CAPÍTULO XLIII.
LLEGA PARA NANCY EL TIEMPO DE CUMPLIR SU PROMESA Á ROSA. —NO LA CUMPLE —FAGIN EMPLEA Á NOÉ CLAYPOLE EN UNA COMISION SECRETA.
ERA la noche de un domingo: el reló de la iglesia vecina dió la hora. Fagin y Sikes que estaban hablando, se callaron un momento para escuchar. Nancy levantó la cabeza y prestó atento oido.
—Las once! —dijo Sikes levantándose de su silla y apartando la cortina de la ventana para mirar á la calle. La noche está negra como boca de lobo. Famoso tiempo para los negocios.
—Ah! contestó el judío —No es una lástima Guillermo que nada haya preparado para esta noche?
—Esta vez teneis razon —repuso Sikes bruscamente —Y tanto mas lástima, cuando me encuentro esta noche del todo de buen humor.
El judío exhaló un suspiro y sacudió tristemente la cabeza.
—Así pues á la primera ocasion que se presente será preciso cojerla aunque sea al vuelo y reparar el tiempo perdido —continuó Sikes.
—Esto es lo que se llama hablar en razon! dijo el judío dándole un golpecillo en el hombro. Me place oiros hablar asi Guillermo.
—Ciertamente! —Esto me dá gusto!
—Ah! ah! ah! —hizo el judío alentado por esta observacion —Estais esta noche en vuestro centro Guillermo, completamente en vuestro centro.
—No estoy en mi centro cuando poneis vuestras garras sobre mi espalda —dijo Sikes rechazando la mano del judío —Con qué abajo las patas!
Fagin nada respondió á ese cumplido adulador, pero tirando á Sikes por la manga, le señaló con el dedo á Nancy, que habiéndose aprovechado del momento en que ellos hablaban para ponerse su sombrero, se disponia para salir.
—Nancy! gritó Sikes —qué diablos haces! ¿dónde tienes intencion de ir á esta hora?
—No muy lejos.
—Acaso es una respuesta «no muy lejos!» —repuso Sikes —¿Dónde vas?
—Te digo que no lejos.
—Otra vez! quiéres responder? —preguntó Sikes que empezaba á calentarse. —Te pregunto dónde vas?
—No lo sé —respondió la jóven.
—Pues bien! —dijo Sikes mas por espíritu de contradiccion que porque tuviera ninguna razon para privarle la salida —Siéntate y estate quieta.
—Ya te he dicho que no me encuentro bien! —observó Nancy —Necesito tomar el aire.
—Asoma la cabeza á la ventana y tómalo á discrecion.
—No corre bastante en ella —Necesito tomar el aire en la calle.
—No saldrás á la calle! —replicó Sikes. Dicho esto, fué á cerrar la puerta, metió la llave en su faltriquera y arrancando el sombrero de la cabeza de Nancy, lo arrojó sobre un armario viejo. —Ahora —añadió el bandido —te digo otra vez que te sientes y permanezcas tranquila! ¿estamos?
—Seguramente no seria un sombrero el que me impediria salir! —dijo la jóven palideciendo —Qué significa esto, Guillermo! Sabes lo que haces?
—Levanta mucho el pico! —esclamó Sikes volviéndose á Fagin. —Es preciso que haya perdido el juicio, de lo contrario no se atreveria á hablarme así.
—Tu me obligarás á hacer una trastada! —murmuró Nancy apretando las dos manos sobre su pecho como para retener un grito que iba á escapársele —te digo que me dejes salir al momento!
—No! —esclamó Sikes.
—Fagin decidle que haria mejor en dejarme salir... mucho mejor... ¿Me oyes? gritó Nancy golpeando el suelo con el pié.
—Si te oigo! —repuso Sikes volviéndose bruscamente y mirándola cara á cara —Aun creo que te he oido demasiado! Si pronuncias otra palabra te haré estrangular por mi perro; lo que hecho gritarás por alguna cosa ¿Qué es lo que le ha dado á ese pulpon? Se ha visto jamás cosa igual!
—Déjame salir —dijo Nancy en tono suplicante... Te ruego Guillermo que me dejes salir! —añadió sentándose en el suelo cerca la puerta —No sabes tú lo que haces! —No; no, lo sabes... Solo una hora —te lo suplico.
—Que los demonios me lleven si esta jóven no se ha vuelto loca! —esclamó Sikes cojiéndola por el brazo —Ea! levántate!
—No, no! no me levantaré sino me dejas salir.
Sikes la contempló un instante en silencio; y aprovechándose de un momento en que no hacia resistencia le puso las manos detrás de la espalda y la arrastró con mucho trabajo hasta el aposento inmediato, donde habiéndola sentado á la fuerza en una silla, la lavo en respeto.
—Se ha visto jamás cosa igual! dijo enjugándose su rostro cubierto de sudor. —Es chocante esa jóven con sus caprichos!
—Es verdad —dijo el judío con ademan pensativo —es muy chocante.
—Decidme, por qué razon pensais vos, puede haberse empeñado en salir esta noche? Vos debeis saberla mas que yo. ¿Qué diablos de idea se le habrá metido en la cabeza?
—Querido mio, encaprichamiento de mujer sin duda alguna —respondió el judío encojiéndose de hombros.
—Es muy posible —gruñó Sikes —Creia haberla sometido, pero es peor que nunca.
—Ciertamente que es peor —repuso el judío con aire distraido. —Jamás la habia visto arrebatarse como hoy por nada.
—Ni yo tampoco. Sospecho que ha cojido un poco de esa maldita fiebre que me ha tenido en un triz. Qué os parece? Esto no puede ser otra cosa.
—Es posible.
—Yo me encargo de sacarle un poco de sangre, si ello le repite otra vez. Así evitaré que el médico se tome la molestia de venir.
El judío hizo una espresiva señal de cabeza, dando á entender que aprobaba mucho este tratamiento.
—No me ha dejado un momento durante esa enfermedad endiablada; rodaba dia y noche alrededor de mi lecho, mientras estuve en pastura horizontal, en tanto que vos, viejo cocodrilo, me habeis dejado allí; me habeis abandonado; y os habeis puesto en guardia. No teníamos un sueldo en casa y esto es probablemente lo que la habrá atormentado. Puede que el haber estado tanto tiempo encerrada le habrá agriado el carácter, no es así?
—Es muy probable querido! —dijo el judío en voz baja —Silencio! Aquí está!
Apenas hubo dicho estas palabras, Nancy volvió á aparecer en el aposento y se sentó en su sitio. Se conocia que habia llorado, porque sus ojos estaban rojos é hinchados. De repente se agitó en su silla y un instante despues soltó una carcajada convulsiva.
—Héla ahí que se ríe ahora! —esclamó Sikes volviéndose á su compañero con sorpresa.
—El judío le hizo señal de que no hiciera caso y Nancy recuperó pronto la calma. Despues de haberle dicho á Sikes al oido que no habia temor por entonces de una recaida, pues que lo creia todo concluido. Fagin tomó su sombrero dando las buenas noches á sus amigos. Al llegar á la puerta, se paró y lanzando una mirada á su alrededor preguntó si habia alguno que quisiera alumbrarle para bajar.
—Alúmbrale Nancy —dijo Sikes rellenando su pipa —seria una lastima que se rompiera el bautismo; privaria á los espectadores del placer de verle colgar.
Nancy tomó la vela y acompañó al viejo hasta el pié de la escalera. Cuando estuvieron en la entrada el judío, poniendo el dedo sobre sus lábios dijo muy bajo al oido de la jóven.
—Qué sucede Nancy?
—Qué quereis decir? contestó ésta en el mismo tono.
—Cuál es la causa de todo esto? —preguntó Fagin —Si ese bruto se porta indignamente contigo —añadió señalando con el dedo el piso superior —por qué no?
—Qué? —dijo ésta viendo que Fagin no concluia su frase y la miraba con suma atencion.
—No importa! Volverémos á hablar de esto otra vez. Nancy tienes en mi un amigo, un verdadero amigo. Poseo los medios para hacer muchas cosas! Cuando querrás vengarte del que te trata como un perro, que digo como un perro! peor que un perro; porque acaricia alguna vez el suyo, ven á encontrarme, entiendes Nancy? Ese no es mas que un pájaro de paso; mientras que á mi Nancy á mi me conoces desde largo tiempo... desde muy largo tiempo.
—Os conozco bien! dijo la jóven sin manifestar la menor emocion —Buenas noches!
Dirijiéndose á su habitacion, Fagin dió libre curso á los pensamientos que ocupaban su alma. Desde algun tiempo habia concebido la idea de que Nancy cansada de la brutalidad del bandido, amaba á otro. El objeto de este nuevo amor no era ninguno de sus imberbes pupilos. —Seria una buena adquisicion tal monigote de Nancy —pensaba Fagin —Es preciso pues asegurarse los dos cuanto antes.
—Con un poco de persuasion —continuaba pensando Fagin —que motivo mas poderoso podria determinar á esa jóven á envenenar á Sikes? Otras lo han hecho antes que ella... y aun peor, por sus amantes...
A la mañana siguiente se levantó muy temprano y esperó con impaciencia la llegada de su nuevo compañero, quien despues de cierto lapso de tiempo, se presentó al cabo y empezó por atacar furiosamente los comestibles.
—Bolter! —dijo el judío tomando una silla y sentándose frente á Noé.
—Aquí estoy! ¿qué me queréis? —contestó este —No me deis nada que hacer antes que no haya concluido mi desayuno; como es la mala costumbre en esta casa; jamás queda en ella tiempo para comer!
—Podeis hablar comiendo, no es cierto?
—Oh! Sin duda! nunca como mejor que cuando hablo —continuó Noé cortando una enorme rebanada de pan —Dónde está Carlota?
—Ha salido. La he mandado á una comision fuera de casa con la otra jóven porque necesitaba estar solo con vos.
—Hubierais debido encargarla que antes me hiciera tostadas de pan con manteca! Y bien! hablad, hablad siempre, no me interrumpiréis.
No habia cuidado de que se le interrumpiera fuese por lo que fuese, porque se habia sentado á la mesa con la firme intencion de trabajar á destajo y lo hacia en efecto de tan buen ánimo, que las migas le saltaban por sobre la cabeza.
—Ayer trabajasteis lindamente camarada! dijo el judío —seis chelines, nueve peniques y medio... diantre! Querido! La caza menuda hará vuestra fortuna.
No olvideis añadir tres botes de cerveza y un jarro para leche.
—No ciertamente, querido mio! El escamoteo de los tres botes de estaño demuestran sin duda, alguna destreza; pero el del jarro, —para leche es toda una obra maestra.
—No es maleja que digamos para un debutante! —repuso el señor Bolter con tono de complacencia —he descolgado los botes de una verja de hierro ante una casa acomodada y como el jarro para leche estaba en el lindar de la puerta de un figon lo he recojido temeroso de que no se enmoheciese ó que no cojiese un resfriado; esto es muy justo, no es cierto? ah! ah! ah!
El judío fingió reir á carcajadas y Mr. Bolter haciendo lo mismo de buena gana, hincó el diente en su primera rebanada de pan y de manteca; y apenas la hubo despachado, se cortó una segunda.
—Bolter! —dijo Fagin poniéndose de codos sobre la mesa —Necesito de vos, para un golpe de mano que exije mucha prudencia!
—Tate! no vayais á esponerme ahora en algun peligro, á enviarme á un tribunal de policía! Os prevengo que esto no me conviene, ni me puede dar mucho gusto!
—Querido; no hay que correr el menor peligro! Se trata únicamente de seguir á una mujer y espiar sus acciones.
—Una vieja?
—No; una jóven!
—Pues puedo hacerlo á las mil maravillas! Caramba! en la escuela ora un famoso soplon! ¿Por qué es necesario que yo la siga? Creo no será por...
—No —interrumpió Fagin. No hay mas que hacer, sino decirme donde va, quien vé y si es posible lo que hace; recordar el nombre de la calle, si es una calle, ó bien de la casa si es una casa y comunicarme en fin todas las noticias que podais recoger.
—Qué me daréis por ello?
—Os daré una libra esterlina, cosa que no he dado nunca por servicios de este género, que no me producen utilidad alguna.
—Quién es esta mujer?
—Una de las nuestras.
—Ya veo de lo que se trata! —esclamó Bolter frunciendo la nariz —sospechais de ella, no es cierto?
—Ha adquirido nuevas relaciones, querido, y es preciso que yo las conozca.
—Ya caigo. Unicamente por tener el gusto de conocerlas, con el fin de saber si es persona respetable, he? ah! ah! ah! Soy vuestro hombre.
—Sabia que os gustaria tal comision!
—Y no habeis errado. Donde está; en que punto y cuando deberé seguirla.
—Esto querido os lo diré... os lo comunicaré cuando sea tiempo oportuno. Procura estar preparado; lo restante me corresponde á mi.
Aquella noche, la mañana siguiente y el dia despues, el espía calzado y vestido con su traje de carretero, estuvo preparado para salir á una señal de Fagin. Seis noches pasaron de este modo; seis noches mortales en cada una de las cuales el judío regresó mohino, dando á comprender en pocas palabras que todavía no era ocasion. La noche del dia séptimo, volvió mas pronto que los dias precedentes y brillaba en su rostro un rayo de satisfaccion. —Pronto; partamos, es tiempo ya!
Noé se levantó sin pronunciar palabra; porque la alegria estrema que esperimentaba el judío se habia comunicado á él. Salieron de escondite y habiendo atravesado un laberinto de calles, llegaron al fin á una taberna.
Eran las once y cuarto y la puerta estaba cerrada. Ella volvió cautelosamente sobre sus goznes, á un ligero silvido que dió el judío.
Osando apenas cuchichear, pero sustituyendo los gestos á las palabras. Fagin y el jóven judío que les habia abierto la puerta señalaron á Noé el agujero con vidrio y le indicaron que subiera para ver la persona que estaba en la sala vecina.
—Es esta la mujer de que se trata? —preguntó en voz baja.
El judío hizo un movimiento de cabeza afirmativo.
El espía cambió una mirada con Fagin y partió como una flecha.
CAPÍTULO XLIV.
NANCY ES EXACTA Á LA CITA.
EL reló de muchas iglesias daba las once y tres cuartos, cuando aparecieron dos personas á la entrada del puente de Londres. La primera, que era una mujer se adelantaba con paso vivo y ligero mirando con avidez á su alrededor como si buscara á alguno; el otro que era un hombre, seguia á alguna distancia en la sombra y arreglaba su paso al de la mujer, parándose cuando ella se paraba y deslizándose de nuevo al escondite á lo largo del parapeto cuando ella volvia atrás.
La noche era oscura. Durante todo el dia el cielo habia estado nublado y á esta hora, sobre todo en este sitio, habia muy poco concurso de gente.
Una broma espesa que cubria al rio daba un tinte pálido á la luz rojiza de los faroles que ardian en las lanchas.
Sonó la media noche; el duodécimo golpe vibraba aun en el aire cuando una jóven señorita y un caballero de cabellos blancos, bajando de un fiacre á alguna distancia, se dirijieron hácia el puente despues de haber despedido al cochero. Apenas habian dado algunos pasos, Nancy se estremeció y al momento fué á ellos.
Marchaban aquellos como gentes que no esperan encontrar á la persona que buscan, cuando se hallaron cara á cara con la jóven. Se detuvieron dando un grito de sorpresa que luego reprimieron; porque un hombre en traje de menestral paso rápidamente por su lado en el mismo instante.
—Por aquí! —dijo Nancy con ansiedad. Temo hablaros en este sitio; seguidme al pié de la escalera.
Al decir estas palabras el menestral volvió la cabeza y preguntando bruscamente porque ocupaban ellos solos todo la acera prosiguió su camino.
La escalera de que hablaba Nancy estaba al estremo del puente en la ribera del condado de Surrey.
Sus escalones que forman una parte del puente, consisten en tres tramos ó mesetas. Al pié de la segunda meseta el muro de la izquierda termina con una pilastra haciendo frente al Támesis. Llegado al pié de esta segunda meseta el menestral lanzó una mirada á su alrededor y viendo que no habia otro sitio para ocultarse y que además la marea entonces muy baja, dejaba mucha plaza, se echó de costado, la espalda arrimada á la pilastra y esperó allí á nuestros tres amigos casi seguro de que no bajarian mas, y que si no podia oir su conversacion podria al menos seguirlos de nuevo con toda seguridad.
Se determinaba ya á salir de su escondrijo y pensaba volver á subir, cuando oyó resonar un ruido de pasos sobre la piedra y luego las voces de varias personas hirieron su oido. Entonces se incorporó, se apretó contra él, miró y respirando apenas escuchó con atencion.
—Paréceme que nos alejamos demasiado —dijo el caballero. —No puedo permitir que esta señorita baje un escalon mas; personas habria, que teniendo en vos la poca confianza que debeis inspirar, ni siquiera hubieran consentido en llegar hasta aqui! Pero como veis, soy aun complaciente.
—Si á esto llamais ser complaciente! —contestó Nancy —Sois en verdad muy sensato! complaciente! Ba! es igual!
—No; pero decidme —repuso el caballero con tono mas dulce —¿por qué nos habeis llevado á este sitio endiablado? Por qué no allá arriba donde al menos transita alguna gente, mas bien que en esta horrible ladronera?
—Ya os he dicho que no me gusta hablaros allá arriba —contestó la jóven estremeciéndose —no se lo que tengo, pero esperimento tal espanto esta noche, que apenas puedo sostenerme. No sé de que proviene... quisiera saberlo. Todo el dia de hoy he sido atormentada, por los mas horribles pensamientos de muerte y de sudarios cubiertos de sangre, hasta producirme fiebre y delirio. Por la noche he querido distraerme leyendo, hasta llegar la hora y he visto las mismas cosas en el libro...
—Esto es efecto de la imaginacion —dijo el caballero.
Vuestros sacerdotes orgullosos hubieran erguido la cabeza á la vista de mis tormentos y me hubieran predicado llamas y venganza —esclamó la jóven —Oh! mi buena señorita! Por qué los que se dicen enviados de Dios y reclaman el titulo de ministros del Todo-poderoso no son para nosotros pobres miserables, buenos é indulgentes?
—Por qué no estuvisteis aquí el domingo pasado?
—No pude venir; fuí detenida á la fuerza.
—Por quién?
—Por Guillermo, el hombre de quién he hablado á la señorita.
—Creo no habrá tenido sospecha, sobre el asunto que os conduce aquí?
—No; —contestó la jóven sacudiendo la cabeza. Me es muy difícil dejarle, á menos que no sepa porque. Cuando decidí ir á encontrar á la señorita no hubiera podido verla, si para hacerle dormir no hubiese metido Laudano en la pocion que le dí.
—Dormia aun cuando volvisteis? —preguntó el caballero.
—Sí; y ni él ni los demás han tenido la menor sospecha.
—Está bien —dijo el caballero —Ahora escuchad.
—Estoy pronta á oiros.
—Esta señorita que veis, me ha comunicado á mi y á algunos amigos (en la discrecion de los cuales se puede descansar con toda confianza), lo que le dijisteis hace quince dias. Para probaros que me fio de vos, os diré francamente que nos proponemos arrancar de ese Monks su secreto (cualquiera que el sea) y que para ello, aprovecharémos la ventaja, si es necesario de los terrores pánicos á los cuales dicen está sujeto. Pero si á pesar de esto, no podemos apoderarnos de él, ó bien una vez en nuestras manos nada quiere confesar, será preciso entonces consentir en entregarnos al judío.
—Fagin! —esclamó Nancy retrocediendo un paso.
—Sin duda. Es preciso que nos entregueis á ese hombre.
—No lo espereis! Por horrible que haya sido su conducta para conmigo, jamás haré lo que me pedís!
—Estais bien resuelta!
—Jamás!
—Me diréis por qué?
—Por una buena razon. Por una sola razon que la señorita sabe y de consiguiente estoy segura que la pondrá de mi lado puesto que me ha dado su palabra; además por lo mismo que si su conducta es mala, la mia no está exenta tampoco de reproches.
—Entonces —repuso el caballero como si hubiese logrado el objeto que se proponia —entregadme á Monks y dejadle se arregle conmigo.
—Y si llega á denunciar á los otros? —preguntó Nancy.
—Os prometo que en el caso que podamos obtener de él la verdad arrancándole su secreto, no se tratará de esto. Puede haber en la historia del niño Oliverio particularidades que seria penoso someter á la vista del público; y con tal (como os he dicho) que conozcamos la verdad, que es todo lo que pedimos, vuestros amigos no correrán ningun peligro.
—Y si no quiere confesar la verdad?
—Entonces, el judío no será llevado ante la justicia que vos no lo consintais.
—La señorita, se compromete en este punto con su palabra?
—Os la doy —contestó Rosa —Podeis contar con ella.
—¿Monks ignorará siempre por quien habeis sabido todo lo que sabeis? —dijo la jóven despues de un momento de silencio.
—Siempre! —contestó el caballero —Os aseguro que obrarémos de modo que ni la mas leve sospecha podrá entrar en su alma.
—A pesar de que desde mi mas tierna infancia he vivido entre los mentirosos y por consiguiente la mentira, me sea familiar —dijo Nancy despues de otro momento de silencio —acepto vuestra palabra y me entrego enteramente á vosotros.
Despues de obtenida la seguridad de Rosa y del caballero que podia estar perfectamente tranquila, empezó (con vos tan baja que el espia apenas podia oirla) por dar las señas de la taberna, donde habia estado aquella noche. Por las pausas que hacia hablando, se hubiera podido creer que el caballero tomaba nota de dichas señas. Cuando le hubo esplicado las circunstancias del sitio, desde donde podia mirarse exitar la atencion; cuando hubo dicho la hora de la noche y cuales eran los dias en que Monks solia frecuentar esa guarida, pareció reflecsionar un momento para recordar la fisonomía del hombre en cuestion y estár en mejor estado de hacer su filiacion.
—Es alto, muy récio; pero no gordo. Al verle andar se crreria que va hacer una mala jugada, porque mira constantemente á uno y otro lado. Tiene los ojos de tal modo hundidos en la cabeza que por esto solo podriais conocerle perfectamente. Es de piel muy morena y aunque no tenga mas allá de veinte y seis ó veinte y ocho años, sus ojos son secos y hoscos. Sus lábios están ordinariamente marchitos y descoloridos por las señales de sus dientes; porque está sujeto á terribles convulsiones y muy amenudo se muerde las manos hasta hacerse sangre... Por qué os estremeceis? —dijo la jóven parándose de golpe.
El caballero se apresuró á responder que no sabia si se habia estremecido y la suplicó que continuára.
—Esto lo he sabido por las personas de la casa de que os he hablado —prosiguió la jóven —porque yo no le he visto mas que dos ó tres veces y aun en ellas iba embozado en una gran capa. Creo que esto es todo lo que puedo deciros... Apropósito... esperad! Cuando vuelve la cabeza se descubre en su cuello un poco más arriba de su corbatin...
—Una gran cicatriz roja como una quemadura! —esclamó el caballero.
—Qué significa... entónces vos le conoceis? —dijo la jóven.
La señorita lanzó un grito de sorpresa y los tres permanecieron por algunos momentos en silencio tan profundo que el espia hubiera podido oir su respiracion.
—Creo conocerle —dijo el caballero —lo reconoceria al menos despues de las señas que acabais de darnos... Verémos...
Dicho esto con aire de indiferencia, se volvió del lado del espía y murmuró entre dientes: —No puede ser otro que él!
—Luego —repuso dirijiéndose á Nancy —Señorita acabais de prestarnos un gran servicio y os doy las gracias —¿Qué puedo hacer por vos?
—Nada —contestó Nancy.
—No persistais en rehusar... veamos reflecsionad un poco —continuó el caballero con acento tan dulce y bondadoso que hubiera podido conmover un corazon mas duro y mas insensible.
—No; nada caballero... Os lo aseguro... replicó la jóven —derramando lágrimas. —Nada podeis para cambiar mi suerte.
—Va á dejarse persuadir —esclamó Rosa —va á rendirse, estoy segura de ello... titubea...
—Creo que no, mi querida señorita! —dijo el caballero.
—No; señor! —continuó Nancy despues de un momento de reflecsion —estoy encadenada á mi primera existencia; tengo horror á ella, es verdad; pero no puedo dejarla... Adios! tal vez he sido seguida y espiada. Partid, partid los primeros! Si creeis que os he prestado algun servicio todo lo que pido en recompensa es que me abandoneis al instante mismo y me dejeis volver sola.
—Es inútil insistir mas! —dijo suspirando el caballero —pueda que permaneciendo aquí comprometemos su seguridad.
—Sí, sí! —contestó la jóven —teneis mucha razon!
—Cómo acabará pues la existencia miserable de esta pobre jóven? esclamó Rosa.
—Cómo? contestó ésta —mirad ante vos, señorita! fijad la vista sobre esa agua que ruje á vuestros piés! Cuántas veces no habréis oido hablar de pobres desgraciadas como yo que se han precipitado en ella, fatigadas como estaban de la vida!
—No hableis así... os lo suplico —dijo Rosa sollozando.
—Será esta la última vez que oigais tales palabras, buena señorita. No permitirá Dios que tales horrores vengan jamás á mancillar vuestros castos oidos! Buenas noches! Adios!
El caballero se volvió como para prepararse á partir.
—Tomad esta bolsa —esclamó Rosa —guardadla por amor de mi y para que tengáis algun recurso en la necesidad.
—No, no! —contestó la jóven —el oro no me tienta, ni es el interés quien me hace obrar en esta circunstancia... creedlo... con todo dadme alguna cosa... algo que vos hayais llevado... Quisiera tener algo vuestro... No; no un anillo... vuestros guantes ó vuestro pañuelo... gracias, gracias! Dios os bendiga! Adios!
La agitacion estrema que dominaba á la jóven y el temor que tenia de que fuera maltratada á su regreso, en el caso de ser descubierta, fueron los que determinaron al caballero á partir.
El y Rosa aparecieron luego sobre el puente y se detuvieron un momento en el último escalon de la escalera.
—Rosa Maylie esperó aun, pero el anciano caballero la tomó del brazo y la atrajo suavemente hácia él. En el momento que desaparecieron, Nancy se dejó caer sobre uno de los escalones y dió libre curso á sus lágrimas.
Llegado á lo alto de la escalera; Noé Claypole volvió la cabeza á derecha y á izquierda y no viendo alma viviente, puso los piés en polvorosa.
CAPÍTULO XLV.
CONSECUENCIAS FATALES.
CERCA dos horas faltaban para apuntar el dia. El judío velaba en su cama, demostrando esperar á alguien con la mas viva impaciencia. A su lado y en un colchon tendido en el suelo estaba echado Noé Claypole durmiendo profundamente. Largo tiempo habia que aquel permanecia en tal actitud, cuando al fin el ruido de los pasos de una persona que creyó reconocer vino á herir su oido.
—El es, no cabe duda! murmuró.
Al pronunciar estas palabras sonó la campanilla: Bajó los escalones de cuatro en cuatro y pronto volvió acompañado de Sikes que llevaba un paquete bajo su brazo.
—Tomad, encerrad esto —dijo este —y desembarazadlo todo lo que podais. Voto al infierno, me ha costado mucho cojerlo Hace mas de dos horas que deberia estar aquí.
Fagin tomó el paquete, lo encerró en el armario con llave y miró fijamente al bandido: sus lábios pálidos temblaban con tal fuerza, sus facciones estaban tan descompuestas por las diferentes emociones que le dominaban; que Sikes retrocedió involuntariamente.
—Qué Demonios sucede ahora —esclamó —por qué mirais las gentes de tal modo, he? Responderéis?
El judío levantó la mano y agitó su dedo con aire misterioso.
—Maldicion! —dijo Sikes metiendo rápidamente su mano en el bolsillo del costado —Se ha vuelto rabioso! Es preciso que me ponga en guardia!
—No, no! —contestó Fagin recobrando el uso de la palabra. —No hay peligro —Guillermo!... No es á vos con quien me las he... Nada tengo que reprocharos.
—Ah! es una gran fortuna! —repuso Sikes mirándole de través y metiendo con ademan ostentoso, su pistola en otra faltriquera... Mucha fortuna para uno de los dos...
—Lo que tengo que deciros, Guillermo —continuó el judío acercando su silla á la del bandido —os hará aun mas efecto que á mí.
—Lo dudo mucho! Hablad pronto, ó Nancy creerá que me he perdido.
—Perdido! —esclamó Fagin —esto no la sorprenderia. Bastante ha trabajado para vuestra pérdida.
Sikes estupefacto procuró leer en los ojos del viejo; pero no pudiendo adivinar por ellos el sentido de este enigma, lo cojió por el cuello y lo sacudió con toda su fuerza.
—Os repito que hableis! —dijo —de lo contrario será que no osais! Viejo infame, abrid vuestra boca y esplicaos claramente! Lo oís?
—Supongamos que este muchacho que está acostado alli.
—Y bien que mas? continuó, Sikes soltándole y volviendo á su primera posicion.
—Supongamos que ese muchacho... llegára á hacernos traicion... que nos hubiese vendido á todos... descubriéndonos á las personas que tienen un interés en conocernos... que les hubiese dado nuestras señas hasta el menor detalle y dicho en fin el sitio, donde era fácil ensartarnos!.. Qué hariais vos?
—Qué haria yo! —contestó Sikes con un juramento horrible —Lo que haria! Si estuviera aun vivo á mi regreso le romperia el cráneo con el talon de mi bota.
—Y si fuera yo? —Yo que tanto sé y que tantos podria llevar á la horca conmigo!
—No lo sé —repuso Sikes rechinando los dientes y palideciendo de cólera, á la sola idea de que esto pudiera ser. —Haria algo en la prision que me haria meter la camisa de fuerza... ó si se nos juzgaban juntos diria yo solo contra vos, mas que todos los testigos y os haria saltar los sesos ante todo el mundo... No serian la fuerza ni el valor los que me fallarian entonces —Mil rayos!.. murmuró el bandido blandiendo su puño como si realmente fuera á empezar la accion. —Iria de tan buen ánimo que no veriais mas que centellas.
—De verdad?
—De tan verdad como os lo digo... Ensayaos un poco y veréis si guardo pelillos.
—Y si fuera Cárlos, ó el Camastron ó Betsy... ó bien?
—Poco me importa quien sea!.. —repuso Sikes impaciente —Del mismo modo le pagaria su comision.
Fagin fijó de nuevo su mirada en el bandido y haciéndole señal de que guardára silencio se inclinó sobre el colchon en que dormia Noé y sacudió á éste para dispertarlo.
—Bolter! Bolter!.. Pobre muchacho! —dijo el judío cargando con énfasis el epiteto —Está fatigado Guillermo! molido de haber asechado tanto tiempo á la jóven.
—Qué quiére decir esto? —preguntó Sikes.
El judío no contestó palabra; pero inclinándose de nuevo sobre Noé le tiró por el brazo y logró que se incorporára.
—Repetidme aquello otra vez para que él lo oiga! —dijo el judío señalando con el dedo á Sikes —Otra vez aun... no mas que una vez, hijo mio!
—Qué os repita que? —preguntó Claypole de mal talante.
—Lo que sabeis respecto á Nancy —añadió el judío, teniendo á Sikes por el puño de miedo que no saliera antes de haberlo oido todo. —La habeis seguido, no es cierto?
—Sí.
—Hasta el puente de Londres?
—Sí.
—Dónde ha encontrado dos personas?
—Justamente.
—Un caballero y una señorita, que antes habia ido á encontrar de plena voluntad. Le han pedido que les entregára á todos sus compañeros y Monks el primero... lo que ha hecho..; que les diera sus señas; lo que ha hecho..; que les comunicára el nombre y la direccion de la casa que frecuentamos tan á menudo y en la que nos reunimos, como tambien el sitio desde donde se puede ver mejor, sin ser notado; lo que ha hecho..! Le han preguntado el dia y la hora en que ordinariamente nos dirijimos á esa casa y ella se lo ha dicho... esto es todo lo que ha hecho. No ha sido necesario emplear la amenaza para hacerla revelar todas estas cosas; ella las ha dicho, de buen grado no es cierto? —esclamó el judío cuasi loco de cólera.
—Es verdad —contestó Noé rascándose la cabeza... Precisamente es así como la cosa ha pasado!
—¿Qué han dicho respecto al domingo pasado? —preguntó el judío.
—Respecto al domingo pasado? —repuso Noé procurando refrescar su memoria... Paréceme que ya os lo he dicho.
—No le hace, dílo otra vez! —continuó el judío estrechando todavia mas el brazo de Sikes y ajitando su mano mientras la espuma salia de su boca.
—Le han preguntado —dijo Noé (que á medida que se desvelaba parecia tener una idea de lo que era Sikes) le han preguntado porque no habia acudido el domingo último como lo tenia prometido; y ella les ha respondido que le habia sido imposible.
—Por qué, por qué? —interrumpió el judío con aire triunfante. —Decidle por qué razon.
—Porque Guillermo no la quiso dejar salir y la detuvo á la fuerza. Y como el caballero manifestó no conocer á Guillermo, añadió que era el hombre de quien habia hablado anteriormente á la señorita.
—Qué ha dicho de mas respecto á Guillermo? —gritó el judío —Qué ha añadido á propósito del hombre de quien habia hablado anteriormente á la señorita? Decidle, decidle esto.
—Ha dicho, que no podia salir con facilidad á menos que el no supiera donde iba y que la primera vez que fué á encontrar á aquella señorita (ah! ah! ah! no he podido menos de reirme cuando ha dicho esto) le habia puesto laudano, en la pocion que le hizo beber antes de salir.
—Condenacion!!! —gritó Sikes haciendo soltar la presa al judío —Dejadme!..
Arrojando al viejo lejos de él, se abalanzó fuera del aposento y se precipitó por la escalera como un furioso.
—Guillermo! Guillermo! —esclamó el judío corriendo tras él —una palabra! una sola palabra!
Esta palabra no hubiera llegado al oido del bandido si éste que no podia abrir la puerta á pesar de los horribles juramentos que proferia, no hubiese dado tiempo al judío para llegar sofocado.
—Abridme esta puerta —dijo Sikes —no me tengais aquí plantado una hora con vuestra habladuria; no estoy de humor para oiros! Dejad que salga sin dirijir la palabra... será lo mejor, os lo aseguro!..
—Un momento, un solo momento! —dijo el judío poniendo la mano en el cerrojo —No seais demasiado...
—Demasiado qué?
—No seais demasiado... demasiado... violento Guillermo! —continuó el judío con tono melífluo.
El dia empezaba á clarear lo bastante para que cada uno de ellos pudiera leer en el rostro del otro lo que pasaba en su alma. Cambiaron una mirada, sus ojos centelleaban. No podia caber engaño sobre la naturaleza de los sentimientos de entrambos.
—Sí; esto es Guillermo!.. —dijo Fagin al ver que todo fingimiento era ya inútil: —Queria decir, no seais demasiado violento (al menos por vuestra propia seguridad). No vayais á comprometeros, sobre todo sed prudente.
Dicho esto el judío dió la vuelta á la llave en el cerrojo, y Sikes por toda respuesta abrió la puerta de par en par, y partió como un rayo.
Sin dar tiempo á la reflecsion; sin volver la cabeza de ningun lado, sin lanzar una mirada á la derecha ó la izquierda; pero con los ojos fijos ante él, marchaba á grandes pasos, con los dientes apretados de tal modo que su quijada inferior parecia hundirse dentro la piel. Lleno de pensamientos feroces y llevando un proyecto horrible en la imaginacion andaba con la cabeza baja; y sin haber pronunciado una sola palabra ni removido un solo músculo de su rostro, se encontró frente su casa. Entró sin hacer ruido, subió cautelosamente la escalera, abrió la puerta de su aposento con la misma precaucion, la cerró á doble vuelta, y habiendo colocado una mesa detrás de ella, se acercó á la cama y apartó la cortina.
Nancy que estaba acostada medio vestida, se dispertó sobresaltada.
—Eres tu, Guillermo? —dijo con acento de satisfaccion por verle de regreso.
—Sí; soy yo. —respondió el bandido —levántate!
Habia una vela que ardia esperando á Sikes, éste la arrancó del candelera y la arrojó á la chimenea. La jóven viendo que clareaba ya algo el dia se levantó para apartar las cortinas de la ventana.
—No es necesario —dijo Sikes poniendo el brazo ante ella para impedírselo —veré lo bastante para lo que tengo que hacer.
—Guillermo!.. —esclamó Nancy con voz ahogada por el miedo —Por qué me miras así?..
El ojo estraviado, la respiracion corta y las ventanas de la nariz hinchadas, el bandido la contempló un momento en silencio, luego agarrándola por la cabeza y por el cuello, la arrastró al medio del aposento y le puso la mano sobre la boca despues de haber lanzado una mirada hácia la puerta.
—Guillermo!.. Guillermo!.. —gritó la jóven debatiéndose, con una fuerza que solo puede dar el temor de la muerte —no haré ruido... no gritaré... te lo prometo!.. Escúchame!.. háblame!.. díme lo que te he hecho!
—Ah! infame! sabes tú bien lo que has hecho!.. —repuso Sikes con risa infernal —lo sabes muy bien!.. Te han espiado esta noche... Todas tus palabras han sido oidas!
—Consérvame la vida como he conservado yo la tuya; te lo suplico Guillermo!.. En nombre del cielo perdona mi vida!.. —esclamó Nancy aferrándose á él —Guillermo!.. Querido Guillermo!.. no tendrás corazon para matarme! Ah! piensa en todo lo que he rehusado esta noche por tí!... Reflecsiona un momento y evítate este crímen! No te dejaré; Guillermo!.. no podrás hacer que te suelte... Por el amor de Dios reflecsiona antes de derramar mi sangre... Soy yo quien te lo ruego! yo que tanto te amo!.. Guillermo! siempre te he sido fiel!.. Tan verdad como soy una criatura indigna, te he sido fiel!
El bandido forcejó violentamente para desasirse de ella, pero los brazos de la jóven estaban entrelazados con los suyos de modo que no pudo lograrlo.
—Guillermo —dijo Nancy procurando poner su cabeza sobre el pecho del bandido —aquel anciano caballero y aquella buena señorita me han ofrecido esta noche un asilo, en cualquiera pais estranjero, donde pudiese acabar mis dias en paz; déjame verlos aun otra vez, les pediré de rodillas que te otorguen el mismo favor y si consienten como no lo dudo, dejarémos este lugar horrible, irémos cada uno por su lado á vivir en el retiro, ó procurarémos olvidar la vida espantosa que hemos llevado juntos, sin vernos ya jamás. Nunca es tarde para el arrepentimiento, ellos me lo han dicho, y ahora comprendo que tienen razon... pero es necesario el tiempo... Es necesario tener tiempo Guillermo... un poco de tiempo!..
Sikes habiendo logrado desembarazar un brazo cojió su pistola. La idea de que seria descubierto y arrestado al momento si hacia estrépito se presenta como un relámpago á su alma aun en medio de su furor, y entonces descargó dos ó tres golpes con su culata sobre la frente de la jóven suplicante.
Esta de pronto vaciló y cayó en seguida cuasi cegada por la sangre que manaba de un agujero enorme que le habia hecho en la cabeza; pero volviéndose á levantar sobre sus rodillas si bien con gran dificultad, sacó de su seno un pañuelo blanco (el de Rosa Maylie) y elevándolo entre sus dos manos juntas, tan alto como sus fuerzas le permitieron, murmuró una corta plegaria para implorar la piedad del Señor... Era un espectáculo horroroso. El asesino espantado retrocedió hasta la pared, poniendo la mano ante sus ojos; luego apoderándose de un enorme garrote, descargó un golpe tremendo sobre el cráneo de la jóven y la tendió muerta á sus piés.