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Los Ladrones de Londres

Chapter 43: CAPÍTULO XLI.
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About This Book

The narrative follows an orphan boy who endures harsh treatment in institutional care and apprenticeships, then flees to a city where he becomes entangled with a gang that trains children to steal. Kind strangers intermittently offer refuge while criminal figures exploit and endanger him, and a young woman connected to the gang makes a sacrificial attempt to help him escape its reach. Events expose corruption and hypocrisy in social institutions, alternate scenes of violence and compassion, and gradually reveal the boy's true parentage and prospects for a secure future. The work combines social critique with melodrama to examine childhood, poverty, and moral responsibility.

CAPÍTULO XL.

NUEVOS DESCUBRIMIENTOS, EN PRUEBA DE QUE LAS SORPRESAS LO MISMO QUE LAS DESGRACIAS, RARA VEZ VIENEN SOLAS.

LA situacion de Rosa era algo embarazada; porque al propio tiempo que deseaba vivamente penetrar el misterio que envolvia el nacimiento de Oliverio, se veia obligada en conciencia á guardar el secreto que le habia sido confiado, por la infortunada jóven con quien acababa de tener tan triste conversacion.

—No le quedaban mas que tres dias para permanecer en Londres antes de partir con la Señora Maylie y su jóven protegido á un puerto de mar bastante lejano. El primer dia tocaba á su fin (cabalmente acababa de sonar la media noche en el instante en que Nancy dejó el aposento.) ¿Qué proyecto podia concebir para ser puesto en ejecucion en el término de veinte y cuatro horas? ó qué medio debia emplear para retardar el viaje sin exitar la sospecha?

Mr. Losberne estaba en el palacio con esas señoras y debia pasar en él los dos últimos dias de su permanencia en Londres; pero Rosa conocia demasiado el carácter impetuoso del doctor y preveia asaz claramente la cólera que, en un primer momento de indignacion, haria esplotar contra la jóven; para confiarle el secreto. Esta era tambien una de las razones por las que Rosa temia abrirse á la Señora Maylie, que no podria dejar de hablar de ello al doctor... Recorrer á un magistrado, suponiendo que hubiese sabido el modo de llevar este asuntó era cosa á que debia renunciar por la misma razon... Por un momento tuvo la idea de escribir á Enrique; pero se acordó de su última entrevista... Estaba en tal perplejidad, cuando Oliverio, que regresaba de su paseo por la ciudad escoltado de Giles, que le hacia de guardia del cuerpo, entró bruscamente en el aposento sofocado y sumamente conmovido.

—Qué teneis para estar tan agitado? —preguntó Rosa adelantándose hácia él —respondedme Oliverio.

—Apenas puedo hablar —contestó el niño —Paréceme que me ahogo... Oh! qué dicha pensar que al fin volveré á verle y que vos tendreis la certeza de que todo lo que os he dicho es la pura verdad!

—Jamás he supuesto lo contrario, amigo mio —dijo Rosa —Pero por qué decís esto? De quién hablais?

—He vuelto á ver al buen caballero que me ha dispensado tanta amistad! —replicó Oliverio pudiendo apenas articular sus palabras —Ya sabeis.. Mr. Brownlow, de quién os he hablado tantas veces!

—En dónde? —preguntó Rosa.

—Bajaba de un carruaje y entró en una casa —respondió Oliverio llorando de gozo —No le he hablado... no podia hablarle; porque no ha reparado en mí y yo estaba tan trémulo que me ha sido imposible correr á él; pero Giles se ha informado de si vivia en la casa donde le hemos visto entrar y le han respondido que sí... Tomad —añadió sacando un papel de su faltriquera —esta es su direccion: es allí donde vive... permitid que vaya al instante... Oh! Dios mio! Dios mio! que me sucederá cuando le vea y él me hable!

—Al instante! dijo Rosa —Enviad á buscar una calesa y estad pronto para partir; voy á llevaros allá al momento... No hay que perder un minuto! Unicamente el tiempo para prevenir á mi tia que salimos por una hora y estoy con vos... Con qué, estad preparado!

Oliverio no se lo hizo decir dos veces y en menos de diez minutos estaban en marcha para Craven street en el Strand. Cuando hubieron llegado, Rosa bajó del coche para preparar al anciano caballero á recibir á Oliverio y entregando su tarjeta al criado le suplicó dijera á Mr. Brownlow, que deseaba verle por asuntos de la mayor importancia. Este reapareció muy luego, habia recibido la órden de hacer subir á la jóven señorita: y la introdujo en un aposento del primer piso, donde fué presentada á un caballero de edad algo avanzada, de aspecto afable y vistiendo una casaca de verde-botella. No lejos de él estaba otro caballero viejo, con calzon corto y polainas de mahon, el cual caballero viejo (que no parecia extremamente amable), estaba sentado con las manos plegadas, apoyadas sobre el puño de su baston y su barba encima.

—Mil perdones señorita! dijo el caballero de la casaca verde, levantándose precipitadamente de su silla y haciendo un saludo gracioso á la señorita Maylie. —Creia que podiais ser una persona importuna que... Os pido por favor que disimuleis... Tomaos la molestia de sentaros.

—Es á Mr. Brownlow á quien tengo el honor de hablar? —dijo Rosa dirijiéndose á este último.

—Sí; señorita —respondió el caballero anciano —y ahí está mi amigo Mr. Grimwig... Grimwig, queréis tener la bondad de dejarnos por algunos minutos?

—Creo, que el Señor, no estará de mas en este punto de nuestra entrevista. Estoy bien informada; no es estraño al asunto que me trae cerca de vos.

Mr. Brownlow hizo una inclinacion de cabeza y Mr. Grimwig que habia hecho un saludo muy tieso al levantarse de su silla, hizo otro saludo muy tieso y sentóse otra vez.

—Sin duda voy á sorprenderos —dijo Rosa algo cortada; —pero en otro tiempo manifestasteis mucho interés y afecto á uno de mis jóvenes amigos y estoy segura que no os sabrá mal recibir noticias suyas.

—Verdaderamente! —dijo Mr. Brownlow —¿Puedo saber su nombre?

—Oliverio Twist! contestó Rosa.

Apenas hubo pronunciado este nombre, Mr. Grimwig que se habia puesto á recorrer un libro voluminoso colocado sobre la mesa, lo cerró bruscamente y dejándose caer en el respaldo de la silla dejó ver su rostro en el que estaban marcadas las señales de la mayor sorpresa.

El asombro de Mr. Brownlow no fué menor, aunque no lo dejase apercibir de un modo tan escéntrico. Acercó su silla á la de Rosa y dijo:

—Hacedme el favor, querida señorita, de pasar en silencio esa solicitud y esa bondad de que hablais y de la que nadie duda y si está en vuestro poder desilusionarme en cuanto á la opinion desfavorable, que he debido concebir de ese niño... Oh! en nombre del cielo hacedlo al instante.

—Es un pilluelo! me comeria la cabeza que es un pilluelo! —dijo Mr. Grimwig sin mover ningun músculo de su rostro, como lo hiciera un ventrilocuo.

—Ese niño tiene el corazon noble y generoso —repuso Rosa ruborizándose —y el Sér Supremo que ha juzgado á propósito enviarle penas y hacerle pasar por pruebas superiores á sus fuerzas, le ha dado cualidades y sentimientos que harian honor á personas que tienen seis veces su edad.

—Yo no tengo mas que sesenta y un año! —replicó Mr. Grimwig en el mismo tono; y como no tomando en ello cartas el diablo, ese Oliverio de que hablais debe tener doce años sino tiene mas, no veo la aplicacion de esta advertencia.

—No hagais caso de mi amigo, Señorita —dijo Mr. Brownlow —no reflecsiona lo que dice.

—Si par diez! gruñó Mr. Grimwig.

—No no lo reflecsiona, os lo aseguro! replicó Mr. Brownlow, que empezaba á impacientarse visiblemente.

—Se comeria él la cabeza, sino dijera la verdad!

—Mejor mereceria que se la rompieran!

—Quisiera ver á alguno que lo propusiera! —replicó Monsieur Grimwig golpeando el suelo con su baston.

Despues de haberse ecsaltado de tal modo, los dos amigos lomaron separadamente un polvo y se dieron enseguida un buen apreton de manos segun su costumbre invariable.

Rosa que habia tenido tiempo de reunir sus ideas, relató en pocas palabras lo que habia sucedido á Oliverio desde el dia en que habia dejado la casa de Mr. Brownlow, reservando para el momento en que estaria sola con este caballero, la revelacion de Nancy. Añadió que el único dolor de ese muchacho durante muchos meses habia sido no poder encontrar otra vez á su bienhechor.

—Alabado sea Dios! —dijo el anciano caballero —He aquí lo que me tranquiliza! Pero, Señorita Maylie, vos no nos habeis dicho donde se halla ahora... Mil perdones por la pregunta que voy á haceros; ¿por qué no lo habeis llevado?

—Está abajo en el carruaje, que espera á la puerta —contestó Rosa.

—Aquí! á mi puerta! —esclamó el anciano y sin decir una palabra mas se lanzó fuera del aposento, bajó la escalera de cuatro en cuatro, saltó sobre el estribo y de allí dentro del coche.

Apenas la puerta del aposento se hubo cerrado trás él, Monsieur Grimwig levantó la cabeza y convirtiendo en eje uno de los piés traseros de su silla, describió con la ayuda de su baston y de la mesa, tres círculos distintos; despues de lo cual, poniéndose en pié, andó piano piano, lo largo del aposento y acercándose de improviso á Rosa la abrazó sin otro preámbulo.

—Chiton! dijo al ver que esta se levantaba precipitadamente, alarmada por su audacia —Nada temais! Tengo bastante edad, para ser vuestro abuelo... Sois una buena muchacha y os quiero mucho! Ya suben!

En efecto, luego que se hubo echado de un solo salto en su silla, Mr. Brownlow volvió á entrar acompañado de Oliverio, que Mr. Grimwig recibió muy graciosamente y esta satisfaccion del momento hubiera sido por sí sola bastante á Rosa, para recompensar sus desvelos y sus inquietudes, para con su jóven protegido.

—A propósito! hay alguien que no debe ser olvidado! dijo Mr. Brownlow tirando el cordon de la campanilla —Decid á la Señora Bedwin que suba!

La vieja ama de llaves subió en seguida y habiendo hecho una reverencia, esperó en la puerta á que Mr. Brownlow le diera sus órdenes.

—Creo Bedwin que vuestra vista se debilita de dia en dia —dijo éste con tono semi-regañon.

—A mi edad, caballero, no tiene nada de estraño —contestó la buena señora —Los ojos de las personas no mejoran con los años.

—Podria yo decir otro tanto —repuso Mr. Brownlow —pero poneos vuestros anteojos y veamos si adivinais porque os he mandado llamar.

La Señora Bedwin, se puso á registrar en sus faltriqueras para buscar sus anteojos, pero la paciencia de Oliverio no podia estar á prueba contra este nuevo retardo y he aquí porque cediendo al primer impulso de su corazon, se precipitó en los brazos de la buena señora.

—Dios me perdone! —esclamó esta abrazándole —es mi querido pequeñuelo!

—Mi buena Señora Bedwin! —esclamó tambien Oliverio.

—Sabia bien que volveria —repuso la anciana apretándole contra su pecho —Qué hermoso es... y que bien vestido! Parece un señorito! ¿Dónde habeis estado durante este tiempo que me ha parecido tan largo? Ah! siempre su bella carita... pero con todo aun mas pálida... Siempre esos ojos tan dulces, pero mas tristes. Nunca los he olvidado, ni tampoco su sonrisa graciosa. —Dejando que la Señora Bedwin y Oliverio charláran con holgura, Monsieur Brownlow hizo pasar á Rosa á otro aposento y ésta le contó con los mas minuciosos detalles la entrevista que habia tenido con Nancy: lo que le sorprendió é inquietó muchísimo. Despues que le hubo esplicado las razones que la habian impedido hablar de ella, primero á Mr. Losberne, aprobó mucho su prudencia y resolvió tener al instante una conferencia con el doctor. Para lograr pronto la ocasion de ejecutar este designio, se convino que iria al palacio aquella noche misma á las ocho, y que entretanto la Señora Maylie seria informada de todo lo que habia pasado.

La señorita Maylie no habia exagerado la cólera del doctor; pues apenas tuvo conocimiento de la revelacion de Nancy se desató en imprecaciones contra ella y amenazó entregarla á Monsieurs Blathers y Duff. Habia ya tomado su sombrero y se preparaba para ir á encontrar á esos dignos personajes sin considerar cuales podrian ser los resultados de su loco proceder, si Monsieur Brownlow, á pesar de ser tambien muy irrascible, no le hubiese impedido el salir y no hubiese empleado todos los argumentos posibles para hacerle entrar en razon.

—Qué diablos, pues, nos queda que hacer? Será preciso todavía dar las gracias á todos esos vagabundos (machos y hembras) y suplicarles que acepten una centena de libras esterlinas, como una ligera prueba de nuestra estimacion y una débil prenda de nuestra gratitud!

—No digo precisamente esto —contestó Mr. Brownlow sonriendo —pero es preciso obrar con dulzura y con prudencia.

—Dulzura y prudencia! esclamó el doctor —Yo os los enviaré todos á las...

—No digo lo contrario —replicó Mr. Brownlow —y sin duda lo han bien merecido.

Fué muy difícil hacer entrar en razon al doctor, que desde que habia visto á los señores Duff y Blathers parecia tener una confianza sin límites en sus talentos. Pero Mr. Brownlow, habiéndole hecho comprender que de su prudencia dependia la suerte de Oliverio y que un solo paso inconsiderado podia comprometerlo todo y privarle á la vez de la herencia de sus padres y de la esperanza de volver á encontrar su familia, el doctor acabó por conceder que sus arrebatos, podian echarlo á perder todo y que en adelante tendria mas calma. En consecuencia se acordó que los Señores Grimwig y Enrique Maylie formarian parte del comité y que Mr. Brownlow acompañaria á Rosa al puente de Londres, donde debia volver á ver á Nancy; que todo se haria de modo que no se comprometiera á esa desgraciada y que la justicia no seria advertida por temor de que puestos en alerta Nancy no quisiera dar á conocer á Monks.

CAPÍTULO XLI.

UNA ANTIGUA RELACION DE OLIVERIO DANDO PRUEBAS DE UN GENIO SUPERIOR, LLEGA Á SER UN PERSONAJE PÚBLICO EN LA METRÓPOLI.

EL dia mismo en que Nancy fué á encontrar á Rosa Maylie, despues de haber dado á Sikes un brevaje suporífico; dos personas que el lector tiene ya conocidas; pero con las cuales (para mayor inteligencia de esta historia) debe reanudar las relaciones, marchaban hácia Londres por la carretera del Norte.

Estos dos viajeros eran un hombre y una mujer (tal vez seria mejor decir un macho y una hembra). El primero de cuerpo largo y endeble, iba montado sobre altas piernas y tenia una de esas fisonomías huesosas, á las cuales es muy difícíl designar ninguna edad exacta; era en fin uno de esos séres que parecen ya viejos cuando son aun jóvenes y que parecen niños cuando empiezan á entrar en edad. La mujer podia tener diez y ocho ó veinte años; pero estaba sólidamente desarrollada y era necesario que fuera así, á juzgar por el paquete enorme que llevaba sobre su espalda sujeto con correas. El de su compañero envuelto en un pañuelo azul y pendiente al estremo de un palo formaba un volúmen muy pequeño.

—Andarás tú? Qué posma eres Carlota!

—Este paquete es pesado como un diablo!

—Pesado! Qué bestialidad! Para qué sirves pues? —dijo aquel cambiando de espalda su paquetillo. —Vaya! Hete aquí otra vez plantada!

—Queda aun mucho trecho? —preguntó la mujer.

—Si queda trecho? Tienes telarañas en los ojos! amor mio! No ves desde aquí las luces de Londres?

—Todavia quedan desde aquí dos millas!

—Y qué! Qué tenemos? Aun que haya dos ó veinte... replicó Noé Claypole (porque era el mismo)... Ea! levántate y al avío sino quieres que con un punta pié te haga entrar en calor.

Como la nariz del Señor Claypole naturalmente colorada se habia vuelto purpúrea de cólera y como se adelantaba hácia Carlota, ésta se levantó sin decir palabra y se puso en marcha.

Carlota fatigada, molida, no pensaba mas que en pararse. A cada momento preguntaba si Noé se detendria pronto papa pasar la noche. Pero maese Claypole era antes que todo hombre prudente; habia formado sus planes y temia los alojamientos que podia proporcionarle su muy graciosa Magestad Británica; por eso desconfiaba de toda posada situada demasiado cerca de la carretera; tenia una preferencia marcada por los barrios mas apartados. Sowerberry se le aparecia como la sombra de Banco. [5] En medio de todos sus temores, no dejaba por ello de hacer sentir su superioridad á Carlota. Esta reconocia y agradecia á su adorado, la confianza ilimitada, que le habia dispensado, dejándola todo el dinero que se habian llevado de la casa de Sowerberry! Pero esta confianza, no era mas que la consecuencia del sistema de prudencia de maese Claypole; habia temido comprometerse en el caso de ser perseguidos y el dinero hallándose únicamente sobre de ella, hubiera podido protestar de su inocencia y escapar tal vez de las manos de la justicia.

Noé, arrastrando trás si á Carlota, ya suavizaba el paso en la esquina de una de esas calles que recorria con los ojos en toda su estension, para ver si descubriria la muestra de alguna modesta posada, ya arrecial á la marcha, si temia que el sitio fuera demasiado público para él. Al fin se paró ante una taberna mas súcia y mas miserable en la apariencia que todos los que habia visto hasta entonces y despues de haber examinado escrupulosamente su exterior anunció graciosamente á Carlota su intento de pesar en ella la noche.

—Con que dame ese paquete —dijo desatando las correas pasadas al rededor de las espaldas de Carlota y cargándoselo sobre sí —y cuida de no abrir el pico que yo no te dirija la palabra! Cuál es la muestra de la casa? A... l... o... s.. á los t... r... e... s. tres á los tres... á los tres que? preguntó.

—A los tres cojos —dijo Carlota.

—A los tres cojos? repitió, Noé —No es del todo bestia que digamos esa muestra! Tú, sígueme... y no te olvides de lo que te he recomendado! —dichas estas palabras empujó la puerta con su espalda y entró seguido de Carlota.

Solo habia en el mostrador un jóven judío, quien con los dos codos apoyados sobre la mesa, estaba ocupado en leer un periódico grasiento. Miró fijamente á Noé y éste le inspeccionó del mismo modo.

Si Noé hubiese llevado su traje de la escuela de Caridad, el aire de sorpresa con que le miraba el judío no hubiera parecido extraordinario; pero como llevaba una blusa puesta sobre su vestido, parece que nada habia en él capaz de llamar hasta este punto la atencion en una taberna.

—No es aquí la posada de los tres cojos? preguntó Noé.

—Esta es la muestra de esta casa —respondió el judío.

—Un caballero que hemos encontrado en el camino nos ha recomendado vuestra casa —dijo Noé haciendo un guiño á Carlota, no solo para que advirtiera la sutileza de su espíritu, si que tambien para advertirla que no dejára escapar ninguna señal de sorpresa. —Podrémos tener una cama para esta noche?

—Diré abajo si hay alguna desocupada... contestó Barney que era el mozo de esta casa —voy á informarme.

—Conducidnos á la sala y servidnos un plato de fiambre y una pirta de cerveza mientras esperamos —dijo Noé.

Barney despues que los hubo introducido en una salita baja les llevó en seguida lo que le habian pedido, avisándoles al propio tiempo de que podrian pasar allí la noche y que iban á prepararles una cama; despues de lo cual se retiró.

Esto aposento estaba situado de modo que cualquiera conocedor de la casa podia por medio de un pequeño vidrio colocado en un ángulo, ver desde la sala de entrada todo lo que pasaba en ella sin peligro de ser visto y aplicando el oido en dicho punto era fácil oir lo que en ella se decia. Habia cinco minutos que el amo de la casa tenia el ojo pegado al vidrio, prestando oido al mismo tiempo á la conversacion de nuestros dos viajeros y Barney acababa cabalmente de desembucharles la respuesta ante dicha, cuando Fagin entró para informarse, si habia visto á algunos de sus jóvenes educandos.

—Chit... hizo Barney colocando el dedo sobre sus lábios —hay dos personas en la salita.

—Dos personas! repitió el viejo en voz baja...

—Dos buenas piezas... como hay Dios! añadió Barney —Llegan de la campiña. —A fé mia es género de vuestro gusto ó yo soy un bestia.

Esta noticia interesó en gran manera á Fagin. Subió sobre un taburete, aplicó el ojo al vidrio y pudo divisar á maese Claypole comiendo su fiambre y bebiendo su cerveza en compañia de Carlota.

—Ah! ah! —dijo en voz baja Fagin volviéndose hacia Barney —El aire de ese mozalvete me satisface del todo! Nos será útil, estoy de ello cierto! Comprende á las mil maravillas el modo de llevar á buen fin los negocios! No muevas ruido Barney; que oiga lo que dicen!

El judío aplicó de nuevo el ojo al vidrio, reprimiendo su respiracion para oir mejor y el aspecto de su fisonomía en este momento era del todo satánico.

—Estoy resuelto; quiero ser un señor! dijo maese Claypole alargando sus piernas y concluyendo una conversacion empezada antes de llegar Fagin. No quiero hacer mas ataudes... estoy harto de ellos! pero quiero llevar una vida regalona y si tu quieres Carlota, serás tambien una señora!

—No pediria otra cosa mejor Noé —contestó esta —pero no se encuentran todos los dias alcancias que vaciar.

—Ba! dijo Noé... Algo mas que alcancias hay para vaciar!

—¿Qué quiéres decir? preguntó Carlota.

—Hay faltriqueras, ridículos, casas, coches, el Banco mismo... y que se yo que mas! dijo Noé escitado por el porter.

—Pero tu no puedes hacer todo esto Noé?

—Procuraré asociarme con otros, si hay medio y no tendrán inconveniente en emplearnos de una manera ó de otra... Tu sola vales cincuenta mujeres!

—Oh! que gusto me dá el oirte hablar así —esclamó la muchacha imprimiendo un gordo beso sobre el rostro feo de su compañero.

—Bien, basta ya con esto!.... no te exaltes demasiado por temor de disgustarme, dijo Noé rechazándola con gravedad —Quisiera ser el capitan de alguna cuadrilla... Os los llevaria, á las mil maravillas... y me enmascararia para acecharles... Oh! Esto me convendria bastante!... Y con tal que pudiera encontrar algunos caballeros de ese género, digo que valdria mas que la bicoca de las veinte libras que has soplado á Sowerberry, tanto mas que ni uno ni otro sabemos como deshacernos de ellas.

Despues que maese Claypole hubo manifestado su opinion en tales términos, miró el jarro de cerveza con aire deliberado; y habiendo sacudido su contenido hizo una señal de inteligencia á Carlota y bebió un trago que pareció refrescarle completamente. Se disponia á beber otro, cuando fué interrumpido por la repentina llegada de un estranjero. Este estranjero no era otro que Mr. Fagin quien haciendo un saludo gracioso acompañado de una sonrisa amable al pasar por frente nuestros dos viajeros, se sentó á una mesa cerca de ellos y pidió al astuto Barney que le sirviera algo de beber.

—Hermosa noche á fé mia; si bien algo helada atendida la estacion —dijo Fagin frotándose las manos —Caballero á lo que parece llegais de la campiña?

—Cómo podeis saberlo? —preguntó Noé.

—No tenemos en Londres tanto polvo como el que miro —contestó Fagin señalando con el dedo los zapatos de Noé.

—Teneis á mi ver el aire de un perillan —dijo Noé —Ha!.. ha! ha!

—No se puede menos de serlo en una ciudad como esta.

Acompañó esta observacion, con un golpecillo sobre su nariz dado con el index de su mano derecha; gesto que Noé quiso imitar pero hizo pífia, á causa de la poca tela que el suyo ofrecia en esta parte de su rostro. Fagin satisfecho de la intencion, compartió liberalmente con nuestros dos amigos el licor que Barney habia traido.

—Esto es añejo —observó Noé haciendo castañear sus lábios.

—Si; pero es caro! dijo Fagin... Un hombre necesita vaciar bolsillos, ridículos, casas, carruages y hasta el Banco, si quiere beber de ello en todas sus comidas.

A tales palabras Noé se dejó caer en el respaldo de su silla y miró alternativamente á Fagin y á Carlota.

—No os asusteis querido! —dijo Fagin acercándose á Noé —Ha! ha! Ha sido mucha fortuna que haya sido yo solo quien os ha oido, por la mayor de las casualidades.

—Yo no he sido el que ha sillado la bicoca! balbuceó Noé no alargando ya sus piernas como un hombre independiente sino encajándolas lo mejor que pudo bajo su silla; ella es la que ha dado el golpe. Todavía la tienes sobre de tí, Carlota; no puedes decir lo contrario.

—Querido, poco importa quien ha dado el golpe ó quien tiene el dinero! replicó el judío fijando con todo sus ojos de alcon sobre la jóven y sobre los dos paquetes —Yo mismo soy de la partida y por eso os quiero mas.

—De qué partida queréis hablar? preguntó maese Claypole algo mas tranquilo.

—Del mismo ramo de comercio —contestó Fagin. Igualmente todas las personas de la casa. Habeis caido aquí como Marzo en cuaresma querido! No hay en Londres un sitio mas seguro que los tres cojos... sobre todo si os tomo bajo mi proteccion... Y como vos y esa jóven me inspirais interés, podeis tranquilizaros; os aseguro que nada hay que temer.

Noé Claypole hubiera debido tranquilizarse en efecto, despues de esta seguridad; pero si su espíritu estaba mas desahogado, no sucedia así con su cuerpo porque se torcia de mil maneras en su silla y tomó diferentes posiciones á cual mas estravagantes, mirando, entretanto á su nuevo amigo con aire á la vez desconfiado y temeroso.

—Os diré mas —continuó el judío despues de haber logrado tranquilizar á la jóven á fuerza de movimientos de cabeza y de protestas de amistad; tengo un buen amigo que podrá satisfacer el deseo que acabais de manifestar lanzándoos en el buen camino; con el bien entendido de dejaros libre para escojer de pronto el ramo que mejor os convenga, reservándose solo el cuidado de enseñaros los otros.

—Decís esto como si hablárais sériamente? —repuso Noé.

—No veo porque me burlaria —dijo el judío encojiéndose de hombros. —Venid conmigo á la puerta para que os diga una palabra á solas.

—No es necesario que nos desordenemos —dijo Noé alargando de nuevo sus piernas; podeis decirme esto mientras que ella va á llevar los paquetes arriba. Carlota! vé á procurar que esos paquetes se coloquen en el aposento donde debemos dormir.

Carlota se hizo un deber en obedecer y Noé abrió la puerta para facilitarla el paso y verla salir; despues de lo cual volvió á sentarse.

—He! ya veis como os la hago marchar! —dijo con el tono de un domador que hubiese amansado un animal feroz.

—Bravo! —contestó Fagin dándole un golpecillo sobre la espalda; —sois un génio, querido!

—Seguramente y por esto he resuelto venir á Londres —replicó Noé —Pero harémos bien en no perder el tiempo, porque ella no tardará á volver.

—Teneis razon. Al caso —dijo el judío —Ea; veamos! si mi amigo os gusta ¿creéis que será lo mejor asomaros con él?

—Hace buenos negocios? Este es el quid del asunto! preguntó Noé guiñando sus ojuelos.

—Los hace escelentes —respondió el judío —ocupa una multitud de manos y tiene á su servicio los trabajadores mas hábiles y mas distinguidos de la profesion.

—Como si dijéramos maestros obreros, he? preguntó al señor Claypole.

Luego el judío y su nuevo asociado se pusieron á pasar revista á todos los modos de robar conocidos y desconocidos. A cada proposicion, Noé encontraba siempre que objetar: ya el género de comercio era demasiado peligroso, porque, ya como tenemos dicho la bravura no entraba en las cualidades dominantes de este héroe; ya no redituaba lo bastante y la rapacidad de maese Claypole no se encontraba satisfecha; y si algo habia difícil de satisfacer, era esta rapacidad; porque si el tal Claypole hubiese sido dividido en dos partes creemos que la gula se hubiera apoderado de todo el lado derecho y la avaricia del izquierdo al lado del corazon. Al fin encontró un género de ocupacion á su gusto: quedó convenido que se dedicaria á la caza menuda.

—Qué se entiende por esto? preguntó.

—La caza menuda son los chicuelos, que van por recados. Cuasi siempre llevan en la mano un cheling ó una pieza de seis sueldos, se les hace la zanjadilla, se toma su dinero y se sigue el camino!

—Ah! ah! hé aquí mi negocio!

—Con que, queda convenido, dijo Noé, viendo que Carlota acababa de entrar. Mañana á qué hora?

—A las diez, os parece bien? preguntó el judío. —Y en cuanto maese Claypole hubo hecho una señal de cabeza afirmativa añadió. Con qué nombre hablaré de vos á mi amigo?

—Mr. Bolter —contestó Noé que habia previsto la pregunta y estaba preparado para responder —Mr. Mauricio Bolter. Os presento á la señora Bolter —prosiguió señalando á Carlota.

—Muy servidor de la Señora Bolter! —dijo Fagin haciendo un saludo grotesco. Espero que antes de poco tendré la satisfaccion de conocerla mejor.

—Oyes lo que te dice este caballero, Carlota?

—Si Noé! —contestó la Señora Bolter alargando su mano á Fagin.

—Me llama Noé, por via de cariño —dijo Mr. Mauricio Bolter (antes de ahora Noé Claypole), dirijiéndose á Fagin. ¿Comprendeis?

—Si, si comprendo... perfectamente —contestó el judío diciendo por esta vez la verdad. Buenas noches! Buenas noches!

CAPÍTULO XLII.

Él CAMASTRON SE ENREDA EN UN MAL NEGOCIO.

CON qué vuestro amigo erais vos mismo? —dijo maese Claypole al presente Bolter, cuando de resultas de sus convenios fué á habitar el dia siguiente en casa el judío; —ayer cuasi lo hubiera dudado.

—Todo hombre para sí mismo es su propio amigo —contestó el judío con una sonrisa significativa —en ninguna parte puede encontrar otro mejor.

—Escepto con todo algunas veces —dijo Mauricio Bolter —dándose humos de un hombre de mundo. Ya sabeis que hay personas, que son sus propios enemigos.

—No lo creais —replicó el judío —Cuando un hombre es su propio enemigo, lo es únicamente porque cuida mas de los intereses de los otros que del suyo propio... Ba!.. Esto es bestialidad!.. y además nada natural.

—Esto es aun verdad! dijo Mr. Bolter, con aire pensativo —oh! sois un viejo maligno!

Mr. Fagin vió con cierto placer la impresion que habia producido sobre maese Bolter. Para aumentar su efecto, le instruia del estado de sus negocios y de sus operaciones de comercio mezclando tan bien la ficcion con la verdad, que el respeto y el temor que habia inspirado á ese digno mozalvete aumentaron visiblemente.

—La confianza mútua, que nos tenemos unos á otros es la que me consuela y me indemniza de las pérdidas dolorosas que sufrió algunas veces —prosiguió Fagin. Mi mejor dependiente mi brazo derecho me fué arrebatado ayer mañana.

—Sin duda quereis decir que ha muerto?

—No; no tan mal como esto... seguramente no tan mal.

—Qué ha podido pues acontecerle?

—Han tenido necesidad de él; han juzgado oportuno retenerle.

—Tal vez para negocios importantes?

—No; pretenden que le han visto meter la mano en el bolsillo de un caballero. Lo han registrado á pretexto de justicia y han encontrado sobre de él una caja de tabaco de plata... la suya querido mio... la suya propia; porque adoraba el tabaco de polvo y lo tomaba ordinariamente. Lo han guardado hasta hoy, pretendiendo conocer el individuo á quien pertenece esa baratija. Ah! valia él cincuenta cajas como aquella... y yo daria si estuviera en mi mano el valor de ella con la satisfaccion mayor, con tal de volverle á ver á mi lado. Quisiera que hubierais conocido al Camastron, querido mio; quisiera que lo hubierais conocido!

—Puede esperarse que lo conoceré.

—Ah! lo dudo mucho —replicó el judío con un suspiro. —Si no obtiene nuevas pruebas en apoyo de esta acusacion, no será gran cosa y él volverá dentro seis semanas ó dos meses lo mas tarde; de otro modo estarán en el caso de enviarlo al seminario como pensionista. Conocen demasiado lo que vale y harán de él un pensionista.

—Qué entendeis por seminario y pensionista? preguntó maese Bolter —A qué viene hablarme en gringo ya que no lo comprendo?

Fagin iba á traducirle en lenguaje vulgar estas espresiones misteriosas y rebuscadas y maese Bolter hubiera sabido entonces que la combinacion de estas palabras seminario y pensionista significaban condena perpétua, cuando el diálogo fué interrumpido por la llegada de Bates que entró con ademan contrito y las dos manos metidas en las faltriqueras.

—Se acabó! —dijo.

—Qué quiéres decir? —preguntó Fagin con voz temblorosa.

—Han encontrado al caballero dueño de la caja de polvo. Dos ó tres testigos por añadidura han venido á engrosar la acusacion y el pobre Jac... está registrado para un pasaje á lo lejos: Fagin necesito un traje de luto y un crespon en mi sombrero, para ir á visitarle antes de su partida. Pensar que Jaime Dawkins el Camastron el fino Camastron será deportado por una mala caja de polvo, valor dos sueldos y medio!.. Jamás hubiera creido que debiera hacer este viaje á no ser por un reló de oro con su cadena y los colgajos. Oh! por qué no ha desvalijado á algun viejo ricote! Habia dado que hablar de él y al menos hubiera partido como un caballero en vez de separarse de nosotros sin honor y sin gloria como un miserable pelafustan.

Con esto maese Bates dando libre curso á su dolor, se dejó caer en una silla y permaneció silencioso por algunos momentos.

—Y qué entiendes tu por ello, cuando dices que nos deja sin honor y sin gloria? preguntó Fagin con tono irritado —¿Acaso no ha sido el primero entre todos vosotros? hay, digo, uno solo que sea digno de limpiar sus botas hé?

—No ciertamente! —respondió Bates con voz lastimera —no conozco ninguno que pueda vanagloriarse de ello.

—Y bien? entonces á qué viene esa cantinela? —dijo el judío con acritud —¿de qué sirven esas jeremiadas?

—Por qué los periódicos no hablan de ello palabra, como vos mismo sabeis bien! —esclamó Cárlos irritándose á despecho de su venerable amigo. —Porque el asunto no tendrá publicidad y nadie sabrá jamás lo que él era. ¿Cómo figurará en el calendario de Newgate? Pueda que ni siquiera su nombre sea inscrito en él. Ah! Dios mio! Dios mio! que desgracia! Esto es desgarrador!

—Ah! ah! —hizo el judío estendiendo la mano y volviéndose hácia el señor Bolter —Ya veis querido mio, que orgullosos están de su profesion! No es esto edificante?

—No carecerá de nada —repuso —Estará en su celda como un señor, Cárlos... como un jóven príncipe. Tendrá todo lo que apetezca... todo. Quiero que como de costumbre tenga su cerveza en todas sus comidas y dinero en su bolsillo para jugarlo á cara ó cruz sino puede gastarlo.

—Si? esclamó Bates.

—Sin duda. Y le encontrarémos un defensor, Cárlos! Escojerémos aquel que pase por tener el mejor pico. Tomará su partido con calor en un discurso soberbio que conmoverá al auditorio. Nuestro jóven amigo hablará tambien á su vez, si lo juzga conveniente y nosotros verémos esto en los periódicos: —El fino Camastron... (esplosiones de risa en el público). Mas abajo... (agitacion en el banco de los Señores jurados). Y algunas líneas despues... (hilaridad general). Hé Carlino?

—Ah! ah! —esclamó maese Bates riendo —á puesto mi gaznate que Fagin los corta á todos en pedazos menudos! Como va á retorcéroslos el Camastron! Con el no los veo blancos!

—Y hará bien, en no tenerles consideraciones!

—No cabe duda —contestó Cárlos frotándose las manos.

—Me parece estarlo viendo ahora —dijo el judío fijando sus miradas sobre su jóven educando.

—Y yo tambien! esclamó Bates... Ah! ah! ah! Paréceme que estoy allí. Me lo represento como si ello pasára ante mis ojos... Qué buena farza! Esas vetustas cabezas de pelucon, haciendo todo lo posible para mantenerse sérias y Jaime Dawkins, no tartamudeando para decirles su modo de pensar, como si fuera su camarada, y hablándoles con la misma soltura que lo haria el hijo del propio presidente despues de una buena comida.. ah! ah! ah!

Es lo cierto que el judío, habia tenido tanta habilidad en exitar el humor jovial de su jóven educando, que éste, que de pronto considerará la prision de su amigo como una desgracia y el mismo Camastron como una víctima, miraba ahora á este ilustre jóven como el primer galan de una escena cómica y le tardaba ver llegar el momento en que su jóven camarada tendria una ocasion tan favorable para desplegar sus talentos.

—De un modo ú otro será necesario procurar lo medios de tener hoy mismo noticias suyas. —dijo Fagin —Calculemos...

—Si fuera yo allí? —preguntó Cárlos.

—Te guardarás muy bien! —contestó el judío —Querido mio estás loco? A la verdad es preciso que seas —archi-loco para pensar en encagarte dentro la gola del lobo! No, no hijito! ya es bastante para mi el haber perdido el uno, para esponerme á perder el otro.

—Creo, no intentaréis ir vos mismo? dijo Cárlos con tono chocarrero.

—No me conviene de ningun modo —repuso el judío sacudiendo la cabeza.

—Entonces por qué no enviais á ese recien venido? preguntó Maese Bates poniendo su mano sobre el brazo de Noé. —Nadie le conoce.

—Si quiere ir no deseo otra cosa mejor! —observó Fagin.

—Por qué no querrá?

—No lo sé querido. —dijo Fagin volviéndose á Bolter —realmente no lo sé!

—Oh! que si que lo sabeis muy bien! —observó Noé dando algunos pasos retrógados hácia la puerta. —Que si, que si lo sabeis bien! —añadió balanceando la cabeza un tanto alarmado de la proposicion de Cárlos. —Guarda Pablo! este género de comision no entra en mi departamento. No lo ignorais de antemano!

—Entónces Fagin para que género de trabajo lo habeis reclutado? —preguntó maese Bates midiendo á Noé de la cabeza á los piés con aire de desden —para jugar las piernas cuando habrá algo embrollado ó para enguller sin duda, él solo todo lo que habrá sobre la mesa, cuando todo irá bien?

—Esto no os incumbe á vos, jóven imberbe! —replicó Bolter —y si os permitís estas libertades con vuestros superiores podrémos enojarnos: tenedlo entendido!

Maese Bates, prorrumpió en tal carcajada á esta amenaza que Fagin necesitó mucho tiempo antes de poder interponer su autoridad y hacer comprender al señor Bolter que no corria ningun riesgo en visitar el tribunal de policía, tanto mas que el pequeño asunto que lo llevara á Londres no habiendo transpirado aun en esta ciudad, era mas que probable que no se sospechase que se habia refugiado en ella y que de consiguiente si cambiaba de traje, no habia mas peligro para él, en ir al tribunal de policía que el que podia haber, yendo á cualquiera otra parte, ya que de todos los sitios de la capital era aquel sin disputa, al que se pensaria menos, que pudiese visitar, de su pleno alvedrío.

Persuadido por estas palabras de Fagin tanto como por el temor que éste le habia infundido, el señor Bolter consintió de muy mala gana en hacer esta escursion. Por consejo del judío se encajó un traje de carretero.

Concluido su tocador, se le hizo el retrato del Camastron de modo que pudiera reconocerle fácilmente; y Cárlos despues que le hubo acompañado hasta la entrada de la calle, en que estaba el tribunal de policía, le prometió esperarle en el mismo sitio.

Noé Claypole, ó Mauricio Bolter (como mejor le parezca Hamarle el lector), siguiendo la direccion que le habia dado Cárlos Bates, que tenia un conocimiento exacto de los sitios, llegó sin obstáculo al santuario de la justicia.

Buscó con la vista al Camastron; pero aunque vió muchas mujeres que hubieran podido muy bien pasar las unas por la madre y las otras por las hermanas de ese apreciable jóven y que entre los hombres que aparecieron en el banco de los acusados, hubiese mas de uno que se le pareciese lo bastante para que se le tomase por su hermano ó por su padre, no apercibió con todo entre los jóvenes de su edad, nadie que respondiese á las señas que le habian dado. Esperaba con impaciencia cuando apareció un jóven preso que reconoció al momento por Jaime Dawkins.

En efecto era el Camastron quien con las mangas arremangadas, como de costumbre, la mano izquierda en su bolsillo y sosteniendo con la derecha su sombrero, entró resueltamente seguido del carcelero. Despues de haber tomado asiento en el banco de los acusados, preguntó con tono semi-sério y semi-cómico la razon por la cual se le trataba de una manera tan indigna.

—Silencio! —gritó el carcelero.

—Soy inglés, no es cierto? —dijo el Camastron —Dónde están mis privilegios?

—Pronto los tendréis vuestros privilegios y sazonados con su correspondiente sal y pimienta —replicó el carcelero.

—Verémos lo que el ministro del interior tendrá qué decir á los picos si se me retiran mis privilegios —contestó Jaime Dawkins. —¿Ahora queréis hacerme el favor de decirme que significa toda esa farándula? Os agradeceré —prosiguió dirijiéndose á los magistrados —que termineis pronto este pequeño asunto, no me tengais aquí en suspenso divertiéndoos en leer esos periódicos porque tengo una cita con un caballero en la Cité y como sabe que soy muy exacto cuando se trata de negocios y que jamás he faltado á mi palabra, os prevengo que se irá si no llego á la hora convenida. Si así lo haceis no reclamaré daños ni perjuicios como tengo el derecho de redamarlos contra los que me han hecho perder el tiempo.

Habiendo dicho estas palabras con una volubilidad extraordinaria, pidió al carcelero le dijera los nombres de los dos viejos buos (señalando á los magistrados), que estaban sentados al mostrador, lo que exitó en tan alto grado la hilaridad de los espectadores, que rieron de tan buen corazon como hubiera podido hacerlo maese Bates estando presente allí.

—Silencio! —gritó el carcelero.

—De qué se trata? —preguntó uno de los jueces.

—De un robo señor presidente —contestó el carcelero.

—Ese muchacho ha comparecido ya otra vez aquí?

—No ha comparecido ante este tribunal, señor presidente, aunque lo haya merecido mas de una vez, pero respondo que ha estado mas de una vez en otra parte. Lo conozco desde largo tiempo.

—Ah! me conoceis! —dijo el Camastron, tomando nota de las palabras del carcelero. —Bueno es saberlo. Me acordaré de ello. Esto no es mas que una calumnia y una calumnia en regla.

Estas espresiones fueron seguidas de nuevas carcajadas entre la multitud y de otro «Silencio!» por parte del carcelero.

—Dónde están los testigos? —preguntó el escribano.

—Es justo; al hecho! —replicó el Camastron —Donde están. Tengo curiosidad de verlos.

Pronto quedó satisfecho sobre este punto; porque un policemon adelantándose declaró que entre la muchedumbre habia visto al prisionero introducir su mano en el bolsillo de un desconocido, retirar de el un pañuelo que examinó con atencion y no habiéndolo encontrado sin duda bastante bueno para él, volverlo del mismo modo despues de haberse sonado los mocos dentro; que en consecuencia lo habia arrestado por este hecho y que habiendo sido registrado en forma de derecho se le habia encontrado encima una caja de polvo de plata, sobre cuya tapadera estaba gravado el nombre del caballero á quien pertenecia, el cual estaba tambien presente á la audiencia.

Este caballero cuyo domicilio se habia encontrado por medio del Almanaque del Comercio, juró que la caja de polvo era realmente suya y que la habia perdido la víspera anterior en el momento de abrirse paso entre la muchedumbre. Añadió que habia notado á un jóven afanoso de atravesar el tropel y que ese jóven era el prisionero que tenia á la vista.

—Jóven teneis alguna observacion que hacer al testigo aquí presente? dijo el magistrado.

—Creeria rebajarme teniendo conversacion con él. —respondió el Camastron.

—Teneis algo que decir para vuestra defensa?

—No oís al señor presidente que os pregunta si teneis algo que decir para vuestra defensa? —dijo el carcelero dando un codazo al Camastron que se obstinaba en guardar silencio.

—Os pido mil perdones —dijo este levantando la cabeza con aire de distraccion y dirijiéndose al magistrado. —Es á mi á quién hablais señor pelucon?

—Señor presidente en mi vida he visto un pilluelo tan descarado como este, observó el carcelero —No teneis nada que decir pequeño bagamundo?

—No aquí —replicó el Camastron —porque no es aquí la botica de la justicia. Por otra parte mi defensor está ahora almorzando con el vice-presidente de la cámara de los comunes. Algo tendré que decir en otra parte y él tambien, como mis amigos que son muchos y muy respetables.

—Volvedlo á la prision —gritó el escribano —será juzgado en los prócsimos assises.

—Vamos! dijo el carcelero.

—Voy! contestó el Camastron acepillando su sombrero con la palma de la mano. —Ah! prosiguió dirijiéndose á los magistrados —Os advierto que de nada os sirve el aparecer espantados! Estad muy seguros que no tendria compasion de vosotros por un liart. Algo os escozerá esta partida... no lo dudeis... y ahora rehusaria mi libertad aun cuando os pusierais de rodillas para hacérmela aceptar! Ea! en marcha vos! dijo el carcelero —volvedme á la prision; estoy pronto á seguiros!

Dicho esto el Camastron se dejó cojer por el cuello y siguió ó mas bien marchó lado por lado del carcelero, no cesando de amenazar á los jueces hasta que estuvo fuera de la sala, en seguida alargó la lengua á su guardian con un aire de satisfaccion interior y se encontró otra vez bajo los cerrojos. Despues que el Camastron hubo dejado la sala, Noé fué al sitio en que habia dejado á Bates.

Ambos se apresuraron á llevar á Fagin la feliz noticia de que el Camastron hacia honor á los principios que habia recibido y que trabajaba en establecerse una reputacion gloriosa.