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Los hermanos Plantagenet

Chapter 6: V LADY ESTER
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About This Book

Relato histórico ambientado en la Inglaterra medieval que sigue las intrigas y relaciones entre hermanos de una poderosa casa dinástica, combinando escenas de acción con descripciones atmosféricas del río y la ciudad bajo la niebla. La narración alterna desembarcos nocturnos y encuentros clandestinos con momentos de discusión y toma de decisiones, mostrando lealtades cambiantes, ambición y tensiones familiares. El estilo mezcla un detallismo descriptivo con pasajes dramáticos y diálogo para recrear el entorno político y social, y organiza la trama en episodios que avanzan mediante revelaciones sobre alianzas y conflictos internos.

V

LADY ESTER

ANTES de adelantar, Dik abarcó en una mirada el cuadro que procuraremos presentar á nuestros lectores. Era un saloncito octógono, de techumbre baja y ensamblada, de paredes cubiertas de cuero pintado y dorado, en que reflejaba la luz de dos lámparas de plata; la una estaba suspendida de la asambladura; la otra, colocada sobre una mesa de roble, recargada de grotescas y pesadas molduras; una caja de hierro abierta ostentando ricas joyas, brillaba sobre la mesa; algunos sillones, también de roble, de alto respaldo coronado por un blasón entre follajes dorados, circuían el retrete, y multitud de pieles de oso hacían el oficio de alfombra. Aquella estancia sólo tenía dos puertas; una era aquella por donde penetró Dik, otra pequeña también estaba colocada frente á ésta, y entre las dos figuraba una alta ventana ojival, perfectamente cerrada por tableros de roble, también blasonados.

Sentada en uno de los dos sillones junto á la mesa había una mujer joven, como de veinticinco años; una esclava negra, sentada sobre las rodillas frente á ella, estaba casi oculta por una placa de acero bruñido en el que se reflejaba como en un espejo la joven del sillón; dos jóvenes casi niñas, alegres y risueñas, estaban apoderadas de su profusa cabellera negra; otra, la misma que introdujo á Dik, sentada sobre la alfombra se ocupaba en calzarla una especie de coturno, y últimamente Ketti, de pie, pálida y sombría, estaba tras el sillón con un traje terciado en el brazo.

Dik había sido introducido en lo que ahora llamaríamos el tocador de una dama; en el sagrado recinto donde sólo penetraban en aquella época los amantes favorecidos y los bufones.

Dik pasó alternativamente su mirada de Ketti á lady Ester, hermosuras brillantes que fijaban á un tiempo sobre él su mirada de una manera particular. En la de Ketti había amor y celos, en la de lady Ester una viva expresión de admiración, semejante á la que causa la vista de una persona conocida tras una larga ausencia.

Dik miraba del mismo modo á lady Ester, pero con una expresión de alegría que lastimaba de una manera profunda á Ketti.

—¿Con que sois vos, amigo mío? dijo al fin lady Ester dirigiéndose al joven, que no había adelantado un paso; acerca un sillón Ketti; ponlo aquí, más cerca aún; sentaos, Ricardo, sentaos; me alegro de haberos hallado, olvidadizo caballero; tengo mucho que deciros, mucho de qué quejarme. Dejadnos solos, añadió dirigiéndose á su servidumbre.

La esclava y las doncellas salieron, arrojando á hurtadillas una maliciosa mirada á Dik. Ketti, muda y silenciosa, parecía clavada junto al sillón que el joven había ocupado. Fué necesario para que saliese, que lady Ester repitiese su orden.

Ketti salió; los dos jóvenes quedaron solos.

Ester miraba á Dik de una manera avara; Dik devoraba la vigorosa hermosura de la joven, abandonada en el sillón con su largo cabello formando un marco negrísimo alrededor de su semblante encantador, y perdiéndose destrenzado sobre un cuello admirable y unos hombros de la más mórbida redondez; una sonrisa fascinadora entreabría su boca voluptuosa, que callaba, dejando hablar á dos ojos negros, lánguidos, enloquecedores.

Lady Ester era entonces la personificación del espíritu tentador.

—Y bien, caballero: ¿dónde habéis estado cuatro años? ¿Sabéis que tengo mucho que quejarme de vos? Casi casi os había creído muerto.

—Y bien, Ester, has recurrido á los vivos y has hecho bien, ¡por la cruz roja! Un Obispo que da festines y un judío que se arruina, son más raros, más preciosos que un matamoros que se ennegrece al sol y al aire de la Siria.

—Y añadid á eso, que vuelve y se enamora... porque creo que tenéis amores con una de mis criadas.

—Es verdad; necesitaba curarme del amor de una mujer hermosa, y recurrí á otra mujer hermosa.

—¡Curarte, Ricardo! ¿y por qué?

—Veamos, Ester, contestó Dik colocándose, ó mejor dicho, abandonándose en la posición más cómoda; recordemos nuestro pasado; pero ante todo, haz que me traigan algo; no he comido en tres días.

Lady Ester saltó de su sillón al oir esta demanda, que demostraba existía la más lata confianza entre ella y Dik. Cruzó sobre su pecho un ancho ropón forrado de armiño, y corrió á la puerta por donde había desaparecido su servidumbre.

—¡Ola! dijo.

La negra que hemos visto sosteniendo el espejo se presentó; lady Ester la dijo algunas palabras en voz baja, y fué á sentarse junto á Dik.

—¡Tres días! murmuró fijando en él una extraña mirada. ¿De dónde venís, caballero? Contadme eso, me tenéis impaciente.

—Sepamos antes en la posición respectiva en que nos hallamos colocados, contestó Dik; hace cuatro años, cuando yo partí para la Tierra Santa era un joven caballero de tez blanca, cuerpo gallardo y cabellos blondos; me hallaba sobre el puente de una galera real, al lado de un rey que departía conmigo como con un hijo, á la vista del pueblo de Londres, que cubría ambas riberas del Támesis; me había despedido de una mujer joven y hermosa que me amaba, y aquella mujer, asomada á las almenas de White-Tower, se despedía de mí la postrera vez agitando un lenzuelo al lado de una reina que saludaba también al rey, y tal vez á mí; era yo entonces lo que se llama un favorito halagado por la fortuna, un hermoso joven, un bizarro caballero, que podía escoger para su amor la más noble, la más hermosa de las mujeres de los Tres Reinos, sin temor de ser desdeñado, á pesar de que su origen era dudoso, y la nobleza de su raza empezaba en él mismo.

En este momento las dos jóvenes que hemos visto peinando á lady Ester entraron precedidas de la esclava, conduciendo una pequeña mesa en que traían un pedazo de jabalí, un jarro de oro lleno de vino y una copa riquísima. Las jóvenes salieron; la esclava permaneció, y escanció el vino. Dik comió.

—Si queréis que prosiga, dijo un momento después Dik, haced que quedemos solos.

—Es sorda y muda, contestó lady Ester refiriéndose á la esclava.

—En ese caso, prosigo. La galera partió, la torre desapareció; desapareció, en fin, Inglaterra. El joven caballero fué cruzado; se batió como un león, porque amaba como un loco. Era pobre y sin nombre, y llegó á ser marqués de Tiro.

—¡Cómo! exclamó lady Ester; ¿pues qué se ha hecho de Conrado?

—Murió en Jerusalén, asesinado por el Viejo de la montaña. Es una historia de guerra que nada nos interesa.

—¿Y Ricardo?

—¡Pues! Ricardo me hizo donación del marquesado; un marquesado que no era más que un nombre; pero un nombre era mucho para lord Salisbury.

Lady Ester nubló el rostro al oir este nombre.

—Me olvidaba, Ester; ese nombre debe entristecerte. Ignoraba que tu padre había...

Dik se detuvo.

—¿Muerto?... exclamó lady Ester, fijando en Dik una mirada indagadora.

—O desaparecido, contestó Dik sin vacilar, de la manera más natural.

Lady Ester siguió escuchando pensativa.

—Decía que el joven tenía un título sin estados, y quiso tenerlos. Estaba empeñado en una guerra de conquista, y no creyó imposible encontrar un tesoro en Siria para comprar un condado en Inglaterra. Pero la suerte le fué fatal. Firmáronse las treguas de Tolemaida, y después de fiestas y torneos inútiles, se embarcó el cruzado con el rey en San Juan de Acre, casi lo mismo que había desembarcado los años antes; es decir, pobre y enamorado, con un título de marqués de Tiro, un nombre de guerra, un arnés de combate y algunos florines en la escarcela. Es decir, el nuevo marqués era un aventurero, sin más bienes que su espada y el favor de un rey tan pobre como él.

Dik había dejado de comer; lady Ester hizo una seña á la esclava, y los dos jóvenes quedaron solos.

—Ahora bien; el rey y el favorito pasaban horas enteras, el uno hablando de su Berenguela y de su Inglaterra, el otro de su Ester. Ambos temían haber sido olvidados y vendidos, y ambos tenían razón. La Inglaterra ha renegado de Ricardo Plantagenet; Ester no llama ya su amante, su hermano, á Ricardo Espada-larga.

—¡Ricardo!

—Antes me llamabas Dik; me decías: yo te amo. Ahora me dices Ricardo; me tratas como un extraño...

—Y te recibo en mi retrete, Dik...

—Es que al entrar en ese retrete, pude ver á alguno que pretendía entrar también, contestó Dik con voz profunda.

—¡Saul! ¡Bah! ¿y cómo quieres que pase las horas de fastidio que me acosan hace cuatro años? ¿No puede una mujer tener un juguete sin que se lo arrojen á la cara? Eres injusto, Dik.

—Y no bastándote un judío por juguete, eliges otro en un Obispo; es cosa extraña.

—¿Y si no fuese un juguete? observó con acento sombrío lady Ester.

—¿Luego no me han engañado?

—¿Crees que puede decirse á una mujer: «tu padre ha desaparecido, no se sabe si vive ó si ha muerto,» cuando esta mujer es la hija del conde de Salisbury, primer justiciero de Inglaterra, vasallo leal que sostenía los derechos del rey contra el Obispo y Juan-sin-tierra, sin que esta mujer piense en vengarse, sin que acoja llena de placer el amor del que cree asesino de su padre?

—¡Ester!

—¿Sin que, oyéndose llamar hermosa, traiga sobre la cabeza del asesino una venganza cualquiera; aunque sea por medio de un loco celoso?

—Es decir...

—Que te amo, Dik; que no te he olvidado un solo día; que he rogado á Dios por tu vida, si vivías; por tu descanso, si habías muerto; que no amo á nadie más que á tí, ni pertenezco á otro que á tí, por más que las apariencias me condenen.

Y Ester fijó en el joven la mirada de sus hermosos ojos negros, intensa, fija, en que estaban pintadas la esperanza y la duda; mirada suplicante, apasionada, fascinadora, que hizo estremecerse de amor á Dik. El hombre desesperado empezaba de nuevo á amar la vida; con su amor renació su ambición; vió pasar delante de su mente cien fantasmas tentadores; la riqueza con sus alcázares opulentos, la nobleza con su orgullo, la voluptuosidad velada por nubes de perfumes; pasaron junto á él brillantes cabalgatas, pendones blasonados por cuarteles de oro, hombres de armas, esclavos servidores; junto á él estaba la mujer que le enloquecía, hermosa como la Venus púdica, incitadora como la Venus del Ticiano; estaba allí, con la cabellera destrenzada, sus ojos mirando á sus ojos, la hermosa boca entreabierta y los hombros desnudos; pero á veces, detrás de aquella mujer pasaban dos sombras de aspecto sombrío, dos sombras que fijaban en ella una mirada de amor, que despertaba los celos y la cólera en el alma de Dik.

—Y bien, dijo dominado por sus sospechas; ¿si me amas, á qué alentar el amor de esos hombres?

—Oye, Dik, le dijo Ester acercando aún más su sillón, y abandonándose en una posición descuidada sobre uno de los brazos del de Dik; yo había escuchado á esos hombres, porque los necesitaba; yo había creído deber hacerlo, porque era mujer, y mis armas eran sólo el amor; pero ahora que te tengo á tí, tan valiente, tan generoso; tú, á quien amo y á quien he elegido para hacerte dueño de todo el amor de mi alma, tú me vengarás, ¿no es verdad?

Dik fijó una mirada recelosa en la mirada de Ester; sólo vió en ella amor, súplica, esperanza.

Dik acabó de enloquecer.

—Sí, te vengaré, la dijo; pero es necesario que nos separemos; yo sufriré mucho junto á tí.

—Separarnos, ¿y por qué? ¿Cuando tras una larga ausencia vuelvo á encontrarte; cuando te he ofrecido mi amor; cuando te ofrezco mi nombre, mi fortuna, mi alma, separarnos? No, Dik, no quiero estar sola; no quiero tener el corazón seco entre esa turba de miserables cortesanos que me rodea, y me acosa y me fastidia; quiero tener á mi lado un hombre que me ame, que me defienda. ¡Somos tan débiles las mujeres!

—¡Oh! ¡Ester! exclamó Dik; ¡me estás volviendo loco!

—Mira, Ricardo mío, contestó la joven asiendo una mano de Dik: yo conozco á un monje de San Bridge que es un santo: era el confesor de mi padre. Yo soy libre, rica, y te amo. ¿Por qué no unirnos?

Aquella manifestación inesperada sobrecogió á Dik; la desgracia le había hecho formar un concepto poco favorable de las mujeres. Creía que cuando éstas llegan á cierta edad no obran más que por cálculo. Ester era hermosísima, noble, como parienta cercana de la reina Berenguela, rica como un judío usurero. El, según han podido entrever nuestros lectores, era un hombre de origen desconocido, pobre, reducido á vivir á costa de su espada ó de su ballesta. Por más que cuatro años antes Ester le hubiese amado con la misma pasión que á su vuelta había demostrado, temió ser un instrumento, una víctima destinada á cubrir algunos amores vergonzosos ó alguna miserable intriga de corte. Recordó las frases poco respetuosas que respecto á lady Ester se habían permitido los hermanos de la niebla, y dudó, pero por sólo un momento; volvieron á pasar por su mente sus esperanzas y sus locos deseos, y aunque, como antes, se levantaron tras aquella ilusión óptica las sombras de Saul y del Obispo, dijo para sí:

—¡Qué diablo! yo he amado á esta mujer con locura, y nunca la he olvidado de una manera absoluta; la he encontrado más hermosa, más resplandeciente en encantos, y conozco que ha vuelto mi amor con todo su frenesí; es verdad que su reputación es ambigua, pero yo soy á propósito para hacerla marchar por un camino. Con ella tengo un nombre, riquezas, poder; sin ella... sin ella me veré precisado á ahorcarme un día cualquiera, ó á exponerme á que me ahorquen. Mis temores no pasan de ser sospechas; nada sé, y por consiguiente, ya que Dios ó el diablo me presentan la ocasión, asirémosla por los cabellos. En todo caso, lugar me queda para ahorcarme.

En tanto que Dik formulaba este filósofo razonamiento, pretendiendo engañarse á sí mismo, Ester decía para sí:

—Es hermoso, valiente y joven. Me ama; es pobre, y todo me lo deberá; el Obispo y Saul son unos miserables á quienes nunca podría amar; cualquiera de esos rancios barones ó lores me pedirían sin vacilar mi mano, si yo les lanzase una mirada de amor; pero me sepultarían después en uno de sus horribles castillejos, colocados como un nido en la punta de una roca. Por otra parte, ninguno de ellos se atrevería á medirse con el Obispo. Saul... en verdad es hermoso, rico, respetado por su riqueza, me ama con locura... pero es un hebreo á quien no puedo unirme, y luego, le aborrezco, es muy bajo, muy miserable. Ricardo, Ricardo; ¡á él sí que le amo!

Dik y Ester filosofaban casi del mismo modo; cuando hubieron acabado de reflexionar, se miraron casi al mismo tiempo. Ella esperaba una respuesta, él formulaba el medio de dar su consentimiento, cubriendo lo mejor posible las apariencias.

—Ester, dijo él estrechando entre las suyas la hermosa mano que la joven le tenía abandonada; tu amor me enloquece, me llena de orgullo; pero soy harto desgraciado para atreverme á aceptarte por esposa.

—¡Cómo!

—Sí; acaso no sabes mi historia. Yo no tengo nombre, ni padres, ni pasado, ni porvenir; un día al amanecer expusieron dos niños gemelos en el átrio de la abadía de Westminster. El rey era entonces príncipe, y volvía de una ronda amorosa. Pasó por el átrio y oyó nuestros gemidos, porque éramos mi hermano y yo los niños expuestos. Ricardo Corazón-de-León, aunque siempre feroz, guarda instintos generosos tras el aspecto terrible que le distingue; nos tomó bajo la capa y nos llevó á White-Tower, residencia real de su padre Enrique II. Mientras vivió, Enrique el joven, su hijo primogénito, Ricardo y Juan eran unos hijos respetuosos que amaban á su padre: Ricardo llamó á sus hermanos y les presentó su hallazgo; los tres príncipes fueron á la cámara real, y el buen Enrique II adoptó á los pobres huérfanos y les señaló una corta pensión. Nos trataron como hijos de caballero y nos dieron patentes de nobleza como hijos adoptivos de rey. Crecimos sin salir de la morada real; tú, Ester, eras dama de la princesa Berenguela; las galerías de Whitehall oyeron nuestra primera declaración de amor y nuestro juramento de pertenecernos exclusivamente. Después Ricardo fué rey y Berenguela su esposa. Un año adelante acompañaba yo al rey y me cruzaba en Mesina el mismo día que Ricardo, Felipe Augusto, Godofredo de Bullón y Guido de Lusiñán. Cuatro años más, y nos vió volver el mismo mar que nos vió ir. Todos volvíamos con honra; pero todos también, reyes y vasallos volvíamos pobres. Hasta ahora, Ester, mi suerte no había empeorado; pero estaba escrito que yo no debía volver á Londres como salí. Una tormenta nos arrojó sobre las costas de Venecia; nuestra nave quedó rota en los escollos, y yo me salvé á nado; no sé lo que fué de Ricardo, de Godofredo ni de Lusiñán. Atravesé mendigando el Estado veneciano, la Suiza, parte de la Alemania, y volví á Londres hace dos años en una miserable barca de pescadores. Creí que mi casa era aún la casa de mis reyes, y pasé las puertas de Whitehall. Juan-sin-tierra me desconoció, y el Obispo, apoderado del trono, me llamó loco y me mandó dar de palos; creí que tal vez me habría desfigurado, y busqué uno por uno mis amigos, que me reconocieron para insultarme...

—¿Y no viniste á mí...?

—¡Oh! ¡no! preferí la duda; quise creer que tú me amabas aún, y no me atreví á ser tal vez desconocido por tí.

—¡Ricardo!

—Eso hubiera sido para mí la última desgracia, y la evité.

—¿Y has venido esta noche después de cuatro años?

Ricardo se sonrió de una manera sombría.

—¡Ester! la dijo, cuando hace dos años entré en Londres, mi traje era un miserable traje de montañés, y mis armas un puñal. Ahora tengo una noble y buena espada y un traje de brocado. Este traje podrá ayudar mejor tus recuerdos.

—¡Oh! ¡qué injusto eres, Dik!

—Y sin embargo, te he pedido un pedazo de pan para mi hambre.

—Pues bien; yo no quiero que sufras, quiero partir contigo mi amor y mi porvenir; ¿te atreverás á rehusarlos cuando yo te los ofrezco?

—No; pero medita, Ester, que estos dos años he sido un bandido.

—Te habían insultado.

—Que mi cabeza está puesta en precio á son de clarín.

Ester palideció; en aquel momento, como si la casualidad hubiese querido unirse á esta escena, oyéronse muy cerca pisadas de caballos que cesaron debajo de la ventana del retrete; sonaron tres veces trompetas y una voz robusta gritó:

—Habitantes de la muy ilustre y leal ciudad de Londres: el muy alto y poderoso señor obispo de Eli, canciller del reino, en nombre de su gracia el rey, os hace saber: que el nombrado Dik, montero contra los edictos en los cotos reales de Dindem-Wood, acusado de desacato á su gracia el rey, ha burlado la persecución de los archeros, y se ha ocultado en Londres. En nombre del muy alto y poderoso señor obispo de Eli, cincuenta marcos de plata al inglés noble ó pechero que presente su cabeza. ¡Salud al rey!»

Ester abrió la ventana; no era ya un corto número de curiosos el que seguía el pregón; era una muchedumbre sombría y silenciosa, que precedía y seguía, llenando la calle en toda su extensión, á los archeros y al heraldo.

—¡Ah! ¡Dik, Dik mío! dijo Ester cerrando la ventana; ¡oh! es necesario hacer pedazos á ese miserable. ¡Es un asesino!

Entonces Dik recordó una circunstancia que tenía casi olvidada, su hermano le había dicho al entregarle la espada, que aquella arma era un despojo del patíbulo. Entre sus gabilanes había un blasón; aquel blasón estaba reproducido en la placa de la cadena que Adam Wast había entregado al verdugo. Aquella cadena había pertenecido un tiempo á Dik, y Adam Wast no podía poseerla por otro medio que por Ketti, á quien el joven la había confiado. Un embrión de ideas surgió en la mente del joven, y tras ellas presintió una historia terrible que tal vez era la suya.

—Ester, dijo Dik á impulsos de estos pensamientos, ¿conoces esta espada?

Ester miró la espada que le presentaba, dió un grito y exclamó aterrada:

—La espada de combate de Enrique II.

—¡Oh! gritó Dik; ¡era del rey Enrique II esta espada!

—Sí, la entregó á mi padre con un terrible secreto; secreto que jamás reveló á nadie y cuya existencia sólo sé porque algunas veces me decía:

—Ester, esta espada es la reliquia de un mártir; esta espada guarda un secreto, y la desnudará sólo quien deba vengar al rey. Ruega á Dios, Ester, que nos devuelva á alguna persona á quien amamos.

Dik se estremeció, después se levantó con energía y dijo:

—Es necesario que nos separemos, Ester; la Providencia ha puesto esta espada entre mis manos, y debo saber si son ellas esas manos vengadoras.

—¡Oh! ¡tal vez! ¡tal vez! Ahora recuerdo sí, que mi padre te nombraba algunas veces... ¡oh! no te detengo, vé... pero vé también al festín de Whitehall; te espero, quiero que me acompañes.

Dik fué á la puerta por donde había entrado Ketti, y la llamó; la joven apareció en el umbral pálida y agitada. Lady Ester, que había olvidado los amores de Ketti y Dik, desde el momento que vió á la joven se inmutó.

—Esta mujer, dijo Dik á Ester notando su palidez y leyendo en ella un pensamiento, es un medio que nos puede servir de mucho, y es necesario que nada sospeche; y luego añadió alto: Vamos, Ketti, he hablado á tu señora, y me ha ofrecido su protección.

El semblante de Ketti se animó, arrojóse á los pies de lady Ester y besó la orla de su vestido. Ester tuvo lástima de tanto amor.

—Vamos, dijo Dik á Ketti, es necesario que salgamos de aquí.

Dik y Ketti atravesaron el umbral de la puerta por donde habían entrado, y al pasar por la sala de armas vieron esperando aún en ella al hebreo Saul.

VI

UNA TRAICIÓN INVOLUNTARIA

DIK arrastraba tras sí á Ketti, y bien pronto salieron del cuartel de San James. Atravesaron á Westminster, á Walter-Streed, y deslizándose junto á los muros de la Torre, pasaron el puente de Londres y se perdieron á través del arrabal Sowttwark.

Ketti no sabía adonde la llevaban, pero iba contenta porque iba con Dik; ni una sola vez recordó su casita de la plaza del Mercado.

Al cabo Dik se detuvo en un oscuro callejón al fin del arrabal y llamó á una puerta; la casa estaba sumida en el mayor silencio; nadie contestó, pero el joven creyó escuchar pasos leves en el interior.

—Abre, Robín, con una legión de diablos, gritó; soy yo, Dik.

Un momento después se abrió la puerta, y apareció tras ella un jayán alumbrándose con una tea.

—¡Ah! ¿sois vos, capitán? adelante; dijo el hombre. Por San Huberto, que es difícil conoceros con ese ropón de señor... adelante... siento no poderos ofrecer nada... los aldermens se me han bebido mi último vino, que por supuesto no me han pagado, y un solo pedazo de pan que me quedaba le he vendido por un florín al hombre colorado.

Dik se estremeció; así era como nombraba el populacho al verdugo. Su hermano había buscado pan para él, y él se había olvidado de su hermano. Casi se avergonzó.

—¿Hay alguien?

—Entre nosotros, capitán, el sótano está lleno. Si no fuese porque están cien escalones bajo tierra los oiríais. Con ellos está el hombre colorado, que volvió furioso después de haberse llevado mi pan. Más de una vez os he oído nombrar, y os esperan según creo. Pero por San Dustan os aconsejo que no bajéis con esta paloma, añadió señalando á Ketti, pudiera tener un mal encuentro.

Ketti se inmutó, y se cubrió apresuradamente con su velo.

—Silencio, dijo Dik, ¿está abajo Adam Wast?

—Sí.

—Pues bien, llévanos á otro aposento cualquiera.

Robín cerró la puerta y les precedió á través de una escalera, diciendo para sí:

—Cáspita no es la ocasión más oportuna para burlar maridos, cuando es necesario sacar trigo de la cabeza del obispo.

Cuando hubieron llegado al piso superior, Robín abrió una puerta desvencijada, y los jóvenes entraron en un miserable aposento á teja vana.

A pesar de su estado miserable, aquel aposento tenía algo de extraño.

Robín, que sin duda era algo hablador, se encargó, sin consultar la oportunidad del momento, de referir á Dik una historia que sin duda había narrado un millón de veces á sus huéspedes, porque es de advertir, que aquella casa era una especie de taberna-mesón, donde la gente perdida, las rameras y los estudiantes solían pasar las noches al abrigo de las rondas de los aldermens, que daban con ellos en la cárcel del condado de Surrey, ó en la picota de la plaza de Guy, si por acaso los encontraban vagando después del cubre-fuego. Robín, pues, hizo notar á Dik una cama de encina cubierta por un mal gergón y cerrada por unas cortinas de color dudoso, dos sillones de baqueta y una mesa mugrienta.

—¿Véis todo eso, capitán? añadió tras su indicación; en esos muebles se ha sentado todo un alto personaje; este miserable aposento ha visto morir á un rey.

Dik dispuesto á despedir de una manera brusca á Robín, pareció interesarse en su cuento, y dijo con interés:

—¡Diablo! ¿y qué rey era ese?

—¿Qué rey? Confúndame Dios, capitán Dik, si no me habéis hecho una pregunta que me embaraza, porque yo no debo engañaros: cuando yo era montero y vos mi capitán me habéis salvado la vida.

—Pero ese rey, repuso Dik impaciente.

—Ese rey era... cuando otros me han hecho esa pregunta, he contestado sin vacilar: el rey Offa (este nombre en aquel tiempo, en Inglaterra, equivalía lo que ahora en España el de Wamba), y he desfigurado una historia que pasó hace sólo once años.

—Luego ese rey era...

—¡Enrique II de Inglaterra!

Ketti se levantó del sillón en que se había dejado caer, y repitió con sorpresa:

—¡Cómo! aquí en este miserable desván ha muerto...

—Sí, hermosa niña, el padre del rey. Pero tened presente, capitán Dik, que yo á nadie he contado esto, y que vos sois y vuestra compañera los primeros que entráis en este cuarto, que no sean un monje y yo.

—¿Y á qué viene aquí ese monje? preguntó con interés Dik.

—A rogar á Dios por el alma del rey muerto, y por la salvación del rey vivo.

—¿Luego conocía á Enrique II?

—Era su confesor.

—¿Y cómo se llama ese monje, á qué monasterio pertenece?

—¡Llámase!... lo ignoro; ¿su rostro?... jamás le he visto. Un día le seguí y le ví entrar en la ciudad en el monasterio de San Bridge.

Dik escuchaba con la mayor atención; cada palabra de Robín despertaba en él un nuevo interés. Robín conoció que era escuchado, tal vez con más atención que nunca, y sentándose sobre la cama calló un momento como preparándose para un largo relato; Dik creyó oportuno sentarse, y se colocó en uno de los sillones. Ketti, que sólo pensaba en su amor, maldijo en su interior al importuno hablador y se sentó también.

—Vosotros, hijos míos, seríais niños aún, dijo Robín dándose toda la importancia satisfecha del hombre que es escuchado con atención por primera vez; sí, muy niños, cuando acontecieron los terribles trastornos del año ochenta y tres; yo era más joven, y pasaba mejor la vida... Karl... mi buena Karl...

Dik se agitó en su sillón con impaciencia.

—Es necesario que os refiera esto, continuó Robín notando el movimiento de Dik; es el principio de la historia. Karl, pues, era una buena muchacha de las montañas de Escocia, que bailaba como una hada y cantaba como un bardo. Yo tocaba el laud y ella bailaba; los tarines llovían en mi gorra, y estábamos perfectamente; pero llegó un tiempo en que el pan estuvo escaso y en que los tributos crecieron. No gobernaba entonces el Obispo, pero lord Macclair, favorito del rey, era un soberbio sanguijuela. El populacho ya no nos arrojaba más que algunos miserables pedazos de pan; los tarines cesaron, y al fin nuestro canto y nuestro baile eran inútiles; entonces nos dijimos: pongamos una taberna y unámonos á alguno, porque no somos bastante ricos para traficar solos...

—Pero el rey...

—Paciencia, capitán, paciencia. Conocíamos á otra bailarina escocesa, y le propusimos que se uniera á nosotros.

«Acepto, nos dijo; necesito una casa donde vivir sin ser notada, y estaremos juntos si vosotros aceptáis mis condiciones. Soy amante de un gran señor, y habréis de tolerar que frecuente la casa.» Ya véis, capitán, que eran algo duras las condiciones; pero ella deshizo de tal modo nuestros reparos, que aceptamos y tomamos esta casa. Ya hace de esto dieciséis años. Todas las noches, después del toque de cubre-fuego, un hombre embozado en una larga capa, por el postigo que da á otra calle, entraba en esta habitación por esa puerta; y Robín señaló una puerta pequeña inmediata al lecho, subiendo una escalera escusada. Algún tiempo después nuestra amiga tuvo una niña. Pasaron algunos años, y al fin llegó el ochenta y tres. Fué un año terrible; el pueblo, agobiado por el hambre y los tributos, se rebelaba cada día contra el rey, y Londres era un eterno campo de batalla; Enrique el joven, Ricardo y Juan-sin-tierra, hijos de Enrique II, alentaban el fuego, y al fin se declararon en abierta rebelión contra su padre, insurreccionaron el Poitú y la Normandía, y se presentaron á las puertas de la ciudad al frente de un ejército. El rey se encerró en White-Tower; pero los normandos asaltaron la torre indefensa, porque no había un solo inglés al lado del rey, más que lord Macclair y el conde de Salisbury. Entretanto los normandos robaban á Londres, los hijos traidores partían el trono de su padre, y el infeliz viejo, perseguido por su primogénito Enrique el joven, pasaba á la carrera acompañado de sus dos últimos servidores, el puente de London Bridge, y entraba en Sowttwark. A pesar del odio que profesaba el pueblo al rey, los habitantes del condado de Surrey no se atrevieron á secundar la infamia á que habían ayudado los del condado de Middlesex; se apiñaron á la salida del puente, dejaron pasar al rey y rechazaron á Enrique el joven. Fué un horrible combate; los de Sowttwark cortaron la madera del puente, y Enrique y algunos normandos cayeron al río. La cólera de Dios cayó sobre el hijo maldito; las aguas se cerraron sobre él, y sólo se abrieron para arrojar su cadáver en la isla de los Perros.

Robín calló un momento como para observar el efecto que había producido en sus oyentes lo pomposo de su último período.

—Parte de lo que has dicho lo saben todos, dijo con impaciencia Dik; lo que no es tan claro es lo que pasó por el rey antes de que su cadáver fuese depositado en Westminster.

—Cabalmente ese es el secreto, contestó Robín con cierto misterio. Al ver á los más pacíficos vecinos armados con partesanas, palos y picas, corriendo hacia London-Bridge, cerré mi puerta, y corrí á encerrarme con Karl, en lo más profundo del sótano. Nuestra compañera estuvo en este aposento, asomada tenazmente á la ventana, á pesar de haberla nosotros invitado á ponerse en lugar más seguro. Desde el fondo del sótano oíamos los gritos de los combatientes de London Bridge, que duraron hasta la noche. Luego sucedió un profundo silencio. Me aventuré á subir, y nada oí: subí aún más, siempre el mismo silencio. Atrevíme á llegar á esa puerta para llamar á nuestra amiga, y miré por las rendijas. ¿Sabéis lo que ví? añadió Robín deteniéndose como para dar un tinte solemne á su pregunta.

Dik se encogió de hombros.

—Pues bien, ¡ví al rey!

—¡Al rey! exclamaron á un tiempo Dik y Ketti.

—Sí, á Enrique II herido en esa cama, atravesado el pecho de un flechazo, y espirante; junto á él estaban lord Salisbury sosteniéndole, y la bailarina arrodillada en ese reclinatorio. Yo también escuchaba conteniendo mi respiración; pero nada oí, hasta el momento que el rey gritó incorporándose de repente:

—¡Perdonarlos! ¡perdonarlos cuando ellos me han asesinado! ¡no! ¡no! ¡Maldito sea mi hijo Enrique! ¡Maldito sea mi hijo Ricardo! ¡maldito sea mi hijo Juan!

—No los maldigáis, señor, contestó el conde; tal vez alguno de ellos está ahora en presencia de Dios.

—¡Dios mío! exclamó el rey, ¿ha muerto Ricardo?

—Señor, no, observó lord Salisbury; es de presumir que no.

—Me engañáis, milord; me engañáis.

—Pues bien, dijo el conde, perdonadlos, señor, perdonad al menos á vuestro hijo Enrique, que ha sido muerto por los habitantes de Sowttwark.

El rey dió un grito y cayó desmayado. Pocos momentos después volvió en sí, y dijo con voz débil á lord Salisbury:

—Tomad mi espada, milord, y guardadla; ya sabéis mi voluntad acerca de ella, y mis proyectos hacia ellos; tú, pobre mujer, á quien yo recogí de las calles de Londres, que has sido mi último amor, acércate y no llores; toma, y la dió un objeto que no pude distinguir; si mi Ricardo es rey, dile que muero perdonándole con sus hermanos; que proteja á tu hija, porque esa es la última voluntad de su padre moribundo. Después cayó sobre el lecho, y un momento después murió.

Robín había callado; Dik callaba, mirando, sobrecogido de terror, el lecho.

—Esa es la historia, dijo Robín; una historia muy triste en verdad, que á nadie he contado hasta ahora.

—Pero aquella mujer... observó Dik.

—¿Qué mujer?

—La bailarina.

—Se volvió loca, huyó y no la he vuelto á ver.

—¿Y cómo se llamaba?

Iba Robín á contestar, cuando se abrió la puerta que comunicaba con la escalera escusada que hemos indicado, y apareció una sombra en su dintel.

—Silencio, dijo una voz profunda, tras la capucha de un manto negro, demasiado habéis dicho; y me place saber que un secreto de Estado está en vuestro poder, maese Robín. Será necesario poneros á recaudo, según creo. Caballero, cualquiera que seáis, en nombre del rey, íd á avisar á los guardias de la Torre.

Dik, á quien este extraño personaje se había dirigido, no se movió; pero Robín, creyéndose perdido, quiso huir. El hombre negro le detuvo por un brazo con la fuerza de unas tenazas.

—¡Socorro! ¡socorro! gritó Robín con todas sus fuerzas.

Una mano del hombre que le sujetaba tapó su boca, pero ya era tarde; oyéronse precipitados pasos de algunos hombres por la escalera, la puerta se abrió, y entró Adam Wast; tras él venían los otros cinco hermanos de la niebla.

La fatalidad hizo que Ketti fuese el primer objeto que se presentó á la vista de Adam Wast. Verla y arrojarse á ella puñal en mano, fué obra de un momento. Dik se interpuso, y arrojó al furioso marido en tierra de una puñada.

En menos tiempo del que empleamos en describirlo, la estancia se tornó en un campo de batalla; el hombre del manto abrió rápidamente la puerta de escape, y dió salida á Ketti, que cayó desmayada en el primer tramo de la escalera; Adam Wast se levantó furioso y embistió á aquella puerta; la espada de Enrique II lució fuera de la vaina junto al lecho de muerte del mismo Enrique II, empuñada por Dik; el hombre del manto continuaba asiendo á Robín, que gritaba como un desesperado, mientras los hermanos de la niebla, escepto el verdugo, acometían en círculo á Dik.

Justo era su renombre de Espada-larga; de una estocada tendió á John Asta-de-buey, mientras Williams Caridemus caía por otro lado, abierta la cabeza de una cuchillada; sólo quedaban tres contendientes: Adam Wast, Jorge Rak y Tom Flavi. Dik se había retirado á un ángulo, y desde allí mantenía en un ancho círculo á sus adversarios. Tom Flavi esgrimía de una manera terrible su bastón; Jorge Rak, inesperto y viejo, se arrojó en un momento en que creyó poder herir á Dik, y se atravesó en su espada; Adam Wast luchaba como un león.

Oyéronse entonces precipitados pasos por la escalera principal, y Dik, creyendo era acometido por nuevos enemigos, se tendió en una estocada, y Tom Flavi cayó para no volverse á levantar más. La puerta se abrió, y llenóse el aposento de alabarderos del rey, ó mejor dicho, del obispo canciller; Adam Wast fué cogido por la espalda, y sujeto. Dik bajó la espada, no viendo enemigos á quienes herir.

—¿Qué es esto? preguntó á Dik el aldermen que mandaba la tropa.

—¿Qué puede ser sino una tentativa de asesinato, cuando véis á un caballero defendiéndose de cinco jayanes?

Adam Wast arrojó una profunda mirada sobre Dik.

El aldermen miró en derredor y vió cuatro cadáveres. Dik buscó á su hermano inútilmente; había desaparecido.

El interrogado habló algunas palabras en voz baja al aldermen; éste se despojó respetuosamente de la gorra, y dijo á los alabarderos.

—Esos hombres á la Torre.

Robín y Adam Wast salieron, el uno dando gritos espantosos, el otro callado y sombrío, entre la mitad de los alabarderos; el aldermen, cuando hubieron salido, preguntó al hombre del ropón:

—¿Os acompaño, monseñor?

Monseñor indicó al aldermen la puerta de salida; este saludó y desapareció.

—Mañana en san Bridge, al ponerse el sol, junto al atrio, dijo el hombre negro á Dik, y desapareció por la puerta escusada.

Dik permaneció un momento pensativo, mirando los cuatro cadáveres.

—¡Bah! debía suceder así; la canalla siempre pierde.

Después tomó la tea, recorrió la casa buscando á Ketti, y no la encontró. Luego salió de la casa y se dirigió lentamente á la de lady Ester. Cuando pasaba sus umbrales, la campana de la Torre vibró, irradiando entre el silencio, los sonidos del toque de cubre-fuego.

VII

UN MOTÍN-UN FLORÍN POR UNA CABEZA

AL otro extremo de la calle, en una de cuyas tabernas acababan de tener lugar los acontecimientos anteriores, oculto tras un guardacantón estaba un hombre.

Era Godofredo, que como hemos dicho había desaparecido durante la lucha; estaba con el oído atento y la vista fija en aquella casa, de donde había huido no queriendo defender á su hermano en una causa que creía injusta, ni pudiendo tomar parte contra él en favor de los hermanos de la niebla.

Al ruido del combate, el populacho había abandonado en tropel los sótanos de la taberna, creyéndola invadida por archeros del Obispo; pero vagaban á poca distancia, siempre prontos á huir más lejos.

El ruido que surgía de las ventanas de la taberna era atronador; muebles que rodaban, chirridos de acero contra acero, juramentos y gemidos; una ronda que pasaba entró, como hemos dicho, llamada por aquel alarmante rumor; á su entrada sucedió el más profundo silencio.

Poco después, parte de la ronda salía llevando presos á Adam Wast y á Robín. El primero andaba siempre silencioso; el segundo, que no esperaba le aconteciese nada grato en la Torre, se hacía el reacio, dando grandes gritos y obligando á los alabarderos á comunicarle cierto deseo de andar con el regatón de las partesanas. Pero como sus gritos se sucedieron sin intermisión, el populacho supo á ciencia fija que Adam Wast le acompañaba á un calabozo de la Torre.

Hay momentos en que las turbas están predispuestas al motín de una manera formidable, y aquél, por desgracia, fué uno de ellos. Corrieron como frenéticos, si bien evitando ponerse al alcance de las armas de los alabarderos y dando gritos, de los cuales, los más pacíficos, atentaban á la cabeza del Obispo y de la reina regente.

En un momento el arrabal Sowttwark se insurreccionó, y el genio de los motines extendió sus alas sangrientas sobre las turbas; los más atrevidos penetraron en la taberna abandonada y la recorrieron; al llegar al aposento donde había tenido lugar la catástrofe, un aullido de indignación salió de todas las bocas; los que no podían ver bien, atropellaron á los delanteros; la muchedumbre cargó sobre la desvencijada escalera de madera, que no pudiendo tolerar aquel peso inusitado, se desplomó.

No era necesario tanto para que el alboroto llegase á todo su incremento: los parientes de los que perecieron ó se estropearon en la caída, pusieron el grito en el cielo y atribuyeron la culpa de las recientes desgracias á los gobernantes, que habían asesinado á los cuatro hermanos de la niebla. Los que se hallaban en el aposento tomaron en hombros los cadáveres ensangrentados, y hallando la comunicación de la otra escalera salieron á la calle; y para que nada faltase á lo terrible de esta escena, una tea perdida de las manos de uno de los derrumbados, prendió en el tablazón del suelo, y muy pronto la luz del incendio brotó sobre la vieja techumbre de pizarra, invadió las casas vecinas y se levantó gigante y roja sobre Sowttwark.

Difícil hubiera sido entonces querer contener el motín; las turbas corrieron llevando en hombros los cadáveres ensangrentados, y se lanzaron á London-Bridge; los archeros que lo guardaban cerraron la poterna de las torres que en aquel tiempo defendían el puente, pero en vano; las piedras y los proyectiles de todo género, lanzados contra ella por la furiosa multitud, la forzaron, y los archeros corrieron á cerrar la del otro extremo, que fué forzada también. La turba penetró en el cuartel de la Torre, y llenó la plaza de Tames-Streed.

Estacionóse allí, invadiendo la parte superior de Tower-Hill, tendiéndose á lo largo de Lombar-Streed, Fenchurch-Streed, hasta cerca de un cementerio situado donde ahora se halla el de All-Hallow-Barkurg.

Los gritos eran cada vez más sediciosos.

—¡Abajo el Obispo! ¡abajo la reina! ¡muera el justiciero Huberto! clamaban unos.

—¡Pan! ¡pan! ¡fuera tributos! gritaban los más.

—¡Que suelten á Adam Wast! ¡que suelten á Robín! gritaban los cortadores, los mendigos, los estudiantes y los vendedores que habían sido pagados, y que llevaban en hombros los cadáveres de los cuatro hermanos de la niebla, en torno de los cuales ardían multitud de hachas.

—¡Ingleses!—gritó un estudiante de derecho, subiéndose sobre los andamios de una casa que se estaba construyendo, en los cuales fueron colocados los restos de John Asta-de-buey, de Tom Flavi, de Jorge Rak y de Williams Caridemus, y alumbrados por hachones que los hacían visibles á la multitud;—¡ingleses! la sangre de cuatro buenos habitantes ha sido vertida por los tiranos. ¡Ingleses! ¡su sangre pide sangre! Vamos por las cabezas del Obispo, de la reina, de Huberto y de Juan-sin-tierra.

Reinaba el más profundo silencio; silencio de horror, causado por la exposición de los sangrientos despojos; la voz del estudiante fué oída en todo el ámbito de la plaza y repetida por millares de voces que ya no cesaron.

El pueblo nunca profundiza: al ver los cadáveres, persuadióse que habían sido inmolados por los archeros, y la indignación llegó á su colmo.

Era un espectáculo solemne.

La Torre Blanca (White-Tower), con sus robustos bastiones y sus cuatro torres angulares, rodeada por los fuertes Biward, Lionsgate, Santo Tomás, Legmount y Brassmount, con sus almenas coronadas de ballesteros, reflejaba el resplandor de los hachones de los sublevados, y recortaba su negro perfil sobre el fondo luminoso, producido por el incendio de Sowttwark. La plaza completamente invadida, ofrecía la vista de un revuelto mar cuyas olas eran de rostros, en cada uno de los cuales aparecía un mohín de amenaza; añádase á estos gritos rabiosos, pedradas arrojadas contra la Torre, los gemidos de algunos heridos por los venablos de los archeros que la defendían, y se tendrá una idea inexacta del cuadro.

Entre tanto la gran campana de White-Tower lanzó al espacio, vibrando sobre todos los rumores, el lento y grave toque de cubre-fuego, á que contestó perdiéndose á lo lejos el sonido de la campana de San Pablo.

La multitud bramó con más fuerza. El estudiante subido en el andamio hizo un ademán de silencio, que fué obedecido á medias, y gritó poniendo en grave peligro sus pulmones:

—¡Ingleses! Dentro de la Torre hay dos buenos y leales habitantes, que serán muertos si no los salvamos. Es necesario que nos entreguen á Adam Wast y á Robín; es...

La voz del estudiante cesó de repente; su cuerpo bamboleó un momento, y cayó en fin, manchando de sangre á los que se apiñaban á sus pies. La situación se hacía cada vez más irritante; el asalto de la Torre se formalizó entre las voces de:

—¡Mueran los infames! ¡Que suelten á Adam Wast y á Robín!

La fatalidad se encargó de ennegrecer la situación de Adam Wast; había sido preso por una causa independiente de alboroto, é indudablemente, á no haber éste tenido lugar, su situación hubiera sido desesperada.

Un hombre solo había que no gritaba, envuelto en una larga capa, en medio de aquel tumulto. Observaba en silencio, y recorría las turbas buscando la decisión en todos los semblantes, mostrando en el suyo una marcada expresión de disgusto. Cuando la multitud se lanzó al borde de los fosos de la Torre, este hombre se dirigió al collado de ella murmurando á media voz:

—Esos locos rabiosos dejarán los dientes en la coraza de piedra de la Torre, y á no dudar, mañana hará falta mi presencia en ella. Es necesario empezar un juego arriesgado.

Diciendo esto llegó á la horca, abrió el postigo que ya conocemos, entró y encendió una tea: era Godofredo que había seguido á la multitud desde Sowttwark: una vez allí, tomó un hacha y un saco, apagó la luz, salió y se dirigió á All-Hallow-Barkurg, deslizóse junto á los muros de la iglesia, y entró en el cementerio al mismo tiempo que un carro de apestados.

—Ola, maese Tomi, dijo Godofredo á un hombre que, apoyado en el dintel de la puerta, observaba con cierta curiosidad el tumulto de Tames-Streed; ¿cuanto queréis por dejarme elegir una cabeza entre esos cadáveres?

El interrogado se tornó á Godofredo y le miró con extrañeza.

—¡Qué cuánto quiero, habéis dicho, por una cabeza apestada! ¡Por san Dustan! ¿y para que necesitáis eso?

Godofredo no contestó; metió la mano en el bolsillo y sacó uno de los florines que no había podido repartir, interrumpido por el incidente de la taberna de Sowttwark.

El sepulturero, que tal era el personaje requerido, gustaba poco de palabras inútiles, pues contestó á la entrega del florín que guardó:

—¡Enhorabuena! entrad; ¿necesitáis que os ayude?

—Sí, traed una luz.

El guardián de los muertos volvió á poco con una tea, y sin decir palabra, empezó á andar, indicando á Godofredo que le siguiese por la entrada de un oscuro pasadizo. Descendieron por una rampa de corta extensión, y se encontraron en un subterráneo espacioso, de bóvedas bajas sostenidas por anchos pilares.

La atmósfera estaba impregnada de miasmas insoportables; alrededor de los pilares había multitud de cadáveres desnudos y hacinados.

—¿Dónde están los de hoy? preguntó Godofredo.

El hombre de los sepulcros, ó mejor dicho, de las sepulturas, pasó algo adelante sin responder, y se detuvo delante de un pilar en que el número de cadáveres era excesivamente mayor que en los restantes.

—Mucho aflige Dios á Londres, dijo para si Godofredo, y luego añadió alto dirigiéndose al sepulturero:—Alumbrad.

El sepulturero alumbró impasible uno tras otro el semblante lívido de más de veinticinco cadáveres.

—Basta, dijo Godofredo, que había examinado con escrupulosa atención cada uno de ellos; éste me conviene, y señaló un hombre de mediana estatura, cuyo semblante, desfigurado por la agonía, marcaba la edad de treinta y cinco años.

Lo que sucedió después fué obra de un momento; desembozóse, mostrando á los atónitos ojos del sepulturero su traje colorado; asió el cadáver por los cabellos, le tendió sobre el suelo, y de un solo golpe le cortó la cabeza, que guardó en el saco. Después se envolvió de nuevo en la capa, y desapareció. El sepulturero rompió por esta vez el silencio.

—¡Cáspita! dijo; ¿qué bruja será la querida del verdugo?

Cavó un hoyo, enterró el tronco mutilado, y tornó al dintel del cementerio y á su pasiva observación.

El tumulto de Tames-Streed seguía en toda su fuerza.

VIII

UN INSTRUMENTO ROTO

RETROCEDAMOS.

Dos horas antes de los acontecimientos que acabamos de describir, dejamos al judío Saul ó Agiab esperando aún en la sala de armas de la casa de lady Ester, á tiempo que Ricardo Espada-larga salía con Ketti en dirección á Sowttwark.

Tiempo es ya de que nos ocupemos de este personaje, que paseaba impaciente por delante de la puerta que de una manera tan descortés le había sido cerrada por la insolente doméstica, que había introducido un hombre á quien él, según veremos, tenía poderosos motivos para aborrecer, en el retrete de una mujer que adoraba.

Quien haya conocido el amor en toda su extensión, podrá formar una idea exacta del furor del israelita; añádase á esto que al que nos ocupa le había cabido en suerte, al nacer, una de esas irresistibles propensiones de dominio y de orgullo, con un carácter á propósito para adoptar cualquier medio, por deshonroso ó criminal que fuese, una vez herido en sus pasiones.

Nada más cruel, nada más implacable que un hombre que ama y se cree amado, cuando la fatalidad le muestra que el amor sólo está de su parte; que ha sido, en fin, el juguete de una mujer. En este estado se encontraba Saul cuando pasó delante de él el orgulloso y afortunado Espada-larga.

La puerta que comunicaba con el retrete de la hermosa condesa de Salisbury había quedado abierta; Saul la empujó, y antes de levantar el tapiz, observó, oculto tras sus plegaduras, á Ester.

La joven permanecía abandonada en el sillón, pensativa y replegada en sí misma, gozando con el recuerdo de Ricardo. Le amaba, y en su semblante estaba pintado todo su amor; amor confiado, inmenso, sublimado por cuatro años de ausencia y de esperanza; amor impaciente, que se pintaba de una manera enérgica en sus ojos; que se revelaba en la agitación de su hermoso seno.

El israelita no pudo sufrir más, y se presentó de repente, adelantando mudo y mesurado hacia Ester, que no reparó en él; Ester soñaba despierta.

Un momento permaneció Saul inmóvil, con la vista fija devorando á la joven; al fin dijo en un acento que el furor hacía trémulo:

—Milady: ¡Dios os bendiga!

Ester volvió en sí al sonido de aquella voz, y frunció el soberbio entrecejo al ver á Saul; pero aquella expresión de un marcado disgusto fué reemplazada instantáneamente por una glacial y reservada indiferencia.

—Que Dios os proteja, Saul, contestó volviendo á su silencio.

Jamás había sido recibido el judío de un modo tan extraño; siempre había encontrado una sonrisa en la hermosa boca de la joven lady; siempre una mirada afectuosa de ella había contestado á su mirada de amor. Saul conoció que se hallaba colocado en una posición ambigua.

—He venido, señora, á ofrecerme á vos como acompañante para el festín de esta noche, dijo haciendo un esfuerzo sobre sí.

Ester no contestó; seguía abismada en su meditación. Saul se mordió con furor el labio inferior devorando un rugido. Después, olvidando la prudencia, se desbordó.

—Paréceme, señora, dijo, que mi posición respecto á vos es hoy enteramente distinta de lo que era ayer.

—¿Quién habla así delante de mí? exclamó lady Ester levantándose en un ademán tan soberbio, que hizo retroceder á Saul; ¿quién se atreve á entrar en el retrete de la condesa de Salisbury sin su consentimiento?

—¡Yo! contestó con impudencia Saul; yo, que me creo con tanto derecho, si no con más, que quien acaba de salir de él.

—¡Miserable judío! gritó lady Ester sin cuidarse de ser escuchada; ¡perro infiel, á quien yo he admitido á mi presencia como se admite un bufón ó una bailarina!... ¿habíais llegado á creer, miserable, que la hija de mi padre había fijado su atención en tí, mas que como en un objeto de diversión? ¿que te había igualado á un buen caballero, á Espada-larga, hermano de armas de Corazón-de-León?

—¿Es decir, á un soldado de fortuna, á un hombre encontrado en su infancia en las gradas de Westminster? ¿Y por qué no? ¿Porque soy judío, porque pertenezco á una gran nación, que no tiene otra mancha que haber sido vencida? ¡Bah! lady Ester, si vos sois entre los vuestros una noble descendiente de los Salisbury, yo soy rey entre los míos. El nombre de Saul está escrito con letras de oro en la historia de mi pueblo. Y luego, no debiérais desdeñarme, porque si yo soy judío, judía sois vos, porque era judía vuestra madre.

—¡Mientes! miserable, como miente un judío. ¿Quieres saber por qué yo he doblegado mi orgullo hasta cruzar mi palabra con la tuya? ¿Sabes por qué yo he consentido que alientes una esperanza hacia mí?

—Vuestro padre había desaparecido, había muerto tal vez, y queríais vengarle; yo os vi hermosa como las vírgenes de mi pueblo y noble y grande como las heroínas de nuestra historia. Fuisteis para mí un tesoro de recuerdos perdidos, una ambición gigante, un sueño eterno y apenador. Para llegar á vos, para hacerme reparar de vos, necesitaba elevarme. Era rico, y arrojé el oro con largueza. ¡Por el padre Abraham, señora! Esos orgullosos lores y barones me admitieron entre sí, porque mi oro entraba á manos llenas en sus arcas. La reina regente, Eleonora de Guiene, necesitaba mucho oro para alentar el bando que debía destronar á Ricardo y colocar en su trono á Juan-sin-tierra. Era necesario comprar á un precio exorbitante la traición de esos rancios nobles cristianísimos, y el judío infiel derramó profusamente su dinero á trueque de ser admitido á sus festines y á sus cabalgatas, donde solía veros alguna vez. El conoceros, señora, me ha costado un tesoro; el llegar hasta vos lo debo á la casualidad.

La joven callaba con visibles señales de disgusto.

—Mi amor no os fué desconocido mucho tiempo, y le alentasteis, señora, porque os convenía. Sospechabais que vuestro padre había sido muerto por el rebelde Obispo de Eli, á quien en vez de mostrar odio mostrasteis amor. El Obispo es un imbécil, y creyó que le amabais. Vos le esplorásteis, vuestras dudas acerca del misterioso paradero de vuestro padre se tornaron en certidumbre. Entonces dijisteis: «Es necesario que este hombre muera; buscaré un enemigo poderoso é implacable...» Dios me arrojó entonces junto á vos; leísteis en mí un amor loco, sin más ambición que vos, intenso lo bastante para doblegarme á servir vuestra venganza sin condiciones. Si vos me hubierais dicho: «Necesito la vida del Obispo,» yo os hubiera traído su cabeza; pero os guardasteis bien de hacerlo: demandar un sacrificio es obligarse á otro sacrificio, y vos, pensadora más de lo que vuestra edad promete, elegisteis un camino más largo pero más seguro. Alentásteis mi amor, lo elevásteis hasta la locura, y cuando le vísteis bastante empeñado para ser indomable, lo herísteis, señora, desdeñándome por el Obispo. Los celos surgieron del fondo de mi alma, y ansié matar al Obispo. Vos sabíais demasiado que esto debía suceder. Pues bien, escuchad: ¿oís ese rumor lejano que se pierde en dirección del cuartel de la Torre?

Ester, hasta entonces indiferente y glacial, escuchó un momento de una manera casi involuntaria.

En efecto, perdidas en el silencio, llegaban hasta allí las voces del motín de Tames-Streed; el judío abrió la ventana y dijo:

—Mirad, milady; ¿veis aquel resplandor rojizo que se levanta sobre Sowttwark? Es un incendio. ¿Y sabéis qué pide ese pueblo que incendia y grita? La cabeza del canciller, de Eleonora y de Juan-sin-tierra.

Ester dió un grito de alegría y se arrojó á la ventana, junto á la cual estaba Saul. El incendio había crecido de una manera horrorosa; el arrabal de Sowttwark era una inmensa hoguera; sus habitantes, arrojados de él por las llamas, exasperados por las pérdidas que les ocasionaba el incendio, habían corrido frenéticos á engrosar el tumulto, y sus gritos se elevaban, subiendo como un alarido infernal á la misma altura que las más elevadas aristas del incendio; las tinieblas habían cedido á su resplandor, y un rojizo reflejo inundaba á Londres, al Támesis y á los campos, iluminando al par la ventana sobre cuya balaustrada adelantaba Ester su cabeza con la misma expresión de cruel alegría que debió pintarse en el rostro de Nerón al ver á sus pies á Roma convertida en una hoguera.

Ester leía harto claro su venganza en aquel terrible motín, y gozándola de antemano, estaba más hermosa que nunca, con toda la terrible grandeza de su belleza, valiente, audaz, devorando en una ojeada aquel aterrador panorama. Saul se sintió desfallecer; su amor llegó al frenesí, y su brazo atrevido rodeó la esbelta cintura de la joven.

Su primer movimiento al sentirse asida fué una explosión de orgullo indomable, inmenso, que aterró á Saul, haciéndole caer de rodillas á sus plantas.

—¡Salid, miserable! gritó la joven; salid, ú os mando apalear por mis esclavos.

—¡Ester, perdón! gritó desesperado Saul; ¡perdón! Yo te adoro, y prefiero morir á provocar tu enojo; desdéñame, insúltame, pero no me arrojes de tu lado.

—Salid, repitió Ester cada vez más implacable, mientras Saul se arrastraba á sus pies.

—Ama á Ricardo, dijo el judío con voz desfallecida; ámale, pero déjame que te vea; yo seré tu esclavo, el suyo...

—¡Salid! gritó con doble furor Ester.

—Pues bien, no saldré, dijo el judío levantándose con energía; llamad á vuestros esclavos, llamadlos si os atrevéis.

Ester se dejó caer fatigada sobre el sillón.

—Lo veo; he sido un instrumento para vos, que rompéis cuando no os sirve: en buen hora; pero tened cuenta con mi venganza.

—Sois un miserable, Saul, y me obligaréis á dar un escándalo en mi casa.

—Escándalo por escándalo; no saldré de aquí sin haberos deshonrado, dijo el hebreo yendo á cerrar las puertas del retrete. Pero en aquel momento, y antes de que Ester tuviese tiempo de llamar á su servidumbre, un hombre entró en el retrete, envuelto en un ancho manto cuya capucha echó atrás, dejando ver un semblante anciano y venerable.

—Parece que he llegado á tiempo, hija mía, dijo el nuevo interlocutor.

—¡Ah! ¡padre mío! ¡bien venido sois siempre! ¡Dios os envía!

Saul quedó inmóvil como una estatua junto á la puerta que había ido á cerrar.

—En cuanto á vos, señor Agiab, haréis bien de poneros en salvo y ver si podéis salvar algo de vuestro oro antes de que el pueblo llegue á vuestra casa.

Sea que el judío temiese verdaderamente por sí, sea que aprovechase aquella oportunidad para salir de una posición difícil, desapareció por la puerta más cercana, arrojando una mirada desesperada á Ester.

—Tengo que hablarte, hija mía, dijo el anciano cuando quedaron solos.

—Os escucho, padre mío, contestó Ester.

—No, aquí no; pudieran oirnos.

Lady Ester tomó la lámpara que ardía sobre la mesa, y salió del retrete acompañada del anciano.