El viejo al pasar dió un puntapié al borracho en tanto que Nancy estaba vuelta de espaldas y bajó la escalera á tientas.
—Siempre lo mismo. —murmuró entre dientes cuando estuvo solo en la calle —Lo malo en las mugeres es, que un nada basta para resucitar en ellas los recuerdos del pasado y lo bueno que no duran. Ha! ha! El hombre contra el niño por un talego de oro!
Embebido en estas lisongeras reflecsiones, Fagin regresó á su morada sombría, en la que el Camastron velaba esperando con impaciencia su vuelta.
—Oliverio está acostado? Tengo que hablarle. —dijo bajando la escalera.
—Hace ya rato. —respondió el Camastron abriendo la puerta de un aposento —Miradle allí.
El niño estaba acostado sobre un mal jergon tendido en el suelo y dormia con un sueño profundo. El abatimiento, la inquietud y la tristeza de su prision le habian vuelto tan pálido que parecia muerto.
—Ahora no! —dijo el judío alejándose de puntillas. —Hasta mañana, hasta mañana!
CAPÍTULO XX.
OLIVERIO ES ENTREGADO Á GUILLERMO SIKES.
EL dia siguiente al dispertar, Oliverio quedó agradablemente sorprendido viendo al pié de su lecho un par de zapatos nuevos de suelas reforzadas, en lugar de los suyos del todo estropeados. De pronto se quedó maravillado de este descubrimiento, pensando que podia ser muy bien el preludio de su libertad; pero luego tuvo la certeza de lo contrario. En el almuerzo, hallándose frente por frente del judío este le anunció de un modo capaz de redoblar sus alarmas que aquella noche debia ser conducido á la casa de Guillermo Sikes.
—Para... que... dar... me en ella? —preguntó el niño con inquietud.
—No; no para quedarte en ella amigo mio. —contestó el judío —No temas que queramos perderte. Oliverio! Volverás á nosotros... ah! ah! ah! No somos tan crueles para despedirte amiguito... ó no seguramente...
Esto diciendo el viejo chulo, que estaba acurrucado ante la lumbre y ocupado en tostar una rebanada de pan, se puso á reir á carcajada llena como para indicar que no ignoraba lo contento que estaria Oliverio de poder escaparse si pudiera.
—No dudo tendrás curiosidad de saber lo que vas á hacer en casa Guillermo... he amiguito? —dijo fijando en él su mirada.
Oliverio se ruborizó involuntariamente, á la idea de que el viejo encubridor habia adivinado su pensamiento. Con todo respondió con bastante seguridad que si.
—Qué piensas que vas á hacer? —preguntó el otro previniendo la cuestion.
—Señor! En verdad no lo se. —respondió Oliverio.
—Ba! —hizo el otro volviéndose para ocultar su contrariedad —Espera entonces que Guillermo te lo diga.
El judío pareció muy embarazado de que el niño no demostrase mayor deseo de saber mas. El hecho es que este hubiera querido saber á que se le destinaba; pero turbado como estaba por la mirada escuadriñadora del judío y por sus propios pensamientos, le fué imposible hacer ninguna pregunta tocante á este punto. Por lo demás ya no se ofreció otra ocasion, porque el judío permaneció sombrio y silencioso hasta la noche en que se dispuso para salir.
—Podrás encender esta vela. —dijo Fagin poniendo una sobre la mesa. —Y aquí tienes un libro para divertirte leyendo, hasta que vengan á buscarte. Vaya, buenas noches!
—Buenas noches señor! —contestó dulcemente Oliverio.
Mientras se dirijia á la puerta, el judío se volvió varias veces para mirar al jóven Twist y parándose de improviso lo llamó por su nombre.
Oliverio alzó la cabeza y á una señal de aquel encendió la vela. Al poner el candelera sobre la mesa reparó que desde el estremo obscuro del aposento el viejo le miraba fijamente y frunciendo las cejas.
—Cuidado, Oliverio! Cuidado! —dijo agitando la mano con ademan doctoral. —Es un mal vicho que á nada atiende cuando se le ha pisado la cola! Suceda lo que suceda nada digas y haz todo lo que te mande! Piénsalo bien!
Habiendo acentuado estas últimas palabras con mucho énfasis, sonrió de una manera horrible, hizo un movimiento de cabeza y salió.
Oliverio al quedar solo repasó, en su imaginacion lo que acababa de oir. Despues de haber reflecsionado largo rato, pensó que el bandido le mandaba á buscar para utilizarle en su casa hasta haber encontrado otro muchacho mas conveniente á sus miras. A pesar de ello, estaba tan acostumbrado á los sufrimientos que cualquiera cambio lo era indiferente. Permaneció sumerjido en sus meditaciones; luego tomando el libro se puso á leerlo. Este libro llevaba por título: Vida, juicio, condena y ejecucion de los grandes criminales. Sus páginas estaban manchadas á fuerza de leidas. Todo eran crímenes, asesinatos horribles, cadáveres ocultos desde largo tiempo y que aparecian á sus asesinos y estos poseidos de espanto corriendo ellos mismos á reclamar el cadalso que debia acabar sus tormentos.
Habia tanta verdad en la descripcion de esos crímenes y el cuadro de ellos era tan fascinador que Oliverio creyó ver las páginas grasicntas del libro convertirse en sangre cuajada y á las palabras que leia, desprenderse en sordos gemidos de la boca propia de las víctimas inmoladas. En un esceso de terror cerró el libro, lo arrojó lejos de sí y cayendo de rodillas pidió á Dios que le evitára tales pensamientos, ó le llamará á él antes de permitir que se manchára jamás con un crímen tan horrible.
Habia concluido su oracion; pero estaba aun arrodillado con la cabeza apoyada entre sus manos cuando un ruido interrumpió su meditacion.
—Qué es esto! —esclamó levantándose y apercibiendo una forma humana en pié cerca la puerta —Quién está ahí? —prosiguió.
—Soy yo! Soy yo! —respondió una voz trémula.
—Oliverio levantó la vela, sobre su cabeza para ver mejor: era Nancy.
—Aparta esa vela! —dijo la jóven volviendo la cabeza —Me hace mal en los ojos.
Vió que estaba sumamente pálida y le preguntó cariñosamente si estaba enferma. Por toda respuesta ella le volvió la espalda y se desplomó sobre una silla retorciéndose las manos.
—Dios! Dios! —esclamó al fin —No pensé en todo esto!
—No os sentís bien? —preguntó Oliverio. —Puedo ser útil para socorreros? Hablad... Todo lo que pueda, lo haré con la mayor satisfaccion.
Nancy se agitó en su silla, llevó sus manos al cuello, exhaló un grito medio ahogado por el exterior y abrió toda la boca para respirar.
—Nancy! —esclamó el niño horrorizado —Que teneis; decidlo!
Esta golpeó con las manos sus rodillas y con los piés el suelo, luego deteniéndose de repente volvió á ajustar el chal sobre sus espaldas titiritando.
Oliverio atizó el fuego. La jóven acercó su silla al hogar y quedó inmóvil algun tiempo sin pronunciar una palabra. Luego levantando la cabeza echó una mirada vaga á su alrededor.
—No se lo que me coje algunas veces. —dijo procurando reparar el desórden, de su traje. —Creo es causa, este aposento súcio y húmedo. ¿Estás pronto Oliverio?
—Acaso voy con vos? —preguntó el niño.
—Si; vengo á buscarte de parte de Guillermo!
—Para qué? —dijo el retrocediendo dos ó tres pasos.
—Para qué? —repuso Nancy levantando sus ojos al techo y bajándolos al suelo al encontrarse su mirada con la del niño —Oh! Para nada malo.
—No lo creo así. —replicó Oliverio, despues de haberla examinado con atencion.
—Pues bien, creelo, como te acomode! —dijo ella con risa afectada —Sea para nada bueno.
Oliverio pudo comprender muy bien que tenia algun poder sobre la sensibilidad de la jóven, y la destreza le hizo concebir la idea de apelar á su compasion; pero reflecsionando de pronto que aun no eran las once y que de consiguiente debian transitar por las calles algunas personas que darian fé á sus palabras, se apresuró á decir que estaba pronto y se dispuso á salir con alguna viveza.
Ni la reflecsion, ni el deseo que la acompañaba escaparon á Nancy. Le observó atentamente mientras hablaba y le lanzó una mirada que le convenció de que habia adivinado su pensamiento.
—Chit! —dijo señalándole con el dedo la puerta, mientras que miraba con precaucion á su alrededor —No hay medio! He hecho todo lo que he podido por tí; pero inútilmente. Estás rodeado por todas partes y por mas que lo intentes no lograrás escaparte.
Oliverio conmovido por el tono con que decia esto, la miró asombrado. No cabia duda hablaba sériamente: estaba pálida hasta dar miedo, tenia contraidos los músculos de su rostro y un temblor convulsivo agitaba todo su cuerpo.
—Te he evitado ya muchos malos tratamientos y continuaré evitándotelos! —continuó elevando la voz —Los que hubieran venido á buscarte no siendo yo, se hubieran portado con mucha mas dureza. He prometido que estarias tranquilo y si no lo estuvieras, te harias mal tu mismo y á mi, siendo tal vez la causa de mi muerte. Mira! Tan cierto como Dios nos vé, ya he sufrido todo esto por tí!
Al mismo tiempo enseñó á Oliverio los cardenales de que estaban llenos sus brazos y su cuello.
—Acuérdate bien de esto —continuó con gran volubilidad —y haz de modo ahora que no sufra otros por tu causa! Si pudiera servirte lo haria de todo corazon; pero no tengo poder para ello! Ellos además no tienen intencion de hacerle daño alguno... Y qué importa lo que te manden hacer? Tú no eres responsable ante Dios! Cállate! Cada una de tus palabras es un golpe para mi! Dame tu mano! Vamos despacha;... tu mano!
Cojió la mano que Oliverio le tendió maquinalmente y habiendo apagado la vela, subió con el niño la escalera. La puerta fué abierta al momento por alguien oculto en la obscuridad y fué cerrada del mismo modo luego que pasaron el lindar.
Nancy subió ligeramente con su jóven protejido á un coche de alquiler que les aguardaba. Tiró cuidadosamente las cortinas y el cochero sin esperar que se le diera direccion alguna, acestó un latigazo al caballo, que le hizo correr al trote largo.
La jóven tenia las manos de Oliverio estrechadas entre las suyas y le repetia al oido las mismas seguridades y los mismos avisos que le diera antes. Todo eso fué cosa de tan poco tiempo, que apenas tuvo la satisfaccion de pensar donde estaba y como habia venido cuando el coche se paró ante la misma casa hácia la que el judío habia dirijido sus pasos la noche anterior.
Durante un segundo lo mas, Oliverio lanzó una mirada rápida á lo largo de la calle desierta, é iba á gritar socorro; pero la trémula voz de la jóven vibraba en su oido suplicándole con tanto ahinco tuviera piedad de ella que retuvo el grito que iba á escapársele. Mientras luchaba pasó la ocasion y se encontró dentro la casa despues de haberse cerrado la puerta trás él.
—Por aquí! —dijo al fin la jóven soltando la mano de Oliverio —Guillermo!
—Adelante! —contestó Sikes apareciendo en lo alto de la escalera —Bien venidos! Ea subid!
En un hombre del carácter de Sikes este recibimiento era muy lisonjero para los dos jóvenes. Nancy se lo agradeció sin duda, pues le saludó cordialmente.
—El perro ha salido con Tomás. —dijo Sikes adelantando la luz para alumbrarles —Nada importaba su presencia aquí para lo que tenemos que hablar.
—Está bien! —contestó Nancy.
—Con qué traes decididamente al lindo cabrito?
—Ya lo ves!
—Ha sido obediente?
—Como un cordero.
—Ha hecho bien! —dijo Sikes arrojando á Oliverio una mirada maligna —De lo contrario su esqueleto no lo hubiera pasado muy bien. Adelántate vicho para que te dé la leccion... Mejor ahora que mas tarde.
Esto diciendo quitó la gorra á su jóven protegido la arrojó á un rincon del aposento y sentándose á una mesa lo cojió por la espalda y lo colocó cara á cara.
—En primer lugar, ¿conoces esto? —dijo tomando una pistola de faltriquera que estaba sobre la mesa.
El niño contestó afirmativamente.
—Bien! Atiende ahora! Esto es pólvora... esto una bala y esto un pedazo de sombrero viejo para taco.
Oliverio hizo señal de que conocia el uso de cada una de esas cosas y Sikes se puso á cargar la pistola con una destreza admirable.
—Ya está cargada. —dijo cuando hubo concluido.
—Lo veo señor. —dijo el niño temblando de la cabeza á los piés
—Lo ves? —continuó el bandido apretando fuertemente el brazo de Oliverio y poniéndole la boca del cañon de la pistola tan cerca de la cien, que éste no pudo contener un grito agudo. —Si tienes la desgracia de pronunciar una sola espresion cuando estemos fuera á menos que yo no te dirija la palabra, te levanto la tapa de lo sesos sin prevenirte. Con que, dado caso que tengas la tentacion de hablar sin mi permiso, puedes antes rezar tu última plegaria.
Habiendo acompañado esta amenaza con un juramento horrible (sin duda para aumentar el efecto) añadió:
—Como segun tengo entendido nadie se inquietará por tí despues de tu muerte, no creo necesario romperme la cabeza esplicándote un monton de cosas,... que por otra parte nada importan para tu bien. Entiendes?
—Poco mas ó menos lo que tu quieres indicar (dijo Nancy con énfasis para llamar la atencion de Oliverio.) es, que si en el asunto que te ocupa actualmente, tuvieras un retardo ó contrariedad por causa de ese niño, le sabrás impedir que bachillerée en el porvenir, rompiéndole la cabeza y exponiendo de este modo la tuya como lo haces en cada dia de tu vida.
—Esto es. —dijo Sikes en señal de aprobacion —Las mugeres tienen un tacto magnífico para esplicar las cosas escepto cuando tienen la cabeza caliente... Entonces no acaban nunca... Ahora que ya sabe lo que quiere decir hablar; no seria malo que nos dieras algo con que cenar, para que tengamos tiempo de echar un sueño antes de partir.
En consecuencia de esta observacion, Nancy puso los manteles y habiéndose ausentado algunos momentos volvió á entrar con una botella de cerveza y un plato de cabeza de carnero, el cual dió pié á una serie de reflecsiones lisonjeras por parte de Sikes que estimulado sin duda por la seductora perspectiva de una nueva espedicion, se coló toda la cerveza de un solo trago y no juró mas que un centenar de veces mientras estuvieron en la mesa.
Concluida la cena (se comprenderá fácilmente que Oliverio no tenia gran apetito) Sikes despues de haberse bebido dos vasos de grog se tendió en su cama recomendando á Nancy que le dispertára á las cinco en punto, dado caso de que todavia durmiera. Oliverio en cumplimiento de una órden emanada del mismo jefe, se echó vestido sobre un jergon tendido en el suelo y la jóven, habiendo atizado el fuego se sentó ante la chimenea hasta que llegára la hora de dispertarles.
El niño permaneció largo tiempo con los ojos abiertos pensando no seria imposible que esta buscase ocasion para hablarle al oido; pero permaneció inmóvil en su silla y solo se volvió alguna vez para despavilar la vela. Al fin rendido de fatiga se durmió profundamente.
Al dispertar, la tetera y las tazas estaban sobre la mesa y Sikes se hallaba ocupado en meter diversos objetos en los bolsillos de su redingote colgado en el respaldo de una silla, mientras que Nancy preparaba el desayuno. No era dia, porque la vela aun estaba ardiendo. Una lluvia penetrante chocaba contra los vidrios y el cielo estaba cubierto de nubes negras y espesas.
—Vaya! —refunfuñó Sikes mientras Oliverio se levantaba —Ya son las cinco y media! Despacha pronto si quieres desayunarte! Aunque no lo parezca, nos hemos retardado!
Oliverio no estuvo mucho tiempo para arreglar su tocado y habiéndose desayunado un poco, dijo que estaba listo. Nancy sin mirarle apenas, le puso un pañuelo al rededor de su cuello y Sikes le dió una esclavina vieja para que tuviera las espaldas calientes.
El niño, al llegar al lindar de la puerta se volvió con la esperanza de encontrar la mirada de la jóven; pero esta habia vuelto á tomar su silla ante el fuego y estaba sentada en ella en un estado de inmovilidad completa.
CAPÍTULO XXI.
ESPEDICION.
SALIERON en una mañana sombria y glacial. La lluvia caía á torrentes y habia grandes charcos de agua en medio del camino. Nadie se habia levantado aun, las ventanas estaban cerradas y las calles continuaban tristes y silenciosas. De tanto en tanto se oia el ruido de algunas carretas que se dirijian á la ciudad. A medida que se acercaron á los arrabales el ruido aumentó y cuando llegaron á Smithfield, el era ya un tumulto aturrullador. Hacia entonces dia claro y la mitad de Lóndres estaba en pié. La plaza cubierta de barro por ser dia de mercado, estaba llena de animales, de cuyes cuerpos se elevaba un humo espeso que mezclándose con la niebla, permanecia suspendido pesadamente en la atmósfera. Menestrales, carniceros, vaqueros, niños, ladrones y vagos, confundidos en tropel presentaban una escena capaz de hacer perder la razon.
Sikes arrastraba Oliverio á su lado y se abria paso al través de la multitud sin parar casi la atencion á todo lo que asombraba tanto al niño. Solo respondia con un movimiento de cabeza amistoso á los que le dirijian la palabra, rehusó hacer trago cada vez que se le ofrecia y ando con celeridad hasta que estuvieron fuera del barullo y hubieron llegado á Holborn.
—Ea tu nene; son ya cerca las siete! —dijo con acento regañon, mirando el cuadrante de la iglesia de San Andrés —Es preciso alargar mas ese trote! No empieces por quedarte atrás mal potrillo!
Esto diciendo sacudia el brazo del niño que doblando el paso, arregló su marcha todo lo que pudo con las largas zancadas del bandido.
Asi andaron hasta que hubieron pasado Hyde-Park en la carretera de Kensington. Entonces Sikes aflojó el paso para dar tiempo que los alcanzara una carreta vacía que venia detrás de ellos y habiendo visto sobre la plancha Hownslow, pidió al carretero con toda la cortesia de que era capaz, que les dejára subir hasta Isleworth.
—Subid! —dijo el hombre —Este mozuelo es hijo vuestro?
—Si... es mi hijo! —respondió Sikes lanzando una mirada amenazadora al niño y metiendo la mano como por distraccion en la faltriquera que contenia la pistola.
—Tu padre anda demasiado aprisa para ti; no es verdad chicuelo? —dijo el carretero observando que Oliverio estaba sofocado.
—Os engañais! —replicó Sikes —Esta ya acostumbrado á ello! Vaya, dame la mano Eduardo... sube pronto!
Mientras decia esto ayudó al niño á subir y el carretero enseñandole un monton de sacos, le dijo se hechara encima de ellos para descansar.
Cada vez que pasaban por frente un mojon, Oliverio esperimentaba nuevo asombro, calculando donde se proponia llevarle su compañero. Kensington, Hammersmith, Chiswich Kewbridge, Brentfort, habian quedado ya muy lejos trás de ellos y marchaban siempre como si acabaran de ponerse en camino.
Al fin llegaron á una posada en cuya muestra se leia: «La diligencia y los caballos.» Mas allá de ella empezaba el empalme de otra carretera. Aqui la carreta se detuvo, Sikes bajó de ella precipitadamente teniendo á Oliverio cojido de la maño y habiéndole hecho bajar tambien á él, le lanzó una mirada furiosa, llevando la mano á su faltriquera de un modo muy espresivo.
—Hasta mas ver muchacho! —dijo el hombre.
—Está de mal humor! —contestó Sikes maltratando al niño. —Está de muy mal humor ese pequeño topo! No hagais caso... partid!
—Y porque, pobrecito! —dijo el otro subiendo á su carreta —El tiempo parece que se pone bueno. —añadió alejándose —Feliz viaje!
Sikes esperó que estuviera algo lejos y luego torcieron á la izquierda. Andaron largo tiempo pasando por delante un gran número de jardines, llegaron á Hampton y habiendo atravesado este pueblo, entraron en una taberna de ruin apariencia, donde se hicieron servir la comida en el hogar de la cocina.
Habia ante este hogar algunos bancos de respaldo, en los que estaban sentados hombres vestidos de blusa, pasando el tiempo en beber y fumar. Hicieron poco caso de Sikes y aun menos de Oliverio que á su vez se sentaron en un rincon á parte, sin cuidarse de la compañia.
Se les sirvió un plato de fiambre despues del cual Oliverio creyendo por la calma con que Sikes iba apurando pipa sobre pipa, que la detencion seria larga y que probablemente no irian mas lejos, abrumado de fatiga y aturdido por el humo del tabaco se reclinó en el banco y se durmió profundamente.
Era noche completa cuando fué dispertado por un codazo de Sikes. Frotándose los ojos y mirando en torno suyo vió á ese digno personage, en conferencia íntima con un menestral en compañia de quien bebia una pinta de cerveza.
—Con qué vais á Hallifort? —preguntó Sikes.
—Si. —contestó el hombre —Y que no estaré veinte años en el camino, porque mi caballo no lleva la carga que llevaba esta mañana... y pronto se habrá comido la distancia... y no se le indigestará no voto á brios! Qué buena bestia!
—Podeis tomarnos á mi y al niño en vuestra carreta? —preguntó Sikes pasando el jarro de cerveza á su nuevo convidado.
—Si; cuando partais al momento! —contestó el otro quitándose de los labios la pinta de cerveza, que puso sobre la mesa —Acaso vais á Hallifort?
—Voy hasta Shepperton. —dijo Sikes.
—Soy vuestro hasta el mismo punto. —Todo está pagado Rebeca?
—Si —respondió la criada de la posada —El señor ha pagado!
—Vaya! eso no puede ir ¿entendeis? —prosiguió el menestral con una gravedad ridícula.
—Por qué? —repuso Sikes —Vos nos haceis un obsequio y no veo lo que pueda impedirme que os pague dos pintas de cerveza.
Aquel pareció reflecsionar profundamente y luego tomándole de la mano le declaró que era un buen muchacho, á lo que contestó Sikes, que sin duda se burlaba. (lo que cualquiera hubiera estado tentado de creer, por poco que el hombre hubiese conservado su sangre fria.)
Despues de algunas palabras corteses entre ambos, se despidieron de la compañia y la criada habiendo quitado los jarros y los vasos que estaban sobre la mesa, se vino con las manos llenas al lindar de la puerta para verlos partir.
El caballo, á la salud del cual se habia bebido poco antes esperaba con la mayor paciencia ante la dicha puerta. Oliverio y Sikes sin mas ceremonias subieron á la carreta en que estaba enganchado, y el hombre despues de haber arreglado los guiones y desafiado á los espectadores, á que encontraran en el mundo otra bestia semejante subió á su vez.
Habiendo conducido el mozo de la posada el caballo al medio de la carretera y soltando la brida, este empezó á hacer un pésimo uso de la libertad que se le habia dado, corriendo al través de la calle y danzando de lo lindo con los piés traseros... Al fin y al cabo partió al galope.
La noche estaba obscura; una niebla húmeda se elevaba de los pantanos que rodean el rio; hacia un frio glacial; todo estaba sombrio y silencioso. Oliverio acurrucado en un rincon, era taladrado por el miedo. Al fin dejaron la carreta y habiendo emprendido de nuevo la marcha al través de los campos se encontraron en la ribera del rio.
—El rio! (pensó Oliverio enfermo de espanto.) Sin duda me ha llevado á este lugar desierto para asesinarme!
Iba á echarse en tierra y hacer el último esfuerzo para defender su vida, cuando notó que estaban delante de una casa arruinada. A cada lado de la puerta habia una ventana y el edificio no tenia mas que un piso. Segun toda apariencia estaba inhabitada, porque no se veia luz.
Sikes teniendo siempre á Oliverio por la mano se adelantó con cautela hácia la casucha y puso la mano al pestillo que cedió con la presion. La puerta se abrió y ambos entraron.
CAPÍTULO XXII.
ROBO DE NOCHE CON FRACTURA.
QUIEN va ahi? —esclamó una voz ronca, luego que hubieron puesto el pié en el pasadizo.
—No muevas tanto ruido! —dijo Sikes cerrando la puerta con los cerrojos —Alumbra Tobias!
—Ah! Eres tu compadre? —repuso la misma voz —Barney enciende la vela! Oyes Barney? Despavilate y acompaña al caballero! No puedes?
El individuo que hablaba arrojó sin duda un calzador á la cabeza de aquel á quien se dirigia, porque se oyó el ruido de algo de madera que cayó pesadamente sobre el piso: á cual ruido se siguió un gruñido como de hombre medio dormido.
—Me oyes? —gritó la misma voz —Guillermo Sikes está en el pasadizo y no hay nadie para recibirle, mientras que tu te estás ahí durmiendo como si hubieras tomado láudano en la cena! Te encuentras ya mas agil, ó será preciso que te tire el candelero á las orejas para dispertarle del todo?
Apenas fueron pronunciadas estas palabras cuando se oyó un roce de zapatos en el suelo y se vió de pronto un débil resplandor que salia por la puerta de la derecha, luego al mismo individuo que tenemos descrito como hablando con la nariz y llenando las funciones de mozo en la taberna de Saffron-Hille.
—Señor Sikes! —esclamó Barney con una alegria real ó fingida —Tomaos la pena de entrar.
—Ea pasa tu el primero! —dijo Sikes á Oliverio —Mas vivo ó te piso los talones!
Lanzando una imprecacion contra la lentitud del niño, lo empujó bruscamente y entraron en una salita obscura y llena de humo, cuyo mueblaje consistia en dos ó tres sillas rotas, una mala mesa y un sofá, sobre el cual estaba un hombre tendido con los piés mas altos que la cabeza y teniendo una pipa de barro en la boca. Vestia una casaca color de tabaco de rapé cortada á la última moda con gruesos botones de cobre, un chaleco de flores de un color vivo, un pantalon de paño moreno y una corbata amarillo-naranja.
El señor Crachit (porque era él.) no tenia gran cantidad de cabellos; pero los que poseia, eran de un tinte rojo y le caian en largos tirabuzones, entre los que pasaba de vez en cuando sus dedos huesosos adornados con gruesos anillos falsos. Era de un poco mas de mediana talla y tenia las piernas algo flacas; pero esta circunstancia no disminuia en lo mas mínimo su admiracion por sus botas que contemplaba con la mayor satisfaccion.
—Ola compadre! —dijo volviendo la cabeza hácia la puerta —Me alegro de verte... Empezaba ya á temer que no hubieras renunciado á la empresa y en tal caso me hubiera aventurado á llevarla á cabo yo solo. Ola! —esclamó con sorpresa viendo á Oliverio —Quién es este?
—Es el pequeñuelo! —contestó Sikes acercando su silla al fuego.
—De Fagin he? —repitió Tobias mirando á Oliverio —Lindo cráneo... promete para las faltriqueras de las viejas ladis en las iglesias... Tiene una pelota que augura gran fortuna!
—Basta, basta ya! —prorumpió Sikes con impaciencia, é inclinándose al oido de su amigo le dijo en voz baja algunas palabras que excitaron su hilaridad y le hicieron mirar á Oliverio con una atencion mezclada de curiosidad.
—Ahora —dijo Sikes volviéndose á sentar —si tuvierais algo que darnos para comer y beber mientras esperamos, nos daria algun ánimo, á mi al menos. Siéntate aquí cerca el fuego mocito y descansa, porque aun tienes que salir con nosotros esta noche, si bien no para ir muy lejos!
Oliverio lanzó una mirada temerosa y acercando al fuego un taburete se sentó en él, apoyando su cabeza ardiente sobre sus manos y no pudiéndose dar razon de donde estaba y lo que iba á ser de él.
Despues de una cena bastante modesta; pero en la que se bebió mucho al buen éxito de la empresa, lo bandidos se durmieron. Oliverio amodorrado en el rincon de la chimenea creia estar aun rodando al través de las callejuelas, cuando fué desvelado por Tobias Crachit que se levantó gritando que eran ya la una y media.
En un instante los otros dos estuvieron en pié y cada uno se ocupó en los preparativos de la marcha. Sikes y su compañero, abrocharon sus redingotes mientras que Barney abriendo un armario, sacó de él muchos objetos que metió de prisa en sus bolsillos.
—Mis parlanchinas? —dijo Tobias Crachit.
—Ahí las teneis. —contestó Barney mostrando un par de pistolas —Las habeis cargado vos mismo.
—Está bien! —repuso el otro poniéndolas sobre la mesa —Los persuasivos?
—Yo los tengo. —contestó Sikes.
—Lan ganzúas, escoplos, linternas sordas, máscaras... no se han olvidado? —preguntó Tobias sujetando por medio de un cinturon una pequeña alza-prima de hierro debajo los faldones de su casaca.
—Tenemos todo lo necesario. —contestó su compañero —Barney trae esos palillos que están ahí! Al avio!
Esto diciendo tomó un enorme garrote de manos de este, quien habiendo entregado el otro á Tobias, se puso á abrochar la chaqueta de Oliverio.
—Ahora dame la mano. —dijo Sikes.
Oliverio aturdido á la vez por una marcha desacostumbrada, por el frio de la noche y por el licor que le habian obligado á beber, dió maquinalmente su mano á Sikes.
—Cójele la otra Tobias. —dijo Sikes —Tu Barney pon un momento el ojo alerta!
Este fué á entreabrir la puerta y volvió diciendo que por afuera todo estaba tranquilo. Los dos bandidos salieron con Oliverio entre ellos y Barney habiendo cerrado otra vez la puerta con los cerrojos, se arropó y volvió pronto á dormirse.
La obscuridad era completa; la niebla mucho mas espesa que al empezar la noche. La atmósfera estaba tan húmeda, que si bien no llovia los cabellos y las cejas de Oliverio quedaron mojados en menos de un instante. Pasaron el puente y parecieron dirijirse hácia las luces que antes habia visto. No estaban ya lejos de ellas y como marchaban muy aprisa pronto llegaron á Chertsey.
—Atravesarémos la poblacion! —dijo Sikes en voz baja —A esta hora no hay nadie en las calles.
Tobias accedió en ello y enfilaron la calle mayor, que en hora tan adelantada de la noche estaba del todo desierta. Una luz debil aparecia acá y acullá en algunas ventanas y el ladrido de los perros interrumpió de vez en cuando el silencio de la noche. Cuando hubieron pasado las últimas casas sonaron las dos en el reló de la Iglesia. Entonces doblando el paso tomaron un camino á la derecha y despues de cerca cinco minutos de marcha se pararon frente de una casa aislada, rodeada de un muro, al que en un abrir y cerrar de ojos se encaramó Tobias.
—Pronto; el niño! —dijo —Hízamelo.. yo lo recibiré!
Antes que Oliverio tuviera el placer de dar un suspiro de desahogo, Sikes lo habia cojido por debajo el brazo y en el propio momento Tobias y él estaban sobre el prado del otro lado. Sikes no tardó en seguirles y se dirijieron hácia la casa.
Esta fué la primera vez que Oliverio casi loco de tristeza y de angustia, comprendió que el robo y la fractura (sino el asesinato) eran el objeto de su espedicion. Plegó las manos involuntariamente y lanzó un grito de terror; sus ojos se nublaron, un sudor frio corrió por todo su cuerpo, las piernas le flaquearon y cayó de rodillas.
—Levántate! —refunfuñó Sikes trémulo de cólera y sacando la pistola de su faltriquera —Levántate ó te hago saltar la tapa de los sesos!
—Oh! por el amor de Dios dejadme ir! —esclamó Oliverio —Dejadme marchar y morir en medio de los campos! Jamás me acercaré á Lóndres! jamás, jamás! Oh! os lo suplico! tened piedad de mi y no me obligueis á robar! Por el amor de todos los santos que están en el cielo; tened piedad de mi!
El hombre á quien fué dirijida esta súplica arrojó un juramento horrible, habia amartillado su pistola... cuando Tobias arrancándosela, puso su mano sobre la boca del niño y lo arrastró hácia la casa.
—Cállate —le dijo —porque de nada te servirán los gritos! Si pronuncias una sola palabra mas, yo mismo te despacho por un garrotazo en la cabeza! Esto tiene la ventaja de no meter ruido y es mas seguro y mas gentil... Ea Guillermo! Hunde el postigo... Yo respondo del vicho... A otros mas audaces que él les he visto á su edad hacer lo mismo durante un minuto ó dos y en médio de un frio como este.
Sikes maldiciendo á Fagin por haber enviado Oliverio en semejante comision, hizo uso de la alza prima con toda su fuerza, sin por ello hacer mucho ruido. Algunos segundos y un poco de ayuda por parte de Tobias bastaron para que el postigo rodara sobre sus goznes.
Este postigo era de una ventanilla á cinco ó seis piés del suelo, que daba luz á una especie de bodega situada al detrás de la casa y haciendo frente á la entrada. La abertura era tan pequeña, que los habitantes de la casa no habian juzgado necesario asegurarla mas, y sin embargo podia muy bien pasar por ella el cuerpo de un niño. Un poco de destreza y de práctica en la profesion por parte de Sikes, le facilitaron el forzar el postigo que fué abierto en un santiamen.
—Ahora escucha bien lo que voy á decirte! —murmuró Sikes sacando de su faltriquera una linterna sorda y dirijiendo la luz al rostro de Oliverio —Voy á pasarte al otro lado. Toma esta linterna, sube los escalones que estarán ante tí, luego atravesarás el vestíbulo y nos abrirás la puerta de la calle.
—Hay unos cerrojos muy altos que no podrias alcanzar. —añadió Tobias —Subirás sobre una de las sillas del vestíbulo. Hay tres Guillermo, con los blasones de la vieja en el respaldo de cada una. (un soberbio unicornio azul con un cuerno de oro.)
—Quiéres callar tu lengua! —repuso Sikes con tono amenazador —La puerta del aposento está abierta, no es cierto?
—De par en par. —contestó Tobias despues de haber mirado por la ventanilla para asegurarse de ello. Lo mejor de todo esto es que se deja siempre entreabierta por medio de un gancho, para que el perro que tiene su perrera en algun rincon de por aquí pueda ir y venir cuando no duerme... Ah! ah! Barney esta noche, os lo ha engaitado de lo lindo!
Aun que Crachit hizo esto observacion en voz baja, Sikes le mandó imperiosamente que se callára y se pusiera al avio. Aquel empezó por poner la linterna en el suelo, apoyó la cabeza contra la pared debajo de la ventanilla, puso sus manos sobre sus rodillas y Sikes subiendo luego sobre sus espaldas pasó á Oliverio por la ventanilla los piés delante y le dejó suavemente en el suelo sin dejar por esto el cuello de su chaqueta.
—Toma esta linterna! —dijo metiendo la cabeza en la ventana —¿Ves ante tí esa escalera?
Oliverio mas muerto que vivo hizo una señal afirmativa, y Sikes indicándole la puerta de la calle con el cañon de su pistola, le advirtió friamente que siempre estaria á tiro y que si tenia la desgracia de dar un trás pié era muerto.
—Es negocio de un segundo. —prosiguió el bandido en voz baja —Al momento que te deje cumple tu deber. Escuchad!
—Qué hay? —preguntó Tobias.
Prestaron oido con la mayor atencion.
—No es nada. —dijo Sikes soltando á Oliverio —Ea! Marcha!
En el breve instante que tuvo para reponerse, el niño habia tomado la firme resolucion (aun que le costára la vida) de correr á lo alto de la escalera y dando el grito de alarma despertar á los habitantes de la casa. Lleno de esta idea avanzó al momento; pero con precaucion.
—Ven acá! —gritó de repente Sikes —Pronto! pronto!
Espantado por esta esclamacion súbita de Sikes en medio del silencio de la noche y por un grito penetrante salido del interior de la casa, Oliverio dejó caer su linterna y no supo si avanzar ó retroceder.
El grito fué repetido. Una luz brilló en la meseta del vestíbulo. La aparicion de dos hombres medio vestidos y pálidos de terror flotó ante sus ojos en la escalera. Una llamarada, una esplosion, una humareda espesa, un crujido en alguna parte de que no pudo darse cuenta y vaciló hácia atrás.
Sikes que habia desaparecido un momento, metió otra vez la cabeza en la ventanilla y asió á Oliverio por el cuello antes que el humo se hubiera disipado. Tiró un pistoletazo á los dos hombres que empezaban ya á tocar retirada y tomó al niño.
—Coje esto! —dijo tirándole de la ventana al suelo —Dame un pañuelo, Tobias! Condenacion! Lo han tocado! Cuanta sangre echa este niño!
El repique de una campanilla se mezcló con el ruido de las armas de fuego y los gritos de la gente de la casa. Oliverio se sintió llevar rápidamente al través de los campos. Entonces las voces se perdieron á lo lejos. Un frio mortal se apoderó de sus sentidos y se desmayó.