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Chapter 7: VI CURSO DE «BRIDGE»
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About This Book

A comic stage play set in a girls' school follows the director as she handles an irate mother who accuses a literature professor of kissing her daughter, prompting inquiries, disciplinary threats, and social embarrassment; subsequent scenes introduce theatrical interludes and flamboyant instructors, and the action unfolds through brisk, farcical episodes that lampoon institutional pretensions, parental anxieties, and the theatricality of respectability.

Un largo silencio; Chadd mira a César y éste mira a Chadd con aire de ruego admirativo. Chadd baja los ojos, suspira y luego se decide.

CHADD (tierna).—¡Sí! ¡Qué tonta soy...! ¡Aquí estoy yo...!

César se precipita sobre Chadd y le da una lección que la Casa Marvitz no había previsto. Pasada una hora, Chadd despierta:

—Oye, amor mío... ¡Para la próxima lección vendrás más tempranito!

Por la noche, en el Colbert's Bar, el joven barón Latripe charla con su parásito Gemblin, saboreando un cock-tail rosa.

LATRIPE.—Sí, amigo mío. He conquistado a la pequeña Chadd, y de balde.

GEMBLIN.—¡Tú bromeas...!

LATRIPE.—Se trata de un truco digno de mí... Me encontré a un bohemio al que había conocido en el barrio Latino, un tipo asombroso y sabihondo, que se había visto reducido a contratarse en la Casa Marvitz para vivir. Me refirió que iba a dar lecciones de inglés a la pequeña Chadd. Yo le solté doscientos francos por ocupar su puesto... Representé mi papel a la perfección... ¡Y Chadd se dejó coger en la trampa...! ¡Qué hora pasé, amigo mío...! Ella no la tuvo igual para nadie. ¡Y pensar que yo le había hecho ofrecer, por mediación de la tía Cognal, cincuenta luises...! ¡Y que Chadd los había rechazado...! Ahora me falta todavía dar a Chadd, ¡tan tierna y tan enamorada!, diez y nueve lecciones.

GEMBLIN.—Supongo que las aprovecharás todas...

LATRIPE.—¡Jamás...! No volverá a verme. He avisado a César. ¡Figúrate cómo lo van a recibir...! ¡Ya ves! Se trata de un individuo que no sale de la cervecería, calvo prematuro y bastante puerco... ¡Imagínate la escena...!

GEMBLIN (soñador).—¡Sí...! Sin embargo, para ser chic, deberías continuar desempeñando tu oficio...

LATRIPE.—Diez y nueve lecciones como la de hace poco...! ¡Quia! ¡No, amigo mío...! ¡Me dejaría allí los huesos...! ¡No volveré a las andadas...! Compréndeme: he logrado de esta criatura lo que jamás concedió a nadie. La he poseído por sorpresa. ¡Conformes! Si yo insistiera, no tendría delicadeza. Además, Chadd comprendería quizá mi treta, y esto lo echaría todo a perder.

Pasemos a otro orden de ejercicios...

VI

CURSO DE «BRIDGE»

El señor Ernesto Lucien sale de su alcoba y entra en su despacho. Como vive de una renta vitalicia de cincuenta mil francos, legados por un padre que ha reconocido así las bondades de la madre sin reconocer al hijo, el señor Ernesto Lucien no necesita trabajar en su despacho. Se acerca a los veinticuatro años y, aunque haya tenido muy pocos principios, siente la necesidad de aspirar a un fin. Es un mozo arreglado, muy elegante, y bastante agradable de aspecto; parece un joven diplomático, y, en efecto, es no sé qué cosa en el ministerio de Negocios extranjeros. Esto no le ocupa mucho tiempo. Apenas entrado en su despacho, comprueba que un servido de café de antiguo Rouen ha desaparecido. Se encoleriza y llama. Al cabo de algunos minutos aparece un ayuda de cámara, con tipo de viejo golfo, cano, delgado, calvo, con la nariz demasiado larga, con la boca desdentada y con pinta de borracho empedernido.

ERNESTO (severo).—¡Chupin...! ¿Dónde está mi antiguo Rouen...?

CHUPIN (que se ha esforzado por quedarse junto a la puerta).—¿Qué estás diciendo...?

ERNESTO.—En primer lugar, te prohibo que me tutees...

CHUPIN (pronto a llorar).—... ¡Soy tu hermano de leche...! ¡Yo te eduqué... cuando murió tu pobre padre...!

ERNESTO (excitado).—¡Sí..., sí...! ¡Ya conozco tu historia...!

CHUPIN (vertiendo lágrimas).—El pobre hombre me dijo: «Chupin: eres hermano de leche de mi hijo. ¡No puedo reconocerlo...! ¡No tiene padre...! ¡Tú no lo abandonarás nunca...! ¡Júramelo...!» ¡Y se lo juré...!

ERNESTO (furioso).—¡Basta...! ¡Hace veinte años que te soporto...! ¿Dónde está mi antiguo Rouen...?

CHUPIN (enjugándose las lágrimas con la manga).—¡No lo sé...!

ERNESTO.—¿Lo has roto...?

CHUPIN.—¡Se cayó él solo! (Cándido.) Anoche debiste venir borracho...

ERNESTO (en el colmo de la cólera).—¡Desdichado...! ¡Tú eres quien debió volver borracho esta mañana...!

CHUPIN.—¡Se necesita valor para decir tal cosa...! ¡Yo, que no bebo más que agua...! ¡Son calumnias que se propalan por ahí...!

ERNESTO.—¡Tú has roto mi antiguo Rouen...! ¡Borrachón! ¡Pellejo de vino! ¡Un servicio de café que había heredado de mi pobre padre...!

CHUPIN.—¡A mí también me heredaste de tu pobre padre...!

ERNESTO.—¡Un rico regalo que me hizo...! ¡Hala...! ¡Has colmado ya mi paciencia...! ¡Vete...!

CHUPIN.—¡Está bien...! ¡Volveré cuando estés de mejor humor...!

ERNESTO.—¡No...! ¡No volverás más...! ¡Te echo...!

CHUPIN (sonriendo).—¡Me parece que he oído mal...! ¿Me plantas en la calle...?

ERNESTO.—¡Sí...! Ve a recoger todo lo tuyo... Te ajustaré la cuenta en seguida y no te veré más.

CHUPIN (digno y vacilante).—¡Ernesto...! ¡Oye una cosa...!

ERNESTO.—¡No oigo nada...! ¡Déjame en paz...!

CHUPIN (furioso).—¡Está bien...! ¡Te pesará...! (Sale dando traspiés.)

ERNESTO (súbitamente tranquilo en cuanto se ve solo).—¡Uf...! Ya estoy libre de ese viejo borracho... ¡Mi hermano de leche...! ¡Y su madre me crió con biberón...! (Llaman a lo lejos.) ¡Ah! Es el señor Froment, mi profesor de bridge. (A la puerta.) ¡Entre, señor Froment...!

Aparece el señor Froment, un viejecillo seco como un esparto, con cabeza de gorrión disecado y con cabellos de un blanco amarillento sobre una calvicie excesiva. El profesor de bridge está afeitado; pero tiene chic natural, que revela al antiguo hombre de mundo caído en la miseria.

EL SEÑOR FROMENT (muy cortés).—¿Goza usted de buena salud, mi querido discípulo?

ERNESTO (yendo a buscar una mesita de juego y un necessaire de bridge).—¡Vamos marchando...! ¿Y usted, querido maestro?

EL SEÑOR FROMENT (sentándose).—¡Se lucha...! ¡Es tan dura la vida!

ERNESTO (colocándose al otro lado de la mesa).—Sin embargo, el oficio de usted es bastante agradable...

EL SEÑOR FROMENT.—¡Desde luego! Además, era el único para el cual podía servir yo... Y, después de todo, esto me recuerda el tiempo en que yo cartoneaba para satisfacción mía.

ERNESTO.—¿Ha sido usted jugador...?

EL SEÑOR FROMENT.—¡Ay! He perdido tres fortunas: he devorado en el Círculo, además de mis bienes, la herencia de dos tíos...

ERNESTO.—¡Caramba...! ¡No está mal...! ¿Y de qué Círculo era usted?

EL SEÑOR FROMENT (sencillo).—¡Del Jockey!

ERNESTO (asombrado).—¿Eh? ¡De manera que usted, señor Froment, era del Jockey...?

EL SEÑOR FROMENT (vacilante).—¡Es que... Froment no es mi nombre patronímico...!

ERNESTO.—¿Qué me cuenta usted...?

EL SEÑOR FROMENT (solemne).—¡Yo me llamo Melchor de Honnemoy de Esketua, último duque de este nombre...!

ERNESTO (estupefacto).—¿Usted era duque...?

EL SEÑOR FROMENT.—¡Y lo sigo siendo! Los de Esketua son los representantes más antiguos de la magnífica nobleza vasca, que se cubrió de gloria al lado de los bearneses, a los que, por otra parte, detestaba. Sin embargo, comprenderá usted que para dar lecciones de bridge y de poker tuve que mandar a paseo el ducado.

ERNESTO.—¿De manera que usted se arruinó en el juego?

EL SEÑOR FROMENT.—¡Ay, mi querido discípulo...! ¡Las mujeres ayudaron al azar...! Puedo decirlo con orgullo: jamás di un beso sin haberlo pagado antes. Sin embargo, el amor me resultó menos costoso que el juego. Un jugador no es sensual ni enamoradizo. Dejaría a la mujer más amada por una partida de baccarat. Conocí a las criaturas más hermosas de mi tiempo y no me dejaron ningún recuerdo tierno o cruel. Por el contrario, repaso todavía en mi debilitada memoria los gloriosos episodios de las partidas en que me arruiné, y encuentro en ello un deleite que no acertaría a expresarle... En mil novecientos uno, al principio del bridge, jugamos en el Jockey la célebre partida que hizo época: mil francos por punto. Tenía por compañeros al vizconde Goutte, al marqués Fridolin y a Toumeh-Bajá. Este heroico combate duró tres días con tres noches, durante los cuales nos sostuvimos con sandwiches y con champaña. Yo me hubiera sostenido cuatro días; el vizconde Goutte fué el primero en caer rendido por el sueño. El y yo perdíamos cerca de un millón. Creo que es la partida más fuerte que se ha jugado al bridge; todavía no teníamos la aucción ni el pirata. Comprenderá usted que yo había quemado mis naves; liquidé mi cuadra de carreras.

ERNESTO.—¡Ah! ¿Luego usted era propietario...?

EL SEÑOR FROMENT.—¡Sí! Y, cosa curiosa, ganaba en las carreras. Sin embargo, me empeñaba en forzar la suerte con los naipes... ¡Pretendía violentarla...! ¡Mal medio...! Caí, poco a poco, en el subsuelo de la necesidad, en lo más hondo de la pobreza. Había vendido granjas y castillos, villas, palacios, mis cuadros, mi despacho de grabados, mis Tanagras del siglo XVIII—la mejor época para las Tanagras falsas—y mis medallas; toda la paciente herencia de mis antepasados, que eran peritísimos y que tenían almas de chamarileros, desapareció en algunos meses. Encontréme en mitad del arroyo, sin un céntimo. Tenía cincuenta y cuatro años; solamente me quedaba ya por vender mi nombre.

ERNESTO.—¡Y usted era demasiado altivo para consentir semejante cosa...!

EL SEÑOR FROMENT.—¡No!... En el extremo en que me encontraba, ya no se tiene altivez. Lo que pasaba era que yo tenía una reputación de jugador empedernido. Las damas, que me hubieran comprado mi título en otras circunstancias, apartábanse horrorizadas del jugador perdidoso e impenitente que yo era. Ofrecíanseme pensiones vitalicias a condición de que, una vez efectuado el matrimonio, me fuera a enterrar en provincias. ¡Esto equivalía a morir sin gloria...! Perdí muy buenas ocasiones, y no lo deploro. No tengo nada; pero sigo siendo dueño de mí mismo. Y manejo los naipes como antaño; pero ganando con ello, en vez de perder. (Tornando a su lección.) Dispénseme, mi querido discípulo, esta digresión; olvídese de mi cháchara y trabajemos. Quedamos la última vez en el «sintriunfos». Es una declaración que se impone en dos casos: cuando se tiene mucho juego o cuando no se tiene ninguno.

ERNESTO (parándose).—¡No me entero ya del juego, señor duque...! Estoy pensando en otra cosa... Lo que usted me ha referido me ha causado una gran turbación...

EL SEÑOR FROMENT.—¡Sin embargo, caballero, mi biografía no puede ser más banal...!

ERNESTO.—Usted me ha hecho sus confidencias. ¡Váyase una cortesía por otra...! Yo también voy a franquearme con usted. Hoy no jugaremos más. Me dirijo al hombre de mundo.

EL SEÑOR FROMENT (recogiendo los naipes).—Le escucho.

ERNESTO.—Caballero: si yo quiero aprender el bridge no es por afición a los naipes. Los aborrezco. Pero he observado que un joven de mi edad, dotado de cierta ambición, debe saber el bridge, si quiere hacer buen papel en el mundo. Las gentes más dispares guardan tesoros de amabilidad para un buen «cuarto en el bridge». De esta manera conocí al señor Leplu-Raboin.

EL SEÑOR FROMENT.—¿Al gran almacenista de hierros?

ERNESTO.—¡Al mismo! Me lo encontré en Vichy. Nos hospedábamos en el mismo hotel. El estaba allí con su hija, la señorita Lysiane.

EL SEÑOR FROMENT.—¡Una muchacha encantadora!

ERNESTO.—¡No! Es bonita y fea al mismo tiempo. ¡Eso es...! Me gusta por esto. El señor Leplu no me había prestado ninguna atención hasta la noche en que se encontró a dos amigos. Estos caballeros pensaron establecer un bridge diario. ¡Les hacía falta un cuarto compañero...! Entonces el señor Leplu se mostró muy amable y me dirigió la palabra; al cabo de cinco minutos ya éramos amigos; me preguntó: «¿Sabe usted jugar al bridge?» Contesté afirmativamente. Nos sentamos a la mesa. Cometí falta tras falta y perdí cinco luises. ¡Espérese...! Al día siguiente jugué también. Cometí falta tras falta; pero gané doscientos francos.

EL SEÑOR FROMENT.—¡Dios protege la inocencia...!

ERNESTO.—¡Me da lo mismo! Yo había podido trabar conocimiento con la señorita Lysiane; durante el día permanecía al lado de la hija y pagaba este gusto acompañando al padre en el juego por la noche. Yo jugaba siempre muy mal; lo cual le disgustaba cuando era mi compañero y le colmaba de alegría cuando era mi adversario. A pesar de todo, sin duda mirando por la belleza del deporte, me dió la dirección de usted y me aconsejó que tomara lecciones.

EL SEÑOR FROMENT.—¡El señor Leplu ha sido discípulo mío...!

ERNESTO.—¡Se ve a cien leguas! Me ganó cinco mil francos durante el veraneo. Pero yo le había ganado la hija. En cuanto él estuvo aquí de vuelta, fuí a pedirle la mano de la señorita Lysiane.

EL SEÑOR FROMENT.—¿Y se la concedería...?

ERNESTO.—Al principio mostróse encantado: su hija lo había presentido; tengo una fortuna muy saneada; no soy tonto, ni muy villano; no tengo pasiones; no bebo, y he procurado cuidadosamente evitar los amoríos duraderos.

EL SEÑOR FROMENT.—¡Vaya! ¡El yerno soñado...! ¡Si yo tuviera una hija, se la concedería...!

ERNESTO.—¡Es usted muy amable!... Tocaba ya al logro de mis deseos, cuando el señor Leplu quiso enterarse de mi situación social. Yo tuve que confesarle que era hijo natural, no reconocido.

EL SEÑOR FROMENT.—¡Ah..., ah...!

ERNESTO.—¡Usted también dice «¡Ah..., ah...!» Lysiane estaba al corriente de este detalle y me había manifestado que carecía de importancia. Mi futuro suegro no tenía la manga tan ancha; cuando ayer tuve que confesarle la irregularidad de mi nacimiento, se contristó. «¡Qué gran contrariedad, amigo mío...! Nosotros pertenecemos a una familia burguesa último refugio de los más arcaicos principios. Aunque hubiera sido usted el hijo de un Durand o de un Dupont cualquiera, le habríamos aceptado. Pero no puedo dar mi hija única al hijo no reconocido de un desconocido. Lo lamento, porque me agradaba usted. ¡Caramba...! ¿No podría usted dar por ahí con un padre legítimo? No debe ser difícil de encontrar, si se busca bien.» En esto estaba esta mañana, planeando múltiples combinaciones, cuando vino usted y me refirió su historia.

EL SEÑOR FROMENT.—¡No veo la relación...!

ERNESTO.—¡Sí...! ¡Va usted a verla...! Usted, señor duque, no tiene un céntimo; usted vive vegetando. ¡Yo me brindo a salvarle, por lo menos provisionalmente...! ¡Su nombre es soberbio...! ¡Véndamelo...!

EL SEÑOR FROMENT.—¡Usted tiene ganas de broma!

ERNESTO.—¿Por qué...? ¡Si yo no tengo padre, usted está sin hijo! No le propongo un negocio deshonroso; le pido solamente que me reconozca como hijo suyo. Y yo le ofrezco cien mil francos en dinero contante y sonante, además de una renta vitalicia de seis mil francos. ¡Piénselo...!

EL SEÑOR FROMENT.—¡No! ¡No quiero pensarlo...!

ERNESTO.—¿No quiere usted...?

EL SEÑOR FROMENT.—Lo acepto. Entierro al pobre viejo Froment, que da lecciones de bridge para vivir, y torno a ser el hidalgo de siempre. (Se yergue y adquiere en seguida una dignidad inesperada.) ¿Qué debo hacer, querido hijo...?

ERNESTO.—Vuelva en seguida, a las dos... Iremos juntos a casa de mi notario para redactar nuestros acuerdos. Luego nos trasladaremos a la alcaldía del décimo distrito, donde me reconocerá usted. Por la noche, en fin, le presentaré a la familia de mi novia...

Mientras habla, Ernesto acompaña al señor Froment hasta la puerta, donde se despide de él. En este momento, Chupin irrumpe en el despacho, aun más borracho que antes.

ERNESTO (furioso).—¿Todavía estás aquí, borrachón...? ¿No te había plantado en la calle...?

CHUPIN.—¡Es posible! ¡Pero vuelvo...! Y, además, mira cómo me tratas... ¡Ya no soy tu ayuda de cámara...!

ERNESTO.—Entonces, ¿qué eres...?

CHUPIN.—¡Soy tu padre...!

ERNESTO (viendo las estrellas).—¿Qué...?

CHUPIN.—¡Sí...! Cuando me fuí de aquí, cogí a dos compañeros míos, el tabernero de la esquina y un chauffeur de taxi, y los tres nos hemos ido a reconocerte a la alcaldía del décimo distrito. ¡Aquí tienes la copia de tu partida de nacimiento...! ¡Está en regla...! ¡Ahora debes respetarme...!

ERNESTO (aplanado).—¡Canallas...!

VII

CURSO DE BELLEZA

Entra un joven de unos veintidós años, vestido con esa elegancia, un poco oropelesca, de los cómicos que hacen el papel de Perdican en el Conservatorio. Dirígese rectamente al mostrador. Es el señor Beauvallon, primer premio de Comedia.

BEAUVALLON.—¡Buenos días, La Choute!

LA CHOUTE (alzando los ojos).—¿Eres tú, Beauvallon...? ¿Qué te trae por aquí...?

BEAUVALLON (estrechándole la mano).—Te vi esta mañana en el «Metro», y me dije: «¡Atiza! ¿Qué busca La Choute por estos sitios?» Te seguí a lo lejos y te vi entrar en esta tienda. Como tenía prisa, no me acerqué a ti... Cumplí ya con mi obligación—unas lecciones en este barrio—, y al regreso he entrado para darte los buenos días.

LA CHOUTE (disgustada).—¡Eres muy atento...! Pero, ya que me has visto, vete...

BEAUVALLON.—¡Qué desabrida eres...! ¡Así recibes a tu antiguo compañero, a tu interlocutor en «La Caja Fauré»...!

LA CHOUTE.—¡No tengo tiempo de charlar, amigo mío...! ¡Vuelve más tarde, a las seis, cuando esté cerrada la tienda...!

BEAUVALLON.—¡Jamás...! Primeramente, cualquiera sabe dónde estaré yo a las seis...! Tú, La Choute, no te portaste bien... Cuando abandonaste el Conservatorio, en el pasado año, no nos dijiste tu dirección. Te busqué por todas partes, ¿lo sabes...?

LA CHOUTE (divertida).—¿Es posible...?

BEAUVALLON.—¡De veras! Sentía alguna ternura por ti. Habíamos dormido juntos, y esto siempre crea ciertos lazos...

LA CHOUTE.—¡Oh! ¡Lo que es tú...! ¡Duermes con todo el mundo...!

BEAUVALLON.—¡Es verdad...! Pero a ti estuve a punto de amarte...! ¡Nada de guasa...! ¡Cuando desapareciste sentí algo parecido a un disgusto...! En primer lugar, tú eras más linda y más joven que las otras... Tenías solamente veintitrés años...

LA CHOUTE.—¡Veintidós...!

BEAUVALLON.—Poseías los cabellos rubios más hermosos del mundo...

LA CHOUTE.—Y los sigo poseyendo...

Ella le tiende la cabeza, coronada por una soberbia cabellera de un rubio ceniciento.

BEAUVALLON.—¿Y tus dientes...?

LA CHOUTE (sonriendo).—¡Completos...! ¡Puedes comprobarlo...!

BEAUVALLON.—¡Ah, picarona...! ¡Estás todavía más bonita que el invierno pasado...! ¡Y con tu físico, con tu inteligencia y con tu hermosura tuviste valor para abandonar el teatro...!

LA CHOUTE.—¡Sí...! ¡Lo tuve...! ¿Qué quieres...? ¡Comprendía claramente que en él no llegaría a ser nada...! No me gustaba el oficio, ni los compañeros; no se puede tomar mas que dos partidos: trabajar o prostituirse. A mí no me gusta trabajar y soy demasiado burguesa para dedicarme a cortesana. ¡Por eso me he lanzado al comercio...!

BEAUVALLON.—¡Y has entrado en casa de la Ninon de Lenclos...!

LA CHOUTE.—¡Mejor todavía...! ¡La señora de Lenclos soy yo...!

BEAUVALLON (estupefacto).—¡Qué! ¡Tú bromeas...!

LA CHOUTE.—¡Cuando yo te lo digo...! ¡Pero procura callártelo, porque me arruinarías...!

BEAUVALLON.—¡Vaya una historia...!

LA CHOUTE.—¡Es un cuento de hadas, amigo mío! Aquí, donde tú me ves, estoy en camino de hacer fortuna, por haberme encontrado hace seis meses a un viejo y canallesco nigromante, a un tipo astuto, a un hombre extraordinario... ¡al profesor Bálsamo...!

BEAUVALLON.—¡Calla...! ¡Yo conozco ese nombre...!

LA CHOUTE.—¡No es profesor, y su verdadero nombre es el de Bouzigue...! ¡No puedes imaginarte un viejo macaco semejante...! Si me dijeran que había estado preso, no me asombraría. ¡Ha hecho de todo...! Pues verás: volvía yo de Saint-Germain, adonde había ido para ver a mi tía Josette; subo a un coche del ferrocarril, donde se encontraba ya un señor anciano, bien portado, que tira su cigarro en cuanto me sintió. Esto me adula—¿lo comprendes?—y le digo: «¡Oh, caballero...! Puede usted fumar... ¡No me molesta...!» Iníciase la conversación. Al cabo de cinco minutos le había referido mi vida.

BEAUVALLON.—¡Es una justicia que hay que hacerte...! ¡Tú cuentas tu historia a todo el mundo...!

LA CHOUTE.—Escuchóme él con interés, y después me dijo: «¡Está usted perdiendo el tiempo, hija mía! Lo más que logrará usted será un primer accésit en el Conservatorio. ¿Y a qué le conducirá esto...? A representar el papel de Blanquita en provincias. Hará usted también el de Margarita de Borgoña en Provenza y el de Mireya en el Languedoc. Ganará usted veinte luises por mes y los favores soberanos de los consejeros municipales, propuestos en Bellas Artes. Yo no le pido que sea mi querida. Le ofrezco dos mil francos mensuales, y hacemos un contrato por cinco años. Trátase de un oficio fácil, honrado y horro de fatiga. Siete horas de presencia por día y mucha consideración. Usted se limitará a explotar la estupidez de las mujeres, hermanas suyas...» ¡Y me explicó su plan! ¡Era maravilloso...! Tratábase de fundar un Instituto de Belleza, una tienda, en la que se vendería un montón de productos a base de nada, destinados a revocar las juventudes aniquiladas. Acepté el trato; en ocho días, el viejo alquiló una tienda—ésta—, instaló el almacén y principió una propaganda de todos los diablos. Habrás visto en todos los periódicos unos carteles enormes anunciando que Ninon de Lenclos rejuvenecía a todas las viejas. Todo esto costó cerca de cien mil francos, hoy reembolsados ya. ¡Ay, mi pobre Beauvallon...! Nosotros, comiquillos, que nos pintamos por la noche para complacer al cochino público, no somos mas que unos niños comparados con las damas del gran mundo, que se rehacen una belleza y una juventud en beneficio de sus galanes. No tienes una idea del número de criaturas que pasan diariamente por aquí, y a las que vendo, por diez francos, unos tarros de pomada que a nosotros nos cuestan cincuenta céntimos, comprendido el envase. ¡El temor de envejecer...! ¡Esto es terrible para las mujeres que no saben hacerse viejas...! ¡Bah...! ¡No hay sacerdote que haya oído las confesiones que yo escucho a diario en uno de estos compartimientos! Todas lanzan este grito de angustia: «¡Prolóngueme..., devuélvame mi rostro de hace diez años...! ¡Ayúdeme a ser amada...! Mi corazón ha permanecido joven; pero mi cuerpo se aniquila. ¡Dicen que posee usted secretos maravillosos...! ¡Véndamelos...! ¡Pagaré todo lo que sea preciso...» Y yo vendo esperanzas e ilusiones en frascos, en cajitas y en barras. ¡Se lo llevan como pan bendito...!

BEAUVALLON.—¿Y obtienes buenos resultados...?

LA CHOUTE.—¡Desde luego...! Durante algunos días borro las arrugas, revoco las fachadas y fabrico juventudes. Después, la edad recobra sus derechos; la cliente vuelve. ¡Qué demonio! Yo no puedo luchar mucho contra el tiempo. Llega siempre un momento en que las viejas son viejas. Cuanto más se esfuerzan ellas por rejuvenecerse, más envejecen. ¡Si supieras, Beauvallon, las miserias de que soy confidente...! Hay mujeres cuyo cuerpo permanece joven y apetitoso, y de las que solamente se ve el rostro, que ya está feo. He aquí la injusticia de la suerte: el cuerpo y el semblante no se ponen de acuerdo para agostarse. El uno precede siempre al otro en la decrepitud. ¡Te aseguro que mi oficio no tiene nada de alegre...! Desde hace poco comprendo que en el mundo no hay mas que un solo bien: la juventud. ¡Tengo solamente veintitrés años, y ya me asusta el año próximo!

BEAUVALLON.—¡Qué ganas de bromear! ¡Con tu hermosura tan fresca...!

LA CHOUTE.—Tienes razón, y, sin embargo, es algo más fuerte que mi voluntad... Temo ser menos linda que ayer... ¡No amo a nadie...! ¡Hasta lamento haber amado a tontitos como tú...! ¡Era cansarse...! ¡Me mustiaba! ¡Ay! Ahora soy más prudente... Me administro y me cuido mejor... Cuando sea rica, dentro de diez o de quince años, me retiraré. Compraré un hermoso castillo en Turena y haré quitar de él todos los espejos.

BEAUVALLON (tierno).—De todas formas, tendrás los ojos de tu amante para mirarte en ellos.

LA CHOUTE.—¡Quita de ahí...! De hoy en adelante no tendré ya enamorado. Temeré deducir de su actitud los progresos de mi decadencia. El viejo hechicero ha envenenado mi dicha; sin embargo, me ha inspirado la desconfianza contra las drogas, los ungüentos, los perfumes y los polvos: contra todo lo que vendo a mis infortunadas clientes.

BEAUVALLON.—Sin embargo, en tu profesión debe de haber algunos minutos divertidos.

LA CHOUTE.—Son raros, ¿comprendes...? A cada consulta solicitada va unido un secreto doloroso, la confesión de una pasión. Por lo general, las mujeres no quieren ser bellas para ellas solas. Casi todas procuran embaucar a un amante más joven que ellas o a un viejo que no ama mas que a las jóvenes. ¡Si oyeras lo que se dice en estos compartimientos!

BEAUVALLON.—¡No deseo otra cosa...!

LA CHOUTE.—¡No puedo violar el secreto profesional...!

BEAUVALLON.—¿Ni siquiera para mí...?

LA CHOUTE.—Ni siquiera para ti. Y, además, ¿no tienes nada urgente que hacer...? ¡Te conozco...! ¡Deben esperarte...!

BEAUVALLON.—¡Que me esperen...! ¡Te lo ruego, La Choute...! ¡Permíteme asistir a una de tus consultas...!

LA CHOUTE (decidiéndose).—Te juro, guapo destrozador de corazones, que será una bonita lección de cosas, de la que saldrás disgustado. En fin, puesto que lo deseas, no puedo negártelo. En este preciso instante llega una cliente. ¡Escóndete en el compartimiento número uno, y, sobre todo, no te muevas...!

Introduce a Beauvallon en uno de los exiguos compartimientos, y corre las cortinillas de entrada. Aparece una dama muy elegante y bastante linda, con un rostro armónico, un poco cansado; es de las que adelgazan con la edad.

LA DAMA.—¿La señora Ninon de Lenclos...?

LA CHOUTE.—¡Yo soy, señora...!

LA DAMA (asombrada).—¡Pero... usted parece muy joven, señora...!

LA CHOUTE (grave).—¿Qué edad cree usted que tengo?

LA DAMA.—¡Bah! ¡Lo más, veinticinco años...!

LA CHOUTE.—¡Muchas gracias...! ¡Tengo cincuenta y cinco!

LA DAMA (estupefacta).—¡Imposible...!

LA CHOUTE (sacando un papel de un cajón).—¡Aquí está mi partida de nacimiento...! Enriqueta Brezaillon, nacida en mil ochocientos sesenta y cuatro.

LA DAMA.—¡Pues se conserva usted admirablemente!

LA CHOUTE.—La mujer que no quiere envejecer, no envejece. Aquí donde usted me ve, tengo una hija de treinta y dos años y un hijo capitán. ¡Mire sus retratos...! (Abre un medallón.) Sin embargo, tengo un vientre aplastado y liso como el de una joven. ¡Si usted lo desea, se lo enseñaré...!

LA DAMA.—¡Es sorprendente...! Dadas estas condiciones, no vacilo en confiarme a los cuidados de una persona tan experta. ¿Y sus cabellos...? ¡Son soberbios...!

LA CHOUTE.—¡Gracias a un tratamiento especial! Estaba amenazada de calvicie completa; un médico—el nuestro—me ha reimplantado, uno a uno, veinticinco mil cabellos.

LA DAMA.—¿Y... los dientes...?

LA CHOUTE.—¡Ni uno es mío...! Es una maravilla de la prótesis. Haga el favor de pasar a este gabinete. Charlaremos. (Introduce a la dama en uno de los compartimientos y corre las cortinillas.) Ahora, ¿qué desea usted de mí...?

LA DAMA (quitándose el velo).—En primer lugar, he aquí mi rostro...

LA CHOUTE (admirativa).—¡Qué hermosa ha debido usted de ser, señora...!

LA DAMA (amargamente).—¡Sí! Fuí muy bella, y entonces me daba lo mismo. ¡No conocía mi riqueza...! Ser bella para su marido es como si una no lo fuera... Cierto que yo me enorgullecía con mi línea y con mi rostro; durante mucho tiempo gusté la envidia de las mujeres. Este placer harta pronto. Pasaron los años y me engañó mi marido. Esto me puso en guardia; pero, en fin de cuentas, no me importaba tres cominos. Hace algunos meses me aficioné de nuevo a la coquetería; amábame uno, y yo también le amaba. Entonces fué cuando descubrí la verdad: no era ya tan bella. Evidentemente, con los trampantojos ordinarios de la toaleta todavía causaba cierto efecto a la luz artificial. De regreso en mi casa, hallábame cara a cara con la verdad. Esto es, por otra parte, lo que me ha impedido hasta ahora engañar a mi marido, porque en amor hay que pagar al contado. ¿Qué pensaría el que me adora si me viera tal como soy...? ¡Huiría de mí, después de una hora de embriaguez, y no le vería más...! ¡Me causa horror pensarlo...! ¡Deme usted un año de juventud...! Mire... ¡Deme usted solamente seis meses...! ¡Tenga yo durante seis meses el rostro y el cuerpo que tuve antiguamente...! ¿Y después, Dios mío...? ¡Después... me resignaré...!

LA CHOUTE.—¡No, señora! No se resignará usted. ¡Y hará bien...! Yo no le concederé un año de juventud, sino diez... ¡Pero le advierto que esto resulta caro...!

LA DAMA.—¡No reparo en dinero!

LA CHOUTE.—Y sepa que ciertos métodos son bastante dolorosos...

LA DAMA.—¡Ah!

LA CHOUTE.—Mire... Para poner tersa la piel, tenemos el tratamiento del doctor Sabio. Consiste en una aplicación de líquido corrosivo, a base de iodo, que consume los tejidos superficiales hasta dejar al descubierto la primitiva piel. Son tres semanas de torturas; pero en seguida encuéntrase usted con una piel de jovencita.

LA DAMA.—¡Está bien! ¡Conformes...! ¿Y para el rostro...?

LA CHOUTE.—¡Déjeme que la mire...! ¡Ah, sí...! Tenemos tres tratamientos. Primeramente, el masaje; éste es bueno, pero no resulta eficaz mas que para un día. Al menor cansancio, las arrugas reaparecen al instante. Tenemos después la pasta de los Nabis; ésta se la aplica usted por la noche con la careta especial. Es una pasta a base de plantas astringentes, que estiran y ponen tersa la piel. Pero hay que aplicársela todos los días. Tenemos, por último, las inyecciones de parafina, que hinchan el rostro; es bastante doloroso: debe usted permanecer durante un mes en un lugar apartado, mientras es absorbida la parafina.

LA DAMA.—¡Pero lo que usted me propone son suplicios chinos...!

LA CHOUTE.—Para estar hermosa hay que sufrir. Además, todo lo que le ofrezco no tiene sino una eficacia pasajera. ¡Sólo hay un tratamiento duradero...! ¡Y éste es... el tratamiento quirúrgico...!

LA DAMA (espantada).—¿Qué...? ¿Quiere usted que recurra al cirujano...?

LA CHOUTE.—¡Es preciso...! Para las arrugas de la frente, el cirujano le hará a usted ahí, bajo los cabellos, a derecha e izquierda, dos incisiones, cortará dos pedazos de piel y coserá; para las arrugas del cuello, le hará otras incisiones detrás de las orejas.

LA DAMA (aterrorizada).—¡Calle..., calle...!

LA CHOUTE.—¿Quiere usted ser amada, señora...? ¡Entonces, sométase a lo inevitable...! ¡De lo contrario, déjese dominar por la vejez...!

LA DAMA.—¡No..., no...! ¡No me abandone usted, señora...! Lo que me inquieta no es solamente el rostro, sino el cuerpo. Quise adelgazar, y mi pecho, demasiado voluminoso, se convirtió...

El resto de la confesión se pierde en el oído complaciente de La Choute; la dama, orgullosa, se muestra desde los pies a la cabeza. No es solamente el pecho el que se le cae. Es el vientre en forma de persiana, son los muslos descarnados, las manos que se manchan de herrumbre y los pies que se deforman. La Choute toma notas, y, cuando ha concluído, manifiesta que todo esto puede repararse.

LA DAMA (despidiéndose, llena de esperanza).—Me enviará usted discretamente todos sus productos, ¿verdad...?

LA CHOUTE.—¡Descuide usted...! ¡Se los llevaré yo misma y le indicaré la manera de usarlos...! La acompañaré también a casa del doctor Bálsamo, nuestro cirujano. ¡Y no tema usted nada...! ¡Fuera de mí, nadie conocerá su secreto...!

La dama torna a ponerse su tupido velo, y se marcha.

LA CHOUTE (soltando a Beauvallon).—¿Qué, amigo mío...? ¿Oíste...?

BEAUVALLON (pálido).—¡Todo...! ¡Es horrible...!

LA CHOUTE (riendo).—¡Bah...! ¿Y a ti qué te importa...?

BEAUVALLON.—¡Desgraciada...! ¡El enamorado de esa dama, el enamorado para quien ella quiere rejuvenecer... soy yo...!

LA CHOUTE.—¡Imposible...!

BEAUVALLON.—¡Y yo estaba loco por esa mujer...! ¡Después de lo que sé, no la veré más...!

LA CHOUTE.—¡Quia, amigo mío...! ¡Déjate de historias...! ¡No vas a quitarme una cliente de treinta mil francos...!

VIII

CURSO DE COCINA

El joven Lionel Musot vive en un piso bajo del número 152 de la calle de Copenhague. Es uno de esos reducidos departamentos llamados «cuartos de soltero» porque en ellos no se recibe más que a muchachas. Este joven, descolorido, imberbe y peinado untuosamente, posee la gentileza usual en cualquier otro de su especie; es deplorablemente rubio y delgado; sus ojos, de un azul de porcelana, tienen una expresión desabrida, que equivale a falta de expresión. Muéstrase muy agitado; va desde la alcoba al salón, desde el salón a la cocina, donde todo está preparado para el te, y desde la cocina al recibimiento. Está soberbiamente vestido con un pijama de seda azul, que pondría en peligro las mejores digestiones. Habla consigo mismo, como suele hacerse en las obras del antiguo repertorio.

LIONEL (furioso, en la cocina).—¡El agua hierve...! ¿Haré el te...? Pero si lo hago antes de tiempo resultará muy fuerte y me veré precisado a bebérmelo, en el caso de que ella no viniera... ¡Aborrezco el te fuerte...! Me queda el recurso de no beberlo y de tirarlo sobre la piedra del fregadero. Sí; pero tendré que comerme las pastas. ¡O regalárselas a la portera, a la que odio...! (Dirigiéndose a un público imaginario.) ¡Señoras y caballeros...! Hace dos meses que dedico a una mujer casada de la alta sociedad, a la señora Line Bisou, un culto apasionado; supe ser tan tierno, tan respetuoso y, al mismo tiempo, tan atrevido, que esta Line cedió a mis súplicas, subrayadas con gestos decisivos. ¡Hace un mes que se me entregó en este pisito bajo...! Line no tuvo motivos para quedar descontenta del ensayo, porque me otorgó una cita en este modesto palacio para la semana siguiente. Line no acudió, señoras y caballeros; en honor suyo había perdido una clase de Trigonometría. (Cantando.) «¡No! ¡Esto no es un sacrificio...!», como dicen en el Alcestes, de Gluck. No es un sacrificio, porque sé que en el examen de fin de año me calabacearán y, por tanto, juzgo inútil estropearme las meninges estudiando Trigonometría, en la que no sobresaldré nunca. A la semana siguiente, Line me juró con todas las veras de su alma que sería puntual a la nueva cita. Perdí una clase más; compré pastas; hice un te mediano, ¡lo confieso!, y ella no vino... Tampoco vino a la otra semana. Estamos en el cuarto lunes, y ya verán ustedes cómo brillará siempre por su ausencia. Hace un momento llamaron a la puerta de entrada; corrí, con el corazón trémulo de alegría, y estuve a punto de abrazar al hombre que venía para ver el contador del gas... Dentro de una hora volverán a llamar y recibiré a un chico de telégrafos, que me entregará un despacho, siempre igual: «Imposible acudir tan pronto. Descorazonada. Ven a comer el jueves. Ternezas. Line.» (Campanillazo.) ¡Ah! Llaman a la verja del parque... Probablemente es el chico de telégrafos, que avisa desde fuera...

Se decide por fin a abrir; una dama, con un velo muy tupido, penetra vivamente en el recibimiento.

LINE (porque es ella).—¡Hay que ver, amor mío...! ¡Cuánto tardas en abrir...!

LIONEL (avergonzado).—¡Creí que era el chico de telégrafos...! (Estrechándola contra sus brazos.) ¡Ay, amada mía...! ¡Ay, amada mía...!

LINE.—¡Espera...! ¡En primer lugar, me ahogas...! ¡Y, además, me metes el velo en la boca...! ¡Deja que me quite el sombrero...!

LIONEL.—¡Alivia..., alivia...!

LINE.—¿Lo sabes...? No me quito mas que esto... ¡Tengo mucha prisa...! ¡No puedo dedicarte mas que media hora...!

LIONEL.—¡Eso se dice...!

LINE.—¿Cómo «eso se dice»...? No sueltes tonterías, querido mío. Tengo que estar de regreso en mi casa a las siete y media, y son las cinco. ¡Y debo pasar por casa de mi cuñada para preparar la coartada...!

LIONEL (furioso).—¡Quisiera que tu cuñada estuviera casada con un mono y maldigo su posteridad hasta la sexta generación!

LINE (que se ha quitado el sombrero y la capa).—Mi cuñada no tiene hijos. Dime... ¿Qué te parece mi vestido...?

LIONEL.—¡Es muy bonito...! ¡Y me parecerá todavía más bonito cuando te lo hayas quitado...! (Se lanza sobre el corpiño y lo desabrocha.)

LINE.—¡No...! ¡No...! ¡Nada de tonterías...! Se abrocha por detrás, y luego cuesta mucho tiempo ponérselo otra vez... (Lionel no escucha nada y le quita el corpiño como quien despelleja una anguila.) ¡Oh...! ¡Qué bobo eres...! ¡Ahora tengo que quitarme el vestido...! ¡Aguarda un momentito...! ¡Dame primero el te...!

LIONEL.—¿Tienes mucho interés en tomarlo...?

LINE.—No puedo pasarme sin el te. ¡Ni siquiera durante la guerra carecí nunca de te!

LIONEL (desapareciendo en la cocina).—¡Eres una mujer muy metódica!

LINE (dirigiéndose a los bastidores).—Hazlo bien, ¿eh...? Una cucharada para la tetera y una cucharada para cada persona.

LIONEL (en lo hondo de la cocina).—¡Ya lo sé...! ¡Atiza...! ¡Se ha salido el agua y se ha apagado el gas...!

LINE.—¡Alivia...! ¡Me muero de sed...!

LIONEL.—¡Ya está...! (Reapareciendo con una bandeja.) ¡La señora está servida...!

LINE (sentándose).—¡Dios mío! ¡Cómo me divierte tomar el te así... desnuda...! ¡Son las alegrías del adulterio...! ¡Un terrón de azúcar nada más...! ¡A ver las pastas...! ¡Ah! ¡Hay golosinas de las que a mí me gustan...! ¡Y tartas alsacianas...! ¡Eres una delicia...! No me despeines...!

LIONEL.—¡Bebe ligera...! ¡Si tú tienes sed, yo tengo hambre!

LINE.—Espera un minuto, ¡qué diablo...! ¡Cada cosa en su tiempo...! ¿No me preguntas por qué estoy este día en tu casa...?

LIONEL.—¡No...! Lo importante es que estés en ella...! ¡Haz el favor de beber...!

LINE.—Primero tengo que contarte... ¡Figúrate que mi marido está celoso...!

LIONEL.—¡Me da lo mismo...! ¡Lo mataré...!

LINE.—¡No lo matarás...! No está celoso de ti. Por el contrario, te quiere mucho y dice: «¡El pequeño Lionel es muy agradable, está muy bien educado y no hace la corte a las mujeres casadas...!»

LIONEL (molesto).—Me cree un calabacín, ¿no es eso...?

LINE.—¡A ver si le vas a guardar rencor por eso...! Sospecha del mayor Wetherley, un norteamericano que me trae frita, y está convencido de que este yanqui tiene suerte con las mujeres. Por esta causa, monín, he estado un mes sin poderte cumplir mi palabra. Mi marido me acompañaba a todas partes, hasta a las tiendas, a pesar de que los maridos las aborrecen. El mayor regresó ya a América; pero mi querido esposo le había tomado el gusto a mi compañía y no había manera de librarse de él...

LIONEL.—¡Ya lo he notado...!

LINE.—Parecía que lo hacía a propósito. Siempre que tenía que venir a verte e invocaba todos los pretextos, Exposición de pintura, conciertos de música moderna y obras de caridad, me decía: «¡Voy contigo...!» ¡Y, como comprenderás, no podía traerlo aquí...!

LIONEL (sombrío).—¡Lo habría matado...!

LINE.—¡Habrías hecho mal...! ¡Ya no se estila eso...! Entonces, ayer tuve una inspiración genial... La comida era detestable... Y, ¡ya ves!, fué preciso despedir a mi cocinera Gertrudis...

LIONEL.—Es lástima. ¡Se comía tan bien en tu casa...!

LINE.—Pues en lo sucesivo, amor mío, comerás muy mal. Gertrudis me robaba como un mercachifle, sin disimularlo siquiera; la he sustituído, porque he encontrado a una maritornes de Caen que nos envenena con sus inmundas bazofias. Ayer mismo, Gustavo se puso loco de cólera. «¿De manera que en esta casa no se puede comer como es debido...? Nos dejas envenenar... No hay más remedio que recurrir al restaurante...» etcétera, etcétera. Yo cogí la ocasión por el cabello y le dije: «Tienes mucha razón, amigo mío. Pero la sustituta de Gertrudis está llena de buena voluntad, y si tomamos otra sería tan ignorante o tal vez menos dispuesta que ésta. Conservemos y enseñemos a esta idiota que tenemos. Yo me encargo de convertirla en una cocinera modelo. Pero para ello es preciso que la lleve al curso de Cocina.» Mi esposo reflexionó y pensó: «¡Puedo dejarla bajo la vigilancia de su cocinera! ¡Mi honor está seguro...!» Y me permitió salir con ella. ¡Aquí, donde me ves, vengo del curso de Cocina...!

LIONEL (estupefacto).—¡Pobrecilla querida mía...! ¿Te has impuesto este suplicio...?

LINE.—No es un suplicio. Es, por el contrario, una cosa muy divertida. Figúrate una gran cocina, instalada en un piso bajo de la calle de La Boetie... Unos hornos soberbios; delante de ellos, una amplia mesa con legumbres preparadas, cacerolas, manteca, etcétera. Delante de la mesa, unas sillas, donde están instaladas unas señoras con sus cocineras; hay allí también jóvenes estudiosos con las manos sucias. Entre la mesa y el horno, un gran sacerdote, cubierto con una tortada blanca y rodeado de sus vicarios, tocados igualmente con tortadas. Es el maestro un afamado cocinero... ¡Y hay que ver lo grave y serio que se pone...! ¡No bromea...! ¡Oficia...! A la apertura del curso, hizo su entrada seguido de sus ayudantes; saludó, y, sin decir una sola palabra, comprobó el calor del horno; luego volvióse hacia nosotros y, apoyando las manos en la tribuna, es decir, sobre la mesa, principió: «Señoras y señores: hoy vamos a estudiar «el pollo a la Trevoux». Este plato fué descubierto por el famoso Birochon, en mil setecientos ochenta y dos; esta lumbrera de la Cocina francesa estuvo al servicio del duque de Brunswick...»

LIONEL (que piensa en otra cosa).—¡Es curioso...! Pero, Line, nosotros tenemos que preocuparnos de algo distinto...

LINE.—¡Un instante...! Hasta que acabe mi pastel... ¡Qué impaciente eres....! ¡Por ti fuí yo allá...!

LIONEL (suplicante).—¡Line, por lo que más quieras...! ¡Que se va el tiempo...!

LINE.—No tienes idea de lo que se necesita para fabricar el pollo a la Trevoux... ¡Un montón de cosas...! Coges un pollo, le quitas los huesos...

LIONEL (decidiéndose).—¡Tú eres mi pollito...! ¡Yo no te quitaré los huesos...!