[ESCENA VII]
[EL PRINCIPE, DON JUAN, GERARDO.]
JUAN. Dame para hablar licencia,
ya que Alarcón se ha partido.
PRINCIPE. ¿Qué quieres? ¿Dirás que ha sido
poco humana mi sentencia,
siendo tanta la ocasión?
JUAN. Si a eso miro, fué piadosa,
señor, pero rigurosa,
si miro a tu condición;
que desconozco el rigor,
en quien es la mansedumbre
naturaleza y costumbre.
PRINCIPE. ¿Qué no harán celos y amor?
Tan otro soy del que fuí,
con sus efetos violentos,
que extraño mis pensamientos,
y no me conozco a mí.
JUAN. De que no sientas no trato,
donde es tanta la ocasión;
mas da un rato a la razón,
pues diste al enojo un rato.
Confesado me ha tu Alteza
que es violento ese accidente:
lo violento fácilmente
vuelve a su naturaleza.
¿En qué diferencia pones
a ti y a un hombre vulgar,
si así te dejas llevar
del furor de tus pasiones?
Cualquiera, señor, es sabio
donde no hay dificultad;
la mansedumbre y piedad
se tocan en el agravio.
La fiera borrasca muestra
si es el piloto prudente,
y el jinete en potro ardiente
fuertes pies y mano diestra.
Esta es la misma ocasión
que debiera desear
tu Alteza, para mostrar
su piadosa condición,
y más donde el condenado
ser inocente podría;
que hasta agora de García
no sabemos si ha pecado.
Julia sólo el pensamiento
de Anarda me ha referido;
pero no que él haya sido
cómplice de aqueste intento
Y la primera advertencia
que Julia en esta ocasión
me hizo, fué que Alarcón
no te siga en esta ausencia;
que cautamente sabrá
dél si a tu enemiga estima;
y siendo así, de su prima
tales cosas le dirá,
que la desdeñe injurioso,
para que ella, desdeñada,
de su amor desesperada,
quiera al Conde por esposo
Que mientras tenga esperanza
de que él su amor corresponde,
no hay pensar que verá el Conde
en sus rigores mudanza.
PRINCIPE. Es agudo pensamiento.
JUAN. Con amor y con lealtad
te sirve, y la voluntad
da fuerza al entendimiento.
Demás desto, considera
que sabiendo tu afición,
no se casará Alarcón,
aunque querido la quiera.
Y por un leve temor
que asegura su nobleza,
no ha de pagar mal tu Alteza
a un hombre de tal valor.
Ni permitas que Alarcón
me tenga por falso amigo,
pues de lo que hablé contigo
vió nacer tu indignación;
con que es forzoso entender
que ingrato y villano soy,
pues quito tu favor hoy
a quien vida me dió ayer.
Bien temí yo tu castigo
cuando te daba el recado;
mas la ley de buen criado
venció a la de buen amigo.
Esto ha de bastar, señor,
a que tomes otro acuerdo,
si mis servicios no pierdo,
si no me engaña tu amor.
PRINCIPE. Digo que me has convencido,
y de haberlo desterrado
estoy, Don Juan, lastimado,
cuanto más arrepentido.
Abrázame; que es razón
dar premio a tu gran nobleza,
y por ver esta fineza,
estimo aquesta ocasión.
JUAN. Por tal dueño poco es dar
la sangre, vida y honor.
Dame licencia, señor,
de que lo vaya a alcanzar.
PRINCIPE. Será, Don Juan, darle indicio
de liviana condición.
JUAN. Fia tu reputación
de mi ingenioso artificio.
PRINCIPE. Como la ocasión no pueda
colegir que esto ha causado,
a lo que le he encomendado
le dí que en la corte queda.
JUAN. ¿Partes luego?
PRINCIPE. Ya el rigor
de mi airado padre ves.
JUAN. Para alcanzarte, a mis pies
dará sus alas mi amor. (Vase.)
[ESCENA VIII]
Salen CRIADOS.
[EL PRINCIPE, GERARDO, los dos PAJES y otros CRIADOS.]
PRINCIPE. ¿Puedo partir?
GERARDO. A tu Alteza
todo aguarda apercebido.
PRINCIPE. ¿Quién duda que estás sentido,
Gerardo, de mi aspereza?
GERARDO. Sólo tus pesares siento.
PRINCIPE. ¡Ah Gerardo! no te espante;
que es pluma leve un amante,
y celos y amor el viento.
Alégrete este rubí, (Dale una sortija.)
si por mi causa estás triste.
Y tú, pues que me sufriste
lo que sin razón reñí,
(Da a otro criado otra sortija.)
con este diamante, Otavio,
publica tu sufrimiento;
y a ti, el arrepentimiento
que tengo ya de tu agravio
(Da a otro una cadena.)
te diga aquesa cadena,
que me confiesa obligado.
PAJE 1°. Aumente el cielo tu estado.
GERARDO. Alivie Anarda tu pena.
PAJE 1°. A su curso natural
el río presto volvió.
GERARDO. ¿Quién a Príncipe sirvió
tan piadoso y liberal? (Vanse.)
[Habitación de García, en Madrid.]
[ESCENA IX]
Salen GARCIA y HERNANDO, de camino.
GARCIA. ¿Cómo está el Conde?
HERNANDO. No es nada.
¡Un piquete siente así!
Como es señor, es de vidro,
y está su vida en un tris.
Tiene en la tabla del brazo
una sangría sutil;
que la manga de la cota
no le llegaba hasta allí.
Una vena le rompiste;
desangrábase, y así
se desmayó; ya está bueno,
y ha pedido de vestir.
GARCIA. Huélgome. ¿Vienen las postas?
HERNANDO. Ya comenzaba a subir
el postillón, batanado
en el angosto rocín.
GARCIA. Mucho tarda a mi deseo.
HERNANDO. Esto ¿es irte, o es huir?
GARCIA. ¡Fuego de Dios en amores
y privanzas de Madrid!
HERNANDO. ¿Esos dos polos quisiste
con tus dos manos asir?
A entrambos pierde de vista
el ingenio más sutil,
y el que más alcanza, dice
que ha de conservarse aquí
Ganimedes con embuste,
y con dinero Amadís.
Andas en cueros por las calles
despreciado el dios Machín,
y como se ve tan pobre
y ciego, ha dado en pedir.
En amaneciendo Dios,
ya en chinela, ya en chapín,
de los nidos salen bandas
de busconas a embestir,
todas buscando el dinero,
no al galán sabio y gentil:
quien no tiene es un demonio,
y quien tiene, un serafín.
Ninguno cumple deseo,
si bien lo adviertes, aquí;
que el pobre jamás llegó
de sus intentos al fin;
y el rico, si no desea,
¿cómo lo puede cumplir?
Porque antes de desear,
alcanza el rico en Madrid.
Sin estos inconvenientes,
considero yo otros mil,
que es un asno el que en la corte
con ellos quiere vivir.
Un lancero ¿a quién no mata
con un cuerpazo hasta allí,
dando voces como truenos,
que hacen los perros huir?
¿A quién no cansa un barbón
con un tiple muy sutil,
lastimero y recalzado,
diciendo: ili portuguí?
¿Quién sufre un burro aguador,
que me sabe distinguir
a mí de un poste, y se aparta
del poste, y me embiste a mí?
¿Quién sufre un cochero esento
cuya lanza cocheril
rompe más entre cristianos
que entre moros la del Cid?
GARCIA. ¿Esas cosas te dan pena?
HERNANDO. Estas me la dan a mí,
que son con las que se roza
la jerarquía servil.
Y si cosas tan menudas
me desesperan así,
¿cuál estará entre las grandes
el que juzgan más feliz?
¡Buena pascua! Vamos presto:
nunca tan cuerdo te ví;
que aquí todo es embeleco,
todo engaño, todo ardid.
Al que promete aquí menos,
y al que cumple más aquí,
el pronóstico de Cádiz
no se la gana a mentir.
Coche y Prado son su gloria,
y esta se reduce al fin
a mirarse unos a otros,
y andar de aquí para allí.
Pero las postas son estas.
GARCIA. Pues alto, Hernando, a subir.
HERNANDO. Bien puedes; que a punto están
la maleta y el cojín. (Vase.)
Adiós, corte; adiós, Anarda.
[ESCENA X]
Sale DON JUAN.
[DON JUAN, GARCIA.]
JUAN. Los caballos despedid;
que os manda quedar su Alteza
en la corte.
GARCIA. ¡Qué decís!
JUAN. Que cesó la causa ya
por que os mandaba partir,
y así ha cesado el efeto.
GARCIA. ¿Y puedo saberla?
JUAN. Sí.
GARCIA. Decilla presto, Don Juan.
¿Qué causa al Príncipe di
de tan repentino enojo?
JUAN. Erráisos, Garci-Ruiz.
No de enojo, mas de amor
mudó el clavel en jazmín,
por una nueva que yo
de vuestro riesgo le dí.
GARCIA. ¿Y era el riesgo...?
JUAN. Del enojo
del Rey.
GARCIA.¿Del Rey contra mí?
JUAN. Por la herida de Mauricio.
GARCIA. Pues ¿quién le pudo decir
que fuí yo el actor?
JUAN. No sé:
por esto os mandó partir,
como os ama, temeroso
de algún suceso infeliz;
y el enojo que en él vistes
fué contra el pecho ruin
que a indignar al Rey con vos
dió aliento a la lengua vil.
Entró luego a ver al Rey,
y díjole con ardid
cómo a Toledo, García,
os llevaba a vos y a mí.
Que nos llevase en buena hora,
dijo su padre, y de aquí,
que era falsa, colegimos,
la nueva que yo le dí;
que a estar con vos indignado,
no os permitiera seguir
al Príncipe, y en su rostro
que mintió la fama ví.
Con esto y con que a su Alteza
libraros, Garci-Ruiz,
de cualquier riesgo es más fácil
que no apartaros de sí,
os manda quedar, y encarga
a ese esfuerzo varonil
lo que con voz ha tratado.
GARCIA. ¿Y es menester para mí
este recuerdo? A su Alteza,
Don Juan amigo, decid
que sólo triste partía
de pensar que le ofendí,
y, alegre de que fué engaño,
quedo a servirle en Madrid.
JUAN. Dadme los brazos, García.
GARCIA. Don Juan, ¿tan presto os partís?
JUAN. Al Príncipe he de alcanzar,
que va a Illescas a dormir.
(Ap. Ni más por tí pude hacer,
ni más te puedo decir;
valor y prudencia tienes,
tú sabrás mirar por tí.) (Vase.)
[ESCENA XI]
GARCIA. Encontró Amor a la Fortuna un día,
émula de su imperio soberano;
de Aqueloo las reliquias una mano,
y la rueda fatal otra movía.
El soberbio rapaz la desafía,
y el arco flecha; pero flecha en vano;
que no la ofende su poder tirano,
si el cetro menos él della temía.
Al fin, reconocidos por iguales,
dios cada cual en cuanto ciñe Apolo,
ni él las viras dejó, ni ella los giros.
¿Qué tanto soy contra enemigos tales?
No se vencen los dioses ¿y yo solo
bastaré a sus mudanzas y sus tiros? (Vase.)
[Sala en casa de Anarda.]
[ESCENA XII]
Salen JULIA, ANARDA e INÉS.
JULIA. En lo que ahora te digo,
mi amor te quiero mostrar.
A Mauricio, tu enemigo,
el Rey pretende casar
contra tu gusto, contigo,
y siguiendo aqueste intento,
vendrá agora de su parte
quien acabe el pensamiento,
con orden para llevarte,
si resistes, a un convento.
ANARDA. Cuando la mano le dé
al Conde, o no tendré seso,
Julia, o sin vida estaré.
JULIA. Si te resuelves en eso,
un consejo te daré.
ANARDA. Ya, prima, tu lengua tarda.
JULIA. Éntrate al punto en el coche;
del furor del Rey te guarda;
que yo desde aquí a la noche
haré tu negocio, Anarda.
ANARDA. Bien dices.
JULIA. Presto; que ya
vendrá la gente que digo.
ANARDA. (Llamando.) ¡Hola! El coche.
INÉS. Puesto está.
ANARDA. El manto. Inés, ven conmigo.
JULIA. Las cortinas llevará
tendidas el coche, prima:
no sepan que vas en él.
ANARDA. Mucho tu amistad me anima;
que es una amiga fiel
la joya de más estima.
(Vanse Anarda e Inés.)
[ESCENA XIII]
[JULIA.]
JULIA. (Ap.) ¡Qué bien la supe engañar!
Quien camina descuidado
es fácil de saltear.
Agora pienso acabar
el enredo comenzado.
Con esto a mi amor quité
el mayor impedimento;
que como a solas esté
con Alarcón, a mi intento
hoy dulce puerto daré.
Hoy lograré mi esperanza;
porque es necio el que no entiende
que hay peligro en la tardanza,
si con brevedad no alcanza
quien con engaños pretende.
[ESCENA XIV]
Sale BUITRAGO.
[BUITRAGO y JULIA.]
JULIA. Anarda ¿fuése?
BUITRAGO. Imagina
cada caballo español,
según con ella camina,
que lleva en el coche al sol,
y que es nube la cortina.
JULIA. ¿Viene Alarcón?
BUITRAGO. Al momento
me respondió que venía. (Vase.)
JULIA. Sus pasos son los que siento,
pues se alegra el alma mía
y se turba el pensamiento.
[ESCENA XV]
Salen GARCIA y HERNANDO.
[JULIA, GARCIA y HERNANDO.]
GARCIA. Sujeto a vuestro mandado
vengo a ver lo que queréis:
nada me encubra el cuidado,
pues me confieso obligado
a la merced que me hacéis.
JULIA. Gloria ilustre de Alarcón,
este cuidado que os muestro
no os pone en obligación,
porque por mi honor, el vuestro
procuro en esta ocasión.
Casarse con vos intenta
mi prima, que hacer pretende
a vos y a su sangre afrenta;
y como en ella me ofende,
tomo el remedio a mi cuenta.
Del vuestro pende mi honor,
y aunque para defendello,
casado, tendréis valor,
viendo el peligro, es mejor
evitallo que vencello.
GARCIA. ¿Posible es que sólo el celo
de lo que apenas os toca
os causa tanto desvelo?
Más viva causa recelo
que a tal cuidado os provoca.
JULIA. (Ap. Temblando está mi edificio;
esfuércelo otra invención.)
Parte es celo, parte oficio
que paga la obligación
en que me ha puesto Mauricio.
A su ruego lo he intentado,
y porque mi honor mejora;
y no habiéndolo alcanzado,
a ser tema viene agora
lo que fué razón de estado.
Pero ¿qué sirve que os cuente
la causa? El efeto ved
a vuestro honor conveniente;
si es buena el agua, bebed
sin preguntar por la fuente.
Yo os digo, Alarcón, verdad,
la causa cual fuere sea:
después, de vos os quejad;
sólo en el Príncipe emplea
Anarda su voluntad.
No os mueva el falso favor
de aquel honesto fingir,
porque su intento traidor
es, con vuestra mano, abrir
las puertas a ajeno amor.
Y porque sepáis, García,
si apresuran vuestro daño
(que esto a vos sólo podía
decirse) (Ap. con este engaño
he de hacer gran batería),
Anarda a cierto lugar
parte agora, igual al viento,
adonde la fué a esperar
su Alteza, para trazar
el fin deste casamiento.
GARCIA. ¡Que un pensamiento traidor
quepa en sangre principal!
JULIA. Como eso puede el amor,
pues que te prevengo el mal,
prevén remedio a tu honor.
GARCIA. El no casarme con ella
es el remedio.
JULIA. Alarcón,
si él llega a mandallo, y ella
da la mano, ¿qué razón
has de dar de no querella,
y más cuando tu de amor
a Anarda muestras has dado?
Viéndote así retirar,
¿por fuerza no han de pensar
que su intención te he contado?
Pues mira tú si es razón
que con el bien que te he hecho
granjee su indignación.
GARCIA. No cabe en mi noble pecho
ingrata imaginación.
JULIA. Y por tí también es justo
que algún ímpetu violento
temas del Príncipe injusto,
o porque no haces su gusto,
o porque sabes su intento.
Si ve su pecho real
que sabes falta tan grave
dél, teme un odio mortal;
porque todos quieren mal
a quien sus delitos sabe.
GARCIA. Ya que a mi incauto navío
mostraste con pecho fiel
el fiero oculto bajío,
sólo en tu valor confío,
Julia, que lo libres dél.
Aconséjame.
JULIA. El consejo
edad y prudencia quiere.
GARCIA. Mi amor en tus manos dejo;
que al más sabio y al más viejo
tu claro ingenio prefiere.
JULIA. Pues tanto te satisface
mi voluntad conocida,
que en tu bien discursos hace,
digo que la diestra herida
de la misma herida nace.
Si te ofenden con casarte,
el casarte te defienda;
busca a quien pueda igualarte,
y antes que el Príncipe entienda
que se trata, has de obligarte.
GARCIA. ¡Fuerte remedio!
JULIA. Violento;
mas pídelo el mal cruel,
y un honrado pensamiento
fácil arriesga el contento,
si aguarda el honor con él.
GARCIA. ¡Ay cielos! ¿Tanto rigor?...
JULIA. (Ap.) Ayude amor mi esperanza.
GARCIA. ¿Con hombre de mi valor?
¿Esto es corte? ¿Esto es privanza?
¿Esto honra?
JULIA. (Ap.) ¿Y esto amor?
GARCIA. ¿Cómo quieres que halle yo
mujer?...
JULIA. Si se determina
tu pecho a lo que me oyó,
quien el remedio ordenó
te dará la medicina.
GARCIA. ¿Mujer igual a quien soy
me darás?
JULIA. Digo que sí.
GARCIA. Pues determinado estoy.
JULIA. ¿Dirás que es igual a ti,
si igual a mí te la doy?
GARCIA. Y que excede a mi deseo.
JULIA. Pues en tí, noble Alarcón,
tan ilustres glorias veo,
que a la mayor presunción
pueden dar honroso empleo.
Mas cuando en casar contigo,
mucho de mi honor perdiera,
que diera la mano digo,
si de esa suerte saliera
con el intento que sigo.
GARCIA. ¿Qué dices?
JULIA. ¿De qué te alteras?
GARCIA. ¿Agora das en probarme?
JULIA. Las causas que consideras
me fuerzan; mas ¿obligarme
tú por ti no merecieras?
GARCIA. (Ap. Grandes malicias advierto:
mucho me da que entender
aqueste nuevo concierto.
Si me quiere esta mujer,
el engaño he descubierto,
yo lo veré.) Mi esperanza
de un favor tan soberano
teme el engaño o mudanza.
JULIA. ¿Darás crédito a la mano,
si la lengua no lo alcanza?
GARCIA. ¡Cuánto estimara tu intento,
a ser hijo del amor!
JULIA. Basta; no me dés tormento;
no engendra solo el honor
tan resuelto pensamiento.
GARCIA. ¿Luego en efeto me quieres?
Díme, por Dios, la verdad.
JULIA. ¡Qué discreto, Alarcón eres!
No dicen más las mujeres
de mi estado y calidad.
GARCIA. ¿Pues y Don Juan? ¿Qué diría?
Que sé que te quiere bien.
JULIA. Eso a mi cuenta, García.
GARCIA. Corre a la mía también,
porque de mí se confía.
JULIA. Don Juan sólo se entretiene,
porque al Príncipe acompaña
cuando a ver a Anarda viene;
mas ni mi favor le engaña,
ni es amor el que me tiene.
Y cuando me tenga amor
con que te obligue a lealtad,
mira si se está mejor
el conservar su amistad
que dar remedio a tu honor.
Si no le piensas callar
lo que hemos tratado aquí,
tu intención ha de estorbar;
que ha de querer agradar
más al Príncipe que a ti,
y no es razón que lo intentes
en mi daño.
GARCIA. En todo hallo
montañas de inconvenientes.
JULIA. Los del honor son urgentes.
GARCIA. Déjame por hoy pensallo.
JULIA. El remedio que te doy,
consiste en la brevedad.
GARCIA. Ya de eso advertido voy,
y de que a tu voluntad,
obligado, Julia, estoy. (Vase.)
JULIA. Grandes cosas he emprendido,
y mis enredos extraños
lo posible han excedido;
mas quien de amor no ha sabido
no condene mis engaños.
Buitrago.
[ESCENA XVI]
Sale BUITRAGO.
[JULIA y BUITRAGO.]
BUITRAGO. Señora.
JULIA. Id
donde mi prima os aguarda,
y que se venga decid.
BUITRAGO. En el Soto está.
JULIA. Y si Anarda
algo os pregunta, advertid... (Vanse hablando.)
[Calle.—Es de noche.]
[ESCENA XVII]
Sale HERNANDO, de noche.
[Contando las horas que da un reloj.]
Dos, tres, cuatro, cinco, seis,
siete, ocho, nueve, diez, once.
¡Válgate Dios por mujer!
¿Has de venir esta noche?
¡Que a estas horas esté fuera
una doncella!¡Qué azotes!
¡Pobre coche el que una vez
una ballenata coge!
Piensa que el cochero es piedra
y los caballos de bronce,
y la noche, cuando viene,
lleva dos mil maldiciones.
¡Poh!¡Mal hubiesen los gatos
que dan algalia a estos botes!
Ya empiezan las cosas malas
de entre las once y las doce.
Como salen a tal hora
en otras partes visiones,
en Madrid por las narices
espantan diablos fregones.
¿Otro? ¡Mal haya la Arabia
que engendra tales olores!
Agora huele a adobado,
y es la quinta esencia entonces.
Coche suena; por la calle
sube de los Relatores...
¡Señor, señor!
[ESCENA XVIII]
Sale GARCIA. [GARCIA y HERNANDO.]
GARCIA. ¿Qué hay, Hernando?
HERNANDO. Por acá, que viene un coche.
GARCIA. ¿Si será Anarda?
HERNANDO. La vuelta
da hacia su casa: paróse.
Mujeres son.
GARCIA. Ello es cierto.
Claramente se conoce
que Julia dijo verdad.
HERNANDO. ¡Dos solas, y a media noche!
[ESCENA XIX]
Salen ANARDA e INÉS, con mantos.
[ANARDA, INÉS, GARCIA y HERNANDO.]
GARCIA. Escucha, Anarda.
ANARDA. [Acercándose a la puerta de su casa.]
¿Quién es?
¡Hola! Una luz.
GARCIA. No dés voces.
Alarcón soy.
ANARDA. ¡Vos, señor!
¿Qué queréis?
GARCIA. No te alborotes.
ANARDA. ¿De qué, dónde vos estáis?
(Tira Anarda a Inés con temor hacia sí.)
INÉS. [Ap. a su ama.]
Ya entiendo. (Ap. El manto me rompe.)
GARCIA. Perdonad mi grosería,
si lo es preguntar de dónde
viene sola y a estas horas
una doncella tan noble.
ANARDA. Aunque para hablar no es este
tiempo ni lugar conforme,
aquel es tiempo y lugar
donde riesgo el honor corre.
Díjome Julia que el Rey
determinado dispone,
o que me entre en un convento
o que dé la mano al Conde,
y que esta tarde vendría
su gente por mí, con orden
de ejecutar este intento;
que con mi ausencia lo estorbe;
que ella, ausente yo, daría
traza como no se logre
el intento de Mauricio.
Aprobélo, tomé el coche,
y solas Inés y yo
nos fuimos al Soto, donde
un escudero de Julia
al anochecer llamóme.
Yo, que de espías del Rey
es fuerza que miedo cobre,
hasta las horas que veis
no quise salir del bosque.
GARCIA. (Ap.) Con lo que a su prima oí,
esto ¿qué tiene que ver?
A Anarda llego a creer,
y a Julia también creí.
¡Ay de mí! ¿en qué ha de parar
la confusión de mi pecho?
ANARDA. ¿No estás, señor, satisfecho?
GARCIA. (Ap.) ¡Ah Dios! ¿Quién pudiera hablar?
ANARDA. ¿No hablas?
GARCIA.¿Tú fuiste, Anarda...?
(Ap. Por Dios que estoy por decillo.)
¿A verte?... ¿con el Sotillo?...
ANARDA. ¿Qué dices?
GARCIA. Digo que... Aguarda...
Que fuiste tú...
ANARDA. ¿Adónde fuí?
GARCIA. ¡Jesús, que priesa me das!
ANARDA. ¿No ves que en la calle estás,
y que yo estoy mal aquí?
GARCIA. Digo... (Ap. No puedo en efeto;
que si Anarda me ha mentido,
es darme por entendido
y descubrir el secreto.)
ANARDA. Si pones en mi verdad
y en mi honor dudas, advierte
que yo en el satisfacerte
no pongo dificultad;
con que adviertas, Alarcón,
que la obligación entiendo
de quien me pide, no siendo
mi esposo, satisfación;
y te des por entendido
de lo que te da a entender
quien, no siendo tu mujer,
satisfacerte ha querido.
GARCIA. ¿Tan torpe de entendimiento,
tan ciego piensas que soy,
que en tus tiernos ojos hoy
no te leyese el intento?
Y ¿tú decirme podrás
que no te he dicho mi pena,
que sólo el Príncipe enfrena
los intentos que me das?
ANARDA. Que no ha de estorbarme, advierte,
lo que convenga a mi honor,
y eso supuesto, señor,
yo quiero satisfacerte.
GARCIA. Luz es esta.
INÉS. Julia viene.
GARCIA. Y con ella la ocasión
con que la satisfación
puedo tener que conviene.
ANARDA. Dí cómo.
GARCIA. Díle que soy
el Príncipe, que, enojado,
incrédulo y porfiado,
celos pidiéndote estoy.
Que ella la verdad refiera;
y si concuerda contigo,
que estoy satisfecho digo.
ANARDA. Soy contenta.
[ESCENA XX]
Salen JULIA y BUITRAGO, con una luz; éntrase BUITRAGO
con la luz; embózase GARCIA. [ANARDA, JULIA, INÉS, GARCIA y HERNANDO.]
ANARDA. Prima, espera.
Quita la luz. [A Buitrago.]
[Éntrase Buitrago con una luz, y embózase Don
García.]
JULIA. He bajado
a buscarte, prima, así,
porque ha gran rato que oí
el coche, y me dió cuidado.
(Ap. ¡Oh celos!)
ANARDA. Me ha detenido
su Alteza...
JULIA. (Ap.) Mi mal cesó.
ANARDA. Que por correrme, corrió
la posta.
JULIA. (Ap.) Amor lo ha traído.
ANARDA. Díle, prima, lo que pasa;
que me ha encontrado a la puerta,
y es milagro no estar muerta,
según en celos se abrasa.
De dónde vengo le cuenta,
y a qué de casa salí.
JULIA. Yo, señor, decir oí
que el Rey, vuestro padre, intenta
que Anarda la mano dé
a Mauricio, su enemigo,
o en un convento en castigo
de su resistencia esté,
y que hoy por ella enviaba
para ejecutarlo así;
yo al remedio me ofrecí,
si al rigor el cuerpo hurtaba.
Con esto al Soto partió,
donde la nueva ha esperado,
que Buitrago le ha llevado,
de que la fama mintió.
ANARDA. ¿Estás satisfecho?
GARCIA. Sí.
ANARDA. Prima, ¿y nuestro tío?
JULIA. Ya
entregado al sueño está.
ANARDA. Pues sube; que voy tras ti.
JULIA. Sin temer el menor daño
puedes hablar hasta el día.
(Ap. Quizá entre tanto García
vendrá a confirmar mi engaño.) (Vase.)
[ESCENA XXI]
[GARCIA, ANARDA, HERNANDO, INÉS.]
GARCIA. ¿Quién creyera que mentía
tan bien compuesta invención?
ANARDA. Ya te di satisfación.
GARCIA. Como tuya, Anarda mía.
ANARDA. ¿Qué determinas?
GARCIA. Rendir
a tu gusto mi albedrío.
ANARDA. Dichosa yo si eres mío.
GARCIA. Nada lo puede impedir.
[ESCENA XXII]
Salen DON JUAN y EL PRINCIPE, de camino; GERARDO.
[ANARDA, INÉS, EL PRINCIPE, DON JUAN, GARCIA, GERARDO,
HERNANDO; luego BUITRAGO.]
JULIA. Rendidas quedan las postas.
PRINCIPE. Tal ha picado el amor.
JUAN. ¡La casa de Anarda abierta!
PRINCIPE. Sí; que estaba ausente yo.
JUAN. Tras la puerta hay una luz.
¿Entraremos?
PRINCIPE. Ciego estoy,
y la novedad obliga,
si convida la ocasión.
JUAN. Aquí hay gente. ¿Quién va allá?
GARCIA. Don Juan y el Príncipe son.
ANARDA. Sacad, Buitrago, esa luz. (Saca la luz.)
PRINCIPE. ¿Es Anarda?
ANARDA. Sí, señor.
PRINCIPE. ¿Quién está contigo?
GARCIA. ¿Quién
puede estar, sino Alarcón,
si por guardia vigilante
vuestra Alteza me dejó?
PRINCIPE. ¡En el zaguán y a tal hora,
solos y a escuras los dos!
GARCIA. En este punto, de fuera,
señor, Anarda llegó,
y yo, que estaba en espía
con los celos de tu amor,
de venir tan tarde estaba
preguntando la ocasión.
PRINCIPE. [Ap. a él.] Rabio, Don Juan.
JUAN. [Ap.] Disimula.
PRINCIPE. El seso perdiendo estoy.
JUAN. Toma de Julia el consejo:
de dos daños el menor.
Dala por esposa al Conde,
y, aunque con esa pensión,
verás fin en tu deseo,
y no en el suyo estos dos.
PRINCIPE. Gerardo, busca a Mauricio,
y dí que lo llamo yo. (Vase Gerardo.)
[ESCENA XXIII]
Salen JULIA y DON DIEGO.
[ANARDA, JULIA, INÉS, EL PRINCIPE, DON JUAN, GARCIA, DON
DIEGO, HERNANDO, BUITRAGO.]
JULIA. ¡En esta casa su Alteza!
DIEGO. ¿Qué novedades, señor,
a tal exceso os obligan?
PRINCIPE. Noble Don Diego Girón,
para evitar los disgustos
que hay entre Mauricio y vos,
quiero dar esposo a Anarda,
y hacer estas paces yo.
DIEGO. De vuestra mano real
es, señor, tan noble acción.
ANARDA. ¿Con quién, señor me casáis?
PRINCIPE. Al Conde, Anarda, te doy.
ANARDA. Para hacer así las paces,
menester no érades vos;
que ya fuera mi marido,
si hubiera querido yo.
Hacer lo que otro no puede
es milagro del valor:
y así, pues hacer las paces
el vuestro nos prometió,
y cumplirlo es imposible
si al Conde la mano doy;
para que cumplir podáis
tan precisa obligación,
a Garci-Ruiz la mano
con vuestra licencia doy.
PRINCIPE. [Ap. con Don Juan.]
Arrojóse.
JUAN. Él no querrá;
que es leal, y ve tu amor.
PRINCIPE. [A Anarda.] ¿Sabes que querrá García?
GARCIA. Si quisiera a Anarda yo
de suerte, que mi mal diera
a la envidia compasión,
no me casara, no siendo
con vuestro gusto, señor.
PRINCIPE. ¡Qué bien dijiste, Don Juan!
Vos, García, sois quien sois,
y sois mi primer amigo
y mi privado mayor.
GARCIA. Al Príncipe, Anarda, debes
esta mano que te doy;
porque, a no querer su Alteza,
no me obligara tu amor.
PRINCIPE. ¿Qué decís?
GARCIA. Vos ¿no queréis
casalla?
PRINCIPE. ¿Yo?
GARCIA. Sí, señor.
PRINCIPE. Con el Conde.
GARCIA. Con el Conde;
pero si habéis dicho vos
que vuestro mayor amigo
y mayor privado soy,
lo que dábades al Conde,
¿cómo puedo pensar yo
que me lo neguéis a mí?
HERNANDO.
(Ap.) Concluyólo, vive Dios.
PRINCIPE. Sofísticos argumentos
en el vasallo, Alarcón,
arguyen claras malicias,
sin disculpar el error.
Idos luego a vuestra tierra,
porque nunca bien sirvió
el que con su dueño arguye.
GARCIA. Puesto que el vivo dolor
de haberos dado disgusto
me atraviesa el corazón,
vuestro mandado obedezco,
y por él gracias os doy,
pues que trueco al bien de Anarda
los males de la ambición.
JUAN. Señor, mira que García...
y su valor...
(Hablan los dos en secreto.)
PRINCIPE. Siempre vos...
JULIA. Al fin, necio ¿de su Alteza
perder quisiste el favor?
GARCIA. Perdílo ganando a Anarda;
favores del mundo son.
PRINCIPE. Vos lo pedís, y García
tiene disculpa en su error.
JUAN. Alarcón, ya de su Alteza
tengo alcanzado el perdón.
GARCIA. Su benigno pecho alaben
cuantos gozan luz del sol.
HERNANDO.
Tantas vueltas en un día,
¿cuándo fortuna las dió?
JUAN. Julia, cumplid la palabra
que me distes.
PRINCIPE. Siendo yo
el padrino, bien podéis.
JULIA. Ya es forzoso; vuestra soy.
BUITRAGO. El Conde viene.
HERNANDO. ¡A buen tiempo!