—Pues no parece...
—¡Anda! ¡Ya lo creo que no parece! ¡Como que el que lo ve le apetece cogerlo y ponerlo en el altar de San José en lugar del santo! Para todos es una mosquita muerta... pero en casa, yo te aseguro, hija, que está demasiado viva y que pica mejor que un alacrán... Mira—añadió remangándose los brazos,—nadie creerá que él es quien me ha hecho estos cardenales...
—Pero ¿te pega?—exclamó Paca con asombro.
—Á lo señorito, ¿sabes? Sin gritos ni blasfemias como los demás, me da unos pellizquitos de monja que me deja el cuerpo negro como el cordobán... Y el angelito mientras tanto sonríe y me pregunta con mimo: «¿Qué tienes, hija mía? ¿Te he hecho daño?» ¡Maldita sea su estampa!... Como sé cuáles son los sagrarios que recorre, muchas veces mando á un chico á buscarlo. ¿Crees que se viene para casa ó que se enfada? ¡Na! Se queda con el chico y le emborracha. Le mando otro, y lo mismo. ¡Ha habido veces en que se han reunido los cinco niños en la taberna! «¡No falta ahora más que la cocinera!» dice el sinvergüenza... porque es así como me llama.
Paca no pudo reprimir una carcajada.
—¡Sí, ríe, que yo también he reído cuando vi llegar á los hijos de mis entrañas cayéndose contra las paredes!... ¿Y sabes la gracia que ha sacao nuevamente? Pues ahora al tío roío le da por celarse de su sombra... Ya ves tú—añadió con leve inflexión de vanidad,—¡á mis años y después de haber parido siete veces!... No puedo salir á la calle sin que se ponga en acecho; no puedo peinarme ni vestirme un poquito decente... Á fuerza de trabajos había logrado comprar unos zapatos de charol y hacerme un vestidito de merino fino. Pues un domingo que salí con él al Perejil, por si había mirado á Fulano y por si Mengano había dicho ¡ole!, llegamos á casa y, sin decir palabra, toma unas tijeras y tiene las malas tripas de hacerme rajas el vestido y los zapatos... ¡Ea! ¡otra vez desnuda!... Yo le digo: «Pero, hijo, ¿es que te gusto más en cueros?...»
Iba á emitir Paca su autorizada opinión en este litigio, cuando se interpuso Frasquito, que venía á consultarla sobre si sería ó no oportuno enviar por amoniaco á la botica más próxima, para dárselo á su suegro á ver si despejaba un poco. Aunque su tío Rafael le había asegurado que en durmiendo la mona recordaría la sagrada promesa que le había hecho, su inquietud no le permitía esperar con calma al día siguiente. Ansiaba que por cualquier medio recobrase la razón y con ella la conciencia de sus obligaciones.
Paca no juzgó prudente aquella medicación, tanto menos, cuanto que el maestro carpintero departía muy tranquilamente con el señor Rafael, bien ajeno de la necesidad de introducir en su cuerpo una dosis de álcali volátil. Justamente en aquel momento estaba dirigiendo por vigésima vez á su compadre una serie de preguntas que alejaban toda sospecha sobre este punto.
—Vamos á ver, ¿estoy yo borracho? ¿Hablo cosas formales?... ¿He faltado á alguno?... ¿Soy ó no un hombre regular?... ¿Me levantan á mí la cabeza dos cañitas?... ¿Sé alternar ó no sé alternar?...
El señor Rafael apoyaba con todas sus fuerzas estas proposiciones, aunque disimuladamente hacía guiños expresivos á su sobrino; pero éste sacudía la cabeza con desesperación, hallando cada vez más inevitable el socorro de la química.
Mientras tanto seguía el bailoteo en aumento. Tomaban ya parte en él los que antes hacían más remilgos. Hasta la vieja Cardenala se arrancó por panaderos con un comerciante vecino casi tan antiguo como ella. La novia, rendida ya, jadeante, se empeñaba, no obstante, en bailar sola, sin hacer caso de María-Manuela que le advertía con empeño de que no lo hiciera, porque se bailaba con el diablo.
Mercedes, la madrina, un poco excitada por el vino, quería que Velázquez bailase con ella. Desde su rompimiento, la joven guardaba en el fondo de su pecho hacia el majo un sentimiento indefinible, mezcla de rabia y simpatía, de desprecio y amor. Velázquez, que siempre había sido poco amigo de echar las piernas al alto, se negaba, haciendo, sin embargo á su antigua novia mil cortesías, mostrándose con ella extremadamente dulce. No era pura galantería ó gratitud lo que le impulsaba á ello. Había también su parte de vanidad, porque Mercedes tenía novio, y éste, que era un mancebo casi imberbe, no mal parecido, llamado Gabino, andaba celoso, desesperado, desde que viera que su novia coqueteaba con Velázquez. El guapo, á quien el amor y los pesares no habían podido arrancar de cuajo su inveterada arrogancia, gozaba con las preferencias de la bella y los celos del muchacho.
—¿Dónde va tu novio tan encandilao?—díjole sonriendo con orgullo, viendo salir al joven del aposento como un huracán.
—Déjalo—respondió ella haciendo una mueca de desdén.—Es un tío lila, ¿sabes?... Se ahoga el infeliz en una tacita de agua. De seguro que ha salido al campo para llorar más á gusto.
—¡Para llorar!... ¿Por qué?
—Porque está celoso de ti.
—¡Válgame Dios!... Parece mentira que un buen mozo tenga celos de este pobrecito viejo—repuso Velázquez con mal disimulada jactancia.
—¡Ya, ya! Es que se fía poco de mi gusto.
—¿Tan echao á perder lo tienes?
—Estragaíto del todo, querido... Figúrate que hace ya un mes que no puedo comer más que cosas frías.
—¿Me quieres comer á mí?
—Por lo frío podía pasar, pero eres demasiado duro.
—Mírame un ratito con esos ojillos puñaleros y me verás derretío.
—Te estoy mirando hace un año y no veo ninguna pringue en el suelo.
—¿Á que no me esperas esta noche en la reja de tu casa?
—¿Á que no echas conmigo un bailecito?
—Vamos á verlo—replicó el guapo levantándose.
Mientras tanto, el desgraciado Gabino, después de atravesar el jardín, había salido al campo, como su novia adivinó burlando. No lloraba, pero tenía el corazón tan henchido de tristeza que le tomaron deseos de sentarse entre los railes de la vía férrea que por allí cruzaba y esperar á que algún tren lo arrollase. Se arrimó á una empalizada y se puso á rumiar sus desengaños, cuando oyó cerca rumor de conversación. Las ventanas del salón de tablas donde la boda se celebraba abrían hacia aquel sitio. Ocultóse en la sombra y acercóse cuanto pudo á ellas para escuchar, no tanto por curiosidad como por la esperanza de percibir la voz de su adorada. Á la escasa claridad de la luna, que comenzaba á salir, vió que los dos que departían en la ventana eran Soledad y Antoñico. Observó que la joven estaba agitada, convulsa, que acompañaba sus palabras de vivos movimientos de cabeza, mientras Antonio, con la suya inclinada hacia el suelo, hablaba poco y con humildad.
—Si no la puedes ver más que al diablo—profería la joven haciendo esfuerzos por reprimir la voz,—si la aborreces, ¿por qué te acercas á ella públicamente? ¿Por qué le das ese gusto sabiendo que á mí puede mortificarme? ¿No ves que la gente nos observa, que puede muy bien suponer que de aquella candela queda algún rescoldo?... ¿Te has figurao, hijo, que vas á ponerme en ridículo como has hecho más de mil veces con ella? ¡Que te se quite, niño!... Nuestro compromiso es de ayer y está sostenido por un hilito... Tomo las tijeras y ¡zas! lo corto... ¡Ya está cortado!... Ya no tenemos ná... Conque tú por un lado y yo por otro...
—¿Por qué lado voy?
—Por el que te dé la gana.
—Entonces voy por el de tu corazón y me quedo en él de huésped.
—En mi corazón no caben tíos fanfarrias... Acabo de salir de un fachendón y ¿quieres que dé en otro?
—Te arrepentirás de haberme insultado sin motivo. Me acerqué á María para preguntarle solamente por su sobrinito que está enfermo... Ya sabes cuánto he querido yo siempre á ese niño...
—¡Ay qué Dios! ¿Y para preguntar por la salud del sobrinito te estás media hora de pitorreo con la tía?... Mira, Antonio, no quieras meterme los dedos por los ojos...
—¡Líbreme Dios de ese sacrilegio!... Lo que quiero es meter los labios ahora mismo.
—¡Ea! no me vengas con monerías de gata tripera... Confiesa que te gusta aún María... Vete con ella bendito de Dios y déjame á mí el alma quieta...
—Confieso que te quiero de todo corazón... que paso las fatigas de Dios en cuantito me miras soberbia; que eres la primera y la única mujer que he querido de verdad... y que en prueba de amor eterno te regalo este higo paso—añadió presentándole uno.
—¡Anda que te zurzan!—exclamó la joven riendo y arrojando el higo al suelo.
Bajaron la voz. La plática comenzó á ser suave y cordial y entreverada de risas.
La reconciliación estaba hecha.
Al cabo de un momento Gabino pudo observar, sin embargo, que Soledad tornaba á ponerse seria. Antonio la instaba con dulzura: ella negaba vivamente haciendo repetidos signos con la cabeza. Excitada su curiosidad, el mancebo permaneció inmóvil á ver en qué paraba y lo que aquello significaba. Antoñico no cejaba en sus demandas ni la joven en sus negativas. Mas al fin éstas fueron desmayando y la bella concluyó por quedarse inmóvil con los ojos extáticos, mientras el galán seguía murmurándole al oído sus deseos.
Soledad se pasó entrambas manos por el rostro y, con súbito ademán, sacó una llave del bolsillo y se la entregó. Al mismo tiempo dió la vuelta y se retiró de la ventana.
Velázquez bailaba con Mercedes. Su antigua querida comenzó á palmotear y á jalearlos de tal modo que el guapo volvió la cabeza sorprendido y los presentes hicieron lo mismo. Al observar su faz pálida, demudada, se guiñaron el ojo y no faltó quien exclamase:
—¡Bueno va! Soledad al fin la ha pescao... Si te caes, yo me comprometo á llevarte á casa en brazos, niña.
—¡No me caigo, no, desaborío!... ¿Quieres ver cómo no se me doblan todavía las piernas?... Venga un tango, Luisillo, que voy á bailar á la salud de los novios y de toa la compañía.
—¡Ole la niña graciosa!... ¡Viva tu boca, salero!—gritaron entusiasmados los hombres.
Y lo mismo ellos que ellas suspendieron sus pláticas para darse el gusto de ver á la que pasaba por primorosa bailadora.
El guitarrista preludió un tango. La cantaora iba á modular la copla cuando Soledad exclamó con violencia:
—¡Yo no bailo más que sobre la mesa! ¡Quitarme todo eso de encima!
Veinte manos se apresuraron á cumplir la orden, separando la vajilla y los manjares que aún quedaban. Pero como estuviese manchada de vino, Pepa, excitada, descolgó de la percha con brioso ademán su espléndido pañolón de Manila y se puso á limpiar con él. Frasquito, al ver aquella monstruosidad, dió un brinco y cayó sobre ella, arrebatándole el pañolón de las manos con gesto colérico. Este acto produjo gran indignación en los presentes.
—¡Cómo!... ¿No te da vergüenza mirar por un pañuelo el día de tu boda? ¿No vale más la alegría de tu mujer que un trapo? ¡Habrá gallego!...
Y todos le increpaban con ira mientras el señor Rafael se retorcía de risa en un rincón gritando:
—¡Vivan los novios rumbosos!
Las mujeres, más irritadas que los hombres de aquella falta de galantería, echaron mano igualmente á sus mantones y se disputaron el placer de limpiar también con ellos la mesa. Había llegado la hora del vértigo. Soledad puso el pie en una silla y de un brinco se plantó sobre la mesa, inaugurando el baile con un fuerte taconeo que electrizó á la reunión. Luego se irguió haciendo resaltar su bella figura escultural.
—¡Ole la palma gallarda! ¡Vaya un talle sandunguero!... ¡Suelta esa mata de pelo, gachona!... ¡Vivan las mujeres flamencas!
Y entre los gritos y los oles y el palmoteo infernal, Soledad bailó con toda la elegancia y gentileza que ella sólo sabía. Los hombres ponían bajo sus pies los sombreros para que los pisase; las mujeres arrancaban las flores de su cabello para arrojárselas. Cuando bajó la cubrieron de besos.
Pero la bella se dejó caer jadeante en una silla y quedó silenciosa y sombría sin participar del frenesí que allí reinaba.
Los viejos dieron, al fin, la señal de retirarse. La partida fué ruidosa. Antes de acomodarse en los coches se pasó cerca de media hora, cambiándose entre unos y otros interminables bromas que hacían fluir las carcajadas. Casi todos estaban roncos. Los hombres, perezosos para meterse en los vehículos, hacían traer á ellos bateas con cañas y las servían á las hembras, que las rechazaban riendo, cuando no les bañaban el rostro con ellas.
Los cocheros ya se preparaban á arrear á los caballos cuando el señor Rafael, que chorreaba alegría por todos los poros, tuvo la ocurrencia de obligar al viejo Cardenal y á su esposa á que echasen un baile de despedida. Y no hubo otro remedio. Tan pesado se puso que al cabo los Cardenales bailaron sobre la carretera, á la luz de la luna, entre la algazara del cortejo nupcial que los jaleaba desde los coches.
Pero aquel momento gozoso fué turbado por la mala intención de Antoñico, que participó al maestro carpintero cómo Frasquito intentaba darle amoniaco para limpiarle la mona. Encrespóse atrozmente aquél y nada menos pretendía que bajarse del coche y echar los dientes fuera á su yerno. Á duras penas podían sujetarlo. Pepe de Chiclana cortó en flor la querella gritando á los cocheros:
—Arread, muchachos, y que se quede el que quiera.
Chasquearon los látigos y los caballos arrancaron al trote. Pero todavía, por encima del ruido de las ruedas y las campanillas, se oía vociferar al carpintero:
—¿Álcali volátil á mí? ¡Granuja! Vamos á ver, ¿estoy yo borracho? ¿Hablo cosas formales? ¿He faltado á alguno?... ¿Sé alternar ó no sé alternar?
XV
Noche gaditana.
Cuando entraron en Cádiz sonaba la una. La hermosa ciudad dormía sobre el mar, como una odalisca en brazos de su déspota. El cielo espléndido de la Bética formaba sobre ella un pabellón poblado de luces. Una leve brisa embalsamada refrescaba su frente ardorosa.
El estrépito de los coches turbó un momento aquel sueño tranquilo. Más de una tierna doncella dejó sobresaltada el lecho y se acercó á su balcón con los pies desnudos para ver lo que pasaba. Y al oir el grito de ¡vivan los novios! que repetía sin cesar el cortejo nupcial, sus cándidas mejillas se coloreaban, sus labios de coral se dilataban con sonrisa dulce murmurando: «¡Una boda!» y tornaba al lecho y se dormía soñando escenas de felicidad que el cielo bendice.
La comitiva recorrió las calles deteniéndose delante de algunas tiendas de montañés y haciéndolas abrir para beber unas cañas. Los novios, que habían regresado juntos en una berlina, dieron esquinazo á su cortejo y se escabulleron bonitamente para casa. Los demás recalaron todos á la tienda de Crisanto, en la calle de Pedro Conde, levantaron al montañés que ya se había acostado, é introduciéndose por la puerta falsa del portal, invadieron ruidosamente el establecimiento. Y ¡vengan cañas de Sanlúcar! ¡venga cante y guitarra y jaleo!
Pero las mujeres estaban rendidas: no tardaron en hablar de su casa; se inició la retirada por la vieja Cardenala y poco á poco fueron desfilando casi todos. No quedaron en la tienda más que los borrachos empedernidos, el señor Rafael, el maestro carpintero, el Cardenal y otros cuatro ó cinco convidados.
Velázquez se puso al lado de María-Manuela mientras marchaban en grupos por las calles; pero cuando al llegar á una esquina se despidieron de la familia de Mercedes, tuvo ocasión de acercarse á ésta y hablar con ella algunas palabras.
—Adiós, gitana—le dijo estrechándole la mano afectuosamente.—Adiós, naranjita china.
—Estoy deshecha, niño—respondió ella con languidez afectada.—He bailado más que un trompo.
—¿De modo que no sostienes la apuesta?
—¡Anda! Ya lo creo que la sostengo.
—Entonces, dentro de media hora me tienes arrimado á tu ventana.
—Dentro de media hora te espero en ella.
Y con las manos enlazadas se clavaron una larga mirada, entre burlona y amorosa, tratando de registrarse el alma. Pero al volver la cabeza cesó repentinamente la alegría del majo al observar que María-Manuela estaba haciendo lo mismo con Antonio. Quedó repentinamente serio, no porque la bravía morena le hubiese tocado en el corazón, sino por la insolencia de Antoñico. Á pesar de los últimos reveses seguía tan puntilloso y delicado. Murmuró un juramento y se acercó de nuevo á la maga. Antoñico, que vió su rostro contraído, se apresuró á alejarse juntándose á Soledad, que también había advertido la maniobra y estaba irritada y seria.
—¿Qué te decía Antonio, querida?—preguntó el majo.
—¡Antonio!—exclamó la morena con sorpresa.—¿Qué me había de decir Antonio?... Nada.
—¿No estaba hablando contigo en este momento?
—¡Ah, sí!... Ni me había fijado siquiera... Creo que me preguntaba por mi sobrinito.
—Está bien; pero otra vez, cuando te pregunte por tu sobrinito, procura que yo no esté delante—manifestó el guapo con calma amenazadora.
María quedó turbada y balbució con timidez:
—¿Por qué?... No entiendo... Hijo, tú por cualquier cosilla te remontas...
—No hablemos más. Ya te he dicho lo que hace al caso.
Hubo un largo silencio mientras caminaban lentamente la vuelta de casa precedidos y seguidos de otros grupos.
—No te vayas á figurar que á mí me importa ya nada de ese tío—profirió ella al cabo.
—No me figuro nada—respondió secamente Velázquez.
—Que se me salten los ojos y no vuelva á ver la luz del sol, que me vea pidiendo de puerta en puerta una limosna y vaya á morir al hospital, si tengo más interés por él que por el carro de la basura... Anda, hijo, pues ni que estuviera echada á los perros para acordarme ya de ese tío sucio sin vergüenza. Primero me dejaba hacer tajaditas así que mirar más en cara á ese arrastrao. No pienses en ello, niño, que si algún día me dan ideas de faltarte, será con todos menos con él. ¿No vale más tu personilla que ese mono? ¿Por qué te celas? ¡Pues el gachó es de oro para que una mujer se chale por sus pedazos! ¡Con más botones en la cara que un jardín en primavera! Deja que Soledad coma de esa fruta... ¡Para mí ya está podría!
Velázquez se fué calmando con la charla de su nueva querida. Y de esta suerte llegaron hasta la puerta de casa. La hermana de María vivía en una callecita estrecha del barrio de la Viña, cerca de la Catedral. Paca la de la Parra vivía algo más lejos, en el mismo barrio. Despidiéronse, pues, allí, ésta con su marido, Soledad, Antonio y otras dos mujeres, y siguieron adelante. Velázquez se quedó un instante á la puerta con su amante y al cabo también se despidió de ella hasta el día siguiente. Estaba cansado y tenía ganas atroces de dormir. Esto dijo, al menos, al separarse: la verdad era que deseaba acudir á la graciosa cita de su antigua novia.
Cuando quedó solo se fué paso entre paso á la tienda de Crisanto á esperar la hora. Allí seguían los residuos más antiguos de la boda rindiendo culto á puerta cerrada al hijo de Júpiter y Semele.
No tardó en recalar también Antonio; Gregorio y algunos otros jóvenes de los que habían acompañado á las mujeres llegaron poco después. La juerga prosiguió más grosera y alborotada por la ausencia del elemento femenino.
Al entrar Antoñico, Velázquez le clavó una mirada cargada de odio y de amenazas que no pasó inadvertida para aquél. Se abstuvo cuidadosamente de acercarse al grupo donde el majo estaba, y al cabo de unos instantes se escabulló sin ser notado. Sin dilación alguna se dirigió nuevamente al barrio de la Viña y se detuvo delante de la casa de su antigua querida: acercóse á una reja baja que tenía, llamó con los dedos á los cristales y esperó. No tardaron en abrir.
—¿Estás ahí, desaborío?
—Aquí estoy, limoncito verde.
—¿Por qué limoncito verde?
—Porque eres agria para mí y veo mis esperanzas cada vez más verdes.
—¡Vete, vete, canalla, no me des coba tan sucia! Después que has sido para mí un perro te vienes con esa.
—Un ladrón en la horca no está más arrepentío que yo, María. Díme que me tire al agua y me verás hacerlo.
—¡Ya! Si te mandase tirarte al vino, acaso...
—¡Si supieses las penitas que estoy pasando!
—¡Calla, calla, perro!
—Eso es, las de un perro cuando le cortan el rabo.
La ruda morena soltó una carcajada. La plática, aunque burlona, se fué haciendo más y más cordial, no tardando mucho aquel perro en obtener su perdón. El cuchicheo se hizo más íntimo y más suave. Hallaban los dos grato enamorarse por la reja después de haber hecho vida matrimonial cuatro años.
Hacía ya largo rato que estaban charlando cuando se oyó el ruido de un coche.
—¿Un coche á estas horas?—exclamó María con sorpresa.
Antonio no dijo nada, pero quedó repentinamente serio. El ruido se fué aproximando. Á los pocos momentos vieron aparecer por el extremo de la calle una berlina de punto que pronto cruzó por delante de ellos. Antonio sufrió una fuerte sacudida y dijo con voz alterada:
—¿Sabes quién va ahí?
—¿Quién?
—Velázquez.
—¡Calla, lioso! Los dedos se te vuelven huéspedes.
—Por mi salud te juro que es Velázquez. Lo he conocido perfectamente.
—Pero, niño, ¿qué estás ahí diciendo?... Si fuese Velázquez se hubiera apeado para armar pendencia contigo... Demasiado sabes cómo las gasta.
—Pues es Velázquez, no tengas duda—repuso Antonio cada vez más trémulo.
Y tanto juró y perjuró que su querida concluyó por darle crédito. También se puso seria.
—¡Es bien extraño!
Cuando hubieron comentado largamente el caso, María le propuso entrar.
—Anda, niño, entra... Me arriesgo mucho, porque si mi hermana se entera me pone de patitas en la calle... y ya ves, me quedaría á la clemencia de Dios... Pero no importa: por todo paso con tal que tú no vayas á tener un disgusto. Mira que ese tío tiene muy malas tripas...
Antonio le dió gracias con efusión y estuvo muy tentado á aceptar la oferta, porque sentía un miedo de primera calidad. Pero se acordó de la cita con Soledad, la halló muy sabrosa y tuvo fuerzas para rehusar. Se las echó de valiente.
—Si no me quedo es precisamente porque no vayas á figurarte que le tengo miedo. Cinco dedos tengo en cada mano como él y una buena herramienta en el bolsillo... Que cuide de asegurarme, porque si no, esas malas tripas que tiene se las echo todas fuera de una vez.
Gozó todavía un rato del susto de su querida, que muy acongojada trataba de persuadirle á que pasase allí la noche, y al cabo se despidió.
El que le viese deslizarse solapadamente por las calles, oculto en la sombra y volviendo á cada instante la cabeza, no pensaría ciertamente que tuviese vivos deseos de andar con los intestinos á nadie.
Bien había echado de ver su ausencia Velázquez allá en la tienda de Crisanto. No quiso ir tras él, porque estaba seguro de que se había marchado de miedo, y con esto quedaba en sosiego su amor propio. Cuando juzgó llegado el momento de acudir á la cita de Mercedes se dispuso á salir; pero aquellos borrachos le tenían secuestrado. El padre de Pepa, tomándole de la solapa de la chaqueta, se desahogaba contra el gallego de su yerno, anunciando con voz cavernosa las mil crueldades que iba á ejercitar sobre él así que amaneciese Dios. Y cada uno de sus pronósticos siniestros iba acompañado de las correspondientes preguntas:
—¿Álcali volátil á mí? ¿Estoy yo borracho? ¿Hablo cosas formales? ¿He faltado á alguno? etc.
El viejo Cardenal, hombre pacífico si los había en Cádiz, iba adquiriendo á la sazón un humor belicoso también que le hacía muy molesto. Después de tomarlas con Gregorio, injuriándole y declarando á gritos que nunca le dejaría casar con su hija Isabel, la emprendió con Velázquez acusándole de traidor.
—Permíteme que te lo diga, Velázquez... No eres un hombre regular ni decente... Con mi hija te has portado peor que un gitano... Yo soy así, ¿me entiendes?... Digo las cosas á la cara... Al pan pan y al vino vino... y al que es un falso traidor le digo que es un sinvergüenza... ¡Ea, ya está! ¿Qué hay?...
Colocado en este terreno dramático, el viejo tendero concluyó por desafiarle.
—Tú y yo somos dos, ¿me entiendes? No pienses que te tengo miedo... Aunque viejo, aún no se me cae una herramienta de la mano... ¡Sal conmigo, cobarde! ¡Sal á la calle y verás cómo te corto el cuello!
Velázquez sonriendo procuró calmarle; pero cuanto más pacífico se mostraba, más se crecía el anciano, hasta el punto de que, temiendo que se propasara á vías de hecho, el señor Rafael, que era el menos borracho de todos, hizo seña al guapo de que se fuese. Así lo hizo con gusto, porque los insultos repetidos iban ya alterando sus nervios y temía que al fin se desbocasen y le impeliesen á poner la mano en el viejo.
Cuando se vió en la calle respiró libremente y se dirigió sin vacilar á casa de Mercedes. La cita amorosa con aquella muchacha iba adquiriendo en su imaginación un atractivo que nunca hubiera pensado. Sin embargo, la despedida de Antonio y María-Manuela y las palabras secretas que entre sí cruzaron, habían despertado en su espíritu sospechas de que estaban citados para aquella noche. Más por curiosidad que porque la traición de la rústica morena le llegase al alma, en vez de tomar el camino directo de las Barquillas, hizo un pequeño rodeo para pasar por delante de la casa de aquélla. Y hallando casualmente al paso un coche de los que habían ido á Puerta de Tierra, se metió en él. Al ver á Antonio pegado á la reja de su querida, á pesar del escaso interés que ésta le inspiraba, no pudo reprimir un movimiento de ira; se abalanzó para ordenar al cochero que parase; pero, sosegándose repentinamente, se encogió de hombros exclamando:
—¡Ps! ¡Buen provecho!... Todos los cerdos saben el camino de sus pocilgas.
Antes de llegar á las Barquillas de Lope se apeó y despidió el coche, encaminándose vivamente hacia la casa de su antigua novia. Pero cuando ya estaba cerca, de uno de los portales próximos salió un hombre y se le puso delante.
—Buenas noches, señor Pedro.
El majo, sorprendido y mirando con fruncido rostro al que se le atravesaba, respondió:
—Buenas noches, Gabino. ¿Qué se ofrece?
—Pues nada... Estaba la noche tan hermosa que no tuve ganas de acostarme... y andaba dando vueltas esperando el sueño.
—Está bien—repuso mirándole de arriba abajo con ojos recelosos y severos.—¿Y aún no te ha llegado el sueño?
—No, señor.
—Pues mira, hijo, lo mejor que puedes hacer es irte á la cama, porque te expones á quedar dormido en mitad del arroyo.
—No tengo yo miedo á eso, porque al fin y al cabo, ¿qué importa la cama dura si es blando el sueño? Lo único que me da pena es dejar despiertos por ahí á algunos traidores.
Sintió el guapo un fuerte estremecimiento, pero supo dominarse y exclamó riendo:
—¡Anda! ¿y eso te pone triste?... Pues hazte guardia civil y pasarás las noches persiguiendo á los ladrones.
—No son ladrones los que yo quisiera perseguir, sino á ciertos sujetos que hacen el daño sin interés, sólo por capricho ó por fachenda.
—Pues ve tras ellos y buenas noches, que yo no puedo detenerme—dijo Velázquez con voz ya levemente alterada, tratando de alejarse.
Pero el mozo se le interpuso nuevamente, diciendo con resolución:
—Dejémonos de guasa, señor Pedro. ¿Va usted á ver á Mercedes?
—Dejémonos de guasa, Gabino... ¿Te importa algo?
—Sí que me importa, porque soy su novio.
—Pues hazte cuenta que para mí no eres na—dijo Velázquez con acento agresivo.
—No basta que usted lo diga; á todo el mundo le consta y á usted también. Por consiguiente, no es portarse como hombre regular ni decente rondar á las mocitas que están comprometidas.
—¡Ea, basta ya de rodeos!—exclamó el guapo.—Quieres reñir,¿verdad tú?... Pues cuando gustes podemos comenzar.
Y al mismo tiempo llevó la mano al bolsillo y sacó el cuchillo.
Gabino permaneció quieto y manifestó con calma:
—Ya sé que no le importa reñir, que tiene usted corazón y no ha de temer á un pobre muchacho como yo... Pero al ponerme delante de usted bien puede figurarse qué desesperado estaré... Quiero á esa mujer más que á las niñas de mis ojos, y por ella, no digo delante de usted, delante de un cañón cargado de metralla me pondría. Lo que temo al reñir no es la muerte, sino que de todos modos la pierdo para siempre... Si yo le mato, ¿qué gano? Nada, porque me espera la cárcel... Se lo juro á usted por la gloria de mi madre, lo mejor que podría sucederme es que usted me matase...
La voz se le anudó en la garganta al pobre mancebo al proferir las últimas palabras. Velázquez quedó inmóvil y silencioso. Al cabo dijo en tono resuelto, guardando la navaja:
—Tienes razón... Me gusta esa niña, pero tú la mereces más que yo porque la quieres mucho más... Sé, por desgracia—añadió con voz temblorosa,—lo que es querer de ese modo, y que poco importa la vida ó la muerte al que tiene ya el corazón hecho pedazos...
Bajó la cabeza y permaneció callado unos instantes.
—Choca, querido—dijo alzándola de nuevo y alargándole la mano.—Vete en paz á hablar con tu novia y que Dios te proteja.
Se estrecharon la mano y el majo se alejó precipitadamente.
—Gracias, señor Pedro—murmuró Gabino conmovido.
—¡Oiga!—le gritó cuando ya el otro estaba lejos.
Velázquez volvió sobre sus pasos.
—Quisiera pagarle de algún modo el favor que me hace. Si usted tiene todavía algún interés por esa mujer que ha querido, le diré que la he visto hace poco allá en Puerta de Tierra entregar una llave á Antoñico, que debe ser la de su casa... Haga usted ahora lo que mejor le parezca.
El majo se encogió de hombros con afectado desdén.
—Eso es cosa perdida ya. Nada tengo con ella hace tiempo. Puede abrir la puerta á un toro de Veragua si gusta... De todos modos, gracias por el aviso, Gabino, y buena suerte.
No era sincero aquel desprecio. La noticia le llegó al alma, porque si bien conocía las relaciones de su querida con Antonio, tenía por cierto que no habían alcanzado tal grado de madurez. Así que vagamente nutría en su alma la esperanza de poseer de nuevo á Soledad y hacerla su esposa. Ahora sí que la sentía perdida enteramente. Sus ilusiones se desvanecían como el humo.
Á paso lento recorrió varias calles presa de un abatimiento que le quitaba las fuerzas. Nadie cruzaba á la sazón y libremente podía revolcarse en sus pensamientos dolorosos. Mas del tropel de ellos surgió repentinamente uno que le hizo estremecerse. Quedó inmóvil un instante y, recobrando de súbito toda su energía, emprendió su camino de nuevo con resolución y á paso vivo. Al pasar por la calle de Horno Quemado vió venir hacia él un hombre que no tardó en reconocer. Era el señor Rafael que se retiraba á su casa. Trató de evitar el saludo pasando á la acera contraria; pero el viejo, que no estaba tan borracho como suponía, le conoció perfectamente y le chicheó.
—¡Eh! ¡Chis! Velázquez... Atraca, hijo... ¿Dónde va el hombre?
—Pues... á ninguna parte. Estoy tomando el fresco... y pensando en lo divertido que estará ahora su sobrino.
—¡No lo creas!... Mi sobrino es un gallego desorejado. No se ha divertido jamás de la vida ni se divertirá. Ahora mismo está pensando en el gasto.
Velázquez sonrió y trató de alejarse, pero el viejo le retuvo.
—Ahí dejó al Cardenal y al suegro de mi sobrino con una mona superior... pero ¡superior!... El Cardenal quería salir con la navaja abierta en tu busca... Luego la emprendió conmigo y me dijo las mil y una injurias... pero yo me he reído, ¿sabes?... Éstos infelices que viven en familia, en cuanto se apartan de las enaguas de su mujer y lo prueban, se vuelven locos...
Velázquez estaba impaciente. La charla gozosa del viejo le parecía insufrible en aquel momento. Pero por más que hacía no lograba despegarse. Al fin tuvo que decir con acento malhumorado:
—Vaya, déjeme usted, señor Rafael, que tengo prisa.
El viejo le miró á la cara sorprendido y, observando su palidez, soltó la carcajada.
—¡Anda, hijo, anda á la cama en seguida!... No pensé que te hacía daño también el vino... Ya no queda en Cádiz más hombre que yo...
Prosiguió el majo su camino mientras el tío de Frasquito, retorciéndose de risa, intentaba en vano meter la llave en la cerradura de su casa. Así estuvo largo rato hasta que pasó el sereno y le dijo sonriendo:
—¡Pero señó Rafael, si está usted engañado! Su casa está tres puertas más abajo.
El viejo echó dos pasos atrás y exclamó:
—¡Verdad, amante!... Estoy metiendo la llave en casa de D. Justo el escribano... ¡Tendría gracia que fuera á sorprenderle en el cuarto de la criada!... ¡Ji, ji!... Toda la culpa ha tenido ese perdío de Velázquez... ¡Qué mona llevaba! ¡Superior! ¡pero superior!... Escucha, Ramón... no digas á nadie que me he equivocado, porque se van á creer que estaba borracho... ¡Ji, ji!... ¡Borracho el señor Rafael!... ¡Tendría que ver!... Adiós, Ramón... buenas noches... Chito ¿eh?... Buenas noches... Hasta mañana, si Dios quiere...
El sereno, sin dejar caer la sonrisa de los labios, le miró alejarse con marcha vacilante, abrir la puerta de su casa y desaparecer.
Velázquez, al separarse de él, había apretado el paso. Cuando llegó á las inmediaciones de la casa de su amigo Pepe de Chiclana, se detuvo. Habitaba éste un caserón viejo, enorme, del cual formaban parte las cuadras donde tenía los caballos en que traficaba. La puerta exterior, que cerraba un zaguán largo y sucio á modo de túnel, solía permanecer abierta toda la noche. El majo se ocultó en la sombra y espió aquella puerta. Una duda le agitaba: si Antoñico habría llegado ya. Habíale dejado pelando la pava con María, pero temía que el tiempo que había gastado con el novio de la Mercedes y el que le había hecho perder el señor Rafael hubiese bastado para que el traidor dejase á su antigua querida y viniese á buscar la nueva.
Pronto se desvaneció esta duda al ver doblar la esquina de la calle á un hombre. A la luz de la luna pudo reconocer á Antonio. Dejó que se aproximara, y cuando ya estaba cerca de la puerta de Pepe, salió de pronto de la oscuridad y se le plantó delante.
—Buenas noches, Antoñico.
El amante de la maga dió un salto atrás y echó una ansiosa mirada á los lados, sin duda con intención de huir. Pero observando la actitud pacífica de Velázquez y su sonrisa pudo dominarse y exclamar con fingida cordialidad:
—¡Adiós, gachó!... ¿Tú por aquí?... Lo que menos podía pensar era tropezarte á estas horas.
—Ni yo á ti.
—Pues, hijo, como hemos bebió mucho más de lo que era menester y la noche está para freírse María Santísima, andaba dando vueltas por las calles como un papamoscas y se me ocurrió venir á ver si Pepe y Paca habían salido á la calle á tomar el fresco.
—Pues hazte cuenta que lo mismo me ha ocurrido á mí.
Hubo una pausa embarazosa. Antonio no las tenía todas consigo y escrutaba el semblante de su amigo, por ver si descubría en él señales de guerra. Pero el rostro del guapo expresaba en aquel momento absoluta tranquilidad, la misma indiferencia desdeñosa que lo caracterizaba.
—Y como aquí no veía á nadie con quien rajar un poco, me iba en busca de la cama.
—Pues hazte cuenta que otro tanto me pasaba á mí—repitió Velázquez con el mismo sosiego.
—Pues vámonos ya.
—Mira... Echaremos antes un cigarro, si te parece.
—Como quieras.
Sacó el majo un cigarro puro y luego la navaja para picarlo. El fino cuchillo de Albacete brilló con resplandor siniestro á la luz de la luna. Antoñico se inmutó visiblemente.
—Toma—dijo alargándole cortésmente el cigarro.—Pica de él si quieres.
—Muchas gracias—respondió Antonio, rechazándolo.
Velázquez lo miró con sorpresa.
—¿Es que no tienes cuchillo?
—Sí tengo... pero no gasto ese tabaco... fumo de cajetilla...—balbució torpemente.
—¡Allá tú!—profirió el majo alzando los hombros.
Y con toda calma se puso á picar, mientras el otro sacaba un pitillo hecho y lo encendía. Hubo largo silencio. Velázquez parecía absorto en su tarea. Antonio fumaba nerviosamente, echando grandes bocanadas de humo.
—¡Ah!—exclamó al fin aquél, llevándose la mano á la frente.—¡Qué cabeza la mía! Tenía que dar un recado preciso á Soleá y ya se me olvidaba... ¿Me haces el favor de la llave?
—¿Qué llave?—profirió Antonio con la misma sorpresa que si viese desplomarse todas las casas de la calle.
—La que llevas en el bolsillo y que Soleá te ha dado hace un rato—manifestó Velázquez con naturalidad.
Se puso aún más pálido de lo que estaba. En un instante pasaron por su cerebro veinte respuestas evasivas; pero los ojos del majo estaban clavados sobre los suyos con una expresión tan resuelta y enconada que claramente vió el dilema: ó soltar la llave ó matarse. Optó por lo primero. Hizo un esfuerzo para reir y exclamó en tono jocoso:
—¡Vaya un chasco!... Pensé que eso era ya agua pasada, niño... Si supiese que esa mujer te tiraba algo no me hubiera acercado á ella... Porque donde está un amigo verdadero como tú toas las mujeres están de más para mí... Y si antes hubieras hablado, antes te hubiera dejado el campo libre... Pero tú eres como Dios te crió, guasón y cazurro si los hay, y no tienes confianza para decirle á un amigo: «Hijo, quítate del medio que me estorbas...» Toma, toma la llave, que no tengo vergüenza si vuelvo á hablarte en los jamases de la vida.
Velázquez la tomó, se la echó en el bolsillo gravemente y guardó silencio. El otro, viendo que no quería seguirle el humor é inquieto por su actitud sombría, se apresuró á despedirse.
—Vaya, hijo, que pases buena noche... y otra vez no seas tan desaborío con los amigos que te aprecian.
—Adiós—dijo Velázquez secamente.
Permaneció inmóvil hasta que Antonio dió vuelta á la esquina y en seguida avanzó hasta el portal de Pepe de Chiclana. Se detuvo un instante escuchando, atravesó después cautelosamente el largo zaguán, sembrado de carretas y coches deteriorados, y llegó á un espacioso patio. Había numerosas puertas, la mayoría dando acceso á las cuadras. La vivienda de Pepe ocupaba uno de los frentes. Hacia ella se dirigió, pero en vez de acercarse á la puerta del centro, se corrió hacia uno de los rincones donde había otra más chica. Por allí se entraba al cuarto de la huéspeda: lo conocía perfectamente, como conocía toda la casa. Paca había dado á su amiga aquella habitación independiente, única que tenía bien amueblada.
Puso el oído á la puertecita, permaneciendo en esta posición largo rato. Luego sacó la llave, la metió con suavidad en la cerradura y abrió lentamente procurando no hacer ruido. Avanzó después por una pequeña antesala, buscando á tientas en la pared otra puerta, hasta que dió con ella y se detuvo. Llamó quedo con los nudillos. Nadie contestó. Tornó á llamar más fuerte.
—¿Quién va?—dijo desde dentro una voz bien conocida.
Velázquez puso los labios sobre la cerradura y respondió en voz de falsete:
—Abre.
—¿Quién es?—preguntó Soledad.
—Antonio.
—Aguarda un momentito.
Oyó el majo, con el corazón palpitante, el rechinar de una cama y el ruido de unos pies que se ponen en el suelo. Al instante se abrió la puerta.
—Pasa—dijo Soledad con voz apagada.
Velázquez obedeció.
—¡Cómo has tardado tanto, hijo!—siguió con acento de mal humor, mientras cerraba de nuevo la puerta.—Ya no contaba contigo. Te he estado esperando un rato muy largo y, al fin, viendo que no venías me he determinado á meterme en la cama... Espera, voy á encender un fósforo.
—¡No!—dijo Velázquez con la misma voz de falsete.
—¿Por qué no?
Y sin aguardar respuesta tomó la caja de cerillas de su mesa de noche é hizo brotar la luz. Al volver la cabeza dió un grito y se le cayó la cerilla de la mano.
—¡Tú! ¡tú! ¡tú!—repitió con espanto en las tinieblas.
—¡Sí!... Yo soy, Soleá... ¡Perdóname que haya dado este paso!... El cariño que te tengo me ha vuelto loco...
Al mismo tiempo dió un paso hacia la joven; pero ella retrocedió y sacando apresuradamente otro fósforo encendió la bujía. Luego se plantó delante de él erguida, altanera, pálida, clavándole con furor sus ojos llameantes. Hubo un momento de silencio. La cólera le apretaba la garganta, no dejando salir las palabras. Al fin exclamó con voz alterada, extendiendo la mano:
—¡Sal de aquí, canalla!
El majo se estremeció, se puso también densamente pálido.
—¡Por tu vida, Soledad, no me repitas esa palabra!... ¡Mira que te pierdes y me pierdes!
—¡Sí! ¡sí! ¡canalla! ¡más que canalla!—profirió la joven trocando el color blanco de su rostro por otro encendido como la grana.—¿Qué otro nombre mereces, charrán, indecente?... ¿Quién comete una acción tan baja como ésta sino tú?... Sí, canalla... Te llamo canalla porque lo eres.
Velázquez se lanzó de un salto sobre ella, la agarró por los brazos y la sacudió convulsivamente, mientras la joven, loca de furor, seguía escupiéndole á la cara más que diciéndole:
—¡Sí, te llamo canalla!... Mátame ahora, cobarde... mata á una mujer... ¡Eso debes hacer, granuja!...
Velázquez quedó lívido, inmóvil; sus ojos se clavaron con extraña fijeza sobre los de la joven, que sostuvo fieramente la mirada. Pero haciendo un esfuerzo supremo sobre sí mismo soltó los brazos que tenía cogidos, dió un paso atrás y quedó de repente tranquilo, profundamente tranquilo. Hubo un instante de silencio en que ambos se contemplaron con intensa atención.
—¡Basta ya!—dijo al cabo con voz ronca y respiración anhelante, como si acabara de hacer una carrera fatigosa.—Has llegado con esa espada que tienes en la boca al sitio mismo donde te tenía guardada... Te quería más que he querido á mi madre... Te respetaba más que á la Virgen de Grasia... Todo ha terminado... El soplo que acabas de dar ha sido tan fuerte que ni cenizas quedaron de ese fuego... Me alegro y te doy las gracias... Escucha, niña, no te he partío el corazón ahora mismo porque me acuerdo de lo mucho que te he querido... Conque Dios te guarde... Si te debía algunas, ya te las has cobrado...
Giró sobre los talones y salió con paso firme de la estancia. Al encontrarse en la calle se detuvo; sacó la petaca, volvió á picar un cigarro, lo encendió y prosiguió su camino sosegadamente como un vecino que sale á respirar el fresco. Era la calma del hombre á quien acaban de hacer una operación dolorosa y se encuentra de repente sin fuerzas y sin dolores, en abatimiento feliz. Recorrió varias calles gozando este sosiego extraño parecido á un letargo. Su pensamiento y su corazón permanecían quietos.
Reinaba un silencio profundo en aquella última hora de la noche. Ni un transeunte se tropezaba por casualidad en las calles. Sólo sus pasos sonaban sobre la acera y de vez en cuando el silbo agudo del pito de los serenos.
Como no tenía cuenta por dónde andaba, se encontró sin pensar en las Barquillas de Lope. Al advertirlo se apresuró á volverse pensando en Mercedes. «¡Vaya por Dios! murmuró internándose de nuevo en la ciudad. Esa chiquilla es apañadita y salada y parecía que la iba cobrando apego... ¡Pero está de Dios que todo me salga mal de algún tiempo á esta parte! Tiene razón Paca... Será que me voy haciendo viejo.»
De nuevo vagó por las calles á paso lento, bañando su frente en el frescor de la noche. Hacía ya tiempo que no se sintiera tan tranquilo y dueño de sí mismo. Antes de retirarse á casa quiso dar una vuelta por la tienda de Crisanto. Al llegar á las inmediaciones, en la calle de San Francisco, oyó voces desentonadas, ruido de disputa. Acercóse más y pudo percibir el grito bronco del suegro de Frasquito.
—¿Estoy yo borracho? ¿Hablo cosas formales? ¿He faltado á alguno?...
El sereno pretendía arrestarlos, lo mismo á él que al viejo Cardenal, por escandalosos. El maestro carpintero se defendía gritando como un energúmeno, con lo cual dicho se está que empeoraba la situación. Dió la vuelta por no mezclarse en disputas de borrachos con la autoridad, llegó á la muralla y siguió por ella la vuelta de su casa.
La noche tocaba á su fin. El firmamento estrellado se desplegaba diáfano y puro anunciando la llegada de la aurora. Brillaban las estrellas declinantes reflejando su luz en las aguas, que se rizaban al primer soplo matinal. La luna acababa de hundirse en su seno, dejando todavía en el horizonte una estela luminosa. Ninguna nube flotaba en aquel cielo de cristal. La brisa agitaba ya sus alas sutiles para despertar á la sultana.
Velázquez, aunque de espíritu rudo, aspiró con delicia la gloria de aquella noche esplendorosa. Siguió distraído por la muralla sin apartar los ojos del mar, cuyas olas batían á sus pies con dulce, armónico, son. Algunos minutos después se hallaba en el Campo del Sur frente á su casa. Se apoyó en el pretil del muro, y quedó sumido en profunda meditación. Pensó en los últimos reveses de amor que había experimentado, y un sentimiento de abandono invadió su corazón. No había duda, le llegaba la mala porque se iba haciendo viejo. Se encontró solo, sin padres, sin hermanos, sin hijos, sin mujer que le quisiera habiendo tenido tantas. Y por primera vez le acosaron los remordimientos, las lágrimas que había hecho verter á algunas infelices.
Cuando al cabo alzó la frente, su resolución estaba tomada. Las sombras de la noche huían apresuradamente hacia el Oeste. Hermosas tintas carmesíes anunciaban en Oriente que el sol no tardaría en alumbrar la tierra.
XVI
Despedida.
Pocos días después se supo que Velázquez traspasaba la tienda, y más tarde que se embarcaba para América. Prefirió trasladarse en un buque de vela mandado por cierto amigo suyo que partiría el 15 de Setiembre. La víspera, los compadres de la reunión y algunos íntimos recibieron de él afectuosa carta de despedida y adjunta una invitación del capitán del barco para que, si tenían gusto en ello, viniesen á beber unas cañas á la salud y al viaje feliz de su amigo. Pepe de Chiclana recibió la suya. En la carta que Velázquez le escribía convidaba también expresamente y con encarecimiento á Soledad, ó por hacerle ver que olvidaba sus injurias, ó por mostrar que se hallaba enteramente curado de su pasión.
Quedó perpleja la joven cuando le leyó la postdata Paca. Instábala ésta para que accediera á aquel ruego tan noblemente expresado. Vacilaba ella, no tanto por el rencor que aún le guardaba, como por considerar violenta y embarazosa la entrevista. Cuando, cruzando aquella tarde por la calle de la Amargura, acertó á tropezar con Manolo Uceda, á quien hacía días que no veía. Saludóla él cortés pero gravemente y trató de seguir su camino, pero ella se le puso delante.
—¿Qué es de tu vida, Manolo?... ¡Hace un siglo que no te veo!... ¿Por qué no vienes á casa?—le dijo con la sonrisa en los labios, apretándole afectuosamente la mano.
Pero después de haber soltado tales palabras se hizo cargo de su imprudencia y se puso roja como una cereza.
—Ando bastante ocupado con un asuntillo que me ha encomendado mi madre... El jueves me voy á Medina.
—¿Para volver?
—No; probablemente no volveré. Desde allí nos vamos á Sevilla... He conseguido que mi madre cediese á vivir allá, y me alegro bastante.
Quedó seria repentinamente la joven; guardó silencio unos momentos y al cabo dijo con tristeza:
—¡Todo el mundo se va!... Yo también necesito pensar en liármelas... Ya sabrás que Velázquez se embarca mañana...
—Sí lo sé. Me ha escrito.
—¡Ah! ¿Te ha convidado á la juerguecilla del barco?... También á mí me convida; pero á la verdad... no sé qué hacer. Quisiera que me dieses tu parecer, porque, hijo mío, te lo digo con todas las veras de mi alma, eres el único hombre decente con que he tropezao en la vida y á nadie pido un consejo con tanta satisfacción como á ti...
—Muchas gracias—manifestó el caballero de Medina sonriendo.—Pero ¿qué quieres que yo te aconseje? Son asuntos delicados y no me atrevo...
—Pues yo quiero que te atrevas... Ya sabes que entre ese hombre y yo no hay nada hace tiempo... Ya sabes cómo se ha portado conmigo...
—Pues bien—repuso Uceda, después de vacilar un poco.—Á mí me parece que debes ir... Á pesar de todo le has querido: él te ha querido también y probablemente te sigue queriendo... Sería crueldad, por tu parte, el no decirle adiós.
—Está bien, iré aunque me cueste trabajo.
Hubo una pausa. Uceda preguntó al cabo con afectada ligereza:
—¿Y Antoñico?
Turbóse Soledad al escuchar la pregunta y exclamó con ímpetu:
—¡No me hables de ese charrán!
—Me han dicho que ha vuelto á juntarse con María—repuso el caballero riendo.
—¡No es por eso, no!... Al contrario... me parece lo único decente que ha hecho en su vida, pero...
Iba á contar la bajeza que con ella había cometido, pero se detuvo á tiempo. El relato de lo acaecido la perjudicaba más á ella.
—Le llamo charrán porque lo es. Todo el mundo lo sabe—concluyó bajando la voz.
Quedó un momento silenciosa con el rostro fruncido.
—Bueno, hasta mañana en el barco... Voy allá porque tu me lo mandas—manifestó al fin dándole la mano.
—No; yo probablemente no podré ir.
—¡Ah! ¿No vas tú? Pues entonces hazte cuenta que no voy yo.
—¿Por qué?
—Porque no quiero.
—¡Siempre tan testarudilla!—dijo Uceda apretando cariñosamente la mano que tenía cogida.—Iré por que no te enfades. Hasta mañana.
—No faltes.
—No faltaré.
Al día siguiente, entre dos y tres de la tarde, dos lanchas atracadas al muelle esperaban á los invitados para transportarlos al buque, que se veía anclado allá en medio del puerto. Era una corbeta de regular tamaño, negra, sólida, bien arbolada. El capitán, hombre de cuarenta años, de mediana estatura y recias espaldas, rostro atezado, barba negra cerdosa, pesado y macizo como su navío, los esperaba de bruces sobre la cornisa de la obra muerta. Acompañábalo Velázquez. La Esperanza, que así se nominaba la corbeta, iba á la América del Sur por carga de cacao, llevándola heterogénea de algunos productos de la Península.
Los primeros que llegaron fueron Frasquito con su mujer y el señor Rafael. Inmediatamente la lancha trajo á la familia del Cardenal, los viejos, Mercedes, Isabel y su novio Gregorio, á los cuales se había unido Manolo Uceda, que por casualidad llegara al muelle al mismo tiempo. En la otra lancha acudieron en seguida María-Manuela con Antonio y dos amigos más de Velázquez. Por último, al cabo de un rato acostaron al barco Pepe de Chiclana, su mujer y Soledad. En la subida hubo bastante jarana y no pocos sustos. Las mujeres temblaban de confiarse á la frágil escala. Con el susto no se guardaban siquiera de mostrar las piernas á los marineros que se quedaban en la lancha. Los hombres las embromaban sobre esta despreocupación así que estaban arriba.
—En el mar estamos como en el paraíso terrenal. No existe la vergüenza—decía el capitán.—He conocido á una señora que al averiguar que el barco hacía agua subió á cubierta desnuda y estuvo hablando con nosotros sin taparse siquiera el pecho con las manos.
Sobre cubierta, debajo de un toldo, veíase la mesa bien abastecida de manjares y botellas. Velázquez fué saludando á sus amigos cordialmente y les invitó á sentarse. Estaba tranquilo y á las frases de sentimiento que dejaban escapar todos al darle la mano respondía con afectada alegría.
—Dejad que me dé un poco el fresco, hijos. Este Cádiz se me venía ya encima... Veréis cómo hago una gran fortuna por allá. Cuando menos lo penséis llegaré hecho un potentado, y para daros en cara soy capaz... soy capaz... ¡hombre, soy capaz de venir con levita!
—¡No, por Dios!—gritaron los compadres riendo.
Había saludado á Soledad con no fingida naturalidad y aun la había piropeado graciosamente. Y era lo raro que la joven parecía más turbada que él. Después, acercándose á Mercedes, la preguntó familiarmente por lo bajo:
—¿Y Gabino? ¿Cómo no viene?
—¿Gabino?—respondió la salada muchacha haciendo un mohín desdeñoso.—¡Dale memorias!... Nada tengo ya que partir con él.
Mostróse sorprendido y no quiso creerlo: disimulos de mocitas y nada más. Pero la niña insistió con ahinco y formalidad, dió pormenores, citó testigos. Velázquez concluyó por llamar á Isabel, que estaba cerca.
—¿Es verdad lo que me dice tu hermana, que ha regañado con Gabino?
—¡Y tan verdad!—respondió aquélla con mal humor.—¿Tú sabes si mi hermana ha tenido chabeta alguna vez?
Y se alejó murmurando. Velázquez quedó serio y pensativo.
Sentáronse todos al cabo, y para abrir boca tomaron ostiones y rajas de salchichón. Destapáronse las botellas y el rico dorado vino de Sanlúcar chispeó alegremente en las copas. La tarde era dulce y serena. El sol derramaba sus rayos esplendentes sobre la bahía. Las aguas dormidas rielaban su luz con brillantes reflejos de plata. Los buques anclados en el puerto cabeceaban blandamente, viéndose sobre sus cubiertas algunos marineros entregados al sueño. Ni de la ciudad ni del mar llegaban más que rumores suaves que, al confundirse en el aire, formaban lánguido suspiro como si la tierra y el Océano gozasen tranquilos el placer de la siesta. Una brisa suave, fresca, sin intermitencias, acariciaba la frente de los convidados. La naturaleza ofrecía el amable sosiego, la armonía solemne que sólo se observa en los comienzos del otoño.
Los de la fiesta no resultaron alegres. La gente se mostraba lacia, desanimada, como si todos se hallasen bajo el peso de un disgusto. Y en realidad, no era grato ver alejarse, quizá para siempre, á un amigo de toda la vida. El mismo señor Rafael, cuya alegría era inagotable, estaba menos expansivo. Aprovechando un momento en que Velázquez vino á ofrecerle una caña, le dijo por lo bajo:
—Pero, vamos á ver, hijo, ¿por qué haces esta locura? ¿Qué te faltaba á ti en Cádiz? ¿No tienes salud? ¿no tienes dinero?... ¿Qué demonio vas buscando en esas tierras donde si no le meriendan á uno los salvajes se lo comen crudo los mosquitos?... Que has tenido algunos disgustillos con las mujeres, ¿y qué? ¿Es razón para que un mozo valiente y noble de too su cuerpo se quite del medio? ¿Dónde hay palmito que se pueda comparar con unas botellas de amontillado, bebidas en compañía de cuatro amigos, y unas aceitunitas aliñás?... Me lo dijo hace tiempo un vista de la aduana que había estado muchos años en Puerto-Rico, un tío muy ilustrado, capaz de beberse el golfo de Méjico: «Desengáñate, Rafael, las mujeres no sirven más que para enfriar el caldo cuando uno está acatarrado y no puede sacar los brazos de la cama».
Velázquez alzó los hombros y le respondió con el mismo desenfado.
El vino hizo al cabo su tarea. Poco á poco los rostros se fueron animando y las lenguas se desataron, produciendo un gracioso oleaje de chistes y agudezas. Quien hizo mayor gasto, como siempre, fué Antoñico. Estaba más flaco que antes y descolorido; apenas comía. Sus amigos le embromaban por esta falta de apetito.
—¿Qué queréis, hijos míos?—respondía él.—He perdido el estómago. ¿Cómo no había de perderlo si esta mujer que aquí veis me ha estado envenenando más de tres semanas con una bebía compuesta?
—Decid que es mentira—saltó María-Manuela.—No ha sido más que ocho días, y lo que le he dado á nadie le hace daño: agua de siete pozos distintos con un poco de sangre de oreja de gato negro y unas cagarrutas de rata...
—¡María Santísima del Carmen!—exclamó Antonio llevándose la mano al estómago.—¿Y yo he bebido eso?... ¡Quitadme esos platos de delante! ¡Quitadme esas copas! ¡Dejadme reventar en cualquier rincón, como un triquitraque!
—¡Ya lo creo que lo has bebío?—exclamó la ruda morena con gesto de triunfo.—Y gracias á ello te tengo ahora chalaíto y pringoso que no hay por dónde cogerte, más humildito y manso que un cordero de Dios... Porque ahí donde ustedes le ven—añadió volviéndose á los circunstantes,—ahí donde ustedes le ven tan guasoncillo y soberbio, ahora es una malva en casa y en cuantito yo doy una voz ya le tengo de rodillas pidiéndome que no me enfade. Y too esto ¿á qué se debe? Pues á la virtud de la bebía.
—¡Sería milagro! ¿Cómo quieres que yo vocee si me has dejado en los huesos? No me ha quedado aliento ni para pedir los buñuelos por la mañana.
Los amigos reían y vertían de vez en cuando una palabrita para que la disputa se alargase.
Sin embargo, la hora de levar anclas se iba acercando y el capitán se había apartado de la mesa y andaba de un lado á otro dando órdenes. Los marineros comenzaban á moverse ejecutando las maniobras preventivas.
Soledad y Manolo se habían aproximado y charlaban un poco retirados de los demás. El caballero de Medina la embromaba suponiendo que estaba triste y que hacía esfuerzos por ocultarlo. Al fin y al cabo en aquel momento crítico el corazón hablaba. No en vano había estado enamorada tanto tiempo. La joven se defendía con empeño, negando que estuviese triste y casi casi que hubiera estado enamorada.
—No se puede llamar amor lo que he sentido por ese hombre... Era una locura, un antojo por cosas agrias, como solemos tener las mujeres. El amor debe ser algo más dulce, más tranquilo... Era imposible que yo le quisiera toda la vida. Su genio siempre me ha sido antipático... Detesto á los hombres soberbios...
—Es porque tú lo eres.
—Quizá—dijo ella con franca resolución;—pero así es... Por lo demás, no puedo negarte que me causa pena el verle marchar, sabiendo que es por mi causa. Si le pasa algo en la travesía... ó se enferma... ó muere, me ha de quedar un poco de escozor en el alma. Aunque ya no me inspira interés, no quisiera hacerle daño... Porque en el fondo no es malo; ¿sabes? No tiene más que mucha fantasía en la cabeza. En cuanto se le quite será un buen hombre... Francamente, sentiría mucho que le sucediese algo malo... ¡Pobre Velázquez!
—Sí, ¡pobre Velázquez! Ni supo querer ni supo ser querido—expresó Uceda poniéndose serio y dirigiendo sus ojos al horizonte.
Soledad le clavó una mirada de sorpresa y admiración. Y á su sabor, en silencio, largo rato estuvo contemplando á aquel hombre tan noble, tan firme, tan sufrido. Un remordimiento punzante le atravesaba el alma. Sintió deseos de arrojarse de cabeza al mar.
La tripulación terminaba los preparativos. El capitán prescindía ya enteramente de los convidados y, diligente y afanoso, recorría el barco de proa á popa fijando sus ojos escrutadores en el aparejo y cambiando rápidas palabras con el piloto y contramaestre. Los amigos de Velázquez, comprendiendo que era llegado el momento de partirse, quedaron otra vez graves y taciturnos. Un mismo sentimiento de tristeza oprimía sus corazones. Sólo Antoñico se atrevió á decir alegremente á Paca:
—Vamos á ver, niña, suéltanos una copliya de despedida. Hace un siglo que no te oigo.
La esposa de Pepe de Chiclana respondió mirándole con severidad:
—Hijo mío, cuando un amigo tan apreciado como éste se marcha, nadie que tenga corazón siente ganas de cantar... ni tampoco de oir cantar.
Y los convidados aprobaron todos con la cabeza las palabras de aquella profunda mujer.
Sonaron las cinco en el reloj de la cámara. El capitán se acercó á ellos y les dijo cortésmente:
—Señores, vamos á levar anclas. Siento mucho privarme de tan buena compañía, pero es preciso... Á no ser—añadió sonriendo—que quieran ustedes venirse al Perú conmigo y con este buen mozo.
Nadie respondió. Silenciosamente se fueron acercando uno por uno á Velázquez y le abrazaron con emoción. Él procuraba disimular la que sentía bajo una sonrisa forzada. Vinieron después las mujeres y le estrecharon la mano. «Buen viaje. Buena suerte. ¡Que Dios te traiga pronto!» Paca le entregó un escapulario de la Virgen del Carmen rogándole que se lo pusiese. El majo le dió las gracias llevándolo á los labios.
Cuando llegó el turno a Mercedes, Velázquez la retuvo las manos entre las suyas un momento y le dijo por lo bajo viéndola sonreir:
—¡Qué contenta estás, Mercedes! Te alegras de que me vaya, ¿verdad?
—Ni me alegro ni me entristezco. Pues que nadie te obliga á marchar, debe de ser un viaje de recreo el que haces—respondió ella sin dejar de sonreir.
—Sí, te alegras, lo estoy viendo en tu semblante... Haces bien; yo no he servido más que para darte jaqueca. Perdóname y que Dios te haga muy feliz, como deseo.
—¡Adiós!—repuso lacónicamente la joven.
Se estrecharon la mano con fuerza y se apartaron. Pero el rostro de la niña al hacerlo empalideció, dió unos pasos atrás como si estuviese mareada y se dejó caer sobre un cable enrollado; tapóse los ojos con las manos y comenzó á sollozar fuertemente.
Quedaron estupefactos todos. Hubo unos momentos de silencio. Varios acudieron al fin solícitos preguntándole:
—¿Qué te pasa, Mercedes? ¿Te has puesto mala? ¿Qué te pasa, hija, qué te pasa?
—¡Qué le ha de pasar!—exclamó su hermana Isabel roja de ira.—¡Que se ha caído de tonta!
Y su madre y su prima Pepa se lanzaron al mismo tiempo indignadas y enfurecidas sobre ella.
—¡Cómo!... ¿No te da vergüenza? ¡Llorar por un hombre que se burla de ti! ¡Loca! ¡más que loca! ¡Vaya un paso chistoso!
La joven, sin responder á tales invectivas, seguía llorando con el rostro entre las manos.
Entonces Velázquez avanzó hasta colocarse entre ella y las que la injuriaban, y dijo gravemente con voz temblorosa:
—Si lo que ustedes dicen es cierto, si las lágrimas de esa niña se vierten por mí, sólo puedo demostrarles que no he querido burlarme ofreciéndoles casarme mañana mismo con ella... Ya sé que no la merezco, pero juro por mi salud que haré cuanto pueda por merecerla.
Al oir estas palabras, un grito de júbilo estalló en la reunión. Todos palmoteaban; todos chillaban dirigiéndose exclamaciones de asombro y de gozo.
—¡Tiene gracia! ¡Venir á un duelo y salir un casorio!...—Á mí me daba el corazón que los dos se querían...—¡Y á mí!—¡Y á mí!
El señor Rafael, loco de alegría, gritaba:
—¡Vivan los novios! El día que os caséis prometo emborracharme... lo que no hice en los días de la vida.
Y empujando al mismo tiempo á Velázquez contra Mercedes, añadía:
—¡Anda! ¡Abrázala, cobarde!... ¡Hazte cuenta que no somos nadie!
Pepa y Paca alzaban á su vez á Mercedes y la empujaban hacia su novio. Éste la abrazó con efusión.
—Ya no hay viaje, capitán—dijo luego volviéndose al de la corbeta.
—La primera vez que me alegro de separarme de ti, Velázquez—repuso éste estrechándole la mano.
Acometidos de un vértigo, todos hablaban y nadie se entendía. Mas hé aquí que el prudente Frasquito se acerca á Velázquez y le dice misteriosamente:
—Oye, chico, pero ¿vas á perder el dinero del pasaje?
El majo suelta una ruidosa carcajada y exclama dándole afectuosas palmadas en la espalda:
—¡Sí que lo pierdo! ¿Quieres aprovecharlo tú?
El señor Rafael había oído la carcajada y se acercó para saber lo que se trataba. Velázquez le informó riendo. Dió el viejo un paso atrás y, mirando fijamente á su sobrino, se santiguó diciendo con gravedad:
—Sobrino, no nos separamos. Yo no deshago la sociedad. Eres el único sabio que hay en Cádiz. Déjame, por Dios, que cuente este golpe á todo el mundo para honra de la familia.
—¡Tío, no la enredemos ahora que estamos todos alegres!—exclamó Frasquito exasperado.
—¿No quieres que lo cuente? Está bien: te guardaré el secreto. Pero de aquí en adelante hazte cuenta que no eres mi sobrino... ¡Quiero que seas mi tío!
Velázquez atajó la disputa llevándose á Frasquito. Todos se despidieron del capitán afectuosamente y de nuevo bajaron la escala, acomodándose como mejor pudieron en las dos lanchas que los habían traído. Una vez en ellas, como el día continuase sereno y el mar sosegado, á uno de ellos se le ocurrió acompañar á la corbeta algún trecho. Se aceptó con regocijo la idea. El capitán hizo al instante levar anclas y el buque, arrastrado penosamente por sus dos botes, emprendió una marcha lenta hasta llegar á paraje abierto donde pudiera desplegar las velas. Las lanchas le daban escolta.