WeRead Powered by ReaderPub
Los Caminos del Mundo cover

Los Caminos del Mundo

Chapter 42: I ANTECEDENTES
Open in WeRead

About This Book

A compiler frames three brief, loosely connected narratives assembled from a relative's papers and the testimonies of an older mentor, with recurring reference to a figure called Aviraneta. The pieces range from a prisoner's memoir of captivity, illness, courtship and an honor-driven refusal to swear allegiance under an imposed regime, to a murky account of conspirators and clandestine plotting, and finally to a gritty provincial tale involving violence and its consequences. The volume blends personal recollection, political turbulence and episodic adventure in a folkloric, anecdotal tone.

Heil dir im Siegerkranz
Herrscher des Vaterlands
Heil, Kaiser, dir!,

palabras que parece quieren decir: ¡Salve, coronado de victoria! Soberano de la patria. ¡Salve, César!

Estos preparativos y estos cantos nos hicieron pensar si los franceses habrían pasado el Rhin de nuevo y si vendrían a atacar las pocas tropas que estaban allí acantonadas. Como no entendíamos nada de cuanto entre sí decían aquellas gentes y las veíamos armarse con tal precipitación, nos encontrábamos inquietos.

Nos reunimos en la calle con el dueño de la posada, y éste nos dijo que tales preparativos eran para recibir al gobernador o comandante del reino de Westfalia, príncipe alemán que iba a entrar momentos después en Colonia.

Ya más tranquilos, fuimos de nuevo a pasear. En las casas encendían hogueras y luminarias; la música del pueblo salía a una de las entradas de la ciudad para tocar a la llegada del príncipe. Toda esta gente armada formó en las calles próximas al Palacio del Gobierno y de Justicia, por donde había de pasar el gobernador, dejando en medio sitio suficiente para la comitiva.

A esta milicia, rápidamente organizada, parece que llaman en alemán landsturm, o leva en masa. La landsturm de Colonia se acababa de crear cuando salieron los franceses, y tenía por objeto defender el país en ausencia de las tropas, que en su totalidad habían pasado a Francia.

Aviraneta no quiso presenciar la ceremonia de recibir al gobernador y nos volvimos hacia casa. Antes de llegar a la posada, Eugenio nos propuso meternos en un café a tomar un ponche, y así lo hicimos. El café estaba vacío; como era natural, todo el mundo había salido con la landsturm a presenciar la entrada del príncipe.

Unicamente en una mesa vimos a un hombre alto con una porción de papeles delante. Nos sentamos a su lado y observamos que en los papeles tenía muchos cálculos complicados. Aquel hombre debía de ser algún profesor o inventor. De cuando en cuando hacía números y ecuaciones; luego se quedaba mirando al techo como esperando algo.

Daba la impresión de que para él no existían los demás.

Aviraneta, que era hombre que siempre le gustaba llevarme la contraria, señalando al desconocido dijo:

—Es muy posible que dentro de cien años se hable de este hombre como de un personaje eminente, y, en cambio, no se sepa quién era el fantasmón que entra ahora en Colonia en medio de aclamaciones y músicas.

Como yo creo que hay que dejar a cada loco con su tema, no contesté.

Tomamos nuestro ponche y poco después se presentó en el café un grupo de estudiantes; comenzaron a beber cerveza, y uno de ellos se subió a una mesa y entonó canciones patrióticas con un gran fuego, coreadas por tempestades de aplausos.

Nosotros nos levantamos y nos fuimos a acostar.


IV
UN PAÍS TRANQUILO

Desde Colonia hasta la entrada de Holanda pasamos Dusseldorf, Arnhem y Múnster, y de este pueblo, notable por sus anabaptistas, tomamos el camino de Zwolle, que nos dijeron era el mejor.

Ibamos en una silla de posta abierta. Hacía un frío terrible; el camino estaba cubierto de nieve y tenía no solamente agujeros y baches, sino verdaderas lagunas de más de una vara de profundidad, en parte heladas y en parte, no.

En los sitios donde el hielo se hallaba compacto, los caballos corrían por encima fácilmente; pero donde se encontraba roto y a medias fundido, se hundían las ruedas y era muy difícil salir del atranco.

Afortunadamente, los caballos eran buenos y el cochero muy hábil. Gracias a esto pudimos salir con fortuna de aquellos malos pasos.

Después de la silla de posta tomamos un carro y, molidos por el traqueteo de cincuenta horas de camino, llegamos a Zwolle, pueblo de Holanda, a no mucha distancia del golfo de Zuidersee.

Zwolle es un pueblo muy limpio, de calles rectas. Preguntamos si podríamos encontrar barco para Inglaterra en el Zuidersee, y nos dijeron que probablemente no lo encontraríamos. En vista de esto tomamos asiento en la posta para Utrecht, con la idea de ir a La Haya, en donde nos dijeron hallaríamos con seguridad transportes.

En Nijkerk nos encontramos sin tiros al llegar a la posta. Había pasado unas horas antes el hermano del príncipe de Orange con mucha comitiva, llevándose todos los caballos. Tuvimos que aguardar a que trajesen otros, sentados al lado de la estufa, dando cabezadas, hasta la noche, en que volvimos a ponernos en camino.

Llegamos a Utrecht, ciudad hermosa, con calles magníficas, de mucho comercio y hermosos canales. El cochero nos dijo con sorna que en Utrecht se recordaba mucho a Carlos V y a los españoles; pero parece que se les recordaba como a una enfermedad mortal.

Paramos poco en Utrecht; tomamos una diligencia con cuatro caballos y salimos en dirección a Leyden, con tiempo claro y muy frío.

Los caminos en Holanda están muy bien cuidados; pero son estrechos hasta tal punto, que en algunos parajes, si se encuentran dos coches, el uno o el otro tiene que pararse.

Los árboles de la carretera, muy bien cuidados, forman alamedas, y por entre su ramaje se ven canales de agua inmóvil.

Cuando pasamos nosotros, los canales estaban helados, y en la proximidad de los pueblos los chicos patinaban y se deslizaban en trineos.

Continuamente, a un lado y a otro de la carretera, aparecían granjas, huertas, jardines, bosques, casas de madera, todo limpio y arreglado.

Los holandeses son gentes que lavan con frecuencia las fachadas de sus casas y se cuidan de los más pequeños detalles; así que su país da una impresión de orden y de limpieza muy agradable.

Llegamos a Leyden, ciudad rodeada de agua por todas partes, con el río, un canal alrededor como el foso de una ciudad amurallada, y otros varios canales por las calles.

El pueblo estaba amotinado contra los franceses, que ya se habían marchado de allí; manera de amotinarse muy cómoda. Al parecer, los soldados de Napoleón, mientras ocuparon Leyden, no habían dejado hueso sano a los hombres, ni doncella íntegra en unas leguas a la redonda.

Los habitantes de Leyden se habían vengado de los invasores, cogiendo a los dependientes encargados del cobro de derechos que percibía el Gobierno francés, metiéndolos en toneles y echándolos al agua.


V
UNA INGLESA ANTIESPAÑOLA

Llegamos a La Haya y fuimos a la posada del Aguila de Oro. En la mesa se sentó junto a nosotros un comerciante inglés con su hija, muchacha muy bonita.

La inglesa, al saber que éramos españoles, expresó cándidamente su sorpresa.

—¿Por qué le choca a usted?—le preguntamos nosotros.

—Porque yo he oído decir que los españoles son tan crueles y tan feroces, que no creía tuvieran el aspecto de las demás personas.

Aquello me indignó.

Aviraneta, tomándolo a broma, dijo a la inglesa:

—¿De manera que usted creía que la generalidad de los españoles tendrían todavía peor aspecto del que tenemos nosotros? Es decir: que suponía usted que eran más flacos, más negros y más feos que nosotros. No, no, señorita; no todos son como nosotros. Hay alguno que otro presentable.

Riego, que sabía algo de inglés, dijo en serio:

—Mire usted, señorita. No tiene duda que los españoles hemos hecho, en todos los tiempos, muchas barbaridades; pero crea usted que no las han hecho menores los ingleses, los franceses, los alemanes o los holandeses. Si nosotros hemos sido crueles, tan crueles han sido ellos; si hemos sido ladrones y piratas, ladrones y piratas han sido ellos. Lo único que no hemos sabido hacer tan bien como ustedes ha sido vestir nuestros crímenes históricos con el manto de la hipocresía.

—Pero ustedes mandaron la Armada Invencible para destruír Inglaterra—dijo la muchacha.

—Y ustedes mandaron la escuadra de Nelson a Trafalgar. Sólo que la Armada Invencible tuvo la mala suerte de desaparecer en un temporal, y la de Nelson la buena suerte de echar abajo nuestros buques.

La señorita inglesa no quería reconocer esta identidad; suponía que Inglaterra había vencido siempre porque tenía la virtud y llevaba al lado a San Jorge, que la protegía.

El padre de la muchacha, más transigente, nos decía, llenando su vaso:

—Sí, sí; hacen ustedes bien en defender su bandera, jóvenes. Antes que nada, la bandera.

Y vaciaba el vaso de un trago.


VI
EL CHINO DE LA HAYA

El día siguiente nos presentamos en casa del embajador inglés lord Clancarty a que nos dieran los pasaportes para entrar en Inglaterra.

El embajador, que era un inglés de estos ridículos y soberbios, nos trató muy desdeñosamente, y después de hacernos esperar mucho tiempo, nos envió los documentos con un criado.

Hecha esta diligencia, volvimos al hotel.

Había por las calles de La Haya gran animación. El príncipe de Orange acababa de llegar procedente de Inglaterra, en cuyo país había permanecido el tiempo que Holanda estuvo ocupada por los franceses.

Con este motivo se celebraban fiestas y se organizaban cuerpos de voluntarios que iban a reunirse a los aliados.

Aviraneta decía que era cosa extraña que los pueblos que se habían prestado a morir por unos reyes que se escapaban de su país en el momento del peligro los recibieran a éstos, al volver, con entusiasmo.

Aviraneta no podía comprender que un rey no es un hombre. No estábamos en aquellos momentos para discutir, porque nos encontrábamos cansados de tanto ajetreo.

Creíamos que podríamos embarcarnos en el puerto de La Haya, llamado Scheveninguen, al día siguiente; pero allí no había ningún paquebote inglés y nos dijeron que teníamos que ir a las bocas del Mosa.

Nos resignamos a quedarnos en La Haya por aquella noche. En la fonda, en la mesa, encontramos un chino que iba a embarcarse para su tierra.

Sabía un poco de francés y de español y hablamos con él. Yo le dije que iría verdaderamente asombrado de la civilización de Europa, y me contestó que no; que Europa le parecía una cosa despreciable. Me quedé atónito. Riego y Aviraneta se reían.

Preguntándole por qué tenía una idea tan mala de nuestro continente, dijo que en su país no se mataban los hombres como en Europa, ni se quemaban las casas; que allí el matar no tenía valor, sino el saber y las virtudes.

Le quise convencer de que debía tener más respeto por nuestra civilización, primeramente por creer nosotros en la única religión verdadera, que es la Católica Apostólica Romana, establecida por Cristo y su Iglesia, y gozar nuestros países de los mayores adelantos, a lo que contestó el chinito que la única religión verdadera es la establecida por Buda, y que hay mayores adelantos en China que en Europa.

Si hubiéramos estado en España le hubiera dirigido a algún sabio padre inquisidor para que convirtiera a aquel bárbaro; pero en Holanda descuidan los asuntos de conciencia y no hay inquisidores.

El tal chino era malicioso en extremo y se burlaba de cuanto veía de una manera verdaderamente molesta.

Ya no me faltaba más sino que, después de haber sido vejado durante todo el camino por alemanes, holandeses, italianos e ingleses, viniera un ridículo chino a reírse de uno.

Al día siguiente, en compañía del chino, salimos de La Haya por las calles, adornadas con arcos de triunfo y guirnaldas para el paso del príncipe de Orange.

Llegamos a Maassluis, e inmediatamente fuimos al embarcadero a pasar un brazo de mar que comunica con el río Mosa.

En la punta del muelle encontramos un correo de gabinete inglés que se llevó con su comitiva las barcas. Esperamos a ver si volvía; pero como tardaba mucho, después de calarnos hasta los huesos, tuvimos que retornar al pueblo.

Las posadas en Maassluis estaban ocupadas y nos repartieron en casas particulares. A mí me llevaron a la de un médico, donde no había nada que comer. Parece que el domingo hay por allá la costumbre de tener las tiendas cerradas. Comí unas patatas y un poco de queso y estuve en un cuarto calentado con una estufa de turba, que olía muy mal y que me dió dolor de cabeza. Mientrastanto, el médico, cirujano, o lo que fuese, me echó un discurso en mal francés, diciendo que explicara a los españoles lo que era la tolerancia, y cómo allí convivían los católicos, los presbiterianos, los luteranos y los judíos en paz. Le dije que esto sería cierto, pero que en España, en cambio, no se tenía la costumbre de molestar a los huéspedes.

Se calló el médico y no me habló más.


VII
EFECTO DE SOL EN EL TECHO DE UNA POSADA

Al día siguiente pasamos la desembocadura del Mosa y salimos a Brielle. De Brielle marchamos a Hellevoetsluis, que está en una gran ensenada. De aquí salían casi diariamente paquebotes para Inglaterra.

En Hellevoetsluis las posadas estaban llenas; no cabía en todo el pueblo una rata, y nos dijeron que fuéramos a alojarnos al cuartel. Fuimos a ver el cuartel, que era un lugar horrible y sucio.

En vista de esto, nos dedicamos, cada uno por su lado, a ver si encontrábamos posada.

Yo vi un cuarto como un camarote, que lo alquilaban por dos coronas inglesas; Riego, una alcoba en una casa; Aviraneta dijo que lo único con que se había topado era una sala de billar, y Ganisch, que tardó mucho, dijo que había encontrado un cuarto magnífico, cómodo y barato, en una posada de los alrededores.

Riego se quedó en el pueblo, y nosotros fuimos con Ganisch, y, efectivamente, nos hallamos con un cuarto muy hermoso, con dos camas.

La dueña de la casa era una vieja que tenía una criada rubicunda, gruesa, muy blanca, con la cara ancha, algo parecida a esas mujeres de los cuadros de Rubens. Ganisch comenzó a andar tras ella, mientras Aviraneta y yo charlábamos.

Cenamos muy bien, nos acostamos en el cuarto grande Eugenio y yo, y nos despertamos con un espectáculo verdaderamente grotesco.

Había concluído de rezar mis oraciones y estaba en el momento de conciliar el sueño, cuando oí un grito y un ruido de cascotes que caían sobre mi cama.

—¡Eugenio!—dije.

—¿Qué?

—¿Has oído?

—No; ¿qué pasa?

—Que cae algo de arriba.

—No he oído nada.

Encendí la luz, miré al techo, y ¡cuál no sería mi asombro al ver que éste cedía e iba apareciendo encima de mí, entre briznas de heno, como un sol de carne, la parte posterior de la criada rubicunda de la posada!

—¡Eh!, ¿qué es eso?—exclamó Aviraneta, como si la parte aquella al descubierto de la criada le fuera a contestar.

Aviraneta se levantó de la cama, se puso un abrigo, salió del cuarto y subió las escaleras al pajar. Por lo que me dijo, se encontró a Ganisch, que intentó esconderse, y ayudó a la criada rubicunda a salir del atranco en que estaba, pues por poco se cae desnuda encima de mí. Después de haber aconsejado a los dos que escogieran sitio más sólido para sus experiencias, se volvió a acostar, riendo a carcajadas.

Al día siguiente, salimos de la posada de la criada rubicunda y nos fuimos a ver a un comisario inglés, a pedirle plazas en un barco.

El comisario era tipo quisquilloso y antipático, y nos dijo que debíamos pagar los billetes por anticipado, si queríamos que se nos reservaran los puestos. Lo hicimos así, y nos dijo que nos presentáramos al día siguiente, por la mañana, en el muelle.


VIII
EL «FÉNIX», LA «SOFÍA» Y EL «VULCANO»

A las ocho de la mañana estábamos en el puerto Riego, Aviraneta, el chino de La Haya, Ganisch y yo.

Nos dijeron que nos apresuráramos, porque el Fénix iba a salir.

Los bateleros nos hicieron pagar la friolera de tres coronas inglesas por persona por llevarnos al buque, que estaba a un tiro de fusil.

Llegamos al Fénix, y el barco se quedó sin moverse. Intentó salir, y no salió. En vista de esto volvimos al muelle, hablamos al comisario inglés, y éste nos dijo que la que partía de veras era la corbeta Sofía, que iba directamente a España. Dijimos al comisario inglés que nos devolviera el dinero, que iríamos en la Sofía; pero el comisario contestó que no, que nada tenía que ver un barco con otro.

Nos metimos en una lancha, que no nos costó tanto como la primera, y fuimos a la Sofía. El buque era un brick holandés pequeño; llevaba treinta oficiales españoles, sesenta soldados, entre ellos algunos ingleses, y otros pasajeros.

No había sitio para tanta gente.

Llegó la hora de comer, y nos dieron como ración para seis un pedazo de carne salada de tres libras, un poco de harina, un puñado de pasas, un cuartillo de ron y galleta.

Algunos oficiales fueron a pedir más ración; pero el capitán les volvió la espalda. Aviraneta tenía dinero y compró suplementos al cocinero, y además contrató con él que nos hiciera la comida. Con la harina, metida en un saco de lienza, las pasas y un poco de sebo hacían un pudding muy pesado; una pasta que parecía de engrudo.

A la mañana siguiente creímos que íbamos a salir, y nada; en cambio, el otro transporte, el Fénix, donde habíamos estado el día anterior, pasó por delante de nosotros con las velas desplegadas.

El chino nos saludó al pasar, y nos dijo en castellano, maliciosamente:

—Buda puele más que Clisto.

No quise contestar nada a aquel pobre salvaje.

El capitán de la Sofía, al ver nuestra desesperación, dijo que a la mañana siguiente saldríamos.

Vino la mañana; los marineros empezaron sus preparativos; todos los soldados y oficiales ayudamos a la maniobra, tirando de los cables; pero el barco no se movió. El capitán, muy tranquilo, dijo que la Sofía estaba encallada en arena y que había que esperar a que la marea subiera más.

Al día siguiente ocurrió lo mismo; la Sofía no quiso salir. Tres días pasamos así, sometidos al capricho de la Sofía y al pudding con engrudo, hasta que el capitán confesó que el barco se iba poniendo muy pesado y que había que descargarlo para que pudiera moverse.

Bajamos a tierra y volvimos a ver al comisario inglés. El hombre, cínicamente, dijo que el haber pagado antes no valía, y solamente a Ganisch, al ver que no se separaba de él y se miraba los puños, le devolvió el dinero.

Por la tarde llegó un transporte inglés, el Vulcano.

Intentamos embarcar, pero nos dijeron que no podía ser. Acababa de venir un embajador austriaco que iba a Londres con su séquito y le habían reservado todos los puestos del transporte. Aviraneta se puso como un loco y dijo mil disparates y barbaridades, sin comprender que los diplomáticos tienen asuntos más importantes que las demás personas.

El comisario indicó que nos prepararían otro transporte, cuando llegó un aviso de que el embajador austriaco no podía salir aquel día. Por lo tanto embarcábamos para Londres.

—¡No se pueden ustedes quejar!—nos dijo el comisario inglés.

Nosotros torcimos el gesto. Era demasiada broma. Ganisch hizo una de las suyas: al subir al barco aparentó que tropezaba, se agarró al comisario inglés y cayó con él al agua.

El inglés salió sin sombrero y chorreando como un perro, y esta falta de respeto de Ganisch fué muy celebrada por Aviraneta y por todo el equipaje del barco.


IX
JURA DE LA CONSTITUCION

Se puso el Vulcano en franquía, enderezó el rumbo a Inglaterra, y a las diez o doce horas de navegación, después de marearnos todos, pasamos las corrientes del Canal de la Mancha y entramos en el Támesis.

Estuvimos en Londres sólo unas horas; Riego se quedó allí, donde formó un cuerpo militar con muchos refugiados españoles, y volvió a la península meses después.

Aviraneta, Ganisch y yo tomamos pasaje para España en un paquebote, en donde iban únicamente treinta y tantos pasajeros. La navegación fué feliz y el tiempo bueno.

Al acercarnos a La Coruña, al pasar por delante del castillo de San Antón, se levantó de improviso una racha de viento favorable, que aprovechamos para acercarnos a la ciudad; con el anteojo veíamos a la gente que se agolpaba en el paseo de la Alameda. Luego el viento se nos puso de proa y creíamos que no podríamos pasar. Así estuvimos un cuarto de hora, al cabo del cual cambió el viento, y entramos en el puerto a las tres y media.

El muelle y el paseo estaban ocupados por una multitud que nos recibió con aclamaciones y aplausos.

Bajamos y fuimos a una posada de la calle Real.

Por la tarde me llamó el general Lacy, que mandaba el ejército, y me dijo que se iban a formar dos batallones con los oficiales y clases que venían repatriados.

En dos días se organizaron los batallones y nos pasó revista Lacy. Una semana más tarde mandó formar el cuadro en el patio del cuartel y pronunció una corta arenga. Después se celebró la jura.

En el centro del patio se había levantado una pila con tambores, poniendo encima los Evangelios, un ejemplar de la Constitución y la bandera del regimiento.

Juraron el nuevo Código nacional: primero, el coronel y un oficial de cada grado; en seguida, un sargento, un soldado y un cabo de cada batallón.

El general Lacy recogía el juramento con el tricornio en la mano. El que iba a jurar se arrodillaba delante de los tambores, colocando la mano en el libro santo.

Preguntaba el general:

—¿Juráis a Dios y prometéis guardar y hacer guardar la Constitución y defender al rey?

—Sí, juro.

—Si así lo hacéis, Dios os lo premie, y si no, os lo demande.

Después de esta ceremonia me reuní con Aviraneta, que me dió cuenta del dinero que le había entregado mi madre y de la forma en que lo gastó.

Yo no quise oírle; le abracé y le rogué que se quedara con lo que sobraba. El no aceptó, y entonces nos lo repartimos entre los dos.

Poco después hubo en La Coruña varios días de iluminación por la llegada de Fernando VII a Madrid. El general Lacy fué suspendido de su empleo y sustituído por Bassecourt, lo que a los constitucionales sentó muy mal.

Al despedirme de Aviraneta le pregunté:

—¿Y ahora, qué vas a hacer?

—Me voy a Soria o a Navarra a vegetar.

Yo marché a Madrid a abrazar a mi madre.


UNA INTRIGA TENEBROSA
LOS HOMBRES DE LA CONSPIRACIÓN DEL TRIÁNGULO

HABLA LEGUÍA

En el tiempo a que me refiero, el restaurante del Rocher de Cancale era muy célebre en París.

Ni los salones de Very o de Vefour, ni la celebrada fonda de los Hermanos Provenzales, podían competir en fama con el Rocher de Cancale entre los discípulos y practicadores de las suculentas teorías de Brillat-Savarin.

Una noche, de sobremesa, después de cenar con varias personas en el Rocher, oí la historia que voy a contar al barón de Oiquina.

Era a fines de 1840. Había ido yo a París desde Bayona con una comisión de Aviraneta para don Vicente González Arnao, personaje de larga historia que en las postrimerías de la primera guerra carlista fué el intermediario entre el Gobierno de María Cristina y el cabecilla Muñagorri. Este Muñagorri, escribano de Berástegui, hacía la guerra al carlismo con la bandera Paz y Fueros.

En el fondo, el cabecilla-escribano era una creación de Aviraneta, y su proyecto de escisión del carlismo estaba copiado de otro de don Juan Olavarría, el cual había presentado al Gobierno, hacía años, una Memoria considerando la bandera de Paz y Fueros como un buen medio de acabar la guerra.

Muñagorri no tuvo el éxito que se esperaba de él. Era hombre ligero, de pocos arrestos y, sobre todo, de poca sindéresis. A pesar de esto, algo contribuyó a descomponer el carlismo, y hubiera contribuído más si el cónsul de Bayona, Fernández de Gamboa, esparterista y enemigo de toda transacción, no hubiese opuesto una serie de obstáculos y dificultades a la empresa.

González Arnao, partidario como Aviraneta de acabar la guerra a todo trance, creyó que la campaña de Muñagorri podría ser útil y trabajó para ayudarla con lord John Hay y con el embajador de España en París, marqués de Miraflores.

Arnao, muy patriota, tenía gustos e inclinaciones de parisiense más que de español, a pesar de ser hijo de Madrid; cosa no muy rara, porque había vivido cerca de treinta años en la capital de Francia.

Cuando le conocí yo, Arnao era muy viejo, pero se conservaba derecho y fuerte.

Como la mayoría de los hombres de esta época, había tenido una vida doble. En tiempo de Carlos IV fué profesor de Física experimental en la Universidad de Alcalá, síndico del Ayuntamiento de Madrid y abogado.

Por esta época publicó, en colaboración, el Diccionario histórico-geográfico de Navarra y de las Provincias Vascongadas.

Formó parte, en 1808, de la Junta de Bayona, y al tomar posesión de la corona de España José Bonaparte le nombraron consejero de Estado.

En 1813 tuvo que huír a Francia con todos los que habían aceptado el Gobierno del intruso.

Don Vicente estuvo en París hasta 1820, y cuando el Gobierno anuló el decreto de la Junta Central de Cádiz, en que declaraba a los ministros y empleados del rey José traidores a la patria, a la religión y al rey, volvió a España con otros josefinos.

Era González Arnao hombre sinceramente liberal; amaba la libertad como algo necesario para la vida, y no le preocupaba gran cosa la cuestión de personas.

Al entrar en España vió que no se podía vivir en Madrid; que entre comuneros y masones estaban acabando con el régimen constitucional; quiso mediar entre unos y otros, y enemistado con los dos bandos, se volvió a París.

En el lapso de tiempo comprendido entre la segunda época constitucional y la primera amnistía otorgada por Fernando VII poco después de su matrimonio con María Cristina, don Vicente llegó a ser el abogado de los proscritos españoles, no sólo de Francia, sino de toda Europa.

Tenía Arnao por entonces su despacho en una de las calles más animadas de París, la del Faubourg Montmartre, y su casa era un constante subir y bajar de personas que iban a consultarle.

Entre los políticos y escritores franceses contaba Arnao con amigos ilustres, y en esta época sentaba con frecuencia a su mesa a Destutt Tracy, a Armando Carrel y al historiador Mignet.

González Arnao podía alternar con ellos; era un hombre muy culto; sabía el latín y el griego admirablemente y conocía a la perfección los idiomas modernos: el francés, el inglés y el alemán.

A fines de 1831, Arnao marchó a España y dejó su bufete a su secretario y socio, un catalán llamado Pagés.

En 1838, don Vicente volvió de nuevo a Francia y estuvo en Bayona y en París por asuntos relacionados con la guerra carlista. Mientras él acudía a la Embajada de España y celebraba consultas en la calle del Faubourg Montmartre, su antiguo secretario corría medio París en su cabriolé.

Arnao, a quien fuí a visitar por encargo de Aviraneta y a darle datos de las conjuras que se fraguaban en Bayona para reanudar la guerra después del Convenio de Vergara, me recibió muy afectuosamente.

Después de una larga conferencia me dijo:

—¿Quiere usted comer esta noche conmigo?

—Con mucho gusto.

—Comeremos en el Rocher de Cancale. ¿Sabe usted dónde está?

—No.

—Pues entonces mi amigo Pagés le irá a buscar a su casa. ¿Dónde vive usted?

—Vivo en el hotel de Embajadores, calle de Santa Ana, 75.

—¡Oh, lo conozco! Allí hemos conspirado los españoles durante mucho tiempo. Espere usted a Pagés; irá a buscarle al anochecer.

—Muy bien. Le esperaré.

Me fuí a la fonda, y, efectivamente, antes del anochecer se presentó el señor Pagés a buscarme. Subimos al coche, que esperaba a la puerta, y nos encaminamos al Rocher de Cancale.

Aguardamos un rato y, uno tras otro, se presentaron los tres comensales que iban a cenar con nosotros. En total éramos cinco: Arnao, Pagés, un cura vizcaíno, don Ignacio, que hacía mucho tiempo vivía en París, expulsado de España por afrancesado, y el barón de Oiquina.

El barón de Oiquina era un viejo que, a pesar de ser exageradamente atildado en el vestir, resultaba no sólo un hombre serio, sino una persona respetable.

Tendría el barón más de setenta años; era sonrosado, de ojos azules, de cabellos blancos, que parecían vellones de lana. Iba rasurado, vestía de claro y tenía el tipo y el porte de un lord inglés.

Su larga permanencia en Francia le hacía hablar con giros extraños y con muchos galicismos.

El barón de Oiquina vivía habitualmente en una propiedad de una hermana suya, próxima a Bayona, y había ido por entonces a París a pasar unos días.

Por lo que me dijo Arnao, el barón había sido subprefecto de Valladolid en tiempo de José Bonaparte, y en vez de evolucionar, como casi todos los afrancesados, en sentido reaccionario, se distinguía por sus ideas avanzadas.

Durante la comida, Arnao, el barón y el cura don Ignacio recordaron escenas, anécdotas y personas de España y Francia.

Salieron a relucir el general Mina, Galiano, Mendizábal, Istúriz, Lafayette, el general Berton, Caron, Vaudoncourt, Cugnet de Montarlot, y otros más.

—¿Y usted no le ha conocido a Aviraneta?—le preguntó González Arnao al barón, de pronto—. Este caballero, el señor Leguía—y me señaló—, es amigo suyo.

—¡A Eugenio de Aviraneta! ¡Sí, hombre! Le he conocido cuando era un muchacho joven como lo es ahora el señor Leguía.

—Entonces hará mucho tiempo.

—¡Figúrese usted! El año 12.

—¡Qué raro!

—Sí; yo era subprefecto de Valladolid por el Gobierno de José Bonaparte. Un día se me presentaron dos jóvenes, acompañados de un capitán francés, que les recomendaba para que les diera un pasaporte. Dijeron que eran comerciantes; pero yo sospeché que eran guerrilleros—. Y ¿hacen ustedes mucho comercio?—les pregunté—. Sí; no estamos descontentos—contestó uno de ellos, que era Aviraneta; y un relámpago de ironía brilló en sus ojos. Aquella mirada y aquel perfil de aguilucho no se me borró de la imaginación. Cuatro años después le volví a ver en París... ¡Aviraneta! ¡Qué tipo! Ha debido tener una vida curiosa ese hombre. ¿Estará ya viejo?—preguntó el barón.

—No mucho—dije yo.

Habíamos concluído de comer y de tomar café y, retirándonos de la mesa, nos preparábamos a encender unos habanos.

—Don Joaquín—dijo Arnao, dirigiéndose al barón.

—¿Qué quiere usted, querido?

—Creo que le conozco a usted bastante bien.

—Es posible; no digo que no.

—He notado que el nombre de Aviraneta le ha sugerido intensos recuerdos...

—Sí; es cierto.

—¿No querrá usted contarnos en qué circunstancias conoció usted a Aviraneta cuatro años después de verle en Valladolid?

—¿Qué supone usted?

—Supongo que Aviraneta y usted no estarían quietos cuando se encontraron por segunda vez en París y que tramarían alguna cosa.

—¿Y quiere usted que la cuente?

—Creo que nos haría usted pasar un buen rato contando lo que fué.

—Estos señores se van a aburrir... preferirán ir al teatro... a ver Lázaro el pastor, la última obra de Bouchardy, el éxito del día.

—Yo, por mi parte—dije—, prefiero oírle a usted que ir a cualquier teatro de París.

—Muchas gracias.

El socio de Arnao pretextó que tenía que verse con un agente, y se fué; el cura don Ignacio, González Arnao y yo acercamos nuestras butacas a la del barón. Este su puso a contemplar melancólicamente la ceniza de su cigarro hasta que levantó la cabeza y comenzó así su relato:


LIBRO PRIMERO
DE PARÍS A MADRID

I
ANTECEDENTES

Como ha supuesto usted muy bien, mi querido Arnao, el nombre de Aviraneta me ha sugerido recuerdos de cosas y de hombres de otra época: Mina, Renovales, Yandiola, Richart, Arquez... ¡Qué tiempos! ¡Qué entusiasmo!

El señor Leguía, no, porque es muy joven; pero ustedes recordarán que cuando la primera reacción de 1814 todos se asombraron en España y en Francia de que la resistencia de los liberales españoles fuese tan débil.

La razón principal era que había aún en Francia y en Inglaterra muchísimos cientos de oficiales y de soldados de ideas liberales que, prisioneros en los depósitos, no habían vuelto a España.

Además, nos encontrábamos en la emigración los que habíamos ejercido algún cargo con Bonaparte.

Fernando VII sabía que la ocasión de recobrar el poder absoluto era oportuna, y los informes del duque de San Carlos, a quien envió a Madrid con nombre supuesto a explorar los ánimos de los políticos y generales, le confirmaron la idea de que la reacción era fácil.

Cierto que se decía que algunos caudillos de la guerra de la Independencia, como Mina, Lacy, el Empecinado, Villacampa, Renovales, se inclinaban a la Constitución; pero era solamente la parte plebeya y guerrillera, porque los generales palaciegos, los Castaños, los Palafox, los Eguía, los Montijo, estaban por el absolutismo.

Se creía por muchos que se había implantado en España el poder personal y teocrático a gusto de todos, cuando al cabo de unos meses se comenzó a hablar de que se fraguaban conspiraciones.

Primeramente se descubrió una en Cádiz, y se mandó allí de comisario regio a Negrete, hombre que para mucho tiempo dejó fama de bárbaro por sus procedimientos inquisitoriales.

Esta conspiración inventada por el Gobierno, no tenía más objeto que limpiar Cádiz de liberales y de masones, atemorizarlos y hacerles huír.

Después se levantó don Francisco Espoz y Mina con la División Navarra, e intentó, en unión de su sobrino Mina el Mozo, del coronel Asura, de Górriz y de otros, apoderarse de la ciudadela de Pamplona, de noche, aprovechando un tumulto que debía estallar en la ciudad, y proclamar la Constitución.

El comandante de uno de los regimientos mandados por Mina, después realista célebre, don Santos Ladrón, fué el que denunció la empresa.

Ladrón era amigo de Mina el tío y rival y enemigo de Mina el Mozo. Los dos eran jóvenes; los dos, estudiantes; los dos, navarros de pueblos vecinos: Mina, de Idocin, y Ladrón, de Lumbier.

Ladrón era realista furioso; Mina el Mozo, liberal exaltado; Ladrón y Mina eran valientes; pero Mina, además, era audaz, conquistador, de estos mozos que arrastran a los hombres y se hacen querer por las mujeres.

La envidia de Ladrón por Mina influyó en el fracaso de la empresa liberal de Pamplona, que costó la vida al coronel don José Górriz y al mayor Cía, fusilados delante de los muros de la ciudad navarra.

Los españoles gozaron unos meses de calma.

La guerra de la Independencia había sido funesta para nuestra cultura.

En Madrid se volvió a la estolidez y a la ñoñería habituales. No se publicaban mas que folletitos contra los liberales y masones; se adulaba al rey de la manera más vil, y por toda literatura se daban a la estampa historias de bandidos, de ahorcados y de almas en pena; los cuarenta y ocho motivos que tiene el hombre para no casarse, y otras obras igualmente importantes.

La salida de Napoleón de la isla de Elba produjo en todas las testas coronadas de Europa un enorme pánico. Fernando y sus ministros amainaron en la persecución contra los liberales.

Se dijo que Napoleón iba a dejar a Francia con un gobierno democrático; que abdicaría de ser emperador para llamarse generalísimo de la República, y se añadió que iban a traer de nuevo a España a Carlos IV.

Lo único que resultó algo cierto fué que el elemento republicano se agitó en Francia y que los reyes de la vieja Europa temblaron a la idea de que Napoleón se consolidara en el trono.

Pasaron los Cien Días; vino Waterloo y volvieron Fernando y los suyos a su persecución contra los liberales.

La primera conspiración de que se ocupó el Gobierno español después de los Cien Días fué una supuesta tramada en el café de Levante, de Madrid.

Como yo tenía gran curiosidad y gran deseo de que pasara algo en España, me enteré de lo que era.

No había tal conspiración. Lo ocurrido fué que en ese café, por aquella época, se habían reunido unos cuantos señores de ideas liberales y habían hablado de la posibilidad de que Napoleón volviera a dominar en Francia y de que Fernando tuviera que huír.

A los serviles ministros del tirano esto les escandalizó tanto, que tuvieron que condenar a presidio a varios de aquellos señores por haber puesto en ridículo, como decía la Gaceta al hablar de este asunto, las constantes virtudes del mejor de los reyes.

De los conspiradores del café de Levante, tres o cuatro eran abogados; uno, un teniente, don Ramón de Latas, y otro, un músico de la Real Capilla, llamado Balado, que dijo no conocía los designios de sus amigos. Naturalmente, no tenían ninguno; pero fueron todos condenados a varios años de prisión, como verdaderos conspiradores.

Después de los Cien Días, tras de la batalla de Waterloo, fué cuando comenzó en grande el éxodo de los oficiales españoles emigrados hacia España. Hubo que establecer depósitos en las capitales de provincia para ellos.

Pronto se notó que la mayoría de los oficiales que volvían de Francia e Inglaterra eran de las nuevas ideas, y se les trató de una manera tan cruel, que llegaron a echar de menos los pueblos extranjeros de donde llegaban.

Elío, luego famoso por su crueldad, fué de los que se distinguió por su mal trato con los que venían de la proscripción.

En Madrid las persecuciones contra afrancesados, liberales y masones las dirigía un tribunal presidido por el mariscal de campo don Pedro Agustín de Echavarri.

Se estaba consolidando la Santa Alianza; la política de Metternich iba triunfando, y los gobiernos creían poder apretar impunemente los tornillos a sus respectivos países.

En España comenzaba a haber dos elementos importantes contra el despotismo: uno, el de los oficiales venidos de la emigración, exacerbados por la crueldad y la indiferencia que les demostraban; otro, el de los paisanos liberales que iban ingresando en la masonería.

Entonces, de todos los pequeños Centros masónicos españoles, el más importante era el de Granada, que estaba presidido por el conde del Montijo, personaje enigmático e inquieto, extraño botarate que tan pronto intrigaba a favor del rey como a favor del pueblo.

El conde del Montijo, que había sido uno de los partidarios de la abdicación de Carlos IV y de los inspiradores del motín de Aranjuez; que había conspirado con los reaccionarios contra la Junta Central en tiempo de la guerra de la Independencia; que en 1814, complicado con Macanaz, con Escoiquiz, Palafox y San Carlos, había trabajado por el absolutismo y dado dinero a la chusma de los barrios bajos de Madrid para que gritara: «¡Abajo la Constitución!»; el conde del Montijo, que apareció firmando el manifiesto de los Persas, era, año y medio después, el jefe principal de la masonería en España, y el Oriente fundado por él en Granada se llamaba Oriente Montijano.

Al mismo tiempo tenía la amistad del rey y era capitán general de Granada.

Realmente, estas cosas despistan a cualquiera y hacen pensar que había entre nosotros muchas personas que por debajo de cuerda trabajaban por Fernando VII.

Aunque esto ocurriera, era lo positivo que los dos núcleos rebeldes, el de los masones y el de los militares, aumentaba. El levantamiento de Díaz Porlier en La Coruña fué fruto de los dos elementos, y fracasó por confidencias y por trabajos que hizo el arzobispo, ayudado por el clero.

Porlier, a quien llamaban el Marquesito, fué ahorcado; pero sus cómplices se escaparon y fueron apareciendo en la frontera de Francia y estableciéndose allí.

Las emigraciones ocasionadas por las tentativas de Mina y de Porlier produjeron en Francia, unidas a la de los afrancesados, núcleos importantes, en donde no faltaba la gente de dinero y de influencia.

Teníamos en París a Toreno, a Urquijo, a Hermosilla, a Llorente, al ex fraile don Manuel Núñez Taboada, a González Arnao, a Azanza...

En Burdeos estaban el ex jesuíta Rafael Martínez, el coronel de Caballería Gavilanes, el bibliotecario Gallardo, el fraile músico Moliner, el coronel Colombo, el capitán Arquez.

En Bayona se hallaba el núcleo mayor. Allí estaban Espoz y Mina, Fermín de Asura, que acababa de escaparse de la prisión de Cahors y estaba escondido en una casa de campo de los contornos; el fabulista alavés don Pablo de Jérica, complicado en lo de Porlier, a quien por orden del embajador de España habían tenido preso en el castillo de Pau; el capitán de fragata O'Connor; el ex fraile Arrambide; Juan Bautista Beunza, preso también en Pau; Nicolás Uriz, secretario de Mina, preso en Montauban, y otros que no recuerdo.

Ya por entonces bullía José Manuel del Regato; el traidor Regato, que jugó un papel tan triste en la segunda época constitucional. Regato había publicado en Bayona un folleto contra Fernando, titulado El Carolino, papel lleno de palabrería vulgar, pero que había tenido algún éxito entre los emigrados.

Regato se hacía llamar Oyo, Abeille y Abella. Yo, como vivía en Bayona y conocía mucha gente, me enteré de la vida que hacía Regato y sospeché siempre de él; tenía relaciones secretas con la policía, lo que hubiera bastado a cualquiera para desconfiar. Sin embargo, este hombre pasó durante mucho tiempo por un hombre íntegro, gracias a la pedantería española y a la importancia que damos a las palabras; vivió en París, en casa del conde de Toreno, y fué protegido en Madrid por Alcalá Galiano.

Al último, él mismo se desenmascaró, cuando en 1823 dirigió en Madrid la pedrea contra las Embajadas, dejando en las garras de la policía a un pobre zapatero remendón a quien engañaba.

Regato vivió después en Madrid tranquilamente en la calle de Silva de agente de Calomarde, con el que hacía jugadas de Bolsa, y cuando en 1833 comenzaron a volver los liberales de la emigración, temeroso de una venganza, huyó de España.

En Londres teníamos un núcleo de emigrados; pero la mayoría eran gente de libros, a quienes dirigía Blanco-White. Había también allí una reunión en casa de un banquero bilbaíno, don Fermín Tastet, hombre muy viejo, muy jovial y que llevaba muchos años viviendo en Londres, y en su casa se reunían Flórez Estrada, el general Romay y otros varios...

He dado estos antecedentes para que vean ustedes, poco más o menos, con qué fuerzas contábamos fuera de España; tengo que añadir que, a pesar de lo que se ha dicho, no éramos tan ilusos y tan confiados como se nos ha querido pintar. No. Unicamente lo que nos diferenciaba de épocas posteriores es que había entonces más entusiasmo, más ansia de alcanzar la libertad.


II
UN BAILE DE CONSPIRADORES

A fines de otoño de 1815 vine yo a París a estar una temporada.

Era todavía joven, despreocupado, amigo de divertirme y de gozar de la vida.

Tenía muy buenos amigos en París y lo pasaba bien.

Uno de ellos, de los que conservo más vivo recuerdo, era Nicolás de Miniussir, uno de los hombres más cultos y simpáticos que he conocido. Miniussir era austriaco, de Trieste, aunque naturalizado español.

Había estado en la batalla de Waterloo en compañía del general don Miguel Ricardo de Alava, y luego, entre los dos, presentaron un servicio importante a nuestro país.

Durante la guerra de la Independencia los franceses habían desvalijado a España, trayendo a París una porción de cuadros y de joyas.

Miniussir y el general Alava discutieron la manera de recobrar las riquezas robadas, y decidieron que Miniussir, al frente de doscientos hombres de infantería inglesa, entrara en los museos y recuperara lo que pudiera.

Así se hizo: Miniussir cargó con cuadros y con todo lo que vió de procedencia española; pasó la frontera belga, arrollando a los aduaneros; llegó a Amberes, embarcó sus riquezas y las transportó a Cádiz.

Con Miniussir y con algunos otros acudíamos a los teatros, a las fiestas, al salón de Teresa Cabarrús...

Iba acabándose mi tiempo de estancia en París, dentro de lo vulgar y corriente, cuando de improviso me encontré metido en una intriga amorosa y en una intriga política.

Tenía yo un encargo que me habían dado en Bayona para entregarlo en París a un señor don José González, presbítero, que habitaba en el hotel de la Cometa, calle de la Cometa, en el Gros Caillou.

Como ya me faltaba pocos días de estancia cogí el encargo y fuí a ver al presbítero. Entré en el hotel, llamé en la puerta que me indicaron y, en vez de salir un clérigo, salió una de las muchachas más bonitas que yo he visto en mi vida. Pensé si me habría equivocado; pero, no; allí vivía don José, el cura, y esta muchacha, llamada Concepción, era su sobrina.

Don José había ido aquella tarde a cobrar la renta en casa del banquero Hardouin. Con el pretexto de esperar, hablé largo rato con la muchacha, y nos entendimos tan bien, que quedamos de acuerdo en escribirnos todos los días y en vernos siempre que ella pudiera, porque el cura era regañón y suspicaz.

Cuando llegó don José, el cura, le entregué el encargo, saludé a Conchita con afectada indiferencia y me marché a la calle.

Durante mucho tiempo ya no pensé mas que en la muchacha y en hablar con ella.

Como en esta época había una policía al servicio del partido ultramontano, que entonces se llamaba del pabellón Marsan, y esta policía espiaba a los extranjeros tildados de liberales, me vi molestado con frecuencia por los agentes, que preguntaban en mi hotel quién era yo, qué hacía y qué personas venían a verme.

Seguía entregado a mis amores, luchando con el viejo cura del hotel de la Cometa, que hacía de don Bartolo con mi Rosina y quería guardarla en un rincón obscuro, cuando un día me encontré con una invitación para ir a un baile de la Embajada Española.

Me chocó la invitación y pensé en no ir, cuando al día siguiente recibí una carta en la que me decían:

«Mañana por la noche, en el baile de la Embajada Española, se reunirán los suyos. El punto de cita será el tercer balcón a la derecha, entrando en la gran sala. La hora, las doce.

X.»

El aviso me sorprendió. Aquello de que se reunirían los míos había picado mi curiosidad. Decidido, después de cenar me vestí de etiqueta, tomé un coche y fuí a la Embajada.

No recuerdo quién era nuestro embajador por entonces; me figuro que era el duque del Parque, un señor un tanto fatuo y muy entusiasta de las ideas liberales, que en tiempo de la segunda época constitucional gustaba de que no le llamaran duque, sino el ciudadano Cañas, pues éste era su apellido, y que peroró en Madrid, en el club que se llamaba la Cruz de Malta.

No recuerdo bien, como digo, si en esta época era el embajador el duque del Parque o el de San Carlos.

Cuando entré en el gran salón eran las once y media, y el baile comenzaba a animarse. Había muchas máscaras, muchos emigrados españoles y muchas mujeres hermosas.

El espíritu de esta época en París era muy distinto al del Imperio. La megalomanía napoleónica había sucumbido por muerte natural; la gente no quería mas que olvidar y divertirse. Tantos años de guerra del reinado de Napoleón habían producido una gran fatiga. Tras del dominio de los militares, venía el de los jesuítas y de los abogados de provincia, y se preparaba el de los periodistas.

La aristocracia reaccionaba; las damas del gran mundo intentaban desterrar de las reuniones a las generalas e intendentas del Imperio, y trataban de mezclar las costumbres de la Regencia con el culto del Sagrado Corazón de Jesús.

En esta época todo el mundo intrigaba ferozmente, y los jóvenes ambiciosos esperaban hacer una carrera rápida en un salón o en una sacristía.

Un baile entonces era un lugar de enredos y de maquinaciones; se sentía la necesidad de la Prensa, que no era nada aún, y la gente tenía que contarse muchos secretos y hacer un sinnúmero de cábalas.

Estaba yo solo, en medio de los bailarines, presenciando el espectáculo; la orquesta tocaba un aire de la ópera Jean de Paris, de Boieldieu, cuando una enmascarada se agarró de mi brazo.

—¡Caballero!—me dijo.

—¿Qué quieres, máscara?

—¿Me puede usted dar el brazo un momento?

—Con mucho gusto; pero tendrás que dispensarme, porque tengo una cita.

—¿Conoce usted aquí algún español?

—A varios. Además, yo lo soy. Pero observo, máscara, que no sigues las reglas del Carnaval. En estos días las máscaras hablan de tú.

—¿De manera que es usted español?—preguntó ella sin hacer caso de mi observación.

—Sí. Pero dispénsame ahora; tengo una cita.

Y, soltando el brazo de la máscara, me metí entre la gente, fuí al tercer balcón que me habían señalado, y quedé de pie junto a los cristales.

Al poco rato se acercó a mí un joven seco, delgado, vestido a la moda, con una levita larga de color azul, pantalón de nanquín, zapato bajo y media de seda blanca.

Quedé mirando atentamente a aquel joven. Yo le conocía; pero, ¿de dónde?

—Ha sido usted puntual a la cita, señor barón—me dijo.

—Ya ve usted.

—Me mira usted sorprendido. Parece que está usted preocupado.

—Sí, lo estoy, caballero—le contesté—. Estoy preocupado, pensando que le conozco a usted, y no sé dónde.

—Es posible; yo no recuerdo.

—¿Quiere usted decirme su nombre?

—A otro no se lo diría—me contestó él—. A usted, sí. Me llamo Eugenio de Aviraneta.

—No; pues no me dice nada el nombre... Sin embargo, yo le recuerdo a usted. ¿Usted no ha usado nunca otro apellido de carácter también vasco?

—Sí; en tiempo de la guerra de la Independencia me llamaban Echegaray.

—¿Y estuvo usted una vez en Valladolid con un amigo y un militar francés?

—Sí.

—De ahí lo recuerdo a usted. Yo era entonces subprefecto de Valladolid. Usted era guerrillero, ¿verdad?

—Sí.

—Lo adiviné. ¿En qué partida estaba usted?

—Con el Cura Merino.

—¡Estaba usted entre realistas!

—Entonces nos sentíamos solamente patriotas. Cuando Merino se enteró de que era masón, quiso fusilarme.

En esto, una máscara se aproximó a Aviraneta y le habló al oído.

—Está bien—dijo Aviraneta.

Y, separándose de la máscara, se acercó a mí y añadió:

—Ahora que nos conocemos, señor barón, le voy a poner al corriente de lo que tramamos. Usted sabrá que el Gobierno de los Cien Días, al verse perdido, llamó en su socorro no sólo a los bonapartistas y republicanos franceses, sino a los patriotas de todos los pueblos europeos. Como nada se improvisa, por más que la masonería y las Sociedades secretas comenzaron a trabajar en favor de Bonaparte, no se pudo organizar algo eficaz, no hubo tiempo ni medios. Bueno. Han pasado unos meses, y los diferentes centros de París han creído que hoy en España es más fácil un movimiento liberal que en Francia, y han pensado ponerse en relación con los españoles y ayudarles con su dinero. Yo he tenido una reunión con los delegados de las Sociedades, que me han encargado de entrevistarme con los emigrados españoles. Y como la policía nos vigila, y como tenemos amigos en la Embajada, he escogido este baile para citar a unos cuantos conspiradores, porque aquí no suponen que vengamos nosotros. Ya sabe usted de qué se trata: de preparar un movimiento a favor de la Constitución.

—¿Quién patrocina el movimiento?—dije yo.

—La masonería, con los centros liberales y republicanos franceses y los núcleos de nuestros emigrados.

—Y en España, ¿quién se pondría al frente?

—Por ahora, el general Renovales.

—¿Y Mina?

—Mina, según parece, no quiere nada con Renovales.

—¿Por qué?

—Rivalidades del tiempo de la guerra de la Independencia. Renovales mandó desarmar un escuadrón de caballería de Mina.

—¿Y no se podrían llegar a poner de acuerdo?

—No sé; dicen que no.

—¿Y Renovales tiene bastante prestigio para ponerse a la cabeza del movimiento?

—Sí.

—¿Es valiente?

—Hasta la temeridad.

—¿Es discreto?

—Menos que valiente.

—¿Es honrado?

—Menos que discreto.

—¿No nos venderá?

—Hoy por hoy, no.

—¿Nuestros emigrados favorecerán el movimiento?

—Veremos.

—¿Y los franceses republicanos piensan hacer algo?

—Sí; formarán secretamente una legión extranjera, al mando del general Berton, y la enviarán a España. Hay alistados más de tres mil hombres, casi todos oficiales y suboficiales del Imperio, entre los que abundan polacos, italianos y griegos.

—La aventura me parece muy difícil y muy peligrosa.

—A mí también.

—¿Pero usted no piensa abandonarla?

—Yo, no; y usted tampoco la abandonará.

—¡Mucho afirmar es eso!

—Usted decidirá. Dentro de media hora volveré a este balcón. Usted me dirá si quiere seguir, o no.

—¿Tiene usted algún otro conspirador en el baile?

—Sí.

—¿Se va usted?

—En seguida vuelvo.

No hizo mas que marcharse Aviraneta, cuando la máscara que había encontrado al entrar se me acercó de nuevo.

—¿Ha concluído usted su cita misteriosa?—me dijo.

—Sí.

—¿Han tratado ustedes algo importante?

—Me estás escamando, máscara—le dije yo—. ¿Es que eres de la policía?

Comprendí a través de la careta que la mujer se había turbado y avergonzado.

—Está bien—dijo con dignidad—. No le preguntaré a usted nada más. Me voy.

—Es que yo no le conozco a usted—repliqué—; no le veo la cara. No tengo motivos para tener confianza.

—Y si me viera usted la cara, ¿tendría más confianza?

—Según.

La máscara me llevó a un extremo del salón y se quitó la careta. Era una mujer hermosa, morena, de ojos negros y brillantes.

—Tiene usted unos ojos soberbios—le dije.

—¿De verdad?

—Sí. Creo que no voy a poder olvidarlos. Y eso que estoy enamorado.

—¿Está usted enamorado?

—Sí.

—Un español, ¿no está siempre enamorado?

—No siempre. ¿Tenía usted algún interés en saber mi nombre?

—Sí.

—Pues me llamo el barón de Oiquina y en este momento estoy citado con algunos de mis compatriotas que trabajan allí para implantar la Constitución... No dirá usted que no tengo confianza.

—¿De verdad, es usted español?

—De verdad.

—¿Y liberal?

—Completamente.

—¿Conoce usted a Miniussir?

—Es muy amigo mío.

—Yo también lo conozco. Es el que me ha dicho que vendrían españoles liberales aquí.

—¿Usted es italiana?

—Sí, soy de Roma. Mi nombre es María Visconti.

—¿Visconti? ¡Nombre ilustre!

—Para nosotros no hay nombres ilustres. Sólo la patria y la libertad son ilustres. Pero no quiero detenerle, barón. Vaya usted ahora con sus amigos. Quisiera de usted una cosa.

—¿A ver cuál es?

—Que mañana o, lo más, pasado, vaya usted por mi hotel.

—Iré.

—Necesito un favor que sólo un español puede hacerme.

—Lo que usted quiera, señora.

—A cambio de esto les ayudaré en su conspiración. Soy romana, entusiasta de la libertad, y España es hija de Roma, tierra latina...

Aquella mujer extraña me dió las señas de su casa, estrechó mi mano y desapareció entre las máscaras. Volví al punto de cita y me encontré a Aviraneta acompañado de dos señores.

—Querido barón—me dijo Aviraneta—, conspirar y hacer conquistas creo que es demasiado. Le voy a presentar a dos amigos...: el conde de Tilly..., monsieur Cugnet de Montarlot.

Nos dimos la mano. El conde de Tilly era un currutaco de aspecto enfermizo, que hablaba el castellano con acento extranjero. Debía de ser hijo del Tilly que perteneció a la Junta Central que intervino en la batalla de Bailén y murió en el Castillo de Cádiz.

Respecto a Cugnet de Montarlot era el tipo del soldado del Imperio: jactancioso, valiente, fanfarrón y audaz. Vestía de paisano, de tal manera que se le notaba en seguida que era militar.

Cugnet de Montarlot, después de cambiadas algunas palabras, dejó a Tilly y a Aviraneta charlando conmigo, y entró en medio de la gente. Al poco rato, vino con dos tipos, por su aspecto también militares, que nos presentó:

—Nantil... Lamotte...

Saludamos. Nos dimos la mano.

—Son de los mejores—dijo Cugnet—. Volvió a marcharse, y un momento después se presentó con otros tres.

—Moreau... Pombas... Vallé...

Volvimos a saludar y a darles la mano. Al cuarto de hora hubo nueva presentación:

—Fabvier... Delon... Caron... Vaudoncourt...

Nos dimos un apretón de manos, y, como no convenía llamar la atención, nos desperdigamos por el baile.

—Está aquí la flor de la Sociedad El alfiler negro—dijo Cugnet—, y añadió, dirigiéndose a mí:

—España dirá el momento, caballero. Los tiranos nos han de conocer. La libertad española tendrá a su servicio las mejores espadas de Francia.

—Ahora, señores, como aquí es imposible hablar con comodidad—dijo Aviraneta—, nos vamos a ver mañana en la librería de Eymery, de la rue Mazarine. Yo iré a avisar a dos o tres personas por la mañana; ustedes vayan a las cuatro. Usted, Cugnet, lleve, si puede, a Berton. Si ven ustedes que les espían, no entren. Ahora, señores, ¡buenas noches!

Y Aviraneta hizo un signo masónico y desapareció.


III
RAPTO

Al día siguiente, cuando me desperté, tuve la impresión de que había soñado que conspiraba en un baile; pero pronto mis recuerdos se fueron aclarando y tomaron una absoluta precisión.

Salté de la cama.

Me vestí. Eran las diez. Al recoger mis zapatos, encontré en uno de ellos una carta, que, sin duda, acababa de dejar el mozo del hotel. Era de Conchita, mi novia. Me decía estas palabras:

«Ven a sacarme de aquí. Mi tío me quiere encerrar en un convento. Hoy irá a cobrar a casa de su banquero, y estaré sola. Me vigila una vieja bruja, madama Mathieu, que ha traído mi tío expresamente para eso. Cuando esta tarde quede sola y se vaya mi tío, pondré un papel blanco en el cristal de la ventana de mi cuarto. Inventa un pretexto para que salga la vieja. Mándale un recado diciendo que la esperan para darle un dinero de Angulema. Es de ese pueblo y es muy avara, e irá.

Tu Conchita.»

Impaciente, acabé de arreglarme y en seguida salí a la calle, tomé un coche y pasé por delante del hotel de la Cometa. Todavía no estaba el papel en el cristal de la ventana. Sin duda no había salido el viejo don Bartolo. Mandé al cochero que me aguardara en una esquina de la calle, y me puse a esperar que apareciese la señal. Eran las dos y media, y aun no había aparecido. Empecé a pensar que para las cuatro tenía la cita con Aviraneta y que no iba a poder acudir. A las tres menos cuarto, el cuadrado de papel blanco se vió en el cristal de la ventana.