Señaló discretamente á una señora entrada un años, pintarrajeada y modestamente vestida, á la que acosaban con manoteos y gestos de súplica otras dos, jóvenes y elegantes. Se adivinaba que habían entrado allí únicamente para tratar un asunto, lejos de la curiosidad de las salas de juego.
—Solicitan un préstamo, y ella se resiste—continuó Castro—. Tal vez es el segundo ó tercero de la tarde. Esa dama es una rival del vejete que lleva en la solapa el Corazón de Jesús. ¡Famoso usurero! Empezó de mozo de café, y debe tener unos dos millones, después de treinta años de honrada industria. Todo lo que posee lo destina al pueblo de La Turbie, que le ha nombrado su bienhechor. Regala imágenes de santos, ha reconstruído la iglesia... Atención: la dama se ablanda. El préstamo va á realizarse.
Las tres mujeres habían desaparecido detrás de una puerta de caoba que daba entrada á los gabinetes de necesidad para señoras. La prestamista guardaba sus caudales en las enaguas, y le era preciso remangarse para hacer sus negocios. Poco después salió rápidamente hacia el salón de juego. Necesitaba continuar su vigilancia sobre algunas deudoras, por si estaban ganando. Las dos jóvenes la siguieron, llevando sus bolsos de mano todavía abiertos para contar con la vista los billetes acabados de recibir.
Castro, que más de una vez había sufrido la humillación de operaciones semejantes, empezó á discurrir con amargura sobre el vicio que sostiene la existencia de este edificio enorme y de todo el principado. El jugaba por la ganancia, jugaba porque era pobre; ¡pero tantos ricos venían allí, con riesgo de perder la base de su bienestar!...
—El juego es un empleo de la imaginación. Por eso habrás notado que los hombres de imaginación, los escritores, los verdaderos artistas, rara vez juegan. Muchos dan escándalos por sus vicios exagerados hasta la monstruosidad, pero ninguno se ha distinguido como jugador. Tienen asuntos más interesantes á que aplicar su potencia imaginativa.... En cambio, la gran masa de los humanos siente el encanto del juego, y cuanto más vulgar es un individuo, con más fuerza le atraen las seducciones del azar. Nuestros actos están guiados por el deseo de conseguir un máximum de placer con una parte mínima de sufrimiento y de trabajo; ¿y qué mejor que el juego para obtenerlo?... Todos obedecemos á la esperanza y hacemos aquello que nos parece más ventajoso. Además, nos conviene exagerar la probabilidad de que ocurra aquello que queremos ardientemente, y acabamos por tomar nuestros deseos por realidades.... Los que entran todos los días aquí tienen la corazonada de que saldrán llevándose mil francos, ó veinte mil, ó cien mil, y lo regular es que salgan con los bolsillos vacíos. No importa; al día siguiente volverán, guiados de la mano por las mismas ilusiones.
Cesó de hablar, como si le afligiese la consideración de que estaba haciendo su propio retrato. Luego añadió:
—Sin estas ilusiones que nuestra imaginación ama porque la arrullan dulcemente, la vida resultaría irresistible. Es tal vez una felicidad que nuestras esperanzas no sean matemáticamente exactas y que en nuestro destino tenga tanta influencia la suerte. Además, la vida es breve, el porvenir incierto; si la fortuna ha de venir á nosotros, conviene abrirle el camino para que llegue velozmente; ¿y qué mejor camino que el juego?... Cuando ponemos nuestras esperanzas muy lejos en el tiempo, valen muy poco. Si debemos ganar, que sea pronto y de una vez. Nuestra vida no es mas que un juego de azar. Todos somos jugadores, aun los que no han tocado jamás una carta. Las profesiones, los negocios, el mismo amor, puro juego, puro azar, asunto de suerte. La habilidad ó la inteligencia pueden hacer los juegos de nuestra vida más favorable, pero el azar no pierde por esto sus derechos y la buena suerte del individuo realiza lo más importante. Para llegar á rico, hasta en los negocios que parecen más seguros hay que ser favorecido por un concurso de circunstancias extraordinarias, de golpes de azar constantemente felices. Jamás un hombre se ha hecho rico ó célebre solamente por lo que vale.
Lubimoff, uno de los grandes ricos del mundo pocos años antes, asintió con movimientos de cabeza á esta afirmación.
—Hasta los gobiernos cultivan la esperanza pública por medio del azar—continuó Castro—. Raros son los que no autorizan una lotería. El que adquiere un billete compra un poco de esperanza, la posibilidad, si tiene imaginación, de fabricarse por unos días toda clase de ilusiones magnificentes y de experimentar una profunda ansiedad en el momento del sorteo. El mejoramiento de nuestro bienestar material por el propio esfuerzo resulta laborioso y difícil. Pero hay un medio de proporcionar una felicidad relativa á los humildes: darles la esperanza de llegar á ricos, de emanciparse de toda servidumbre, de realizar el ideal de libertad que todos sienten. El Estado se muestra por principio enemigo del juego; lo considera inmoral, por estar basado en lo incierto; pero toda operación de comercio, financiera ó de industria representa un azar, muchas veces la ruina de uno de los contratantes, y es un juego casi igual á los de aquí.
Sonrió Atilio irónicamente antes de continuar.
—Que hablen contra el juego los moralistas hasta cansarse... Lo cierto es que las sumas que se arriesgan en las carreras de caballos y en los casinos aumentan de año en año con una progresión rápida, más rápida que la progresión de la fortuna pública. El desarrollo de las buenas costumbres no ejerce ninguna influencia en su disminución. En cambio, las complicaciones de la vida moderna, con sus crecientes necesidades, favorecen la pasión del juego y hasta la agravan.
El príncipe le interrumpió. Tal vez era cierto lo que decía, pero ¡qué vicio deprimente el juego! Los seres más razonables se dejaban dominar por él, hasta perder su inteligencia ordinaria.
—Es cierto—confesó Atilio—. En los juegos es donde se muestra la debilidad humana y la tendencia que tenemos á la superstición. ¡Qué de manías, como si el pasado pudiera influir en el presente!... ¡Qué de inútiles esfuerzos para domar á la suerte!... Se han derrochado más tesoros de imaginación para inventar nuevos sistemas de juego que para encontrar el movimiento perpetuo, y con igual inutilidad. Todas esas combinaciones maravillosas conducen al jugador infaliblemente á la pérdida, con más ó menos rapidez, pero siempre con certeza... ¡Y qué fe la nuestra! La considero superior á la de los mártires de las religiones. Cuando uno cree poseer una combinación segura para ganar, resulta inútil disuadirle. Nada le puede convencer. Es curioso que el fracaso del sistema y la pérdida consiguiente no descorazonen nunca al buen jugador. Inmediatamente acogemos una nueva combinación, la verdadera esta vez, que nos permitirá conseguir la fortuna... A una esperanza sucede siempre otra esperanza, y así vamos viviendo, hasta que llegue la muerte.
La melancolía de estas últimas palabras fué breve. Castro pareció acordarse repentinamente de algo que le hizo sonreir.
—¡Y qué incoherencias en la vida de los jugadores! Arriesgan el dinero sin miedo y no hay gente más avara. Fíjate en las mujeres que juegan con mayor pasión. Todas mal vestidas; algunas llegan hasta el descuido en su persona. El dinero lo necesitan para jugar, y dejan para el día siguiente la compra de lo necesario. Hay hombres que pasan toda la tarde con el sombrero bajo el brazo, por ahorrarse los cincuenta céntimos que cuesta dejarlo en el vestíbulo del Casino. Hoy, al entrar, he visto á un viejo que espera á un amigo suyo todos los días junto al mostrador del guardarropa. Depositan juntos sus sombreros y gabanes; así, cada uno sólo paga veinticinco céntimos. Luego, en la ruleta, los he visto manejar á fajos los billetes de mil francos.
Los jugadores que entraban eran interpelados desde las mesas.
—¿Aún sigue ganando?...
Se referían á la de Delille. Las noticias no eran acordes. Unos parecían indignados: «Sí; continuaba ganando con una suerte insolente.» Se había desvanecido el entusiasmo del primer momento. Una punta de envidia latía en las miradas y las palabras. Otros, á impulsos del mismo sentimiento egoísta, se complacían en marcar un descenso en esta suerte maravillosa. Perdía y ganaba. Sus buenos golpes ya no eran tan seguidos como al principio; pero de todos modos, si se retiraba inmediatamente, tal vez se llevase trescientos mil francos.
Atilio y el príncipe vieron á Lewis de pie ante el mostrador, bebiendo uno de aquellos whiskys que serenaban su ánimo y le permitían reanudar las retorcidas combinaciones que habían de devolverle su herencia paterna y restaurar su castillo.
Le llamaron para enterarse de la suerte de la duquesa. Lewis se encogió de hombros con una expresión de escándalo y de protesta. Era absurdo ganar de tal modo jugando tan mal.
—Debe tener oculto en sus faldas el rosario del conde—dijo Atilio con gravedad.
Quedó Lewis perplejo, como si tomase en serio estas palabras. Después se ruborizó, con una corrección británica, al acordarse de los extraños adornos del rosario de su amigo. De repente empezó á lanzar violentas carcajadas: «¡Ah, mister Castro!...» Le parecía tan chistosa la suposición de mister Castro, que tosió, asfixiándose de tanto reir, y fué en busca de un nuevo whisky para recobrar su serenidad.
Volvieron los dos amigos al salón de Las Gracias florentinas.
El príncipe vió á Novoa y á Valeria en el mismo diván, continuando su conversación, pero cada vez más abstraídos, fijos los ojos en los ojos, como si estuviesen en un lugar desierto.
Llegó cerca de ellos sin que le viesen, y pudo oir un fragmento de lo que decía la acompañante de Alicia.
—No conozco España; ¡pero me interesa tanto!... Yo adoro todos los países de amor, donde los hombres son desinteresados, donde no exista la dote y una mujer puede casarse aunque sea pobre.
Dejó caer una ojeada de lástima el príncipe al pasar junto al sabio.
VII
Un nuevo personaje intervino en la vida de los habitantes de Villa-Sirena. El coronel anunció con entusiasmo á este amigo que le había hecho conocer doña Clorinda.
—Es un teniente español de la Legión extranjera. Vive en el hotel que el príncipe de Mónaco ha destinado á los oficiales convalecientes. Se llama Antonio Martínez, nombre vulgarísimo que dice muy poco; pero es un gran soldado, un héroe, y no sé cómo sobrevive á sus heridas.
«La Generala», que llevaba la cuenta de todos los militares de cierta notoriedad llegados á Monte-Carlo, había querido conocer á este teniente, tomándolo luego bajo su protección. La duquesa de Delille también se interesaba por él, y las dos, orgullosas de ser sus «madrinas», lo exhibían en el atrio del Casino, alquilaban carruajes para pasearlo por los lugares más hermosos de la Costa Azul, le regalaban los comestibles mejores y las pastelerías de tiempo de guerra que conseguían encontrar. Enfermo del pecho á consecuencia de los gases asfixiantes de los alemanes, había recibido, además, en la cabeza un casco de granada, y sufría de tarde en tarde accidentes nerviosos que le hacían caer al suelo privado de conocimiento. Los médicos hablaban con tristeza de su estado. Tal vez viviría años, tal vez moriría en una de estas crisis; lo importante era que llevase una existencia plácida, sin profundas emociones. Y las dos señoras, que conocían su verdadero estado, lo lamentaban cuando él no estaba presente. ¡Tan joven! ¡tan afectuoso y tímido! Sobre el pecho de su uniforme amarillo mostaza llevaba, con los cordones rojos, símbolo de heroísmo dado á los batallones extranjeros, la Cruz de Guerra y la Legión de Honor.
Clorinda, que se consideraba con mayores derechos por haberle «descubierto», pensó un instante en llevarlo á vivir con ella, para atender mejor á su cuidado. Pero estaba en el Hotel de París; no disponía de una «villa» entera, como Alicia. Y ésta, aunque tentada por las insinuaciones de su amiga, no se atrevió á instalar al convaleciente en su domicilio. La gente era maliciosa, y ella, sin decir el por qué, temía ahora mucho sus comentarios.
Mientras tanto, las dos llevaban á todas partes al teniente, protestando de que no le permitieran entrar con ellas en los salones del Casino, á causa de su uniforme. Una tarde, doña Clorinda, con toda la autoridad de su carácter, lo llevó á Villa-Sirena. Era una vergüenza que el hermoso edificio y sus vastos jardines estuviesen dedicados á cinco hombres que no servían de nada á la humanidad. Muchas veces lo había convertido imaginariamente en un sanatorio poblado de militares inválidos, con ella al frente como directora y protectora. Pero sus insinuaciones no causaban efecto alguno en el príncipe. «Un egoísta», se decía, volviendo á su antigua opinión.
Ya que le era imposible ocupar la «villa» con una tropa de convalecientes, llevó al oficial español paro que conociese sus jardines, sin solicitar antes el permiso de Lubimoff.
Este pudo contemplar de cerca al héroe de que tanto le había hablado don Marcos en los últimos días. Nada vió en él que revelase sus hechos extraordinarios. Era un muchacho, pronto á ruborizarse cuando le obligaban á contar sus actos en la guerra. Despojado de su uniforme y sus insignias honoríficas hubiese parecido un pobre dependiente de comercio, resignado con su modestia é incapaz de salir de ella. Su aspecto contrastaba con las hazañas que al fin se decidía á confesar en fuerza de preguntas. Tenía veintisiete años y parecía mucho más joven, pero con una juventud enfermiza, debilitada por las heridas y los sufrimientos.
Lubimoff, que odiaba la fanfarronería de los héroes jactanciosos, se sintió desconcertado primeramente y luego atraído por la sencillez de este oficial. De no conocer por don Marcos la autenticidad de sus proezas, las habría creído falsas.
Algo intimidado en presencia del famoso dueño de Villa-Sirena, confesaba su origen humilde sin orgullo y sin timidez. Era un pobre, hijo de pobres. Había intentado estudiar una carrera, pero la necesidad de ganarse el sustento le hizo abandonar los libros, rodando por las más diversas ocupaciones. ¡Era tan difícil en España conquistar el pan!... Después de hacer la guerra en Marruecos como español, había vagado por diversas repúblicas de la América del Sur, siempre en lucha con la miseria y la mala suerte.
—Allá donde tantos brutos se hicieron ricos—decía—, yo sólo conocí una pobreza igual á la de mi patria... Cuando estalló esta guerra me indigné, como muchos, de la conducta de los alemanes, de sus atrocidades en los países invadidos. Estaba entonces en Madrid. Una noche, varios contertulios de café convinimos en ir á pelear por Francia. El que se hiciese atrás pagaría diez duros. Todos se arrepintieron de su decisión, menos yo. No crean ustedes que fué por evitarme el pago de la apuesta. Yo tengo mis ideas, y he leído algo. Soy republicano... y Francia es el país de la gran Revolución. Ingresé en un batallón de la Legión extranjera que se organizaba en Bayona, compuesto en su mayor parte de españoles. Quedan ya muy pocos: los más han muerto; los restantes viven esparcidos en los hospitales ó han quedado inútiles para siempre. Yo conocía la guerra, una guerra de montaña contra los moros del Rif, y sin buscarlo había llegado en mi patria á teniente de la reserva. Tal vez por esto fuí sargento en la Legión á las pocas semanas... pero ¡las asperezas de la realidad! Nunca me imaginé que nos recibieran con música: Francia tiene otras cosas en que pensar; pero fué triste ver tan mal interpretado nuestro entusiasmo. Los hombres llamados á las armas por las leyes del país y que se batían obligatoriamente nos miraban con recelo. Para los otros regimientos éramos gente mala, tal vez escapados de presidio. «¡Qué hambre sufrirías en tu casa—me dijeron en el frente—, cuando has venido aquí para poder comer!...» Y entre nosotros había estudiantes, periodistas, jóvenes de familias ricas, enganchados por entusiasmo... Pero no hablemos de esto. En todos los países hay seres groseros, incapaces de comprender lo que va mas allá de los egoísmos materiales.
Su historia militar estaba circunscrita á la guerra de trincheras, interminable y monótona, á los ataques á corta distancia. Había llegado tarde á la batalla del Marne; y él, que se imaginaba asistir á combates gigantescos, viendo moverse millones de hombres y funcionar cañones inmensos, sólo presenció una serie de luchas entre pequeñas fuerzas ocultas en el suelo, encuentros cuerpo á cuerpo que hacían ganar unos cuantos metros de tierra. La vida en los Dardanelos era el peor de sus recuerdos. No quería hacer memoria de esta campaña horrible. La lucha en Francia le parecía algo plácido comparada con aquella pelea en unos escasos kilómetros de costa, teniendo el mar á la espalda y al frente unas líneas inconquistables.
Después de decir esto callaba, y el coronel tenía que insistir con cierto orgullo paternal para que Martínez siguiese hablando.
—Heridas, muchas heridas—añadía con sencillez—. He perdido de cuenta los hospitales que llevo conocidos en tres años, los viajes que he hecho por Francia en vagones de la Cruz Roja. Cuando no morimos del primer golpe, somos como caballos de corrida de toros. Nos arreglan el pellejo fuera del redondel, nos fortalecen un poco, y otra vez á la plaza, hasta que recibamos la cornada final.
Toledo, impacientándose por la modestia del joven, explicaba sus heridas. Las tenía de todas las épocas. Unas eran de combatiente moderno, producidas por cascos de proyectil explosivo, por balas de fusil de repetición, y hasta aquella tos que cortaba de vez en cuando sus palabras la debía á los gases asfixiantes. Otras eran de cuchillo, de culatazo, de pedrada, de mordisco, recibidas en los encuentros nocturnos, en las sorpresas, donde los hombres luchaban lo mismo que en los albores de la vida del planeta.
El príncipe Lubimoff no podía menos de admirar á este joven, pequeño, moreno, de aspecto insignificante. Parecía imposible que un organismo humano pudiera resistir tanto golpe, que en su cuerpo débil cupiesen tantos quebrantos, sin que él se viniera abajo.
Con la solidaridad de todos los que arrostran el peligro, repelía la gloria individual. Hablaba de la Legión como el soldado habla de su regimiento, como el marino habla de su buque, creyéndolo el mejor de todos. Veía la guerra entera á través de la Legión. Todos los franceses eran valerosos. Además, nadie podía adivinar por dónde atacaría el enemigo, y allí donde emprendía la ofensiva encontraba quien le hiciese frente, cortándole el paso. ¡Pero la Legión extranjera!...
—Los que combaten en el frente son hombres—decía—, hombres arrancados á sus familias por las necesidades de la patria; nosotros somos guerreros. Por esto en las operaciones difíciles, donde hay que sacrificar carne, nos echan siempre por delante. Yo no soy mas que uno de tantos. ¡La Legión!... Cada seis meses cambia de coronel: se lo matan, y otro viene á ocupar su puesto, destinado á morir lo mismo. ¡Y cómo nos odia el enemigo!... Nosotros tenemos un orgullo. Entre los prisioneros que hay en Alemania no existe uno solo de la Legión extranjera. El que cae en manos de los boches sabe que es hombre muerto: nos colocan fuera de toda ley... ¡Y nosotros... nosotros, siempre que podemos...! Hasta cuando nos insultamos de trinchera á trinchera nos enorgullece ser de la Legión. Una noche, los de enfrente, al oirnos hablar en español, empezaron á gritar en nuestro idioma. Debían ser alemanes procedentes de la América del Sur. «¡Ah, macabros! Ya caeréis en nuestro poder, y ¡entonces...!» Nos amenazaban con los más atroces suplicios. Y nos apodan siempre «macabros», no sé por qué.
La duquesa de Delille admiraba al héroe, sintiendo al mismo tiempo cierto malestar por los horrores adivinados detrás de sus palabras. ¡La guerra! ¿Cuándo terminaría la guerra?...
Encogió sus hombros el teniente, sonriendo. Los que vivían lejos del frente deseaban la paz con más impaciencia que los que arriesgaban su vida en él. Habían acabado por acostumbrarse al roce con la muerte. La guerra duraría lo que fuese necesario: cinco años, diez años; lo importante era conseguir la victoria.
Pero Toledo, temiendo que la conversación se desviase de su héroe, volvió á insistir en sus hazañas.
—Soy uno de tantos—dijo Martínez—. Para hombres valientes, la Legión. Allí sí que los hay. ¡Y los que han muerto!... Al principio había en ella soldados de todos los países. Pero los americanos se fueron desde que su República intervino en la guerra, y lo mismo los italianos y polacos. En cambio, muchos rusos, al disolverse sus regimientos, se han incorporado á la Legión... Lo mío nada tiene de extraordinario. ¡Y qué de recompensas por lo poco que he hecho! Llevo dos galones, siendo un extranjero... Además, no puedo olvidar el momento en que me llamó mi coronel, una semana antes de que lo matasen: «Martínez, el general me ha dado cuatro cruces de la Legión de Honor para nuestra Legión. Una es tuya.» Y me la puso en el pecho frente á todo un batallón de hombres valerosos que presentaban sus armas. Esto no puede olvidarse: llena una vida.
Así era. El coronel Toledo lo afirmaba, húmedas las córneas y moviendo la cabeza. Luego, con un egoísmo celoso, lo arrancó á aquellas damas, ocupadas momentáneamente en conversar con el príncipe y sus amigos.
Paseando por los jardines, don Marcos miraba á su héroe con ternura protectora, lo mismo que un artista agotado contempla la ascensión de otro fresco y triunfante.
—¡Juventud... juventud!—decía—. Usted, Martínez, es la España que viene; yo la España que fué y no resucitará nunca. Estoy convencido de que el mundo va por otros caminos.
Sostenía frecuente correspondencia con muchos voluntarios españoles de la Legión. Se preocupaba de ellos con cariños de «madrina», enviándoles chocolate, comestibles selectos, todo lo que podía extraer de la despensa de Villa-Sirena sin detrimento del servicio. Algunas cartas llegadas del frente le hacían llorar y reir de emoción. Un voluntario le pedía el envío de una buena navaja de España, por haber roto la suya en un encuentro nocturno. Otro soñaba con una pistola browning. ¿Quién le daría una browning? Sólo disponía de un revólver de ordenanza, arma insegura que le falló dos veces en el asalto de una trinchera, impidiéndole matar al enemigo que acababa de herirle.
Con Martínez podía expansionarse el coronel, dando suelta á sus profecías favorables para los aliados.
En presencia de Atilio y de Novoa era menos locuaz, temiendo sus comentarios. Por el gusto de hacerle rabiar le recordaban el entusiasmo de los tradicionalistas españoles en pro de Alemania. Castro hasta fingía extrañarse de que no fuese germanófilo, como todos sus amigos políticos.
—Yo estoy donde debo estar—contestaba don Marcos con dignidad—. Soy un caballero, y estoy con las personas decentes.
Este era su argumento supremo. La humanidad se dividía para él en personas decentes é indecentes, lo mismo que las naciones, y Alemania estaba excluída de toda decencia.
Le hacía sufrir como patriota el contemplar á España al margen de la contienda, esforzándose por no saber lo que ocurría en el resto del mundo, encogiéndose con la cabeza bajo el ala, lo mismo que ciertas aves zancudas que creen evitar el peligro no viéndolo. Su país no figuraba, por fortuna, entre las naciones indecentes, pero tampoco era decente, y dejaba escapar la ocasión de cierta gloria que hacía estremecerse al coronel.
Desde tres meses antes, una idea fija perturbaba sus mejores momentos. Los aliados habían entrado en Jerusalén. ¡Gran alegría para el viejo soldado católico! Pero esta alegría le hacía sonreir después amargamente. ¡Una nación protestante libertando por tercera vez el sepulcro de Cristo!...
—Imagínese usted, amigo Martínez, si España hubiese estado con las naciones decentes. Esa gloria nos correspondía á nosotros, que somos la nación más piadosa. Hasta yo, á pesar de mis años, habría ido á la cruzada. ¡Los españoles entrando victoriosos en Jerusalén! ¿Qué me dice usted de esto?...
Pero el oficial contestó con una sonrisa pálida. «Sí... tal vez.» Se veía que no le importaban gran cosa la entrada en Jerusalén y el vacío sepulcro de Cristo. Don Marcos, algo ofendido con el héroe, se replegó en su mentalidad de hombre medioeval. Decididamente, eran de dos épocas distintas. «¡Juventud... juventud! Usted es la España que viene; yo la España... etcétera.»
Sí; el mundo iba por otros caminos. El mismo se olvidó á los pocos días de esta empresa de Jerusalén, angustiado por el mal cariz de la guerra en Occidente. Los alemanes, libres del peligro que representaba Rusia á sus espaldas, concentraban en Francia, después de ajustar la paz con los bolcheviques, la totalidad de sus tropas para llegar á París. Los aliados, frente á esta ofensiva aplastante, sólo contaban con sus antiguas fuerzas y las que pudiese aportar la reciente intervención de los Estados Unidos.
Don Marcos tenía acerca de este auxilio una opinión determinada y firme. Empezaba por sentir contra los Estados Unidos cierta antipatía, que databa de la guerra de Cuba. Podían poseer una gran flota, porque los buques se adquieren con dinero y este pueblo es inmensamente rico: ¿pero un ejército?... Toledo sólo creía en los ejércitos de las monarquías, haciendo excepción de Francia, porque en ella las glorias de la tradición militar van unidas á la historia de la primera República.
Al principio de la guerra, hasta le había irritado la importancia que todos daban al presidente Wilson. Unos y otros contendientes se dirigían á él, apelaban á su juicio, protestaban de las barbaries del adversario. El mismo Guillermo II le cablegrafiaba extensamente para sincerarse con embustes, como si juzgase preciosa la conquista de su opinión.
—¡Ni que fuese ese hombre el centro de la tierra! ¡Un presidente de República que sólo cuenta con unos miles de soldados.... un catedrático... un iluso!...
El sólo comprendía los jefes de Estado con uniforme, el pecho cubierto de condecoraciones, las dos manos en la empuñadura del sable y bajo sus ojos un ejército inmenso, pronto á pegar para imponer sus órdenes. ¡Y este señor de chaqué y sombrero de copa, con sus lentes y su sonrisa de clérigo letrado, era ahora el hombre en el que convergían las miradas de esperanza de medio mundo, el poder decisivo que unos deseaban atraerse y otros no querían irritar!...
Atilio Castro, que se burlaba del coronel, estando siempre en desacuerdo con sus opiniones, parecía impresionado por tal prodigio histórico.
—Estos ya no son sus tiempos, don Marcos. Vamos á ver cosas muy nuevas. América, que hace un siglo era una simple colonia de Europa, tal vez la proteja ahora y la salve. Por lo pronto, asistimos al curioso espectáculo de que un antiguo profesor de Universidad sea el árbitro de la tierra.... ¡Qué diría Napoleón si viese esto noventa y cuatro anos después de su muerte!
Toledo asentía dolorosamente. Sí; sus tiempos habían pasado. La democracia, la República, todas aquellas cosas que le hacían sonreir antes, como algo pasajero y anacrónico privado de fuerza, eran mucho en el mundo y tal vez acabasen por apoderarse de su dirección. Hasta él mismo experimentaba su influencia irresistible. Cuando vió cómo el presidente de la gran República americana protestaba del torpedeamiento de los buques indefensos, de los crímenes de los submarinos, acabando por declarar la guerra al Imperio alemán, don Marcos afirmó con un balbuceo de confesión:
—Ese Wilson... ese Wilson es una persona decente.
Para él, era imposible decir más.
Aceptaba al hombre por su adoración instintiva al poder personal, pero se negó á creer en la fuerza militar de los Estados Unidos. Era un país de libertad, donde todos se consideran iguales, lo que imposibilitaba, según Toledo, la creación de un ejército serio.
El príncipe y Castro hablaban algunas veces en su presencia de la guerra de Secesión, la primera guerra en la que se habían movido millones de hombres, aplicándose además un sinnúmero de inventos, de los que procedían todos los progresos del armamento moderno. Toledo escuchaba, con la duda que inspiran los sucesos lejanos. Esta lucha había sido entre ellos: una guerra de milicias; ¿pero levantar un ejército de millones de hombres en un país que no tenía el servicio militar obligatorio, y hacer que este ejército atravesase el Océano con toda su inmensa impedimenta, llegando á tiempo para salvar á Europa en peligro?... ¡Ilusiones! ¡Lo que allá llaman bluff!
Don Marcos se aferraba á esta palabra para mantener su incredulidad. Aquel pueblo estaba acostumbrado á realizar cosas enormes; todo lo veía en grande: ciudades, edificios, industrias, riquezas, pero luego lo aumentaba considerablemente al anunciarlo y describirlo. Esto lo sabía todo el mundo, y su esfuerzo guerrero que debía aplastar al militarismo alemán y restablecer la paz en la tierra, aunque bien intencionado, no pasaría de ser un bluff más.
Castro aprobaba las palabras del coronel por primera vez, sin ningún intento de burla. El Presidente había declarado la guerra, pero el país no parecía dispuesto á seguirle.
—Enviarán dinero, armas, víveres, todo el poder de su riqueza y su producción... ¿pero un gran ejército? ¿Dónde lo tienen? ¿Cómo va á tomar las armas un pueblo inmenso, acostumbrado á que el soldado sea voluntario, y que vive en la mayor prosperidad? ¿Qué va á ganar con ello?...
Lubimoff, que había estado allá muchas veces, contestaba con un gesto ambiguo:
—¡Tal vez!... Pero si quieren de verdad entrar en la guerra, ¡quién sabe! Todo puede suceder en aquel país, aunque parezca imposible.
El coronel acabó por sentir el entusiasmo irrazonado de las gentes. Desde el principio de la guerra, la gran masa, que cree en los vaticinios misteriosos y las intervenciones sobrenaturales, tenía siempre un pueblo favorito, un pueblo de moda, en el que concentraba sus esperanzas.
Primeramente había sido Rusia, con sus millones y millones de hombres, el «rodillo» compresor ruso, que no tenía mas que ir avanzando para laminar á Alemania. ¡Pobre rodillo! Al quedar hecho pedazos, la veleta del entusiasmo había girado del lado de Inglaterra. Ahora era América, tanto más milagrosa y omnipotente cuanto mal conocida.
Sonaba en todas las conversaciones el nombre de un americano, lo mismo en los tés elegantes que en los cafetuchos del pueblo; el único americano conocido en Europa: el inventor Edisson. El lo arreglaría todo. Se había mantenido hasta el presente invisible y mudo, pero al entrar su país en la guerra iban á verse cosas prodigiosas. En unas cuantas horas, fuerzas invisibles é implacables pulverizarían los ejércitos invasores; los submarinos iban á estallar como proyectiles bajo una luz helada que los perseguiría en las profundidades oceánicas; los aviones que bombardean las ciudades indefensas descenderían atraídos por una succión eléctrica, como el pájaro vuela hacia la boca de la boa. El taumaturgo representaba para las imaginaciones más que todos los soldados y todos los buques de su país.
Y Toledo, que adornaba su dormitorio con retratos de Joffre y de Foch, pero creía al mismo tiempo que en la victoria del Marne había intervenido Santa Genoveva, patrona de París, se sintió atraído por estos milagros del mago americano, que todos anunciaban como cosa segura. La ciencia le infundía respeto y miedo al vivir algo apartada de la religión; por eso creía ciegamente en sus prodigios, como el devoto cree en el inmenso poder del diablo.
Otras veces resucitaba su incredulidad. La guerra sólo puede resolverse con soldados. La fuerza había estado igualada hasta entonces entre ambos contendientes; pero ahora Alemania traía nuevas divisiones, las del frente oriental, para dar el golpe decisivo. Faltaba de este lado otro peso equivalente ó mayor, el chorreo final que llena el vaso, lo desborda é inclina la balanza. Podía ser América... ¡pero llegaban sus fuerzas con tanta lentitud! ¡eran tan grandes los obstáculos!... Algunos batallones del ejército permanente americano habían desfilado ya por París. Después transcurrían los meses sin que el hilillo continuo de auxilios se convirtiese en torrente.
En toda la Costa Azul veía Toledo militares heridos de diversos países. Sólo de tarde en tarde llegaba á vislumbrar algunos uniformes americanos, médicos y sanitarios de las ambulancias que no parecían tener mucho trabajo. Los diarios hablaban de fuerzas de los Estados Unidos que habían ocupado un sector del frente... ¡pero tan escasas!
—Lo del millón de hombres ó los dos millones antes que acabe el año, todo bluff—decía el coronel—. Yo entiendo un poco de eso, y es más fácil construir un rascacielos de cien pisos que trasladar un millón de soldados de un hemisferio á otro.... ¡Y la gran ofensiva que va á empezar!... ¡Y Francia que no puede más, después de cuatro años de heroísmos desangrantes!...
Todos los días se paseaba por el atrio del Casino esperando con impaciencia los grandes papeles con gruesos caracteres manuscritos que los empleados iban fijando en los tableros. El sólo buscaba en los últimos telegramas el principio de la ofensiva anunciada por los enemigos. Esta amenaza había quebrantado su fe en la victoria y le tenía en perpetua angustia. ¡Ay! ¡con tal que los americanos llegasen antes y en cantidades enormes!...
Por deber mentía descaradamente ante los amigos que le rodeaban en el atrio solicitando sus opiniones de hombre de guerra.
—Triunfaremos; y Guillermo tendrá que pegarse un tiro.
Lo único que creía de verdad era lo del tiro, en caso de una derrota alemana.
—Conozco bien al kaiser—seguía diciendo—. No es mas que un teniente; un teniente que se ha hecho viejo, conservando los aturdimientos y las petulancias de la juventud. Pero tiene el pundonor del oficial que, al verse perdido, se lleva el revólver á la frente. Ustedes verán cómo termina así, en caso de una derrota.
Hacía versos, música, pintura, daba su opinión en todas las cuestiones, imponiéndola, como uno de esos oficiales jóvenes que al entrar en un salón burgués lo llenan con sus arrogancias y suficiencias, enardecidos por el silencio de los contertulios, que temen un lance de honor. Era un eterno teniente encanecido bajo una corona imperial y perturbado por los incesantes triunfos de su vanidad. Pero si la suerte le volvía la espalda, tendría el mismo gesto decisivo del oficial que se juega los fondos confiados á su custodia ó comete otros delitos contra el honor.
—No lo duden; mi teniente sabrá serlo cuando llegue la hora mala. Es un loco, un histrión vanidoso, pero conoce la vergüenza del hombre de guerra. Lo repito: se pegará un tiro.
Y oía en su imaginación el imperial pistoletazo.
Lo que disgustaba á don Marcos era no poder hablar de esto ni de los peligros de la ofensiva cuando estaba en Villa-Sirena. Los amigos del príncipe vivían como huéspedes de hotel. Su número sólo era completo en las primeras horas de la mañana. Rara vez se sentaban todos á la mesa. Una fuerza exterior parecía buscarles dentro de la «villa», empujándolos hacia Monte-Carlo. Hasta el príncipe almorzaba ó comía muchas veces en el Hotel de París, avisando á última hora por teléfono.
Este desarreglo doméstico lo aceptaba Toledo como algo providencial. La servidumbre había experimentado una baja irreparable con la partida de Estola y Pistola. Una mañana se le presentaron, balbucientes y emocionados, sin sus fracs largos de faldones. Se marchaban: debían pasar la frontera en la misma tarde para presentarse en su cuartel. Habían recibido orden del cónsul.
No parecía entusiasmarles su nueva condición; pero don Marcos, por deber profesional, quiso fortalecerlos con un pequeño discurso. También él, á su misma edad, había partido á la guerra voluntariamente. «Respeto á los jefes... amarlos como á padres... el honor... la bandera...»
La aparición del príncipe cortó su arenga. Los dos muchachos besaron la mano de su señor, como si se despidiesen de él para la eternidad, y no supieron, en su turbación, dónde guardarse los billetes que les fué dando. ¡Estola y Pistola convertidos en soldados!... ¡Hasta á estos dos adolescentes los arreaban hacia la muerte! Y el caso le pareció á Miguel tan extraordinario, tan falto de razón, que al mismo tiempo que los compadecía experimentaba deseos de reir.
Media hora después ya no se acordó de ellos. El coronel sabría organizar un nuevo servicio con mujeres, ya que la guerra no permitía otros domésticos. Además, él se aburría en Villa-Sirena, encontrando un nuevo gusto á la vida en Monte-Carlo.
Los desocupados que paseaban en torno del «queso» le veían entrar en el Casino con aspecto preocupado, como un jugador que acaba de descubrir una combinación nueva. El público de los salones le había visto también aproximarse á las mesas, como si le interesasen las peripecias de la fortuna. Pero en vano esperaban algunos que avanzase una puesta, imaginándose que sólo podía jugar cantidades enormes.
Sus ojos parecían ver detrás de él, y apenas la duquesa de Delille abandonaba su asiento para trasladarse á otra mesa, el príncipe le salía al paso con la mano tendida y una sonrisa juvenil.
Permanecían inmóviles en el lugar del saludo, hasta que, avisados por el instinto de las miradas curiosas fijas en sus espaldas, iban á sentarse en un diván rinconero, y allí continuaban su conversación. De pronto, el murmullo del público en torno de una mesa la hacía correr á ella con una curiosidad profesional, abandonando momentáneamente á Lubimoff.
Alicia tenía la sonrisa amarga y orgullosa de una reina destronada. En los días anteriores la gente sólo había hablado de ella. Hasta Niza y Mentón volaba su nombre. Las familias monegascas que no pueden entrar en el Casino pedían noticias de su suerte á la hora de la comida. En cafés y restoranes sonaba su apellido mezclado con los de los generales que dirigían la guerra. Frente al cartelón de las últimas noticias, las gentes interrumpían sus comentarios sobre la próxima ofensiva, preguntándose: «¿Cómo le fué ayer á la duquesa de Delille?» Por las tardes, al llegar al Casino, los curiosos corrían para verla mejor y los amigos la saludaban, besando su mano con orgullo. Era una ovación silenciosa de ojeadas y sonrisas, igual á la que saluda la entrada de una tiple célebre en el teatro de sus triunfos.
Cerca de dos semanas duró su batalla con el Casino; ganaba, perdía, volvía á ganar. Su «trabajo» empezaba á las tres de la tarde, prolongándose hasta media noche, y transcurría la hora del té, luego la de la comida, sin que ella se enterase. Al terminar el juego se marchaba, apoyada en un brazo de Valeria, saludando á todos con una amabilidad extenuada y victoriosa. Algunas veces, como una enferma que se deja nutrir á regañadientes, aceptaba los sándwichs y la taza de té que su acompañante hacía traer á la mesa de juego.
Una noche—¡noche memorable!—se cerró el Casino sin que ella cesase de ganar. Contó los billetes que le habían dado los altos empleados con una sonrisa amarillenta y opaca. Cuatrocientos de á mil. Se salían de su bolso de mano y del bolso de Valeria. Hasta su amiga «la Generala» tuvo que prestarle ayuda, guardando varios fajos.
—Si no cierran los hago saltar—dijo con la vanidad de los triunfadores.
Clorinda la acompañó en el coche hasta su casa, dándole consejos prudentes: «Retírate, guarda el dinero. Es imposible ir más allá.» Valeria, en el curso de la noche, repitió lo mismo: «No debía ofender á Dios insistiendo.»
Alicia se negó á oirlas. Su inspiración no se había agotado. Aún le quedaban grandes cosas que hacer, y cuando llegase el momento de retirarse, lo vería antes que los demás.
Miguel había asistido á esta lucha, irritante para él. Todas las tardes, al entrar en el Casino, se insultaba en su interior, como si cometiese un acto vil. ¿Por qué asistía á los hechos de esta loca?... Ella no parecía enterarse de su presencia: una mirada al principio, una sonrisa, y en las horas restantes sólo tenía ojos para el juego y para los croupiers. A pesar de esto, el príncipe llegaba puntualmente.
Para excusarse, hacía memoria de unas palabras de la duquesa. Al día siguiente de su primera y ruidosa ganancia, se había levantado al verle entrar en el salón, tirando de sus dos manos para hablarle aparte.
—Tú me das la buena suerte—susurró en su oído—. Estoy segura de que es así. Gano desde que somos amigos. ¡Ven, ven siempre! Que te vea cada vez que levante los ojos.
Sólo de tarde en tarde los levantaba: tenía otras cosas más urgentes en su pensamiento. Pero Miguel, para acallar su despecho, se decía que estaba allí por cumplir una palabra. Además, ¡quién podía saber si lo que ella decía era cierto!... La tendencia á la superstición que acompaña á los jugadores, el ambiente del Casino, la misma suerte de Alicia, habían acabado por influir en la incredulidad del príncipe.
Pretendía vengarse de estas largas esperas y de su indiferencia contemplándola con ojos despiadados.
—¡Qué fea está!...
Fea, como todas las mujeres que juegan y parecen sufrir el peso de la edad aceleradamente, bajo el aplastamiento de la emoción. Cada pérdida era un año más que caía sobre su cabeza, cada ganancia un gesto violento que desbarataba la regularidad de su rostro. Lubimoff se complacía en notar las arrugas que una atención intensa iba formando en torno de sus ojos; el afilamiento de su nariz, las dos profundas grietas que estiraban los extremos de su boca, dándola una expresión de prematura vejez. Todas sus preocupaciones femeniles desaparecían en el transcurso de las horas. Su sombrero se ladeaba; los bucles de su cabellera intentaban escapar, erizados y estremecidos por las corrientes de humana electricidad que serpenteaban entre sus raíces. Parecía tener diez años más.
Pero una segunda voz interior emitía otra opinión. «Sí, muy fea... ¡pero tan interesante!» Seguramente que al levantarse de la mesa volvería á ser la Alicia de siempre.
Al entrar en el Casino una tarde, husmeó el acontecimiento extraordinario. Las gentes hablaban, se pedían noticias, corrían todas á una misma mesa.
El amigo Lewis pasó junto á él sin detenerse.
—Tenía que ocurrir.... No sabe jugar.... Lo esperaba.
Un poco más allá le salió al paso Spadoni.
—Nunca ha querido oirme... Hace su capricho... no sigue un sistema. Ya ha rodado al suelo.
Todos los jugadores hablaban como si lamentasen una muerte, pero con una compunción hipócrita, rugiendo interiormente de envidia triunfante al ver desvanecida aquella buena suerte absurda que amargaba sus noches.
Avanzó Lubimoff su cabeza entre dos hombros, viendo á Alicia al mismo tiempo que está levantaba sus ojos. Se cruzaron sus miradas. Ella le contempló con desaliento, como si se quejase, haciéndolo responsable de su desgracia. «¿Por qué me has abandonado?»
El príncipe huyó: le hacía daño verla con aquel aspecto humilde y rabioso de cordero en peligro, que bala de pena y se defiende.
Al anochecer volvió al Casino. Aún había quien se ocupaba de la duquesa, pero en voz baja, con ademanes tristes, como si hablase de un moribundo. Los curiosos habían disminuído en torno de la mesa. Vió á Alicia en el mismo lugar. Detrás de su asiento se erguía Valeria, con el rostro triste, mientras doña Clorinda se inclinaba sobre su amiga, hablándola al oído. Adivinó sus palabras. La incitaba á levantarse: mañana tendría más suerte. Pero ella parecía no oir, manteniéndose con los ojos fijos en unas cuantas placas de quinientos francos y de mil, que era todo lo que le restaba. De repente se impacientó, y volviendo la cabeza dijo una palabra, una nada más, algo muy gordo, pero no nuevo en aquella amistad íntima que se rompía todas las semanas. Doña Clorinda dejó caer otra inmediatamente, con acompañamiento de una puñalada de sus ojos, y se alejó, altiva y desdeñosa, mientras Valeria miraba al techo con desesperación.
Volvió á huir Miguel. Le daba miedo la cara de Alicia, la agresividad nerviosa de su voz, que no había oído, pero que se dejaba adivinar en el estremecimiento de sus labios.
Vagó una media hora por los salones, escuchando de lejos las palabras de los que se ocupaban aún de la duquesa. Una tarde había bastado para llevarse las ganancias de muchos días de éxito. Su infortunio resultaba tan inaudito como su buena suerte. No había acertado una sola vez.
Sintió de pronto en su espalda el contacto de una mano nerviosa. Volvió los ojos: era Alicia, pero con un gesto ávido, con una expresión atrevida é implorante á la vez.
—¿Tienes dinero?...
Este rostro, esta voz, no eran nuevos para Miguel. Antes de la guerra, el Casino había sido el lugar de sus victorias más fulminantes é inesperadas. Mujeres glaciales que le trataban con visible despego, mujeres de reconocida virtud que repelían con su aspecto toda audacia, se habían acercado á él con repentina decisión, solicitando un préstamo y preguntando acto seguido á qué hora podía ofrecer el príncipe una taza de té en Villa-Sirena. Recordó al coronel, que consideraba el juego como el peor de los enemigos de la mujer. Servía para que perdiesen toda vergüenza. En unas cuantas horas quedaban demolidos los prejuicios de su vida anterior. Para seguir jugando ofrecían espontáneamente lo que nunca habían querido conceder.
Lubimoff acogió con extrañeza esta demanda brusca. Llevaba encima muy poco dinero: él no era jugador. ¿Cuanto necesitaba?...
—Veinte mil francos.
Dijo esta cifra como podía haber dicho cien mil ó cinco mil. Para ella, era lo mismo en este momento. Además, en los últimos días había perdido la noción de los valores.
Miguel contestó riendo. ¿Se lo imaginaba, acaso, viniendo al Casino con veinte mil francos en la cartera, lo mismo que un usurero ó un comprador de alhajas?
—Pide prestado—dijo la duquesa—. A ti te darán lo que exijas.
El siguió riendo de esta absurda proposición, pero vencido de antemano por la sencillez con que Alicia la formulaba.
—¿Y tú?... ¿Por qué no pides tú?
¡Oh, ella!... En el orgullo de su triunfo, se había olvidado de pagar varias deudas contraídas antes de su racha de buena fortuna. Ahora era inútil pedir. Estaba en un mal momento, todos la consideraban caída é incapaz de rehacerse.
—Y se engañan, Miguel; siento la inspiración de la suerte. Vas á ver cómo me levanto con unos cuantos golpes. Es mi secreto. Si te lo digo me abandonará la fortuna....¡Hazme ese favor!... Pide los veinte mil al vejete que está allá mirándonos. No te los puede negar: eres el príncipe Lubimoff.... Si te parece bien, haremos sociedad: partiré contigo mis ganancias.
Miguel conservó su sonrisa, mientras se escandalizaba interiormente de esta proposición. ¡En qué cosas pretendía mezclarle esta mujer!... ¡El pidiendo dinero á un prestamista del Casino!...
Pero, á semejanza de ciertos enfermos que realizan los actos más contrarios á su voluntad, cuando se apartó de Alicia, haciendo gestos de protesta, sus piernas le llevaron maquinalmente hacia un diván donde estaba encogido el vejete de la barba dura, con la placa del Corazón de Jesús en la solapa, el sombrero en una mano y un gorro de seda sobre la calva.
—Necesito veinte mil francos.
Quedó dudando el príncipe ante el hombrecito, que se había puesto de pie, sorprendido y receloso al ver que le hablaba tan alto personaje. ¿Era realmente su voz la que acababa de sonar?... Sí, era su voz, pero él experimentó una inmensa extrañeza, como si fuese otro el que había hablado. Sintió deseos de retirarse sin esperar la respuesta del gnomo, pero éste contestaba ya, balbuceando:
—Príncipe... ¡tal cantidad!... Yo soy un pobre. Hago de vez en cuando un favor á personas distinguidas, dos ó tres mil francos... ¡pero veinte mil!... ¡veinte mil!...
Al mismo tiempo que murmuraba la cifra con un acento de ternura, sus ojos astutos penetraron en Lubimoff lo mismo que una sonda. Esta mirada irritó á Miguel, haciendo que se interesase por la operación, como si de ella dependiese su honor. Sin duda, el usurero pensaba en Rusia, en los desmanes de la revolución, en la imposibilidad de cobrar su préstamo aunque el gran personaje le ofreciese toda su fortuna.
—Usted debe conocerme—dijo con voz irritada—. Soy el príncipe Lubimoff; soy el dueño de Villa-Sirena. Necesito veinte mil: ni uno menos. Si usted no puede...
Iba á volverle la espalda, pero el enano le detuvo con humildad, considerando inútiles en la presente ocasión todas las excusas y retardos que hacía sufrir á sus clientes, como un suplicio á fuego lento. Se escurrió entre los grupos, suplicando á «Su Alteza» que esperase un instante. Tal vez no poseía toda la cantidad y necesitaba pedir un refuerzo á la caja del Casino; tal vez iba á ocultarse por un instante en los gabinetes de aseo, sacando los billetes de los diversos escondrijos de su traje y hasta de sus zapatos.
Sintió Miguel una mano discreta que rozaba su diestra, introduciendo entre los dedos un rollo de papeles. El vejete había vuelto sin que él le viese llegar, surgiendo entre dos grupos, pequeño y vivaracho, como surge un diablillo de teatro del fondo de su escotillón.
—¿Conoce usted al coronel?... Mañana se avistará con usted para el pago y los intereses.
El príncipe le volvió la espalda sin otro saludo, dejando al usurero satisfecho de su laconismo descortés. Un gran señor no podía hablar de otro modo. Con hombres así le gustaba tener negocios.
Alicia, que había seguido la escena desde lejos, salió á su encuentro, avanzando disimuladamente una mano.
—Toma.
La diestra de Miguel ofreció los billetes con tal rudeza, que esta entrega casi fué un manotón agresivo.
Su vergüenza por el acto reciente se exteriorizaba en confusas protestas.
—¡Las mujeres!... ¡Lo que me has obligado á hacer!...
Ella, con los billetes en la mano, sólo pensaba ya en el juego.
—Vas á presenciar grandes cosas... Ya sabes que formamos compañía: llevas la mitad.
Se alejó sin darle las gracias, dominada de nuevo por aquel demonio invisible que cantaba en su oreja números y colores.
Lubimoff también se marchó. Temía encontrarse otra vez con el prestamista y recibir su saludo familiar; se imaginaba que todo el público de los salones había seguido atentamente su entrevista con el vejete, sonriendo cuando recibía el dinero.
Salió del Casino. Jamás volvería á él: ¡lo juraba!
Castro, al que había visto de lejos jugando en una mesa, volvió á Villa-Sirena á la hora de comer. Tenía mal gesto; pero olvidaba su propio infortunio para consolarse con el relato de las desgracias de Alicia:
—Después de perderlo todo en el «treinta y cuarenta», apareció á última hora con más dinero: un fajo de billetes de mil francos... Y ella, que no siente predilección por la ruleta, se lanzó á la ruleta. ¡Qué modo de jugar! Al principio acertó unos plenos, dos ó tres, pero luego nada: ¡perder y más perder! Se lo ha dejado todo en la mesa. No la vi salir, pero me han contado que parecía una muerta, apoyada en el brazo de Valeria... Aseguran que sufre del corazón... Lo que yo digo: no es jugador todo el que pretende serlo; se necesita un organismo fuerte. «La Generala» juega menos, pero tiene más serenidad, unas entrañas sólidas.
Miguel durmió mal. Estaba indignado contra Alicia. En vez de lamentar su desgracia, la consideraba lógica. ¡Una mujer metida á ganar dinero!... Las mujeres sólo pueden conseguirlo de manos del hombre, y es inútil que lo busquen por sí mismas, ni aun apelando al juego. El juego también es empresa de hombres.
Y en esa penumbra mental que separa el sueño de la vigilia, el príncipe, tendido en su cama, recordó una de las escenas de su mejor época, cuando su yate estaba anclado en el puerto de Mónaco. Fué una noche, al salir de un banquete en el Hotel de París. Como estaba algo ebrio, se apoyó en los brazos de dos mujeres hermosas que se disputaban, sonrientes y sin éxito, el dominio de su voluntad. Detrás de él marchaban, lo mismo que un séquito, sus amigos, sus parásitos brillantes, varias damas invitadas, toda su corte. Habían entrado en el Casino. El no era jugador; le fatigaba permanecer inmóvil ante una mesa; creía pueril preocuparse por el rodar de una bolilla de hueso ó las combinaciones de unas cartulinas pintadas. ¡Hay en la vida tantos placeres más interesantes!... Pero aquella noche, orgulloso de su poder, sintió deseos de reñir una batalla con la fortuna. La fortuna es hembra, y él la domaría en fuerza de dinero, lo mismo que á las otras. Los ricos acaban por vencer al destino impalpable.
Puso ante él una cantidad enorme para entablar la lucha, y la fortuna no quiso su dinero; antes bien, empezó á darle el suyo con una prodigalidad desdeñosa. El multimillonario deseó perder y no pudo. Variaba su juego caprichosamente, cometía errores voluntarios, y el éxito le salía siempre al paso. Al fin se cansó. Esto fué antes de la guerra, y en vez de las fichas de hueso que representan cien francos, se jugaba con hermosas monedas de oro de igual valor. Tenía ante él numerosas y deslumbrantes columnas de dicho metal; fajos de billetes...
—¿Quién quiere dinero?
Empezó á arrojarlo como una lluvia enloquecedora. Corrieron todas las mujercitas que palidecen y se crispan en torno de las mesas por la suerte de un luis único. Se empujaban, rodando sobre la alfombra, lastimándose mutuamente con las manos y los pies por alcanzar una gota de este maná áureo. Algunas se abofetearon y arañaron mientras sus diestras oprimían el mismo billete de mil francos, desgarrándole. Volteaban los sombreros por el suelo; las cabelleras se esparcían en toda su integridad ó se desmenuzaban en una nube de bucles postizos.
—¡A mí, príncipe... á mí!...
Con las manos ganchudas saltaban en torno de él lo mismo que un corro de poseídas.
—¿Quién quiere dinero?...
Los altos empleados intervinieron con una contrariedad sonriente, por ser quien era el autor del escándalo. «Alteza, ¡por favor!... Las partidas van á suspenderse; esto no se ha visto nunca.» Pero él siguió arrojando dinero, hasta agotar sus ganancias—más de sesenta mil francos—, y los juegos se reanudaron con más público que antes. Todas las que habían recogido algo en el suelo ó en el aire corrieron á exponerlo á una carta ó á un número.
Lubimoff saboreaba este recuerdo como un triunfo. Podría repetirlo siempre que quisiera; estaba seguro de ello. Reconocía que, al final, todos los jugadores acaban perdiendo, y él no se tenía por un ser de excepción. Pero su voluntad dominaba en los primeros momentos á la fortuna, y... ¡retirándose á tiempo, antes de que ella se rehiciese, con una maldad de hembra brava!...
El príncipe acabó por dormirse pensando en Alicia.
—¡La pobre!... No sabe; Lewis tiene razón; no sabe... ¡Qué va á saber una mujer hermosa que sólo ha pensado en ella!... Debo ayudarla. Yo soy un hombre. Tal vez mañana... mañana...
Al día siguiente, á la hora del desayuno, don Marcos experimentó una gran sorpresa y no menos inquietud. El príncipe, que nunca se preocupaba del dinero de la casa, dejando que su «chambelán» se entendiese directamente para los gastos con el administrador de París, le preguntó qué cantidades tenía disponibles.
El coronel hizo un cálculo mental. No creía guardar más allá de quince mil francos. Estaba esperando un envió del apoderado.
—Dámelos—ordenó Lubimoff.
Y á continuación, como si recordase algo repentinamente, habló con indiferencia de la deuda contraída en la tarde anterior. Toledo quedó absorto al saber que debía entenderse con el viejo usurero para la devolución de los veinte mil francos y el pago de unos intereses inauditos que podían doblarse en pocos días. Recordó el almuerzo en que había propuesto Su Alteza una vida solitaria y dulce. ¿Dónde estaban ahora los feroces «enemigos de la mujer»? Porque el coronel adivinaba en estos derroches del príncipe, en su repentina afición al juego, la obra de una influencia femenil. ¡Y él que no osaba jugar mas que algunas monedas de tarde en tarde, pensando en las enormes sumas confiadas á su lealtad!...
Mientras corría al Banco en que estaba depositado el dinero de la casa, el príncipe paseó por los alrededores del Casino, esperando con impaciencia la apertura de las salas. A primera hora era escaso el público y muy contadas las mesas que funcionaban. Sólo acudían los jugadores rabiosos, después de haber pasado la noche en claro, deseando probar cuanto antes sus nuevas combinaciones, y las personas achacosas, con la esperanza de encontrar libre un buen asiento.
La impaciencia hizo entrar á Lubimoff en el atrio, después de meterse disimuladamente en un bolsillo el fajo de billetes que le presentó Toledo. Los empleados del primer turno iban llegando con paso lento, como funcionarios que entran en su oficina. Las mujeres dedicadas á la limpieza y los mozos en mangas de camisa acababan de barrer el aserrín esparcido sobre el pavimento. Todos le examinaron de reojo, avisándose su presencia con discretos codazos. ¡El príncipe á aquella hora, cuando los de su mundo estaban aún en la cama!... Instintivamente miraron en todas direcciones, esperando descubrir á alguna señora vestida con recato para este disimulado encuentro matinal. La fama del personaje sólo les permitía suponer una cita de amor.
A las diez se abrieron las mamparas, y Miguel entró empujando á los primeros jugadores, gente modesta y tímida. Sufría la nerviosidad, la impaciencia, la sorda cólera de las mañanas en que se había batido. Pisaba con fuerza; sus manos se arqueaban como si pretendiesen estrangular el aire. Al mismo tiempo sentía la confianza orgullosa del tirador, seguro de que dará en el blanco. Despreciaba de antemano á la suerte, vencida por él. «¡Ah, perra!» Iba á vérselas con un hombre.
De un tirón arrancó la silla en que había puesto otro su mano, y se sentó á una mesa de ruleta, entre dos viejas, sucias y mal vestidas, con aspecto de brujas. Los empleados cruzaron su asombro en forma de discretas ojeadas. ¡El príncipe apuntando, y á aquella hora!...
—Hagan sus juegos...
Empezó la partida. Miguel no tenía combinación alguna ni había pensado nada. Sus ojos vagaron sobre los treinta y seis números. Pero sólo fué por un instante.
«Este», pensó. Y puso todo lo que podía poner, nueve luises, el máximum, sobre el 13.
Rodó la bolilla por el borde de caoba, y su caída final fué saludada con un murmullo de asombro. «¡El 13!»
Unos cuantos billetes de mil empujados por la raqueta de un croupier quedaron ante el príncipe, que permaneció impasible, guardando su gesto duro y autoritario. Lo sabía; estaba seguro de no equivocarse. Otra vez el 13.
La gente hizo gestos de asombro. ¡Qué locura apuntar dos veces al mismo número! Pero al salir el 13 por segunda vez y cobrar el príncipe otro máximum, un murmullo del público aplaudió al vencedor. Corrían los curiosos, dejando abandonadas las otras mesas. Esta mañana iba á ser tan famosa en el Casino solitario como las tardes y las noches más célebres, cuando luchan con la suerte los jugadores ricos.
Lubimoff cambió de número. Era absurdo insistir en el 13. Y puso nueve luises al 17... Rodó la bolilla. El 13 una vez más. Perdía.
Su gesto se hizo más duro y agresivo. La suerte empezaba á reirse de él por su falta de voluntad. Un dominador no debe sentir vacilaciones; suya era la culpa, por haber abandonado el número. Los hombres deben insistir hasta imponerse, ó perecer sin abandonar su primera actitud. ¡Al 13, como antes!... Y salió el 17.
Creyó por un momento que el suelo escapaba bajo sus pies; se sintió flotar, rodeado de fuerzas misteriosas que rompían y ablandaban su voluntad. Pasó una mano por su frente, como si quisiera repeler muy lejos esta flaqueza momentánea.
«¡Ah, perra!», exclamó mentalmente, insultando á la fortuna, seguro otra vez de que iba á esclavizarla.
Y continuó jugando.
A las tres de la tarde salió del Hotel de París. Acababa de almorzar, solo, sin fijarse en las miradas que le dirigían de las otras mesas, evitando esos saludos amables que inician una conversación.
Llevaba en la boca un grueso cigarro, y sus piernas, aunque firmes, estaban agitadas interiormente por un cosquilleo voluptuoso. Había comido mal, dejando casi intactos los platos; en cambio había bebido una botella de Borgoña famoso, y varias copas de licor á continuación de dos tazas de café.
Desde la escalinata del hotel abarcó en una mirada destructora la plaza, el Casino, los jardines. Pensó con fruición en la posibilidad de que un acorazado cualquiera de los que guerreaban en los mares de Europa fondease ante este palacio de confitería, enviándole unas cuantas granadas. ¡Hermoso espectáculo! Luego, con la imaginación, hizo descender á tierra la compañía de desembarco y sus ametralladoras, para llevarse cautivos á todos los que llenaban la plaza, hombres y mujeres, sin perdonar á los niños. Nada perdería con ello el mundo. ¡Ciudad de corrupción! ¿Qué demonio había aconsejado á su madre la compra del promontorio de Villa-Sirena, obligándolo á él á vivir junto á este antro?... Hasta protestó contra la difunta princesa, con la moralidad áspera é incorruptible de todo jugador que acaba de verse chasqueado.
Al pasear sus ojos por la alegre y bien vestida muchedumbre que él destinaba á la esclavitud, vió á Alicia, sola y de pie, al borde de la acera del «queso», mirando al Casino.
—¿Vas á entrar?—dijo acercándose á ella.
Se indignó la duquesa, como si le propusiera algo humillante, algo que no había hecho nunca. ¿Entrar ella en el Casino?...
—Eso es una cueva infecta, y los empleados unos infectos, y los que juegan... otros infectos.
¡Todo infecto!... Después de esto se dieron las manos lo mismo que si acabaran de reconocerse.
Cuando Miguel, insistiendo en sus buenos deseos, le habló del bombardeo y el desembarco con ametralladoras que llevaba en su imaginación, la duquesa casi aplaudió. Por ella, que lo destruyesen todo, que se llevaran prisionero hasta al mismo príncipe soberano, y si encima los invasores le devolvían lo que había perdido, mejor que mejor.
De pronto, como si le sirviesen de aviso estas caritativas fantasías de Lubimoff, fijó en él unos ojos escrutadores, unos ojos de enfermo receloso que adivina en el vecino sus mismos síntomas.
—Tú has jugado.
Miguel movió la cabeza tristemente.
—Y has perdido—continuó ella—; eso no hay que preguntarlo: se ve en seguida... ¡Tú jugando!...
Pero su extrañeza fué corta.
—Has jugado por mí: lo adivino... Te has dicho: «Voy á ganar lo que esa loca pierde; los hombres sabemos más que las mujeres...» ¡Ah, pobrecito mío, pobrecito mío, cómo agradezco tu buen deseo!... ¿Y cuánto fué?...
Al conocer la cifra hizo un gesto plañidero; pero sonrió á continuación, como si este compañerismo en la desgracia le hiciese más llevaderas sus propias pérdidas.
Quedaron un rato en silencio. Luego explicó ella su presencia en la plaza. Había jurado la noche antes no acercarse más al Casino; ¡pero la costumbre!...
—Estoy sola. Valeria se ha ido apenas terminó el almuerzo. Anda como loca por ese sabio que tienes en tu casa. Deben haberse dado alguna cita. Sólo habla de España, porque allá se casan las mujeres sin dote... De «la Generala» no me hables, no quiero saber nada; está muerta... ¡muerta para siempre! Y yo me aburro en mi soledad, pienso en cosas que me hacen llorar; salgo, y las piernas me traen hasta aquí sin que me dé cuenta.
Luego añadió, con una imploración graciosa:
—Llévame á cualquier parte, adonde se te ocurra. Paseemos lejos de aquí... ¿Dónde podremos ir?
El príncipe mostró la misma indecisión. Se movían siempre en el mismo círculo, desde sus casas al centro de Monte-Carlo, al Casino, y quedaban como desorientados al pretender ir más allá. La guerra había suprimido los automóviles particulares; era necesaria una autorización previa para las excursiones. Sólo se encontraban carruajes tirados por caballos flojos, desechos de la movilización.
—¿Si fuésemos á Mónaco?—propuso Alicia.
Mónaco estaba á la vista, al otro lado del puerto; un tranvía lo liga con Monte-Carlo cada veinte minutos, y no obstante, ella hizo su proposición lo mismo que si hablase de un país remoto.
Los dos habían pasado varios años aquí, viendo á todas horas la roca que lleva en su lomo la vieja ciudad de los príncipes, pero como si fuese una pintura de telón de fondo, sin ocurrírseles nunca llegar hasta ella. Alicia recordaba vagamente una visita al palacio del soberano y otra al Museo Oceanográfico, sin poder dar forma á sus impresiones. Lubimoff había visto también desde el interior de su automóvil jardines, casas viejas y una gran plaza, el único día que visitó en su viejo castillo al príncipe de Mónaco.
Decidieron el viaje con una alegría de colegiales, y cuando la duquesa iba á llamar á un coche de punto, Miguel mostró cierta indecisión, llevándose una mano á diversos bolsillos.
No tenía dinero. Todo lo había dejado en la ruleta, absolutamente todo. En el hotel había pedido que anotasen su almuerzo, entregando sus últimos francos á los camareros como propina.
Alicia acogió su preocupación con grandes risas. ¡Un Lubimoff no teniendo con qué pagar á un cochero de punto!... Unicamente en Monte-Carlo podían verse estas cosas.
—Yo pagaré, pobrecito mío. Será á cuenta de los veinte mil que te debo. No; á cuenta, no: será un regalo. Tú que tanto diste á las mujeres, deja que sea yo la primera que costee tus necesidades. ¡Qué lujo! Yo «entreteniendo» al príncipe Lubimoff...
Habían ocupado un carruaje, que empezó á descender la cuesta hacia el puerto de La Condamine.
—¡Cómo nos mira la gente!—dijo Alicia—. Van á creer que te rapto. La arruinada duquesa de Delille se lleva al príncipe multimillonario para ser su amante y sacarle el dinero... ¡Y no saben que soy yo quien paga! Anda, ríete un poco. ¿Te parece mal que yo pague?... ¿No encuentras eso gracioso?...
Habló de su imprevisión y su alocamiento con cierto orgullo, como algo que la colocaba sobre todas las gentes de costumbres regulares. La noche anterior temió que no le quedase dinero para poder comer al día siguiente. Pero Valeria había pasado la mañana haciendo preciosos descubrimientos en los armarios: billetes de Banco perdidos entre las ropas, placas del Casino olvidadas en los libros, hasta un papel de mil francos envolviendo una vieja pastilla de jabón.
Cesó repentinamente de enumerar estos hallazgos.
Estaban en el puerto. Ella señaló á una dama que marchaba por el muelle, entre las altas adelfas recortadas en forma de árboles. Era Clorinda. De un banco se levantó un señor que parecía esperar, saliendo á su encuentro. Los dos reconocieron á Atilio Castro, viendo cómo se saludaban él y «la Generala», cómo seguían juntos su paseo, tan ocupados en contemplarse mutuamente, que no fijaron su atención en el carruaje.
Miguel sonrió. El allí, al lado de Alicia, que le hacía cometer toda clase de extravagancias; el otro esperando con una emoción de adolescente la llegada de doña Clorinda. ¡Pobres enemigos de la mujer!
—¡No me hables de ella!—exclamó Alicia, á pesar de que su compañero no había dicho nada—. ¡La detesto!... El pobre Martínez en el olvido. Me lo disputa, me lo quita, y luego viene en busca de Castro, mientras el otro infeliz vagará por Monte-Carlo. ¡Qué mujer! ¡El mal que me ha hecho!... Ella tiene la culpa de todo.
Y ante la mirada interrogante del príncipe fué exponiendo sus quejas con acento de convicción. Su pérdida tan rápida y completa no podía explicarse lógicamente. Dos semanas ganando, y en unas cuantas horas perderlo todo... ¿cómo podía ser eso? La noche anterior, al retirarse del Casino, una amiga respetable, una marquesa italiana, antigua bailarina, muy experta en las cosas de la suerte y que llevaba treinta años jugando en Monte-Carlo, le había descubierto la cruel verdad: «Duquesa, usted tiene alguna persona que la quiere mal: una amiga envidiosa que frecuenta su casa y le ha echado una maldición. Sólo así se comprende lo ocurrido. Hay que repeler la mala suerte, devolviéndosela á quien se la envió.»
—Ya ves que la cosa resulta clarísima: una amiga envidiosa y que frecuenta mi casa... Clorinda; no puede ser otra. Y mañana mismo voy á repeler la mala suerte, tal como me lo ha recomendado la marquesa. Otras jugadoras siguieron sus consejos y les va muy bien.
Eran los Reyes Magos los que poseían el privilegio de deshacer estos conjuros perversos. Necesitaba purificar su «villa», fumigar todas las habitaciones donde hubiese entrado «la Generala», quemando en una cazoleta oro, incienso y mirra, los tres presentes de los monarcas viajeros. Oro no lo había: estaba oculto con motivo de la guerra; pero, según la marquesa-bruja, era lo mismo quemar trigo.
—Debo recitar al mismo tiempo una oración en italiano, una súplica muy bonita á los tres reyes, casi una romanza, que dice... que dice...
No pudiendo acordarse, abrió su bolso de mano. En el monedero guardaba la plegaria, escrita con lápiz detrás de un cartón del Casino de los que sirven para anotar las jugadas. Miguel miró el interior del bolso con la curiosidad que inspiran siempre todos los objetos de la mujer que nos interesa. Vió sobre el arrugado pañuelo una carterita de piel, y colgando de ella un fetiche de jugadora, una mano con el índice y el meñique tendidos en forma de cuernos, para conjurar la mala suerte. Pero junto con la mano colgaba otro fetiche de oro, de forma tan inesperada, tan inaudita, que Miguel desechó como inverosímil lo que había pasado ante sus ojos en rápida visión.