CAPÍTULO XI
FRANCISCO PIZARRO
I
HAY en este conquistador algo como una tristeza inefable, que nos estimula a interesarnos por él y admirarlo más íntimamente.
Es la tristeza del hombre mal nacido, mal criado y peor aventurado, el cual aspira a la grandeza con un anhelo de vindicarse y ennoblecerse, ¡y llega a poseer la fortuna y la gloria demasiado tarde! Y cuando lo consigue todo, muere en forma miserable, obscuramente, a manos de los asesinos.
Otros aventureros habían logrado el triunfo en poco tiempo, de un golpe afortunado; Pizarro necesita perder su juventud en modestas heroicidades y labrar su éxito a fuerza de obstinación. La fortuna le escatima sus mercedes y no le entrega nada de regalo; es el héroe quien debe sojuzgar a la fortuna por el imperio de su voluntad de acero.
Nada le han dado; todo necesita adquirirlo. Carece del linaje y de la cultura de Hernán Cortés; le falta acaso viveza imaginativa y cierta simpatía avasalladora; pierde pronto sus galas juveniles, su risa y desenvoltura, en los primeros y rudos trabajos de reivindicación personal; y cuando, poco a poco, ha hecho respetable su nombre y posee en Panamá alguna hacienda, Pizarro es viejo, grave, sobrio de palabras y está exento de atractiva y brillante fogosidad. Entonces, en un último esfuerzo de voluntad, el conquistador exige salir del anónimo, asalta a la Fortuna, insiste y marcha derecho contra el imperio de los Incas.
Hay en Francisco Pizarro esa grave y vaga tristeza que trasciende de la tierra de Extremadura. Es un ejemplar representativo del país de Trujillo y de Cáceres, austera y bella comarca en que la luz de un cielo ancho y limpio consigue apenas paliar el tono adusto, estoico y noble de las ciudades y de las gentes. Con sus torres cuadradas y sus incontables casas abolengas, Cáceres es un nido de hidalgos, puesto sobre la colina amurallada, dormido en ensueños de lejanía. Rodeado de encinares y extensos campos de labor, Trujillo se encarama igualmente a su colina almenada y tiene, para soñar lejanos sueños, el espectáculo de la tierra infinita. El nervio montuoso de la sierra atraviesa la comarca, y es aquéllo como un lenitivo de dulzura, con sus valles y encañadas donde el viajero descubre repentinamente pueblos idílicos, huertos amables, frondosidad y alegría de campo ingenuo. De este territorio mixto, formado con llanuras religiosas y bucólicos valles, con ciudades guerreras y cándidos montañeses, sacó Francisco Pizarro la mayor cantidad de sus compañeros.
Los que se obstinaron en roer y mezquinar la obra de España en América, necesitaban un hombre a quien acusar de barbarie y en el cual reunir todas las características del aventurero ignorante, inhumano y cruel. Este hombre tipo, esta fiera brutal y carnívora era Pizarro. Y ha sido, en efecto, Francisco Pizarro la víctima propiciatoria que hubo de representar el salvajismo de la conquista española.
Al contrario, este héroe extremeño representa uno de los lados más salientes y gloriosos del carácter español. Si España a causa de su latitud geográfica no puede eximirse de ciertas peculiaridades del meridionalismo, como son la impulsividad, el repentinismo y la ligereza improvisadora, no hay duda que pesan más en su carácter las otras cualidades de obstinación, de insistencia en el propósito, de una como perezosa terquedad. Lo comprueban la lucha secular contra los moros, el empeño de imponer el catolicismo en Europa, la colonización de América, la campaña contra Napoleón, la insistencia de sus guerras civiles, sin contar la absurda y heroica resistencia de sus sitios, universalmente famosos: Numancia, Zaragoza, Gerona.
Francisco Pizarro era hijo bastardo de un capitán. Se ha dicho que en su niñez hacía el oficio de pastor; menos aún, se dice que era porquero. En la tierra de Trujillo abunda mucho la crianza de puercos, y el cuidarlos o pastorearlos no parece que significase allí nunca un desdoro. El cerdo ha sido en Extremadura un blasón heráldico bastante frecuente, y en el mismo escudo originario de los Pizarros se ve, efectivamente, una encina entre dos cerdos rampantes.
Cuidando puercos, descalzo de pie y pierna, el futuro conquistador del Perú bulliría por las cuestas y plazas de su ciudad, ni más ni menos que la generalidad de los chicos extremeños; esos chicos robustos, sanos, honrados, con su color de manzana y sus hermosas facciones, que hoy mismo ofrecen al viajero tan fuertes y ecuánimes ejemplares de humanidad. No sabía escribir. Conocería, acaso, el manejo de las armas, según la costumbre de la época. Era obscuro, inhábil, pobre. Si tenía el brazo musculoso y la sangre caliente, cuando menos no se le conocía por pendenciero, procaz, ni galanteador. Su juventud carece de anécdotas. No se anuncia en él a un futuro bandolero; no mata ni hiere a nadie. Probablemente era un mozo esforzado y ardido; bueno, sincero, noble. La ráfaga que volaba hacia las Indias le arrastró a él, como a tantos otros, y allá se fué con la espada al cinto.
Curioso es advertir cómo en una nacionalidad se presentan frecuentes casos de paralelismo entre personas distintas y derroteros contrarios. Recorriendo la vida de Pizarro no podemos alejar la memoria de Cervantes. He ahí dos hombres de principios infortunados, de vida trabajosa, de heroicidades infructuosas, de un desgaste de la vida sin brillo y sin pasmosa fortuna. Dos hombres que insisten en perseguir el éxito y sólo consiguen lograrlo en la vejez.
Lo cierto es que Francisco Pizarro, puesto que no era un hombre insignificante, pudo ganar ciertos méritos y algunas haciendas en largos años de guerras y expediciones; se halló en múltiples campañas, sufrió hambres y luchas en Tierra Firme y era uno de los pobladores heroicos de Panamá. Pero como él, y con mayores éxitos que él, había numerosos españoles en las islas y en el continente. Y en esta maleza de las mil tentativas sin brillo, en este trabajar cuotidiano y soso, se le pasó lo mejor de la vida. Era, pues, el tipo del héroe que nada debe al nacimiento, a la falacia, ni a la fortuna. Todo se lo amasó y fabricó por sí mismo. Por eso hay en él aquella vaga tristeza de que hablábamos al principio. Porque, en efecto, el triunfo y la gloria son deseables cuando se presentan en plena juventud o cuando vienen a caballo sobre el azar y en forma de lotería; el éxito que hemos trabajado con sangre y con el horror de la larga espera, puede enorgullecernos mucho, pero nos defrauda a la vez por el dejo de la melancolía. Demasiado tarde quiere decir: sentimiento de la ingratitud transcendental ante el desvío o parsimonia de la fortuna.
Pero aquel héroe retardado no desesperaba del porvenir. No era el exitista impetuoso y audaz que se adelanta y que atropella por todo, que exige imperativa y descaradamente; tenía más bien una invencible timidez de hombre humilde y nada brillante. Entonces, entrando ya en la vejez, las primeras noticias del Perú fastuoso llegaron a Panamá. Se hablaba de un país grande y rico, que estaba hacia el lado del Sur, por la mar adelante. Y Francisco Pizarro decidió emprender la inaudita heroicidad.
Puso en la obra todo su dinero, su prestigio honrado, su experiencia y su fe. De qué naturaleza era su fe y su obstinación nos lo han de decir los fracasos, los peligros y las aventuras que soportará el héroe antes de que vea cumplida su hazaña.
La escena de la isla del Gallo se nos presenta como única en la Historia; tiene, por otra parte, un raro carácter de lección psicológica, fuertemente humana y novelesca. Es el instante en que la vida toda de un hombre se derrumba sin remedio y no queda de pie más que aquello que la voluntad osa sostener. La expedición había fracasado; heridos y hambrientos, los soldados rehuyen seguir la campaña; ni imperios fabulosos, ni riquezas y triunfos aparecen por ninguna parte... Es hora de volverse a Panamá. ¡Ah! Los soldados jóvenes e indigentes pueden tornar sin pena, a la espera de una ocasión más propicia; pero Pizarro, ¿qué puede esperar en volviendo? Su hacienda está comprometida, perdida; su renombre también está comprometido; es viejo ya para rehacer dinero y prestigio. Y en lo hondo de su alma hay un grito veraz que le dice que el Perú aguarda al hombre osado, al hombre de fe.
Cuando entonces desnuda la espada, casi loco de ira y de iluminación transcendental; cuando, en ese gesto decisivo de los valientes y los matones, traza en la arena de la playa una línea violenta y vibrante; cuando exclama, en fin: «¡Ea, caballeros, por aquí se va a Panamá a ser pobres, por aquí al Perú a ser ricos y venturosos; quien me quiera bien, que me siga!...» Entonces es cuando el primer capítulo de una emocionante y no igualada novela da comienzo.
El héroe ha saltado la raya; su trémula y violenta mano blande todavía la espada. Once compañeros pasan la raya y firman su cédula para la posteridad. Y mientras los demás se tornan, los aventureros pueden llamarse efectivamente aventureros. Se han quedado solos, desamparados, constreñidos a comer moluscos, locos Robinsones de un naufragio voluntario, ilusos ambiciosos de un ideal lejano, presentido, inconstante.
Nosotros, los modernos, habituados a la rapidez de las distancias, las obras y los fenómenos, ponemos nuestra femenina nerviosidad en todos los casos, y concluímos por inferirle a la vida un daño de disminución. Nuestra vida, de tanto multiplicarse y precipitarse los acontecimientos, concluye por carecer de magnitud y hasta de espacio. Un viaje de varios días no acertamos siquiera a concebirlo; una obra lenta nos irrita.
Pizarro y sus compañeros carecían sin duda de nuestra nerviosidad. Ellos, como hijos de otro tiempo, concebían la vida bien distintamente. La vida era un trozo de eternidad, he ahí todo... Por lo tanto, cada hora tenía un valor correspondiente a la dimensión de la eternidad, y debiéndose realizar las obras para siempre, para eternamente, el plazo de la vida importaba poco; la vida es bastante larga si se sabe emplearla bien. Aquellos hombres confiaban en el tiempo largo; sabían esperar. Esperaron y vencieron.
Pero nuestro ánimo moderno se intimida cuando recordamos que Francisco Pizarro, para poder descubrir la maravilla de Túmbez, aquella puerta marítima del remoto Perú, estuvo navegando y combatiendo por espacio de tres años...
Bien; la puerta ha sido vista y también dominada. Ahora necesitamos seguir al héroe hasta la entraña del Perú.
II
A la vista de la ciudad de Túmbez, después de tres años angustiosos y zozobrantes, el alma taciturna de Francisco Pizarro debió de abrirse como una flor reconcentrada, densa y tardía. Su vida, obscura hasta entonces, tomaba una orientación inexorable y una claridad de gloria universal. Si hay en nosotros momentos de rara y como mística clarividencia, en que el sentido del porvenir se nos revela lúcida y repentinamente, ese instante religioso fué para Pizarro aquél en que viera, por último, las casas, el puerto, los indios, la semicivilización de Túmbez.
Vió, sin duda, toda la grandeza del imperio, que estaba por conquistar todavía, pero cuya existencia se palpaba y ya era suficiente. Sus tres años de fatigas y miserias tenían, pues, una correspondiente compensación. Las noticias y versiones del Perú, vagas y dudosas hasta aquel momento augural, quedaban finalmente confirmadas. Y puesto que él existía, Pizarro estimó que el Perú era suyo... En efecto, a través de los relatos incompletos de los cronistas, nosotros ahora podemos llenar las fallas y lagunas psicológicas; y tal como en el episodio de la isla del Gallo, cuando el héroe desnuda la espada, traza una línea en la arena y convida a los valientes que la traspasen, hay también ahora, delante de la populosa ciudad de Túmbez, una conmoción transcendental en la vida del héroe.
Con un poco esfuerzo imaginativo podemos contemplar a Pizarro, mudo de asombro y trémulo de alegría, fijos sus ojos en la maravilla de la ciudad descubierta. Su habitual gravedad se hacía mayor entonces. Callado, taciturno, encorvado por la religiosidad de la hora su hercúleo y alto cuerpo, Pizarro asistía a la asunción de un vasto país, y, por tanto, al principio de un episodio fundamental para el mundo. El mundo, y primeramente el poderío de España, agrandábase súbitamente con la aportación de aquel nuevo imperio. ¡Y era él, Francisco Pizarro, quien debería ganar y poseer la rica y misteriosa tierra!... Estos momentos augurales, en que aparecía de súbito la fruta de un imperio brillante a los ojos del explorador, y en que el hombre saltaba de un brinco a lomos de la galopante Fortuna, verdaderamente fué entonces y en América cuando tuvieron su mejor realidad.
La aparición de Túmbez define la vida de Pizarro, la orienta para siempre, la transforma sin remedio. El carácter ha cambiado también. Desde aquel instante se introduce en el ánimo del héroe una especie de angustia entusiasta; se llena, se hincha de una impaciente ambición; tiene miedo de perder la dicha que pasa a su lado. Y el hombre obscuro y ecuánime que había sido, he ahí que se emborracha al anuncio de la gloria.
Manda dar la vuelta al Panamá, y apenas cumple el gusto y el deber de abrazar a sus asociados y amigos, rescata el dinero que su penuria le consiente y corre a presentarse en España.
Las cosas han variado del todo. El obscuro soldado se penetra bien de su situación y decide continuar hasta el fin y con la mayor energía aquel juego de azar. Es un buen jugador; tiene alma de estoico y de valiente. Mientras la Fortuna le huye, él espera y aguanta, y hasta consiente morir en un orgulloso olvido; pero ahí se muestra la Fortuna y el héroe pone su vida a una jugada.
Es un nuevo hombre el que nace. Está vibrando de actividad y se crece, materialmente se agranda y multiplica en aptitudes y calidades. Se le ve trocarse en hombre pulido y ostentoso. Marcha a la corte y no se inmuta delante del Emperador. Toma un poco el aire del exitista, porque es indispensable para navegar entre Ministros y cortesanos y para eludir las zancadillas o estorbos del Consejo de Indias. Se viste, pues, de conquistador, cuando en realidad no ha conquistado nada todavía. Es decir, que se compromete todo él, lo pone todo a una jugada, para evitar cualquier retroceso.
Y tanto se ha comprometido, que no duda en apresurar su viaje a costa de saltar por encima de los formulismos oficinescos. Contratada la conquista del Perú con la Corona, recibe los condignos honores y los títulos necesarios; ha prometido reclutar un ejército, que no acaba de completar nunca; impaciente, temeroso de perder la partida, comete un ligero fraude y zarpa de Sevilla sin llenar todas las formalidades. No importa; él subsanará la falta de soldados poniendo lo que le sobre de corazón. Con pocos o muchos, él conquistará el Perú. Y tienen, ciertamente, los actos de Pizarro, esta particularidad: no cuenta el número y la masa de su gente, ni se asusta por la limitación de sus pertrechos y material de guerra; no se para en contar sus arcabuceros y cañones; diríase que tiene una fe ciega en su valor personal, como un héroe de los libros de caballería. Se le habrá de ver, poco antes de atravesar la cordillera, brindar, a quien quisiere, la eximisión del contrato, y despedir sin ira ni pena a los soldados que, efectivamente, por miedo a la aventura, retornan al abrigo del pueblo de San Miguel.
Es un caso especial entre los conquistadores este membrudo y taciturno héroe, que no cuenta, que no pesa su tropa y material por el número o cantidad. Sólo le importa la calidad. Fía en los hombres por lo que tienen, no por lo que representan. Es así el tipo del héroe representativo que da al hombre un valor ilimitado, casi milagroso. Para él un hombre equivale a una infinita posibilidad.
De otro modo sería imposible comprender cómo ninguna fuerza humana se lanzase a tal empeño con tan reducidos recursos. ¿Era inconsciencia? No, porque Pizarro había perdido lo mejor de su vida en experiencias americanas. ¿Era un concepto despreciable del poderío de los Incas? Tampoco podemos presumir que aquel hombre, habituado a las guerras indias y trabajado por tantos peligros, desconociese la gravedad de la empresa o ignorase las fuerzas de un imperio extenso, rico, populoso y organizado.
No hay más que aquella fe en el valor del hombre de que hablábamos. Siéntese Pizarro él mismo tan capaz y resistente, tan apto para lo increíble y excepcional, que aplica a los otros hombres su propio concepto. Su concepto del hombre es infinito. Y no piensa seguramente por ilusorias hipótesis; cada uno de sus hombres lo ha contratado él mismo, lo ha palpado y lo ha probado. Mira a su gente marchar, proceder, desenvolverse. Examina y estudia a sus soldados en los menesteres incontables de la expedición, oye sus murmuraciones, asiste a sus trabajos, pulsa su resistencia en las marchas y escaramuzas. Cuando se interna al fin en la fragosidad de los Andes, Pizarro sabe que no comanda un ejército: manda y dirige a ciento sesenta y cuatro hombres.
Nuestra época tiene un sentido multitudinario y una noción panegírica de la masa y el número; el Renacimiento, al contrario, atribuía al individuo un valor de excepcionalidad, y fué aquel período, es cierto, algo como una sorprendente floración de personalidades. La constitución social de España, con su régimen de hidalgos, prestábase entonces sobremanera a que descollasen los individuos de pro y a la culminación de temperamentos excepcionales. Los hombres de la tierra extremeña eran singularmente aptos para la excepcionalidad individual. Porque en los países de población muy densa, muy abundante, los hombres tienden con facilidad a formar muchedumbres y a convertirse en gente, tanto como en los territorios despoblados y recios los hombres tienden a ser personas. En algunas comarcas numerosas, nutridas, bullentes, del centro de Europa, los hombres se confunden y mezclan con las casas, los sembrados, las ciudades y los talleres, de tal modo, que desaparecen y se anegan en la totalidad; la totalidad es lo único que destaca, como una grande y hermosa nota orquestral. Pero en ciertos países, y uno de ellos es Extremadura, cada pueblo, en la soledad, adquiere una importancia suprema; un simple pastor, en el inmenso despoblado, nos sugiere casi la idea divina de la humanidad. Y aquel hombre está en medio del paisaje como algo extraordinario, inconfundible, parecido a sí mismo, único en el mundo.
Hernán Cortés, con su medio millar de soldados, con su pequeño tropel de marineros, artesanos y mercaderes, supone ya un concepto de multitud y de masa; Pizarro lleva sólo 164 hombres, todos aptos para combatir. Más pobre y apurado de medios que Cortés, cuenta en su tropa tres escopetas... Bien es verdad que llevaba con título de general de artillería al griego animoso, el que pasó de los primeros la raya trascendental en la isla del Gallo, el fiel Candía. Lleva como ayuda, para los lances a distancia, veinte ballesteros... Pero cuenta con una proporción de caballos muy superiores a las otras expediciones; van sesenta y dos caballeros para ciento dos infantes.
Bien, ya todo está en orden y cumplido. Han fundado la ciudad de San Miguel en la costa, para que sea un refugio y un punto de contacto con Panamá, con el mundo. Se ha indagado el régimen del país, espiado a los caciques y explorado los contornos. Es preciso penetrar al corazón del imperio, y sobre todo conviene ir recto al núcleo, al órgano vital del país, al mismo campo del emperador Atahualpa.
Para llegar a la meseta de Caxamalca, donde acampa el gran Inca, será preciso internarse en las gargantas de la cordillera, escalar los puertos de los Andes, llegar al límite de los hielos y las nieves y caer en el seno de un país que se ignora. No se dará, no, un paso que no sea medido. Francisco Pizarro saca del fondo de su ser todas las instintivas o experimentadas cualidades de astucia, observación, inteligencia y tiento. Se aviva en él la naturaleza astuta, y va, en efecto, preparando el salto de tigre poco a poco. Envía mensajeros al emperador, interroga a los indios, adula o amenaza a los caciques. Hácese el imprudente, para desconcertar al adversario, y se deja atraer a la cueva del lobo, prestándose desde luego a ser comido...
De pronto, llegando a los últimos contrafuertes de los Andes, muéstrase a los españoles el camino del puerto; es una escalera tallada en la roca, larga y altísima, dominada por horribles derrumbaderos. Hasta entonces todo ha marchado menos mal; los preparativos de la astucia están bien trabados; pero falta la última prueba y ésta no consiente argucia alguna... Es preciso arriesgarse, jugar a una carta. Los soldados palidecen y aun osan advertir al general el rumbo temerario de la empresa. El general sabe que en la vida del héroe hay un instante que decide precisamente y califica el heroísmo; es el momento en que el camino se estrecha, se hace excepcional, se obstaculiza para los hombres inferiores o medianos. Es el momento en que hace falta jugar. Pizarro juega, salva la cordillera, sigue, y por último cae en pleno campamento de Caxamalca, donde millares de indios rodean a su luminoso y divino Emperador.
CAPÍTULO XII
LOS CAPITANES
¡QUÉ diferentes los Ejércitos de ahora, multitudinarios y anónimos, asiáticos por su formación y su finalidad, de aquellas huestes españolas de la Conquista! Se ha dicho de España que es inhábil para crear Ejércitos multitudinarios, y experta como ninguna nación para el manejo de la pequeña tropa. Sin duda, nuestro espíritu guerrero se conforma mejor al estilo griego de combate que al asiático de las grandes masas. Cuando la necesidad ha querido, España luchó con grandes Ejércitos; pero su gusto y su excelencia estaban en las huestes poco numerosas, fáciles de gobernar, donde cada soldado era una persona, y no un número, y en que todos iban electrizados por la energía del capitán.
Estas pequeñas tropas de soldados han desaparecido, tal vez para siempre; por eso es más grato recordarlas ahora. Nuestra alma europea, educada en las tradiciones del individualismo y de la personalidad, se resiste a admitir las formas anónimas, asiáticas, democráticas y como de sufragio universal de este heroísmo moderno y estas multitudes armadas. Nos sentimos más acordes con la forma personal y aristocrática del guerrero antiguo, con el soldado de Grecia, que luchaba al pie de los muros, donde su esposa y sus amigos le reconocían, le alentaban, o con el guerrero medioeval, que a veces peleaba solo contra una tropa entera de adversarios.
Los historiadores de Indias saben reproducir las formas clásicas de la narración en este aprecio individual y detallista de cada soldado. Los héroes que salen entonces de España no son números, con su ficha de identidad colgada al cuello; cada uno de ellos es una persona, y de muchos de ellos conocemos los pormenores, la vida, el grado de valor, los méritos y hasta los detalles psicológicos. Especialmente Bernal Díaz del Castillo, con su hermosa tosquedad de soldado, ¡cómo acierta a interesarnos con sus descripciones personales, que son perfectos retratos varoniles de alto valor artístico! Parece que nos retrae a los tiempos de la buena epopeya, cuando el padre Homero pinta a cada uno de los soldados, lo nombra, dice de dónde es y quiénes eran sus antepasados.
Tan al detalle habla de los conquistadores el bueno de Bernal Díaz, que necesita explicar su acierto y hasta quitarle importancia a su maestría, exclamando: «No es mucho que se me acuerde ahora sus nombres, pues éramos quinientos y cincuenta compañeros, que siempre conversábamos juntos, así en las entradas como en las velas, y en las batallas y encuentros de guerras, e los que mataban de nosotros en las tales peleas...»
Eran compañeros que se ayudaban y proveían; juntos entraban a los peligros, juntos batallaban, y a la noche, en el vivaque, mientras se secaban el sudor o la sangre, trasmitíanse unos a otros los cuentos, historias y fantasías. Conocíanse todos bien al menudo.
Se sabía quién era alegre y quién melancólico, quién de alma atravesada y quién de espíritu generoso. Y como el corazón y los músculos valían en aquella empresa tanto, los historiadores definen las particularidades físicas de cada uno con especial interés. Un capítulo dedica Bernal Díaz del Castillo a retratar a los soldados de Cortés, y su lectura tiene un sabor épico extraordinario, más sugestivo porque está empapado del realismo español.
Pasan, pues, los soldados en esa descripción de Bernal Díaz como una muchedumbre de rostros enérgicos y brazos fornidos. El modo sencillo y fuerte de retratar recuerda al punto la manera de nuestros grandes pintores; estamos viendo hombres como en Velázquez y Zurbarán; pero ¡qué brava categoría de hombres!
Aquí está Pedro de Alvarado, el mayor y principal de los hermanos extremeños que acudieron a todas las empresas del continente. Es el retrato de un capitán brillante, propio para encuadrarse en la grandeza del Renacimiento. «Fué de muy buen cuerpo e bien proporcionado, e tenía el rostro y cara muy alegre y en el mirar muy amoroso; e por ser tan agraciado le pusieron por nombre los indios Tonatio, que quiere decir el sol.»
Aquí está Gonzalo de Sandoval, hidalgo de Medellin, recia figura juvenil (veintidós años), que tenía «la estatura muy bien proporcionada y de razonable cuerpo y membrudo; el pecho alto y ancho, y asimismo la espalda, y de las piernas algo estevado; el rostro tiraba algo a robusto, y la barba y el cabello que se usaba algo crespo y acastañado; y la voz no la tenía muy clara, sino algo espantosa, y ceceaba tanto cuanto».
Aquí pasa «otro buen capitán, que se decía Juan Velázquez de León, natural de Castilla la Vieja: sería de hasta veinte y seis años cuando acá pasó; era de buen cuerpo, e derecho e membrudo, e buena espalda e pecho, e todo bien proporcionado e bien sacado; el rostro robusto, la barba algo crespa e alheñada, e la voz espantosa e gorda...».
Ahora veremos los rasgos morales de estos guerreros, que tienen, como buenos luchadores, visibles y pronunciadas las virtudes esenciales y simples que son necesarias en la guerra, sobre todo en una guerra semi-robinsoniana y casi sobrenatural como la de la Conquista.
Lo que principalmente ponderan los historiadores de Indias en los capitanes es la cualidad del valor, y en seguida resaltan el mérito de la justicia, la generosidad y el amor con los compañeros de trabajos.
Si pudo consumar Hernán Cortés tan inauditas hazañas, fué a causa de su ascendiente personal, de su brillo, de sus cualidades generosas, que arrebataban a los soldados. El capitán que intentase arrastrar a aquellos hombres en empresas siempre penosísimas necesitaba recurrir a esfuerzos psicológicos que correspondían al mundo de la genialidad; las pragmáticas reales, los consejos de disciplina y otros fáciles recursos de los Ejércitos europeos valían bien poco en aquellas incógnitas inmensidades, donde cada hombre era una voluntad temible pronta a la rebeldía.
De Gonzalo de Sandoval cuenta su cronista que «ni era codicioso de haber oro, sino solamente hacer sus cosas como buen capitán esforzado, y en las guerras que tuvimos en la Nueva-España siempre tenía cuenta de mirar por los soldados que le parecía que lo hacían bien, y les favorecía y ayudaba».
De otro capitán se dice: «Fué muy animoso y de buena conversación; e si algunos bienes tenía en aquel tiempo los repartía con sus compañeros...» Las palabras franco, alegre y justo abundan en estos retratos varoniles, que nos muestran constantemente, no la bestia avara y cruel de los calumniadores históricos, sino un tipo de capitán conquistador, todo macerado en virtudes generosas, exaltadamente varoniles.
A veces salta el ejemplar gracioso, como aquel capitán Pedro de Yrcio, tal vez vizcaíno, que era de mediana estatura y paticorto «e tenía el rostro alegre, e muy plático en demasía que haría e acontecería, e siempre contaba cuentos de don Pedro Girón e del conde de Ureña: era ardid de corazón, e a esta causa le llamábamos Agrajes sin obras».
Otras veces nos conmueve el retrato del capitán sublime y trágico, de la madera de aquel Cristóbal de Olea, castellano viejo, que tenía «buen pecho e espalda, el rostro algo robusto, mas era apacible... e la voz clara». He aquí el tipo predestinado. El rudo Bernal Díaz del Castillo, no se sabe cómo, sin pretenderlo, pues no estaba en su costumbre, deja caer o vagamente insinúa una honda y breve emoción al retratar a este capitán noble, puro, que había de morir como los grandes soldados fieles y fervorosos saben: defendiendo a su señor. Este soldado joven, apacible y de voz clara, «fué en todo lo que le veíamos hacer tan esforzado, e presto en las armas, que le teníamos muy buena voluntad, e le honrábamos».
Era un predestinado; su sino le arrastraba a una muerte fija, insalvable: la del mártir marcial. Parece un héroe calderoniano por su concepto exaltado del honor, pero sin retórica rimada, sino con hechos. «Fué el que escapó de muerte a don Fernando Cortés en lo de Suchimileco, cuando los escuadrones mejicanos le habían derribado del caballo el Romo, e le tenían asido y engarrafado para lo llevar a sacrificar; e asimismo le libró otra vez cuando en lo de la calzadilla de Méjico lo tenían otra vez asido muchos mejicanos para lo llevar vivo a sacrificar, e le habían ya herido en una pierna al mismo Cortés. Este esforzado soldado hizo cosas por su persona, que, aunque estaba muy mal herido, mató e acuchilló e dió estocadas a todos los indios que le llevaban a Cortés, que les hizo que lo dejasen, e así le salvó la vida... y el Cristóbal de Olea quedó muerto allí por lo salvar...»
Al escribir estas últimas palabras, la pluma quiere detenerse y dar con ellas por terminado el breve elogio, la somera justificación de los Conquistadores. El capitán Cristóbal de Olea, que insiste en defender a su jefe de la muerte, como si presintiera el sublime destino que necesitaba cumplir Hernán Cortés; ese valiente hidalgo que muere por escudar al general, será, pues, quien cierre la lista de los heroísmos y las maravillas, cuya exposición, demasiado rápida, nos hemos propuesto.
Estos son los hombres que han creado la América. Veamos ahora, finalmente, qué sentido nuevo de la vida trajo a la humanidad el mundo que los Conquistadores inauguraron.
CAPÍTULO XIII
EL SENTIDO DE AMÉRICA
I
¿QUÉ nueva forma de vida ha traído América a la Humanidad? ¿Qué lugar vacío ha llenado, qué esperanza incierta ha venido a cumplir, con qué valores de la materia y del espíritu ha enriquecido al mundo ese continente nuevo, alboreal, increíble y portentoso, que estaba secuestrado entre dos mares y oculto por los malos genios del terror y de la ignorancia?
Cuatro siglos son tarea bastante larga para la pobre memoria de los hombres, y ahora mismo, sobre la impermanencia de este globo, que tantas cosas olvida, las gentes miran el milagro de América y pasan ante su maravilla sin detenerse, como si nada de sobrenatural hubiera ocurrido en nuestra misma zona histórica. La idea de lo reciente es elástica como ninguna, y si un suceso de frivolidad política o literaria puede y merece envejecer en el tránsito de una semana, otros sucesos, al contrario, conservan su virtud de actualidad durante muchos siglos. Es porque los sucesos cuotidianos los referimos a nuestra propia vida, que verdaderamente es corta; mientras que los otros sucesos deben compararse con la eternidad. Apenas si ha comenzado a envejecer el hecho de que un hombre rubio marchara por los campos de Galilea predicando una nueva vida. La aparición de América debe emocionarnos como si fuera un fenómeno actual, contemporáneo nuestro. Y América está, efectivamente, actuando en este momento con tal energía de cosa nueva y alboreal, que necesitaríamos oponer unos oídos tercamente cerrados al rumor ascendente para no percibir los signos de ese mundo joven que se incorpora al viejo.
La agregación de ese mundo no ha podido verificarse sin choque, revolución y pasmo; Europa se halla como perturbada y perpleja por tan imprevista y gigantesca aparición. Por otra parte, América ha sido concedida a Europa toda entera, como una propiedad innata, como una hija legítima, como una misión del destino. No es un continente como Asia, que ya posee dueño y tiene personalidad; América se ofrece a Europa sin antecedentes y sin prejuicios, virgen y desnuda, cosa plegable y sumisa a cualquier mandato de civilización. Tampoco es un mundo incompleto y precario como la Australia; ni un mundo hostil, negro y fatalmente tórrido, como Africa; América viene a nosotros sembrada de todos los climas posibles, enriquecida con una prodigiosa variedad de paisajes y de recursos, al modo de una síntesis perfecta.
Por esto se ha dicho, con razón, que el descubrimiento y conquista de América es el hecho más grande desde la venida del Cristianismo. Es el hecho revolucionario más intenso, puesto que perturba las líneas generales del mundo, destruye las incógnitas, retira más allá los viejos conceptos y abre una estupenda zona de posibilidades. El ensanchamiento del mundo, la supresión de incógnitas, el continuo vuelo de la posibilidad; he ahí lo que aporta América a Europa en plena iniciativa del Renacimiento.
Por tanto, cada sacudida o movimiento de Europa ya no tendrá que malograrse ante la limitación; Europa no tropezará ya contra los muros de su breve horizonte. Toda iniciativa religiosa, política, social o económica, encontrará desde ahora abiertos los caminos ilimitados, y podrá, como la ola, verterse hasta el fin y hasta sus últimas consecuencias; porque América, grande y nueva, está ahí para ofrecerse como seno de todas experiencias, continuaciones y compensaciones.
Hubo una época, como resultado de la primera emoción, en que la idea del Nuevo Mundo iba vestida con envolturas de un cándido y sentimental retoricismo. La presencia del indio, vestido con sus plumas y su ignorancia supina, produjo aquella suerte de frases que los poetas corearon en tantas odas; la virgen América dió pábulo a muchos manoseos retóricos, y los discípulos de Rousseau encontraron una graciosa oportunidad para su reivindicación de la naturaleza en el sencillo, candoroso y desnudo salvaje americano. Con los inocentes indios de América bordó Chateaubriand las románticas historias de Atala, y el episodio de aquel indio natchez que el gran poeta hace ir a la corte de Luis XIV, es representativo de esa idea romántica, rousseauniana, que atribuyó al salvaje americano un tesoro de inocencias, de generosidades, de virginidades y de dulces melancolías.
Los que han tratado al indio saben que la literatura no se ha aproximado nada a la verdad. Lo mismo ante los conquistadores, como ante los modernos colonos, el indio era y es un hombre de la naturaleza; es decir, perezoso, artero, cruel, obsceno, astuto y albergue de todos los vicios...
La virgen América no debe aparecernos virgen en el sentido rousseauniano y en la forma ideal de un indio inocente, que la brutalidad del europeo atropella; América es para nosotros virgen en cuanto significa juventud, novedad, fuerza incipientemente usada que avanza a lo infinito.
II
Ahora mismo, en el último emigrante que pisa por primera vez las playas americanas, nace la impresión de asombro que sacudiera al principio el alma de los descubridores españoles. Una impresión de admirado espanto frente a las cosas descomunales del nuevo continente.
En la Europa propiamente dicha, hacia el lado occidental, núcleo de las emigraciones interoceánicas, la Naturaleza mantiene el ritmo clásico y heleno de la medida y la ponderación. Nunca los ríos y las llanuras y las islas y los bosques son demasiado grandes; pocas veces incurren las cosas en lo desmesurado; apenas la mirada del hombre debe sentirse encogida por el paso de lo descomunal. La Naturaleza se complace en redondear las ensenadas y recortar los valles ecuánimemente, de manera que los paisajes pueden servir a la vida de los hombres y no a la vida de seres quiméricos. Las estaciones, las lluvias, los cultivos, la población, todo es en la Europa occidental como resultado de una idea de ponderación y de medida.
En América, al revés, parece que la Naturaleza aguardara a una legión de gigantes y no de hombres. Es un continente sin medida, monstruoso, desmesurado, hecho para seres de otra gestación geológica. Los descubridores españoles, si penetraban en un bosque, se encontraban pronto envueltos por la monstruosidad de la selva; si aguardaban la lluvia, recibían el denso diluvio tropical; si buscaban un río, veían abrirse la inmensidad del Orinoco, del Missisipí, del Amazonas, del Plata; si hallaban un cerro, veían surgir en su altísima cumbre las fauces de un tremendo volcán... Por donde quiera les sorprendía lo gigantesco y desmesurado. Monstruosos los calores, los fríos, las lluvias, las sequías; gigantescas las llanuras; interminables las distancias; enormes los imperios. Desmesuradas las hambres, infinitos los triunfos y los placeres. Sorprendente y maravillosa la altivez de los Andes, surgiendo sobre el mar. Terribles y apocalípticos los terremotos, que destruyen en un momento las ciudades. Desmesuradas, en fin, las riquezas de Méjico y del Perú, con sus palacios henchidos de verdadera y material pasta de oro...
Después de cuatro siglos, el sentido de lo desmesurado continúa en América, y todo allí sigue la tendencia de lo enorme: ciudades colosales, ferrocarriles inmensos, cultivos monstruosos.
Por tanto, pronto encontraremos una palabra que nos ayude a expresar un signo psicológico de América: exageración. Si la Naturaleza es exagerada, justo es que los hombres se sometan a la ley del destino. Exagerados en sus impulsos, faltos de medida y ponderación, los americanos se alejan tanto del sentido helénico como se aproximan al ser de su propia naturaleza continental. Exagerados en sus proyectos, en sus empresas, en sus ideales, en sus teorías; exagerados hasta en su retórica. Lo medido y pausado les irrita o no lo comprenden. Les gusta el ruido y la proporción de la catarata, la fuerza descomunal de sus extensiones terrenales, la frondosidad abrumadora de sus selvas. Aman lo quimérico y colosal, lo mismo el yanqui, que forma ciudades monstruosas como Nueva York; que el tirano del Paraguay, aquel que declara la guerra a tres naciones juntas y no rinde las armas hasta que no resta un hombre en el país.
El bluff, palabra de América, es el resultado de ese sentido de la exageración, de lo desmesurado y colosal, y en cierto modo define la parte estéril, pero expresiva, de una dinámica gigantesca, sobreexcitada, falta de armonía.
También deberemos mencionar otra palabra, muy caracterizadora de la psicología americana: libertad. Los descubridores españoles, apenas ponían el pie en las Indias, sentíanse aliviados de un peso moral, y era éste el «peso jerárquico» de Europa. Bastardos o segundones, soldados obscuros o simples homicidas, el caso es que un poblador y un conquistador eran desde entonces hijos de sus hechos y valían tanto como sus obras. El porquerizo extremeño que llamaban Pizarro a secas, se convierte en marqués y señor poderoso; el marmitón de cocina puede desembarcar, afanarse en los negocios y llegar a tener palacios, servidores.
He ahí a la libertad en toda su realidad positiva. Los hombres se desvinculan de sus compromisos europeos, rompen el hilo prolijo de las jerarquías, y, aparte un poco de trabazón burocrática en la corte de los virreyes, los hombres son por lo que hacen y tienen. ¡Y es tan fácil hacer, tan sencillo tener! Allí están las tierras sin fin; hay para todos. Allí están los negocios y las empresas brindándose a quien ose emprenderlos.
El poder real descollaba muy lejos, allá remoto. Un ancho Océano separaba al continente, y la distancia y los peligros del viaje hacían más inmunes a los desterrados. Como desterrados, como robinsones cívicos, los conquistadores implantaron, efectivamente, en América el sistema municipal y las libertades jurídicas, que ya en España habíanse defraudado ante el poder imperialista de los nuevos reyes. Y este fuego de independencia y de libertad, exagerando los instintos nativos de los conquistadores, les arrastra desde el comienzo a disputas y guerras civiles.
Hijos son de sus actos. Han roto los vínculos de la familia y se evaden a las trabas de las jerarquías meticulosas. Fácil la adquisición, rápido el éxito, los pobladores se abren pronto a la soberbia. Y como cada cual se defiende por sí mismo de los azares e inminencias, el valor personal cobra un mérito extraordinario. Frente a los indios sanguinarios, en los cultivos remotos, en las haciendas precarias, donde un solo hombre necesita gobernar a manadas de indígenas o de negros, es allí cuando el individuo adquiere la conciencia de su poder y reclama el máximo de su libertad personal...
III
Acaso en ninguna parte del mundo se le da al hombre tanto valor intrínseco como en América. El hombre es allí un valor, en todo lo máximo del concepto; es una fuerza dinámica, una posibilidad infinita, una energía monedable y, sobre todo, una simiente.
América ha sentido siempre la emoción que no conoce Europa; esa entusiasta emoción ante los trasatlánticos humeantes y vociferantes que arriban a los muelles con su cargamento de hombres. ¡Semillas de porvenir!
Los buques arrojan sobre el muelle su carga humana; las falanges de inmigrantes se suceden, y cuando una muchedumbre se ha internado en el azar del Continente, otra nueva multitud desembarca. Allá van, por allí ruedan y buscan. Son los eternamente renovados en el ideal de las Indias. Con sus caras atónitas, con sus cuerpos pesados, un poco sucios en su torpeza de aldeanos. Plebe extraída de las últimas humildades europeas. Y sin embargo tal vez materia de futuras aristocracias.
¡Ah! En todas partes se muestra el hombre como un grave misterio, capaz de contener en sí todos los desdoblamientos del éxito y de la fortuna; en América es todavía mayor ese misterio, porque allí las contingencias del azar se precipitan con más imprevista rapidez. Por eso es tan sugestivo ir curiosamente a lo largo de un gran puerto de América y confundirse con las masas de los emigrantes. Bullen hombres, mujeres y niños aguardando la hora de internarse en lo desconocido. Candidatos del triunfo, unos caerán fracasados, otros vejetarán en una zozobrante pobreza; muchos saltarán en rápidos trancos la escala social, empinándose hasta la gloria del triunfo. A manejar rebaños numerosos, trusts imponentes, líneas férreas, Bancos. De ellos saldrá el multimillonario ostentoso, la dama exquisita o viciosa, el elegante rastacuero.
Esa cualidad suya es la que América tiene derecho a ostentar. Por su virtud, el hombre obscuro y primario logra la mayor potencia evolutoria. La experiencia humana llevada al límite; el arribismo ilimitado y democrático: he ahí la cualidad de América. Allí donde el hombre vale por lo que es y por lo que puede; donde el hombre es una cosa profunda, ilimitada y posible que puede actuar y desenvolverse sin limitaciones ni reservas.
En algunas zonas pujantes de aquella América, diríase que todos los componentes de la máquina nacional se hallan templados en un ritmo de exaltación dinámica. Recuerdan a los músicos de una gran orquesta. Los instrumentos vibran con una armonía arrebatadora, templados, tensos, sonoros, fáciles a la batuta del destino... La locomotora marcha a compás, como a compás el minero, y el agricultor, y el inventor, y el periodista. Y ese compás está puesto en su intensidad máxima. Compás heroico, acelerado, propicio para la locura de las experiencias temerarias. Así marcha y vibra Norte América, con sus cien ciudades osadas. ¿A dónde se dirige? ¿Qué busca? ¿Qué nuevo signo de civilización ofrecerá al mundo? No se sabe. Es todavía una fuerza de la naturaleza, que acciona a impulso de su fatalidad dinámica y juvenil.
Vivir intensamente o no vivir; tal es el concepto moral de esa América dinámica. El maquinismo presta a su vida un impulso que nunca los hombres conocieron, y las rotaciones de la actividad se apresuran como en una pesadilla. La vida intensa, la vida enérgica y apresurada, o si no la muerte. Son los hombres modernos por excelencia, cuya modernidad flota libre y aérea por encima de todo peso tradicional.
Simples, ligeros, sin los vínculos del hombre de Europa que necesita mirar tanto al pasado como al porvenir; esos hombres sin estirpe ni abolengo, esos cachorros de león de América, ¿qué sienten frente a Europa? ¿Es sólo admiración y respeto? ¿Es también acaso una secreta ira inconfesable contra el continente matriz que había recorrido ya la ilustre escala de la cultura noble y magistral?... ¿Es un íntimo e inexpresable propósito de llegar a poder superar a Europa, dominarla alguna vez, imponerla el sello y el ritmo de la vida americana, antiplatónica y locamente activa?...
Hija del heroísmo y del azar, madura ya y vigorosa entre los dos Océanos, allí América se alza como un enigma. La Humanidad y la civilización tienen que contar en adelante con ese agregado imprevisto, ascendente y dudoso, que añadirá nuevos caracteres al mundo e infundirá quién sabe qué otro sentido a la vida misma.
Cantos de marineros, ruidos de espadas, plegarias de sacerdotes, asistieron al alba de ese continente; ahora vocean las bocinas en sus puertos, crujen las locomotoras en sus llanuras, dora un sol pacífico la opulencia de sus cañaverales. El porvenir se abre sembrado de maravillas. Y mientras en las mil ciudades de América suenan los clamores de gloria, el alma quiere asistir todavía, llena de religioso respeto, al momento en que el descubridor salta en tierra y hace que el viento desplegue y extienda el estandarte cruzado de España; y al momento en que Balboa separa los tupidos lienzos de la selva para contemplar, mudo y temblando, la inmensidad del mar del Sur; o en que el conquistador, abrumado del peso de sus mismo hados, enfrenta valerosamente la monstruosidad de los peligros y guía hacia adelante su pequeña tropa ferrada, barbuda, brusca y soñadora...
APÉNDICES
I
EL AMANERAMIENTO HISTÓRICO
LA labor de los historiadores viene actuando sobre esa selva del descubrimiento y conquista del continente americano, y es una labor difícil, no obstante lo próximo del hecho, porque también conoce la Historia del mundo pocos actos en que la fantasía se haya inmiscuido tan abundantemente.
Todo suceso histórico es apto para recibir la cópula del error, y la mentira, en sus infinitas variedades, no sólo acompaña, precede y sigue al hecho, sino que se mezcla y volatiliza en él, hasta formar la mentira y el acto un mismo cuerpo. Si se trata de un acto religioso, pronto se inmiscuye la mentira, y pronto, también, queda en pie solamente la leyenda o el milagro, con exclusión a veces absoluta del hecho real. En vano iremos a preguntar pormenores de Mahoma y el mahometismo, por que una montaña de leyendas habrá sofocado toda huella de luz. Y si el hecho histórico es de carácter político o militar, ya se sabe (tenemos contemporáneamente la experiencia), que el interés de los bandos, la argucia de los Gobiernos, la parcialidad de combatientes y espectadores interpolan en seguida los fraudes, las omisiones o las referencias o añadiduras tendenciosas.
En América era doblemente indispensable que interviniese la fantasía, y no por interés de un bando contra otro bando, sino por la misma naturaleza del hecho. Poned hoy mismo a unos cuantos soldados, capitanes y marineros en el trance de tener que descubrir en plena mar un gran continente distinto a todo lo que conocemos, y cuando esa gente vuelva, a retazos distanciados y a través de terribles dificultades, sus relaciones serán una amalgama de fenómenos exagerados o torcidos.
Los primeros historiadores de América no son los que menos contribuyeron a esa obra de desorientación. Por fortuna estaban los cronistas veraces, los simples soldados, como Jerez y Bernal Díaz del Castillo, que narraban lo que vieran por sus ojos o escucharan a los compañeros, sin añadir más fantasía que aquella que es inexcusable y perdonable a todo ser dotado de imaginación. Pero estos cronistas no fueron siempre los más atendidos por el público universal. Tipos de carácter arribista, como sin duda era Amérigo Vespucci, andaban entonces dentro de las empresas españolas y ellos daban al público las referencias quiméricas que el vulgo de toda hora suele desear.
Después intervinieron los historiadores «profesionales» y éstos añadieron complicación a la leyenda. Eran gentes universitarias, doctos de toga y de hábito, que se apresuraron a interpretar la historia de las Indias sobre el patrón de los modelos clásicos. Llenos de la ampulosidad universitaria, entre pedantesca e ingenua, atribuían a los pobres indios los usos, las palabras y la cultura de los griegos y romanos. El Renacimiento estaba entonces en la atmósfera y todos se contagiaban de él; los héroes de Homero y las páginas de Cicerón no se apartaban de las mentes. Y a la vez pesaba en las imaginaciones el brillo de los libros de caballería y el régimen feudal.
No había rubor en atribuir a los mejicanos, por ejemplo, el sistema de las órdenes militares y religiosas, tal como existían en la Europa cristiana. Atribuíanse en general a los indios usos y costumbres que sólo estaban en la mente de esos historiadores universitarios, maniáticos del clasicismo y llenos del musgo de las aulas. La sensiblería indiana, inaugurada por aquel Las Casas, perfecto precursor de los hispanófobos anglicanos y enciclopedistas, se nutrió de tales historias amañadas.
El indio, como todo salvaje, poseía los pecados en mucho mayor número que las virtudes; pueblos tan prácticos y racionalistas como los anglosajones no han titubeado en destruir y acorralar al indio, sin duda por su incapacidad de civilización; sólo los españoles, por exceso de humanidad, por torpeza o por falta de sentido práctico, se empeñaron en incorporar al indio a su vida social y religiosa.
II
LOS PILOTOS CANTÁBRICOS
ANDALUCES y extremeños sellaron con su cuño el continente de América, dándole carácter y estableciendo una sólida civilización. No sería justo, sin embargo, olvidar la poderosa ayuda que desde el principio recibieron los grandes exploradores y conquistadores por parte de las gentes del Norte de la Península: gallegos, asturianos, montañeses y vascongados.
Toda esa larga y complicada faja del litoral cantábrico se ha distinguido en la Historia por su afición a las empresas de la mar y de la guerra. La Reconquista se inició en el Cantábrico, y después, hasta su finalización, los cántabros actuaron asiduamente en aquella obra secular. El litoral cantábrico y las rías gallegas han proporcionado siempre a Castilla el contingente marino que necesitaba la política castellana para su labor unificadora y de expansión universal.
No debe olvidarse que los apellidos próceres de España, las estirpes mas nobles y distinguidas en la guerra, en el mando y en las letras, provienen en su mayor parte del litoral cantábrico, desde Galicia hasta Navarra. Pero no debemos olvidar tampoco que esas estirpes, nacidas en la espesura montañosa y el ruralismo cantábricos, se han hecho ilustres y eficaces al ingresar en la vida más amplia, abierta y caudalosa de Castilla. El Cantábrico diríamos que halla su fin natural en el resto de España, y que sus actos y sus hombres cobran firmeza y densidad al ser traspasados fuera de los montes. Así los apellidos de Santillana, Menéndez, Quirós, Quevedo, Ayala, Guevara, Mendoza y tantos otros, siendo obscuros en su país de origen, al generarse después en Castilla adquirieron extraordinario vigor.
Es la gente, por lo demás, que pedía Castilla para sus empresas; hombres de acción y de codicia, duros en la mar, valientes en la guerra, grandes y obstinados trabajadores. Desde el primer momento aparecen en América como pilotos, cartógrafos, soldados y pobladores.
Es curioso observar cómo la gente vasca del Renacimiento se adaptó al destino y al carácter castellanos, y se alió de buen grado e íntimamente a las empresas mundiales españolas. Es verdad que el Renacimiento tuvo la virtud de remover las razas y de engrandecerlas, inspirándoles el sentido de lo sublime y de lo universal. El país vasco salió también él de su ruralismo y osó a la universalidad; sus hombres comprendieron la grandeza de la hora y se incorporaron al ímpetu universalista de la España de entonces. Pocos hombres han tenido tan alto el sentido de la universalidad como San Ignacio de Loyola. Dando el primero la vuelta al mundo significó por su parte Elcano ese espíritu universalista.
Como todos los cantábricos en general, el vasco tenía las cualidades que distinguen al hombre de acción y que se requerían para aquellas empresas: valor, voluntad, largo aliento y amor de la aventura. Pero además de esto, poseían para aquellos trances homéricos la capacidad del tozudo trabajo. Iban, pues, en oficio de marinos y soldados; pero también iban como trabajadores. Ya entonces debía de ser el vasco lo que ahora es: una persona mezcla de aventurero, de contratista y de aspirante a millonario. Para abrir minas y caminos, para improvisar puentes y embarcaderos, los vascos eran sin duda materia presta e idónea. Así nos lo revela, por ejemplo, la relación que Gil González hace del paso y utilización del Istmo de Panamá. Vemos, pues, a Núñez de Balboa descubrir el mar del Sur después de increíbles trabajos, y le vemos empeñado en trazar un camino de trocha que a través de las sierras y los bosques habilitase las costas del océano recién descubierto. La tentativa de abrir el camino se malogra dos veces. Mueren las caballerías, perecen los obreros, la empresa equivale a un heroísmo...
«Fué forzoso abrir camino por otra parte mucho más espesa, e aún fué menester por la mucha espesura del monte con pilotos e agujas de marear entender en ello para sacarle el más derecho que ser pudiere... Entre la gente que es muerta desta armada después que salí en estos reinos (Panamá), que son veinte personas, ha sido la mayor parte dellos vizcaínos (vascongados).»
La gente cántabra llegó desde el principio a América, y no ha cesado de actuar en aquel continente, hasta nuestros mismos días. Llena está América de apellidos vascongados. Embarcaron con Colón, Cortés y Pizarro a servir de marinos, soldados, ingenieros y constructores de calzadas; más tarde fueron en calidad de evangelizadores; por último se lanzaron a los negocios de la colonización, fundando establecimientos de agricultura y flotas navieras tan importantes como la célebre Compañía de Caracas.
Diríase que América ha sido la providencia del país cantábrico, como si, en efecto, estuvieran conformado por el destino a la medida de América. La Pampa argentina ha recibido durante mucho tiempo la visita del inmigrante vasco, en una época en que pocos querían arriesgarse a las contingencias de una dudosa expatriación. Es así que en el poema argentino de «Martín Fierro», que expresa tan realmente el estado de aquel país a mediados del siglo XIX, los únicos personajes exóticos son el napolitano y el vascongado. El vasco era sin duda ya entonces un individuo que se hallaba en todas las partes de la Pampa, porque el héroe del poema, el gaucho Martín Fierro, al narrar un episodio dice como la cosa más natural: