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Los Ladrones de Londres

Chapter 12: CAPÍTULO X.
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About This Book

The narrative follows an orphan boy who endures harsh treatment in institutional care and apprenticeships, then flees to a city where he becomes entangled with a gang that trains children to steal. Kind strangers intermittently offer refuge while criminal figures exploit and endanger him, and a young woman connected to the gang makes a sacrificial attempt to help him escape its reach. Events expose corruption and hypocrisy in social institutions, alternate scenes of violence and compassion, and gradually reveal the boy's true parentage and prospects for a secure future. The work combines social critique with melodrama to examine childhood, poverty, and moral responsibility.

—Fagin! —dijo el Camastrón dirijiéndose al viejo —Os presento mi amigo Oliverio Twist.

Aquel sonrió, y haciendo un profundo saludo á Oliverio, le cojió la mano diciéndole tendria el honor de relacionarse con él.

—Estamos muy contentos de verte. —añadió —Camastrón! Saca esas salsichas de la sarten y acerca ese taburete á la lumbre para que Oliverio se sienta, coma y se caliente. Ah! miras los pañuelos de faltriquera de sobre aquel cofre amiguito? Algunos no son malejos he? Justamente acabamos de contarlos para mandarlos á lavar... esto es todo; todito... Ah! ah! ah!

La risita del judío exitó la hilaridad de sus jóvenes comensales y en medio de carcajadas estrepitosas continuaron la cena.

Oliverio tomó su parte de ella. Luego el judío le llevó un vaso de ginebra y agua caliente recomendándole lo bebiera de una sola vez para pasar el cubilete á otro; pero á penas lo hubo tragado se sintió atraer suavemente sobre unos sacos amontonados en un rincon y se durmió profundamente.

CAPÍTULO IX.

ALGUNOS DETALLES CONCERNIENTES AL VIEJO CHISTOSO Y SUS ALUMNOS SOBRESALIENTES.

ERA ya tarde cuando Oliverio se dispertó á la mañana siguiente. En el aposento no habia mas que el viejo ocupado en hacer hervir café y silvando por lo bajo mientras lo removia con una cuchara de hierro. De vez en cuando se paraba para escuchar al menor ruido que oia y cuando habia satisfecho su curiosidad volvia á remover el café y á silvar de lo lindo.

Despues que el café estuvo hecho, puso la cafetera en el suelo y no sabiendo como matar el tiempo, se volvió maquinalmente hacia Oliverio y le llamó por su nombre. Era probable que el niño dormia, porque no respondió. Luego que se hubo asegurado de ello se dirijió de puntillas á la puerta y la cerró con los cerrojos. En seguida á lo que le pareció á Oliverio (que realmente no dormia) levantó un ladrillo del pavimento; sacó de un hoyuelo practicado debajo de el una cajita, y la colocó sobre la mesa. Sus ojos brillaron al levantar la tapadera y al sumerjir dentro de ella su mirada. Por último acercando una silla vieja, se sentó y sacó de la caja un reloj de oro magnífico y resplandeciente de diamantes.

—Ah! ah! —dijo encojiéndose de hombros y haciendo una mueca horrible —Eran ellos unos famosos conejos! unos verdaderos hurones! Firmes hasta el fin! Incapaces de decir al negro bonete donde esto se encontraria! Jamás, jamás han vendido al viejo Fagin! Además ¿les hubiera servido esto acaso para librarse del balanceo? Pamema! Tampoco se hubiera aflojado el nudo escurridizo. No, no! Ah! Eran buenos vivientes! Famosos conejos!

Haciendo estas reflecciones y otras de la misma naturaleza, el judío volvió el reló á su sitio primitivo. Otros cinco ó seis por lo menos fueron sacados sucesivamente de la misma caja y pasados en revista con la misma satisfaccion, como tambien sortijas, alfileres, braceletes y otros artículos de joyeria de una materia tan magnífica y de un trabajo tan precioso que su vista tenia á Oliverio en babia.

Despues de haber colocado el judío estas joyas en su sitio anterior tomó otra tan pequeña que la tenia en el hueco de su mano. Esta parecia tener cincelada una inscripcion muy diminuta, porque la puso sobre la mesa y garantizándola de la falsa luz poniendo la mano ante ella, la examinó largo tiempo con la mas viva atencion. En fin renunciando á la esperanza de descifrar aquella leyenda remitió la joya en la cajita inclinándose en el respaldo de su silla.

—Magnífica cosa la pena capital! —murmuró entre dientes— Los muertos no regresan para bachillerear. Oh! Es una gran garantia para el comercio! lineó de ellos enfilados en la misma cuerda y ninguno tan ruin para desembuchar el secreto!

Al decir esto el judío que hasta entonces habia tenido sus ojos negros y penetrantes sobre la joya en un estado de fijeza estática los dirijió á Oliverio y viendo que el niño le miraba con muda curiosidad, comprendió que habia sido observado. Entonces cerrando bruscamente la cajita, se apoderó de un cuchillo que estaba sobre la mesa y se levantó furioso. Sin embargo no estaba seguro, pues Oliverio á pesar de su espanto pudo notar que el cuchillo temblaba en la mano del viejo.

—Por vida de! —esclamó el judío —¿Me espiabas? Estabas dispierto? Que has visto? Oh! habla... niño! responde pronto! va en ello tu vida!

—No he podido dormir mas tiempo señor! —respondió Oliverio —siento haberos interrumpido.

—Tu no estabas dispierto hace media hora he? —preguntó el viejo con acento estraviado.

—No señor es la pura verdad! —repuso Oliverio.

—Estás de ello seguro? —gritó el judío dando á su mirada una espresion mas feroz y tomando una actitud amenazadora.

—Si, si señor! lo juro! —replicó el niño con ansia —Os aseguro que no estaba dispierto! de toda verdad! de toda verdad!

—Cállate; cállate! —dijo el judío recobrado de repente sus maneras ordinarias y aparentando jugar con el cuchillo antes de volverlo sobre la mesa para dar á entender que no lo habia cojido mas que por broma —Ya lo sabia buen amigo y esto no era mas que para darte miedo, para reirme. Sabes hijuelo mio que eres un valenton! Ah! ah! eres un valenton Oliverio! —Mientras decia esto frotaba sus manos con falsa sonrisa y no dejando de mirar la cajita con alguna inquietud. Luego poniendo su mano sobre la tapadera añadió despues de un momento de silencio. —Has visto tu algunas de esas cosas hermosas amigo mio?

—Si señor. —respondió Oliverio.

—Ah! —hizo el judío cambiando de color —Estos son... es mi pequeño haber Oliverio; es mi propiedad, todo lo que tengo para descansar en mis viejos días! El mundo dice que soy avaro; si amigo mio, solamente avaro; nada mas que esto.

Oliverio pensó que efectivamente el viejo señor debia ser avaro pues que vivia en un sitio tan miserable con tantos relojes; imaginándose luego que tal vez su ternura por el fino camastron y los demás muchachos le costaba mucho dinero no dejó de tenerlo en mayor estima y le preguntó respetuosamente si podia levantarse.

—Ciertamente amigó mio! ciertamente! —respondió él viejo judío —Espera; detras de la puerta hay un cantaro de agua: traelo aquí: voy á darte una cofaina para lavarte.

Oliverio se levantó, atravesó el aposento y se bajó para tomar el cantaro; cuando se volvió la cajita habia desaparecido.

Apenas habia concluido de lavarse y poner cada cosa en su sitio despues de haber arrojado el agua de la cofaina por la ventana á tenor de las órdenes del judío, cuando el fino camastron Volvió á entrar acompañado de uno de sus amigos, jóven alegrillo que Oliverio habia visto la víspera anterior. Este le fué presentado con todas las fórmulas debidas, como que era el Señor Cárlos Bates. Cada uno se sentó á la mesa y comió con el café bollos todavia calientes y jamon que el Camastron habia traido en la copa de su sombrero.

—Y bien amigos! —dijo el judío lanzando sobre Oliverio una mirada maligna el propio tiempo que se dirijia al Camastron —Espero que habreis estado en el taller esta mañana.

—Un poco abuelo! —respondió el Camastron.

—Y con unas ganas deliciosas! —repuso Cárlos.

—Vaya, vaya! sois buenos chicos; muy buenos chicos! —dijo el judío —Que es lo que tu has traido Jaime?

—Dos agenda —respondió este.

—Guarnecidos he! —preguntó él viejo con interes.

—Asi asi... —replicó el Camastron sacando de su faltriquera dos agenda la una colorada y la otra verde.

—No tan macisos como deberian! —esclamó el viejo despues de haber examinado el interior con una atencion escrupulosa —Pero con todo no deja de ser un trabajo exquisito: de mano maestra.

No es así Oliverio?

—Oh! de un trabajador muy hábil os cierto señor! —respondió Oliverio.

—Aquí el Señor Cárlos esplotó en una estrepitosa carcajada con grande asombro de Oliverio que no veia en ello ningun motivo de risa.

—Y tu viejecito! —dijo Fagin á Cárlos —Que es lo que tu nos traes?

Pingajos. —respondió maese Bates sacando cuatro pañuelos de faltriquera.

—Bravo! —repuso el judío despues de haberles pasado revista —No son malejos á fé mia! Si; pero no los has señalado bien; será preciso quitarles estas marcas con una aguja, y ya enseñaremos á Oliverio como es preciso gobernarse para ello.

—Te gustará aprenderlo Oliverio! he?

—Si señor! —respondió Oliverio.

—Gustarias de hacer el moscardon con tanta maestría como Cárlos Bates ¿no es así amigito? —preguntó el judío.

—Oh! si señor: me gustaria mucho. Si quisierais enseñarmelo?

—Maese Bates vió en esta peticion algo de chistoso, pues esplotó en una nueva carcajada que habiéndole hecho tragar el café malamente, poco faltó para que no le ahogase.

—A la verdad es bien nuevo! —dijo luego que se hubo repuesto, como para excusar su conducta impolítica.

El Camastron pasando su mano por la cabeza de Oliverio y aplanándole los cabellos sobre su frente dijo que pronto sabria bastante. En esto el judío viendo que el rostro del niño se ponia colorado, cambió de conversacion preguntando si habia habido mucha gente en la sentencia de muerte que habia tenido lugar en aquella misma mañana. Esto sorprendió tanto mas á Oliverio comprendiendo por las respuestas de los dos muchachos que habian asistido á ella y no podiendo darse razon como habian tenido tiempo bastante para haber sido tan laboriosos.

Despues de levantada la mesa, el viejo chistoso y los dos muchachos empezaron un juego tan curioso como poco comun. El primero metió una petaca en uno de los bolsillos de su pantalon y una cartera en el otro; en la faltriquera de su chaleco un reloj unido á una gruesa cadena de seguridad que pasó al rededor de su cuello y clavando en la pechera de su camisa una aguja de quincalla se abotonó hasta debajo la barba; luego colocando el estuche de sus anteojos y su pañuelo en los bolsillos de su leviton, se paseó arriba y abajo del aposento empuñando un baston, del mismo modo que vemos á nuestros viejos señores en las calles á cada momento del dia. Unas veces se paraba ante la chimenea; otras á la puerta finjiendo examinar las mercaderias en los aparadores de las tiendas. En ciertos momentos, miraba á su alrededor y tentaba alternativamente sus faltriqueras para asegurarse de que no le habian hurtado nada y esto lo hacia tan naturalmente que Oliverio se desternillaba de risa. Durante este tiempo los dos mozalvetes le seguian de cerca evitando tan diestramente sus miradas cada vez que se volvia, que era imposible al ojo seguir sus movimientos. Al fin, el Camastron le picó los talones y Cárlos, tropezó con él (se entiende sin hacerlo expresamente) y en el propio instante le birlaron en un decir Jesus y con la mas asombrosa destreza, petaca, cartera, reló, cadena de seguridad, ajuja, pañuelo de faltriquera y hasta el estuche de los anteojos. Si el viejo señor sentia una mano en una de sus faltriqueras, decia en cual y volvia á empezar el juego.

Rato habia que se estaba repitiendo esta diversion, cuando dos jóvenes señoritas entraron á hacer visita á los dos señoritos. La una se llamaba Betsy y la otra Nancy. Sus cabelleras naturalmente espesas, se ostentaban algo descuidadas del peine; sus zapatos no llevaban cordones y sus medias iban tiradas con mucha negligencia. Tal vez no eran lo que puede llamarse precisamente bonitas; pero tenian subidos colores, abultadas mejillas y parecian bastante alegrillas. Como manifestaban ademanes excesivamente libres y desenvueltos, Oliverio pensó que debian ser muy amables (y lo eran sin ninguna clase de duda.)

Las tales señoritas se quedaron un buen rato y habiéndose traido algunas botellas de licores en atencion á haberse quejado una de ellas de que tenia el estómago seco, la conversacion se hizo viva y animada. Al fin Cárlos dijo era de opinion que habia ya llegado el buen tiempo de trillar la cemilla, expresion que Oliverio entendió por salir; porque inmediatamente el Camastron, Cárlos y las dos señoritas se marcharon juntos provistos de algun dinero que les dió el bueno del judío para refocilarse durante el camino.

—Y bien amigito! No te parece agradable esta vida? —dijo Fagin —Ya se han marchado por todo el dia!

—Y han concluido su trabajo Señor? —preguntó Oliverio.

—Si; á menos que no encuentren ocupacion en el camino; entonces, no se estarán con las manos plegadas, está seguro. Toma ejemplo de ellos hijo mio: toma ejemplo de ellos! —continuó golpeando el suelo del hogar con el badil como para dar mas fuerza á sus palabras —Haz todo lo que te digan y consúltales en todo, especialmente al Camastron. Este llegará muy alto y tú lo mismo si lo tomas por modelo. ¿Acaso sale el pañuelo de mi faltriquera amiguito? —dijo interumpiéndose secamente.

—Si señor. —respondió Oliverio.

—Prueba pues un poquito si podrias sacarlo sin que yo lo advirtiese, del mismo modo que has visto hacerlo, cuando nos divertíamos hace poco.

Oliverio levantó la faltriquera con una mano como habia visto hacerlo al Camastron y con la otra tiró ligeramente el pañuelo.

—Esta hecho? —preguntó el judío.

—Ahí lo teneis señor! —contestó Oliverio enseñándoselo.

—Eres un muchacho muy diestro amiguito! —dijo el viejo adulador pasando su mano cadavérica sobre la cabeza de Oliverio en señal de aprobacion —No he visto un chico mas hábil. Toma é aquí un schelling para ti. Si continuas de este modo serás el mas grande hombre de tu siglo. Ahora ven aquí para que te enseñe á quitar las señales de los pañuelos.

Oliverio se preguntó á sí mismo que tenia de comun la accion de escamotear divirtiéndose el pañuelo del viejo con la espectativa de llegar á ser un grande hombre; pero refleccionando que por ser el judío de muchísima mas edad que el debia ser mas sabedor de ello, se arrimó á la mesa y pronto fué entregado profundamente á su nuevo estudio.

CAPÍTULO X.

OLIVERIO SE ENTERA MEJOR DEL CARÁCTER DE SUS NUEVOS COMPAÑEROS, Y ADQUIERE EXPERIENCIA Á COSTAS SUYAS. —IMPORTANCIA DE LOS DETALLES CONTENIDOS EN ESTE CAPITULO.

DURANTE muchos dias Oliverio permaneció en la estancia del judío quitando las señales á los pañuelos de faltriquera que llegaban en tumulto al domicilio y algunas veces tomando tambien parte en el susodicho juego, en el que este y los dos mozalbetes se ejercitaban regularmente todas las mañanas. Al fin; comenzó á tener ansia de respirar el aire libre y buscó muchas ocasiones para pedir al viejo le dejará salir para trabajar junto con sus camaradas.

Deseaba con tanto mas ardor el ser puesto en actividad por haber visto un canto de la moral austera del viejo señor. Cada vez que el Camastron ó Cárlos Bates volvian por la noche con las manos vacias, les suministraba una larga Filipica, estendiéndose largamente sobre los males que engendran la pereza y la ociosidad, y para gravar mas fuertemente esta verdad en su memoria, los enviaba á la cama sin cenar. Una vez entre otras los arrojó escaleras abajo; pero este esceso de celo en el virtuoso viejo, no siempre era llevado hasta este punto.

En fin una hermosa mañana obtuvo el permiso tan ardientemente anhelado. Habia ya dos ó tres dias que faltaban pañuelos para quitar las señales y las comidas eran flacas. Tal vez estos fueron los motivos que dicidieron á Fagin á que diera su permiso. Que fueran ó no; dijo á Oliverio que podia salir y le colocó bajo la salvaguardia de Cárlos Bates y de su amigo el Camastron.

Los tres compañeros se marcharon: el Camastron con las mangas arremangadas y el sombrero en el cogote segun costumbre; maese Cárlos con las manos en las faltriqueras y meneándose á lo lechugino y Oliverio entre ambos cavilando á donde podian ir y en que ramo de industria iban á lanzarse por de pronto.

Andaban con tanta calma y parecian tan inciertos en cuanto al camino que debian tomar; que Oliverio pensó que sus camaradas engañaban al viejo señor no yendo al taller. El Camastron tenia un instinto maligno, y era quitar todas las gorras de los párvulos y hechárselas en seguida en las entradas. Cárlos por su parte demostraba principios mas relajados en cuanto al respeto que se debe á la propiedad ageua, escamoteando de los cestos de las fruteras cebollas y manzanas que metia en sus faltriqueras tan grandes que parecian invadir su traje en todos sentidos. Esto pareció tan inconveniento á Oliverio que estuvo á punto de declararles su intencion de dejarles para volverse á casa como pudiera, cuando sus pensamientos fueron dirijidos de improviso hácia otro objeto por un cambio misterioso en la conducta del Camastron.

Acababan de salir de un estrecho callejon cerca de Clerkenwell, que se llama aun hoy dia por una estraña corrupcion de palabras Boulingrin, cuando el Camastron se paró de repente y poniendo su dedo sobre sus. labios hizo retroceder á sus compañeros con la mayor cautela.

—Que significa!

—Chut! —dijo el Camastron. —Ves esa panza vieja delante de la parada del librero?

—El señor anciano del otro lado de la calle? contestó el niño. —Si; le veo.

—Pues atencion que va sacar la tripa!

—Y gorda que será! —dijo Cárlos.

Oliverio los miró alternativamente ya al uno ya al otro con suma sorpresa; pero no tuvo tiempo de hacer pregunta alguna, porque sus dos compañeros atravesaron la calle y se deslizaron furtivamente tras el caballero sobre quien estaba fija su atencion. El á su vez dió algunos pasos en la misma direccion y no sabiendo si debia adelantar ó retroceder, los miró con un silencio de estupefaccion.

Este caballero que llevaba la cabellera empolvada y anteojos de oro, parecia ser respetable; vestia una casaca color verdebotella con cuello de terciopelo negro y un pantalon blanco sosteniendo por debajo el sobaco un elegante bambú. Acababa de tomar un libro de la parada y estaba allí como en su casa leyendo tan tranquilamente lo mismo que si estuviera sentado en su sillon y es probable que se creia realmente en el porque era claro que absorvido como estaba en su lectura no veia ni la parada del librero, ni la calle, ni los dos muchachos, ni otra cosa en fin que el libro que recorria letra por letra volviendo la hoja cuando llegaba á lo último de la página, empezando la primera línea de la siguiente y así consecutivamente, con el mas vivo interes y el mayor afan.

Cuales fueron la sorpresa y el horror de Oliverio, cuando abriendo tantos ojos como le permitieron sus párpados vió al Camastron sumergir su mano en la faltriquera del caballero y retirar de ella un pañuelo que pasó á Cárlos y luego volver la esquina de la calle y correr á toda pierna.

En un momento se descifró en su alma todo el misterio de los pañuelos, de los relojes, de las joyas y hasta el del mismo judío. Permaneció allí un instante absorto; su sangre herbia en sus venas con fuerza tal, que se creia dentro un brasero ardiente; luego confuso y aterrorizado á la vez echó á correr, y sin saber lo que hacia ni donde iba, huyó desatentado.

Todo esto fué obra de un segundo. En el mismo instante que Oliverio emprendia la fuga dió la casualidad que el caballero buscó en su faltriquera el pañuelo y no encontrándolo se volvió bruscamente, y como vió al niño escaparse con tanta rapidez concluyó de ello que era él quien habia cometido el hurto y se puso á perseguirlo con el libro en la mano gritando con todas sus fuerzas: Al ladron! Al ladron!

—No era él solo quien gritaba favor! contra Oliverio: el Camastron y Cárlos Bates temiendo llamar la atencion sobre ellos corriendo, se habian ocultado de pronto trás la primera puerta cochera que encontraron al paso; pero no bien hubieron oido el grito y visto correr al muchacho cuando adivinando lo que era ello se mezclaron con los perseguidores (como buenos ciudadanos que eran.) gritando como los demás. Al ladron! Al ladron!

Oliverio aunque educado por filósofos ignoraba en teoría su mácsima sublime de que: el cuidado de sí mismo es la primera ley de la naturaleza. Si la hubiera conocido aquel percance tal vez le hubiera hallado prevenido; pero como no lo estaba, no hizo mas que aumentar su espanto; asi es que corria como el viento llevando al anciano caballero y á los dos muchachos trás sus talones.

—Al ladron! Al ladron!

Hay algo de sublime en este grito. El mercader deja su mostrador y el carretero su carro, el carnicero abandona su trabajo, el panadero su canasto, la lechera sus jarros, el fajin su bulto, el estudiante su carambola, el empedrador su martillo, el muchacho su pelota; todos corren revueltos gritando, ahullando, arrollándose, derribando los transeuntes al revolver las esquinas, excitando á los perros, alborotando las gallinas y haciendo retemblar las calles, los callejones, las plazas y las plazuelas con este grito:

—Al ladron! Al ladron!

Este grito es repetido por cien voces y la multitud crece á cada esquina. Ella lo dilata chapoteando en el lodo y haciendo resonar el estrépito de sus pasos sobre las aceras. Las ventanas se abren, los vecinos salen de las casas, la gente se empuja, todo un auditorio abandona polichinela en el momento mas interesante de la comedia y juntándose al tropel aumenta el ruido prestando nuevo vigor á los gritos repetidos de:

—Al ladron! Al ladron!

Existe en el hombre un instinto fuertemente arraigado de correr trás cualquiera cosa. Un niño infeliz, sofocado y llenó de fatiga, con el terror en los ojos y la agonía en el corazon, llevando el rostro inundado de sudor, redobla sus esfuerzos para conservar el avance sobre sus perseguidores, mientras estos á medida que se aprocsiman de su alcance saludan sus fuerzas desfallecidas con hurras y vociferaciones de alegria: Al ladron! Al ladron! Detenedle! por amor de Dios detenedle! aunque no sea mas que por piedad detenedle!

Al fin ya está detenido! Golpe famoso! Helo allí tendido sobre la acera; rodeado por la apiñada multitud y cada recien llegado codeando y empujando para poder verle! —Haceos atrás! Dejadle un poco de aire! Que bestialidad! No lo merece. Donde está el caballero? Allá viene. Abrid paso al caballero! Caballero es este el pilludo? Si.

Oliverio cubierto de lodo y polvo, con la boca ensangrentada miraba con aire estraviado todas aquellas figuras que le rodeaban, cuando el anciano caballero fué introducido por no decir llevado dentro el círculo por la vanguardia de los perseguidores.

—Si! —dijo con acento bondadoso —Temo que sea él!

—Teme! —murmuró la muchedumbre —Esta si que es buena!

—Pobre diablillo! —dijo el caballero —Se ha hecho daño!

—Yo soy quien le ha arreglado como esta —dijo un solemne paja larga adelantándose —Me he corlado lindamente la mano contra sus dientes. Yo soy señor quien le ha cojido.

Esto diciendo, el individuo llevó la mano á su sombrero sonriendo bestialmente, y esperando sin duda recibir algo por el trabajo que se habia tomado; pero el caballero examinándole con aire de desprecio, echó una mirada inquieta á su alrededor sin duda para buscar un medio de evadirse; lo que tal vez hubiera hecho, dando con ello lugar á otra persecucion si en este momento un agente de policía (la última persona que llega siempre en semejantes casos) no hubiese atravesado la multitud y cojido á Oliverio por el cuello.

—Yo no he sido señor! Estad seguro! Es la verdad! Fueron otros dos muchachos! —dijo Oliverio plegando las manos en ademan suplicante y mirando á su alrededor —Deben estar aquí ó no lejos.

—Oh! que no... que no están aquí! —repuso el agente de policía con acento burlon.

Oliverio decia verdad sin saberlo. El Camastron y Cárlos se habian escabullido en la primera escalera que habian encontrado al paso.

—Ea! levántate!

—No le hagais daño! —dijo el anciano caballero con compasion.

—Oh! no pretendo hacerle daño alguno. —replicó el otro rasgando el chaleco del niño, al obligarle á levantarse, en prueba de lo dicho. —Vamos... ven... Te conozco... estos colores no me la pegan. Quieres tenerte sobre tus piés pillastrón?

El Camastron explota el bolsillo del Caballero anciano á la vista de Oliverio estupefacto.

CAPÍTULO XI.

DE LA MANERA QUE ADMINISTRA LA JUSTICIA EL MAGISTRADO MR. FANG.

EL hurto habia sido perpetrado dentro la jurisdiccion y de hecho en las inmediaciones de un tribunal de policía metropolitana muy celebrado. Los curiosos tuvieron la única satisfaccion de acompañar á Oliverio un corto trecho; es decir hasta un sitio llamado Multon-Hill donde le hicieron pasar bajo una bóveda sombría y baja que conducia á un patío súcio al detrás del que estaba ese dispensador de la pronta justicia. Alli encontraron un regordete con enormes favoritos en las megillas y un grueso manojo de llaves en la mano.

—Que hay de nuevo? —preguntó con suma displicencia.

—Un jóven pégre [1] —contestó el agente de policía.

—Sois vos el robado? —preguntó el carcelero al anciano caballero que estaba trás Oliverio.

—Si; —dijo este —yo soy; pero no estoy seguro que sea este niño quien ha cojido el pañuelo y por eso quisiera mas que la cosa no pasára adelante.

—Ya es tarde! Es preciso que se presente ante el magistrado. —repuso el carcelero —Pronto vá á ser puesto en libertad. —y dirijiéndose á Oliverio. —Ola in pasto de horca! Al avio!

Esto era para el niño una invitacion de entrar en una celdilla cuya puerta habia abierto el hombrecillo y donde le encerró despues de haberle registrado y no encontrándole nada sobre él.

El anciano caballero al oir rechinar la llave en la cerradura se puso tan triste como Oliverio y dirijió suspirando sus ojos sobre el libro causa inocente de todo aquel fracaso.

—Hay algo en la fisonomía de ese niño —se dijo á sí mismo dando algunos pasos y golpeándose frente con el libro, completamente absorvido en sus reflecciones —algo que me choca y me interesa. Será tal vez inocente? Paréceme... Por vida de! —esclamó parándose en seco y mirando fijamente á las nubes— ¿Dónde he visto yo una fisonomía semejante á la suya?

Despues de haber reflecsionado algunos momentos, se adelantó en ademan pensativo hácia una pequeña sala que daba al patio y allí retirado y á solas pasó revista en su memoria á un gran número de rostros que hacia muchos años habia perdido de vista, y sobre los cuales se habia estendido un velo sombrío.

El carcelero le dispertó de sus sueños dándole un golpecillo sobre la espalda y haciéndole señal de que le siguiera: cerró inmediatamente su libro y pronto se vió á la presencia imponente del célebre Mr. Fang. La sala de audiencia que daba á la calle tenia el techo artesonado. Mr. Fang estaba sentado mas allá de una pequeña balustrada y en une de los estremos. A un lado de la puerta y en un banquillo colocado al efecto, estaba sentado el pobre Oliverio espantado de la gravedad de esta escena.

El anciano caballero se inclinó profundamente, se adelantó hacia el bufete del magistrado y dijo añadiendo la accion á la palabra:

—Esta es mi direccion caballero —y dando tres pasos atrás se inclinó de nuevo y esperó que se le preguntase.

Cabalmente Mr. Fang leia en este momento con profunda atencion en el Morning Chronicle un artículo concerniente á una sentencia que habia dado, el cual artículo le recomendaba por la milésima vez á la atencion particular del ministro del interior. Estaba á mas de mal humor y levantando la cabeza con ademan uraño:

—Quien sois? —preguntó.

El anciano caballero algo sorprendido señaló con el dedo su tarjeta.

—Oficial de policía! —dijo Mr. Fang sacudiendo con desprecio la tarjeta y el periódico. —Quien es ese individuo?

—Mi nombre —dijo el anciano caballero espresándose con cortesia —mi nombre es Brownlow. Que me sea permitido á mi vez preguntar el nombre del magistrado que bajo el escudo de la ley insulta gratúitamente á un hombre respetable sin haber sido provocado. —Esto diciendo Mr. Brownlow dirijió una mirada á su alrededor como buscando quien quisiera responder á su pregunta.

—Oficial de policía! —dijo Mr. Fang tirando el periódico de revés —De que se acusa á ese individuo?

—No es él el acusado señor juez. —respondió el agente de policía —Comparece contra este muchacho.

El magistrado, lo sabia bien; pero era un medio como cualquier otro para vejar impunemente á las gentes.

—Ah! Comparece contra ese muchacho... no es oso? —replicó Mr. Fang examinando á Mr. Brownlow de la cabeza á los piés con aire de duda. —Recibid su juramento.

—Antes de prestar juramento —dijo Mr. Brownlow —me permitiré decir una sola palabra y es que sin una prueba tan convincente jamás hubiera podido crer....

—Silencio caballero! —dijo Mr. Fang con tono brusco.

—No me callaré señor magistrado! —replicó Mr. Brownlow.

—Silencio digo ó mando poneros á la puerta! Sois un impertinente, un bribon, al atreveros á desafiar un magistrado en el ejercicio de sus funciones!

—Que decís? —esclamó el anciano caballero palideciendo de cólera.

—Haced prestar juramento á ese hombre! —dijo Mr. Fang al escribano —Nada mas oiré! Hacedle prestar juramento!

La indignacion de Mr. Brownlow estaba á su colmo; pero reflexionando que dándola salida podria hacer daño al muchacho, se contuvo y prestó inmediatamente el juramento.

—Ahora —dijo Mr. Fang —decid: de que se acusa á esto muchacho? Qué teneis que deponer contra él?

—Estaba ante la parada de un librero —empezó Mr. Brownlow.

—Silencio caballero! —interrumpió Mr. Fang —Agente de policía! Donde está el agente de policía? Acercaos. Escribano hacedle prestar juramento. Ahora hablad. ¿Que teneis que decir?

El agente de policía relató con tono humilde: que el habia preso al muchacho y que habiéndole registrado, nada habia encontrado encima de él; añadiendo que esto era todo lo que tenia que decir.

—Hay testigos? —preguntó Mr. Fang.

—No; señor magistrado. —respondió el agente de policía.

Mr. Fang guardó silencio por algunos instantes; luego volviéndose á la parte acusadora dijo con tono irritado —Quereis esplicar los motivos de vuestra querella contra ese muchacho; si ó nó? Si rehusais administrar pruebas voy á castigaros por falta de respecto á un magistrado! Oh! Lo haré por.....

Por quien ó porque nadie lo sabe; pues que en este mismo momento el escribano y el carcelero tosieron con fuerza muy á propósito sin duda; y el primero dejando caer por descuido un voluminoso libro, privó que el resto pudiera oirse.

Entre las numerosas interrupciones y los insultos reiterados de Mr. Fang, Mr. Brownlow procuró relatar el hecho,

observando que en el primer momento de sorpresa corriera trás el niño porque lo habia viste huir. Y —añadió —me atreveré á esperar que en el caso en que el Señor Magistrado considerára á este muchacho sino como ladron al menos como afiliado con ladrones, se dignára obrar respecto á él tan suavemente como se lo permita la justicia? Además está herido y temo mucho —prosiguió, con aire de compasion dirijiéndose á la barra —temo realmente que se encuentra malo.

—Oh! sin duda! Esto se comprende. —Observó Mr. Fang con acento burlon. —Ea tu... pequeño vagabundo! Tus pillerias están cosidas con hilo blanco. A mi no me la pegarás. Como te llamas?

Oliverio procuró responder; pero la lengua se le pegó en el paladar. Estaba horriblemente pálido y todo parecia dar vueltas á su alrededor.

—Como te llamas bribonzuelo? —clamó Fang con voz de trueno —Oficial! Cual es su nombre?

Esta pregunta se dirigia á un inoflelude de chaleco rayado que estaba en pié cerca de la barra. Se inclinó hacia el niño y repitió la pregunta; pero viendo que realmente se hallaba incapaz de comprenderla y sabiendo que su silencio no haria mas que escitar la cólera del magistrado y de consiguiente aumentar la severidad de la sentencia, respondió al acaso: —Se llama Tomás White señor magistrado.

—Ola! no quiere hablar ¿no es esto? —dijo Fang —Muy bien! Donde habita?

—Donde puede señor magistrado. —respondió el digno oficial fingiendo recibir la respuesta de Oliverio.

—Tiene padres? —preguntó Mr. Fang.

—Dice que se le murieron cuando niño. —replicó el otro del mismo modo.

En este punto del interrogatorio Oliverio levantó la cabeza y lanzando á su alrededor una mirada suplicante, pidió con voz moribunda que se le hiciera el favor de un vaso de agua.

—Todo eso son maulerias. —dijo Fang —No pienses cojerme por tonto.

—Señor magistrado creo que verdaderamente se encuentra malo. —dijo el oficial de policía.

—Se algo mas que vos en esta materia —replicó Fang.

—Cuidado señor oficial de policía! —dijo el anciano caballero, estendiendo instintivamente sus brazos —Cuidado!... vá á caer.

—Retiraos de aquí oficial de policía! —gritó Fang con acento brutal —y que caiga si bien le place.

—Oliverio se aprovechó del asiduo permiso y cayó desmayado en el suelo. Los hombres de servicio en la sala se miraron unos á otros pero ninguno osó menearse.

—Sabia bien que lo hácia adrede. —dijo Fang. (como sí este accidente hubiese sido para el una prueba incontestable de su eserto) pero pronto tendría su galardon.

—Que fallais señor? —preguntó en voz baja el escribano.

—Le condenó sumariamente —dijo Fang —á tres meses de prision, con mas al treadmill [2] Despojad la sala!

La puerta estaba abierta á este fin y dos hombres se preparaban para llevar al pobre Oliverio todavia sin sentidos á la prision, cuando un sujeto de alguna edad y de esterior decente aun que pobre á juzgar por sus pantalones negros un tanto deslustrados, se precipitó dentro la sala y acercándose á la barra. —Deteneos..! —dijo sofocado y sin darse tiempo de respirar —no le lleveis! Suspended la sentencia!

A pesar del mal humor y las groserías del juez Fang, le fué preciso escuchar al testigo. Este era el librero que lo habia visto todo. Contó el hecho y Oliverio fué puesto en libertad. Mr. Brownlow estaba indignado de la conducta de Fang. Quiso protestar, pero fué hechado de la sala. Una palidez mortal cubria las mejillas de Oliverio, á penas podia tenerse. El compasivo anciano hizo acercar un fiacre y habiéndole colocado sobre las almohadas del mismo, partieron.

CAPÍTULO XII.

OLIVERIO RECIBE EL BUEN TRATAMIENTO QUE NUNCA HABIA RECIBIDO HASTA AHORA. —PARTICULARIDADES REFERENTES Á UN RETRATO.

EL fiacre rodó á lo largo de Mont-Plaisir, enfiló la calle de Exmouth, recorriendo a poca diferencia el mismo camino que Oliverio debió seguir la primera vez que entró en Lóndres en compañía del Camastrón y tomando diferente camino cuando hubo llegado á la taberna del Angel en Islington, se paró al fin ante una casita de hermosa apariencia en una calle decente y retirada de Pentouville. Allí sin retardo se preparó un lecho en el que Mr. Brownlow, hizo colocar al pobre niño, que fué cuidado con una solicitud y una ternura sin igual.

Durante muchos dias Oliverio permaneció sin conocimiento pendiente entre la vida y la muerte. Al fin salió de este estado y lanzó una mirada inquieta á su alrededor:

—Que aposento es este? —Donde me han traido? —dijo.

Como estaba muy abatido, pronunció estas palabras con voz débil; pero ellas fueron oidas desde el momento; porque la cortina de su cama fué levantada incontinenti y una buena señora ya de edad vestida decentemente se levantó al mismo tiempo de un sillon en que estaba sentada cerca el lecho y haciendo dalzeta.

—Chiton amigo mio! —dijo la anciana con dulzura —Es preciso estarse quieto, ó vendrá una recaida; ya habeis estado malo, muy malo... Vaya! volveos á acostar como un buen muchacho! —Esto diciendo la buena señora volvió á colocar suavemente la cabeza de Oliverio sobre la almohada, y apartando los mechones de cabellos que caian sobre su frente le miró con un aire tan cariñoso, que él no pudo menos de colocar su manecita descarnada sobre la suya y de atraerla al rededor de su cuello.

—Dios mio! —dijo la anciana con las lágrimas en los ojos —Que buen corazoncito! Que agradecido! Qué diria su madre, si despues de haberte vigilado dia y noche como yo lo he hecho pudiera verle ahora?

—Pueda que me vé! —balbuceó Oliverio plegando sus manos. —Tal vez ha estado sentada cerca de mi, señora... Oh! si; me parece haberla visto á mi lado.

—Esto es efecto de la fiebre amigo mio! —dijo la buena señora.

—Es posible —repuso Oliverio con aire pensativo —porque hay mucha distancia de aquí al cielo y si es allí demasiado dichoso para bajar cerca el lecho de un pobre niño! Sin embargo si ella ha sabido que yo estaba enfermo, me habrá compadecido desde allá arriba; porque ella ha sufrido tambien tanto antes de morir! Con todo no puede saber nada de le que me sucede —añadió despues de un momento. de silencio —porque si me hubiera visto padecer, se hubiera puesto triste, y su rostro era tan dulce y risueño cada vez que la he visto en sueños!

La anciana nada respondió; pero enjugando primero sus párpados y luego sus anteojos que estaban sobre la bánova, dió al niño una pocion refrescante y pasándole la mano por sobre la mejilla le encargó estuviera tranquilo en su lecho sino volveria á caer malo.

Oliverio se mantuvo quieto, ya porque queria obedecer en todo á la señora; ya tambien porque estaba completamente fatigado por lo que habia dicho. Pronto se entregó á un sueño reparador del que fué dispertado por la luz de una vela que acercándose á su cama le permitió ver á un señor que le tentaba el pulso consultando al mismo tiempo un grueso reló de oro de tic-tac muy fuerte que tenia en la mano: el cual dijo que lo encontraba mucho mejor.

—No es verdad que os encontrais mucho mejor amiguito? —dijo á Oliverio.

—Si, señor! y os doy gracias! —contestó este.

—Ya se bien que debeis encontraros mejor. —repuso el otro —Teneis apetito no es cierto?

—No señor. —respondió el niño.

—He! —esclamó el caballero —No! Ya sabia yo bien que no podeis tener apetito. No tiene apetito señora Bedwin. —continuó con aire de importancia volviéndose á la señora.

Esta hizo una señal de cabeza respetuosa, por la que parecia decir que creia al doctor un sujeto muy hábil: este por su parte pareció tenor de si la misma opinion.

—Teneis sueño no es cierto amiguito? prosiguió el doctor.

—No señor. —respondió Oliverio.

—No. —repuso el otro con ademan de inteligente —no teneis sueño. Tampoco teneis sed?

—Si señor; estoy un poco sediento.

—Justamente lo que pensaba Señora Bedwin. A la verdad es muy natural que esté sediento; muy natural. Podréis darle un poco de thé y una tostada de pan sin manteca. Que no sea demasiado caliente Señor Bedwin; pero tened cuidado de que no sea demasiado frio. Ya comprendeis ¿no es cierto?

La buena señora hizo una reverencia y el doctor despues de haber probado la pocion refrescante, se alejó haciendo crujir sus botas sobre el piso con aire de importancia y dignidad. Oliverio poco despues volvió á dormirse y era ya cerca de media noche cuando se dispertó. La Señora Bedwin le deseó entonces una buena noche y le dejó bajo el cuidado de una vieja gordinflona que acababa de entrar llevando dentro su ridiculo un librito de oraciones y una larga gorra de dormir.

La mañana estaba ya bastante adelantada cuando Oliverio se dispertó despejado y risueño. La crísis de la enfermedad habia pasado, estaba ya fuera de peligro y pertenecia aun á este mundo. En menos de tres dias se halló capaz para sentarse en un sillon reclinado sobre almohadas y como estaba aun demasiado débil para poder andar, la señora Bedwin lo habia bajado á su propio aposento donde se sentaba á su lado frente el hogar y encantada á lo sumo de una mejoría tan notable, derramaba lágrimas de ternura.

—No hagais caso queridito; esto es á pesar mio —dijo —Caramba! Ahora ya pasó aquello y yo me encuentro del todo aliviada!

—En verdad señora sois muy buena para mi. —dijo Oliverio.

—Está bien amiguito! no hablemos mas de ello. Nada tiene que ver con vuestro caldo y es ya hora de que lo tomeis, porque el doctor dice que Mr. Brownlow podria venir á visitaros esta mañana y es necesario que nosotros estemos sobre nuestros cuarenta y ocho pues que cuanto mejor aspecto tengamos mas estará él contento.

Esto diciendo la buena señora hizo calentar en una caserola una porcion de un caldo bastante fuerte; capaz reducido á la fuerza señalada en las casas de Caridad, para suministrar una opípara comida á trescientos pobres por lo menos.

—Os gustan los cuadros amigo mio? —preguntó la buena señora viendo que Oliverio tenia los ojos fijos con una atencion particular sobre un retrato colgado en la pared justamente frente de él.

—No podria decíroslo señora! —respondió éste sin apartar la vista del retrato —He visto tan pocos que á la verdad no sé... Que semblante tan dulce y tan bello tiene esa señora!

—Ah! —dijo la anciana —Los pintores hacen siempre á las mugeres mas hermosas de le que son; de otro modo hijo mio no tendrian parroquianos. El que ha inventado la máquina para reproducir fisonomías por obra de la sola naturaleza, el buen Monsieur Daguerre hubiera debido saber que ella no tendria écsito! Hay demasiada fidelidad; demasiada! —repuso riéndose de todo corazon por la malicia con que habia dicho esto.

—Esa pintura se parece á alguno? —preguntó Oliverio.

—Si. —contestó la buena señora levantando los ojos un instante —Es lo que se llama un retrato.

—De quien? —volvió á preguntar el niño con curiosidad.

—Ah! eso es lo que no podré deciros amiguito! —repuse ella con aire jovial —Probablemente (al menos que yo sepa) será de alguno que ni vos ni yo conocemos. —Parece que es complaceis en mirarlo queridito?

—Es tan hermoso! tan bello!

—Creo que no as dará miedo he? —dijo la buena señora sorprendida del aire de respeto con que el niño miraba el retrato.

—Oh! no seguramente! —respondió este con prontitud —Pero la mirada de esa señora se me presenta tan triste desde este sitio! Parece que se dirije á mi! Esto me hace latir el corazon como si estuviera animado —prosiguió con tono mas bajo —y como si quisiera hablarme y no pudiera.

—Bendito seais de Dios! —esclamó la buena señora estremeciéndose —Niño no hableis así! Despues de la enfermedad que acabais de pasar estais débil y nervioso; dejad que vuelva vuestro sillon del otro lado y entonces no veréis esto. —dijo juntando la accion á la palabra —Ahora al menos ya no podeis verlo!

Oliverio lo veia en su imaginacion tan perfectamente como si no se le hubiere movido de sitio; pero pensó que haria mejor en no enfadar á la buena señora y así sonrió graciosamente cuando ella le miró. La Señora Bedwin por su parte contenta de ver que se encontraba mas á satisfaccion, echó sal á su caldo y puso en el pequeñas cortezas de pan tostado con todo el aparato conveniente á un preparativo tan solemne. El lo despachó con una prontitud extraordinaria y apenas habia tragado la última cucharada cuando llamaron suavemente á la puerta.

—Entrad! —dijo la buena señora.

—Mr. Brownlow (porque era él) entró tan listo como le fué posible; pero no bien hubo levantado sus anteojos sobre su frente y puesto sus manos trás su bata para examinar mejor á Oliverio, cuando su fisonomía cambió varias veces de espresion, haciendo muchas contorciones tan grotescas las unas como las otras. Oliverio débil por la enfermedad, hacia por respecto á su bienhechor esfuerzos inútiles para ponerse en pié cayendo siempre otra vez en el sillon y Mr. Brownlow que de toda verdad era mas sensible que media docena de hombres de su calibre, no pudo contener las lágrimas que se escaparon de sus ojos como por medio de un proceder hidráulico, que nosotros no nos croemos bastante filósofos para poder esplicar.

—Pobre niño! pobre niño! —dijo esforzando su voz —Señora Bedwin; esta mañana estoy un poco ronco; temo haber cojido un resfriado.

—No digais tal cosa señor. —repuse esta. —Toda la ropa blanca que os he entregado estaba muy soca.

—No sé Bedwin; no se que diga —prosiguió Mr. Brownlow —pero me parece que la servilleta que me disteis ayer en la comida estaba algo húmeda. Pero no importa! Como os encontrais amigo mio?

—Muy feliz señor —respondió Oliverio —y muy reconocido á vuestras bondades para conmigo.

—Niño encantador! —dijo Mr. Brownlow repuesto de su emocion. —Señora Bedwin; le habeis dado algun alimento? Algunos caldos he?

—Acaba de tomar una píldora de excelente gelatina —respondió la Señora Bedwin irguiéndose de toda su altura y prenunciando estas últimas palabras con énfasis para dar á entender que entre un caldo y una gelatina no habia la menor relacion.

—Puha! —hizo Mr. Brownlow encojiéndose de hombros. —Dos ó tres vasos de vino de Oporto le hubieran hecho mas bien ¿no es cierto Tomás White?

—Yo me llamo Oliverio. Señor! —contestó el jóven convaleciente con asombro.

—Oliverio! —dijo Mr. Brownlow —Oliverio que? Oliverio White he?

—No señor. Twist; Oliverio Twist.

—Picaro de nombre! —dijo el anciano —¿Porque dijisteis al juez que os llamabais White?

—Jamás le dije tal cosa señor! —respondió Oliverio con mayor asombro.

Esto se parecia tanto á una mentira, que el anciano no pudo menos de mirar fijamente á Oliverio. Era imposible no creerle; el sello de la verdad estaba impreso sobre todos los rasgos finos y delicados de su fisonomía.

—Esto será sin duda un error! —dijo Mr. Brownlow y aunque no tenia motivo para examinar á Oliverio, la idea de semejanza entre sus facciones y algun rostro que le era conocido le preocupaba de tal modo que no podia apartar la vista de él.

—No estais enfadado conmigo no es cierto señor? —dijo Oliverio con una mirada suplicante.

—No, no! —respondió Mr. Brownlow. —Por vida de... mirad Bedwin mirad allí.

Mientras esto decia comparaba con el dedo el retrato y el rostro del niño. Habia entre ellos una semejanza completa. Los ojos, la boca, la espresion y la forma de la cabeza eran absolutamente las mismas. Los rasgos de la fisonomía eran tan iguales en este momento que las menores líneas parecian copiadas en él con una exactitud que no tenia nada de terrestre.

Oliverio ignoró la causa de aquella esclamacion súbita, porque estaba tan débil que no pudo suportar el estremecimiento que le produjo y se desmayó.