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Los majos de Cádiz

Chapter 9: III Soledad.
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About This Book

La novela reúne episodios y cuadros de costumbres gaditanas que retratan la vida cotidiana de clases populares en un puerto provincial: tabernas, paseos, romances y pequeñas rivalidades construyen un mosaico de personajes vivos y parlantes. La narración combina descripción realista y humor contenido con observaciones morales y sociales, mostrando el choque entre tradiciones locales y las modas artísticas y literarias de la época. A través de escenas corales y episodios íntimos se exploran la convivencia comunitaria, los afectos y las tensiones sociales, mientras el autor contrapone lo pintoresco y lo humano para ofrecer un panorama cálido y crítico de la sociedad que representa.

II

Los majos.

Los grandes ojos negros de la tabernera brillaron.

—¡Cuánto has tardado!—exclamó levantándose.

Sin contestar despojóse el hombre de su capa y se la entregó diciendo:

—Límpiala, que el señor de Roda me la ha llenado de vino.

Tendría treinta y cuatro ó treinta y seis años; bajito, menudo, moreno, con barba negra sedosa, las facciones correctas, los ojos negros de una expresión resuelta y altiva. Había en su rostro atractivo. La figura, aunque exigua, proporcionada, y denotaba agilidad y brío. Vestía chaqueta corta, sombrero cordobés de alas rectas, pantalón ceñido, faja de seda encarnada y camisa bordada con botones de diamantes: todo rico y esmerado, y mostrando no sólo un hombre bien acomodado, sino cuidadoso de su persona y quizá un poquito pagado de ella.

—¿Y Joselillo?—preguntó.

—Pues se fué hace ya bastante rato por unos frascos de ginebra y aún no ha venido.

—¡Valiente niño! Me parece que esta noche le voy á mandar calentito á la cama... Ya van muchas.

Soledad se había acercado á él y daba vueltas en torno suyo, contemplándole con ojos amorosos, examinando minuciosamente el estado de su traje, quitándole el polvo con leves palmaditas.

—¿Has caminado mucho?

—Por toas las vereas del universo mundo me ha llevao hoy ese guasón. ¿Y too pa qué? Pa ver una huerta con algunos árboles tísicos allá donde Cristo dió las tres voces... ¿Ha venido Espinosa?

—No; ahí no están más que Antonio, Pepe, Frasquito y su tío... ¡Ah! también acaba de salir Manolo, pero no ha estado en la reunión.

—¿Qué Manolo?

—Manolo Uceda—repuso ella ruborizándose.

Velázquez frunció levemente el entrecejo, y la miró fijamente. Su rostro adquirió luego una expresión de burla.

—Supongo que te habrá cantado alguna trova nueva y divertida.

—Ni nueva ni divertida. Me ha cantado lo de siempre... Pero me ha prometido no darme más jaqueca.

—¡Déjalo, hija mía!—exclamó haciendo un gesto desdeñoso.—Déjalo que se desahogue... ¡Si á mí no me importa!

—Es que, si no te importa á ti, me importa á mí—manifestó ella secamente, herida por aquel gesto.

—¡Allá tú!—repuso el guapo, disponiéndose á entrar en el cuarto de la reunión.

Soledad le dejó partir mirándole fijamente, pero antes de llegar á la puerta le llamó:

—¡Velázquez!

—¿Qué hay?—preguntó él volviendo la cabeza.

—Ven.

El dueño se acercó.

—¿Qué se ofrece?

Soledad le cogió de la mano, le condujo suavemente hasta el ángulo más oscuro de la tienda y, echándole los brazos al cuello, le dijo:

—Se me ofrece esto.—Y al mismo tiempo cubrió de apasionados besos su rostro.

El guapo se dejó besar con condescendencia.

—Basta, basta—dijo al cabo apartándola suavemente.—¡Que me vas á gastar la figura, hija mía!... Ya ves, soy poco y me vas á dejar en ná—añadió riendo.

—Para mí lo eres todo, la ciudad de Cádiz, el Puerto, San Fernando y el arsenal no valen lo que este bigotito negro tan suave como la seda.

Y se lo atusaba con la punta de los dedos, clavándole al mismo tiempo una mirada de adoración infinita.

—¡Quita allá, zalamera!—repuso él dándole una palmadita afectuosa en la cara y apartándose.

—No entres todavía—respondió ella tirándole de la manga de la chaqueta.

—¿Va á ser todo ahora? ¡Deja algo para luego!

Y con una leve sacudida se zafó, empujó la puerta y entró en el pequeño compartimento. Ella, después de permanecer un instante inmóvil, fué á sentarse detrás del mostrador, cogiendo de nuevo la calceta.

—¡Ole por el patrón de la barca!—gritó uno dentro.

—Á la paz de Dios, señores—dijo Velázquez sentándose en la silla que le ofrecían.

—¿Y de dónde viene el hombre á estas horas?—preguntó una joven morena, de facciones abultadas, graciosa y ruda á la vez.

—De la calle.

—¿De veras, chiquillo?

—De veras, María-Manuela.

—Toma una caña por la gracia.

—Venga la caña.

Velázquez echó al aire el contenido, lo recogió con singular destreza y lo vació después en la boca sin perder una gota.

—¡Eso sabrás tú hacer, desaborío!—exclamó María-Manuela.

—En mis buenos tiempos sabía algunas cosas más—manifestó el majo limpiándose con calma los labios.

—Pronto has venido á menos.

—Qué quieres, hija; si hubiera llevado tan buena vida como Antonio, estaría mejor conservado.

Todos los rostros se volvieron sonriendo hacia el aludido. Éste era un hombre joven aún, pero en el cual la vida crapulosa había dejado tales huellas que se le tomara por viejo. El cuerpo flaco, el rostro manchado con abundante cosecha de granos, el pelo ralo y las cejas lo mismo. Sin turbarse poco ni mucho con las miradas de la reunión, dijo gravemente tomando una caña:

—Yo siempre fresco como una rosa. ¡Buena suerte tendrá la que goce de la flor de mi juventud!

—¿Qué dices á eso, María-Manuela?—preguntó riendo el señor Rafael.

—Que tiene muchísima razón. Yo jamás he conocido su juventud.

—María-Manuela y yo—manifestó con la misma gravedad Antonio—nos hallamos en los primeros tiempos del amor en que se goza con una nada, en que cualquier friolerilla le levanta á uno hasta el cielo y le hace soñar toda la noche. Hasta hace dos meses no me atreví á decirle que la quería sino con los ojos; ya lo habrán ustedes notado. El viernes pasado me dió un rizo de pelo. Pensé que me volvía loco de alegría... Fué la tarde en que les pagué á ustedes la merienda y unas cuantas botellas de amontillado...

—¡Mentira! ¡mentira!—gritaron todos á un tiempo.—¡No has pagado nada!

—¿No?... Pues juraría... Pero, en fin, lo mismo da. De todos modos, yo estaba muy alegre aquella tarde, y si hubiera tenido ganas de pagarlas y dinero, seguramente las hubiera pagado. No hay momentos más felices que estos en que el hombre todavía no ha perdido la timidez. No me da vergüenza confesarlo. Ayer me concedió por primera vez María-Manuela un beso.

—¡Oooooh! ¡Uuuuh!—rugieron los alegres compadres.

—¡No hay que asustarse, señores! Fué en la mano solamente. Pero, así y todo, cuando se lo di, faltó poco para desmayarme. No sé qué influencia misteriosa ejerce sobre mí esa mujer, que el contacto de un dedo suyo me hace temblar.

—Oye tú, guasón—interrumpió María-Manuela con acento irritado,—¿quieres callarte ya ó te estrello este vaso en las narices?

Antonio se detuvo, paseó una mirada en torno y dijo bajando la voz:

—Ya lo ven ustedes, sólo la idea de que se sepa que le he besado la mano pone fuera de sí á la pobrecilla.

—¡Aguarda, arrastrao!—exclamó exasperada la morena abalanzándose á él.

—¡Socorro!—gritó Antonio haciendo ademán de meterse debajo de la mesa.

Entre Velázquez y Frasquito la sujetaron. No pudiendo echarle mano, volvió á sentarse y desahogó su cólera en un torrente de palabras feas y maldiciones que al cabo concluyeron por alterar los nervios de la otra mujer que allí había.

Era una muchacha de pocas carnes, morena también, de nariz un poco larga, boca pequeña, ojos negros expresivos y hermosa cabellera, cuyos rizos le caían por la frente en gracioso desgaire. Á esto contribuía el que la joven, ó por coquetería ó por distracción, no quitaba la mano de ellos atusándolos, retorciéndolos, martirizándolos sin tregua, lo mismo cuando hablaba que cuando escuchaba. Ambas cosas hacía con rara perfección. Cuando guardaba silencio parecía la estatua de la atención. Con la cabeza echada hacia atrás, paseaba sus ojos vivos de uno á otro interlocutor absorbiendo sus palabras, su actitud y sus gestos como si se tratase de fijarlos en la memoria para siempre. Cuando hablaba, sus palabras fluían de la boca raudas, interminables, con un dulce acento persuasivo que cautivaba y adormecía. El gracioso dejo de su charla andaluza realzado por una voz melodiosa como pocas obligaba á escuchar con placer las mil sentencias y graves consideraciones en que abundaba su discurso. Porque Paca la de la Parra (así llamada á causa de una muy frondosa que había en la casa donde su madre dirigía un establecimiento de bebidas) no sólo presumía de elevados sentimientos, de gustos exquisitos, sino de una madurez de juicio superior á la de los sabios de su tiempo. Por lo cual vivía en el fondo de su alma apartada del mundo plebeyo que la rodeaba. Encastillada en su grandeza intelectual y sentimental, contemplaba con benignidad de ordinario, la ruindad de sus compañeras, y dejaba pasar sin correctivo sus palabras soeces. Pero en ocasiones como ahora, en que por causas desconocidas se hallaba un poco nerviosa, no podía menos de atajarlas.

—Vamos, hija, cállate ya, que tienes una lengua más susia que la de lo tío de la Caleta.

María-Manuela quedó suspensa un instante, pero, revolviéndose colérica en seguida, exclamó:

—¡Adiós, infanta! Perdone usía que le haya lastimao las orejas. ¿Quiere usía que hable por lo finitico? ¿Quiere usía un poquito de agua para quitarse el susto?

Paca alzó los hombros con ademán de lástima.

—¡Siempre has de tomar el rábano por las hojas, mujer! No te he mandado callar por ofenderte, sino por evitar que piensen de ti lo que no mereces. La mujer que se pasa la vida diciendo malas expresiones demuestra que no ha tenido principios, y tú los tienes como los tengo yo y los tiene toda persona regular que haya tenido crianza. Deja esas palabras á los hombres, que para ellos se hicieron, y habla bien, que el hablar bien no cuesta trabajo.

—Mira, Paca, ¿sabes lo que te digo?—profirió María-Manuela afianzando ambas manos sobre la mesa y encarándose con su amiga.—Que no rajes tanto y me dejes el alma quieta, ¿estamos?

—Te lo digo, querida, porque tienes principios...

—Pues se me orviaron... ¡Ea ya!... ¿qué hay?

—Eso importa na. Lo peor es que á Joseliyo se le orvió traernos unas aceitunitas ó unas ruedas de chorizo—apuntó con calma Pepe de Chiclana.

Los compadres rieron.

—¡Ole por Pepe!

—¡Lo mejor que se ha dicho en la tienda desde su fundación!

Pepe de Chiclana, marido de Paca la de la Parra, era un hombre de seis pies de alto, gordo en proporción, de cuarenta años de edad, cara redonda, ojos pequeños carnosos, pesado y tardo en sus movimientos como en sus palabras. Formaba vivo contraste con su exquisita esposa, toda delicadeza y elocuencia, tan distinguida, tan razonable, tan afluente. Mas, con existir entre ellos tal desigualdad de humores, vivían en profunda paz. Pepe adoraba el talento de su mujer, se postraba ante él rindiéndole homenaje en cuantas ocasiones se ofrecían. Cuando Paca hablaba, Pepe la escuchaba con la boca abierta pendiente de sus labios como de un oráculo, obligando á callar á los que pretendían interrumpirla, dirigiéndoles á menudo guiños expresivos ó diciendo por lo bajo: «¡Qué pico! ¿eh?... ¡Atiende al golpe!...» Paca no despreciaba por eso á su marido, como pudiera inferirse; al contrario, estimábalo como hombre de inteligencia penetrante, ya que había penetrado todo el mérito que ella poseía y seguía fielmente sus enseñanzas filosóficas. Hasta le caían en gracia sus chistes insulsos y era la primera en celebrarlos. Disfrutaba el matrimonio de posición desahogada. Pepe era chalán, y vestía como tal la chaqueta corta, la faja y el sombrero de anchas alas que caracteriza á los hombres de su clase. Paca gastaba ricos mantones de Manila, pendientes de perlas y sortijas de diamantes. Aquel matrimonio honrado, rico y pacífico se placía, no obstante, en acudir todas las noches á una reunión de gente demasiado alegre y de posición equívoca.

Porque Antonio Robledo, administrador de una empresa de diligencias, no estaba casado con María-Manuela, aunque hacía tres años que vivía maritalmente con ella, y Velázquez, dueño del establecimiento, tampoco lo estaba con Soledad. Pero Paca era hija de una tabernera, se había criado entre el ruido y la alegría, y por más que la altivez de su temperamento aristocrático la había preservado de los hábitos y las palabras groseras, sus ojos y sus oídos se habían acostumbrado á la algazara de estos sitios. Si por cualquier causa pasaba algunos días sin ir á la reunión, sentía la nostalgia de ella, se ponía de mal humor. Su marido, que la conocía bien, le decía: «¿No te parece que vayamos hoy á cañear un poquito á casa de Velázquez?» Ella se resistía, se quejaba de fatiga, hablaba de los muchos quehaceres de la casa. Si el bueno de Pepe se dejaba persuadir, ¡desgraciado de él! El humor de su cónyuge se ennegrecía de tal modo que al día siguiente era imposible sufrirla. Pero Pepe, aunque no muy avisado, como ya se ha dicho, había descubierto el secreto y no cejaba en sus ruegos hasta que lograba sacarla de casa. Paca salía como si la arrastrasen. Una vez fuera, mudábase al instante; se mostraba viva y jovial y charlaba por los codos.

Además, Paca tenía el secreto deseo de mostrar el poder de su elocuencia persuadiendo á Velázquez á que se casase con Soledad. En cuanto á Antonio y María-Manuela, lo había intentado en vano. Ésta era tan cerrada de entendimiento, tan loca y desbocada que comprendía bien la repugnancia de su amante á contraer con ella vínculos indisolubles. Lo mismo uno que otro proyecto eran plausibles y demostraban que Paca se proponía hacer buen uso de las grandes luces naturales con que la Providencia se había dignado favorecerla.

Poseía también una voz fresca y suavísima y cantaba y tocaba la guitarra con tal primor que pocos la aventajaban en el reino de Andalucía. En Cádiz era conocida y estimada por esta habilidad, aunque pocas veces se lograba oirla desde que se había casado. Sólo entre amigos y después de hacerse rogar tomaba entre las manos el guitarrillo y echaba al aire una copla. Pero, aunque despreciando en la apariencia este arte secundario, por tener la ambición puesta en el de Cicerón y Bossuet, todavía le gustaba oir las palmadas, los oles y los requiebros de sus amigos cuando se decidía á complacerlos.

Velázquez se había levantado y salió á la tienda. A los pocos momentos volvió á entrar seguido de Joselillo, su criadito, quien soportaba una gran batea con cañas de manzanilla y algunos platos con rajas de queso, peje-reyes y camarones.

—Esta convidada va por mí, señores.—dijo con su gravedad habitual.

—Á tu salud y á la de la flamenca que está ahí fuera—respondió Antoñico en voz alta y apurando una caña.

—Gracias, Antonio, y de salud te sirva—respondió la tabernera, que había oído el brindis.

—Vive mil años, chiquita, que si tú cierras los ojos se queda Cádiz á oscuras.

—¡El equinocio, hija!—exclamó María-Manuela sin poder reprimir un movimiento de celos.—Soleá, no cierres los ojos para que este borracho pueda llegar á casa.

—¿Tienes celos, María?—preguntó la tabernera.

—¿Yo celos de este tío que ya no puede con la fe de bautismo en papeles? ¡Sería trabajo! Llévatelo, hija, y ponlo en un cuarto seco para que no se pudra.

—Soleá, llévame y ponme donde te parezca. Verás si engordo á tu vera—le gritó Antonio.

—¿Y á mí, dónde quieres que me ponga entonces?—preguntó Velázquez riendo.

Pero, aunque lo dijo en voz más baja, llegó á los oídos de la tabernera, que exclamó:

—¡Á ti!... ¿Qué te importa á ti que yo te ponga en un sitio ó en otro? Ya te cuidarías de escapar adonde te viniese bien.

—Con esa verdad te ayude Dios, querida, que nunca jamás la has dicho mayor—repuso Velázquez con tono fanfarrón y displicente.

Soledad sintió el resquemor de estas palabras y guardó silencio.

—Niño, tráete la mía—gritó reciamente el señor Rafael al criadillo.

No tardó éste en presentarse con otra batea de cañas.

El señor Rafael era un viejo de fuerte complexión, seco, moreno, con los cabellos blancos, pero sin faltarle uno solo, vivo de ojos y suelto de ademanes, como un chico de veinte años. Mucho más suelto y mucho más vivo que su sobrino Frasquito, con el cual se acompañaba aquí y en todas partes. No sólo se hallaban asociados en un establecimiento de harinas y salvados que tenían en la calle de Horno Quemado, sino que habitaban el mismo cuarto; y después de pasar juntos las horas de trabajo, gustaban también de pasar las que dedicaban al recreo. Ambos solteros y sin ninguna gana de cambiar de estado, aficionados á las cañas y al bureo, aunque en este particular y en la esplendidez característica que el vino andaluz despierta en los naturales, el viejo sacaba mucha ventaja al joven. De aquí sus eternas y graciosas disputas así que al señor Rafael se le encaramaba un poco el manzanilla en la cabeza.

—¡Frasquito, hijo! ¿para qué quieres esas manos? Hace siete cuartos de hora que no has sonao las parmas—dijo el señor Rafael á su sobrino, haciendo antes un guiño expresivo á la reunión.

—¿Cómo siete cuartos de hora?—exclamó éste sofocado.—¡Si he pagado la convidada anterior!

—¡La anterior!... ¡Y tan anterior!—replicó el viejo mirándole con ojos risueños y provocativos.

La reunión se preparó á gozar de la disputa, como siempre.

—Vamos, tío, usté tiene gana de guasa.

—No, hijo, lo que tengo gana es de vino.

—Pues yo ya le he pagado á usté bastante esta noche.

—¡Ay, qué gracia, que me ha pagado bastante!... ¡Pues yo á ti no!... Niño, tráete más vino para este gallego...

—¡Tío! No me insulte, que le falto á usté al respeto.

—Pero si lo eres, ¿por qué has de negar la prosapia? Ni en el reino de Galicia ni en el principado de las Asturias hay un gallego más gallego que tú...

—¡Tío, cállese usté, que le falto al respeto!

Frasquito estaba encendido y colérico que daba miedo á todos menos á su tío. Los circunstantes, temiendo algún paso desagradable, atajaron la disputa rogando al señor Rafael que no le exasperase. Este, vuelto á las buenas y revistiéndose de gravedad, manifestó que todo era una broma y que nadie sabía mejor que él que su sobrino era gaditano por los cuatro costados. Luego, dirigiéndose á éste, comenzó á darle satisfacciones.

—Pero, hijo, ¡quién no ha de reconocer tus buenas cualidades! Eres honrao y trabajador, y en too Cádiz no hay quien te ponga el pie delante en sacar una cuenta por el aire. Y eres buen mozo y muy corriente cuando se ofrece... Pero tienes una enfermedad...

—¿Qué enfermedad?—preguntó Frasquito amoscado, mientras los demás se disponían á reirse.

—No sé; me parece que se llama reumatismo.

—¿Y por qué dice usté eso?... vamos á ver...

—Porque he notado que siempre que llevas la mano al bolsillo lo haces con mucho trabajo y la mayor parte de las veces no lo consigues... Eso no puede ser más que reúma... reúma en el brazo derecho.

—¡Tío! ¡tío!

—No te sofoques, que eso se cura con un poquito de aguardiente alcanforado.

—¡Qué ha de curarse con eso!—saltó María-Manuela que presumía de curandera y ensalmadora—Si sientes dolor, Frasquito, se te quitará untando el brazo con la sangre de una oreja cortada de un gato negro; le das una friega apretándolo poco á poco, luego doblas er deo gordo, y poniéndolo debajo de la barba abres la boca nueve veces seguidas...

Las carcajadas que la inocencia de la pobre mujer produjo en la reunión encresparon más y más á Frasquito.

—¡Tío, no hay peor borracho que usté en el mundo!

—Basta ya de medicina—manifestó Antonio—y que Paca nos cante una carbonerilla.

—¡Eso!

Paca, como de costumbre, hizo remilgos. «Ya no estaba para tales bromas; se le había acabado el humor; parecía mal que una mujer casada... Además, no se hallaba bien de voz.» Pero, como de costumbre también, terminó por coger la guitarra y echar al aire su voz dulce y potente de contralto.

La alegría se apoderó de todas las cabezas. Los ¡oles! y los ¡bravos! y los requiebros de toda clase resonaron en la taberna. Á la embriaguez del vino sucedía la del arte, más noble y delicada.

—¡Venga otra, Paquilla! ¡Bendita sea la hora en que tu padre se dió un coscorrón con la reja de tu madre!

Paca, orgullosa, sonriendo levemente, dejó volar otra copla.

Antonio, loco de entusiasmo, le arrojó el sombrero á los pies, gritando:

—¿Dónde has nacido, Paca?

—¡Qué ocurrencia!—respondió riendo—En la calle de la Verónica.

—¡Falso! Tú has nacido en la alcoba en que durmió María Santísima cuando pasó por Sanlúcar.

Paca volvió á cantar respondiendo al requiebro:

«¡Qué desgraciada nací,
que en la pila del bautismo
faltó la sal para mí!»

Aquel rasgo gracioso de modestia levantó gran alborozo.

—¡Ole por las mujeres simpáticas!—¡Todo el mundo á quererla!—¡La pura arropía!...

Y sonaban las palmas, y chocaban los vasos y gritaban como energúmenos jaleando á la cantaora. Pero aquel entusiasmo se enfrió momentáneamente porque, Antonio, con uno de sus descompasados ademanes, echó á rodar una caña y la quebró. María-Manuela, asustada, hizo callar á todos y declaró que el romperse un vaso es muy malo y anuncia disgustos. La única manera de evitarlo era recoger todos los pedazos y tirarlos al pozo. Así comenzó á ejecutarlo con gran solicitud mientras los demás se reían de su credulidad. Algunos por burla la ayudaban.

—Atiende, María, mira que pedazo grande te has olvidado debajo de aquella silla. ¡Anda, anda! que si yo no hubiera reparado, ¡qué cataclismo! ¿verdad tú?

—Vamos, Antonio, déjate de guasa y hazme el favor de recoger esos cristalillos que están á tu vera.

—Desprécialos, mujer: ya te llevas en el delantal los trabajos gordos... ¡Qué importa por esos disgustillos!

María-Manuela salió con los cristales del cuarto y fué á arrojarlos al pozo que había en el patio. Soledad, que seguía tranquilamente haciendo calceta detrás del mostrador, sonrió.

Siguió la zambra en el aposento.

—Bueno, ahora no falta más que Soledad nos baile una mijita de tango—manifestó el señor Pepe.

Soledad ni cantaba ni tocaba la guitarra, pero tenía habilidad notoria para bailar las danzas andaluzas. Mas, contra lo que acaece generalmente, no gustaba de mostrar su gracia; y aun puede decirse que desde hacía algún tiempo tenía el baile en aborrecimiento. Por lo cual sus amigas se abstenían de solicitarla en este particular, sabiendo que le causaban disgusto.

—No seas pelmazo, hombre; ya sabes que Soledad no se divierte bailando—dijo Paca á su consorte.

—¿Y por qué no se ha de divertir, haciéndolo con tanto primor?—insistió el señor Pepe.

—Pues porque no se divierte. ¿Te figuras que va uno á gozar con lo que á otro se le antoje?

—Bien está; pero aunque no se divierta, Soledad es muy amable y le gustará que sus amigos se diviertan.

—Vamos, cállate ya. ¡Qué pesadísimo te pone el vino!

Velázquez, que estaba hablando con Frasquito, oyó la disputa de los esposos y dijo:

—Tiene razón Pepe. Soledad está obligada á dar gusto á la reunión, y aunque le cueste trabajo lo hará...

Y añadió alzando la voz:

—Soledad, hija mía, haz el favor de venir un momento.

La tabernera apareció en seguida.

—Estos señores desean que bailes un poquito. Á ver si los complaces.

El rostro de Soledad se nubló de repente y respondió con sequedad:

—Estos señores saben que hace ya mucho tiempo que no bailo y me harán el favor de dispensarme.

—¿Y por qué no has de bailar?

—Pues porque no tengo gana.

—Pues bailarás aunque no tengas gana—dijo él embraveciéndose.

—Pues no bailaré—replicó con firmeza ella.

—Vamos, Velázquez, déjala—interrumpió Pepe de Chiclana, avergonzado por haber sido causa de aquella disputa.

—¡Déjala! ¡déjala!—dijeron todos á un tiempo.

—He dicho que baila, y bailará—profirió Velázquez alzándose de la silla en actitud soberbia y provocativa.

Soledad se puso pálida; quedó un instante suspensa y dijo al cabo humildemente:

—Está bien; no te incomodes. Haré lo que tu quieras.

—Paca, puedes principiar—dijo el guapo sentándose de nuevo.

—No quiero—replicó ésta.—¡Vaya una simpleza, hacer bailar á una mujer á la fuerza!

—Vamos, Velázquez, déjala. Otro día será—manifestó el señor Pepe.

Y todos los demás unieron sus ruegos á éste.

Pero el tabernero, cada vez más colérico, exclamó:

—¡He dicho que bailará esta noche, y ha de bailar con los santos óleos puestos!... ¿No quieres tocar?... Pues tocaré yo.

Y arrebatando á Paca la guitarra, comenzó á rasguearla diciendo imperiosamente:

—Á empezar.

Soledad avanzó hasta el medio del cuarto y dió comienzo al baile. Estaba pálida. Los movimientos reprimidos, voluptuosos del tango ofrecían ahora un carácter lúgubre; parecía el baile de la viuda india en torno de la hoguera donde va á ser sepultada.

Los tertulios se callaban; estaban inquietos y tristes y sacudían la cabeza deplorando la escena. Al cabo dos lágrimas se desprendieron de los hermosos ojos de la bailadora y resbalaron lentamente por sus mejillas. Verlas Velázquez y colocar la guitarra sobre la mesa fué todo uno.

—¡Ea!—dijo levantándose con calma amenazadora.—Ya se ha concluído.

Y cogiendo á la joven por un brazo:

—Anda, anda, guasona... ¡Maldita sea tu estampa!

Y la arrojó á empellones del cuarto, cerrando la puerta después.

Los tertulios se lo recriminaron sin excepción.

—No hay razón para eso, Velázquez. Para bailar se necesita el humor. No todos los días nos pide el cuerpo juerga.

—¡Dejarme; ya tengo esa niña sentada en la boca del estómago!—exclamó el majo apurando una caña.

—¿Lo ves, Joseliyo, lo ves cómo toda la vida has de meter la pata?—dijo Paca con enojo á su consorte.

—Pues bien claro estaba que habíamos de tener un disgusto, después que Antonio rompió el vaso—manifestó María-Manuela con un acento de seguridad que hizo volver la alegría á la reunión.

III

Soledad.

El padre de Soledad era guarda de consumos en Medina Sidonia. Sus hijos, dos, Soledad la primera y Miguel, que contaba tres años menos. El sueldo, aunque corto, bastaba para subvenir á las necesidades de la familia en un pueblo secundario. Miguel, en quien los padres tenían cifradas sus esperanzas, mostró desde bien chico viciosas inclinaciones y horror al trabajo. Ni los golpes del maestro del taller donde le habían puesto, ni los castigos de su padre, que cierto no se los escaseaba, bastaron á enderezar su torcida naturaleza. Verdad que estos castigos se hallaban funestamente neutralizados por el mimo y regalo con que su madre lo criaba. No sólo ocultaba con mil artificios sus faltas y le amparaba cuando su padre iba á corregirle, sino que le daba cuanto dinero había á mano, sin comprender la desgraciada el daño que hacía. Con esto el chico á los catorce años era un pilluelo que, en vez de ayudar á los gastos de la casa, sacaba de ella de un modo ó de otro cuanto podía. Acompañado de otros pícaros de su misma edad, vagaba por las tabernas, entregando todas sus horas al vino y al juego.

Soledad empezó á coser en una sastrería; pero su jornal era tan exiguo que apenas si con él podía comprarse un vestidito de percal y calzar pasablemente. Aquí era donde le dolía á la mocita. Las andaluzas sufren sin pena el ir vestidas con cualquier trapillo; pero viven infelices si no llevan una media bien limpia y un zapato fino y ajustado. Tanto más, cuanto que Soledad comenzaba á ser festejada y requebrada de cuantos á su lado cruzaban, jóvenes ó viejos. Era el recreo de los ociosos que acudían á la hora del crepúsculo á ver salir las costureras de sus talleres, el orgullo de su familia y la envidia de las compañeras. Su belleza espléndida estaba realzada por una grave y altiva serenidad que desconcertaba á cuantos pretendían acercarse á ella burlando, al estilo de la tierra. La hija de Pontes, el guarda del fielato, adquirió pronto renombre de hermosa y al mismo tiempo de esquiva.

Los señoritos de la ciudad acudieron en torno suyo como moscas al panal. Pero ni sus rendimientos exagerados ni sus ofertas hicieron mella en el corazón de la joven. Prevenida contra sus halagos por la triste suerte de algunas amigas que habían tenido la flaqueza de darles oídos, los rechazaba siempre con ferocidad. En cambio acogía con agrado los rudos obsequios de los braceros; tuvo entre ellos varios novios, y juraba y perjuraba que le gustaban más que los pisaverdes tísicos que la seguían en el paseo. Éstos se vengaban de sus desdenes apodándola la princesa del Fielato.

Pero uno de ellos la sacó en cierta ocasión de un mal paso. La hija del guarda, con otras dos amigas, se había ido un domingo á visitar la ermita de una Virgen situada á alguna distancia de la población sobre un cerrillo áspero y solitario. Llevaron merienda, entretuviéronse más de lo que pensaban: al regresar á su casa empezaba á cerrar la noche. Y hé aquí que, caminando las tres costureras cogidas del brazo, entonando alegres canciones para ahuyentar el miedo, tropiezan con dos mozos labradores que volvían de la ciudad. Las detienen, las requiebran groseramente, se propasan á abrazarlas. Venían un poco ebrios; pero les convino fingirse más de lo que estaban para el caso. Las jóvenes gritan y se defienden valerosamente, pero en vano; el lugar era solitario y sus fuerzas no bastaban á contrarrestar las de los gañanes. Éstos se apoderan de dos de ellas; la otra huye pidiendo auxilio. En este momento se oye el trote de un caballo, y poco después aparece montado en él un joven bien conocido en la ciudad, el hijo de la viuda de Uceda.

—¡Socorro, caballero!—gritan á un tiempo Soledad y su compañera asidas por aquellos bárbaros.

—¿Qué es eso?—preguntó el jinete.—¡Á ver si dejáis ahora mismo á esas chicas!

—Siga usted su camino, señorito, y no se meta donde no le llaman... ¡No sea que se le apee del jaco por las orejas!—dijo uno de ellos.

—¿Á mí, granuja?—exclamó el caballero apeándose de un salto.

Y corriendo hacia el insolente alzó la mano y le tumbó de un puñetazo. Pero el otro jayán sacó prontamente la navaja y acudió al socorro de su compañero, el cual, no bien se hubo levantado, echó mano igualmente á la suya. Mal lo hubiera pasado el valeroso caballero si no hubiera tenido un buen revólver de seis tiros, con el cual les apuntó exclamando:

—¡Ahora vais á ver, cobardes, de qué os sirven las navajas!

Los gañanes, al ver el arma, diéronse á la fuga. El caballero les persiguió largo trecho, obligándoles á echarse á un arroyo y pasarlo con el agua hasta la rodilla. Juzgándose bien vengado por aquel baño afrentoso, se volvió riendo hacia el sitio donde había dejado el caballo. Las muchachas ya no estaban allí. Desde que se vieron libres habían corrido desaladas hacia la población. Montó en su jaco y á trote corto caminó la vuelta de ella. Hasta tocar casi en las primeras casas no alcanzó á sus favorecidas, que sin volver la vista atrás caminaban con toda la celeridad que les consentían sus fatigados pulmones. Al verlas no pudo menos de sonreir exclamando en voz baja: «¡Vaya unas piernas que os ha dado el miedo, hijas mías!» Pasó delante de ellas y saludó cortésmente.

—Buenas tardes.

—Buenas tardes—respondieron las jóvenes.

Pero avergonzada de haber huído sin despedirse, la compañera de Soledad le gritó así que hubo pasado:

—¡Y muchas gracias, caballero!

—No las merece—respondió éste volviendo á medias la cabeza.

Soledad examinó con curiosidad su figura recia y corpulenta, que se perdió al instante en las sombras. ¡No era tísico, no, aquel señorito! Al día siguiente, cuando le vió en la calle, le pareció aún mejor y le saludó afectuosamente. Manolo Uceda respondió al saludo con agrado, y algunos días después, con ocasión de cierta fiesta con música al aire libre, se aventuró á dirigirle la palabra, á acompañarla y, lo que es aún más, á sacarla á bailar. Este último obsequio puso corona inmarcesible á la gratitud de Soledad. Porque los señoritos de la villa poquísimas veces descendían á bailar con las menestralas en un paraje abierto. Lo demás se encargó de hacerlo el niño alado de la venda.

Manolo Uceda pertenecía á una familia distinguida de Medina, aunque sin mucha hacienda. Poseía algunas buenas propiedades rústicas con cuyas rentas vivía cómodamente gracias á la economía de su madre D.ª Carmen y á su propia conducta, arreglada y formal. Entre estas propiedades la más importante era un molino situado á dos leguas de la villa, el cual solía visitar á menudo lo mismo que las otras fincas, porque su madre así se lo encargaba. De él venía cuando tan á tiempo pudo ejecutar la proeza que se acaba de relatar.

Educado en el retiro de su casa solariega, que tenía aspecto claustral, sin trato de mujeres, sin vicios, sin los recreos siquiera propios de su edad, la primera mujer que le reveló el amor fué la hija del guarda de consumos. La amó en seguida con la pasión tumultuosa de los diez y ocho años y de una naturaleza exuberante. Sin temor á las hablillas, sin vergüenza de confesar su amor, acudía á su reja todas las noches y se pasaba pegado á ella largas horas pelando la pava. De quien únicamente se guardaba era de su madre. Ésta, no obstante, muy presto llegó á saberlo y tomó un disgusto gravísimo. Porque era altiva y linajuda, á pesar de su corta hacienda, como una princesa de sangre real. Pero Manolo logró convencerla de que aquella afección no era sino un pasajero devaneo sin importancia, y la noble señora recobró á medias el sosiego. Trascurrieron algunos meses. Los amores no terminaban; antes bien, el joven daba cada día mayores y más ostensibles testimonios de su pasión acompañando á la hija del guarda por los parajes más públicos. D.ª Carmen se agitó de nuevo, interrogó á su hijo con severidad, hubo gritos, llanto, recriminaciones. Esta vez Manolo no adoptó el continente burlón y desdeñoso que antes: confesó su amor, hizo un elogio caluroso del dueño de su albedrío, concluyendo que no había en todo el reino de Andalucía mujer más pura, más ingeniosa y más digna de ser adorada de rodillas que la hija de Pontes. Doña Carmen no quiso convenir en ello; de lo cual le pesó tanto á nuestro joven, que llegó á dudar del talento y de la sensatez de la que le había dado el ser. Desde esta memorable conversación no hubo paz en casa de Uceda. El amartelado mancebo se veía necesitado á escuchar á todas horas ruegos, injurias, suspiros y burlas.

Todo fué inútil. Su pasión crecía á cada instante. Como fuego poderoso iba devorando rápidamente sus facultades y sentidos, dejándole reducido al papel de un autómata. Esto le perdió. Su excesivo rendimiento, las manifestaciones, cada vez más vivas y públicas, de su amor, engendraron al cabo un poco de hastío en el alma de la hija del guarda. Desapareció el respeto que la diferencia de clases había despertado en ella al comienzo de sus amores; se acostumbró á dominarle, á imponerle sus gustos y caprichos, á escuchar con indiferencia sus palabras apasionadas, candentes. De tal modo, que á los seis meses le trataba como á un niño, le hablaba en tono protector, se reía de sus puerilidades, le reprendía y le martirizaba.

Por otra parte, la oposición tan natural de D.ª Carmen lastimaba su orgullo. No faltaban comadres que llegaban presurosas á trasmitirle las palabras amargas que la viuda de Uceda pronunciaba refiriéndose á ella. Y en vez de comprender y perdonar estos desahogos de una madre, se enfurecía con ellos, los devolvía con creces y hacía recaer su cólera sobre el pobre Manolo, que ninguna culpa tenía.

Pero más que todo esto contribuyó á debilitar su cariño, ó, por mejor decir, á que no prendiese jamás en su corazón, como había prendido en el del joven, la disparidad de genio y educación. Soledad era inclinada por naturaleza y nacimiento á las formas rudas, al lenguaje brutal y desvergonzado, no desprovisto de gracia, de la plebe andaluza. Gustaba de sus cantares, de sus chanzas groseras, de sus guisos y ensaladas; aunque por la constante gravedad de su rostro parecía más bien nacida entre las brumas de la Noruega que bajo el ardiente sol de la Bética. Ni comprendía ni mucho menos podían ser de su agrado los modales de un trato delicado y culto. Ahora bien, entre todos los señoritos de Medina, el que había mostrado siempre menos afición á las fiestas y costumbres populares era Manolo Uceda. Ó porque su madre le hubiese trasmitido sus gustos aristocráticos, ó porque llevase dentro de su alma un cierto sentimentalismo romántico, es lo cierto que jamás se le vió en francachelas, ni corriendo novillos, ni en compañía de toreros y majos como otros caballeros de su edad. Tampoco usaba el lenguaje suelto y atrevido que muchos de ellos. Sin ser tímido ni beato, sentía profunda repugnancia por esa libertad de modales que tanto suele agradar á los mozalbetes. Por este lado, pues, no marchaban á la par las aficiones de ambos amantes.

Y acaeció lo que era de esperar. El padre de Soledad tenía un íntimo amigo de alguna menos edad que él, llamado Perico Velázquez, hombre famoso en la villa por su guapeza y su trato suelto y cortés. Soltero, con alguna hacienda adquirida en los negocios de vinos, espléndido con las mujeres, ostentoso en el vestir dentro de su clase, aficionado á la broma y bureo, pero sosteniéndose siempre en los límites que marca la prudencia, esto es, sin pasar á la categoría de borracho ó perdido. Todos le conocían y en todas las clases se había granjeado simpatías por su carácter abierto y servicial. Los caballeros no desdeñaban alternar con él. Los artesanos, á cuya clase pertenecía, le respetaban como su ideal: era la encarnación de sus gustos y deseos. Pontes, con quien había trabado amistad hacía algunos años, le adoraba. La suprema felicidad para el guarda, la única que le consentía su profesión, era que Velázquez viniese á buscarle á la casilla un día que le quedase libre y le llevase con otros tres ó cuatro amigos á una taberna de las afueras para cañear y pasar la tarde de jarana. Además, le estaba profundamente agradecido porque le había sacado de algunos apurillos de dinero. Por todo lo cual, el nombre del majo sonaba en la casa del guarda como el de un amigo y á la vez como un protector.

Soledad olvidó á Manolo en cuanto Velázquez depuso con ella la actitud paternal y principió á requebrarla de amores. El carácter de aquél, resuelto y desdeñoso, sus famosos devaneos, la esplendidez que se le atribuía, y más que todo las aficiones populares de la joven, hicieron que presto diera oídos á los requiebros y á las palabras atrevidas que el guapo dejó caer en su oído siempre que la ocasión se ofrecía. Pero Velázquez, ó por temor á compromisos, ó por cálculo, ó por la situación especial en que la amistad con Pontes le colocaba, no llegó á declararse abiertamente. Se mantenía en actitud equívoca. Cuando se hallaban solos la dejaba ver lo mucho que le gustaba, pero siempre con la salida abierta para retirarse en cuanto le conviniese. En presencia de gente seguía tratándola como antes. Esta actitud extraña, que en el espíritu no muy penetrante de Soledad se prestaba á diversas interpretaciones, concluyó por rendirla enteramente. Principió á impacientarse, á desear con ansia que de una vez le confesase su amor, á buscar ocasiones para que esto pudiera efectuarse. Y, en su inocencia verdaderamente infantil, llegó á ciertos extremos ridículos.

Un día Velázquez, al despedirse, le dijo en broma, adoptando un continente grave:

—Soledad, tengo que comunicarte un secreto.

Se fué y no volvió á acordarse de tal frase. Pero á la hija del guarda, á quien las congojas consumían, se le quedó clavada en el cerebro. No pensó en otra cosa. Y cuando á los tres ó cuatro días le vió, buscó pretexto para alejar á su madre y, aprovechando un momento, se acercó á él rápidamente y le dijo con voz temblorosa y las mejillas encendidas:

—Dígamelo usted ahora.

—¿El qué?—preguntó Velázquez sorprendido.

—Aquello.

Tardó en comprenderlo el guapo; pero recordando al fin, salió del atolladero lo mejor que pudo, aunque sin entregarse.

Así se hallaban las cosas cuando un suceso inesperado y terrible vino á cambiar su faz por completo. Pontes, viendo cruzar desde la casilla un hombre que le pareció sospechoso aunque no llevase carga alguna, le ordenó detenerse. El hombre, que ocultaba en los bolsillos algunas barras de jabón, se dió á la fuga. Como eran las dos de la tarde, Pontes no pensó en hacer uso del fusil y corrió detrás de él, seguro de alcanzarle ó por lo menos de hacer que le detuviesen. Sucedió, en efecto, lo primero. El guarda tenía admirables piernas; cerró la distancia y pronto llegó á tocarle.

—¡Date! ¡date ó te mato!

Pero en aquel momento el matutero se volvió repentinamente y blandiendo un cuchillo se lo clavó en el pecho hasta el mango.

El guarda quedó muerto en el acto. El suceso puso en conmoción á la villa, y aunque algunas personas caritativas quisieran impedirlo, la noticia llegó pronto á la familia. Corrió la infeliz esposa al lugar del crimen. Los agentes del ayuntamiento que allí estaban no la dejaron abrazarse al cadáver de su esposo porque el juez aún no había llegado. Los gritos de dolor de la pobre mujer partían el corazón de los espectadores. Cuando vino al fin el juzgado, se procedió al levantamiento del cadáver, se le colocó en un carro y emprendieron la marcha hacia la villa. Detrás, pálida como la cera, agarrando con sus manos crispadas la trasera del carro, seguía la viuda, á quien los sollozos ahogaban. Después venían los agentes, algunos compañeros del difunto y los curiosos. Tal fué el espectáculo que se ofreció á los ojos de Soledad al salir por los arrabales en busca de su madre.

Velázquez, en aquellos aciagos instantes, fué la Providencia de la familia. Costeó un muy decoroso entierro á su amigo, le compró sepultura en el cementerio, hizo cuanto le fué posible para lograr la captura del asesino, que se había fugado, y procuró que á la viuda y á sus hijos no les faltase nada. Tales testimonios de cariñosa amistad concluyeron de subyugar á Soledad. La figura del guapo creció ante su vista como la de un dios, y en la misma medida la de Manolo Uceda se fué empequeñeciendo. En efecto, éste, aunque tomó parte en su dolor, no pudo ó no supo ofrecerle la misma protección. Quedó reducido á un papel pasivo y bastante desairado. Velázquez lo era todo en la casa. La indiferencia de Soledad se fué acentuando y cuidó poco de disimularla. De tal suerte que, cuando quince días después Velázquez se determinó á explicarse claramente, no halló obstáculo alguno para ser aceptado. Pero, como hombre corrido en lides amorosas, aprovechó su posición para obtener de la madre y la hija que le siguieran á Cádiz, donde pensaba establecerse. Desaparecieron un día de Medina, alquilaron casa en la capital, cuyos gastos subvencionaba todos el majo á título de huésped ó protector. La hija enloquecida de amor, la madre de gratitud, no echaron de ver el peligro á que se exponían ni la desagradable impresión que este paso causó en el pueblo.

En efecto, muy poco después Soledad sucumbió á las instancias de su adorador. Se engañó á la madre primero, se le pidió perdón después. La pobre mujer experimentó un vivo disgusto, tanto más cuanto que Velázquez no se apresuraba á borrar la afrenta con la bendición del cura. Sólo una vez habló de matrimonio, pero de un modo tan vago, ponderando tanto las dificultades que por el momento se ofrecían para su realización, que la viuda entendió bien claramente lo que podía esperarse en este particular de aquel hombre. Con esto vivió profundamente afligida, y no cesaba de llorar, sin querer salir de su cuarto. Mas con el tiempo su dolor se fué calmando: llegó á acostumbrarse y aceptó al cabo aquella triste y degradante situación, ya que su hija parecía feliz y Velázquez no dejaba de satisfacer ninguno de sus caprichos.

Duró poco, no obstante, tal estado de satisfacción. Á Velázquez, hastiado de la vida inactiva, aunque tuviese suficiente hacienda para vivir, se le ocurrió comprar una tienda de montañés que se traspasaba en el Campo del Sur. Comenzaron los disgustos. Aunque generoso siempre y delicado en los asuntos de dinero, no tardó en mostrar su carácter autoritario. Exigía una sumisión absoluta por parte de cuantos le rodeaban. Le ofendía, mejor dicho, le ponía fuera de sí la menor contradicción. Los primeros choques fueron con Miguel, el hermano de su querida, el cual no se sometía al régimen de la casa. Hubo reprensiones, disputas agrias; por último, Velázquez le levantó la mano y lo arrojó de casa, aunque permitiendo que su madre le diese algún dinero para que se mantuviese fuera. No quedó aún con esto satisfecho su instinto de dominación. Soledad, enamorada de él ciegamente, se sometía sin replicar á todos sus gustos y caprichos, sufría con paciencia sus reprensiones, los malos humores y genialidades. Pero la madre, que no tenía tales motivos para sufrirlo, solía hacerle observaciones y llamarle á la razón cuando injustamente se querellaba con Soledad. Esto le molestaba extremadamente, le producía una sorda cólera que cada día iba en aumento, hasta que al fin estalló. Un día, después de acalorada disputa entre ambos, el guapo se cruzó de brazos delante de Soledad y dijo resueltamente:

—¡Ea, ya se acabó! Aquí no queda otro medio... ¡Ó tu madre ó yo, hija mía!

Ni ruegos ni lágrimas lograron hacerle cambiar de resolución. Y como Soledad hubiera muerto con gusto y hubiera dejado morir al género humano antes que separarse del hombre que adoraba, fué su madre quien se vió necesitada á salir de casa. Se la envió á Medina y se le pasó una pensión suficiente para vivir. De esta suerte quedaron los amantes solos, y Velázquez dueño y señor de aquella mujer que temblaba de amor y miedo en su presencia.

IV

Velázquez.

Velázquez pudo desde entonces dar rienda suelta á su fanfarronería. Este era el vicio que le dominaba y servía de triste contrapeso á sus buenas cualidades. Porque las tenía, sin disputa. Era servicial, generoso, despierto de inteligencia y sensible de corazón. Pero así que se tocaba directa ó indirectamente á su orgullo, todas estas bellas cualidades se nublaban y se ofrecía á los ojos de quien no le conociese como un hombre feroz é intratable. Era menester que en todas partes hiciese el primer papel, y si no lo hacía, esto le causaba tristeza y le ponía sombrío. Donde él estaba no había que molestarse en llevar la mano al bolsillo: todos los agasajos estaban pagados. Por esto la tienda no le producía beneficio alguno. Las ganancias del mes quedaban saldadas con sus esplendideces. Pero le servía para hacer figura entre sus amigos.

Se jactaba de bravo, y lo era; de rico, y, dada su clase, tampoco le faltaba motivo. Pero, además, se empeñaba en que todas las mujeres se enamorasen de él, en ser hombre chistoso ó «de buena sombra», como allí se dice, en cantar, tocar la guitarra y bailar como nadie, en jugar á los naipes y al billar mejor que ninguno, en quedar fresco después de haber bebido algunas botellas de manzanilla, mientras los demás rodaban por el suelo borrachos. Y en esto, como se comprenderá fácilmente, había sus más y sus menos. Su figura, aunque agradable, era exigua. El mayor dolor de su vida era no poseer cuatro ó cinco dedos más de estatura. Pero sabía realzarla extremadamente vistiendo con particular esmero: la pechera de la camisa adornada con botones de diamantes, la faja de seda, las botas de charol. Y este alarde de lujo le servía grandemente para fascinar á las hembras y rendirlas. Despojado de tales atavíos, quizá no sería tanta su buena fortuna. Pero esto es lo que no se confesaría el guapo aunque se hallase en el trance de morir.

Soledad le amó con pasión frenética, mezcla de sensualidad, de admiración y gratitud. El mundo entero desapareció á sus ojos, no quedando de toda la creación sino la barba sedosa de Velázquez, sus blancos dientes africanos y su irónica sonrisa y acento displicente. Por mucho que se jactase de guapo, todavía pensaba la joven que se quedaba corto. Creía de buena fe que no existía en Cádiz mujer de alta ó baja calidad que no le envidiase su buena dicha, y las compadecía. Ocupando aquella posición deshonrosa se creía honrada. Su cerebro estrecho no comprendía otra gloria que la de ser preferida por tal hombre. Bebía sus palabras y gestos y se embriagaba con ellos. Hallaba gracia y nobleza en los más prosaicos actos de su vida y prestaba tal importancia á sus gustos para vestir, comer ó dormir cual si fuesen preceptos de un código divino.

—Pues á Velázquez no le gusta el arroz tan cocido, sino bien enterito—decía á alguno de los parroquianos que lo prefería blando.

Y después de comunicarle esta nueva interesante, quedaba sorprendida si el parroquiano aún se obstinaba en que se lo cociese más.

Nunca acababa, si alguna comadre del barrio venía á beber una copa de aguardiente y la conversación recaía sobre el guapo. Era menester que le diera cuenta de sus costumbres é inclinaciones, las peripecias de su vida, los negocios que había hecho, las reyertas que había tenido, hasta de las palabras que había vertido aquel día al entrar y salir de casa.

Si á un parroquiano le saltaba el botón de la camisa, mientras se lo cosía, enterábale con orgullo de que Velázquez no gastaba camisas de algodón como aquélla, sino de hilo puro que le costaban tres duros cada una. Sus botas, sombrero, reloj, etc., eran para la hija de Pontes objetos preciosos que no podía tocar sin amor y veneración.

Velázquez se dejaba querer sin sorpresa. La idolatría de Soledad le parecía tan puesta en razón que lo contrario sería una incomprensible trasgresión de la lógica. Dentro de casa y á solas era con ella cariñoso, protector, agradecido, ya que no apasionado. Pero en presencia de sus amigos se mostraba altivo en demasía, satisfaciendo, á costa de la pobre joven, su sed insaciable de jactancia. Era menester que todo el mundo viese patente el rendimiento de aquella mujer. Para ello no le escaseaba las palabras desdeñosas y las bromitas mortificantes en cuanto se le ofrecía ocasión. Una de éstas había tomado pie de la afición desatinada que Soledad tenía al confite más exquisito de la Andalucía, á las famosas «yemas de San Leandro». Velázquez le había prometido traerle un cartucho de ellas, pero se le olvidó: recordóselo la joven, volvió á prometérselo y volvió á olvidársele. Desde entonces, haciendo de este olvido un pretexto de risa, no cesaba de embromarla en presencia de la reunión.

—Soledad, no tengas cuidado... de hoy no pasa, hija mía. Ó te traigo las yemas esta noche, ó me tiro por la muralla.

Y al día siguiente, cuando nadie pensaba en ello, se daba el guapo una palmada en la frente.

—¡Caramba, qué cabeza la mía!... ¡Ya se me han olvidado otra vez las yemas de Soledad!... ¡Vive Dios! Pero ahora no se me olvidan; pueden ustedes estar seguros.

Y sacaba el pañuelo y le hacía un nudo. Los tertulios reían. Soledad, avergonzada, reía también.

—Lo que es conmigo no gastarías tanta guasa, arrastrao—dijo María-Manuela.—¿No tienes á tu disposición el dinero de la venta?—añadió encarándose con Soledad.—¿Pues por qué no mandas por todas las yemas que se te antojen?

—Eso pregunto yo. ¿Por qué no manda?—replicó Velázquez con retintín.

Soledad hizo un gesto de impaciencia indicando á María-Manuela que callase. Por nada en el mundo hubiera distraído un céntimo del dinero que custodiaba. Velázquez tomaba diariamente las cuentas é inmediatamente se llevaba el dinero al cajón de su mesa.

No era esta broma, sin embargo, ni otras semejantes las que mortificaban más á la joven. Lo que le llegaba al fondo del alma y le hería en lo más vivo era el tono irónico y fatuo que Velázquez adoptaba cuando se sacaba á cuento el tema de su matrimonio. Generalmente era Paca quien, en su afán de legalizar la situación de los amantes, lo ponía directa ó indirectamente sobre el tapete.

—Mira, Paca, no te subas al púlpito. Demasiado sabes que estamos en ello y que no tengo en el mundo otro deseo que ese.

—¡Bien se conoce! Si lo deseases ya lo hubieras hecho, ó por lo menos hubieras puesto los medios para hacerlo.

—¡Aguárdate un verano, hija mía! ¿Crees que es tan fácil inflar un perro? ¿No sabes lo que cuesta en este pícaro pueblo el arreglo de los papeles, las vueltas que hay que dar y lo mucho que le hacen sudar á uno por esas oficinas de la iglesia? Te aseguro que hace tiempo que he encargado á un amigo de andar los pasos... Sólo que es cojo el pobrecito y camina poco—añadió bajando la voz con acento cómico.

Los amigos celebraron la gracia. Soledad salió del cuarto llorando, como siempre que se tocaba este punto.

Con todo, era feliz. La presencia de su amante, sus cortas pero sabrosísimas caricias bastaban para enajenarla y hacerle olvidar aquellas y otras penas. Además, estaba orgullosa y solía jactarse con las comadres que iban por el día á hacerle tertulia del respeto que Velázquez la profesaba. Era muy conocida en el círculo de sus amigos la violencia de éste y las formas brutales que solía emplear con las mujeres. Se hablaba de lo ligera que tenía la mano para castigar la más pequeña ofensa: ninguna de sus queridas había dejado de experimentarlo. Pues bien, con ella jamás se había propasado á tales extremos repugnantes. Soledad estaba orgullosa; pero tal vez en lo más íntimo del alma, sin darse ella misma cuenta, sentía cierta curiosidad por conocerlos. Cuando oía describir los rigores que Velázquez había usado en otro tiempo con una de sus amantes llamada la Pitillera, y que esta mujer, lejos de aborrecerle, le adoraba cada día con pasión más firme, quedaba confusa sin comprenderlo; pero sentía cierto cosquilleo interno, mezcla de temor, de curiosidad y apetito ¿Qué será eso?

Lo supo más pronto de lo que imaginaba. Su hermano Miguel se había ido con su madre á Medina cuando Velázquez tuvo á bien despedirla de casa. El muchacho, gandul y vicioso, como ya sabemos, tomó gusto á la vida de Cádiz en los meses que aquí permaneció: era un campo mucho más fértil y ameno para sus calaveradas que Medina. Así que, no pudiendo sufrir la existencia en este, que le parecía lugarón sombrío y desabrido, se trasladó á la capital sin permiso de su madre ni dar cuenta siquiera á su hermana. Vagó algunos días por las zahurdas y lupanares. Velázquez supo que estaba allí y se lo previno á Soledad lleno de enojo.

—El tunante de tu hermanito se ha escapado de Medina y anda por ahí con otros perdidos. ¡Si pone los pies en esta casa cuenta conmigo!

Soledad prometió no recibirle si lo intentaba. Pero esto era fácil de prometer y no de cumplir. Un día, hallándose sola en la tienda, se presentó de improviso Miguel, escuálido, andrajoso, muerto de hambre. ¿Qué iba á hacer la pobre sino socorrerle? Le dió de comer y una de sus sortijas para que la empeñase, pues del dinero no se atrevía á disponer. Velázquez no lo supo. Pero, á pesar del mucho encarecimiento con que Soledad se lo rogó, Miguel no dejó de menudear las visitas, hallando cómodo este puerto donde guarecerse en sus frecuentes naufragios.

Y sucedió al cabo lo que era de esperar. No faltó quien diese soplo al amo. Se puso éste en acecho; y un día en que los dos hermanos platicaban alegremente, Soledad de la parte de dentro del mostrador, Miguel de la parte de fuera, comiéndose una magra de jamón que la munificencia de aquélla le había suministrado, bien ajenos de que pudieran ser sorprendidos, pues Velázquez se había ido á Puerta de Tierra, presentóse éste de improviso. Sin decir palabra, con cólera muda, cayó sobre el infeliz muchacho, y á pescozones y puntapiés lo arrojó de la taberna. Luego, jadeante y pálido, se acercó al mostrador.

—Oye, niña, ¿no te he dicho que no me da la gana que ese granujilla ponga los pies en esta casa? ¿Es que te quieres divertir conmigo?

Y alzando al mismo tiempo la mano, le dió un golpe en el rostro.

—¡Velázquez!—exclamó la joven en el colmo de la sorpresa, el dolor y la vergüenza.

Se alzó de la silla y volvió á dejarse caer sollozando. Después subió á su cuarto, se echó sobre la cama y siguió suspirando largo rato. Los sentimientos que la agitaban eran la ira y la vergüenza. ¡Poner la mano sobre ella un hombre, cuando sus mismos padres no lo habían hecho después que fué mujer! ¿Qué pensarían de ella las comadres ante las cuales se había jactado tanto? ¿Qué diría Manolo Uceda, á quien había desmentido tan orgullosamente hacía pocos días?

Pero su cólera fué ablandando al influjo de las lágrimas, se trasformó en suave melancolía, y de esta melancolía brotó al cabo una extraña dulzura que la llenó de sorpresa. Se había disipado el misterio. Ya sabía lo que era ser abofeteada por un hombre. Destruído aquel último baluarte de su orgullo, permaneció tranquila á merced de su vencedor. Quedaron remachados los clavos de su cadena. ¡Era suya, enteramente suya! Este pensamiento barrió hasta las últimas nubes que oscurecían su alma. Quedó en una dulce quietud, en un íntimo recogimiento de dicha; le acometieron ansias locas de humildad. ¿Qué le importaba á ella por el mundo? ¿Qué le daba á ella el mundo? Quien la hacía feliz era él. Á él debía, pues, obedecer; él era su rey y señor. El calorcillo que aún sentía en la mejilla atestiguaba de este señorío y de su vasallaje. ¡Toda la vida, toda la vida su esclava!...

Velázquez, al cabo de un rato, se asomó á la puerta del cuarto, diciendo con tono rudo:

—Ea, niña, basta de lloriqueo, que la tienda está sola.

Soledad se levantó encendida y sonriente de la cama, se limpió las lágrimas con el pañuelo y le echó los brazos al cuello en un rapto de amor y sumisión.

V

Celos.

Dos meses después de esta escena entró Manolo Uceda una tarde en la tienda, que á tal hora solía hallarse solitaria. Soledad se había quedado dormida de bruces sobre el mostrador con la mejilla apoyada sobre las manos. Entró sin hacer ruido y fué á sentarse cerca de ella.

Hacía ya tiempo que debía estar en Medina, pues se había despedido de su madre sólo por diez ó doce días; pero después de haber visto á su antigua novia y haberla hablado se le hizo imposible la vuelta. De nuevo quedó preso en aquel amor, el primero y el único de su vida. Al principio buscando pretextos, luego no respondiendo á las apremiantes invitaciones de D.ª Carmen para que tornase al pueblo, había ido dejando trascurrir los días sin decidirse á subir al tren. Finalmente, había escrito á su madre manifestándole que deseaba permanecer en Cádiz una larga temporada y que si le contrariaba en este deseo estaba resuelto á embarcarse para América. La pobre señora, asustada y conociendo el carácter impetuoso de su hijo, por no perderle para siempre, cedió á su capricho.

¿Qué esperaba allí? ¿Qué pretendía? Ni él mismo sabría decirlo. Su viaje le había servido para convencerle del absoluto olvido que su amor generoso merecía á la hija del guarda, de la ciega pasión que ésta había concebido por el majo de Medina. Y, sin embargo, aunque lo mereciese, le era imposible despreciarla, ni aun dejar de amarla. Encontraba tan inexplicable seducción en sus rasgados ojos aterciopelados, en su gravedad majestuosa, en el contraste adorable de sus cabellos negros con el alabastro de su rostro, que no concebía cómo pudiera aborrecerse á un ser tan bello. El goce de verla, de escuchar su voz, de despertar tal vez que otra una fugaz sonrisa de complacencia en su semblante le retenía á su lado. Hallaba gracia en sus palabras, en sus gestos, en sus manías y hasta en la terquedad que la caracterizaba. La misma limitación de su inteligencia y su falta absoluta de instrucción, pues sólo sabía á duras penas leer, servían de alicientes para su amor. «Es una niña» se decía mirándola con ojos paternales, cuando salía algún gracioso disparate de su boca. «Hace el bien y el mal sin darse cuenta. No es capaz de sentir pasión alguna. Su amor no es más que un capricho como todo lo demás. Quizá algún día...» Y esta vaga esperanza, dulce como la miel, inundaba su corazón de alegría.

No podía menos de felicitarse también de la facilidad venturosa que tenía para verla y hablarla á cualquier hora del día. La circunstancia de habérsele antojado á Velázquez tomar un establecimiento de bebidas, y, mejor que esto aún, su arrogante tranquilidad, la ausencia completa de celos que mostraba, dejábale expedito el camino para menudear las visitas. Hay más, el tabernero le acogía con mayor afecto y cortesía que nunca y le había presentado en la reunión que todas las noches se formaba en uno de los cuartos. Era una de tantas señales de su orgullo. La presencia de Manolo atestiguaba su victoria, que ya los amigos conocían, y el amor que el pobre joven no lograba disimular le servía de pretexto para mil bromas jactanciosas en que daba suelta á la arrogancia que rebosaba de su corazón. No se le escapaba á Manolo esto, ni tampoco que aquella reunión, compuesta de gente ruda, no correspondía á la calidad de su persona ni á la educación que había recibido; pero todo lo sufría con tal de hallarse cerca de Soledad. Quizá no habría mentira en decir que era relativamente feliz. Cuando se hubo acostumbrado al puesto secundario que su antigua novia le asignara y á la libertad de trato de aquella sociedad ordinaria lo pasó bastante bien. Su temperamento sano y alegre se imponía: era llano, cordial, bullicioso y en poco tiempo supo granjearse el cariño de los tertulios de Velázquez. Tan sólo cuando observaba algún rasgo del despotismo escandaloso que éste ejercía sobre su ídolo, alguna frase despreciativa que hacía asomar las lágrimas á los ojos de la bella, se oscurecía su semblante y quedaba silencioso y sombrío largo rato. El majo lo notaba y hacía un guiño expresivo á sus amigos; pero éstos poco á poco fueron dejando de celebrar sus baladronadas y mirando con mayor respeto al enamorado mancebo.

Soledad dormía, sin que la mirada de su adorador, posada sobre ella, inquietase su sueño profundo. Larguísimo rato la estuvo contemplando en suspensión deliciosa. ¡Qué hermosa estaba! Miraba su mejilla y nada hallaba en la creación comparable á la suavidad de su piel sonrosada trasparente. Fijaba la vista en sus labios: las cerezas no eran tan rojas ni tan frescas: la llevaba más tarde á su cuello, y aquella línea blanca ondulante donde su negra cabellera se deshacía gradualmente en vello finísimo como una armonía fugitiva que se pierde en el espacio, le parecía un sueño más que una verdad tangible. «¡Qué hermosa! ¡qué hermosa!»—murmuraba con la unción de un místico que dice sus preces.—¡Y eso que aún faltan los ojos, las dos lámparas maravillosas, como yo los llamo!... De buena gana se hubiese prosternado y permaneciera así velando su sueño. En aquel instante hallaba disculpa para sus traiciones y legítimos todos sus caprichos y genialidades, por extravagantes que fuesen. «Un ser tan soberanamente bello—se decía—tiene derecho á ser voluble, ya que nadie en el mundo lo merece por completo. Bastante felicidad produce con dejarse ver: ¿por qué le hemos de exigir que se sacrifique?»

Pero sus ojos zahoríes de enamorado creyeron percibir al cabo en torno de los de la bella un leve círculo rojo que no era producido por la incómoda postura en que dormía. «Soledad ha llorado hoy» se dijo con emoción. Tenía conocimiento de lo mucho que sufría, aunque no de los extremos vergonzosos á que Velázquez había llegado, y siempre que lo comprobaba por algún signo sentía un estremecimiento de dolor y de ira. Por su cruel proceder, más que por haberle arrebatado á su amante, odiaba cordialmente al majo.

Despertó al fin Soledad. Abrió los ojos repentinamente y, fijándolos en Manolo, dijo:

—¡Ah! ¿Eres tú? ¿Has entrado ahora?

—No, hace ya cerca de una hora que estoy aquí.

—¿Una hora?... ¿Y qué hacías?

—Mirarte y remirarte... y aún no quedé satisfecho.

—¡Pues, hijo, no sé cómo no te empalago!—replicó ruborizándose. Y añadió para distraer la conversación:—Me he levantado temprano esta mañana, he trajinado mucho por arriba: de modo que en cuanto me senté me he quedado fritita sobre el mostrador.

Manolo guardó silencio y reparó con inquietud que tenía los ojos muy encendidos, señal de haber llorado recientemente y no poco. Soledad, á quien no pasó inadvertida aquella mirada escrutadora, hizo lo posible por disipar su sospecha. Se mostró alegre, jaranera.

—Y díme, ¿cómo te ha ido el jueves por la Palma de Londillo? Ya sé que has estado allí con unas mujeres...

—¿Yo?

—Sí, tú; no me lo niegues. Os habéis bebido un río de manzanilla, y tú has dormido debajo de la mesa.

—Hija, te contaré la verdad. Pasaba por allí casualmente de retirada, cuando me llamaron unos amigos de Medina, Rafael Sánchez y Felipito el de D. Paco, á quien tú conoces. Entré, charlé cinco minutos, bebí una copa y me fuí á la cama. Ni yo conozco á las tales mujeres, ni jamás he dormido ni pienso dormir debajo de las mesas.

Pero Soledad no quiso creerle. Siguió embromándole con empeño, charlando y riendo mucho más que de costumbre. Manolo se defendía suavemente, sin dejar por eso de observar con atención aquellas aciagas señales que su rostro ofrecía. Al fin no pudo contenerse y cambiando de tono exclamó:

—¡Tú has tenido un fuerte disgusto hoy, Soledad!

La joven soltó una carcajada.

—¿Eso es lo que estabas reparando, desaborío? ¿Por qué no lo has soltado antes y me has tenido asustada con esos ojos de alma del otro mundo?

—No me engañes, Soledad... Tú has tenido un disgusto—repitió Uceda mirándola fijamente.

Soledad siguió riendo con afectación sin responder.

—¡Hace tanto tiempo que estudio en tu semblante! Por torpe que sea, ya debo comprender los signos de bonanza y tempestad—manifestó tristemente.—¿Por qué ocultarme tus penas? ¿Te da vergüenza que yo las sepa? No debes tenerla... Ya ves, las mías las sabe todo el mundo, y por eso no me abochorno. El amar no ha sido jamás delito... ¿Temes hacerme sufrir demasiado mostrándome los estragos de tu pasión? Desecha ese temor. Por mucho que tú me digas, mi imaginación de seguro ha ido todavía más allá. Hace ya tiempo que vivo resignado. Sé que no puedo esperar otra cosa que ser tu amigo; pero, al menos, eso quiero serlo de verdad, quiero que no tengas otro mejor en el mundo... Cuéntame tus pesares, hija mía, que aunque yo no pueda hacer nada por aliviarlos, el pecho se desahoga y no roen tanto allá dentro.

Soledad reía mientras su antiguo novio hablaba; pero aquella risa se fué al cabo haciendo convulsiva, y algunas lágrimas concluyeron por brotar de sus hermosos ojos.

—Soledad, ¿qué tienes?—profirió asustado Uceda levantándose de la silla.