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Los enemigos de la mujer

Chapter 8: V
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About This Book

Set among the social world of a Mediterranean resort and its gambling salons during the wartime era, the narrative follows a circle of wealthy, pleasure-seeking men whose vanity and contempt for women shape personal and social conflicts. The author sketches interlocking episodes that reveal habitual gambling, emotional manipulations, and the clash between private greed and wider historical events, while basing many characters on observed types. Themes include gender relations, pride, hypocrisy, and moral decay within a leisure society that attempts to ignore the surrounding crisis. The work balances satirical observation with psychological study of desire, rivalry, and the consequences of selfishness.

—Gracias á él—prosiguió Novoa—, la oceanografía, que apenas era nada, aparece hoy como un estudio serio. Sus yates han sido laboratorios flotantes, cruceros de la ciencia, que poco á poco han realizado las primeras conquistas de la profundidad. Con sus flotadores errantes ha afirmado de un modo cierto los viajes circulares de las corrientes atlánticas; con sus sondajes minuciosos reveló los misterios de la vida submarina en los diversos pisos de la masa oceánica. Los sabios han podido navegar y estudiar sin apremios de economía gracias á él. Por su munificencia se han publicado hermosos libros, se han abierto museos, se han hecho excavaciones en la tierra que aclaran el origen del hombre.

—Y todo eso—interrumpió el coronel, persistiendo en su anterior admiración—con dinero del Casino. El juego costea los cruceros científicos, el carbón y el personal de las lejanas expediciones, la impresión de libros y revistas, las subvenciones á los jóvenes que desean perfeccionar sus estudios, el Instituto Oceanográfico de París, el Museo Oceanográfico de Mónaco donde usted trabaja, el Museo Antropológico... Y hay que contar que todo esto no es mas que una propina que abandonan los accionistas... ¡Lo que produce ese palacio que muchos encuentran horrible!...

—Nada importa la procedencia de las cosas cuando resultan útiles—dijo el profesor con dureza—. Nadie pregunta á los gobiernos, al recibir su ayuda para una obra benéfica, cuál es el origen del dinero. Muchas veces lo han extraído con más crueldad y violencia que lo sacan en este lugar, adonde todos acuden voluntariamente. Bueno es que el dinero de los ambiciosos, de los ilusos, de los que sienten un vacío en su vida que no saben cómo llenar, sirva por primera vez para algo grande y humano. Fíjese en lo que lleva hecho por la ciencia en pocos años este príncipe de un Estado minúsculo. ¡Si los grandes emperadores dedicasen á empresas semejantes la inmensa fuerza de que disponen! ¡Si Guillermo hubiese hecho lo mismo, en vez de preparar la guerra toda su vida!... ¡Lo que tendría adelantado la humanidad!

El coronel, por considerarse hombre de guerra, sólo admitió á medias estas palabras del profesor. La espada, la gloria militar, eran algo: el mundo resultaría feo sin ellas... Pero se calló, no atreviéndose á turbar el entusiasmo de su amigo.

—Todos los pecados de un lado se redimen al otro.

Novoa, al decir esto, señalaba la masa del Casino irguiendo sus cúpulas y torrecillas policromas sobre la meseta de Monte-Carlo. Luego su índice trazaba una raya en el aire pasando por encima del puerto, é iba á apuntar sobre la eminencia de la izquierda, ó sea el peñón de Mónaco, un edificio cuadrado y enorme que descendía sus muros hasta las olas, un palacio nuevo, cuya piedra guardaba aún la blancura de la estearina en esta atmósfera pocas veces rayada por la lluvia: el Museo Oceanográfico.

Don Marcos sonrió ante este contraste.

—Lo mismo que don Atilio. Cada vez que contempla desde aquí el panorama, se fija en esos dos palacios separados por la boca del puerto y que ocupan los dos promontorios. Dice que el uno justifica al otro, y añade que son... ¿cómo dice él? ¿una antítesis?... No: es otra cosa.

A través de los árboles llegó desde Villa-Sirena el mugido metálico de un gong llamando á los huéspedes, esparcidos en el parque ú ocultos todavía en sus habitaciones. El coronel lo escuchó con placer. «El almuerzo.»

Lanzó una última mirada á los dos enormes edificios, el uno erizado de remates agudos y multicolor, el otro cuadrado y de una blancura uniforme. Entre ambos promontorios, á ras del agua, venían á encontrarse las dos escolleras nuevas que cerraban el puerto, con dos torrecillas octógonas que flanqueaban la boca, rematadas por linternas de faro: la una de vidrios verdes, la otra de vidrios rojos.

El coronel se dió un golpe en la frente y sonrió á su compatriota:

—¡Ah, sí, ya recuerdo!... Dice que el Casino y el Museo forman un símbolo.


Quince días llevaba de existencia, sin desacuerdos ni obstáculos, aquella asociación que Atilio había titulado de «los enemigos de la mujer». ¡Libertad completa! Villa-Sirena era de todos, y su dueño parecía un invitado más.

Al levantarse Castro, bien entrada la mañana, veía en un rincón del jardín al príncipe, despechugado y con los brazos desnudos, manejando una azada. El complemento de la nueva vida era para él cultivar una pequeña huerta, dándose la satisfacción de comer legumbres y oler flores que fuesen producto de su trabajo. Este hombre que había tenido un batallón de servidores en torno de él para las necesidades de su existencia, deseaba ahora bastarse á sí mismo, conocer la seguridad orgullosa del que sólo confía en sus brazos. Resultaban vanas sus invitaciones á Castro para que imitase este ejercicio sano y provechoso, que era al mismo tiempo una vuelta á la primitiva sencillez.

—Gracias: no me gusta Tolstoi. Como vida simple, prefiero ésta.

Y se tendía en el musgo, al pie de un tronco, mientras el príncipe seguía cavando su huerta. Hablaban de los compañeros. Novoa estaba en la biblioteca ó vagaba por el parque. Algunas mañanas tomaba el tranvía á primera hora para ir á Mónaco y continuar sus estudios en el Museo. En cuanto á Spadoni, nunca se levantaba antes de mediodía, y muchas veces el coronel golpeaba su puerta para que no llegase con retraso á la mesa del almuerzo.

—Sólo se duerme al amanecer—dijo Atilio—. Pasa la noche consultando sus apuntaciones sobre la marcha del juego. A veces se mete en mi cuarto cuando estoy durmiendo, para comunicarme una de las innumerables martingalas que acaba de descubrir, y tengo que amenazarle con una zapatilla. Guarda en su habitación, entre los cuadernos de música, rimeros de hojas verdes que contienen día por día todo un año de juego en las diversas mesas del Casino... Está loco.

Pero Castro se guardaba de añadir que muchas veces pedía prestado á Spadoni su archivo para comprobar los propios cálculos, y á pesar de burlarse de sus invenciones, arriesgaba sobre ellas algún dinero, por una superstición de jugador que cree en el instinto de los inocentes.

Después del almuerzo, los dos se apresuraban á marcharse al Casino. El príncipe, si no asistía á un concierto, se quedaba con Novoa y el coronel en una loggia del piso alto, contemplando el mar. La guerra había poblado esta parte del Mediterráneo. En tiempos normales era un mar desierto y monótono, sin otros incidentes que el revuelo de las gaviotas, los espumosos saltos de los delfines y algún que otro trapo de barca pescadora. Los vapores y los grandes veleros apenas si se marcaban como una pequeña sombra en el horizonte, navegando rectamente de Marsella á Génova, sin contornear el extenso golfo de la Costa Azul. Pero ahora el peligro submarino había obligado á la navegación comercial á deslizarse al amparo de las costas. Casi todos los días pasaban convoyes: vapores de carga de diversas nacionalidades pintarrajeados como cebras para disminuir su visibilidad y escoltados por torpederos franceses é italianos.

Estos rosarios de buques, navegando tan cerca de la costa que podían leerse sus títulos y distinguir á sus capitanes erguidos en el puente, hacían hablar al príncipe y al profesor de los horrores de la guerra.

Intervenía el coronel á veces en el diálogo, pero era para lamentarse de los obstáculos que oponía la tal guerra á sus funciones de intendente. Cada día resultaba más difícil su gestión. No encontraba nada que valiese la pena de ser presentado en una mesa como la del príncipe, y eso que los precios pagados por él le producían indignación al compararlos con los de los tiempos de paz. ¡Y la servidumbre!... Había hecho venir criados de España, ya que todos los del país estaban en el ejército, pero se los sonsacaban inmediatamente los dueños de los hoteles. Todos preferían servir en cafés ó alojamientos de continuo tránsito, seducidos por el azar de las propinas y el roce con las camareras de blanco delantal.

Había improvisado un servicio de comedor con aquellos dos muchachos italianos de Bordighera cuyas familias estaban instaladas en Mónaco. El mayor, más avispado, se apellidaba Pistola, y trataba despóticamente á su compañero, largándole hipócritas patadas y coscorrones en pleno comedor cuando el coronel estaba de espaldas. Atilio, por la atracción del consonante, había apodado Estola al compañero de Pistola, y todos en la casa aceptaban el nombre, hasta el propio interesado.

—¡Lo que me ha costado adecentarlos y educarlos!—gemía Toledo—. Y ahora parece que los van á llamar de Italia para que sean soldados... ¡Más hombres á la guerra! ¡Hasta estos chicuelos, que aún no tienen la edad!... ¿Qué haremos cuando se vayan Estola y Pistola?

Muchas noches, á la hora de comer, sufría quebrantos la disciplina de la comunidad. El primero que faltó fué Spadoni. Llegaba después de media noche, diciendo que había comido con unos amigos. Otras veces no volvía; y transcurridos varios días, se presentaba tranquilamente, como si hubiese salido horas antes, con la serena inconsciencia de un perrillo vagabundo. Nadie podía saber con certeza dónde había estado. El mismo lo ignoraba. «Encontré á unos amigos...» Y en el curso de media hora, estos amigos eran los ingleses de Niza ó una familia de Cap-Martin, como si hubiese vivido en los dos lugares al mismo tiempo.

Atilio también faltaba. Un compañero de juego le había enseñado en el Casino los pequeños cartones partidos en columnas que sirven para marcar las alternativas del «rojo» y el «negro». Varias damas extraían de sus sacos de mano, entre el pañuelo, la caja de polvos, el lápiz para los labios, los billetes de Banco y las fichas de diversos colores, que son el dinero del juego, unos documentos de igual clase. Todos los textos estaban acordes. Por la mañana y por la tarde perdían los «puntos» y ganaba la casa; pero á partir de las ocho de la noche, una fortuna loca sonreía á los jugadores. Las estadísticas no podían ser más claras: imposible la duda. Y Castro renunciaba á la buena mesa de Villa-Sirena, contentándose con un bock y un emparedado en el bar. Luego regresaba á media noche en un carruaje de alquiler, pagando á manos llenas al cochero asombrado. Otras veces, de pie ante la verja, rebuscaba en su portamonedas antes de reunir el precio de la carrera. Los hados habían mentido. Los augures de los cartoncitos estaban á aquellas horas tan limpios como él.

Toledo mascullaba protestas. Este desorden le hacía lamentar una vez más la escasez de personal. La servidumbre se levantaba tarde, á causa de sus esperas nocturnas. Por esto el coronel sentía la satisfacción de un gobernador de fortaleza que ve todas las poternas cerradas y siente las llaves en su bolsillo, las noches en que no faltaba ningún compañero del príncipe. Después de la comida escuchaban á Spadoni. Sentado ante un gran piano de cola, hacía música á su capricho ó seguía las órdenes del príncipe, melómano de gustos pervertidos por un excesivo refinamiento, que sólo deseaba obras de autores extravagantes y obscuros.

Castro, que era pianista, no podía á veces ocultar su entusiasmo ante los prodigios de este ejecutante.

—¡Y pensar que es un imbécil!—exclamaba con la franqueza de la emoción—. Todas sus facultades las ha deformado y aglomerado, concentrándolas en la música, sin dejar nada para los demás... No importa; es un idiota... pero un idiota sublime.

Algunas noches, Spadoni se quedaba con un codo en el teclado y la frente en la diestra, como si la música le ensimismase, cuando, en realidad, lo que danzaba debajo de sus melenas eran cuadrados rojos y negros, muchos naipes y treinta y seis números formando tres filas presididas por el cero. El príncipe, molestado por este silencio, se dirigía á Castro.

—Cuéntanos algo de tu abuelo don Enrique.

Este abuelo había sido casado con una tía del general Saldaña; y aunque Atilio no alcanzó á conocerle, hablaba con frecuencia de él como de un personaje curioso que le inspiraba cierto orgullo ó amargas ironías, según el estado de su ánimo. Era un hombre de belicoso humor y sombríos entusiasmos, que había acabado de dilapidar la fortuna de la familia, ya quebrantada por los antecesores. Emparentado con un gran número de aristócratas, terminó por negar este parentesco, como si fuese algo vergonzoso. Los títulos de nobleza de su familia dejó que los tomasen otros. El lema que figuraba, desde siglos en el escudo de los Castro lo había reemplazado con uno de su invención, que resumía su vida entera: «Mañana más revolucionario que hoy.» Durante treinta años no hubo en España insurrección triunfante ó abortada en la que no interviniese este caballero de gesto sombrío, quisquilloso, espadachín, que trataba á los hombres como un déspota y estaba dispuesto á morir por la libertad del género humano.

—¡Un don Quijote rojo!—decía Castro.

De niño recordaba haber jugado con su sable, fabricado en Toledo: un arma repujada de oro, con arabescos copiados de la vieja espada del descubridor y conquistador Alvaro de Castro, que había sido Adelantado en las Indias. Pero en lo alto de la hoja, donde los abuelos ponían su mote de fidelidad á Dios y al rey, él había hecho grabar «¡Viva la República!». Sin este sable caballeresco, se negaba á tomar parte en una revolución. Lo había llevado de Sicilia á Nápoles siguiendo á Garibaldi para destronar á los Borbones. «Mañana más revolucionario que hoy»; y sus compañeros le parecían de pronto unos reaccionarios, lo que le hacía buscar nuevas doctrinas que colmasen su insaciable deseo de destrucción y renovación. Al fin, este descendiente de Adelantados y Virreyes acabó por ingresar en la primera «Internacional de trabajadores». Y lo más extraordinario fué que su primitiva educación, sus altiveces y sus acometividades paladinescas le acompañaron en esta vida nueva, haciéndole convertir la más insignificante divergencia de doctrina en un «asunto de honor».

Por discusiones de comité se había batido en París con un «camarada» obrero. Apenas cruzaron los sables, el trabajador recibió un corte en la cabeza.

—Es justo—dijo el herido limpiándose la sangre—. El marqués, que ha podido aprender el manejo de las armas, debe pegarle al hijo del pueblo.

Don Enrique palideció ante esta ironía, y por restablecer la igualdad, por suprimir sus ventajas históricas, levantó el sable, dándose una feroz cuchillada en el cráneo, mientras corrían los testigos á sujetarle para que no reincidiese.

Después de seguir por segunda vez á Garibaldi en la guerra de 1870, batiéndose contra los prusianos en Dijón, el movimiento insurreccional de la Commune le atrajo á París.

—Creo que lo hicieron general—decía Atilio—. En aquella mascarada trágica debió sufrir mucho. Lo cierto es que lo fusilaron las tropas del gobierno y nadie sabe dónde fué enterrado.

La admiración por este abuelo de vida novelesca se amortiguaba al pensar en su madre. Pobre, huérfana y olvidada de sus parientes, había tenido que casarse con un hombre que casi podía ser su padre, llevando fuera de España la vida errabunda de las familias del cuerpo consular. Atilio había nacido en Liorna, recibiendo el mismo nombre de su padrino, un viejo señor italiano amigo del cónsul de España. El recuerdo de su abuelo venía á entenebrecer de vez en cuando la existencia de su pobre madre, resignada y devota. En Roma, los españoles de paso, todos gentes de sanas ideas que llegaban para ver al Papa, torcían el gesto al enterarse de su origen. «¡Ah! ¡Usted es la hija de Enrique de Castro!...» Y ella parecía encogerse, pedir perdón con sus ojos tristes y humildes.

—Yo no reniego de mi abuelo—añadía Atilio—. Me hubiese gustado conocerle. Lo único que lamento es que nos dejase tan pobres; aunque sus antecesores ya habían hecho más que él para arruinarnos.

Los días en que había perdido se mostraba más quejumbroso, recordando las inmensas posesiones de los Castro de la conquista americana.

—Hay ahora inmensas ciudades en campos que dió el rey á mis antecesores. Uno de mis remotos abuelos apacentaba sus caballos y construía su barraca colonial donde existen actualmente jardines, monumentos y grandes hoteles. Eran centenares de millones de metros: á una peseta el metro, ¡imagínate, Miguel! Sería más rico que tú, más rico que todos los millonarios del mundo... Y no soy mas que un mendigo bien trajeado. ¡Ira de Dios! ¿Por qué no guardaron mis abuelos sus tierras, en vez de dedicarse á servir al rey ó al pueblo? ¿Por qué no hicieron lo que cualquier patán que conserva religiosamente lo que le entregaron sus antecesores?...

Otras noches, sentados en la loggia, escuchaba el príncipe á Novoa ante el nocturno espectáculo del cielo y del mar. No había más luz que el velado resplandor que llegaba desde un salón lejano. La costa estaba obscura. La silueta de Monte-Carlo y de Mónaco se recortaba sobre el fondo estrellado, sin un solo punto rojo. Eran escasos los reverberos en la ciudad, y además tenían los vidrios pintados de azul. Los farolones de la escalinata del Casino estaban enfundados como las linternas de un coche fúnebre. La amenaza de los submarinos alemanes mantenía á todo el principado en la obscuridad, lo mismo que las costas de Francia. Sólo á la entrada del puerto de Mónaco las dos torrecillas octogonales tenían en sus cimas un faro rojo y un faro verde, que derramaban sobre las aguas un zigzag de rubíes y otro de esmeraldas.

En esta penumbra, puesto de pie y mirando á los astros, Novoa hablaba de la poesía de la inmensidad, de las distancias que dan el vértigo al cálculo humano. A Spadoni le era imposible imitar la atención del príncipe y de Castro. ¿Qué podía importarle la llamada estrella tricolor? Los millones de millones de leguas de que hablaba el sabio despertaban su bostezo; y por una asociación de ideas, se dedicaba á jugar mentalmente, suponiendo que acertaba cincuenta veces seguidas, siempre doblando.

Ponía una simple moneda de cinco francos—la puesta menor que admiten en el Casino—, y á los veinticinco golpes se detenía con espanto. Había ganado treinta y tres millones y medio de duros: más de ciento sesenta y siete millones de francos. ¡Solamente en veinticinco minutos!... El Casino cerraba sus puertas, declarándose en quiebra; pero esto no conseguía sacarle de su delirio. La prodigiosa pieza de cinco francos continuaba sobre el paño verde al lado de una montaña de dinero que seguía creciendo y creciendo. Había que completar los cincuenta golpes, siempre doblando. Dió cinco más en su imaginación y se detuvo. Ya había ganado mil setenta y tres y pico de millones de duros: más de cinco mil millones de francos. Tendrían que entregarle el principado entero de Mónaco, y aun esto tal vez no alcanzase á cubrir la deuda. Al golpe treinta y cinco, el simple «napoleón» se había convertido en treinta y cuatro mil millones de duros: ciento setenta y un billones de francos. No le iban á pagar; estaba seguro de ello. Sería necesario que se reuniesen todas las grandes potencias de Europa, que se aliasen como para una gran guerra, y aun así tal vez no hiciesen honor al crédito que les presentaba el pianista Teófilo Spadoni.

Ya no podía calcular mentalmente. A los veinte golpes tuvo que valerse del lápiz que le servía en el Casino para marcar la marcha del juego y de aquellos cartones divididos en columnas que facilitaban los empleados. El dorso resultaba estrecho para sus ganancias, que se ensanchaban, formando cantidades quiméricas. Siguió su juego triunfador. En el golpe cuarenta se detuvo. Cinco millones de millones de francos. Decididamente, no le podían pagar ni en Europa ni en el mundo entero. Las naciones tendrían que ponerse en venta, el globo terráqueo saldría á pública subasta, los hombres serían esclavos, todas las mujeres se alquilarían para entregarle el producto de su deshonor; y aun así, sería preciso que solicitasen un plazo de unos cuantos miles de años para quedar bien con él, acreedor del universo, sentado en su banqueta de pianista como sobre un trono.

Aunque tenía la certeza de que le engañaban, de que nadie en la tierra ni el cielo podía afianzar á la banca, siguió jugando. Sólo quedaban diez golpes. Y cuando dió el que hacía cincuenta, tuvo un rasgo magnánimo. Regaló con el pensamiento á los empleados del Casino los centenares, los miles, los millones y los millones de millones. El se quedaba simplemente con la cifra que figuraba á la cabeza de la ganancia, y escribió en su cartoncito:

5.000.000.000.000.000 de francos

¡Cinco mil billones!... Como producto de cincuenta minutos de trabajo, no estaba mal.

Llamó de pronto su atención el silencio con que el príncipe y Castro escuchaban á Novoa, y fijó en éste sus ojos de visionario todavía deslumbrados por el revoloteo áureo de la Quimera.

También el sabio hablaba de millones de millones, de cifras que no podía abarcar con palabras y detallaba repitiendo uno tras otro docenas de ceros. El pianista creyó entender que profetizaba la vejez del sol dentro de un plazo (aquí una cifra interminable), la desaparición de la vida presente, la fuga del astro hacia una constelación remotísima, su apagamiento y su muerte (otra cifra que infundía miedo).

Sonrió Spadoni con desprecio. El sol, la constelación de Hércules adonde éste se dirige, los cien mil millones de millones de años que necesita para llegar á ella, los diez y siete millones de años que tardará en apagarse, dejando de calentar la vida de la tierra, todos los cálculos de este sabio, ¡miseria, pura miseria! Si él dejaba su moneda sobre la mesa cincuenta veces más, las cifras de la astronomía iban á resultar despreciables y ridículas al lado de una ganancia obtenida en cien minutos. Sólo Dios podía ser su banquero, pagándole con estrellas como si fuesen monedas; ¿y quién sabe si el mismo Dios sería capaz de resistir el centésimo golpe de cinco francos, siempre doblando, y no tendría que declararse en quiebra?...

Se sumió por algún tiempo en la contemplación interna de su grandeza. Al volver á la vida exterior, la voz de Novoa seguía sonando con cierto misterio ante el obscuro horizonte, perforado arriba por las punzadas de las estrellas, ondeado abajo por la fosforescencia de las olas.

El príncipe le había impulsado á hablar del mar como regulador y origen de la vida. El pianista se enteró de que los océanos cubren las tres cuartas partes del globo, y como representan una fuerte mayoría sobre los continentes, éstos viven sometidos á aquéllos, aunque se crean superiores, como los gobiernos tienen que sufrir la influencia del sufragio universal y acatar la fuerza de las mayorías. Todas las grandes leyes atmosféricas se establecen, no en la reducida superficie de las tierras, rugosa y quebrada, sino en la limpia extensión de los océanos, que permite á las moléculas obedecer libremente á las leyes mecánicas de los flúidos.

Spadoni tocó en un codo á Castro. Quería comunicarle en voz baja la inaudita ganancia que acababa de realizar. Pero Atilio repelió su mano sin volver la vista y siguió escuchando.

Novoa hablaba ahora de las aguas ardientes condensadas en la atmósfera primitiva del globo, que se habían precipitado sobre su corteza en formación, disolviendo ó arrastrando cuanto encontraban en esta superficie acabada de nacer.

—Con la sal que hay en los océanos—dijo Novoa—se podría construir todo el relieve del continente africano.

El pianista volvió á agitarse. ¡Una Africa toda de sal! ¿De qué podía servir eso?...

—Castro, escúcheme—dijo en voz muy queda—. Yo pongo cinco francos y doy cincuenta golpes, siempre doblando, ¿sabe usted?...

Pero el otro no quiso saber nada, y rechazó el cartoncito que le tendía ocultamente.

Spadoni, ofendido, cerró los ojos, queriendo aislarse y no escuchar estas cosas sin importancia para él. Si el sabio hablaba todas las noches, él perdonaría la hospitalidad del príncipe, yendo en busca de otros amigos.

De pronto, una palabra le sacó de su altivo aislamiento, haciéndole abrir los ojos. El profesor hablaba del oro arrastrado por las lluvias hirvientes de la creación planetaria y que estaba disuelto en el mar.

—Sólo hay unos miligramos por tonelada de agua; pero con el que existe en los océanos se podría formar una mole tan enorme, que, repartida proporcionalmente entre los mil quinientos millones de habitantes que tiene la tierra, nos tocaría á cada uno un lingote de cuarenta mil kilos, ó sean cuarenta mil toneladas de oro.

El pianista avanzó su rostro, estupefacto. ¿Qué decía el profesor?

—Y teniendo en cuenta—prosiguió Novoa—el curso del oro antes de la guerra, el lingote que nos corresponde á cada uno de los humanos representa ciento veinte millones de francos.

Fué cortado el silencio por un ruido estridente. Castro volvió la cabeza, creyendo que Spadoni roncaba. Al ver sus ojos desmesuradamente abiertos, comprendió que era un suspiro emocionado, una exclamación de sorpresa.

—Doy mi parte por cien mil francos en billetes—dijo con voz grave.

Y mientras los demás reían, él quedó con la mirada fija en Novoa. ¡El mar!... ¡quién diría que el mar!... Aquel sabio sabía mucho; y él, con repentina veneración, se propuso escucharlo siempre.


Una noche, Atilio y el príncipe comieron solos. El pianista se había fugado á Niza, al salir del Casino, con sus amigos los ingleses, que jugaban al poker en el landó. Novoa estaba invitado á comer por un colega del Museo, y no volvería hasta media noche.

Miguel recordó sus impresiones de la tarde. Había ido al Casino para asistir á un concierto clásico, osando arrostrar la curiosidad obsequiosa de los empleados y el miedo á tropezarse con algunas de sus antiguas amistades. Desde la escalinata exterior á las puertas del teatro tuvo que responder á una serie de profundos saludos de los funcionarios, unos con kepis y dorados botones, otros de levita solemne, erguidos y dignos como notarios de comedia. La gente que paseaba por el atrio se fijó inmediatamente en él. «¡El príncipe Lubimoff!» Todos recordaban su yate, sus aventuras, sus fiestas, repitiendo su nombre como un eco de gloriosa resurrección. Había tenido que pasar á toda prisa entre los grupos, con la mirada vaga, fingiéndose abstraído, para no ver ciertas sonrisas conocidas, ciertos rostros invitadores que le hacían evocar visiones dulces del pasado.

Buscó un asiento de los más ocultos en la sala de espectáculos, un rincón de diván junto á la pared; pero también aquí le persiguió la curiosidad. En torno del atril del director estaban los músicos de más renombre, los que se engalanaban con el título de «solistas de S. A. S. el Príncipe de Mónaco». Algunos de ellos habían navegado en el Gaviota II formando parte de su orquesta. Durante unos compases de espera, el primer violín, al mirar á la sala para reconocer á sus entusiastas, descubrió á Lubimoff, participando inmediatamente su sorpresa á los otros solistas. Todos le sonrieron, dedicándole con los ojos lo que surgía de sus instrumentos, y el público acabó por fijarse en este señor medio oculto que poco á poco iba atrayendo las miradas de la orquesta entera.

Al terminar el concierto salió apresuradamente, temiendo que le cortasen el paso ciertas amigas antiguas que había descubierto entre la concurrencia. Cruzó el atrio violentamente, hendiendo los grupos que no le dejaban avanzar. Aquí había llamado su atención un personaje de ademanes majestuosos y aspecto excesivamente brillante, con sombrero hongo, pero de seda gris bien peinada, gabán de color de miel con bocamangas de terciopelo del mismo tono y guantes y zapatos blancos. Las patillas grises estaban unidas al bigote; la raya del peinado descendía hasta la nuca, y por encima de las orejas avanzaban, brillantes de cosméticos, dos mechones recortados y teñidos.

—Creí que era un general ruso ó un personaje austriaco vestido de invierno, con una elegancia digna de la Costa Azul, y eras tú, querido coronel. Aún no te había visto fuera de Villa-Sirena.

Toledo se ruborizó, no sabiendo si enorgullecerse ó afligirse por estas palabras.

—Alteza, siempre me ha gustado vestir bien y...

—¿Quién era la señora que hablaba contigo?...

—Era la Infanta. Me contaba que había perdido siete mil francos que le enviaron de Italia, que no tiene con qué atender á los gastos de su vida, y...

—¿Una flaca con un gran sombrero de cow-boy?... No, no es esa. Te pregunto por la otra.

«La otra» sólo la había visto de espaldas, pero atrajo momentáneamente su atención por su esbeltez y su aire de señorío.

—Alteza—dijo don Marcos titubeando—, era la duquesa de Delille.

Un silencio. Y como si con esto le hubiese pillado su príncipe en falta y necesitara excusarse, se apresuró á añadir:

—Es muy buena con la Infanta. Le regala trajes para sus hijos, creo que hasta le presta su ropa... ¡Una hija de rey! ¡Una nieta de San Fernando!... Yo soy un viejo soldado de la legitimidad, y no puedo menos de agradecer que...

Miguel cortó su protesta con un gesto. Basta: no quería oir más. Y se dirigió á Castro. También lo había visto cerca de la salida del Casino hablando con otra dama.

—Y yo te vi igualmente—dijo Atilio—, pero ibas impetuoso y con la cabeza baja, abriéndote paso lo mismo que un toro acosado. ¿Quieres saber quién es esta señora? ¿Te interesa?...

Lubimoff levantó los hombros; pero su indiferencia era falsa. En realidad, le había interesado, aunque ligeramente, esta desconocida, rubia, alta, con un aspecto de vigor esbelto, de ágil soltura, como las gimnastas y las amazonas.

—Pues es «la Generala»—continuó Castro, sin parar mientes en la falta de curiosidad de su amigo—. Este generalato no hay que tomarlo en serio. Es un apodo cariñoso. Creo que lo inventó la de Delille, pues te advierto que las dos son muy amigas. Es generala como otros pueden ser coroneles.

Don Marcos no reparó en esta maldad. Atilio se mostraba esta noche de mal humor, con los nervios excitados, deseoso de morder. Debía haber perdido en el juego.

—La llaman «la Generala» por su carácter algo varonil, por la rudeza con que trata á veces á las gentes. ¡Una mujer extraordinaria! ¡Una verdadera amazona!... Tira á las armas, hace gimnasia, nada en los ríos en pleno invierno, y además tiene una voz como un suspiro de brisa, gorjea al hablar como un pájaro, parece que va á desmayarse á la menor emoción lo mismo que una niña tímida... ¿Quieres saber quién es?... Se llama Clorinda; un nombre de poema y de comedia antigua. Yo la llamo siempre doña Clorinda; creo que sin esto le falto al respeto, á pesar de su juventud. Tal vez tiene dos ó tres años menos que su amiga Alicia. Las dos se detestan, y no pueden vivir separadas. Una semana por mes chocan, se insultan, cuentan la una de la otra los mayores horrores; luego se buscan. «¿Cómo estás, corazón mio?» «¿Me guardas rencor, mi ángel?»

El príncipe sonrió al ver cómo imitaba las palabras y gestos de las dos señoras.

—Clorinda es americana—continuó Castro—, pero americana del Sur, de una pequeña República donde sus padres, abuelos y bisabuelos han sido presidentes, hombres de guerra y padres de la patria. Su generalato no es sin fundamento. Allá en su país la admiran por su hermosura y por los grandes éxitos que le suponen en Europa, con ese agrandamiento y desorientación de la distancia. Su retrato resulta una propiedad pública; figura en todos los paquetes de café y todos los prospectos de su país. Es la belleza nacional; y cuando envejezca, siempre existirá un rincón del mundo donde la consideren eternamente joven. Se casó en París con un joven francés, soñador, algo artista y algo enfermo del pecho. Por esto mismo lo amó «la Generala». Con un hombre fuerte é impetuoso se hubiesen matado los dos á los pocos días. Ahora es viuda. No la creo muy rica; la guerra debe haber disminuído sus rentas, pero tiene para vivir con desahogo. Hasta me imagino que debe sufrir menos apuros que la de Delille. Es mujer de buena cabeza.

Calló un momento.

—¡Pero de tan raras ideas! ¡Tan acostumbrada á imponer su voluntad!... La conocí en Biarritz hace algunos años. Aquí la he visto muchas veces en las salas de juego: saludos, conversaciones insignificantes. Cuando una mujer apunta, no admite galanterías que la distraigan. Hoy es la primera vez que hemos hablado largamente. ¿Sabes lo que me ha preguntado en seguida?... Que por qué no estoy en la guerra. En vano le he dicho que yo soy neutral y le he demostrado que la guerra no me interesa. «Si yo fuese hombre, sería soldado.» ¡Y si hubieras visto su mirada al decirme esto!...

Lubimoff dedicó una sonrisa despectiva á esta mujer.

—Para ella—siguió diciendo su amigo—, todos los hombres deben trabajar en algo, producir, ser héroes. A su pobre marido, dulce como un cordero enfermo, lo adoró porque pintaba unos cuadros paliduchos y había conseguido modestas recompensas en varias Exposiciones. Los hombres como yo son para ella una especie de figurantes alquilados para animar los salones, los casinos, los balnearios, para sostener la conversación y ser galantes con las damas; pero no le interesan. Me lo ha dicho esta tarde, una vez más.

—¿Y á ti te duele su opinión?—dijo el príncipe.

Calló Atilio, como si pesase sus palabras antes de hablar.

—Sí, me duele—dijo al fin resueltamente—. ¿Por qué negártelo? Esa mujer me interesa. Cuando no la veo, no me acuerdo de ella. He pasado meses y años sin que volviese á mi memoria. Pero así que la encuentro, me domina... la deseo. Yo, sin ser tú, he tenido también mis satisfacciones amorosas. ¡Pero esta mujer es tan distinta á las otras!... Además, ¡el placer de vencerla, esa necesidad de dominación que hay en el fondo de nuestros deseos amorosos!... Cada vez que hablamos, y ella con su voz de pájaro y su sonrisa compasiva marca la enorme distancia que existe entre los dos, quedo triste, mejor dicho, desalentado, como si necesitase alcanzar algo á que no llegaré nunca por más que me esfuerce. Hoy debería estar alegre: hace meses que no he tenido una tarde igual. He jugado, y mira... ¡mira! Diez y siete mil francos.

Había sacado de un bolsillo interior un fajo de billetes azules, arrojándolo sobre la mesa con cierta furia.

—Llegué á ganar hasta veintiséis mil. Una suerte de amante desesperado, de marido infeliz... Y sin embargo, no estoy contento.

El príncipe volvió á sonreir, como si una verdad palmaria acabase de demostrar la certeza de sus afirmaciones. ¡La mujer! Aquella Clorinda, generala de mil demonios, era una verdadera mujer, que con sólo breves minutos de conversación había perturbado á Castro y tal vez acabase por quebrantar la vida dulce, sin placeres violentos pero sin tristezas desesperadas, que llevaban los huéspedes de Villa-Sirena.

—Y tú, Atilio—dijo con tono de reproche—, te emocionas por esa especie de virago de voz suave... Tú crees en el amor como un colegial.

Castro adoptó un tono fríamente agresivo. De él podía decir el príncipe lo que quisiera; ¡pero llamar virago á la otra!... ¿con qué derecho? Ocultó, sin embargo, la verdadera causa de su enfado, fingiéndose herido por la alusión á su credulidad.

—Yo no creo en nada; creo tal vez menos que tú. Sé que todo lo que nos rodea es falso, convencional; mentiras que aceptamos porque nos son necesarias momentáneamente. Tú admiras, como si fuese algo divino é inconmovible, la música y la pintura. Pues bien; que se modifique un poco la forma de nuestro oído, y las sinfonías de Beethoven serán verdaderas cencerradas; que se cambie el funcionamiento de nuestra retina, y todos los cuadros célebres habrá que quemarlos, porque nos parecerán lienzos manchados por un juego de niños... que se transforme nuestro cerebro, y todos los poetas y los pensadores resultarán pueriles idiotas. No; no creo en nada—insistió rabiosamente—. Para vivir y para entendernos necesitamos que haya arriba y abajo, derecha é izquierda; y también esto es mentira, pues vivimos en el infinito que no tiene límites. Todo lo que consideramos fundamental no es mas que un cuadriculado que inventaron los hombres para que sirva de marco á sus concepciones.

El príncipe se encogió de hombros, mirándole con extrañeza. ¿A qué venía todo esto, con motivo de una mujer?...

—Todo mentira—prosiguió—; pero no por ello voy á vivir como una piedra ó un árbol. Yo necesito falsedades dulces que me canten hasta la hora de la muerte. La ilusión es una mentira, pero deseo que venga conmigo; la esperanza otra mentira, pero quiero que marche ante mis pasos. Yo no creo en el amor, como no creo en nada. Cuanto digas contra él lo sé hace muchos años; pero ¿debo darle con el pie si me sale al paso y quiere acompañarme? ¿Conoces tú una quimera que llene mejor el vacío de nuestra existencia, aunque sea poco durable?...

Miguel acogió la vehemencia de su amigo con un gesto sardónico.

—¿Sabes por qué parezco más joven de lo que soy?—continuó Atilio, cada vez más exaltado—. ¿Sabes por qué seré joven cuando otros de mi edad serán ya viejos?... Me finjo irónico, parezco escéptico, pero poseo un secreto, el secreto de la eterna juventud, que guardo para mí... Puedo revelártelo. He descubierto que la gran sabiduría de la vida, lo más importante, es «pasar el rato»; y lleno el vacío que todos llevamos dentro con una orquesta: la orquesta de mis ilusiones. Lo necesario es que toque siempre, que no queden los atriles vacíos; una vez terminada una partitura, hay que colocar otra nueva. A veces, la sinfonía es de amor... Las mías han sido hermosas pero breves. Por eso las he reemplazado con otra interminable, la de la ambición y la codicia, cuyos compases son infinitos como las estrellas del cielo, como las combinaciones de las cartas. Juego. Veo en el girar de la ruleta un castillo que será mío, un castillo más suntuoso que todos los que existen; un yate superior al que tú tenías; fiestas interminables. La baraja me hace contemplar magnificencias como no las soñaron los cuentistas persas. Sus colores son montones de gemas preciosas. Las más de las veces pierdo y la orquesta me acompaña en sordina, con una marcha fúnebre de hermosa desesperación; pero á los pocos compases, esta marcha se convierte en himno triunfal: la salida del nuevo sol, la resurrección de la esperanza.

Ahora la mirada del príncipe era de piedad. «Está loco», parecían decir sus pupilas.

—Esta tarde, mi orquesta—continuó—me ha hecho conocer una nueva sinfonía, algo que no había oído nunca. Mientras ganaba dinero, no pensé una sola vez en mí. Nada de palacios, ni de yates, ni de fiestas. Pensaba únicamente en «la Generala», y pensaba con verdadero odio, deseando vengarme de ella. Quería ganar cien mil francos...(¡qué sabe uno!... ¡tal vez los gane mañana!) y luego de ganarlos comprar un collar de perlas á la salida del Casino (los cien mil completos) y enviárselo con un simple anónimo que dijese así, poco más ó menos: «Homenaje de antipatía de un hombre inútil y despreciable.»

Una carcajada del príncipe despertó con sobresalto al coronel, que, como buen madrugador, se había adormecido en su asiento. Luego, al notar que Su Alteza no se fijaba en él, se deslizó fuera del hall, como si le atrajese algo más importante que aquella conversación de los dos amigos, que parecían ignorar su presencia.

—Pero ¿qué encuentras tú en el amor?—dijo Miguel—. Porque yo creo que tú sabes lo que es verdaderamente el amor. Todas esas ilusiones de los adolescentes, todos los idealismos de los poetas, no son mas que caminos tortuosos que conducen á un mismo término, al único: el acto carnal. ¿Y no estás fatigado de él? ¿no te acobarda su monotonía?

La voz del príncipe tomó cierta entonación lúgubre, como si clamase sobre los escombros de su vida entera. Había encontrado centenares de mujeres de las que levantan á su paso una muda explosión de deseos. La resistencia femenil le era desconocida. Es más: habían corrido á él, haciendo espontáneamente la mitad del camino, acosándole sin orden, obligándolo, por un pundonor varonil, á sobrepasarse en sus fuerzas con una prodigalidad que hacía doloroso el placer... ¡Y todas eran iguales! El comprendía el espejismo de la ilusión en los que admiran desde lejos lo que no pueden conseguir. Es la curiosidad por lo secreto, el deseo que infunde el obstáculo, las fantasías mentales que inspiran los trajes, los adornos, todo lo que cubre el cuerpo femenino, dando á su monotonía la seducción de un misterio continuamente renovado. Para él, ¡ay! eran todas como si marchasen desnudas. Nada podía excitar ya su interés: todo lo conocía.

—Además—y su voz se hizo más sorda—, á ti solo te lo confieso. El amor y la mujer me hacen pensar en la miseria de nuestra existencia, en el inevitable final, en la muerte. Desde que vivo emancipado de sus engañosas seducciones, me siento más alegre, más seguro de mí mismo; gozo con ingenuidad del momento que pasa... No quiero hablarte de las vergüenzas físicas de esos cuerpos que pretendemos divinizar, de las impurezas diarias ó mensuales que les hace sufrir la vida con sus exigencias. La mujer es menos sana que el hombre. La Naturaleza lo ha querido así. Déjala sin los cuidados de la higiene moderna, y resultará una bestia inmunda, roída por internas suciedades... Pero no es eso lo que me hace huir de ella.

Calló, añadiendo poco después con tristeza:

—No puedo estar al lado de una mujer sin encontrarme con la imagen de la muerte. Cuando acaricio su cabellera sedosa, tropiezo con un cráneo pulido, duro, amarillento, como los que asoman á flor de tierra en los cementerios abandonados. Un beso en la boca, un mordisco en la barbilla, me hacen ver el maxilar óseo con sus dientes, casi igual al de los antropoides que están en los museos. Los ojos morirán; la nariz de graciosas alillas y ventanas sonrosadas se disolverá igualmente; lo único sólido y cierto son las cuencas negras y la grotesca chatez de la calavera. Los pechos turgentes no pasan de ser simples tumores engañosos que disimulan la fúnebre jaula del costillaje; las piernas que nos parecen adorables columnas son agua y piltrafas que se disolverán, dejando al descubierto dos largas flautas de cal. Creemos adorar la suprema belleza, y abrazamos á un esqueleto. Nos horroriza la imagen de la muerte, y toda mujer la lleva dentro, obligándonos á adorarla.

Ahora era Castro el que miraba con ojos de asombro. «Está loco», parecían decir sus pupilas, fijas en el príncipe.

—Lo que tú tienes, Miguel, es que estás ahito—dijo después de un largo silencio—. Me recuerdas á esas personas que, al sentarse á la mesa, disimulan con ascos su inapetencia. Las carnes asadas, de suculento perfume, son para ellas cadáveres, envolturas de pus; los frescos vegetales, las dulces frutas, concreciones del estiércol y de todos los zumos malolientes que vigorizan la tierra. El pan y el vino les hacen pensar en las manipulaciones de su elaboración... Pero si sus sentidos despiertan, si resucitan sus necesidades, lo ven todo como si acabase de salir el sol y encuentran un encanto inefable en lo mismo que les repugnaba... ¿Qué me importa que una mujer lleve dentro un esqueleto? También lo llevo yo, y esto no me impide encontrar muy agradables los placeres de la vida y considerar que de todos esos placeres el más interesante es... el encuentro de dos esqueletos.

Castro reía con una conmiseración afectuosa contemplando á su amigo.

—Estás harto, lo repito; tienes la inapetencia y las visiones fúnebres de los que sufren una dolorosa indigestión... Tú te restablecerás. Eres joven aún para permanecer en esa atonía: el apetito volverá á ti. Deseo que no encuentres la mesa puesta como en el pasado, que la dificultad te exalte, que la negativa te haga sufrir; y entonces... ¡entonces!...

V

Nunca había visto don Marcos tan enfadado á su príncipe como esta mañana al anunciarle que la duquesa de Delille le esperaba abajo, en el hall.

—Debías haberle dicho que me he ido; un pretexto cualquiera, un almuerzo en Niza... Pero estáis de acuerdo, seguramente. ¡Cómo proteges á tu Infanta!...

El coronel, rojo de emoción, intentó refutar estas acusaciones. Si la duquesa se presentaba de pronto en Villa-Sirena, era tal vez porque él se había negado á recibir sus encargos para el príncipe.

Al bajar éste al hall, encontró á Alicia de pie junto á una ventana, mirando los jardines y el mar. Estaba de espaldas, como la había visto al salir del concierto. Cuando volvió la cabeza, Miguel se dijo que no la habría reconocido seguramente de encontrarla en otro lugar. Era una hermosa mujer, pero no se parecía á la que había visto por última vez en aquel «estudio» de la Avenida del Bosque, lleno de chinerías y malsanos perfumes. Varios años habían pasado por ella, y sin embargo parecía más fresca, más joven. Había perdido aquella luz turbia é inquietante que agrandaba sus ojos, dándoles una fijeza antinatural. Su tez, de una blancura mate y enfermiza, estaba coloreada ahora por el sol y el aire libre. La antigua esbeltez ondulante y ligera se había espesado, dando á su organismo la calma y la estabilidad de los cuerpos que empiezan á cristalizarse en su forma definitiva.

No pudo continuar el príncipe este rápido examen, molestado por la sonrisa y los ojos de Alicia. Parecía, por su aire tranquilo, que hubiese estado allí mismo la tarde anterior. Además, Miguel se sintió repentinamente preocupado por el modo de iniciar la conversación. ¿Le hablaría en inglés ó en francés? ¿La tutearía como antes?... Ella resolvió sus dudas hablándole en español, y de tú, lo mismo que cuando eran muchachos.

—Como es imposible ponerse en comunicación contigo—dijo Alicia sentándose, después de estrechar su mano—, me he decidido á hacer esta visita. No es muy correcto que una señora venga á visitar á un hombre tan malfamado como tú; pero ¡habrán venido tantas aquí antes que yo!

Y estas palabras fueron acompañadas de una risa maliciosa. A continuación se puso seria, y dijo con timidez:

—Vengo por negocios... por un asunto de dinero.

Queriendo retardar la exposición de estos negocios, habló de las dificultades que la habían obligado á presentarse en Villa-Sirena sin anunciar su visita. El príncipe podía tener confianza en la exactitud con que su «chambelán» cumplía sus órdenes. Una buena persona el tal coronel, pero intratable, lo mismo que un perro feroz, cuando alguien pretendía que desobedeciera á su amo. Ella le había pedido inútilmente que anunciase su visita; hasta se negó á aceptar una carta para su señor.

—Hubiera podido escribirte; pero temí que no contestases ó me enviaras simplemente á entenderme con tu apoderado en París. ¡Hace tanto tiempo que no nos vemos! ¡Ha sido tan rara nuestra amistad!... Por eso, finalmente, me decidí anoche á venir á sorprenderte en tu retiro, con la esperanza de que no me pondrías en la puerta.

Miguel sonrió, haciendo un gesto de escandalizada negativa.

—He venido por mi deuda... por los préstamos que me hizo en otro tiempo tu madre... Yo ignoraba á cuánto ascienden. Tu apoderado dice que son más de cuatrocientos mil francos. Así debe de ser, cuando él lo asegura. Yo pedía en momentos de apuro, y la princesa, que era tan gran señora, daba y daba, sin que la una ni la otra nos fijásemos en las cantidades... Ahora comprendo que fué enorme su bondad.

Lubimoff quedó sorprendido por esta noticia. Luego fué recordando que al morir su madre había dejado una larga nota de todos los préstamos hechos por ella, y que el nombre de Alicia figuraba entre los deudores. Pero los papeles quedaron en poder de su administrador, sin que él se acordase más de este asunto.

Comprendió inmediatamente el motivo de la visita de Alicia. Su apoderado quería reunir dinero, y falto de los envíos de Rusia, realizaba todo lo que él poseía en Occidente: créditos á su favor, adelantos hechos á sus protegidos, fianzas en depósito, hasta los préstamos de la princesa, que, según disposición suya, sólo debían exigirse en caso de ineludible necesidad.

El estrujamiento general impuesto por las circunstancias había alcanzado á Alicia. Hacía cuatro meses que la administración Lubimoff le enviaba carta tras carta, reclamando el pago de su enorme deuda. La última nota del apoderado era amenazante, en vista de su silencio. Anunciaba una acción ejecutiva ante los tribunales. La administración guardaba muchas cartas de ella dando las gracias á la princesa por sus bondades. Además, todos los pagos habían sido hechos por medio de cheques, cobrados por la misma duquesa.

—Un verdadera insolente tu administrador... El otro día te vi en el Casino; te vi de espaldas, cuando huías de la gente. Me diste miedo: me imaginé en aquel momento que eras otro, muy diferente del que yo conocí, y que nunca nos entenderíamos. Después he pensado que no debes ser tan fiero como pareces... y he venido.

Miguel, silencioso, parecía hablar con sus pupilas fijas en Alicia. ¿Y para qué había venido? ¿Qué negocios deseaba proponerle?

Ella sonrió con una expresión de gracioso cinismo.

—He venido para decirte que no puedo pagar ahora... y tal vez nunca; para suplicarte que esperes... no sé hasta cuándo, y que ese antipático que administra tu fortuna no me moleste con sus insolencias.

Y como el príncipe permaneciese inmóvil, ella continuó:

—Estoy arruinada.

—Yo también—dijo Miguel—. Todos estamos arruinados. Los que fabrican para la guerra son los únicos ricos en este momento.

—¡Oh! ¡tú arruinado!—protestó Alicia—. Lo tuyo no es mas que un apuro del momento. Lo de Rusia se arreglará un día ú otro. Además, tú eres el príncipe Lubimoff, el famoso millonario. Si yo tuviese tu nombre, ¿quién me negaría un préstamo?...

Perdió de pronto la sonrisa audaz que había preparado para esta entrevista. Sus ojos se hicieron más obscuros; su boca se arqueó hacia abajo.

—Mi ruina es verdadera... Mira.

Señaló el triángulo de carne que dejaba libre el escote de su traje. Un collar de perlas descansaba sobre el blanco pecho. Miguel acabó por fijarse en estas perlas, atraído por la insistencia de ella. Falsas, escandalosamente falsas; todas descascarilladas, opacas y amarillentas como gotas de cera. El entendía un poco de esto; ¡había regalado tantos collares!... Luego, Alicia le mostró las manos. Dos sortijas de factura artística, pero sin una piedra, de escaso valor intrínseco, eran lo único que adornaba sus dedos.

—Este vestido es del año pasado—añadió con un tono sombrío, como si confesase la mayor de las vergüenzas—. Ya no me fían en París. ¡Debo tanto!... Sólo el sombrero es nuevo. ¡Qué mujer, por pobre que se considere, no compra un sombrero nuevo! Es lo más visible, lo que cambia incesantemente, lo que hay que defender. Por suerte, con esto de la guerra no se usan las plumas... Estoy pobre, Miguel, pobre como tú no has conocido á ninguna mujer.

—¿Y tu madre?...

El príncipe hizo instintivamente esta pregunta. Después tuvo la sospecha de haber leído años antes, no sabía dónde, tal vez mientras vagaba por los mares, la noticia de la muerte de doña Mercedes. No estaba seguro; pero la hija le sacó de dudas.

—¡Pobre señora!... No hablemos de ella.

Pero habló para lamentar sus prodigalidades de devota. Había dedicado millones á la construcción en España de un hospital enorme por consejo de su capellán aragonés, el astrónomo de los Campos Elíseos. El mármol entraba en esta obra como simple material de albañilería; la verja del jardín era forjada por un célebre fundidor de arte de París dedicado á fabricar estatuas de salón. Al marcharse el clérigo, fatigado de tanta largueza, el edificio monstruoso quedaba sin terminar y la preciosa verja á pedazos en el suelo, como hierro viejo. Luego, el «monseñor» canalizaba la generosidad de la santa dama en otro sentido. Era necesario propagar la fe por medio del «buen libro», y surgía en París una nueva casa editorial, inaudita, inverosímil, en la que los paquetes de libros eran almacenados en estantes de caoba y las hojas plegadas sobre tableros de laca.

—Los curas se llevaron casi todo lo mío—continuó Alicia—. Tal vez para cobrar comisiones, sugerían á mamá los gastos más absurdos.

Numerosos campanarios repicaban en los dos hemisferios gracias á doña Mercedes. Una fundición de campanas trabajaba únicamente para sus regalos. Además, se sentía arrastrada, por una especie de debilidad amorosa, hacia todos los bienaventurados desprovistos de renombre.

—Se dedicó en los últimos años á «lanzar» santos. Todos los que encontraba en el calendario poco conocidos ó de nombre raro le hacían sentir el deseo de remediar una gran injusticia. Hacía escribir sus vidas, les dedicaba iglesias, se carteaba con los señores de Roma para sacar adelante á muchos difuntos que esperaban inútilmente siglos y siglos la hora de su santificación.

Lubimoff acabó por reir del tono rencoroso con que Alicia hablaba de estos placeres místicos de su madre. ¡Famosa doña Mercedes!... Y ella acabó por reir igualmente.

—Así fué gastando todas nuestras rentas, que eran enormes. Debía haberme dejado una verdadera fortuna ahorrada en los Bancos. ¡Una señora que invertía tan poco en el regalo de su persona!... Y sin embargo, tuve que pagar grandes cantidades por todos los encargos que había hecho antes de morir. Ten la seguridad de que el «monseñor» y los otros son mucho más ricos que yo.

—¿Y tus minas? ¿y tus tierras de América?

La duquesa repitió su gesto de desesperación. ¡Como si no tuviese nada! Pobre, absolutamente pobre.

—Tú dices que estás arruinado, y la escasez de dinero sólo la sufres desde hace dos años, tal vez menos. Yo no veo un céntimo de mi fortuna desde mucho antes de la guerra. Todos se ocupan de Rusia, del bolcheviquismo, porque es algo que toca de cerca al viejo mundo. ¿Y lo de Méjico, que data de los tiempos de paz europea?...

Sus tierras se habían perdido lo mismo que si fuesen bienes muebles que pueden ser trasladados y ocultados. Una revolución agraria, cuyos ecos apenas llegaban al viejo continente, las había devorado, suprimiendo todo vestigio de la antigua propiedad. Los mestizos se las repartían á su gusto, para trabajarlas ó para dejarlas más incultas que antes. ¿Contra quién podía reclamar, si estas tierras estaban en provincias que cambiaban á cada momento de dueño y el gobierno de Méjico no ejercía sobre ellas ninguna autoridad?...

Las minas de plata, base de la enorme fortuna de tres generaciones de Barrios, aún estaban en peor situación.

—Uno de los titulados «generales», un indio, se ha fortificado en el territorio de mis minas y desde allí desafía á los gobernantes de la capital. Me dicen que todos los meses saca medio millón de francos en barras de plata. Las corta en rodajas, les pone su marca, y hace dinero para pagar á su gente. ¡Figúrate si le faltarán partidarios con esa moneda de plata pura, más valiosa que la de los países civilizados!... Nunca acabarán con él; no tiene mas que ahondar en lo mío, para crear ejércitos. Esta mala broma viene prolongándose varios años; y yo, que vivo en Europa, cada vez más pobre, estoy pagando una guerra interminable al otro lado de la tierra.

A pesar de que el príncipe nunca se había ocupado de sus propios negocios, quiso darle consejos. Debía ir allá; pedir protección; ella había nacido en los Estados Unidos.

—Ya lo he hecho—contestó—. Tengo en Nueva York quien se ocupa de mis asuntos. Pero ¿van á hacer una guerra sólo por mi?... El viaje tal vez lo emprenda más adelante. Ahora no; me siento sin fuerzas... Tengo preocupaciones terribles en estos momentos, y aún serían más grandes si me alejase de Francia.

Sus ojos se nublaron; una expresión dolorosa contrajo su rostro. Hizo un ademán como si buscase el pañuelo en su bolso de mano. Miguel se acordó de aquel joven que Castro había visto en los últimos años al lado de Alicia. Tal vez era éste el que provocaba su emoción y le impedía hacer el viaje.

«¡El amor!—se dijo mentalmente—. ¡El amor, cuando ya ha pasado la juventud!»

Quiso torcer el curso del diálogo, y le preguntó por el duque de Delille. Sabía que estaba en la guerra; hasta creyó recordar que lo habían herido en los primeros combates. ¿Vivía aún?...

Al hablar Alicia de su marido, tomó una expresión grave, con gran extrañeza de Miguel. En otros tiempos le trataba con cierto desprecio. Había aceptado la libertad de su esposa, con todas sus consecuencias, á cambio de una pensión enorme. Vivían aparte, y aunque ella encontraba muy dulce esta independencia, no podía menos de sentir una antipatía femenil hacia este marido acomodaticio y poco dado á los celos trágicos. Pero ahora sus ideas parecían cambiadas, y se apresuró á hablar, como si temiese ver en Lubimoff la misma sonrisa que ella dedicaba otras veces al duque.

—Sí; fué á la guerra. Ya sabes que es mayor que yo: más de veinte años. Su edad le excusaba de tomar las armas; pero se acordó de que en su juventud había sido oficial, y fué de los primeros en acudir. ¡Quién lo hubiese creído de un hombre que parecía sin preocupaciones y se burlaba de todo lo que no tocase á sus egoísmos!...

Los alemanes lo habían recogido moribundo en uno de sus victoriosos avances al principio de la guerra. Estaba cubierto de heridas. Después de dos años de cautiverio lo habían canjeado como inútil, y vivía internado en Suiza, con un brazo menos.

—¡Pobre hombre!... Me escribe todos los meses. Pesca en el lago de Ginebra, y piensa en mí más que nunca pensó. Sus cartas casi son de amor. ¡Cómo transforman las desgracias nuestro carácter! Dice que ve la vida de otro modo; tiene la esperanza de que después de este cataclismo, que nos habrá hecho mejores, podremos juntarnos y ser felices. ¡Ah, si yo quisiera!...

Su tono era irónico al mencionar esta felicidad quimérica, pero mostraba al mismo tiempo respeto y admiración. El duque cazador de una gran dote, acomodaticio y sin escrúpulos, estaba olvidado. Ahora sólo veía al combatiente de cabeza blanca, al inválido, que, según los médicos, no podía alcanzar una larga existencia después de las operaciones sufridas. Y ella procuraba mantener sus esperanzas, contestando breve y afectuosamente á sus largas cartas de desterrado.

—Entonces, ¿es por tu marido por lo que no realizas el viaje?—preguntó Miguel, fingiendo hacer su pregunta de buena fe.

Alicia se agitó ante tal suposición. ¡Pobre Delille!... Ella sentía otras preocupaciones. Su marido no era el único que había ido á la guerra. Otros con menos años y con razones más poderosas para amar la existencia habían sufrido la misma suerte. ¡Los duelos ocultos de esta época!...

Los ojos de la duquesa se humedecieron y el gesto de su boca fué francamente doloroso.

«Es el pequeño amante, no hay duda—se dijo Miguel—. El chiquillo que vió Castro.»

Como si adivinase los pensamientos de él y quisiera desviarlos, Alicia volvió á hablar del motivo de la visita y de su situación.

El príncipe movió la cabeza cuando ella le fué describiendo su asombro al ver que la riqueza no era algo infinito é inmutable, y que se deshacía... ¡se deshacía! sin que hubiera recurso alguno para evitar su desmoronamiento.

—He malvendido, he tomado el dinero que quisieron darme, sin poner atención en las condiciones. Todas mis joyas se fueron; unas las vendí en París, otras aquí mismo... Tú dices que estás arruinado. No; tú no sabes lo que es eso: yo sí que lo sé. Mi naufragio es más antiguo que el tuyo; mi buque era mas pequeño... No quiero fatigarte con la relación de mis pobrezas. Ya no tengo casa en París. Unicamente si mis negocios se arreglasen volvería allá. No tengo más casa que la de aquí, una «villa» que compré en mis buenos tiempos. No sonrías; está hipotecada dos veces: cualquier día me echarán de ella. La tal casa era muy agradable en otros tiempos, cuando yo tenía dinero; ¡pero ahora, con las escaseces de la guerra!... No hay carbón, la leña es cara; por las noches hace frío, y se necesita gastar una fortuna para que funcione el antiguo calorífero. Además, no tengo más servidumbre que mi antigua doncella, el jardinero y su mujer, que se ocupa de la cocina. Por eso todas las piezas están cerradas, y Valeria y yo hacemos nuestra vida en dos habitaciones del primer piso. Allí comemos, allí dormimos... Valeria es una muchacha de París, una señorita que yo protejo. ¡Figúrate si será pobre para que yo la proteja!

—Pero tú juegas—dijo el príncipe.

Ella pareció escandalizarse de estas palabras, que sonaban como una recriminación.

—Juego; ¿qué quieres que haga? Necesito defenderme, ganar mi vida, ¿y de qué otro modo puede ganarla una mujer como yo?... Sé lo que vas á decirme: que he perdido mucho. Cierto; mi collar de perlas, el verdadero, lo vendí aquí, y muchas otras joyas; he perdido grandes cantidades, de las que no quiero acordarme... Pero entonces no sabía lo que sé ahora... ¡ahora precisamente que tengo poco dinero para jugar!

Lubimoff sintió asombro ante la fe con que hablaba esta mujer de sus conocimientos actuales.

—Además—continuó con tristeza—, ¿qué sería de mí si me faltase el juego? Tú no debes haber olvidado cómo era yo cuando nos vimos la última vez. No te pasarían inadvertidos ciertos gustos...

Se acordó Miguel de la invitación «á la pipa», de aquel perfume que llenaba el «estudio» del palacete de la Avenida del Bosque.

—Todo aquello se acabó; el juego y otra cosa me lo hicieron abandonar. Ahora lo recuerdo con desprecio. Por eso vivo en Monte-Carlo: tengo la corazonada de que la suerte volverá á buscarme aquí y no en otra parte. ¿Tú no juegas?

Se irritó Miguel ante esta pregunta. ¿No le había dicho que estaba arruinado? ¿Iba á imitarla á ella, que empeoraba su situación perdiendo los restos de su fortuna?

—¡Arruinado!—exclamó Alicia—. Tu mala época no puede ser larga. Eso de Rusia acabará por entrar en orden. Las grandes naciones tienen allá muchos intereses para no preocuparse de arreglarlo todo... Lo mío es lo que no se compondrá en mucho tiempo. No me queda otra esperanza que poder dar un golpe en el Casino de doscientos mil ó trescientos mil francos, y con esto esperar á que cambien las cosas.

El príncipe se encogió de hombros. Conocía á los jugadores. Esta mujer, dominada por su quimera, iba á olvidar el objeto de su visita, divagando sobre los caprichos posibles de la suerte, como Spadoni ó como el mismo Castro.

—¿Y qué deseas de mí?

Alicia pareció despertar, y otra vez su sonrisa fué audaz y graciosa, como al principio de la entrevista, una sonrisa de solicitante que llega con la firme voluntad de conseguir lo que quiere. Ya había dicho en el primer momento cuál era su pretensión: que no la molestase más el apoderado del príncipe por aquella deuda olvidada.

—La pagaré algún día, si puedo... Lo más seguro es que no la pague nunca. Dala por perdida, y dile á ese señor antipático que no me escriba más.

Miguel, seducido por la sencillez con que esta mujer emitía su enorme deseo, imitó el tono de su voz.

—Está bien; se le dirá á ese señor antipático que no te moleste, que se olvide de ti.

Y rió como un niño, sin fijarse en que se trataba de sus propios intereses, pensando únicamente en la cara que pondría su grave apoderado al recibir tal orden.

—Siempre te he creído bueno y generoso—dijo ella—. ¡Gracias, Miguel! Algunas veces he discutido con «la Generala» acerca de ti, para hacerla comprender que eres un hombre de corazón.

—¡Ah! ¿Doña Clorinda es enemiga mía? ¡Si no la he visto nunca!...

—Es una mujer rara. Para ella, todo el que se divierte y no hace cosas grandes es un hombre antipático. Precisamente nos peleamos ayer para siempre. No hablemos de ella. Tengo algo más que pedirte...

¿Más?... El príncipe la miró con asombro; pero Alicia se apresuró á decir que era un consejo lo que solicitaba.

La guerra había trastornado su existencia con una rapidez asombrosa. Los valores sociales estaban invertidos: las fortunas que parecían más sólidas se venían abajo.

—Esto pasará, ¿no es cierto?... Es imposible que dure.

—Sí, es imposible—dijo él con gravedad.

A los dos les parecía vivir en otro mundo, rodeados de las incoherencias de una pesadilla. ¡Ellos teniendo que preocuparse del dinero, que había sido hasta entonces algo natural en su existencia, como lo es para todos el sol, el aire ó el agua; viéndose obligados á perseguirlo en su fuga por caminos que desconocían!... No, esto no era lógico: un breve capricho del destino. Sus vidas volverían á ser como antes, con la regularidad de las leyes naturales, que parecen desviarse un momento, pero tornan al fin á su ordenado curso.

Más necesitada y más vieja en esta vida de apuros económicos, ella no podía imitar la calma con que aceptaba Lubimoff su momentánea ruina.

—Pasará, es seguro; pero mientras tanto, ¿cómo puedo vivir?... Acabas de librarme de una congoja moral con el olvido de esa deuda. Te lo agradezco. Pero yo necesito trabajar, ¡yo quiero ganar dinero! ¿Qué me aconsejas?...

El quedó estupefacto. ¿A qué trabajo podía dedicarse Alicia?... Su pregunta era para ser contestada con una risa. Pero ella estaba frente á él, grave, convencida de su voluntad para el trabajo, y esperando el luminoso consejo, como si de él dependiese su destino.

Afortunadamente, la misma Alicia, no pudiendo sufrir este silencio, empezó á exponerle sus propias ideas. El revoltijo presente justificaba las más desatinadas resoluciones. Una gran señora podía adoptar medios de existencia que años antes hubieran provocado escándalo. Ella conocía en Niza muchas damas rusas que daban grandes fiestas en sus salones antes de la guerra, y ahora, caídas en la pobreza, se ingeniaban para ganarse el pan á su modo. Una iba á abrir una tienda de sombreros, contando con sus antiguas amistades para formarse una clientela. Otra había convertido su «villa» del Paseo de los Ingleses en casa de huéspedes. Sólo quería admitir personas distinguidas, militares de los países aliados, pero de coronel en adelante. Trataría á sus pensionistas como visitas, con toda la distinción de una gran señora que recibe; solamente que ahora sus días de recepción iban á ser todos los de la semana.

—¿Qué te parece si yo convirtiese mi «villa» en casa de huéspedes?... ¿Podrías tú ayudarme con algún dinero para renovar muebles y lo que hiciese falta?... Huéspedes de marca nada más: generales, embajadores retirados que vienen en busca de sol...

El príncipe contestó con una carcajada.

—¡Pero estás loca!... Te harían todos la corte. A las pocas semanas, tu establecimiento sería un infierno.

Alicia no insistió, encontrando muy justa la observación. La rusa de Niza era vieja y horrible comparada con ella. Además, le parecía regular y lógico que todos los huéspedes se enamorasen de su persona.

«La Generala» le había sugerido otro proyecto. Podía instalar en Monte-Carlo una casa de té, muy elegante. El atractivo de verla á ella en el mostrador haría correr á la gente. Para esto necesitaba también el apoyo de una capitalista.

Otra risotada de Lubimoff.

—¡El té de la duquesa de Delille!... Sería gracioso: pero una vez agotada la curiosidad, no tendrías otros parroquianos que los que se interesasen por tus gracias. No; eso no es negocio.

Ella mostró un desaliento algo cómico; ¿qué hacer?... Una señora deseosa de trabajo no encontraba ocupación en este mundo dirigido y acaparado por los hombres. Sólo le quedaba como recurso el juego. Era un placer emocionante que lo hacía olvidar sus preocupaciones, y al mismo tiempo una esperanza. Diariamente abría con el juego una ventana á la Fortuna, por si se dignaba acordarse de ella. ¡Quién sabe si alguna tarde plegaría sus alas de oro sobre una mesa del Casino, dejándose acariciar, como un águila domada, por las finas manos de Alicia!...

—En los primeros meses de la guerra—continuó—no necesitaba distracciones; tenía bastante con la realidad de los acontecimientos. ¡Las angustias que he pasado!... Pero á todo se acostumbra una; las mayores emociones, al prolongarse, acaban por ser monótonas. No siempre se puede estar con los nervios en tensión. ¡Y esta guerra es tan larga... tan aburrida! Podía haber apelado á la caridad para distraerme; entrar en un hospital, cuidar heridos. Pero nunca he sido hábil para estas cosas, y no quiero servir de estorbo, por pura vanidad, como otras muchas... Además, estamos acostumbradas á mandar, á ser las primeras, y por grande que resulte el espíritu de sacrificio, acaba una por marcharse, no pudiendo sufrir el verse mandada por mujeres más hábiles, más útiles, pero que hasta ahora han sido inferiores á nosotras... Ahí tienes á Clorinda: los dos primeros años fué enfermera; estaba de lo más hermosa é interesante con su vestido blanco y su capita azul. Ella se siente atraída por todas las cosas grandes: heroísmos, sacrificios, etcétera; pero acabó peleándose con sus superiores y renunció á su bello papel.

Alicia, con la mirada y el gesto, parecía apiadarse de su inutilidad.

—¿Qué podía hacer yo? Cada vez era mayor mi ruina. En París me molestaban de cerca mis acreedores; por eso me vine á Monte-Carlo, y jugué para distraerme y para vivir. «Hay el amor», me decía un viejo académico amigo mío, con intenciones egoístas, para ser el primero en aprovecharse del consejo. ¡Imagínate tú: el amor-pasión, el amor generoso, como único remedio de las tristezas de la vida, y á estas horas! ¡Ojalá pudiera ser!... Pero me siento vieja; yo tengo dos mil años... Tú eres más joven, pero cuentas siglos también. ¡El amor á nosotros!...

Lubimoff sonrió al principio del tono de ironía y desengaño con que hablaba ella. Sí; eran muy viejos. Los grandes remedios, útiles para la mayoría de la humanidad, no obtenían ninguna influencia sobre ellos, que estaban como anestesiados por la hartura y el cansancio... De pronto, un deseo indiscreto conmovió al príncipe. Quiso aprovechar esta ocasión para hacer una pregunta que se le había ocurrido varias veces.