoles de entonces, de aquí que el libro debió tener una segunda parte, verídica y lógica, relatando cómo el aventurero de Indias se quedaba allá para siempre; y los aventureros de Italia y Flandes, aburridos de un heroísmo pobre y sin gloria, acababan por irse al Nuevo Mundo; y el preso hacía lo mismo al salir de la cárcel; y el pleiteante seguía idéntico camino, viéndose sin otra subsistencia que la sopa boba; y hasta el fraile acababa sus días en un monasterio colonial adoctrinando vírgenes cobrizas y cuidando los naranjos recién traídos de la Península...

—En esta fuga hacia las tierras nuevas—dijo Ojeda—, ¿quién podrá conocer jamás la cifra exacta de los que salieron y no llegaron? ¡Cuántas catástrofes ignoradas!... Algunos autores extranjeros afirman que en tres siglos le costó a España treinta millones de hombres la colonización del Nuevo Mundo. Seguramente exageran; pero hay que pensar que esa magna colonización desde la mitad de los actuales Estados Unidos al paso de Magallanes la acometió ella sola con sus propios recursos. Hoy, el americano ha cambiado mucho de su tipo original. ¡La mezcla que esto supone! ¡El enorme envío de virilidad que fue necesario para aclarar la sangre india de su cobre nativo!...

Durante el primer siglo de la conquista, embarcábanse los aventureros en los primeros buques que encontraban disponibles, vasos antiguos apenas recompuestos y guiados por cualquier piloto costero que se prestaba a dirigir la expedición. Las administraciones de entonces no conocían la estadística. Además, eran frecuentes los viajes clandestinos, sin papeles. Nadie se preocupaba de la seguridad de los viajes ajenos: cada uno que velase por sí mismo. Se confiaba en Dios y no se tenía miedo a nada.

Una expedición al mando de un viejo capitán de Indias salía de Cádiz para la isla de las Perlas, en las costas de Venezuela. El día era bonancible, el mar liso y tranquilo; pero el galeón estaba tan desencuadernado y podrido, que apenas navegó una hora se fue a pique instantáneamente a la vista de la ciudad, ahogándose todos sus tripulantes.

—Esta catástrofe—dilo Maltrana—metió algún ruido, porque entre los aventureros iba el hijo único de Lope de Vega, mozo poeta deseoso de seguir una de las seis carreras de los hidalgos de entonces. Pero ocurrían con mucha frecuencia estos naufragios por imprevisión o por audacia, sin que de ellos quedase noticia alguna... ¡Si este mar pudiese contarnos todos los dramas ignorados del descubrimiento!

El doctor Zurita asintió gravemente. Mucho le había costado a España su gran empresa de Ultramar. Tal vez su decadencia provenía de esto.

—Así es—contestó Ojeda—. Unos atribuyen esa decadencia a las guerras europeas; pero las naciones que peleaban con nosotros experimentaron iguales pérdidas, y no por esto decayeron... Otros echan la culpa al exceso de religiosidad, que nos metió en empresas absurdas. Tal vez sea esto cierto, pero en parte nada más. Naciones hubo entonces tan fanáticas como la nuestra, y sin embargo no se vieron en peligro de muerte... La causa principal de nuestra decadencia, o más bien dicho, de nuestra anemia, debe buscarse en la colonización de las Indias. Un organismo sana de las heridas que recibe, por tremendas que sean. Lo peligroso, lo mortal, es un desangre que dura años, que dura siglos: un flujo inatajable con el que se escapa la vida...

Fernando describió a la vieja España como una de esas madres prolíficas en exceso que marchan sobre sus piernas un tanto vacilantes, entre sus hijos, grandotes, robustos, sonrientes con la confianza de la salud. Sufren todas las enfermedades y no tienen ninguna: su única dolencia cierta es la debilidad, la anemia, la escasez de una vida que han ido repartiendo y malgastando generosamente. Cada hijo se ha llevado un jirón de su existencia.

—Y figúrense ustedes—continuó Ojeda—lo que representa para España haber dado a luz cerca de una veintena de cachorros que están al otro lado del mar viviendo por cuenta propia, unos adelantados y cultos, otros impulsivos y montaraces, pero todos de su sangre y su apellido y con las ilusiones de la juventud.

Maltrana asintió a estas palabras, pero añadiendo una opinión suya. El mal de España había sido no descansar hasta la vejez.

—Nuestro país es por su historia algo semejante a una olla que hierve siglos y siglos sin que nadie la aparte del fuego para que se enfríe su contenido. Los grandes pueblos de Europa, después del hervor fundente durante el cual se mezclaron sus razas y se borraron sus antagonismos, pudieron descansar en la paz. Este reposo les ha servido para solidificarse, engrandecerse y adquirir nuevas fuerzas. España no; España no conoció el descanso. Durante siete siglos hierve con el burbujeo de las luchas de raza y los antagonismos religiosos. Al fin se verifica de cualquier modo la fusión de los diversos ingredientes. Ya está hecha la mixtura nacional, tal vez de mala manera, pero ya está hecha. Hay que retirar la vasija del fuego para que se cristalice el contenido y sea algo más que líquido y vapores.

Pero en este momento crítico, España descubría las Indias y por alianzas monárquicas se encontraba dueña de media Europa. Y en vez de descansar, volvía a hervir con un fuego mayor, se hinchaba con un burbujeo loco, absurdo, el más extraordinario, atrevido e insolente que consigna la Historia. Una nación relativamente pequeña, mal situada en un extremo del mundo viejo, y que además pretendía unificarse expulsando a los españoles hebreos y musulmanes por ser de distinta religión, emprendía al mismo tiempo la empresa de colonizar medio globo y de mantener bajo su autoridad lejanas naciones europeas que no eran de su idioma ni de su raza.

Y el líquido, hinchado por el fuego, adquiría fantásticas proporciones, pareciendo mucho más grande de lo que realmente fue; esparcíase en oleadas fuera de la vasija, para perderse sin utilidad alguna, hasta que acabó por apagar la lumbre. Y cuando la olla descansaba al fin, enfriándose, sólo tenía en su interior leves residuos. Lo mejor se había escapado en vapores gloriosos o quedaba esparcido por el mundo en manchas, en pequeños terrones, sin formar una masa homogénea.

—¡Ay, si hubiésemos descansado a tiempo como otros pueblos!—dijo Maltrana—. ¡Si hubiese transcurrido un siglo o dos entre la constitución nacional y nuestras grandes empresas!... Pero estiramos la pierna más allá de la sábana, que era corta. Nunca se ha visto un despilfarro de vida y de energías más glorioso e inútil.

El doctor Zurita protestó de esto último.

—Inútil no. En lo que se refiere a las empresas de Europa, indudablemente... Pero queda la América, todas las repúblicas que hablan español, y que más allá de sus diferencias de constitución nacional son iguales por su alma y sus costumbres.

Ojeda asintió. El loco despilfarro de la energía española únicamente había sido reproductivo en las Indias. Viajando por diversas repúblicas del Nuevo Mundo en sus tiempos de diplomático, había apreciado la grandeza histórica de España mejor que con la lectura de los libros apologéticos.

En un país americano de clima frío, donde crecían lo mismo que en Europa el pino y el abeto y las montañas estaban coronadas de nieve, salía al encuentro del viajero el idioma castellano, y con él las viejas casas de escudos coloniales en el portón y los entonados señores de solemnes maneras semejantes a los hidalgos antiguos. Hasta el presidente de la República llevaba un apellido rancio y sonoro, igual al de los galanes de capa y espada de las comedias de Calderón. Luego, al saltar a otro país de cocoteros y bosques enmarañados, con ríos como mares, llanuras de infernal ardor, volcanes de cima humeante y lagos suspendidos entre cordilleras vecinas a las nubes, volvía a encontrar vestido de blanco, con el sombrero de paja en la mano, el mismo hidalgo cortés y ceremonioso; la dama de breve pie y ojos andaluces, discreta, juguetona y devota como una tapada de Lope; el antiguo convento colonial con sus torres encaperuzadas de azulejos que desgranan el campaneo de las horas en las tardes ardorosas o las noches lunares sobre calles de rejas ventrudas impregnadas de perfume de naranjo y de jazmín. Y otro presidente le recibía en audiencia, ostentando un apellido de vieja cepa, y era idéntico a los demás en su porte caballeresco y sus hazañas de caudillo voluntarioso y corajudo.

Desde las fronteras de Texas a los hielos de Magallanes, vivía España y viviría luengos siglos en el doctor sentencioso, trasatlántico, descendiente de Salamanca y Alcalá; en la dama graciosa y devota que imita las últimas novedades de la elegancia exterior, pero guarda el alma de sus abuelas; en el caudillo aventurero que renueva al otro lado del Océano los romances medievales de la Península; en la irresistible admiración por el valor y la audacia que sienten hasta los más ilustrados, colocando el coraje por encima de todas las virtudes humanas.

Podía un cataclismo continental hundir la Península ibérica bajo las aguas; y si con esto desaparecía la España nación, no por ello iba a morir la España pueblo, la España verbo, el alma española. Al otro lado del mar, en las costas del Atlántico y el Pacífico, o acopladas en las laderas de los Andes como los nidos de los cóndores, existían miles de ciudades unificadas por el idioma, las costumbres y un concepto peculiar del honor. Ochenta millones de seres hablaban el castellano y pensaban en él. El catolicismo, firme y dominador en unas naciones de América, débil y transigente en otras, era también una fuerza tradicional que mantenía viviente el pasado, común a todas ellas.

Los europeos aprendían el español para entenderse con los pueblos jóvenes de América. El castellano era el tercer idioma mundial gracias a su difusión en el Nuevo Mundo. España renacía en el verdor y belleza de sus hijas.

—Y esto es algo—dijo Ojeda—. Nuestro loco despilfarro de otros tiempos no se ha perdido del todo gracias a América.

Sus amigos asintieron. No, no se había perdido.

—Sólo un país como la Península—continuó Ojeda—, de clima africano y al mismo tiempo con mesetas de frío glacial, podía dar una raza preparada para la colonización de un mundo tan grande y diverso. Así únicamente se comprende que unos mismos hombres llegasen a fundar ciudades que están a más de dos mil metros de altura, en las que se respira con dificultad, y ciudades al nivel del mar, bajo el Ecuador, en un ambiente de infierno. Sólo un pueblo sobrio y de vida dura como el español podía acometer la empresa de poblar un mundo con el que la gente aún era más sobria y había poco de comer o no había nada absolutamente. El peligro para el conquistador no fue la flecha del indio; fueron la soledad y las inmensas distancias, y sobre todo, fue el hambre.

Zurita intervino, con la precipitación del que oye hablar de algo que conoce mejor que sus interlocutores.

—De eso puedo decir mucho. Yo he colonizado, ¿sabe, amigo?... Yo he vivido en el desierto, y allí conocí lo que habían sido los antiguos españoles y lo mucho que les debemos... Nosotros hemos sido injustos con ellos. Nos educan mal por patriotismo: nos inculcan mentiras desde la niñez. Cuando yo iba a la escuela estaban más vivos que ahora los odios de la lucha por la Independencia, y eso que había pasado más de medio siglo. España era una madrastra cruel y los españoles unos «gallegos» brutos, que sólo habían sabido esclavizarnos y explotarnos... Y esto nos lo enseñaban en idioma español, y además, el maestro y los discípulos llevábamos todos apellidos españoles. Hablábamos de los «gallegos» como de un pueblo bárbaro que hubiese conquistado nuestro país cuando ya estaba constituido y en plena civilización, retrasando su progreso, por lo cual lo habíamos expulsado gloriosamente después de tres siglos de tiranía... De hombre continué en la misma ignorancia. Los que nacemos en una ciudad ya hecha no nos preguntamos cómo se formó y quiénes pusieron sus cimientos. Cuando deseamos salir de ella, es para irnos a Europa y rabiar de emulación viendo que hay cosas mejores que las nuestras. Nunca miramos atrás ni nos preocupan nuestros orígenes.

Hizo una pausa el doctor, como si le molestase un mal recuerdo.

—Yo mismo—añadió—siento cierto remordimiento al pensar en mi abuelo. ¡Pobre señor! Cuando de niño me enfadaba con él, le llamaba «gallego» y recordaba los grandes hechos de la Independencia, que habían servido, según mis ideas, para echar a patadas del país a una banda de extranjeros explotadores... Al viajar por el interior de mi tierra, vi claro; me di cuenta de los sufrimientos y trabajos de aquellos hombres que fueron extendiendo por el desierto la civilización de su época. Sólo los que viven en las ciudades y no salen al campo (al campo inculto que aún no conoce la mano del hombre) pueden hablar con desprecio de nuestros remotos ascendientes.

El doctor recordaba su vida de joven, cuando había colonizado tierras vírgenes recientemente abandonadas por el indio.

—Tuve que sufrir toda clase de privaciones: hasta pasé hambre muchas veces. Y eso que tenía cerca el ferrocarril, y los ríos podía remontarlos en buques de vapor en vez de ir a remo, y el trasatlántico me traía en menos de un mes los encargos de Europa... Entonces me di cuenta de lo que hicieron los primeros españoles, sin otros medios de comunicación que la recua o la carreta, teniendo que echar seis u ocho meses para recorrer distancias que hoy salva el ferrocarril en dos o tres días. Cuando querían remontar el Paraná, yendo de Buenos Aires a la Asunción a remo y a vela por las revueltas del río, les costaba este viaje tres veces más tiempo que para ir a España. Naves de la Península llegaban muy de tarde en tarde, si es que no naufragaban. Y a pesar de tantos obstáculos, nuestros ascendientes fundaron los núcleos de las ciudades que ahora tenemos, crearon las primeras ganaderías, adaptaron a nuestro suelo los productos del viejo mundo, lo prepararon todo para que los europeos que llegasen después no se murieran de hambre... El español colocó la mesa en América, fabricó los asientos y puso el pan. Ésta es una imagen que se me ocurre. Después, otros pueblos más adelantados han traído las salsas refinadas de civilización, los hermosos adornos de mesa; pero sin el primero, que preparó lo más necesario, no habría banquete.

—Así es—dijo Maltrana—. Pero el que produce en la vida lo preciso y vulgar no alcanza nunca la fama del que fabrica lo superfino y agradable. Nadie sabe quién inventó el pan y quién tejió la primera tela. Ningún pueblo les ha levantado estatuas. Y crean ustedes que los inventores del pan, del paño y de la cocción de los alimentos fueron más grandes y dignos de gloria que los autores de todas las maquinarias de nuestra época.

—En la formación de los países americanos—insistió Zurita—ocurre lo que en los grandes edificios que ahora se construyen. Muy pocos ven el andamiaje interior de acero; ninguno desea conocer el nombre de los que trabajaron en los profundos cimientos. La admiración es toda para los adornos y «firuletes» de la fachada... Y quien asentó nuestros cimientos y levantó la parte sólida de nuestro palacio, fue España. Los otros pueblos han llegado mucho después, a la hora de los adornos y balconajes, para dar lo cómodo y lo lindo. Lo más duro, el trabajo ingrato y peligroso de albañilería, lo hizo «la vieja».

—Y cuanto más quieran ustedes elevar su edificio—dijo Ojeda—, cuanto más grandioso y solemne lo deseen, más tendrán que bajar en busca de los cimientos para reforzarlos, so pena de venirse abajo.

—Hay que haber vivido en el desierto—continuó el doctor—para darse cuenta de lo que trajeron con ellos los conquistadores y los servicios que prestaron a la civilización. Yo sufrí mucho al crear mis estancias, y sin embargo, pensaba: «Este caballo que me lleva de un lado a otro lo trajeron los españoles. Antes de venir ellos, no existía. Estas vacas y estas ovejas que puedo matar y comer las trajeron ellos también. La galleta que me llevo a la boca procede del trigo que ellos sembraron los primeros». Y no podía moverme en mi pobreza sin encontrar que las pocas comodidades que me rodeaban las debía a los atrevidos españoles que avanzaron y murieron en el desierto para que un día pudiese yo avanzar a mi vez. Y me preguntaba: «Pero ¿qué había aquí antes de que ellos llegasen? ¿Qué comía la gente?...». La gente era escasa, y para comer solo había maíz, mandioca y carne del huanaco. Esto a juzgar por lo que yo he visto en mi tierra. Dicen que en el Perú y en Méjico había mayores medios, porque era más numerosa la gente. Así debió ser, pero me temo que en los relatos haya mucha exageración de los hombres de pluma, cuentos maravillosos... lo que ustedes llaman «literatura».

Ojeda, que escuchaba pensativo, habló a su vez.

—Y hay que pensar, doctor, en los esfuerzos que costaría llevar al Nuevo Mundo cada uno de esos productos destinados a la aclimatación, en pequeños buques, con la gente hacinada.

Tripulantes y soldados dormían sobre las tablas. Los capitanes y personajes tenían por toda comodidad una colchoneta arrollada en el castillo de popa. Las provisiones eran saladas o avinagradas, para resistir los cambios de temperatura. Las grandes calmas del Océano hacían escasear con su larga inmovilidad la provisión de agua. Muchos vendían una a una sus prendas de ropa a cambio de algunos vasos de líquido terroso y recalentado, y llegaban desnudos al término del viaje. Y en medio de esta sed rabiosa, había que economizar líquido para dar de beber al caballo, al toro procreador, a la vaca de vientre, al naranjo en maceta, al olivo de plantel, a todas las novedades animales y vegetales que llevaban allá como tesoros, estimados en más que la vida de los hombres... Y como si no bastasen tantas tribulaciones, habían de abrirse paso a cañonazos entre los buques enemigos, ingleses, holandeses o franceses, que, según las variaciones de la política española, les salían al encuentro para impedir sus viajes.

—España—terminó Ojeda—dio a América todo lo que tenía, lo bueno y lo malo.

—Y no dio más porque no tenía más—dijo Zurita—. Los otros países no creo yo que tuviesen más que dar en aquellos tiempos... Pero nosotros, legítimos descendientes de los españoles, hemos heredado de ellos la mala lengua, la tendencia a hablar contra España y hacerla responsable de todo.

—Ahí tenemos al amigo Pérez—dijo riendo Maltrana, ese buen mozo subido de color que admira a Inglaterra hasta en sueños. Ése hace responsable a la madre patria de todo lo de América: de la sequedad o del exceso de lluvias, de la pereza de los indios, hasta de la escasez de ferrocarriles.

—La mala lengua heredada, es cierto—dijo Ojeda—. El individualismo orgulloso del español, que se cree defraudado por ser de su país y habla contra él a todas horas, convencido de que al nacer en otra tierra hubiese sido mucho más grande.

—Una injusticia—dijo Zurita—es también hablar tanto de la crueldad de los españoles con el indio. ¿Cómo civilizar una tierra sin barrer antes la gente que la ocupa si es que se opone a esa civilización?... En la antigua América española, los pueblos más adelantados son ahora aquellos que tienen menos indios. En los Estados Unidos quedan tan pocos, que los enseñan en los circos como una curiosidad. En mi país sólo se encuentran en las fronteras del Norte, y cada vez son menos. Chile ya no guarda más que una muestra de los antiguos araucanos.

—Es curioso—dijo Maltrana volviendo a sonreír—. Casi todas las repúblicas americanas, en su odio a España, han cantado al indio primitivo, que hizo frente a los conquistadores, pintándolo como un héroe poseedor de todas las virtudes. Pero muchas de esas repúblicas, después de su independencia, se han dedicado a matar al indio, a suprimirlo con una crueldad más fría y razonada que la de los virreyes y gobernadores, a organizar el exterminio metódico y el reparto de los niños, para que no quedase ni simiente... Nietos de gallegos y vascongados han cantado los intentos de rebelión de los indios contra la metrópoli, viendo en ellos los primeros vagidos de la Independencia, cuando no fueron más que revueltas de razas, sublevaciones de color. En el caso de triunfar los indios, lo primero que hubieran hecho es dar muerte a los criollos blancos, abuelos o padres de los caudillos de la emancipación americana.

—Yo no soy de ésos—protestó el doctor—. Yo creo que el principal defecto de la colonización española fue su empeño en transformar al indio, en hacerlo cristiano: empresa difícil y de escasos resultados. Vean el ejemplo de las grandes naciones modernas: cuando les estorba su paso un pueblo refractario, lo suprimen... Inglaterra, con su virtud protestante y su lagrimeo bíblico, ha borrado del planeta razas enteras. España no pudo hacerlo. Tenía que poblar un hemisferio, le faltaba gente para tanta extensión, y hubo de transigir con los naturales. Además, hay que tener en cuenta el espíritu devoto y la perniciosa facilidad del español para engancharse con la primera india que le salía al paso y constituir con ella santa familia cargada de hijos. Los pueblos modernos, cuando conquistan un país, envían remesas de mujeres blancas para que los colonizadores no malgasten la semilla nacional en mestizamientos. Y si a pesar de esto surge el mestizo, no lo reconocen.

—El conquistador—dijo Maltrana—, aconsejado por el sacerdote, creyó vivir en pecado mortal si no se casaba con la madre de sus hijos, y a veces la manceba india, por obra de las hazañas de su marido, llegaba a ser doña Inés, doña Luz o doña Violante con escudo nobiliario y gobernación de tierras.

—En los Estados Unidos—dijo Ojeda—, la gente europea se mantuvo en su pureza blanca, y por eso llegó adonde ha llegado. Cada uno, al emigrar, se llevaba su mujer, y los casamientos se hacían siempre dentro de la raza. Pero aquella tierra está, como quien dice, a las puertas de su antigua metrópoli, los viajes eran más rápidos, más frecuentes, y mayor el trasplante de personas. Además, vivieron mucho tiempo concentrados en las costas, dejando el resto del país a los salvajes, avanzando lentamente, con paso seguro, hasta que, casi en nuestra época, de un solo golpe se desbordaron por la enorme extensión, decididos a acabar con el indio, refractario a la cultura; y el indio acabó... España, desde el primer momento quiso verlo todo, explorarlo todo. Sus primeros descubridores estuvieron en sitios a los que luego no ha vuelto ninguna persona civilizada. Y este esparcimiento loco de fuerzas disgregadas y curiosas tuvo como consecuencia, en muchos lugares, que en vez de hacerse el indio español, fue el español el que se hizo indio, sumándose por el amor y las relaciones de familia a la raza que intentaba dominar.

—Así les va a los pueblos de tal origen—dijo sonriendo el doctor—. Yo, mis amigos, tengo opiniones muy personales en lo que se refiere a los países de América. Soy americano, pero no indio. Cuando veo una nación donde la gente es blanca en su mayoría, me digo: «Éstos trabajarán en paz, y seguramente irán lejos.» Cuando veo por todas partes caras cobrizas y pelos de cerda, tuerzo el gesto: «Mal; éstos sólo pueden dar de sí enredos, politiqueos, una vanidad ridícula, revoluciones para ocupar el Poder, bailes, músicas y versos... muchos versos...».

Los dos amigos rieron al oír las últimas palabras del doctor.

—Yo he trabajado en el campo—continuó éste—, y sé por experiencia que sólo puede emprenderse un negocio con trabajadores de raza blanca o con emigrantes de Europa, que conocen el valor del dinero, ahorran y tienen un concepto exacto de los deberes de la vida. ¡Lo que me han hecho sufrir indios y mestizos!... Trabajan de un modo loco cuando les acosa el hambre, pero apenas cobran una semana, desaparecen para ir a emborracharse y le dejan a usted plantado. ¡Cómo llevar adelante una empresa con tales auxiliares!... Más de una vez he envidiado a los conquistadores, que, con arreglo a las costumbres de su época, podían dirigir palo en mano a unas gentes incapaces de un trabajo serio y continuo. Sólo el que ha colonizado puede comprender la conducta de aquellos españoles. Tuvieron que implantar la civilización de su época sin otra ayuda que la de unos niños grandes que únicamente se mueven a impulsos del temor. Los doctores, que viven en las ciudades y todo lo han encontrado hecho (sin saber ciertamente cómo se hizo), pueden permitirse sensiblerías y declamaciones.

Hablaron después de esto de los «grandes crímenes» de los conquistadores.

—Eran gente dura, violenta—dijo Ojeda—, y hasta entre ellos mismos dirimían con sangre sus cuestiones. Pero no eran mejores ni peores que los hombres de espada que en los mismos años hacían la guerra en Europa. ¡Es curiosa la injusticia del mundo con los conquistadores de América!... Algunos los describen como monstruos excepcionales de maldad, algo de que no hay ejemplo en la Historia; y un siglo después que ellos realizasen su conquista, se desarrollaban en el corazón de Europa la guerra de los Treinta Años y otras guerras de religión, con degüellos en masa de pacíficos campesinos y quemas de pueblos enteros con todos sus habitantes...

—Igualmente son ridículas—dijo Maltrana—las lamentaciones por el trabajo de los indios en las minas. Cualquiera creerá que sólo trabajaban ellos. El indio servía para el arrastre de los minerales, como hoy mismo sirven los hombres libres en las minas que carecen de maquinaria. Pero con el indio trabajaban obreros españoles, mineros enviados de la Península, que sufrían tanto o más que ellos... Siempre tendrá la humanidad que realizar, para vivir, pesados trabajos, abrumadoras funciones. Hoy, después de tanta civilización, centenares de miles de blancos sufren igualmente en las minas, y es injusta esa sensiblería que se calla cuando la víctima es uno de su raza y sólo se enternece cuando el que pena es de otro color... Como España estuvo gravitando sobre Europa durante siglo y medio y dejó resentidos por su dominio a muchos pueblos, no ha habido mentira ni exageración que la venganza haya dejado de lanzar después contra ella.

—Gran cantidad de las patrañas que circulan sobre nuestras colonias—dijo Ojeda—son obra de un editor. Los libreros tuvieron gran influencia en la historia de América. Su mismo título (con menosprecio de Colón) se lo dio un librero de la frontera francesa, el editor de las cartas de Américo Vespucio. Y muchas de las mentiras que circulan con un carácter tradicional contra los españoles coloniales las inventó un librero flamenco.

Era Teodoro de Bry, impresor de Lieja, que de 1570 a 1602 estuvo publicando libros y estampas para alimentar en Europa la curiosidad por los sucesos de las Indias y el odio a España, dominadora del viejo mundo en aquel entonces. El buen flamenco hizo obra patriótica desacreditando por todos los medios a los españoles les que gobernaban su país. Pero esta obra apasionada fue indigna de la credulidad que le dispensó la ignorancia general. Las afirmaciones del editor Bry, que jamás estuvo en las Indias, que imprimió todo cuanto le ofrecían siempre que fuese contra España, y vivió un siglo después del descubrimiento, se aceptaron con el mismo respeto que si fuesen documentos de testigos presenciales. Inventó retratos de Colón, e inventó igualmente ridículas historias sobre la vida del Almirante y la injusticia y crueldad de los españoles.

—El librero Bry—continuó Ojeda—fue el autor de ese cuento soso e imbécil sobre «el huevo de Colón»... ¡La suerte de ciertas tonterías! Muy pocos conocen lo que fue el descubrimiento ni tienen una idea aproximada de Colón; pero todos saben la perogrullada del huevo, fábula insulsa digna de un ingenio flamenco.

—Cierto es—dijo Maltrana—que una buena parte de lo que se ha propalado contra los españoles de América se inventó en Europa por gentes que nunca estuvieron allá. Algunos autores americanos del siglo xviii protestaron de la exageración de esas invenciones, pero su voz no tuvo eco. Luego, al iniciarse la Independencia, los revolucionarios americanos adoptaron como suyas muchas de las afirmaciones europeas, aceptándolas a ojos cerrados con el apasionamiento de la lucha, y aún colean los tales embustes en la enseñanza que se da en las escuelas del Nuevo Mundo.

—Al empezar la decadencia de nuestra patria—añadió Fernando—, de Italia, de Flandes, de Holanda, de Alemania, de Inglaterra y de Francia, países que tenían mucho que vengar, pues durante siglo y medio les había molestado enormemente la preponderancia española, llovieron volúmenes hablando de las grandes crueldades sufridas por los indios. Rousseau puso de moda el hombre primitivo, libre en plena Naturaleza, y los indígenas americanos fueron el tipo perfecto de la víctima aprisionada y desfigurada por la civilización. Abates folicularios, para halagar al público, lloraban sobre la desgracia de unos pobres indios que sólo habían visto pintados en estampas lo mismo que mascarones de Carnaval.

—El barón de Humboldt—interrumpió Maltrana—, el único extranjero de capacidad que vio de cerca la América de entonces viajando por casi toda ella, decía que los indios gobernados por la autoridad colonial, torpe y formulista, pero a la vez tolerante y floja, bien podían ser envidiados por los campesinos de Europa, que vivían con mayor miseria, y especialmente por los campesinos de Francia antes de la Revolución... Muchos de los crímenes coloniales, que fueron a la misma hora crímenes de todo el resto del mundo... ¡literatura, pura literatura!

—No lo tome usted a broma—dijo Ojeda—. La literatura entró por mucho en eso. Cuando se inició en América el movimiento de emancipación, Chateaubriand reinaba sobre el mundo y Atala era el libro sublime. «¡Triste Chactas!», cantaban con voz llorosa acompañadas de arpa o de guitarra todas las damas de ambos hemisferios. Y el indio de moda, interesante, gallardo y filosofador, era para los revolucionarios un argumento más contra la tiranía española.

—Y lo gracioso fue—dijo Maltrana—que el indio, en casi todos los países de América, en vez de irse con la revolución, que lo compadecía y ensalzaba, se mantuvo aparte de ella o defendió hasta el último momento al rey, formando en los ejércitos monárquicos, donde por cada soldado peninsular había cuarenta o cincuenta de color. Y terminada la revolución, al verse vencedores los enemigos de la tiranía, se dieron buena prisa en acabar con el «triste Chactas», pasándolo a cuchillo en muchos países de nuestra América, quemando sus tolderías, repartiéndose a sus hijos, o mezclándolo en las luchas civiles para que fuese carne de cañón.

Otra vez volvieron a hablar de los primeros conquistadores. Al iniciarse su éxodo, el pueblo español estaba en el apogeo de su vigor. Siete siglos de pelea continua con el moro habían virilizado sus costumbres. Hombres de guerra jugaban a detener una muela de molino en plena rotación. Otro, con una cortesía de gigante, arrancaba en una iglesia la pila de agua bendita para que mojase con más comodidad sus dedos una dama de baja estatura. Todo español era soldado. Las continuas algaradas, cabalgadas y rebatos en los límites de los reinos musulmanes y cristianos obligaban al labriego a arar la tierra con las armas prontas. Una operación agrícola costaba muchas veces una batalla. El árabe le enseñó a cabalgar en corceles indómitos; la tradición del país, que databa de los auxiliares de Aníbal, hacía de él un peón infatigable. La lucha de guerrillas, sorpresas y emboscadas, armado a la ligera, le preparó para buscar en las selvas de América al enemigo escurridizo, invisible y de golpe certero.

Semejantes a los legionarios romanos, que lo mismo peleaban en tierra que en el mar, los aventureros de la conquista fueron a la vez navegantes, jinetes incansables en las pampas inmensas y duros andarines de las selvas vírgenes, sufriendo los rasguños de la espinosa vegetación, el acecho de los indios, la acometida de las fieras los tormentos del hambre y de la sed. Algunos que desembarcaron en Méjico acababan por establecerse en los confines de la Patagonia. Otros, abandonando la vida regalada a orillas del Pacífico, lanzáronse a través de bosques y desiertos, siguiendo el curso de ríos como mares, para salir al Atlántico por las bocas del Amazonas. El pie incansable valía tanto en ellos como la mano férrea y el ojo de pájaro de presa.

El hambre, un hambre que sólo podía sufrir el español, habituado a las sobriedades de su raza, le acompañó en sus exploraciones por las peladas altiplanicies de los Andes y las llanuras pantanosas sin término. Aventurábase en desiertos de los que parecía haber huido toda vida animal. El cielo de triste azul relampagueaba y temblaba cargado de electricidad, sin soltar una lágrima de lluvia; el suelo de bronce no permitía que la más leve brizna de hierba adornase sus peñascales; la llama y la vicuña torcían su carrera de trote femenil para no internarse en esta desolación, glacial unas veces, tórrida otras. Ni una planta ni una bestia se encontraban en las soledades de leguas y leguas... Y por allí pasó el hombre, por allí caminó sin guía el aventurero español, a impulsos de su heroica ignorancia, que le hacía marchar en línea recta, siguiendo el revoloteo ilusorio de la Quimera, siempre en busca de las montañas de oro.

Unos eran estudiantes mal avenidos con las bayetas escolásticas o mozos de labranza que, deslumbrados por el mágico esplendor de las Indias, se improvisaban guerreros en las tierras nuevas. Los más eran combatientes de las guerras de Europa, segundones de ilustres casas, hidalgos pobres que habían hecho su aprendizaje en los tercios de Italia y de Flandes y asistido al saco de Roma: soldados orgullosos de sus hazañas y un tanto indisciplinados, que consideraban a sus jefes como iguales. Cada uno de ellos era capaz de tomar el mando, y en momentos difíciles, obrando por cuenta propia, remediaba las faltas de su caudillo y obtenía la victoria. Su orgullo estaba acostumbrado al respeto y al miedo del capitán. Cuando éste no podía ahorcarlo, lo halagaba cortesanamente. Los generales llamaban en España a sus gentes «señores soldados». El duque de Alba, acostumbrado a tratar con fiereza a reyes y papas, apellidaba a los guerreros de sus tercios «Muy altos y poderosos hijos», ponderando «el gran amor y afición que les tenía».

Y de entre estos hombres de guerra altivos, crueles y caballerescos, que paseaban su arcabuz como un cetro, su casco abollado como una corona, sus harapos como una gloria, surgían Ercilla, Cerotes, Calderón y tantos otros ingenios. En pacto eterno con el hambre y la pobreza, condenados desde mozos a ver sus hazañas mal recompensadas y sin otro porvenir que una vejez de mendicidad, podía sin embargo el más humilde de ellos, si le ayudaba la suerte en las Indias, convertirse en señor de luengas tierras y virrey de un Imperio.

—La literatura—dijo Ojeda—influyó mucho más de lo que creen en la empresa de la conquista. Los años que siguieron al descubrimiento fueron de gran difusión para las lecturas heroicas, difusión que duró un siglo, hasta que Cervantes escribió su famosa obra.

En 1492 se imprimían por primera vez los libros de caballerías; Nebrija publicaba la primera gramática castellana; se representaban en corrales y atrios de conventos las primeras farsas; caía Granada y se embarcaba Colón. Todo en un año: el descubrimiento de un mundo nuevo, la unidad nacional, el nacimiento del teatro, la formación y reglamentación definitivas del lenguaje y la popularidad, por medio de la imprenta, de los libros de caballerías, que en costosos infolios caligráficos sólo habían servido hasta entonces de recreo a opulentos magnates como don Alvaro de Luna... El hidalgo pobre, el mozo camorrista, el viandante aventurero, conocieron por sus propios ojos las sergas del caballeresco Amadís y gritaron de entusiasmo con las hazañas de Palmerín y Tirante el Blanco.

—Las almas sensibles y creyentes—continuó Fernando—paladearon las gestas del místico guerrero Perceval y los amores del caballero Tristán de Leonis con la infortunada reina Iseo, historias de amor y de muerte de los trovadores medievales, que en nuestros días ha remozado Wagner como argumentos de sus poemas... Las veladas en ventas y mesones discurrían ligeras en torno del candilón, que trazaba un círculo rojo sobre las páginas de la maravillosa historia impresa. Un estudiante de clérigo o un bachiller leía en alta voz, rodeado de un círculo de caras cetrinas, con el ceño fruncido y la boca palpitante de emoción... Uno de los venteros del Don Quijote declara como la mejor joya de su casa los viejos libros de caballerías olvidados por un caminante.

Estas historias disparatadas y heroicas agrandaban los ánimos, quitando toda significación a la palabra «imposible». Los más de los lectores y auditores llevaban espada al cinto, y al enterarse de las desaforadas batallas con gigantes partidos por mitad, dragones despanzurrados, fugas de inmensos ejércitos de malandrines, endriagos y salvajes, vencimiento de terribles encantadores y liberación de princesas cautivas, pensaban con emulación y envidia: «Lo mismo haría yo si se presentase la ocasión. Pero... ¿adónde ir?... ¿Cómo empezar?».

Los caballeros aventureros con existencia real conocidos de las gentes, el valiente Juan de Merlo, rompedor de lanzas en la corte de Borgoña, o los peleadores del «paso honroso» con Suero de Quiñones, habían vagado de corte en corte sin mayores hazañas que los torneos. ¿A qué parte del mundo caían las ínsulas y tierras de encantamiento para los hombres ansiosos de maravillosas aventuras?...

Y mientras toda una generación soñaba con los ojos puestos en el libro y una mano en la cruz de la tizona, íbase agrandando el radio de los argonautas al otro lado del Océano. Detrás de las islas de recientes desengaños extendía la inmensa tierra firme un mundo de misterios. Los que volvían de allá, adornado el casco con raros plumajes, hablaban de ejércitos de hombres cobrizos y fieros que sacaban el corazón a los enemigos para ofrecerlo a sus dioses; de esbeltas y ligeras amazonas con sólo un pecho, para tirar mejor del arco; de tritones mostachudos en los ríos, sirenas en las desembocaduras, perlas en los golfos y grandes bloques de oro nativo, del que enseñaban fragmentos... ¡Las ricas ínsulas no eran ficciones de los libros! ¡Había tierras en las que un paladín podía crearse un reino a golpes de espada!... Y la juventud corrió a llenar con sus armas y sus ilusiones las naos de Sevilla y Cádiz; y una vez en el otro mundo, empezaban la epopeya de los «navegantes de tierra firme», más dolorosa y más heroica que la de los navegantes del mar.

En las selvas de América, nunca exploradas, vieron hipógrifos, licornios y grifos iguales a los de los amados libros; las mordeduras de serpiente no eran mortales si se les aplicaba una amatista; la piedra bezoar sanaba todas las dolencias, y el mismo Carlos V pedía para las suyas este remedio encantado de los conquistadores. Árboles misteriosos daban la muerte a todo el que descansaba a su sombra, y otros sugerían dulces sueños de embriaguez. Grupos de hombres armados, sin más guía que el indio mentiroso y fantaseador o el eco de una tradición confusa, iban de la Florida a la Patagonia, del Callao a la desembocadura del Orinoco, en busca del valle de Jauja, lugar paradisíaco de delicias y harturas, del Imperio de las Amazonas, de la «Ciudad de los Césares», áurea metrópoli que nadie vio jamás, o de la Fontana de Juventud, suprema esperanza de los conquistadores de barba canosa que sentían decaído su vigor. Pedro de Alvarado tenía que luchar contra los conjuros de una india gorda, temible hechicera igual a las encantadoras de los poemas antiguos. En un combate mataba de una lanzada a un águila verde que pretendía sacarle los ojos, y al caer, el ave de presa tomaba la forma de un indio muerto. Era un cacique que, merced a los encantamientos de la bruja, se había convertido en águila para cegar al conquistador.

Hombres razonables y equilibrados no hubieran seguido adelante. Una visión ordinaria de la realidad les habría impulsado a retroceder o a tenderse en el suelo, desalentados. Pero la ilusión, sirena encantadora, coleaba en el aire junto a estos locos heroicos en sus horas de desfallecimiento.

Cuando en las altiplanicies estériles marchaban casi arrastrándose, las entrañas roídas por el hambre y las piernas petrificadas por el frío, la esperanza, como un relámpago, reanimaba su vigor. Tal vez al trasponer la próxima altura verían entre las nieves un valle frondoso con palacios chapados de oro. ¿Por qué no?... Visiones más portentosas habían salido al encuentro de los paladines en tierras de misterio. Y tirando del cinturón para correr la hebilla unos cuantos puntos, acallaban de este modo el estómago hambriento y seguían adelante con el mosquete al hombro, el talle gentil y la ilusión aleteando ante sus ojos.

El oro, que huía de ellos en las cumbres, los aguardaba sin duda en los profundos valles de asfixiadora torridez, como rayos de sol petrificados por el suelo ardiente. Y en busca del gran rey que todas las mañanas, luego de bañarse en el lago sagrado, se revolvía en montones de polvo de oro, cubriéndose de pies a cabeza con esta costra deslumbrante, avanzaban los aventureros por pantanos infinitos, hundiéndose en el légamo con la pesadez de sus armaduras, chapoteando como hipopótamos de acero en un fango de siglos.

Marchaban días, semanas, meses, por la llanura casi líquida. Dormían sobre troncos caídos, teniendo que espantar en mitad del sueño la vecindad de los caimanes. Guisaban su alimento sobre un trípode de ramas, devorando con fango hasta el pecho el ave acuática o el lagarto mal chamuscados. Un paso en falso les bastaba para desaparecer. La mala alimentación y las calenturas hacían de ellos feroces espectros enfundados en mortajas de hierro.

La desgracia y el ansia de vivir los convertían en seres crueles, sin misericordia. La muerte iba con ellos y para ellos. No sólo habían de defenderse de la hondonada invisible, de la mandíbula del saurio y el colmillo del reptil: el guía, el indio que marchaba a su lado, era un enigma inquietante. Imposible adivinar la verdad en la mueca servil de su mascarón cobrizo. Muchas veces, cuando más descuidado caminaba el hombre invencible, el hombre de acero con el trueno al hombro, los indígenas caían sobre él, lo enlazaban entre las lianas de sus brazos, y juntos chapuzábanse en la laguna como racimo de miembros palpitantes, contentos de perecer a cambio de ahogar al blanco.

Los que por benevolencia de la muerte desafiaban impávidos el clima, el hambre, los hombres y las fieras continuaban su avance, viendo en tanta miseria una preparación necesaria para obtener la gloria y la riqueza. Les aguardaba al otro lado del pantano o de la selva la ciudad de encantamiento, con sus techos deslumbrantes y un monarca poseedor de montañas de esmeraldas, que acabaría por darles su hija más hermosa y con ella todos sus tesoros. Tal vez en el último momento les cortase el paso algún dragón de siete cabezas vomitando llamas; pero ellos se encargaban de rajarlo con la buena espada de Toledo y la ayuda de su patrón el señor Santiago.

—Tal era la influencia del libro de caballerías—continuó Ojeda—, que el emperador Carlos V dio un decreto prohibiendo la importación y lectura de tales obras en las Indias. Los aventureros de espíritu caballeresco, afligidos por los abusos de los gobernadores, ejercían la justicia por su mano, lo mismo que el hidalgo manchego. Tomando ejemplos en los libros, formábanse en las nacientes ciudades de las Indias corporaciones caballerescas, cuyos individuos, con el título de «conjurados», se comprometían a defender con la espada los derechos de la viuda y el huérfano y a combatir las injusticias del poderoso.

El conquistador se adaptó a la nueva tierra y a las costumbres del indígena con asombrosa prontitud. El individualismo español encontraba un encanto irresistible en la vida errabunda del indio, con pocas leyes, ninguna autoridad, escaso trabajo, continuo viaje y un solo afecto: la familia.

—Así fue—dijo Maltrana—. En todas las historias de la conquista se habla de expediciones de españoles que descubrieron compatriotas procedentes de una expedición anterior, los cuales llevaban varios años viviendo entre los indios. Un naufragio, un retraso en la marcha, un combate desgraciado, les hacía caer prisioneros, y si libraban la piel en el primer momento, acababan por hacerse de la tribu y constituir familia. Los españoles encontraban con asombro al mozo de Sanlúcar, de Triana o de un pueblecillo de Extremadura con el pecho pintarrajeado, corona de plumas y un anillo en la nariz, apoyado fieramente en su arco y barboteando trabajosamente un castellano que casi había olvidado. Lloraba al recordar la Virgen de su tierra, pero cuando los compatriotas le incitaban a seguirles, sus lágrimas eran de desesperación. «¡Ay, no! ¿Y la familia?...» Y presentaba a la respetable compañera cobriza, con ojos de diablo y mejillas cubiertas de chafarrinones, y tras ella, la nidada de mesticillos, ágiles como gamos, con panzas ávidas de sepultar todo lo viviente.

Con igual facilidad se adaptó el soldado español a la guerra indígena. Los pasos de los ríos, las lagunas infinitas, las lluvias torrenciales, la dificultad de conservar la pólvora, hicieron cada vez más escasas las armas de fuego. La lanza, la espada y la rodela acompañaron al conquistador en sus expediciones de tierra adentro. El combate, para los viejos soldados que habían conocido las batallas más famosas de Europa, fue en adelante la «guazabara». La táctica, contenida en la Milicia Indiana, de Vargas Machuca, consistió en dar la «trasnochada» y dar el «albazo», o sea sorprender al enemigo astuto y escurridizo en plena noche o al romper el día. El aventurero sustituyó las botas guerreras por la alpargata o la abarca de piel de potro; la coraza por el peto acolchado de algodón, que le servía de almohada durante la noche; el casco por el morrión de cuero; la capa por el poncho indiano.

—El indio vino al fin a él—interrumpió Zurita sonriendo—, pero él hizo la mitad del camino yendo hacia la hembra india. Y el resultado de este encuentro fue una raza nueva, todo un mundo: la América que hoy conocemos.

Ojeda había quedado absorto desde mucho antes, sin oír lo que decían Isidro y el doctor. Resucitaba en su memoria la conversación que había tenido con Mina aquella misma tarde, y el recuerdo de la artista evocaba el de Wagner y sus héroes. ¿Por qué pensaba en esto?... «Tal vez—se dijo mentalmente—porque esos conquistadores fueron héroes de epopeya, héroes en plena Naturaleza, como los del poema nibelúngico...»

Su vaguedad imaginativa fue contrayéndose, hasta dar forma a figuras precisas. Vio a Wotan, el dios majestuoso y débil, forzado a castigar con momentánea cólera a la hija desobediente. «Padre—implora sollozando la walkyria—, ya que me has excluido de la raza de los dioses y como débil mujer he de dormir sobre esa roca hasta que el primero que pase se apodere de mi virginidad, ¡que no sea yo la esposa de un débil mortal, de un cobarde!... Evítame esa afrenta... Si en los brazos de un hombre he de caer esclava, haz que la llama surja en torno de mí al eco de tu palabra; rodéame de un baluarte de fuego, para que sólo un héroe de corazón firme y fuerte, valiente como un dios, pueda despertarme y hacerme suya.»

Igual a Brunilda, la virgen morena había dormido, no años, sino siglos, guardada en su letargo por la azul extensión de los océanos, más insalvable que las barreras de llamas. Sólo un héroe de corazón fuerte podía despertarla... Y al oír los pasos férreos del conquistador, los ojos de la india virgen parpadearon, extendió los brazos, y sus pechos vinieron a aplastarse sobre el peto de una armadura.

Era el héroe prometido; el amor que despierta bajo la caricia del guantelete metálico; el abrazo fecundador acompañado en sus temblores por un tintineo de armas.

Y para llegar hasta ella, el héroe no había tenido que combatir el obstáculo del fuego, que se salva con sólo un impulso de coraje... Su firmeza y su paciencia habían sido tan grandes como su valor ante los océanos que desalientan por su inmensidad; las montañas que crecen y se repiten así como se va avanzando por sus rugosidades; los bosques obscuros y laberínticos, en los que se pierden la luz del sol y las huellas de los pasos; las llanuras desoladas que no terminan nunca.

VIII

La víspera del paso del Ecuador, al penetrar la luz del alba en las entrañas del buque, fue esparciéndose con ella una melodía suave de metales discretos, una música con sordina que sólo aspiraba a despertar levemente a los pasajeros, para que reanudasen el sueño con mayor placer.

Avanzaban los músicos quedamente a lo largo de los corredores todavía iluminados por la luz eléctrica, y deteniéndose en un cruce, embocaban sus instrumentos, repitiendo la solemne alborada.

Los durmientes se agitaban en sus lechos. Todos sabían lo que significaba esta música oída entre sueños. El Coral de Lutero. Era domingo, y el buque protestante lo anunciaba a sus gentes con este salmo instrumental, que recordaba a muchos una ópera de Meyerbeer.

Se apagó al fin la música, sin otra consecuencia que haber turbado durante algunos minutos los ronquidos de los pasajeros, llamados inútilmente a la meditación y la plegaria. Pero transcurridas cuatro horas, un espectáculo extraordinario hizo salir a muchos de sus camarotes antes que de costumbre.

Las señoras sudamericanas, vestidas de negro, con sombreros del mismo color y un velo ante los ojos, subían la escalinata de caoba con dirección a los salones, pasando entre los camareros agachados y en manga de camisa que fregoteaban peldaños y balaustres. Todas marchaban con los ojos bajos y cierto encogimiento, como si acabase de ocurrir en el buque algo extraordinario y triste que entenebrecía el esplendor de la mañana tropical. Entre las manos enguantadas de negro llevaban pequeños libros encuadernados en oro y nácar. Tras ellas venían los hombres de la familia con aire de burgueses endomingados que asisten a una ceremonia fatigosa e ineludible. Los trajes blancos, los cuellos flojos, las gorras de viaje, los zapatos de lona, no aparecían esta mañana.

Isidro se encontró en un rellano de la escalera con el doctor Zurita, que marchaba cual un pastor majestuoso, respetado y jamás obedecido, tras el rebaño femenil de su familia: señora, cuñadas, suegra e hijas. Un cuello recto y esplendoroso remontábanse en él desde la corbata negra a las orejas. Batían sus piernas los faldones de un chaqué, prenda incómoda en la región ecuatorial, que gravitaba sobre sus espaldas con la pesadumbre de una coraza, moteando sus sienes y bigote de perlas de sudor. Al ver a Maltrana le dirigió una sonrisa de resignación, señalando al mismo tiempo con los ojos el término de la escalera, los salones, hacia los cuales marchaba siguiendo el fru-fru majestuoso de las faldas.

Algunos pasajeros alemanes, vestidos de blanco con descuido matinal, subían a la cubierta de paseo y miraban un instante por las ventanas de los salones. Luego se dirigían hacia la popa discretamente en busca de las tertulias que empezaban a juntarse en el fumadero, como hombres que sorprenden una reunión de familia y no quieren molestarla con su presencia.

El mayordomo permanecía junto a la escalinata, recomendando silencio en las tareas de limpieza, evitando el choque de los cubos, las ruidosas frotaciones, haciendo hablar a los camareros en voz baja, lo mismo que si estuviesen en la habitación de un enfermo.

Un repiqueteo de campanilla surgió del último salón, amortiguado por las cerradas vidrieras. Isidro, que había subido al paseo, miró por una ventana. «Lo mejor del buque» estaba allí, oprimido, amontonado ante la plataforma de los músicos. Las señoras, en primer término, ocupaban las sillas, y detrás de ellas los hombres, de pie, codo con codo, llevándose el pañuelo a la frente sudorosa. Giraban los ventiladores, y sobre las negras filas de pechos femeninos mariposeaban los abanicos con incesante aleteo.

Maltrana fijó su mirada entre las dos columnas de la plataforma, allí donde ordinariamente había una especie de mostrador encristalado lleno de tarjetas postales y «recuerdos de viaje» que vendía el mozo del salón encargado de la biblioteca. El tal mostrador había desaparecido bajo un mantel lleno de puntillas. Dos candelabros con cirios crepitaban en la mañana esplendorosa sus luces incoloras y sin fuego; un crucifijo de porcelana ocupaba el centro.

Ante el altar improvisado erguíase el obispo, cubierto con una casulla de oro y albas vestiduras que aún guardaban los pliegues del encierro en la maleta. Arrodillado a sus pies estaba el abate, con las barbas fluviales tendidas sobre el negro delantero de su sotana. Todos los ojos iban hacia él: sólo la familia de La Boca seguía con mirada amorosa los movimientos de Monseñor al decir la misa.

El conferencista, a pesar de su modesta situación de ayudante, era admirado por muchos, como esos grandes actores que, aun permaneciendo mudos en un extremo de la escena, consiguen mayor atención que los que hablan y gesticulan en primer término. Cuando su voz abaritonada respondía a las palabras del obispo, había en ella tal encanto y tanta autoridad, que las buenas señoras se lamentaban de que estas contestaciones fuesen breves. Y él, convencido de su éxito, se empequeñecía, se humillaba ante el oficiante, como un simple acólito, mirando algunas veces al público con el rabillo del ojo para que no perdiese ni el más pequeño detalle de su religiosa abnegación. No había querido dar la conferencia, pero ofrecía algo más interesante: el espectáculo de un grande hombre, cuyos retratos figuraban en los periódicos, ayudando la misa de aquel obispo obscuro, que parecía aturdido por tal honor.

Abandonaba a veces el abate su actitud encogida, para dirigir al oficiante como un maestro. Todos los objetos del culto eran suyos: el sagrado mantel, la casulla, el cáliz de piezas enroscadas y las divinas Formas. Este hombre extraordinario, aleccionado por la experiencia, no olvidaba nada en sus viajes. En una maleta, los periódicos ilustrados con sus biografías, los libros que había escrito y los retratos que debía regalar con dedicatorias; en otra, los artículos de la misa, guardados en estuches con forros de terciopelo, bien cuidados, desmontables y limpios, como útiles profesionales.

Una cabeza avanzó junto a la de Maltrana, pegándose al vidrio, al mismo tiempo que un codo tocaba el suyo. Era Ojeda.

—¿Está usted oyendo misa?...

—No, Fernando. Pensaba en los caprichos de la suerte histórica; en cómo la casualidad puede llevar a las gentes por los caminos más diversos... Mire usted con qué devoción siguen esas damas el curso de la misa. Algunas hasta tienen húmedos los ojos. Una misa en pleno Océano, ¡figúrese usted!... Y pensar que si América la descubren los ingleses, o el gran Carlos y se deja convencer en Worms por el frailecillo Martín, toda esa gente estaría a estas horas con una Biblia en la mano cantando salmos con acompañamiento de armónium.

En otras ventanas apretábanse contra los vidrios las cabezas rubias de varios niños. Con la boca abierta y un pliegue vertical entre las cejas, contemplaban ansiosos las genuflexiones y manejos del hombre dorado y los gestos del hombre negro que le seguía en todas sus evoluciones. Eran pequeños alemanes que por primera vez veían una misa.

Maltrana examinaba el público amasado en el salón.

—Gran concurrencia—dijo—. Ninguna fiesta de a bordo ha reunido a tanta mujer. Hasta veo tres coristas que se han vestido de negro con ropas prestadas por las amigas. Son polacas... Y más allá, mire usted a doña Zobeida envuelta en su manto americano, y a nuestra amiga Conchita con mantilla española... En el centro está Nélida, una Nélida que parece otra, humildita al lado de su madre, con la cabeza baja, sin nada llamativo, húmedos los hermosos ojazos. ¡Pobrecilla! En ella las impresiones son tan fugaces como intensas. Está emocionada por el espectáculo. Un poco más, y rompe a llorar... Pero vámonos de aquí; estamos molestando. Don Carmelo, el de la comisaría, que está al lado del abate para ayudarle, nos ha mirado varias veces. Las respetables matronas levantan la cabeza, y yo debo velar por mi reputación. No quiero que digan que Maltranita es un impío. Esa reputación sirve a veces en Europa, pero en América da muy poco.

Se apartaron de la ventana para emprender un paseo por la cubierta, solitaria en aquellos momentos.

—Ahí verá usted—dijo Isidro a los pocos pasos, continuando de viva voz el curso de sus reflexiones—la gran diferencia de lo imaginado a lo real. ¡Cuántas veces he leído yo la descripción de una misa en alta mar! Usted mismo, poeta, si se propusiese hacer unos versos sobre esto, ¡qué de cosas bonitas diría!... El augusto silencio; el Océano recogiéndose para presenciar mejor la divina ceremonia; la mañana esplendorosa, las gentes llorando, un hálito celeste descendiendo sobre el buque cual música angélica... Y fíjese en la realidad: no hay más música que la de los ventiladores y abanicos; los hombres chorrean sudor y miran a las puertas deseando huir; abajo suenan los platos y los tenedores de los herejes, que toman su primer almuerzo; en la proa y en la popa gritan, juran y cantan los emigrantes; los camareros suben y bajan las escaleras con sus útiles de limpieza... No; decididamente, no hay poesía religiosa en estos buques modernos.

—Procure no repetir tales cosas en presencia de sus amigas—dijo Ojeda con el mismo tono zumbón—. Como usted afirmaba antes, la impiedad da muy poco en América, y el catolicismo es algo que dejó muy arraigado en las mujeres la educación española. Los hombres son indiferentes, son incrédulos, pero jamás se atreven a ser impíos. Para eso hay que pensar, y su pensamiento lo ocupan por entero los negocios.

Otra vez, como en la tarde anterior, surgió en su conversación el recuerdo de los conquistadores, pero por breves momentos. El hombre de presa, el navegante de espada, había sido en muchas ocasiones un místico. Al sentirse fatigado de aventuras y glorias, desceñíase la tizona, abandonaba el corselete y se cubría con el hábito de fraile. Otras veces, en plena juventud, bastaba un revés de fortuna, un desengaño de amor, para que el capitán fastuoso y cruel se convirtiese en ermitaño del desierto, alimentándose de raíces frente a una calavera y una cruz de palo.

Estos místicos a la española, de un misticismo orgulloso y dominador, en vez de elevar los ojos al cielo para dejarse absorber por su grandeza, tiraban del cielo y lo hacían bajar hasta ellos, viendo en cada acto de su energía individual una chispa de la voluntad de Dios encarnada en sus personas. Eran místicos de acción, como el antiguo soldado Loyola, como la andariega Teresa de Jesús, especie de Don Quijote con tocas siempre a caballo por los campos de Castilla; y este misticismo vigoroso y militante, que salvó a la Iglesia católica cortando el paso a la Reforma se había esparcido por el Nuevo Mundo con los conquistadores, predispuestos al milagro. Siempre que se veían en un aprieto al pelear contra los indios, aparecíaseles el apóstol Santiago en su corcel blanco y luminoso, hendiendo las apretadas huestes cobrizas, lo mismo que en España había desbaratado a los infieles musulmanes.

—La devoción de aquellos hombres—dijo Ojeda—ha llenado América de imágenes prodigiosas, tantas o más que en la Península. No hay allá ciudad con tres siglos de existencia que no tenga un santo de indiscutibles milagros... Los imagineros de Valencia y de Sevilla enviaban remesas de vírgenes y cristos a los conventos de las Indias y a los hidalgos retirados de aventuras en sus buenas encomiendas. Pero estas imágenes de encargo, al tocar el suelo americano, se agigantaban y hacían milagros, lo mismo que los desesperados y hambrientos que al llegar allá se convertían en héroes.

Viéronse crucifijos remontando los ríos contra su corriente; vírgenes que inmovilizaban la carreta que las conducía para manifestar su voluntad de no pasar adelante y que allí mismo las erigiesen un templo; imágenes que, ocultas en el suelo, se anunciaban con músicas y luces misteriosas. Todos los prodigios divinos de la metrópoli se repitieron en las Indias, como la copia repite el original. Las vírgenes negras de España, inexplicables para la devoción peninsular, se reprodujeron en América, con gran entusiasmo de la gente de color.

—Y todo este pasado vive ennoblecido e indiscutible bajo una pátina de siglos que lo hace cada vez más venerable. Créame, Maltrana. Al llegar allá, enfunde su burla y procure no hablar de religión, si es que busca apoyo en las damas. Deje eso para los comisionistas de comercio extranjeros. La impiedad no puede ser para nosotros artículo de exportación. Las creencias tradicionales resultan obra de «nuestra vieja», y si las atacamos, hágase cuenta que estamos dando con un pico en la casa materna.

Después de permanecer sentados algún tiempo en la terraza del fumadero, continuaron su marcha, llegando por segunda vez a las ventanas del salón. El público era el mismo, nadie se había movido de su lugar, pero el oficiante era otro. Monseñor estaba abajo, tomando su almuerzo, rodeado de la familia admiradora, que le incitaba a restaurar sus fuerzas después de las fatigas recientes. Ahora era el abate francés el que, revistiéndose a la vista de los fieles con los mismos ornamentos, decía la segunda misa.

En vano desplegaba una majestuosa solemnidad en palabras y gestos: su público seguía admirándole, pero estaba fatigado. Corría el sudor por el rostro de las damas, arrastrando en sus tortuosos raudales el negro de las ojeras, el rojo de las mejillas y el barro blanquecino de los polvos de arroz. La conciencia de estas devastaciones del calor las hacía moverse nerviosas en sus asientos con el abanico sobre el rostro. Los cuellos almidonados de los hombres perdían la acorazada tersura de su planchado; se ondulaban como muros de porcelana próximos a resquebrajarse. De las orejas velludas colgaban perlas de sudor.

Acostumbrado el sacerdote a adivinar el estado de ánimo de los públicos, aceleraba sus gestos, llevaba la ceremonia a todo galope mascullando frenéticamente sus latines, reanudándolos antes de que terminase sus respuestas el ayudante con sotana negra. Este ayudante era don José, el cura español, encogido, humilde, para ganarse las simpatías de las señoras que admiraban al abate.

Los dos amigos, acodados en la borda, sintieron de pronto a sus espaldas un estrépito de sillas removidas, puertas abiertas de golpe, precipitadas carreras, suspiros de pechos comprimidos, algo semejante a la fuga pavorosa del público en un local que se incendia. La misa había terminado y las señoras corrían a sus camarotes para cambiar de ropas y reparar el desorden de sus rostros. Los hombres respiraban unos momentos en la cubierta y encendían un cigarro antes de ir a despojarse de las prendas negras.

Sonó de nuevo el repiqueteo de la campanilla y corrió Isidro a mirar por las ventanas. ¡Otra más!... Era su amigo don José, que, cubriéndose con las vestiduras sudorosas de sus antecesores, iba a decir la tercera misa ayudado por don Carmelo. El sacerdote se preparaba a oficiar sin más pueblo devoto que las sillas esparcidas en el salón con el desorden de la fuga. Sólo algunas domésticas, enviadas por sus señoras, entraron apresuradamente para no quedarse sin misa. Doña Zobeida y Conchita habían avanzado hacia los asientos de primera fila, consolando al oficiante con su presencia de esta retirada general.