—No os desordeneis. —dijo el doctor, con una señal de mano.
—Sois muy bueno señor! —contestó Giles —La señora me ha encargado que distribuyera cerveza; y como no me sentia del todo dispuesto á permanecer solo en mi aposento queriendo además gozar de la ventaja de la sociedad, bebo mi porcion en compañia de esos caballeros y de esas señoras que veis.
Brittles balbuceó algunas palabras aduladoras y un murmullo de aprobacion se elevó en la asamblea para expresar todo el placer que esperimentaba de una tal prueba de condescendencia por parte de Mr. Giles.
—Cómo va el enfermo esta noche señor Losberne? —preguntó éste.
—Así, así. —respondió el doctor —Temo mucho que no os hayas metido en un atolladero Señor Giles!
—No es posible! —esclamó éste todo tembloroso. —¿Queréis decir que morirá de esta? Si lo creyera no seria ya mas feliz en toda mi vida. Por todo el oro del mundo no quisiera ser la causa de la muerte de un niño.
—No es esto lo que yo quiero decir, —repuso el doctor con tono misterioso. —Sois protestante Señor Giles?
—Si lo soy caballero? —tartamudeó este último, que estaba pálido hasta dar miedo —Nadie puede dudarlo!
—Y vos jóven? —preguntó bruscamente el doctor volviéndose á Brittles.
—Dios mio caballero! —respondió éste estremeciéndose —Soy absolutamente como Mr. Giles.
—Dígame pues ahora cada uno de vosotros! —replicó el doctor con tono furioso. Podriais afirmar con juramento que el niño que está arriba es el mismo que han introducido por la ventana la noche pasada? Vaya responded! Estamos prontos á oiros.
—El doctor que generalmente era conocido por el hombre mas bonachon que jamás haya existido, hizo esa pregunta con un tono tan conciso que Giles y Brittles aturdidos por la cerveza y por la agitacion en que les ponia este exámen se miraron fijamente uno á otro en un estado de completa estupefaccion.
—Parad bien la atencion á lo que van á responder constable! —prosiguió el doctor agitando el índice de su mano derecha con mucha gravedad y dándose golpecillos sobre la nariz para exitar el interés de este funcionario —Antes de poco vamos á saber de que se trata.
—Este dándose humos de hombre capaz tomó su baston de servicio que habia colocado en un rincon de la chimenea.
—Tened en cuenta que esta es sencillamente una cuestion de identidad! —dijo el doctor.
—Estoy, estoy en ello caballero! —contestó el constable, llevando la mano á su boca para toser. (pues vaciando su vaso distraido habia tragado de través.)
—Figuraos una casa que se fuerza. En la obscuridad mas profunda... en medio del tumulto y la confusion... entre el humo espeso de la pólvora... dos hombres creen haber vislumbrado á un niño. Sucede por casualidad que á la mañana siguiente muy de mañana un niño viene á llamar á la puerta de esta misma casa, y porque lleva el brazo envuelto en un pañuelo, esos dos hombres se apoderan de él, lo arrastran al vestíbulo y no contentos con poner de este modo su vida en el mayor peligro, llegan hasta á afirmar con juramento que es el ladron! Ahora se trata de saber si no han tenido razon de obrar como lo han hecho y si sus sospechas son falsas en que situacion se encuentran colocados.
El constable hizo una señal de cabeza respetuoso, y dijo que si no estaba allí la ley seria muy curioso saber quien estaria.
—Os lo demando por última vez! —dijo el doctor con voz de trueno —Podeis jurar que ese sea el mismo niño?
Brittles miraba á Giles con aire de duda y Giles miraba á Brittles del propio modo; el constable habia puesto la mano á su oreja para coger mejor su respuesta; las dos mugeres y el calderero se inclinaban adelante para escuchar, y el doctor arrojaba una mirada penetrante en torno suyo, cuando se oyó un ruido de ruedas y al mismo tiempo llamaron á la puerta del jardin.
—Son los agentes de policía! —esclamó Brittles con inquietud.
—Quiénes? —preguntó el doctor estupefacto á su vez.
—Los agentes de policía de Bow-Street —replicó Brittles tomando una vela. Yo y Mr. Giles los hemos mandado llamar esa mañana.
—Cómo! —esclamó el doctor.
—Es la verdad! —repuso Brittles —He enviado recado por el conductor de la diligencia y estraño que no hayan llegado mas pronto.
—Ah! Habeis mandado un expreso no es esto? Qué el diablo se lleve á vuestros conductores por mar! —esclamó el doctor marchándose.
Enlugar de un bandido de aspecto feroz vieron á un pobre muchacho rendido de dolor y de fatiga.
CAPÍTULO XXX.
POSICION CRÍTICA.
QUIEN vá? —preguntó Brittles entreabriendo la puerta y poniendo su mano ante la vela para ver mejor.
—Abrid —respondió un hombre —Somos los agentes de policía que se han mandado llamar esa mañana.
Tranquilizado por estas palabras Brittles abrió la puerta de par en par y se encontró cara á cara con un hombre vestido de redingote largo quien entró magestuosamente sin decir palabra y restragó sus piés sobre la estera con tanta sangre fria como si entrára en su casa.
—Enviad á alguien para que dé un golpe de mano á mi camarada! Lo entendeis jóven —dijo el agente de policía. —Está en el gig para guardar el caballo. Teneis una cochera donde se pudiera meter á este último bajo cubierto por algunos minutos?
Brittles respondió afirmativamente señalando una pequeña cuadra destinada para este objeto.
—Queréis anunciar á vuestro amo que los Señores Blathers y Duff están aquí? —dijo el primero pasando la mano por sus cabellos y colocando un par de manillas sobre la mesa —Ah! Buenas noches caballero! Me permitireis dos palabras en particular?
Estas espresiones se dirijian á Mr. Losberne, que apareció en este momento y que habiendo hecho señal á Brittles de retirarse, hizo entrar á los dos señores y cerró la puerta.
—Ahí teneis á la señora de la casa. —dijo volviéndose hácia la señora Maylie.
Mr. Blathers se inclinó respetuosamente é invitado para que se sentára, dejó su sombrero en el suelo, tomó una silla é hizo señal á Duff de que hiciera lo mismo. Luego pidieron los informes mas minuciosos sobre el suceso. El doctor que deseaba ganar tiempo, les contó los detalles con toda la latitud posible. Ellos escuchaban con ademan de interés el mas vivo como gentes que lo entienden.
—Pero qué significa ese muchacho de que hablan los criados? —preguntó Blathers.
—Es verdad que uno de los criados se ha metido en la cabeza la idea de que ese muchacho estaba para algo en el asunto; ¡pero esta idea es un absurdo! No hay nada de todo esto.
—Es muy fácil de decir! —observó Duff.
—Tiene razon! —dijo Blathers haciendo con la cabeza una señal de aprobacion y jugando instintivamente con las manillas como se haria con unas castañuelas. —Quién es ese niño? Qué dice de sí mismo? De dónde viene? Qué diablo! No puede haber caido de las nubes! No es cierto caballero!
—Sin duda. —contestó el doctor haciendo un guiño significativo á las dos señoras. —Estoy enterado de toda su historia; pero hablarémos luego de esto... Tal vez no os vendrá mal ver antes la ventana que han roto los ladrones hé?
—Ciertamente! —respondió Blathers —Mejor será que primero inspeccionemos los lugares... Luego interrogarémos á los criados... Esta es nuestra costumbre de proceder.
Trajeron luces y los Señores Blathers y Duff acompañados del constable del distrito, de Brittles, de Giles y en fin de todos los comensales de la casa, se dirijieron á la pequeña bodega situada al estremo de la entrada.
Despues de haber examinado su ventana, dieron la vuelta por el prado, examinaron de nuevo la ventana y luego el postigo y con la ayuda de un farol siguieron la huella de las pisadas y batieron los zarsales con una orquilla.
Hecho esto en presencia de todos los concurrentes que observaron durante este tiempo el silencio mas riguroso se entró otra vez en la sala y allí Giles y Brittles fueron requeridos á dar la representacion dramática del papel que habian desempeñado la noche anterior, y se vino en conocimiento el que despues de haber repetido esta escena cinco ó seis veces, no se contradijeron mas que sobre un solo hecho importante en la primera y sobre una docena á lo mas en las últimas.
Agotada la volubilidad de nuestros dos actores, Blathers y Duff se retiraron á la habitacion vecina y tuvieron consejo entre ambos. La naturaleza y la importancia de su coloquio fueron tales, que una consulta de los mas hábiles doctores sobre el caso mas espinoso en materia de medicina, comparada con él no hubiera sido mas que un juego de niños.
Entre tanto el doctor que habia quedado solo con las dos señoras se paseaba arriba y abajo de la sala, sumamente agitado mientras que Rosa y la Señora Maylie se miraban con aire de inquietud.
—Por vida mia! —dijo parándose en seco —Verdaderamente no sé que hacer!
—Estoy segura que la historia de este niño contada francamente á esos hombres bastaria para disculparle á sus ojos. —dijo Rosa.
—Yo lo dudo mucho querida! —contestó el doctor meneando la cabeza —No creo que ella pueda producir buen efecto en el ánimo de esas gentes.. ni mas ni menos que en el de los de un grado superior. En resúmen quién es? (objetarán) Un vagamundo y no mas. Si juzgamos por las apariencias y las consideraciones del mundo, su historia es bastante dudosa.
—Pero vos, la teneis por verdadera, no es cierto? —repuso vivamente la jóven.
—Sí; sin duda. Creo en ella por estraña que sea y por eso puedo ser muy bien un solemne papanatas replicó el doctor —Pero no creo (como os lo he dicho poco hace), que sea este el género de historia que pueda interesar á un agente de policía algo versado en la gramática de su profesion.
—Por qué no? —preguntó Rosa.
—Por qué bella niña? —contestó el doctor. —Porque considerada bajo cierto aspecto y sobre todo por esas gentes, hay en ella bastante de obscuro. Ese niño no puede probar mas que las circunstancias que están en contra suya y ni una de las que podrian militar en su favor —El diablo se lleve á los agentes de policía! Querrán tener los si y los porqué y de pronto no nos harán concesion alguna! Segun nos ha dicho él mismo ya veis que por espacio de algun tiempo ha estado con ladrones! Ha sido llevado á un tribunal de policía como autor del hurto de un pañuelo á un caballero, luego evacuando una comision de este mismo caballero que lo ha tratado con todas las consideraciones posibles, es arrastrado en un sitio que no puede describir y del que no tiene la menor idea... Es el caso, que les dá el capricho á unos hombres de conducirlo á Chertsey á su pesar; se le hace pasar por una ventana con el intento de pillar la casa y justamente en el instante en que quiere dar el grito de alarma (el único hecho que hubiera podido probar en su favor si se hubiese ejecutado), llega el mayordomo y le tira un pistoletazo, como para impedirle el obrar en su propio interés! Se ha visto nunca cosa semejante?
—No digo que no; —respondió Rosa sonriéndose de la vivacidad del doctor —Pero no veo en todo esto nada que demuestre la culpabilidad de ese pobre niño.
—No; sin duda. —contestó el doctor —Gracias á la belleza de vuestro sexo no veréis nunca mas que un lado de la cuestion; sea bueno ó malo, siempre es el que primero se presenta.
Esto diciendo, el doctor metió las manos en sus faltriqueras y se paseó de nuevo arriba y abajo con mayor agitacion que antes.
—Cuanto mas lo reflecsiono —dijo mas entreveo el sin número de dificultades que tendrémos que vencer. Si contamos á esos hombres la cosa tal como ella es, estoy cierto que no nos creerán y aun suponiendo que mas tarde acaben por disculpar á ese niño, la publicidad que darán á este asunto y la duda que lo envolverá, destruirán todo el afecto de la buena accion que os proponeis, sacándole de este mal paso.
—Entónces qué hacer? —esclamó Rosa —Dios mio! Dios mio! ¿Por qué se ha dicho á esos hombres que vinieran?
—Es verdad! —dijo la Señora Maylie —Lo daria todo en el mundo, porque no hubieran venido!
—Lo mejor que hay que hacer, segun mi opinion —dijo Mr. Losberne dejándose caer en una silla, como hombre que ha perdido toda esperanza —es revestirnos de una buena dósis de audacia... No veo otro medio... Nuestra intencion es laudable y en ello hay escusa... Ese niño tiene fuertes síntomas de fiebre y no se encuentra en situacion de poder hablar. Este es ya un buen recurso... Harémos todo lo posible y sino salimos con la nuestra á fé mia no tendrémos de ello la culpa! Entrad!
—Y bien paisano —dijo Blathers seguido de su compañero y cerrando la puerta —No era esto un golpe premeditado?
—Eh! á qué diablos llamais un golpe premeditado? preguntó el doctor con impaciencia.
—Nosotros llamamos un golpe premeditado —respondió Blathers, (dirijiéndose con preferencia á las señoras como si tuviera compasion de su ignorancia á la vez que despreciaba la del doctor.) —cuando los criados de la casa están para algo en el asunto.
—Nadie ha tenido la menor sospecha de ellos en esta circunstancia. —dijo la Señora Maylie.
—No digo lo contrario. —replicó Blathers —Con todo no es menos cierto, que podrian muy bien estar en él.
—Con mayor razon sabiendo que tienen la confianza de sus amos —repuso Duff.
—Tenemos motivos para creer que el golpe ha sido dado por pegres de la alta banda prosiguió Blathers —Nosotros reconocemos al momento esto por la clase de trabajo que es de mano maestra.
—Y algo pulido que digamos! —añadió Duff á media voz.
—Eran dos. —continuó Blathers —Y no cabe duda que con ellos iba un niño. Ello es muy fácil de adivinar viendo la ventana... Esto es lo que podemos decir por el presente. Nos falta ver al muchacho que teneis arriba. Si gustais guiarnos.
—No tomarán antes un vaso de cualquier cosa? —dijo el doctor ufano de haber encontrado este medio para entretenerles un poco.
—Ciertamente! —dijo Rosa adivinando la atencion de este último. —Al instante si os place?
—Con mucho gusto señorita. —dijo Blathers pasando la mano por sus lábios. Esta clase de faena no deja de ser fatigosa. No os incomodeis por nosotros señorita. Dadnos lo primero que tengais á mano.
—Qué queréis tomar? —preguntó él doctor dirigiéndose con Rosa á la alacena. Decid vuestro gusto señores!
—Una gotita de licor si os es igual paisano —dijo Blathers. —Señora no hacia calor que digamos cuando hemos salido esta mañana de Lóndres y paréceme que no hay nada mejor para reanimarse que un vasito de licor.
El doctor aprovechándose del momento en que la señora Maylie decia algo lisonjero, en respuesta á la reflexion de este último se escaballó con destreza.
Los Señores Duff y Blathers se pusieron á contar hazañas de ladrones y á encarecer su utilidad para realzarse á los ojos de las señoras que los escuchaban con complacencia á fin de dar tiempo al doctor, para prepararlo todo. Al cabo Mr. Losberne apareció.
—Ahora, señores, si gustais venir conmigo?
—Allá vamos! —dijo Blathers y los dos agentes de policía siguieron á Mr. Losberne que los condujo al aposento de Oliverio, precedidos de Giles que los alumbraba.
Oliverio habia dormido; pero tenia un recargo de fiebre y parecia estar sumamente malo. Cuando el doctor le ayudó á incorporarse, miró á los dos forasteros sin dar muestras de saber donde estaba ni lo que sucedia á su alrededor.
—Mirad! —dijo Mr. Losberne hablando con dulzura; pero sin embargo con firmeza. Mirad al niño que habiendo sido herido casualmente por un fusil de viento al pasar por la propiedad del señor... (cómo le llamais vosotros? Quién habita detrás de aquí?) ha venido esa mañana para pedir socorro y ha sido indignamente maltratado por ese individuo que veis con la vela en la mano y que es causa de que la vida de ese muchacho está en el mayor peligro, como puedo afirmarlo en mi cualidad de médico.
—MM. Blathers y Duff flecharon su vista sobre Mr. Giles quien á su vez miró alternativamente á los dos agentes de policía, al jóven enfermo y al doctor con la espresion mas cómica de inquietud y de temor.
—Creo que no podeis decir lo contrario? —prosiguió el doctor acostando otra vez á Oliverio con precaucion.
—Todo lo que he hecho, ha sido con... con buen fin. —respondió Giles —Os aseguro que no tengo mal carácter. Si no hubiese creido que ese era... el niño de... del... de los... me habria guardado muy bien...
—El niño de quiénes decís? —preguntó Mr. Duff.
—El niño de uno de los ladrones. —contestó Giles —Es la pura verdad que llevaban... con ellos... un... un niño.
—Y estais aun en la conviccion de que ese sea el mismo? —preguntó Blathers.
—Qué sea el mismo quién? —contestó Giles mirando á Blathers con aire despavorido.
—El mismo niño imbécil! —dijo Blathers perdiendo la paciencia.
—No podria deciros... A la verdad no sé. —respondió Giles completamente desconcertado... —No podria afirmarlo... Pienso...
—Qué pensais? —preguntó Blathers.
—No sé que pensar. —replicó el pobre Giles —No pienso, en verdad que ese sea el mismo niño. Estoy cuasi seguro de que no es él... Vos mismo sabeis bien que no puede ser él.
—Acaso ese hombre ha bebido? —dijo Blathers dirijiéndose al doctor.
—Sois un famoso avestruz! Largaos. —añadió Duff dirijiéndose á Giles con el tono del mas profundo desden.
—Mr. Losberne que durante este diálogo habia tomado el pulso del enfermo, se levantó de su silla y dijo á los señores de la policía, que si abrigaban la menor duda sobre este asunto, no tenian mas que pasar al aposento inmediato para interrogar á su vez á Brittles.
Habiendo gustado la proposicion, se mandó subir á Brittles quien, con sus contradicciones innumerables, no hizo mas que embrollar el hecho en vez de esclarecerlo. Dijo entre otras cosas que le seria imposible reconocer al niño, aun cuando en aquel momento estuviera, ante su vista: y que habia pensado que era Oliverio porque el mismo Mr. Giles, lo habia creido; pero que este último acababa de confesar en la cocina aun no hacia cinco minutos, que empezaba á temer no hubiera sido demasiado vivo de genio.
Conforme esta deposicion, se trató de saber si Mr. Giles habia realmente herido á alguno y verificado el exámen de la segunda pistola, se vió que no estaba cargada mas que con pólvora y un poco de taco cosa que sorprendió considerablemente á todos; escepto al doctor, que diez minutos antes habia sacado de ella la bala. Pero, sobre el ánimo de quien ese descubrimiento hizo mas impresion fué sobre el de Mr. Giles quien despues de haber sido atormentado durante algunas horas por el temor de haber herido mortalmente á uno de sus semejantes se tragó el anzuelo con la mayor satisfaccion del mundo.
Al fin, sin ocuparse ya mas de Oliverio, los agentes de policía, dejaron en la casa al constable de Chertsey y se fueron á dormir á la ciudad, despues de haber prometido volver á la mañana siguiente muy de mañana.
En dicha mañana muy de mañana corrió la voz de que en la prision de Kingston habia dos hombres y un niño que habian sido presos la noche precedente como sospechosos. En consecuencia MM. Blathers y Duff hicieron rumbo hácia Kingston.
El crímen de aquellos hombres consistia en haberlos encontrado dormidos en un rimero de heno, crímen que aun que sea enorme que digamos, no es castigado mas que con pena de prision: porque á los ojos de la ley inglesa (esta ley tan dulce y tan buena para todos los vasallos del rey.) no hay en esta accion de dormir bajo el bello fulgor de las estrellas prueba suficiente de que los que se han hecho culpables de ella hayan por esto cometido un robo con escalamiento y fractura é incurrido de consiguiente en la pena de muerte. MM. Blathers y Duff volvieron pues á casa la señora Maylie tan sabios como habian partido de ella.
En fin, despues de una conferencia bastante larga, respecto á Oliverio fué convenido que la señora Maylie y Mr. Losberne, serian sus fiadores; en el caso de que la justicia volviera á este asunto y un escribano de los alrededores fué llamado á este efecto para otorgar la caucion.
Nuestros dos agentes de policía despues de haber recibido un par de guineas por la pena que se habian dado, regresaron á Lóndres cada uno con opiniones del todo diversas respecto á su espedicion: El uno (Duff.) despues de maduras reflecsiones, sosteniendo que la banda de Pett estaba para algo en la tentativa de robo; y el otro (Blathers.) atribuyendo todo el mérito de ella al famoso Conney Chickweed.
Gracias á los cuidados de la Señora Maylie, de Rosa y del benévolo Mr. Losberne, Oliverio se restableció poco á poco.
CAPÍTULO XXXI.
DE LA VIDA FELIZ QUE OLIVERIO LLEVA CON SUS AMIGOS.
COMO la enfermedad de Oliverio, habia sido de un carácter sério, su convalecencia fué larga. Los dolores que le causaba su herida, unidos á una fiebre ardiente, que duró mas de un mes le habian aniquilado del todo. Penetrado de los cuidados que sus dos huéspedas le prodigaban, les manifestaba su gratitud con las lágrimas en los ojos y á menudo las decia, cuanto sentia la tardanza en restablecerse para hacer algo por ellos aunque no fuera sino para probarlas que sus bondades no eran estériles y que el pobre niño á quien ellas habian libertado de la miseria y tal vez de la muerte, estaba del todo entregado á su servicio.
Y sin embargo apesar de las bondades de la Señora Maylie y de Rosa, Oliverio estaba á menudo inquieto. Parecia esperimentar un remordimiento y era que pensaba en Mr. Brownlow y en aquella anciana señora que le habian tratado tan bien durante su enfermedad. Temia pasar por un ingrato á los ojos de sus generosos protectores y así no estuvo tranquilo hasta que Mr. Losberne le hubo prometido formalmente llevarlo á verlos luego que se hallaria en estado de soportar el viaje.
Oliverio se restableció al fin. En consecuencia una hermosa mañana partió con Mr. Losberne en la calesa de la Señora Maylie. Llegados al puente de Chertsey, se puso pálido y lanzó un grito penetrante.
—Vaya! ¿qué le da ahora á este muchacho? —esclamó el doctor con tono brusco como de ordinario —¿Qué ves? ¿Qué sientes? ¿Qué oyes? Ea! habla!
—Esa casa caballero! —dijo Oliverio.
—Y bien! ¿Qué? Parad cochero! Qué es lo que tiene de particular esa casa muchacho?
—Los ladrones! La casa en que me han conducido! —dijo en voz baja Oliverio.
Sin dar tiempo al cochero para bajar de su asiento el doctor logró (no sé como) salir de la calesa y corrió en derechura á la casucha, á cuya puerta llamó con golpes redoblados, como un rabioso.
—Voto á mil legiones de demonios! —prorrumpió un feo y raquítico jorobado, abriendo la puerta tan bruscamente que el doctor que acababa de dar su último punta-pié perdió el equilibrio y faltó poco, para que no cayera de todo lo largo en el pasadizo —¿Qué es lo que sucede?
—Lo que sucede? —esclamó el otro cojiéndole por el pescuezo, sin darle tiempo para decir Jesus —Lo que sucede! Se trata de un robo con escalamiento y fractura: He aquí lo que sucede!
—Entonces sucederá además un homicidio si no me soltais! —contestó el jorobado con frialdad —Lo entendeis?
—Sí; os entiendo! —replicó el doctor apretando á éste fuertemente —Dónde está... (Por vida... ahora se me escapa el nombre.) Dónde está ese ladron ese pillo de Sikes?
El raquítico jorobado miró al doctor con asombro é indignacion á la vez; y desprendiéndose con sagacidad de las manos de este último, se retiró al fondo de la casa profiriendo un Kirie... le... de juramentos horribles. Mr. Losberne le siguió hasta una salita obscura sin decir palabra. Miró en torno suyo con alguna inquietud; ningun mueble; ningun objeto animado ó inanimado, ni aun el sitio de los armarios: nada en fin respondia á la descripcion, que de ella habia hecho Oliverio.
—Ea! —dijo el jorobadillo que habia estudiado todos sus movimientos —Cuál es vuestra intencion al entrar de este modo en mi casa? Venís para robarme ó para asesinarme? Cuál de las dos cosas?
—Habeis visto alguna vez vos viejo vampiro á un ladron ó asesino bajar de un coche, para dar su golpe de mano? —preguntó el irracible doctor.
—Entónces que queréis? —esclamó el jorobado con acento furioso —Os invito á que salgais incontinenti si no quereis que os suceda una desgracia.
—Me iré cuando me dará la gana! —dijo Mr. Losberne echando una ojeada rápida á otra salita que lo mismo que la primera no tenia nada de semejante con la descripcion que Oliverio habia hecho de ella —Amigo mio! Sabré volveros á encontrar uno de esos dias.
—Si hé! —dijo rechinando los dientes el horrendo jorobado. —Si alguna vez necesitais de mí, aquí me encontraréis. Hace veinte y cinco años que no he vivido solo en este sitio en tal estado para que vinierais vos á asustarme de este modo. Me la pagaréis! Estad seguro de ello.
Dichas estas palabras el feo y diminuto mónstruo dió un grito acre y se puso á bailar con un furor frenético.
—Esto es demasiado ridículo, —dijo el doctor para sí —Es necesario que el muchacho se haya engañado. Tomad esto!
Al mismo tiempo sacó de su faltriquera una moneda que arrojó al jorobado y volvió á la calesa. Este le siguió hasta la portezuela lanzando imprecaciones todo el camino y mientras Mr. Losberne hablaba al cochero lanzó sobre Oliverio una mirada tan furiosa que de noche como de dia el niño pensó en ella durante un mes entero. El jorobado continuó sus juramentos y sus imprecaciones hasta que el cochero hubo subido otra vez á su asiento; y cuando el coche estuvo ya lejos se le hubiera podido ver aun de cierta distancia patear de rábia y arrancarse los cabellos en un exceso de furor.
—Soy un asno! —dijo el doctor despues de un silencio dilatado —¿Lo sabias tu Oliverio?
—No Señor.
—Pues bien otra vez no lo olvides! Sí; soy un borrico! —continuó el doctor despues de un momento de reflecsion... Dado caso que aquella hubiera sido la misma casa y los mismos individuos ¿qué podia hacer solo? Y aun cuando hubiera dado recio no habria hecho mas que venderme á mí mismo divulgando la estratagema que he debido emplear para ahogar este asunto. Y con todo esto hubiera sido bien hecho! Me hundo siempre en algun pantano, obrando así, segun mi primer impulso y nunca saco de ello ningun bien.
El hecho es que este hombre escelente jamás en su vida habia obrado de otro modo; y que lejos de hundirse en un pantano como decia, la naturaleza del impulso que seguia era tal que se habia adquirido el respeto y la estimacion de todos los que le conocian.
Como Oliverio sabia el nombre de la calle en que habitaba Mr. Brownlow se dirijieron á ella en derechura, sin buscar y cuando la calesa dobló la esquina de esa calle, el corazon del niño palpitó con tanta fuerza que apenas podia respirar.
—Hijo mio! Dinos ahora que casa es esa? —preguntó Mr. Losberne al doblar una esquina.
—Allí! allí! Aquella! La casa blanca! —esclamó vivamente Oliverio sacando la cabeza por la portezuela del coche —Oh! pronto... pronto... os lo suplico! Siento que me moriré de alegria... Estoy todo tembloroso.
—Paciencia! Paciencia! —dijo el bueno del doctor dándole un golpecillo sobre la espalda... Los verás al momento y ellos estarán gozosos de verte sano y salvo.
—Oh! No lo dudo! —replicó Oliverio —Han sido tan buenos para conmigo! Si lo supierais caballero!
—El coche se paró: no era esta la casa. Avanzó algunos pasos y se paró otra vez. Lágrimas de contento se escaparon de los ojos del niño cuando miró á las ventanas... Ah! La casa blanca estaba desierta y un letrero con estas palabras «Para alquilar.» colgaba encima de la puerta.
—Llamad á la otra puerta cochero! —dijo el doctor pasando su brazo bajo el de Oliverio.
—Sabeis que se ha hecho de Mr. Bronwlow que habitaba la casa vecina? —preguntó á la criada que vino á abrir.
—No lo sé; —contestó ésta —pero voy á informarme.
Volvió al cabo de un momento y dijo que hacia cerca seis semanas que Mr. Brownlow habia vendido su moviliario y que en seguida habia partido para las Indias occidentales.
—Se ha llevado con él la ama de llaves? —preguntó Mr. Losberne despues de un momento de reflecsion.
—Sí caballero. —respondió la criada —Se ha llevado á su ama de llaves y á uno de sus amigos... Los tres han partido en el mismo dia.
—Ea! derecho á casa cochero! —dijo Mr. Losberne —y picad de recio á vuestros caballos hasta que estemos fuera de este maldito Lóndres.
—Y el librero señor? —dijo Oliverio —Sé donde habita... Vamos allá; os lo ruego...
—Pobre muchacho! —contestó el doctor. —Basta ya de desorientamiento por hoy. Si vamos á la habitacion del librero, no dudo que habrá muerto, ó que su casa ha sido incendiada, ó bien que se ha fugado.... No; derecho al domicilio. —Y conforme al primer impulso del doctor, se volvieron á casa.
Esta circunstancia con todo no produjo cambio alguno en la conducta, de las bienhechoras de Oliverio para con él. Pasó luego una quincena, y habiendo llegado la hermosa primavera se prepararon para dejar por algunos meses la casa de Chertsey. En consecuencia enviaron á casa su banquero la platería que habia excitado tanto la codicia del judío y despues de haber dejado á Giles y otro criado en la casa para que cuidáran de ella durante su ausencia, las dos señoras partieron á su casa de campo situada á algunas leguas distante de allí llevándose con ellas á Oliverio.
La campiña en que se habian retirado era á la verdad encantadora y Oliverio poco acostumbrado á una mansion tan deliciosa, parecia empezar una nueva vida.
Cada mañana iba cerca la iglesia en casa un anciano de blancos cabellos quien le enseñaba á leer y á escribir, el cual lo hacia con tanto ahinco que Oliverio jamás podia hacer bastante para contentarlo. En seguida daba un paseo con sus bienhechoras; y si se sentaban para recrearse con la lectura, escuchaba con tanta atencion que la noche hubiera llegado sin notarlo. Luego era necesario prepararse para la leccion del dia siguiente encerrándose en un pequeño gabinete, que daba al jardin y estudiando hasta la tarde en que se daba un segundo paseo.
Todos los dias á las seis de la mañana estaba en pié recorriendo los campos y cojiendo flores de las que hacia ramilletes que ponia sobre la mesa á la hora del almuerzo. Traia tambien yerba murages para los pajáros de la Señorita Maylie y decoraba con ella las jaulas con un cuidado esquisito. Concluida esta faena siempre habia alguna pequeña comision que desempeñar en el pueblo, algun acto de caridad que ejecutar de parte de las señoras. O bien se divertia cultivando en el jardin las plantas que el clérigo del villorrio, que era jardinero, le habia enseñado á conocer y en medio de esa ocupacion llegaba la Señorita Rosa, quien jamás dejaba de elogiarle por todo lo que habia hecho recompensándole siempre con una sonrisa graciosa.
Así transcurrieron tres meses: tres meses de felicidad para Oliverio, cuya vida hasta entonces no fuera mas que una cadena contínua de tristezas y de tormentos.
CAPÍTULO XXXII.
UN ACONTECIMIENTO IMPREVISTO VIENE Á TURBAR LA DICHA DE NUESTROS TRES AMIGOS.
EL estio sucedió pronto á la primavera y la campiña que Oliverio habia encontrado tan hermosa al llegar á la aldea, desplegaba entonces sus riquezas y se mostraba en todo el esplendor de su belleza. La tierra se habia revestido de un manto de verdor y exhalaba sus mas dulces perfumes.
Una tarde que regresaban de un paseo mas largo que de costumbre, Rosa que habia estado sumamente jovial durante todo el camino, se sentó al piano. Despues de haber recorrido maquinalmente durante algun tiempo sus dedos sobre el teclado, tocó un aire lánguido y la señora Maylie creyó oirla sollozar.
—Rosa! Mi buena amiga! —dijo.
La jóven guardó silencio; pero tocó con un poco mas de viveza como si la voz de la buena señora la hubiese arrancado de su sueño penoso.
—Rosa! Querida mia! —esclamó ésta levantándose precipitadamente de su silla y acercándose á la jóven. —Qué tienes?... Tu semblante está lleno de lágrimas! Díme qué ha podido causarte disgusto?
—Nada tia, os lo aseguro! —dijo Rosa —En verdad no sé lo que tengo; pero me encuentro esta noche tan abatida!
—Angel mio! ¿Si estarás enferma? —preguntó la Señora Maylie.
—Ah! No; no estoy enferma? —respondió Rosa estremeciéndose como si un frio mortal la hubiese cojido súbitamente... —Ello no será nada! Pronto me encontraré mejor! Cerrad la ventana, os lo ruego!
—Oliverio la cerró bien y la jóven haciendo todos los esfuerzos posibles para dominar el sentimiento que la agitaba, procuró tocar un aire mas festivo. Pero apenas sus dedos rozaron las teclas, cuando no pudo contenerse y cubriéndose el rostro con ambas manos, fué á sentarse en un sofá y dió libre curso á sus lágrimas.
—Mi querida niña! —esclamó la Señora Maylie —Jamás le he visto en tal estado!
—He hecho todo lo que he podido para no alarmaros! —dijo Rosa —Pero creo que realmente estoy enferma.
Lo estaba en efecto, pues cuando trajeron luz notaron que estaba pálida como la muerte. La espresion de su fisonomía nada habia perdido de su belleza; pero con todo estaba cambiada y habia en sus facciones tan dulces y tan regulares algo de estraviado que no se habia visto antes de entonces. En un momento, su rostro se volvió purpúreo y sus hermosos ojos azules se cubrieron de una nube. Al cabo de pocos minutos estaba lívida hasta dar miedo.
Oliverio que durante todo este tiempo habia observado á la señora Maylie con la atencion mas asídua, notó que estos síntomas estraños la habian alarmado y él mismo quedó aterrorizado. Pero viendo que ella procuraba ocultar su turbacion afectando un aspecto tranquilo; hizo otro tanto la misma Rosa al ir á acostarse á instancia de su tia, se mostró mas alegre y pareció encontrarse mucho mejor. Les aseguró su certitud de levantarse á la mañana siguiente en perfecta salud.
—Creo que no hay nada de serio ¿no es cierto Señora? —dijo Oliverio cuando la Señora Maylie volvió á entrar en el salon. —Parece que la Señorita no se encuentra muy bien esta tarde; pero...
La buena señora le hizo señal de que no hablára y sentándose en un rincon permaneció silenciosa durante algun tiempo. Al fin dijo con voz trémula.
—Espero que no será nada, Oliverio. He sido muy feliz con ella por espacio de algunos años! Demasiado feliz tal vez; y podria ser que me sucediese alguna desgracia! No, que quiera decir que este sea el caso.
—Qué desgracia señora? —preguntó Oliverio.
—La de perder esa niña querida que por tanto tiempo ha sido mí alegria... mi dicha! —dijo aquella con voz entrecortada.
—Dios no lo permita! —esclamó vivamente Oliverio.
—Hágase su santa voluntad? —repuso la señora torciéndose las manos.
—Oh! Seguramente no nos amenaza una desgracia tan grande! —dijo Oliverio —Aun no hace dos horas que estaba tan buena!
Los temores de la Señora Maylie eran por cierto demasiado fundados y lo que habia predicho sucedió. A la mañana siguiente se declararon en Rosa los síntomas de una enfermedad peligrosa.
Es necesario darnos prisa y no perder el tiempo en aflicciones inútiles —dijo la Señora Maylie, apretando la frente con sus manos. —Mr. Losberne debe recibir esta carta lo mas pronto posible. Es preciso llevarla al pueblo vecino, que está á cuatro millas de distancia lo mas, andando por el atajo y de allí remitirla á Chertsey por un expreso á quien encargareis que ande á toda prisa. La gente de la posada se encargarán de ello y á vos os recomiendo que la veais marchar.
Oliverio no pudo responder tal era su afan de alejarse inmediatamente.
—Tomad esta otra! —continuó la señora Maylie con ademan pensativo —Pero no sé si será mejor esperar que el doctor me haya dicho lo que piensa de Rosa... En el caso de haber peligro no quisiera remitirla.
—Es tambien para Chertsey Señora? —preguntó Oliverio alargando su mano trémula para recibir la carta, impaciente como estaba de cumplir su comision.
—No, —contestó la señora entregándosela maquinalmente.
Oliverio echó una ojeada al sobre y vió que era para Enrique Maylie, en casa de un caballero, del cual no pudo descifrar ni el hombre ni el domicilio.
—Queréis que ella parta señora? —preguntó Oliverio mas impaciente que nunca.
—Creo que será mejor esperar á mañana! —dijo la Señora Maylie volviéndola á tomar.
Dicho esto, dió su bolsillo á Oliverio; que se lanzó fuera del salon sin despedirse de su bienhechora.
Corriendo á través de los campos todo lo que sus fuerzas le permitieron, ya oculto por el trigo de alto talle que se elevaba en ambos lados del camino, ya en medio de un llano, en el que habia hombres ocupados en segar y hacer gavillas y no deteniéndose mas que para tomar aliento, llegó al fin cubierto de sudor y de polvo á la plaza del mercado del villorrio.
Su primer cuidado fué buscar la posada de que le habia hablado la Señora Maylie. Miró á todos lados. De pronto se presentó á sus miradas una cerveceria pintada de rojo, luego la casa de la villa pintada de amarillo y luego al fin una posada, que tenia por muestra. Al rey Jorge. Inmediatamente entró en ella.
Se dirijió á un postillon que fumaba su pipa en el lindar de la puerta cochera, quien despues de haberse hecho esplicar la clase del mensaje que llevaba Oliverio, lo envió al muchacho de cuadra quien despues de la misma esplicacion lo endosó al maestro de postas que apoyado contra la bomba cerca la puerta de la cuadra se divertia paseando en su boca un monda-dientes de plata. Este tomó la carta de las manos del niño y se dirijió con displicencia hácia el bufete para enterarse de la direccion, (lo que ecsijió aun bastante tiempo.) Luego que se hubo enterado y exijido la paga adelantada, hizo ensillar un caballo y dió órden á un postillon de que se preparára, lo que fué tarea de un cuarto de hora, durante cuyo tiempo Oliverio que estaba como entre espinas tuvo veinte veces la tentacion de saltar sobre el caballo y correr á brida suelta hasta la prócsima parada.
Sin embargo al fin todo quedó listo y Oliverio despues que hubo encargado encarecidamente al postillon de marchar lo mas aprisa que le fuera posible, éste partió como el rayo y en menos de nada estuvo al estremo opuesto del villorrio.
No era poco para Oliverio tener la certeza de que la jóven enferma iba á recibir prontos ausilios y que no habia habido tiempo perdido. Acababa de dejar el patio de la posada, con el corazon menos oprimido y pasaba el lindar de la puerta cochera corriendo, cuando se enredó entre las piernas de un hombre envuelto en una capa que entraba en el parador.
—Qué diablos es esto? —dijo el hombre retrocediendo de golpe al ver el niño.
—Perdonad caballero! —contestó éste —Estaba ansioso de volver á casa y no os veia.
—Maldicion! —murmuró el hombre entre dientes lanzando á Oliverio una mirada furiosa —Es posible! Qué un rayo te parta! Creo que si estuviera muerto, saldria espresamente de su tumba para encontrarse en mi camino!
—En verdad lo siento mucho caballero! —balbuceó Oliverio espantado del modo como le miraba el estrangero. —Os he hecho daño?
—Maldicion! —murmuró de nuevo. —Si hubiese tenido solo el valor de pronunciar una palabra, largo tiempo hace estaria desembarazado de él! Qué el infierno te confunda! ¿Qué haces tu ahí pequeño demonio?
—Esto diciendo rechinó los dientes, cerró los puños y abalanzándose sobre Oliverio como para cojerlo, cayó de espaldas espumeante de rabia y debatiéndose como un furioso.
Oliverio con todo no pudo hacer caso de este hecho estraño porque luego que hubo llegado á la casa, cuidados mas serios ocuparon su alma y desviaron su atencion de lo que le era personal.
Rosa estaba mucho mas mala; la fiebre habia redoblado y al anochecer entró en delirio. El cirujano del pais no la dejó un solo instante. Apenas la hubo visto llamó á parte á la Señora Maylie y le declaró que la enfermedad era de las mas graves y que solo un milagro podia salvar á su sobrina.
A la mañana siguiente todo fué silencio en el interior de la casa. Se hablaba en voz muy baja; algunas mugeres y niños se presentaban de tiempo en tiempo á la verja y se volvian con las lágrimas en los ojos. Todo el dia y aun hasta mucho despues de puesto el sol, Oliverio se paseó en el jardin levantando la vista á cada momento hácia la ventana del aposento de la enferma. Le parecia por la tristeza del lugar que la muerte debia estar allí y se estremecia de horror.
Era ya muy entrada la noche cuando Mr. Losberne llegó —Es una gran desgracia! —dijo al ver á Rosa —Tan jóven, tan amable! Pero poca esperanza queda!
Durante muchos dias la muerte parecia habitar en esta casa, tanta era su tristeza y melancolía, el silencio mas profundo reinaba en ella; el dolor estaba impreso en todos los semblantes. Una tarde la Señora Maylie y Oliverio estaban sentados en el salon, cuando fueron arrancados de sus meditaciones por el ruido de una persona que se acercaba. Ambos se precipitaron involuntariamente hácia la puerta, en el momento en que entró Mr. Losberne.
—Y Rosa? —esclamó la Señora Maylie —Hablad, os lo suplico! Estoy preparada del todo! No puedo vivir mas tiempo en tan horrible incertidumbre! Hablad en nombre del cielo; hablad!
—Calmaos señora! —dijo el doctor, tomándola por el brazo. —Calmaos os lo ruego!
—Por amor de Dios dejadme —continuó la Señora Maylie con voz ahogada —Rosa, mi querida niña! Ha muerto! Se muere!
—No, —esclamó el doctor con fuerza —Dios que es la misma bondad, permite que ella viva aun largos años para la felicidad de todos nosotros.
La buena Señora cayó de rodillas y procuró plegar las manos en señal de accion de gracias; pero el valor que la habia sostenido por tanto tiempo la abandonó de improviso y se desmayó en los brazos de su antiguo amigo.
CAPÍTULO XXXIII.
ENTRA EN LA ESCENA UN NUEVO PERSONAJE —SUCEDE Á OLIVERIO OTRA NUEVA AVENTURA.
EN verdad esta era mayor dicha de la que Oliverio podia soportar. Aturdido y estupefacto, á una noticia tan inesperada, le era imposible llorar ni hablar ni aun estarse quieto. Apenas podia darse cuenta á sí mismo de lo sucedido. Solo despues de haber dado una larga carrera por los campos y cuando el aire fresco del anochecer le volvió los sentidos, pudo derramar un torrente de lágrimas.
La noche estaba ya muy adelantada y regresaba á casa cargado de flores que habia cojido con particular esmero para adornar el aposento de la enferma, cuando vio á su espalda un carruaje que avazanba rápidamente. Se volvió y vió una silla de posta tirada por dos caballos que corrian al galope. Como el camino era muy estrecho en este sitio se apartó á un lado para dejar pasar el coche.
Al pasar este por frente de él divisó á un hombre con un casquete de algodon cuya fisonomía no le era desconocida á pesar de no haber tenido tiempo para reconocerle. En menos de un segundo el hombre del gorro de algodon sacó la cabeza por la portezuela y con voz estentórea gritó al postillon que parase (lo que no era muy fácil atendida la rapidez con que marchaban los caballos.) Sin embargo al fin éste último habiéndolo logrado no sin trabajo, el hombre del gorro de algodon, sacó de nuevo la cabeza por la portezuela y llamó á Oliverio por su nombre.
—Oe! Señor Oliverio! Señor Oliverio! Cómo se encuentra la Señorita Rosa?
—Sois vos Señor Giles? —esclamó Oliverio corriendo hácia al carruaje.
Giles se preparaba para responder, porque la borla del gorro de algodon, se ostentó perpendicular fuera de la portezuela; pero se lo impidió un jóven, que le hizo sentar otra vez bruscamente, dirijiendo él la palabra á Oliverio.
—Sin rodeos! —le dijo —Mejor ó peor?
—Mejor; mucho mejor! —respondió vivamente Oliverio.
—Bendito sea el Señor! —Estais bien seguro de ello?
—Si señor —El cambio se ha verificado hace algunas horas. Mr. Losberne afirma que ella está ya fuera de peligro.
Sin decir mas el jóven abrió la portezuela, se lanzó fuera del carruaje y cojiendo bruscamente á Oliverio por el brazo, lo tomó á parte.
—Vos estais seguro de lo que decís, no es verdad amigo mio? —preguntó con voz temblorosa —Creo que no quereis engañarme dándome una esperanza que no pueda realizarse, ¿no es cierto?
—Oh! no seguramente, señor! —contestó Oliverio —No lo haria por todo lo del mundo; podeis creerme! Hé aquí las propias palabras de Mr. Losberne: Ella vivirá aun largos años para la felicidad de todos nosotros! Estaba yo presente cuando ha dicho esto á la Señora Maylie.
Al recuerdo de una escena tan sensible se escaparon de los ojos del niño lágrimas de ternura y el mismo jóven, volviéndose de lado para ocultar su emocion guardó silencio largo rato.
Entre tanto Giles sentado en el estribo del carruaje con los codos apoyados sobre sus rodillas enjugaba sus lágrimas con un pañuelo de algodon azul salpicado de puntos blancos. A juzgar por los ojos encarnados de este fiel criado, su emocion no era de ningun modo finjida.
—Giles, subid otra vez á la silla de posta é id en derechura á casa mi madre. —dijo el jóven. —Yo prefiero andar un poco á pié para prepararme á verla. Le direis que vengo despacio.
—Señor Enrique os agradeceria mucho —dijo Giles, dando la última recomposicion á su rostro con el pañuelo —Os agradeceria en el alma que os dignaseis encargar este mensaje al postillon... Creo que no es conveniente que comparezca de este modo ante las criadas. Si me viesen en tal estado perderia toda mi autoridad sobre ellas.
—Pues bien! —repuso Enrique Maylie sonriendo —Obrad á vuestro gusto. Que se adelante el postillon con las maletas... y vos seguidnos si quereis. Solamente os encargo que cambieis de tocado si os place, sino preferís que nos tomen por locos.
Giles acordándose que llevaba en la cabeza su gorro de algodon, lo embuchó aceleradamente en su faltriquera y tomando su sombrero que estaba dentro el carruaje, se lo puso sin dilacion. El postillon emprendió la marcha y Mr. Maylie, Oliverio y Giles siguieron al paso.
Mientras andaban, Oliverio echaba de tanto en tanto una ojeada al recien venido. Podia tener de veinte y cuatro á veinte y cinco años; era de estatura mediana, su noble figura descubria un aire de franqueza y de bondad, sus maneras eran distinguidas y modestas á la vez. A pesar de la diferencia que existe entre la juventud y la vejez, se parecia tanto á la Señora Maylie que Oliverio pudo adivinar sin dificultad que era el hijo de esa señora aun cuando él no hubiese hablado de ella en tal cualidad.
La Señora Maylie estaba impaciente por ver á su hijo en el momento en que éste abrió la puerta del salon y la entrevista fué de las mas tiernas.
—Buena madre! —dijo el jóven —Por qué no haberme escrito mas pronto?
—Habia escrito. —contestó la Señora Maylie —pero despues de reflecsionarlo creí que era mas prudente no enviar la carta hasta despues de haber visto á Mr. Losberne.
—Pero por qué? —Por qué esperar el último momento? Si Rosa hubiese... (no me atrevo á pronunciar la palabra.) Si esta enfermedad hubiese tenido un fin diverso, no os hubierais reprochado toda la vida vuestro silencio? Y yo hubiera podido ser jamás feliz en el porvenir?
—Si así hubiese sucedido vuestras esperanzas hubieran quedado completamente destruidas y no se que vuestra llegada aquí un dia mas pronto ó mas tarde hubiese sido de grande importancia.
—Quién puede dudarlo madre mia? —Vos sabeis cuanto la amo... Vos debeis saberlo.
—Así es. —Se muy bien que ella merece el amor mas puro y mas constante; un amor duradero cimentado por la mas sólida amistad. Si no estuviera convencida de que un cambio de conducta por parte de aquel que ella amára destrozaria su corazon, no encontraria mi tarea, tan difícil de cumplir y no esperimentaria este combate interior cuando me esfuerzo en obrar lo mas concienzudamente posible en esta circunstancia.
—Esto no está bien madre mia! Me suponeis pues tan niño que no conozca mi propio corazon ó que pueda equivocarme sobre la naturaleza de mis sentimientos?
—Pienso querido Enrique. —dijo la buena señora poniendo la mano sobre la espalda de su hijo —pienso que la juventud está sujeta á impulsos generosos del corazon que no son duraderos y que existen ciertos sentimientos que por ser divisibles resultan á veces mas pasajeros. Se además —prosiguió mirando fijamente al jóven —que una muger que puede sonrojarse de su nacimiento (bien que sin culpa suya) está espuesta, como sus hijos á los sarcasmos de los necios; que su marido por generoso que sea, puede un dia arrepentirse de haberle dado su mano en un momento de entusiasmo y ella notar su indiferencia y morirse de dolor.
—El que así se portára seria indigno de llevar el nombre de hombre! esclamó Enrique. —Este seria un sér brutal.
—Es así como pensais al presente Enrique?
—Y como pensaré siempre! —Todo lo que he sufrido desde hace algunos dias me arranca la confesion sincera de una pasion que no data de ayer y que no he concebido ligeramente; vos misma lo sabeis. Mis pensamientos, mis esperanzas, mi porvenir todo está en ella... No veo nada mas allá de Rosa. Si poneis un obstáculo á mis deseos me quitais la paz y la felicidad. Pensadlo seriamente madre mia y conoced mejor mis sentimientos.
—Enrique —Justamente porque los conozco, es porque quisiera que no fueran destrozados. Pero hemos dicho ya bastante sobre este asunto.
Qué Rosa decida por sí misma! No es cierto que no intentais oponeros á mis votos?
—No sin duda. —Pero reflecsionadlo bien vos mismo.
—Lo he reflecsionado hace años —Mis anhelos serán siempre los mismos! —replicó Enrique impaciente —Y por qué tardase en declararme? Qué ventaja sacaré de ello? No veo ninguna. No; antes que deje esta casa es preciso que Rosa me escuche!
—Ella os escuchará. —dijo la señora Maylie preparándose para marcharse del salon.
—Dónde vais madre mia?
—Voy á reunime con Rosa. Hasta la vista!
—Os volveré á ver esta noche? —preguntó vivamente Enrique.
—Sin duda! —contestó la buena señora.
—Decidla tambien cuán inquieto he estado! Cuanto he sufrido al saber que estaba enferma y cuanto me tarda el verla... No es verdad madre mia que haréis esto por amor á mí?
—Sí; —La diré todo esto. —Despues de estas palabras apretó tiernamente la mano de su hijo y desapareció.
Durante este diálogo entre la madre y el hijo, Mr. Losberne y Oliverio se habian mantenido apartados al estremo del salon. El primero se adelantó entonces hácia Enrique, tendiéndole la mano y despues de algunos saludos por una y otra parte el doctor en contestacion á las preguntas multiplicadas del jóven, le hizo un detalle ecsacto de los progresos de la enfermedad de Rosa y del cambio feliz que se habia operado por la tarde; el que estuvo perfectamente acorde con lo que Oliverio habia dicho en el camino.
—No os ha acontecido algo de estraordinario desde aquel hecho de marras carísimo Giles? —preguntó el doctor volviéndose á éste que mientras se ocupaba en desocupar las maletas prestaba un oido atento á lo que se decia de su jóven ama.