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Los argonautas

Chapter 9: VII
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About This Book

La narración sigue a Fernando de Ojeda, quien, mientras escribe, observa con detalle un elegante salón-jardín invernal donde rituales sociales y pequeños lujos contrastan con la vida interior que despierta en los objetos. Se muestran las relaciones familiares y financieras de María Teresa, que elogia la generosidad de una tía al tiempo que atiende peticiones de dinero y planes de matrimonio, y las tensiones entre parientes. Un episodio de perturbación atmosférica introduce un elemento fantástico: el ambiente se anima, las cosas parecen cobrar vida y una franja azul asciende por los cristales, transformando la escena en una experiencia inquietante y sensorial.

VII

—Sí; dice usted bien. El poder demoníaco de la música, que influye en nuestra suerte, como en otros tiempos influían los astros... El Maestro habla de él al recordar en sus Memorias los años de iniciación... Afina nuestra sensibilidad, para que suframos más intensamente las heridas de la existencia.

Mina Eichelberger, la mujer del director de orquesta, murmuraba estas palabras con el mentón apoyado en el pecho y la mirada fija en Fernando, de pie junto a ella.

Hablaban en la cubierta de los botes, bajo la sombra movediza de un toldo de lona que dejaba avanzar una faja de sol o la repelía, siguiendo el balanceo del buque, largo, suave, apenas perceptible.

Era en la tarde, después del almuerzo, cuando desaparecían muchos pasajeros, adormecidos y abrumados por el calor, buscando continuar la siesta en el camarote bajo el soplo de los ventiladores. Otros, temiendo encerrarse entre los tabiques de acero, permanecían tendidos en los sillones de las cubiertas, bajo la azulada sombra de las lonas, esperando los leves e intermitentes soplos de la brisa sobre el pescuezo sudoroso, en torno del cual se arrugaba el cuello de la camisa como un trapo mojado. Sonaban penosos ronquidos, respiraciones jadeantes, cortando con su estertor animal el augusto silencio de la tarde.

Parecía recogerse el mar, adormecido igualmente, sin otro rumor que el del roce de sus espumas en los flancos del navío. Un crujir de pasos sobre la madera hacía entreabrir algunos ojos, que tornaban a cerrarse apenas se alejaba el paseante importuno. Los gritos de los niños en la cubierta alta, jugando insensibles al sol y al calor, sonaban con extraordinario eco, recordando el vocerío de la chiquillería en la plaza blanca de un pueblo meridional a la hora de la siesta.

Todos los habitantes del buque sentían después del almuerzo una tendencia al sueño, abrumados por el caliginoso ambiente entorpecidos por una elaboración pesada, anonadados y felices al mismo tiempo por las voluptuosas contracciones del tubo digestivo en plena tarea asimilatoria. Era el momento—según Maltrana—de la gran pureza. Los que en otras horas del día rondaban por cerca de las faldas, con miradas invitadoras y palabras insinuantes, permanecían tendidos en las cubiertas. Los que a la caída de la tarde parecían reanimarse con la brisa y se estiraban impulsivamente, lo mismo que fieras carnívoras que despiertan, quedábanse ahora hundidos en los sillones del fumadero con la inconsciencia de la boa enrollada, siguiendo vagamente las espirales de humo del cigarro.

Parejas amigas, de cuyas intimidades se ocupaban con deleite los murmuradores, permanecían en los asientos de la cubierta, sin verse, sin conocerse, volviéndose la espalda, faltos de fuerzas para cambiar una palabra, deseando tranquilidad y olvido. El bienestar animal de la digestión y la atmósfera ardiente rechazaban el amor a segundo término durante unas horas, como algo molesto e intolerable. Las pasiones anteriores enmudecían. Nadie osaba insinuar una petición por miedo a verla aceptada, teniendo que descender a la asfixiante penumbra del camarote removida por el aleteo del ventilador.

Y fue en esta hora cuando Ojeda entabló su cuarta conversación con Mina Eichelberger. Habían cruzado la palabra por vez primera en la tarde anterior, al avistar el buque las islas de Cabo Verde. Aún no hacía veinticuatro horas que se conocían, y Fernando la hablaba con absoluta confianza, libre de los retrocesos que inspira la timidez, como si un largo trato de años hubiese desgastado entre ellos todas las angulosidades de la prudencia y el miedo. La vida sobre el Océano en una jaula flotante de algunos centenares de metros, donde era imposible moverse sin tropezarse, hacía marchar las amistades vivamente.

Cuando el buque estuvo frente a las islas y los pasajeros contemplaron las montañas, tras las cuales se ocultaba el sol ensangrentando el horizonte, los dos se hablaban ya con rápida confianza y sus manos sentían un estremecimiento simpático al encontrarse entre las hojas de las partituras. Veíanse solos en el salón, olvidados de la gente, que había afluido a los costados del buque. Mina cantaba a media voz, súbitamente ruborosa al pensar que Fernando estaba de pie detrás de ella, dejando caer su mirada sobre su nuca y sus espaldas. Se avergonzaba tal vez, con súbita coquetería, al verse mal trajeada y sin ningún adorno de tocador. Cuando sus manos permanecían inertes sobre el piano y cesaba de cantar, hablaban entonces de la música, de los célebres maestros, del gran mago, del nigromante—nombres que Ojeda daba a Wagner—, insistiendo en estos tópicos que habían servido de pretexto para iniciar su conocimiento.

Las primeras palabras habían sido en inglés, luego en francés, y al fin, como si buscase ella mayor desahogo para su expresión, habló en italiano, un italiano lento, titubeante, recuerdo de una época cercana en la cronología de su existencia, pero remota, muy remota, en sus recuerdos. Era la época de su gloria, durante la cual había cantado fuera de la tierra germánica las obras del más famoso de los maestros alemanes.

El pequeño Karl, niño de gravedad hombruna, al ver a su madre en conversación con este desconocido, había olvidado el libro de estampas, marchando hacia ella para colocarse entre sus rodillas. Abría sus ojos, asombrado por el lenguaje incomprensible que se cruzaba entre los dos, y de vez en cuando, con la tenacidad vanidosa de los pequeños que no toleran verse olvidados, hablaba a su madre en alemán formulando una petición, o se frotaba contra sus rodillas para hacer visible su presencia.

Jugueteaban las manos de Mina en sus cabellos lacios, de un rubio blancuzco, pero distraídamente, con un descuido de madre preocupada, sin que ojos descendiesen hasta él. Miraba a Fernando con una franqueza varonil, cual si fuese un camarada, sonriendo a todas sus palabras sin saber por qué. Fijábanse sus pupilas en las pupilas de él resueltamente, como si quisiera sondearlas con su fluido visual. Pero de pronto arrepentíase de esta confianza, sentía miedo y vergüenza, y giraba la cabeza para escucharle con los ojos perdidos en los pentagramas del libro de música.

Él hablaba mientras tanto, más atento a sus pensamientos mudos e internos que a lo que decía con su boca. La examinaba audazmente, detallando con los ojos toda su persona, sin obtener al final un juicio exacto. ¿Era fea?... ¿Era hermosa, con una belleza exangüe de flor marchita?... Ojeda recordaba ciertos muebles antiguos, de dorados borrosos y nácares opacos, que al abrir sus cajones esparcen un perfume sutil de alma olvidada. Pensaba también en los salones viejos y polvorientos, que guardan entre las grietas de sus muros jirones de ricas tapicerías reveladores de suntuosidades que fueron; en las voces débiles, quejumbrosas por la enfermedad, que de pronto se arrastran con roce aterciopelado o se elevan con la vibración de una perla sobre el cristal, denunciando un pasado de gloria...

Veía su cuello esbelto, de líneas armoniosas y gráciles cuando permanecía en reposo, pero que a la menor contracción marcaba la tirante madeja de sus tendones. Se fijaba en la cortante arista de las clavículas bajo la epidermis mate, de una blancura verdosa que absorbía la luz sin reflejarla. La más leve sonrisa abría en sus mejillas dos tristes oquedades obscuras, que tal vez habían sido antes graciosos hoyuelos. Una consunción interna había devorado las morbideces que suavizan con armonioso almohadillado el cuerpo femenil; pero esta consunción era irregular, fragmentaria, ensañándose en unas partes del organismo y olvidando otras, dejando incólume, con incomprensible respeto, lo más prominente: los pechos todavía frescos y victoriosos sobre el torso enflaquecido, semejante a un doble blasón de mármol en una fachada ruinosa; las caderas de robustez germánica firmes e inconmovibles, como si en ellas fuese más el hueso del armazón que la carne del revestimiento.

La piel, tersa en unos lugares del cuerpo, se aflojaba en otros, dejando dolorosos vacíos entre ella y el óseo andamiaje. Pero la mirada era indudablemente igual que en los tiempos de su gloria. Los extremos de la boca, los ángulos externos de los ojos, remontábanse a un tiempo con la sonrisa, una sonrisa interior, dulce y enigmática como las que pintaba Leonardo. La decadencia física se había detenido piadosa ante la bella expresión de sus labios, encorvados hacia arriba como una luna en creciente. Sus párpados, algo marchitos, filtraban al encontrarse una luz transfiguradora semejante a la del sol sobre las ruinas, que dora el moho de las piedras negruzcas y da alegrías de jardín a las plantas parásitas de los escombros. Un tenue olor de carne perfumada y enferma llegaba hasta Ojeda, pero tan leve, tan vagoroso, que no sabía ciertamente si era su olfato quien lo percibía o su imaginación. Y otra vez pensaba en el ambiente dormido de los antiguos muebles de secreto, que huelen a cartas de amor, polvo, ramilletes secos, cintas olvidadas y polillas.

Por la noche había vuelto a hablar con ella largamente. En las inmediaciones del fumadero, Mina lo presentó a su esposo, aprovechando una rápida salida de éste, que iba a su camarote en busca de tabaco, abandonando a los compañeros y las altas columnas de redondeles de fieltro que denunciaban los bocks consumidos.

El músico se mostró cortés y respetuoso. Era un honor para él estrechar la mano de tan gran poeta. No había leído un solo verso de Fernando, pero en las averiguaciones y curiosidades de los primeros días de navegación, cuando todos desean saber quién es el vecino, Maltrana había hablado del talento poético de su compañero, y esto bastó para que lo designasen por antonomasia con el título de «el poeta». Algunos alemanes, dispuestos a reconocer y acatar todas las diferencias y jerarquías sociales, por una irresistible tendencia a la admiración, le llamaban «el gran poeta»... «un poeta colosal», con méritos tanto más grandes cuanto que vivían perdidos en el misterio de una lengua desconocida.

Ojeda experimentó al examinar al maestro Eichelberger la misma sensación que ante su esposa. Vio algo que había sido, y al no ser, guardaba en su ruina los muertos esplendores del pasado. Los gestos, las palabras, todo en su persona era de un hombre superior al medio en que vivía actualmente. Rebuscaba sus palabras, se atusaba el bigote, un bigote de antiguo germano, con los extremos caídos; se echaba atrás, con aire de inspirado, la luenga cabellera rubia, en la que apuntaban las canas. Pero sus ojos macilentos, de córneas ligeramente inflamadas, los manchurrones rojizos y malsanos de su rostro, cierta timidez al verse en presencia de alguien que por su superioridad le hacía recordar el pasado como un remordimiento, revelaban los vicios tenaces de su vida fracasada. De pronto, para no delatarse en los azares de una larga conversación, se apresuró a despedirse del poeta. Fernando creyó igualmente que el músico huía de mostrarse ante su mujer en esta forma cortés tan contraria a la realidad, temiendo sin duda la muda ironía de sus pensamientos.

Quedaron solos hasta cerca de media noche en un rincón de la cubierta, teniendo entre los dos al pequeño Karl, que empezaba a familiarizarse con Ojeda. Cuando se cansaba de apoyar la cabeza en las rodillas de la madre, iba en busca del nuevo amigo, acogiendo como un gatito manso la caricia de sus manos en la flácida cabellera. El sueño acabó por rendirle, y Mina lo llevó a su camarote, despidiéndose de Fernando con visible contrariedad. Pero a los pocos minutos volvió a subir, como si tirase de ella algo superior a sus preocupaciones de madre, y tuvo una mirada de gratitud para Ojeda al verlo inmóvil en el mismo asiento, cual si prolongase mudamente la entrevista anterior.

Volvieron a hablarse, pero completamente solos, en creciente intimidad, sin prestar atención a la orquesta, que ejecutaba su concierto nocturno de valses sin fijarse en las miradas curiosas de algunos paseantes que parecían tomar nota del repentino acercamiento de dos personas que hasta entonces nadie había visto juntas. Una tos seca y persistente hizo volver la vista a Fernando. Era Mrs. Power con la pareja de compatriotas suyos que pasaba por delante de él fingiendo no verle.

A la mañana siguiente se habían encontrado de nuevo. Mina subió a la cubierta en las primeras horas, mucho antes que los otros días, llevando de la mano a Karl. El pequeñuelo, apenas vio a Fernando, corrió hacia él, dejando flotar sus rubias guedejas sobre el cuello azul de su blusa marinera. Este vínculo de aproximación hizo que los dos se abordasen sonrientes, con la mano tendida, continuando la conversación de la noche anterior. Y una vez terminado el almuerzo, Karl se había encaramado por una de las escaleras que conducían a la última cubierta, atraído por la gritería de los niños en pleno juego. Su madre le siguió, mirando antes en torno para ver si Ojeda estaba cerca. Y éste fue tras ella peldaños arriba, como si le atrajese su pálida sonrisa.

«Aún no hace veinticuatro horas que nos conocemos—pensaba Fernando—. ¡Los milagros del encierro común! En tierra, hubiese necesitado meses para llegar a esta intimidad.»

Se habían aislado los dos en medio del rebullicio que agitaba al pasaje con motivo de las próximas fiestas del paso del Ecuador. Fernando seguía a la alemana en la vida de modesto apartamiento que hasta entonces había llevado, tímida y orgullosa a la vez. La noche anterior se había acercado Isidro a él cuando estaba hablando con Mina. Debía recordarle que era uno de los presidentes del comité organizador de las fiestas, y los señores de la comisión reclamaban su presencia antes de terminar el programa. Pero Ojeda repelió con mal humor el inoportuno llamamiento. Maltrana podía representarle: delegaba en él toda la majestad de su importante cargo.

A la mañana siguiente le buscaron los señores de la comisión. Solicitaban su concurso para la velada literaria y musical, una fiesta en la que todos los pasajeros poseedores de alguna habilidad artística iban a mostrarla, para el gozo estético de sus compañeros de viaje. Sonaba el piano incesantemente en el gran salón bajo los dedos entorpecidos de las señoritas que preparaban su «número». Otros pianos no menos balbuceantes y expuestos a error contestaban desde los extremos de la cubierta, en la sala de los niños y en los camarotes de gran lujo. Voces aflautadas y tímidas vocalizaban romanzas sentimentales, canciones napolitanas, y se interrumpían para decir: «¡Viniendo artistas a bordo! ¡qué atrevimiento!...». Algunas jóvenes, bajo la crítica severa de un tribunal de padres y de tías, recitaban versos en francés, tapándose con un abanico los ojazos ardientes de criolla o la boca carmesí, en la que empezaba a diseñarse la seda de un leve bozo, contorsionando con reverencias de dama versallesca sus caderas en capullo de futuras procreadoras.

Ojeda repelió con terquedad estas invitaciones al «gran poeta» para que recitase algunas de sus obras. Él no gustaba de tales fiestas: no sabía decir bien dos versos seguidos; además, una gran parte de los oyentes no entendían su idioma. Podían dirigirse al conferencista italiano o al abate de las barbas, que hacían el viaje para divertir al público. Él se había embarcado con otros propósitos... Por cortesía, los invitantes se dirigieron también a Mina, recordando que la habían visto sentada al piano. Podía «llenar un número». Pero ella se negó ruborizada, alegando que no era artista, sino la simple esposa del director de orquesta, y su intervención podía molestar a las «estrellas» de opereta que venían en el buque. Y los invitantes no creyeron necesario insistir más cerca de una mujer pobremente vestida y que se apartaba de todos con huraña modestia.

Su trato con Fernando infundía una nueva animación en su existencia. Parecía resquebrajarse después de cada entrevista el aislamiento en que había vivido hasta entonces, como en un caparazón erizado de púas. Y en este resurgimiento contemplábala Ojeda cada día con mayor interés. Iba revelando su pasado fragmentariamente, con titubeos de modestia, cual si temiese fatigar la curiosidad de su amigo. Ruborizábase con la evocación de ciertos infortunios que había deseado olvidar, para mantenerse de este modo en la paz de una vida monótona, sin esperanzas ni recuerdos.

¡Su brillante entrada en la vida, mucho antes de conocer al maestro Eichelberger, cuando la aplaudían en los teatros de Alemania y aprendiendo luego el italiano interpretaba las obras de Wagner en las escenas de Europa y América!... Diez y nueve años; su voz no era portentosa: justa y precisa nada más; la necesaria para cantar su parte sin ahogos. Pero los entusiastas del gran mago la apreciaban porque sabía entrar «en la piel de los personajes». Wagner poeta, creador de héroes épicos, intérprete de conflictos humanos, le inspiraba tanta adoración como Wagner músico. Durante mucho tiempo, por un fenómeno de artística adaptación, había creído ser Brunilda. Su verdadera personalidad era la de la hija de Wotan. Sólo vivía de noche, a la luz de las baterías escénicas, acompañada en sus pasos y lamentos por la música misteriosa que surgía del abismo orquestal. El pecho encerrado en los mamilares de la coraza de escamas, el metálico casquete rematado por dos alas blancas, la lanza vibradora en una mano, el manto purpúreo siguiendo con una flotación de bandera su paso vigoroso de virgen fuerte: todo esto había sido la realidad. La vida en los hoteles, los viajes por mar y por tierra, las míseras rivalidades de profesión, eran un ensueño incierto e incoloro, un limbo del que sólo guardaba pálidos recuerdos.

El poder demoníaco de la música la había poseído por entero, transportándola a las regiones de una vida superior. La grosera realidad, cortina engañadora que oculta a nuestros ojos la suprema belleza para que nos resignemos a la penumbra de una existencia práctica y vivamos como bestias mirando al suelo, rasgábase para ella todas las noches así que pisaba las tablas.

Sentía su alma bañada en divina tristeza cuando el padre-dios, iracundo y bondadoso a un tiempo, la castigaba por su desobediencia, aletargándola sobre el peñasco que había de rodear el fuego con un muro rojo de ondeantes almenas. Cantaba con la alegría de un pájaro que saluda al día y al amor cuando la despertaba Sigfrido, el gran niño sin miedo y sin prudencia, y al despojarla de su armadura le arrebataba la virginidad. ¡Adiós, grandeza fría de los dioses! Ella quería ser mujer, con todos los dolores y las pobres alegrías de los humanos.

Estremecíase aún al recordar el final de la gran epopeya, ante la pira fúnebre rematada por el cadáver del héroe, cuando, tremolando la antorcha vengadora que convierte en cenizas el reino de los dioses, expresaba su pena y su sabiduría. Era su tristeza la de la mujer superior que ha amado a un ser ligero, valeroso e inconstante, y en la hora suprema lo plañe y disculpa sus faltas. La gran verdad, resumen de todas las experiencias de la vida, la verdad que buscamos a tientas y desechamos muchas veces al encontrarla; la que sólo reconocemos en el último momento, cuando ya es imposible recomenzar y los errores no tienen remedio, salía de su boca llorosa: «Renuncio a mi divina ciencia y se la doy al mundo. Sepan los hombres que la felicidad no es la riqueza, ni el oro, ni el poder de los dioses. No es tampoco la pompa del rango supremo, ni los lazos mentirosos de las convenciones sociales, ni las rigurosas reglas de una hipócrita ley. En la alegría como en la tristeza, sólo existe para el hombre una fuente de felicidad: ¡el amor!».

Y la pasión que ponía Mina en su voz comunicábase a los que la escuchaban. En sus peregrinaciones de teatro en teatro, acompañada por su madre—viuda de un militar bávaro muerto en la campaña de Francia—, la joven se había visto diversas veces solicitada en matrimonio. Un millonario de la América del Norte quiso casarse con esta alemana de la que hablaban los periódicos y cuyos retratos gozaban el honor de ser exhibidos al lado de los presidentes de la gran República y los más famosos boxeadores.

Cantantes de porvenir le ofrecieron la asociación matrimonial para hacer ahorros en común, amasando una gran fortuna. Pero ella llegó a los veinticinco años sin prestar oído a estas proposiciones que atentaban contra su gloria, hasta que conoció el amor en la persona del maestro Eichelberger. Tal vez no fue amor: tal vez fue lástima. Las mujeres sienten desarrollarse en su pecho el sentimiento de la maternidad mucho antes de ser madres y lo aplican a todo hombre que les inspira un interés de conmiseración, confundiendo el amor con la piedad. Se había engañado voluntariamente, interesada por los defectos del músico.

—Fue en Dresde donde nos conocimos—dijo Mina—. Él, a pesar de su juventud, tenía cierto renombre de compositor. Todos le creían destinado para algo más grande que dirigir una orquesta. Algunas de sus romanzas empezaban a ser populares en Alemania; una sinfonía suya había sido aplaudida en los conciertos de Berlín. Trabajaba poco, su vida era borrascosa, y yo pensé que le faltaba, como a todos los hombres superiores en la primera época de su vida, un cariño que lo guiase, el amor de una compañera inteligente que lo sostuviera en el buen camino.

Se acordaba de la juventud del gran mago, de su primera mujer, Mina Planer, hacendosa y burguesa, que seguía la carrera de cantante como un oficio, pero que supo facilitar la producción creadora de su esposo defendiéndolo de los acreedores, organizando un hogar modesto que sin ella no habría tenido jamás el gran músico.

—Creía encontrar en la semejanza de nuestros nombres una identidad de destinos. Yo podía ser la Mina de este nuevo Wagner que empezaba a surgir de la obscuridad. Y así se inició lo que no fue nunca amor, sino un gran sacrificio por la gloria... ¡Ay! ¡Cómo nos envenena el arte cuando lo hacemos consejero de nuestra pobre existencia!

Se buscaban, con una simpatía intelectual, entre los demás artistas, vulgares jornaleros de la música. Mina le había recibido frecuentemente contra la voluntad de su madre, señora de rígidos principios que no podía transigir con los desórdenes del maestro. Hablaban juntos de Él, del demiurgo, del nigromante; se extasiaban ante el piano, con los nervios estremecidos por el poder demoníaco de su música. Un día, Eichelberger llegaba borracho a estas entrevistas, completamente borracho. ¡Esta semejanza más!... También Wagner, a los veinte años, cuando era simple director de orquesta de Magdeburgo y no tenía otras obras que Las hadas y la sinfonía de Cristóbal Colón, había llegado beodo una noche a la habitación de Mina Planer. Y la consecuencia de esta embriaguez de Wagner fue su matrimonio con una mujer que no creía mucho en su talento, pero supo cuidar de su cocina y salir adelante de los apuros pecuniarios con el sentido práctico de una antigua obrera habituada a la miseria. La suerte marcaba su camino a la otra Mina. Ésta, más inteligente, sabría «redimir» al joven maestro, que sólo necesitaba el apoyo del amor para revelarse como un genio. Y después que Eichelberger, beodo, pasó la noche en su cuarto, el matrimonio fue cosa decidida y la madre tuvo que resignarse.

Entristecíase Mina al recordar este suceso: el gran error de su existencia, el cambio fatal de rumbos. Se llevaba una mano a la frente, como si quisiera arrancarse un recuerdo tenaz para arrojarlo al Océano... ¡Los crueles engaños del arte! ¡Las intermitencias del talento, que en unos apunta como flor seductora con los días contados y en otros tiene la inmovilidad grandiosa de la montaña!...

—Usted habrá visto arrastrando una existencia de miseria artistas de hermosa voz, que sin embargo cantan en los cafés como mendigos. La gente se indigna contra esta injusticia de la suerte. Hay que ayudarlos, hay que llevarles a la ópera. Y cuando van a ella, el fracaso más desolador acompaña su intento. Saben cantar bien una romanza, pero no pueden con una ópera entera. Al final del primer acto se enronquecen; al segundo, han perdido la voz; antes del final, tienen que huir... Y lo mismo se encuentran talentos frágiles en todas las artes: talentos en capullo que no se abren nunca, que carecen de vigor para abrirse y se marchitan y mueren.

Ojeda asintió con movimientos de cabeza. Pensaba en los pintores de bocetos «geniales» que nunca llegan a terminar un cuadro; en que hacen concebir optimistas ilusiones con fragmentos poéticos o cortos relatos y jamás pueden escribir un libro. Mina decía bien: no bastaba cantar la dulce romancita, breve como un suspiro; había que cantar la ópera entera, sin ronqueras ni desfallecimientos. El arte exigía paciencia, y sobre todo, fuerza, mucha fuerza. La voluntad era una inspiración.

—Mi marido—continuó ella con desaliento—no pasó de las obras de su juventud. Dio con éstas «todo lo que tenía de artista». ¡Y yo que le creía un genio!...

Le había visto agitarse como un emparedado, pugnando por levantar la enorme losa caída sobre él, interpuesta entre los ojos de su espíritu y la luz ansiada. Y Mina no tenía siquiera el consuelo de la ignorancia, no podía engañarse como otras mujeres que creen ciegamente hasta el último instante en el talento de sus maridos y atribuyen su desgracia a injusticias de la suerte. Dábase cuenta de la debilidad artística de Eichelberger, seguía con mirada dolorosa su descenso, reconocía la razón de aquella indiferencia creciente que rodeaba su nombre.

Por desesperación o por ansia de consuelo, él se entregaba cada vez con mayor tenacidad a su vicio predilecto. Bebía sin recato, olvidado ya de los miramientos que había tenido con ella en los primeros meses de matrimonio. Acompañábale la embriaguez hasta en las funciones más difíciles de su profesión. Ocupaba muchas veces estando ebrio el atril de director. Los teatros empezaban a rehusar sus ofrecimientos. Su nombre no inspiraba confianza: antes bien, era acogido con risas ultrajantes. Quejábanse los artistas de sus cambios de humor, de sus cóleras alcohólicas, que perturbaban los ensayos con un estrépito de batalla. Su desprestigio comenzó a influir en el renombre artístico de la esposa. A fuerza de comentar los incidentes de su existencia matrimonial, el público la encontraba menos interesante.

Ojeda creyó adivinar en la faz triste de Mina un sinnúmero de miserias inconfesables. Se imaginaba la vuelta del teatro de estos dos seres que ya no podía entenderse: ella resignada, con mudos gestos de desesperación; él embrutecido por la amargura del fracaso. Tal vez sus disputas habían terminado con golpes; tal vez al entrar en la casa, titubeante y oliendo a alcohol, este falso Wagner, con una pesadez brutal, había puesto su puño en la cara de Mina, la criatura de ensueño que intentaba «regenerarlo».

Hablaba ella lacónicamente al hacer memoria de esta parte de su vida, como si quisiera salir cuanto antes de los dolorosos recuerdos.

—Mi madre murió... y yo tuve a Karl, para mayor desgracia. Quedé enferma, creo que para siempre: enferma por ser madre; enferma por haber sido esposa... ¡Ah, ese hombre!... Y sin embargo, no es un malvado: es un niño grande inconsciente; un niño que se ha vuelto cruel al convencerse de su fracaso; un egoísta que se refugia en la bebida y sólo a ratos se da cuenta del daño que me ha hecho... Yo perdí la voz, me marchité siendo aún joven, y tuve valor para huir del teatro antes de alegrar a las compañeras con una ruina total. Él... ya lo ve usted: al frente de una compañía de opereta, marcando con la batuta valses vieneses. ¡Un hombre que ha dirigido Tristán y Los maestros cantores!... Sólo para un viaje por América ha podido encontrar quien lo contrate. El empresario le riñe como si fuese un corista, y se propone vigilarlo en tierra para que no beba antes de las representaciones.

El público había olvidado a Mina completamente. Su nombre no era más que un vago recuerdo para los entusiastas que guardaban memoria de los intérpretes wagnerianos. Las glorias escénicas mueren pronto...

—Hace poco he encontrado mi nombre en una revista. Hablaba de mí como de una joven de grandes esperanzas que se perdió prematuramente. Muchos me creen muerta; el articulista se lamentaba de mi triste fin... Y a mí no se me ocurrió decir una palabra que desvaneciese el error. La Schamale (mi nombre de teatro) está bien muerta; muerta para el público que tanto la aplaudió, muerta para ella misma, que no quiere acordarse de nada... Ahora sólo falta que Frau Eichelberger, la mujer fea y enferma de un director de opereta, muera también, pero de verdad, para olvidar de una vez los grandes errores de su vida.

Y aquella tarde, al lado de Fernando, en la última cubierta del buque, mirando el Océano, repitió con desesperación:

—El poder demoníaco de la música, que influye en nuestra suerte como antiguamente influían los astros... A él debo mi desgracia, y sin embargo, lo amo.

El mar luminoso, azul, estaba cortado por una ancha faja de reflejos de sol, camino de fuego triangular que descansaba su vértice en el horizonte y su base incierta y temblona en un costado del buque. Las cumbres de las pequeñas ondulaciones palpitaban erizadas de fulgores como fragmentos de espejo. Los ojos se contraían, fatigados por el excesivo resplandor del cielo y del Océano, que parecía abrasar la retina.

Mina y Fernando, para evitarse la molesta refracción, apartaban sus ojos del horizonte, mirando debajo de ellos mientras hablaban. Extendíase a sus pies un tercio del buque, toda la sección de proa, el hocico férreo que iba arando con tenacidad infatigable los campos oceánicos, verdes y luminosos de día, obscuros y abullonados de noche con una arista fosforescente en cada pliegue como el lomo de una sirena.

Al mirar abajo, experimentaban la sensación del viajero que contempla a un pueblo desde la plataforma de una torre..

Las diversas cubiertas del trasatlántico descendían como peldaños, para volver a remontarse en el extremo opuesto, donde formaban el castillo de proa. A una regular profundidad, veían el principio de la cubierta del comedor: un entarimado húmedo, en el que descansaban los brazos de dos grúas con sus articulaciones de ruedas dentadas, y del que surgían varios trombones de ventilador pintados de blanco con la garganta escarlata. Más adelante, la gran plaza del combés estaba oculta bajo un toldo de lona, y de esta tienda surgía el palo trinquete, un gran mástil de acero amarillo y hueco, semejante a un alminar, en torno del cual se alineaban los brazos de descarga, cirios gigantescos atados en haz alrededor de la cofa. Y de esta cofa a las bordas, se tendían en ángulo los cordajes de acero, las escalas para la marinería, todas las lianas férreas que la construcción naval hace crecer en torno de los mástiles para asegurar su estabilidad y facilitar su acceso. En último término, el castillo de proa, espacio triangular que tenía en su vértice un pequeño mástil para la bandera de la Compañía cuando el buque entraba en los puertos. Y en este triángulo, ocupado por los cabrestantes a vapor que elevaban o descendían las anclas, también abrían los ventiladores sus tentáculos respiratorios, sus bocas de serpentón ávido de oxígeno.

Las invisibles palpitaciones del mar en la tarde serena hacían que el triángulo de la proa se elevase y descendiese, como una cabra saltadora y juguetona, al partir las aguas con su filo. Este movimiento parecía circunscrito a aquella parte del buque, pues sus vibraciones se amortiguaban al extenderse por los flancos y apenas eran sensibles en el resto de la gigantesca construcción. Las espumas, luego de elevarse junto a la proa formando dos surtidores de leche pulverizada, resbalaban por los costados en grandes redondeles semejantes a los anillos de luz sideral. Corrían de proa a popa las aguas removidas, dos ríos verdes, agitados, tumultuosos, abiertos en la inmovilidad azul del Océano. Los peces voladores saltaban por enjambres, se abrían en grandes abanicos de plata y rosa, volando lejos, muy lejos, en vistoso chisporroteo, arando la superficie con el arañazo de sus colas, hasta que, fatigados, volvían a sumirse en la profundidad.

Cuando la proa quedaba dormida por algunos minutos, el buque parecía inmóvil, clavado en el mismo sitio. La velocidad de su marcha hacía ver con un engaño óptico que era el Océano el que venía corriendo a su encuentro en gigantescos repliegues que se empujaban unos a otros. Los ojos abarcaban un anfiteatro azul, inmenso, monótono, que borraba la noción de volúmenes y distancias. Luego parpadeaban con una sensación de extrañeza al replegarse en esta cáscara férrea perdida en el infinito, con su hervidero de hormigas sobre el lomo.

A espaldas de Mina y su compañero sonaban los discos de madera resbalando sobre la cubierta, empujados por las palas de los jugadores. Cada vez que uno de ellos venía a colocarse sobre un buen número del cuadro trazado en el suelo, estallaba el grupo infantil en palmoteos y gritos, que hacían revolverse en sus sillones a los pasajeros dormitantes.

Karl, con aire pensativo y un dedo en la boca, contemplaba de cerca el juego de estos niños mayores que él. De pronto, como si experimentase la necesidad de ser protegido, huía y se pegaba a las faldas de su madre, que, atenta a la conversación, no hacía caso de sus llamamientos insistentes. Cansado de pasar inadvertido, atraíale otra vez la gritería de los muchachos, volviendo lentamente hacia ellos.

Hablaba Mina con tristeza del mundo viejo que dejaban a sus espaldas. ¡Ah, Berlín!... Este nombre hacía revivir los recuerdos más tristes de su vida, años de pobreza desesperada, de humillaciones crueles, de vergonzosa decadencia. Marchaba hacia las tierras nuevas con la ilusión de algo mejor.

Ojeda, al oír esto, sonrió imperceptiblemente. También la esperanza guiaba el viaje de la infortunada walkyria. El Nuevo Mundo era el único remedio para la gran equivocación que había trastornado su existencia. Mina se lanzaba a esta aventura por su hijo, por el porvenir del pequeño Karl, único vínculo que la unía a la existencia. ¿Qué podía desear?... Más allá de sus esperanzas de madre, no había para ella ninguna ilusión. Todo había terminado: ni hermosura, ni gloria, ni siquiera salud le guardaba el porvenir.

—Soy vieja a la edad en que otras mujeres empiezan el verano de su vida. Los años han caído sobre mí de golpe: llevo el peso de los míos y los de las otras que son felices... Las desgraciadas cargamos con nuestra edad y las edades de las que siendo dichosas prolongan su juventud. Yo creo a veces que tengo mil años... ¡Y enferma! ¡Arrastrando para siempre las consecuencias de haber sido madre!...

Deteníase al decir esto con prudente rubor, no osando confesar las internas tribulaciones que agitaban su organismo. Sus ojos iban hacia Karl con la expresión amorosa y triste de una artista que contempla su obra, fruto de penalidades, jirón doloroso de su propia existencia. Había salido de sus entrañas, pero era también el hijo de su marido.

Fernando creyó adivinar los pensamientos de la madre en la fijeza con que miraba la cabeza voluminosa de Karl. El niño tenía un aspecto demasiado grave para sus pocos años, un aire de vejez prematura.

—¡Cómo temo por su destino!—dijo Mina—. Paso las horas mirándolo en silencio. ¿Qué será? ¿qué saldrá de él?... A veces creo que puede ser un grande hombre, un genio, ¡quién sabe! Las madres nos creemos todas predestinadas a dar prodigios al mundo. Dice cosas superiores a su edad. ¡Y ese gesto grave, como si le bullesen en la cabeza pensamientos que no acierta a formular!... Otras veces me asusto. Es muy débil; la enfermedad le asalta en toda clase de formas. Le dan ataques cuando lo contrarían... Es el hijo de él: un hijo de padre degenerado.

Las lágrimas asomaban a sus párpados, pero una resolución enérgica sucedía a este desaliento. ¿Quién podía adivinar qué rehabilitaciones morales la esperaban a ella en una vida nueva al otro lado del Océano? Tal vez hasta el mismo Eichelberger se regenerase con el trabajo. Y si este trasplante de un hemisferio a otro no producía efecto en el músico, seguramente influiría en el hijo, que estaba en edad para sentir la impresión del cambio de medio. Pensaba quedarse en el nuevo continente: sentía horror a la vida de Europa. Cuando terminasen los compromisos con el empresario, se establecerían en Buenos Aires o en otra ciudad. Ella y su marido darían lecciones de canto. Karl podía emprender una de las muchas carreras prácticas que enriquecen a los ciudadanos de los países jóvenes. Todo menos volver al país de origen, tierra de lágrimas que le hacía recordar las noches frías junto al fuego mortecino, con el hijo en los brazos, esperando hasta altas horas el paso titubeante del maestro y sus balbuceos de beodo; los embargos afrentosos; las groserías de los acreedores; las tristes reflexiones ante una mesa que a veces se cubría de abundantes alimentos con los inesperados altibajos de la existencia bohemia y se manchaba con la espuma del champán, pero en la que casi siempre el pan y las patatas eran lo único valioso. Y a impulsos de la esperanza, que pone la dicha más allá de la realidad del momento, en la incertidumbre de lo ignoto, veía Mina la salud, la paz y el olvido en aquel país de misterio hacia el cual la llevaba el buque, tierra maravillosa de la que no conocía ni el idioma.

El pequeño, agarrado a una mano de su madre tiraba de ella con melopea quejumbrosa. Había sonado la hora del té; los muchachos, abandonando su juego, estaban abajo en el comedor. Mina se despidió de su amigo, y los extremos de sus ojos y su boca se contrajeron hacia arriba con una sonrisa pálida que parecía iluminar el rostro: «sonrisa de luna», según Ojeda.

—Hemos hablado mucho tiempo. Siempre estamos juntos. ¿Qué van a decir de nosotros las señoras que usted trata?... ¿Qué dirá esa norteamericana tan hermosa y tan elegante al ver que le robo su conversación?... Pero conmigo no hay celos posibles. Soy fea, soy pobre; en todo el buque no se encuentra una mujer que vaya peor vestida que yo.

Y a pesar de la tristeza con que dijo estas palabras, algo de su antigua coquetería de artista festejada y admirada por la muchedumbre se mostró a través de su sonrisa, rejuveneciéndola con llamarada fugaz.

«¡Qué gran mujer debe haber sido!—pensó Fernando—¡Y qué desgracia la suya!»

Mientras se alejaba, llevando de la mano a su hijo, él la siguió con ojos de conmiseración.

Al descender a la cubierta de paseo encontró Fernando al doctor Zurita, que hablaba con Maltrana, apoyados los dos en la baranda, frente al mar. La soledad del Atlántico traía a su memoria el recuerdo de los argonautas de España, que habían sido los primeros en violar el secreto de los desiertos azules.

—Venga acá, doctor—dijo Zurita a Ojeda, aplicándole el título universitario—. Estábamos conversando de cosas de su país, de los primeros navegantes que se lanzaron por estos mares. ¡Qué hombres corajudos! ¡Cosa bárbara!... Yo siento orgullo al hablar de ellos. Al fin, todos somos de la misma sangre. Mi abuelo era gallego. Es decir, gallego no; pero ya sabe usted que en mi tierra nos queda la fea costumbre de llamar «gallegos» a todos los españoles. Era de cerca de Burgos, y yo he hecho en dos automóviles, con toda mi familia, el viaje de París a Madrid sólo por ver el pueblo de donde procedemos. Y les dije a los míos: «Miren, niños, y aprendan; de aquí salieron los abuelos de ustedes». Me conmoví un poco al ver la pobreza de donde venimos. Pero mi muchachada (gente alegre y de poco seso) se reía y lo encontraba todo muy feo y miserable... Parece mentira que de esas poblaciones de color de yesca, en las que apenas se encuentra agua para lavarse, saliesen hace siglos los hombres sin miedo que se lanzaron por estos pagos.

Se generalizó la conversación, y al fin fue Ojeda el único que habló, recordando con entusiásticas palabras las hazañas de los argonautas oceánicos. Después del primer viaje de Colón, los puertos españoles habían sido como palomares abiertos, de cuyas bocas se escapaban con las alas tendidas las frágiles y audaces carabelas. Los espejismos del oro y el espíritu de aventura desarrollado por siete siglos de guerra con el sarraceno empujaban a los audaces. Salían a descubrir pequeñas flotas autorizadas por los reyes, pero eran más las expediciones clandestinas, muchas de las cuales quedaron en el misterio. Estas expediciones secretas, costeadas por los mercaderes de Sevilla y Cádiz, iban dirigidas por compañeros del Almirante conocedores de la ruta de las Indias o por marinos improvisados. Hasta los sastres—según un autor de la época—sentían la ambición de meterse a descubridores.

Duros hidalgos que jamás habían visto el mar lanzábanse en el ignoto Océano con una confianza asombrosa. Tomaban el mando de la carabela o de la nao, sin otro auxilio y consejo que el de algunos navegantes costeros, con la misma tranquilidad que los paladines tantas veces admirados en los libros de caballerías se metían en el primer barco misterioso que encontraban en una costa desierta. Escribanos de Andalucía abandonaban sus protocolos para transformarse en descubridores; mercaderes amagados de ruina huían de la lonja para comprar un barco con el resto de su fortuna y lanzarse a lo desconocido. ¡Qué de catástrofes ignoradas en esta lucha con el misterio geográfico, sin más guías que la fe y la santa ignorancia! ¡Qué de buques descendidos a las simas oceánicas cuando regresaban con noticias de tierras nuevas que había que volver a descubrir años después!...

La ansiada riqueza se dejaba entrever un momento y huía medrosa ante las proas de los nautas. Los indígenas de las costas hablaban de enormes riquezas y de monarcas poderosos, señalando siempre al interior, más allá de las montañas que parecían tocar el cielo, y de las ciénagas temblorosas, inmensos mares de hierbajos acuáticos. Pero de los rescates con estas gentes cobrizas, pródigas en relatos portentosos y míseras en realidades, sólo traían los navegantes algunas perlas deformes mal perforadas o vistosos guanines, joyeles de oro bajo labrados en sutiles hojas.

Al volver al puerto español con mágicas noticias y pobre cargamento, los acreedores asaltaban al descubridor y embargaban el bajel dándose por engañados. Muchos habían preparado sus viajes tornando víveres, armas y buques a los usureros con un 80 por 100 de interés. Descubridores de pueblos que luego fueron célebres por sus riquezas se veían al regreso amenazados de pasar de la carabela a la cárcel. Los reyes tenían que intervenir con piadosas cédulas para amansar a los prestamistas, proponiendo arreglos. Nautas obscuros, huyendo de los rumbos del Almirante, ponían decididos la proa al Sur, sin miedo a las pavorosas noticias que circulaban sobre el fuego del Ecuador. Un Pinzón llegaba a las costas del Brasil mucho antes de que esta tierra fuese descubierta casualmente por una expedición portuguesa que navegaba hacia las Indias asiáticas.

En este revuelo de alas blancas que la primera noticia del descubrimiento lanzó a las soledades oceánicas, la marcha audaz siempre adelante, por mar y por tierra, a través de tempestades, montañas, estrechos y lagunas, fue la consigna general. ¡Llegar o morir! Nadie regresaba al puerto de partida sin haber visto algo extraordinario y traer muestras maravillosas. Y los que no volvían estaban en el fondo del Atlántico encerrados en el ataúd de su carabela, que se petrificaba lentamente cubriéndose de moluscos, mientras en sus rotos mástiles ondeaban como verdes gallardetes las algas de la profundidad. Otros no eran ya más que esqueletos en una playa desierta, descarnados por los pájaros de presa, mondados hasta el tuétano por los infinitos enjambres de la selva tórrida, donde todo se mueve y hierve con vida devoradora, blanqueados y secados por el fuego del sol hasta convertirse en frágil cal.

Y entre estos aventureros de la primera hora del descubrimiento, la hora de los navegantes, de los argonautas, de los héroes de carabela, pobres y tristes, que no sacaron el menor provecho de sus empresas y abrieron el camino a los conquistadores férreos de a caballo que llegaron poco después, se distinguían dos como hombres entre los hombres: Alonso de Ojeda y Diego Méndez.

Fernando repetía con entusiasmo su propio apellido al hablar de aquel varón fuerte, al que consideraba su ascendiente glorioso.

—Ojeda es en el Nuevo Mundo lo mismo que Aquiles en la Ilíada o el Cid en el Romancero. ¡Qué hermosa muestra de hombre!...

Los cronistas de la época lo pintaban pequeño de cuerpo, agraciado de rostro, con una agilidad y una fuerza sorprendentes. Gran amigo de pendencias, salía siempre de ellas «haciendo sangre a sus contrarios, sin que jamás se la hiciesen a él». Siendo paje de la corte, cuando los reyes estaban en Sevilla, apoyaba un pie en la base de la torre de la iglesia Mayor—la famosa Giralda—, y arrojando una naranja a lo alto, la hacía llegar hasta las campanas. En otra ocasión, siguiendo a la reina Isabel en una visita al último piso de la misma torre, vio un madero que avanzaba horizontalmente en el vacío como unos veinte pies. De un salto se puso sobre él, corrió hasta su extremo con ligereza y seguridad, «como si caminase por una sala», dio la vuelta y regresó por el mismo camino, riendo a susto de la buena reina y los gritos de sus damas.

Era protegido del obispo Fonseca, encargado por los monarcas de la preparación de expediciones y proveeduría de las nuevas tierras: algo así como ministro de Marina y de Colonias todo a la vez. El Almirante, que conocía las hazañas de este mozo y sus méritos de hombre de espada, se lo llevó en el segundo viaje para las peleas de tierra adentro, pues él sólo era hombre de mar. Otros capitanes iban en la expedición, veteranos de las guerras con el sarraceno; pero el inquieto Ojeda, mozo de veinte años, se sobrepuso a todos ellos.

Colón, que deseaba aprisionar en Santo Domingo al cacique Caonabo, organizador de la resistencia indígena, vio fracasadas todas las malicias y felonías que con arreglo a la mala fe de la época fue aconsejando a Mosén Pedro Margarit y sus tenientes. Sólo consiguió su propósito al encargar a Ojeda esta captura. El paje de Cuenca, el pendenciero de Sevilla, avanzaba tierra adentro con unos pocos hombres, hasta llegar al campo del cacique. Allí seducía al salvaje con buenas palabras, le engañaba, sacándolo de entre los suyos, y le ponía por sorpresa unas esposas en las manos. Luego montaba en el arzón de su caballo al indio gigantesco, como un galán que roba a su dama, y en un galope de leguas y leguas llevábalo hasta el campo español. Tan maravillosamente audaz resultaba este rapto, que el mismo Caonabo, en su nobleza de guerrero primitivo, despreciaba al Almirante por haber ordenado tal vileza sin atreverse a realizarla personalmente, y sólo quería conversar y comer con Ojeda, admirando su atrevimiento al arrebatarle de entre sus súbditos. En los combates con los indios cargaba el primero, sin mirar si le seguía su gente. Junto a su caballo, lleno de cascabeles, saltaba el fiel compañero de todas sus empresas, un perro de pastor, llamado Leoncico, combatiente feroz, que en las distribuciones de víveres gozaba por sus hazañas ración de arcabucero.

Pronto se movió Ojeda por cuenta propia en las inmensidades del mundo nuevo mientras Colón realizaba sus últimos viajes. Vuelto a España, empezó la serie de sus descubrimientos, apoyado pecuniariamente por los mercaderes de Sevilla, que hacían crédito a su valor. Uno de los Pinzones, Juan de la Cosa, el más experto de los pilotos, Américo Vespucio y otros navegantes de fama, dirigieron sus buques. Los marinos gustaban de ir con este capitán, el más valeroso y audaz de la primera época de la conquista.

Corrió las costas de Venezuela en busca de perlas, y acabó por establecerse en lo que después fue América Central, y que los conquistadores llamaban entonces «Castilla del Oro». Una india le acompañaba como amante, guía e intérprete. Los aventureros jóvenes encontraban casi siempre entre las mancebas cobrizas ofrecidas por los azares de su existencia alguna que se apoderaba de su corazón y vivía compartiendo sus peligros. El hidalgo cristiano, al unirse con ella, había creído necesario purificarla con el bautismo—el mejor regalo, según las ideas de la época—, dándola el nombre de Isabel, en recuerdo de la buena reina.

La vida de Ojeda en la gobernación de Urabá, sin otros recursos que los que él podía agenciarse, lejos de sus compatriotas establecidos en Santo Domingo, y olvidado de España, fue un continuo batallar. Su ciudad de San Sebastián, mísera ranchería de paja y barro con un fuerte de maderos, era la primera que con carácter permanente fundaban los conquistadores en la tierra firme.

Tribus de hábiles arqueros la sitiaban a todas horas, lanzando flechas empapadas en incurables venenos. Eran las temidas «flechas de hierba», que hinchaban el cuerpo del herido con negruzca y mortal tumefacción. Los víveres del país—el pan de cazabe, los frutos de la selva, la carne de los roedores—había de conquistarlos diariamente a punta de espada. Los combates y las enfermedades diezmaban a los habitantes.

Juan de la Cosa, el sabio piloto autor del primer mapa de las Indias, había muerto atado a un poste por los naturales, erizado de «flechas de hierba», que convirtieron su cuerpo a las pocas horas en una masa de negra putrefacción. En los míseros bohíos del pueblo gemían los conquistadores mal heridos, hambrientos, temblando de calentura. Ojeda, al frente de unos cuantos, salía diariamente a combatir por la comida.

Encuentro hubo del que surgió llevando en su rodela, según los cronistas, las señales de más de trescientos flechazos. Otras veces era tanto el peso de los enemigos arremolinados sobre él, que se doblaba y seguía combatiendo de rodillas, cubriéndose con el escudo. La pequeñez de su cuerpo ágil y escurridizo le servía tanto como la fuerza de sus brazos, y de todas las peleas salía incólume, «sin que le sacasen sangre». Los indígenas creíanle poseedor de maravillosos amuletos. Ojeda también se consideraba protegido por el cielo gracias a un cuadrito antiguo de la Virgen, regalo de Fonseca, que llevaba pendiente del cinturón de la espada.

Cuatro indios arqueros se apostaron para herir a traición al capitán blanco que salía indemne de los combates, y un día que Ojeda avanzaba por la selva, extrañando la ausencia de enemigos, recibió un flechazo en un muslo. Por primera vez su cuerpo manaba sangre. La herida, que era «de hierba», ennegrecióse rápidamente por la acción del tósigo. Entonces se mostró con bárbara grandeza el coraje de aquel hombre. Hizo que calentasen en una hoguera el peto y el espaldar de una coraza, y cuando las dos planchas de acero estuvieron al rojo blanco, ordenó que se las aplicasen al mismo herido con unas tenazas. Negábase el cirujano a esta horrible curación, pero él le amenazó con la horca para que obedeciese. Chirriaron las carnes bajo el bárbaro cauterio, esparciendo un hedor de sacrificio humano. Para no desmayarse, hizo Ojeda que le envolviesen con sábanas empapadas en vinagre. Una pipa entera se consumió en este remedio; y el caudillo, gracias al espeluznante tormento, sufrido sin una queja, pudo salvarse.

La pequeña ciudad, falta de subsistencias, estaba próxima a perecer. En esto se presentaron inesperadamente unos piratas españoles, mandados por un tal Bernardino Talavera, audaz facineroso. Montaban en un buque que habían robado a un mercader genovés y se ofrecían para vender víveres a los sitiados. Ojeda, convaleciente de su herida, se embarcó con ellos para solicitar auxilios del gobernador de Santo Domingo. Pero antes de abandonar a su mísera gente quiso darla un capitán, y fijó su elección en un mozo extremeño llegado poco antes a las Indias, en el éxodo de gente de espada que siguió al de los navegantes: éxodo que llamaba Fernando «la segunda hornada de conquistadores». Este soldado, que había hecho el aprendizaje de la guerra indiana al lado de Ojeda, llamábase Francisco Pizarro.

La accidentada navegación con los piratas fue la última y más penosa aventura de don Alonso. Autoritario y duro, quiso tomar el mando apenas se vio sobre la cubierta del buque, imponiendo su disciplina a Talavera y sus bandidos. Pero éstos se sublevaron contra él y lo metieron en la cala cargado de cadenas. A pesar de esto, el prisionero no cesó en su brava actitud, asegurando que había de ahorcarlos a todos apenas llegasen a tierra. Y tanto era su prestigio, que no se atrevieron a hacer nada contra él. Muchas veces le pedían consejo, por la experiencia que había adquirido en las cosas de la navegación, y le sacaban de su encierro para que dirigiese la nave. Acabaron por abandonar ésta en las costas de Cuba, y marcharon después meses y meses por la isla todavía inexplorada, deseosos de aproximarse a Santo Domingo, pero sin saber ciertamente adónde iban, sumiéndose en ciénagas, combatiendo a los indígenas o transigiendo con ellos, atormentados por el hambre, que mataba a muchos. En esta marcha desesperada, el cautivo Ojeda se veía elevado por sus guardianes al rango de jefe cada vez que había que combatir a un grupo indígena, tratar con un cacique benévolo u orientarse en el desierto de barrizales temblorosos que se tragaban a los hombres. Él solo valía tanto como los otros. Luego, pasado el peligro, don Alonso volvía a ser prisionero de estos desalmados, que lo aborrecían por ser superior a ellos, y así marchaban juntos, condenados a tolerarse por la comunidad del infortunio. «Nunca—dice un cronista—se vio a gente pasar tantos trabajos para venir a parar en la horca.»

Cuando después de grandes tribulaciones por mar y por tierra llegaron a países sometidos a las autoridades castellanas, Talavera y sus hombres fueron ahorcados y don Alonso se vio envuelto en procesos que amargaron sus últimos tiempos. La gobernación de Urabá, que le había dado el rey, ya no existía. La mayor parte de sus soldados habían dejado en ella los huesos: otros habían perecido en el mar; sólo Pizarro y unos cuantos predestinados como él consiguieron volver a Santo Domingo.

El antiguo paje de doña Isabel arrastró en la ciudad colonial la mísera existencia de los conquistadores sin éxito. Fue un veterano malhumorado y pronto a reñir entre la bohemia juvenil de capa y espada que llegaba de la Península soñando con la conquista de tesoros y reinos. Se organizaban nuevas expediciones. Pizarro poníase a sueldo de diversos capitanes. Por las calles de Santo Domingo paseaba su garbo otro extremeño, enamoradizo, espadachín y algo letrado, que se apellidaba Cortés.

El capitán del primer Almirante, el socio de Vicente Pinzón, el compañero de Juan de la Cosa, el jefe de Américo Vespucio, veíase cada vez más olvidado. Era un desconocido para aquellos mozos que llegaban de España, pasando junto a él sin reconocer sus canas y sus méritos. Desde la isla metrópoli tomaban vuelo, lanzándose lo mismo que pájaros de presa sobre distintas partes de las Indias misteriosas con mayor éxito que don Alonso, desgraciado como todo precursor. Los únicos que se acordaban de él eran los acreedores, para sus pleitos y procesos, y los muchos enemigos, a los que había ofendido con altiveces y pendencias. Más de una noche, el pobre conquistador, al volver a su tugurio, hubo de tirar de espada contra gentes que le esperaban para matarlo.

—Así acabó, obscuramente—dijo Ojeda—, el primero y más infortunado de los héroes de la conquista. Su muerte quedó en el misterio. Unos dicen que se metió a fraile en los últimos años y pidió al morir que lo enterrasen en la puerta del convento, para que todos hollasen su tumba, castigando de este modo su soberbia y demás pecados. Otros niegan que fuese fraile, y dicen que la pobreza le hizo refugiarse en el monasterio de Santo Domingo, como un parásito, viviendo de la sopa de la comunidad... El hambre fue el único miedo del héroe. Le habían predicho que moriría de inanición, y en sus expediciones cuidaba siempre de llevar alimentos en los bolsillos. La profecía no se realizó al correr por selvas y desiertos o al navegar en buques de escasos víveres. Pero casi fue un hecho cuando el viejo conquistador tuvo que buscar el amparo en un monasterio en aquella ciudad colonial donde nadie le hacía caso.

—¿Y el otro?—interrumpió el doctor Zurita con viva curiosidad—. Ese Méndez del que habló usted antes.

—Diego Méndez—continuó Ojeda—fue un héroe de distinta clase; un «superhombre del mar», como diría el amigo Maltrana. Su aventura portentosa asombra aun en los tiempos presentes. Era un mozo sevillano que acompañó a Colón en sus últimos viajes, cuando, viejo, enfermo y sin poder encontrar los tesoros portentosos que había prometido, sentía crecer la indiferencia en torno de su persona. Méndez fue el discípulo fiel que acompaña siempre a los grandes hombres en su agonía. Las últimas cartas del Almirante lo elogian y lo recomiendan a la gratitud de sus descendientes, que jamás hicieron nada en su favor. Cuando, en el último viaje, el más desgraciado de todos, el descubridor se veía en un apuro, sus ojos lacrimosos de viejo buscaban a Méndez. «¡Hijo!, ¡hijo!», le decía. Y el «hijo» encontraba en su coraje o en su vivo ingenio de andaluz un recurso para salir del mal paso.

Al explorar el Almirante las costas de la América Central, que él tomaba por las de Asia, quedábase en sus naves, y era Diego Méndez el que bajaba a tierra para adquirir noticias y acopiar víveres. Completamente solo, metíase entre las tribus de Veragua, que se estaban juntando para caer de improviso sobre los navíos, inmovilizados en una bahía cerrada por las arenas.

Méndez era recibido por el más temible de los caciques en una choza que tenía por adorno trescientas cabezas de enemigos, y los asombraba cortándose en su presencia con unas tijeras pelos y barbas, operación mágica para los indígenas. Sus curaciones de llagas y otras enfermedades le valían el respeto de un brujo, y gracias a esto pudo vivir entre los indios, avisando a Colón de sus proyectos. Él fundó el primer pueblo del continente, anterior en algunos años al de Ojeda; pero esta población a orillas del río Belén o Yebra, que gobernaba con el título de Factor, tenía que defenderse día y noche de los ataques de los indios. Con veinte hombres armados de espadas y rodelas y dos pequeños cañones de los que llamaban «de fruslera»—metal procedente de las roeduras de piezas de azófar—, hizo frente durante mucho tiempo a los naturales, que, según decía Méndez en su testamento, «flechaban y garrochaban desde lejos como quien agarrocha toro, y eran las flechas y tiradores tantos como granizo; e algunos dellos se desmandaban para venirnos a dar con las machadsnas o macanas—mazas o porras—, pero ninguno dellos volvía, porque quedaban allí cortados brazos y piernas y muertos a espada...».

Al fin, tan inaguantable era esta hostilidad, que el Almirante reembarcó a Méndez con su gente e hizo velas sin haber puesto el pie en tierra firme.

Luego sobrevenía la más penosa y difícil de las aventuras de Colón. La «broma», temida calamidad de los mares tropicales, consumía la madera de los navíos. Las chusmas, extenuadas por el manejo continuo de bombas y calderos, sentíanse impotentes ante el Océano, que invadía en lenta marea ascendente la concavidad de los agrietados cascarones. Así navegaron treinta y cinco días, creyendo ir hacia Castilla cuando estaban más lejos de ella que al salir de Veragua. Hubo que abandonar un navío, que, «agujereado y comido de gusanos, no podía sostenerse sobre el agua», y los otros dos, al llegar con grandes trabajos a las playas de Jamaica, fueron zabordados a tierra, convirtiéndose en casas o fortines de tablas corroídas.

Del castillo de popa, con sus torneados balconajes, a la proa, rematada por el esculpido mascarón, se tendieron techos pajizos iguales a los de las chozas indianas. Al tocar tierra, Diego Méndez, contador de la flota, había repartido el último racionamiento de bizcocho y de vino. Nada quedaba en las despanzurradas bodegas. Una población famélica y desesperada de doscientos setenta cristianos movíase en torno de los cascos en seco.

Ocultábanse los naturales del país, y el hambre, atraída por la soledad, se aproximaba a todo correr. No podían esperar auxilio alguno. Santo Domingo estaba a muchas leguas de distancia y no les quedaba ni un batel para intentar esta travesía audaz. El Almirante, enfermo, debilitado por la vejez, afligido por la presencia de su pequeño Fernando, no sabía qué hacer. «¡Hijo!, ¡hijo!», exclamaba, implorando el consejo de Méndez. Y el mozo, sin miedo y sin pereza, tirando de la espada, metíase tierra adentro con sólo tres hombres, yendo de tribu en tribu a la compra de víveres, que pagaba con cuentas azules, peines, cuchillos, cascabeles y anzuelos. Sus acompañantes volvieron a las naves con la comida, y él siguió adelante por las costas de la isla, completamente solo, hasta que pudo comprar a un cacique una canoa, dándole por ella una bacineta de latón que guardaba en la manga, el sayo y una camisa, de dos que tenía.

En este tronco hueco, ocupado por seis indios remeros y dirigido por él, regresó siguiendo la costa, después de muchos días de ausencia, al lugar donde estaban encallados los navíos, recibiéndolo el Almirante con besos y grandes transportes de alegría. Sólo los dos se daban cuenta de la peligrosa situación. Los indios, que cazaban y pescaban por sus tratos con Méndez, traían víveres al campamento, pero su presencia era cada vez menos regular, y todo hacía temer que desapareciesen para volver luego con enemigos. Colón temía que pusieran fuego una noche a los secos y resquebrajados cascos.

No había otra esperanza que avisar a Santo Domingo para que un buque viniese por ellos. Pero ¿cómo ir allá?... «Señor, yo iré», dijo Méndez. En la canoa comprada por él arrostraría los peligros de un golfo impetuoso de cuarenta leguas entre dos islas donde tantas naos de descubridores se habían perdido, teniendo que luchar además con la furia de las corrientes. El Almirante le besó en los carrillos. «Bien sabía yo que sólo vos osaríais tomar esta empresa. Dios nuestro Señor os sacará de ella con victoria como de las otras.»

Puso Méndez su canoa a monte, le echó una quilla postiza, la dio de brea y sebo, clavó en la proa y la popa algunas tablas para que no se entrase el mar, como lo haría siendo rasa, montó un mástil con su vela y metió los mantenimientos necesarios para él, otro cristiano y seis indios, pues la canoa sólo podía cargar ocho personas. Despidióse de Su Señoría y empezó a seguir la costa de Jamaica hasta el extremo oriental, o sea el más próximo a Santo Domingo, realizando una navegación de treinta y cinco leguas.

En el camino le hicieron prisionero ciertos indios salteadores del mar, y se libró de ellos milagrosamente. Luego, cuando estaba acampado en el extremo de la isla, esperando que el Océano se amansase para emprender la travesía audaz, cayeron sobre él otros indios, que determinaron matarlo. Pero mientras jugaban su vida a la pelota pudo escaparse, y volvió otra vez al campamento, tras una ausencia de quince días, cuando Colón le creía muerto o en Santo Domingo. Persistiendo en su propósito, pidió una escolta que le acompañase al cabo de la isla, para poder esperar con seguridad una ocasión de tiempo bonancible, y el Almirante le dio setenta hombres al mando de su hermano el Adelantado don Bartolomé. De esta manera volvió al extremo oriental de Jamaica, y allí estuvo cuatro días, hasta que, viendo que el mar se amansaba, se despidió de todos, encomendándose a Nuestra Señora de la Antigua.

Navegó en alta mar durante cinco días y cuatro noches, sin soltar un instante el remo que le servía de gobernalle, sin poder moverse en aquella embarcación que al más leve movimiento desordenado podía zozobrar. Así llegaron a la isla Española, abordando al cabo Tiburón cuando hacía dos días que él y sus compañeros no comían ni bebían, por haberse perdido las provisiones con los golpes de mar. Todavía navegó ciento treinta leguas por las costas de la Española en la frágil embarcación, hasta dar con el Comendador Ovando, que era el gobernador, y presentarle las peticiones de auxilio del Almirante. Después hubo de esperar varios meses en Santo Domingo a que volviesen naves de España, pues en más de un año no se había acercado buque alguno. Al fin llegaron tres naos de la Península; Méndez compró una, y cargándola de pan y vino, cerdos, carneros y frutas de la isla, la envió a Jamaica, donde llevaba Colón siete meses de abandono, animado en su infortunio por celestes visiones. Un eclipse de luna, anunciado por él con aires de brujo, había servido para que los naturales atendiesen a la manutención de sus hombres.

—Méndez se volvió a España—dijo Ojeda—y acompañó al Almirante en sus últimos y tristes años. Colón lo recomendó a su familia, y la familia no hizo nada por él. El hijo de Colón, segundo virrey de las Indias, le había ofrecido el cargo de alguacil mayor de Santo Domingo, pero se lo dio a un pariente suyo. El valeroso hidalgo vivió muchos años, muchos; llegó a alcanzar el gobierno de don Luis, el nieto de Colón, y su madre la virreina gobernadora... A la hora de la muerte, al redactar en Valladolid su heroico testamento, declaraba con amargo orgullo que, pudiendo ser por sus trabajos el más rico hombre de la isla si los descendientes del Almirante hubiesen cumplido sus promesas, era el más pobre de ella, pues no tenía ni una casa en que vivir sin pagar alquiler.

La gloria de sus hazañas, algo olvidadas, le preocupó en los últimos instantes al disponer su sepultura. Quería que lo enterrasen bajo una piedra grande, la mejor que encontraran sus herederos, y que sobre ella hiciesen grabar: «Aquí yace el honrado caballero Diego Méndez, que sirvió mucho a la Corona Real de España en el descubrimiento y conquista de las Indias...». Y con la gravedad de un gran señor que dispone los cuarteles y demás adornos heráldicos de su tumba, describió el escudo que debía encabezar la inscripción: «Ítem: En medio de la dicha piedra se haga una canoa, que es un madero cavado en que los indios navegan, porque en otra tal navegué yo trescientas leguas, y encima pongan unas letras que digan: Canoa».

Una disposición extravagante, mezcla de hidalgo orgullo y amarga ironía, cerraba el testamento del argonauta. Colón, antes de morir, había instituido un mayorazgo con los grandes bienes que poseía en las Indias. El pobre Méndez, sin una casa «donde morar sin alquiler», no quiso ser menos que su antiguo jefe e instituyó un mayorazgo con todos sus bienes. Estos bienes eran un mortero de mármol, que estaba en poder de un hijo de Colón y siete libros, que constituían toda su fortuna.

—El testamento cita los libros—añadió Ojeda—. Un tratado en verso sobre la venganza de la muerte de Agamenón, otro tratado de las Querellas de la Paz, la filosofía moral de Aristóteles y las obras de Erasmo, el autor de moda en aquel entonces... Esto prueba que los conquistadores no fueron brutos heroicos, incapaces de escribir su nombre, como se ha creído después, equiparándolos a todos con el duro e iletrado Pizarro.

—¡Qué hombres!... ¡qué hombres!—murmuró con admiración el doctor Zurita.

Maltrana, seducido por el entusiasmo de sus compañeros, habló también de los conquistadores. Después de la lucha de siete siglos con los moros, la empresa de las Indias había sido la más popular, la más española. Las guerras en Italia, Flandes y Francia, todas las empresas de Europa, eran negocios de reyes, pleitos hereditarios en los que tomaba parte la nación por obediencia, sin iniciativa alguna, acompañada muchas veces de otros pueblos. El tercio castellano era, como la legión romana, un núcleo de combate rodeado de enjambres de tropas auxiliares. En torno de los arcabuceros y piqueros españoles de amarillo coleto, marchaban los espadachines italianos de capa negra y los lansquenetes alemanes con acuchilladas calzas y pesadas alabardas. Las victorias españolas iban suscritas muchas veces por generales extranjeros.

—En las Indias no—dijo Maltrana—. En las Indias todo es nuestro: el soldado, el caudillo y el navegante. Hasta el dinero de las empresas de descubierta fue dinero popular. Los reyes sólo dieron subsidios para los primeros viajes. Luego, la iniciativa privada se lanzó a los descubrimientos por mar y por tierra, y en menos de un siglo dejó contorneado y explorado medio mundo.

Las modernas sociedades comerciales, las empresas por acciones, habían hecho su primera aparición en aquella España apenas salida del caos medieval. Un capitán con vagas noticias de una tierra nueva encontraba siempre un cura poseedor de ahorros, un escribano ávido, un hidalgo capaz de vender sus terruños, que se asociaban con él para la aventurera empresa, facilitando capitales con los que se adquirirían barcos, armas y víveres. El rey sólo daba su licencia, reservándose a cambio de ésta el quinto de las ganancias.

Marchaban los soldados a la conquista sin paga alguna. Eran socios industriales con una participación variable, según si iban a pie o mantenían caballo, si poseían arcabuz o disponían únicamente de espada y rodela. Unas veces, al partir la expedición de un gran puerto, se consignaban las condiciones de la empresa en solemnes capitulaciones notariales; otras, los héroes que no sabían firmar hacían decir una misa, y en el momento de la consagración tiraban de sus espadas, y con la otra mano sobre la hostia, juraban mantenerse fieles a sus pactos y compromisos. Esto no impedía que al llegar la hora del triunfo los juramentos se degollasen sacrílegamente por el reparto de unos señoríos tan grandes como la Península, con montañas que años después habían de vomitar metales preciosos por las gargantas de sus bocaminas.

Algunas expediciones partían apresuradamente, antes de completar sus preparativos, por miedo al arrepentimiento de los capitalistas o las exigencias de los acreedores. Hernán Cortés, en su viaje para la conquista de Méjico, había tenido que hacerse a la vela apresuradamente, antes de completar la provisión de víveres, por miedo a un embargo de los prestamistas.

Los formulismos legales acompañaban a los aventureros en sus lejanas empresas. El escribano era un personaje importante en toda expedición. Los Reyes Católicos habían recomendado, al iniciarse los descubrimientos, que se procediese con dulzura en el trato de los indígenas. Por esto los primeros navegantes, cada vez que al abordar a una isla o una costa de tierra firme eran recibidos por los indios con flechazos y pedradas, antes de tomar la ofensiva llamaban al escribano real, le pedían testimonio de cómo habían sido acogidos en son de guerra, viéndose en la imperiosa necesidad de defenderse; y una vez cumplida esta formalidad papelesca, disparaban las lombardas y arremetían espada en mano.

Los tres hombres, contemplando el Océano desde la borda de aquel trasatlántico provisto de las mismas comodidades de un gran hotel, recordaban las pobres embarcaciones montadas por los héroes del descubrimiento. Las carabelas, buques ligeros de rápido andar y escaso calado, que no tenían espacio para la carga ni el pasaje, sólo habían servido en las primeras navegaciones de exploración. Al poco tiempo de ser descubiertas las Indias, era la nao la que cruzaba el Atlántico, el pesado galeón, redondo de casco y de velamen, alto de popa, cuyo vientre podía transportar las gentes, bestias y herramientas necesarias para las nuevas tierras.

La monotonía abrumadora de estas navegaciones de meses y meses sólo era alterada por los peligros del Océano y por los que provocaban la imprevisión y la ignorancia propias de la época. Perdíanse muchos buques. Las primeras naos del descubrimiento iban montadas sólo por hombres. Luego, los galeones de la colonización llevaban mujeres y niños, familias en masa que se trasladaban al Nuevo Mundo, y cuando creían ver sus costas eran tragadas por la tormenta, bajando para siempre a las profundidades del mar. Los marinos expertos, amaestrados en anteriores viajes, no eran suficientes en número para las expediciones, cada vez más numerosas, a las tierras colonizadas.

Pilotos de los mares de Europa avanzaban a ciegas por el Atlántico, siguiendo inciertos derroteros en los portulanos recién dibujados. Cuando se consideraban todavía lejos del punto de llegada, surgía de pronto la costa ante el morro chato del galeón. Otras veces creían hallarse junto a las Indias, y una estima más exacta de las leguas corridas les hacía ver con terror que estaban aún en mitad del camino, con las provisiones agotadas, y lo que era más horrible, con sólo unos barriles de agua. Los hombres querían matar, enloquecidos por la sed; las mujeres, de rodillas, enseñaban a sus pequeñuelos, pidiendo por caridad unas gotas de líquido.

¡Los dramas ignorados que había presenciado aquel testigo azul mudo e inmenso! ¡Los naufragios que no habían dejado como rastro ni una tabla!...

Avanzaba la nao bajo la dirección y la autoridad despótica del piloto, una especie de brujo que hablaba con los vientos y las olas. El capitán era el jefe del combate, el hombre de espada, el primero de todos en presencia de una nave hostil o de una costa abordable; pero en pleno mar obedecía, lo mismo que los demás, al grave piloto, agorero personaje que examinaba el color de las aguas, el vuelo de las gaviotas, la intensidad de los vientos, los tintes del alba y las nubes sangrientas de la puesta del sol.

Ocupaba un lugar en lo más alto de la popa, llamado «el tabernáculo», sentábase en un sillón de brazos semejante al de los antiguos barberos, y desde él gritaba sus órdenes a los proeles, mozos, grumetes y pajes, marinería despechugada, medio desnuda y famélica, en antigua relación con toda clase de parásitos. Al cerrar la noche se apagaban en el buque fuegos y luces, por miedo al incendio. Quedaban fríos hasta la mañana siguiente los hornillos de la cocina. No había más resplandor que el de la lumbre de la bitácora; y al encenderla, el paje de guardia decía, según costumbre: «Amén y Dios nos dé buenas noches; buen viaje, buen pasaje haga la nao, señor capitán y maestre y buena compaña».

Quedaban dos pajes cerca de la bitácora velando la ampolleta, un reloj de arena que molía—dejaba pasar—su contenido en media hora. Así medían el tiempo en la obscuridad de la noche. Y siguiendo una tradición, decían los pajes al entrar de guardia:

Bendita la hora en que Dios nació,
Santa María que lo parió,
San Juan que lo bautizó.
La guarda es tomada;
la ampolleta muele,
buen viaje haremos, si Dios quiere.