—Entonces quieres callarte! —dijo el judío con tono amenazador.
—No; no me callaré! —replicó Nancy levantando la voz. —Que querais decirme con ese tono?
El viejo Fagin conocia demasiado al sexo de que formaba parte Nancy y los caprichos á que comunmente está sujeto para no juzgar prudente dejar á la jóven. Con esta idea, para apartar la atencion de esta se dirijió á Oliverio.
—Con qué queriais escaparos he? —dijo tomando una gruesa estaca llena de nudos que estaba en un rincon de la chimenea.
Oliverio no respondió; pero espió los movimientos del judío latiéndole con fuerza el corazon.
—Si; llamabais socorro! Queriais hacer venir la guardia ¿no es esto? —prosiguió, cojiendo con furia el niño por el brazo —Jovencito! Os curaremos de esta manía.
Al decir esto el judío le sacudió un fuerte golpe sobre las espaldas con su estaca y tenia la mano levantada para darle otro cuando la jóven avalanzándose á él con la rapidez del rayo le arrancó el palo de las manos y lo arrojó al fuego con tal fuerza que hizó saltar los carbones ardientes en el aposento.
—No lo sufriré mientras yo este presente Fagin! —esclamó —Habeis recobrado otra vez á ese niño ¿que queréis mas? No el maltrateis ó os doy mi palabra que me entregaré respecto á uno de vosotros á ecsesos que me conducirán á la horca antes de tiempo! Al hacer esta amenaza golpeó el suelo con su pié, mientras cerrados los puños y el rostro pálido de cólera miraba alternativamente ya á Sikes ya á Fagin.
—Qué es esto Nancy? —dijo el judío con acento melífluo despues de un momento de silencio durante el cual cambió con Sikes una mirada en la que era fácil adivinar la turbacion de su alma —Esta noche te muestras mas sentimental que nunca! Ah! ha! querida... Obras noblemente!
—Así me cuadra! —respondió esta —Cuidad de que no me propase! Vos Fagin no hariais con ello muy buen negocio! Con que os lo prevengo por la última vez; dejadme en reposo!
Existe en la muger irritada (sobre todo cuando ha sido llevada á los estremos) cierto sentimiento que los hombres no tienen ganas de provocar. El judío comprendió perfectamente que seria inútil fingir poco cuidado de la cólera de Nancy; así pues, retrocediendo con prudencia, miro á Sikes con aire villano y suplicante á la vez como para darle á entender que no se consideraba tan capaz como él para seguir la conversacion.
Sikes viéndose interpelado de tal modo y pensando tal vez que su amor propio estaba interesado en probar el ascendiente que tenia sobre Nancy volviéndola á la razon, profirió cinco ó seis juramentos y otras tantas amenazas con una facilidad de elocucion que hizo honor á su fértil inventiva. Sin embargo como esto no pareció producir ningun efecto visible en la persona que de ello era objeto, recurrió á argumentos mas sólidos.
—Qué quieres decir con tantos humos? —gritó acompañando la pregunta con un horrible juramento. —Veamos, habla! ¿Qué pretendes con tu amenaza? Voto á mil truenos juntos! Sabes quien eres tu?
—Oh! si; demasiado lo sé! —dijo la jóven sacudiendo la cabeza con ademan de indiferencia.
—Entonces, cierra el pico ¿entiendes? —repuso el otro con tanta brutalidad como si hablara á su perro —De lo contrario te ataré yo la lengua por algun tiempo.
Nancy soltó una risa convulsiva y lanzando á Sikes una mirada de reojo, volvió la cabeza y se mordió los labios hasta echar sangre.
—Ah! si! Eres una gentil muchacha á fé mia! —añadió Sikes mirándola con desprecio —Especialmente cuando te das ese aire de buenos sentimientos. Es un gran negocio para este niño (como tu le llamas.) el haber encontrado en tí una amiga..
—Sin contar que lo soy —esclamó Nancy con cólera —y que quisiera estar en lugar de aquellos al lado de los cuales tan cerca hemos pasado esta noche, mas bien que haberos ayudado á encontrar este desgraciado! Qué sea de hoy en adelante un mentiroso, un ladron, un petardista; que sé yo! todo lo que existe de mas abominable! No le basta á ese viejo bandido sino que tambien ha de destrozarlo á golpes?
—Vamos, vamos! —dijo el judío dirijiéndose á Sikes y haciéndole observar la atencion con que sus jóvenes educandos prestaban el oido á todo lo que pasaba —Guillermo es preciso venir á palabras de paz, á palabras de reconciliacion.
—Palabras de paz! —esclamó la jóven, cuya fisonomía desfigurada por la cólera era en este momento espantosa —Palabras de paz vos viejo infame! Si, las mereceis! He robado por vos cuando no tenia mas que la mitad de la edad de ese niño! —dijo señalando á Oliverio. —Siempre he hecho el mismo comercio y siempre para la misma persona desde hace doce años! ¿No es cierto? Decid! Podeis negarlo?
—Y bien qué? —replicó el judío procurando calmarla —Si lo has hecho ha sido para vivir.
—Si! —gritó ella con toda la fuerza de sus pulmones —Robar es mi subsistencia, como la escarcha, la niebla y el lodo de las calles son mi habitacion! Y vos sois el viejo infame que me ha reducido á ellos desde mi infancia y me reduciréis dia y noche hasta que muera!
—Te sucederá una desgracia! —repuso el judío excitado por estos reproches —Algo peor que esto si dices una palabra mas!
La jóven calló; pero arrancándose los cabellos y rasgando sus vestidos en un exceso de rabia se precipitó sobre Fagin y probablemente le hubiera dejado señales de su venganza si Sikes no se hubiere interpuesto entre ambos cojiéndola por los puños. Hizo algunos esfuerzos para desacirse y se desmayó.
—Está bien ahora! —dijo Sikes arrastrándola hasta un rincon del aposento —Cuando se irrita hasta tal punto tiene en los brazos una fuerza asombrosa!
El judío se enjugó la frente y sonrió de contento al verse libre de una escena tan trájica; á pesar de que él, Sikes, los muchachos y él mismo la debieron considerar como un percance inseparable de sus asuntos.
—No conozco nada peor que tenérselas que haber con las mugeres. —dijo el judío volviendo la estaca á su sitio. —Sin embargo poseen cualidades recomendables y nos son muy útiles en nuestra profesion. Cárlos, lleva Oliverio á la cama.
—Creeis papá Fagin que hará muy bien en no ponerse mañana estos vestidos tan nuevecitos y tan pulcros? —preguntó Cárlos guiñando los ojos con malicia.
—No faltaba mas! —contestó aquel haciendo una mueca de inteligencia á su educando.
Maese Bates muy satisfecho en apariencia de la comision que se le confiaba, tomó el palo hendido que servia de candelero y condujo á Oliverio á una pieza vecina donde habia dos ó tres camas en una de los cuales habia ya dormido el pobre niño. Allí con carcajadas insolentes enseñóle los mismos harapos que habia creido no volver á ponerse jamás, y al mismo tiempo le esplicó como por medio del judío que los habia comprado, el viejo Fagin descubriera el lugar de su retiro.
—Quítate esto! —dijo —Yo lo entregaré á Fagin para que lo guarde. Dios de Dios! y que buena farza!
El desgraciado huérfano se sometió de mal talante, y maese Bates despues que hubo rollado y puesto bajo su brazo el vestido nuevo de aquel, se fué llevándose la vela y cerrando la puerta con llave.
El ruido de sus carcajadas y la voz de Betsy que llegó muy á propósito para aflojar á su amiga y arrojarle agua en las sienes para hacerla volver de su parasismo, hubieran podido tener dispiertas á muchas personas en una posicion mas feliz que la que en que se encontraba Oliverio; pero estaba enfermo y destrozado de miembros, y se durmió muy pronto profundamente.
CAPÍTULO XVII.
LA SUERTE QUE NO SE CANSA DE PERSEGUIR Á OLIVERIO, LLEVA Á LONDRES UN PERSONAGE ILUSTRE QUE ANONADA SU REPUTACION.
UNA mañana muy de madrugada Mr. Bumble salió de la Casa de la Caridad y enfiló la Calle Mayor con paso firme y seguro. Su semblante demostraba toda la gloria y el orgullo de su dignidad de pertiguero: los galones de su sombrero de tres picos y de su levita brillaban al sol y oprimia su baston con toda la fuerza de la salud y del poder. Mr. Bumble llevaba siempre la cabeza erguida, pero en este dia la llevaba mas tiesa que de costumbre. Habia tal distraccion en sus miradas y tal nobleza en sus ademanes que un observador inteligente no hubiera podido menos de presumir que pensamientos de una naturaleza poco comun ocupaban la mente del pertiguero. No se dignó detenerse para conversar con los tenderos al por menor y las demas personas que le dirijieron la palabra; se contentó con responder á sus saludos por un movimiento de mano y no se detuvo su marcha hasta que hubo llegado á la granja en que la Señora Mann guardaba á los niños de la Casa con un cuidado parroquial.
—Que el diablo se lleve á ese importuno pertiguero, si no es él quien llega tan de mañana! —dijo viéndole sacudir con impaciencia la puerta del jardin —Ola Señor Bumble! Ya me figuré yo bien que no podiais ser otro que vos! Es gran placer y una sorpresa agradable el poderos ver tan de mañana! Os suplico que os tomeis la molestia de entrar!
Las primeras palabras fueron dirijidas á Susana y las últimas á Mr. Bumble mientras le abria la puerta y le introducia en la casa con las mayores señales de respeto y atencion.
—Señora Mann! —dijo Mr. Bumble dejándose caer gradual y pausadamente en una silla, en vez de sentarse bruscamente como lo haria un palurdo —Señora Mann os doy los buenos dias!
—Igualmente Señor Bumble! —contestó esta con muchas muecas graciosas —¿Cómo vá esa preciosa salud?
—Psi! psi! Señora Mann. —replicó el pertiguero —Una vida parroquial no es ningun lecho de rosas!
—Bien seguro que no! —apoyó la Señora. (Todos los niños confiados á su cuidado hubieran podido responder á coro si la hubiesen oido.)
—Una vida parroquial Señora Mann —continuó el pertiguero golpeando la mesa con su baston —es una vida de trabajo, de vejaciones y de tormentos! Pero todos los personajes públicos, si así puedo espresarme, deben esperarse el sufrimiento de la persecucion.
La Señora Mann no comprendiendo del todo lo que el pertiguero queria decir, levantó las manos al cielo con aire místico y suspiró.
—Ah! Bien podeis suspirar Señora Mann! —dijo Bumble.
Aquella viendo que habia obrado bien, suspiró de nuevo con gran satisfaccion del funcionario público que reprimió una sonrisa graciosa mirando fijamente al sombrero de tres picos.
—Me voy á Londres Señora Mann!
—De veras Señor Bumble? —contestó ésta plegando las manos y retrocediendo tres pasos en señal de asombro.
—Si Señora. —replicó el imperturbable pertiguero —Me voy á Londres en la diligencia... yo y dos pobres de la casa. Tenemos un pleito por causa de esos pobres. No pertenecen á nuestra parroquia, de consiguiente por pleno derecho no queremos albergarlos... y yo soy quien el consejo de Administracion ha escojido por su representante y el que debe responder en su nombre en las prócsimas sesiones de Clerkenwell. [3] Figuraos ahora Señora Mann —continuó empinándose de toda su altura —Figuraos digo cuanto hilo tendrán que torcer las sesiones de Clerkenwell antes que concluyan conmigo.
—Oh! no vayais á tratarlas con demasiada severidad. —dijo la Señora Mann con tono adulador.
—Ellas me habrán obligado Señora Mann, y si las sesiones de Crekenwell no salen tan bien paradas como creen, á ellas mismas deberán echarse la culpa!
Estas palabras fueron pronunciadas con tal calor y tal acento de amenaza que la Señora Mann se estremeció.
—Os vais pues en la diligencia? —dijo —Creia que la costumbre era enviar á esos pobres en carretas?
—Esto Señora Mann es cuando están enfermos. Entonces les encajamos dentro de carretas descubiertas para impedir que los aires colados les costipen.
—Ah! esto es otra cosa!
—La Administracion de diligencias se encarga de esos por una biscoca. Ambos se hallan en muy triste estado, y calculamos que el cambiarlos nos costará dos libras esterlinas menos que enterrarlos; es decir, si logramos hacerlos recibir en otra parroquia, lo que creo no será dificil en caso de que el despecho no los mato en el camino... ah! ah! ah!
Despues que Mr. Bumble hubo reido á sus anchas, sus ojos se encontraron con el tricuspis y recobró su gravedad.
—Por vida de... hablando nos olvidamos de los asuntos. —dijo —Señora Mann aquí tenéis vuestro salario parroquial del mes.
Esto diciendo sacó de su cartera algunas monedas de plata envueltas en un papel y pidió un recibo que la Señora Mann se apresuró á escribir.
—Hay muchos garabatos —dijo esta —pero ya pasará. Muchas gracias Señor Bumble. Os estoy muy agradecida.
El pertiguero respondió á esta cortesia con una ligera inclinacion de cabeza y preguntó por la salud de los niños.
—Pobres angelitos! —contestó la vieja con emocion. —Están lo mejor posible, esceptuando los dos que se murieron la semana pasada y luego el pequeño Ricardo que anda alicaido.
—No mejora? —preguntó el pertiguero.
La Señora Mann sacudió la cabeza.
La mañana siguiente á la seis Mr. Bumble, despues de haber cambiado su sombrero de tres picos por otro redondo y empaquetado su individuo dentro un redingote azul, tomó asiento en la delantera de la diligencia en compañía de los dos criminales de quienes la Administracion pretendia deshacerse, y que eran la causa bien inocente del proceso que llamaba al pertiguero á Londres. Este llegó á la capital sin haber esperimentado en el camino otra incomodidad que la producida por la conducta inconveniente de los dos pobres que se obstinaron en quejarse del frio, y en titiritar de tal manera durante todo el viaje que (á lo que dijo Mr. Bumble.) sus dientes le castañearon en la cabeza y se encontró muy poco á su gusto á pesar de tener un grueso redingote sobre su cuerpo.
Habiéndose desembarazado el pertiguero de tan incómodos individuos por toda la noche, se instaló en la fonda donde habia parado la diligencia y se hizo servir una opípara comida compuesta de tajadas de buey con salsa de ostras y una botella de escelente vino de Oporto. Luego que hubo concluido, llenó un vaso de grog que puso sobre la chimenea, acercó su silla á la lumbre y despues de algunas reflecsiones morales sobre la incomodidad que resulta de viajar con personas que titiritan y que se quejan, se puso á leer un periódico.
El primer artículo sobre el que se fijaron sus ojos fué el anuncio siguiente:
CINCO GUINEAS DE RECOMPENSA.
«Un muchacho de Pentonville llamado Oliverio Twist, ha dejado su habitacion el jueves último al anochecer sin haber vuelto á ella.
«La recompensa arriba espresada será concedida al que dará instrucciones que puedan facilitar el descubrimiento del susodicho Oliverio Twist, ó que tiendan á arrojar alguna luz sobre los pormenores de su historia, que la persona que hace insertar este anuncio tiene gran interés en saber.»
Venia en seguida la descripcion exacta de la edad, del traje y del exterior de la persona de Oliverio; el modo como habia desaparecido y finalmente el nombre y la direccion de Mr. Brownlow.
Mr. Bumble abrió los ojos, leyó pausadamente y con la mas escrupulosa atencion, por dos ó tres veces consecutivas el artículo y cinco minutos despues estaba en camino para Pentonville habiéndose olvidado con la precipitacion el vaso de grog de sobre la chimenea.
—Mr. Brownlow está en casa? —preguntó á la jóven que le abrió la puerta.
A tal pregunta ésta contestó del modo evasivo que tenia por costumbre: —No lo se. ¿De parte de quién venís?
No bien Mr. Bumble hubo pronunciado el nombre de Oliverio y esplicado él motivo de su visita, cuando la Señora Bedwin que escuchaba á la puerta de la sala se precipitó desalentada en el recibidor.
—Entrad! Entrad! —dijo —Estaba segura de que tendríamos noticias suyas! Pobre chico! Me lo decia el corazon! Querido niño! Siempre lo dije!
Esto diciendo la buena anciana volvió á entrar en la sala á toda prisa y sentándose en el sofá prorumpió en lágrimas, mientras que la criada menos sensible subió los escalones de cuatro en cuatro y volvió pronto para decir á Mr. Bumble que la siguiera. Le introdujo en el gabinete de estudio donde Mr. Brownlow y su amigo Grimwig estaban sentados á una mesa con una botella y dos vasos ante si.
—Un pertiguero! Un verdadero pertiguero de parroquia! Me comeria la cabeza que es un pertiguero! —esclamó este último.
—Os ruego querido amigo que no nos interrumpais por algunos momentos. —dijo Mr. Brownlow. Y dirijiéndose á Bumble añadió —Caballero tened la bondad de sentaros!
Mr. Bumble se sentó muy preocupado por la originalidad de los modales de Mr. Grimwig, Mr. Brownlow colocó la lámpara de modo que pudiera ver mejor al pertiguero y dijo con alguna impaciencia.
—Supongo que el motivo de vuestra venida, ha sido el artículo que he hecho insertar en el periódico?
—Si señor. —respondió Bumble.
—Vos sois pertiguero ¿no es cierto? —preguntó Mr. Grimwig.
—Soy pertiguero parroquial señores. —replicó aquel con orgullo.
—Lo ois? —repuso Mr. Grimwig, dirijiéndose á su amigo aparte —Estaba seguro de que era un pertiguero. El corte de su redingote es parroquial, y huele á pertiguero á la legua.
Mr. Brownlow impuso silencio á su amigo con un movimiento de cabeza y luego continuó:
—Podeis decirnos donde se halla al presente ese niño?
—De ningun modo. —contestó Bumble.
—Entonces ¿que es lo que sabeis de él? —preguntó Monsieur Brownlow. —Hablad amigo mio si teneis algo que decir. ¿Qué sabeis de él?
—Nada bueno sin duda? —dijo Mr. Grimwig despues de haber examinado atentamente al pertiguero.
Este tomó la pregunta al pié de la letra y meneó la cabeza con aire compungido.
—Ya lo veis! —dijo Mr. Grimwig dirijiendo á su amigo una mirada de triunfo.
Mr. Brownlow procuró leer en la fisonomía del pertiguero la respuesta que iba á recibir de él y le instó para que le dijera con la brevedad posible lo que sabia respecto á Oliverio. Mr. Bumble se quitó el sombrero, desabrochó su redingote, se cruzó de brazos y despues de algunos momentos de reflecsion empezó su relato.
Seria fastidioso reproducir aquí las palabras que el pertiguero ensartó por el espacio de veinte minutos. Bastará saber que en resúmen contó que Oliverio era un niño expósito de baja procedencia que desde su nacimiento no habia desplegado otras cualidades que la perfidia, la ingratitud y la maldad; habiendo terminado su corta estancia en el lugar de su nacimiento por un acto villano y sanguinario ejercido sobre la persona de un muchacho de la escuela de caridad, despues del cual se habia escapado en medio de la noche de casa su amo. Luego para probar que realmente estaba revestido del carácter con que se habia manifestado poco antes, estendió sobre la mesa los papeles que se habia llevado de la Casa de la Caridad y cruzando de nuevo los brazos esperó las observaciones de Mr. Brownlow.
—Temo que lo que habeis dicho será demasiado cierto. —dijo éste tristemente despues de haber inspeccionado rápidamente los papeles —Esta suma es muy mezquina para las instrucciones que acabais de darme; pero de buena gana os hubiera dado el triple ó cuadruple, si ellas hubiesen sido favorables al niño.
Es muy probable que si Mr. Bumble hubiera sabido esto un momento antes hubiera dado un giro del todo diferente á su relato; pero no era ya tiempo y sacudiendo gravemente la cabeza embolsó las cinco guineas y se retiró.
Mr. Brownlow se paseó arriba y abajo de la sala tan preocupado por la relacion del pertiguero que el mismo Mr. Grimwig se guardó bien de contrariarle por mas tiempo. Al fin se detuvo y tiró con fuerza el cordon de la campanilla.
—Señora Bedwin! —dijo á la ama de llaves que vino para recibir sus órdenes —Ese muchacho... Oliverio! es un impostor.
—No puede ser señor! Estoy segura de ello! —dijo enérgicamente la buena anciana.
—Os digo que lo es! —repuso secamente Mr. Brownlow —¿Qué quereis decir con... no puede ser? Acabamos de saber lindas cosas de él. Parece que desde su nacimiento hasta el presente no ha sido mas que un pilluelo.
—Jamás lo creeré señor! —replicó Bedwin con firmeza.
—Vosotras las viejas, no dais fé mas que á los charlatanes y á los cuentos de brujas! —interrumpió bruscamente Mr. Grimwig —¿Porqué no seguisteis mis consejos desde el principio? Lo hubierais hecho sino hubiese tenido la fiebre he? Ella le hácia interesante no es esto? Interesante! Que bestialidad! —Esto diciendo atizaba el fuego revolviéndole con el hurgón.
—Ese niño es dulce, amable y reconocido. —repuso la Señora Bedwin con indignacion —Tal vez tengo motivos para conocer el carácter de los niños... Hay mas de veinte años que trato con ellos y las personas que no pueden decir otro tanto, debieran tener el pico cerrado. Al menos esta es mi opinion!
Esta era una pulla directa lanzada á Mr. Grimwig que era celibatario; pero como ella no hizo mas que exitar una sonrisa por parte del viejo muchacho, la buena señora sacudió la cabeza y rollando maquinalmente entre sus dedos el cabo de su delantal, iba sin duda á contestar como correspondia.
—Silencio! —dijo Mr. Brownlow fingiendo una cólera que estaba lejos de subir —No pronuncieis jamás ante mi el nombre de ese niño! Os habia llamado para decíroslo! Jamás! jamás! bajo pretexto alguno... No lo olvideis! —Es todo lo que tenia que deciros señora Bedwin! Fijad en la memoria que os hablo seriamente...
CAPÍTULO XVIII.
DE QUE MODO OLIVERIO PASA EL TIEMPO, EN LA SOCIEDAD DE SUS APRECIABLES AMIGOS.
LA mañana siguiente despues de medio dia, Fagin aprovechándose de la ausencia del Camastron y de maese Bates que se habian marchado á sus faenas ordinarias, sopló á Oliverio una larga moraleja Sobre el pecado horrible de ingratitud de que se habia hecho reo alejándose voluntariamente de sus amigos, inquietos de su ausencia y lo que es mucho peor, intentando escaparse, despues de los trabajos que habian sufrido para volverle á encontrar. Procuró persuadir al niño de que habia sido recibido y cuidado en su casa en un momento en que sin un socorro tan apropósito y extraordinario, el, Oliverio hubiera muerto irremisiblemente de hambre.
Oliverio pasó este dia y la mayor parte de los siguientes sin ver alma viviente. Desde la mañana muy temprano hasta la media noche, solo y entregado asi mismo pensaba en sus protectores, y el temor de que tuviesen de él una opinion poco favorable le llenaba de mortal angustia. Pasados ocho dias, el judío no consideró ya necesario tenerle encerrado en el aposento y le dejó ir libremente por toda la casa.
Un dia que el Camastron y maese Bates debian pasar la velada fuera, aquel se metió en el caletre ponerse mas pulero que de costumbre. (debilidad que para hacerle justicia, no era habitual en él.) Mandó muy políticamente á Oliverio que le ayudara en esta faena. Este muy contento de encontrar una ocasion para hacerse útil, muy feliz en tener sociedad por mala que fuera y ansioso además de conciliarse la estimacion de todos los que le rodeaban, se prestó de buen talante á lo que se le exijia. Puso pues una rodilla en tiérra de manera que el pié del Camastron que estaba sentado sobre la mesa pudiera descansar sobre la otra y se puso á cumplir el deber de pulimentar sus coturnos, lo que quiere decir en buen castellano, que limpió sus botas.
Sea que el Camastron se sintiera agitado por eso sentimiento de libertad é independencia que esperimenta necesariamente todo ser racional cuando está sentado perezosamente sobre una mesa, fumando su pipa con plena satisfaccion, balanceando suavemente una pierna y mirando limpiar sus botas sin necesidad de quitárselas ni tampoco de volvérselas á calzar; sea que la buena aroma del tabaco dispertase su sensibilidad, ó que la calidad de la cerveza dulcificase sus sentimientos; lo cierto es que se sintió llevado de repente á lo romántico y á lo entusiasta. (dos cosas muy contrarias á su razon de ser.) Miró durante algunos momentos á Oliverio con aire pensativo, luego con un suspiro y un balanceamiento de cabeza, dijo mitad para si y mitad á Cárlos:
—Lastima que no sea hurraca!
—Ah! No sabe lo que le conviene! —contestó este.
El Camastron suspiró de nuevo y volvió á chupar su pipa. Cárlos hizo otro tanto y ambos fumaron un rato en silencio.
—A qué va que ni siquiera sabes lo que es una hurraca? —dijo el Camastron, con tono compasivo.
—Creo que si. —respondió Oliverio levantando la cabeza. —Es un la... lo que sois vos no es cierto? —siguió interrumpiéndose.
—Lo soy y con mucho orgullo! —replicó el Camastron —Es la mejor carrera! (Esto diciendo se metió el sombrero tras las orejas y lanzó un vistazo á maese Bates.) —Si; lo soy. —prosiguió —y Cárlos tambien y Fagin y Sikes y Nancy y Betsy; todos lo somos, todos hasta el perro quien es el que muestra mas corazon para la faena.
—Y el menos propenso á traicion. —añadió Bates.
—No será él quien ladre jamás en el banco de los testigos! Ah! no... no hay peligro! Aunque se le atase en él y se le dejase allí quince dias sin comer.
—Tiene mucha mira en eso!
—Oh! es un perro muy picaruelo! Con que fiereza mira á un camarada que se ponga á reir ó á cantar estando en sociedad! A pesar de que no gruñe mucho cuando siente tocar el violon ni detesta á los otros perros de su raza... No por cierto!
—Es un famoso cristiano!
—Buen oficio! Buen oficio! —prosiguió el Camastron volviéndo al asunto de que se habian apartado, al recuerdo de su profesion que influia en todas sus acciones —Eso no tiene nada que ver con el leofito (neofito.)
—Es verdad! —repuso Cárlos —Oliverio por que no sientas plaza bajo la bandera de Fagin?
—Harias fortuna de un golpe! —replicó el Camastron guiñando el ojo.
—Vivirias de tus rentas; y te hacias el señor como pienso yo hacerlo por Pascua ó por Navidad.
—No, no quiero! —contestó Oliverio —Prefiero que se me deje marchar! Qui... sie... ra mejor marcharme!
—Y Fagin prefiere que te quedes —objetó Cárlos.
Oliverio lo sabia demasiado; pero reflecsionando que tal vez seria peligroso el espresarse con demasiada franqueza, dió un suspiro y continuó limpiando las botas del Camastron.
—Vaya! —esclamó éste —¿Dónde está tu valor? Carece tu alma de orgullo? Acaso pretenderás vivir á espensas de tus amigos?
—Puha! —hizo maese Bates sacando dos ó tres pañuelos de la india y tirándolos revueltos en un armario —Qué vileza! Qué mezquindad!
—Jamás podria hacer tal cosa! —dijo el Camastron finguiendo la mayor repugnancia.
—Ello no impide que abandoneis á vuestros amigos y que los dejeis castigar por vuestros hechos propios. —repuso Oliverio sonriendo.
—Oh! Esto es otra cosa. —replicó el Camastron quitando la pipa de sus labios —Esto es por pura consideracion á Fagin; porque los moscardones saben que trabajamos unidos y hubiera podido tener un disgusto si nosotros no hubiésemos jugado las piernas. Este es el porque ¿no es cierto Carlitos?
Maese Bates hizo una señal de cabeza afirmativa é iba á hablar; pero el recuerdo de la fuga de Oliverio presentándose de repente con la mayor viveza en su imaginacion le hizo esplotar en una carcajada, que chocando con el humo de la pipa, obligó á salir á una parte por la nariz y por los ojos y la otra retrocediendo á la garganta le hizo toser y patear, por mas de cinco minutos.
—Hecha acá tus ojos tontuelo! —dijo el Camastron mostrando un puñado de chelings y de sueldos —Quieres una vida mas alegre? Llegar y coger! Quedan algunos mas en el cajon de aquel á quien los he soplado! ¿No te acomodan he? Imbécil!
—Es muy pillastron ¿no es cierto Oliverio? —dijo Cárlos —Una bonita mañana se hará levantar.
—No sé lo que quiere decir esto. —respondió Oliverio volviendo la cabeza.
—Toma! Algo por este estilo! —Esto diciendo maese Bates tomó uno de los cabos de su corbata y teniéndolo al aire dejó caer la cabeza sobre su espalda é hizo una especie de ruido con sus dientes, indicando por medio de esta chusca pantomina que levantar y ahorcar no eran mas que una sola y misma cosa.
—He aquí lo que quiere decir esto —prosiguió —Ah! ah! vez Jaime como me mira. Jamás he visto un muchacho como él. Bajo palabra de honor es la inocencia n.° 1! Me haria morir de risa! Te digo que tendré que reprocharle mi muerte! —y maese Bates despues de haber reido de tal gusto que las lágrimas le vinieron á los ojos, se puso otra vez á fumar.
—Has sido mal educado. —dijo el Camastron examinando sus botas que Oliverio acababa de limpiar —Con todo Fagin hará de ti algo, ó bien serás el primero que no hayas aprovechado entre sus manos... Harias mejor que empezáras al momento, porque sin duda alguna, llegarás á ello y ahora no haces mas que retroceder para saltar mejor.
Maese Bates apoyó este aviso con muchas reflecsiones morales de su cosecha, despues de lo cual él y Dawkins se estendieron largamente sobre los placeres innumerables que acompañan ordinariamente á la vida que llevaban, insinuando á Oliverio, que lo mejor que tenia que hacer era procurar captarse el buen afecto y la amistad de Fagin, empleando los mismos medios que ellos habian adoptado para merecerlos.
—Y métete bien esto en la mollera —dijo el Camastron, viendo al judío abrir la puerta —Si no te adhieres á los tictaes y á los pingajos...
—Espresándote así es como si le habláras en gringo. —observó Cárlos —Acaso te entiende?
—Si no te adhieres á los relojes y á los pañuelos —prosiguió el Camastron reduciendo su lenguaje al alcance de Oliverio —otros lo harán... De modo que los que se los dejan cojer... tanto peor para ellos y para tí tambien... y nadie se encontrará mejor por eso, escepto aquellos que ponen cinco y levantar seis y tu tienes tanto derecho como los demás á la profesion.
—Sin duda! Sin duda alguna! —esclamó el judío que habia entrado sin que Oliverio se apercibiera de ello —Todo esto querido es claro como el dia! Ten fé en las palabras del Camastron. Oh! Ninguno como él sabe el catecismo de su arte.
Continuando en estos términos el argumento del Camastrón, el viejo se frotó las manos en señal de satisfaccion y aplaudió con una carcajada el talento de este último. Por esta vez quedó aquí la conversacion, porque el judío habia traido con él á la señorita Betsy y á un gallardo mozo que Oliverio no habia visto nunca; pero que el Camastron, dió á conocer el nombre de Tomás Chitling, cuyo mozo despues de haberse detenido en la escalera divirtiéndose en retozar con la jóven, entró en este momento.
Mr. Chitling tenia algunos años mas que el Camastron (habia ya cumplido diez y ocho primaveras.) pero con todo habia en su modo de obrar cierta deferencia hacia este último que indicaba muy claramente reconocerse inferior á él en cuanto al genio y á los ardides de su profesion. Tenia unos ojos pequeños que movia vivamente y estaba además acribillado por las viruelas.
Llevaba su traje muy mal parado; pero como dijo: Acababa de concluir sus vacaciones; durante veinte y dos dias mortales no habia visto alma viviente, ni se habia refrescado el engullidero con una gota de algo fuera lo que fuera. Oliverio estaba asombrado de una conversacion de la que apenas comprendia algunos retazos. La reunion se reia á mas no poder de la ignorancia ingénua del niño y la charla se hizo general. Fagin estaba de excelente humor y contó algunas travesuras de su juventud de un modo tan picaresco que Oliverio á despecho de sus buenos sentimientos reia tambien de tanto gusto que las lágrimas le venian á los ojos.
Al fin el viejo infame lo tenia entre sus redes. Por medio de la soledad y la tristeza le habia inducido á preferir la sociedad de alguien á la de sus dolorosos sentimientos en un chiribitil y destilaba en su corazon tierno el veneno que debia ennegrecerlo y horrar en él para siempre la bondad.
CAPÍTULO XIX.
SE DISCUTE UN GRAN PROYECTO Y SE DETERMINA SU EJECUCION.
EN una noche negra y fria el judío despidió á todos sus educandos y despues de haberse envuelto en un largo redingote y tomado todas las precauciones necesarias, se enredó en el laberinto de callejuelas sucias, que tanto abundan en el barrio populoso de Bethnal-Green. Al cabo de una hora de marcha entre la niebla sobre un suelo cubierto de un barro espeso, llamó á una puerta y despues de haber cambiado algunas espresiones en voz baja con el que habia venido á abrirle subió la escalera.
Un perro se puso á ladrar, cuando colocó la mano en el pestillo de la puerta y una voz de hombre preguntó: —¿Quién va ahí?
—Soy yo Guillermo; soy yo. —dijo el judio lanzando una mirada por todo el aposento.
—Descubrid vuestro esqueleto. —dijo Sikes —Échate ahi vil animal! ¿Acaso no conoces al diablo cuando lleva su largo redingote?
No cabe duda de que el perro habia sido engañado por el traje de Fagin, porque en cuanto este se hubo desabrochado y puesto su redingote en el respaldo de una silla, se volvió á su rincon meneando la cola, para demostrar que estaba tan contento como podia estarlo.
—Y bien? —dijo Sikes.
—Y bien querido? —respondió el judío —Ah! Nancy!
Estas palabras fueron pronunciadas con alguna vacilacion porque era la primera vez que Fagin y Nancy volvian á encontrarse desde el dia en que esta habia tomado la defensa de Oliverio con tanto calor. Sin embargo todas sus dudas sobre este punto (dado caso que las hubiera) quedaron pronto desvanecidas por la conducta de la jóven respecto á él. Apartó sus piés del guarda cenizas, retiró la silla é invitó al judío para que acercára la suya, pues hacia un frio excesivo. Luego guardó silencio profundo.
—Caramba que frio hace, Nancy! —dijo el judío acercando al fuego sus manos descarnadas —Penetra hasta los huesos. —añadió llevando la mano al costado izquierdo.
—Acaso se necesita un famoso frio para que se os arrime basta los huesos? dijo Sikes —Dale algo para beber Nancy. ¡Mil truenos! Despacha! Solo con oir como cruje su esqueleto al igual de un espectro feo que saliera de la tumba, hay para caer enfermo!
Nancy trajo al momento una botella que tomó de una alacena en la que habia muchas otras que parecian contener diferentes licores y Sikes habiendo llenado un vaso de aguardiente dijo al judío que lo bebiera de una vez.
—No: gracias Sikes, tengo bastante! —dijo Fagin, volviéndo el vaso sobre la mesa despues de haber pasado solamente los labios por el borde.
—Teneis miedo de que esto os vuelva mejor de lo que sois? —preguntó Sikes fijando en el judío una mirada de desprecio.
Habiendo arrojado al mismo tiempo en las cenizas el licor que quedaba en el vaso, volvió á llenarlo para si propio.
Mientras que tragaba su aguardiente, el judío lanzó una mirada al rededor del aposento (no por curiosidad por que lo conocia; pero por un sentimiento de temor que le era natural.) El mueblaje era grosero y los solos objetos amontonados en el armario eran suficientes para persuadir de que el amo de la habitacion distaba mucho de ser un artesano. Dos ó tres alza primas colocadas en un rincon y un par de pistolas colgadas á la cabecera del lecho, eran al cabo los únicos objetos que podian infundir alguna sospecha.
—Vaya! —dijo Sikes haciendo castañear sus labios —Ya estoy pronto.
—Para la tarea he? —preguntó el judío.
—Para la tarea. —respondió Sikes —Con que... hablad!
—Sobre esa casa de Chertsey Guillermo? —dijo el otro arrimando su silla y hablando muy bajo.
—Si. Adelante!
—Ah querido! Bastante sabeis lo que quiero decir! No es verdad Nancy que lo sabe?
—No á fé mia; no lo sabe! —contestó Sikes sonriéndose —O mejor no quiere saberlo que poco mas ó menos es lo mismo. Qué diablos! Hablad francamente! Llamad las cosas por su nombre! Cuando dejareis de guiñar el ojo y de andaros con rodeos como si no fuerais vos el primero que ha ideado ese robo? Trueno de Dios, esplicaos!
—Chit, Guillermo! Hablad mas bajo! —dije el judío procurando inútilmente calmar á su amigo. —Van á oirnos!
Y bien que nos oigan! —repuso Sikes —Me importa un comino!
Con todo es probable que despues de un momento de reflecsion le importó algo mas, porque se puso blando y habló un poco menos alto.
—La, la... —dijo Fagin con aire de gazmoñeria —Os lo advertia solo por prudencia querido! Ahora volviendo al asunto de esa casa de Chertsey ¿cuando será ocasion de emprender la tarea? Cuando Guillermo? Tanta plata hijos mios! Tanta plata! —prosiguió frotándose las manos y levantando los ojos al techo transportado de antemano de alegria á la idea del botin.
—No hay que pensar ya mas en ello. —replicó friamente Sikes.
—No hay que pensar en ello? —repitió el judío dejándose caer en el respaldo de la silla.
—No hay que pensar mas en ello. Al menos no es cosa tan fácil como creiamos.
—Esto será por causa de la torpeza en el obrar! —replicó el judío pálido de cólera —No me digais....
—A mi me dá la gana de decíroslo! —esclamó el otro —Quién sois vos para que no se os pueda hablar? Os digo que hace quince dias que Toby Crachit tiene sus emboscadas al rededor de la plaza y ni siquiera ha podido engatusar un criado.
—Quereis decir Guillermo —repuso el judío calmándose á medida que el otro sé enardecia —que ninguno de los dos criados podrá ser persuadido.
—Eso mismo, pues no habla en gringo. Hace veinte años que están al servicio de la vieja y aun que les dieran quinientas libras rehusarian entrar en el complot.
—Si; pero quereis decir tambien Guillermo que no habrá un medio para que las mugeres sean de los nuestros?
—Ninguno.
—Ni el del flamante Tobias Crachit? —preguntó el judío con tono de duda —Guillermo! No ignorais lo que son las mugeres!
—Voto va! Ni el del flamante Tobias Crachit. Ha dicho que mientras ha estado allí, ha llevado favoritos postizos y se ha puesto un chaleco y guantes color de canario; pero que de nada le han servido.
—Hubiera debido probar el uniforme militar y los bigotes querido! —replicó el judío despues de un momento de reflecsion.
—Tambien los ha ensayado; —pero parece que este medio no ha tenido mejor fortuna que el otro.
El judío pareció quedar desconcertado con esta respuesta y habiendo reflecsionado algunos minutos con la cabeza caida Sobre el pecho dijo suspirando: que si el flamante Tobias Crachit decia verdad, seria preciso renunciar á la empresa —Y sin embargo-añadió dejando caer las manos sobre sus rodillas —es muy duro querido tener que perder un negocio sobre el que habiamos fundado nuestras mas hermosas esperanzas y que considerábamos ya como nuestro!
—Es verdad. Esto es lo peor.
Siguió un largo silencio durante el cual el judío con el rostro livido y la mirada hosca, estuvo profundamente sumido en sus pensamientos. Sikes le miraba por intervalos y Nancy temiendo sin duda irritar al bandido, permaneció sentada ante la chimenea, los ojos fijos en el fuego y con la indiferencia del sordo respecto á lo que se hablaba en su presencia.
—Fagin! —dijo Sikes rompiendo de pronto el silencio —Me tocarán cincuenta guineas mas en el reparto, si logramos buen éxito en el exterior?
—Si! —contestó el judío súbitamente, como si dispertára de un sueño.
—Queda convenido el pacto?
—Si querido, si! Queda convenido! —respondió el judío cojiéndole la mano.
Esto diciendo sus ojos chispeaban y los rasgos de su fisonomía revelaban el efecto que habia producido en él la proposicion de Sikes. —Entonces —repuso éste rechazando la mano del judío con desden —esto se hará cuando querais. La ante penúltima noche estábamos con Tobias Crachit sobre la pared del jardin inspeccionando la puerta. Ella queda cerrada como una prision; pero hay un sitio que podemos franquear seguramente sin meter ruido.
—Cual? —preguntó el judío con ansia.
—¿No recordais lo que viene despues que se ha atravesado el prado? —dijo el otro en voz baja.
—Si, si! —contestó el judío ladeando la cabeza para poder oir mejor y abriendo tanto los ojos que parecian quererse salir de sus órbitas.
—Basta! —dijo Sikes, parándose en seco á una señal de cabeza de Nancy que le hacia notar la expresion del rostro del judío —No importa el sitio. Se bien que nada podeis hacer sin mi; pero vale mas ponerse en guardia cuando se trata con vos.
—Cómo querais querido, como querais! —repuso el judío mordiéndose los labios —¿Creeis que Tobias Crachit y vos podais lograr el fin sin el concurso de nadie?
—Ciertamente. No necesitamos mas que un berbiqui y un niño. El primero ya le tenemos; en cuanto al otro será preciso encontrarlo.
—Un niño! —esclamó el judío —Oh! entonces será para un postigo alto he?
—Nada os importa. Necesito un niño que no sea demasiado gordo. Ah! Si tuviera solamente el muchacho de Ned el limpia chimeneas me saldria con la mia! Le impedia el engordar espresamente para esto y cuando era ocasion lo alquilaba. Pero el padre se ha dejado pinchar y he aquí que metiéndose por medio la Sociedad de jóvenes delincuentes le dá la humorada de retirar al niño de un oficio en que ganaba tanto dinero, le hace aprender de leer y escribir y por añadidura lo pone de aprendiz! Así obra el mundo! —continuó con indignacion —Así obra el mundo! Y si tuvieran el dinero que les hace falta (á Dios gracias,) el año que viene, no quedarian en el comercio seis muchachos á nuestra disposicion.
—Esta es demasiada verdad! —replicó el judío que absorvido en sus profundas meditaciones no habia cojido mas que las últimas palabras de Sikes. —Guillermo!
—Qué quereis? —preguntó éste.
El judío señaló con su vista á la jóven que la tenia siempre fija en el fuego, para insinuar á Sikes cuan prudente seria que ella se marchára del aposento. Este se encojió de hombros con ademan impaciente, pensando que la precaucion era inútil y acabó por mandar á Nancy que fuera á buscarle una botella de cerveza.
—Tú no quieres cerveza! —esclamó esta cruzando los brazos y no moviéndose de su silla.
—Te digo que quiero! —replicó Sikes.
—Farza! —contestó Nancy friamente —Vaya soltad el pico Fagin! Se lo que vais á decir á Guillermo y yo no estorbo.
El judío insistió de nuevo y Sikes los miró á ambos con asombro.
—Acaso Nancy os dá miedo? —dijo al fin —La conoceis de bastante tiempo para que tengais confianza en ella, ó el Diablo se ha metido de por medio! No creo sea muchacha capaz de bachillerear. ¿No es cierto Nancy?
—Así me lo parece. —contestó la jóven acercándose á la mesa y poniendo sus dos codos sobre de ella.
—No, no querida mia! Estoy bien persuadido de que eres incapaz! —dijo el judío —pero... —y el viejo insistió de nuevo.
—Cómo quedamos? —preguntó Sikes.
—Es que ignoro si está en tan mala disposicion cómo la noche aquella que ya sabeis, Guillermo? —respondió el judío.
Nancy soltó una carcajada y tragándose un vaso de aguardiente meneó la cabeza como mofándose de Fagin. Luego se puso á talarear á toda voz: Seguid siempre vuestro camino buen hombrecillo! No hableis jamás de volveros! —y otras cosas semejantes que parecieron tranquilizar del todo á los dos hombres.
—Vaya Fagin! —dijo Nancy riendo —Dadnos cuenta de vuestras intenciones respecto á Oliverio.
—Ah querida! Eres una mosca muy fina! Eres la jóven mas ladina que conozco! —dijo el judío dándole golpecitos sobre la espalda. —En efecto de Oliverio es de quien quiero hablar! ah! ah! ah!
—Qué quereis decir? —preguntó Sikes.
—Es el muchacho que os conviene, querido! —contestó el judío con aire de misterio poniendo el dedo sobre su nariz y haciendo un visage horrible.
—El! —esclamó Sikes.
—Tómalo Guillermo. —dijo Nancy —Yo si fuera que tú lo tomaria. Pueda que no sea tan listo como los otros; pero que le importa si no hay mas que abrirte una puerta? Es un niño con el que puedes contar, te lo aseguro Guillermo.
—Tiene razon. —repuso Fagin —Desde hace algunas semanas está en muy buen camino; ya es hora de que empieze á hacerse útil, aun que no sea mas que para ganarse el pan que come. Además los otros son demasiado gordos.
—A la verdad, tiene justamente la talla que me conviene. —dijo Sikes despues de un momento de reflecsion.
—Y hará todo lo que vos querais amigo mio. —replicó el judío —No podrá menos... es decir si la amedrentais un tan lo.
—Amedrentarle! —esclamó Sikes —No, no será un miedo falso, podeis creerlo. Si tiene la desgracia de hacerme jugarretas una vez estará en la tarea, no volvereis á verle vivo Fagin. Pensadlo sériamente antes de enviármelo! —añadió el bandido levantando una enorme alza-prima que sacó de debajo su lecho.
—He pensado en todo esto. —dijo el otro con fuerza —Le he velado de cerca amigos mios de muy cerca! Qué comprenda en una buena ocasion que es uno de los nuestros! Que tenga la certeza de haber sido ladron y nos pertenece por toda la vida! Ah! ah! no podia ofrecerse mejor ocasion! —Esto diciendo el viejo cruzó sus brazos sobre su pecho, hundió su cabeza dentro sus espaldas y dió un grito de alegria.
—Para nosotros? —dijo Sikes —Para vos quereis decir!
—Pueda que si, querido! —repuso el judío con una espantosa mueca —Para mi; si bien os place Guillermo.
—Y porque ese mal polluelo os ocupa tanto por si solo —dijo el otro, con tono huraño —cuando no ignorais, que hay una infinidad que picotean cada noche por los alrededores de Covent Garden [4] y entre los cuales podriais escojer?
—Porque me son del todo inútiles. —replicó Fagin con algun embarazo —No merecen que se ocupe uno de ellos. Cuando se han hecho pinchar su fisonomía les acusa y yo los pierdo todos. Con ese niño si fuera bien dirijido, haria lo que no podria hacer nunca con veinte de los otros. Además —continuó reponiéndose de su turbacion —nos conviene que sea absolutamente de los nuestros sin mirar el modo de lograrlo. Lo que deseo es llevarle á picotear con las hurracas. Y vale mas que sea esto así que no vernos obligados á deshacernos de él, lo que no dejaria de ser peligroso para nosotros, sin contar la pérdida que podria reportarnos.
—Cuándo será el negocio? —preguntó Nancy conteniendo una esclamacion, que iba á escapársele á Sikes fuertemente disgustado de las pretensiones humanitarias de Fagin.
—En efecto cuando se llevará á cabo Guillermo? —añadió el judío.
—Estoy convenido con Tobias para pasado mañana, si de aquí á entonces no le doy contra órden. —contestó Sikes con ademan sombrio.
—Bueno. —dijo el judío —No habrá luna.
—No —repuso Sikes.
—Y habeis tomado vuestras medidas para llevaros la hucha. ¿no es cierto?
Sikes hizo una señal de cabeza afirmativa.
—Con el objeto de...?
—Si, si; todo está arreglado. —interrumpió Sikes sin darle tiempo de concluir la frase —No os inquieteis por los detalles. Cuidad solo de traerme el niño mañana por la noche. Yo dejaré á Lóndres una hora antes de amanecer. A vos os toca guardar silencio, tener el crisol listo, y nada mas.
Despues de una breve discusion quedó convenido que Nancy que antes habia tomado el partido de Oliverio, se encargaria de traerle al lado de Sikes y que éste luego de empezada la obra, tendria pleno poder sobre él. Salvo la reserva á Tobias Crachit de apoyar las resoluciones del susodicho Sikes.
Arreglados de este modo los preliminares, éste se coló algunos vasos de aguardiente, se puso á blandir la alza-prima de un modo espantoso y cantó ó mas bien berreó algunas estrofas, acompañadas de horribles imprecaciones. Luego, en un exceso de entusiasmo por su carrera fué á buscar la caja de sus chismes que colocó sobre la mesa y abrió para esplicar la naturaleza y uso de cada uno de los objetos que estaban encerrados en ella. Apenas habia abierto la cobertera cuando cayó pesadamente con ella al suelo y en seguida se durmió.
—Buenas noches! —dijo el judío metiéndose el redingote.
—Buenas noches! —contestó Nancy.