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Los Ladrones de Londres

Chapter 37: CAPÍTULO XXXV.
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About This Book

The narrative follows an orphan boy who endures harsh treatment in institutional care and apprenticeships, then flees to a city where he becomes entangled with a gang that trains children to steal. Kind strangers intermittently offer refuge while criminal figures exploit and endanger him, and a young woman connected to the gang makes a sacrificial attempt to help him escape its reach. Events expose corruption and hypocrisy in social institutions, alternate scenes of violence and compassion, and gradually reveal the boy's true parentage and prospects for a secure future. The work combines social critique with melodrama to examine childhood, poverty, and moral responsibility.

—No señor. —respondió Giles ruborizándose hasta el blanco de los ojos.

—Y no habeis puesto la mano sobre ningun ladron? añadió el doctor con malicia.

—Sobre ninguno señor. —repuso Giles con suma gravedad.

—Lo siento á fé mia! —continuó el doctor. —Os lucís tanto en esta especie de cosas! Y Brilles que tal anda?

—El jóven, se porta bien á Dios gracias! —replicó Giles volviéndo á recobrar su aire de importancia —Me ha encargado para vos muchas espresiones.

—Muy bien! —dijo Mr. Losberne —A propósito Giles! Vuestra presencia me recuerda que la víspera de mi llegada aquí desempeñé con vuestra ama una pequeña comision á favor vuestro. Queréis tomaros la molestia de acercaros para que os diga una palabra aparte?

Giles se adelantó hácia el alfeizar de la ventana, con ademan de importancia y de asombro á la vez, y luego que hubo tenido con el doctor una pequeña conferencia en voz baja, que terminó por un gran número de cortesias, se retiró con una satisfaccion poco comun. El motivo de esta conferencia no fué conocido en el salon pero se supo á la cocina porque Mr. Giles se dirijió á ella en derechura y habiéndose hecho llevar un jarro de cerveza y vasos, anunció con aire de complaciente dignidad que produjo grande efecto, que en consideracion á su conducta brillante cuando la tentativa del robo habia placido á su ama depositar en la caja de ahorros la suma de veinte y cinco libras esterlinas en su nombre y por su propia cuenta.

El resto de la velada se pasó alegramente en el salon; porque Mr. Losberne tenia buen humor; y bien que Enrique Maylie estuviese pensativo y al mismo tiempo muy fatigado, no pudo sostenerse contra las salidas y la gracia del doctor, al relatar algunas anécdotas referentes á su profesion llenas de mucha sal y mucha chispa; de modo que Oliverio que jamás habia oido nada semejante no pudo menos de reir á carcajadas, con gran satisfaccion del doctor que se reia á su vez á garganta desplegada de las farzas que divulgaba y cuya alegria loca arrastrando pronto á Enrique Maylie no pudo menos de seguir su ejemplo.

A la mañana siguiente Oliverio se levantó mas ufano y mas dispuesto y se entregó á sus ocupaciones ordinarias con mas placer del que le habia hecho en los dias anteriores.

Una cosa digna de observacion y que no escapó á Oliverio fué que no era solo en sus escursiones matutinales. Desde la vez primera que Enrique Maylie le víó regresar á casa cargado de ramilletes, de repente cobró tal pasion por las flores y las reunia con tanto gusto que muy pronto sobrepujó en este arte á su jóven compañero. Pero si Oliverio estaba mas atrasado en cuanto á esto, sabia mejor donde encontrar las mas hermosas y cada mañana nuestros dos amigos recorrian la llanura y nunca volvian á casa con las manos vacías. Cuando alguna vez Rosa para respirar un aire mas puro dejaba su ventana entreabierta se hubiera podido observar al interior en un jarro lleno de agua, un bonito ramillete cuyas flores estaban artísticamente mezcladas. Un ramillete nuevo reemplazaba cada dia al de la víspera, que se guardaba preciosamente aun que estuviera marchito, y Oliverio notó que cada vez que Mr. Losberne se paseaba en el jardin nunca dejaba de levantar su vista hácia la ventana sobre la que estaba el pequeño jarro y que entonces balanceaba la cabeza del modo mas espresivo. Entre tanto Rosa se restablecia y recobraba de dia en dia sus fuerzas.

A pesar de que la jóven convaleciente no se hallase aun en estado de dejar el aposento y que los paseos acostumbrados de la tarde no tuviesen lugar mas que raras veces, Oliverio no encontraba por eso el tiempo largo. Redobló de asiduidad al lado del buen anciano que le daba lecciones y trabajaba con tal ardor, que él mismo quedó sorprendido de los progresos rápidos que hizo. Mientras seguia el curso de sus estudios fué cuando se alarmó muchísimo por un accidente imprevisto.

La salita que le servia de gabinete de estudio estaba situada en el piso bajo tras de la casa. Recibia la luz por una ventana enrejada al rededor de la cual se entrelazaban la madreselva y el jazmin, que derramaban en el interior un perfume delicioso. Esta ventana caia en un jardin cerrado por una cerca tras la cual se veian verdes florestas y prados esmaltados de flores. Como no habia habitacion cercana en esta direccion su perspectiva era dilatadísima.

Una tarde cuando las primeras sombras de la noche empezaban á cubrir la tierra, Oliverio estaba sentado frente á una mesa cerca la ventana de su gabinete con los ojos fijos sobre sus libros. Como el dia habia sido escesivamente caloroso y él habia trabajado mucho, se amodorró por grados y se durmió insensiblemente.

Oliverio sabia muy bien que estaba en su salita de estudio, con sus libros colocados ante él sobre una mesa y que un zéfiro blando ajitaba las hojas al exterior; con todo dormia. De repente la escena cambió, el aire se hizo mas espeso y se creyó de nuevo en la casa del judío, donde el horrible viejo desde el rincon de la chimenea su sitio acostumbrado le señalaba con el dedo, hablando al oido de otro individuo sentado á su lado que daba la espalda al niño.

—Chito! dijo Fagin —El es! vámonos!

—El! —respondió el otro —pensais que no le reconozca? Si se encontrára en medio de una multitud de demonios, revestidos de su misma forma y fisonomía, algo habria que me lo haria reconocer entre ellos. Si estuviera á cincuenta piés bajo la tierra y la casualidad me condujera sobre su tumba sabria bien que está enterrado allí aunque nada hubiera que me lo indicase. Qué un rayo le confunda!

Habia tanto ódio en las palabras de ese hombre que Oliverio se despertó sobresaltado y se estremeció de espanto.

—Gran Dios! —allí, allí... ante su ventana, muy cerca de él... tan cerca que hubieran podido tocarle, antes de tener tiempo para huir... vió al judío que le miraba! Su vista penetrante encontró la suya... y al lado del horrible viejo... ante esta misma ventana pálido de rabia ó de terror ó tal vez de ambas cosas estaba ese mismo hombre que le habia hablado tan bruscamente á la puerta de la posada.

En menos de nada desaparecieron con la celeridad del relámpago pero le habian reconocido como él á ellos y sus miradas habian quedado grabadas en su memoria tan profundamente como sobre la piedra. Por de pronto quedó hecho un mármol; pero luego abriendo la reja y saltando por la ventana al jardin dió la alarma dando grandes gritos.

CAPÍTULO XXXIV.

RESULTADO POCO SATISFACTORIO DE LA AVENTURA DE OLIVERIO ENTREVISTA DE ALGUNA IMPORTANCIA ENTRE ENRIQUE MAYLIE Y LA SEÑORITA ROSA.

CUANDO los comensales de la casa atraidos por los gritos de Oliverio llegaron apresuradamente al jardin, encontraron, á ese pobre niño pálido y azorado señalando con el dedo el prado, al detrás de la cerca y pudiendo apenas articular estas palabras.

—El judío! el judío!

Giles no podia comprender lo que esto significaba, pero Enrique Maylie á quien su madre habia contado la historia de Oliverio estuvo pronto al caso.

—¿Qué camino ha tomado? —preguntó armándose de un buen garrote que estaba en un rincon.

—Por allí! —contestó Oliverio señalando con el dedo la direccion que habian tomado los dos hombres. Los he perdido de vista en un momento.

—Entonces están en el barranco. Seguidme tan de cerca como podais. Dicho esto, saltó la cerca y corrió con tal prisa que los demás tuvieron trabajo en seguir sus pasos.

Giles andó cuanto pudo. Oliverio hizo lo mismo; y Mr. Losberne, que habia ido á dar un paseo por los campos, habiendo regresado en esta circunstancia, saltó la cerca como los otros tres y enderezándose con mas ligereza de la que podia creerse en él, les siguió muy de cerca llamándoles todo el camino para saber la causa de su escursion.

Así corrieron, sin tomar aliento hasta el angulo de un campo indicado por Oliverio. Entonces Enrique Maylie que habia llegado el primero, se puso á inspeccionar el barranco y la cerca. En este tiempo se le reunieron los demás y Oliverio pudo esplicar á Mr. Losberne el motivo de esta persecucion.

Sus pesquisas fueron inútiles; no descubrieron mas que las huellas de los pasos de los dos fugitivos. En este momento se hallaban en la cima de una colina que dominaba la llanura, en un rádio de tres ó cuatro millas. La aldea estaba en el fondo á la derecha; pero suponiendo que los dos hombres hubiesen tratado de refugiarse en ella, tenian necesidad de hacer en rasa campiña un circuito que no les era posible recorrer en tan poco tiempo. Es verdad que un bosquecillo rodeaba la pradera en otra direccion pero no habian podido llegar á él por la misma razon.

—Oliverio de seguro habeis soñado! dijo Enrique Maylie tomando á parte á Oliverio.

—Oh! no seguramente Caballero! —replicó Oliverio á quien el recuerdo del asqueroso viejo hizo estremecer involuntariamente —Los he visto demasiado bien... Los he visto á ambos como os veo á vos ahora.

—¿Quién era el otro? —preguntaron á un tiempo el jóven y Mr. Losberne.

—Aquel de quien os he dicho me trató tan bruscamente á la puerta de la posada —dijo Oliverio —Nos hemos mirado uno á otro con harta fijeza paraque pueda engañarme... Juraria que es él.

—Estais seguro de que se han escapado por este lado? preguntó Enrique.

—Estoy tan seguro como es la verdad que estaban frente mi ventana —replicó Oliverio señalando con el dedo la cerca que separaba el jardin y la pradera. El mas alto ha saltado en ese mismo sitio y el judío ha pasado por ese agujero que veis á la derecha.

Enrique Maylie y Mr. Losberne se miraron y parecieron satisfechos de las respuestas de Oliverio. Sin embargo ningun indicio de personas que huyen precipitadamente, se ofreció á su vista: la yerba alta no... estaba pisoteada en ninguna parte escepto en los sitios que ellos mismos habian recorrido, los bordes del barranco eran todo barro, pero en ningun punto ese barro llevaba la marca de zapatos de hombre.

—Cosa estraña! —dijo Enrique.

—Estraña! —repitió el doctor —y tanto que los mismos Blathers y Duff perderian la brújula.

Apesar del resultado nulo de sus pesquisas, no renunciaron á ellas hasta que la noche que se le venia encima las hizo del todo infructuosas; y esto aun con sentimiento. Giles provisto de las señas de los dos hombres, fué enviado á las tabernas del pueblo en que pudieran estar con el objeto de beber ó divertirse; pero no trajo ninguna nueva capaz de aclarar ó disipar este misterio.

A la mañana siguiente, se practicaron nuevas indagaciones sin obtener mejor resultado. Al otro dia Mr. Maylie y Oliverio se dirijieron al villorrio vecino con la esperanza de saber algo relativo á los dos hombres, pero no regresaron mas sabios que cuando partieron. Pronto se acabó por olvidar este asunto, á ejemplo de tantos otros que mueren por sí mismos cuando se ha extinguido su sabor de maravilla.

Entre tanto Rosa se restablecia rápidamente. A los pocos dias se halló en estado de salir y mezclándose de nuevo con la familia volvió la alegria en todos los corazones.

Pero aun que este cambio feliz produjo un efecto visible sobre el pequeño círculo de amigos y aun que la felicidad y el contento reinasen aun otra vez en la casa, existia de cuando en cuando entre algunos de ellos (y Rosa era el del número) un embarazo desusado, que Oliverio se vió obligado á notar. La Señora Maylie se encerraba á menudo con su hijo durante horas enteras y la jóven compareció mas de una vez en el salon con los ojos húmedos de lágrimas.

Despues que Mr. Losberne hubo fijado el dia de su partida para Chertsey este embarazo redobló: era pues evidente que pasaba algo que afectaba vivamente á la jóven señorita y á otra persona además.

Una mañana que Rosa estaba sola en el comedor, Enrique Maylie entró y le pidió con mucha instancia hablarle un momento.

—Algunos minutos, Rosa! Solo algunos minutos! —dijo Enrique acercando su silla á la de la jóven. —Lo que tengo que deciros, debe haberse presentado por sí mismo en vuestra alma. No ignorais mis mas queridas esperanzas; mis sentimientos os son conocidos aun que no os los haya revelado yo mismo.

Rosa que se habia puesto pálida desde la entrada de Enrique Maylie, hizo solo una señal de cabeza y entreteniéndose en desojar algunas flores que tenia en la mano esperó en silencio que continuára.

—Hace tiempo que debiera haber partido —dijo Enrique.

—Es verdad —contestó Rosa —Perdonadme si os hablo así; pero siento que no lo hayais efectuado.

—He venido aquí impulsado por el mas terrible de los temores —repuso el jóven; el de perder al objeto de todas mis afecciones... el sér que me es mas querido á la vida... aquella en fin sobre quien fundo mis deseos y mi esperanza.

En este momento se escaparon de los ojos de la jóven algunas lágrimas que aumentaron aun mas su belleza.

—Un ángel! —continuó Enrique con pasion —una criatura tan hermosa y tan pura como los ángeles del cielo, flotaba entre la vida y la muerte. Oh! quien podia pensar, que cuando iba á abrírsele la mansion de los bienaventurados de que es tan digna, debiere aun conocer las miserias y los sinsabores de este mundo! Rosa! Rosa! Os restableceis de dia en dia, diré casi de hora en hora y yo espío ese cambio de la muerte á la vida con la ansiedad mas viva... Y si el afecto que os profeso me ha hecho derramar lágrimas de ternura y de contento; no me reprocheis por ello, porque ellas han dulcificado mis penas y vuelto la calma á mis sentidos.

—No era esta mi intencion —dijo Rosa visiblemente conmovida —Por interés vuestro hubiera deseado veros proseguir únicamente ocupaciones mas sérias y mas dignas de vos.

—Y qué ocupacion mas digna de mi que el esforzarme en conquistar un corazon como el vuestro? —contestó Enrique tomando la mano de la jóven —Rosa! Yo os amo desde largo tiempo! Si procuro crearme un nombre, es solo para ofrecéroslo. Aunque ese tiempo no haya llegado todavia, aceptad este corazon que os pertenece... De vuestra respuesta depende mi porvenir!

—Vuestra conducta ha sido siempre noble y generosa! —dijo Rosa procurando dominar su emocion.

—Debo acumular todos los esfuerzos para mereceros? Hablad Rosa!

—Al contrario —repuso Rosa —debeis procurar olvidarme, no como la amiga y la compañera de vuestra infancia, esto me seria demasiado doloroso; pero si como el objeto de vuestro amor.

Se siguió á esto un instante de silencio durante el cual Rosa llevando la mano á sus ojos dió libre curso á sus lágrimas.

—Y cuáles son vuestras razones para obrar así? —dijo en fin Enrique con aire desazonado —¿Puedo saberlas?

—Sin duda —contestó Rosa —teneis derecho de conocerlas! —Todo lo que podais decirme no me hará cambiar de resolucion...

—Ella es pues irrevocable?

—Si Enrique! Me debo á mi misma, pobre jóven, sin padres, sin fortuna y sin nombre, el no dar que pensar al mundo, que por un motivo de interés he alentado la primera pasion de un jóven y que he sido un obstáculo á sus proyectos futuros.

—Ah! vuestra inclinacion concuerda con eso que creeis vuestro deber! dijo Enrique.

—No; repuso Rosa. —ruborizándose hasta el estremo —No lo creais!

—Entonces participais de mi amor? —replicó Enrique —Ah! decid Rosa, decid solamente esto y dulcificareis la amargura de esta cruel contrariedad!

—Si hubiese podido hacerlo sin causar daño al que amo —dijo Rosa —tal vez hubiera...

—Recibido esta declaracion de modo muy diferente? repuso vivamente Enrique —Hablad Rosa. Merezca al menos de vos esta confesion!

—Es verdad —replicó la jóven desprendiendo su mano de la de Enrique. —Pero por qué prolongar una entrevista que me es tan dolorosa, aun que me procure la dicha de saber que un dia he podido ocupar el sitio mejor de vuestro corazon? A Dios Enrique! Jamás semejante entrevista se renovará entre nosotros. Que una franca y pura amistad nos una como en el pasado.

—Una palabra aun! —dijo Enrique —Que yo oiga vuestras razones de vuestro propio labio. Dadme á conocer el motivo de vuestra denegacion.

—El porvenir que se os ofrece es brillante! —dijo Rosa con firmeza —todos los honores que acompañan á los grandes talentos, os están preparados... Teneis amigos poderosos que os ayudarán con todo su poder... pero esos amigos son orgullosos y yo no me mezclaré jamás con personas que podrian despreciar á mi madre... mucho menos quisiera envolver en mi desgracia al hijo de aquella que me ha hecho sus veces. En una palabra —prosiguió la jóven volviéndo la cabeza —mi nombre lleva una mancha que el mundo haria recaer sobre inocentes; la guardaré para mí y la vergüenza será para mi sola.

—Una última palabra Rosa! no mas que una palabra! esclamó Enrique poniéndose ante ella cuando iba á retirarse —Si yo hubiese sido menos feliz —(segun el mundo considera la felicidad.) si mi vida hubiese sido sencilla y obscura... Si hubiese sido pobre, enfermo y abandonado de todo el mundo, hubierais rechazado mis ofrecimientos?

—No me obligueis á responder —dijo Rosa —Esto no es así ni será nunca. No es conveniente para vos apurarme de este modo.

—Si vuestra respuesta debe ser tal como me atrevo cuasi á esperarla —repuso Enrique —ella arrojará un rayo de felicidad sobre mi triste destino. Rosa! En nombre del afecto que os profeso; en nombre de todo lo que he sufrido y de lo que estoy condenado á sufrir por causa vuestra responded á esta sola pregunta!

—Si vuestro destino hubiese sido otro —contestó la jóven —si no hubiese habido una diferencia tan grande entre vuestra suerte y la mia, si hubiese podido haceros la ecsistencia mas dulce y no ser un obstáculo á vuestro adelantamiento en el mundo, esta entrevista hubiera sido menos dolorosa. Tengo motivos para ser feliz... muy feliz ahora; pero entonces Enrique lo hubiera sido mucho mas. No puedo impedirme esta flaqueza; pero mi resolucion no será por eso menos firme —dijo tendiendo la mano á Enrique. —Es preciso que os deje!

—No os pido mas que una cosa —dijo Enrique... permitidme (que dentro un año ó quizá mas pronto) os hable por la última vez sobre este objeto.

—No para apremiarme á que cambie de resolucion —contestó Rosa con una sonrisa melancólica —esto seria inútil.

—No —replicó Enrique —pero para oíroslo repetir si quereis. Entonces pondré á vuestros piés mi posicion y mi fortuna y si persistís en vuestra resolucion os prometo no hacer nada para cambiarla.

—Pues bien sea! repuso Rosa —estos no son mas que nuevos dolores que me preparo, pero en esa época tal vez esté en estado de soportarlos.

Tendió de nuevo su mano á Enrique y se separaron.

Miss Rosa.

CAPÍTULO XXXV.

EL QUE AUNQUE CORTO NO POR ESO DEJA DE SER DE CIERTA IMPORTANCIA PARA ESTA HISTORIA, PUES QUE ES CONTINUACION DEL CAPÍTULO PRECEDENTE Y CONDUCE NECESARIAMENTE AL QUE SIGUE.

CON qué esta mañana estais resuelto á acompañarme? —dijo el doctor á Enrique Maylie viéndole entrar en el comedor, donde con Oliverio le esperaba para almorzar. No estabais en la misma disposicion una hora seguida.

—Doctor me diréis todo lo contrario uno de estos dias —respondió Enrique ruborizándose.

—Deseo tener motivo para ello —replicó el doctor —aunque hablándoos con franqueza no tengo de ello esperanza. Ayer por la mañana, habiais resuelto súbitamente quedaros aquí y á fuer de buen hijo acompañar á la Señora Maylie en su escursion á las orillas del mar; —despues del medio dia anunciais que me dispensaréis el honor de venir conmigo, hasta el punto en que dejaré el camino de Lóndres; y á la víspera me instais con mucho misterio para que parta antes que esas señoras estén levantadas, lo que es causa de que Oliverio se esté ahí enclavado en su silla, esperándoos en vez de recorrer los campos y ocuparse de botánica como acostumbro todas las mañanas... ¡Esto es muy malo! ¿No es cierto Oliverio?

—Oh! creedlo caballero, me hubiera desesperado, de no encontrarme en casa en el momento de vuestra partida —respondió Oliverio.

—Eh ahí lo que se llama un muchacho encantador! replicó Mr. Losberne —pero hablando formalmente Enrique, acaso habeis recibido alguna carta de los miembros de la cámara alta que ya estais tan impaciente de partir?

—Los miembros de la cámara alta no me han escrito ni una sola vez desde que estoy aquí y ni aun es probable que en esta estacion del año suceda nada que necesite mi presencia entro ellos.

—Entonces —replicó el doctor, —sois muy admirable! pero ellos sin duda alguna os tendrán en el parlamento.

Enrique Maylie estuvo en este instante á punto de hacer algunas manifestaciones que no hubieran asombrado poco al doctor; pero se contentó con decir: —Verémos mas tarde —y aquí concluyó la conversacion. Poco despues la silla de posta llegó frente la casa, Giles entró para tomar el equipaje y Mr. Losberne le siguió hasta la puerta de la calle para verlo cargar.

—Oliverio! dijo Enrique en voz baja. —Tengo algo que deciros.

Oliverio siguió á Mr. Maylie hácia el alfeizar de una ventana, muy sorprendido del contraste chocante que ofrecia la conducta del jóven, triste y alegre á la vez.

—Ahora, empezais ya á escribir algo correctamente no es cierto?

—Si... bastante bien caballero —respondió éste.

—Pueda que tarde algun tiempo en volver á esta casa; descaria que me escribieseis... algo amenudo... por ejemplo una vez cada quince dias: cada lunes mejor.

—Con mucho gusto caballero! —esclamó Oliverio encantado de esta muestra de confianza por parte del hijo de su bienhechora.

—Tendria un placer de saber por vos como... lo pasan mi madre... y... la Señorita Maylie, respecto á salud —prosiguió el jóven —Escribidme largo y habladme de los paseos que dais por la tarde; del objeto de vuestras conversaciones; y decidme sobre todo si ella. —Quiero decir si esas dos señoras se muestran felices —Comprendeis bien, no es cierto?

—Oh! si caballero! —replicó Oliverio.

—No es necesario que las hableis de ello —añadió Enrique afectando un tono de indiferencia. Esto obligaria sin duda á mi madre á escribirme mas amenudo; y yo quisiera, todo lo posible evitarla esta molestia.

Oliverio prometió escribir largas cartas y guardar fielmente el secreto y Mr. Maylie se despidió de él despues de haberle dado seguridades de su afecto y de su proteccion.

El doctor estaba ya en la silla de posta. Enrique lanzó una mirada furtiva hácia la ventana de Rosa y se avalanzó dentro del carruaje.

—En marcha! gritó —A escape postillon!

—Eh! no tan aprisa... no tan aprisa —gritó á su vez el doctor bajando el vidrio delantero.

La silla de posta se alejó pronto y las ruedas girahan con tal velocidad, que era imposible á la vista el seguirlas.

Ella se hallaba ya á tres ó cuatro millas de la habitacion de nuestros amigos, cuando cierta persona permanecia aun en pié, con los ojos fijos en el punto donde habia desaparecido: porque en esa misma ventana hácia la cual Enrique habia lanzado una mirada furtiva antes de subir al coche, trás el blanco cortinaje que la habia ocultado á los ojos del jóven, estaba Rosa muda é inmóvil.

—Parece que es feliz! —dijo al fin. —Por un momento he temido lo contrario... Me engañaba... Estoy contenta! muy contenta!

CAPÍTULO XXXVI.

EN EL QUE, TRANSPORTÁNDOSE AL CAPÍTULO XXXIII DE ESTA OBRA, SE NOTARÁ UN CONTRASTE POR DESGRACIA DEMASIADO COMUN EN EL MATRIMONIO.

MONSIEUR Bumble estaba sentado en el locutorio de la casa de caridad con los ojos tristemente fijos en el hogar que por razon de la bella primavera se hallaba sin fuego.

La tristeza de Mr. Bumble no era la sola cosa capaz de exitar la compasion. Todo en su persona anunciaba que habia tenido lugar un gran cambio en su posicion social. ¿Qué se habian hecho el sombrero de tres picos y el frac galoneado? Es cierto que llevaba como antes unos calzones cortos y medias de algodon negras, pero ellos no eran ya los calzones de paño felpudo. La casaca tenia largos faldones, como la otra; pero cuán diferente de ella. El elegante sombrero de tres picos habia sido reemplazado por un modesto sombrero redondo... Mr. Bumble en fin no era ya Pertiguero.

Mr. Bumble se habia casado con la Señora Corney y habia llegado al grado de director de la casa de caridad.

—Pensar que mañana hará dos meses que estamos casados!

Se hubiera podido creer, por lo que acababa de decir Mr. Bumble, que este corto espacio de tiempo habia comprendido toda una existencia de felicidad; pero un fuerte suspiro probaba demasiado lo contrario.

—Me he vendido por seis cucharas de café, un par de tenacillas para el azúcar, un jarro de leche, algunos malos muebles y veinte libras esterlinas —Puedo alabarme de haber sido muy mentecato! Preciso es confesar que la compra ha sido buena!

—Buena compra! Buena compra! —gritó una voz acre al oido de Mr. Bumble. —Menos que ello, hubiera sido aun demasiado por lo que vos valeis.

Mr. Bumble se volvió y se encontró cara á cara con su interesante mitad que habia cojido imperfectamente el sentido de sus medias palabras.

—Señora Bumble! —dijo éste con aire severo y sentimental.

—Y qué? —contestó la señora.

—Tened la bondad de mirarme un poco si os place! Si sostiene mi mirada —se dijo Mr. Bumble para sí mismo, —puede desafiarlo todo. Jamás (al menos que yo sepa) he dejado de producir el mayor efecto sobre los pobres... Si ella puede suportarla, mi autoridad está perdida para siempre.

El caso es que la matrona de ningun modo se desconcertó por la que le lanzó Mr. Bumble. Muy lejos de ello afectó la mayor indiferencia y llevó el desprecio hasta reirse en las propias barbas de su marido de tan buena gana en apariencia y con tanto estrépito como si fuera lo mas natural.

Asombrado de un hecho que de seguro no esparaba, Mr. Bumble no supo si debia dar crédito á sus ojos y á sus orejas. Se puso pensativo y solo la voz de su dulce mitad pudo sacarle de sus reflecsiones.

—Vais á quedaros aquí todo el dia roncando? —preguntó ésta.

—Me quedaré aquí todo el tiempo que me dará la gana, lo entendeis —señora —contestó Mr. Bumble... Y aun que no ronco roncaré, bostezaré, estornudaré, reiré, cantaré, gritaré, segun sea mi capricho, á tenor de mis prerrogativas.

Vuestras prerrogativas? —esclamó la Señora Bumble.

—He dicho la palabra señora! observó el ex-pertiguero. —Las prerrogativas del hombre... son el mandar.

—Y cuáles son las prerrogativas de la mujer... si os place?

—El obedecer señora! —respondió Mr. Bumble con voz de trueno. —Vuestro difunto primer marido (el desdichado Corney) hubiera debido enseñároslo y pueda que si lo hubiese hecho fuera aun de este mundo... Pobre hombre! yo me alegraria de ello de todo corazon!

La Señora Bumble vió de una sola ojeada que era llegado el momento decisivo y que era preciso dar un gran golpe para asegurar la soberanía en favor del uno ó del otro. Así pues, luego que hubo oido la alusion hecha á la memoria del difunto, dejándose caer en una silla, gritó que Mr. Bumble no era mas que un irracional y derramó un torrente de lágrimas.

Pero las lágrimas no eran cosa capaz de hallar cabida en el corazon de Mr. Bumble el cual estaba construido á prueba de agua.

—Esto descarga los pulmones, lava la cara, ejercita los ojos y dulcifica el carácter —añadió —con que llorad, llorad querida!

Al propio tiempo Mr. Bumble tomó su sombrero que estaba colgado de un clavo y ladeándolo un tanto sobre su cabeza (á guisa de maton) y como corresponde al hombre que ha establecido su superioridad de una manera conveniente, metió ambas manos en sus faltriqueras y se dirijió, andando á saltitos hácia la puerta dándose humos de consumado espadachin.

La ante dicha Señora Corney habia ensayado el espediente del lloriqueo, por creerlo menos fatigoso que venir á las manos; pero con todo estaba completamente decidida á emplear este último medio como tuvo ocasion, de saberlo incontinenti Mr. Bumble. Un ruido sordo sorprendió á su oreja y al mismo tiempo su sombrero fué volando al otro estremo de la sala. Esta accion preliminar dejaba la cabeza de su dueño desnuda y la buena señora con una mano le cojió por el cogote y con la otra le asestó una lluvia de puñetazos sobre la desdichada cabeza con un vigor y una destreza poco comunes.

En esto la Señora Bumble dió algunos pasos atrás para arreglar la alfombra, que habia sido desordenada con los piés durante la lucha y Mr. Bumble se escapó sin dilacion de la sala.

Mr. Bumble quedó sumamente estupefacto y lindamente apaleado. Tenia una propension decidida en hacerse el fanfarron y esta propension le infundia cierto placer en ejercer una pequeña tiranía sobre los que le estaban subordinados: no necesitamos decir que era poltron.

Pero la medida de su degradacion no estaba llena aun y otra afrenta le estaba reservada. Despues de haber recorrido el establecimiento en todas direcciones pensando por la vez primera que la ley concerniente á los pobres —era demasiado severa y que aquellos que abandonaban sus mujeres y las dejaban, al cuidado de la parroquia eran mas dignos de compasion que de reproche atendido á lo mucho que debian haber sufrido, Mr. Bumble se encontró cerca el lavadero donde las mujeres de la casa lavaban ordinariamente la ropa de la parroquia y la conversacion le pareció en un diapason mas alto de lo regular.

—Hem! —hizo el digno director recobrando ese aire de orgullo que le era natural —al menos esas pordioseras —continuarán respetando mis prerrogativas —Ola! ¿qué significa este barullo? Os callaréis viejas brujas!

Esto diciendo Mr. Bumble abrió la puerta y se adelantó con ademan irritado; pero apenas hubo dado algunos pasos, se calmó viendo á su esposa que no esperaba encontrar allí.

—Mi querida amiga —dijo —no os hacia en este sitio.

—No eh? —contestó la amable señora —y vos mismo que venís á hacer en él?

—Mi querida amiga se me figuraba que hablaban demasiado para poder dedicarse á su trabajo! —repuso Mr. Bumble mirando con aire despavorido á dos viejas ocupadas en javonear en una cubeta y que se comunicaban su asombro respecto á la humildad del director de la casa.

—Se os figuró que hablaban demasiado no es cierto? —dijo la matrona —Y quién os hace meter á vos en camisa de once varas?

—Pero mi querida amiga! —replicó Mr. Bumble humildemente.

—Sí, lo repito; quién os hace meter en camisa de once varas? preguntó la matrona.

—Es cierto que vos sois aquí la señora. —respondió aquel con el mismo tono —pero creia que vos no podiais estar presente en este momento.

—Quereis que os hable claro Mr. Bumble —repuso la Señora —pues sabed que estais aquí de mas y que sois demasiado propenso á meter el hocico donde no os incumbe. No hay nadie de esta casa que no se ria de vos luego que habeis vuelto la espalda y vuestras boberías os hacen tan ridículo, que á cada hora del dia sois el bú de todo el mundo! Ea! salid de aquí!

Al aspecto de las dos viejas pordioseras que, se guiñaban grotescamente el ojo, Mr. Bumble esperimentó, un cerramiento de corazon y vaciló un instante, pero su consorte, cuya impaciencia no sufria retardo, cojió un cacillo, lo sumerjió en el agua de jabon y señalándole la puerta con el dedo, le mandó salir bajo pena de recibir el líquido sobre su noble persona.

Qué podia hacer Mr. Bumble? Miró en torno suyo con triante contrito y desfiló á paso redoblado. Apenas habia pasado el lindar de la puerta, cuando las carcajadas de las dos viejas redoblaron con mayor brio que antes. El las vió y le atravesaron hasta el centro del corazon. Esto solo faltaba. Estaba degradado á sus ojos; habia perdido su aplomo y su autoridad sobre los pobres del establecimiento, habia caido de la cumbre, de la grandeza y del esplendor del pertiguerismo al estado mas vil de marido con faldas.

—Y todo esto en el espacio de dos meses! —dijo Mr. Bumble con el alma agoviada de tan tristes pensamientos. —Dos meses!

Esto pasaba de la raya: Mr. Bumble descargó un bofeton al muchacho que le abrió la puerta principal, porque en medio de sus delirios habia llegado bajo el portal y se lanzó á la calle.

Marchó como un loco, tomando ya á la derecha y á la izquierda hasta que el aire y el ejercicio le hubieron calmado un tanto: entonces se sintió sediento: pasó por delante muchas tabernas, sin que llamasen su atencion y observando una entre otras situada al estremo de un callejon sin salida, entró en ella.

Un hombre estaba sentado á una mesa; era moreno y de buena talla; una larga capa cubria sus espaldas y le ocultaba una parte de las facciones. Parecia forastero en aquellos sitios y al mirar, el estravio de sus ojos y el polvo de su calzado, era fácil adivinar que venia de lejos. Lanzó una mirada oblícua á Monsieur Bumble; pero apenas se dignó contestar al saludo que éste le hizo.

Sin embargo sucedió (lo que sucede á menudo cuando los hombres se encuentran en tales circunstancias,) que Mr. Bumble, no pudo menos de lanzar de tanto en tanto una mirada furtiva al desconocido; y cada vez que este le sucedia, volvia pronto la vista sobre el periódico, confuso de ver que en el propio instante aquel le miraba de igual modo.

Despues que sus ojos se hubieron encontrado, así varias veces el desconocido rompió al fin el silencio.

Era á mí á quién buscabais cuando habeis metido la cabeza en la ventana? —dijo con voz sombría.

—No que sepa; á menos que no seais el Señor...

Aquí Mr. Bumble se paró en seco, porque deseaba saber el nombre del desconocido y pensó que en su impaciencia éste acabaria la frase nombrándose.

—Veo ahora que no es á mi á quien buscais —continuó el otro con acento de desden —de lo contrario sabriais mi nombre.

—No ha sido mi ánimo ofenderos jóven! —observó Mr. Bumble con dignidad.

—Ni yo me ofendo. —contestó el otro.

Siguió á esto un corto silencio, que el forastero rompió de nuevo.

—Paréceme que os he visto otra vez —dijo —vestiais entonces otro traje. No he hecho mas que pasar por vuestro lado en la calle; pero creo reconoceros... ¿No habeis sido en otro tiempo pertiguero de esta parroquia?

—Sí —respondió Mr. Bumble algo sorprendido —pertiguero parroquial.

—Justamente. —repuso el otro balanceando la cabeza —Bajo ese traje os ví aquella vez... Qué sois al presente?

Director de la casa de Caridad, jóven! —replicó Mr. Bumble cargando con énfasis cada una de estas palabras.

—A no dudarlo, tendréis la misma mira que en otro tiempo respecto á vuestros intereses? No es cierto? —preguntó el desconocido fijando sus ojos sobre Mr. Bumble. —No temais responderme francamente. Ya veis que os conozco algo bien.

Paréceme que un hombre casado, puede como cualquiera celibatario ahorrar algunos sueldos máxime cuando esto se hace por medios honrados —respondió Mr. Bumble mirando al otro de la cabeza á los piés con marcada perplejidad. Los agentes parroquiales no tienen que digamos gran cifra de salarios para rehusar algunas ganguillas cuando ellas se les presentan de una manera conveniente.

El desconocido se sonrió balanceando de nuevo la cabeza como para decir que habia adivinado muy bien á su hombre y tiró el cordon de la campanilla.

—Llenad esto! —dijo dando al mozo el vaso de Mr. Bumble —Fuerte y caliente! Creo que es asi como os gusta?

—No demasiado. —contestó Mr. Bumble fingiendo toser con fatiga.

—Muchacho, comprendeis lo que quiere decir esto? —repuso secamente el desconocido.

Aquel salió sonriendo y pronto volvió á aparecer con un vaso de grog del que se elevaba un vapor espeso que hizo venir las lágrimas á los ojos de Mr. Bumble luego que lo hubo acercado á sus lábios.

—Ahora escuchadme —dijo el desconocido despues de haber cerrado con cuidado la puerta y la ventana de la sala —He venido hoy á este país con el ánimo de encontraros; y por uno de esos percances que el diablo arroja algunas veces en el camino de sus amigos, entrais precisamente en la sala en que estoy y en el mismo instante en que mas pensaba en vos... Tengo necesidad de algunas noticias y aun que sean de poca importancia, no por eso os las pido de valde.

Al mismo tiempo colocó sobre la mesa dos soberanos; y cuando Mr. Bumble despues de haber examinado cada pieza para asegurarse que eran de buena ley, los hubo metido en el bolsillo de su chaleco con notable satisfaccion, continuó así:

—Procurad refrescar vuestra memoria. Esperad un momento... el invierno pasado cumplieron doce años; el lugar de la escena la Casa de Caridad, el instante... la noche; y el sitio el tabuco hediondo, cualquiera parte que sea donde miserables prostitutas, dan la vida y la salud, de que ellas no gozan, á pequeños vocingleros...

—Creo quereis decir la sala de partos, he? preguntó Monsieur Bumble que seguia con dificultad la descripcion del desconocido.

—Sí; —dijo el otro —¿ha nacido en él un muchacho?

—Muchos muchachos —observó Mr. Bumble sacudiendo la cabeza con ademan grave.

—Que el diablo cargue con todos! esclamó el forastero colérico. Yo hablo de un pequeño monigote, pálido y raquítico... que tenia el aire de un santo de alfeñique... al que se habia colocado de aprendiz aquí en casa un fabricante de ataudes y que á lo que se cree se ha fugado á Londres.

—Ah! queréis hablar de Oliverio... del jóven Twist?

—No es de él de quien quiero hablar, sé demasiado, por lo que á él corresponde —repuso el desconocido deteniendo á Monsieur Bumble al comienzo de una peroracion en la que iba á relatar todos los vicios de Oliverio —sino de una muger... ya sabéis la vieja bruja que ha sepultado á la madre de ese niño y la ha asistido en sus últimos momentos... Donde está?

—Me seria muy difícil deciros donde ella se halla ahora! —respondió Mr. Bumble á quien el grog habia vuelto gracioso. En cualquiera sitio que haya ido, de seguro no hay casa de partos. Con que de una manera ó de otra... se puede hacer una buena apuesta de que está sin empleo.

—¿Qué queréis decir? preguntó el otro con tono severo.

—Que murió el invierno pasado. —contestó Mr. Bumble.

A esta noticia el desconocido le miró de hito en hito. Durante algun tiempo parecia dudar entre si debia alegrarse ó afligirse de lo que acababa de saber.

Mr. Bumble que era muy ladino vió de un golpe que se trataba de un secreto del que la mejor mitad de sí mismo es decir su consorte, era depositaria y que se presentaba para ella una ocasion de ganar dinero revelándolo. Se acordó muy bien de la noche en que la vieja Sally habia muerto y tenia una buena razon para acordarse de ella pues era esa misma noche cuando se habia declarado á la Señora Corney; y á pesar de que esa señora no le hubiese nunca confiado ese secreto de que ella solo tenia conocimiento, sabia él lo bastante para adivinar que dicho secreto tenia relacion á algo que habria pasado entre la madre del jóven Oliverio y la vieja, que en su calidad de enfermera de la casa la habia asistido á sus últimos momentos. Habiéndole acudido súbitamente esta circunstancia en el caletre, informó al desconocido con aire de misterio de que una mujer habia tenido una conversacion con la vieja enfermera, un cuarto de hora antes de que esta se muriese; y que ella podria, (como tenia razones para creerlo), satisfacer su curiosidad respecto á sus pesquisas.

—¿Y cómo la encontraré? preguntó aquel haciéndose traicion asi mismo al descubrir claramente su inquietud.

—Solamente con mi ayuda —respondió este último.

—Y cuándo será esto? esclamó vivamente el desconocido.

—Mañana. —replicó Mr. Bumble.

—A las nueve de la noche —repuso el otro sacando de su faltriquera un pequeño pedazo de papel sobre el cual escribió su direccion.

Esto diciendo, se dirijió hácia la puerta, despues de haberse detenido un instante en el mostrador para pagar lo que debian.

Al arrojar una ojeada sobre la direccion —el funcionario parroquial notó que no estaba en ella el nombre del desconocido. Corres trás él para pedírselo.

—Y bien! ¿Qué significa esto? esclamó éste volviéndose bruscamente en el momento en que Mr. Bumble le tocó el brazo —Creo que me seguís!

—Es solo para haceros una pregunta —repuso el otro señalando con el dedo el pequeño pedazo de papel... ¿Qué nombre debo pedir?

—Monks! replicó el desconocido y se alejó precipitadamente.