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Los Contrastes de la Vida

Chapter 23: VIII. DESPEDIDA
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About This Book

A series of episodic reminiscences and short narratives in which a seasoned narrator recounts conspiracies, military encounters, journeys, and personal adventures. The pieces alternate intimate domestic scenes with vivid public episodes to sketch portraits of soldiers, conspirators, and wanderers while examining tactics, resourcefulness, and moral ambiguity. Anecdote and reflection combine to highlight contrasts between courage and cunning, honor and expediency, and the unpredictable consequences of action, producing a mosaic of episodes that emphasize practical wit, social conflict, and the variety of human responses to danger and change.

—¡Ah el espagnuolo! ¡Siempre galante!—dijo el padre, riendo, dándome una palmada en la espalda—. Bueno, bueno; vaya usted a almorzar, que no habrá usted almorzado.

Subí al comedor, me sirvieron el desayuno y charlé un rato con las dos hermanas. Me dió tristeza verlas a las dos solas, sin amigas, viviendo casi siempre encerradas.

Hablamos de Mendi, y vi que Rosa se animaba mucho con esta conversación.

Después de la charla volví a casa de Isaac Bonaffús, quien me dijo:

—Ha estado aquí el capitán francés Lasalle y le he hablado de usted. Le he dado sus señas y me ha dicho que irá a verle.

—Bueno. Está bien ¿Arreglamos el negocio de mis mercancías?

—Sí, cuando usted quiera.

Examinamos el género, que venía intacto; lo tasó Isaac, y yo separé un paquete grande de sedería que no estaba en la factura.

Isaac me abrió una cuenta corriente en su libro de nueve mil y tantas pesetas, y me volví a casa.

Al llegar me dijeron que había venido un capitán francés a preguntar por mí, y que volvería a la hora de cenar.

—Tengo que hacerles un regalo—les dije a las chicas del maltés—. He traído un paquete de sedería, y de él he sacado tres pañolones bordados que están en mi cuarto. Primero elegirá Rosa; después, Margarita, y el que quede será para su madre.

Se hizo la elección, y quedaron todas encantadas.

Cuando entró Chiaramonte le llevaron a ver los pañolones.

—No, no; esto no es posible—dijo el maltés tuerto—, esto vale mucho; yo no puedo aceptar un regalo así.

Le dije que no fuera tonto, que a mí me habían costado poco, y que no molestara a su mujer y a sus hijas con tonterías.

Chiaramonte me dió la mano.

—¡El espagnuolo! ¡Siempre es así! Loco, loco.

Llegó Mendi, que venía de visitar el convento de franciscanos españoles, donde tenía una lección, y nos sentamos a la mesa.

Estábamos a la mitad de la cena cuando se presentó el capitán Lasalle. Le pregunté a Chiaramonte si quería que lo pasara al comedor, y me contestó que sí. Entró el capitán, le convidamos a cenar y dijo que acababa de hacerlo, y que tomaría una taza de café y una copa de licor.

El tal capitán era un mocetón de unos treinta a treinta y cinco años, con el pecho muy abombado, bigote y patillas negras y grandes tufos encima de las orejas.

Hablaba un francés muy gascón, y a cada paso decía. ¡Pardi! ¡Sacre bleu! Me pareció un hombre muy ordinario. Me dijo que era sobrino segundo del general Lasalle. Yo le conté que, en 1809, le había visto pasar a su tío por Burgos.

Lasalle dijo que estaba muy contento en Alejandría; que en tres años había ascendido de sargento a capitán.

Después de cenar tomamos café y pasamos al saloncillo, donde Mendi se puso al piano. Cantaron Rosa y Margarita. Lasalle, en una postura académica, las elogió, retorciéndose el bigote, con aire de conquistador.

Después quiso cantar él, pero no se pudo poner de acuerdo con Mendi. Este, con su serenidad habitual, le dijo con su francés perfilado:

—Para cantar, como para todo, amigo mío, hay que saber, y usted no sabe.

El capitán se marchó muy amoscado con Mendi, echándole una mirada furiosa.

Yo le dije a Mendi que para qué hablaba el francés así.

—¿Cómo así?—preguntó él.

—Sí, ¿por qué no habla usted más sencillamente, sin exclamaciones y sin gestos? Si no la gente cree que se burla usted.

—¡Pero así se habla el francés!—exclamó él—. Si le quita a usted al francés todo eso de: ¡Ah non mon ami! ¡Par exemple! ¡Patatí patata!, no queda nada.

No le pude convencer de que el francés así pronunciado tomaba un aire de caricatura cómica.

—Ya ve usted, el capitán Lasalle se ha incomodado.

—Que se incomode.

—Hombre. Eso no está bien.

—¿Y para qué ha venido ese fanfarrón aquí?—preguntó Mendi.

—Ha venido a buscarme.

—¿Pues qué tiene usted que hablar con él?

—Yo quiero ver si entro en el ejército egipcio de comandante de escuadrón.

—¡Usted quiere ser soldado!—exclamó Mendi—. ¡Usted quiere andar con esas tropas de turcos sarnosos, asquerosos! ¡Vestido de mamarracho! No lo hubiera creído en un paisano mío.

Me quedé un poco asombrado y confuso.

—Todavía no sé si me aceptarán—dije.

—No quiera usted ser soldado—saltó Margarita—. Se hará usted borracho, malo... ¿Para qué quiere usted ser militar?

La madre, la Cayetana, dijo que ella tenía amor por el ejército, y que si no hubiera visto a su marido de uniforme cuando era joven y no era tuerto aún, no se hubiera enamorado de él. Mendi aseguró que a él le tendrían que prometer que le iban hacer capitán general, bajá de tres colas y casarle además con la hija del virrey para decidirle a que entrase en el ejército egipcio. Se discutió la cosa largamente y nos fuimos a la cama.

Al día siguiente, al levantarme y asomarme a la ventana, le vi a Chiaramonte.

—¡Eh! señor espagnuolo—me dijo—. ¿Quiere usted beber un vaso de leche de camella?

—¿De camella?

—Sí, sí.

Me alargó un vaso grande y la bebí toda. Era muy buena.

—¿Ahora qué va usted hacer?—me dijo el tuerto.

—Voy a ir a visitarle a ese capitán francés que vino ayer noche.

—¿Tiene usted sus señas?

—Sí. Aquí las tengo escritas.

—Bien. Yo le acompañaré a usted.

Nos encaminamos por entre callejuelas estrechas y sin empedrar, con las casas bajas, sin alineación, con rejas y celosías y miradores que casi se tocaban los de una pared con los de enfrente. Algunos camellos disformes cargados de odres con agua, y adornados con collares con cuentas de cristales de colores, marchaban despacio, y los árabes flacos, morenos, como si fueran de barro cocido, con una camisa corta, iban de prisa, unos a pie, otros montados en borriquillos, llevando frutas y panes redondos y chatos.

Llegamos hasta un extremo de la ciudad, cerca de una puerta de la muralla, donde había un mercado sucio, de puestos hechos con cañas y esteras, y nos detuvimos en un caserón antiguo y arruinado.

—Aquí es—me dijo Chiaramonte—. Hasta luego—, y se marchó.

En el portal me encontré a un soldado, en mangas de camisa y con gorra de cuartel, limpiando dos caballos.

Le pregunté por el capitán Lasalle.

—¿Quiere usted ver al capitán Lasalle?—me dijo, cantando con acento parisiense.

—Sí.

—Está bien. Venga usted.

Entramos en un patio, lo cruzamos, salimos a un jardín muy bien cuidado, y en un ángulo vi un pabellón de ladrillo, de construcción moderna, con una escalera de palomar.

Subimos y apareció otro soldado, a quien el primero dijo que yo venía a ver al capitán Lasalle.

Contestó que esperase un momento, y al poco tiempo apareció el capitán con una bata de percal con florones, un fez en la cabeza y una pipa en la boca.

Hablamos primeramente de mi asunto, y Lasalle me dijo que no tuviera muchas esperanzas. Me contó que el general Boyer, encargado de formar el ejército, en aquel momento en el Cairo, estaba dominado por los ingleses, y que el pachá de Alejandría, aunque buena persona, era un antiguo mameluco. Me habló mucho de Ibrahim pachá y de sus favoritos. Ibrahim pachá, el hijo del virrey, era el que disponía en el ejército. Entre su séquito estaban el coronel francés Anthelme Seve, que había renegado y se llamaba Soliman Bey, y era general egipcio. Soliman Bey había sido protegido por un mecánico francés, Gonon, que le presentó a Mehemet Aly y había sido el primer instructor europeo de las tropas. Soliman vivía en aquel momento en el Cairo, donde tenía su harén. Me habló también de Khurschid pachá, que, como todos los mamelucos, era hombre cruel e invertido, y de un capitán corso apellidado Mari, que se hacía llamar Bekir Aga. Estas eran las personas más influyentes en la corte, sobre todo en cuestión de asuntos militares. Me indicó que si pretendía entrar en el ejército egipcio no dijera que era emigrado constitucional; que no me relacionase con los franceses e italianos que andaban por Alejandría, porque la mayoría eran estafadores y ladrones huídos de Europa, que se hacían pasar por emigrados políticos. Los egipcios que se les reunían eran mamelucos expulsados que los tenían lejos del Cairo para que no conspiraran.

Después se me puso a hablar de mis patronas.

—¿Es una familia italiana o española, esa con la que usted vive?—me preguntó.

—Es maltesa.

—¿El tuerto es el amo de la casa?

—Sí.

—¿El padre de las chicas?

—Sí.

—¡Qué muchachas más preciosas!

—Sí, son muy bonitas.

—¿Y aquel chusco que estaba tocando el piano?, ¿quién es?

—Es un huésped.

Después de charlar largo rato, Lasalle se levantó y me dijo:

—Le voy a enseñar mi casa y mi familia; estoy hecho un musulmán: he tomado una querida y vivo con ella y con su hermana.

Me presentó a su querida, que era una mulata muy fornida, de unos veinticuatro años, alta, morena, un poco bigotuda, que tenía un hijo de un año. Su hermana, un poco más joven, era por el estilo. Me presentó Lasalle a un escribiente o secretario, que era un sargento francés al servicio del Gobierno egipcio.

La casa era muy mala, con unos cuartos con todos los tabiques torcidos y los suelos inclinados; tenía ventanas con celosías, que caían al jardín; los muebles eran primitivos, y por todas partes había divanes llenos de hierba con mosquiteros encima.

El capitán me invitó a comer con él, y acepté. Nos sentamos a la mesa las dos mujeres, Lasalle, su escribiente y yo.

Las mujeres, que hablaban sólo la jerga de los francos de Alejandría, se pusieron a hacerme preguntas, y como no las entendía no las podía contestar. No se dieron por vencidas, y me agarraban del brazo y, al último, de la cara y del pelo.

Yo le miraba a Lasalle como diciendo: Bueno, ¿yo qué hago?; pero él no se daba por aludido y bebía a grandes vasos el vino de Chipre, que era delicioso.

Se acabó el almuerzo; se fueron las mujeres a su cuarto, manoteando y hablando a gritos, y el escribiente se levantó y se fué. Lasalle mandó al criado que le trajera licores y tabaco, y se tendió en el diván y se puso a fumar y a beber.

—¿Usted no bebe?—me dijo.

—No.

—Hace usted mal; por eso está usted tan flaco y tan descolorido. Míreme usted a mí.

Le vi beberse ocho o nueve copas, y me dijo que tenía que dormir la modorra.

—Usted puede tenderse donde quiera.

—Me voy a ir a casa—le advertí.

—¡Usted está loco!—gritó incorporándose—. Espere usted que venga el asistente y le ensillará el caballo.

—No hay necesidad. Iré a pie.

Me despedí de Lasalle, saqué unos anteojos azules que había comprado en Gibraltar por consejo de un judío, y fuí marchando despacio a casa. Verdaderamente hacía calor; el viento traía nubes de arena que quemaban.

No había apenas gente en la calle, mas que algunos árabes andrajosos, a quienes parecía no les hacía efecto el sol.

Llegué a mi casa, me mudé y fuí al saloncito donde trabajaban Rosa y Margarita. Les conté que había venido de casa del capitán a pie, y me aseguraron que yo estaba loco, que no volviera a hacer aquello, por que si no iba a pescar una insolación.

—¿Ustedes no andan nunca de día?—las pregunté.

—Sí, por la mañana temprano o por la tarde. Vamos al Faro, donde corre una brisa muy fresca.

Me preguntaron qué noticias me había dado el capitán sobre mis pretensiones.

—Malas, muy malas. Voy a tener que renunciar a mi proyecto.

—¿Y qué va usted a hacer?—me preguntaron Rosa y Margarita.

—Me volveré a Europa o iré a Grecia a servir la causa de la libertad.

Entró la Cayetana y habló del capitán Lasalle. Me preguntó cómo vivía, aunque ella lo sabía tan bien como yo, y hasta sabía quiénes eran sus mujeres, y que habían venido del Cairo.

Quise bromear con Rosa, y le dije que había hecho un gran efecto en el capitán, pero ella palideció e hizo un gesto de repulsión.

A las siete vino Mendi y habló de lo que había hecho con su ingenuidad natural, y después se puso al piano.

Cantó canciones vascongadas, pero tan bien y con tanta gracia que a mí me parecieron no haberlas oído nunca. Cantó Iru Damacho, Barazaco picuac. Yo me reí a carcajadas. Las chicas me preguntaban:

—¿Qué dice la letra?

—Nada, o casi nada.

Y ellas mismas acabaron por reírse.

Noté que Rosa, que estaba siempre melancólica, se animó, como si le dieran nueva vida al venir Mendi. Este parecía rudo con ella, pero no lo era.

Después de Mendi cantó Rosa; mientras cantaba llegó un médico armenio, que se llamaba Efren Syrox, hombre muy amable, que había estudiado en Bolonia y en Montpellier. Chiaramonte me dijo que Lasalle era un muchacho aficionado al vino y a las mujeres, pero bueno.

—Ahora, que debe usted desconfiar de él, porque si nota que tiene usted dinero le pedirá prestado y no se lo devolverá.

El médico armenio y yo estuvimos hablando largo rato. Era este armenio masón, del rito escocés, y nos reconocimos. El doctor Efren era hombre joven, pequeño, de barba negra, larga, y con unos ojos muy inteligentes. Parecía un mago. Estaba casado con una judía muy bonita, y soñaba con que algún día la Armenia se separase de Turquía. En tanto trabajaba a favor de los griegos. El doctor Efren era un sabio y conocía la historia de Alejandría al dedillo.

IV.
LA FAMILIA CHIARAMONTE

Mi patrón Chiaramonte era de Siracusa. Había ido en su juventud con el ejército inglés como herrador, a Malta, donde se había casado con Cayetana Gozone, que estaba de criada en una posada. De Malta se trasladó a Gibraltar. En Gibraltar dejó el ejército y comenzó su comercio de caballos. Ganaba ya allí bastante, y, como quería que sus hijos adquirieran buena educación, puso al mayor en una escuela de náutica, y después a sus dos niñas, Rosa y Margarita, en un colegio. Más tarde, la posibilidad de hacer negocios de caballos le llevó a Alejandría. Chiaramonte y la maltesa tenían tres hijos. El mayor, Demetrio, de veintidós años, era marino, y navegaba en un transporte que hacía el recorrido del Mediterráneo.

En la familia, los tres hijos habían cambiado a consecuencia de su educación. Demetrio era un marino culto y un hombre fino, que estaba para casarse con una señorita rica inglesa; Rosa y Margarita eran dos muchachas que hubieran podido vivir en un ambiente aristocrático. La madre y el padre, Chiaramonte y la Cayetana, seguían como en los tiempos en que él era soldado y ella moza en una taberna.

Chiaramonte era hombre rudo, bueno; pero ya incapaz de cambiar. Tenía un afán de ganar de judío.

Guardaba en el Banco de Alejandría doscientas mil pesetas en valores, y tenía otro tanto en negocios, pero esto no le bastaba.

—¿Para qué quiere usted más?—le decían los amigos—. Aquí no va usted a poder casar sus hijas, a no ser que las quiera usted casar con turcos o con judíos.

Chiaramonte no cedía.

Su mujer, Cayetana, estaba joven; no había cumplido aún los cuarenta años. Se había casado a los quince.

Las maltesas tienen fama de mujeres de vida muy libre. La Cayetana se permitía, a veces, alguna expresión cínica delante de las hijas; pero ellas la miraban fríamente.

La Cayetana estaba incomodada porque no se había divertido en su juventud. En Malta, según ella, las mujeres la corrían bien. Ella había estado siempre con aquel tuerto avaro que le hacía trabajar como a una mula y no la dejaba respirar.

—He vivido con Chiaramonte, que no piensa mas que en ganar dinero—me decía—. Ahora me tengo que divertir.

La Cayetana hablaba con entusiasmo de los enredos del pueblo, de la querida de Fulano y del amante de la Zutana. Estos líos la encantaban.

Chiaramonte no le daba a su mujer mas que lo necesario para la vida. En cambio, daba dinero a las hijas.

La divergencia de gustos y de inclinaciones de la familia producía muchas veces riñas y choques. El padre tenía una admiración y un entusiasmo por sus hijas grande; en cambio, sentía indiferencia y desvío por su mujer. La Cayetana se veía preterida, lo que la ofendía profundamente. Estaba, además, celosa de su hija mayor, de Rosa, y a veces se ponía contra ella.

Rosa lo notaba y sufría, pero el cariño de su padre y de su hermana la consolaba.

Rosa era más inteligente que Margarita y, sobre todo, más romántica. Le gustaba la naturaleza, el mar.

Rosa me contó el viaje que había hecho con su hermano a Nápoles, a Malta y a la isla de Gozzo.

Había conocido a sus abuelos, los padres de su madre, que eran de esta isla, de una aldea llamada en el país Sannat, y por los italianos, Zannata.

Rosa decía que su madre descendía del caballero de Malta Diosdado de Gozon, que mató un monstruo que vivía en una caverna próxima a un pantano, en la isla de Rodas.

Según Rosa, la vida en Gozzo era patriarcal; no se conocía el lujo de la isla de Malta. Allí todos eran pescadores, y los chicos se divertían descolgándose hasta el mar, con cuerdas, desde los más altos acantilados, para cazar palomas.

Para Rosa la isla de Gozzo era admirable.

—Si muero—decía—, quisiera morir allí.

—¿Por qué ha de morir usted?—le preguntaba yo.

Ella sonreía. Era ésta su preocupación.

Charlábamos mucho. Mendi tocaba el piano, y lo hacía muy bien. Rosa y Margarita estudiaban con él la Vestal, de Spontini, y las Bodas de Fígaro, de Mozart.

Yo les contaba a las dos muchachas mi vida de guerrillero, las acciones y las conspiraciones en que había tomado parte. Me oían con una gran admiración. Yo exageraba un poco mis narraciones.

—El castellano es hombre de molto coraggio—decía Chiaramonte, en su español macarrónico.

El buen Chiaramonte estaba contento si sus hijas lo estaban también.

No le gustaba que le hablaran de volver a Italia o a Gibraltar.

V.
LOS CONFLICTOS DE MENDI

Yo ya había notado algo anormal en las relaciones de la Cayetana con Mendi. Se olfateaba el contubernio. A mí ella me parecía una mujer capaz de cualquier cosa. Estaba, además, ofendida y despechada. Varias veces le dije a Mendi:

—A mí no me la da usted. Usted tiene algo que ver con la patrona.

—¡Yo! ¡Ca, hombre! ¡Qué barbaridad!

Al fin, Mendi, un día, me confesó que estaba enredado con la Cayetana.

—Pero, ¿cómo ha hecho usted esta tontería, Mendi?—le dije.

—¡Qué quiere usted! No siempre es fácil obrar con buen sentido. Sobre todo, lo difícil es ser previsor. Yo, cuando vine aquí, me fuí a vivir a un fonducho próximo al puerto, que tenía una vieja maltesa. Estaba allí muy mal. Sin elementos de ninguna clase. Un día apareció en la fonda la Cayetana y hablamos. Yo la tomé por una mujer entretenida y la traté así. Unos días después me ofrece ir a vivir a su casa. Yo acepté, porque peor que en el fonducho del puerto no iba a estar, y me encuentro sorprendido con esta casa de gentes honradas. ¿Ya qué iba a hacer? Al poco tiempo, aparece Rosa de vuelta de un viaje que había hecho con su hermano a Malta y a la isla de Gozzo.

Yo hubiera querido romper inmediatamente con la madre, pero ella se opuso y prometió armar un escándalo. En este caso yo no he tenido más remedio que ceder, y no sé cómo podré desembarazarme de este lío. Hablamos Mendi y yo de las soluciones que se podían dar a su asunto. Yo le dije que me parecía lo mejor que, si estaba dispuesto a casarse con la chica, se casara con ella y se fuera de Alejandría.

Siete u ocho días después de mi visita al capitán Lasalle, se presentó éste en mi casa. Dijo que había hablado de mí al pachá, y que le había preguntado si yo tenía papeles, y que no había contestado, porque no lo sabía.

—Sí, tengo papeles—le dije—; no todos, porque soy un oficial de un gobierno constitucional extinguido.

Saqué mi despacho de capitán de caballería del general Empecinado, y se lo enseñé.

—Tradúzcalo usted al francés—dijo Lasalle.

Lo traduje y, al día siguiente, se lo envié. Por la tarde vino a mi casa.

—Creo que está todo arreglado—me dijo—. El coronel ha leído su despacho y ha mandado al dragomán que lo traduzca al árabe, y me ha dicho que venga usted conmigo.

Fuimos a una hermosa casa de la calle de los Francos; entramos en ella y saludamos al coronel Frossard, que sustituía en aquel momento al general. El coronel me hizo pasar a una salita.

—Aquí está usted entre amigos, entre hermanos—e hizo la señal masónica de reconocimiento como masón del rito escocés.

Yo le respondí con el de la inteligencia, y nos dimos la mano.

—Yo haré todo lo que pueda por usted—me dijo luego—; pero creo que en principio es un error de usted el querer ser oficial egipcio. Sin embargo, hablaré hoy al pachá. Si necesita usted dinero, yo se lo daré.

Me despedí del coronel un poco triste.

Me preguntaron en casa qué me habían dicho, y conté lo pasado. Rosa y Margarita me aseguraron que hacía una verdadera tontería en querer ser militar, y Mendi afirmó de nuevo que únicamente si le hicieran capitán general o bajá de tres colas y le casaran con la hija del virrey aceptaría entrar en el ejército egipcio.

Como Lasalle se había portado amablemente conmigo, saqué mi paquete de sederías, escogí dos pañuelos de seda, bordados, grandes, con colores muy chillones, y se los envié en mi nombre.

Lasalle vino el mismo día a darme las gracias y a invitarme a almorzar.

Fuí a su casa, entré en el salón, y estaba en el diván sentado cuando se echaron sobre mí las dos mulatas a saludarme, a darme las gracias. Los pañuelos les habían entusiasmado, y me lo decían en su algarabía chillona.

No se contentaron con esto, sino que me abrazaron y me besaron.

—Como ve usted—le dije a Lasalle—, yo no tengo la culpa.

—No haga usted caso, aquí es costumbre.

Después de comer, por no quedarme a dormir la siesta, monté en un borriquillo, me puse los anteojos, abrí una sombrilla, y me fuí a casa. Al entrar me encontré sobre la cama un papel escrito por Mendi, en donde me decía que fuera inmediatamente a su cuarto.

El hombre estaba en la cama. Había tenido una explicación con la Cayetana, muy violenta, y había salido a la calle de prisa y sin sombrilla, y le había dado una insolación. Tenía la cara inyectada. Le tomé el pulso, y vi que lo tenía muy tenso.

—¿Sabe usted sangrar?—me dijo—. Sángreme usted.

—¿Pero no sería mejor traer un médico?

—No, tardará mucho. Ahora mismo.

Le puse una ligadura en el brazo, y con un cortaplumas le hice una sangría copiosa.

—Ahora pida usted que me traigan agua con limón, y a Rosa le dice usted que estoy indispuesto.

Lo hice así, y a la mañana siguiente Mendi estaba mejor. Me propuso que le hiciera otra sangría en el otro brazo, y le dije que no.

Por la noche del segundo día vino el médico armenio, el doctor Efren, y Rosa le indicó que debía verle a Mendi.

Entró el doctor en el cuarto, examinó al enfermo, y yo le dije lo que había pasado y lo que había hecho.

—Ha hecho usted bien—contestó—. No ha sido ningún disparate. Que esté unos días en la cama, que sude, que no tome más que un poco de leche, y pronto estará bueno.

Mendi había perdido su buen humor, y su situación le tenía preocupado.

—Tranquilícese usted—le dije—. He hablado al coronel de Estado Mayor de usted, como hombre que sabe matemáticas y dibujo, y me ha dicho que si usted quiere le nombrará profesor en una escuela militar que van a crear en el Cairo.

—¡Bah!

—Sí, hombre. Anímese usted; dentro de quince días le destinan a usted allá con un buen sueldo y se casa usted con Rosa.

—¿Es verdad eso, paisano?

—Es verdad.

No había tal cosa; pero como el proyecto era hacedero, decidí hablarle al coronel.

Rosa me preocupaba; decirle la verdad de las relaciones de su madre con Mendi era una brutalidad; yo no sabía qué hacer.

Le hablé al doctor Efren y le expliqué lo que pasaba.

—Sí, sería mejor que se marchara Mendi y luego se casara con Rosita—dijo él.

—¿A la muchacha no se le puede decir nada, claro es, del fondo del asunto?—le pregunté.

—No, no. Imposible. Llegaría a enfermar si lo supiera. ¡Tiene una sensibilidad! Es una mujer encantadora.

Fuí a ver al coronel y le expliqué el caso de Mendi, diciéndole que era un profesor de dibujo y matemáticas, que el andar al sol, al dar sus lecciones, le enfermaba, y le hablé de si se le podría nombrar profesor para la escuela del Cairo.

—Sí, me dijo él. Precisamente hace pocos días me han escrito que un teniente coronel que está en el Cairo ha sido comisionado por el virrey para que busque un edificio grande y lo habilite para escuela militar. En la carta me decía que había pensado escribir a Francia; pero que el Gobierno egipcio había asignado para los profesores unos sueldos tan mezquinos, tres mil, tres mil quinientos francos al año, que no se decidía a escribir pensando que no se expondría nadie a hacer un viaje largo por tan corto sueldo. Así habían quedado de acuerdo en nombrar profesores entre los oficiales que estaban ya en Egipto.

—¿Así, que mi amigo Mendi podría encajar muy bien?

—Muy bien. Podría ir de profesor de matemáticas con tres mil francos y el grado de comandante. Consúltelo usted. Si quiere escribiré al Cairo en seguida.

Fuí a casa, le hablé a Mendi, y le conté lo que pasaba; le pareció muy bien.

—Dígale usted a Rosita a ver qué opina ella.

Se lo dije a la muchacha y no pareció muy entusiasmada con la idea; pero aceptó.

VI.
LA SUERTE

Al día siguiente, el coronel Frossard me dijo que íbamos a ir a visitar al pachá de Alejandría. Fuimos con una escolta de cuatro hombres, llegamos al palacio y esperamos a que saliera el pachá, que era un antiguo mameluco seco, cetrino, mal encarado y de aspecto desagradable.

Estuvo conmigo muy displicente y muy áspero.

Al salir del palacio nos encontramos con el capitán Lasalle, que nos saludó, y me dijo que al día siguiente, por la mañana, iría a buscarme a casa con unos cuantos oficiales, a caballo, para invitarme a una cabalgata. Se lo dije a Chiaramonte y le pedí que me dejara una preciosa jaca árabe que tenía.

—Sí, ya lo creo. Le pondré la mejor silla y arneses, y yo iré también con un caballo muy bonito.

A la mañana siguiente, cuando se presentaron siete u ocho jinetes delante de casa, todos con magníficos caballos, la calle entera se conmovió, y de las ventanas y de las puertas comenzaron a aparecer cabezas.

Había gente de categoría, un caim-macam (teniente coronel), un bimbachi (comandante) y un sakolagassi o ayudante mayor. Los demás eran de menos importancia.

Salimos Chiaramonte y yo; yo con el uniforme de guardia marina inglés, y allí, delante de la casa, hice dar a la jaca una porción de cabriolas y de saltos de carnero.

Rosa y Margarita me aplaudieron desde el mirador, y Mendi me gritó:

—Eugenio. Beti aurrera (siempre adelante).

Pasamos por la calle de los Francos haciendo cada uno alarde de su caballo, y volvimos a casa.

Al día siguiente se habló en Alejandría de la jaca árabe, montada por un oficial de marina inglesa, como de una cosa admirable.

Quince días después de esto nos llamó el coronel Frossard a Mendi y a mí. Le habían enviado pliegos para nosotros del Estado Mayor General. En uno de ellos aprobaban la propuesta de profesor de matemáticas para la Escuela Militar del Cairo, con el grado de comandante y de profesor interino de dibujo, con tres mil quinientas pesetas por el primer cargo y mil quinientas por el segundo, al señor Ignacio Basterrica, teniendo además servidumbre, alojamiento y mesa en el palacio escuela.

En el otro pliego nombraba al señor Eugenio de Aviraneta jefe de escuadrón en disponibilidad con la tercera parte del suelo hasta que hubiera una vacante.

Salimos Mendi y yo de casa del coronel.

—¿Qué le parece a usted?—me preguntó Mendi.

—¿Qué quiere usted? Es la suerte. Yo no tengo suerte.

—¿Y qué va usted a hacer?

—¡Qué he de hacer! Marcharme a Europa antes que se me acabe el dinero, y luego a América. ¿Qué voy a hacer de oficial de reserva con setecientos cincuenta francos al año?

—Venga usted conmigo al Cairo. ¡Eh, Eugenio! Viviremos como hermanos.

—No, no, cada cual su suerte.

Mendi se despidió de Rosa con grandes protestas de amor, y quedaron de acuerdo en que cuando tuviese el profesor una casa en el Cairo iría a buscar a su novia y se casaría con ella.

Desde que se marchó Mendi no me pasó cosa buena en Alejandría; reñí con el capitán Lasalle, porque averigué que había dado malos informes de mí al pachá, pintándome como un intrigante, y le insulté de mala manera; no quise tampoco visitar al coronel Frossard.

Aburrido, me quedaba en casa y leía los libros que me dejaban las hijas de Chiaramonte.

La casa del maltés tenía una azotea y encima de la azotea otra más pequeña en alto, como un minarete. Allí solía subir algunos días a contemplar el pueblo, cosa triste para mí, que no tengo nada de contemplativo. Veía este gran conjunto de tejados planos, de azoteas y de ruinas; alrededor, en un semicírculo, el mar, y en otro el desierto. A veces, en aquellos días turbios de invierno se confundían el desierto y el mar. Cuando el cielo estaba limpio los mihrabs de las mezquitas se destacaban esbeltos en el aire, y el castillo del Faro, con sus murallas, tenía un aire sombrío y amenazador.

Cuando venía el doctor Efren me solía hablar de la antigua Alejandría con sus jardines y sus cuatro mil palacios. Me explicaba cómo era la Biblioteca del Broquion fundada por Ptolomeo Soter, que tenía cuatrocientos mil volúmenes, y la del Serapeum, con trescientos mil. Y me daba otros muchos detalles de la vida fastuosa de la ciudad de Cleopatra.

VII.
EL CABO YUSUF

Un día, influido por las disertaciones eruditas del doctor Efren, tuve la mala ocurrencia de ir a ver la columna de Pompeyo, las ruinas del Serapeum y las Catacumbas. Alquilé dos borriquillos y un criado o zami: fuimos al barrio árabe y pasamos por la puerta de la Columna. La columna estaba en un arenal; había por allí grupos de casas míseras, chozas de esteras, y en el fondo se veía alguna que otra palmera.

La columna verdaderamente producía impresión, por el tamaño de aquel bloque enorme de granito de color de rosa, con un basamento cuadrado de piedra silícea, terminado en un capitel.

El doctor Efren me había explicado las diversas suposiciones que se habían hecho acerca del objeto de esta columna, cómo muchos suponían que estaba construída para hacer observaciones astronómicas, y cómo otros creían que había sido pensada para colocarla en el gran recinto cuadrado del Serapeum con una estatua de Diocleciano.

El criado que me acompañaba me dijo que algunas veces las tripulaciones de los barcos ingleses que estaban en el puerto consiguieron poner una especie de escala de cuerda en la columna. Se las arreglaban, según decía, pasando un cordel por encima, con una cometa, e izando luego una cuerda gruesa con el cordel y poniéndola arriba, de manera que pudiese correr. En el extremo ataban una tabla, y al que quería lo subían. Solían tener la cuerda tres o cuatro días y a todo el que quería subir le hacían pagar un tanto. La cosa me parecía un poco difícil, porque, según se decía en Alejandría, la columna tiene cerca de noventa y seis pies de alto.

Cuando llegamos nosotros no había nadie. Aquella inmensa mole de piedra en la soledad infundía verdaderamente respeto.

Me había apeado, para ver si divisaba la inscripción sobre Diocleciano, en letras griegas, que tiene la columna, y después avancé por aquel arenal.

La vegetación era miserable. Algunos perros famélicos o chacales corrían husmeando y revolviendo los esqueletos de los caballos y de los dromedarios. Me recordó los arenales de Veracruz. En esto el criado me avisó que venían los árabes. Miré hacia donde me indicaba, y vi que llegaban a toda brida unos cuantos jinetes que parecían frailes, dando gritos; monté inmediatamente en el borriquillo y eché a correr hacia la ciudad; me alcanzaron a poco trecho, y el que hacía de jefe me dió con el asta de la lanza y me derribó al suelo. Allí me golpeó, me escupió y comenzó a desnudarme. Estaba despojándome cuando llegó un sargento con un pelotón de soldados y comenzó a sablazos con mis agresores. Después se apeó del caballo, me levantó del suelo y me preguntó quién era. Le dije que estaba alistado como jefe de escuadrón de Egipto. Me ayudó a sentarme en la misma columna de Pompeyo y me dió un poco de agua con aguardiente.

Al poco rato llegó un oficial con veinticinco caballos, y mandó atar desnudos a mis agresores.

—Yo le suplicaría a usted que no dé parte del hecho a las autoridades militares—me dijo en francés.

—Bueno, no daré.

—Con estos hombres se hará lo que usted quiera.

—Bien; deme usted el látigo.

Me dió el látigo, me acerqué al cabo y, sacando fuerzas de flaqueza, le di poco más o menos tantos golpes como me había dado él. El hombre aúllaba; era un tipo horrible, con unos ojos legañosos, unas barbas negras, y unos dientes de fiera; después le escupí en la cara, como me había escupido él; me monté en un caballo que me prestó el oficial, y llegué a casa sin poder tenerme.

Le conté a Chiaramonte lo que había ocurrido, y al terminar me dijo:

—Ha hecho usted muy bien. Si no llega usted a contestar a la paliza así, se hubieran reído de usted hasta los chicos. Ahora voy a buscar al médico.

Vino el doctor Efren, me reconoció, me sangró y me dijo:

—Dentro de un par de días ya está usted bien.

Aquella noche la pasé con calentura; pero las siguientes ya empecé a estar mejor. Rosa y Margarita me cuidaron como si fuera un hermano suyo, y el doctor Efren venía a hablar conmigo. Me hablaba de la historia científica de Alejandría, y de las lecciones de Euclides, Eratóstenes, Hipparco, etc.

Otras veces charlábamos de la política de Europa. Me preguntó qué iba a hacer, y le dije que ya, en cuanto me pusiera completamente bueno, me marcharía. Me volvió a preguntar que adónde, y yo le dije que me gustaría ir a Grecia.

Entonces el doctor Efren me dijo que él formaba parte del Comité filoheleno de Alejandría; que estaba encargado de reclutar soldados en el país, Esmirna, Alepo, etc., y que habían enviado también oficiales a Grecia, de los que llegaban de Francia y de Italia, en místicos griegos con bandera inglesa. El doctor Efren me dijo que si yo quería escribiría al Comité de Misolonghi, advirtiéndome que la contestación de la carta tardaría mucho.

Vacilé, porque en Gibraltar me habían hablado muy mal de los griegos, pintándomelos como la gente más vil y de menos fe que podía haber en Oriente, y decidí, para no dar otro paso en falso, marchar a Grecia y ver por mí mismo qué clase de gente era la de aquel país y cómo estaban organizadas las tropas. El doctor aprobó mi resolución, y me dijo que me daría una carta para el Comité de Misolonghi que me recomendara y no me comprometiese a nada.

Le pregunté si había barcos para Grecia, y me dijo que sí; que con mucha frecuencia partían místicos y otras pequeñas embarcaciones con bandera inglesa.

Cuando salí de casa, una de las primeras visitas que hice fué a Bonaffús. Me dijo éste que había sabido lo que me había ocurrido en la columna de Pompeyo con los soldados árabes, y que anduviera con cuidado; al cabo Yusuf se le conocía por el de la paliza, y le debía ser la vida muy difícil entre los soldados, después de haber sido azotado por un paisano. Dada la manera de ser de aquella gente, no descansaría hasta vengarse de mí.

Decidí no salir solo de noche y andar siempre armado. Una vez le vi al cabo Yusuf, que me siguió hasta casa de lejos.

Le dije lo que me pasaba a Chiaramonte, y éste creyó que debía avisar a la policía. Yo le indiqué que no, que me parecía mejor que durante unas cuantas noches tuviese alguno de sus mozos de cuadra en guardia.

No confié tampoco gran cosa en esto. La calle era silenciosa y desierta. Un guardián solo no podía impedir que un hombre decidido entrara de noche y saltara las tapias del corral.

Estudié las condiciones de mi habitación. La puerta era fuerte, tenía una llave que no cerraba bien, y yo, con pretexto de que se me abría de noche y había corrientes de aire, le puse un pestillo sólido.

Mi cuarto tenía dos ventanas a bastante altura del suelo. Si se cerraban las dos de noche hacía mucho calor. Decidí, al acostarme, dejar una cerrada con la contraventana y la otra con la celosía. Ponía la celosía bien sujeta, y después le ataba, por las noches, tres o cuatro cascabeles de caballo, de estos que suenan mucho. Me acostaba, con la pistola cargada, debajo de la almohada.

Una noche muy obscura, me desperté a la hora antes del alba. Estaba pensando en mis cosas, cuando oí que se agitaba la celosía y empezaban a sonar los cascabeles.

Inmediatamente salté de la cama, amartillé la pistola y abrí la puerta de mi cuarto.

Esperé sin hacer el menor movimiento, y, de pronto, la celosía se movió y los cascabeles armaron un terrible estrépito.

Encendí una pajuela, y, con ella en la mano izquierda y la pistola en la derecha, avancé hacia la ventana. Abrí la celosía. Vi un momento la cara horrible de Yusuf con un cuchillo en la boca, un momento nada más, porque el hombre sin duda, lleno de terror ante mi presencia, se dejó caer a la calle, y lo recogieron poco después con un tobillo dislocado, y lo llevaron a la cárcel. Dos o tres días después de este acontecimiento recibí una carta de Mendi. Me decía que había sido muy bien recibido en El Cairo, que era un pueblo mucho más agradable que Alejandría, con más elementos, y que fuera allí. Le habían presentado al virrey Mehemet Ali, que, según él, era un señor amable, pequeño, picado de viruelas, con los ojos vivos; a su hijo, el célebre guerrero Ibrahim pachá, y a toda la familia real. Ibrahim pachá, que era un buen muchacho, gordo y pesado, un arlote, según Mendi le había hecho la gracia de dispararle dos tiros por encima de la cabeza, en el jardín del Palacio, y Mendi había contestado a esta atención rompiéndole de un tiro la pipa que fumaba el príncipe. Desde entonces, Ibrahim y él se habían hecho amigos. Me decía que fuera, que simpatizaría con Ibrahim pachá y que me harían coronel en seguida.

Añadía que estaba concluyendo de arreglar la casa y que le enviara su piano en una barca por el canal y el Nilo.

Le dije a Rosa lo que pasaba. La muchacha estaba muy melancólica. Aquellas amistades con príncipes, de que hablaba Mendi, no la hacían mucha gracia.

Cuando vinieron a llevarse el piano se echó a llorar.

Le dije que debía estar contenta, porque ya pronto Mendi vendría por ella; pero la muchacha tenía el presentimiento de que no iba a ser así.

Fuí a verle a Bonaffús, a decirle que necesitaba el dinero, y me dijo que me lo entregaría en seguida, en oro.

De allí marché al consulado inglés. El cónsul sabía lo que me había pasado en la columna de Pompeyo, y me felicitó por mi decisión. Me preguntó qué iba a hacer; le hablé de mi proyecto de ir a Grecia y me dijo que me daría una carta de recomendación para lord Byron.

Del consulado marché a despedirme del coronel francés Frossard, con quien estaba resentido, porque creía que no había tomado con interés mi asunto.

El coronel estuvo conmigo muy afable, y al despedirse de mí me dió una bolsa que contenía cinco mil francos, que me regalaban los hermanos de la logia de Alejandría. Yo me opuse con todas mis fuerzas a tomar el regalo, pero no tuve más remedio que aceptar.

Al día siguiente el cónsul inglés me envió la carta para lord Byron, y me avisó que había tomado pasaje para mí en una goleta griega, y me envió un pasaporte inglés hasta Marsella, como súbdito de la Gran Bretaña.

Mientras venía la goleta griega pasé unos malos días en casa del patrón. Me entristecía ver a Rosa siempre pálida, ensimismada, llorando a hurtadillas.

—Esta pobre muchacha enamorada de ese bárbaro. Es una pena—decía yo.

Yo la consolaba diciéndola mentiras, afirmando que Mendi me había dicho que no quería pasar un mes en el Cairo sin volver a Alejandría a casarse. Como yo le conocía más a Mendi que los otros, Rosa quería estar siempre hablando de él conmigo.

VIII.
DESPEDIDA

Una mañana se presentó el doctor Efren a decirme que la goleta Chipriota acababa de llegar; había salido un día antes de lo convenido de Gibraltar y había tenido vientos favorables y se había adelantado.

Fuimos el doctor y yo al puerto nuevo, entramos en la goleta y hablamos con el capitán Spiro Sarompas, que era un muchacho de Chipre, muy abierto y que hablaba perfectamente el francés. Me enseñó la única cámara que tenía a popa, que era la que me destinaba a mí. Me dijo el capitán Spiro que el cónsul inglés le había recomendado mi persona. Añadió que fuera al barco después de cenar, porque a la media noche nos haríamos a la vela.

Salimos de la Chipriota y volvimos a casa. Estaba el puerto lleno con embarcaciones de Marsella, Liorna, Ragusa, Nápoles, Smyrna y Constantinopla.

—Irá usted muy bien—me dijo el doctor—. Este muchacho es muy inteligente y muy buen marino.

—¿Ha ajustado usted el pasaje?

—Sí, ya está pagado. No se ocupe usted de eso.

A la mañana siguiente, la Cayetana me dijo que tendríamos un banquete de despedida; que había invitado al doctor Efren y a su señora, a Isaac Bonaffús y a su hijo, y que vendría, además, el oficial francés y el sargento que me habían salvado de los soldados árabes cerca de la columna de Pompeyo, y el sakolagassi que fué conmigo en la cabalgata.

La comida hubiera sido alegre si no hubiera sido por la actitud de Rosa, que me entristecía; no comía, no escuchaba, se la veía viviendo su sueño interior.

—¡Mientrastanto el bárbaro de Mendi estará tan tranquilo!—pensaba yo.

Bebí un poco de vino de Chipre para alegrarme; se animaron los convidados y brindaron por mi salud y por mi viaje. El oficial francés contó cómo le devolví la paliza al cabo Yussuf delante de la columna de Pompeyo, lo que se celebró muchísimo.

Concluímos de tomar café. Eran las siete de la tarde. Me levanté y abracé a mi patrona y di la mano a Margarita y a Rosa.

—Adiós—me dijo ésta—, si le escribe usted...—y antes de concluír su frase se echó a llorar.

Bajamos al portal. Un criado de Chiaramonte cogió mi equipaje, y otro un gran farol para alumbrarnos, porque la noche estaba obscura.

En aquel momento se oyó el cañón que anunciaba la retreta.

Echamos a andar todos juntos hacia el muelle. Le dije al doctor Efren que le escribiría y que hiciera el favor de contestarme. Al llegar a la goleta abracé a todos y subí a bordo.

—Adiós. Adiós.

—¡Addio! ¡Adddio!

—¡Adieu! ¡Adieu!

Hecha la última despedida, saludé al capitán de la goleta y me senté en un banco de la cubierta.

IX.
NOTICIAS DE EGIPTO

Estaba en Veracruz cuando recibí una carta del doctor Efren con noticias muy extrañas y muy tristes. Me decía en ella que se aseguraba que Mendi se había casado en el Cairo con la hija del virrey de Egipto; que en Alejandría no se hablaba mas que de esto, y que Rosa, al saberlo, se había marchado con su hermano el marino a la isla de Gozzo, donde había muerto.

Chiaramonte dejaba a Alejandría con su familia e iba a vivir a Italia; me parecía tan extraño el casamiento de Mendi que dudé de que fuera verdad.

Un año o dos después de la carta leí en la Abeja, de Nueva Orleans, periódico redactado en francés, varias anécdotas referentes al español Ignacio Basterrica en el Cairo. Se decía que siendo este español profesor de música le entró deseos al virrey de Egipto, Mehemet Ali, de que dicho profesor enseñase música a una de sus hijas. Basterrica comenzó a darle lecciones, y la discípula se enamoró locamente de él, y a los pocos meses hubo que casarlos antes de que sus amores tuvieran fruto. Basterrica abjuró de su religión y abrazó la de Mahoma. Mehemet Ali no era nada exigente en esta cuestión; le bastaba con que se hiciera una comedia de conversión al mahometismo.

Ya casado, Basterrica fué nombrado príncipe de la familia real, y Utch tuglu bascha (bajá de tres colas), y general en jefe de la caballería. Después supe que estuvo en Grecia y asistió a la toma de Missolonghi, y que en 1832 decidió la batalla de Konieh contra los turcos, al frente de treinta escuadrones de caballería egipcia. Más tarde, en otro periódico francés, leí que no reinaba la mejor armonía entre el español Basterrica pachá e Ibrahim pachá su cuñado.

—¡La suerte! ¡Qué cosa más extraña! Solo si me hicieran bajá de tres colas y capitán general y me casaran con la hija del virrey aceptaría entrar en el ejército egipcio—decía Mendi.

Y le hicieron bajá de tres colas y capitán general y le casaron con la hija del virrey de Egipto.

A veces la realidad tiene sorpresas tan grandes como lo imaginado.


LA AVENTURA DE MISSOLONGHI

(De las memorias de J. H. Thompson)[1].

Estábamos en Tarifa esperando nuestro barco cuando el día primero de diciembre de mil ochocientos veinte y tres lo vimos cerca de la punta de las Palomas. Marchamos a él; Mac Clair y yo subimos a cubierta y avisamos al capitán para que saliesen a recoger el cargamento de fusiles. Era el Fénix, un brik-barca de unas trescientas o cuatrocientas toneladas, sucio, negro y grasiento.

En aquel momento, de sus grandes palos caían sus velas, llenas de remiendos, como harapos puestos a secar. Hacía mal tiempo, llovía y la temperatura estaba baja.

El capitán Willian Clark, un albino malhumorado, y el contramaestre John Porter, un lobo de mar, de nariz fundida al rojo cereza por el alcohol, hombre que arrastraba la pierna e iba acompañado de un perro de lanas tan sarnoso como el barco, y los marineros dieron orden para que el bote, con unos remeros, se acercara a la costa y fuesen trayendo los fusiles.

El Fénix, por sus trazas y por su tripulación parecía un barco pirata. Los hombres reclutados por la Sociedad Filohelena, de Londres, no tenían un aspecto completamente distinguido.

No hubieran podido formar parte del club Watier londinense, ni figurar al lado del dandy Jorge Brummel. Iban todos muy derrotados, con trajes harapientos, y llevaban muchos gorro griego. Era en lo único que se les conocía su filohenismo.

Vi entre ellos a mi amigo Flinders, el gran literato. Este había abandonado su baúl de obras maestras, y después de arruinarse definitivamente iba a Grecia a probar fortuna.

Le saludé, hablamos y me dijo pestes de Will Tick, a quien acusaba de haberle engañado miserablemente.

No era muy cómoda la estancia en el Fénix, no había sitio, y el coronel Mac Clair y yo nos tuvimos que acomodar de mala manera en el sollado.


A las pocas horas de estar en el barco, supimos que iba con nosotros una dama inglesa de gran posición, miss Elisabeth Barnett.

Esta señora era una solterona que viajaba con una criada y un criado. Miss Elisabeth tenía el mejor camarote del barco y monopolizaba la toldilla de popa.

Esta dama, según se decía, era sobrina de lady Esther Stanhope, la reina de Tadmor, la pitonisa del Líbano, de esta mujer extraordinaria que fué hace unos años a vivir a la Siria, donde intentó fundar un reino y vivir como una emperatriz antigua, dominando a los hombres con la violencia y haciendo el papel de adivina.

Nuestra inglesa quería hacer algo parecido.

Sin duda, el caso de lord Byron y el de lady Stanhope iba trastornando el juicio a las mujeres de Inglaterra.

No sé si miss Elisabeth Barnett pretendía emular las glorias de lady Esther. Miss Elisabeth no tenía condiciones para ello; esta solterona era una cómica y una cómica mala. Algunas veces, vestida con una túnica blanca, se presentó entre nosotros y nos lanzó una alocución hablando de la Grecia inmortal, pero lo hizo de una manera tan afectada y con unos gestos tan poco naturales, que produjo la risa en lugar del entusiasmo.

La única popularidad que consiguió en el Fénix fué debida a que repartió algún dinero entre los voluntarios que iban a Grecia.

Uno de los filohelenos, Flinders, le dedicó una poesía titulada «Al hada del Fénix». Y en broma la llamábamos todos así: el hada del Fénix.

La criada de miss Barnett era una francesa guapetona, una mujer de unos treinta años, rubia, de cara ancha y juanetuda, un tanto chata, que tenía mucha gracia y mucho desparpajo.

Los filohelenos andaban tras ella a todas horas, y se produjeron entre los nuestros riñas tremendas.


Seríamos sesenta o setenta los pasajeros del Fénix, la mayoría ingleses, escoceses e irlandeses; algunos alemanes y franceses y unos cuantos italianos.

Como era natural, Mac Clair y yo nos reunimos al grupo de los ingleses. Se desarrolló en seguida una rivalidad y un odio entre los diversos grupos nacionales, incomprensible. Dentro de todos ellos reinaba la cizaña. Flinders contó en el grupo inglés que mi padre y yo éramos disecadores, y con este motivo se hicieron mil chistes y se acostumbraron a llamarme Vientre de paja. Como abusaron un tanto de la gracia, tuve que administrar unos cuantos puñetazos a un estúpido paisano mío, serio y de ojos de rana, que desde entonces cesó en el empleo abusivo de este chiste.

A Mac Clair le comenzaron a llamar el Sepulturero y a decir que daba la mala suerte al barco.

Afortunadamente, no pasó nada en la travesía, porque sino Mac Clair hubiera estado muy en peligro de ser echado al mar.

Nuestro grupo de ingleses era alborotado, pero no lo era menos el de los escoceses, irlandeses, alemanes, franceses e italianos. Los escoceses e irlandeses se emborrachaban, tocaban la gaita y bailaban, y gritaban como salvajes.

—Allá tendremos que batirnos—decían—; mientras que podamos, bebamos y divertámonos.

Los franceses e italianos, que eran en conjunto siete u ocho, jugaban a las cartas. Un gascón, que parecía hombre ilustrado, se dedicaba a insultar a todos los pasajeros.

Les llamaba viejos caimanes, carroña, montón de cerdos. Les decía que no comprendían la misión que llevaban a Grecia, que no tenían idea de la grandeza de este país, de la Hélade, y adornaba sus discursos con sus ¡Te! ¡Pardi y Sacredieu!

La verdad es que entre aquellos filohelenos, al menos de nombre, no había ninguno que tuviese una idea aproximada de Grecia, ni de su historia.

Ninguno de nosotros sabía gran cosa de la antigüedad clásica, y absolutamente nada de la historia griega moderna. Unos se habían enganchado por miseria y por desesperación, otros, por espíritu de aventura.

Cada cual se formaba una idea distinta de Grecia; unos soñaban en los tesoros, otros en las mujeres, algunos aspiraban a ser generales. Muchos tenían la preocupación constante de ser empalados por los turcos, preocupación que llegó a borrarse a fuerza de bromas. Muchas veces se discutía en el barco acerca de turcos y griegos; cosa extraña, todo el mundo tenía más simpatía por los turcos que por los griegos. Para la mayoría, los turcos eran hombres fuertes, robustos, gente valiente, con unas barbas grandes, unos pantalones anchos y unas cimitarras corvas.

De los griegos no se tenía tan buena idea. Se suponía que eran como los tipos de las estampas que corrían por Europa; unos hombres delgados, de bigotes finos, con unos trajes llenos de lentejuelas.

Acerca de lord Byron corrían extraños rumores. Para muchos era un misántropo y un anglófobo; para otros, una especie de Manfredo desesperado, altanero, que vivía fuera de la sociedad, que mandaba matar al que le disgustaba; algunos lo tenían como un Don Juan terrible, un pirata, que conquistaba mujeres y bebía el vino en una calavera; para los más cultos era principalmente un revolucionario. La verdad es que no sabíamos lo que nos esperaba. No conocíamos ni Grecia, ni el jefe que nos iba a mandar.

Lo único que yo veía cierto era que la tropa que marchaba de Europa era bastante mala, y que a no ser de que hubiera una organización casi perfecta en Missolonghi, con el elemento aquel no haríamos gran cosa de provecho.

Así fué esta expedición una de las más célebres del siglo diez y nueve, principalmente por la intención, porque por lo demás apenas hicimos nada.


A los dos días de navegar por el Mediterráneo el tiempo empezó a mejorar, y de repente comenzaron unos días espléndidos. Este mar y este cielo tan azul, al principio me producían cansancio; me parecía su belleza una belleza monótona. Los días de viento había únicamente un poco de cabrilleo en las olas.

De noche teníamos luna llena. ¡Qué cosa más extraordinaria! La luna, redonda, con su luz de plata, iluminaba una gran faja del mar, que parecía un ancho camino blanco, en el cual se agitaran ondinas y tritones.

Algunas veces las nubes avanzaban por el cielo, y la luna, oculta, filtraba los rayos por algún agujero de los nubarrones y dejaba un vago cabrilleo misterioso sobre las olas a larga distancia.

A medida que la luna fué menguando el blanco camino de plata por donde se paseaban, sin duda alguna, las sirenas y los tritones fué estrechándose hasta desaparecer por completo.


He pasado los días mirando el Mediterráneo, intentando ver si se me ocurre algo nuevo en la contemplación de un mar tan bello. Sólo cuando se van articulando los lugares comunes en la cabeza es cuando se empieza a discurrir, vulgarmente, cierto, pero únicamente entonces.

Antes de esa articulación de lugares comunes por el solo ímpetu del espíritu no hay ideas. ¡Es lástima! He escrito unas cuantas frases en mi cuaderno, pero no tienen ninguna originalidad.


Cuando se entra en el Mediterráneo, desde el Océano, parece que se pasa de un mundo a otro, de un mundo de actividad y movimiento a un mundo más suntuoso, más inmóvil y más muerto.

En el Mediterráneo hay la belleza de la proporción y de la línea; en el Océano el vago encanto de lo ilimitado; el Mediterráneo tiene islas de mármol; el Océano, islas de esmeralda; en el Mediterráneo, sobre la onda azul, se destacan las costas blancas y amarillas, los montes plutónicos, la lava, los olivos, los cipreses y los naranjos; en el Océano, sobre la linfa verde, apenas se marcan las pálidas dunas, las abras y los acantilados sin color y sin dibujo. En el Mediterráneo las cosas brotan duras, cuajadas, sobre el agua espeja y salina, bajo la atmósfera limpia y transparente; en el Océano, los paisajes están hechos de niebla, de humedad, de formas confusas y vagas.

En el Mediterráneo todo parece tradición e historia; en el Atlántico, todo parece improvisación y novedad; en el uno todo está constituído, en el otro todo por constituír. Esas puntas amarillas que avanzan en el mar bajo la extensión azul del mar latino parecen huesos, fuertes destruídos, puentes rotos, conventos, ciudades en anfiteatro suntuosas, fastuosas, siempre algo del pasado.

En el Mediterráneo no hay marea, y el agua alcanza siempre en la costa casi el mismo nivel; en el Océano las mareas son grandes.

El Mediterráneo no respira apenas, y su ola no tiene pulsación; el Atlántico respira con una fuerza salvaje, se hincha y se deshincha, mostrando en el reflujo sus fondos de roca y en los ríos el légamo negruzco, sobre el que se tienden las barcas de los pescadores.

El Mediterráneo es paz y armonía; el Atlántico lucha y contradicción.

El Atlántico tiene una mitología hórrida, resto de la época en que el mar era un gran peligro: el pulpo del Maelstrom, las arañas de los Kraken, la isla del Fuego con sus piratas; el Mediterráneo tiene una mitología más clara y más solemne, sirenas, ninfas, delfines, y otros seres fantásticos dirigidos por el tridente de Poseidon.

El Mediterráneo es Oriente, Eneas y Palinuro, la leyenda del vellocino y el gorro colorado; el Atlántico es el caos, los vascos pescadores de ballenas, los wikings, los normandos conquistadores, y, al mismo tiempo, la Atlántida y el Jardín de las Hespérides; el Atlántico es la alta piratería, los grandes naufragios, el bergantín negrero, el marino con un anillo en la oreja y una cacatúa en el hombro.

El Mediterráneo es un mar clásico y, al mismo tiempo, realista; el Atlántico es un mar romántico y turbulento.

El Mediterráneo es más constante, más parecido a sí mismo; el Atlántico es la eterna variación, el eterno cambio. El Mediterráneo es, y sobre todo ha sido estética, y socialmente ha llegado a su devenir; el Atlántico está siendo, está todavía en su iniciación.

El hombre del Mediterráneo es la expresión correcta, las fórmulas hechas; el hombre del Atlántico es el ímpetu, aun sin moldearse.

El Mediterráneo sugiere la idea de la tarde y la del crepúsculo; el Atlántico, la de la mañana.

Si cada mar tuviese que tener sus reyes, el Mediterráneo tendría que dividirse en dos reinos: el Mediterráneo oriental para Homero, el Mediterráneo occidental para Virgilio; hacia Troya, Ulises; hacia Cartago, Eneas.

En el Atlántico los poetas genuinos son los bardos, el sentimiento antes de la ciencia y del arte.

A Shakespeare y a Byron les correspondería el estrecho de Gibraltar; allí donde se mezcla el brío del Océano con la armonía clásica del Mediterráneo.


Estuvimos en Nápoles un día, que aprovechamos el coronel Mac Clair y yo en recorrer la ciudad en un calessíno desvencijado. El cochero nos dijo si queríamos conocer unas muchachas. Mac Clair contestó sacando la Biblia y poniéndose a leer. Luego aseguró que Nápoles es una ciudad aburrida y monótona.

—Hombre, no—le dije yo.

—¿Cómo quiere usted comparar esto con Edimburgo?

Mac Clair no es mas que un occidental, y para comprender los pueblos hay que ser occidental unas veces, y oriental otras, y tener el alma con muelles como los coches de doble suspensión.

En lo único que quedamos conformes Mac Clair y yo fué en que esa frase de Vedi Napoli e poi mori no era nuestro ideal. No sentimos ni él ni yo el menor deseo de morirnos después de ver Nápoles.


Salimos de Nápoles con buen tiempo, pasamos al amanecer por el estrecho de Mesina, y vimos la ciudad respaldada en una alta sierra.

Todo el mar estaba lleno de velas latinas de las barcas de los pescadores.

Cruzado el Estrecho seguimos adelante, y la niebla se nos echó encima entre los escollos de Scila y Caribdis.

Mac Clair tampoco creía gran cosa en Scila y en Caribdis.


Nuestra barca llevaba cartas para lord Byron, y pensando que el poeta se encontraba en Argostoli, nos fuimos acercando a la isla de Cefalonia.

Entramos en el puerto de Argostoli y nos dijeron que hacía ya tres días que el lord había salido para Missolonghi.

Me hubiera gustado echar una ojeada a la isla, pero no había tiempo. Me contenté con mirar con el anteojo de Mac Clair una montaña, en parte cubierta de pinos, y en parte de maleza, y las casas bajas de Argostoli como dados blancos con pequeñas ventanas. La tierra, por los alrededores, era blanca, resquebrajada, con aspecto de lava, con algunos matorrales obscuros por donde triscaban rebaños de cabras.

Por todas partes la costa era de piedras secas que parecían ruinas.

Nos hicimos a la mar, y de noche, con gran cuidado, nos fuimos acercando al golfo de Patras. El cielo estaba muy estrellado. Los marineros iban cantando canciones patrióticas. Nos cruzamos con una fragata turca, apagamos el farol y arriamos las velas; todo el mundo calló y la fragata pasó sin vernos. Al amanecer cruzamos con algunos místicos griegos, que al ver nuestra bandera inglesa aplaudieron con gran entusiasmo y algazara.

Por la mañana estábamos delante de Missolonghi. El mar tenía un brillo de cristal, y algunas nubes rojizas, que al principio tomé por montes, se dibujaban en el cielo.

Esperamos Mac Clair y yo con ansia a que comenzara el día.

Eran los comienzos del mes de enero; el sol tardó en salir.

Apareció entre brumas, como un disco rojo, por encima de las altas rocas de un monte pedregoso y estéril, el monte Aracinto, y fué iluminado un paisaje de tierras blancas, calcáreas, sin vegetación. Al pie de la sierra, a orillas de un lago muy azul, vimos una aldea. Era Missolonghi.

Cerca de Missolonghi había varios barcos griegos, y, entre ellos, el Cefaloniota, el místico de lord Byron. El capitán nuestro fué a ver a lord Byron en el bote y volvió al poco rato con dos oficiales de marina.

No parecía si no que éramos deportados por lo mal que nos recibieron.

Al mediodía nos dieron la orden de bajar a tierra. El sol apretaba de firme. El cielo estaba azul y el mar tan azul como el cielo.

Mac Clair y yo experimentamos una gran decepción al saltar a Missolonghi. Aquello era una aldea miserable. El paisaje de los alrededores no podía ser más triste. Montes calcinados, atormentados, sin árboles, arenales, un pueblecillo polvoriento, sin jardines, sin nada verde, quemado por el sol.

Yo mismo quedé defraudado. A pesar de que me había dicho repetidas veces que no debía entusiasmarme, llevaba en la imaginación la idea de una ciudad formada por pequeños Partenones.

Era el espejismo de los nombres sonoros. Bajamos en Missolonghi y fuimos todos formados a una barraca donde había dos oficiales ingleses de la brigada del coronel Stanhope, que nos tomaron la filiación.

Luego nos hicieron una serie de recomendaciones y nos dijeron que no intentáramos tener relaciones con el elemento civil, porque estaba prohibido.


Missolonghi, entonces pequeña ciudad, sin abolengo y sin historia, contaría unos cuatro o cinco mil habitantes, de los cuales unas ochocientas familias eran griegas.

Missolonghi, fundado por pescadores, estaba asentado sobre un terreno pantanoso; en algunas partes, más bajo que el mar.

La situación de Missolonghi, al borde de una laguna, hacía que algunos griegos entusiastas la compararan con Venecia.

Esta laguna, a medias pantano de agua dulce, y a medias marisma, ocupaba una gran extensión y aumentaba de tamaño desde hacía tiempo a expensas de las tierras de labor.

Limitando la laguna de Missolonghi por el lado del mar había un cordón de islas, roto aquí y allá: los Procopanistos. Las olas batían constantemente esta línea de peñascos que separaban la albufera missolonghiota del mar Jónico.

Entre los arrecifes de los Procopanistos había algunos islotes grandes, como el de Basilades, Aisosti, Scilla y Cleisovo. En estos islotes, ya de algún tamaño, se levantaban torres y alrededor estacadas para defender las entradas de la laguna.

En la isla de Basilades había un fuerte de piedra, y en la de Aisosti una capilla aspillerada que servía de defensa.

La laguna de Missolonghi se extendía bordeando el monte Aracinto y tenía, a medida que avanzaba en la tierra, un seno más estrecho.

Al comienzo de este seno, en que se hacía más angosta la laguna, se hallaba un pueblo colocado en una isleta, llamado Anatólico.

Anatólico parecía un barco encallado en las rompientes.

Las orillas de la albufera de Missolonghi eran áridas, cubiertas de algas y musgos verdes, que se corrompían en las mareas bajas, produciendo emanaciones pestilentes.

Afortunadamente, el viento del mar soplaba con fuerza y purificaba el aire; si no, no se hubiera podido vivir en las inmediaciones.

Mirando desde el mar al monte Aracinto, se veía una mole seca, pedregosa, terrenos plutónicos, con ruinas de murallas y de pueblos.