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Los favores del mundo

Chapter 31: ACTO SEGUNDO
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About This Book

A three-act comedy transforms a legend about an ancestor of the author into a staged sequence of social intrigues and amorous complications. Scenes favor concise, economical dialogue, pointed satirical remarks and occasional extended narrations that supply motive and explanation. The action probes honor, hypocrisy and the gap between outward reputation and inner conscience, using close character observation and moral scrutiny to drive reversals. Denouements come through formal reckonings and arranged unions that emphasize ethical resolution over rhetorical display.

[ESCENA XII]


Salen EL CONDE y LEONARDO, de noche.—

[HERNANDO, INÉS.]

LEONARDO. Ocupada está la puerta.

CONDE. Reconocer determino.

LEONARDO. El celoso desatino
tus acciones desconcierta.

CONDE. No me repliques. ¿Quién es?

INÉS. [Ap]
(Este es el Conde.) Inés soy,
que gozando el fresco estoy.

CONDE. No hablo contigo, Inés,
sino con aquese hidalgo.

INÉS. Un soldado es, que llegó,
como a la puerta me vió,
a pedir por Dios.

HERNANDO.      Dad algo
para pagar la posada,
caballeros, a un soldado
desvergonzante y honrado,
que trae la pierna colgada
y tiene un brazo torcido,
por amor de...

LEONARDO.      Perdonad.

HERNANDO. Miren la necesidad
con que, por Dios, se lo pido.

CONDE. ¿Queréis no ser majadero?

HERNANDO. ¿Así a un pobre se responde?
(Ap. ¿Este es conde? Sí: éste esconde
la calidad y el dinero.) (Vase.)


[ESCENA XIII]


[EL CONDE, LEONARDO, INÉS.]

CONDE. Hermana Inés, no concierta
con el honor desta casa
ver, quien a tal hora pasa,
hombres hablando a su puerta.

INÉS. Un mendigo remendado
que por Dios llega a pedir
¿qué puede dar que decir?

CONDE. Un tercero, disfrazado
de mendigo, busca así
la ocasión a su mensaje,
y a estas horas el mal traje
no se ve, y el hombre sí;
y a estar vos, como es razón,
encerrada en vuestra casa,
al mendigo y al que pasa
quitárades la ocasión.

INÉS. No sé yo, por vida mía,
desde cuándo acá o por dónde
le ha tocado, señor Conde,
el cargo a vueseñoría
de alcaide o de guardadamas
desta casa. ¿Qué marido,
padre o galán admitido
es de alguna de mis amas,
para que las guarde así?

CONDE. ¡Vive el cielo, que a no ser
de aquesta casa y mujer!...

LEONARDO. Calla, Inés, ¿estás en ti?
¿Así te atreves al Conde?

INÉS. Y al mismo rey me atreviera,
si tanta ocasión me diera.
Quien por su dueño responde
se atreve muy justamente.
Pero yo le diré a Anarda
que el Conde su puerta guarda,
para que el remedio intente.           (Vase.)


[ESCENA XIV]


[EL CONDE, LEONARDO.]

LEONARDO. Perdido vas.

CONDE.      Tal estoy
de celoso y desdeñado,
que ya de desesperado
en nuevos intentos doy.
Ya que no puedo obligar,
vengarme sólo deseo,
que estas visiones que veo,
la materia me han de dar.
El mozo que hoy en el río
las habló y siguió después;
hallar a la puerta a Inés
y hablarme con tanto brío;
de Anarda el airado ceño
hoy, porque al coche llegué:
todo dice, o nada sé,
que esta casa tiene dueño.

LEONARDO. ¿Eso dudas?

CONDE.      De inquirirlo
y darles pesares trato.

LEONARDO. No le saldrá muy barato,
si tú dasen perseguirlo,
al pobre amante el favor.

CONDE. Tenga disgustos al peso
que los tengo.

LEONARDO.      Para eso
te hizo Dios tan gran señor;
pagúela quien te la hiciere.

CONDE. Bien es, para tales hechos,
vestir de acero los pechos.

LEONARDO. Quien dar pesadumbres quiere
ha de vivir con cuidado.

CONDE. Vamos por armas, que el día
ha de hallarme aquí en espía,
Leonardo, hasta ser vengado.      (Vanse.)


[ESCENA XV]


Salen GARCIA y HERNANDO, de noche.

GARCIA. Prosigue.

HERNANDO.      Llegóse a mí
el dicho conde Mauricio,
como ve que sigo el coche,
y pregúntame a quién sirvo.
Digo que a nadie. Él replica:
de dónde soy conocido
de aquellas damas que hablaba,
y por qué ocasión las sigo.
Que ni sigo ni conozco,
le respondo y certifico.—
Pues no os tope yo otra vez
a vista del coche (dijo),
o a palos haré mataros.—
Yo me aparto, y a un mendigo,
que limosna entre los coches
pidiendo andaba en el río,
mi capa y sombrero doy,
y estos andrajos le pido,
con que, si me ves de día,
oso engañarte a tí mismo.
Con esto, y con que la noche
también ayuda nos hizo,
las seguí, y entré en su casa,
de que estamos tan vecinos,
que es esta que estás mirando,
cuyo soberbio edificio
avaramente publica
los tesoros escondidos.
Hablé con ellas; y al fin,
la que ser Lucrecia dijo,
me dió de tenerte amor,
si honestos, claros indicios.
Pregunta tu casa, y yo
con decilla me despido;
de mi humor dicen que gustan,
mas yo, que a tu amor lo aplico,
me di al disfrazado brindis
de "a más ver" por entendido.
A Inés, secretaria suya,
mandan que salga conmigo
hasta dejarme en la calle,
cosa bien fuera de estilo,
pero no de la intención,
que presumo y averiguo
que fué, porque yo de Inés
me informase en el camino
de lo que ellas me negaron:
lance de amor conocido.
Supe que era el nombre Anarda,
y Girón el apellido
de la que Doña Lucrecia
Chacón nombrarse me dijo.
La otra es su prima, Julia
su nombre, y un viejo tío
es el curador y el Argos
destas dos huérfanas Ios;
ambas por casar, y tienen
dos mayorazgos muy ricos
con que puede hacer dichoso
cada cual a su marido.
Ciertas esperanzas mías
dieron con esto en vacío,
y a Inés, envuelta en donairos,
una flecha de amor tiro.
Llegamos así a la puerta,
donde con celoso brío
se llegó a reconocerme,
determinando, Mauricio.
Dice que un mendigo soy
Inés; yo fínjolo al vivo.
Él responde: no hay que daros;
yo, a fuer de pobre, porfío.
Enfadóse, fuíme, halléte
en la posada, salimos,
las mercedes me contaste,
que hoy el Príncipe te hizo:
llegamos aquí, paramos...
Con que en breve suma he dicho
cuanto he hecho desde el punto
que me dejaste en el río.

GARCIA. De los favores de Anarda
y los celos de Mauricio,
me forman los pensamientos
un confuso laberinto.
Hernando, perdido estoy.
No sé qué poder divino
tiene Anarda, que en un punto
me arrebató los sentidos.
Tal estoy, que no me alegran
los favores que hoy me hizo
Su Alteza; que los de Anarda
sólo quiero y sólo estimo.
Juzga, pues, cuál me tendrán
las licencias de Mauricio;
que mucho tiene de dueño
quien cela tan atrevido.

HERNANDO. Advierte que a una ventana
dos personas han salido.


[ESCENA XVI]


Salen ANARDA e INÉS a la ventana.
[ANARDA, INÉS, GARCIA, HERNANDO].

ANARDA. Dos son.

INÉS.      El Conde y Leonardo
siguen el intento mismo.

ANARDA. ¿Es el Conde?

GARCIA.      El Conde soy.
(Ap.) (A mi muerte me apercibo;
pero venid, desengaño;
que cuanto os temo os estimo.)
Aparta; que las verdades [a Hernando.]
de amor no quieren testigos,
y saber estas deseo.

HERNANDO. A esa esquina me retiro.      (Vase)


[ESCENA XVII]


[GARCIA, ANARDA, INÉS.]

ANARDA. Conde, a vuestro atrevimiento
y grosera demasía,
ni conviene cortesía
ni es cordura el sufrimiento.
¿En qué favor fundamento
el guardarme así ha tenido?
A quien nunca fué admitido
pretendiente ni galán,
decid: ¿qué leyes le dan
las licencias de marido?
Si con tanta libertad
guardáis mi puerta y mi calle,
¿quién hará al vulgo que calle,
o estime mi honestidad?
Si bien me queréis, mirad
mi fama y reputación
que es forzosa obligación
que al bien amar corresponde.


[ESCENA XVIII]


Salen EL CONDE y LEONARDO, armados, y el CONDE
escucha a ANARDA.

[EL CONDE, LEONARDO, GARCIA, ANARDA, INÉS.]

ANARDA. Y si no me queréis, Conde,
dejadme en este rincón.

[El Conde escucha a Anarda]

Y si os pretendéis vengar,
con eso, de mi desden,
sabed que el no querer bien
no ofende, ni obliga a amar;
que inclinar o no inclinar
sólo lo puede el amor.
Y si el veros tan señor
esfuerza vuestra malicia,
el Rey sabe hacer justicia,
y yo sé tener valor. [Retíranse las dos.] (Vase)

CONDE. (Ap.) Huélgome; que no soy yo
solamente el desdeñado.

GARCIA. (Ap.) La vida mi amor ha hallado
donde la muerte esperó.

CONDE. (Ap.) ¡Pobre amante!

LEONARDO. [Hablando aparte con su amo.]
¿Muere, o no?

CONDE. Viva, pues vive penando.


[ESCENA XIX]


Sale HERNANDO.

[HERNANDO, GARCIA, EL CONDE, LEONARDO.]

HERNANDO. [Llegándose a su amo y hablándole aparte.]
¿Qué tenemos?

GARCIA.      Vida, Hernando:
el Conde muere.

HERNANDO.      Con esto
¿cenaremos?

GARCIA.      Vamos presto;
que está el Príncipe esperando.      (Vanse.)


[ESCENA XX]


[EL CONDE, LEONARDO.]

CONDE. Sospecho que no hago bien,
Leonardo, en no conocello.
Si es mi igual, sacaré dello
el consuelo a mi desdén,
y a lo menos sabré quién
no ha de causarme cuidado.
Vamos tras él.

LEONARDO.      Acosado
toro embestimos, señor;
que aun sospecho que es peor
un amante desdeñado.      (Vanse.)




ACTO SEGUNDO


[Cámara del Príncipe en el Alcázar de Madrid.]


[ESCENA PRIMERA]


Salen EL PRINCIPE, GARCIA, DON JUAN, GERARDO y
HERNANDO, de noche.

PRINCIPE. De lo que el Rey os ha honrado,
que me deis gracias no es bien,
Alarcón, mas parabien,
pues tanto gusto me ha dado.

GARCIA. Vuestro soy.

PRINCIPE.      Decid amigo;
mostrarlo puede el efeto,
pues mi más alto secreto
a declararos me obligo.
No me tengáis por liviano
por mostraros presto el pecho,
porque estoy muy satisfecho
que con vos nunca es temprano.
Y así, justamente digo
que os puedo dar parte dél;
que ha mucho que sois fiel,
si ha poco que sois amigo.
Mas pues quiero daros hoy
la llave del alma mía,
de mi cámara, García,
también con ella os la doy.

GARCIA. No sólo no he de poder
serviros merced tan alta;
mas aun a la lengua falta
el modo de agradecer.

PRINCIPE. Alzad.

JUAN.      Los brazos os doy,
alegre de que su Alteza
honre así vuestra nobleza.

GARCIA. Sois amigo, y vuestro soy.

JUAN. A Vuestra Alteza, señor,
los pies beso agradecido,
pues honra tanto al vencido
cuanto honrare al vencedor.

PRINCIPE. Bien, Don Juan, sabéis mostrar
vuestro hidalgo corazón,
pues no os causa emulación
la competencia en privar.
Y con eso ganáis tanto,
que en mi gracia os levantáis
al paso que os alegráis
de lo que a Alarcón levanto.
No por su privanza viene
mi amor a menos con vos,
porque es el rey como Dios,
que muchos privados tiene.
Y así, cuanto estas acciones
muestran en vos más valor,
tanto a vuestro vencedor
tengo más obligaciones.
Que cuando no le pagara
la vida que en vos me dió,
porque a tal hombre venció,
con justa razón le honrara.

GARCIA. A la esperanza, señor,
vuestros favores exceden.

PRINCIPE. Esos criados se queden.

JUAN. El Príncipe, mi señor,
manda que os quedéis.      (Vase Gerardo.)

GARCIA.      [Hablando aparte con Hernando.]
Hernando,
en nuestra calle me aguarda,
y mientras no voy, a Anarda
te encargo.

HERNANDO.      ¿Estaré velando?

GARCIA. Nunca tan necio has estado.

HERNANDO. ¿Y dormir?

GARCIA.      Dormir de día.
[Vanse el Príncipe, García y Don Juan.]


[ESCENA II]


[HERNANDO.]

Temprano, por vida mía,
en el uso hemos entrado.
Alto; somos de palacio;
trasnochar, ir a dormir
al amanecer, vivir
de prisa, y morir de espacio.
Si el cielo no lo remedia,
la sátira encaja aquí;
mas no ha de haber cosa en mí
de lacayo de comedia.
¡Cuál a la corte pusiera
algún poeta, si el caso
y el lacayo en este paso
de la comedia tuviera!
¡Cuál pusiera yo a su Alteza!
¡Qué libremente le hablara,
y qué poco respetara
su poder y su grandeza!
¡Luego me apartara dellos,
cuando a graves cosas van
él y mi amo y Don Juan!
¡Mal año! por los cabellos
de otra parte me trajera,
y en todo el caso me hallara,
que el Príncipe aun no fiara
quizá a los dos, si pudiera.
Y estando en lo más famoso,
grave, fuerte y apretado,
saliera el señor criado
con un cuento muy mohoso,
o una fábula pueril
de la zorra y el león,
y la más alta cuestión
concluyera un hombre vil.
No, no; el criado servir;
con el rey la gente grave;
aconsejar el que sabe,
y el que predica reñir. (Vase.)


[ESCENA III]


[Calle en que vive Anarda.—Es de noche.]

[EL PRINCIPE, GARCIA, DON JUAN.]

PRINCIPE. Pensé que un pecho tan fuerte
como el vuestro triunfaría
del amor tierno, García.

GARCIA. Iguala amor a la muerte.

PRINCIPE. Militares embarazos
a muchos dél defendieron.

GARCIA. Al dios Marte no valieron
contra los venéreos lazos.

PRINCIPE. ¿No os admirará en efeto
deciros que amo, García?

GARCIA. No, porque ya lo sabía.

PRINCIPE. ¿Cómo?

GARCIA.      Sé que sois discreto.

PRINCIPE. ¡Qué bien sabéis consolar!

JUAN. Es su consecuencia clara,
puesto que amor se compara
a la piedra de amolar,
en que el más agudo acero
da a sus filos perfección.

PRINCIPE. Esta es la calle, Alarcón,
en que vive por quien muero.

GARCIA. (Ap.) ¿Qué es esto? Ya el niño Amor
destas sombras se acobarda,
y la hermosura de Anarda
hace cierto mi temor.

PRINCIPE. Esta es la casa.

GARCIA.      (Ap.) ¡Ay de mí!

PRINCIPE. Haz la seña. Mas detente;
que el recato es conveniente,
y pienso que hay gente allí.

JUAN. La calle despejaré.

PRINCIPE. Tú no; que presumirán,
si eres la flecha, Don Juan,
que soy yo quien la tiré.
Vaya Alarcón.

GARCIA.      Voy, señor.

PRINCIPE. En esta esquina os espero.

(Vanse él [Príncipe] y Don Juan.)


[ESCENA IV]


GARCIA. ¿Para qué, fortuna, quiero
con tal pensión tu favor?
¿De qué sirve la privanza?
Mercedes y honras ¿de qué?
Todas te las trocaré
a esta perdida esperanza.
¡Cuál iba yo, viento en popa!
Fortuna, ya te entendí;
que con más ímpetu así
la nave en la peña topa.
El fin traidor has mostrado
con que en levantarme das;
que para que sienta más,
me has hecho más delicado.
Dándome honrosos despojos
llegas con rostro de paz,
por arrojarme el agraz
en las niñas de los ojos.
¿Qué es privanza, qué es honor,
qué es la vitoriosa palma,
si en lo más vivo del alma
ejecutas tu rigor?
Hoy la mayor alegría
y el mayor pesar me has dado;
de dichoso y desdichado
soy ejemplo en solo un día
Pero quizá Anarda bella
no tiene al Príncipe amor.
¿Qué importa? Él es mi señor,
y tiene su amor en ella.
No tocan a la lealtad
las ofensas de quien ama;
mas ya su amigo me llama,
y me obliga la amistad.
¿De qué sutiles razones,
deseo, os queréis valer?
¿Alarcón ha de poner
la lealtad en opiniones?
Deseo, o morid en mí,
o matad conmigo a vos,
porque o vos o ambos a dos
hemos de morir aquí.
Llegad, corazón fiel;
venza al amor la lealtad;
el paso al cielo allanad
a quien os derriba dél.


[ESCENA V]


Salen HERNANDO, huyendo con la espada en la mano y tras él
MAURICIO y LEONARDO.

[HERNANDO, EL CONDE, LEONARDO, GARCIA.]

HERNANDO. A no ser tantos, yo sé
si me causaran temor.

GARCIA. ¿Es Hernando?

HERNANDO.      ¿Es mi señor?

GARCIA. ¿Qué ha sido?

HERNANDO.      Desde que entré
en aquesta calle a hacer
lo que me has encomendado,
los de esa cuadrilla han dado
en que me han de conocer.
Porque no me descubrí,
dieron tras mí a cuchilladas,
y mil montantes y espadas
llovió el cielo sobre mí.

GARCIA. Dos solos diviso yo.

HERNANDO. ¿Dos?

GARCIA.      No más.

HERNANDO.      Pues no habrá más.

GARCIA. ¡Qué trocado, Hernando, estás!
¿Ya tu valor se acabó?

HERNANDO. Tanto son dos como mil
contra aquel que solo está.

GARCIA. ¿Y quién será?

HERNANDO.      ¿Quién será
sino quien hecho alguacil
nos reconoció, señor?

GARCIA. ¿El conde Mauricio?

HERNANDO.      El Conde.

GARCIA. Aquí, si mal me responde,
me conocerá mejor.      (Llégase a él.)
Si acaso algunas mercedes
alcanza la cortesía,
por ella, hidalgos, querría
poder con vuesas mercedes
que den lugar por un rato
a cierto amante secreto,
que debe al alto sujeto
de su amor este recato;
que él les dejará después
toda la noche la calle.

CONDE. (Ap. los dos.)
Este, en la voz y en el talle,
es Garci-Ruiz.

LEONARDO.      Él es.

CONDE. ¡Pues a buen puerto ha llegado!
Vos pedís bien justa cosa, [A García.]
pero muy dificultosa;
que soy ministro, y mandado
de un superior en mi oficio,
que de aquí no haga ausencia,
para cierta diligencia
que importa al real servicio.
A mí me pesa por cierto
de no poderos servir;
pero que no he de impedir
vuestros amores, advierto;
porque callar os prometo;
de más de que es caso llano
que de la justicia es vano
querer encubrir secreto,
que al sol nada se le esconde.

HERNANDO. (Ap.) [con su amo]
Él prosigue su artificio.

GARCIA. ¿Estás cierto en que es Mauricio?

HERNANDO. Digo, señor, que es el Conde.

GARCIA. Hidalgo, o seáis justicia
y aquí negocios tengáis,
o ser ministro finjáis
con cautelosa malicia,
lo que pido haced, que es justo.

CONDE. Que no puedo he dicho ya.

GARCIA. Ya en conseguillo me va
más reputación que gusto;
porque quien llega a pedir
lo que no es justo negar,
no deja elección al dar,
y se obliga a conseguir.

CONDE. ¿Qué queréis decir con eso?

GARCIA. ¿Aun no lo habéis entendido?
Que habéis de hacer lo que os pido,
o obligarme a algún exceso.

CONDE. No os arriesguéis a un gran daño,
por la que, según entiendo,
no os quiere.

GARCIA.      Yo estoy pidiendo
lugar y no desengaño.
Esto haced, y no os metáis
en consejos, ni mostréis
que conocido me habéis,
porque a mucho me obligáis.

CONDE. Que os conozca o no, os prometo
que es imposible dejaros
la calle sola.

GARCIA.      ¿En estaros
os resolvéis, en efeto?

CONDE. Aquí me ha de hallar el día.

GARCIA. Pues procedéis tan grosero,
podrá con vos el acero
lo que no la cortesía.

(Sacan todos las espadas y riñen.)

HERNANDO. ¡Pese a tal! Agora sí
me entenderé yo con vos,
que nos vemos dos a dos.
¿Broquelicos para mí?

CONDE. Herido estoy.

GARCIA.      Yo me holgara,
sin heriros, de obligaros;
mas a vos podéis culparos.

CONDE. La fuerza me desampara;
sin duda es mortal la herida.

GARCIA. Que me pesa, sabe Dios.—
[A Hernando, que riñe con Leonardo.]
Tente.—Yo fuera con vos (Al Conde.)
cuidando de vuestra vida,
a poder faltar de aquí.

CONDE. Indicios de noble dáis.

GARCIA. Por mucho que lo seáis,
con igual pecho os herí.

LEONARDO. ¡Ah! ¡pese a quien me parió!

(Vanse Leonardo y el Conde.)


[ESCENA VI]


Salen EL PRINCIPE y DON JUAN, alborotados.

[EL PRINCIPE, DON JUAN, GARCIA, HERNANDO.]

PRINCIPE. En la vida de García
se arriesga, Don Juan, la mía.

JUAN. ¿No basta que vaya yo?

PRINCIPE. No basta; que no sabemos
cuántos los contrarios son.

JUAN. Yo soy Luna, él Alarcón,
que por un millón valemos.
Mas pienso que viene aquí.

PRINCIPE. ¡García!

GARCIA.      Señor.

PRINCIPE.      ¿Qué ha sido?

GARCIA. ¿Qué, señor?

PRINCIPE.      ¿Ese ruido
de cuchilladas que oí?

GARCIA. Lo que fué, que no fué nada;
después, señor, lo diré.
Agora, pues que se ve
la calle desocupada,
logre el tiempo vuestra Alteza.
[Hablando aparte con el criado.]

En casa me espera Hernando.

HERNANDO.
¡Vive Dios que estoy temblando!

GARCIA. Nunca has mostrado flaqueza
sino en la corte.

HERNANDO.      Señor,
tú dices que nada ha sido
haber a Mauricio herido,
y puedes; que en el amor
del Príncipe estás fiado;
mas a mí el pesar me ahoga;
que sé que siempre la soga
quiebra por lo más delgado.

GARCIA. De tu temor me averguenzo.

HERNANDO. Hay alcalde que de balde,
por sólo hacer del alcalde,
me pondrá de San Lorenzo.

GARCIA. Antes a mí me mataran;
que a los ingratos no imito,
que animan para el delito,
y en la pena desamparan.
Véte, y duerme descuidado.
(Entre tanto hace la seña Don Juan.)

HERNANDO. ¿A qué no obliga tu amor?
Bien dicen que el buen señor
es quien hace buen criado.      (Vase.)

PRINCIPE. ¿Si habrán oído?


[ESCENA VII]


Sale INÉS, a la ventana.

[EL PRINCIPE, GARCIA, DON JUAN, INÉS.]

JUAN.      Ya están
a la ventana.

INÉS.      ¿Quién es?

PRINCIPE. Inés parece.

JUAN.      ¿Es Inés?

INÉS. ¿Quién lo pregunta?

JUAN.      Don Juan.
A Anarda le dí que está
su Alteza aguardando aquí.

PRINCIPE. Sin esperanza, le dí.

Vase Inés [de la ventana.]

¡Válgame Dios! ¿si saldrá?
Decidme que sí, y con eso
no me matará el temor.

JUAN. Yo tuviera por mejor
prometerte el mal suceso,
y así tendrás más colmado,
si Anarda sale, el contento;
y si no, será el tormento
mucho menor, esperado.

GARCIA. (Ap.) ¡Ah Dios!
¡qué dulce esperanza
gané y perdí en sólo un día!
¡qué propia ventura mía
en la ligera mudanza!
Pero quizá... ¡No hay quizá!
"Haced," el Príncipe dijo,
"la seña," de que colijo
que es dueño de Anarda ya;
que amistad hay asentada
donde hay seña conocida;
y pues tan presto fué oída,
bien se ve que fué esperada.


[ESCENA VIII]


Salen ANARDA y JULIA a la ventana.

[ANARDA, JULIA, EL PRINCIPE, GARCIA, DON JUAN.]

ANARDA. [Ap. con Julia.]
Yo salgo, esta es la verdad,
por el forastero, prima;
que su prisión me lastima,
si temo su libertad.

JULIA. ¡Qué perdida estás!

ANARDA.              De amor
hasta agora no he sabido.

JULIA. Tarde, mas bien, te ha cogido.
(Ap. Sabe Dios que estoy peor.)

ANARDA. ¡Ah, caballero!

PRINCIPE.      Señora,
¿sois Anarda?

ANARDA.      Anarda soy.

PRINCIPE. Perdonad, mi bien, si os doy
aqueste disgusto ahora,
impidiendo el venturoso
sueño que ocupando estaba,
por el descanso que os daba
en cambio ese cuerpo hermoso;
que tanto el susto he sentido,
que hoy en el río tuvistes,
que hasta ver cómo volvistes,
volver en mí no he podido.
¿Cómo estáis? ¿Quitóse ya
aquel alboroto?

ANARDA.      En mí
nunca, Príncipe, sentí
lo que de entonces acá;
que hizo en mí tal impresión
el forastero atrevido,
que presente lo he tenido
siempre en la imaginación.

GARCIA. (Ap.)
¡Ah Dios, si fuese de amor!

ANARDA. Mas lo que me ha sosegado
es pensar que aprisionado,
como os supliqué, señor,
lo tenéis, para que así
no se vaya sin pagarme.

GARCIA. (Ap.)

No es este efecto de amarme:
ya de mi engaño salí.
Cuanto de mí se informó,
fué por trazar su venganza,
y mi engañosa esperanza
a favor lo atribuyó.

PRINCIPE. De un yerro que cometí
contra vos, hermosa Anarda,
mi amor el perdón aguarda.

ANARDA. ¿Cómo?

PRINCIPE.      No os obedecí.

ANARDA. ¿Luego sin pena quedó
el forastero atrevido?

PRINCIPE. Y aun con premio bien debido
a las nuevas que me dió.

ANARDA. (Ap.) ¡Ay de mí!

JULIA. (Ap.) Perdida soy.

ANARDA. ¿Esa es la fe y la fineza
que le debí a Vuestra Alteza?
Bien desengañada estoy.
¡La primer cosa que pido,
en que estribaba mi gusto,
y más cuando era tan justo
castigar a un atrevido,
no he podido merecer!

PRINCIPE. Vos lo causastes, por Dios,
porque a vos sólo por vos
dejara de obedecer;
que como ser, entendí
vos, causa de aquel exceso,
con que tan fuera de seso
de pena y celos me ví,
quedé de gusto tan loco
con saber que me engañé,
que para albricias juzgué
ser todo mi reino poco.

ANARDA. Obedecer es fineza.
(Ap. Muerta soy, si se ausentó.)
Señor, mi tío tosió:
perdóneme Vuestra Alteza;
que su recato y rigor
me prohibe este lugar.

PRINCIPE. Primero habéis de escuchar
el descargo de mi error;
que para que no culpéis
del todo mi inobediencia,
lo traigo a vuestra presencia
a que vos lo castiguéis.

ANARDA. ¿Qué decís?

PRINCIPE.          Que traigo aquí
al forastero conmigo,
sujeto a vuestro castigo.

ANARDA. Aun podré pensar así
que habéis mi gusto estimado.

GARCIA. En fin ¡qué! ¿perdón no espero
de un error de forastero
y de un furor de agraviado?

PRINCIPE. Perdonad, por vida mía,
pues lo conoce, su error.

ANARDA. Cuando no al intercesor,
a su humildad se debía.

PRINCIPE. Pues con eso, dueño mío,
obedezco en dejaros.

ANARDA. Bien podéis, señor, estaros;
que ya no tose mi tío.

PRINCIPE. ¿Como es posible que tanto
favor haya yo alcanzado?

ANARDA. (Ap.)
La fiesta habéis celebrado;
mas habéis errado el santo.

GARCIA. (Ap.)
Que tiene al Príncipe amor,
bien claramente se ve.
Mas ¡necio yo! ¿qué esperé,
si es tal el competidor?

PRINCIPE. ¿Cómo, Julia, no me dais
el parabién del favor?

JULIA. Por no impediros, señor,
cuando de Anarda gozáis.

JUAN. A lo menos, por no dar
con su voz gloria a mi oído.

JULIA. Siempre, Don Juan, habéis sido
desconfiado en amar.

JUAN. Esto tengo de discreto:
y a Dios, ingrata, pluguiera
que otra causa no tuviera
un tan desdichado efeto.

GARCIA. (Ap.)
Los dos aman a las dos;
con tal liga y artificio
seguro va el edificio.

ANARDA. ¿Cómo trajistes con vos
al forastero, señor?
A quien mañana se irá,
¿tan fácilmente se da
noticia de nuestro amor?
(Ap. las dos. Así le pregunto, prima,
del forastero el estado.)

JULIA. ¡Qué bien tu intento has guiado!

PRINCIPE. No os tengo en tan poca estima,
que lo que os ama mi pecho
tan fácil le haya fiado.
En mi servicio ha quedado;
de mi cámara lo he hecho.

ANARDA. (Ap. a ella.) ¡Ah Julia! dichosa soy.

JULIA. Déjame, no me diviertas
de Don Juan. (Ap. Sin que me adviertas
atenta a mi dicha estoy.)

GARCIA. Gente viene.

PRINCIPE.    Anarda, adiós;
que miro por vuestra fama.

ANARDA. Así obliga quien bien ama.

JUAN. Adiós.

JULIA.    Él vaya con vos.

ANARDA. Caballero forastero,
de que os quedéis en palacio
con el Príncipe, de espacio
el parabién daros quiero.

GARCIA. Ya con eso lo recibo.

(Vanse las damas.)


[ESCENA IX]


[EL PRINCIPE, DON JUAN, GARCIA.]

PRINCIPE. Sin duda ha estado, García,
en vuestra dicha la mía;
que nunca en el pecho esquivo
de Anarda, señal de amor,
como aquesta noche, ví.

GARCIA. (Ap.)
¿Mas si fuese para mi,
sobre escrito a ti, el favor?

PRINCIPE. "Bien podéis, señor, estaros",
dijo, queriendo partirme.

JUAN. De que paga tu amor firme
ha dado indicios bien claros.

GARCIA. (Ap..)
Cuando el Príncipe le dijo
que estaba presente yo,
gusto de estarse mostró:
con justa razón colijo,
pues antes irse quería,
que yo su rémora he sido.
Nueva esperanza ha nacido
de la ya ceniza fría.

PRINCIPE. Agora podéis contar,
Garci-Ruiz, lo que fué
aquel ruido.

GARCIA.    Llegué,
pedí que diesen lugar
a un amante; no quisieron,
por más que rogué importuno;
saqué la espada, herí al uno,
y con aquello se fueron.

PRINCIPE. Mal hicistes: cuando envío,
Alarcón, a despejar,
es por bien; no ha de costar
sangre de vasallo mío.

GARCIA. No quiso por bien.

PRINCIPE.    Dejallo.

GARCIA. El gusto vuestro estorbaba.

PRINCIPE. Menos mi gusto importaba
que la salud de un vasallo.

GARCIA. Yo erré por ser obediente.

PRINCIPE. Cerca estaba yo; volver
y tomar mi parecer.
Quien sirve ha de ser prudente.

(Vanse el Príncipe y Don Juan.)