CAPÍTULO XIX
Pasaron días, y con ellos fueron creciendo las intimidades entre Julieta y el diplomático, hasta el punto de vérselos como la sombra y el cuerpo en calles, paseos y espectáculos; siendo de advertir que don Simón, no solamente lo consentía, sino que lo fomentaba con reiteradas atenciones hacia aquél, y con desmedidos elogios de sus prendas cuando de él hablaba en familia. En cuanto a doña Juana, era madre, y además tonta, y además vanidosa. ¿Cómo no había de entusiasmarse con aquel joven que, sobre ser un personaje, la llenaba a ella y a toda su casta de incienso en los periódicos y de lisonjas en la conversación? ¿Cómo no pagarle con todo género de deferencias la popularidad que iba dando en Madrid a la familia Peñascales? Y ¿qué podría suceder al cabo? ¿Que Julieta y Arturo llegaran a mirarse como nacidos la una para el otro? Pues mejor que mejor. ¿No era ella rica? ¿No era él un personaje? ¿No era joven? ¿No tenía talento y elegancia?
Verdad es que, hasta aquella fecha, con ninguna credencial había demostrado el embajador que lo hubiera sido real y efectivamente; pero ¿no bastaban su aserto, y, sobre todo, las familiaridades que se permitía con ministros y diputados en el salón de conferencias?
De todas maneras, ya pensaba don Simón pedir, con cierto tino y cuando cayera la pesa, los necesarios informes a persona que pudiera dárselos.
Por de pronto, consultaba con él algunos puntos que debía tocar en su discurso, y aceptaba agradecido las enmiendas que le hacía y los consejos que le daba acerca del uso de ciertas frases y determinados arranques.
Presentado había ya su proposición a las Cortes, cuando fué llamado con gran urgencia por el Ministro de la Gobernación, su especial amigo.
Acudió a la cita más que de prisa; encerróle S.E. en el camarín más oculto de su despacho; y después de pasarle la mano por el lomo y de regalarle una breva,
—¿Cómo anda usted de fondos en Madrid?—le preguntó en seco.
Don Simón se quedó petrificado. Aquella pregunta, después de los otros preparativos, le hizo temer que el Ministro le buscara la bolsa. Conoció éste, como si se los leyera en la cara, sus recelos, y se apresuró a decirle, soltando la carcajada:
—No lo pregunto para pedírselos prestados, señor don Simón.... Amigo, los hombres ricos tienen ustedes la tranquilidad en un hilo.
Volvió a petrificarse entonces don Simón; pero fue de abochornado al ver descubierta su ruin sospecha; y como para enmendarlo, respondió con grandes aspavientos:
—¡Ah, señor Ministro! Me juzga usted muy mal. Ya usted sabe que cuanto soy y tengo está a su disposición.
—Muchas gracias—contestó con sorna su excelencia—. Pero, felizmente, no se trata ahora de eso, sino de todo lo contrario.
—¡Cómo!—exclamó Peñascales abriendo mucho ojo.
—En una palabra, deseo demostrar a usted que el Gobierno es buen amigo de sus amigos, revelándole, en confianza, la ocasión de hacer un buen negocio.
—¡A ver, a ver!—dijo con ansia don Simón, arrimándose más al Ministro.
—Ya usted sabe—continuó éste—cómo estamos autorizados, por un rasgo de confianza que nunca agradeceremos bastante a las Cortes, no solamente para arbitrar recursos con los cuales podamos vencer los gra vísimos obstáculos que entorpecen la marcha desembarazada del Tesoro, ínterin se discuten los nuevos presupuestos, sino para decidir a nuestro gusto el cuándo y el cómo; en fin, que se nos han dado amplias facultades para contratar.
—Conformes.
—Pues bien: el Gobierno tiene ya su plan formado, su resolución hecha.
—Adelante.
—Y como usted es uno de sus mejores amigos, mis colegas y yo deseamos enterarle, antes que al público, de ciertos pormenores, a fin de que, como hombre de negocios, se prepare ... y ... ya usted me entiende.
—¡Tantísimas gracias! Pero esos pormenores....
—Voy allá. El Gobierno.... Y ¡por Dios!, sea usted en esto reservado como una mazmorra; el Gobierno va a hacer un empréstito por suscripción. Emitirá papel con un interés anual de veinte por ciento.
—¡Aprieta!
—Mis colegas y yo hemos creído que un cebo semejante es el mejor atractivo. Las oposiciones dirán que lo hacemos porque está el Tesoro en quiebra, y porque el que se ahoga no mira el agua que bebe; pero le aseguro a usted que quien tal diga no estará en lo cierto. Por su parte, el Ministro de Hacienda se compromete a demostrar a usted que el empréstito, a pesar de ese interés, se hace en condiciones ventajosísimas para el Estado.
—Posible es—observó don Simón arrugando la cara.
—No he concluído todavía—añadió su excelencia—. El papel se emitirá a setenta por ciento.
—¡Santa Bárbara!
—¡Otra ventaja para el suscriptor!
—¡Ya, ya!—refunfuñó don Simón.
—¿No le parece a usted bastante claro todavía el negocio?—preguntóle con picaresca sonrisa el Ministro.
—No es eso precisamente—respondió indeciso el diputado—. Es que, por regla general, no me gustan los negocios en papel.
—Pero cuando el papel produce un veinte y se compra con un descuento de treinta ...
—Bien, ¿y qué?
—Que con el cebo de ese interés extraordinario ..., ¡figúrese usted!
—Sí; pero no veo yo garantías ...
—¿Qué más garantía que el favor del público?
—Además, señor Ministro, y ésta es la pura verdad: yo no tengo en Madrid más fondos que los estrictamente indispensables para cubrir mis atenciones de familia, ni puedo distraer de mi casa de comercio grandes sumas.
—Pues si usted tuviera que hacer eso— dijo entonces el Ministro, encareciendo mucho sus palabras—, ¿qué importancia tendría la consideración que quiere guardar a usted el Ministerio?
—No comprendo ...
—¡Si cabalmente se trata aquí de que haga usted la jugada sin desembolsar un cuarto, o poco más!
—Si usted se explicara ...
—¿Cree usted, alma de Dios—continuó el Ministro exagerando el tono declamatorio de su discurso—, que un papel que se emite a setenta con un interés de veinte, no subirá otros veinte ..., diez, siquiera, al siguiente día de cubierto el empréstito ..., al abrirse éste quizá? Pues vende usted en el acto, y de este modo hace usted en un par de días el negocio del siglo.
—Sí: eso es el a b c del oficio—dijo don Simón con un poquillo de desdén—; pero ¿y si en vez de subir baja?
—Amigo, ¡si se cae el cielo!... Pero ¿cómo ha de bajar un papel semejante en cuatro días?
No era don Simón tan tirolés en negocios como en política; por lo cual estuvo largo rato defendiéndose de los desinteresados apremios del Ministro.
Pero la verdad es que le halagaba no poco la consideración de que, si bien se corrían riesgos al tomar un papel tan barato y de tan pingües rendimientos, en cambio, si lle gaba a mantenerse firme, se hacía el negocio más bonito que pudiera imaginarse. Y como tanto le empujaba el estímulo como le detenía el temor, faltábale energía para adoptar una resolución terminante.
En estas dudas le sorprendió S. E., que leía en su cara como en un libro abierto.
—¿Conque resueltamente no se anima usted?—le dijo, en su afán de obligarle más y más.
—El caso es arduo—respondió don Simón mirándose las puntas de los pies.
Conociendo S. E. que por aquel camino no llegaba al fin que se proponía, se resolvió a echar por el atajo, y, en consecuencia, se expresó así:
—Debe usted considerar, además, que el tomar ese papel será un acto eminentemente patriótico, atendidas las circunstancias extraordinarias que obligan al Gobierno a crearle.
—Sin duda alguna; pero ...—respondió don Simón, sin dar más lumbres.
—Tan patriótico—añadió el Ministro—, que, teniéndolo en cuenta el Gobierno, ha resuelto ..., ¡y esto sí que ha de ocultarlo usted hasta de su propia sombra!
—Por de contado—dijo don Simón, sintiendo excitada su curiosidad—. Y ¿qué es lo que ha resuelto?
—Distinguir de una manera honrosa a los seis mayores suscriptores.
—Y ¿cuál es esa manera?—preguntó don Simón entonces, cegado ya por la vanidad.
—Se trata—respondió el Ministro, hablando muy bajo y mirando alrededor, como si temiera ser oído—de repartir entre los seis citados suscriptores cuatro títulos nobiliarios y dos grandes cruces.... Y ésta es otra de las razones que yo he tenido, por encargo de mis colegas, y aun de S.M., para hablar a usted antes que a nadie; pues nos consta que el empréstito va a tener muchos golosos, y nosotros deseamos que sus ventajas recaigan en hombres tan dignos de ellas como usted.
Mucho amaba don Simón a su caudal; pero no hasta el punto de no ser capaz de sacrificar una gran parte de él a cambio de una corona para sus membretes y carruajes, y de un pergamino que le elevase al nivel de la más encopetada aristocracia. No podía el Ministro, por consiguiente, haberle puesto un cebo más estimulante. ¿Lo sabía S.E.? Yo no lo diré, aunque bien pudiera. Lo que me cumple consignar es que a don Simón se le llenó la boca de agua; le palpitó el corazón con inusitada violencia; le temblaron las piernas, y, como por encanto, le desaparecieron aquellos reparos que antes le impedían ver en la compra del papel un negocio ventajoso. ¿Por qué había de bajar el papel y no subir? Y si bajaba, ¿qué valdría toda la pérdida? Y de todas maneras, ¿cómo desairaba él a S. M. que, por lo visto, tenía empeño en ennoblecerle?
Todo esto y mucho más se le ocurrió a don Simón en un solo instante; y de tal modo influyó en su ánimo, que sólo le tuvo para decir al Ministro, con mucho miedo de parecer demasiado exigente:
—Si usted me permitiera meditar un poco sobre el particular ..., aplazar mi respuesta hasta dentro de unos días ...
Demasiado conocía el Ministro que semejante proposición era un modo, como otro cualquiera, de ocultarle don Simón que le había convencido la promesa del título nobiliario. Así es que, accediendo con gusto a su petición, le dijo después, para obligarle más:
—Una sola cosa debo añadir a usted, por remate de nuestra conversación; y es que el Gobierno, gracias al concurso de hombres tan importantes como usted, está asegurado para mucho tiempo, y que mientras viva, ese papel ha de merecerle una protección decidida.
—Mi apoyo—repuso don Simón, más blando que un guante—no ha de faltarle mientras yo le vea dispuesto a velar por los intereses del país.
—Mañana le daré a usted otra prueba más de que el bien del país es su único afán ...
—¿Mañana, dice usted?
—En el supuesto de que apoye usted su proposición ese día, como asegura hoy El Ariete.... Y a propósito: tiene usted buenos amigos en la Prensa.
Don Simón, que no había leído todavía la noticia que le citaba el Ministro, rindió en el fondo de su corazón un nuevo tributo de gratitud al incansable celo del diplomático, y respondió:
—Favor inmerecido que me dispensan.
—Justicia que se le hace a usted, amigo mío. Y aun me atrevería a asegurar a quién se la debe.
—¿De veras?—preguntó don Simón con ansiedad, creyendo llegada la ocasión de saber lo que deseaba acerca del joven Arturo.
—¡Es el mismo diablo ese chico!—dijo sonriendo S.E.
—Luego ¿le conoce usted?
—¿Y quién no le conoce en Madrid?... Digo, en el supuesto de que sea el que yo creo, como me lo dan a entender el periódico, el estilo de los sueltos y sus frecuentes paseos con usted en el salón de conferencias.
—¿Luego usted alude ...?
—Al insigne Arturo Marañas.
—En efecto, le conozco, pero superficialmente ...; quiero decir, que no hay entre nosotros ...
—Por supuesto, amigo mío. ¿Cómo había yo de creer que había otro género de tratos entre un hombre como usted y una persona semejante?
—Pues yo le creía un ... medio personaje—replicó don Simón, disimulando el mal efecto que le causaron las últimas palabras del ministro, que añadió:
—Hoy lo parecen todos, señor de los Peñascales.
—Y aun jurara—insistió éste—que le había oído decir que pertenecía al cuerpo diplomático.
Su excelencia soltó la carcajada.
—Luego ¿no es cierto?—exclamó don Simón—. Luego ¿no ha representado nunca a España en ninguna corte extranjera?
El ministro volvió a reírse con toda su alma.
Don Simón entonces soltó también su poco de carcajada; pero su risa era la del conejo. Después exclamó:
—Pero ¿es posible que con tal descaro se mienta?
—¡Si cabalmente lo que más gracia me hace en ese hombre—dijo al cabo S.E.—es su especial habilidad para mentir sin faltar por completo a la verdad!
—No comprendo ...
—¿A usted le ha dicho, quizá, que ha sido embajador?
—Poco menos ...; y que los gobiernos han combatido siempre en las urnas su candidatura, por el miedo que les inspiraba.
—¡Ja, ja, ja!
—Por lo cual no ha logrado todavía salir diputado.
—¡Ja, ja, ja!
—¿Conque no es cierto, eh?
—¡Ni con cien leguas!
—¡Qué demonio de chico!—exclamó entonces don Simón, pellizcándose los muslos.
—Recuerdo—continuó el ministro—que una vez se le dió una comisión extraordinaria, que nadie había querido aceptar, para la costa de Africa, con motivo de unos náufragos que estuvieron a punto de ser engullidos por aquellos bárbaros; y me consta que varias veces le han sido rechazadas sus pretensiones de presentarse en un distrito como candidato ministerial. A esto llama él, sin duda, pertenecer al cuerpo diplomático y ser temible a los gobiernos.
—¡Evidentemente!
—¡Ja, ja, ja!
—¡Ja, ja, ja!—repitió a regañadientes don Simón, creyendo saber ya demasiado y poniéndose en pie.
—¡Si hay cada gato en Madrid—díjole el ministro, levantándose también—, que se pierde de vista!... Y no lo digo precisamente por el joven Arturo, de quien, en honor de la verdad, nada sé que pueda afrentarle, aparte de ese afán que muestra siempre de darse una importancia que no tiene. Pero abundan otros pájaros de mucha cuenta, de los cuales hay que huir como de la peste.
—¡No me duermo yo sobre la paja!—observó don Simón, queriendo decir un chiste.
—Por lo demás—añadió S.E. llevándole hasta la puerta de su despacho—, excuso recomendarle de nuevo el asunto que aquí nos ha reunido, y la más completa reserva por unos días.
—En cuanto a reservado—dijo don Simón hinchándose mucho—, no es por alabarme; pero soy lo mismo que un alcornoque.
—Me consta, amigo mío—repuso el ministro sonriendo, quizás sin segunda intención.
Y nuestro diputado bajó las escaleras echando chispas. Se le figuraba que tardaba demasiado en llegar a su casa para cerrar las puertas de ella al diplomático de pega. Si el día antes hubiera hecho las averiguaciones que acababa de hacer respecto de este personaje, en el acto habría roto con él todo género de relaciones: ¿cómo no proceder así desde el momento en que estaba abocado a ser título de Castilla? ¿Qué diría la aristocracia vieja si le veía cultivando el trato de un charlatán semejante?... Pero ¿sería tiem po todavía de evitar algo que sospechaba? ¿Estaría Julieta tan resuelta como él a cortar todo trato con aquel hombre?... Pero si no lo estuviera, ¿cuándo mejor que entonces habían de servirle de algo sus derechos de padre y de jefe de familia?
En estas y otras cavilaciones, llegó a casa; tan oportunamente, que se encontró en ella al joven Arturo en íntima conversación con Julieta, mientras doña Juana se hacía la desentendida, removiendo sillas y muñecos que estaban muy en su lugar.
—Señor don Arturo—dijo sin otro ceremonial don Simón, al aparecer en escena—, tengo que hablar con usted, a solas unas cuantas palabras.
El interpelado, tan fino como siempre y no sospechando lo que iba a sucederle, tomó el sombrero que tenía sobre una silla, se levantó de la que ocupaba, y dijo al recién llegado:
-Estoy siempre a la disposición de usted.
Don Simón le condujo hasta el vestíbulo; y echando una mano al pasador de la puerta de la escalera, le dijo muy serio:
—Como yo nunca miento, creo siempre a los hombres por su palabra. Creyendo las de usted, le abrí mi corazón y las puertas de mi casa. Hoy he sabido que no es usted digno del uno ni de la otra, y le planto de patitas en la calle.
Y abrió la puerta de par en par.
Arturo, de pronto, se puso pálido; pero recobrando en seguida su serenidad, calóse el sombrero, y respondió con descaro y cierta altivez:
—Nada hay en mi vida cuyo recuerdo pueda abochornarme; por lo tanto, le exijo a usted una explicación de esas palabras que me ha dirigido en son de afrenta.
—¡No necesito dar más explicaciones que ésta!—dijo don Simón, empujándole hasta la escalera y cerrando en seguida la puerta.
Arturo, al verse tratado así, rugió de ira; y no sabiendo qué partido tomar en momentos tan críticos, satisfízose, por de pronto, con arrimar la boca al ventanillo y gritar con todas sus fuerzas:
—¡Estúpido!... ¡Tiembla por ti!
Y bajó en seguida la escalera, como si le llevaran los demonios.
Pero don Simón oyó la amenaza y tembló; no de miedo a la muerte, sino de horror a la palabra ¡estúpido! con que le bautizaba aquel hombre, el mismo que tantas veces había ponderado su talento. ¿Cuándo le había dicho la verdad?
Aturdido por esta duda, se dirigió al gabinete en que habían quedado su mujer y su hija; y sin tomar nuevo aliento, les refirió lo que acababa de hacer y lo que, como causa de ello, le había contado el ministro. Doña Juana se quedó hecha una estatua; pero a Julieta le centellearon los ojos. Pocos momen tos después se enredaba una agitadísima discusión entre aquella familia, hasta entonces modelo de paz y de armonía. Don Simón estaba resuelto a que Arturo no volviera a poner los pies allí. Julieta, que había sabido por multitud de respuestas, arrancadas a su padre, que en la conducta de aquél no había de censurable más que el afán de darse importancia, protestaba contra una medida tan violenta; y doña Juana apoyaba a su hija. Don Simón insistía en sus propósitos, y se abroquelaba en sus indiscutibles derechos.
Pero Julieta era más difícil de someter de lo que a su padre se le había figurado hasta entonces. Bajo aquella capa de glacial desdén, se ocultaron siempre un corazón fogoso y una voluntad de hierro. Sólo había faltado a estos elementos, para dejarse sentir en toda su fuerza poderosa, algo que los estimulara. Este estímulo le tenía ya en Arturo, en su recuerdo gratísimo.
—En la ciudad—dijo, entre otras cosas, Julieta a su padre—, todos los pretendientes a mi mano le parecieron a usted indignos de ella, por juzgarlos hombres de poca importancia; y como ninguno me interesaba, renuncié a ellos sin grande esfuerzo. En Madrid, parecía haberse hallado el tipo del marido que me convenía. Presentáronmele, hiciéronme conocer su talento y su hermosura; y cuando ha llegado a interesarme, cuando quizá ... le amo, se le arroja para siempre de mi lado por un delito que es cabalmente, aunque en otra forma, el pecado capital de mi propia familia. ¡Y se pretende ahora que con la facilidad con que se le cierran las puertas de esta casa, le cierre yo las de mi corazón!... ¡Esto es imposible!
Don Simón no supo qué responder a esta parrafada. Estaba admirado de su hija, a quien jamás había creído mujer de tal tesón ni de semejante elocuencia. En cuanto a doña Juana, no sólo la aplaudió con todas sus fuerzas, sino que la dió un apretado abrazo.
Entonces comprendió don Simón que no bastaban sus propios elementos para conjurar los que se le ponían enfrente, y se decidió, como los malos predicadores, a sacar el Cristo para conmover más fácilmente. Así, pues, confió a su mujer el secreto del fascinador título nobiliario, y la preguntó en seguida, con el acento más dramático que pudo, si le parecería regular proteger los amores de su hija con un perdulario semejante, cuando estaba próxima a ceñir sus sienes ... acaso con la ducal corona.
No se engañó don Simón, en cuanto al efecto que se prometía, en su mujer a lo menos, de este argumento; pues doña Juana, como si le hubiera recibido en medio de la nuca, descompuesta y febril, comenzó a fulminar tempestades sobre su hija, porque, con sus locos amores, quería desautorizar a su familia ante la ilustre clase a que ya se daba por perteneciente.
Al ver tan loca intemperancia, Julieta, por toda respuesta, miró a su madre con un gesto que daba la medida exacta de la capacidad de doña Juana; lanzó otra ojeada no menos expresiva ni más lisonjera a su padre, y salió del gabinete para encerrarse en el suyo, en el cual devoró en silencio muchas lágrimas de ira, y tal vez echó los cimientos de algún propósito rebelde.
Y como don Simón no tenía mucho tiempo que perder, se fué a su despacho, desprendiéndose a duras penas de su mujer, que no se cansaba de preguntarle cómos y cuándos, y se puso a escribir al encargado de su casa de comercio, ordenándole que, a vuelta de correo, le librase cuantos fondos tuviera disponibles y le dijera con qué otros podría contar y en qué fechas.
En seguida se dedicó a repasar su discurso, el cual debía pronunciar al día siguiente. Pero ¡con qué ánimos ensayaba! La discordia había entrado ya en su casa, y el hombre que debía ser su panegirista al otro día, acababa de llamarle ¡estúpido! a sus barbas, y probablemente se lo repetiría muy luego en letras de molde. ¡Oh!..., ¡si le hubiera sido posible retirar del Congreso su proposición! ¡Si el demonio no le hubiera tentado para presentarla! ¡Si, a lo menos, los compromi sos de su posición jerárquica le hubieran permitido retardar unos días el rompimiento!... Pero ya no tenía enmienda. El abismo estaba abierto, y era preciso lanzarse sobre él. A bien que al otro lado le esperaban un ilustre pergamino, objeto de las ambiciones de la mitad de su vida, y la gloria de su nombre en la admiración del país. ¿No era corto el espacio comparado con las alas?
CAPÍTULO XX
Y llegó el instante fiero.
Un secretario leyó en el Congreso la proposición de nuestro diputado, y el presidente dijo en seguida:
—El señor de los Peñascales tiene la palabra para apoyarla.
Jamás oyó el aludido un estruendo tan horripilante como el que formaron estas palabras en sus oídos.
La proposición, por sus extraños términos, había adquirido cierta celebridad en el Congreso, y el orador se estrenaba con ella. Todo esto contribuyó a que los diputados, contra lo que esperaba don Simón por único consuelo, permaneciesen en sus bancos. El trance en que se le ponía era superior a sus fuerzas. Y para acabar de perderlas, en el momento de levantarse para hablar, vió en la tribuna de periodistas, que tenía en frente, a su jurado enemigo, de pie, en primer término, con el lápiz en una mano y el papel en la otra, mirándole con ojos de basilisco. Más que a tomar nota de las palabras del diputado, parecía dispuesto a dibujar su caricatura. Las demás tribunas, llenas como siempre. Felizmente su familia se había quedado en casa, por no querer Julieta salir de ella.
Pálido como la muerte, y trémulo de espanto, se levantó don Simón de su banco, y se apoyó con ambas manos en el delantero. Quiso hablar y le faltó la voz. Pidió por señas un vaso de agua, y mientras se le traían, se limpió la boca con el pañuelo; tosió e hizo cuanto es de rigor en casos de angustia semejante. Un ujier se le acercó con dos vasos llenos en una bandeja. Bebióse el contenido de uno sin resollar. Poco después halló voz en su garganta, y dijo: «Señores diputados.... » ¡Nueva dificultad! No se le oía. Quiso decirlo más recio, y lo dijo a gritos. (Risas.) Bajó de tono, pero no se puso en el conveniente. Así recorrió todos los de la escala, y no dió con la tessitura hasta la séptima embestida. Pero había perdido en el tanteo la poca serenidad que le quedaba. Entonces se tragó el segundo vaso de agua; y al ver desocupados los dos, el ujier puso a su lado otra bandeja con otros tres. (Carcajadas en escaños y tribunas.) Don Simón sintió entonces trocarse su angustia en des esperación. Hizo un esfuerzo supremo, y se tiró de pechos al asunto, como pudiera haberse tirado desde un balcón a la calle, si junto a sí le hubiera tenido abierto. ¡Así salió ello! En su vértigo desatentado, trocó todos los frenos; y viendo las cosas del revés, pidió que se abriera un canal en cada habitante de su provincia, y que se eximiera del pago de la contribución a todas las carreteras de aquel país, como era justo ... y contingente, según pensaba demostrarlo. Pero la ebullición del Congreso llegó entonces a parecerse a una tempestad, y el honorable diputado, sintiendo hundirse el suelo bajo sus plantas y desplomarse el techo sobre su cabeza, cortó de pronto el hilo de su enmarañado discurso, y concluyó en seco. Levantóse en seguida en el banco azul su amigo el ministro de la Gobernación, a asegurar al aturdido diputado que el Ministerio estaba dispuesto a secundar, en cuanto le fuera dable, el propósito contenido en la proposición que acababa de apoyarse; mas a pesar de esto y de haber sido tomada en consideración por el Congreso, don Simón no pudo consolarse. La corrida que acababan de darle había sido mayúscula, y temblaba también por la que le daría «el país» si leía su discurso tal cual había sido pronunciado.
Por ver si tenía enmienda, se fue más tarde a la redacción del Diario, y allí le tran quilizaron un poco. Siguiendo la costumbre establecida, se le dijo que se pondría lo que él quisiera, para lo cual dejó sobre la mesa todo su discurso, tal como se le había corregido Arturo cuando aún era su amigo.
Del mal, el menos.
Aquella noche se acostó temprano y no durmió; pero, en cambio, sudó copiosamente.
Al otro día no tuvo valor para hojear los periódicos de oposición; pero una fuerza irresistible le hizo fijarse en El Ariete. Primero leyó su discurso en el extracto de la sesión, y se admiró al ver qué bonito estaba. En seguida clavó su vista en la Crónica parlamentaria; y entonces estuvo a pique de morirse de repente, al leer, entre otros, nada lisonjeros para él, estos renglones:
«La proposición del diputado Peñascales, célebre desde ayer en los fastos parlamentarios, es una verdadera monstruosidad en la forma y en el fondo; y bien seguro es que no hubiéramos dicho de ella lo que dijimos al anunciarla, si la hubiéramos conocido entonces como la conocemos ahora. Esa misma monstruosidad hace muy difícil, si no imposible, que se la pueda presentar a la Cámara como hija de una verdadera necesidad de los pueblos, a cuyo beneficio se encamina. Para empresa tan colosal no bastan las fuerzas del más hábil tribuno. ¡Qué efec to había de causar ante las Cortes, apoyada por un ignorante ridículo, que cree que es lo mismo sumar columnas de guarismos qué hablar ante la representación del país! Responda por nosotros la sesión de ayer. Y cuenta que no sentimos lo ocurrido en ella por la gloria del orador, corrido allí como una liebre, pues por muchas que sean sus presunciones, no debe, en su estulticia ingénita, aspirar a mayores triunfos; sino por el prestigio del Parlamento y por la dignidad del Ministerio, que acogió bajo su amparo un asunto que pasó los límites de lo grotesco.»
Cuando tales cosas decía de él un diario ministerial, que poco antes le había puesto en los cuernos de la luna, ¿qué no dirían los que, amén de ser de oposición, no tenían que guardarle miramiento alguno? Jamás supo el pobre hombre hasta qué punto le maltrató aquel día la prensa de todos matices. Y no fué poca su suerte en ignorarlo, pues la sospecha de ello solamente le tuvo tres días en la cama, a caldo colado.
Cuando se levantó, entre la montaña de cartas que se le habían aglomerado en la mesa de su despacho, halló tres que merecieron su preferencia. La una era de sus amigos de la ciudad, que le felicitaban por el triunfo obtenido en las Cortes al defender tan brillantemente los intereses de su país. «Con este golpe—le decían entre otras co sas—, ha tapado usted la boca a los que aquí se permitían murmurar de su ciego ministerialismo, bien probado con el voto que dió al Gobierno en la cuestión del empréstito.»
Revivió con esta incensada el amortiguado espíritu de don Simón, y en el acto se puso a contestar a sus amigos, dándoles las gracias y asegurándoles que en la ya próxima discusión de los presupuestos demostraría a sus murmuradores cuán leve era su adhesión al Ministerio, comparada con su amor al país que representaba.
La segunda carta era de su apoderado. Le remitía letras por valor de veinte mil duros, y ponía a su disposición cuarenta mil más para dentro de quince días, y otros veinte mil para fin de mes, fechas en las cuales tenía la casa esos vencimientos que cobrar de las acreditadísimas A ... y B ..., y cubiertas todas sus atenciones del momento.
La tercera carta era del ministro, el cual le participaba, en confianza, que el empréstito estaba a punto de abrirse.
El caso era de apuro para don Simón. Resuelto a hacer una hombrada en lo del empréstito, los ochenta mil duros de que podía disponer le parecieron poca cosa, y, por consiguiente, una miseria los veinte mil del momento. ¿Qué valían éstos para aspirar él, como principal suscriptor, a la ofrecida recompensa? ¡Habría tantos banqueros que le aventajarían por triplicado! Podía ir comprando papel a medida que le fueran remitiendo fondos; pero ¿y si se cubría el empréstito el primer día? ¡Adiós título nobiliario entonces!... No le quedaba otro remedio que hacer dinero a todo trance; y lo más sencillo le pareció girar a cargo de su casa las cantidades, y a las fechas marcadas por su apoderado, y negociar las letras en la Bolsa.
Y así lo hizo.
CAPÍTULO XXI
Don Simón consiguió muy fácilmente ser, no de los primeros, sino el primero entre los primeros suscriptores, porque el empréstito tuvo pocos golosos. Pero el Ministro no le concedió el ofrecido premio. Al abrirse aquél, volvió a combatirle, desbordada, la prensa de oposición; probó, sin gran dificultad, que semejante operación era el síntoma más evidente de la bancarrota que amenazaba; cundió la desconfianza, y del primer tirón bajó el papel diez por ciento. ¿Cómo había de colocarse el resto? Y no colocándose todo, ¿cómo había de saber el Gobierno quién merecía los títulos de nobleza y las grandes cruces?
Pero ¡bueno estaba el Ministerio para pensar en tales fruslerías! Al desastre del empréstito había seguido otro no menos grave para los Ministros. Una contradanza de gobernadores y una hornada de altos funciona rios se habían hecho indispensables en aquellos días; y como las vacantes eran menos que los diputados ministeriales, hubo entre éstos disgustos, discordias y desavenencias, ya por razón de despecho, ya por razón de estómago; cundió la indisciplina, y de la noche a la mañana se halló el Gobierno en grave riesgo de perder la mitad de sus huestes. Entonces tomó la política ese aspecto edificante, que es la delicia de los hombres libres y la mostaza del sistema. Cabildeos por acá, reuniones por allá, ofertas de este lado, súplicas del otro, grupos en aquel rincón, voces en este pasillo, citas a deshora, carruajes que van, personajes que intervienen.... Y entretanto, la prensa hablando de crisis; refiriendo idas y venidas; resultados que se esperan; fines que se temen; bofetones que se dieron, y lances de honor que se arreglan.
Para colmo de complicaciones, había empezado en el Congreso la discusión de los presupuestos, ¡cosa rara!; y el Gobierno, que había prometido dejar la cuestión libre a sus diputados, como las oposiciones le cercenaban los ingresos y el empréstito no se cubría, no tuvo más remedio que hacer cuestión de gabinete la aprobación de ciertos capítulos.
Entonces fué cuando Peñascales perdió la serenidad y se echó de bruces en el agitado mar de la política.
Su situación no era para menos. Por com promiso adquirido con sus amigos y aun con su propia conciencia, debía votar todo aquello que tendiera a aliviar las cargas de los agobiados pueblos.... Y cabalmente iba a darse la batalla primera en los artículos que recargaban desatentadamente la propiedad territorial, ya de muy antiguo gravada con impuestos insoportables. Y él era representante de un distrito rural! Pero tenía comprometida la mitad de su fortuna, acaso toda ella al día siguiente, en un negocio cuya única garantía era la conservación del Ministerio que le había metido en el ajo; Ministerio a la sazón tan inseguro por las deserciones ocurridas en sus filas, que un solo voto de más o de menos podía salvarle o perderle. ¿Cómo votaba él con la oposición?...
No vaciló siquiera. Con cuerpo y alma se dedicó, y con mayor empeño a medida que el día funesto se acercaba, a predicar la paz y la concordia entre las fuerzas disidentes. ¡Loco intento el suyo!... Aquellos políticos, al revés que él, cuando más hundido veían a un Gobierno, con menos interés le miraban; y en cuanto le consideraban moribundo, como ya nada podía darles, corrían a agruparse en derredor de los hombres indicados para sucederle en el poder.
Cuando don Simón se hubo penetrado de esta ya vieja teoría parlamentaria, se dió a los demonios, y hasta se atrevió a decir iracundo a algunos desertores:
—Pero ¿qué patriotismo es ése? ¡Ayer apoyando al Gobierno, como al mejor de los posibles, y hoy combatiéndole por una nimiedad!
—Y ¿qué patriotismo es el de usted?—le contestaron.—¡Votar contra los intereses de los pueblos, por salvar los que tiene usted comprometidos con esta gente!
La réplica no tenía vuelta; y ya sudaba don Simón por falta de una, cuando el Ministro se le acercó. Insinuándosele éste con un discreto tirón de la levita, le llevó hasta el pasillo más obscuro, y allí le dijo muy callandito:
—¡Animo, amigo mío! La cosa marcha bien. ¡Firme con ellos, y cuidado con dejarse seducir por esa patulea de hambrientos! Su título de usted está firmado ya, y el empréstito cubierto, a juzgar por las últimas noticas transmitidas al Gobierno.
Y dejando a don Simón más turulato de lo que estaba, cogía S.E. a otro diputado y le decía algo que pudiera halagarle; mientras a Peñascales le agarraba un disidente, y pintándole con vivos colores la situación de la patria, y ofreciéndole en nombre de su partido torres y montones, ponía al Ministerio y a los ministeriales como trapos de fregar.
Y en estas vertiginosas evoluciones, todo el Congreso durante muchos días; el Ministerio prolongando el debate cuanto le era dado para alejar la votación hasta tanto que pudiera ganarla, o convencerse de que la tenía perdida; la prensa desatada, y los centros administrativos cruzados de brazos, esperando la resolución de la inminente crisis que acabaría con un cambio completo del personal; en el cual caso, ¿para qué dar una plumada más?
Entretanto, la muerte del Gobierno era inevitable. Los diputados que le quedaban fieles, lo eran a causa de haberse visto complacidos en aquello mismo en que habían sido desairados los disidentes. ¿Cómo atraer a éstos y no perder a los otros, no habiendo cebo para todos?
Y el día de la votación avanzaba rápido, a pesar de los subterfugios del Gobierno; y los periódicos se desgañitaban descomponiendo en cifras las fracciones del Congreso. Según el cálculo más lisonjero que podían hacer los ministeriales, el Gobierno iba a ser derrotado ¡por tres miserables votos!
—¿Para cuándo son las pulmonías y los cólicos cerrados?—exclamaba, al leerlo, don Simón en su despacho, y sin pararse ya en barbaridad más o menos.
¿Reflexionaba así el Ministerio? Tal vez; pero no se le traslucía. Nada más fácil a éste que inutilizar media docena de diputados hostiles por medio de otros tantos autos de prisión, o de falsos telegramas que los alejasen de Madrid el día crítico; pero ¿estaba él seguro de que apelando a estos extremos, aunque muy parlamentarios, nada buenos, no le exterminasen las oposiciones otros tantos auxiliares, con una paliza, por ejemplo?
No había, pues, otro remedio que tomar los acontecimientos como se presentaran.
Y llegó así el día fatal; y aunque los cabildeos y la efervescencia no cesaron un instante, y don Simón votó con tal ira y tal ímpetu que arrancó carcajadas a las tribunas, el Gobierno perdió el pleito; y como no tenía a la mano un decreto dado por la regia prerrogativa, dióse por muerto y presentó su dimisión.
Peñascales entonces, creyendo ver un abismo abierto a sus pies, cayó con un síncope, entre la rechifla de las huestes victoriosas.