CANTO SÉPTIMO
Ya se veían llegados a la tierra,
tan deseada, de la clara Aurora,
que entre las aguas Índicas se encierra
y Ganges, que en celeste suelo mora.
Ora, sus, gente fuerte, que en la guerra
queréis llevar la palma vencedora:
ya sois llegados, ya tenéis delante
la tierra de oro y piedras abundante.
¡Oh vosotros, del Luso estirpe clara,
que tan pequeña parte sois del mundo,
del mundo, mas ¿qué digo?, de la rara
partícula que cerca el mar profundo!
Vos a quien ni la muerte sujetara,
ni estorbó a conquistar el pueblo inmundo
la ambición, ni codicia, ni obediencia,
a la que está en el cielo por esencia:
Portugueses, tan pocos como fuertes,
que al flaco poder vuestro no mirando,
a costa vais de vuestras tristes muertes
la ley de vida eterna dilatando:
echadas son del cielo ya las suertes,
que por más que os veáis ir apocando,
por vos se ensalzará la ley más alta,
que Cristo a la humildad pequeña exalta.
Ved de Alemania el pérfido ganado,
que por tan largos campos se apacienta,
del sucesor de Pedro rebelado,
nuevo pastor y secta nueva inventa.
Miradlo en fieras guerras ocupado,
que aun con el ciego error no se contenta,
no contra el soberbísimo otomano,
mas por salir del yugo soberano.
Ved el falsario inglés, que se intitula
rey de Jerusalén, ciudad sagrada
que el turco feroz tiene, abate, anula,
y él conserva la honra no ganada:
mirad cómo a su carne blanda adula,
que nueva cristiandad tiene inventada,
su espada contra el Papa descargando,
no contra quien tiene su tierra en mando.
En tanto un falso rey le tiene en guarda
la Jerusalén clara de este suelo,
en cuanto la ley santa el rey no guarda
de la Jerusalén sacra del cielo.
Pues a ti, Galo indigno, ¿qué te aguarda?
Que el nombre cristianísimo y el celo
tomaste, no en defensa ni a guardarlo,
mas para ser ayuda al derribarlo.