La joven le hizo un gesto con la mano para que se sentase, sin dejar de reir.
—¿Qué tienes, Soledad?... ¡No rías, por Dios, de ese modo!
La tabernera dejó caer la cabeza sobre el mostrador, ocultándola entre sus manos, y así permaneció algún tiempo sacudida por incesantes carcajadas. Poco á poco estas sacudidas fueron siendo menos vivas, hasta que cesaron por completo. Al cabo alzó su rostro enteramente bañado de lágrimas, y dijo sonriendo:
—¡Qué tonta soy! ¿verdad, Manolo?
—¿Te has puesto mala?—preguntó él con ansiedad.
—No, ya estoy bien.
Y levantándose tomó de la estantería un frasco de azahar, vertió con mano temblorosa una cucharada y la tragó. Después se enjugó el rostro cuidadosamente con el pañuelo y volvió á sentarse.
—Vamos á ver, ¿qué ha sido?—le preguntó cariñosamente el joven.
Soledad guardó silencio. Él insistió con palabras cada vez más vivas y cariñosas. Al fin la tabernera profirió en voz baja y concentrada:
—Todo se lo he perdonado... ¡todo!... Pero lo que está haciendo ahora ni yo se lo perdono ni se lo perdonará Dios.
Y al pronunciar las últimas palabras se le anudó la garganta y estalló en sollozos. Uceda la dejó llorar un rato en silencio.
—Que haga de mí lo que quiera—prosiguió cuando se hubo calmado...—Que me haga su criada... Después de todo, ya lo soy... Pero refregarme los ojos con otras mujeres... eso no debía hacerlo, ¿no te parece?... Porque yo no le he dado motivo hasta ahora para tratarme así, bien lo sabe Dios... Desde que estoy con él no he mirado á ningún otro hombre... ¡que se me quiebren las manos y se me salten los ojos si no digo la verdad!... No he ido un día siquiera á Puerta de Tierra, ni á los toros, ni he puesto los pies fuera de casa más que cuando él me ha llevado á la plaza de Mina por la noche ó los domingos por la mañana á la del Mercado. Miro por sus intereses como si fuesen míos... mucho más que si fuesen míos... ¿Por qué se goza en hacerme padecer?... En cuanto hay mujeres delante me trata con un despego y un despotismo como no se trata á una negra... Y les dice requiebros, y retoza con ellas... y si me presento en el cuarto me pregunta con desprecio: «¿Qué hace usted ahí? ¿A qué viene usted aquí?» Hasta que me echa, y esas perdidas se quedan riendo de mí... Ahora le da por una que llaman Mercedes la Cardenala. Se pasa las tardes en su casa, ahí en las Barquillas de Lope, y se pasea con ella por el Perejil... De todo me han informado...
—¡Eso, más que maldad, es una estupidez!—exclamó Manolo, á quien le parecía monstruoso que Soledad pudiera ser pospuesta á otra mujer cualquiera de este mundo.
—Pues no se ha contentado con esto... Era necesario que me la pusiese delante de los ojos... Hace un rato pasó por aquí con ella en coche. Y para que yo no dudase que era él, el malvado, al cruzar por delante de la puerta, sacó la cabeza.
—¿Pero iban solos?
—¡No! Iba una hermana de ella y otras tres personas!... ¡Si me han dicho que se casan!... ¡Vaya si se casarán!... Como que es rica... Su padre tiene no sé cuántas tiendas... ¡Y yo no soy más que una pobrecita huérfana!
Al llegar aquí rompió á sollozar de nuevo. Manolo hizo lo posible por calmarla con reflexiones consoladoras. Velázquez tenía buen fondo y la quería. No era posible que por un capricho momentáneo la abandonase, deshiciese un lazo que era sagrado por las circunstancias en que se había contraído. Le gustaba que nadie contrariara su voluntad; pero por lo mismo no se casaría á un dos por tres con cualquier mujer, sino con una que tuviera bien probada, que le estuviese enteramente sometida... como ella.
¡No lo sabía bien el pobre Manolo! Soledad le había dado cuenta de la última etapa de sus agravios, que era, después de todo, la más dolorosa para ella, pero no del proceder brutal que venía usando. Desde el día en que la golpeó por causa de su hermano, Velázquez soltó las riendas á su temperamento altivo y caprichoso. La pobre muchacha no sabía cómo darle gusto. Por el asunto más baladí armaba una reyerta, se enfurecía y concluía por maltratarla. Soledad se encerraba en su cuarto, lloraba un rato y volvía al cabo á él más sumisa y más enamorada que antes. Fuerza es declarar que el guapo no solía excederse en estos castigos, como otros: ni la hería ni la dejaba casi nunca señales ó cicatrices. Más que por hacerla daño, la pegaba para satisfacer su orgullo; quizá hallando también cierta voluptuosidad en ello. De todos modos, no dejaba de ser curioso y extraño ver á aquella mujer, alta, fornida y arrogante, sufrir con resignación los golpes de un sujeto tan exiguo. Porque Velázquez era valiente, y lo había demostrado en varias ocasiones; pero siempre con la navaja. Luchando á brazo partido, con sus propias fuerzas, es casi seguro que Soledad hubiera dado buena cuenta de él.
—No; conmigo no se casará jamás, no habiéndolo hecho ya... Ya no me quiere...
—Son aprensiones tuyas. Velázquez te quiere, y tarde ó temprano se casará contigo.
Decía esto para consolarla, pero sin creerlo. Al pronunciar tales palabras no pudo reprimir un movimiento de alegría que se le traslució en la voz. Ó porque Soledad lo notase ó, lo que es más probable, porque le saliese del alma en aquel momento, replicó limpiándose las lágrimas:
—Es igual... De todos modos yo no seré de nadie más que de él en este mundo.
Y murió repentinamente la alegría en nuestro mancebo, como una chispa de fuego cuando cae en el agua. Quedó silencioso y sombrío largo rato. Soledad, rumiando con desesperación sus celos, tampoco hablaba. Al cabo profirió en voz baja:
—¡Daría la mitad de la vida por sorprenderlos, por decir á esa sinvergüenza cuatro verdades!
Manolo siguió silencioso.
—Oye, querido—tornó á decir con resolución al cabo de un rato.—Me voy en busca de ellos. ¿Quieres hacerme el favor de acompañarme?
Una ola de vergüenza subió á las mejillas del caballero de Medina.
—¿Yo?... ¿Qué dices?...
—No te apures, hijo—manifestó la joven observando su turbación.—Te lo he pedido porque, como dudo que Velázquez me defienda, es fácil que entre todos ellos me maten. Pero si te parece mal, no he dicho nada... Tan amigos como antes.
Al mismo tiempo se levantó é hizo ademán de subir á su casa. Manolo la detuvo, cogiéndola por la ropa.
—Aguárdate un instante, criatura...
Con palabras sensatas le hizo presente lo desatinado de aquel paso, le expuso todos sus inconvenientes y peligros. Soledad no quiso escucharle. Acudió luego á las súplicas, á los halagos, y obtuvo el mismo resultado. Una vez más tuvo ocasión de convencerse de la terquedad nativa de aquella mujer. Al fin la dejó marchar.
Estaba cerrando la noche. La tienda se poblaba de sombras que luchaban con la escasa claridad que aún entraba por la puerta. Uceda metió la cabeza entre las manos y quedó meditando. Indudablemente, lo que había dicho Soledad tenía muchos visos de verosimilitud. Velázquez, irritado por la osadía de su querida, era muy capaz de dejar que la maltratasen, si es que él mismo no se arrojaba á hacerlo. ¡Pobre Soledad! Aquel funesto amor la había enloquecido y sería la causa de su ruina completa. Cuando la vió aparecer de nuevo con un mantón sobre los hombros y pañuelo de seda á la cabeza sintió tanta compasión que le dijo, alzándose de la silla:
—Vamos, niña... vamos donde tú quieras.
—Gracias, Manolo—replicó la joven con voz temblorosa.—Salte fuera y aguárdame en la esquina. Necesito que venga Joselillo... pero no tardará.
Salió de la tienda Uceda y necesitó esperarla cerca de media hora paseando por la muralla. Al fin llegó y echaron á andar emparejados.
Era ya noche completa: los faroles de la ciudad estaban encendidos. El mar rugía sordamente, batiendo su recinto amurallado.
—Y cuando venga la gente de la reunión ¿qué les dirá el chico?—preguntó Manolo.
—Que me dolía la cabeza y estoy en mi cuarto durmiendo.
Caminaron en silencio algunos minutos.
—Pero ¿dónde vamos?—dijo al fin Uceda parándose.
Soledad tardó en responder. Al cabo dijo con acento de vacilación:
—Si han venido ya de Puerta de Tierra, deben de estar en la tienda de Crisanto. Velázquez suele parar allí muy á menudo.
La tienda de Crisanto estaba en la calle de Pedro Conde, muy cerca de los muelles. Para ir á ella era necesario dar la vuelta á la ciudad, ó atravesarla por el medio. Soledad optó por lo primero. Siguieron la curva de la muralla ciñendo la ensenada de la Caleta y, dejando á un lado las Barquillas de Lope, donde habitaba la aborrecida rival, continuaron por el paseo del Perejil, y después de bastante andar llegaron á los baños del Carmen. Ni uno ni otro habían despegado los labios. Manolo iba avergonzado y pesaroso, temiendo las consecuencias que de aquel paso precipitado podían resultar. Soledad, emboscada en sus pensamientos sombríos, sin atender más que al egoísmo de su pasión, ni miraba á su compañero ni se daba cuenta siquiera de que iba á su lado.
Era una noche desapacible de invierno. El cielo estaba nublado. El viento soplaba recio, haciendo rodar sobre la negra superficie del mar enormes olas que venían á estrellarse con fragor sobre la muralla. Cádiz, la más bella ciudad de la Bética, enclavada dentro del Océano, apoyándose en la tierra solamente por un brazo estrechísimo, vivía feliz y tranquila en las fauces del monstruo. El bullicio de sus calles llegaba á los oídos de nuestros jóvenes. De todas las puertas y ventanas salían rayos de luz y de algunas también las notas dulces de la guitarra, el chasquido de los palillos y el canto vibrante, apasionado, de alguna copla. Ya podían las olas batir como bestias feroces sus murallas, rugiendo amenazas de muerte toda la noche. Nadie escuchaba sus gritos; nadie se asomaba siquiera á ver sus esperezos titánicos.
Uceda y Soledad huían instintivamente la luz. En vez de acercarse á las casas, seguían el pretil de la muralla donde se amontonaban las sombras. Desde los baños del Carmen no tomaron por una de las calles trasversales para salir á los muelles, sino que continuaron distraídamente á la orilla del mar hasta la punta de San Felipe. Los clamores del Océano eran allí más sonoros y profundos. Las olas rompían en el baluarte con estrépito y muchas veces saltaban por encima del muro y mojaban el suelo. Los jóvenes se detuvieron fascinados por aquel imponente espectáculo: quedaron inmóviles frente á la hirviente llanura, olvidando en un punto sus penas. Al cabo Soledad profirió:
—¡Qué tiempo tan duro!... Ayer tenía cerco la luna.
Uceda guardó silencio. Largo rato permanecieron junto al pretil contemplando la agitación tumultuosa de las aguas. Poco á poco sus ojos se fueron acostumbrando á la oscuridad. La inmensa superficie del Océano se desplegó ante ellos erizada de crestas amenazadoras. Soledad concluyó por sentirse aterrada, como si estuviera en medio de ellas sin pisar tierra firme. Sin darse cuenta de ello se fué colocando poco á poco detrás de su amigo.
—¿Qué es eso?—dijo éste volviéndose.—¿Tienes miedo? ¡Qué harán entonces aquellos que van por allí!
Y señaló con la mano un punto que apenas se divisaba en el horizonte.
—¿Un barco?—preguntó la joven con ansiedad.
—Sí.
—¡Pobrecitos!
Y añadió al cabo de un instante:
—Pidamos á Dios, Manolo, que los saque de esta noche en paz... Padre nuestro que estás en los cielos...
El caballero de Medina respondió á la oración quitándose el sombrero. Mientras murmuraba el Padre nuestro, su pensamiento cantaba alabanzas á Soledad, «¡Tiene un corazón excelente! El día que adquiera juicio será una mujer adorable.»
Apartáronse del pretil, doblaron la punta de la batería y entraron en los muelles.
—¿Sabes una cosa que estoy pensando, Soledad?
—¿Qué?
—Que si por casualidad tropezásemos en este momento con Velázquez ó con algún amigo que se lo fuese á contar, podría imaginarse cualquier cosa y tendrías un grave disgusto...
—No lo creas. Velázquez nunca ha tenido celos de ti—se apresuró á decir la joven con increíble aturdimiento.
Uceda, en la oscuridad, se puso encarnado hasta las orejas.
—Es decir, no tiene celos de ti, como no los tiene de nadie... Porque él es así... ¿sabes?—añadió después de hacerse cargo de su indiscreción.
—¡Es natural!... Está muy por encina de todos los demás—manifestó el joven con acento sarcástico.
—No es eso, Manolo... Cada cual es como Dios le crió... Hay unos que se celan de su sombra y dan mucha guerra á las mujeres... y otros que son confiados y viven siempre tranquilos.
Uceda estuvo á punto de decir: «Sólo siente celos el que ama»; pero su alma generosa le hizo volverse atrás, y guardó silencio.
En el gran puerto de Cádiz numerosos barcos de todos portes cabeceaban furiosamente á impulso del oleaje. Sonaban las cadenas, crujían las maromas y todo parecía á punto de estallar. Algunos farolillos sujetos á las vergas lucían con vivos movimientos en la oscuridad como estrellas filantes.
Bajaron la escalerilla de la muralla, y entrando en la calle de Pedro Conde se acercaron á la taberna de Crisanto, y Soledad suplicó á su amigo que se quedara fuera y se ocultase mientras ella entraba á preguntar. Penetró, en efecto, y la informaron de que Velázquez había estado allí hacía poco rato, en compañía de algunos amigos y amigas.
—Hemos llegado tarde—dijo, cuando salió.—Han estado aquí, pero ya se han ido.
—Me alegro infinito—replicó Manolo.—El paso que ibas á dar no podía menos de acarrearte un grandísimo disgusto. Vuélvete á casa antes que llegue Velázquez, sube á tu cuarto y duerme tranquila. Verás cómo mañana, con la luz del día, se disipan esas nubes negras que ahora te atormentan.
—Sí, sí... me vuelvo—replicó la joven bajándose aún más el pañuelo de la cabeza para taparse la frente y embozándose con el mantón.—Déjame ahora, que me voy por las calles.
—Echa á andar delante. Yo te seguiré nada más que hasta la esquina de la calle de la Verónica, porque me voy á la cervecería.
Emprendió la marcha la arrogante tabernera, y Manolo le dió escolta á respetable distancia hasta la citada esquina. Allí se detuvo. Soledad, sin volverse, levantó el brazo é hizo un gracioso saludo de despedida. Uceda permaneció inmóvil hasta que la perdió de vista. Después, lentamente, sofocado por mil pensamientos melancólicos, hizo rumbo hacia la Cervecería inglesa.
VI
Disputa.
Soledad siguió á paso vivo por la calle de la Carne, que estaba á tales horas animadísima. Los faroles del municipio y las luces de los escaparates la bañaban de claridad. Discurría la gente por ella perezosamente, gozando de aquella primera hora de la noche antes de retirarse á casa. Grupos de hombres cruzaban charlando en voz alta. Las señoras iban de uno á otro escaparate paseando los ojos sobre las telas colgadas en ellos. Algunos chiquillos andrajosos los recreaban con los dulces expuestos detrás del cristal de las confiterías.
Soledad avanzaba rebujada en su mantón, con el pañuelo sobre los ojos.
—¡Vaya unos andares! ¡Qué gloria de cuerpo!—Mare bendita, ¿cuándo ha caído este cacho de firmamento?—¡Bendígate Dios, salero, que me has deshecho el alma con ese taconeo chiquito!
Pocos transeuntes cruzaban sin verter en su oído algún requiebro. Los grupos se abrían para dejarla paso. La gentil tabernera marchaba sin fijar la atención en tales palabras, sin oirlas siquiera, totalmente abstraída de lo que la rodeaba. Los celos seguían oprimiendo su corazón y turbando sus ideas.
Antes de alcanzar el fin de la calle comenzaron á caer algunas gotas y se declaró al instante un fuerte aguacero. Siguió caminando impávida sin guarecerse en los portales, como hizo la mayoría de la gente. Y en vez de dirigirse á su casa, que ya no estaba lejos, se encaminó hacia las Barquillas de Lope, donde esperaba sorprender al infiel. Antes de llegar allá su cuerpo chorreaba. Atravesó á la intemperie la plaza del Balón, y por una pequeña travesía entró en las Barquillas. Habita allí gente pobre; las viviendas son pequeñas, sucias: hay algunas tiendas de vinos y comestibles. Hacia una de éstas algo mejor que las otras avanzó rápidamente; pero antes de llegar á ella escuchó un canto que la dejó repentinamente clavada al suelo. Era Velázquez que entonaba una seguidilla gitana. Quedó inmóvil y pálida. El canto de su querido le producía siempre efecto extraño que jamás se pudo explicar: la entristecía, le daba miedo; se ponía pálida, y siempre que era posible se escurría para no oirlo. Y no porque el guapo cantase mal, al contrario: sin poseer una gran voz, era extremado por su estilo para las seguidillas gitanas y soleares.
Nunca se había atrevido á confesar este misterioso efecto; pero Velázquez llegó á notarlo, y como era hombre complaciente cuando no se tocaba á su orgullo, procuraba evitarle el disgusto; tanto más, cuanto que tampoco era muy inclinado á mostrar esta habilidad, que juzgaba poco varonil. Cuando le instaban para que tomase la guitarra, miraba de reojo á su querida, sonreía y siempre hallaba pretexto para excusarse.
Á este inexplicable efecto uníase ahora otro que se explicaba perfectamente. Soledad necesitó de todas sus fuerzas para no caer al suelo. El coraje se las dió para seguir avanzando y llegar hasta la puerta de la tienda, que se hallaba abierta. Dentro no estaba más que su dueño, el padre de la Mercedes. Pero en un departamento contiguo, cerrado por cristales al exterior y que comunicaba con la tienda, sonaba el canto y la guitarra. Los cristales estaban embadurnados con jabón para que no se pudiese registrar la habitación desde fuera. Se acercó á ella, y á fuerza de buscar dió con un pequeño intersticio donde la pringue no había caído, y por él logró ver quién había dentro. Estaban, á más de Velázquez, la Mercedes á su lado, Frasquito al lado de Pepa, prima de aquélla, con quien mantenía relaciones según se decía, y Gregorio, hermano de Pepa, cerca de Isabel su prima, hermana de Mercedes, con la que estaba próximo á casarse. La madre de las Cardenalas andaba de un lado para otro escanciándoles el vino y sirviéndoles lo que les hacía falta.
Soledad, por el momento, no tuvo ojos sino para esta madre complaciente.
—¡Alcahueta! ¡asquerosa!—murmuró con ira reconcentrada.—Lo que tú buscas es enredar á Velázquez para que se case con tu hija. ¡Claro, como es rico, para él todo son mimos! ¿Qué te importa que una pobrecilla quede deshonrada y á la clemencia de Dios?
Dos lágrimas saltaron á sus ojos que se secaron al instante. Velázquez había cesado de cantar y se inclinaba para hablar con Mercedes, quien con el codo sobre la mesa y la mejilla sobre la mano mostraba una actitud marcadamente displicente. Era graciosa esta Mercedes con sus ojillos chispeantes, los dientes blancos y menudos y la nariz remangada. Soledad la devoró con la vista largo rato y dejó escapar un suspiro. ¡Sí, si cualquiera hallaría á su gusto esta chiquilla! Y ella, que poseía los ojos más hermosos de Cádiz, envidió en aquel momento los pequeñuelos y maliciosos de su rival; quisiera ser bajita y tener la nariz remangada como ella.
Isabel era rubia y desgarbada. La prima Pepa, pequeña y fea con un costurón en el cuello; pero eso y mucho más sufriría el avaro de Frasquito con tal de atrapar el gato de su padre, que lo tenía gordo y lucido al decir de la gente. Hablaban en voz alta, pero nada de lo que decían llegaba distintamente á los oídos de la celosa tabernera. Espoleada por la curiosidad, tanto como por la cólera, entró en el portal de la casa, donde había una puertecilla que comunicaba con el cuarto de la tertulia. Por el agujero de la cerradura apenas lograba verse nada; pero en cambio se oía claramente cuanto se hablaba. Pegó el oído á él y escuchó.
Velázquez embromaba á la graciosa Cardenala sobre su tristeza. ¿Por qué tenía aquella cara tan larga? ¿Por qué no hablaba? ¿Había visto al lobo? ¿Dónde le había cogido aquel aire? Mercedes respondía con palabras sueltas y breves, casi siempre agudas; porque tenía ingenio y sal la muchacha. Los demás reían y tomaban parte en la broma. La voz del guapo era dulce, insinuante; tenía unas inflexiones humildes que Soledad jamás había percibido en ella. El corazón se le oprimió, sintió un frío que le penetró hasta los huesos, y ella, que había venido á armar un escándalo, á sacar los ojos á su rival, se encontró repentinamente sin fuerzas para mover un dedo. Su felicidad había volado para siempre: Velázquez estaba enamorado de aquella mujer. Iba á salir de aquel maldito portal donde le faltaba la respiración, donde temía estallar en sollozos, cuando entre el oleaje de la conversación creyó percibir su nombre. Aplicó mas el oído: en efecto, se hablaba de ella. Velázquez invitaba á bailar á Pepa. Esta se excusaba; había bailado ya mucho en Puerta de Tierra. El majo insistía. Frasquito, que no deseaba verse privado de la compañía de su novia, concluyó por decir:
—Pero, hombre, ¿qué mosca te ha picado? No sé cómo apeteces tanto el bailoteo, cuando tienes en casa una real hembra que baila en la mano.
—¡Echa realezas, hijo!—exclamó Pepa con mal humor.—¡No eres alguien para dar títulos!
—Déjalo, querida—replicó Isabel.—Ha querido decir que es una hembra de á real.
—Nada de eso—profirió con viveza Frasquito.—Soledad es una hermosa mujer aquí y en todas partes, y á nadie se lo he oído negar hasta ahora.
—¡A cualquier cosa llamas tú hermosa!... ¡Mala puñalá te den rejoneá!... ¡Quitá allá desaborío! ¿No ves que se están riendo de ti?... Que me perdone Velázquez, pero en esta ocasión no ha dado pruebas de buen gusto. No sé cómo hay quien pueda decir que es hermosa una mujerota grande, grande, como una ballena; sosa, sosa, más que las calabazas.
—¡Pues si la hubieses visto, como yo, sin corsé!—exclamó Isabel.—¡Para matarla, hija!...
—El vientre le arrastra por el suelo.
—Y la mitad del pelo que lleva es postizo: me lo ha dicho su peinadora.
—¡Vamos, callaros ya!—dijo Mercedes con enojo.—Que sea guapa ó fea, ni á vosotras ni á mí nos debe tener con cuidado.
—Yo no digo más que una cosa—replicó Isabel,—y es que si fuese hombre me gustarían las mujeres, pero no los elefantes.
—¡Anda con ella, hija!—exclamó Frasquito.—¡Cómete la cabeza y no dejes siquiera las espinas!
—Oye tú, empachoso, yo no me como carne tan dura. Tú la subes mucho, porque está Velázquez presente.
Este se hallaba molestísimo. Le indignaban aquellas injustas y malévolas palabras, pero no se atrevía á salir á la defensa de su querida por miedo de enojar á Mercedes.
—Ni la subo ni la bajo—manifestó Frasquito en tono agrio.—Digo lo que todo Cádiz sabe. Si tú no lo quieres confesar, será también porque está tu hermana delante.
La disputa iba tomando mal sesgo. La madre de las Cardenalas se creyó en el caso de atajarla.
—Déjala, hija, déjala ser todo lo hermosa que dicen y algo más todavía. Á ti no te toca más que compadecerla, porque le falta á la pobrecita la hermosura mayor, que es la honra.
Soledad levantó el pestillo de la puerta y penetró en la estancia. Se acercó lentamente á la vieja, que retrocedió espantada, y plantándose delante de ella con los brazos en jarras dijo roncamente:
—¿Sabe usted, señora, por qué no tengo honra? Pues porque ese hombre que está ahí me la ha quitado. Pero usted, en vez de aconsejarle que me la vuelva, se humilla y le baila el agua para meterle en casa. Y no sólo hace usted eso, sino que me afrenta y me clava el puñal por la espalda. ¿Quién es más honrada, señora, usted que le entrega su hija por dinero, ó yo que me he entregado á él por amor?
La sorpresa los había clavado á todos á la silla; pero repuestas las Cardenalas, al instante se levantaron como fieras para arrojarse sobre la intrusa.
—¡Cómo! ¿Atreverse la tía pendanga á venir á insultarlas á su propia casa? ¿Insultar á su madre? ¿Insultarlas á ellas? ¡Esa sin vergüenza! ¡Esa cualquier cosa! ¡Esa p...!
Y salió el vocablo infamante, y se repitió infinitas veces á gritos por las cuatro mujeres, trasformadas en cuatro tigres de Hircania. Y hubieran dado buena cuenta de la infeliz Soledad, á pesar de su corpulencia, si Velázquez, con arranque generoso, no se hubiese plantado delante de ella.
—¡Nadie la toque con un dedo siquiera!
Las mujeres no osaron avanzar. La fiera actitud del majo les impuso silencio por un instante. Volviéndose aquél después á su querida y sacudiéndola por el brazo la miró cara á cara con ira concentrada. Los dos estaban pálidos.
—Dí, ¿á qué vienes aquí, loca? ¿á qué vienes aquí?
—Pues á ver cómo te diviertes—respondió la joven, cada vez más pálida.
—Esas tenemos, ¿eh? Pierde cuidado, que ya ajustaremos cuentas.
—Á eso vengo también... á que me pegues—replicó ella con el rostro contraído por una triste sonrisa.
—¡Ya arreglaremos eso, ya!
—Puedes arreglarlo ahora mismo... ¡Anda, hombre, pega, si con eso te desahogas!...
—Lo que vas á hacer es largarte al momento, ¿entiendes?
—Como tú quieras... Yo no hubiera entrado si esa tía asquerosa no me hubiera insultado.
Las cuatro mujeres tornaron á enfurecerse y quisieron acometer á la tabernera; pero Velázquez la echó fuera á empellones y cerró la puerta. Entonces su negra cólera se deshizo en injurias candentes, interminables. Velázquez las escuchó un rato con calma bebiendo á sorbos el vaso de vino que tenía delante; pero al cabo se hicieron tan pesadas, que no pudo sufrirlas más tiempo.
—¡Ea, señoras! ¿Qué va aquí jugado?—profirió dando un fuerte puñetazo sobre la mesa.—¿Quieren ustedes que dure esta guasa toda la noche?
Las mujeres, aunque con trabajo, refrenaron su ira, porque el guapo tenía malas pulgas. Además, Frasquito y Gregorio las instaron á hacerlo. Se habló de cosas indiferentes como si nada hubiese pasado; se bebió y se cantó otra vez. Pero como la ira seguía rugiendo en los corazones, aunque los rostros se mostrasen alegres, cuando menos se pensaba estalló la tempestad de nuevo.
Velázquez había tomado la guitarra y preludiaba unas soleares. Todos callaban. De pronto Isabel soltó una fuerte risotada, que al guapo le produjo insoportable escozor.
—¿De qué te ríes, hija mía?—le preguntó con aparente calma.
—Pues me río de verte así, tan pacífico, con la guitarra sobre las piernas... Dispensa, hijo, no lo puedo remediar.
Y soltó otra risotada.
—¿Y cómo quieres que esté, prenda? ¿con la navaja abierta?—replicó el majo, la voz alterada ya, aunque fingiendo sosiego.
—No, pero como decían que eras esto y lo otro... y que las mujeres se desmayaban cuando tú las mirabas serio y que no se atrevían á mover un dedo sin tu permisos, francamente, me río.
—Pues mira, niña, hasta ahora ninguna me ha faltado al respeto, ¿sabes? Pero si tú quieres empezar, puedes hacerlo...
Isabel no contestó. Siguió riendo de un modo insolente. Al cabo dijo con calma provocativa:
—La verdad es, querido, que se te caen los calzones de hombre de bien.
El rostro del guapo se enrojeció, alzóse airado de la silla y se abalanzó á la insolente, diciendo:
—Oye tú, niña guasona, ¿quieres probar cómo saben las bofetadas de este hombre de bien?
Frasquito y Gregorio le contuvieron. Las mujeres, temerosas, procuraron calmarle. Todo había sido broma. Parecía mentira que tomase en serio las simplezas de Isabel. Ésta se apresuró igualmente á darle excusas. Restablecióse el sosiego. Velázquez volvió á sentarse sin despegar los labios, pero á los pocos momentos se despidió con trazas de marchar muy desabrido.
Cuando entró en casa, Soledad se hallaba aún en la taberna. En vez de subir y mudarse la ropa mojada, había querido aguardarle. Al verle avanzó á su encuentro y le echó los brazos al cuello, diciéndole con voz temblorosa:
—¡Perdóname!
Pero el majo traía el alma resquemando por las palabras de Isabel. Ningunas podían ser más pesadas y mortificantes para él. Se desprendió vivamente de aquellos amorosos lazos y la rechazó, dándole un fuerte empellón. Soledad retrocedió tambaleándose, tropezó con una silla y dió con su pesado cuerpo en el suelo, hiriéndose con la esquina del mostrador en la sien. Velázquez no acudió á prestarle socorro. La dejó tendida en el suelo y subió á encerrarse en su cuarto.
VII
El columpio.
La mojadura y el disgusto postraron en cama á la pobre Soledad. Se le declaró una fiebre intensa y estuvo algunos días bastante grave. Velázquez, como si le remordiese la conciencia de lo que había hecho, se portó con ella mejor de lo que podía esperarse. Hizo venir al médico y la prodigó todo género de cuidados y atenciones y, lo que aún es más raro, apenas salió de casa. En la de las Cardenalas no volvió á poner los pies; pero tal proceder no debía achacarse al amor de su querida, sino á su vidriosa susceptibilidad. Las palabras burlonas de Isabel eran una espina que tenía clavada en el corazón. El orgullo le hizo, pues, renunciar sin dificultad, no sólo á la mano, sino también al trato de la Mercedes. No volvió á acordarse de ella. Soledad, que muy pronto lo advirtió, sintió su alma bañada en alegría celeste, y pensando la inocente que era debido á su cariño, se lo agradeció profundamente. Tal conducta contribuyó infinitamente más á su curación que las recetas del médico.
Después que se levantó de la cama gozó todavía algunos días felices. Velázquez, en la convalecencia, se mostró afectuoso y atento, la sacó de paseo y le hizo algunos leves regalos, para ella de gran precio. No tardó, sin embargo, en fatigarse. En cuanto la vió fuerte comenzó á tratarla de nuevo con desdén; luego con crueldad. Pero ella todo lo halló bueno, observando que no reanudaba sus amores con la Cardenala.
Sus celos no estuvieron dormidos mucho tiempo, por desgracia. Principiaron á atormentarla con ocasión de las frecuentes y largas pláticas que el guapo mantenía con Paca la de la Parra. Ésta proseguía infatigable su tarea de persuasión, ejerciéndola unas veces sobre Velázquez, otras sobre Antonio. Tanto uno como otro la escuchaban sin disgusto, porque era una graciosa predicadora y porque les servía para hacer alarde de su ingenio con agudas respuestas. Resueltos á no seguir sus consejos, los recibían con benevolencia, se mostraban amables, jocosos, y embromaban cariñosamente á la célebre cantaora. La llamaban el padre Francisco. Pero ella no se atufaba ni descomponía. Con la gracia y afluencia que caracterizaban su discurso no cesaba de sermonearles un día y otro, esperando que al cabo Dios les tocaría en el corazón.
—Compare, ¡cómo ha rajado hoy el padre Francisco!—se decían uno al otro guiñando el ojo.
Y Paca sonreía y cogía cualquiera ocasión por los pelos para volver á la carga.
La verdad es que no tenía mérito alguno sufrir con paciencia sus sermones. Era Paca una de las más amables, ingeniosas y profundas mujeres que pudieran hallarse en parte alguna del mundo. En sus ojos brillaba la inteligencia; su voz insinuante, sus modales impregnados de natural elegancia, sus palabras llenas de prudencia, como las de Nestor, rey de Pylos arenosa, y sobre todo aquel incesante jugar con los rizos de su negra cabellera mientras hablaba, seducían á cuantos tenían la dicha de escuchar sus lecciones. Su fuerte era la teología moral. Ningún problema, por arduo que fuese, referente á los deberes del hombre consigo mismo y con los demás dejaba de tener solución adecuada en aquella linda cabeza rizada. Pudiera escribir un tratado del matrimonio más completo é interesante que el del padre Sánchez. ¡Con qué admirable habilidad iba descomponiendo y repasando cada uno de los términos del caso ético que cualquier amiga le presentaba! «Á tu marido, dices, no le gusta la ensalada de patatas... bueno. Tú se la has puesto tres días seguidos... y te pegó... pero ha sido porque no tenías dinero para comprar longaniza ó carne, ¿no es eso?... Dices que se te había concluído el dinero antes del fin de la quincena, porque te habías comprado unos zapatos... Pero los compraste porque tu marido se enfadó un día que saliste con él y los llevabas rotos... etc.» ¡Oh, cuán profundamente examinaba los datos y con qué suave elocuencia emitía luego su fallo inapelable!
La esposa de Pepe de Chiclana no predicaba sólo con la boca, como tantos moralistas, sino también con el ejemplo. Á pesar de haberse criado en una taberna, con la libertad y los peligros que para las jóvenes ofrecen, jamás tuvieron las malas lenguas sitio por donde atacarla. Era virtuosa por temperamento, quizá también por el orgullo que le inspiraba el convencimiento de su superioridad moral é intelectual. Los requiebros no conseguían conmoverla. En cambio estimaba cualquier signo de respeto y consideración á su talento, gozaba increíblemente cuando, gracias á su elocuencia, se alcanzaba la avenencia de dos amigas enemistadas, el perdón de un padre, la reconciliación de un matrimonio. Y sobre esto ninguna rigidez antipática, ninguna hipocresía. No le importaba entrar en una casa de mala fama ni acompañarse de cualquier mujer de dudosa conducta. Cruzaba sin reparo por medio del lodo, segura de no mancharse.
Pues tal sencilla altivez, tal indiferencia por los halagos de los hombres, llamaron al cabo la atención del irresistible Velázquez y concluyeron por preocuparle. Gustaba el guapo de prodigar galanterías, de festejar á cuantas mujeres hablaba; pero hallaba justo que estas mujeres se mostrasen lisonjeadas, quería verlas ruborizadas, adivinar que le hallaban de su gusto: avezado estaba á ello. Con Paca no sucedió lo mismo. Cuantos más requiebros la soltaba, cuanto más le hacía comprender que le causaban impresión sus atractivos, más indiferente y distraída se mostraba ella. Con su donaire peculiar cortaba en seco cualquier lisonja, desviaba ingeniosamente la conversación y la encauzaba hacia los temas filosóficos en que tanto se placía. Velázquez se sintió humillado. Por más que tenía conocimiento de la virtud de la esposa de su amigo Pepe, y nunca se le había pasado por la imaginación ponerla á prueba, excitado su orgullo, principió por galantearla en broma y concluyó por requerirla de amores en serio.
Paca opuso la misma suave indiferencia á uno que á otro: ni se mostró halagada ni ofendida. Su táctica consistió en hacerse incrédula y en rehusar oirle.
—¡Vaya, niño! ¡á callar!... Too eso es guasa viva. Déjala para las pobrecitas que no te conozcan como yo.
Y el majo con esto se mordía los labios y ocultaba con una sonrisa forzada el despecho que le roía.
No pasó inadvertido este galanteo para Soledad. Aunque su inteligencia no era penetrante de ordinario, la tenía muy fina para adivinar cuanto ocurría en el alma de su amante. Ningún pensamiento alegre ó triste, ningún deseo más ó menos vago se le escapaba. Comprendió, pues, al instante, al través de las bromas triviales de siempre, que Paca le interesaba y que la estaba galanteando. Pero aquí se detuvo su penetración. No vió que Paca rehusaba aquel galanteo, que le daba un ardite por Velázquez, como por todos los demás hombres; no comprendió el carácter altivo y original de su amiga. Por eso comenzó á ponerle mala cara, á responderla con sequedad y aun á dirigirle algunas indirectas ofensivas. Como no podía concebir que mujer alguna rechazase los obsequios de su querido, estaba persuadida de que Paca los alentaba. Esta, al principio, no dió importancia á su actitud: la vió triste y seria, y pensó que su desgraciada situación y el desvío cada vez más acentuado de Velázquez eran la causa. Pero llegó un momento en que advirtió claramente que Soledad tenía celos de ella, y se propuso provocar lo más pronto posible una explicación.
Una tarde llegó sola á la tienda. Soledad la recibió con marcada frialdad. Cambiaron algunas palabras indiferentes y, como siempre, la esposa de Pepe de Chiclana concluyó por tocar el asunto del matrimonio de su amiga, dándole cuenta de los trabajos diplomáticos que llevaba á cabo para su realización y procurando infundirle esperanzas. Soledad escuchó distraída y dijo al cabo con impaciencia:
—Mira, Paca, no te molestes más. No tengo ya ninguna gana de casarme. Estoy perfectamente así.
—¿Y desde cuándo eso, niña?... porque hace pocos días bien fatigadita andabas por llegar á la Vicaría—repuso Paca, picada por el acento despreciativo que Soledad había dado á sus palabras.
Ésta no respondió. Encolerizada á su vez por las de su amiga, hizo un esfuerzo para no dispararse, y lo consiguió; pero no pudo reprimir un gesto desdeñoso. Paca se mostró aún más herida por este gesto y volvió á preguntar con sorna:
—Vamo, hija, cuéntame eso... ¿Desde cuándo?
Entonces Soledad, volviendo hacia ella su rostro contraído por la ira, dijo con afectada calma:
—Desde que tú y Velázquez os entendéis tan bien. Por si se muere Pepe, no quiero serviros de impedimento.
Paca soltó una carcajada.
—¡Acabases de reventar, criatura!... ¿Conque Velázquez y yo nos entendemos?... ¡Qué traición! ¿verdad tú? Engañar á una amiga que se confía, que me abre su corazón y me pide ayuda... Por delante mucha sonrisa, mucha compasión, mucha promesa, y por detrás clavándole el cuchillo hasta las cachas... ¡Ya! ¡ya!... La verdad es que no sé cómo te contienes y no me rompes la cabeza con una de esas botellas...
Se echó hacia atrás en la silla y se puso á jugar con los rizos negros de su frente. Pero su mano, á despecho del sosiego que afectaba, temblaba levemente. Soledad, con la cara entre las manos, se mantenía en actitud fiera y recelosa. Paca tuvo lástima de ella.
—Escucha, Soledad: tú eres una criatura que no ha visto el mundo más que por un agujero. Ni tienes experiencia ni Dios te ha dado cabeza para saber lo que entra y lo que sale y lo que cada cual se trae... En una palabra, Soledad, y dispénsame que te lo diga: tú no vas á ninguna parte... Porque me ves alegre y guasona á ratos, y bebo y canto y no me asustan las sandeces de los hombres, te has llegado á figurar que estoy aquí para todo el que quiera alargar la mano, ¿verdad? Que se te quite, hija. Tengo un alma de la cual he de dar cuenta á Dios, y no he de faltar á mi Pepe por nada ni por nadie en este mundo. Porque ahí donde le ves tan pesadote y tan pelmazo, y que parece que se le pasea el alma por el cuerpo, es un hombre que sabe distinguir, ¿entiendes? Y hay otros que parece que las cogen por el aire y, sin embargo, no distinguen, ¿estamos?... Y voy á decirte una cosa para que la sepas, sólo para que la sepas: si el diablo me tentara algún día, ten por seguro que no escogería á Velázquez para ello, porque sabe muy bien que en la vida me han gustado los hombres fanfarrones... Bien puedes dispensarme, hija: ya comprenderás que en este mundo los gustos no son iguales. En mi sentir, los tuyos son de los que merecen palos; por eso te los dan.
Soledad guardó silencio obstinado.
—¡Qué! ¿no te convences?... Pues mira, fácilmente te lo voy á poner clarito como el agua. Velázquez va á llegar dentro de un momento, ¿no me has dicho eso?... Anda, hazme el favor de esconderte en ese cuarto y verás qué chaladita estoy por él... Y mira bien por la cerradura, no sea cosa que nos hagamos una seña para engañarte.
La tabernera empezó por resistirse; pero vencida al cabo de las instancias de su amiga, y aún más por los vivos deseos de arrojar los celos que la mordían, consintió en ocultarse y asistir á la plática que se preparaba.
No tardó en llegar Velázquez, quien se sintió tan sorprendido como alegre de encontrar sola á Paca, y más cuando se enteró de que Soledad había ido á casa de una vecina que estaba de parto y tardaría en volver. No la quiso ver mejor el irresistible jaquetón. Se sentó en la silla que había de la parte de fuera del mostrador, relamiéndose interiormente, aunque mostrando en lo exterior la misma actitud fría y soberbia que le caracterizaba. Y comenzó muy pronto el tiroteo. Rara vez tenía ocasión de hablar á solas con la esposa de Pepe. Ahora que se presentaba no quiso desperdiciarla.
—Vengo muy cansado, padre.
—Pues descansa, hijo.
—¿Me permite su paternidad besarle la mano?
—Mi paternidad no da la mano á pillos.
—Me alegro. Por eso debe dármela á mí, que soy hombre de bien.
—¿Tú? Ni tienes vergüenza ni la has conocido en tu vida.
—No lo crea su merced, padre. Si no tuviese vergüenza ya le hubiese dicho hace tiempo algunas cositas que me hacen cosquillas en el alma.
—Tapa, tapa, hijo. No las descubras, porque si las tienes hace tiempo guardadas deben de oler á podrido.
—Los sacerdotes tienen obligación de escuchar en confesión á los penitentes...
—Pero es á los que llegan arrepentidos.
—Yo lo estoy, padre Francisco.
—¿Sí? Pues no vivas más tiempo en pecado mortal. Cásate con Soledad.
Velázquez soltó una risotada.
—¡Ya pareció aquello! Me extrañaba que tardase tanto.
—Sí, ya pareció aquello, arrastrao, y parecerá mientras me quede alguna palabra en la boca.
—¡Anda! pues tendré que esperar hasta el día del Juicio. Primero le faltará agua al mar y al cielo estrellas que á ese piquito palabras.
Paca se incomodó. Le picaba cualquier alusión dirigida á su increíble afluencia. Así que, sin advertir que con ello dejaba firme la burla, respondió con un sin fin de denuestos; de aquí pasó á las reprensiones, á las censuras, después á las consideraciones y por último á los consejos. En un cuarto de hora no cerró la boca.
Velázquez la escuchó con la suya abierta, muy atento y admirado, porque Paca hablaba tan bien ó mejor que cualquier folletín de los que había leído. Pero no quiso confesárselo. Antes persistió en embromarla desviando la conversación hacia los parajes donde le convenía.
—Pero, en fin, ¿qué me importa que rajes hasta morir y me des tanta jaqueca, si tienes unos ojos, chiquilla, que bailan como las estrellitas sobre el agua, si cuando hablas y te mueves hasta el aire que te envuelve queda empapado de sal?...
—¿Quieres callarte, pelmazo?... ¿Vas á empezar con las simplezas de siempre?
—¡Que sí, niña, que sí!—profirió Velázquez bajando la voz y avanzando el cuerpo hacia ella hasta meterle las alas del sombrero por los ojos.—Que eres más rica que los doblones de á cuatro, más salada...
—Vaya, niño, déjame el alma quieta y no me saques los ojos con el sombrero, que aunque no son bonitos á mí me hacen avío.
—¿Que no son bonitos, lucero? Anda, vé y dí eso delante de testigos y te llevarán á la cárcel. Déjame besarlos, salero, ya que sin razón les has faltado...
Al pronunciar estas palabras se alzó de la silla y alargando las manos cogió la cara de la joven para besarla; pero ésta se zafó de ellas con prontitud; volvió á tomarla Velázquez y de nuevo se arrancó con fuerte sacudida, levantándose y saliendo á la parte de afuera. Avanzó airada hacia el majo, que se había sentado, y le dijo con voz alterada apoyándose en el mostrador con una mano y poniendo la otra en la cadera.
—Pero, hijo, ¿qué te has figurao? ¿Piensas que no hay más que decir «allá voy» para que te respondan «aquí estamos»? Me conoces hace años, me estás hablando casi todos los días, ¿y todavía no te has enterao de que no me gustas ni pizca? Porque traes pechera rizá y botones de brillantes y botas de charol ¿no hay más remedio que derretirse por ti? No, hijo, yo no me enamoro de la lencería ni de esos requiebros mohosos que traes siempre en la boca. Anda, vé á emplear tanta gala con las infelices que te han escuchado. En el mundo hay seda y hay percal, pero quien no sabe distinguir la seda del percal no debe ir á la tienda, ¿comprendes? Aquí te has equivocado de medio á medio. Lo siento por ti, que no has dado prueba de mucho pesqui, y lo siento también por esa pobre muchacha, que merece un hombre más regular.
Y salió de la tienda con ademán resuelto y airado. Velázquez quiso echarlo á risa y la detuvo por el mantón.
—Perdone su merced, padre... No he querido faltarle al respeto...
Pero ella se zafó con un fuerte tirón, dejando en su mano algunos flecos.
Quedó bien humillado el guapo. La sonrisa que contraía sus labios se apagó. Permaneció algunos instantes inmóvil y pensativo, haciendo esfuerzos por tragar la amarga píldora que le habían propinado. Al cabo logró consolarse á medias por la consideración de que nadie había presenciado su derrota y Paca seguramente no daría cuenta de ella. Mas cuando averiguó que Soledad estaba en casa y cuando ésta le confesó, después de muchas instancias, que lo había oído todo, se le encendió el alma de vergüenza y furor. Tuvo fuerzas, no obstante, para disimular. Dió á su revés la apariencia de una broma mal interpretada. Ya sabía que con la mayor parte de las mujeres acostumbraba á usarlas, que las hacía disparatadas declaraciones de amor y le gustaba verlas enojadas. Con Paca las había usado infinitas veces, sin que jamás se le hubiese puesto seria; pero como ahora la estaban escuchando, quiso hacerse un poco la persona y darse tono...
Soledad fingió creer estas explicaciones, ó acaso las creyó de veras, pues mirando desde su punto de vista le costaba trabajo suponer que hubiera mujer capaz de desdeñar aquella octava maravilla de la tierra.
Al día siguiente, víspera de Carnaval, fueron ambos á la tienda de la Parra, por ser último día de columpio. Es costumbre en Cádiz, cuando llega Navidad, fijar columpios en los patios de las casas, y aun dentro de éstas cuando no hay acomodo fuera. Por las tardes se reúnen mancebos y zagalas en torno del aparato y pasan gozosamente el tiempo columpiándose, en medio de alegres cánticos y algazara. Los columpios se descuelgan cuando llega Carnaval.
En casa de los padres de Paca todos los años se ponía y era uno de los más famosos y concurridos de la ciudad, porque la tienda poseía un gran patio (donde crecía la parra que le diera nombre), muy acomodado al caso. La reunión de la casa de Velázquez se trasladaba allí en masa por las tardes. Éste casi nunca faltaba tampoco, tanto por el empeño que había formado de conquistar á Paca, cuanto por las muchas y lindas jóvenes que allí acudían y ante las cuales gustaba de mostrar su ingenio y gentileza. Á Soledad sólo la había llevado dos veces en la temporada, y eso gracias á los ruegos de las amigas. Pero este sábado, por ser la despedida, ó quizá con algún secreto designio, él mismo la invitó, y la inocente Soledad aceptó con alegría.
Cuando llegaron estaba la fiesta en todo su esplendor. Una linda morena de rostro picaresco ocupaba el columpio y unos cuantos jóvenes lo impulsaban á porfía sin cesar de cambiarse entre ellos y ella con gracioso tiroteo un sin fin de donaires, de bromas picantes, de frases, insustanciales muchas veces, pero alegres siempre y con un delicado sabor de galantería que sólo se halla en esta poética región del mundo. Derramados acá y allá, sentados unos en bancos, otros de pie formando pintorescos grupos, charlaban los mancebos con las mocitas ó escuchaban embelesados el punteado melancólico de la guitarra. Las conversaciones eran animadas, ingeniosas; en todas campeaba la imaginación inquieta, el fácil ingenio, la incoherencia y la irreflexión que caracteriza al amable pueblo andaluz. Era un burbujeo leve y fugaz como el de sus vinos dorados. ¡Cuánto donaire, cuánto disparate, cuánto embuste!
Debajo de la clásica parra, nuestra pareja halló sentados á Antonio y María-Manuela con otras personas, y fueron á colocarse cerca de ellos. Paca predicaba allá en un grupo lejano; pero en cuanto los vió se vino hacia ellos, saludó á Soledad con efusivo cariño y á Velázquez con la franqueza de siempre, como si no hubiera pasado nada. La presencia de Soledad causó, como de costumbre, grata impresión en el sexo masculino. Se murmuraron requiebros hiperbólicos, se dijeron al oído unos á otros frases de entusiasmo. Todos envidiaban á Velázquez aquella mujer elevada y arrogante como una torre de marfil, de pies diminutos y lindos como los de Hebe la inmortal copera de los dioses. Pero nadie osaba requebrarla en voz alta, porque el majo tenía fama de puntilloso y agresivo. Tan sólo Antonio, como amigo íntimo, tuvo fuero para exclamar:
—Dios guarde á la rosa hechizá. Ven acá, salero, siéntate á mi vera, á ver si vivo cien años más.
Soledad sonrió con benevolencia.
—¿Para qué tanto? ¿No vale más estar á mi vera que vivir cien años?
—¡Mucho que sí! ¡Bendita sea tu boca, clavel de la Italia! Mejor quiero estar á tus pies una hora que seis meses tomando monedas de cinco duros.
—Es que no las has visto.
—Todos los días, en cuanto amanece Dios, le doy tres ó cuatro á María para que me compre buñuelos.
—¡Sí darás!—murmuró María-Manuela con mal humor.—¡Disgustos!
—¡Y bofetás!—añadió Velázquez riendo.
—Sólo los jueves por la tarde. Tengo ese ramo bien organizado.
—¡Vaya, no te las eches de plancheta, hijo—profirió la irascible María,—que se va á creer la gente que te comes los niños crudos!
Algunas personas se habían acercado y rodeaban el banco donde se hallaban sentados. Las eternas disputas de Antonio y su querida causaban gran placer á los amigos. Ésta, por desgracia, se cortó en flor merced á la voz del guitarrista, que cantó:
| «Á la que se columpia |
| echarle rosas, |
| que todo se lo merece |
| por buena moza.» |
—¡Ole!—¡Anda con ella!—gritaron de todas partes.
Y la atención se convirtió á la linda morena que ocupaba el columpio. Ésta sonrió complacida, cerró los ojos y á los pocos instantes cantó:
| «Al columpio he subido |
| porque no digan |
| que mi amante está ausente, |
| yo pensativa.» |
Un palmoteo ruidoso, gritos desaforados de entusiasmo, acogieron la copla de la chavala.
Tornó á cantar el guitarrista: respondió ella con la misma gracia. Las conversaciones se habían suspendido. La gente se había acercado al columpio y formaba círculo en torno para jalear á la simpática cantaora.
En aquel instante Manolo Uceda, á quien el chico de la tienda de Velázquez había dicho dónde estaban sus amos, apareció en la puerta del patio y quedó inmóvil contemplando la escena. La cantaora, que le vió desde el columpio, guiñó sus ojos maliciosos y le soltó esta copla:
| «Mocito que está á la puerta |
| mirando para el columpio: |
| entre usté y columpiará |
| la que sea de su gusto.» |
Todos los rostros se volvieron entonces risueños hacia él. Manolo avanzó confuso y dijo galantemente:
—De mi gusto, prenda, ninguna más que usté.
—Pues colúmpie me usté, hijo, y de salud le sirva.
Apartáronse los jóvenes que movían el aparato y Manolo lo impulsó unas cuantas veces entre los aplausos del concurso.
La casualidad había hecho que Paca y Velázquez estuviesen juntos en el círculo formado alrededor del columpio. Cuando, por haberse bajado la graciosa morenita, se distrajo la atención de los concurrentes y se diseminaron otra vez, la esposa de Pepe de Chiclana llevó al majo á un rincón y tuvo á bien darle una satisfacción de las injurias que le había dicho el día anterior.
—Ayer estaba un poco sofocá, ¿sabes? Te habré dicho las mil perrerías: que eras esto y lo otro... No me acuerdo. Una mujer ofendida chilla más que una rata salida del caño... Luego que me dió el aire entendí que había hecho mal en sofocarme, porque tú, aunque un poco sin vergüenza, siempre te has portado como buen amigo y serías un sujeto á pedir de boca... si te dieran las viruelas. Quiero decir que el día que no presumas tanto no tendrás pero... á lo menos para mí... Porque hay mujeres que les gustan los hombres así... ¡vamos!... que repiquen gordo al andar... Á mí me hicieron de otro modo. Me gustan los hombres formales, callados... y sobre todo que no se la den de nada, ¿comprendes?
Las explicaciones de la joven fueron largas, interminables é impregnadas de una profunda filosofía. Así era todo lo que salía de su espíritu, fértil en pensamientos elevados. Pero en vez de calmar el rencor de Velázquez dieron por resultado lo contrario. El guapo se sintió aún más humillado. Tuvo el talento, sin embargo, de disimularlo. Las aceptó por buenas, rió, lo echó á broma y pidió que no se hablase más del asunto. Pero en su pecho ardía la cólera y no esperaba más que un pequeño agujero para salir rugiente y abrasadora.
Soledad y María-Manuela se habían sentado de nuevo bajo la parra, que formaba en verano fresco y deleitoso túnel. Como ahora se hallaba desprovista de pámpanos, habían echado por encima algunas sábanas para guardarse del sol de Febrero que ya quemaba. Á las dos mujeres se habían agregado algunas otras y les hacían compañía Antonio, Frasquito, Manolo Uceda y algún otro joven. Hallábanse charlando tranquilamente cuando, rompiendo por entre los grupos con señales de agitación en el rostro, apareció el señor Rafael.
—¿Dónde está mi sobrino? ¿Dónde está ése?—venía preguntando en voz alta.
Y así que llegó á la parra y le divisó, acercóse rápidamente á él y le dió un estrecho abrazo.
—¿Qué ocurre?—¿Qué ha sucedido?—¿Qué albricias son esas?—preguntaron todos picados por la curiosidad.
Pero el señor Rafael, sin hacer caso, seguía estrechando entre sus brazos y dando afectuosas palmaditas en la espalda á su sobrino, quien no correspondía en modo alguno á tales demostraciones de cariño, antes procuraba zafarse, mostrando un semblante fruncido que daba miedo. Al cabo el viejo le dejó libre y, echando atrás dos pasos y dirigiéndose á los concurrentes con su voz ronca y su ceceo de andaluz cerrado, exclamó:
—¡Miren ustedes á ése! ¡mírenlo ustedes bien!... ¿Á que no saben ustedes lo que ha hecho? Voy á contarlo mas que se ponga colorao... porque sí... porque las cosas buenas deben decirse y las malas callarse... Han de saber ustedes que ése y yo hemos estado anoche en la Palma de Londillo á comer un guiso de almejas y unas aceitunas... ¡Vaya una noticia de importancia! dirán ustedes... Ya lo sé que nada tiene de particular; pero vamos al caso. El caso fué que nos marchamos sin pagar. Tampoco esto vale la pena de que se fijen ustedes, porque muchas veces nos ha pasao lo mismo. Pero ahora viene lo mejor. Acabo de dar una vuelta por allá, y pregunto: «¿Cuánto es el gasto de anoche?—Ya está pagado me contestaron.—¿Cómo? ¿Quién lo ha pagado?—Pues su sobrino.—¡Vamos, niño, no gastes guasa!—Que sí, señor Rafael, que lo ha pagado.—¿Cuándo?—Esta mañana ha pasado por aquí y ha hecho la cuenta...» Y efectivamente, señores, me enseñaron el libro y estaba borrada la partida. ¡Ese! ¡ese que está ahí la ha mandao borrar!
Las últimas palabras del viejo apenas pudieron oirse. Tal fué la algazara que había levantado su discurso.
—¡Tío! ¡tío!—exclamó Frasquito rojo de cólera.—¡No tenga usted tanta guasa!...
—Pero, hijo, ¿quieres que diga que estuvo mal hecho?... Lo diré, si te empeñas; pero nadie me creerá.
—¡Tío, ya le he dicho más de cien veces que la hora menos pensada le falto á usted al respeto!
Con dificultad lograron calmarle; todavía más trabajo costó impedir que se marchase. Afortunadamente intervino Paca, y con su labia sin pareja y su trasteo logró pronto reconciliarlos. Llevada á feliz término esta obra de caridad y de elocuencia se subió al columpio.
Mientras Velázquez iba de grupo en grupo haciendo penar á mocitas y casadas con sus palabras, humildes y desdeñosas á un tiempo, y el atractivo de su elegancia, Manolo Uceda se había acercado al de Soledad y María-Manuela. Quiso entablar conversación aparte con la primera, pero no pudo conseguirlo. Soledad, engañada por la complacencia de su amante y por el semblante alegre que mostraba, era feliz en aquel instante. Su egoísmo infantil la hacía incapaz en tal ocasión de sentir ni apreciar siquiera los sufrimientos y el afecto leal de su antiguo novio. Recibióle con marcada frialdad, y apenas hizo caso de sus palabras. Manolo sintió el corazón apretado. Comprendió que su ídolo se hallaba bajo el influjo de uno de aquellos engreimientos en ella tan comunes, y se levantó del banco resuelto á irse. Pero antes de llegar á la puerta salióle al encuentro la morenita del columpio, que estaba agradecida de su galantería.
—¿Adónde tan solo, hijo?
—Pues á la calle, niña—respondió Uceda haciendo esfuerzos por sonreir.
—¿Cómo? ¿de marcha ya? No puede ser. ¿Ve uté aquel rinconsito tan apañaito donde ya no da el sol? Pues allí nos vamo á sentá uté y yo... pa que uté me diga algo... porque ésta es la hora en que no me ha dicho todavía que tengo los ojos así y la boca andando y el talle de esta manera y los cabellos de la otra... en fin, toas esas simplesas que disen ustés los hombres cuando están ajumaos.
—No se necesita estar ajumao para decir que es usted preciosa... pero no puedo sentarme porque me aguardan. Otro día será... Hasta la vista, prenda—manifestó Uceda con la misma sonrisa contraída, alejándose.
La morenita quedó inmóvil mirándole, y cuando ya estaba lejos exclamó con acento donde se traslucía el despecho:
Los concurrentes jaleaban á Paca, que desde el columpio dejaba oir su voz celebrada. Todas las conversaciones quedaron en suspenso. El grito dulce y poderoso á la vez de la gentil cantaora los había reunido presto á todos en torno del columpio. Mas apenas cesó el canto tornáronse á sus respectivos sitios.
No tardaron en agruparse de nuevo, pero no alrededor del columpio, sino del banco que ocupaban debajo de la parra Antonio Robledo y su querida, Soledad, el señor Rafael y su sobrino. La disputa había aparecido al fin. Rara vez dejaba de haber guasa cuando Antonio y María-Manuela se hallaban reunidos en público. Esta pobre mujer, después de tantas experiencias, aún no había escarmentado y seguía cayendo inocentemente en los lazos que para reirse de ella le tendía aquél. Ahora la querella se había producido porque Antonio la había llamado en son de desprecio femenina.
—Oye, guasón, á mí no me digas eso—respondió María, preparada á encolerizarse.
—Que sí, que no eres más que femenina te digo... y todas tus hermanas lo mismo.
—¡Házmelo bueno arrastrao! ¡házmelo bueno!
—Cuando quieras—replicaba él con firmeza, y añadía con énfasis:—Y tu madre igual...
—¡Á mi madre no la toques, sin vergüenza porque vamos á salir mal!
—¡Todas! ¡todas lo mismo!—replicaba Antonio con el mayor desprecio, volviéndose á los circunstantes que estallaban de risa.
—¡Mira, Antonio, no me sofoques! Mira que tengo la sangre más negra ya que mis zapatos y no respondo de mí—decía ella con los labios pálidos, temblando de ira.
—Lo digo y lo repito aquí y en todas partes. ¡Tu madre femenina!... ¡y tu padre masculino!
El furor de María-Manuela no tuvo límites al oir el nombre de su padre.
—¿Á mi padre también, canalla? ¿Á mi padre también?
Y quiso arrojarse sobre su amante; pero los amigos se lo impidieron. Cuando al cabo le explicaron el significado de los vocablos que creía ultrajantes quedó repentinamente en calma, y echando una mirada torva á su querido le dijo:
—¡Anda tú, malaje, que tienes sombra de jiguera negra!
Velázquez se había acercado á un grupo de muchachas y departía con ellas regocijadamente. Soledad lo vió al principio con indiferencia; pero la alegría de las chavalas al cabo fué tan ostentosa, sus carcajadas tan repetidas y sonoras, que concluyeron por crisparla. Sintió la mordedura de los celos, y sin prever las consecuencias se acercó al grupo y mostrando semblante alegre quiso tomar parte también en la jarana. Este paso fué la gota que hizo rebosar el coraje de Velázquez, demasiado tiempo comprimido. Volvióse hacia ella y con gesto desabrido le preguntó:
—¿Qué se le ha perdido á usted aquí, niña?
Era costumbre fatal del guapo tratarla de usted cuando estaba enojado, para hacer más ostensible su desdén. El tratamiento, la burla que envolvía la pregunta y la presencia de las jóvenes, sobre todo, hirieron de tal modo á Soledad, que permaneció clavada al suelo sin acertar á responder. Vencida al cabo, en parte, su confusión por un supremo esfuerzo, dijo con voz apagada:
—Vengo á preguntarte si quieres que nos vayamos... Pronto serán las cinco...
—Usted se puede ir cuando guste. Yo me encuentro muy retebién aquí.
Guardó silencio la joven y bajó los ojos, dudando qué partido tomar. Pero al levantarlos vió pintada en el rostro de las jóvenes presentes una sonrisa de burla. Su orgullo se embraveció súbito con tan cruel espuela. Alzó la cabeza de un modo arrogante y dijo con voz firme:
—Está bien. Quede usted con Dios, y gracias por la galantería.
Velázquez, enfurecido por la ironía de estas palabras, replicó riendo sarcásticamente:
—Anda tú con él, hija, y ten mucho cuidado de no caerte de simple.
—Más vale caerse de simple que de fanfarria—dijo ella mirándole cara á cara.
El majo se puso encendido hasta las orejas.
—¿Cuánto vamos á apostar, niña, á que no te vas á casa tan sana como has venido?
—No apuesto nada: para esa hazaña y otras menores sé yo que eres capaz.
Pintóse un furor rabioso en el rostro de Velázquez al escuchar estas palabras insolentes; alzó el bastón que llevaba en la mano y cruzó con él las espaldas de su querida, que estaba ya medio vuelta para irse. Y hubiera seguido golpeándola si los concurrentes no se hubieran apresurado á interponerse. Todos le recriminaron aquel acto de barbarie. Pero el majo no escuchaba sus amistosas reprensiones; poseído de una cólera ciega, trataba de desasirse, y no pudiendo conseguirlo, la saciaba con feroces insultos y amenazas.
—Dejad, dejad que le pise la cara á esa tía deslenguada... Quiero que se acuerde de mí toda la vida... ¿Os habéis figurao que voy á dejarme insultar delante de personas regulares por una cualquier cosa á quien he recogido en medio de la calle?...
—Vamos, Velázquez, no sueltes cosas que te pueden pesar... Estás acalorao y no sabes tú mismo lo que dices... Cálmate, que estos arrechuchos entre dos que se quieren no tienen importancia—manifestó sensatamente el señor Rafael.
—¿Quién? ¿yo querer á esa mujer?... ¡Si me sofoca ya más que un día de levante!... Si tengo más ganas de soltarla que del premio gordo de la lotería... Porque me carga, ¡ea!... porque me revienta... y está dicho...
Y de esta suerte prosiguió todavía dejando caer otras pesadísimas palabras.
Soledad, al escucharlas, se puso más pálida que la cera, y sin responder ninguna, sin hacer siquiera un gesto, se dirigió precipitadamente á la puerta y salió.