Mr. Bumble, Pertiguero de la Parroquia.
CAPÍTULO XXXVII.
DE LO QUE PASÓ ENTRE MONKS Y LOS CONSORTES BUMBLE, LA NOCHE DE SU ENTREVISTA.
EL cielo estaba cubierto de nubes de las que se desprendian gruesas gotas de agua y hacia un calor sofocante; cuando el Soñor y la Señora Bumble dirigieron sus pasos hácia la casa de la orilla del rio distante cerca una media legua de la ciudad.
Ambos iban embozados en viejas capas. Avanzaron así en silencio; de tanto en tanto Mr. Bumble conteniendo su paso y volviendo la cabeza para asegurarse de que su compañera le seguia al ver que esta le picaba los talones, redoblaba su ligereza para llegar lo mas pronto al lugar de la cita.
Este no era mas que un conjunto de miserables chozas, situadas su mayor parte á algunos pasos de la orilla del agua: las unas edificadas de ladrillos mal unidos, las otras de tablas de buque podridas ó carcomidas. Algunas barcas agujereadas, enclavadas en el fango y amarradas al pequeño muro que rodeaba el malecon, un remo y cuerdas estendidas acá y acullá sobre la ribera, parecian indicar de pronto que los habitantes de estas pobres habitaciones tenian alguna ocupacion en el rio; pero un solo golpe de vista bastaba al transeunte para adivinar que estos objetos inútiles y fuera de servicio estaban allí puestos mas para salvar las apariencias, que con el fin de alguna utilidad cualquiera.
Al centro de este monton de casuchas y tan cerca del ribazo que los pisos superiores dominaban el rio, estaba un gran edificio que sirviera en otro tiempo de taller y el cual proporcionaria entonces ocupacion á los habitantes de las casas circunvecinas; pero desde larga fecha se habia convertido en ruinas. Los ratones, los gusanos, así como la humedad habian flaqueado y podrido los pilares de madera que lo sostenian y una gran parte se habia derrumbado dentro del agua, mientras que la otra apretada bajo su propio peso, parecia espiar una ocasion favorable para hacer otro tanto.
Ante esta casa fué donde se paró la digna pareja, cuando los primeros retumbos del trueno se hacian oir á lo lejos y la lluvia empezaba á caer á torrentes.
—Este será el sitio! —dijo Mr. Bumble consultando un pedacito de papel que tenia en la mano.
—Oe! —gritó una voz encima de él.
Mr. Bumble levantó la cabeza y descubrió en el segundo piso un hombre mirando por una ventana.
—Esperad un momento —gritó de nuevo la voz —soy con vosotros dentro un minuto. —Dicho esto desapareció y la ventana se cerró en seguida.
—¿Es él? —preguntó la mujer.
Mr. Bumble hizo una señal de cabeza afirmativa.
—Entonces tened en cuenta lo que os he dicho y cuidad de hablar lo menos posible, si no quereis hacernos traicion de buenas á primeras.
—Mr. Bumble que habia inspeccionado la casa con ojo inquieto iba sin duda á esponer alguna razon sobre el temor de pasar mas adelante, cuando le cerró el labio la presencia de Monks, que abrió una pequeña puerta cerca de la que se hallaban y les hizo señal de entrar.
—Despachad! —gritó con tono impaciente y dando una patada en el suelo, vais á hacerme esperar aquí una hora?
—La mujer que habia vacilado un momento, entró con resolucion sin hacerse mas de rogar; y Mr. Bumble que hubiera considerado mengua, ó tal vez pasar por miedoso quedándose al detrás siguió á su cara mitad, con paso indeciso que probaba no hallarse del todo á su gusto, habiendo perdido en un cuarto de hora este aplomo y esa dignidad que tanto le distinguían en cualquiera otra circunstancia.
—Qué diablo os movia á permanecer estáticos bajo la lluvia? —Dijo Monks —despues de haber cerrado trás él la puerta y pasado los cerrojos.
—Nos... nos... estabamos refrescando! —balbuceó Bumble echando una mirada inquieta á su alrededor.
—Os refrescabais! —replicó Monks —Jamás todas las lluvias que han caido desde la creacion del mundo (aun cuando añadais á ellas las que deban caer hasta la consumacion de los siglos,) jamás dijo serian capaces, de apagar un átomo del fuego que os consumirá en el infierno.
—Gastada esta broma —Monks se volvió bruscamente á la matrona y la miró fijamente, de modo que esta, apesar de no ser muy propensa á la timidez, se vió obligada á bajar los ojos.
—Es esta la mujer de quién me habeis hablado? —preguntó Monks.
—Hem! —hizo Mr. Bumble acordándose de las recomendaciones de su esposa. —Es la misma.
—Creeis acaso que las mujeres no puedan guardar un secreto? —dijo la matrona á Monks mirándole á su vez fijamente.
—Se que ecsiste uno el cual ellas sabrán guardar hasta que se descubra —dijo Monks con acento de desprecio.
—Y qué secreto es este si os place? preguntó la matrona.
—La pérdida de su reputacion —contestó Monks —comprendeis...
—No; —replicó la matrona, un si es no es ruborizada.
—Ello está fuera de toda duda —replicó Monks con tono burlon —como pues podriais comprender.
Y despues de haberles hecho nuevamente señal de que le siguieran atravesó aceleradamente varias piezas grandes cuyo techo estaba muy hundido, é iba á subir una escalera rápida ó mejor de mano que conducia al piso superior cuando un rayo surcó la entrada y trás él siguió un trueno, que conmovió la vieja casucha hasta sus cimientos.
—Escuchad! —esclamó retrocediendo horrorizado —Ese estruendo me hace mal!
Guardó silencio durante algunos minutos y quitando de improviso sus manos delante los ojos, Mr. Bumble vió con una sorpresa y un espanto indecibles que su rostro estaba descompuesto y cuasi negro.
—Estos accidentes me toman de cuando en cuando —dijo Monks notando el terror de Bumble —y muy amenudo el trueno es causa de ellos.
Dicho esto, subió el primero la escalera de mano y cuando estuvo en el aposento donde ella conducia, cerró inmediatamente los postigos y bajó una linterna colgada al cabo de una cuerda por medio de una garrucha sujeta á una de las enormes vigas del techo.
—Ahora dijo Monks despues que los tres se hubieron sentado —cuanto mas pronto tratemos de asuntos, mejor será para todos. ¿Esta mujer sabe lo que la conduce á este sitio, no es cierto?
La pregunta se dirijia á Bumble, pero la mujer se apresuró á responder que estaba de ello perfectamente instruida.
—Estabais vos con la vieja bruja en cuestion, la noche de su muerte y... ella os ha dicho algo?
—Concerniente á la madre de ese niño que vos conoceis? —interrumpió la matrona. —Si, es la verdad.
—La primera cuestion es saber de que naturaleza fué su confidencia —dijo Monks.
—No á fé! —observó la matrona con tono magistral —Esta es la segunda. La primera cuestion es saber, lo que daréis para tener de ella conocimiento.
La señora Bumble no era mujer que se dejára desarmar fácilmente. Le gustaba mas un toma cualquiera que todos los te daré del mundo. Por esto luchó á brazo partido con su adversario; en vano recorrió este al regateo, á la indiferencia, al poco interés de saber el secreto, la matrona, no quiso sejar de las veinte y cinco libras esterlinas en oro que pedia. Al fin no hubo mas remedio que rendirse y hacer contra fortuna alma de hierro.
—Y qué ventaja tendré si pago, por nada? —dijo Monks vacilando.
—Podréis recobrar vuestro dinero —respondió la matrona —En mi estais viendo una mujer débil, sola, sin apoyo...
—Mr. Bumble quiso aquí tomar la palabra para una alusion personal —Silencio, dijo Monks con acento de autoridad.
Esto diciendo, sacó de su faltriquera, un saquito de tela y contó sobre la mesa veinte y cinco soberanos, que entregó en seguida á la matrona.
—Ahora —dijo —embolsad esto! —y cuando ese trueno maldito que siento acercarse habrá esplotado sobre el execrable barracon contadnos lo que sabeis.
El trueno que se hacia oir con mas estruendo que antes y que perecia querer estallar sobre la casa y reducirla á polvo, cesó al fin y Monks que durante este intérvalo se habia cubierto el rostro con ambas manos y tenia la cabeza apoyada sobre la mesa, luego que el peligro hubo pasado, se incorporó y se inclinó hacia adelante para escuchar lo que la mujer iba á decir.
—Cuando murió la vieja Sally —así se llamaba aquella mujer —dijo la matrona —estaba yo sola con ella.
—No habia alguien alli cerca —preguntó Monks en voz baja —alguna otra enferma ó alguna idiota acostada en el mismo aposento, la cual hubiera podido oir y de consiguiente comprender?
—No habia nadie mas —replicó la matrona —Estábamos completamente solas. Cuando exhaló el último suspiro me hallaba á la cabecera de su lecho.
—Bien —dijo Monks mirando fijamente á la matrona.
—Me habló de una jóven —prosiguió la matrona —que parió algunos años antes no solo en el mismo aposento sino tambien en el propio lecho.
—Como á pesar de todo, las cosas se descubren al fin! dijo Monks visiblemente agitado. —¿No es asombroso?
—El niño á quien esa jóven dió á luz, es el muchacho de que le hablasteis ayer —prosiguió la matrona volviendo la cabeza hácia su marido. —La madre de ese niño (la jóven en cuestion), fué robada por la vieja Sally su enfermera.
—Cuándo vivia? —preguntó Monks.
—No; despues de su muerte! —contestó la otra estremeciéndose involuntariamente. La jóven estaba todavia caliente cuando la enfermera desprendió de su cadáver lo que ésta, hasta su último momento, la habia suplicado guardára para el bien de su hijito.
—Sin duda lo habrá vendido! esclamó Monks fuera de sí —Lo ha vendido..? Dónde..? Cuándo..? A quién..? Hace mucho tiempo..?
Como apenas, podia articular la voz cuando me ha confiado lo que acabais de oir, ha muerto sin decirme nada mas.
—Sin deciros nada mas! esclamó Monks con tono furioso —Esto es mentira! No sufriré que me engañeis! Ella ha dicho mas! Os arrancaré á ambos la vida sino me decís lo que esto era!
—Os aseguro otra vez que no me ha dicho una sola palabra de mas —replicó esta con una sangre fria que Mr. Bumble estaba lejos de compartir; —pero con una mano crispada, me cojió por el vestido y me atrajo á su lado y cuando ví que estaba muerta, noté al desprender mi vestido de entre sus dedos que oprimia un pedazo de papel todo grasiento.
—Qué contenia? interrumpió Monks bruscamente.
—Nada —replicó la matrona —era un reconocimiento de empeño en el Monte-pio.
—¿Por qué objeto? preguntó Monks.
—Lo sabreis al momento. Tengo motivos para creer, que por el pronto ella guardó el objeto durante algun tiempo, con la esperanza sin duda, de sacar de él mayor provecho y lo empeñó luego, teniendo cuidado, sobre el dinero que recibiera de él, ahorrar con que paga cada año los intereses, á fin de poderlo retirar en caso de necesidad. Con que ha muerto, como acabo de decirlo, teniendo fuertemente cerrado dentro su mano ese pedazo de papel, todo súcio y todo rasgado. Como faltaban solo tres dias para concluir el año, pensé que yo misma un dia podria sacar de dicho objeto alguna ventaja y lo desempeñé.
—Dónde está ahora? —preguntó Monks con impaciencia.
—Aquí lo teneis contestó la matrona. Y como si le hubiese tardado el desembarazarse de él, arrojó vivamente sobre la mesa una holsita de cuero, apenas suficiente para contener un reló de mujer. Monks se apoderó al instante de él y abriéndolo con mano temblorosa, sacó un pequeño medallon de oro conteniendo dos bucles de cabello y un anillo sencillísimo.
—La palabra Inés está grabada al interior del anillo —dijo la matrona —El nombre de familia (el apellido), se ha dejado en blanco; pero hay la fecha que es segun creo de un año anterior á la época del nacimiento del niño.
—Y es esto todo? —dijo Monks despues de haber examinado escrupulosamente los objetos.
—Todo —respondió la mujer. —Nada sé de tal historia; mas allá de lo que puedo adivinar —dijo la señora dirijiéndose á Monks despues de un rato de silencio... No deseo saber mas; porque tal vez no seria prudente; y temo además que nada habria que ganar... pero no es cierto que me permitiréis dos preguntas?
—Sin duda —contestó Monks algo sorprendido. —pero que responda ó no á ellas esta es otra cuestion.
—Lo que forma tres cuestiones —observó Mr. Bumble queriendo hacerse el chistoso.
—Es esto todo lo que deseabais de mí? —preguntó la matrona.
—Todo —respondió Monks. ¿Qué mas?
—Lo que os propongais, con esos objetos puede pararme perjuicio?
—Jamás —contestó Monks lo mismo que á mí... Mirad! pero no deis un solo paso adelante ó todo ha concluido para vosotros eternamente!
Al decir tales palabras apartó á un lado la mesa y pasando su mano en un anillo de hierro, fijado en el suelo, levantó una trampa que se abrió justamente á los piés de Mr. Bumble, lo que le espantó de tal modo que retrocedió precipitadamente.
—Echad una mirada al fondo —dijo Monks bajando la linterna en el abismo —No tengais miedo de mí! Hubiera podido haceros bajar á mansalva cuando estabais sentados encima si tal hubiese sido mi intencion.
Tranquilizada por estas palabras la matrona se acercó hasta el borde del precipicio, imitándola Mr. Bumble movido por la curiosidad. El agua cenagosa aumentada con la lluvia corria rápidamente en el fondo, produciendo tal ruido al romperse contra los pilares verdosos que sostenian el edificio, que era imposible entenderse.
—Si se arrojase á un hombre al fondo de este abismo, dónde pensais que deberia encontrarse mañana su cadáver? —dijo Monks sacudiendo la cuerda al cabo de la cual estaba suspendida la linterna.
—A doce millas de aquí —y por añadidura hecho pedazos —replicó Bumble horrorizado de solo pensarlo.
Monks sacó de su faltriquera el saquito que se habia embolsado al descuido y atándolo fuertemente con bramante á un pedazo de plomo que estaba en el suelo en un rincon del aposento lo arrojó al rio.
—Ya está! —dijo cerrando la trampa —Si el mar arroja sus cadáveres en la ribera como pretenden algunos escritores, guarda al menos el oro y la plata y no dudo que esa baratija quedará sumerjida en él para siempre. Nada mas tenemos que decirnos, con que podemos ya separarnos.
—Es muy justo! —se apresuró á decir Mr. Bumble.
—Espero que sabreis comprimir vuestra lengua! —dijo Monks lanzando á éste una mirada amenazadora —no creo necesario hacer esta recomendacion á vuestra mujer; pues estoy seguro que guardará el secreto.
—Podeis fiar en mi jóven! replicó Mr. Bumble.
Fué fortuna para éste que la conversacion terminará aquí porque en este momento se encontraba tan cerca de la escalera, que faltó poco para que cayera de cabeza en el piso de debajo. Encendió su linterna con la que Monks desató de la cuerda; y no deseando prolongar la entrevista bajó en silencio seguido de su mujer. Monks bajó el último.
Apenas estuvieron fuera, Monks que sin duda no le hacia gracia el estar solo llamó á un muchacho que se habia ocultado en algun sitio en el plan terreno de la casa y habiéndole dicho que tomára la luz y marchára adelante, se volvió al aposento que acababa de dejar.
CAPÍTULO XXXVIII.
EL LECTOR VUELVE Á ENCONTRARSE CON CONOCIDOS ANTIGUOS. MONKS Y FAGIN SE CONFABULAN ENTRE ELLOS.
PODIAN ser cerca las siete horas de la noche, del dia siguiente al en que los tres dignos personajes de que se ha hablado en el capítulo precedente arreglaron juntos sus negocios, cuando Guillermo Sikes, dispertándose de improviso, preguntó con tono áspero que hora era.
Cubierta la cabeza con un gorro súcio de algodon y envuelto en su gran redingote blanco á guisa de bata, el bandido descansaba tranquilamente sobre su lecho. Una barba recia y espesa que no habia sido afeitada desde ocho dias, unida al tinte cadáverico de su rostro aumentaba la ferocidad de su fisonomía. El perro estaba echado á la cabecera de la cama y mirando á su amo con ojo inquieto, ya enderezando sus orejas ó gruñendo sordamente, segun el ruido que llamaba su atencion. Cerca la ventana permanecia una jóven ocupada en remendar un chaleco viejo que formaba parte del traje del ladron. Estaba pálida y descompuesta á fuerza de velas y privaciones que á no ser el timbre de su voz, en el momento en que respondió á la pregunta de Sikes, hubiera sido muy difícil reconocer en ella á aquella Nancy que ha figurado ya en el curso de esta historia.
—En este momento acaban de dar la siete —dijo —¿Cómo te encuentras esta noche Guillermo?
—Tan débil como el agua —contestó Sikes con un juramento horrible —Ea, dame la mano y ayúdame á salir de una manera ó de otra de este lecho infernal!
La enfermedad de Sikes no habia ablandado su carácter; porque en el momento en que Nancy ayudándole á levantarse, lo acompañaba hácia una silla, arrojó imprecaciones contra su impericia y la pegó.
—Déjate de lloriqueos! —dijo —quítate de aquí sino quieres sorberte los mocos! Si no puedes hacer nada mejor, lárgate pronto! Oyes?
—Por qué Guillermo? —preguntó ésta poniendo su mano sobre la espalda de Sikes —Oh! tú no tienes intencion de maltratarme esta noche?
—No! y por qué, sepamos? —esclamó Sikes.
—Tantas noches —replicó la jóven con un acento de ternura, que prestaba la mayor dulzura á su voz. —Tantas noches como he pasado á tu lado cuidándote como si fueras un niño! Y hoy que por primera vez te veo un poco repuesto, estoy segura que no me hubieras tratado como acabas de hacerlo, si tu lo hubieses recordado, no es cierto? Vamos Guillermo habia francamente!
—Por vida de... no digo no! —contestó Sikes —ciertamente no lo hubiera hecho... Voto al diablo con la muchacha todavía lloriquea!
—No es nada —dijo ésta dejándose caer en una silla —no hagas caso de mi, es cosa de un momento... esto pronto se pasará.
—Qué es lo que pronto se pasará? —preguntó Sikes con tono furioso; —que te dá ahora? Ea levántate! paséate por el aposento y no vengas á embaucarme con tus beberías de mujer!
En cualquiera otra circunstancia esta amonestacion hecha con ademan ríjido sin duda hubiera producido su efecto; pero la jóven debilitada por los insomnios y abatida por la fatiga, dejó caer su cabeza sobre el respaldo de la silla, antes que Sikes tuviera tiempo de pasar el rosario de juramentos, que tenia todo preparado en casos semejantes. No sabiendo que hacer en tal circunstancia, porque las convulsiones de la Señorita Nancy eran de naturaleza contraria á todo ausilio, ensayó una blasfemia, y viendo que esta clase de tratamiento era completamente ineficaz, gritó socorro!
—Qué sucede querido? —dijo el judío Fagin abriendo la puerta del aposento.
—Mas valiera que socorrieseis á esta muchacha —dijo Sikes con tono impaciente, en vez de estaros allí plantado y mirándome como á un animal curioso!
Fagin se acercó al momento á Nancy soltando una esclamacion de sorpresa, mientras que Jaime Dawkins, por otro nombre el fino Camastron, que habia seguido á su venerable amigo, colocó sin demora en el suelo un bulto de que iba cargado, y tomando una botella de manos de maese Bates, que entró trás de él, la destapó en un decir Jesus con sus dientes, y derramó una parte del licor contenido en ella en el gaznate de la jóven; no sin haberla gustado antes por temor de equivocacion.
—Carlos, dadle un soplo de aire con el fuelle! dijo Dawkins, y vos Fagin pellizcadle en la mano, en tanto que Guillermo la afloja!
Estos socorros administrados á tiempo y con celo, sobre todo los que estaban confiados á Maese Bates, quien parecia tener un placer del todo particular, en desempeñar concienzudamente su deber, no tardaron mucho tiempo en producir el efecto que de ellos esperaban: Nancy recobró poco á poco los sentidos y dejándose caer en una silla situada á la cabecera de la cama, ocultó su rostro bajo la almohada, dejando enteramente el cuidado de presentar los recien venidos á Sikes, algo asombrado de su visita inesperada.
—Por qué motivo habeis venido? —preguntó á Fagin —Qué mal viento os he soplado aquí?
—Querido, no es un mal viento —respondió el judío —porque un mal viento jamás sopla nada bueno, sea para quien sea y yo os traigo algo de bueno, que os alegrará la vista. Camastron, amigo mio, deslia ese paquete y dá á Guillermo esas fiambres por las cuales hemos gastado esa mañana todo nuestro caudal.
A la invitacion de Fagin, el Camastron deslió el paquete, que formaba un volúmen algo grueso y que estaba envuelto en un viejo mantel; pasó los objetos que contenia uno por uno á Cárlos Bates, quien hacia el panejírico de cada uno de ellos al colocarlo sobre la mesa.
—Ah! ah! —hizo el judío frotándose las manos con ademan de satisfaccion —he aquí algo con que confortaros! Guillermo esto vá á restableceros!
—Todo esto es bello y bueno —dijo éste —pero yo necesito dinero esta misma noche.
—No llevo sobre mí una sola moneda —contestó el judío.
—Teneis en vuestra casa las suficientes para hacer chirriar la sarten —replicó Sikes —y de allí es de donde me convienen.
—Para hacer chirriar la sarten! ¿Lo creeis así? —esclamó el judío elevando las manos al cielo. —Las pocas que tengo no bastarian para...
—No se las que teneis y no dudo que os costaria trabajo á vos mismo de saberlo; por el mucho tiempo que os exijiria el contarlas. —dijo Sikes —Lo que sé positivamente, es que esta misma noche necesito algunas de ellas.
—Está bien, esto basta —replicó el judío con un suspiro —voy á enviar incontinenti al Camastron...
—No me conviene; el Camastron es demasiado Camastron y puede que se olvidase de volver. Además podria suceder tambien, que perdiese el camino ó que cayera en una trampa, ó se valiera de cualquiera otra escusa de esta clase, si vos le inspirais la idea... Será mejor que Nancy vaya con vos á buscar el plus: esto es mas seguro. Yo entre tanto me acostaré y echaré un sueño.
Despues de muchas contestaciones y regateos de una parte y otra, el judío redujo la suma de cinco libras exijida por Sikes á tres libras cuatro chelines seis peniques, protestando con juramento que no le quedarian mas que un chelin y seis peniques para subvenir á la manutencion de la casa. A lo que habiendo contestado Sikes con tono brusco que si no habia medio de procurarse mas, era preciso conformarse. Nancy se preparó para salir con Fagin, en tanto que el Camastron y maese Bates arreglaban los comestibles en la alacena.
Entonces el judío se despidió de su amigo y regresó á su casa acompañado de sus educandos y de Nancy. Sikes al verse solo se echó sobre la cama y se dispuso á dormir para matar el tiempo hasta la vuelta de la jóven.
Aquellos llegaron á dicha casa en la que encontraron á Tobias Crachit y al señor Chattiling con ánimo de emprender su quincuagésima partida de los cientos.
—Ha venido alguien, Tobias? preguntó el judío.
—No he visto á alma viviente —respondió Crachit tirando el cuello de su camisa.
En esto el judío manifestó que era ya mas que tiempo de andar á caza, pues que habian dado las diez y todavia no se habia hecho nada y los alanos partieron para distribuirse á los barrios respectivos.
—Ahora Nancy —dijo aquel cuando hubieron dejado el aposento —voy á buscar ese dinero. Esta es la llave del armario pequeño donde cierro todo lo que me llevan mis jóvenes educandos. Querida, jamás cierro mi dinero con llave; porque no tengo para ello lo bastante... ah! ah! ah! No ciertamente; no tengo mas que una miseria... Nancy, pobre es nuestro comercio! no dá para el calzado que cuesta... y si no fuera por lo que quiero á los muchachos tiempo hace que hubiera renunciado... Pero los ayudo querida; los sostengo Nancy... toda la carga es para mi, hija mia... Chiton! —dijo escondiendo precipitadamente la llave en su pecho —Quién puede ser? escucha!
La jóven que estaba sentada con los brazos cruzados y los codos apoyados sobre el borde de la mesa, afectó la mayor indiferencia, á la llegada de un tercero y pareció darse poco cuidado en saber cual era la persona que venia á tal hora, cuando el cuchicheo de una voz de hombre hirió su oido. Entonces se quitó el sombrero y el chal con la rapidez del rayo, los arrojó sobre la mesa, lamentándose del calor con un tono lánguido que contrastaba singularmente con la viveza de sus movimientos; lo que no advirtió el judío por haberse vuelto en este momento de espaldas.
—Ah! ah! —dijo como contrariado por la visita del importuno —es el hombre que esperaba... Va á bajar aquí Nancy. No tienes necesidad de hablar de ese dinero en su presencia... lo oyes? No estará mucho tiempo querida... diez minutos lo mas.
El judío tomó la vela y fué á abrir la puerta al visitador.
—Es una de mis muchachas. —dijo el judío viendo á Monks (porque era el mismo) retroceder á la vista de la jóven. —No te muevas de aquí, hija mia!
Esta aprocsimándose á la mesa miró á Monks con aire indiferente y bajó al momento los ojos; pero habiéndose este vuelto hácia el judío para dirijirle la palabra, le lanzó al soslayo una nueva mirada tan diferente de la primera, tan viva y penetrante que si alguno hubiese estado allí para notar la diferencia, le hubiera costado mucho convencerse de que proviniesen de la misma persona.
—Teneis alguna nueva noticia que comunicarme? —preguntó el judío.
—Si, una muy grande! —respondió Monks.
—Y buena... sin duda? —volvió á preguntar el judío vacilando como si temiese disgustar al otro por exceso de curiosidad.
—No mala... tanto se vale! —replicó Monks sonriendo. —Esta vez he sido bastante afortunado. Quisiera deciros dos palabras á solas.
Nancy se reclinó sobre la mesa y no hizo el menor ademan de marcharse á pesar de ver que Monks la señalaba con el dedo, dirijiéndose al judío. Este temiendo sin duda que hablára del dinero si intentaba despedirla hizo un movimiento de cabeza para indicar el piso superior y salió con su amigo.
Aun no habia cesado el ruido de sus pasos, cuando la jóven se descalzó, arremangó su vestido sobre la cabeza y escuchó atentamente á la puerta. Despues que nada vió, salió de puntillas y subiendo la escalera en el mayor silencio; pronto desapareció en la obscuridad.
Al cabo de un cuarto de hora ó veinte minutos lo mas, bajó con la misma ligereza que habia subido y fué pronto seguida de los dos hombres. Monks no tardó en salir, y el judío volvió á subir la escalera para ir á buscar el dinero. En el momento que entró, la jóven se ponia el sombrero y el chal para prepararse á marchar.
—Qué es lo que tienes Nancy? —esclamó el judío asombrado, despues de colocar la vela sobre la mesa —Que pálida estás!
—Pálida! —esclamó á su vez la jóven poniendo la mano ante sus ojos para sostener con mas firmeza la mirada del judío.
—Sí, estás pálida como la muerte —replicó éste —Qué ha sucedido?
—Oh! nada... A menos que esto no sea por haber estado encerrada todo este tiempo en este aposento, donde hace un calor sofocante —repuso la muchacha con frialdad... Ea concluyamos y que me vaya!
Fagin entregó á Nancy la suma convenida exhalando un suspiro á cada moneda que le ponia en la mano y despues de haberse dado recíprocamente las buenas noches, se separaron.
Apenas la jóven estuvo en la calle, se vió obligada á sentarse en el lindar de una puerta, por sentirse imposibilitada de continuar su camino. De repente se levantó y se puso á correr en direccion enteramente opuesta al domicilio de Sikes, hasta que estenuada de fatiga y bañada en sudor se paró al fin para tomar aliento. Entonces como vuelta en sí, y como desesperada de ejecutar un proyecto que tenia á la cabeza se torció los brazos y lloró amargamente.
CAPÍTULO XXXIX.
SINGULAR ENTREVISTA Á CONSECUENCIA DE LO ACAECIDO EN EL CAPÍTULO ANTERIOR.
POR fortuna de Nancy, Sikes una vez en posesion del dinero pasó todo el dia siguiente en beber y comer. Esto le ablandó de tal modo el carácter, que no tuvo tiempo ni el antojo de encontrar que decir en la conducta de la jóven.
A medida que el dia avanzaba, la inquietud de ésta aumentó; y cuando al caer la tarde se sentó á la cabecera del bandido esperando con impaciencia que el sueño y la bebida hubiesen amodorrado sus párpados, su rostro estaba tan lívido y sus ojos tan brillantes que el mismo Sikes lo observó con estrañeza.
Este á quien la fiebre habia debilitado, estaba acostado en su cama bebiendo mucho grog para aplacarla y alargaba su vaso á Nancy para que se lo llenára por la tercera ó cuarta vez, cuando esos síntomas le chocaron.
—Mil truenos! qué significa esto? esclamó incorporándose para observarla de mas cerca —Tienes la cara de un aparecido! ¿Qué ocurre de nuevo?
—Qué ocurre? —contestó la jóven... Oh! nada... Por qué me miras así, de reojo?
—A dónde se dirijen todas estas bestialidades! —preguntó Sikes cojiéndole el brazo y sacudiéndola bruscamente. —Qué sucede? qué quiere decir esto? En qué piensas? Ea! habla!
—En muchas cosas Guillermo! —contestó pasando la mano por sus ojos para ocultar su turbacion y estremeciéndose involuntariamente... —Pero Dios mio! Qué hay de estraordinario en ello?
El tono jovial que afectó pronunciando estas últimas palabras, pareció producir en Sikes, una impresion mas fuerte que no lo habia hecho su estremada palidez.
Tranquilizado por el pensamiento de que Nancy podia muy bien tener fiebre, Sikes vació su vaso hasta la última gota; y luego continuando en regañar y jurar, pidió su pocion. La jóven no se lo hizo decir dos veces; se levantó al momento de su silla, derramó el brebaje en una taza (habiendo para ello tenido cuidado de volverse, un poco de espalda) y por si misma le llevó la tasa á los labios hasta que lo hubo bebido todo.
—Ahora —dijo el bandido —ven á sentarte cerca de mi y recobra tu fisonomía acostumbrada, si no quieres que yo mismo le la cambie, de modo que no la reconozcas cuando se te antoje mirarte en el espejo.
Esta obedeció y Sikes cojiéndola la mano la tuvo estrechamente cerrada en la suya no dejándo de contemplarla atentamente. Luego volvió á recostarse en la almohada. Sus ojos se cerraron, y despues volvieron á abrirse; tornaron á cerrarse y á abrirse de nuevo. Se removió en su lecho y cambió muchas veces de posicion, como si hubiese estado incómodo y en seguida se amodorró por intervalos repetidos en el espacio de algunos minutos, estremeciéndose de tanto en tanto y mirando con aire estraviado á su alrededor. De pronto quedó inmóvil en la postura de una persona que vá á levantarse y luego se durmió con un sueño soporífico. Su mano soltó la de Nancy y cayó con flojedad sobre el lecho.
—El láudano ha producido al fin su efecto! —murmuró Nancy separándose inmediatamente del lecho. —Tal vez será ya tarde!
Diciendo estas palabras se puso con presteza el sombrero y el chal y mirando con espanto á su alrededor, como si á pesar del brebaje que habia administrado al ladron esperase á cada momento sentir sobre su espalda la presion de su mano ruda, despues inclinándose, cautelosamente sobre el lecho, imprimió un beso en los labios de Sikes y desapareció con la celeridad del rayo.
Al estremo de un pasaje que debia atravesar para llegar á una de las calles principales de Londres, un watchman, cantó las diez y media.
—Hay mucho tiempo que ha sonado la media? —preguntó Nancy.
—Dentro un cuarto de hora darán las once! —respondió el sereno levantando su farol para ver el rostro de la jóven.
—Las diez y tres cuartos ya! y necesito aun mas de una hora para llegar allí! dijo á sí misma Nancy continuando su camino con una celeridad sin igual.
—Esta mujer está loca! —decia la gente mirándola correr de tal modo á lo largo del malecon.
En una calle elegante y tranquila de los alrededores de Hyde-Park estaba situado un palacio magnífico. En el momento que Nancy descubrió la brillante luz del reverbero colocado ante la puerta dieron las doce en el reló de una iglesia vecina. Habia contenido su marcha incierta de si debia avanzar ó retroceder, pero habiéndola decidido el sonido de la campana, entró en el vestíbulo. Al ver vacante el asiento del portero, miró con ademan inquieto en torno suyo y se dirijió hácia la escalera.
—Qué se os ofrece jóven? —preguntó una camarera vestida con elegancia, entreabriendo una puerta trás de Nancy. A quién buscais aquí?
—Una señorita que está en esta casa —respondió la jóven.
—Una señorita! —replicó la otra con desden. —Qué señorita, si os place?
—La señorita Maylie. —dijo Nancy.
La jóven camarera que durante este corto diálogo habia notado el talante de aquella, se contentó con mirarla de los piés á la cabeza é hizo señal á un lacayo para que se encargára de continuarlo. Nancy manifestó á este último el motivo de su visita.
—De parte de quién? —preguntó el criado —que nombre debo decir?
—El no es necesario. —replicó Nancy.
—Ni tampoco el motivo que os trae aquí? —preguntó el hombre.
—Tampoco; no vale la pena —respondió la jóven —es preciso que yo vea á esa señorita.
—Largo de ahí! —replicó el hombre empujándola hácia la puerta —conocemos estos colores! afuera!
—Si salgo de aquí, será porque me llevaréis vos. —dijo vivamente Nancy y os juro que sois poco dos para ello. No hay pues aquí nadie —prosiguió paseando sus miradas alrededor de la sala —nadie que quiera encargarse de una comision para una pobre jóven como yo?
Nancy tuvo que vencer muchas dificultades para llegar hasta Rosa; porque los criados del palacio creian deshonrarse accediendo á sus súplicas. Las criadas la insultaban y los lacayos la miraban con aire de compasion creyéndola una mendiga. Al fin una buena alma de cocinero vino á su socorro y acabó por determinar al ayuda de cámara, á que se dignase ir á avisar á la señorita Maylie; y aun que el orgullo de este se considerase manullado quiso ser condescendiente á la recomendacion de un cofrade.
Al cabo de pocos instantes Nancy oyó un ligero ruido.
Levantó los ojos lo suficiente para notar que la persona que se presentaba, era jóven y hermosa.
Trabajo cuesta el llegar hasta vos señorita! —dijo sacudiendo la cabeza con ademan de indiferencia. —Si ofendida, me hubiese marchado, (como lo hiciera cualquiera otra en mi lugar), algun dia lo hubierais deplorado mucho; pues no faltará motivo.
—Siento en el alma que se os haya recibido mal —contestó Rosa —olvidadlo y decidme que causa os ha incitado el deseo de verme; yo soy la persona que pedís.
El tono amable de esta respuesta, la voz dulce de Rosa y sus maneras afables, exentas de orgullo, llenaron de asombro á la jóven, que prorrumpió en llanto.
—Oh! Señorita —dijo juntando sus manos en ademan suplicante —si hubiera mas personas cual vos, habria menos cual yo; esto es muy cierto!
—Sentaos. —dijo Rosa conmovida —me oprimís el corazon. Si estais en la miseria ó en la afliccion, tendré un gran placer en aliviaros, si está en mi mano. Sentaos...
—Permitid que permanezca en pié señorita —dijo la jóven —y no me hableis con tanta bondad hasta que me conozcais mejor. Empieza á hacerse tarde... Esa puerta está cerrada?
—Sí; —contestó Rosa retrocediendo algunos pasos á fin de encontrarse, en mejor posicion para pedir socorro en caso de necesidad —¿Por qué me haceis esta pregunta?
—Por qué? —dijo la jóven —porque estoy á punto de poner mi vida y la de muchos otros entre vuestras manos. Yo soy la que llevó al pequeño Oliverio á la casa de Fagin el judío, la misma noche que este desapareció de Pontowille.
—Vos! esclamó Rosa.
—Yo misma. Yo soy la criatura infame de que habeis oido hablar; que vivo entre los ladrones y que hasta donde alcanza mi memoria (es decir desde mi mas tierna infancia); no he conocido otra existencia preferible á la que ellos me han procurado ni palabras mas dulces que las que ellos me han dirijido: así pues, que Dios tenga piedad de mí! No teneis que disimular el horror que os inspiro... Soy mas jóven de lo que se cree al verme; pero sé bien el efecto que produce mi presencia: las mujeres mas miserables se alejan de mi cuando paso cerca de ellas en la calle.
—De que cosas horribles venís á ocuparme! —esclamó Rosa retrocediendo involuntariamente.
—Dad gracias al cielo, mi buena señorita. —continuó Nancy
—de que os haya proporcionado amigos que han tenido cuidado de vos en vuestra infancia y que no ha permitido fuerais espuesta al frio, al hambre, á la crápula, á la borrachera y algo peor que todo esto, como lo he sido yo, como quien dice, desde mi cuna: porque los callejones y los arroyos han sido mi patrimonio, moriré en ellos como en ellos he vivido.
—Os compadezco! —dijo Rosa con voz conmovida. —Vuestras palabras, me desgarran el corazon.
—Que Dios os bendiga por vuestra bondad! —repuso la jóven —Si supierais lo que he esperimentado alguna vez, me compadeceríais con mayor razon. Pero, he escapado á la vigilancia de los que me asesinarian indudablemente, si supieran que he venido aquí para deciros lo que he oido. ¿Conoceis á un individuo llamado Monks?
—No; —dijo Rosa.
—El os conoce mucho á vos —replicó la jóven —y sabe que viviais aquí pues por él he descubierto yo vuestra direccion.
—No conozco á nadie de ese nombre —dijo Rosa.
—Entonces probablemente es un nombre fingido —como lo he sospechado alguna vez —prosiguió la jóven. —Hace algun tiempo (pocos dias despues que Oliverio fué introducido por aquella ventanilla en la casa que habitabais en Chertsey, la noche en que debian robaros), como tenia sospechas sobre ese hombre, escuché una conversacion que tuvo con Fagin en la obscuridad. Por lo que oí, supe pues que Monks el hombre que creia que vos conociais, ya sabeis?...
—Sí, sí; —dijo Rosa, comprendo.
—Supe pues que Monks, habia visto por casualidad á Oliverio, con dos de nuestros muchachos el dia mismo que lo perdimos por primera vez, y que al momento lo habia reconocido por ser el niño que buscaba, (aunque no pueda darme cuenta del porque). Fué concluido entre ellos un tratado por el que, si Fagin volvia á apoderarse de Oliverio, recibiria cierta cantidad de dinero y que recibiria otra mayor si lograba hacer de ese niño un ladron lo que (por razones que ignoro) Monks pareció desear vivamente.
—Con qué fin? —preguntó Rosa.
—Esto es lo que yo no sé. —contestó la jóven —Cuando me inclinaba para oir mejor apercibió mi sombra en la pared, (otras muchas en mi lugar no hubieran podido escaparse tan diestramente sin ser vistas), pero afortunadamente, me retiré inapercibida, y desde entonces no volví á verle hasta ayer noche.
—Y qué pasó entonces?
—Voy á decíroslo, señorita. La noche pasada volvió y Fagin lo llevó al piso superior como la vez primera. Como la vez primera escuché tambien á la puerta y oí á Monks que decia: —Ya veis, las únicas cosas que hubieran podido servir para probar la identidad de este niño, están en el fondo del rio; y la vieja sibila que las recibió de la madre, hace largo tiempo que ha muerto y sus huesos están podridos dentro de su ataud. —Entonces, se pusieron á reir ocupándose, del buen écsito del asunto; y cada vez que Monks hablaba de Oliverio montaba en cólera y decia que á pesar de haberse asegurado el dinero de ese diablillo, hubiera preferido apoderarse de él de otro modo. Porque decia, que buena farza hubiera sido la de anular el testamento del padre arrastrando por todas las prisiones de Londres, á aquel de quien es objeto y que hacia su gloria y luego conduciéndole al patíbulo por un crímen capital! Esto podeis hacerlo aun, Fagin, despues de haber sacado de él toda ventaja en vuestro provecho.
—Dios mio! que es lo que quiere decir todo esto —esclamó Rosa.
—La verdad señorita aunque salga de mis labios —replicó Nancy. Luego añadió con juramentos horribles (familiares á mis oidos, pero enteramente estraños á los vuestros), que si pudiese satisfacer su ódio, acabando con la vida de ese niño sin comprometer la suya, lo haria sin escrúpulo; pero que puesto que tal cosa era imposible, haria los medios para poner trabas á todas sus acciones y dañarle en mas de un caso, y que si Oliverio, intentaba algun dia sacar partido de su nacimiento y de su historia, sabria bien impedírselo: —En fin, Fagin añadió, por muy judío que seais jamás habeis empleado medios semejantes á los que yo voy á poner en práctica para atraer en el lazo á mi hermano Oliverio.
—Su hermano! —esclamó Rosa.
—Estas fueron sus propias palabras —dijo, Nancy mirando con inquietud á su alrededor. (lo que no habia dejado de hacer desde el momento que empezó á hablar; porque la imágen de Sikes la atormentaba contínuamente.) Mas ha dicho: cuando se le ha ofrecido hablar de vos y de la otra señora ha manifestado que era necesario que el cielo ó el infierno se hubiesen mezclado en el asunto, para haber hecho caer Oliverio entre vuestras manos; despues soltó una carcajada y observó que la casualidad, le habia servido aun bien en tal circunstancia —porque, añadió, nombrándoos), que millares de libras esterlinas no daria ella misma, si las tuviera; por saber quien es este perrito faldero que la sigue por todas partes de dos patas!
—Es posible! dijo Rosa palideciendo —Esto no ha podido decirlo sériamente ¿No es cierto?
—Si jamás hombre alguno ha hablado sériamente, fué él en aquel momento —replicó Nancy... No es hombre para chancearse cuando está excitado por la rábia. Conozco algunos que lo hacen peor que él, pero quisiera mas oirles doce veces que él una... Se hace tarde y quiero llegar á casa, sin que se sospeche de que he venido aquí; es preciso pues que me vuelva al momento.
—Pero qué haré yo? —dijo Rosa —Cómo sin vos podré utilizar la revelacion que acabais de hacerme? Volveros! Cómo podeis desear reuniros otra vez con compañeros que pintais con colores tan horribles? Si quereis repetir lo que acabais de decirme á un caballero que está allí, en el aposento vecino, en menos de media hora os conducirá á un sitio donde estareis en seguridad.
—Deseo marcharme —dijo la jóven. Es preciso que me vaya; porque... (como podria confesar tales cosas á una señorita virtuosa cual vos!) porque entre esos hombres de quienes os he hablado hay uno, (tal vez el mas malo y el mas determinado de todos ellos), que yo no puedo dejar... no; aun que fuera para arrancarme de la vida que ahora llevo!
—La sensibilidad que habeis demostrado ya en otra ocasion, tomando el partido de ese querido niño —dijo Rosa —la generosidad de que habeis dado prueba ahora viniendo, con peligro de vuestra vida á decirme lo que habeis oido —vuestras maneras, que me son un garante seguro de la verdad de vuestras palabras, el arrepentimiento evidente y el sentimiento interior de vuestra vergüenza, todo me inclina á creer que podriais aun reformaros... Oh! continuó Rosa juntando las manos mientras que las lágrimas corrian de sus ojos —no rechazeis las solicitudes de una persona de vuestro sexo, la primera, sin duda que jamás os haya hablado con dulzura y compasion! No rehuseis escucharme y dejaos volver al sendero del honor y de la virtud.
—Oh! buena señorita! esclamó Nancy precipitándose á los piés de Rosa —ángel de ternura y de bondad! vos sois en efecto la primera que me ha hecho escuchar estas palabras de consuelo que me penetran el corazon, y si yo las hubiera oido mucho tiempo antes, ellas hubieran podido sacarme del vicio en que estoy sumergida; pero ahora es demasiado tarde! demasiado tarde!
—Nunca es tarde para el arrepentimiento —dijo Rosa.
—Es demasiado tarde! esclamó Nancy torciéndose los brazos en la agonía de la desesperacion... Al presente no puedo abandonarle! No; no quiero ser la causa de su muerte!
—Por qué seriais la causa de su muerte? preguntó Rosa.
—Nada podria salvarle —prorrumpió la jóven —si declaraba á otros lo que acabo de deciros y si los ponian presos á todos; él no podria librarse. Es el mas atrevido y el mas intrépido de la cuadrilla... y ha cometido acciones tan atroces!...
—Es posible —dijo Rosa —que por tal hombre renuncieis á una libertad verdadera y á la esperanza de un porvenir mejor? Esto es una locura inconcebible!
—Yo propia ignoro lo que esto es —replicó la jóven —Todo lo que sé es que esto no pasa á mí sola y que hay otras muchas tan viciosas y tan miserables como yo que piensan del mismo modo. —Es preciso que me marche! Que ello sea voluntad del cielo ó castigo del mal que he hecho, es de lo que no puedo darme cuenta á mi misma; pero soy atraida hácia ese hombre á pesar de su brutalidad para conmigo y creo que lo seria tambien aunque supiera que tengo que morir de su mano.
—Qué hacer? —dijo Rosa. —Yo no deberia dejaros marchar así.
—Vos no me detendréis, estoy de ello segura! —repuso la jóven, —no lo haréis, porque me he fiado en vuestra bondad y no he exijido de vos promesa alguna, como hubiera podido hacerlo.
—Entónces de que me servirá la revelacion que me habeis hecho? —preguntó Rosa —Por el interés de Oliverio á quien deseais servir, este misterio debe ser aclarado.
—Paréceme que podriais contar esto, bajo el sello del secreto á algun caballero, amigo vuestro quien os dirá lo que teneis que hacer, repuso Nancy.
—Pero dónde os encontraré cuando sea necesario? preguntó Rosa —No pretendo saber donde habitan esas personas horribles; pero aun tengo necesidad de volveros á ver otra vez.
—Me prometeis guardar fielmente el secreto y venir sola ó al menos acompañada únicamente de la persona que estará en la intimidad? preguntó la jóven —Puedo confiar en que no seré espiada ó seguida?
—Os lo juro! —respondió Rosa.
—Todos los domingos desde las once hasta las doce de la noche —dijo Nancy sin vacilar —me pasearé por el puente de Londres... si existo!
—Todavía una palabra! —dijo Rosa, al ver á la jóven que se preparaba para marcharse —Reflecsionad aun una vez en el horror de vuestra posicion y en la ocasion que se os presenta de libertaros de ella. Teneis derecho al interés que os demuestro, no solo por haber venido aquí voluntariamente para hacerme esta revelacion, sino tambien porque, estais perdida mas allá de toda esperanza. Volveréis á esa cuadrilla de ladrones y á ese hombre que os maltrata tan cruelmente, cuando una sola palabra basta para salvaros? Cuál es pues ese encanto que os impele á pesar vuestro á la desgracia y al crímen? No hay en vuestro corazon una cuerda que pueda yo tocar? No queda en él pues ningun sentimiento al cual pueda yo llamar contra ese fatal prestigio?
—Cuando las jóvenes señoritas tan hermosas y tan buenas como vos, entregan su corazon —replicó Nancy con firmeza —el amor las impele algunas veces muy lejos, aun aquellas que como vos tienen padres, amigos y admiradores para distraerlas. Pero cuando las jóvenes desgraciadas que como yo no tienen otro hogar que la tumba, ni otro amigo para visitarlas en sus enfermedades, ó en la hora de la muerte que el enfermero del hospital, dan su corazon á un hombre que les hace las veces de los padres y de los amigos, que han perdido ó les han faltado durante todo el curso de su miserable existencia, quién puede esperar curarlas? Tenednos lástima, señorita, de alimentar en nuestro corazon un sentimiento que la justicia divina condena y los hombres reprueban.
—Aceptaréis de mí al menos algun dinero, que os proporcione vivir sin deshonor, hasta que volvamos á vernos? —dijo Rosa despues de un momento de silencio.
—Ni un sueldo —contestó la jóven.
—No rechazeis el ofrecimiento que os hago de ayudaros! dijo Rosa con bondad —Deseo seros útil; os lo aseguro.
—Me hariais un beneficio mas grande —repuso Nancy con el acento de la mayor desesperacion —si pudierais arrancarme la vida de un solo golpe; porque jamás como esta noche he sentido todo el horror de mi situacion y me seria muy grato no morir en el mismo infierno en que he vivido! Que Dios os bendiga, buena señorita y que él derrame sobre vuestra cabeza tanta felicidad, como deshonra y oprobio ha derramado sobre la mia!
Habiendo pronunciado estas palabras entrecortadas la desdichada criatura, se marchó.