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Los Ladrones de Londres

Chapter 50: CAPÍTULO XLVIII.
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About This Book

The narrative follows an orphan boy who endures harsh treatment in institutional care and apprenticeships, then flees to a city where he becomes entangled with a gang that trains children to steal. Kind strangers intermittently offer refuge while criminal figures exploit and endanger him, and a young woman connected to the gang makes a sacrificial attempt to help him escape its reach. Events expose corruption and hypocrisy in social institutions, alternate scenes of violence and compassion, and gradually reveal the boy's true parentage and prospects for a secure future. The work combines social critique with melodrama to examine childhood, poverty, and moral responsibility.

Sikes apoderándose de un enorme garrote, descargo un golpe sobre el cráneo de la jóven, y la tendió muerta á sus piés.

CAPÍTULO XLVI.

MONKS Y MR. BROWNLOW SE ENCUENTRAN AL FIN. —ENTREVISTA QUE TUVIERON JUNTOS, Y DE QUE MODO FUÉ INTERRUMPIDA.

EL dia empezaba á declinar, cuando Mr. Brownlow bajando de un coche de alquiler, llamó á la puerta de su casa. Apenas abrieron, un robusto mozo bajó á su vez y se puso de centinela á un lado del estribo, mientras que otro del mismo calibre saltó ligero del pescante en que se habia colocado al lado del cochero, y se situó frente por frente del primero. A una señal de Mr. Brownlow hicieron salir del fiacre á un tercer individuo que introdujeron en la casa: este individuo no era otro que Monks.

Los tres andaron sin decir palabra, y siguieron á Mr. Brownlow hasta una salita á la puerta de la cual Monks, que habia subido con marcada repugnancia, se paró en seco; y los dos hombres miraron á Mr. Brownlow como para preguntarle lo que debian hacer.

—Sabe la alternativa. —dijo Mr. Brownlow —Si se resiste ó intenta huir llevadlo á fuera y hacedle prender en nombre mio.

—Y con qué derecho obrais de este modo conmigo? —preguntó Monks.

—Jóven; ¿por qué me obligais á ello? —contestó Mr. Brownlow mirándole fijamente —Seriais bastante loco para escaparos? Soltadle!.. —prosiguió dirijiéndose á los dos hombres —Ahora jóven, sois libre de ir á donde querais, y nosotros de seguiros; pero os juro, por lo que hay de mas sagrado que al momento que pongais el pié en la calle os hago prender como falsario y ladron. Mi resolucion es irrevocable!..

Monks murmuró algunas palabras inteligibles, y manifestó irresolucion.

—Os intimo que os decidais al instante! —añadió Mr. Brownlow —Una sola palabra de mi boca, y la alternativa queda perdida para siempre!

Monks titubeó aun.

—Qué decidís?

—No queda otra alternativa?..

—No.

Monks miró al anciano caballero con inquietud; pero no viendo en su fisonomia mas que el sello de la severidad y de la resolucion, dió algunos pasos en la sala encojiéndose de hombros y acabó por sentarse.

—Cerrad la puerta por la parte de afuera —dijo Mr. Brownlow á los dos hombres.

Estos obedecieron y Mr. Brownlow quedó solo con Monks.

—A la verdad caballero, que este es un hermoso proceder por parte de un amigo antiguo de mi padre! —dijo Monks.

Justamente porque era el amigo íntimo de vuestro padre, —repuso Mr. Brownlow —porque la esperanza de mis años juveniles me unia á él puesto que su hermana muerta el dia mismo que debia casarme con ella, me ha dejado solo en la tierra; porque aun niño, se arrodilló conmigo cerca del lecho de muerte de aquel ángel de dulzura y de bondad á quien á Dios plugo arrebatar de este mundo en la flor de su edad; porque despues de aquel momento consagra á vuestro padre una amistad que ni sus tristezas ni sus desgracias pudieron entibiar jamás, y que duró hasta su muerte; porque estos recuerdos del pasado, llevan mi corazon; es por lo que estoy dispuesto á trataros con miramiento.

—Y que tiene mi nombre de comun con lo que vais á decirme?

—Nada respecto á vos, jóven —nada sin duda; pero mucho respecto á mi, y estoy muy contento que hayais tomado otro.

—Todo esto es bello y bueno —dijo Monks con ademan descarado —todo esto es muy hermoso, pero donde quereis ir á parar?

—Teneis un hermano —dijo con calor Mr. Brownlow —un hermano cuyo nombre solo, pronunciado en voz baja á vuestro oido, cuando estaba tras de vos en la calle, ha bastado para obligaros á seguirme, á pesar de la repugnancia que tenias en hacerlo.

—Yo no tengo hermano!.. —replicó Monks —Ignorais sin duda que soy hijo único.

—Escuchad lo que voy á deciros; —continuó Mr. Brownlow— ello no dejará de interesaros. Sé muy bien que sois el solo é indigno fruto de un enlace fatal que el orgullo de familia y el interés sórdido, obligaron á contraer á vuestro padre niño aun.

—Hago poco caso de vuestros epitetos —interrumpió Monks con una sonrisa forzada —Confesais el hecho, y me basta.

—Pero sé tambien cuales fueron los males causados por tan funesta union —prosiguió Mr. Brownlow —Sé, cuan pesada fué para los dos, la cadena que debieron arrastrar en el mundo, á los ojos de este mundo que ningun encanto tenia ya para ellos. Sé que las formalidades glaciales de la etiqueta, fueron reemplazadas por los reproches, que la indiferencia cedió su puesto al desprecio, el desprecio al disgusto, y el disgusto al ódio hasta que al fin no pudiendo sufrirse el uno al otro se vieron obligados á separarse.

—Y bien! se separaron —dijo Monks. ¿Esto qué prueba?

Despues de algun tiempo de separacion —continuó Mr. Brownlow —y cuando vuestra madre lanzada en el torbellino del gran mundo, hubo olvidado completamente al hombre que le habian dado por marido y que era mas jóven que ella, á lo menos de once años; éste, que hasta entonces habia llevado una vida retirada, adquirió nuevas relaciones. Ya sabeis vos esto; estoy seguro.

—No —dijo Monks —Nada sé.

—Vuestro semblante prueba lo contrario. De lo que hablo, hace cerca quince años; vos teniais entonces diez ú once y vuestro padre no mas que treinta porque lo repito, no era mas que un niño cuando su padre le obligó á casarse. ¿Deberé recordar un acontecimiento que por respeto á la memoria de vuestro padre, quisiera pasar en silencio, ó quereis evitarme la pena de ello confesándome la verdad?

—Como nada sé, nada tengo que decir!.. —contestó Monks.

—Entre las nuevas amistades que adquirió vuestro padre —prosiguió Mr. Brownlow —se contaba la de un oficial de marina, viudo desde bacia seis meses y que vivia solo con dos hijos. Habia tenido muchos; pero felizmente habia perdido los otros. Eran dos hijas; la una un ángel de hermosura que en esta época podia tener diez y ocho años, y la otra una niña de dos ó tres años.

—Qué puede importarme esto á mí? —preguntó Monks.

—Ese oficial de marina —añadió Mr. Brownlow sin parecer parar la atencion á la pregunta de Monks —habitaba una casa en ese distrito de la Inglaterra que vuestro padre recorrió en la época de sus desgracias, y en cuya casa fué hospedado. Poco tiempo fué necesario para que se ligaran con una estrecha amistad. Vuestro padre poseia ventajas que poseen pocos hombres; era un hermoso muchacho y abrigaba su corazon franco y generoso como su hermana. Cuanto mas le conoció el anciano oficial mas le amó. Desgraciadamente sucedió lo mismo con su hija... Antes de transcurrir un año estaba ya ligado por medio de un juramento con esta jóven vírgen, víctima de una pasion viva y sincera... de un primer amor en fin.

—Vuestro cuento es de los mas largos —observó Monks mohíno.

—Es, jóven, una relacion, de desgracias, de tristezas y de miserias —replicó Mr. Brownlow —y tales cuentos (como os place llamarlos) son siempre largos. En fin uno de los parientes de vuestro padre (por amor al cual fué sacrificado, como tantos otros) murió; y como si hubiese querido reparar el mal de que habia sido causa, le legó toda su fortuna que era considerable. Vuestro padre tuvo que dirigirse á Roma, donde este pariente habia ido para su salud y donde murió sin haber puesto en arreglo sus asuntos. Fué pues allí y cayó gravemente enfermo. Vuestra madre que lo supo en Paris, donde habitaba entonces, partió al momento con vos para ir á encontrarle. Murió el dia de vuestra llegada sin haber hecho testamento; de suerte, que su fortuna os cabió en reparto á los dos.

A este punto de la relacion Monks prestó oido atento, sin mirar con todo á Mr. Brownlow.

—Antes de embarcarse y al pasar por Londres —prosiguió Mr. Brownlow —mirándole fijamente, vuestro padre vino á verme.

—Jamás he tenido noticia de esto —replicó Monks.

—Si jóven; vino á verme, y me dejó entre otras cosas un retrato pintado por él mismo... el retrato de aquella jóven que no podia llevarse... Estaba agoviado por los remordimientos; se acusaba de haber causado la ruina y la deshonra de una familia, y me confió la intencion que tenia de convertir todos sus bienes en dinero (costarle lo que le costare) y despues de haberos dejado á vos y á vuestra madre una parte de ese dinero, huir á pais estraño. Adiviné bien que no huiria solo... Nada mas me dijo, y me ocultó el rostro... á mi, su amigo antiguo... su amigo de infancia! Prometió escribirme; decírmelo todo y volverme á ver una sola y última vez antes de dejar para siempre la Inglaterra... Ay!.. no debia verle ya mas, y ni aun recibí carta suya. Algun tiempo despues de su muerte —continuó Mr. Bronwlow —fui personalmente al domicilio del padre de la jóven, resuelto, en el caso de que mis temores fueran demasiado fundados á ofrecer asilo y proteccion á una pobre jóven errante que un amor culpable (segun el mundo) habia arrastrado á su pérdida. Hacia ocho dias que habian abandonado el pais. Despues de haber pagado algunas pequeñas deudas, habian partido de noche. Donde, y porque esto es lo que nadie pudo decirme.

Monks pareció encontrarse mas á satisfaccion, y lanzó á su alrededor una mirada triunfante.

—Cuando vuestro hermano —prosiguió Mr. Brownlow acercándose á Monks —pobre y oprimido cayó entre mis manos (no diré por la mayor de las casualidades sino por los cuidados de la providencia) y le salvé del vicio y del oprobio...

—Qué! —esclamó Monks estremeciéndose de sorpresa.

—Si jóven, yo mismo —replicó Mr. Brownlow. Os he dicho que acabaria por interesaros. Sé bien que vuestro ladino compañero no os ha dicho el nombre del que habia amparado al pequeño Oliverio: sin duda tenia para ello sus razones. Cuando pues ese pobre niño fué recibido por mí, y hubo pasado todo el término de su convalescencia, su semejanza perfecta con el retrato de que os he hablado, me llenó de asombro. Mas en el mismo instante en que le ví por la primera vez cubierto de harapos, noté al momento en su fisonomía una espresion lánguida que me recordó los rasgos de una persona que me habia sido muy querida... No tengo necesidad de deciros, que fué cojido otra vez por vuestros asociados antes de saber su historia.

—Por qué no?.. —preguntó vivamente el otro.

—Porque estais muy enterado de ello.

—Yo!

—Es inútil el negar —dijo Mr. Brownlow —Voy á probaro que sé mas de lo que os figurais.

—Nada podeis probar contra mí! —balbuceó Monks —Os desafio á que probeis, que yo figuré en ello para nada!

—Esto es lo que vamos á ver —repuso Mr. Brownlow lanzando á Monks una mirada escudriñadora —Perdí á Oliverio y todo lo que pude hacer para volverlo á encontrar fué inútil. Habiendo muerto vuestra madre, sabia que solo vos podiais aclarar este misterio, y como os hallabais entonces en la India donde de resultas de ciertas fechorías, debisteis refugiaros para evitar aquí cuestiones con la justicia, hice un viaje allí. Hacia algunos meses que habiais regresado á Londres; y tambien regresé. Ninguno de vuestros corresponsales pudo decirme donde habitabais: —ibais, —y veniais —me dijeron —sin residir positivamente en tal ó cual sitio, llevando el mismo género de vida, que antes de vuestra partida para la India. Azoté calles noche y dia con la esperanza de encontraros, y como veis hasta hoy no he podido lograrlo.

—Y aquí me teneis! —dijo Monks con descaro levantándose de su silla. —En fin que me queréis?.. El fraude, y el robo son dos hermosas palabras justificadas (segun vos) por una semejanza imaginaria entre un diablillo y un hombre que no existe desde hace muchos años... Mi hermano!.. Vos ignorais á lo que veo que de aquella union criminal resultan un niño... ni aun esto sabeis!

—Es verdad que lo he ignorado largo tiempo —repuso Monsieur Brownlow levantándose á su vez —pero lo sé todo desde hace quince dias. Teneis un hermano, no lo ignorais, y lo que es mas, le conoceis. Existia un testamento que vuestra madre destruyó. Vos mismo estabais en el secreto y debiais aprovecharos de él despues de su muerte. Este testamento estaba otorgado en favor del niño que probablemente debia nacer de aquella union culpable; ese niño nació, y su semejanza notable con su padre hizo que lo reconocierais cuando la casualidad, lo puso ante vos. Os dirijisteis al lugar de su nacimiento; hicisteis destruir ó mas bien destruisteis vos mismo las pruebas, que podian justificar, de que padres era hijo. Puedo á mas, en caso necesario recordaros vuestras propias palabras —Ya veis, las únicas cosas que hubieran podido servir para probar la identidad de ese niño, están en el fondo del rio; y la vieja Sibila que las recibió de la madre, hace largo tiempo que ha muerto y sus huesos están podridos dentro de su ataud. —Hijo indigno!.. vil!.. falso!.. Vos que os rozais con ladrones y asesinos, y teneis entrevistas con ellos en medio de la noche y en lugares inmundos; vos cuyas tramas y complots, han causado la muerte de tantas personas de vuestra condicion; vos que desde vuestra infancia habeis sido arma de dolor para vuestro desdichado padre, y cuyos escesos en todo género de vicios llevais estampados en vuestro rostro; que con justa razon puede mirarse como el espejo de vuestra alma; vos Eduardo Leeford, me desafiais aun?

—No, no!.. —esclamó Monks aterrado por estas palabras.

—Cada espresion pronunciada entre vos y Fagin (el judío) me es conocida —dijo Mr. Brownlow —Las sombras que vos mismo habeis visto en la pared han retenido vuestros cuchicheos y me los han transmitido. La vista del niño perseguido ha cambiado el vicio en valor y diré mas en virtud. Un asesinato acaba de ser cometido; de este asesinato vos sois autor moral sino realmente...

—No, no! —gritó Monks —Soy inocente de él, os lo juro! Entraba allí para informarme de ello cuando me habeis preso. No conozco su causa; yo la atribuia á otra cosa.

—Esta causa es la revelacion de una parte de vuestros secretos —dijo Mr. Brownlow —Queréis revelar la restante?..

—Sí; sí!..

—Confesar la verdad ante testigos?

—Tambien lo prometo.

—Estaros quieto hasta que yo haya adquirido otras noticias para venir conmigo al sitio que sea necesario.

—Si insisteis sobre este punto consiento tambien —replicó Monks.

—Exijo de vos mas que esto —añadió Mr. Brownlow —Es preciso que hagais una restitucion á vuestro hermano. Aunque ese pobre niño sea el fruto de un amor culpable no por ello es menos vuestro hermano. Sabeis las cláusulas del testamento, ejecutadlas por lo que atañe al pequeño Oliverio, é id luego donde querais.

Mientras que Monks se paseaba arriba y abajo en la sala reflecsionando en las condiciones terminantes que le imponia Monsieur Brownlow, Mr. Losberne entró muy conmovido.

—No puede dejar de ser cojido —esclamó.

—El asesino, queréis decir? preguntó Mr. Brownlow.

—Sí, sí —repuso el doctor —se ha visto á su perro en los alrededores de una casa que frecuenta ordinariamente; su amo está sin duda dentro ó sino entrará en ella probablemente por la noche. La policía está al acecho; he hablado á los hombres encargados de prenderle, y me han asegurado que no puede escapárseles. El gobierno ha hecho publicar una recompensa de cien libras esterlinas al que le pondrá la mano encima.

—Yo daré cincuenta mas —dijo Mr. Brownlow —y haré yo mismo el ofrecimiento en el mismo sitio si me es posible trasladarme á él. Dónde está Mr. Maylie?

—Enrique?.. Luego que os ha sabido en seguridad con este desconocido —respondió el doctor —ha mandado ensillar su caballo y ha ido á ver lo que ocurre.

—Y el judío?

—Aun no habia sido preso cuando me he informado de todo esto —pero pronto lo será.

—Estais bien decidido?.. —dijo Mr. Brownlow al oido de Monks.

—Sí; —respondió éste —¿me prometeis el secreto?

—Permaneced aquí hasta mi vuelta.

Dicho esto Mr. Brownlow salió con Mr. Losberne y cerró la puerta del aposento con llave.

—Cuál es el resultado de vuestra entrevista? preguntó el doctor.

—El que me esperaba y aun mas —respondió Mr. Brownlow —Le he probado que no habia para él ninguna esperanza de salvacion. Hacedme el favor de escribir y dad cita para pasado mañana á las siete.

Los dos amigos se separaron en estremo agitados.

CAPÍTULO XLVII.

SIKES ES PERSEGUIDO —COMO ESCAPA Á LA POLICÍA.

CERCA de ese punto del Támesis en que está situada la iglesia de Rotherhithe existe hoy dia el mas súcio, mas estraño y mas estraordinario de los rincones que hay en Londres; rincon desconocido aun de nombre á la mayor parte de sus habitantes.

En la isla de Jacob, las casas que antiguamente servian de almacenes están sin techos, las paredes arruinadas, las ventanas faltas de marcos, las puertas no se sostienen en nada y amenazan caer en la calle; las chimeneas negras, pero no sale de ellas humo. Hace treinta ó cuarenta años era este un barrio comercial, mientras que ahora no es mas que una isla desierta. Los edificios carecen de propietarios y solo están ocupados por aquellos que tienen el valor de vivir y morir en ellos.

En un aposento superior de una de esas casas se hallaban reunidos tres hombres mirándose unos á otros en silencio; el uno era Tobias Crachit, el otro maese Chitling y el tercero llamado Kags, hombre de cincuenta años, cuyo rostro estaba cubierto de magulladuras y de cicatrices, era un presidario evadido.

—Querido —dijo Tobias dirijiéndose á Chitling —me hubieras dado mucho gusto si te hubieses refugiado en otra parte.

—Vaya una gracia! —añadió Kags —como si no hubiera bastantes casuchas, para venir aquí á comprometernos!..

—Me esperaba por cierto de vosotros una acogida tan lisongera —replicó Chitling con acento desconcertado.

—Crees tu —repuso Tobias —que sea muy grato para un mozo como yo, que vive retirado, todo lo posible, y que se ha sabido conservarse en su casa sin excitar la menor sospecha, recibir de improviso la visita de un particular que por muy amable y aun placentero que sea en el juego de cartas no deja por ello de estar en una posicion equívoca?

—Sobre todo cuando ese mozo hospeda en su casa á un amigo llegado de paises lejanos, mas pronto de lo que se esperaba, y que es á un mismo tiempo demasiado modesto y demasiado circunspecto para presentarse á los jueces á su regreso!.. repuso Kags.

—Cuándo ha sido preso el judío?.. —preguntó Tobias Crachit.

—A las dos de la tarde, justamente en el acto de comer... respondió maese Chitling. Carlota y yo hemos sido muy afortunados en habernos podido escapar por la chimenea de la cocina; en cuanto á Mauricio Bolter, se habia ocultado en el colador que habia tenido ocurrencia de poner boca abajo, pero sus largos remos que salian fuera lo han descubierto y tambien ha sido cojido.

—Y Betsy?

—Pobre Betsy! —dije Chitling con acento lastimero —ha ido allí para ver el cadáver, y la revolucion que esto la ha causado la ha vuelto loca.

—Qué se ha hecho el pequeño Carloto?.. preguntó Kags.

—Está en algun rincon de estos alrededores esperando sin duda que sea de noche para venir aquí —respondió Chitling —ahora ya no puede lardar. No hay que hablar, de ir á otra parte; la tropa sorda ha empezado por echar el guante á todos los que se hallaban en los Tres cojos. Ha sido fortuna para mí encontrarme fuera, de otro modo, hubiera formado cuerda con los otros. La sala del fondo y la de entrada están llenas de langostas os aseguro que hace allí calor!

—Arbitrariedad como ella! dijo Tobias Crachit mordiéndose los lábios. —Hay mas de uno que la saltará en este asunto!

—Los asisses han empezado —dijo Kags —si calientan el negocio, si Bolter suelta el pico á cargo de Fagin (lo que no cabe duda despues de lo que tiene ya dicho) el pobre viejo judío, quedará convencido de complicidad en el asesinato y dentro ocho dias á contar desde hoy la danzará de lo lindo.

—Daba grima oir á la multitud como gritaba tras él!.. dijo Chitling. A no ser la tropa sorda lo hubieran hecho añicos. —Una vez lo han derribado en tierra y estoy seguro que lo hubieran muerto si los langostos no hubiesen al momento formado circulo á su alrededor; pero puede decir que ha escapado de una buena.

Mientras que con los ojos bajos y el oido atento parecian todos abismados en profunda reflecsion, se oyó en la escalera un pataleo y el perro de Sikes entró de un salto en la estancia. Miraron inmediatamente á la ventana; pero no vieron á nadie —bajaron la escalera, nadie; salieron á la calle, nadie.

—Qué significa esto? —dijo Tobias —Acaso se atreveria á venir?.. Espero que no!

—Si hubiese decidido venir aquí le hubiéramos visto tras de su perro!

—De dónde vendrá ese animal? —dijo Tobias —Sin duda habrá estado en las otras casuchas y habiendo visto allí una multitud de personas que no conoce habrá corrido aquí, donde ha venido tantas veces. Pero por qué llega solo?

—Creéis que haya sido destruido?.. preguntó Chitling.

Tobias sacudió la cabeza en señal de duda.

—Si esto fuera —repuso Kags —el perro nos atormentaria para que le acompañáramos, en el sitio. Creo mas bien que habrá pasado en pais estrangero, perdiendo á su perro.

Todos fueron de la opinion del presidario, y el perro encajándose en una silla, se puso á dormir.

Como era ya de noche, cerraron los postigos y pusieron una vela sobre la mesa. Los acontecimientos de los dos dias anteriores habian hecho tal impresion en ellos que se estremecian al menor ruido. Se acercaron el uno al otro y se hablaron en voz baja como si el cadáver de la jóven hubiera estado en el aposento vecino.

Largo rato hacia que permanecian en esta posicion cuando de repente llamaron á la puerta de la calle.

—Es el pequeño Carloto —dijo Kags.

Llamaron de nuevo con golpes redoblados.

—No; no es Carloto!.. el no llama nunca de tal modo.

Tobias Crachit se aventuró á mirar por la ventana, pero se retiró de ella temblando; su palidez decia lo bastante. El perro se puso al momento sobre sus patas y corrió hácia la puerta ladrando.

—Será preciso abrirle —dijo Tobias tomando la vela.

—No hay medio de hacer otra cosa?

—No; es preciso abrirle —replicó Tobias.

—No vayas á dejarnos sin luz —dijo Kags.

Crachit bajó á abrir, y volvió acompañado de un hombre con la cabeza envuelta en un pañuelo. Este hombre no era otro que Sikes. Puso su mano sobre el respaldo de una silla, luego, volviendo la cabeza se estremeció y fué á sentarse en otra silla arrimada á la pared.

—Por qué se halla aquí ese perro?.. preguntó.

—Ha venido solo; hace dos ó tres horas.

—¿Es verdad que el periódico de esa tarde anuncia que Fagin ha sido preso?

—Es verdad.

—Qué el diablo cargue con todos vosotros!.. dijo Sikes pasando la mano por su frente... Ni uno ni otro teneis nada que decirme?

Se miraron unos á otros con aire embarazado; pero ninguno desplegó los lábios.

—Tú que eres aquí el patron, tienes ánsia de venderme, ó me dejarás ocultar hasta que estén hartos de pesquisas.... Ea.... habla!... preguntó Sikes dirijiéndose á Tobias Crachit.

—Puedes quedarte si te erees aquí seguro —respondió este.

Sikes volvió lentamente la cabeza hácia la pared contra la que estaba arrimado de espaldas, y dijo con voz hueca.

—Y á ella... la... han enterrado?

Se contentaron con hacer una señal de cabeza negativa.

—Por qué no la han enterrado?.. Quién llama?..

Tobias Crachit indicó con la mano que nada habia que temer, y habiendo bajado á abrir la puerta, volvió luego seguido de Cárlos Bates.

Este al ver al asesino retrocedió horrorizado.

—Tobias!.. ¿Por qué no haberme dicho esto abajo?

Los otros tres palidecieron á esta pregunta del niño, y Sikes que lo notó procuró acariciarlo.

Cárlos retrocedió tres pasos y puso la mano al pestillo de la puerta como en ademan de salir.

—Carloto! acaso no me reconoces?..

—No os acerqueis á mi monstruo!.. —esclamó Cárlos mirando al asesino con una expresion de terror y espanto.

Sikes se detuvo; sus ojos se encontraron; pero al momento bajó los suyos.

—Notad bien los tres lo que os digo —esclamó Cárlos cerrando los puños é irritándose mas y mas á medida que hablaba —Yo no le temo!.. Si vienen á buscarle aquí; yo mismo le entregaré!.. Os juro que lo haré como lo digo! Puede matarme si quiere ó si se atreve; pero os declaro que lo entregaré á la policía si estoy aquí cuando vengan para prenderle... Aunque tenga que ser quemado vivo lo entregaré!.. Asesino!.. Socorro... favor!.. Al asesino!..

Esto diciendo se abalanzó sobre Sikes que aturdido por sus gritos, y sorprendido de encontrar tanta energía y valor en un niño, se dejó derribar por él antes de tener tiempo de prepararse para la defensa.

La lucha con todo era demasiado desigual para poder prolongarse por mas tiempo. Ya Sikes recobrada la ventaja, oprimia con la rodilla el pecho del niño, cuando Crachit levantándose precipitadamente de su sitio, se precipitó sobre él y tirándole por el brazo le señaló con el dedo la ventana.

Habia una multitud de gente á la puerta de la calle; se hablaba en voz alta; el ruido de los pasos y el de las voces llegaron hasta ellos y los llenaron de espanto. Se daban á la puerta recios y redoblados golpes como para tenderla.

—Socorro!.. Al asesino!.. —gritaba Cárlos.

—En nombre de la ley abrid!.. —clamaban á sus vez las personas de afuera.

—Hundid la puerta!.. —repetia Cárlos. —No os abrirán —Venid en derechura al aposento en que veis luz... aquí está el asesino.

—Las puertas y los cerrojos empezaban á ceder á los esfuerzos de los acometidores, y los gritos de alegría de la multitud dieron á Sikes una idea justa del peligro que corria.

—No teneis un sitio dónde pueda encerrar á este infernal vocinglero?.. preguntó, buscando por el aposento.

Habiendo encontrado la puerta de un pequeño gabinete, la abrió y encerró dentro al niño.

—Ahora —dijo —la puerta de abajo está bien cerrada?

—Con llave y cerrojos —contestó Tobias.

—Los tableros son sólidos?..

—Forrados de hierro.

—Y los postigos?..

—Los postigos tambien.

—Que mil truenos te confunda!.. esclamó el asesino abriendo la ventana y desafiando á la muchedumbre.

—A tal desafio el populacho desenfrenado prorumpió en chiflas; los unos gritaban á los que estaban mas cerca que pusieran fuego á la casa, los otros instaban á los agentes de policía para que tiráran sobre él; pero entre los mas encarnizados estaba un caballero á caballo, que habiendo logrado abrirse paso entre la multitud, gritaba bajo las ventanas de la casa «Veinte guineas al que traiga una escala

—Van á invadir el edificio!.. —esclamó el asesino mirando por la ventana —Dadme una cuerda! una cuerda larga con cuya ayuda pueda deslizarme en el foso y luego poner piés en polvorosa.

—Tobias le señaló con el dedo donde se encontraban esos objetos, y el asesino habiendo escogido entre muchas cuerdas la mas larga y la mas récia, subió precipitadamente al desvan.

Todas las ventanas que caian al detrás de la casa, y tenian de consiguiente vista al foso habian sido aparedadas desde largo tiempo, escepto sin embargo una pequeña abertura, situada en el cuartito en que estaba encerrado Cárlos y la que era tan estrecha que no podia pasar por ella la cabeza. Desde esta abertura no cesaba de gritar á la gente de fuera que se dirijiera á este punto; de modo que cuando el asesino se presentó al borde del techo para mirar á sus piés, una muchedumbre de voces dieron aviso á los que estaban á la parte de delante de la casa y estos se dirijieron en masa, hacia el foso.

Despues de haber atrancado la puerta del desvan con un trozo de madera que habia tomado al efecto, salió por la lumbrera, y trepó sobré el tejado.

Miró aun otra vez bajo de él; el foso estaba seco.

—Cincuenta libras esterlinas al que lo coja vivo!.. —esclamó un caballero anciano cerca de allí. —Cincuenta libras al que lo coja vivo!.. Permaneceré aquí hasta que venga á buscarlas.

Reuniendo todas sus fuerzas y toda su energía á la vista del peligro, y estimulado por el ruido, que se hacia en el interior de la casa cuya puerta al fin habia sido derribada, pasó un cabo de su cuerda al rededor del cañon de una chimenea, y lo ató sólidamente en él; luego con la ayuda de sus manos, hizo en un santiamen, un nudo corredizo con el otro cabo. De este modo podia por medio de la cuerda, dejarse caer hasta algunos palmos del suelo y cortar en seguida la cuerda con el cuchillo que tenia abierto en su mano.

En el instante que tenia el nudo corredizo sobre su cabeza para pasarlo bajo su brazo, y cuando el viejo caballero en cuestion —el mismo que habia prometido cincuenta libras esterlinas al que prendiera el asesino, advertia á los que tenia al lado de los designios de éste —Sikes miró tras sí y cubriéndose el rostro con sus dos manos lanzó un grito de terror!

—Ah!.. Todavia esos ojos infernales! —clamó!..

Vacilando como si hubiese sido herido de un rayo, perdió el equilibrio y cayó de espaldas de la altura de treinta y cinco piés con el nudo corredizo pasado alrededor de su cuello. La cuerda se habia puesto tirante como la de una ballesta, y su efecto fué tan instantáneo, como la flecha que ella dispara. Tuvo lugar una horrible sacudida, luego un movimiento convulsivo del cuerpo, y el asesino quedó colgado, teniendo fuertemente oprimido en su mano el cuchillo abierto.

La antigua chimenea fué conmovida, pero con todo resistió; el cadáver del bandido, estaba arrimado á la pared.

Un perro, que no se habia visto hasta entonces se puso á correr á derecha é izquierda por el borde del tejado y dando un ahullido espantoso, saltó de repente sobre las espaldas del colgado. Habiendo faltado el golpe, cayó en el foso, de cabeza contra una piedra y se rompió el cráneo.

Muerte de Sikes.

CAPÍTULO XLVIII.

ACLARACION DE MAS DE UN MISTERIO —PROPUESTA DE MATRIMONIO SIN DOTE Y SIN ARRAS.

DOS dias despues de haber tenido lugar los acontecimientos que hemos leido en el capítulo anterior, y cerca las tres de la tarde, Oliverio se encontró dentro una silla de posta en compañía de la Señora Maylie, de Rosa, de la señora Bedwin y del buen doctor, en direccion á su ciudad natal; dentro otra silla y un poco atrás venian Mr. Brownlow, y un individuo cuyo nombre ignoraban.

A medida que se acercaban á la ciudad le fué imposible á Oliverio dominar su emocion.

Bajaron á la puerta de una de las posadas mas hermosas, y fueron recibidos por Mr. Grimwig que

los estaba esperando, y los abrazó á todos al bajar del carruaje.

En fin cuando dieron las nueve de la noche, Mr. Losberne y Mr. Grimwig entraron seguidos de Mr. Brownlow y de un forastero, á la vista del cual Oliverio lanzó una esclamacion de sorpresa, porque se le dijo que era su hermano, y le reconoció por el mismo sugeto, que habia encontrado al salir de la aldea donde habia ido á llevar una carta de la Señora Maylie y que viera tambien con Fagin á la ventana de su pequeño gabinete de estudio.

—Acabamos ya! —dijo el forastero volviéndose agitado.

—Este niño es vuestro hermano —dijo Mr. Brownlow atrayendo á si Oliverio. —Es el hijo natural de mi mejor amigo Ricardo Leefort vuestro padre, y de la jóven y desdichada Inés Fleming.

—Sí; —replicó Monks —es el fruto ilegítimo de su comercio criminal; es en fin su bastardo. Habiendo mí padre caido enfermo de gravedad en Roma, donde fuera para asuntos, como sabeis, mi madre que desde largo tiempo estaba separada de él y que residia en París en aquella época, se dirijió al momento conmigo á su lado para su interés propio. El nada supo, porque cuando llegamos habia perdido el conocimiento y permaneció en este estado hasta la mañana siguiente en que murió. Entre sus papeles habia un paquete, bajo carpeta, el cual estaba fechado del primer dia de su enfermedad y dirijido á vos con encargo espreso escrito de su puño al reverso de la carpeta, de no remitirlo hasta despues de su muerte. Este paquete encerraba una carta asáz insignificante para Inés Fleming y tambien un testamento á favor de esa jóven.

—¿Qué contenía esa carta?.. preguntó Mr. Brownlow.

—La confesion de su falta, y votos de prosperidad para la jóven —respondió Monks —nada mas. En aquel entonces ella se hallaba en cinta de algunos meses. Le decia en aquella carta lo que habia hecho para ocultar su deshonra; y la suplicaba, que en el caso de morir, no maldijera su memoria ni creyera que su hijo ni ella debiesen ser víctimas de su falta, porque solo él era la causa de todo el mal. Le recordaba el dia en que le habia dado el medallon y el anillo, sobre el que habia hecho grabar su nombre de pila; reservándose unir á él el suyo que esperaba hacerle llevar algun dia. Le recomendaba que guardase cuidadosamente aquel medallon y lo llevára sobre su pecho como antes.

—En cuanto al testamento —dija Mr. Brownlow —yo me encargo de manifestaros su contenido. Estaba dictado por el mismo espíritu de la carta. Vuestro padre se lamentaba en él de los disgustos que su esposa le habia causado; os dejaba á vos y á vuestra madre, para cada uno una pension vitalicia de ochocientas libras. El resto de sus bienes estaba dividido en dos partes iguales, la una para Inés Fleming, la otra para el niño que debia dar á luz, en el caso que naciera y llegára á la mayor edad. Si era una niña, debia disfrutar de su parte sin restriccion alguna; pero si al contrario era un muchacho, no podia recoger esta herencia, sino con condicion de que durante su menor edad, no deshonraria jamás su nombre por cualquiera acto de bajeza ó de felonia. En caso contrario el dinero debia ser vuestro.

—Mi madre —dijo á su vez Monks levantando mas la voz —hizo, todo lo que otra mujer en su lugar hubiera hecho: quemó el testamento. La carta, no llegó nunca á donde iba dirijida; pero quedó en manos de mi madre, junto con otras pruebas para el caso en que la jóven Inés osára negar su deshonra. El padre de esa jóven supo toda la verdad por boca de mi madre. Agobiado de dolor, aquel bravo militar huyó con sus hijas á una aldea retirada del pais de Gales y cambió de nombre á fin de que sus amigos no supiesen el lugar de su retiro. Despues de algunos meses de estancia en aquel sitio, se le encontró muerto en su cama. Habiendo abandonado su hija el pais quince dias antes, habia recorrido todos los alrededores á pié andando noche y dia para buscarla.

—Algunos años despues, la madre de Eduardo Leedfort aqui presente vino á encontrarme —interrumpió Mr. Brownlow —Esta mujer padecia una enfermedad incurable, que la iba llevando lentamente hácia la tumba.

—Ella murió al cabo de algunos meses —repuso Monks —despues de haberme revelado todos sus secretos, y de haberme legado el ódio que tenia á esa Inés. Jamás quiso creer que esa jóven hubiese destruido el fruto de su vientre, sino que muy al contrario pensó que sin duda habia parido. Juré la pérdida de ese niño, si alguna vez la casualidad me hacia encontrarlo. Mi madre no se habia engañado; tuve la ocasion de verle, y su semejanza con mi padre me hizo adivinar que era él. Sostuve fielmente mi promesa; habia ya empezado, con el mejor écsito... Ojalá hubiese concluido del mismo modo!.. y sino hubiese sido, vendido por una maldita prostituta...

—¿El medallon y el anillo?.. preguntó Mr. Brownlow dirijiéndose á Monks.

—Los compré á esas personas de que os he hablado —respondió éste.

Mr. Brownlow hizo una señal á Mr. Grimwig quien salió y volvió incontinenti acompañado de los esposos Bumble.

—No me engañan mis ojos!.. —esclamó Mr. Bumble con un entusiasmo afectado. —Si; si es el pequeño Oliverio!..

—Callaos viejo loco! —dijo en voz baja la señora Bumble.

—No puedo dominarme señora Bumble. Yo que lo he educado de una manera completamente parroquial; ¿cuándo le veo rodeado de señoras y caballeros de alto rango no puedo ser sorprendido superlativamente?.. Tengo siempre tanto amor á ese niño, como si fuera mi... mi... mi abuelo! —dijo Mr. Bumble buscando en su caletre una justa comparacion.. Pobre Oliverito!..

—Ea!.. —interrumpió Mr. Grimwig —Tregua á los sentimientos!

—Voy á hacer lo posible para contenerme —replicó Monsieur Bumble —¿Cómo vá de salud Caballero?..

Esta cortesia amistosa iba dirijida á Mr. Brownlow, que acercándose á la respetable pareja, preguntó señalando con el dedo á Monks:

—Conoceis á ese caballero?..

—No —contestó con sequedad la señora Bumble.

—Con qué no le conoceis?..

—En mi vida lo he visto —replicó Mr. Bumble.

—Ni le habeis vendido nunca cosa alguna?

—No nunca —respondió la señora.

—Ni habeis tenido en poder vuestro cierto medallon y cierto anillo, no es así?..

—No ciertamente.

Mr. Brownlow hizo una nueva señel á Mr. Grimwig que desapareció gallardamente, y volvió á aparecer del mismo talante, acompañado esta vez de dos viejas medio paralíticas, que le seguian con paso vacilante.

—Tuvisteis buen cuidado de cerrar la puerta, la noche en que murió la vieja Sally —dijo una de las dos mujeres levantando su mano trémula —pero no por esto nosotras hemos oido menos vuestra conversacion, al través de la rendija de la puerta.

—Ah! ah!.. no os esperabais esto hé?.. —dijo la otra.

—Mirábamos por el ojo de la llave, y hemos visto como le tomabais un papel que tenia en la mano!.. —repuso la primera —Y á la mañana siguiente os espiábamos cuando fuisteis al Monte-Pio.

—Y nosotras sabemos mas que vos en este asunto —añadió la segunda —porque la vieja Sally nos repetia amenudo que aquella jóven habia dicho que sintiendo que no podria soportar sus infortunios... se dirijia á Roma (cuando los primeros dolores del parto la obligaron á detenerse aquí) resuelta á dejarse morir allí sobre la tumba de su amante.

—Deseais ver el administrador del Monte-Pio?.. preguntó Mr. Grimwig dirijiéndose á la puerta.

—No hay de que —respondió la matrona. —Puesto que el caballero ha sido bastante infame para confesar, y vosotros habeis sabido arrancar los gusanos de la nariz de esas viejas brujas, nada mas tengo que decir.

—No —repuso Mr. Brownlow. —Podeis retiraros.

—Espero —dijo Mr. Bumble mirando con aire lastimero á su alrededor —espero que esta desagradable circunstancia, que nada puede ser en si misma, no me privará de mi cargo parroquial?

—Desengañaos! —contestó Mr. Brownlow. —Así debeis esperarlo.

—Os juro que yo no entro para nada en ello! —replicó Monsieur Bumble; despues de haberse asegurado de que la matrona habia salido de la sala.

Esto no es una escusa; vos sois á los ojos de la ley mas culpable que vuestra esposa; porque es razonable suponer que ella ha obrado segun vuestras órdenes.

—Si la ley se mete en semejantes suposiciones —dijo Monsieur Bumble apretando fuertemente el sombrero entre sus manos. —La ley es una necia... La ley no es mas que una vieja solterona... Si fuera casada pensaria de modo muy diferente.

Despues de haber pronunciado estas palabras con tono enfático, hundió el sombrero en su cabeza, metió las manos en las faltriqueras del redingote y se retiró.

—Vos bella señorita dadme vuestra mano —dijo Mr. Brownlow, volviéndose á Rosa. —No tembleis así!.. nada teneis que temer por las pocas palabras que quedan para decir.

—Si se refieren á mi (á pesar de que ignoro en lo que pueden concernirme) —dijo Rosa —dispensadme hoy de oirlas; en este momento no tengo para ello fuerza ni valor.

—Teneis mas firmeza de la que creeis!.. —repuso Monsieur Brownlow, tomándola por el brazo —¿Conoceis á esta señorita?.. —continuó dirijiéndose á Monks.

—Si.

—Jamás os he visto antes de ahora —dijo Rosa con voz débil.

—Pero yo os he visto amenudo! —contestó Monks.

—El padre de la infortunada Inés tenia dos hijas —prosiguió Mr. Brownlow ¿Qué se ha hecho la mas jóven?...

—Cuando murió su padre bajo nombre supuesto sin dejar papel alguno, que pudiera darla á conocer á sus amigos —replicó Monks —la mas jóven, que no era mas que una niña, fué adoptada por unos pobres aldeanos que la criaron como hija suya.

—Proseguid —dijo Mr. Brownlow haciendo señal á la Señora Maylie de que se acercára.

—Vos no pudisteis saber el sitio en que se habia retirado aquel hombre; pero allí donde fracasa la amistad, amenudo el ódio triunfa: mi madre acabó por descubrir la niña despues de un año de pesquisas.

—Y se apoderó de ella, no es cierto?..

—No. Aquellos honrados labriegos eran muy pobres, y tal accion de humanidad les puso aun mas sobre aviso. El hombre acabó por caer enfermo; lo que visto por mi madre les dejó la niña; remitiéndoles una módica suma de dinero que no debia durar mucho tiempo, y prometiéndoles otra mayor que no tenia la intencion de enviarles. Viendo que su estado de miseria no era motivo suficiente para indisponerles contra aquella niña, les contó á su modo la historia de la hermana; diciéndoles que si no ponian mucho cuidado, la muchacha que mantenian, de seguro llegaria á ser como ella; porque procedia de padres sin principios, y era hija ilegítima. Aquellas buenas gentes dieron crédito á todo lo que les dijo mi madre y la niña arrastró una existencia miserable hasta que una señora viuda que habitaba en Chertsey habiéndola visto casualmente, tuvo compasion de ella y la adoptó. Es necesario que exista un destino contrario á nosotros, porque á pesar de todos nuestros esfuerzos, permanecia en casa de aquella señora y fué feliz. Hace dos ó tres años que la habia perdido de vista, y no volvia á verla hasta hace algunos meses.

—La veis ahora?..

—Si, apoyada en vuestro brazo.

—Pero por eso no es menos mi sobrina —esclamó la señora Maylie estrechando la jóven sobre su corazon —no es menos mi querida niña. No quisiera perderla ahora por todos los tesoros del mundo. Mi dulce compañera!.. Mi hija de adopcion!.. Mis mas caras esperanzas!..

—Vos sois la única amiga que tengo en el mundo! —esclamó Rosa pasando sus brazos alrededor del cuello de la señora. —Vos fuisteis para mi la mejor de las amigas, la mas tierna de las madres.

—Tranquilizaos ángel mio! —dijo la Señora Maylie abrazándola con la mayor ternura —y acordaos que hay otros á quienes sois tambien querida.

—Rosa, amada Rosa! —clamó Oliverio —fuisteis para mi una buena hermana, quiere consideraros en adelante no como una tia sino como una hermana idolatrada!..

Permanecieron solos por mucho tiempo. Un golpe ligero en la puerta del aposento anunció que alguien deseaba entrar. Oliverio corrió á abrir, y apartóse al momento para dar paso á Enrique Maylie.

—Lo sé todo! —dijo sentándose al lado de la jóven —No es la casualidad la que me conduce á este sitio —añadió despues de un silencio prolongado —y solo desde ayer sé todo lo que os concierne. Sin duda no ignorais que he venido para recordaros vuestra promesa.

—Un memento —dijo Rosa ¿Lo sabeis todo?..

—Ah!.. Rosa, sois para mi asaz cruel!..

—Oh!.. Enrique!.. Enrique!.. —continuó Rosa prorumpiendo en llanto —quisiera hacer lo contrario y evitarme estos dolores!..

—Pues bien; entonces reflecsionad sobro lo que habeis sabido esta noche.

—Y qué he sabido Dios mio!.. —que el sentimiento de su deshonra ha obrado con tal fuerza sobre mi desdichado padre, que no ha podido soportar su desgracia...

—No; —replicó el jóven reteniendo á Rosa por el brazo cuando iba á retirarse. —Mis deseos, mi porvenir, todo en fin menos mi amor á vos, ha esperimentado un cambio. Al presente no os ofrezco ya un rango distinguido en el mundo; donde ciertas preocupaciones hacen ruborizar á la misma inocencia...

—Qué queréis decir?.. esclamó Rosa con voz entrecortada...

—Digo —prosiguió Enrique —que en una de los condados mas bellos de la Inglaterra, en medio de risueñas colinas y verdes praderas, existe una pequeña iglesia de aldea que me pertenece, Rosa, y de la que soy el pastor; cerca de esta iglesia está el presbiterio, habitacion rústica que vos embelleceréis con vuestra presencia, y que me haréis preferir mil veces á todas las dignidades á que he renunciado: tal es el rango que ocupo en el mundo, y que tendré una felicidad inmensa en compartir con vos...