—¡Al fin llegó tu hora, querida!... Así debe ser: la mujer siempre muy alta... ¿Qué se creen esos tíos? ¿Que porque somos buenas y callamos la mitad de las veces por evitar disgustos se nos ha de tratar como trapos sucios?... ¡Que se limpien!... Ya que le tienes bajo el pie, aprieta, hija, no temas; cuantos más sofocones le des más suavecito lo tendrás... Esos malditos hombres son así...
Soledad no se mostraba ni alegre ni lisonjeada por esta charla arrulladora. Guardaba silencio, según su costumbre. Cuando le parecía que se dilataba demasiado ó se excedían en ella, la cortaba bruscamente.
Sin embargo, las comadres no podían explicarse aquella súbita mutación de un modo natural. Para ellas fué indiscutible pronto que Soledad había apelado á las artes mágicas para lograrla. Y aun alguna se atrevió á insinuárselo sonriendo maliciosamente.
—Vamos, querida, confiesa que le has dado jicarazo...
Pero la tabernera se había puesto tan encrespada al oirlo, que no se tocó más el asunto en su presencia.
—¡Qué jícaras ni qué cuernos! ¿Soy yo quizá una bruja como usted? Todavía no he llegado á necesitar polvos para atraer á los hombres... ¿sabe usted?
Á espaldas suyas, no obstante, todas seguían sosteniendo que hubo maleficio. La que menos afirmaba que Soledad llevaba constantemente sobre el pecho una bolsita con pedacitos de oro, plata y coral, algunos granos de trigo y una piedra imán con raspaduras de acero.
Entre tanto Velázquez seguía exagerando sus rendimientos, no tanto para suavizar la aspereza de su querida, como por el íntimo placer que esto le causaba. El placer de antes dominándola, martirizándola, era menos que nada comparado con el que ahora sentía satisfaciendo sus caprichos, uncido, prosternado á sus pies. Y á pesar de su inveterada fanfarronería, cada día le iba importando menos que los amigos se enterasen de su humillación. Alguna vez, observando ya señales vergonzosas de ella, los más autorizados, como el señor Rafael y Pepe de Chiclana, le hicieron prudentes advertencias. «No era ése el camino para ser feliz. Bueno que á las mujeres se las lleve con mano suave: está en el orden de Dios, y para eso somos cristianos y no cafres; pero eso de dejar las riendas sueltas ningún hombre debe hacerlo en su vida, porque hasta los animales corren peligro de desbocarse, cuanto que más la mujer...» Velázquez los oía y se callaba, no atreviéndose á contradecirlos y no osando tampoco confesarles el miserable estado á que su pasión le había conducido. Llegó un día, sin embargo, en que todos pudieron cerciorarse y verlo claramente.
Se hallaban reunidos, como de costumbre, en uno de los cuartos de la tienda. Se había bebido y charlado en demasía. Velázquez estaba de alegrísimo humor, quizá porque su querida no lo tenía tan melancólico como otras veces y se había avenido á bailar unas seguidillas con Frasquito, cosa que hacía mucho tiempo no se había podido recabar de ella. En la corriente de la conversación se habló de fruta, y el majo manifestó que había recibido aquel mismo día de Medina unos albérchigos magníficos.
—Vamos á probarlos—concluyó diciendo—y nos refrescaremos la boca... A ver, Solita, hija, haz el favor de subir y traérnoslos.
—No tengo gana—respondió secamente ésta.
Velázquez quedó suspenso y acortado.
—Vamos, querida—manifestó tímidamente,—es cuestión de un instante... Los tienes á la puerta misma del comedor, en un cesto...
—Es que no tengo ganas de subir escaleras ahora. Vé tú por ellos si quieres—respondió con más sequedad aún.
Entonces Velázquez, reparando que los amigos se habían callado y observaban con asombro la escena, tuvo la debilidad de insistir.
—Pero, hija, no seas así. Estos señores están aguardando, y por subir cuatro escalones no te vas á morir.
Los ojos aterciopelados de la tabernera brillaron con cólera y, dando á sus palabras acento despreciativo, profirió:
—Te he dicho ya dos veces que no me da la gana. ¿No te has enterado aún? Si lo quieres por escrito, trae pluma y papel y te entregaré en seguida el documento.
Velázquez se puso rojo de vergüenza. Quiso responder, pero la palabra expiró en sus labios. Reinó silencio embarazoso en la tertulia, echándose bien de ver la triste impresión que en todos había causado la breve pero significativa reyerta. Cuando, á los pocos instantes, llamada por Joselito, salió Soledad del aposento, el señor Rafael, Pepe, Frasquito y hasta la misma Paca y María-Manuela cayeron sobre él, afeándole su conducta. «¡Aquello era un escándalo! ¡una vergüenza! ¿Cómo toleraba semejante insolencia? Ningún hombre que tuviese dignidad se dejaba sopapear de una mujer. Si ahora sufría aquel insulto, ¡Dios sabe adónde llegarían los vuelos de la niña!»
El majo los escuchaba, pintada la angustia en su semblante. Al fin exclamó con desesperación, mesándose los cabellos:
—¡Tenéis razón! Soy un calzonazos, un sinvergüenza. Pero no puedo... ¡no puedo! ¡Esa mujer me ha cogido la acción!
XII
La maga.
Como si hubiese tenido una venda sobre los ojos y repentinamente se le hubiese caído, todas las cualidades de Soledad se le aparecieron con maravilloso relieve. Unas veces alababa su cuerpo garrido, otras su destreza en el baile; ahora se fijaba en sus pies torneados, después en su cabellera de ébano. Y con sus partes morales acaecía otro tanto. No había en todo Cádiz mujer más hacendosa y limpia y discreta ni más amiga de la verdad, y se empeñaba en que todos admirasen, como él, sus palabras graves y medidas, su gesto severo y hasta las más leves inflexiones de la voz.
Un día María-Manuela le llamó aparte estando de reunión en la tienda y le dijo en voz baja:
—Mira, Velázquez, te veo ya demasiado chalao. Cuando la tortilla dió vuelta confieso, hijo, que me alegré y le puse un cirio á San Rafael bendito, porque tú eres un gitano falso, traidor, sin vergüenza, y me tenías á la pobrecilla fatigaita, y porque, sin razón, delante de los amigos, la corrías como una mona. ¡Ajá! San Rafael tuvo lástima de ella y te dió lo que merecías. Ya sabes lo que son ducas. En la cara las llevas señalás. Estás paliito y ojeroso como un chavaliyo de quince años. Me da lástima de ti y no quiero que te ahoguen las fatigas. Si deseas que Soleá te quiera como antes y se case contigo pásate mañana por mi casa y te daré el remedio... ¡Pero cuidao que digas ná al lechonaso de Antonio!... Ve á la hora en que está en la oficina... Ya sabes, después de las diez.
El guapo se había reído toda la vida de la ciencia mágica de la querida de su amigo: fueron infinitas las bromas que había gastado con ella por tal motivo. Pero ahora, á semejanza de los que maldicen de los médicos y se apresuran á llamarlos en cuanto les duele algo, aceptó el ofrecimiento con alegría y prometió no faltar á la cita.
Y, en efecto, al día siguiente, entre diez y media y once, salió de su casa y se fué por la orilla del mar á la de Antonio. Después de cerciorarse que éste había salido, subió por la estrecha y sucia escalera á las alturas en que habitaba. Y llamó á la puerta pálido y jadeante tanto por el esfuerzo como por la emoción. María-Manuela abrió instantáneamente y le llevó por la mano, sin decirle palabra, hasta una salita donde había un sofá y cuatro sillas de paja, una consola con sus correspondientes caracoles de mar encima, espejo resguardado de las moscas por una gasa, algunos cuadros en litografía representando la historia de Hernán Cortés y D.ª Marina y en el centro una mesilla cubierta con tapete de hule. Le hizo sentar en el sofá y comenzó á hablarle con voz baja y grave ademán autoritario que contrastaba con su habitual desenfado:
—Me alegro que hayas dado este paso. Dentro de un momentito sabrás tu suerte, y, sea mala ó buena, debes quedar tranquilo, porque contra lo que allá arriba está ordenado no hay más que bajar la cabeza. Pero yo espero que saldrás de aquí satisfecho y llevarás medicina con que te cures pronto y logres tus deseos... Díme antes de empezar qué es lo que te pasa.
Velázquez la miró con sorpresa.
—Sí; es menester que me cuentes toíto lo que sientes, que yo sepa una por una tus ducas desde que han comenzao... Se me ha metió en la cabeza, hijo, que te han dado bebía, y si es así, hay que deshacerla con alguna oración, ó de otro modo que ya te iré explicando.
Velázquez, sonriendo, le dió cuenta del cambio que había sentido hacía tres meses: cómo su indiferencia hacia su querida se había trocado repentinamente en amor ardiente, cómo desde entonces vivía en constante zozobra pendiente de sus menores gestos, con qué frenesí la adoraba y qué mal pagaba ella esta adoración. Narró los más insignificantes pormenores de su vida con Soledad desde hacía algún tiempo, complaciéndose en enumerar los desaires que de ella recibía y en pintar los humillantes testimonios de idolatría que él la prodigaba sin lograr suavizarla. Cuanto más amoroso y humilde se mostraba, más se embravecía ella y peor le trataba. Comenzó riendo y terminó llorando como una criatura.
María-Manuela le puso su mano protectora sobre el hombro.
—No te apures, querido, que todo se arreglará. ¿Lo has desembuchao too?
—Todo.
—Pues, entonces no me cabe duda que te ha dao una bebía compuesta ó bien has olío una rosa hechizá... Bien pudiera suceder también—añadió cayendo en una meditación profunda—que te hubiera pasao la piedra imán por la espalda; pero esto me parece poco para tanto maleficio... Ó bien que haya hecho el muñeco... Mira, hijo, procura abrir el cofre ó el armario donde guarda la ropa y regístrala bien, y si encuentras un muñeco que tenga clavados unos alfileritos sobre el corazón, deshazlo prontito; hallarás un hueso dentro, sácalo y corre al cementerio y entiérralo.
Velázquez se lo prometió, y ella, cada vez más inflada y poseída de su papel maravilloso, le dijo:
—Antes de pasar adelante, es menester que consultemos las cartas. Según lo que te anuncien, así tendré yo que aconsejarte lo que debes hacer. Te confías en mí, ¿verdá tú?... Para que las cartas digan la verdad hay que creer en ellas y obedecer cuanto yo te mande. ¿Lo prometes?
Velázquez, aunque fingiese despreocupación y se riese de agüeros, guardaba, como buen andaluz, un fondo supersticioso. Trastornado ahora por su pasión además, juró de buena fe que creía en la virtud de las cartas y los ensalmos, y se manifestó dispuesto á seguir ciegamente cuanto María-Manuela le ordenase. Esta, desvanecida por su humildad, le obligó á declarar que se arrepentía de cuantas guasas había gastado respecto á los oráculos y que sólo de ella esperaba su salvación.
Hecho esto, fué á su cofre y sacó dos velas de cera verdes y un mantón negro, con el cual tapó la mesa. Cerró luego la ventana y encendió las velas. Abrió el cajón de la consola y sacó una baraja.
—Aquí dentro está tu suerte—dijo en voz baja y misteriosa colocándola sobre la mesa.
Velázquez se sintió impresionado. La maga le hizo sentarse, quedando ella en pie. Dió algunas vueltas en torno murmurando palabras de conjuro, y al cabo, deteniéndose y pasándose las manos por la cara, con aparato solemne tomó la baraja nuevamente, la barajó largo rato en silencio y la entregó á Velázquez para que la cortase con la mano izquierda. La puso otra vez encima de la mesa é, inclinándose hacia aquél, le dijo al oído:
—Da encima tres golpecitos y llámala.
El guapo abrió los ojos sorprendido.
—¿Á quién?
—¿Á quién ha de ser, desaborío? Á ella, á la mujer por quien penas.
Obedeció, dando con los nudillos sobre la baraja y diciendo al mismo tiempo con voz apagada y temblorosa: «¡Soledad!»
—Está bien—dijo la maga tomando la baraja y formando con ella varios montoncitos.
Contó de derecha á izquierda, y del quinto montón sacó una carta que dejó separada. Barajó después, hizo que Velázquez cortase y llamase de nuevo á su querida, y volvió á hacer montoncitos y á sacar del quinto otra carta, repitiendo la operación hasta siete veces.
La emoción del guapo crecía. Aquel aparato mágico iba influyendo poco á poco en su imaginación y disponiéndole á creer en la cabalística revelación que se preparaba. Pero aún más contribuía á turbarle la repetición solemne del nombre de su querida, hecha en voz baja, como una evocación misteriosa y dulce. Así que cuando la maga le dijo con afectada majestad: «En esas siete cartas está escrito tu porvenir» sintió un escalofrío y quedó inmóvil y pálido.
María-Manuela volvió las siete cartas, colocándolas en fila, siempre de derecha á izquierda. Las examinó largo rato con atención. Después, pasándose la mano por la cara repetidas veces, respirando con agitación como si se sintiese inspirada y hablando en voz de falsete para mayor solemnidad y misterio, comenzó á decir:
—Este cuatro de copas que aquí ves primeramente no es para ti de buen agüero: significa que vas á regañar con tu amante, que será fuerte el enojo, y este rey de oros que le sigue dice que será á causa de un hombre moreno. El dos de espadas al revés, que viene luego, te anuncia que debes librarte de amigos falsos y traidores; que te levantarán un testimonio y te costará mucho trabajo poner en claro tu inocencia. El siete de oros al revés dice que has de pasar muchas desazones que te harán perder el sentío; pero si logras tener calma y no haces un disparate, el siete de espadas que está á su lado te anuncia esperanza: harás las paces con Soleá y disfrutarás de tranquilidad... No durará mucho la paz, porque este as de bastos dice que pronto tropezarás y caerás otra vez. Volverán los disgustos, los enojos, os pelearéis con más fuerza aún que antes; pero este rey de copas, que es la última carta, está diciendo que al cabo todo se arreglará con la bendición del cura, que os casaréis y seréis muy felices... ¿Quieres saber más, empachoso, traidor?—añadió volviendo hacia el guapo su faz radiante de satisfacción y suficiencia.
Velázquez, que tenía el pecho oprimido, lo desahogó con un largo suspiro que hizo sonreir á la maga; pero su rostro se frunció de nuevo al oirle decir:
—¿Y todo eso será como lo cuentas?
—¡Gachó! ¡las cartas no mienten! Cuanto has oído te sucederá. Lo que importa ahora es deshacer el maleficio de la bebía compuesta, si es que la has bebío, ó de la rosa hechizá, si la has olío... Primeramente, un día de éstos que salga Soleá á la calle, tomarás un puchero y echarás en él aceite y sal y tres clavitos de hierro atados por la cabeza. Lo verterás todo cuando ella vaya á llegar á la puerta de casa. Si pisa los clavos no tardarás en hallarla vuelta como una media: te seguirá á todas partes y no verá ya sino por tus ojos... Si entrase sin pisar los clavos, entonces hace falta que digas á las doce de la noche una oración que voy á enseñarte...
Y se puso á repetirle gravemente algunas palabras de ensalmo en que se conjuraba á una cierta Elena, hija de rey, que escarbando la tierra del monte Olivete se había hallado los tres clavos de Nuestro Señor, para que clavase uno de ellos en el corazón de Soledad.
| Para que no pueda vivir, |
| ni sosegar, |
| ni en silla sentar, |
| ni en cama acostar, |
| sino que muriendo de pena |
| me venga á buscar. |
Velázquez, aunque con menos fe que en las cartas, aprendió la oración.
—La dirás al sonar la primera campanada de las doce, en camisa y descalzo. Luego te meterás en la cama y escucharás con atención. Si oyes un burro rebuznar ó ladrar á un perro es de mal agüero; pero si oyes el ruido de una puerta ó el canto de un gallo, entonces, ¡alégrate, corazón! tus ducas se acabaron. Soledad se hará mansa como una gatita mimosa y te querrá como á las niñas de sus ojos...
El majo, que los recordó en aquel momento ¡tan negros, tan brillantes! sintió un estremecimiento de dicha y en un rapto de entusiasmo abrazó á la maga y quiso darle uno de los anillos que llevaba en los dedos; pero no aceptó el regalo; estaba contenta con descubrirle su buenaventura.
—No tomaré ningún regalo hasta el día en que os caséis, ¿sabes, niño?
Luego, llena de magnanimidad, se dignó darle algunos preciosos consejos para que su horóscopo feliz no se retrasase.
—No regales ligas á Soleá si quieres casarte con ella, ni tampoco tijeras... Evita las miradas de los tuertos... No des vueltas en la mesa al cuchillo, como sueles hacer, que tiene mala pata, ya te lo he dicho... Haz lo posible por no pisar carbón...
Su rostro oscuro, expresivo, se dilataba con majestuosa expresión profética.
Velázquez salió de aquella casa feliz como un desahuciado á quien prometen la vida. Y á paso corto de transeunte curioso y satisfecho emprendió el camino de su casa al través de las calles buscando la sombra. El verano se presentaba duro y fogoso, y aunque la singular posición de Cádiz, flotando como un buque anclado en la mar, templaba sus rigores gracias á la brisa que lo baña, todavía al atravesar algún espacio abierto el ardiente latigazo del sol obligaba á apresurar el paso.
En la calle Ancha encontró algunos amigos y estuvo con ellos jovial y locuaz como pocas veces se le había visto. Al despedirse de ellos tropezó con Mercedes la Cardenala, á quien no había vuelto á hablar desde la memorable noche en que Soledad fué á buscarle á su casa. Como el buen humor le retozaba en el cuerpo, se aventuró á detenerla, saludándola con afectuosa expansión. La muchacha, sorprendida de aquel arranque, estuvo fría, circunspecta y no dejó de mortificarle con algunas palabritas amargas.
—¿Te han dado suelta hoy?... ¿Hasta qué hora tienes permiso?... Dicen que ya no echas roncas como antes, que estás convertido en un palomo buchón...
Pero el majo no se dió por ofendido; procuró echarlo á risa, le dijo algunas galanterías y se despidió al cabo de ella, diciendo para sí con alegría:
—¡Lástima de niña! ¡Qué salada es! Si yo tuviese dos corazones, le daría uno.
Justamente al acercarse á su casa vió salir de ella, bajando los escalones, á Miguel, el hermano de Soledad. En cuanto el chico le divisó, dióse á correr desesperadamente en dirección de la plaza de toros. Velázquez lo siguió también á la carrera, logrando estrechar la distancia.
—¡Quieto, Miguel!
El muchacho, sin hacer caso, presa de un terror pánico, redobló sus esfuerzos, tratando de perderse en las callejuelas próximas á la catedral. Pero Velázquez, más ágil, no tardó en darle alcance, poniéndole una mano sobre el hombro.
—¿Qué es eso, hijo, por qué corres tanto?
El chico retrocedió asustado, arrojándose contra la pared de una casa.
—¡No me pegue usted, señor Pedro, que yo no he tenido culpa! Fué ella quien me mandó á llamar.
El guapo sonrió y repuso cariñosamente:
—No temas, querido, ninguna gana tengo de pegarte... Al contrario, deseaba verte y charlar contigo un rato...
Pero Miguel, juzgando aquello un sarcasmo precursor de los golpes, se oprimía aún más contra la pared, dirigiendo una mirada ansiosa á los lados para ver por dónde podría escapar mejor.
—¡Te digo que no, hijo!... ¡Que no vengo á pegarte!... Quiero que seamos amigos y no se hable más de lo pasado.
Á duras penas logró tranquilizarlo. Tanto que, habiéndole invitado á entrar en una taberna inmediata á tomar unas cañas, el chico se negó á poner el pie dentro, temiendo una asechanza.
—¡Qué escamón estás, hijo!—exclamó el guapo riendo.—Mira, si tienes miedo, llévame adonde tú quieras con tal que haya vino.
Confiado en estas palabras, Miguel le condujo á un tabernucho cerca de los muelles, guarida cómoda de otros pícaros como él, donde solía comer y beber cuando tenía dinero, y no pocas veces también dormir. Mientras caminaban emparejados, Velázquez le preguntó:
—¿Has estado mucho rato en casa?
—No, señor; un momento nada más... y eso porque Soleá me había pasado dos recaos, uno hace quince días y el otro ayer mismo, por un amigo que la vió en la tienda de la Parra...
Se disculpaba todavía con empeño, sin convencerse de que Velázquez no estuviese enfadado.
—No importa que entres y salgas en mi casa cuando bien te venga... Te lo he preguntao por hablar algo.
Llegaron á la tienda y Miguel se introdujo en ella con la familiaridad de parroquiano, acomodándose en un rincón y batiendo las palmas para pedir vino. Velázquez se sentó frente á él, despojóse del sombrero y le miró sonriente y un poco acortado. Después se informó alegremente de su vida y le agasajó, procurando inspirarle confianza.
—Miguelillo, eres una bala perdida; has dado muchos disgustos á tu familia, pero siempre he pensado que tienes buena entraña: así lo he dicho á tu hermana cuando ha venido al caso. Lo que te está haciendo falta es alguien que te abra los ojos. Se puede un hombre divertir, correr guasas y gozar del mundo sin meter la pata, ¿sabes? ¿Qué gracia tiene correr hoy una juerga y mañana que le corran á uno en pelo los guardias? Es menester que dejes á esos andrajosos con quien andas, que no pueden darte más que desazones. Reúnete con hombres regulares que tengan un duro en el bolsillo y sepan gastarlo con los amigos...
El chiquillo estaba encantado. Habiendo perdido todo temor, le confesó que le dolía el alma ya de tanta fatiga, de no comer, de no dormir con sosiego, de ser machucado por todo el mundo... «¡Si yo le contase las crujías que he pasado!»
Al compás de las cañas la conversación se fué animando, estableciéndose pronto entre ambos una cariñosa familiaridad. Velázquez, lleno de condescendencia, le prometía no abandonarlo, hacerle un hombre. Al fin concluyó haciéndole un elogio caluroso de su hermana. En media hora no se detuvo. Todo lo ensalzaba, todo lo hallaba admirable, los cabellos de ébano y la franqueza y lealtad del carácter, su corazón tierno y sus pies diminutos.
—Cada día estoy más satisfecho de tenerla en mi casa—manifestó al cabo con su antigua superioridad.—Y si continúa portándose tan bien como hasta aquí, es casi seguro que al fin me casaré con ella...
Avergonzado de su baladronada, pronunció las últimas palabras rápida y confusamente. Luego tosió y se limpió repetidas veces la boca con el pañuelo y añadió en voz baja, no sin que le subiese un poco de calor á la cara:
—Si por casualidad hablases con ella de mí, espero que te portarás como amigo... Porque, ya sabes... es inocente y propensa á los engreimientos y se cree todas las paparruchas que le cuentan... Y como no faltan malintencionados... ¿tú entiendes?... No te digo más... Eres un hombre y conoces el mundo... Me prestarás un favor grande, Miguelillo, si la convences de que nadie puede hacerla más feliz que yo... Que no haga caso de comadres ni de jaleadores que sólo buscan modo de que regañemos para pescar á río revuelto... Bien sabes que nunca he sido tacaño para ella. Á Dios gracias, me sobra dinero para llevarla vestida como la hija del mayor caballero... Si no va mejor es porque no quiere... Siendo buena para mí, tu hermana será una princesa, querido, y tú nada perderás tampoco...
El chico no comprendía bien, pero le hacían feliz las confidencias de un hombre á quien estaba acostumbrado á admirar y temer. Prometió todo lo que el otro quiso, bebió un número prodigioso de cañas y declaró terminantemente que su hermana sería una sinvergüenza si algún día olvidase lo que le debía. Velázquez, por su parte, se había puesto también de excelente humor.
—Atiende, Miguelillo, no quiero que andes ya más á salto de mata. Te vas á mi casa, ¿entiendes? Allí tienes cama y mesa y todo lo que te haga falta... Supongo que Soledad no se opondrá á que vivas con nosotros—añadió bajando la voz y pronunciando con respeto el nombre de su querida.
—Miguel, que no estaba al tanto de ciertas interioridades, tomó aquellas palabras á burla y alzó los hombros riendo.
Al cabo de un rato, Velázquez llamó al chicuco para pagar. Cuando lo hubo efectuado, miró al gandul con sonrisa maliciosa y le preguntó:
—¿No te ha dado hoy ningún dinero Soledad?
Miguel negó rotundamente poniéndose colorado.
—¡Vamos, Miguelillo, confiesa!
—¡Que no, señor Pedro! No ha hecho más que darme de comer y este pañuelo de seda que usted ve—repuso sacando uno del bolsillo.
Pero Velázquez insistía bromeando. Por último declaró que le había dado tres pesetas. El majo soltó una carcajada.
—Y tú le habrás dicho: ¡Adiós, rumbosa! ¿verdá tú?... Las mujeres todas son lo mismo.
Al mismo tiempo echó mano generosamente á la cartera y le dió un billete de diez duros.
XIII
Antoñico.
Razón tenía para poner reparos al ofrecimiento de su casa. Por más que hizo, nunca se pudo lograr de Soledad que admitiese en ella á su hermano. Insistía la joven en que Miguel volviese á Medina para hacer compañía á su madre, ya que en Cádiz llevaba una vida de perdido y se estaba corrompiendo cada día más. El chico se negó resueltamente á obedecerla, con lo cual quedaron las cosas en tal estado, salvo que Velázquez proveía ahora á sus necesidades y no pocas veces también á sus vicios.
Cayó al fin sobre éste un cuidado más grave que los anteriores y mucho más riguroso. Hasta entonces los desdenes de Soledad y las humillaciones que le hacía experimentar podían achacarse á su carácter altanero y quizá al deseo de vengarse de las que él le había infligido. Esto las hacía más llevaderas; parecían un castigo justo. Á veces él mismo, acometido de anhelos de adoración, las provocaba, hallando en ellas dulzura exquisita, como los ascetas en sus penitencias. Pero el sabor se hizo amarguísimo, insoportable, cuando vinieron acompañadas de celos. Soledad, que siempre había mostrado buen semblante á las guasas de Antonio Robledo, las iba encontrando cada día más sabrosas; de tal suerte que cuando entraba en la tienda ya no tenía ojos y oídos sino para él. Establecióse entre ambos una corriente de confianza y aun de inteligencia que no pudo pasar inadvertida para el majo. Con esto la antipatía que Antoñico le inspiraba hacía tiempo creció hasta convertirse en aborrecimiento, el cual apenas con gran trabajo podía disimular. Notábalo aquél en la frialdad y reserva con que su antiguo amigo le hablaba, en las miradas oblicuas, lucientes, que alguna vez sorprendía en sus ojos; pero, sabedor de lo que entre los amantes acaecía, no cejaba en sus proyectos de seducción, aunque guardándose cuanto podía, porque siempre le había tenido miedo. Esforzábase en mostrar en todos los momentos su ingenio gracioso y maleante. Animado por las carcajadas de Soledad, llegaba á ejecutar farsas estupendas que tenían en continuo alborozo á la reunión.
Velázquez manifestaba su desabrimiento manteniéndose serio ó saliéndose del aposento en lo más culminante del regocijo. Cuando hablaba de Antoñico en presencia de Soledad lo hacía con afectado desdén: le llamaba payaso, titiritero, y recordaba con fruición cualquier lance ridículo de su vida. Pero, no bastando esto á desahogar su cólera sorda, un día, con las debidas precauciones, llegó á recriminar á su querida por la atención que le prestaba.
—Mira, Soledad, no hay nada que más me ensanche el corazón que verte alegre y contenta. Cuando te oigo reir, las puertas del cielo se abren de par en par para mí... Pero me hace daño que te pongan tan alborotada las desvergüenzas de ese mono sabio... ¡Me revienta ese tío!... no lo puedo remediar. Luego hazte cuenta que todas esas gracias mohosas las suelta para tu regalo. Apenas dice una palabreja aguda, ya te mira á la cara á ver qué gesto pones... Trae de casa los chistes almacenados para ir largándolos poco á poco á modo de anzuelos...
Soledad le escuchó en silencio y se contentó con hacer una mueca de desdén. Y sin parar mientes en su disgusto, siguió riendo con más alegría aún las bufonadas de Antoñico. Éste, halagado por ello y también por el malestar y los celos que inspiraba á Velázquez, empezó á pensar seriamente en la conquista de la bella tabernera. Acudía solícito todas las noches á la reunión, y si siempre se mostraba alegre é ingenioso, los días en que no le acompañaba María-Manuela subía de punto su gallardía y se autorizaba, so capa de broma, el requebrar á Soledad lindamente y departir con ella en un rincón siempre que la ocasión se presentaba.
El malestar y la tristeza de Velázquez iban creciendo. En cuanto Antoñico ponía el pie en la tienda quedaba silencioso y sombrío que daba grima mirarle. Al cabo volvió con la misma suavidad á amonestar á su querida. «Aquellas confianzas con un hombre á quien detestaba le causaban mucha pena. ¿Qué necesidad tenía de aparecer tan contenta cuando él entraba? ¿Por qué consentía que la hablase aparte y en voz baja?... Ya sabía que todo aquello era agua de cerrajas, que ella no iba á enamorarse de sujeto tan ruin; pero con estas confianzas él se crecía y pudiera pasarse á mayores si no se le atajaba. Además, los amigos lo notaban... Estaba quedando en ridículo...»
Soledad permaneció algún tiempo silenciosa. Luego, gravemente y afectando indiferencia, respondió:
—Antoñico tiene buena sombra y me hace reir... Y ¿qué hay con eso?... Los demás también se ríen... Si tú no lo haces ahora es porque le has tomado tema. ¿Quieres que habiendo jarana ponga la cara larga como si fuese á hacer testamento!... Hijo, eso no puede ser... Cada cual es cada cual, y porque tú no críes bilis no me voy á morir de empacho de risa.
No pudo lograr de ella otra respuesta.
—Pues si ese guasón sigue dándome jaqueca, el día menos pensado le cojo por un brazo y le planto en la calle.
Soledad se puso pálida de ira, pero se limitó á decir sordamente:
—Harías muy mal.
Transcurrieron bastantes días después de esta corta explicación y las cosas, en vez de mejorar, empeoraron. Soledad no sólo no reprimía la expresión de su simpatía, sino que afectaba demostrarla con testimonios más visibles. Antonio, observando su frescura, dióse á entender que Velázquez estaba por completo esclavizado y aguantaría todo lo que le echasen encima. Por lo que no se guardó ya tanto de él: festejaba á la tabernera con su habitual desembarazo y sostenía con ella, hasta en presencia del guapo, largos apartes en los cuales se embromaban y reían como locos.
La desazón de Velázquez era tan grande que para nadie pasó inadvertida. Se hicieron comentarios en voz baja y no faltó quien reconviniese á Antonio por su conducta. Pero éste alzó los hombros y respondió, como siempre, con una desvergüenza. El majo se hallaba en una tensión de espíritu insoportable. Tan pronto, acometido de cólera furiosa, proyectaba arrojar á su amigo de la tienda á puntapiés y pescozones, como, presa de profundo abatimiento, quedaba paralizado y devoraba su afrenta en silencio; comía poco, no bromeaba jamás y, contra su costumbre, bebía bastante vino.
Al fin rompió la cuerda, como era de presumir. La insolencia del uno y la despreocupación de la otra llegaron á tal extremo que, hallándose cierta noche en el aposento habitual de la reunión, Antoñico, con pretexto de coger un cigarro que se le había caído, apretó los pies de la hermosa tabernera, quien en vez de enojarse rió la chanza. Velázquez, que advirtió la maniobra, sintió que un flujo de sangre le invadía la cabeza y le cegaba. Llevó la mano al bolsillo para sacar la navaja; quiso levantarse, pero no tuvo fuerzas para hacerlo, como si una mano de hierro le hubiese clavado á la silla. Bañó su frente un sudor frío y, en vez de partir el corazón de su rival, sintió ganas atroces de llorar. Los sollozos le ahogaban. Llenó, con mano trémula, el vaso de vino y lo apuró con ansia.
Cuando los tertulios se despidieron y quedó solo con su querida, inició con voz alterada una explicación.
—Soledad, hija mía, me estás dando muchos disgustos. Acabo de ver al sucio de Antonio propasarse contigo sin que te hayas dado por ofendida... Por milagro de Dios no le he dejado clavado á la pared como un sapo... Vuelvo á suplicarte que si me aprecias en algo dejes de hablar con ese hombre... Ya te he dicho que no lo puedo soportar... ¡Vamos, que no puedo!...
—Pues haz por soportarlo—respondió secamente la joven.
Calló un momento, herido por aquella frase cruel. Luego dijo con humildad, acercándose á ella:
—Sabes que soporto todo cuanto tú quieras... hasta una bofetada en medio de la calle... Te quiero tanto, ¡tanto! que si me mandases tirarme por la muralla, me tiraría... si se te antojase la cruz de la custodia, iría á robarla para ti... Pero hay cosas que hieren más que una bofetada, más que una puñalada en el corazón... Te ruego, por tu salud y por la de tu madre, que no me des más celos... Mira que me estás quitando la vida...
Soledad guardó silencio. Alzóse de la silla en que estaba y se puso á arreglar las botellas de la estantería. Velázquez se acercó de nuevo á ella suplicante.
—Lo que te pido no creo que te ha de costar mucho trabajo... Déjame echar á ese hombre de casa, y yo te prometo no molestarte más con celos...
Tampoco dijo nada la tabernera. Hubo una larga pausa. Al cabo insistió con voz temblorosa:
—Vamos, Solita, no me des ese disgusto... Pídeme en cambio lo que quieras.
—Lo único que te pido es que me dejes ya en paz—repuso ella alejándose para limpiar una de las mesas.
Velázquez no se atrevió á seguirla. La miró acobardado algunos instantes y al fin profirió con amargura:
—¿No merezco siquiera ese pequeño sacrificio? Por ti me privaría yo de hablar con todas las mujeres de este mundo... ¡y tú, en cambio, no puedes pasarte sin las guasas de ese tío!
Soledad, que reprimía á duras penas la impaciencia, exclamó:
—¡Ea, basta ya! Hago lo que se me antoja. Ni tú estás amarrado á mí con una cadena, ni yo á ti tampoco... Así, el día que se me ponga en el moño, con ese ó con otro, con el que me dé la gana, me voy y te dejo plantado. ¿Lo quieres más claro?
Y sin aguardar contestación se dirigió á la puerta para subir á acostarse. Una blasfemia de Velázquez la hizo volverse.
—¡Ah!... ¡Ya se concluyó mi paciencia! Si no quieres ser mía, tampoco serás de otro, porque antes te voy á partir el corazón.
Rápidamente echó mano á un cuchillo que había sobre el mostrador y se lanzó sobre su querida. Retrocedió ésta llena de terror, mas por súbita inspiración exclamó sonriendo:
—¡Anda! ¿Y lo has tomado en serio de verdad?
Velázquez se detuvo y la miró estupefacto, inflamadas las mejillas, llameantes los ojos.
Entonces la joven se acercó á él con semblante pálido que desmentía su forzada sonrisa.
—Pero, guasón, ¿te has creído la simpleza que acabo de decir? ¿Es que no se puede gastar una broma?... ¿Cómo has podido figurarte que yo me había de chalar por ese titiritero?
El majo se calmó, soltó el cuchillo y se dejó caer sobre una silla. Soledad se sentó á su lado y charlaron un rato. Apretada por el miedo, hizo un esfuerzo por mostrarse afectuosa y se disculpó de sus insolentes palabras. Después subieron á casa.
Cuando al cabo logró quedar sola en su cuarto, el rostro de la joven cambió enteramente. Desvanecióse la sonrisa contrahecha que lo dilataba y quedó temerosamente fruncido. La cólera y el miedo se enseñorearon de su alma. ¿Por qué había de estar unida á un hombre á quien no quería? ¿Era su marido? No. Pues entonces, ¿qué obligación tenía de sufrirlo? Además, corría grave riesgo de que con cualquier pretexto fundado ó infundado de celos la diese una puñalada... Conocía bien su temperamento brutal, su orgullo quisquilloso que ahora disimulaba ó parecía dormido á causa del capricho repentino que por ella le había entrado. El día menos pensado se le subía la fachenda á la cabeza, lo echaba todo á rodar, como otras veces, y perecía á sus manos.
Bruscamente tomó la resolución de abandonar la casa. «Nada, yo no estoy más tiempo con este tío.»
Metió sin hacer ruido su ropa y enseres en el baúl y lo cerró. Después se sentó sobre la cama y, con el oído atento, los ojos extáticos, aguardó. Oyó las campanadas de las doce, y suponiendo que Velázquez estaría ya bien dormido, se echó el mantón sobre los hombros, bajó quedo la escalera, abrió la puerta con cautela, salió y la cerró sin ninguna, echando la llave y dejándola puesta para que su querido no pudiera salir á perseguirla, en el caso de que despertase.
Justamente éste acababa de recitar el conjuro que le había enseñado María-Manuela. Al oir el golpe de la puerta, no imaginando que fuese la suya, sino la del vecino, tomólo por feliz agüero que venía á coronar la escena amorosa que acababa de pasar. Una sonrisa de beatitud dilató su rostro y quedó plácidamente dormido.
Mientras tanto, Soledad corría por las calles de Cádiz y llegaba á casa de su amiga Paca. No quiso ir á la de María-Manuela por razones de delicadeza fáciles de apreciar. Además, aunque ruda de inteligencia, ésta no había dejado de advertir que las bromas y chicoleos que su amante usaba ahora con Soledad tenían sabor distinto que antes. Andaba inquieta, celosa y, aunque amiga entrañable de aquélla, no podía disimular su escozor.
Paca la recibió con efusión, porque la quería de veras; la hizo acostarse, y apenas había amanecido Dios, vino á sentarse en su cama y la obligó á contar lo que había pasado. Soledad relató lo sucedido; cómo Velázquez había estado á punto de matarla, los esfuerzos de disimulo que había tenido que hacer para librarse de una puñalada, el miedo terrible que había pasado y, por último, los pormenores de su fuga. Calló el motivo de la reyerta. Paca no se lo preguntó porque de sobra lo conocía. ¿Qué podía ocultarse á aquella inteligencia superior y universal? Pero sin aludir á él directamente, supo pronunciar una brillantísima oración encaminada á persuadirla de que todo aquello «era conversación de Puerta de Tierra», y que el único hombre que la convenía, á pesar de sus defectos, era Velázquez, porque tenía buena entraña y la quería y porque con él se había perdido, y porque la mujer de vergüenza no debe ser más que de un hombre en su vida. Luego que la hubo bien doctrinado pasó á otra conversación, porque suponía que, dado el estado de ánimo de su amiga, era difícil que aceptase sus enseñanzas. Se necesitaba que trascurriesen algunos días para que se calmase y surtieran efecto.
Soledad quería marcharse en seguida para su tierra. No lo consintió su amiga, esperando que la nube se disiparía y vendría la reconciliación. Pero la tabernera cada día se mostraba menos dispuesta á ella. Á cuantas reflexiones la hacían contestaba resueltamente:
—No se cansen ustedes: yo no vivo ya con ese hombre.
Achacábanlo todos á terquedad, porque, en efecto, era apretada de sienes como una aragonesa, casi imposible de convencer cuando se apoderaba de ella una idea. Pero, además, poseía un fondo de rectitud, un alma justiciera que mantenía viva la llama de la ofensa. Los desprecios con que Velázquez había pagado su amor tierno y desinteresado le causaban cada día mayor indignación. Había llegado á aborrecerle y lo confesaba tranquilamente con la sinceridad que la caracterizaba.
No era esto, sin embargo, lo que más preocupaba á Paca. Tenía absoluta confianza en su elocuencia y sabía que más tarde ó más temprano llegaría á convencerla. Lo peor era que Antoñico rondaba la costa. En cuanto salían de casa ya lo tenían encima. En el Perejil, en la plaza de Mina, en todas partes se pegaba á Soledad como una lapa. La joven, en vez de huirlo, parecía buscarlo, le mostraba un semblante risueño y satisfecho. Esto tenía inquieta á la esposa de Pepe de Chiclana, porque conocía las pésimas condiciones del sujeto. Deploraba lo que podía suceder, no sólo ya por Soledad, sino también por María-Manuela, á quien igualmente estimaba. Tal inquietud subió de punto y se convirtió en miedo cuando supo que Antonio y María, después de una escandalosa reyerta en que se arañaron y apalearon, habían concluído por separarse: él se quedó en casa y ella se fué á la de su hermana.
Justamente acababa de recibir la noticia cuando tropezó en la calle con Manolo Uceda. Andaba éste retraído hacía algún tiempo. Desde el rompimiento de Soledad con Velázquez, en vez de acudir solícito á sitiar la plaza vacante, se había despegado un poco. Saludaba á la joven cuando la hallaba y hablaba con ella algunos ratos, pero no se le veía asiduo como antes. Quizá notaba la predilección de aquélla por Antoñico y esto le producía la natural repugnancia, ó bien trabajaba sobre sí mismo para vencer un amor que tantos dolores le había causado. Paca le contó lo que pasaba, hablaron largamente de Soledad, le expuso sus temores y concluyó por rogarle que tratase de disuadirla también de aquella relación que tanto podía perjudicarla.
—Convendría que se fuese en seguidita á Medina; pero, hijo, yo no puedo decírselo... Está en mi casa... Además, bastaría que notase por lo que es para que se encaprichase en quedarse y tal vez hiciese una atrocidad... Ya la conoce usted.
—Sí, sí; la conozco bien—respondió el joven con acento amargo.
—¿Por qué no la habla usted?
—¿Yo?—exclamó con sorpresa.—Yo no tengo ninguna influencia sobre ella.
—Está usted equivocado. Sé que le aprecia mucho... Cuando se habla de usted.... ¡uf! le pone por las nubes...
—¡Sí, para tenerme más lejos aún!—repuso con sonrisa melancólica.
Paca insistió. Argumentó metódicamente desenvolviendo sus ideas en serie interminable de sutiles demostraciones; estudió, examinó los pros y los contras, se lanzó con pasmosa agilidad al campo del análisis trascendental; en una palabra, rajó por los codos hasta quedar fatigada. Y como todo se lo dijo ella, Manolo no pudo decir nada, encontrándose, cuando menos pensaba, solo y citado para el día siguiente, á las once, en casa de Pepe de Chiclana.
No le pesó mucho. Aunque harto de desengaños y dolorida el alma, aún rebullía en su corazón la esperanza, por poco que la hurgasen. Acudió, pues, puntualmente á la cita con pretexto de hablar á Pepe de un caballo que iba á comprar. No tardó la ingeniosa Paca en dejarle solo y mano á mano con Soledad. La conversación fué mucho tiempo indiferente y penosa. No se atrevía á comenzar; estaba distraído, no decía cosa ordenada. Soledad, que tal vez sospechaba algo, se mostraba más grave que de ordinario y más parca de palabras. Mas por fin, y tomando pie de los frecuentes paseos que la joven daba por el Perejil, se atrevió á decir:
—Te veo casi siempre acompañada de Antoñico.
—Sí; alguna vez nos acompaña—repuso ella secamente.
Hubo una larga pausa.
—¿Y crees—dijo al cabo con tímida sonrisa—que te conviene ese acompañamiento?
—¿Pues?—replicó la joven con semblante serio mirándole á la cara.
Manolo bajó los ojos.
—Porque, á la verdad...., no ganarías nada en la opinión de la gente siguiendo de esa suerte... Es demasiado pronto para tomar otras relaciones... Además, Antonio tiene compromisos sagrados con una mujer, y sobre todo... tú lo sabes lo mismo que yo... no está bien reputado...
—¡Bah!—exclamó la joven un poco pálida.—Esas son cosas de la tienda de Velázquez. Los amigos no le perdonan que tenga buena sombra y que de vez en cuando les tome un poco el pelo.
Uceda se sintió mortificado por esta respuesta picante, pero tuvo fuerzas para disimular y dijo con acento grave y resuelto:
—Tendrá toda la sombra que quieras, pero no ha sabido portarse como persona decente ni con María ni con su amigo Velázquez, á quien debe favores y dinero.
Soledad se puso aún más pálida. Y dejando escapar la cólera que hinchaba su corazón desde el principio de la entrevista, profirió con voz alterada:
—¿Sabes lo que te digo, Manolo?... Que hagas el favor de dejarme en paz. Ni eres mi padre para reprenderme, ni el cura de la parroquia para darme consejos... Tú no puedes hablar de Antonio ni de ningún otro hombre que se me acerque... porque ya ves... cualquiera pensaría que lo haces por envidia.
Manolo se alzó de la silla como si le hubiesen pinchado. Toda su sangre dió una vuelta y le acudió al rostro. Acercóse á ella y, sacudiéndola por el brazo, profirió con ira concentrada:
—¡Niña! ¡niña! ¡niña! ¿qué estás ahí diciendo? El cariño que te he tenido no te autoriza para insultarme. No te pongas tantos moños. Si eres hermosa, otras lo son también, y si te quiero no es por tu mérito, sino por ser la primera mujer con que he tropezado... Después de todo, quizá no esté enamorado de ti, sino de la imagen que de ti se ha formado en mi corazón... Porque, á la verdad... voy viendo que interiormente vales bien poquito.
Soledad se puso á su vez roja como una amapola. Comprendió que le sobraba razón para encolerizarse y por un impulso noble de su naturaleza espontánea y justiciera le tendió la mano diciendo:
—Perdona, Manolo. Tengo el genio demasiado vivo y cuando me enfado digo cosas que nunca he pensado.
El caballero de Medina te estrechó la mano, habló pocas más palabras y se despidió al cabo de algunos minutos con bastante frialdad.
XIV
La boda de Pepa.
Como puede inferirse, la fuga de Soledad impresionó hondamente el corazón del guapo. Pero el exceso mismo del golpe trajo consigo el abatimiento: en pos de éste vino una resignación desesperada que le guardó de dar paso alguno para buscarla y atraérsela. Hizo de tripas corazón y procuró distraer su dolor con el trato de los amigos más bulliciosos. Frecuentó mucho más las tiendas de vinos y en la suya procuraba que reinase la alegría hasta las altas horas de la noche. Con lo cual, si no se consolaba, por lo menos se aturdía.
Era esto poco, sin embargo. Comprendía que la mejor medicina para aliviarse sería un nuevo amor y trató de buscarlo. Vacilaba en dirigirse de nuevo á Mercedes la Cardenala, temiendo fundadamente que le rechazase, cuando llegó á sus oídos la noticia del rompimiento de Antonio y María-Manuela. De pronto nació en su mente la idea de galantear á ésta, con lo cual, además de procurarse distracción, se vengaba, hasta donde era posible, de su rival y molestaba á Soledad. De tal modo le sonrió este deseo que aquella misma tarde comenzó á ponerlo en obra, acompañando á la maga en el Perejil y por la noche en la plaza de Mina. Aunque imperfecta y abultada de facciones era María mujer de mucho atractivo y poseía una gracia picante y sensual que á no pocos había seducido. Á Velázquez nunca le había gustado, mas aguijoneado ahora por el anhelo de la venganza, procuró doblegar á ella su gusto, consiguiéndolo á medias. Animado por el éxito, llegó á esperar que al cabo le hiciese olvidar su desdichado amor, cosa que deseaba con todas las veras de su alma. Pocas entrevistas fueron necesarias para que los dos se entendiesen. La una aceptó al instante los galanteos, por la misma razón que el otro se los dispensaba. Y con afectada libertad exhibieron sus relaciones por todas partes. Velázquez pensaba ya en proponerla que se fuera á vivir con él.
Estaba en toda su fuerza el verano. El África exhalaba su aliento cálido sobre la coqueta ciudad enardeciéndola, sobresaltándola, como una doncella que recibe el beso abrasador de su amante. Por las mañanas, la gente acudía á los baños del Real á refrescarse, y los mancebos tenían ocasión de acercarse á las zagalas para decirles mil requiebros hiperbólicos, y lo que aún era mucho más grato, para ver sus blancos pies desnudos y observar la graciosa curva de sus formas bajo el leve, flotante, vestido de baño. Por la tarde volvían á hallarlas en el Perejil, y allí, viendo al sol hundirse majestuosamente en el Océano entre rojizos resplandores, su amor se hacía reservado y melancólico. El horizonte se desplegaba como una visión de oro. El mar bebía la irradiación del cielo. El crepúsculo, subiendo poco á poco de Levante envolvía á la ciudad con su velo sombrío, apagaba después las luces temblorosas del Océano, se esparcía sobre las olas dejándolas verdes, inmóviles. Un soplo de tristeza estremecía súbito á los enamorados, poniéndolos graves y mudos, mirando con ojos extáticos la huída de la luz. Pero llegaba la noche sembrada de estrellas, y allá en la plaza de Mina, escuchando los sones armoniosos de la música, favorecidos por la sombra, de nuevo se acercaban para verterse en el oído los dulces secretos de su corazón. Y su amor entonces adquiría un sentimiento de tierna intimidad, venía envuelto en promesas halagadoras que los ponía gozosos y locuaces.
En una de estas noches sembradas de estrellas, y en un banco de la plaza de Mina, fué cuando nuestro amigo Frasquito dejó señalado el día de su matrimonio. Hubo dificultades para arreglarse antes. El padre de Pepa, que era maestro carpintero y había adquirido en sus contratas un razonable caudal, tenía demasiado apretados los cordones del bolsillo, no se decidía á señalar dote á su hija, contentándose con responder á las instancias de los novios que «los ayudaría en todo lo que pudiese». Pero tal vaga promesa estaba lejos de satisfacer el espíritu esencialmente práctico y ordenado de Frasquito. Enemigo irreconciliable de las abstracciones tratándose de asuntos tan serios, iba aplazando la boda mientras no viese algo más concreto. Finalmente, aquella mañana, el maestro carpintero se había humanizado y le prometió diez mil pesetas para comprar la participación que su tío tenía en el comercio y quedarse él solo con el negocio de las harinas.
Señalado el día por los novios, pedida la novia oficialmente por el señor Rafael y arreglados los papeles á toda prisa, se tomaron los dichos en la vicaría. Después de las correspondientes amonestaciones celebróse la boda, al entrar la noche, en casa de la novia. Fueron padrinos el señor Rafael y Mercedes la Cardenala, prima de Pepa. Asistieron á ella los parientes y amigos de ésta y la reunión de la tienda de Velázquez, por ser los más íntimos que el novio tenía. Manolo Uceda se excusó por verse obligado á dormir aquella noche en la Isla; en realidad, por no encontrarse con Antonio y Soledad. Ésta se había negado en un principio á asistir á pesar de las vivas instancias de Frasquito, pero habiendo venido la misma Pepa á suplicárselo no tuvo más remedio que ceder.
Se preparó la comida en una de las tiendas de Puerta de Tierra, y después de la ceremonia todos se trasladaron allá en coche. Iba una jardinera de diez asientos; pero no cabiendo todos en ella, los sobrantes se acomodaron en berlinas de punto: Velázquez en una con Frasquito, el señor Rafael en otra con el padre de Pepa, y así sucesivamente. Las mujeres prefirieron casi todas ir en la jardinera acompañando á la novia. Esta, después de haberse despojado de la mantilla, se había echado encima del traje negro de seda con que se casara un espléndido pañolón de Manila azul bordado en blanco. La mayoría de las otras iban adornadas con prendas semejantes. El de Soledad era negro bordado en rojo, el de Paca amarillo con flores negras, el de María-Manuela rojo y blanco, el de la madrina blanco y verde.
Las calles hervían de gente cuando la comitiva se puso en marcha atravesando al medio la ciudad por mayor gala. El estrépito de los coches y su número desusado sorprendían á los transeuntes, que se detenían, y al enterarse de que era boda gritaban riendo:
—¡Vivan los novios!
Y los de la comitiva respondían con vivas aún más sonoros, golpeando al mismo tiempo con los bastones hasta romperlos. El padrino hacía parar delante de todas las tiendas de montañeses conocidas; llamaba al chicuco; aparecía éste con una batea de cañas; se bebían alegremente entre el corro de la gente que se apiñaba instantáneamente para verlos, y ¡arrea, niño! vuelta á escapar desempedrando las calles.
En la de la Carne el aplauso y la algazara fueron indescriptibles. Los transeuntes se arremolinaban impidiendo el paso de los carruajes. El grupo de mujeres de la jardinera alcanzó una ruidosa ovación.
—¡Viva la sal de la tierra! ¡Vivan las mujeres castizas! ¡Vivan los novios! ¡Vivan los padrinos!
El señor Rafael, entusiasmado, arrojaba puñados de almendras y monedas de cinco céntimos á los chicos. Con lo cual éstos corrían detrás del cortejo dando chillidos penetrantes y poniendo en conmoción al vecindario.
Salieron al fin de la ciudad por la famosa puerta, siguieron buen trecho la angosta lengua que la une á la tierra y pararon delante de una de las más nombradas tiendas de vinos en que la juventud gaditana acostumbra á solazarse. Como el calor sofocaba, habíanles puesto la mesa en el jardín, dentro de un aposento formado de tablas con dos grandes ventanas al campo. Y sin ceremonia alguna, en medio del bullicio y la alegría, sentóse cada cual donde bien le pareció. La novia entre el padrino y la madrina, el novio al lado de su suegro, á quien empezaba á bailar el agua mucho más que á su esposa; Soledad junto á Antoñico, Velázquez junto á María-Manuela, Gregorio, hermano de la novia, pegadito á su prima Isabel la Cardenala, Paca entre el Cardenal y la Cardenala viejos, embelesándolos con su afluencia maravillosa.
Velázquez había saludado á Soledad fríamente en casa de Pepa durante la ceremonia. Aquélla le había contestado con mayor frialdad aún. Luego no habían vuelto á dirigirse la palabra ni á mirarse siquiera. Mientras duró la comida el majo afectó mucha alegría y prodigó á su pareja mil delicadas atenciones procurando hacerlas bien ostensibles. Ella le ayudaba siguiéndole el humor, no teniendo ojos ni oídos más que para él. Soledad y Antoñico charlaban mucho más quedo, pero también con más sabrosa intimidad, riendo á cada momento ella con no fingidas ganas los chistes del pícaro.
Cuando hubieron comido según sus deseos, empezaron á levantarse de las sillas y á cambiar de asiento y postura, formando pequeños grupos, retrayéndose las parejas enamoradas á los rincones para charlar más á su gusto. Pero seguían cambiándose entre unos y otros, aunque á distancia, las mismas guasas picantes. Se charlaba, se gritaba, se reía cada vez con mayor ruido y regocijo. El guitarrista y la cantaora que habían traído consigo no daban paz á los cantos de la tierra, malagueñas, seguidillas, polos, soleares, aunque sólo tres ó cuatro más filarmónicos los escuchasen en silencio.
Pepe de Chiclana tuvo una idea feliz.
—¡Que bailen los novios!—gritó.
Este grito halló eco en seguida entre los invitados.
—Eso está bien dicho. ¡Que bailen!
Pepa se prestó al instante á ello, pero á Frasquito no hubo poder humano que le hiciese menear las piernas. Alegaba ignorancia; si supiese, con mucho gusto echaría un baile. En realidad desdeñaba el arte de Terpsícore: toda su devoción la consagraba á Mercurio. Sentado en un rincón al lado de su suegro, departía con él amigablemente sobre asuntos serios, remojando á menudo las fauces con sendas cañas de manzanilla. Ni la misma Pepa con sus ruegos logró moverle de la silla. Entonces el señor Rafael, enojado de aquella falta de galantería, se levantó exclamando:
—Ea, chiquilla, deja á ese gallego y humíllate á dar cuatro pataditas con este pobre viejo.
—¡Ole por el padrino!—gritaron los compadres con entusiasmo.
Y entre el furioso palmoteo de todos la novia y el padrino chasquearon los palillos y empezaron á moverse acompasadamente uno frente á otro. La cantaora, con voz penetrante, cantó:
| «Á la señora novia |
| sacadla á bailar, |
| para que se despida |
| de su mocedad.» |
—¡Bueno va!—¡Oblíguela usted, padrino!—¡Vivan las novias saladas!
Todos palmeteaban y chillaban jaleando á los bailadores. Algunos tomaron puñados de almendras de la mesa y las arrojaron al aire, cayendo como una nube sobre ellos.
La novia se fatigó antes que el padrino. Esto causó gran regocijo. El viejo fué felicitado con entusiasmo.
Pepa, jadeante, dijo:
—Que baile ahora Soledad para quitarles á ustedes el amargor de la boca.
—¡Que baile! ¡que baile!—gritó la reunión.
Soledad hizo signos negativos con la cabeza.
—Déjenla ustedes ahora: Soledad no está templada todavía—manifestó Velázquez afectando desenfado.
El rostro de la joven se contrajo con expresión sombría, y volviéndolo hacia Antoñico dijo en voz baja:
—No soy guitarra para templarme.
Los convidados, que sabían bien lo que pasaba, temieron una escena desagradable y no insistieron.
Pero la alegría no se enfrió por eso. El señor Rafael tomó la guitarra exclamando:
—Ya me han conocío ustedes como bailarín. Ahora van á conocerme como músico.
Y después de rasguear y puntear el instrumento con no esperada habilidad, cantó con bronca voz, dirigiéndose á Pepa:
| Porque te quiero te digo |
| que te registren el novio, |
| porque no está de recibo. |
La chuscada causó gracia á todos menos á Frasquito, quien sacudió la cabeza malhumorado. Lo estaba también porque la conversación con su suegro tomaba un sesgo bastante desagradable. El maestro carpintero, que había embaulado un río de manzanilla, con la expansión que el vino comunica, le estaba haciendo una porción de confidencias gravísimas. Decíale con lengua estropajosa que no era tan rico como se decía, que si es verdad que en algunas obras había ganado algunos cuartos, en otras salió con las manos en la cabeza. Además, había gastado un caudal en la enfermedad, bien larga, de su difunta esposa. Y para remate de fiesta, tres meses hacía que un pícaro de la Isla á quien tenía dados quince mil reales á réditos se había declarado insolvente.
Frasquito escuchaba todo esto serio, fruncido, sin asomo de borrachera, llevando las cañas á la boca con mano trémula. Después de larga pausa, el maestro carpintero, con la mayor tranquilidad, como quien no dice nada, soltó la siguiente bomba:
—De modo, hijo, que por ahora y en mucho tiempo tampoco, no cuentes con las diez mil pesetas de que hemos hablado.
Frasquito se puso pálido como un muerto. Quedó paralizado un momento y apenas pudo balbucir:
—¡Cómo! ¿Ahora salimos con eso?
—Pues ahora es la ocasión, porque empezáis á vivir—replicó con audacia tranquila el carpintero.—Tú eres un hombre formal, sabes trabajar y harás feliz á mi Pepa. Cuando yo me casé tenía solamente...
Frasquito no le dejó concluir. Con ademanes descompuestos, echando casi espumarajos por la boca, profirió:
—Lo que ha hecho usted es engañarme como un charrán. Eso no lo hace ningún hombre que tenga vergüenza, ¿sabe usted?
El carpintero empalideció á su vez.
—¡Voto á Dios! ¿Me estás insultando?
—Sí, señor, lo repito—gritó aún más sofocado el novio.—¡Es usted un sin vergüenza! ¡un canalla!
El viejo alzó la mano y descargó una tremenda bofetada, una bofetada de carpintero, en el rostro de su yerno. Éste le echó las manos al cuello. Gritos, maldiciones, espantosa confusión. A duras penas lograron entre todos separarlos. La novia exhalaba quejidos lastimeros, llorando abundantes lágrimas y sin saber á quién dirigirse. El viejo, sujeto por unas cuantas manos, juraba y perjuraba que había de espachurrar al morral de su yerno. El yerno, estrechado por un grupo de convidados, les demostraba palmariamente que su suegro era un pillo, un estafador, acompañando la demostración de un áspero crujir de dientes que ponía espanto á los circunstantes y en particular á las hembras.
Pero su tío, el señor Rafael, tomándole por un brazo y llevándole aparte, le dijo al oído:
—Hijo, no te sofoques. ¿No ves que tu suegro está borracho perdido?
Estas prudentísimas palabras gozaron el privilegio de calmar instantáneamente la cólera de Frasquito. Renació la esperanza en su corazón y otra vez tornó á ver las diez mil pesetas delante de los ojos.
Lo mismo, poco más ó menos, le dijo el viejo Cardenal al maestro carpintero. Frasquito tenía una mona que no se lamía el infeliz. Con lo cual se le aplacó bastante á aquél su enojo, contentándose ya solamente con manifestar su profundo desprecio hacia los muchachos del día, que «en cuanto lo cataban perdían la cabeza».
Finalmente, tranquilizáronse los ánimos y otra vez reinó la concordia y la alegría. El señor Rafael volvió á tomar la guitarra y soltó una serie de coplillas chuscas y picarescas que hicieron brincar de gozo á los alegres compadres.
Velázquez y María-Manuela, sofocados por el calor, se habían acercado á la ventana y respiraban la brisa frente á la bóveda estrellada del cielo. El majo mostraba una alegría miedosa, donde se percibía, no obstante, alguna afectación, un dejo de inquietud y tristeza que por momentos lo hacía enmudecer y le arrugaba la frente. Al salir de una de estas breves pausas, dijo á su compañera con sonrisa melancólica:
—María, ¿te acuerdas de aquel rey de copas que anunciaba mi matrimonio con Soledad?
La maga quedó turbada sin saber qué contestar. Al fin balbució:
—Las cartas no mienten nunca, hijo... Habrá sido culpa mía el no haberlas entendido.
—¡Lo que anunciaba no era mi matrimonio, sino el de Frasquito!—exclamó riendo.
Y, observando que su burla oscurecía el rostro de la joven, añadió tomándole una mano y acariciándola:
—No hagas caso, serrana; anunciaba, sí, mi matrimonio, pero era contigo... ¡contigo, morena, que tienes unas pestañas que se clavan en el alma como alfileres!
—¡Quita allá, falso! ¡No gastes guasa!—replicó ella dándole un leve empujón.
El guapo se mostró entonces exageradamente cariñoso y rendido, cubriéndola de flores y requiebros. La ruda y graciosa morena concluyó por decir sonriendo:
—¡Calla, calla, Velázquez, que me empalaga la arropía!
Pero á su espalda se había armado gran algazara. El señor Rafael, harto de cantar y tocar, se entretenía, como de costumbre, en embromar á su sobrino.
—Has hecho una buena boda, Pepa. Te llevas un mozo de circunstancias; te llevas mis pies y mis manos... Un hombre corriente y trabajador como el que más... que te saca una cuenta de multiplicar ó dividir en menos tiempo que se persigna un cura loco... Solamente tiene un vicio... que se le cuela al pobrecillo el dinero por entre los dedos como si fuese agua...
—¡Qué bilis tiene usted, tío!—exclamaba Frasquito mientras los demás reían á carcajadas.
—¡Casi ná!... Átale corto, prenda, porque si te descuidas es capaz de dejarte sin platos en la cocina...
Y el viejo, á quien el vino ponía siempre provocativo, soltaba un chorro de gracias mortificantes. Los invitados se retorcían de risa. El novio, cada vez más sofocado, gritaba con acento colérico:
—¡Dejarlo!... ¡dejarlo! Se le ha destapao el tarro, y hasta que eche toda la bilis no callará.
Velázquez se había aproximado para gozar de la guasa, dejando sola á María-Manuela á la ventana. Antoñico, se levantó de la silla donde estaba cerca de Soledad y, dando una vuelta con disimulo al aposento, se acercó á su antigua querida.
—Presente, mi capitán—le dijo blandamente al oído.
La joven se estremeció, volvió rápidamente la cabeza y, echándole una mirada torva, siguió contemplando en silencio el firmamento. Antoñico se apoyó á su lado en el marco de la ventana, y después de una larga pausa dijo en voz baja:
—Soy yo, el arrastrao, el sinvergüenza de Antoñico, que está dando las boqueadas como un pez fuera del agua.
—Pues tírate de la muralla y zambúllete en el mar—repuso ella en voz baja también y sin cambiar de postura.
—Eso haría de buena gana, si no fuese que me hace daño el agua fría. Ya sabes que padezco de reúma.
—Avisa que te lo calienten.
—¡Soy muy desgraciado! La bañera se empeña en ponérmelo como hielo.
—¿La bañera de ahora?
—No, la bañera de antes.
—¿Qué importa si el baño no es para ti?.
—Pues me cuelo en él aunque me quede tieso.
—La bañera te haría salir á palos.
—Eso me conviene para entrar en calor más pronto.
—¡Qué sin vergüenza!
—¡Noticia fresca! Acabo de decírtelo.
Velázquez al volverse y observar la maniobra de Antonio, sintió un movimiento de cólera. Pero se calmó pronto al ver la silla cercana á Soledad desocupada. Por impulso repentino se sentó atrevidamente en ella. La joven no pudo reprimir un vivo estremecimiento y manifestó al instante su disgusto con semblante oscuro y enojado como pocas veces se le había visto.
Después de su golpe de audacia, el majo quedó confuso sin saber qué hacer ni decir. Al cabo, con alegre rostro, exclamó:
—¡Quien fué á Sevilla perdió su silla!
Soledad no respondió ni movió siquiera un pliegue de su fisonomía. Entonces él, adoptando un tono jocoso y desenfadado, dijo:
—¿Me permite usted descansar un momento en esta silla?
—No es mía—respondió secamente.
—Supongamos que lo fuese.
—Si lo fuese no estaría en un establecimiento de Puerta de Tierra.
—Voy á comprarla y se la regalo. ¿Qué haría usted?
—Dejarla donde está.
—¿Conmigo encima?
—Con usted ó con otro. Me es igual.
—Si le es á usted igual, me quedaré yo. Quiero más sentarme aquí que á la diestra de Dios Padre.
Soledad se encogió de hombros con desdén y murmuró:
—¡Tardaba ya mucho!
Estaba inquieta desde que Antoñico se había acercado á María-Manuela. Sus ojos se clavaban coléricos en ellos y querían pulverizarlos. Las palabras temblorosas de Velázquez le parecían un ruido molesto, la ponían aún más nerviosa. Pero habiendo vuelto la cabeza Antonio y habiéndose encontrado sus miradas, el humor de la joven cambió repentinamente. Empezó á responder con amabilidad á su antiguo amante, á mirarle cara á cara y hasta á inclinarse hacia él, á mostrarse jovial y locuaz, demasiado locuaz para que no se advirtiese el esfuerzo sobre sí misma.
Velázquez se hallaba en el séptimo cielo. Aceptaba aquella amabilidad como moneda de buena ley. A los pocos minutos de conversación ya se creía otra vez dueño del corazón de la hermosa y se mecía en un océano de risueñas ilusiones.
Seguía la zambra en el aposento. Mercedes la Cardenala bailaba con Gregorio, su futuro cuñado. Frasquito, que estaba agitadísimo después de la reyerta con su suegro, experimentó la necesidad de bailar, quizá para aturdirse, y bailaba con Isabel. El señor Rafael trincaba con el maestro carpintero en un rincón, mientras en otro, una joven casada, cuyo marido no estaba allí, contaba sus desazones domésticas y pedía consejo á Paca la de la Parra.
—Bien puedes creerme, Paca, no hay tío más desalmao ni más hereje. El otro día, seis duros tristes que tenía apartados para hacer unos vestiditos á los niños, me los quitó y se fué con ellos cantando á la taberna y no vino en dos días á casa...