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Los Contrastes de la Vida

Chapter 13: XI. FINAL
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About This Book

A series of episodic reminiscences and short narratives in which a seasoned narrator recounts conspiracies, military encounters, journeys, and personal adventures. The pieces alternate intimate domestic scenes with vivid public episodes to sketch portraits of soldiers, conspirators, and wanderers while examining tactics, resourcefulness, and moral ambiguity. Anecdote and reflection combine to highlight contrasts between courage and cunning, honor and expediency, and the unpredictable consequences of action, producing a mosaic of episodes that emphasize practical wit, social conflict, and the variety of human responses to danger and change.

—Dejadlo—dijo el Ochavito—, yo lo mataré.

El Ochavito y el Buñolero fueron llevando al toro hasta un ángulo de la plaza. El Ochavito dió unos pases de muleta mientras el Buñolero le ayudaba con el capote.

—Échale un poco más allá—decía el Ochavito—. Bueno, bueno; ya está.

Después de algunos vanos intentos, cuando le tuvo a su gusto el Ochavito, se cuadró, y de una estocada como un rayo dejó al toro muerto.

El Buñolero se acercó con una bayoneta en la mano y le dió la puntilla.

La gente, olvidada ya del capitán, comenzó a aplaudir y a gritar. El público fué despejando la plaza; marchaban las mujeres llevando lágrimas en los ojos.

Conchita y Pancalieri se habían retirado del balcón. Me acerqué yo al sitio donde había muerto Mala Sombra, y en este momento vi salir a Conchita con su madre. Tenía una palidez de espectro, los ojos rojos, como de haber llorado, y la boca con un rictus de amargura.

X.
PANCALIERI

En la casa del Capitán Mala Sombra estaba expuesto su cadáver.

Había llegado su madre, una vieja campesina de un pueblo próximo, y lloraba rodeada de las mujeres de la vecindad.

Estuvimos allí todos los oficiales de la guarnición, comenzando por el Empecinado; se encontraban también los dos italianos, Corti y Pancalieri. Pancalieri estaba triste y cariacontecido.

—¡Qué folia!—me dijo—. Este hombre se ha matado.

—Sí; mientras usted abrazaba a su novia él se ha matado por ella—le dije yo, en voz baja.

¡Ma ché! No. Sería demasiado idiota.

—Pues no le quepa a usted duda. Los que le han visto de frente me han dicho que al levantar la mirada al balcón donde estaban ustedes se le demudó el rostro, y entonces dejó de sostener la cabeza del toro y se dejó matar.

—¡Ah povero! ¿Pero usted cree que se habrá matado por ella?

—Sí.

—¿Por la signorina Conchita?

—Sí.

—¡Oh, no! ¡Maché! ¡Qué folia! Questa signorina está bien para pasar el rato ma nada más.

—Amigo—le dije yo—, esa muchacha que para usted no sirve mas que para pasar el rato, para este pobre hombre, era toda la vida...

Y mientras decía esto, la mirada de Mala Sombra, terrible y trágica, parecía confirmar mis palabras.

XI.
FINAL

Había concluído de hablar Aviraneta, y repantigado en la butaca miraba el humo de su cigarro, que se elevaba en volutas en el aire.

—¿Y qué fué de la Conchita?—dije yo.

—Me dijeron muchos años después que se había casado.

—¿Con Pancalieri?

—No.

—Quizá con Gotor, el rival de Mala Sombra.

—Tampoco. Se casó con un propietario rico de Zamora.

—¿Y no tenía nada que ver con Pancalieri?

—No sé. El que me habló de ella aseguraba que el hijo primero de Conchita era el vivo retrato del italiano. Es posible que fuera verdad, es posible que no. Vete a saber...


—Es usted admirable, don Eugenio—le dije—todavía le quedan a usted historias en el zurrón.

—Qué quieres. Los hombres de mi tiempo no leíamos tantas novelas como los de ahora. Buenas o malas, las hacíamos en la vida.

Y Aviraneta se levantó, se frotó las manos y comenzó a pasearse por mi despacho, mirándolo todo con su aire perspicaz y agudo de fuina.

Madrid, marzo, 1917.


EL NIÑO DE BAZA

Otro día paseábamos por el Retiro Aviraneta y yo, y hablábamos de los prestigios políticos de nuestro país, cuando don Eugenio me dijo: Varias veces me he asombrado yo, al leer en las historias que se publican de mi tiempo, cómo muchos hombres de talento y de energía han quedado obscurecidos, y cómo, en cambio, otros, vulgares y adocenados, han tenido el relieve de primeras figuras. Yo, jamás hubiera pensado, por ejemplo, que mi amigo don Bernardo Borja Tarrius fuera hombre que pasara por la vida sin dejar el menor rastro, ni el más pequeño recuerdo.

Borja Tarrius era para mí, al menos, un sabio. Conocía seis o siete idiomas a la perfección; tenía una memoria prodigiosa; había viajado mucho y leído más. Era una enciclopedia viviente. Como muchos hombres del tiempo, sentía una gran inclinación por la economía política, y estaba afiliado a la escuela de Jeremías Bentham. Vivía de dar lecciones, porque, a pesar de su talento, no encontró nunca protección oficial.

A Borja Tarrius le conocí la primera vez en Madrid, en una logia, antes del movimiento de Riego de 1820. Su inteligencia y su sensatez eran reconocidas por todo el mundo.

Por esta época, Borja Tarrius y don José María de Larreategui, que era el comisario de Guerra de la división del Empecinado, me llevaron a casa del brigadier Palarea para ver si nos poníamos de acuerdo en el movimiento revolucionario.

No llegamos a nada en esta conferencia.

Tres o cuatro años más tarde encontré a Borja en Gibraltar. Llegaba yo a esta plaza huyendo de Algeciras, como te he contado, y me metí en una posada, en donde se comía mal y se dormía en el suelo, pues no había camas.

En esta posada se encontraban don Bernardo Borja Tarrius y el diputado por Córdoba don José Moreno Guerra. Al verme, me acogieron los dos con amabilidad y formamos un grupo para comer. Era difícil ver juntos dos tipos tan diferentes como Borja y Moreno. Los dos tenían aproximadamente la misma edad, de cuarenta a cincuenta años. Borja Tarrius era un hombre grueso, rubio, pacífico, calvo y con patillas; Moreno Guerra, alto, huesudo, cetrino, con un hablar gutural; Borja Tarrius tenía el aire de un holandés flemático; Moreno Guerra era un moro.

En sus ideas se notaba una parecida divergencia. Borja se mostraba siempre equilibrado, siempre sereno, como la sensatez personificada; Moreno Guerra se caracterizaba por sus extravagancias. Era este hombre de sorpresas, osado, y al mismo tiempo cobarde, inteligente, y al poco rato, necio, amable y sin transición soez. Asiduo lector de Maquiavelo, de los libros del famoso florentín quería sacar consejos para la práctica política española. Entre sus muchos proyectos absurdos, Moreno Guerra había tenido la idea de hacer de Cádiz una ciudad republicana independiente, a estilo de Hamburgo y Brema.

Reunido con Moreno Guerra y Borja Tarrius, iba pasando mal que bien el tiempo en la posada gibraltareña, cuando un día, instigados por el diputado andaluz, que estaba enfermo del hígado, salimos él, Borja y yo a respirar el aire libre. Hacía un calor sofocante. Al cuarto de hora de nuestro paseo se nos presentaron tres policías y nos pidieron la boleta de residencia.

No la teníamos y tuvimos que confesarlo.

—Bueno, vengan ustedes—nos dijo el jefe de los policías. Les seguimos, nos llevaron al muelle y nos dejaron allí como si quisieran dedicarnos a la contemplación y al estudio de la bahía de Algeciras.

Había en el muelle grupos de españoles que se lamentaban porque no tenían qué comer ni qué beber. El sol daba de plano, y el calor era insufrible.

Los marineros de los barcos mercantes del puerto trajeron baldes de agua para aplacar la sed de la gente; pero no bastaba el agua que acarreaban para tantos.

Llegó la noche y refrescó mucho. Yo no quería dormirme, por miedo a enfriarme, y me senté sobre una estera y apoyé la espalda en un cañón empotrado en el suelo, que servía para amarrar los cables. Encendí un cigarro y me puse a reflexionar mientras contemplaba las luces de Algeciras.

—¿Qué voy a hacer?—pensé—. Mucha de esta gente quiere ir a Inglaterra; pero van a andar muy mal; aquí habrá que esperar el barco...; luego, allá, hasta que se pueda vivir, se tardará un tanto; la cuestión sería ir a un sitio próximo y esperar una semana o dos hasta que esto se desocupara...

Estaba discurriendo así, cuando oí a mi lado hablar de Tánger en voz baja.

—¡Tánger! Esta sería una solución—me dije a mí mismo, y decidí ir a la ciudad africana. Pensé todas las eventualidades posibles y me pareció la mejor la de Tánger.

Amaneció, y vi en el muelle solos a Borja Tarrius, a Moreno Guerra y a dos hombres que no conocía; uno de ellos, el más joven, con uniforme de miliciano nacional.

La demás gente se había metido en los buques mercantes que había en el puerto y en un barracón del muelle.

Les dije a Borja Tarrius y a Moreno Guerra lo que había pensado.

—¿No sería mejor ir a Marsella o a Londres?—me preguntó Moreno Guerra.

—¡Ah, si se encontrara barco en seguida, sí!; pero como puede suceder muy bien que no se encuentre barco y haya que pasarse cinco o seis días aquí en el muelle, yo prefiero ir a Tánger y esperar allí.

—Es verdad, tiene usted razón—dijo Borja Tarrius—. Es una idea buena.

—Así, ¿qué les parece a ustedes la idea, aceptable?

—Sí, sí.

—Bueno, pues yo voy a ver si encuentro una lancha.

Me entendí con un patrón inglés, que me pidió diez duros por el pasaje, y me volví al sitio de los amigos. Estos me dijeron que venían con nosotros el miliciano nacional y su padre, que había pasado la noche en el muelle a nuestro lado.

—Bueno—dije yo—. Está bien. ¿Usted les conoce?—le pregunté a Moreno Guerra.

—Sí.

—¿Quiénes son? El viejo parece gitano.

—Lo es. Son de Baza, padre e hijo. Al padre le llaman el Esquilaor, y al hijo, el Niño de Baza. El padre va convencido de que su hijo va a hacer mucha suerte en Africa, porque tiene una piedra imán la bar lachí, como dicen ellos. La historia de estos es curiosa. El Esquilaor, que ha sido un buen mozo, le hizo un chico a una muchacha de Baza, y ella no se quiso casar con él.

—¡Qué extraño! ¡Ella!

—Sí, ella dijo que no, que no se casaba, que él quería vivir a su costa, y que no. Y así está en la casa el Esquilaor como criado.

—¿Y el Niño de Baza es el hijo?

—Sí, un chico mimado, voluntarioso. Ha sido estudiante de cura.

Les observé con atención.

El padre era un hombre muy flaco, muy negro, con los ojos verdes, obscuros; el hijo era muy parecido al padre, con un gran fulgor en la mirada.

Bajamos los cinco por la escalera del muelle a la lancha, y nos fuimos acomodando.

Antes de salir le dije yo a Borja Tarrius:

—Somos seis con el patrón. Como es posible que nos encontremos con algún barco en el Estrecho que quiera detenernos, lo mejor es que en esta corta travesía mande uno solo. Las vacilaciones son lo peor en estos casos. ¿Quiere usted mandar como jefe de nuestra barca, Borja?

—No, no, Aviraneta. Mande usted.

—Sí, mande usted—dijo Moreno Guerra.

—Bueno.

Se lo advertí al patrón, y éste dijo que estaba bien, y añadió que la medida era muy prudente, porque en el mar no había que andarse con dudas sino decidir las cosas pronto.

Salimos, se largó la vela, fuimos pasando por delante de la ciudad de Algeciras y de la isla Verde, hasta divisar la costa de Africa.

El día estaba espléndido.

El Niño de Baza, al poco rato de salir, escogió el mejor sitio y se tendió. Estorbaba un poco para la maniobra.

—¡Eh, tú!—le dije yo.

—¿Qué hay?

—Estás estorbando. Aquí no se duerme.

—Ez que mi niño, zabe uzté, ze marea...—dijo el padre.

—No ha tenido tiempo de marearse; que se ponga como todo el mundo y esté atento, por si se le tiene que mandar algo.

—¿Y uzté por qué me tiene que mandá a mi?—dijo el gitanillo.

—Porque sí; aquí mando yo, y, si no estás conforme, ahora mismo tocaremos en tierra y te dejaremos en ella, si es que no te pego un puntapié y te tiro al mar.

Hubo un fulgor en los ojos del Niño de Baza.

El viejo gitano comenzó a hacerme reflexiones y a adularme, con la clásica desvergüenza de la raza. Moreno Guerra celebraba sus frases y le contestaba algo en caló.

En cinco horas llegamos frente a Tánger y se detuvo la lancha. Unas cuantas barcas y botecillos se nos acercaron con moros y cristianos, vestidos con harapos de colores, y se puso toda aquella gente a hablar y a chillar en una algarabía infernal. En esto nos atracó una lancha, con dos remeros negros y tres moros limpios, y uno de ellos nos preguntó en chapurrado:

—¿Qué son ustedes?

—Españoles.

—¿De dónde vienen?

—De Gibraltar.

—¿Traen ustedes pasaporte?

—No.

—Pues no pueden ustedes entrar.

—¿No se podría avisar al cónsul de España?

—¿Qué quiere usted avisarle?

—Que aquí hay un diputado español, que viene fugitivo, que quisiera entrar en Tánger, y un médico.

—¡Tebib! ¡Tebib!—dijeron los moros.

—Bueno. Esperen ustedes. Le avisaré al vicecónsul. El capitán del puerto y este moro del rey—y nos mostró uno de sus dos compañeros—les vigilarán.

Estuvimos una hora con un sol de fuego, hasta que apareció un europeo, el vicecónsul, en compañía de tres moros fastuosos, vestidos de blanco. El vicecónsul preguntó por el diputado; se destacó Moreno Guerra y hablaron los dos. El vicecónsul era un siciliano, y los moros, empleados subalternos del gobernador de la plaza.

Como Moreno Guerra era tan moro como los otros, con sus ademanes y sus gestos les convenció y se decidió que fuéramos todos a tierra. Les dijo que Borja Tarrius era un gran médico.

Nos acercamos a la playa, y después nos agarró a cada uno un negrazo de aquellos, y, atravesando el fango del arenal, nos dejó en tierra firme.

—Vamos a casa del gobernador—nos dijo el vicecónsul.

El gitano y su hijo se escabulleron sin saludarnos.

Marchamos por una callejuela, tropezando a cada paso con burros cargados y seguidos por moros, que gritaban: ¡Balac! ¡Balac! Atravesamos el zoco, y llegamos a un viejo caserón destartalado; pasamos dos patios, y, en una sala que daba a un hermoso huerto, vimos al gobernador, o caid, sentado en el suelo y apoyado en unos almohadones. Era un viejo de aire respetable; le saludamos, nos invitó a sentarnos y nos trajeron unas tazas pequeñas de café sin azúcar, dulces y bollos.

Habló Moreno Guerra con su aire de santón, y el caid inclinó varias veces la cabeza, como diciendo que estaba conforme.

Salimos de nuevo a la calle, le dimos las gracias al vicecónsul y le preguntamos dónde podríamos alojarnos.

—Aquí no hay fondas ni posadas—nos dijo—donde se esté bien. Algunos franceses e italianos tienen huéspedes, pero los explotan. Los contrabandistas españoles suelen meterse en sus rincones, donde no se puede vivir. Aquí tendrán ustedes que dirigirse a los judíos.

—Sí, pero nosotros no conocemos a nadie...

—Bien, yo preguntaré.

El vicecónsul fué a ver al rabino Samuel Silva, le explicó el asunto, y el rabino le encaminó a casa de la señora de Toledano, viuda de un comerciante, que vivía con cuatro hijas y dos criadas.

Fuimos a ver a la viuda de Toledano, y nos encontramos con que hablaba muy bien el español.

Se llamaba esta mujer Mesoda Ben Asayag y era viuda de un comerciante al por menor, también judío.

El vicecónsul le indicó lo que pretendíamos, y la viuda aceptó; dijo que tenía en la casa la planta baja desocupada, con cuatro cuartos bastante grandes, y que viéramos si nos acomodaba.

—Vamos allá—dije yo.

Nos enseñó las habitaciones, anchas y limpias.

—Esto está muy bien—le dijimos—. Pónganos usted una cama en cada cuarto, y en el otro una mesa y unas cuantas sillas.

Dijo que lo arreglaría en seguida, nos explicó qué comida nos iba a dar, y añadió que nos llevaría dos pesetas por cada uno.

Dimos las gracias más efusivas al vicecónsul, por habernos llevado allá, y el hombre nos indicó que contáramos con él para lo que necesitáramos y que, después de comer, fuéramos a su casa a pasar el rato.

A las cinco de la tarde una criada nos avisó para que subiéramos a comer. Subimos y encontramos la mesa puesta; el mantel limpio, platos de loza de color y cubiertos de madera. En vez de sillas, había bancos. Entró la señora de Toledano con sus cuatro hijas, de muy modesto porte y muy bonitas. Hablaban todas el castellano con un acento medio andaluz, pronunciando las eses como zedas, un acento que no dejaba de tener gracia.

La mayor tendría unos veinte años, y la menor, unos catorce. Todas eran morenas, menos la segunda, Sara, que era rubia, casi pelirroja. Las saludamos amablemente. La madre se sentó con dos de sus hijas a un lado y dos al otro, y nosotros en lo restante de la mesa.

Después de comer fuimos a ver al vicecónsul, hombre abierto de genio, que tenía una familia numerosa muy simpática, y nos dió una porción de indicaciones concernientes a las costumbres que había que seguir allí. Le pedimos un poco de papel, nos lo dió y volvimos a casa. Conferenciamos con la señora de Toledano acerca de la manera de tener luz; nos trajo un velón de cuatro mecheros, enviamos a la criada por aceite, encendimos el velón, lo pusimos encima de la mesa y nos sentamos alrededor.

Borja Tarrius estaba contento.

—Creo que en Tánger podemos pasarlo bien y muy barato—dijo—, y habrá cosas curiosas que ver.

Moreno Guerra estaba taciturno.

—¿Qué le pasa a usted?—le dije.

—Esto es una cartuja—exclamó él—; aquí no va a haber con quién hablar. ¡Luego estas calles sucias, con estos moros asquerosos!

Me indignó tan importuna queja y no dije nada.

A las nueve nos volvieron a llamar para comer, y tomamos té con hierbabuena, pan y manteca.

Le pregunté a la dueña cuándo se podría escribir a Gibraltar, y me dijo que tuviera la carta preparada para las diez de la mañana del día siguiente.

Escribí a la posada de Gibraltar en donde habíamos estado Borja Tarrius, Moreno Guerra y yo, pidiendo al amo que nos mandara la cuenta, diciéndole que yo había dejado allí una maleta y una manta, y que si se recibía una carta para mí, la enviara a Tánger.

Al día siguiente, por la mañana, le di la carta a la dueña y fuí a llamar a Borja Tarrius y a Moreno Guerra; ninguno de los dos había dormido, preocupados, sin duda, con el porvenir.

Por la tarde anduve yo por la ciudad; vi el Zoco, la Alcazaba, y salí por las afueras a pasear por el Marshan. Al volver me encontré con Borja y Moreno, que charlaban en el cuarto, y, por la noche, la dueña me trajo contestación a mi carta de Gibraltar. Según decía el posadero seguía allí la aglomeración, y no se sabía qué hacer con los emigrados.

Fuimos a cenar. Moreno Guerra estaba tan alicaído que la dueña le preguntó:

—¿Está usted malo?

—Sí. Más malo de espíritu que de cuerpo. Me falta la vida, las amistades, la sociedad... No sé si me podré acostumbrar al trato de estos moros.

—¡Y qué diría usted—dijo la viuda de Toledano—si viviese bajo la condición que vivimos nosotros los hebreos! Nos insultan, nos apedrean, nos tiran lodo a la cara, y, como no tenemos autoridades ni cónsules, nos callamos.

Moreno Guerra se encogió de hombros. Parecía mentira que un hombre tan grandón, que tenía fama en España de valiente y atrevido, fuera tan pusilánime y tan blando.

—No hay que acobardarse—repuso la señora de Toledano—. Si se mete usted en esa habitación de abajo, en la obscuridad, sin ver a nadie, le entrará a usted la melancolía. Suba usted al cuarto donde trabajamos mis hijas y yo, y allí hablaremos.

—Tiene usted razón, señora—dijo Borja Tarrius—; no hay que apocarse. En Tánger hemos sido recibidos con una caridad y un afecto que agradecemos en el fondo del alma; estamos perfectamente hospedados y mantenidos: no podemos desear más. Ahora, a mi amigo Moreno Guerra le sucede que ha vivido en esta última época en un ajetreo constante y en una constante inquietud, y al venir aquí a esta soledad queda aplastado.

—Si lo comprendo—dijo Mesoda—; por eso le digo que suba al taller donde trabajamos nosotras, para entretenerse; suele venir el rabino de Tánger a visitarnos, y como es un hombre culto hablará con ustedes.

Fuimos al taller y charlamos, mientras las chicas y la madre y dos o tres aprendizas trabajan en bordar con sedas de oro y plata babuchas, bolsas para dinero, cinturones, arneses de caballo, etc.

Borja Tarrius, curioso por todo cuanto fuera industria, hizo a Mesoda y a sus hijas una serie de preguntas acerca de cómo trabajaban y dónde vendían sus productos.

—En general se venden en Gibraltar, y los llevan a Túnez, a Trípoli, a Fez, y pasan por bordados hechos por moras—contestó la señora Toledano.

Borja Tarrius que sabía mucho, examinó los bordados y dijo primero que el dibujo era un tanto defectuoso, y después indicó a Mesoda y a sus hijas que perdían mucho tiempo haciendo cada una todas las labores que exigía un bolso, o una babucha; que debían hacer la división del trabajo: una cortar, otra coser, otra bordar, etc., etc.

Para demostrar su tesis, explicó con toda clase de detalles cómo se fabricaban los alfileres en las fábricas de Europa.

Como hablaba con tanta persuasión, las convenció.

Al día siguiente se hizo la prueba de la división del trabajo, y, efectivamente, se produjo casi el doble.

La señora de Toledano estaba maravillada.

Mientras trabajaban las bordadoras, Borja Tarrius les habló de la historia de Tánger y de Cartago, y del pueblo judío, y nos tuvo a todos entretenidos.

Al cuarto día de estar en Tánger apareció en casa el Niño de Baza. Venía bien vestido, limpio y perfilado. Era un muchacho guapo. Tenía el tipo del andaluz bonito, una cara de medalla romana y los ojos de gitano. Me dijo con mucha zalamería que le perdonara si había estado grosero en la barca, pero era que se encontraba entonces cansado, enfermo, sin dormir. Se había quedado solo en Tánger; su padre había marchado a España, y él andaba buscando un sitio donde trabajar.

Las chicas de casa le vieron al entrar y salir.

—¿Quién es ese muchacho?—me preguntaron Sara y Rebeca.

Yo le dije a Mesoda:

—No he querido traer a ese joven aquí, donde hay tantas muchachas. No vaya a ser un gavilán entre palomas.

—Pues ¿qué ha hecho?

Le dije que me parecía un muchacho violento, vengativo, que su padre era gitano...

Nada de esto le parecía muy grave a Mesoda.

—Si a usted no le importa, por mí puede venir a casa.

—¡Ah! Pues que venga.

Al día siguiente volvió a presentarse el Niño de Baza.

—Bueno—le dije yo—, con estas chicas, nada.

—No tenga usted cuidado.

—Ya sabemos que eres irresistible.

—No tanto, don Eugenio.

El Niño de Baza no comprendía la ironía, afortunadamente para él.

Este mismo día apareció el rabino de Tánger, el señor Samuel Silva, en casa de Mesoda, y hablaron él y Borja Tarrius. El rabino llevó la conversación a cuestiones de historia bíblica, donde se consideraba, sin duda, fuerte; pero Borja Tarrius sabía de esto mucho y le hizo unas observaciones al rabino sobre el libro de Esdras y el de Job, y el Eclesiastés, que quedó el hombre asombrado. Yo, como no he leído la Biblia, porque, la verdad, me ha aburrido desde el comienzo, no seguí la discusión en todos sus detalles.

Mientrastanto, el Niño de Baza cambiaba unas miradas incendiarias con las chicas, que se reían y coqueteaban con él. Sobre todo, Sara, la roja, era una mujer de cuidado.

Los días siguientes, desde la mañana hasta la noche, los pasamos en el taller de Mesoda, Moreno Guerra, Borja, el Niño de Baza y yo; ayudábamos a las muchachas a cortar el cuero de tafilete, a preparar las agujas, los hilos de seda de oro y plata y a pulimentarlos con colmillos de jabalí.

Borja Tarrius pidió al vicecónsul un diccionario viejo de antigüedades, con un atlas, que había visto en su casa. El vicecónsul se lo prestó y Borja estuvo tomando notas e hizo una porción de modelos con nuevos adornos y nuevas grecas. Dibujó hasta diez modelos. Se hicieron éstos, unos más complicados, otros menos, y se enviaron a Gibraltar con sus precios respectivos.

En cada bolsillo se venía a sacar tres pesetas de beneficio, según el cálculo de Borja Tarrius.

Días después, el hijo de Mesoda envió cuarenta duros; había vendido los diez bolsillos inmediatamente a un comerciante de Argel, que le encargó veinte docenas más de la misma clase en dos remesas. Los que se le enviaron los vendió a cinco duros. En cada uno se ganaron trece pesetas.

Mesoda y sus hijas estaban locas de contento. Las chicas llamaban papá a Borja Tarrius, y pensaban en arreglar la casa y en hacer viajes.

Cuando se mitigó la alegría, Mesoda dijo a Tarrius:

—¿Qué hacemos? Usted disponga.

—¿Usted tiene dinero?

—Sí.

—Vamos a hacer el presupuesto para los doscientos cuarenta bolsos.

Borja Tarrius tomó un papel e hizo una porción de números.

—Se necesitan unos cincuenta duros de material—dijo.

—¿Nada más?

—¿Le parece a usted poco? ¿Los tiene usted?

—Sí, sí.

—¿No habrá dificultad en adquirirlo?

—Ninguna.

—Después, lo que se necesita son cuatro o cinco obreras. ¿Habrá aquí buenas bordadoras?

—Sí, pero cobran mucho.

—¿Pues, cuánto cobran?

—Seis y siete reales al día.

—¡Bah! Eso no es nada. Se puede pagar el doble.

—¿Y si se enteran y copian los dibujos de los bordados?

—No; no tienen tiempo. Usted les dice que es un encargo que ustedes tienen y les da los bolsillos ya dibujados.

Al día siguiente se compró el material y comenzó a cortarse el tafilete. Tarrius tenía la alta dirección. Moreno Guerra y yo calcábamos los dibujos, los agujereábamos con un alfiler y, después, con una muñequita llena con polvo de carbón, estampábamos y perfeccionábamos los dibujos con lápiz.

Al día siguiente Mesoda trajo cinco obreras judías, que las llevó a la sala del piso bajo, que antes ocupábamos nosotros.

Moreno Guerra y yo seguimos dibujando; el Niño de Baza cortaba; Agar y Raquel, la hija mayor y la pequeña, cosían, y Sara y Esther quedaron al frente del bordado. Las nuevas obreras eran mejores trabajadoras que las de casa.

Se envió la primera remesa a Gibraltar y llegó el dinero en seguida. Cerca de quinientos duros. La viuda de Toledano quedó loca de contenta. Quería dar dinero a Tarrius, pero le dolía desprenderse de él. Le hacía continuas zalamerías. ¡Era tan bueno! Sus hijas y ella no se olvidarían nunca de lo que había hecho en su obsequio.

Mesoda tenía la angustia de ganar, y no se preocupaba de nada más.

Yo veía al Niño de Baza que intimaba mucho con Sara la roja, pero también lo veía la madre y parecía que no daba importancia a la cosa. A Borja Tarrius le llegaban enfermos que iban a consultarle. Borja se limitaba a recomendar prácticas higiénicas.

Llevábamos veinte días en Tánger, cuando recibí una carta de un señor Gargollo, representante de mi tío Ibargoyen, el mejicano. A este Gargollo le había escrito yo al llegar a Gibraltar. Me decía que había girado a mi nombre a esta plaza cinco mil pesetas a la casa de Banca de Benolié y Compañía, y que al mismo tiempo me recomendaba a este banquero. Le escribí al señor Benolié diciéndole dónde estaba, y a los dos o tres días apareció en mi casa un judío viejo, con un aire muy venerable, a ofrecerme de parte de Benolié lo que necesitara. Se llamaba este judío Samuel Lione.

La patrona mía se quedó maravillada; dijo que Samuel era el hombre más rico de Tánger, y que cuando iba a Fez visitaba al Sultán.

Debíamos ser nosotros gente de una gran importancia cuando Samuel Lione venía a nuestra casa.

Pregunté qué era, y la señora de Toledano dijo que era banquero y tratante de esclavos.

—¿Y gana mucho con esto?

—Muchísimo. Todos los años manda una o dos caravanas a Tumbuctu, en las que ganará muchos miles de duros.

El Niño de Baza oyó esto con los ojos brillantes.

Al día siguiente me dijo:

—Oiga usted, don Eugenio.

—¿Qué hay?

—No va usted a visitar a ese viejo judío Samuel?

—Pues, ¿por qué?

—Porque si va usted, yo quisiera acompañarle.

—¿Para qué?

—Para ir en una caravana a comprar esclavos.

Me quedé asombrado.

—Bueno, bueno. Ven mañana por la mañana y le visitaremos.

Al día siguiente se presentó el Niño de Baza muy elegante y atildado; yo me vestí, y con un chico de la vecindad fuimos a casa de Samuel.

La casa era de aspecto más humilde que la de Mesoda. Nos recibió el señor Samuel en un despacho muy mísero de la planta baja, con grandes saludos y zalemas, y nos hizo sentarnos. Este Shylock hablaba de una manera balbuceante y lacrimosa. Nuestra santa nación, nuestra tribu, el patriarca Abraham estaban a cada momento en su boca. Durante su charla se interrumpía para dar una indicación a dos escribientes que tenía, los dos, sin duda, judíos, de cara atormentada y labios gruesos.

Le avisaron para almorzar, y yo me levanté con intención de marcharme; pero Samuel me agarró de la mano.

—No, no; venid—me dijo—; que venga con vos este joven cristiano; comeréis conmigo, la miseria que uno tiene.

Subimos una escalera estrecha y llegamos a un comedorcito pequeño que daba a un patio, con una puerta, lleno de macetas con flores. Estaban en el comedor la mujer y una hermana de Samuel, dos hijas de unos cincuenta años, un hijo y una porción de nietos, entre los cuales había una muchachita de unos diez y siete o diez y ocho años, muy bonita.

Entre todas estas caras judaicas había el tipo correcto y muy perfilado y el tipo un poco repulsivo del judío narigudo, con los labios gruesos y abultados y los ojos pequeños.

Había en toda la casa un olor a cerrado y al mismo tiempo a estoraque, o alguna otra cosa aromática, que no me hizo ninguna gracia.

Sirvieron el almuerzo, que consistió en té con leche, tostadas con manteca, miel y un líquido dulce, con gusto a naranja. En lugar de pan, nos dieron unas tortas redondas y muy delgadas, sin sal.

El Niño de Baza estuvo de conquistador con la nieta de Samuel. Sabía que la chica era rica, y preparó en seguida sus baterías.

Después de almorzar volvimos de nuevo al despacho y hablamos.

—No creáis que tengo una fortuna grande...—nos dijo Samuel Lione—. No, no..., una pequeñez, un mediano pasar. No hagáis caso de lo que os digan en Tánger acerca de mí. No, no. ¡Por el patriarca Abraham! ¡Qué más quisiera yo!

Le dije que no me habían hablado de él en Tánger, y que había ido a verle para saludarle y para presentarle aquel joven español que, habiendo oído hablar de que él organizaba caravanas al centro de Africa, quería ir en una de ellas.

Samuel Lione sonrió al Niño de Baza y le alabó su afición al comercio. Después nos explicó sus negocios. Se dedicaba principalmente a la trata de esclavos, que compraba en Tumbuctu, y a veces en el Sudán.

En Fez, en Mezquínez y en Marrakech tenía depósitos de esclavos. Nos dijo que él proveía al sultán y a los principales magnates del imperio de esclavas negras para los harenes, que hacía venir del interior de Africa; negras que eran de una raza especial muy fea para nuestra vista por sus morros salientes y su nariz chata, pero que a los moros les parecían huríes de Mahoma.

Añadió que recibía remesas de cuando en cuando de veinte o treinta niñas, de diez a doce años, en Tafilete, donde tenía un gran depósito, y, a manera de hospital, que allí apartaba las que tenían lepra, les curaba a las otras la sarna, las demás enfermedades y los parásitos; luego, con baños, purgas y frotaciones y mucho alimento, las engordaba y las ponía lucidas como los cristianos engordan esos animales, que son la abominación de Jehová y que se llaman, con perdón, cochinos.

Mudaban enteramente de piel y de pelo las negras, y se ponían relucientes como espejos.

A los catorce años las llevaban al mercado, y acudían los corredores a comprarlas, procediendo a un reconocimiento escrupuloso antes de cerrar el trato.

Los compradores las conducían con mucho cuidado a su destino, en una especie de jaulas, que colocaban en camellos, y muy cubiertas con toldos para que no les diese el sol, ni las viesen los curiosos.

Este comercio era el más productivo para él; ¡pero había tanto gasto! En Tumbuctu tenía una factoría exclusivamente destinada para sus compras.

Era el único comerciante dedicado a este honrado tráfico.

También recibía de Tumbuctu oro en polvo, marfil y plumas de avestruz, y enviaba, a cambio, telas que compraba a poco precio en las almonedas de Gibraltar.

Lione me dijo que a los veinticinco años había hecho dos viajes a Tumbuctu, la lejana ciudad de Africa, atravesando el gran Desierto. Entonces era Tumbuctu tan misteriosa que algunos dudaban de su existencia.

Samuel Lione con esa rápida efusión que suelen tener a veces las gentes que viven aisladas, nos contó sus viajes a Tumbuctu con cierto énfasis. Nos habló con entusiasmo del Desierto, de las caravanas de cientos de camellos, que apenas dejan huella en la arena dura; de la forma del terreno arenoso, siempre igual y siempre distinto, como el mar; de las angustias al no encontrar los oasis con agua; del tener que beber a veces la sangre de los camellos... Todas estas dificultades y penas estaban compensadas, porque en dos o tres viajes se podía uno enriquecer.

Mientras hablaba Samuel se veía la mezcla del miedo con el deseo de la ganancia.

Unía cierta elocuencia florida al acento llorón y sibilante.

En medio de toda su blandenguería se notaba que el buen Samuel era un águila para el comercio y que hubiera vendido hasta a su padre. Luego Lione nos habló de sus antepasados, que eran españoles, que habían vivido en Medina del Campo y habían sido expulsados de Castilla en tiempo de Felipe III. Su apellido verdadero era León, o de León, y al refugiarse en Francia lo afrancesaron y lo convirtieron en Lione. Tenía todos los papeles y títulos de pertenencia de la familia y hasta la llave de la casa de Medina.

Respecto a la pretensión del Niño de Baza, dijo que fuera por allí, y que ya vería.

Después de cuatro horas de charla me volví a casa de Mesoda.

Al día siguiente pasé de nuevo por el despacho de Samuel Lione, que me prestó cien duros. Le dije a Borja Tarrius y a Moreno Guerra que me marchaba a Gibraltar y que les escribiría. Borja Tarrius me indicó que le habían encargado aquel mismo día de la educación de los hijos de varios cónsules europeos de Tánger; que ya tenía medios fáciles de vida, y que preferiría un país templado como aquél que un país frío como Inglaterra, y que se quedaba definitivamente allá.

Moreno Guerra me dijo que le avisara adónde iba y lo que hacía.

Comimos, charlamos mucho, me despedí de la familia judía, me acompañaron Borja y Moreno hasta la lancha, y me fuí a Gibraltar.


Después de bastantes años, le vi a Borja Tarrius; me dijo que el Niño de Baza se había casado con la nieta de Lione y había tenido un hijo con la Sara. El Niño de Baza, hecho un completo bandido, llegó a ser hombre de fama en el país, y en una de las expediciones al centro de Africa le mataron en el Desierto.

Respecto a Sara la roja, se escapó con un inglés rico, y vivía por entonces en Inglaterra hecha una princesa. Moreno Guerra murió misteriosamente, poco después de ir a Tánger. Según algunos le envenenaron en el viaje de Gibraltar a Londres.


ROSA DE ALEJANDRÍA

I.
EL VIAJE A EGIPTO

Puesto que deseas que siga la narración de mi vida, amigo Pello, dijo Aviraneta, la seguiré.

A mediados de noviembre de 1823 salí de Tánger y llegué a Gibraltar, donde me esperaban en el muelle el hijo de la señora Toledano y el dependiente principal de Benolié, el banquero.

Me llevaron a casa de un judío que me cedió un gabinete muy bonito, y me dieron una carta de residencia del Estado Mayor de la plaza.

El señor Benolié era hombre rico, banquero de mucha influencia, y vivía muy en grande en una casa a la inglesa. Me presenté a él, me trató muy amablemente y me dijo que fuera a su casa cuando me pareciera.

Fuí una vez por cumplir y no volví. Me cansé en seguida de Gibraltar. Ya no tenía allí amigos. Los liberales españoles se habían marchado. Aquello me parecía un sitio estrecho, de lo más antipático del mundo.

Un día que estaba en mi gabinete, tendido en el sofá divagando, apareció el señor Benolié.

—¿Qué le pasa a usted?—me dijo—. ¿Está usted enfermo?

—Sí, algo enfermo debo estar, pero principalmente estoy aburrido; yo no puedo vivir así. Me he acostumbrado a otra vida.

El señor Benolié quizá creyó que le quería decir que tenía hábitos más fastuosos, y sonrió suponiendo que era una fanfarronada de español.

—¿Pues cómo ha vivido usted?—me dijo con ironía judaica.

Yo le conté brevemente mis andanzas de guerrillero y de conspirador, y como vi que le interesaban di detalles y más detalles. El señor Benolié se quedó tan asombrado, que creo que si le hubiera dicho que yo no era un hombre, sino un trasgo o un gnomo, no hubiera tenido tanto asombro.

—¡Pero usted ha vivido de esa manera!—exclamó varias veces.

—Sí.

—Es extraordinario. Yo tenía otra idea de los guerrilleros. ¿Y para qué ha vivido usted así? ¿Ha ganado usted mucho con eso?

—Nada. El poco dinero que tenía lo he perdido.

A Benolié no le cabía esto en la cabeza.

—Con la actividad y la energía que ha desplegado usted inútilmente, puesta en el comercio se hubiera usted hecho millonario.

Esta observación de judío le parecía a él un argumento irrebatible.

—Sí, es posible—contesté yo—; pero en el comercio no hubiera puesto tanta energía. Ser rico no me interesa. Yo no necesito mas que el dinero imprescindible para comer y tener un rincón donde dormir. Esto se me cae encima. Yo necesito campo, peligros, intrigas para estar bien.

Benolié y yo nos miramos como podrían mirarse un lobo y un castor.

—Sin embargo, ¿usted piensa marcharse a Méjico a ser comerciante, según me ha dicho?

—Sí, si no encuentro otra cosa mejor.

—No hay nada mejor que el comercio, señor Aviraneta—replicó él sonriendo—. Yo creo que usted no se ha dado cuenta de ello. Yo quisiera que usted probara a trabajar en mi casa.

—Probaré.

—Yo le daré a usted el máximum de sueldo y el máximum de comisión.

—Pues nada, empezaré.

Comencé a acudir al escritorio, y fuí tan puntual y ordenado como pudiera serlo el primero.

Al cabo de un mes, Benolié me llamó a su despacho.

—Indudablemente, señor Aviraneta—me dijo—, no sirve usted para la vida sedentaria. No come usted, no bebe usted, no habla usted, y se va usted poniendo más amarillo que un limón.

—Sí. Es cierto.

—¿Qué ha pensado usted hacer?

—Yo había pensado ir a Grecia y hacer la campaña contra los turcos; pero como todo el mundo me habla aquí mal de los griegos, he decidido ir a Egipto y ofrecerme al gobierno del virrey como oficial.

—Bueno, bueno, como usted quiera. Si trata usted de ir a Egipto, yo le proporcionaré a usted barco.

El señor Benolié se mostró muy generoso, me entregó cincuenta libras esterlinas, entre sueldo y comisión, por el trabajo que había hecho durante un mes en su casa. Al pensar en ir a Egipto, se me ocurrió llevar una mercancía a vender por allí, e hice mi ancheta y la metí en un gran cajón.

El día seis de diciembre apareció un bergantín en el puerto de Gibraltar, que marchaba a Alejandría. Era un bergantín nuevo, sin nombre. Iba tripulado por la marina de guerra inglesa; lo llevaban para entregarlo al virrey de Egipto.

Bajaron el capitán sir John y dos oficiales, y fueron a visitar a Benolié. Benolié les habló de mí, y el capitán sir John le dijo que con mucho gusto me llevaría en su barco hasta Alejandría, puesto que era liberal y amigo suyo.

Al día siguiente se condujo al barco mi cajón de mercancías, al que le pusieron precintos de plomo y una etiqueta con el escudo de Inglaterra.

El capitán sir John dijo que, para ir a bordo, debía marchar vestido de guardia marina.

Benolié me envió a su sastre, para que me hiciera un traje completo de guardia marina, que se componía de chaqueta y pantalón azul, chaleco de grana y polainas. Me trajeron también a casa un kepis, un sombrero redondo de hule y un capote de goma.

Benolié me entregó la víspera de mi partida dos cartas de recomendación: una para el general Boyer y la otra para un comerciante judío de Alejandría, corresponsal suyo, que se llamaba Isaac Bonaffús.

A las seis de la mañana del día diez de diciembre, en un lanchón de Benolié, me dirigí al bergantín, en compañía de Toledano. El bergantín había levado anclas y extendido algunas velas.

Estreché la mano de mi amigo, quien volvió en una lancha, y me dirigí, acompañado de un mozo, a mi camarote.

A las seis y media zarpó el bergantín, con viento fresco, y dejamos al poco rato de ver Gibraltar y las costas de Africa.

Al mediodía el viento se hizo más fuerte, y, al comienzo de la tarde, se desarrolló un ventarrón furioso. Se recogieron las velas y casi a palo seco fuimos marchando por el mar, sin rumbo.

Yo llevaba días sin dormir bien, y no sé si por el medio mareo que tenía o porque bebí un poco de vino, el caso fué que me eché en la cama y no desperté hasta el día siguiente a las once. Al salir vestido a cubierta, sir John, el capitán, comenzó a reír al verme y me dijo:

—Usted es un lobo de mar.

—Pues, ¿por qué?

—Porque ha podido usted dormir cuando todo el equipaje andaba mareado. Hemos tenido un huracán terrible.

Pasé con sir John a la cámara de oficiales, donde vi que había dos tenientes, echados de bruces sobre la mesa, estudiando un gran mapa.

Aunque yo no los entendía, porque hablaban inglés, comprendí que estaban buscando la posición y el derrotero del barco.

Sir John, a quien le gustaba hablar francés conmigo, me dijo que íbamos a tener mal tiempo, porque el barómetro seguía bajando.

No sé a punto fijo hacia dónde navegamos; yo no me atrevía a preguntárselo a nadie, pero sí sé que por la tarde del tercer día se nos presentó el viento de proa y empezamos a dar bordadas.

A eso de las once de la noche comenzó una tormenta espantosa: una de rayos, de truenos, de granizo, que no paraba un momento.

El capitán y los oficiales estaban de observación en la cámara; los marineros esperaban órdenes en el puente.

Yo no podía hacer allí nada más que estorbar. Antes de meterme en la cama, agarrándome a lo que pude, llegué a la cocina y le compré al cocinero víveres. Desde nuestra salida de Gibraltar no se había encendido la cocina. El cocinero me puso en un talego una docena de galletas, medio queso, dos tarros de mermelada, dos botellas de vino de Jerez y un frasco de aguardiente. Llegué a tientas a mi camarote, cerré la puerta, porque entraba agua, y me dije:

—Hay que entregarse al destino.

Comí un trozo de queso y unas galletas con dulce, bebí un vaso grande de Jerez, luego una copa de aguardiente, encendí un cigarro y a la media hora estaba dormido. Nunca he tenido sueños más raros.

A la mañana siguiente me desperté. Había agua en el suelo del camarote. Cuando abrí el ventanillo y miré al mar me dió el vértigo con aquel resplandor y aquella blancura de la espuma.

Me pareció que el mar se hallaba más agitado, pero el aire más tranquilo, y supuse que esto era buena señal. No salí del camarote; estuve haciendo gimnasia, y al anochecer tomé mi trozo de queso, mis galletas con dulce y dos vasos grandes de Jerez, y dos copas de aguardiente.

Tardé en dormirme, pero me dormí. Al día siguiente, al despertar con la cabeza un poco pesada, vi que había amainado el temporal. Abrí el ventanillo y vi el mar mas tranquilo, y me volví a tender en la cama. Estaba dormitando cuando entraron en el camarote el capitán y el cirujano del barco.

—No he visto otro parecido—dijo el cirujano señalándome a mí—. Este es un hombre grande. ¡Y luego hablan de la flema inglesa!

El capitán sir John se reía.

—Levántese usted—me dijo—, porque tienen que limpiar todo esto.

—¿En dónde nos encontramos?—le pregunté yo.

—Nos estamos acercando a la costa francesa, a las islas de Hyeres.

Me levanté, me vestí y salí a cubierta, con la cabeza un tanto pesada.

Antes del mediodía llegamos a la isla de Porquerolles, donde anclamos. Examinaron los oficiales y el contramaestre el casco del barco, que tenía alguna avería insignificante; lo limpiaron los marineros por dentro y por fuera, secaron el velamen y a las veinticuatro horas estaba el bergantín tal como había salido de Gibraltar.

Se compraron víveres, se encendió la cocina, y comimos por primera vez caliente y de una manera espléndida.

La marinería tuvo también un gran banquete, con carne fresca y pan del día, y el capitán regaló a los marineros una pipa de vino.

A media noche nos hicimos a la vela con un tiempo hermoso, y a los doce días de dejar las costas de Francia estábamos a la vista de Alejandría.

En todo el trayecto, el capitán sir John tuvo para mí muchas consideraciones, sentándome a su mesa en unión de los oficiales y del médico.

Tenía sir John algunos libros, y me prestaba los que le pedía. Me dejó el libro de Volney, sobre Egipto y Siria, y los viajes de Ali Bey.

Al llegar a la vista del puerto de Alejandría la organización y la etiqueta del barco variaron. El capitán dejó su familiaridad y se convirtió en un jefe frío y desdeñoso. Su cámara quedó convertida en el palacio de un sátrapa con su correspondiente guardia.

La etiqueta era más rigurosa que en China. Yo tuve que salir de mi hermoso camarote y marchar a la cámara de los pilotos. Uno de ellos, que tenía un álbum de vistas grabadas, sacó una del faro de Alejandría y me mostró una torre asentada sobre una roca, con un brasero humeante en la punta.

Aquel era el antiguo faro, que se consideraba como una de las siete maravillas del mundo, dibujado conforme a las descripciones de los antiguos, porque ya no existía, y, en su lugar, estaba el castillo que hizo construír el sultán Solim en el siglo XVI.

Por la mañana, al amanecer, me levanté de la cama y me asomé a la borda. No se veía mas que la costa baja, amarillenta, iluminada por el sol; la ciudad, vagamente, y la columna de Pompeyo, que se destacaba con claridad.

Estuvimos mucho tiempo parados delante de Alejandría. Yo sentía impaciencia y un gran deseo de bajar a tierra; pero como allí, en el barco, todo se hacía siguiendo el protocolo, tuve que esperar. Al día siguiente nos acercamos al puerto al amanecer; por la mañana llegó el cónsul inglés de Alejandría, fué a visitar a sir John y tuvo con él una larga conferencia.

Pudimos contemplar la ciudad iluminada por el sol, que me pareció un montón de ruinas; las fortalezas, el faro, las torres y los mástiles de los barcos.

Después de la entrevista el capitán me avisó que si quería saltar a tierra podía entrar en Alejandría, en compañía del cónsul, como súbdito inglés, sin que en la Aduana me molestasen.

Fuí a dar las gracias a sir John, que me escuchó impasible, y me hizo un saludo militar como si no me conociera, y bajé a la lancha del cónsul. Pasamos por delante del faro actual; una bastilla, con una torre para señales, y alrededor de la fortaleza una muralla con sus cubos, que rodean la isla. Entramos en el puerto de Eunostos y desembarcamos cerca de la Aduana. Yo subí en un coche que esperaba al cónsul y fuí con él hasta su casa.

II.
LA CASA DE CHIARAMONTE, EL MALTÉS

Me invitó el cónsul a desayunar en su casa. Tomé una taza de café con leche y un poco de dulce, y fumamos un cigarro.

—Dígame usted ahora qué piensa hacer. Yo voy a trabajar—me dijo.

—Quisiera que me indicaran las señas de un judío, Isaac Bonaffús, a quien estoy recomendado.

—¿Bonaffús? Lo conozco—me dijo el cónsul—. Un criado mío le acompañará a usted a su tienda. Deje usted la maleta aquí, y luego pueden venir a buscarla.

Me despedí del cónsul, y con el criado bajé al portal. Salimos. Atravesamos unas callejuelas y llegamos a una calle hermosa y recta, con aceras, la calle de los Francos, y, como a la mitad, nos paramos en una casa de un piso, que tenía una tienda pintada de rojo, que cogía toda la fachada. Entramos en ella. Un dependiente nos advirtió que el principal no estaba en aquel momento en casa.

El criado del consulado dijo, con el despotismo del inglés, que era asunto del cónsul de Su Majestad británica, y que lo llamaran.

Al cuarto de hora apareció el señor Isaac Bonaffús, un hombre rechoncho, de barba negra, de mechones muy blancos, con una cara del color de una vejiga de manteca, vestido con una túnica azul y gorro griego.

El señor Bonaffús me preguntó secamente en qué podría servirme; pero cuando le dijo el criado que era asunto del cónsul inglés se deshizo en cortesías.

Le di una propina al criado del cónsul, que la tomó, a pesar de su aire de caballero de la Tabla Redonda, y me quedé en la tienda de Bonaffús.

Saqué mi cartera, y de ella la carta de Benolié. La leyó éste, la examinó y me dijo.

—Yo estoy obligadísimo a Benolié, y usted me manda. ¿Qué quiere usted hacer?

—Primero quisiera tomar un cuarto en un fonda o donde sea.

—Hombre, aquí fonda buena para estar mucho tiempo, no hay.

—Entonces, ¿será mejor una casa de huéspedes?

—Sí, yo creo que sería mejor. Casa de huéspedes... Casa de huéspedes... Ya tengo una. Es de un maltés que ha vivido en Gibraltar, hombre rico, que sabe el español. Si quiere usted, yo le acompaño.

—Bueno. Vamos.

Recorrimos la calle de los Francos y fuimos por una callejuela de casas blancas, con puertas y ventanas herméticamente cerradas. Antes de llegar al barrio árabe nos detuvimos en una casa baja y muy larga, con celosías pintadas de verde. Llamamos varias veces con el aldabón, y apareció en una ventana un tipo de bandido italiano con la cara tostada por el sol, tuerto, y con una cicatriz que le cogía media cara.

—Buon giorno, amico Chiaramonte—dijo Bonaffús.

—¡Buon giorno! ¡Ah! ¿Dove andate, amico Bonaffús?

—A casa vostra.

—¡Ah! Bene. Bene.

—E la signora Cayetana, ¿come sta?

—Bene. Bene. Andate ad aprir la porta—gritó Chiaramonte a alguno.

Un criado abrió la puerta y pasamos adentro. Subimos por una escalera pequeña donde estaba Chiaramonte, y entre el judío y el maltés se entabló una conversación chapurrada en la lengua de los francos de Alejandría; una jerga mixta de turco y de griego.

—Este señor es español—dijo Bonaffús.

—¡Ah! ¿Es español?

—Sí—repuso Isaac Bonaffús—, es un español recomendado por Benolié, el banquero de Gibraltar, y por el cónsul inglés de aquí. Quiere quedarse en Alejandría algún tiempo, y yo le he indicado la casa de usted, por si ustedes le pudieran tomar de huésped.

—En este asunto mi mujer y mis hijas son las que deciden; yo no me ocupo mas que de mis caballos—dijo el maltés.

—Bueno; pues llame usted a la señora Cayetana y a sus hijas.

El maltés llamó a su mujer y a sus dos hijas. La madre era una mujerona con aire un poco africano, el pelo negro ensortijado, los ojos grandes y los labios rojos. Las hijas eran muy bonitas.

La patrona puso dificultades sobre la asistencia, y únicamente se avino a tomarme de huésped a condición de que yo comiera con toda la familia y a las horas en que ellos acostumbraban.

—Estoy conforme—le dije yo—; únicamente me gustaría ver el cuarto.

Me enseñaron una sala grande, con una alcoba blanqueada, que tenía ventanas cerradas con celosías que daban a la calle.

—Por el precio no reñiremos—me dijo la patrona—; tengo otro español, y a él le llevo dos pesetas al día, porque por ahora gana poco, y tiene un cuarto pequeño. A usted le llevaré tres pesetas.

—Muy bien.

Cerramos el trato, y el maltés mandó a un mozo suyo a que recogiera mi maleta en el consulado inglés, y yo salí con Bonaffús.

—¿Qué clase de pájaro es este Chiaramonte?—le pregunté en la calle.

—Es buena persona. Se puede usted fiar de él. Es tratante de caballos y hace contrabando. Las chicas son un bocato di cardinale, y tendrán sus doscientos mil francos cada una de dote. Ahora que, como son católicas, aquí no encontrarán novios de su religión. Nosotros, los hebreos, no queremos bodas mixtas. Pero para usted que es católico, si no es ya casado...

—No, no estoy casado.

—Entonces no le digo a usted más.

Al llegar a la tienda del señor Isaac, le consulté acerca de mi ancheta y le enseñé la factura. El comerciante la estudió artículo por artículo, y me dijo que, como no había pagado flete, ni pagaría aduanas, ganaría el doble de su precio.

—Mas no creo que haya usted venido en un barco de guerra sólo para traer un cajón de sedería o cosas por el estilo—añadió Bonaffús.

—No; mi objeto es entrar al servicio del virrey de Egipto, que va a organizar un ejército a la europea.

—Ya sabe usted que hay un general francés que lo dirige todo.

—Sí.

—¿Trae usted alguna carta de recomendación para él?

—Sí.

Se la enseñé, la leyó, y me dijo:

—Yo le puedo servir a usted de algo. Viene a mi casa un capitán francés, Lasalle, que es de Auch y se dice sobrino del general Lasalle. Este Lasalle está en Alejandría y parece que es un comisionado del virrey para recibir a los militares europeos.

—¿Y qué clase de hombre es?

—Pues, como todos los franceses, es muy patriota. Lasalle hace lo posible para favorecer a sus paisanos y poner toda clase de dificultades a los que no lo son. Hace tiempo vinieron aquí muchos jefes y oficiales que habían servido con Murat; luego han venido otros italianos de los constitucionales del general Pepé y no han podido entrar aquí, y se han marchado a servir a los griegos.

—¿Así que esto no está bien?

—No está nada bien. Al que no le quieren, aunque tenga buenas recomendaciones, le aceptan y le ponen en una sección de disponibilidad; luego le envían a cualquier rincón del alto Egipto o de Siria, y allí tiene que vivir, con un sueldo de un franco cincuenta, o dos francos al día.

—Entonces me parece que me he equivocado al dirigirme a esta tierra.

Me despedí de Isaac Bonaffús, que quiso acompañarme. Encontramos a Chiaramonte a la puerta de su casa, y él y Bonaffús se embromaron el uno al otro sobre sus respectivos negocios.

—Nostro amigo Chiaramonte—me dijo Bonaffús—es molto rico. ¡El contrabando!

—¡Bah! ¡Bah!—repuso Chiaramonte—. ¿E voi? Sempre esta facendo denaro—me dijo—. Questos judíos son maravigliosos. ¡Oh! ¡Che canaglia!

—E lei es molto mas rico que yo—exclamó Bonaffús.

No me interesaban mucho estas gracias de comerciantes, y subí al piso principal.

Salió la Cayetana, la mujer de Chiaramonte, y me pasó a una salita en donde se hallaba ella en compañía de sus dos hijas, que estaban haciendo labores. Este saloncito era muy bonito; tenía un gran mirador colgado sobre la calle, con muchas flores, el clásico diván, con sus almohadones bordados a estilo oriental, unas cuantas sillas de Damasco, un piano y varios grabados antiguos. Alrededor del salón había un estante y en él se veían libros de Chateaubriand, Walter Scott y la Historia de los caballeros hospitalarios de San Juan de Jerusalén, por el abate Vertot, en una edición de lujo. Las dos muchachas me parecieron verdaderamente encantadoras en la intimidad. Sobre todo Rosa era muy bonita. Hablaban muy bien el castellano y sabían el italiano y el inglés. Habían sido educadas en una pensión de Gibraltar.

III.
NUESTRO AMIGO MENDI

Estábamos hablando de la vida y de las costumbres de Alejandría, cuando se oyeron pasos en la escalera y después en el corredor.

La señora Cayetana se levantó, y en su lengua chapurreada dijo al que llegaba:

—Señor Mendi. Aquí hay otro spagnuolo que va a vivir con nosotros.

Entró el español; yo me levanté para saludarle.

Era alto, fuerte, guapo.

No hice más que verle y oír su voz y le dije:

—¿Usted es vascongado?

—Sí. ¿Y usted?

—Yo también.

—¿De dónde es usted?

—De Tolosa.

Nos dimos la mano efusivamente y hablamos en vascuence, produciendo la sorpresa de la familia Chiaramonte, que nunca había oído esta lengua.

Me contó mi paisano que hacía tres meses que estaba en Alejandría, adonde había llegado en un barco de Marsella. Era Mendi nacional de caballería; había servido en Navarra y en la Rioja, como sargento, en la partida de un tal Mantilla, hasta la dispersión de la partida, a la entrada de los franceses de Angulema, en que había tenido que emigrar a Francia.

Me dijo que se apellidaba Basterrica, pero, como al escaparse de España había comenzado a llamarse por su segundo o tercer apellido, Mendi, todo el mundo le conocía por Mendi, y como era más corto y más fácil para los extranjeros, lo había adoptado.

Era Mendi hombre de unos veinticinco años, de gallarda figura. Se expresaba siempre con un aire atento y expresivo, y decía las mayores impertinencias con una impertérrita frescura. Hablaba el castellano bien, pero de una manera afectada; y esta afectación se elevaba de punto cuando se expresaba en francés. Entonces cambiaba de voz y de gestos. Sólo hablando el vascuence parecía natural en la voz y en los ademanes. Como era temprano y no se cenaba hasta las ocho y media, me propuso Mendi dar un paseo; hacía una hermosa noche de luna.

Cogimos nuestros sombreros y marchamos por entre callejuelas. El pueblo estaba a obscuras. No había alumbrado en Alejandría, y donde no entraba la luz de la luna se iba tropezando y metiéndose en basuras.

—Erri ziquiña au—(Este pueblo es muy sucio)—me decía de cuando en cuando Mendi, en vascuence, con su voz ronca.

Salimos a un arenal que estaba lleno de ruinas, y fuimos a sentarnos en un monolito grande, que estaba medio sepultado al lado de otro enhiesto. Debían ser las agujas de Cleopatra. Cerca se levantaba una gran torre. Aquel paisaje, aquella ruina a la luz de la luna, parecía algo de ensueño. No hacía calor: una brisa fresca y húmeda venía del mar, que murmuraba a pocos pasos.

Mendi se sentó en la piedra y me contó sus vicisitudes en aquel pueblo, donde, según él, no había elementos. Esta era su muletilla. Se había puesto a dar lecciones de música y de piano. ¡Música a aquellos bárbaros! ¡Cosa inútil! No tenía mas que pocas lecciones a tres duros: dos señoras, un fraile y unos zarpajuelos de judíos, como decía él.

De pronto Mendi dejaba su voz afectada, y decía en vascuence, con su voz fuerte.

—¡Yo, que vivía allí en Tolosa tan bien, que me llevaban a la cama todos los días un tazón de leche caliente con azúcar! ¡Yo en este país asqueroso donde no hay elementos! Paisano, ¡qué final!

Había oído decir que había chacales en los alrededores de Alejandría.

Se oían aúllidos de perros o chacales en el arenal. No me hacía gracia estar allá.

—Vamos a casa—indiqué yo—. Dicen que hay por aquí chacales.

—Chacales—exclamó Mendi, con su voz gruesa—. ¡Qué ha de haber aquí! ¡Unos perros que suelen andar entre las ruinas! Se les pega una patada y echan a correr. Aquí no hay nada.

Mendi me pareció un hombre simpático, pero terco y, sobre todo, ignorante y sin curiosidad ninguna. Apartándole de la música y de otras dos o tres cosas, en lo demás era negado.

Volvimos a casa sin encontrar más alma viviente que algún perro, que nos persiguió con sus ladridos, y nos presentamos a la mesa de Chiaramonte. Pronto comprendí que el amigo Mendi se había hecho el amo de la casa del maltés. Todo el mundo le contemplaba con admiración. Mendi empleaba en su conversación una variedad de tonos: hablando en francés, era redicho y afectado; en castellano, tenía la tendencia a imitar a los andaluces.

A cada paso me decía:

—Eugenio. ¡Eh! ¡Aquella sidra de nuestro país! ¡Aquellos perrachicus! Aquí no hay elementos.

Después de cenar, Mendi pasó a una salita, con un piano, y fuimos todos tras él.

Se puso a tocar, y las niñas Rosa y Margarita cantaron. Las pobres muchachas temblaban, porque el maestro era tan severo, que no les perdonaba la menor falta.

—No, no. Así no es—decía Mendi—; hay que empezar de nuevo.

—No sea usted pesado—le dije yo—; lo hacen muy bien.

—No, paisano, no. Esto hay que hacerlo completamente bien, o no hacerlo.

—Tiene razón—dijeron las chicas—; debe corregirnos mientras no lo hagamos tal como es.

Chiaramonte y su mujer creían lo mismo.

Terminamos nuestra reunión y nos fuimos a la cama.

Cuando iba a entrar en mi cuarto, me gritó Mendi:

—Eugenio, ¡eh!; aquellas sardinas que se comen en nuestra tierra no las encontrará usted aquí. No hay elementos, ya se convencerá usted.

Me acosté, me dormí, y a la mañana siguiente fuí al consulado inglés y, después, a casa de Isaac Bonaffús.

Le dije a éste que mi fardo lo habían desembarcado, y que, si quería, lo llevaría a su tienda. Me contestó que sí, pero que no lo abriría sin estar yo delante.

Volví a mi casa y me encontré en la puerta con Chiaramonte.

El maltés era un hombre de unos cincuenta años, tostado por el sol. Tenía, indudablemente, sangre de hombre del Norte; el ojo que le quedaba, azul como de porcelana, y el pelo, más claro que la tez.

Me enseñó Chiaramonte su casa, que era grande; tenía hermosas cuadras y grandes almacenes de paja y cebada. Hablamos de caballos, y yo le solté todos los datos que había leído en el libro de Volney sobre los potros del Yemen.

Estando hablando se presentaron las dos hijas, Rosa y Margarita, acompañadas de un criado; volvían de oír misa en el convento de franciscanos. Las saludé, y las dije que la noche anterior no las había visto bien. Eran mucho más bonitas de lo que yo me había supuesto.

Rosa era rubia, con un color tan fino, tan delicado, que maravillaba.

Margarita era un tipo más meridional.

Rosa, al oír mi galantería, se puso un poco encendida, y Margarita se sonrió.