viniese a «Mío Cid» que ha sabor de cabalgar.
Cercar quiere a Valencia para cristianos la dar.
Al sabor de la ganancia non lo quieren detardar;
grandes yentes se le acogen de la buena cristiandad...»
Allí veremos a Pizarro gozoso de haber entrado en las puertas del Perú y sorprendido ante las primeras riquezas que apresan sus manos. Lo primero que decide es un acto de política y de fidelidad: aparta el quinto del botín y corre a llevárselo a su rey. No de otro modo el Cid, cinco siglos antes, encargó a Minaya.
desta batalla que habemos arrancado;
al rey Alfonso que me ha airado
quiérol enviar en don treinta cavallos,
todos con siellas e muy bien enfrenados,
señas espadas de los arzones colgando.»
Vemos después a Pizarro llegar hasta el remoto Cuzco, domar los ejércitos enemigos y posesionarse del extraño país maravilloso. Le vemos reunir las riquezas de los incas y hacer las particiones entre sus gentes, dando al caballero y al peón su parte equitativa, de manera que aquellos temerarios aventureros se hicieron todos ricos en un instante. También en este caso parece que el episodio y los mismos detalles hubieran sido calcados del poema del Cid.
Así en la batalla contra el conde de Barcelona, vencido éste y librado del cautiverio por la bondad del caudillo castellano,
junto con sus mesnadas, compesós de alegrar
de la ganancia que han fecha maravillosa e grand;
tan ricos son los sos, que no saben qué se han...»
Pasa por todo el poema de Mío Cid un aire de aventura y de conquista, de esperanza y de botín, de largas caminatas por territorios extranjeros, y este aire heroico-adquisitivo es como el preludio de la gran aventura de las Indias. En tal sentido, el Cid es un precursor de los conquistadores o, mejor todavía, el primer conquistador.
Se dirá que la guerra era igual en sus formas y en sus fines durante los siglos medioevales. Marchar contra el enemigo, vencerlo, esclavizarlo y apresar inmediatamente el botín; tal era, en efecto, el sentido y la moral de las guerras en la Edad Media. Pero por encima de las formas usuales o universales, las mesnadas del Cid se reservan una originalidad. Desde luego ellas operan sobre un adversario infiel y perverso, como es el moro, el cual, por añadidura, está ocupando un territorio que, justamente, no le pertenece. Por tanto, ir contra el moro no es lo mismo que hacer la guerra a un rey o estado de cualquier otro país de Europa. El héroe español hace sus campañas sobre un país tres veces enemigo: enemigo como infiel, como usurpador del territorio y como adversario formal.
El Cid, además, no es un conde ni un rey que desea extender sus estados o vengarse de un vecino poderoso; simplemente es un hidalgo fornido y valiente, apto y capaz, verdadero ejemplar del caudillo que recluta sus hombres y va a la buenaventura, a conquistar tierras y ciudades, a vencer reyes y ensanchar el cristianismo. Ni siquiera le ayuda el rey; hasta rompe los vínculos legales que le atan al rey, puesto que está desterrado. Solo con sus fuerzas, aislado en el mundo, fiando en su capacidad, marcha por la tierra adelante a conquistar ciudades y lograr la riqueza, el poder y la gloria... Este tipo de conquistador es único en Europa; y es tan español, que los conquistadores de América no hacen más que reproducirlo y calcarlo.
Hay en el Cid un tono de aventura a la española que parece un anticipo o un presagio de lo que más tarde habría de ocurrir en América. El aventurero de Vivar, por virtud del incomparable verismo del espíritu estético español, no pretende nunca engañar a sus hombres con entelequias ni fantasías literarias; les habla el lenguaje de la verdad, con un acento masculino y heroico tan lleno de humana emoción. Y la verdad para sus hombres de hierro no puede dispersarse en vanas quimeras; se trata de ganar botín, de cobrar honra y de expulsar a los infieles.
Esta trinidad de propósitos práctico-idealistas está asistida constantemente por un sentido de conmovedora fraternidad, que después habrán de reproducir los conquistadores de América haciéndose, el capitán y los soldados, camaradas a quienes une entre sí tanto el amor como la ambición. El Cid trata a sus soldados como a hijos, los protege y guía, los ama de todo corazón, al modo que después los aventureros de Indias no escucharán de sus jefes ninguna altivez, ningún ultraje, ni le acusarán de abusos. Fraternalmente se repartirán los tesoros, como hermanos de peligro y de fortuna que en efecto son.
¿Pero qué hay, además, en el Cid de distinto, de íntimamente español, de presagio americano? Sin duda es aquel vuelo y fuga mística que cobra en la epopeya de Indias su mayor significación, y que en el poema de Mío Cid ya estaba expresado. Poco antes de marchar contra las tierras de moros, que son vasallos del conde de Barcelona, el Cid cree necesario hablar a sus gentes, y al efecto les da con pocas palabras una especie de sistema o filosofía del heroísmo, del aventurero, del conquistador.
¡Aquí está, sin duda, el principio y la definición de la historia de España! «Quien mora siempre en un lugar, lo suyo, lo que posee, puede disminuirse...» ¿No es ésta una verdadera filosofía del progreso, que estima, en contra del sentido quietista y parsimonioso, necesario cambiar, osar, variar y decidirse? ¿Pero no reside en esas rudas palabras un presentimiento de la acción española, impetuosamente lanzada hacia una ambición de dominio y de gloria?
El poeta de Mío Cid añade en seguida:
dexat estas posadas e iremos adelant...»
Es decir: «Puesto que mañana nos manda el destino que sigamos la ventura, dejad estas posadas o lugares deliciosos donde hemos triunfado y gozado, y marcharemos adelante...» ¡Oh, sublime y transcendental palabra adelante, que al oído del soldado suena como la voz de un deber sobrehumano, como la voz de la raza, como el imperativo de la Historia! ¡Dejad estas posadas y seguid adelante! ¡Tierras adentro, hasta la mar, hasta más allá del mar, más adelante, siempre adelante!
Al finalizar la Edad Media, a causa de la tradición del Cid y de las conquistas en tierras de moros, estaban acaso los españoles en una posición particular respecto a los otros europeos; me atreveré a decir que los españoles eran los europeos que más sinceramente sentían y practicaban la caballería. Los libros de caballería, por tanto, tenían en España una realidad de cosa viviente. ¿No podría explicarnos esto la actitud de Cervantes, que reserva su mejor talento para escribir el Quijote, acerba condenación de la caballería? Ningún otro país europeo necesitó la cura genial de un libro extraordinario para una dolencia que, en efecto, sólo en España adquiría gravedad.
El quijotismo estaba en el aire y producía los consiguientes daños. La leyenda del Cid, conquistador de ciudades y opresor de reyes, venía corroborada por las continuas empresas contra los moros y por la última romántica empresa de la toma de Granada. Los libros de caballería no eran, pues, vagamente fantásticos para los españoles. Pero mientras la gente leía las absurdas hazañas de aquellos libros, ¿no estaban realizando otros españoles las absurdas, las maravillosas empresas de Méjico y del Perú?
Cervantes asumió en este caso la voz de la mediocridad prudente y criticista, moralizadora y tímida; se hizo abogado del filisteo; combatió la caballería y todo el trastorno imaginativo y social que comporta el espíritu de aventura. Sin duda estaba ya muy viejo. A los veinte años él mismo hubiera cantado la caballería, puesto que él la practicó en Lepanto. Pero había fracasado como aventurero, y toda su vida era ya un fracaso.
Sentíase viejo y tomó el partido de los negadores, de los pesimistas, de los críticos, de los prudentes y los filisteos; de todas las gentes sesudas y sedentarias que condenan lo extremoso y lo aventurero. Los espíritus sensatos y tímidos de España, los tenderos y los bachilleres, debían lamentar mucho que el Cid y los conquistadores y los aventureros no fuesen encerrados bajo tres vueltas de llave. Por último, encontraron su agente en la pluma de Cervantes. ¡Y así recibió España, como compensación a la pérdida del idealismo aventurero, la indemnización del Quijote!
CAPÍTULO VII
LA CODICIA
SE ha querido reducir el mérito de la conquista de América con la alegación de que los españoles únicamente perseguían el oro.
Hay dos maneras de afrontar la grandeza de los hechos y de las almas. Y es bien cierto que para un espíritu noble que ama lo sublime, los actos memorables se presentan revestidos de un aura magnífica, y se esmera en mirar en ellos las esencias ideales por las que el hombre adquiere cada día mayor beneficio de nobleza, de cultura y de elevación moral. Este modo de considerar el heroísmo y los grandes hechos heroicos, requiere, es verdad, que el alma se halle propensa al heroísmo y contenga en algún grado la aptitud ideal.
Por el contrario, un espíritu descontento y que ama el ras de la tierra, cualquier acto extraordinario lo mirará prolijamente, avaramente, con el sentido de la justicia y de la verdad que puede tener un administrador o cajero de oficina bancaria. Sometido a este régimen de regateo, ningún acto memorable resiste la comprobación. El espíritu pequeño estudia los detalles, suma los gastos, toma nota de las muertes y daños causados, descubre la paga que se cobró el héroe, y el acto sublime se disuelve en tierra y en prosa. Es el caso de las famosas «cuentas» del Gran Capitán, y sin duda el conquistador de Nápoles hubo de verse en gran apuro cuando la administración avara le pidiera nota de los «gastos». El Gran Capitán sabía vencer a los caballeros franceses y deslumbrar a Europa con sus hazañas; no sabía, sin embargo, justificar sus cuentas... y lo cargó todo, conquistas y hazañas y glorias, al capítulo de «picos, palas y azadones».
Si un espíritu pequeño pone su trabajo en desmenuzar la obra de las Cruzadas, fácil le habrá de ser descubrir un número exorbitante de soldados, caballeros y señores que iban a Oriente con el propósito de ganar tierras o cobrar un rico botín; otros iban a ganar el perdón de sus pecados, con lo que negociaban el rescate del infierno. ¡Sería tan posible descubrir el interés hasta en la vida de los mayores mártires!
Pero en el sitio donde bullen y se enroscan los sentimientos bajos o mezquinos, vuelan y se remontan las ideas y los propósitos sublimes; y junto con la marinería y soldadesca que embarcaba a las Cruzadas, allí iban también los príncipes y los monjes y los mancebos que perseguían la ideal ambición de conquistar el Santo Sepulcro. Y entre la misma ruda soldadesca, brillando entre la grosería de los propósitos de la soldadesca, ¿acaso no relucía allí mismo, en aquellos espíritus humildes, la llama oculta del ideal? El último soldado, que no vacila en matar, violar y saquear, tiene sus treguas íntimas, sus momentos graves, en que triunfa la conciencia, y entonces está presto a perder todo su botín de concupiscencia por defender a su jefe, a su Dios, a su bandera.
Entre la turba de soldados y marineros, sobre las solicitaciones de la multitud que marcha a la procura del oro, allí Hernán Cortés levanta la mira de sus sueños, y no es el oro lo que más le importa, sino la gloria. Por la gloria van otros muchos conquistadores. Por servir al rey, por orgullo de conquistar, por el anhelo patriótico de ensanchar todavía más la grandeza de España. Y casi todos los conquistadores, en efecto, mueren en América, muchos de ellos pobres, y trabajando hasta el fin en la perfección de su obra. Vasco Núñez de Balboa se ocupaba en componer su precaria vivienda, cuando lo detienen para ajusticiarlo. Francisco Pizarro se enorgullecía de su ciudad de los Reyes, que él mismo trazara, y en ella pereció peleando espada en mano, porque ni de viejo ni para morir tuvo reposo.
La codicia es uno de los primeros y más grandes conductores de la actividad humana. La codicia estaba también entonces allí, en la obra de América, ocupando los puestos avanzados.
Antes de que América surgiese a la mirada del europeo, su ensueño, su posibilidad o su destino estaban impregnados de codicia. Las tierras de Catay, los mares de perlas, los imperios rebosantes de oro, todo eso había impregnado la imaginación de Europa a través de los relatos hiperbólicos de los viajeros venecianos. Los españoles iban a América bajo la impresión de ese suelo áureo. Y esta idea de la riqueza americana, que ha durado cuatro siglos y que ahora mismo no pierde su sabor de quimera y de milagro, los primeros expedicionarios la llevaban en sus almas, naturalmente propensas a la hipérbole y a la superstición milagrosa.
La superstición de la riqueza súbita y fastuosa era tan viva, que a veces, entre episodios trágicos, da ocasión a incidentes grotescos y graciosos. Los pobres soldados veían por todas partes brillar montañas de oro, y lo mismo que al alma simple le aparecen fantasmas divinas en cualquier pliegue de las nubes, a ellos les aparecían fantasmas de oro y de perlas.
Pasando por una aldea de indios, los soldados de Cortés observan unas hachas doradas que portan algunos habitantes, y creen que son de oro bajo. Las cambian por bujerías y cuentas de cristales, o las roban, sencillamente. Las hachas doradas menudean, y los indios traen muchas, viendo que tanto les agradaban a los cristianos; y cuando los cristianos se van y toda la tropa de peones y marineros anda preocupada en esconder aquel botín de la vigilancia del general... ¡se descubre que no son de oro bajo las hachas, sino de bronce! Y la tropa suelta la carcajada, riéndose de su propio fracaso.
Otra vez, «Vueltos a embarcar, siguiendo la costa adelante, desde a dos días vimos un pueblo junto a tierra que se dice el Aguayaluco, y andaban muchos indios de aquel pueblo por la costa con unas rodelas hechas de conchas de tortugas, que relumbraban con el sol que daba en ellas, y algunos de nuestros soldados porfiaban que eran de oro bajo, y los indios que las traían iban haciendo grandes movimientos por el arenal...»
Otro día salen las gentes de Cortés hacia el pueblo de Cempoalla, a invitación del cacique, y atraviesan un espléndido país cubierto de vegas, prados, bosques, palmeras, lleno de frescos arroyos, poblado de aves bonitas, alegre como un pensil tropical. Los cansados y pobres conquistadores penetran en la ciudad y son recibidos con flores y vítores. De pronto, unos soldados de a caballo que iban en avanzada vuelven temblando de emoción: ¡habían visto las casas chapeadas de plata!... Después se descubrió que era un barniz o pintura brillante que cubría las paredes de las chozas. Y otra vez la tropa rompió a reir a carcajadas.
Y una vez que un indio, emisario de Moctezuma, se fijó en el yelmo de un soldado, con ingenuidad de primitivo lo tomó, le hizo gracia, y suplicó al soldado que se lo cediera; quería llevárselo al emperador como objeto de curiosidad. Entonces el soldado, con una sorna muy de soldado, dijo que bueno, que se lo llevase a Moctezuma... ¡y que volviese el yelmo lleno de oro! En efecto, volvió el casco marcial todo henchido de oro hasta los bordes.
¡Ah, cómo encendían estas cosas la brasa impaciente de aquellos soldados! ¡Cómo se avivaba su imaginación y se afianzaban sus corazones! ¡Qué país tan imaginativo, fantástico, estupefaciente, aquel país en que las maravillas saltaban a cualquier hora, y en que las emociones variaban con bruscos golpes, desde el terror a la gloria, desde el hambre a la hartura, desde la miseria y el descalabro a la opulencia!
¡Y aquel desgraciado Moctezuma, cómo pretendía que se marchase Cortés, si le ofrecía el espectáculo de un imperio pasmoso con cuya conquista ganaría más honra y lustre que todos los capitanes de España! ¡Cómo presumía que los soldados se fuesen de Méjico otra vez a su patria, si les anteponía la tentación de los regalos de oro!
Los emisarios de Moctezuma traen a los españoles ricos presentes. Traen sobre todo dos planchas «tan grandes como ruedas de carro», una de oro y otra de plata. Y repiten a los españoles «que se marchen del país...» ¡Cómo podían marcharse! ¡Qué corazón valiente se hubiera marchado! Van, al contrario, adelante, y se meten en una aventura espantosa que les acarreará batallas terribles, derrotas tristísimas, trabajos y mortaldades sin ejemplo.
La leyenda y superstición del oro hallaban de repente un sitio exacto en la realidad, y los mismos ensueños podían ser alguna vez superados. Así la tropa de Francisco Pizarro, cuando en Caxamalca se repartió el rescate del Inca, se encontró toda ella rica, pero rica de veras, rica en buenos lingotes de oro y de plata. Aquella distribución de botín es el hecho militar más inaudito, más único de la Historia. Tiene de particular que es un hecho confrontado, corroborado por los cronistas, presidido por el general, anotado por los magistrados, con nota de los nombres y cantidades.
«De todo lo demás—dice Francisco de Je——, sacado el quinto real y los derechos del fundidor, repartió el gobernador entre todos los conquistadores que lo ganaron, y cupieron a los de caballo a ocho mil y ochocientos y ochenta pesos de oro y a trescientos y sesenta y dos marcos de plata, y los de pie a cuatro mil y cuatrocientos y cuarenta pesos de oro y a ciento y ochenta y un marcos de plata...» El dinero valía entonces dos o tres veces más que hoy.
¡Todos ricos, repentinamente ricos!... Aquella noticia debió de correr, paulatinamente agrandándose, a través del continente y de las islas, por España entera, por Europa. Y el nombre del Perú se hizo sinónimo de riqueza. Y la enfermedad o el ensueño de América arraigó para siempre en las imaginaciones europeas. Y de ese ensueño, de esa codicia de que se impregnó el nombre de América, salieron las emigraciones que han hecho próspero al Nuevo Mundo.
Y cuenta en seguida el mismo Francisco de Jerez que «Muchas cosas había que decir de los crecidos precios a que se han vendido todas las cosas, y de lo poco en que era tenido el oro y la plata. La cosa llegó a que si uno debía a otro algo, le daba de un pedazo de oro a bulto, sin lo pesar, y aunque le diese el doble de lo que le debía, no se le daba nada, y de casa en casa andan los que debían, con un indio cargado de oro, buscando a los acreedores...»
Sí, seguramente; los pobres soldados no serían ricos mucho tiempo. Siempre ha seguido el mercader al soldado, y siempre el mercader se alzó con los gajes de toda empresa heroica.
CAPÍTULO VIII
LAS RIQUEZAS
LOS embajadores de Venecia en España, en su misión de espionaje comercial, todos comienzan lo mismo sus informes cuando descargan sus pesquisas al Senado: de las Indias no se puede saber la verdad, no se sabe de cierto nada...
Una atmósfera de hipérbole, en efecto, envolvía al continente americano, y para que los datos verosímiles faltaran todavía más, quería la suerte que los navegantes, conquistadores y mercaderes desembarcasen en Sevilla, con lo que el natural vuelo imaginativo de los andaluces empeoraba aquel proceso de fantasías.
Pero es innecesario recurrir a la imaginación andaluza. Toda Europa, en aquel tiempo, era propensa a la hipérbole, a la leyenda y a la superstición. Y estando la sociedad tan preparada a las fugas imaginativas, y en un momento histórico en que los libros de caballería pasaban de mano en mano, he ahí que repentinamente realizaban unos hombres de carne y hueso cuantas proezas y aventuras inventaron los noveladores. Se abría, pues, a las mentes estupefactas de los europeos aquel país inaudito, maravilloso, que rezumaba néctar de frutas tropicales y que extendía generosamente montes de joyas y auténticas maravillas de oro.
En la Edad Media había padecido Europa una especie de rigor ascético, impuesto primeramente por la disciplina cristiana, y luego, con más motivo, por el aislamiento geográfico a que se condenó desde la caída del Imperio de los Césares. Europa vivía de sus recursos, propios de los climas fríos y templados; los frutos bellos y dulces, incitantes y olorosos, todo lo que la zona tórrida tiene de rico, muelle y lujuriante, estaba en poder de los infieles. Las vías de Oriente hallábanse en manos de los sarracenos, y las vías del mar oceánico quedaban cercadas por el terror. En forma precaria y con un coste fabuloso, el acceso a Oriente y a los frutos tropicales hacíase por intermedio de las Repúblicas italianas, con lo que ciertas delicias orientales solamente podían gustarlas los príncipes y los señores.
Y ved ahí que repentinamente llegan a Europa las especies picantes, los sabrosos frutos, las cosas más ricas y bellas... Los conquistadores vuelven a España y se entretienen en la ponderación de unas tierras donde sin esfuerzo nacen las plantas benéficas. Pronto corre entre el vulgo, mixtificada con un poco de sorna, la quimera de Jauja, aquel país de cielo radiante, aquella tierra sin lluvias, y no obstante frondosa; aquel edén donde el oro salta a la mano y donde no es preciso trabajar para ser feliz... Sin embargo, el paraíso de Jauja era cierto.
Los que volvían de América hablaban de unas islas exhuberantes, frondosas como canastillos de flores, circuídas por un mar de profundo azul. Referían la variedad de los frutos nunca vistos: maíz, patata, boniato, cazabe. Y después, ¡qué viciosa y divina tentación en aquella existencia de prodigio! El azúcar manando de los alambiques; la exquisita molicie del café; el tónico y excitante chocolate; la pasión del tabaco, saboreado por primera vez en las veladas del campamento... La coca, la pimienta, la vainilla, la canela, ¡todas las delicias tórridas se les brindaban a los exploradores, y el último soldado se transformaba en un opulento señor nada más que por la opción de tanta molicie!
Estos ricos frutos encantados producían a veces la misma sugestión que el oro en los conquistadores. La busca de un árbol maravilloso daba también lugar a aventuras caballerescas, en que se arriesgaban los campeones por deshacer el encantamiento o esclavitud de un simple arbusto.
Así es como a los españoles del Perú llegó la noticia de un país remoto, el país de la canela, que estaba más allá de las montañas y los ríos, y que sin duda era preciso descubrir y conquistar. Y al señuelo de aquella maravilla, Gonzalo Pizarro, hermano del conquistador, pidió venia para desencantar al árbol de la canela, y reunió más de quinientos compañeros, con los que partió de la ciudad de Quito hacia el Oriente.
¡Qué de trabajos, guerras y peripecias soportaron aquellos héroes del nuevo vellocino! Tribus hostiles, comarcas desiertas, serranías heladas y pantanos tropicales; pero hallaron, efectivamente, el país de la canela, y pudieron regocijarse ante el árbol prodigioso que generosamente otorga el fruto excitante. Entonces fué cuando la expedición, impulsada por el sabor de los prodigios, se lanzó en busca de nuevas maravillas a través de las selvas espantosas. La fantasía y el gusto de lo maravilloso los empujaba por aquellos parajes mortíferos e imposibles de abarcar. Descienden por la ribera del Amazonas y se ven constreñidos a armar un bergantín; hacen hornos de fundición y emplean las herraduras de los caballos para hacer clavos; en lugar de estopa usan el paño de sus mismos trajes harapientos; la brea la sustituyen con el caucho. Y cuando el bergantín, llevando un buen grupo de gente, navega por el Amazonas, su capitán, Orellana, se alza y revela, y descendiendo hasta el mar toma la vuelta de España.
Quedan Gonzalo Pizarro y sus compañeros abandonados en aquella inmensidad. Deciden tornar a Quito. Las ropas ya no existen, los caballos y los perros se los han comido, las espadas carecen de vaina y están enmohecidas. Muchos de los hombres se arriman a un árbol y mueren allí de inanición... Ya llegan por fin a la proximidad de Quito; ya han enviado mensajeros a la ciudad.
«Y así recibieron el socorro y comida en la tierra de Quito; besaron la tierra, dando gracias a Dios que los había escapado de tan grandes peligros y trabajos; y entraban con tanto deseo en los mantenimientos, que fué necesario ponerles tasa, hasta que poco a poco fuesen habituando los estómagos a tener qué digerir. Y Gonzalo Pizarro y sus capitanes, viendo que en los caballos y ropas que les habían traído no había más que para los capitanes, no quisieron mudar traje ni subir a caballo, por guardar en todo igualdad, como buenos soldados.» (Agustín de Zárate, Historia del Perú.)
Las expediciones no terminaban siempre con felicidad, seguramente. Estaban los españoles propensos a la fantasía y a la locura, y una vez era la tierra de la Florida la quimera que les llevaba al desastre, o el sueño del Dorado ocasionaba exploraciones febriles y catastróficas por territorios inaccesibles. La conquista del país de la canela ya hemos visto cuán duros sufrimientos acarreó a los visionarios que salieron de Quito. Pero el árbol prodigioso estaba al fin desencantado.
En cuanto a las riquezas metálicas que ingresaban por Sevilla, los embajadores venecianos tenían razón: no se sabía nada de verdad. Lo cierto es que el oro, la plata y las perlas venían en flotas desiguales, y para la modestia de aquellos tiempos debían ser preciosos gajes con que el tesoro real se aliviara y los pueblos y provincias se enriquecieran.
Mr. Haebler investiga en el Archivo de Indias y deduce que en 1514 entraron 27.089.165 maravedises, o sean 199.185 pesetas. Esto ocurría antes de lo de Méjico y Perú. En 1551, estando las minas en explotación, entran 459.941.187 maravedises, que hacen 3.381.920 pesetas, las cuales, trasferidas al valor actual de la moneda, serían 10.145.760 pesetas.
En el año 1516 hay una cifra mínima para el Tesoro, correspondiente de los impuestos y quintos reales: 13.148.222 maravedises. La cifra máxima corresponde al año 1554, y es: 522.426.216 maravedises.
Dentro de su zona de dudas, los embajadores venecianos ensayan algunos cálculos, y el señor Nicolo Tiépolo asigna al Tesoro una renta de Indias de 150.000 ducados anuales, en tanto que Mariano Cavalli, diez y nueve años después (1551), hace subir la renta a 400.000 ducados.
Francisco de Jerez, el cronista del Perú, nos proporcionará nuevos y minuciosos datos. Cuenta este testigo cómo algunos compañeros de Francisco Pizarro pudieron licenciarse y volver a España; el conquistador les otorgó permiso, y pronto las márgenes del Guadalquivir comenzaron a recibir nuevas positivas de la fortuna del Perú.
«Nuestro señor los trujo a Sevilla—dice Francisco de Jerez—, adonde hasta ahora son venidas cuatro naos, las cuales trujeron la siguiente cantidad de oro y plata.»
En la primera nao venía su capitán Cristóbal de Mena con 8.000 pesos de oro y 950 marcos de plata; venían también el clérigo Juan de Sosa, con 6.000 pesos de oro y 80 marcos de plata; además, otros pasajeros de esta misma nave traían 38.946 pesos de oro. La segunda nao conducía a Hernando Pizarro, hermano del conquistador; traía para el rey 153.000 pesos de oro y 5.048 marcos de plata, y entre los pasajeros reunían 310.000 pesos de oro y 13.500 marcos de plata. En esta misma nave venían para el rey muchas joyas y grandes figuras de oro y plata como ídolos, vasijas, ornamentos.
«Este tesoro fué descargado en el muelle y llevado a la casa de contratación, las vasijas a cargas, y lo restante en veintisiete cajas, que un par de bueyes llevaban dos cajas en una carreta.»
Las otras dos naos a que se refiere Jerez trajeron 146.518 pesos de oro y 30.511 marcos de plata.
¡Qué tentación para las almas aventureras, ver entrar estas naves henchidas de oro, de gloria y de frutos desconocidos!...
Pero estas naves que volvían eran necesarias para la obra de civilización que los españoles se habían impuesto a la faz del mundo. Cada nave en retorno, cada caja de oro que se descargaba en el muelle servía de gancho, y ningún sargento inglés ha podido nunca usar mejores arbitrios para la recluta de soldados como aquellas flotas índicas. Y los reclutas marchaban. Iban los artesanos y los mercaderes, los evangelistas y los educadores, los mozos de valiente ánimo, los soldados; y entre todos, y bien rápidamente, consumaban la obra gigantesca.
En una relación de los buques que parten y tornan en la ruta de las Indias, hallo para el año 1504 tres naves salidas... y ninguna entrada. Cuatro años más tarde salen de Sevilla 46 y entran 21. El año 1520 salen 71 y tornan 37. En 1549 hay una cifra respetable: 101 naves salidas y 75 entradas. Hay siempre una desproporción bastante grave entre los barcos que van y los que vuelven. ¡La obra de América no se ha realizado sin enormes y desgarradores sacrificios!
Entre las relaciones demasiado crudas de los ingresos, quintos y rentas de oro, no faltan verdaderas notas galantes, sensibles y caballerescas, como aquel inciso que dice: «Tres talegones de perlas enviadas a S. A.» O aquel otro todavía más galante: «Seis onzas de pedrería que se compraron para la reina...»
CAPÍTULO IX
EL VALOR
EL descubrimiento, conquista y colonización de América son el fruto del genio español. Pero el genio por sí solo resulta insuficiente si la obra exige una voluntad heroica, y la empresa de las Indias se hubiera, en efecto, retardado o mal cumplido de no intervenir desde el primer momento la ráfaga valerosa, el ímpetu y el valor español.
Algunos historiadores, arrastrados por su sordidez objecionista, han pretendido disminuir en lo posible la hazaña de América con capciosos distingos. Una de estas objeciones consiste en suponer que los indios americanos carecían de armas convenientes y de un valor militar experimentado o bastante estratégico; en cambio adjudican a los españoles el poder y el enorme predominio del arte militar europeo: cañones, arcabuces, caballos, imponentes baterías.
Hay aquí una ficción que interesa desvanecer.
Cuando el historiador desea disminuir una empresa, fácilmente halla argumentos fiscales que pueden coaccionar la imaginación distraída de los lectores. Y si el lector moderno no se previene contra la sugestión de una falsa literatura, creerá, verdaderamente, que los indios han sido siempre y en todos los países unos pobres salvajes indefensos, y que la civilización europea ha poseído siempre y en todas las ocasiones los mismos recursos de poder y fuerza que hoy admiramos. Por tanto, si el lector no se previene y se deja seducir por la falacia de un hábil historiador, pensará que los españoles de Cortés y de Pizarro acometían a los indios con grandes y numerosos cañones de tiro rápido, con nutridas descargas de fusilería y con fuertes escuadrones de húsares.
En el siglo XVI existían, es verdad, grandes y poderosos ejércitos, con buenos parques de artillería y fuertes reservas. Pero después de tocar sus trompetas y mandar decir pregones, Hernán Cortés pudo reunir un ejército de quinientos ocho soldados; menos fortuna tuvo Francisco Pizarro, el cual, de su viaje a Extremadura y de su recluta de Tierra Firme, reunió para conquistar el Perú ciento sesenta y cuatro hombres de guerra...
También es cierto que en el siglo XVI había en Europa cañones y mosquetes. Pero los conquistadores no pudieron contratar baterías, regimientos de artilleros ni compactas compañías de fusileros, sin duda porque en aquel tiempo costaban mucho tales artefactos y porque en América no abundaban todavía los elementos de guerra. De modo que Hernán Cortés sentíase muy alegre porque pudo reclutar tres artilleros (o sean hombres que entendían de cosas de pólvora). Pizarro, siempre más modesto, hubo de contentarse con un artillero, Candía el cretense. Y cuando Cortés hizo el alarde de su tropa en la playa de Gozumel, halló que poseía cuatro falconetes, trece escopeteros y treinta y dos ballesteros. Los falconetes eran pequeñas piezas de difícil y lento manejo, que disparaban balas de piedra; las escopetas o mosquetes eran de corto alcance y sus disparos no podían repetirse mucho ni rápidamente. En cuanto a Pizarro, contó en su tropa tres escopeteros y veinte ballesteros.
Si existía, pues, de alguna parte superioridad en las armas arrojadizas, no hay duda que los indios eran superiores; estaban habituados al manejo del arco y de la flecha y presentábanse en las primeras algaradas como verdaderas nubes de flecheros, cuyos tiros estrechaban y aturdían a los españoles. Estos sufrían graves bajas de resultas de las flechas, contra las cuales no bastaban siempre los cascos, las rodelas y las corazas acolchadas, especie de almohadillado de algodón con el que se protegían los cuerpos. Los españoles tenían que fiar el éxito a sus armas blancas. Entonces sí, en la lucha cuerpo a cuerpo, en la pelea a manteniente, ¡entonces, asistidos por su valor, adquirían superioridad los españoles!
Su táctica militar, su maniobra de pequeños escuadrones, su formación en haces, la combinación calculada de los caballos, el envolvimiento, el ataque a fondo del núcleo o frente enemigo; todo eso, que era inteligencia europea y escuela militar civilizada, prestaba a los conquistadores efectiva superioridad ante los indios. Y además, sobre todo, poseían el ánimo, la energía, el brío, el ímpetu en el ataque, el espíritu, el valor.
Después que hayamos salvado la mentira de los cañones y de la fusilería, un espíritu moderno se encontrará desconcertado, perplejo, porque considerará los enormes núcleos militares que actualmente son precisos para asaltar una trinchera, y no podrá comprender cómo un puñado de hombres se aventuraban a tales conquistas y tales peleas.
También en esto hay una ficción anacrónica. Nosotros conocemos el soldado actual: buen ciudadano, generalmente sumiso a la orden que le manda ir a la guerra, y, por lo regular, dotado de suficiente valor. Nuestro soldado conoce el manejo de su fusil en un grado prudencial; dispara cien o mil cartuchos, en la inteligencia de que muchos días habrá de consumir sus cartucheras perfectamente en vano. De cada veinte soldados modernos, puede contarse apenas un tirador cuyos tiros posean cierta consciencia o cierta probabilidad de eficacia. Compréndese, pues, que las acciones actuales de guerra necesiten el concurso de cada vez mayores masas de soldados; la deficiencia personal del individuo se debe suplir con el número de los actuantes, y la inconsciencia o escasa efectividad del tiro y del golpe ha de subsanarse con el empleo de nutridas series de disparos. Hoy se siembra de millones de proyectiles el campo, con la esperanza de poder derribar uno o varios combatientes; mientras que el soldado antiguo, sobre todo el conquistador, ahorraba tentativas y daba directo con su espada en el pecho enemigo.
Hernán Cortés se percata pronto de las condiciones especiales de aquella guerra contra los indios. Comprende que el interés de los españoles está en rematar cuanto antes las escaramuzas, por acometidas rápidas y audaces, antes de que la masa contraria logre envolverlos y abrumarlos a ellos como una nube densísima. No se trata allí de fuerzas semejantes, en número y armas y esgrima; hay una diferencia monstruosa que es necesario suplir con una táctica especial. Dice a sus soldados de infantería que omitan los tajos y cuchilladas, y a sus caballeros encarga que dirijan la lanza al rostro y renuncien a los botes. Llevando la lanza baja, como en la esgrima europea se usara con el intento de alzar del arzón al adversario, corríase el peligro de que los indios, formados en montón compacto, prendieran la lanza con las manos y la rompieran, como en efecto ocurrió en Tlascala. Eran un país y una guerra diferentes, que los conquistadores necesitaron aprender a costa de apuros. Así también el tajo y la cuchillada usábanse en los encuentros europeos entre ejércitos iguales o proporcionados; la cuchillada no compromete tanto al que la da, pues tiene la rodela para resguardarse; los duelos duraban mucho tiempo, en pleno combate, y una herida somera o la prisión daba fin a la pelea. Pero el español que caía en manos de los indios, pronto iba a regar con su sangre los santuarios de los ídolos repugnantes. Y era preciso romper aquellas masas de combatientes, que avanzaban como olas... Tirarse a fondo, embestir de punta, arrostrar la estocada directa, matar de un único golpe; esto lo imponían la necesidad de aquella guerra diferente.
El soldado antiguo se dedicaba a las armas como un profesional. No se parecía al soldado recluta de hoy; era guerrero de oficio, y entraba en el oficio por virtud de una selección. Esgrimista, acorazado, batido por infinitas pruebas, aquel hombre de armas se apartaba en todo del burgués o del simple ciudadano.
Esta selección del hombre de armas antiguo, todavía se apuraba y refinaba más entre los conquistadores. Quien no tuviera el brazo duro y el ánimo templado, podía quedarse en las poblaciones tranquilas. El clima, los trabajos y las batallas iban omitiendo a los débiles y desanimados. Poco después de desembarcar en Méjico, unos cuantos soldados hubieron de perecer, «a causa, dice el capitán Bernal Díaz, del calor y del peso de las armas, porque eran gentes jóvenes y delicadas». No; los delicados no debían seguir. Y no era necesario destituirlos, porque la misma naturaleza de la campaña los suprimía con los fatales medios de la verdadera selección: la muerte.
Francisco Pizarro exagera como nadie el método seleccionador. No obstante lo exiguo de su tropa, a pesar del precio que en una aventura como aquella tenía el hombre, el capitán quiere que sus soldados no sean valores numéricos, sino positivas personalidades guerreras. Y antes de aventurarse en los terrores andinos y en el enigma de Caxamalca, dice a sus hombres que lo piensen bien... El que no se sienta bastante animado tendrá benigna y honrosa licencia para tornarse a la costa. Esta última selección no fué estéril; sin duda había en la mesnada algunos soldados flojos. Cinco españoles de a caballo y cuatro de a pie aceptan la invitación y retroceden a la ciudad de San Miguel. Entonces declara Pizarro que, en último caso, él marchará a conquistar el Perú con los hombres que le queden, «pocos o muchos».
Nosotros estamos habituados a la idea de multitud, mientras que en algunas épocas ha disfrutado el hombre solo una consideración que ciertamente nos extraña. El ejemplar del caudillo, del campeón, del héroe, es un concepto para nosotros bastante vago y casi inverosímil. Pero es verdad que en ciertos momentos el profesional de las armas ha sido una persona temible, poderosísima y hasta invulnerable. El tipo de Aquiles, de Rolando y del Cid no podemos achacarlo ligeramente a la hipérbole de los pueblos o de los poetas; ha existido de veras y lógicamente.
Habituados nosotros a la ley democrática de la recluta, olvidamos que otras veces la recluta era de índole aristocrática y alcanzaba sólo a los aptos, a los mejores. Hoy todos tienen derecho al empleo del soldado, siempre que dispongan de ciertas medidas o proporciones físicas; la resistencia corporal, el ánimo y el valor, se les suponen, y basta.
En otros tiempos no podía ser soldado quien quisiera. El peso de las armas era excesivo, y la esgrima obligaba a un largo aprendizaje. Hábil en saberse cubrir con el escudo, diestro en la espada, blandiendo con facilidad la pica y cubierto de oportunas defensas, aquel hombre de guerra era ciertamente poderoso. Si entre todos sobresalía el soldado de fuerte musculatura, de gran salud y de un brío imperativo, entonces no parece difícil que el capitán, el héroe, arrostrase las mayores empresas.
En las tropas de los conquistadores resaltan numerosos estos ejemplares de héroes. Los principales, como Hernán Cortés y Pizarro, absorben nuestra atención demasiado; si miramos junto a ellos, veremos que marchan a la gloria asistidos de muchos capitanes, que son, cada uno, aptos para ultimar iguales empresas que las de los mismos caudillos a quienes sirven.
La fuerza, el ánimo resistente, el valor más sublime se muestra en aquellos hombres y en aquellos encuentros, donde las hazañas homéricas adquieren realidad. Parece que por último hallan evidencia las enormidades de los libros de caballerías. Aquellas versiones medioevales, en que un caballero solo defiende la puerta de una ciudad contra un ejército entero, resultan, pues, veraces y comprensibles. No diez, sino cien, cientos de indios pugnaban a veces contra cada español; los soldados se fatigaban de herir, y no era tan horrible el peligro de la pelea como el pensar en lo insuperable y monstruoso de aquella masa inextinguible, entre cuyos recodos y senos no podían apenas maniobrar los caballos ni jugar las escopetas. De esta especie de sofocamiento, dentro de una masa tupida y pertinaz, padecieron mucho los soldados de Cortés.
Si los indios mostrábanse, en ocasiones, tímidos y medrosos, otras veces peleaban fanatizados, con una obstinación furiosa, que no cedía hasta la muerte. Algunos pueblos eran valerosos y muy aguerridos. Pronto, además, adoptaron los sistemas defensivos de los españoles, aprendiendo a cubrirse con petos de algodón acolchado, con rodelas, con yelmos. Su astucia y su aptitud para la doblez y el espionaje, con el veneno en que untaban sus saetas, hacían que los conquistadores viviesen en constante inquietud y soportaran heridas y trabajos penosísimos.
Sólo unas almas de tan recio temple como aquéllas podían superar tales contrariedades, que eran, en efecto, dignas de gigantes.
CAPÍTULO X
EL CONQUISTADOR BRILLANTE
EN otro capítulo anterior hemos apuntado la gran ráfaga heroica que hizo nacer América a la luz de la civilización europeocristiana, y cómo fué posible la obra del Nuevo Mundo gracias a esa actividad heroica a la española. Rápidamente brotaron del fondo español numerosos héroes representativos, incontables evangelistas, soldados y pobladores, cuya fisonomía moral nos ha de ser tan grato hacer resurgir. Comencemos por el más famoso de estos héroes representativos, el conquistador típico: Hernán Cortés.
Los que regatean cualidades espirituales a nuestros conquistadores, necesitan hacer una forzosa salvedad en la persona radiante y caballeresca de este bizarro extremeño, que era un noble hidalgo de buenas luces y de elevada educación, apto para las letras como para las armas. No se trata, no, de un bandolero ni de un soldado ignorante; no es el aventurero reclutado en los bajos fondos de la sociedad, ni el tipo del pirata o el filibustero que bien pronto habían de arrojar sobre el mar de las Antillas otras naciones del Centro y Norte de Europa.
Dice Bernal Díaz del Castillo que nuestro héroe «era latino, y oí decir que era bachiller en leyes, y cuando hablaba con letrados y hombres latinos, respondía a lo que le decían en latín. Era algo poeta, hacía coplas en metros y en prosa, y en lo que platicaba lo decía muy apacible y con muy buena retórica...»
Había nacido en la baja Extremadura, ese rico país de fecundas y grandes heredades, donde los prósperos pueblos elevan sus muros sobre las gruesas tierras que el olivo y las mies embellecen. Es un país hermoso, apto para producir hombres de varonil señorío. Hernán Cortés era un señor, no porque naciera de ilustre y acaudalada familia, sino porque, apenas modesto hidalgo, tenía naturaleza de señor. Y porque además el hado misterioso lo señalara desde la cuna para las altas empresas señoriales. En suma, porque quería siempre, porque aspiraba fervorosamente a la vida de señor.
Sus contemporáneos lo pintan como el hombre que posee la virtud señorial y todo su intento se dirige a superarse, a mejorarse, a lograr el supremo lustre del señorío. Pero no como un vulgar indiano o como un rastacuero de nuestros días. «Los vestidos que se ponía eran según el tiempo y usanza, cuenta Bernal Díaz, y no se le daba nada de no traer muchas sedas ni damascos ni rasos, sino llanamente y muy pulido; ni tampoco traía cadenas grandes de oro, salvo una cadenita de oro de prima hechura, con un joyel con la imagen de Nuestra Señora la Virgen Santa María, con su hijo precioso en los brazos... Y también traía en el dedo un anillo muy rico con un diamante, y en la gorra, que entonces se usaba de terciopelo, traía una medalla; mas después, el tiempo andando, siempre traía gorra de paño sin medalla.»
Vemos aquí al hombre de instintos aristocráticos que gusta de portar una cadenita de oro, un joyel devoto; cosas de lujo integral, pulidas y estimadas, que toda naturaleza noble prefiere para su regocijo personal y no para la ostentación. Hernán Cortés vivía en el siglo del Renacimiento, cuando Italia sugería al mundo el amor del boato y de las fastuosas preseas, pero no podía renunciar al sentido español de la altiva modestia, y de uno como masculino y católico (estoico) rubor ante el demasiado engalanamiento.
En cambio aceptaba a veces como una necesidad la ostentación, por lo mismo que ayudaba a su política. Quería encumbrarse, y bien conocía la condición humana que tanto se deja deslumbrar por el brillo, y que a veces toma lo externo del brillo por lo esencial del señorío. Para conseguir su éxito de gran señor, y sin duda como maña de político, Hernán Cortés sabe en ocasiones admirar a su gente con dádivas, con ostentaciones y con prestancias lujosas.
«Deleitábase de tener mucha casa y familia, mucha plata de servicio y de respeto. Tratábase muy de señor, y con tanta gravedad y cordura, que no daba pesadumbre ni parecía nuevo.» Esto dice López de Gomara. Y Bernal Díaz del Castillo corrobora y agrega: «Servíase ricamente, como un gran señor, con dos maestresalas y mayordomos y muchos pajes, y todo el servicio de su casa muy cumplido, e grandes vajillas de plata y de oro.»
En cuanto a sus apetitos, véanse cuan simples, hidalguescos, militares, eran: «Comía a medio día bien y bebía una buena taza de vino aguado, que cabría un cuartillo, y también cenaba, y no era nada regalado ni se le daba nada por comer manjares delicados ni costosos, salvo cuando veía que había necesidad que se gastase o los hubiese menester.»
Ahora bien; ¿es posible que un hombre grosero, bestial y bajo, un verdadero animal de presa, pueda intentar la larga faena ímproba y terrible, que dura muchos años, la heroica y trabajosa empresa de conquistar un imperio? Un capitán de piratas, del tipo de Drake, puede arrastrar a su gente a campañas veloces en que el botín es palpable y la presa se abandona; que no hay que poblar y evangelizar, sino desbalijar y marcharse.
Un jefe de filibusteros tiene su guarida en una ensenada tropical, y sólo se cuida de caer a tiempo sobre la flota o sobre la ciudad desprevenidas. Un capitán como Cortés está mucho más embarazado por graves deberes y responsabilidades. Tiene que conquistar, poblar y ceder las tierras a los magistrados del rey, a los monjes y a los catedráticos. No puede portarse como un simple aventurero. Necesita ser tan político como soldado, y ensayar las artes de la simpatía que poseen un Alejandro y un César, junto con la fuerza imperativa y subyugadora de su temple moral.
Hernán Cortés era simpático de suyo; pero cuidaba de mejorar esta simpatía para favorecer su misión providencial. Sus biógrafos nos lo retratan bello de cuerpo y gallardo de apostura.
«Fué de buena estatura y cuerpo y bien proporcionado y membrudo... los ojos en el mirar amorosos, y por otras graves... y tenía el pecho alto y la espalda de buena manera, y era cenceño y de poca barriga y algo estevado, y las piernas y muslos bien sacados, y era buen jinete y diestro de todas armas, así a pie como a caballo, y sabía muy bien menearlas, y sobre todo, corazón y ánimo, que es lo que hace al caso... En todo lo que mostraba, así en su presencia y meneo como en pláticas y conversación, y en comer y en el vestir, en todo daba señales de gran señor.»
A esta pintura de Bernal Díaz del Castillo podemos agregar los rasgos siguientes de López Gomara:
«Era Fernando Cortés de buena estatura, rehecho y de gran pecho; el color ceniciento, la barba clara, el cabello largo. Tenía gran fuerza, mucho ánimo, destreza en las armas... Fué muy dado a mujeres, y dióse siempre. Lo mesmo hizo al juego, y jugaba a los dados a maravilla, bien alegremente... Gastaba liberalísimamente en la guerra, en mujeres, por amigos y en antojos, mostrando escaseza en algunas cosas; por donde le llamaban de avenida. Vestía más polido que rico, y así era hombre limpísimo... Era devoto, rezador... grandísimo limosnero... Daba cada un año mil ducados por Dios de ordinario; y algunas veces tomó a cambio dineros para limosnas...»
Anotemos ahora algunas particularidades de su carácter; nos las dirá Bernal Díaz, aquel soldado que acompañó a nuestro héroe en sus grandes trabajos y peligros. Véase cuánta fuerza de contención hay en el héroe y cómo sabe reprimir sus impulsos, disimular, transigir, puesto que considera el fondo inconsciente que habita en el alma tempestuosa de los soldados, y sabe que el héroe ha de estar cuidando y labrando su obra todos los minutos, en todos los incidentes.
«Cuando juraba, decía: «En mi conciencia»; y cuando se enojaba con algún soldado de los nuestros, sus amigos, le decía: «¡Oh, mal pese a vos!» Y cuando estaba muy enojado se le hinchaba una vena de la garganta y otra de la frente, y aún algunas veces, de muy enojado, arrojaba una manta, y no decía palabra fea ni injuriosa a ningún capitán ni soldado; y era muy sufrido, porque soldados hubo muy desconsiderados que decían palabras muy descomedidas, y no les respondía cosa muy sobrada ni mala; y aunque había materia para ello, lo más que les decía era: «Callad, o iros con Dios, y de aquí adelante tened más miramiento en lo que dijéredes, porque os costará caro por ello, e os haré castigar.»
Hernán Cortés es un hombre del Renacimiento. Posee las cualidades de su época, y algo que estaba entonces en la atmósfera se le ha traspasado a él; un poco de Maquiavelo y de Borgia, en lo que estos hombres tenían de políticos, y no en su fría, en su italiana amoralidad frente al crimen.
Es astuto; tiene el arte de la seducción oportuna; sabe encubrir sus intenciones y desorientar a los enemigos y a los traidores; muestra una fina inteligencia y un tacto para ceder o para esgrimir su autoridad, y es siempre el hombre de mando, el capitán, el conductor, que no pierde nunca la inestimable serenidad. Cuando hace falta sabe dirigirse al fin sacrificando los medios.
Trabaja como un cauto militar, porque en la alta milicia debe presidir la sutil cautela. Usa la mentira oportuna y conoce el arte de desconcertar. Por ejemplo, en sus tratos con el cacique de Cempoalla se decide a prender a los recaudadores, les hace ver el poderío de sus armas y luego les deja escapar, para que lo cuenten al emperador Moctezuma. Mete insidias entre las tribus, alienta las rivalidades de los caciques, «divide para vencer». En efecto, sin astucia de político y sólo con el arrojo del soldado hubiera sido imposible dominar tan grande y populoso imperio.
Pero este hombre del Renacimiento, contemporáneo de Maquiavelo, pierde en ocasiones su ecuanimidad y recobra su naturaleza sincera de león hispano. Es cuando, como dice Bernal Díaz, «se le hincha la vena de la garganta y otra de la frente». El contumaz y valiente general Xicoteucatl manda sus emisarios a Cortés, éste los recibe confiado, y luego se descubre que son espías... Entonces tiene el héroe un impulso de espontánea indignación, y «les mandé tornar a todos cincuenta y cortarles la mano, y los envié que dijesen a su señor, que de noche y de día, y cada y cuando él viniese, verían quién éramos».
El héroe no puede sofocar por completo su naturaleza de soldado, y hay un momento en que echaría a rodar toda su obra difícil por un puntillo de honor ultrajado o ante una osada ofensa. Tampoco puede el héroe reprimir sus sentimientos religiosos o de humanidad en todos los instantes; hay horas críticas en que lo subsconsciente y profundo nos hace traición y todas nuestras prolijas artes de política quedan inútiles frente a los impulsos de nuestro ser integral.
Así en Cempoalla, cuando más astucia y paciencia necesitaban desarrollar, Hernán Cortés no se pudo contener viendo el templo «negro de sangre», donde concluían de consumarse los sacrificios humanos y el canibalismo ritual ante unos ídolos monstruosos. Los españoles estaban hechos a matar en la guerra; no se avenían, sin embargo, a aceptar aquellas sacrílegas y cruelísimas barbaridades. Atropellaron, pues, por todo, y subieron a la cumbre del templo a derribar los sanguinarios y ensangrentados ídolos... Estos impulsos disculpan todos los yerros que pudieron cometer. Su fe, su pudor, su humanitarismo, eran más fuertes que su interés político. Se aventuraban a perderlo todo antes que sancionar aquel crimen salvaje. Y aquí el hombre del Renacimiento a la italiana vuelve a integrarse en su naturaleza de español sincero. Es Don Quijote que está allí, entre los soldados...
¡Ah!, mientras leemos los pormenores y preparativos de una expedición a lo ignorado, ¡cómo se remueven los posos de nuestro temperamento imaginativo y aventurero! Sentimos la seguridad de que nuestra vida ha fracasado desde su origen sólo por no haber nacido cuatro siglos antes; ¡porque nosotros nos hemos retardado en nacer, porque nosotros hubiéramos marchado a las Indias, y de allí nos hubiéramos alistado en una de aquellas expediciones conquistadoras!... ¡Enérgica ráfaga de ambición, entusiasta alegría de ir a las tierras ignoradas! ¡Promesas de oro y de gloria, países extraños e inauditos que aparecen de pronto a la mirada, bosques y llanuras misteriosos, gentes y hábitos distintos, paisajes y civilizaciones increíbles!...
Todo esto prometía Hernán Cortés a los españoles de Cuba. Su don de simpatía y de seducción personal, entonces es cuando necesitaba esforzarse. Y el héroe, que al fin conoce que le ha tocado la Fortuna con su dedo, ¡cómo tiembla, de emoción por la suerte, del miedo del malogro y de comprender que está señalado para realizar una imperecedera hazaña!
«Pues como ya fué elegido Hernán Cortés por general de la armada, dice Bernal Díaz, comenzó a buscar todo género de armas, así escopetas como pólvora y ballestas, e todos cuantos pertrechos de guerra pudo haber y buscar... En demás desto, se comenzó de polir e abellidar en su persona mucho más que de antes, e se puso un penacho de plumas con su medalla de oro, que le parecía muy bien. Pues para hacer aquestos gastos que he dicho no tenía de qué, porque en aquella ocasión estaba muy adeudado y pobre... Y como ciertos mercaderes amigos suyos que se decían Jaime Tría o Jerónimo Tría y un Pedro de Jerez, le vieron con capitanía y prosperado, le prestaron cuatro mil pesos de oro... y luego hizo hacer unas lanzadas de oro, que puso en una ropa de terciopelo, y mandó hacer estandartes y banderas labradas de oro con las armas reales y una cruz de cada parte, juntamente con las armas de nuestro rey y señor, con un letrero en latín, que decía: Hermanos, sigamos la señal de la santa cruz con fe verdadera, que con ella venceremos; y luego mandó dar pregones y tocar sus atambores y trompetas en nombre de su majestad...»
«Pues como se supo esta nueva en toda la isla de Cuba, y también Cortés escribió a todas villas a sus amigos que se aparejasen para ir con él a aquel viaje, unos vendían sus haciendas para buscar armas y caballos, otros comenzaban a salar tocino para matalotaje, y se colchaban las armas... De manera que nos juntamos en Santiago de Cuba, donde salimos con el armada, más de trescientos soldados.»
«E así como desembarcamos en el puerto de la villa de la Trinidad, y salidos en tierra... y llevaron a Cortés a aposentar entre los vecinos, porque había en aquella villa poblados muy buenos hidalgos... De aquesta villa salieron hidalgos para ir con nosotros... Alonso Hernando Portocarrero no tenía caballo ni aun de qué comprallo; Cortés le compró una yegua rucia y dió por ella unas lazadas de oro...»
«Y en aquel instante vino un navío de la Habana a aquel puerto de la Trinidad, que traía un Juan Sedeño, cargado de pan cazabe y tocinos, que iba a vender a unas minas de oro cerca de Santiago de Cuba; y como saltó en tierra el Juan Sedeño fué a besar las manos a Cortés, y después de muchas pláticas que tuvieron, le compró el navío y tocinos y cazabe fiados, y se fué el Juan Sedeños con nosotros. Ya teníamos once navíos y todo se nos hacía prósperamente, gracias a Dios por ello...»
«Y como Cortés lo supo, habló secretamente al Ordás y a todos aquellos soldados y vecinos de la Trinidad... y tales palabras y ofertas les dijo, que los trujo a su servicio.»
«Y el un mozo de espuelas de los que traían las cartas y recados, se fué con nosotros...»
«Y también atrujo y convocó a los herreros que se fuesen con nosotros, y así lo hicieron...»
He aquí el tipo del conquistador. Brillante, alegre, persuasivo, todos le siguen, todos caen bajo el arrebato de su seducción. Es joven, hermoso, fuerte, arrojado; sabe conquistar los corazones y prende con sus artes de persuasión y simpatía a todos los que encuentra. Arrastra todos los elementos útiles, desde el hidalgo valiente hasta el mercader sedeño, los mozos de espuela y los herreros. Y hace tan fina maniobra frente al sórdido gobernador Diego Velázquez, que materialmente se escurre de sus manos, huye a la mar y queda libre de acometer por sí la hazaña.
Esta hazaña consistía en conquistar y dominar un imperio más grande que España, poblado por tribus guerreras, organizado en nación y provisto de grandes elementos de resistencia. Para conseguir esta empresa, Cortés poseía lo siguiente:
«Mandó Cortés hacer alarde para ver qué tantos soldados llevaba, e halló por su cuenta que éramos quinientos y ocho, sin maestres y pilotos e marineros, que serían ciento y nueve, y diez y seis caballos e yeguas... e once navíos grandes y pequeños... y eran treinta y dos ballesteros y trece escopeteros, e tiros de bronce e cuatro falconetes...»