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Los Ladrones de Londres

Chapter 16: CAPÍTULO XIV.
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About This Book

The narrative follows an orphan boy who endures harsh treatment in institutional care and apprenticeships, then flees to a city where he becomes entangled with a gang that trains children to steal. Kind strangers intermittently offer refuge while criminal figures exploit and endanger him, and a young woman connected to the gang makes a sacrificial attempt to help him escape its reach. Events expose corruption and hypocrisy in social institutions, alternate scenes of violence and compassion, and gradually reveal the boy's true parentage and prospects for a secure future. The work combines social critique with melodrama to examine childhood, poverty, and moral responsibility.

CAPÍTULO XIII.

COMO POR MEDIO DEL VIEJO CHISTOSO EL LECTOR INSTRUIDO VA Á ADQUIRIR RELACIONES CON UN NUEVO PERSONAGE. —PARTICULARIDADES Y HECHOS INTERESANTES PERTENECIENTES A ESTA HISTORIA.

CUANDO el Camastron y su digno amigo maese Bates se juntaron á los que persiguian á Oliverio despues de su atentado á la propiedad de Mr. Brownlow, obraban por interés propio porque como la libertad individual es el primer derecho de que se envanece un inglés de raza pura, no tengo necesidad de demostrar al lector que esta accion debia ensalzarles á la vista de todo buen patriota.

Solo despues de haber recorrido un laberinto de callejones, nuestros dos muchachos se detuvieron de comun acuerdo bajo una bóveda baja y sombría. Habiendo permanecido en ella y en silencio el tiempo preciso para cobrar aliento, maese Bates dió un grito de satisfaccion y de alegria y arrancando una estrepitosa carcajada se dejó caer en el lindar de una puerta para desahogarse á discrecion.

—Que... que es esto? —preguntó el Camastron.

—Ah! ah! ah! —hizo Cárlos.

—Te callarás? —prosiguió el Camastron mirando á su alrededor con precaucion. —Tienes ganas de que nos pellizquen animal!

—Ello es mas fuerte que yo. —dijo Cárlos —No puedo impedirlo. Me parece que lo estoy viendo correr y pegar de narices en las esquinas de las calles y luego como si fuera de piedra como ellas volver á picar con los talones las espaldas de un modo tan gracioso y yo con el pingajo en mi faltriquera gritando tras él como los otros: Ah! ah! ah!.. que chistoso!

La imaginacion activa de maese Bates le representaba la escena con colores demasiado vivos, pues al llegar á este punto de su discurso se revolcó sobre el lindar de la puerta y arreció su risa de un modo aturrullador.

—Que vá á decir Fagin? —preguntó el Camastron aprovechándose de un instante en que su amigo no podiendo mas guardó silencio.

—Que? —reposo Cárlos.

—Si; que! —dijo el Camastron.

—Caramba! —esclamo Cárlos, un tanto afectado del modo con que el Camastron hizo esta observacion: —¿y que puede decir?

El Camastron á guisa de respuesta se divertió silvando, luego quitándose el sombrero se rascó la cabeza haciendo dos ó tres muecas.

—No te comprendo. —dijo Cárlos.

—Tara ri ra la... la tia Miguela ha perdido su... —moduló el Camastron con aire truanesco.

Esto era esplicativo; pero no satisfactorio. Maese Bates lo comprendió así y preguntó á su amigo que es lo que queria decir.

El Camastron no respondió; pero dan lo una rápida cabezada para volver el sombrero á su sitio y pasando por sobre sus codos los largos faldones de su casaca, se hizo un bulto en la meg illa con su lengua, se dió algunos capirotazos en la nariz con un aire familiar el mas espresivo y haciendo una pirueta se precipitó dentro la entrada. Maese Bates le siguió con ademan pensativo. El ruido de sus pasos en la vieja escalera llamó la atencion del judío sentado en este momento ante el hogar con una salsicha y un panecillo en su mano izquierda, un cuchillo en su derecha y un jarro de estaño sobre el taburete. Era de notar una sonrisa innoble en sus labios descoloridos al volverse para escuchar atentamente dirijiendo el oido hacia la puerta y lanzando una mirada salvaje por debajo sus cejas rojas.

—Que significa? —murmuró cambiando de espresion. —No son mas que des ahora! Donde está el tercero? Les habrá sucedido algo? Escuchemos!

Los pasos se oyeron mas distintamente. Los dos caballeritos llegaron á la maseta, la puerta re abrió suavemente y volvió á cerrarse tras de ellos.

—Dónde está Oliverio? —prorumpió el judío con furia —Qué habeis hecho de él?

Los dos pilluelos se miraron uno á otro perturbados como si temieran la cólera del viejo; pero se callaron.

—Qué ha sido de Oliverio? —dijo el judío cojiendo al Camastron por la garganta y amenazándole con imprecaciones horribles. —Habla ó te estrangulo! Hablarás? —clamó con voz de trueno y sacudiéndole con fuerza.

—Canario! Ha sido pellizcado y nada mas. —dijo al fin el Camastron con tono áspero —Vaya, dejadme ya! —continuó y de un solo empujo desprendiéndose de su casaca que quedó entre las manos del judío, cojió la aguja del azador y asestó al chaleco del viejo chistoso tal bote que si lo alcanza le hubiera privado de sus gracias al menos por seis semanas sino por dos meses.

El judío en tai percance retrocedió con mas ligereza de la que era de esperar en un hombre de su edad y apoderándose del jarro de estaño se preparaba para arrojarlo á la cabeza de su adversario, cuando Cárlos Bates llamando en este momento su atencion por un ahullido espantoso cambió el destino del jarro y Fagin lo arrojó lleno de cerveza á la cabeza de este último.

—Ea! Que diablos pasa ahora aquí? —murmuró una voz gruesa —Quién me ha tirado esto á la cara? Puede darse por muy feliz que haya recibido solo la cerveza y no el jarro, pues de otro modo hubiera hecho mi negocio con alguno. Jamás me hubiera pasado por el magin que un viejo ladron de judío pudiera arrojar otra cosa que agua... Que significa todo esto Fagin? El diablo me lleve si mi corbata no está llena de cerveza... Vén acá tu... Que tienes que hacer pegado á esa puerta? Como si debieras avergonzarte de tu amo!

El hombre que refunfuñó estas palabras era un moceton de treinta y cinco años poco ó menos, vestido con un redingote de terciopelo de algodon negro, unos calzones de paño burdo muy estropeados, borcejies y medias de algodon gris que cubrian unas piernas macisas adornadas por gruesas pantorrillas; piernas en fin de aquellas á quienes parece faltar algo sino van guarnecidas de grilletes.

—Ven acá ¿lo entiendes? —dijo con acento nada lisongero.

Un perro blanco de pelo largo y sucio y con la cabeza llena de cicatrices entró arrastrándose en el aposento.

—Os haceis rogar mucho! —continuó el hombre —Os costaba acaso reconocerme en medio de tan honrada compañía? Acostaos alli!

Esta órden fué acompañada de un puntapié que envió al animal al otro estremo del aposento.

—De que proviene pues esa batalla? Viejo ladronazo ¿porque maltratais á los muchachos? —dijo el hombre sentándose con mucha prosopopeya. —Me estraño que no os hayan asesinado. Si fuera yo de ellos lo haria. Si hubiera sido vuestro aprendiz largo tiempo ya que esto estaria hecho y que... pero no, no hubiera podido sacar un sueldo de vuestra piel, porque no sois bueno mas que para meteros en una botella para enseñaros como un fenómeno de fealdad y creo que no se soplan de bastante grandes para conteneros.

—Silencio! Silencio Señor Sikes! —dijo el judío tembloroso —No hableis tan alto.

—Si os place no tantos cocos —prosiguió el bandido —llamándome Señor. Comprendo donde quereis ir á parar cuando tomais ese tono; á nadie bueno por cierto. Llamadme por mi nombre, le teneis muy conocido. No creais que lo deshonre cuando llegue mi hora!

—Está bien; está bien Guillermo! —dijo el judío, con abyecta humildad —Parece que estais de mal humor?

—Pueda que si. —replicó Sikes —Tambien á mi se me figura que vos no estais de buen temple cuando os ocupais en arrojar jarros de estaño á la cabeza de las gentes, á menos que vuestra intencion no sea hacerles mas daño que cuando los denunciais y cuando...

—Habeis perdido la cabeza? —dijo el judío tomando al otro por la mano y señalándole con el dedo á los muchachos.

Sikes por toda respuesta hizo ademan de pasar un nudo corredizo al rededor del cuello y dejó caer la cabeza sacudiéndola sobre la espalda derecha; pantomina que el judío pareció comprender perfectamente. Luego en términos de caló de que su conversacion estaba llena; pero que es inútil trasladar aquí porque no serian comprendidos, pidió un vaso de licor.

—Espero que no le echaréis veneno! —dijo poniendo su sombrero sobre la mesa.

Esto fué dicho con tono de broma; pero si él hubiera podido ver la sonrisa amarga con que el judío se mordió el labio al dirijirse hacia el armario, hubiera pensado que la precaucion no era del todo inútil ó que el deseo de practicarse en el arte del destilador no estaba lejos en aquel momento del corazon del chistoso viejo.

Despues de haber tragado dos ó tres vasos de licores, Sikes se dignó fijar su atencion en los dos jóvenes caballeros, condescendencia por su parte que llevó á una conversacion en la que la causa del arresto de Oliverio fué relatada con tales detalles y comentarios que el Camastron juzgó conveniente obrar segun las circunstancias.

—Tengo mucho miedo de que nos haga un flaco servicio si llega á bachillerear.

—Es muy posible. —repuso Sikes con una sonrisa maligna. —Fagin vos estais hecho un ascua.

—Tambien tengo mucho miedo —prosiguió el judío mirando al otro fijamente y sin dar muestra de haber parado la atencion en la chufleta que acababa de lanzar —tengo mucho miedo de que si el pastel se descubre para mi, no lo sea tambien para muchos otros y esto querido Sikes tendria maldita la gracia mas para vos que para mi.

—Es preciso que alguno vaya á saber lo que ha pasado en el tribunal de policía. —dijo Sikes con tono mas bajo del que habia usado á su llegada.

El judío hizo una señal de aprobacion.

—Sino ha garlado y está en la prision no hay peligro hasta que salga de ella —repuso Sikes —y entonces será necesario no perderle de vista. Es preciso poner manos á la obra de un modo á otro.

El judio hizo una nueva señal de cabeza aprobativa.

La prudencia de este plan de conducta era evidente sin duda alguna; pero desgraciadamente obstaba un grande impedimento para ponerlo en ejecucion. Fué el caso que él Camastron, Cárlos, Fagin y el mismo Sikes afirmaron cabalmente á una, que tenian la mas grande antipatia en acercarse á un tribunal de policía por cualquier causa y pretexto que fuera.

Difícil seria calcular cuanto tiempo hubieran podido estarse mirando uno á otro en un estado de incertidumbre nada agradable. Además tampoco es necesario formar ninguna conjetura sobre este punto porque la entrada repentina de dos señoritas que Oliverio habia visto ya la primera noche de su llegada al domicilio del judío reanimó la conversacion.

—Ya está resuelta la dificultad! —dijo Fagin —Betty irá. ¿No es cierto querida?

—Dónde? —preguntó esta.

—No mas que hasta el tribunal de policía. —contestó el judío con tono dulce.

Es preciso hacer justicia á la jóven diciendo que positivamente no rehusó; pero que expuso sencillamente el deseo de darse al diablo antes que ir allá; excusa honesta y delicada que prueba que la señorita estaba dotada de esa cortesia natural que no permite afligir á su semejante con una negativa formal.

El judío un si es ó no es desconcertado por la respuesta de esa Señorita que iba graciosamente (por no decir magnificamente) engalanada con un vestido colorado, botitas verdes y rizos rubios, se dirijió á la otra.

—Querida Nancy que dices á esto? —preguntó con aire melifluo.

—Que no me va ni me viene —respondió Nancy —y así que no vale la pena de dirigirse á mi.

—Que quieres decir con eso? —dijo Sikes levantando bruscamente la cabeza.

—Lo que digo Guillermo. —replicó la jóven con la mayor sangre fria.

—Porqué? —añadió Sikes —Tu eres justamente la persona que nos conviene; nadie te conoce en aquel barrio.

—Per eso no tengo ningunas ganas de que me conozcan. —continuó Nancy en el mismo tono.

—Ella irá Fagin. —dijo Sikes.

—No; ella no irá Fagin! —esclamó Nancy.

—Os digo que ella irá Fagin! —replicó Sikes.

Este tenia razon; á fuerza de amenazas, de promesas y de dadivas alternadas, la Señorita en cuestion se dejó persuadir al fin. No militaban para ella las mismas consideraciones que retenian á su amable amiga; habiendo poco que habia dejado el barrio de Ratcliffe para venir ha habitar el cuartel de Field-Lane que le es del todo opuesto no habia miedo de que fuera reconocida por ninguno de sus numerosos conocidos.

De consiguiente habiéndose puesto un delantal blanco y escondido sus rizos dentro un gorro de paja (dos artículos de adorno sacados del almacen inagotable del judío.) Nancy se dispuso para llenar su comision.

—Espera un momento querida. —dijo el judio trayendo una cesta pequeña con tapadera —Toma esto que infunde un aspecto mas respetable.

—Fagin dadle tambien una llave gruesa para llevarla en la otra mano. —dijo Sikes —Asi se parecerá mas á una cocinera que vá al mercado.

—Es muy cierto por vida mia! —repuso el judío pasando una gruesa llave por el index de la mano derecha de la jóven. —Ah! ah! Esto es! —continuó frotándose las manos.

—Oh! hermano! querido hermano! hermanito de mi alma! —esclamó Nancy fingiendo dolor y retorciéndose las manos en señal de desesperacion —¿Qué ha sido de él? Donde lo han llevado? Ah! por misericordia, decidme señores ¿que se ha hecho este niño? os lo suplico señores! decídmelo!

Habiendo pronunciado estas palabras en el tono mas lastimoso con gran satisfaccion de sus oyentes, Nancy se calló, lanzó una mirada á la compañía, dirigió una sonrisa de inteligencia á cada uno y desapareció.

—Ah! Es una muchacha muy diestra hijos mios! —dijo el judío sacudiendo la cabeza con ademán grave como una muda advertencia de seguir el ilustre ejemplo que acababan de tener ante sus ojos.

—Es la gloria y el honor de su sesco —añadió Sikes llenando su vaso y dando un golpe sobre la mesa con su puño enorme —A su salud! Quiera Dios que todas las mugeres se le parezcan!

Mientras que en su ausencia se hacia de ella tal elogio, la incomparable jóven se dirijia ligera hácia el tribunal de policía donde llegó al cabo de poco tiempo con toda seguridad á pesar de la timidez natural en su secso de andar solo por las calles.

Entrando por la parte trasera del edificio, llamó suavemente con su llave á la puerta de una de las celdillas y puso el oido atento; como no oyó ningun ruido dentro, tosió, escuchó otra vez y viendo que nadie la respondia dijo con tono dulce:

—Oliverio! Oliverio! amigo mio!

—Quien está ahí? —respondió desde el interior una voz débil y desmayada.

—No hay aquí un muchacho? —preguntó Nancy suspirando.

—No! —replicó la misma voz —Que Dios le libre de ello!

Como ninguno de los presos respondió al nombre de Oliverio, ni pudo dar razon de él, Nancy se dirijió en derechura al carcelero (el mismo gordinflon con chaleco rayado de que se ha hablado ya) y con lamentos y gritos que hizo todavia mas dignos de lástima agitando su cesta y su llave, pidió á su hermano adorado.

—No está aquí querida! —dijo aquel.

—Donde se halla? —preguntó con acento estraviado.

—El caballero se lo ha llevado.

—Que caballero? Oh! Dios mio! que caballero?

En contestacion á esas preguntas incoherentes el Carcelero relató á la buena hermana afligida, que habiéndose desmayado Oliverio en el despacho del magistrado y presentándose luego un testigo que probó haber sido cometido el hurto por otro niño, habia sido absuelto y llevado por el querellante á su domicilio situado en algun sitio allá por el lado de Pentonille segun la direccion que el susodicho querellante habia dado al cochero en el acto de subir al fiacre.

Poseida por él terror de la duda y de la incertidumbre la bella exploradora se retiró tambaleándose; pero apenas hubo pasado el lindar de la puerta volviendo á tomar su paso firme y seguro se dirijió muy de prisa á la habitacion del judío por el camino mas largo é intrincado.

No bien Guillermo Sikes tuvo conocimiento del resultado de las pesquisas de Nancy, llamó á su perro bruscamente y poniéndose el sombrero se fué sin despedirse de la compañía.

—Hijos mios! Es preciso que averigüemos donde se halla; es preciso que lo encontremos! —dijo el judío sumamente turbado —Cárlos! no hagas otra cosa mas que ir en su busca hasta que nos traigas noticias suyas. Nancy, querida mia! De todos modos es necesario que yo le encuentre! Para ello cuento contigo querida; contigo y con al Camastron.

—Esperad! esperad! —añadió abriendo los cajones de la cómoda con mano trémula —Tomad este dinero amigos! —Esto diciendo los empujó fuera del aposento y cerrando cuidadosamente la puerta con los cerrojos y la llave, sacó de su escondrijo la caja que á pesar suyo habia puesto á la vista de Oliverio y ocultó todos los relojes y joyas entre sus vestidos.

CAPÍTULO XIV.

DETALLES REFERENTES Á LA PERMANENCIA DE OLIVERIO EN CASA MR. BROWNLOW. —PREDICCION NOTABLE DE UN CIERTO MR. GRIMWIG CON MOTIVO DE UN MENSAGE CONFIADO AL NIÑO.

OLIVERIO volvió pronto del desmayo que le habia causado la exclamacion brusca de Mr. Brownlow, y habiéndose evitado con cuidado todo lo perteneciente al retrato, como tambien lo que podia tener referencia á la historie ó al porvenir del niño la conversacion versó sobre cosas capaces de alegrarle sin excitar su sensibilidad. Estaba aun demasiado débil para poderse levantar á la hora del almuerzo; pero la mañana siguiente cuando bajó al aposento del ama de llaves su primer cuidado fué lanzar una mirada á la pared esperando volver á ver el rostro de la bella señora.

—Ah! —esclamó el ama de llaves siguiendo con su vista la mirada de Oliverio. —Ya lo veis; se afufó.

—Si lo veo señora! —respondió Oliverio suspirando —¿Porqué lo han quitado de allí?

—Lo han bajado al salon hijo mio; porque Mr. Brownlow, dice que la vista de ese retrato os hace daño sin duda y esto podria retardar vuestro restablecimiento.

—Oh! que no señora! Os aseguro que no me hacia ningun daño; tenia tanto placer en verle!

—Está bien! está; bien! —dijo el ama con acento jovial —Restableceos lo mas pronto que podais y se le volverá á su sitio; yo os lo aseguro! Ahora hablemos de otra cosa.

Esto es todo lo que Oliverio pudo saber por esta vez del cuadro misterioso y la anciana que se habia manifestado tan buena para él durante su enfermedad, procuró trasladar la atencion á otro objeto y de consiguiente le espetó algunas noticias respecto á su hija; una buena moza á fé mia casada con un bravo muchacho habitando ambos en provincia, cuales noticias aquel escuchaba con oido atento.

Mr. Brownlow mandó comprarle un traje nuevo y le dejó en libertad de disponer á su gusto de sus viejos harapos. El los dió á un criado que el mismo dia los vendió á un judío ropavejero.

Una tarde despues de algunos dias despues de la aventura del retrato, estando Oliverio hablando con la señora Bedwin M. Brownlow envió recado, que si aquel se sentia bien tuviera la bondad de pasar á su gabinete para hablarle un instante.

—Vírgen de Dios madre! —esclamó la Señora Bedwin —Lavaos pronto las manos y venid luego á que os arregle un poco el cabello! Dios mio! Dios mio! Si hubiese podido preveer eso, os hubiera puesto un cuello blanco haciéndoos un ramito de flores.

Oliverio obedeciendo á la buena señora se lavó las manos y aunque esta se plañia mucho de no tener siquiera el tiempo de plegar la pequeña gorguera de su jóven protegido, tenia con todo tan buen aspecto que no pudo menos de decir mirándole de la cabeza á los piés que realmente no sabia si le hubiera sido posible operar en el mayor cambio en mejora aun que hubiese estado prevenida desde mucho tiempo antes.

Oliverio animado por estas lisonjas de la buena señora, entró en el gabinete de Mr. Brownlow despues de haber llamado suavemente á la puerta. Este era una hermosa piezecita llena de libros y mirando á soberbios jardines. El anciano estaba sentado ante una mesa con un tomo en la mano. Al ver á Oliverio dejó el libro sobre la mesa y le dijo viniera á sentarse cerca de él.

Mr. Brownlow tomando un tono mas dulce pero sin embargo mas serio dijo: —Amigo mio! En este momento necesito que pongais atencion á lo que voy á deciros. Os hablaré con el corazon abierto persuadido como estoy de que sois mas capaz de comprenderme que muchas personas de mas edad que vos.

—Oh! no hableis de alejarme señor; os lo ruego! —esclamó el niño aterrorizado por el tono con que Mr. Brownlow pronunció este exordio. —No me expongais á divagar de nuevo por las calles! Guardadme aqui como criado! No me volvais al horrible sitio de que he venido! Caballero! Os suplico que tengais piedad de un pobre niño!

—Querido Oliverio! —dijo el anciano afectado por el acento con que aquel hizo ese llamamiento súbito á la sensibilidad —No temais que os abandone mientras no me dais motivo para ello.

—Jamás caballero! Jamás; os lo aseguro! —replicó Oliverio.

—Tengo razones para creerlo —repuso á su vez el anciano —y asi lo espero. Es verdad que antes de ahora he sido engañado por personas á quienes queria hacer bien; pero á pesar de ello estoy dispuesto á dispensaros mi confianza y me intereso por vos mas de lo que yo mismo puedo darme razon. Los que han poseido mi efecto mas tierno, descansan en paz en la tumba y á pesar de que la alegria y la felicidad de mi vida las han seguido, no he hecho de mi corazon un ataud, ni lo he cerrado para siempre á las emociones mas dulces. Una afliccion profunda no ha hecho mas que volverlas mas fuertes y asi debe ser porque ella depura nuestro corazon! Vaya, vaya. —prosiguió con aire jovial. —Esto lo digo porque vos teneis un pecho jóven y subiendo que yo he tenido grandes tristezas evitareis con mas cuidado el renovarlas. Decís que sois huérfano sin un solo amigo en lo tierra; todas las pesquizas que he hecho sobre este punto confirman vuestras palabras; contadme vuestra historia. De donde venis? Quien os ha educado y donde habeis encontrado á los compañeros que he visto con vos. Decidme la verdad y si veo que no habeis cometido ningun crímen, mientras vivais no os faltará un amigo.

Las sollozos privaron á Oliverio de la palabra por algunos momentos; pero al finita á contar como habia sido educado en la granja y de alli llevado por Mr. Bumble á la Casa de Caridad, cuando retumbaron dos aldabazos dados por una mano impaciente á la puerta de la calle y casi al mismo tiempo una criada vino á anunciar á Mr. Grimwig.

—Sube? —preguntó Mr. Brownlow.

—Si señor. —respondió aquella. —Ha preguntado si estabais en casa y como le he respondido que si, ha dicho que venia á tomar el thé con vos.

Mr. Brownlow se sonrió y volviéndose á Oliverio —Mr. Grimwig —dijo —es un conocido antiguo. Es necesario no parar la atencion en sus maneras algo bruscas; fuera de esto es un sujeto honrado y yo le estimo sinceramente.

—Mandais que me retire Señor? —preguntó Oliverio.

—No. —contestó Mr. Brownlow —Prefiero que os quedeis.

En este momento apareció un individuo gordo cojeando de una pierna y apoyándose en un enorme baston. Hablando tenia la costumbre de inclinar la cabeza de un lado y volverla en espiral como hace un papagayo. En esta postura pues y teniendo en la mano un pedazo de cascara de naranja que enseñaba con el brazo tendido, esclamó con voz ronca y triste:

—Tened! veis esto? No es la cosa mas extraordinaria y sorprendente que no pueda entrar en ninguna casa sin encontrar en la escalera una cáscara de naranja! Ya una vez he sido estropeado por la cáscara de naranja y no dudo que la cáscara de naranja será mi muerte! Si; estoy cierto de ello: la cáscara de naranja me causará la muerte! Me comeria la cabeza que la cáscara de naranja será mi muerte!

Este era el ofrecimiento con que Mr. Grimwig apoyaba todos sus asertos. Lo mas extraordinario en este caso era que aun admitiendo (en favor del argumento) que les progresos científicos fuesen llevados hasta el punto de dar al hombre el poder de comerse su propia cabeza, por muy resuelto que estuviera á ello la del susodicho caballero era tan grande que por muy afanoso que estuviese de probar esa posibilidad física, jamás podria prometerse el logro de tan temerario empeño en una sola comida, aun haciendo abstraccion de una gruesa capa de polvo que la guarnecia.

Me comeria mi cabeza! —repitió Mr. Grimwig golpeando con su baston sobre el pavimento y al ver á <Oliverio —Ola! que, es esto? —añadió retrocediendo dos ó tres pasos.

—Es el pequeño Oliverio Twist de quien os he hablado. —dijo Mr. Brownlow.

Oliverio hizo un saludo.

—Acaso quereis hablarme de ese muchacho que ha tenido la fiebre? —preguntó Mr. Grimwig retrocediendo aun mas —Esperad un poco! Nada digais! Ah! Ya caigo! —añadió bruscamente perdiendo todo temor á la fiebre y encantado de su descubrimiento —Este es el niño que ha comido una naranja arrojando luego la cáscara á la escalera! Si no es el quiero comerme mi cabeza y la suya por añadidura.

—No. Os engañais; no ha comido naranja —dijo sonriendo Mr. Brownlow. —Vaya dejad alli vuestro sombrero y hablad á mi jóven amigo.

—Este es el muchacho de que me habeis hablado no es cierto? —dijo al fin Mr. Grimwig.

—El mismo. —respondió Mr. Brownlow, haciendo á Oliverio una señal de cabeza amistosa.

—Y bien? Muchacho, como va de salud? —repuso Mr. Grimwig.

—Mucho mejor! Os doy gracias caballero! —respondió Oliverio.

Mr. Brownlow temiendo que su exéntrico amigo no dijera algo desagradable á su jóven protegido, suplicó á éste fuera á decir á la Señora Bedwin que esperaban el thé, lo que el muchacho hizo con tanto mas gusto cuanto los modales del recien llegado no le hacian mucha gracia.

—No os parece interesante ese muchacho? —preguntó Mr. Brownlow.

—No lo sé —contestó Grimwig con sequedad.

—No lo sabeis?

—No en verdad. No encuentro diferencia alguna entre los muchachos, ni conozco de ellos mas que dos especies: los unos pálidos y endebles y los otros colorados y gordimflones.

—Y en que categoria colocais á Oliverio?

—En la de los endebles. Uno de mis amigos tiene un grueso muchacho mofletudo (á eso llaman un niño hermoso!) con una cabeza como un bola, megillas rojas y ojos chispeantes; un niño horrible á fé mia, cuyo cuerpo y miembros parecen forzar las costuras de sus vestidos y teniendo por añadidura una voz de piloto y un apetito de lobo. Bien le conozco al monstruo!

—Vaya! —dijo Mr. Brownlow. —Esta falta no la tiene Oliverio; con que no puede provocar vuestra cólera.

—Es cierto que no tiene esta falta; pero puedo tener de peores.

En este momento Mr. Brownlow tosió con impaciencia lo que parecia dar mucho gusto á Mr. Grimwig.

—Si, lo repito: —continuó este último —puede tener de peores. ¿De donde viene? quien es? Ha tenido la fiebre! Ello que prueba? La fiebre no es patrimonio de las gentes honradas, al menos que yo sepa. Acaso no son los malvados los que tienen algunas veces la fiebre? He conocido en la Jamaica á un hombre que fué ahorcado por haber asesinado á su amo; seis veces tuvo la fiebre. Por eso no se le recomendó á la clemencia de la corona! Puha! Hubiera sido una bestialidad!

El hecho es que Mr. Grimwig en el fondo de su corazon estaba dispuesto á convenir en que las maneras de Oliverio abogaban en su favor; pero dispuesto mas que nunca á contradecir estando como estaba muy exitado por la cáscara de naranja; y como se habia metido en la cabeza que nadie le haria confesar si un niño era bueno ó no, habia resuelto desde el momento á combatir la opinion de su amigo.

Asi pues, cuando este hubo confesado que no podia responder satisfactoriamente á ninguna de sus preguntas y que para interrogar á Oliverio sobre sus antecedentes habia esperado á que este estuviera del todo restablecido, Mr. Grimwig se sonrió maliciosamente y preguntó con acento de mofa, si por ventura el ama de llaves tenia la costumbre de contar la plata cada noche, de lo contrario, si una hermosa mañana no le faltaban tres ó cuatro cubiertos se comeria etc. etc.

—Y cuando debeis oir la relacion fiel y circunstanciada de la

vida y aventuras de Oliverio Twist? —añadió concluyendo su thé, y mirando al mismo tiempo de reojo á Oliverio que acababa de entrar otra vez.

—Mañana por la mañana. —respondió Mr. Brownlow —Prefiero que esté solo conmigo para ello. Venid á encontrarme mañana á las diez amigo mio. —continuó dirijiéndose á Oliverio.

—Esta bien señor. —respondió este con alguna vacilacion, avergonzado de verse el blanco de las miradas escudriñadoras de Mr. Grimwig.

—Que apostais que no viene mañana á encontraros? —dijo este último por lo bajo al oido de Mr. Brownlow. —Le he visto vacilar; os engaña querido.

—Juraria que no. —repuso Mr. Brownlow con calor.

—Si no os engaña —objetó el otro —quiero... (y el baston resonó sobre el piso.)

—Respondería con mi vida de que el niño dice la verdad. —insistió aquel golpeando con el puño sobre la mesa.

—Y yo con mi cabeza, que os engaña. —replicó Grimwig golpeando tambien sobre la mesa.

—Allá lo veremos. —dijo Mr. Brownlow procurando ocultar su despecho.

—Si; allá lo veremos. —repuso Grimwig con sonrisa burlona —Allá lo veremos!

Como si la suerte lo hubiera dispuesto á propósito, en medio de este altercado entró la señora Bedwin trayendo un paquete de libros que aquella misma mañana Mr. Brownlow habia comprado al mismo vendedor de libros viejos que ha figurado ya en esta historia, el que depositó sobre la mesa y se dispuso á salir del aposento.

—Decid al muchacho que espere Señora Bedwin. —dijo Mr. Brownlow. —Tiene que volverse algo.

—Se ha marchado.

—Llamadle, que importa. Ese hombre no es rico y sus libros no están pagados: tambien tiene que volverse otros.

La puerta fué abierta. Oliverio corrió por un lado y la criada por otro mientras desde el lindar la Señora Bedwin llamaba al muchacho; pero este estaba ya muy lejos y Oliverio y la criada volvieron sofocados sin haber podido alcanzarle.

—Lo siento mucho. —esclamó Mr. Brownlow —hubiera querido que esos libros hubiesen sido devueltos esta misma tarde.

—Devolvedlos por medio de Oliverio. —dijo Grimwig con malicia —Estais seguro que los devolverá fielmente.

—Oh! si, señor! Permitid que los devuelva: os lo suplico —dijo Oliverio —Correré todo el camino y pronto estaré de vuelta.

Mr. Brownlow iba á contestar que no debia salir fuera por lo que fuera, cuando una mirada maligna de su viejo amigo le decidió á dejar partir al niño, para que por un pronto regreso probase al momento á este último la injusticia de sus sospechas, sobre ese punto al menos.

—Pues bien! Si; ireis amigo mio. —dijo Mr. Brownlow —Los libros están sobre una silla de mi despacho; subid á buscarlos.

Oliverio ufano de poder hacerse útil, volvió con mucha diligencia los libros debajo el brazo y esperó gorra en mano que se le esplicase lo que debia hacer.

—Direis —añadió Mr. Brownlow mirando fijamente á Monsieur Grimwig —direis que vais á llevar esos libros y á pagar al mismo tiempo las cuatro libras diez chelines que debo. Ahí teneis un billete de banco de cinco libras; debeis devolverme diez chelines.

—No estaré diez minutos —dijo Oliverio gozoso.

Al mismo tiempo metió el billete en la faltriquera de su chaleco, abotonó la chaqueta hasta el cuello, puso los libros debajo su brazo y habiendo hecho un saludo respetuoso salió. La Señora Bedwin le siguió hasta la puerta de la calle dandole las señas del camino mas corto, del nombre y de la habitacion del librero, señas que Oliverio dijo tener perfectamente en la memoria, y habiéndole recomendado tuviera cuidado de no resfriarse la buena señora le dejó al fin partir.

—Que Dios le bendiga! —dijo viéndole alejarse —No se porque; pero no apruebo el que se le deje marchar de este modo.

En este momento Oliverio volvió jovialmente la cabeza é hizo un signo gracioso antes de entrar en otra calle. La Señora Bedwin le devolvió el saludo sonriendo, y despues de haber cerrado la puerta, se retiró á su aposento.

—Vamos á ver. —dijo Mr. Brownlow sacando el reló de su faltriquera y poniéndolo sobre la mesa —Dentro veinte minutos lo mas tarde estará de vuelta! Será ya de noche.

—Estais seguro de que volverá? —preguntó Mr. Grimwig.

—Y vos no? —dijo sonriendo Mr. Brownlow.

Mr. Grimwig ya propenso á la contradiccion, se mantuvo mas firme en sus trece al verse provocado por la sonrisa confiada de su amigo.

—No! —dijo dando un puñetazo sobre la mesa —No lo creo. Ese muchacho lleva sobre su cuerpo un vestido nuevo flamante bajo su brazo un paquete de libros preciosos y en su faltriquera un billete de banco de cinco libras; irá á reunirse con sus antiguos amigos los ladrones y se burlará de vos. Si jamás vuelve á esta casa quiero comerme la cabeza!Esto diciendo acercó su silla á la mesa y los dos amigos esperaron en silencio teniendo su vista fija sobre el retó.

CAPÍTULO XV.

EN EL QUE SE DEMUESTRA HASTA QUE PONTO EL VIEJO JUDÍO Y LA SEÑORITA NANCY AMABAN Á OLIVERIO.

ENTRETANTO Fagin, Sikes y Nancy disfrazada de cocinera, se habian reunido en una taberna del barrio mas sucio de Londres y deliberaban allí en compañía del perro de largo pelo blanco y puerco. Sikes siempre huraño, el judío mas obsequioso y Nancy decidida mas que nunca á ponerse de parada para cazar á Oliverio.

—Vaya! ¿No es cierto Nancy que vas á emprender la caza? —dijo Sikes presentándole un vaso.

—Si Guillermo. —respondió la jóven despues de haber tragado el licor de una sola vez. —Ya le tengo la pista á Dios gracias! El pobre Diablillo ha estado enfermo, obligado á guardar cama, y... alguna importancia es que ella se calló y sonriendo graciosamente á Sikes llevó la conversacion á otro objeto. Poco despues el viejo judío fué acometido de una tos tan violenta que Nancy echando su chal sobre las espaldas, declaró que era tiempo de partir. Sikes que iba por el mismo lado una parte del camino, espuso la intencion de acompañarla y salieron juntos seguidos á poca distancia del perro feo que salió de un pequeño establo luego que su amo estuvo fuera de su vista. Despues que Sikes hubo partido, el judío asomó la cabeza por la puerta de la sala y mirándole andar por el callejon obscuro y estrecho le enseñó el puño profiriendo horribles imprecaciones y rechinando los dientes; hecho lo cual volvió á sentarse á la mesa y pronto se engolfó profundamente en las páginas interesantes de la Gaceta de los Tribunales.

—Ah! querida Nancy! —dijo Fagin levantando la cabeza:

Si una ojeada significativa y un fruncimiento de las cejas rojas del judío, advirtió á Nancy de que era demasiado comunicativa, es lo que no nos importa saber; el solo hecho á que damos

Entretanto Oliverio no sospechando siquiera que estaba tan cerca de la habitacion del viejo chulo, se dirijia á la tienda del librero. Cuando estuvo en Clerkerwell, tomó por distraccion una calle que si bien paralela, con todo le estraviaba un poco de su camino; pero no reparando en su error hasta que la hubo andado ya mas de dos tercios y sabiendo además que ella le conducia al mismo punto, no juzgó oportuno retroceder y avanzó buen trecho con sus libros bajo el brazo.

Caminando pensaba en sus adentros cuan feliz debia ser y lo que daria para ver únicamente al pequeño Ricardo, quien azotado y falto de pan, tal vez en este momento se hallaba con ansias de llorar, cuando le sacó de su meditacion la voz de una muger que gritaba desaforadamente: —Oh! Querido hermano mio! —y apenas hubo vuelto la cabeza para ver lo que era cuando se halló estrechamente oprimido por dos brazos vigorosos pasados bruscamente al rededor de su cuello.

—Dejadme estar! —gritó él resistiéndose —Soltadme! Quien sois? Porque me deteneis?

La respuesta á esto fué una multitud de quejas y lamentaciones por parte de una jóven, llevaba una cesta pequeña y una llave gruesa en cada mano y que lo abrazaba con transporte.

—Ay! gracias á Dios! Al fin le he encontrado! —dijo ella —Oliverio! Oliverio! Has sido un mal muchacho en haberme hecho tan desgraciada! Ven, ven conmigo á casa! Cielos! Si; es el mismo! O felicidad! Con que lo hé encontrado!

En medio de estas esclamaciones incoherentes, la jóven se sintió acometida por un exceso de histérico que hizo temer por sus dias hasta tal punto que algunas mugeres atraidas por sus gritos pidieron á un mancebo carnicero de cabellera lustrosa de grasa hallado alli por casualidad, fuera en busca de médico; pero éste que era de un natural lento (por no decir indolente) contestó que no lo creia necesario.

—Oh! no; no hagais caso! —dijo Nancy cojiendo la mano de Oliverio —Me siento ya mejor!.. Ea tu desgraciado! ven pronto á casa!

—Que... que es esto señorita? —preguntó una de las mugeres.

—Ah señora! —respondió la jóven. —Hace un mes que se escapó de la casa de sus padres (personas muy respetables y buenos jornaleros) y se ha juntado con una banda de ladrones y de mala gente; de modo que su pobre madre es cuasi-muerta de tristeza.

—Pilluelo! —dijo una muger.

—Pequeño salvage! ¿quiéres volverte á tu casa? —añadió otra.

—Esto no es verdad! —esclamó Oliverio sumamente alarmado —Yo no la conozco!.. Yo no tengo ni hermana, ni padre, ni madre! Soy huérfano! Vivo en Pentonville!

—Se ha visto descaro igual! —dijo Nancy.

—Cielos! Nancy! —gritó Oliverio reconociéndola al fin y retrocediendo de espanto.

—Ya lo veis como me conoce! —repuso Nancy recurriendo al testimonio de los presentes. —No puede menos!.. Como honradas gentes que sois ayudadme á llevarlo á nuestra casa, ó sino matará á su padre á su madre y yo me moriré tambien de tristeza!

—Que Diablos sucede aqui? —dijo un hombre saliendo precipitadamente de una taberna seguido de un perro blanco lleno de cicatrices —Oh!.. mil truenos! Es el pequeño Oliverio! Tunantuelo te volverás pronto á tu casa con tu pobre madre?

—Yo no les pertenezco! No les conozco! Socorro! Socorro! —gritó el niño procurando desprenderse de las manos del hombre.

—Ah! gritas socorro! —repuso éste. Pillastron! Yo voy á dártelo el socorro!.. Que significan esos librotes que traes aqui? Sin duda los habrás robado! Dame esto pronto!

Esto diciendo, le arrancó los tomos de las manos y le dió un gran puñetazo en la cabeza.

—Bien hecho! —dijo un hombre que miraba desde la ventana de una guardilla —Este es el único medio de hacerle entrar en razon.

—Sin duda alguna. —esclamó un carpintero medio dormido, dirijiendo una mirada de aprobacion al que acababa de hablar.

—Esto le sentará bien! —dijeron las dos mugeres.

—Por esto cabalmente no quiero que le pase la presente! —repuso el bandido cogiendo á Oliverio por el cuello de la chaqueta y asestándole otro puñetazo —Andarás pillastron? —A mi Cesar! A mi! —prosiguió dirijiéndose á su perro.

Debilitado por la enfermedad que acababa de pasar, aturdido por los golpes y por un ataque tan repentino, espantado por el horrible gruñido del perro y la brutalidad del hombre y anonadado por la conviccion de los presentes que le tomaban por lo que no era ¿que podia hacer el pobre niño en tal circunstancia? La obscuridad de la noche, en semejante barrio hacia todo socorro improbable y toda resistencia inútil. En menos que nada fué conducido con tal rapidez por un laberinto de callejuelas sombrias y estrechas que los pocos gritos que osó proferir no fueron oidos, y aun que lo hubieran sido nadie habia á quien pudieran llamarle la atencion...

Los faroles estaban encendidos por todas partes; la Señora Bedwin esperaba con ansiedad á la puerta de la casa; la criada habia corrido veinte veces hasta al cabo de la calle para ver si encontraria á Oliverio y los dos amigos estaban en el salon sin luz, teniendo siempre el reló ante su vista.

CAPÍTULO XVI.

DONDE FUÉ Á PARAR OLIVERIO DESPUES DE HABER SIDO RECLAMADO POR NANCY.

DESPUES de haber recorrido algunas callejuelas, llegaron al fin á una gran plaza que á juzgar por los rediles y cobertizos de que estaba guarnecida debia ser un mercado de animales. Sikes aflojó entonces el paso, pues del modo que andaban la jóven no podia seguirles y volviéndose á Oliverio le intimó bruscamente que diera la mano á Nancy.

—Entiendes lo que te digo? —refunfuñó Sikes, observando que el muchacho se resistia y miraba á su alrededor.

Se encontraban en un sitio sombrío muy lejanos de los transeuntes y Oliverio se convenció completamente de que toda resistencia seria inútil. Alargó pues la mano á Nancy y esta la estrechó fuertemente contra la suya.

—Ahora dame esa! —continuó Sikes apoderándose de la otra mano.

—Aquí Cesar! (El perro levantó la cabeza y se puse á gruñir.) La vés bien he? —prosiguió señalando con el dedo la garganta del niño y echando terribles juramentos —Si tiene la desgracia de remover solamente los labios muerde eso! Comprendes?

El perro gruñó de nuevo y lamiéndose los hocicos miró á Oliverio como si se alegrára de antemano de poderlo saltar al cuello.

—Lo hará como se lo digo! Que un rayo me parta si no lo hace! —repuso Sikes arrojando una mirada feroz al animal en muestra de aprobacion. —Ahora mira lo que te conviene: grita cuanto te acomode; el perro te impondrá pronto silencio! Ea! anda ya fiel guardian y ojo avisor.

A estas palabras afectuosas de su amo, Cesar que no estaba acostumbrado á ellas removió la cola y dando un gruñido en señal de advertencia para Oliverio, tomó la delantera y abrió la marcha.

El mercado que atravesaban era el de Smithfield. La noche estaba sombría y brumosa, las luces de las tiendas apenas podian abrirse paso á través de la nieble cuyo espesor crecia á cada instante aumentando la soledad y la tristeza del sitio, al mismo tiempo que hacia la incertidumbre de Oliverio mas horrible y mas angustiosa.

Cerca una hora recorrieron callejones sucios y poco concurridos y si algunas personas encontraron parecieron á los ojos de Oliverio como pertenecientes á la misma calaña de Sikes. Por fin, enfilaron una calle aun mas estrecha y mas sucia que las otras, habitada cuasi toda ella por ropavejeros y el perro adelantándose corriendo como si estuviera cierto de que su vigilancia era ya entonces inútil, se paró ante una tienda cerrada al parecer desocupada, pues la casa amenazaba ruina y un rótulo anunciando que estaba para alquilar, permanecia medio clavado sobre la puerta en señal de que estaba en ella desde muchos años.

—Ya llegamos! —dijo Sikes lanzando una mirada á su alrededor.

Nancy pasó la mano por debajo los postigos y Oliverio oyó sonar una campanilla en el interior. Fueron á colocarse debajo de un farol y esperaron algunos momentos. Rechinó el ruido de una llave en la cerradura y poco despues la puerta se abrió con la mayor precaucion. Sikes entonces sin mas cumplimientos cojió el niño por el cuello y en un decir Jesus estuvieron los tres dentro de la casa. Entre la obscuridad mas profunda esperaron que la persona que les habia abierto hubiera cerrado otra vez la puerta con llave y cerrojos.

—No hay ninguno aquí? —preguntó Sikes.

—No. —respondió una voz que Oliverio creyó reconocer.

—El viejo está? —prosiguió el bandido.

—Si. —replicó la voz —Lindamente enredado entre espinas esperándoos. Con esto quien no tendrá placer de veros! Pues ya!

El estilo de esta respuesta y el tono con que fué pronunciada, eran familiares á los oidos de Oliverio; pero no pudo descubrir la fisonomía del interlocutor.

—Alúmbranos un poco si no quieres que nos rompamos el bautismo, ó que pisemos al perro —dijo Sikes. —Os advierto que tengais cuidado con las piernas si pisais sus patas.

—Aguardad un momento que vaya á buscar la luz! —repuso la voz.

En esto se oyó el ruido de los pasos de una persona que se alejaba y luego apareció Jaime Dawkins vulgo el fino Camastron llevando en la mano una vela colocada en un palo hendido. Sé contentó con hacer una mueca á Oliverio para renovar las amistades con él é hizo señal á los visitadores de que le siguieran. Bajaron la escalera, atravesaron una cocina desprovista de utensilios y abriendo la puerta de un chiribitil del que se exhalaba un olor fétido, fueron recibidos entre carcajadas y aclamaciones de alegria.

—Oh! que buena farsa! —esclamó maese Bates desternillándose de risa. —Si, el es! Pero mirad Fagin... miradle... Dios de Dios! Qué buena farsa! Hay para morirse de risa! Que alguno me tenga para que pueda reir á mis anchuras. Ah! ah! ah!

Esto diciendo maese Bates se dejó caer en tierra boca abajo y estuvo en tal postura por mas de cinco minutos dando un libre desahogo á su loca alegría y sacudiéndose las posaderas con sus talones. Luego volvió á levantarse, tomó la vela de manos del Camastron y acercándose á Oliverio dió vuelta entorno suyo para examinarle mientras que el judío quitándose su gorra de algodon saludó respetuosamente varias veces al pobre niño que los miraba con ademan azorado. Entre tanto el Camastron que era de un carácter mas maduro y que raras veces comprometia su dignidad cuando se trataba de asuntos serios relativos á su profesion, vaciaba los bolsillos del infortunado con la atencion mas escrupulosa.

—Mirad Fagin, mirad su cáscara! —dijo Bates acercando la vela tan cerca del vestido nuevo de Oliverio que poco faltó para que pusiera fuego en ellos —Mirad su cascarita! Tela de pavo real y corte de tijera de plata! Viva la elegancia! Ola! ola! y esos libros? Eso le dá el aire de todo un caballero ¿no es verdad Fagin?

—Querido! Estoy encantado de veros tan bien puesto! —dijo el judío saludando á Oliverio con humildad afectada —El Camastron os dará otros vestidos, pues seria una lástima gastaseis estos que son para los domingos! Querido? porque no habeis escrito que veniais? Hubiéramos tenido algo caliente para vuestra cena.

A estas palabras maese Bates soltó una carcajada tan estrepitosa que el mismo judío desarrugó la frente y el Camastron se sonrió. Pero como en este mismo momento este sacó el billete de banco de la faltriquera de Oliverio, seria dificil averiguar si fué la bufonada de Cárlos ó el descubrimiento del billete quien exitó su sonrisa.

—Ola! ¿Que papelucho es este? —dijo Sikes adelantándose hácia el judío, mientras este se apoderaba del billete. —Esto me pertenece Fagin!

—No, no Guillermo; es mio querido! Vos tendreis los libros.

—Si no se entrega eso á mi ó á Nancy (que es lo mismo), voy á devolver al niño. —dijo Sikes poniéndose el sombrero con ademan resuelto.

El judío se estremeció: lo mismo hizo Oliverio aun que por motivo muy diferente pues esperaba que su libertad seria el resultado de la disputa.

—Ea! venga acá eso! Lo entendeis? —dijo Sikes.

—No hay razon para ello Guillermo, ninguna razon. ¿No es cierto Nancy? —contestó el judío.

—Haya razon ó no —replicó Sikes. —dadme eso! Os lo digo por la última vez! ¿Creeis que Nancy y yo no tengamos nada mas que hacer que pasar un tiempo precioso siguiendo la pista y cojer á todos los muchachos que se dejan prender para vuestro provecho? Venga acá eso viejo avaro! (Esqueleto carcomido!) Trasto de desván!

Pronunciando tales palabras Sikes se apoderó del billete de banco que el judío tenia entre el pulgar y el indice y pasando con la mayor sangre fria su vista por él, lo plegó en cinco ó seis vueltas y lo encerró dentro de un nudo que hizo en el pañuelo que llevaba al cuello.

—Esto es por el trabajo que nos hemos tomado. —dijo Sikes ajustando de nuevo su corbatin —Todavía no es la mitad de lo que él vale! Vos podeis quedaros con los libros si sois aficionado á la lectura, ó sino los vendereis!

—Qué bien escritos están! —dijo Cárlos que ojeó uno de los tomos haciendo mil muecas —Bello estilo por vida mia! Espresiones elegantes! No es verdad Oliverio? —Y viendo el ceño lastimoso que ponia este mirando á sus perseguidores, maese Bates que estaba dotado de un espíritu cáustico y que además tenia un gusto decidido por el burlesco se puso á reir á carcajadas y ha hacer mas ruido que antes.

—Son del anciano caballero! —dijo Oliverio torciéndose las manos —De ese bueno y respetable caballero que me llevó á su casa y que tuvo cuidado de mi cuando estaba malo y me iba á morir! Ah! Os lo suplico, enviádselos! Devolvedle los libros y el dinero! Tenedme encerrado aquí toda mi vida; pero por amor de Dios devolvedle lo que le pertenece! Creerá que le he robado! La buena señora y todas las personas de la casa que han sido para mi tan buenas, me tendrán por un ladron! Oh! tened piedad de mi! Devolved los libros y el dinero!

Pronunciando estas palabras con el acento de la mas violenta desesperacion, Oliverio se echó á los piés del judío juntando sus manos con ademan suplicante.

—El niño tiene razon! —dijo Fagin arrojando una mirada á su alrededor y frunciendo sus cejas rojas —Tienes razon Oliverio; mucha razon! Pensarán que has robado los libros y el dinero. Ah! ah! —prosiguió rechinando los dientes y frotándose las manos— Esto no podia venir mejor, aunque lo hubieramos hecho á propósito!

—Sin duda que no podia venir mejor! —contestó Sikes —He aquí lo que me ha acudido de pronto en el pensamiento cuando le he visto atravesar Clerkenwell con sus libros bajo el brazo. Ellos deben ser unas santas almas de otro modo no le hubieran recojido en su casa. Luego no le reclamarán por temor de tenerle que perseguir ante los tribunales y hacerle prender. Con que está bien seguro!

Hasta entonces Oliverio habia mirado á uno y otro alternativamente con aire inquieto sin comprender del todo lo que querian decir; pero cuando Sikes concluyó de hablar, se levantó de repente, se escapó del aposento sin saber donde dirijirse llamando á su socorro y haciendo resonar la casa con sus gritos.

—Guillermo llama á tu perro! —esclamó Nancy corriendo á la puerta y cerrándola trás el judío y sus dos educandos que se habian lanzado en persecucion de Oliverio —Llama á tu perro! Va á devorar á ese muchacho!

—Voto á brios que lo merece! —gritó Sikes reuniendo todas sus fuerzas para desprenderse de las manos de la jóven. —Quítate tú de aqui! Suéltame te digo ó voy á romperte el cráneo contra la pared!

—Nada me importa! —continuó Nancy forcejando para conservar su puesto —Este muchacho no será devorado por el perro, sin que antes tu me hayas muerto!

—Dices bien! —dijo Sikes rechinando los dientes. —Esto va á ser pronto si no te retiras!

Esto diciendo el bandido arrojó con toda su fuerza á la jóven al otro estremo del aposento, justamente en el instante en que el judío y los dos muchachos volvieron á entrar conduciendo á Oliverio.

—Que sucede ahora? —preguntó Fagin.

—Creo que se ha vuelto loca? —contestó Sikes con acento feroz.

—No, no está loca! —dijo Nancy pálida por la cólera y sofocada por la lucha que acababa de sostener —No, no lo creais Fagin!