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Los Merodeadores de Fronteras

Chapter 22: IX.
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About This Book

The narrative opens amid vast North American forests being cleared by westward settlement and follows a vigorous young hunter as he moves through rivers, swamps, and wooded canopies. Episodes of tracking, shooting, and swift canoe travel alternate with rich natural description, while encounters on the frontier underline the displacement and suffering of Indigenous communities. The text pairs adventure and pursuit with contemplative passages about progress, conflict, and survival, presenting an episodic account of frontier life that oscillates between action scenes and moral observation.

LA DECLARACIÓN DE GUERRA.


Hay un hecho incomprensible que muchas veces, durante el curso accidentado de nuestras largas peregrinaciones por América, hemos tenido ocasión de comprobar, y es que con frecuencia, sin que sea posible explicar el sentimiento que se experimenta, se adivina, por decirlo así, la aproximación de una desgracia; se sabe que se está amenazado, aunque sin poder fijar cuando ni como llegará el peligro; el día parece que se pone más sombrío; los rayos del sol pierden su brillo; los objetos exteriores toman una apariencia lúgubre; hay en el aire estremecimientos singulares; en fin, parece que todo se resiente de la impresión de una inquietud indefinida y vaga.

Sin que nada hubiese llegado a justificar los temores del capitán después de su altercado con el Pawnee, no solo él, sino la población entera de la colonia se encontraba, en la misma noche de aquel día, bajo la influencia de un terror secreto.

A las seis, como de costumbre, habían tocado la campana para llamar a los leñadores y los ganaderos; todos habían regresado, las reses habían sido encerradas en sus respectivos establos, y en la apariencia, al menos, nada extraordinario parecía que había de turbar la vida tranquila de los colonos.

El sargento Bothrel y sus compañeros habían perseguido durante varias horas a Cara de Mono; pero solo encontraron el caballo de que tan audazmente se apoderó el indio, y que probablemente abandonó después para ocultar sus huellas con más facilidad.

Ningún rastro de indio existía en los alrededores de la colonia. Sin embargo, el capitán, más inquieto de lo que aparentaba, había doblado los centinelas destinados a velar por la común seguridad, y mandó al sargento que cada dos horas patrullase por los atrincheramientos.

Luego que se hubieron adoptado estas diferentes precauciones, la familia y los criados se reunieron en la sala baja de la torre para la velada, según la costumbre establecida desde los primeros días de residencia.

El capitán, sentado en un gran sillón junto al fuego, porque las noches comenzaban a ser frescas, solía leer en algún libro antiguo de teoría militar, mientras que mistress Watt se ocupaba con sus criadas en repasar la ropa de la casa.

En aquella noche, el capitán, en vez de leer, permanecía con los brazos cruzados sobre el pecho y los ojos fijos en el fuego, y parecía que reflexionaba profundamente.

Al fin levantó la cabeza, y volviéndose hacia su mujer, le dijo:

—¿No oyes cómo lloran los niños?

—En verdad que no sé que tienen hoy, respondió la joven; no se les puede acallar. Hace lo menos una hora que Betzy está con ellos, y no consigue dormirlos.

—Ve allá, hija mía, quizás sea eso más conveniente que dejarlos confiados así al cuidado de una criada.

Mistress Watt salió sin responder, y muy luego se oyó su voz en el piso superior, que era donde estaba situado el cuarto de los niños.

El capitán se dirigió entonces al viejo sargento que estaba en un rincón de la sala ocupado en componer un yugo, y le dijo:

—¿Con que según eso, Bothrel, les ha sido a VV. imposible alcanzar a ese maldito indio que tan rudamente me tiró al suelo esta tarde?

—Ni hemos podido verle, mi Capitán, respondió el sargento; esos indios parecen culebras; por todas partes se deslizan. Afortunadamente he encontrado a Boston; el pobre animal parecía que se alegraba mucho de vernos.

—Sí, sí, Boston es un noble animal, y hubiera sido para mí un gran sentimiento el perderle. ¿No le ha herido el indio? Ya sabe V. que esos demonios tienen la costumbre de tratar bastante mal a los caballos.

—Nada tiene según he podido ver. Probablemente el indio se habrá visto obligado a abandonarle al conocer que le íbamos persiguiendo.

—Así debe ser. ¿Ha examinado V. cuidadosamente las cercanías?

—Con el mayor esmero, mi Capitán, y nada sospechoso he visto. Los pieles rojas se han de mirar mucho antes de atacarnos; les sacudimos demasiado de firme para que lo hayan olvidado.

—No opino como V., Bothrel; los indios son muy vengativos. Estoy convencido de que querrán vengarse de nosotros, y de que algún día, quizás muy próximo, les oiremos lanzar su grito de guerra en el valle.

—No lo deseo, si he de decir la verdad; pero creo que si se aventuran a hacerlo, se encontrarán con la horma de su zapato.

—También yo lo creo; pero sería una triste sorpresa la que nos diesen, sobre todo ahora que, merced a nuestros trabajos y cuidados, nos hallamos próximos a recibir el premio de nuestras fatigas y a obtener ya algún resultado.

—Es verdad, sería sensible, porque un ataque de esos bandidos nos causaría pérdidas incalculables.

—Desgraciadamente no podemos hacer más que mantenernos alerta, sin que nos sea dado prevenir los proyectos que sin duda están formando contra nosotros esos diablos rojos. ¿Ha colocado V. bien los centinelas según se lo encargué, Bothrel?

—Sí, mi Capitán, y sobre todo les he mandado que estén muy vigilantes. No creo que los Pawnees, por muy astutos que sean, logren sorprendernos.

—No hay que asegurar nada, Bothrel, respondió el capitán moviendo la cabeza con aire de duda.

En el mismo instante, y como si la casualidad hubiese querido darle la razón, se agitó con fuerza la campana situada en el recinto exterior y que servía para avisar a los habitantes de la colonia que alguien solicitaba entrar.

—¿Qué significa eso? exclamó el capitán mirando a un reloj colgado de la pared en frente de él; son cerca de las ocho de la noche: ¿quién puede venir tan tarde? ¿No ha regresado ya toda nuestra gente?

—Sí, mi Capitán, nadie ha quedado fuera. Jaime Watt se levantó; cogió su rifle, y haciendo una seña al sargento para que le siguiese, se dispuso a salir.

—¿A dónde quieres ir, amigo mío? le preguntó una voz inquieta y dulce.

El capitán se volvió y se encontró con su mujer, que había entrado de nuevo en la sala sin que él la viese.

—¿No has oído la campana? le dijo. Alguien solicita entrar.

—Sí, ya lo he oído; ¿pero eres tú quien debe ir a abrir la puerta a estas horas?

—Mistress Watt, respondió el capitán con frialdad pero con energía, soy el jefe de esta colonia, y precisamente a estas horas es cuando debo ir a abrir la puerta, porque puede ser peligroso hacerlo, y me corresponde dar a todos ejemplo de valentía y de la manera en que se ha de cumplir el deber.

En aquel momento sonó por segunda vez la campana.

—¡Partamos! añadió el capitán volviéndose hacia el sargento.

La joven no contestó y se dejó caer sobre un sillón, muy pálida y estremeciéndose de inquietud.

Entre tanto el capitán había salido, seguido de Bothrel y de cuatro cazadores, armados todos con rifles.

La noche estaba oscura, no había ni una sola estrella en el cielo, que estaba muy negro; era imposible distinguir los objetos a la distancia de dos pasos; una brisa fría bramaba sordamente. Bothrel había cogido una linterna para alumbrar el camino.

—¿Cómo es que el centinela colocado en el puente levadizo no ha dado el quién vive? preguntó el capitán.

—Quizás habrá temido dar la alarma, sabiendo que desde la torre oiríamos el sonido de la campana.

El capitán murmuró algunas palabras de disgusto y continuaron avanzando. Muy luego oyeron un ruido sordo de voces, y prestaron atento oído. Era el centinela quien hablaba.

—Paciencia, decía; ya vienen; veo brillar una linterna, y solo tendrán VV. que aguardar algunos minutos. Únicamente les aconsejo, por su propio interés, que no se muevan, pues de lo contrario les planto a VV. un balazo.

—¡Diablo! respondió desde fuera una voz burlona, entienden VV. ahí dentro la hospitalidad de una manera singular. No importa; aguardaré, y puede V. levantar el cañón de su rifle, pues no tengo la pretensión de lanzarme yo solo a dar el asalto.

En aquel momento llegó el capitán a los atrincheramientos.

—¿Qué hay, Bob? preguntó al centinela.

—A la verdad que no lo sé a punto fijo, mi Capitán, respondió Bob. Allí, en la orilla del foso, hay un individuo que se ha empeñado en entrar.

—¿Quién es V. y qué quiere? gritó el capitán.

—Y V., ¿quién es? replicó el desconocido.

—Soy el capitán Jaime Watt, y le advierto que la entrada en la colonia les está vedada, a estas horas, a los vagabundos desconocidos. Vuelva V. a la salida del sol, y quizás entonces consentiré en dejarle penetrar en el interior de mi posesión.

—Tenga V. cuidado con lo que va a hacer, respondió el forastero; su obstinación en dejarme en la orilla de este foso podrá costarle cara.

—Tenga V. cuidado a su vez, replicó el capitán con impaciencia, que no estoy de humor para escuchar amenazas.

—No le amenazo a V., solo le advierto. Hoy ha cometido V. ya una falta grave; no vaya V. a cometer otra más grave esta noche obstinándose en no recibirme.

Esta respuesta sorprendió al capitán y le hizo reflexionar.

Al cabo de un instante dijo:

—Pero, si yo consiento en dejarle a V. entrar, ¿quién me garantiza que no me hará V. traición? La noche está oscura, y puede V. tener consigo una tropa numerosa sin que yo la vea.

—No tengo conmigo más que un solo compañero de quien respondo con mi cabeza.

—¡Ya! dijo el capitán cada vez más indeciso; y de V. ¿quién me responde?

—¡Yo!

—¿Quién es V. que habla nuestra lengua con tal perfección que se le podría tomar por un compatriota nuestro?

—Poca es la diferencia: soy canadiense y me llamo Tranquilo.

—¡Tranquilo! exclamó el capitán. ¿Es V. entonces ese celebre cazador de los bosques a quien apellidan el Cazador de tigres?

—No sé si soy célebre, Capitán; de lo que me hallo persuadido es de que soy el hombre a quien V. se refiere.

—Si en efecto es V. Tranquilo, le dejaré entrar; pero ¿quién es el hombre que le acompaña y de quién me responde?

—El Ciervo-Negro, primer sachem de los Pawnees-Serpientes.

—¡Oh! ¡Oh! murmuró el capitán, ¿y qué viene a hacer aquí?

—Ya lo sabrá V. si quiere abrirnos la puerta.

—¡Corriente! exclamó el capitán; pero tenga V. en cuenta que, a la más leve apariencia de traición, V. y su compañero serán muertos sin misericordia.

—Y hará V. muy bien si falto a la palabra que le doy.

El capitán, después de haber encomendado a sus compañeros que se mantuviesen dispuestos para cualquier evento, mandó que bajasen el puente levadizo.

Tranquilo y el Ciervo-Negro entraron.

Ambos iban sin armas, O al menos no las llevaban a la vista.

Ante una prueba tan grande de confianza, el capitán se avergonzó de sus sospechas, y después que se hubo vuelto a alzar el puente levadizo, despidió a su escolta y solo conservó junto a sí a Bothrel.

—Síganme VV., dijo a los dos forasteros.

Estos se inclinaron sin responder, y caminaron junto a él.

Llegaron a la torre sin haber pronunciado una palabra.

El capitán los introdujo en la sala en que mistress Watt se hallaba sola y poseída de la más viva inquietud.

Su marido le hizo una seña para que se retirase; ella le dirigió una mirada suplicante que el capitán comprendió, porque no insistió, y la joven permaneció silenciosa en el sitio en que se hallaba.

Tranquilo tenía la misma expresión de fisonomía serena y franca que ya le conocemos; nada en su aspecto parecía demostrar que tuviese intenciones hostiles respecto de los colonos.

El Ciervo-Negro, por el contrario, estaba, sombrío y severo.

El capitán ofreció asientos junto al fuego a sus huéspedes.

—Siéntense VV., Señores, les dijo, que deben tener necesidad de calentarse. ¿Vienen VV. a verme como amigos o como enemigos?

—Es más fácil hacer esa pregunta que contestar a ella, dijo el cazador con tono bonachón; hasta ahora nuestras intenciones son buenas: V. mismo, Capitán, decidirá la manera en que hemos de separarnos.

—En todo caso, ¿no se negarán VV. a aceptar algún refresco?

—Por ahora ruego a V. que nos dispense, respondió Tranquilo, quien parecía hallarse encargado de llevar la voz por sí y por su compañero; creo que vale más resolver desde luego la cuestión que aquí nos trae.

¡Ya! dijo el capitán, disgustado interiormente por aquella negativa que nada bueno le presagiaba; entonces hable V., que ya le escucho, y no dependerá de mí que no quede todo arreglado entre nosotros.

—Lo deseo de todo corazón, Capitán, y con tanto más motivo cuanto que si estoy aquí, solo puede ser con el objeto de evitar las consecuencias de una mala inteligencia o de un momento de arrebato.

El capitán se inclinó en señal de agradecimiento, y el canadiense volvió a tomar la palabra diciendo:

—Es V. un antiguo militar, caballero, y con V. los discursos más cortos deben ser los mejores. He aquí, en dos palabras, el motivo que nos trae: los Pawnees-Serpientes acusan a V. de haberse apoderado, por traición, de su aldea, y de haber asesinado a la mayor parte de sus parientes y amigos. ¿Es cierto?

—Es cierto que me he apoderado de la aldea; pero tenía derecho para hacerlo, puesto que los pieles rojas se negaban a entregármela; pero niego que lo haya hecho por traición: por el contrario, los Pawnees fueron quienes se condujeron traidoramente conmigo.

—¡Oh! exclamó el Ciervo-Negro levantándose con viveza, ¡el rostro pálido tiene en la boca una lengua embustera!

—¡Silencio! gritó Tranquilo obligándole a ocupar de nuevo su puesto; déjeme V. desenredar esta madeja, que me parece está bastante embrollada. Perdone V. si insisto, caballero, repuso dirigiéndose al capitán; pero la cuestión es grave y la verdad debe ser conocida. Cuando usted llegó, ¿no fue recibido como amigo por los jefes de la tribu?

—En efecto, nuestras primeras relaciones fueron amistosas.

—Entonces, ¿por qué llegaron a ser hostiles?

—Ya se lo he dicho a V.: porque contra la fe jurada y la palabra dada se negaron a cederme el terreno.

—¿Cómo? ¡Ceder el terreno!

—Seguramente, puesto que me habían vendido el territorio que ocupaban.

—¡Oh! ¡Oh! Capitán, eso exige explicación.

—Es muy fácil darla; y para probar la buena fe con que obro en este asunto, voy a enseñar a V. el acta de venta.

El cazador y el Ciervo-Negro cambiaron una mirada de sorpresa.

—Pues ya no lo entiendo, dijo Tranquilo.

—Aguarde V. un instante, repuso el capitán, que voy a buscar ese documento y se le enseñaré.

Y salió de la habitación.

—¡Oh! Caballero, exclamó mistress Watt juntando las manos en ademan suplicante; trate V. de evitar una contienda.

—¡Ah! Señora, respondió el cazador con tristeza; según el aspecto que van tomando las cosas, lo juzgo muy difícil.

—Vean VV., dijo el capitán entrando en la sala, y les enseñó el documento.

A los dos hombres les bastó con dirigirle una mirada para conocer el engaño.

—Ese documento es falso, dijo Tranquilo.

—¡Falso! Es imposible, exclamó el capitán lleno de estupor. Entonces me han engañado de una manera odiosa.

—¡Es lo que por desgracia ha sucedido en el caso presente!

—¿Y qué hacemos? murmuró maquinalmente el capitán.

El Ciervo-Negro se levantó y dijo con majestuoso acento:

—Escuchen los rostros pálidos, que un sachem va a hablar.

El canadiense quiso interponerse; pero el jefe le impuso silencio con un gesto, y prosiguió diciendo:

—Mi padre ha sido engañado; es un guerrero justo; su cabeza está canosa; el Wacondah le ha dado la sabiduría; también los Pawnees-Serpientes son justos, quieren vivir en paz con mi padre, puesto que se halla inocente de la falta que se le imputa y de la cual debe responder otro.

El principio de este discurso sorprendió agradablemente a los oyentes del jefe; la joven sobre todo, al oír aquellas palabras, sintió que su inquietud iba desapareciendo y que la alegría renacía en su corazón.

—Los Pawnees-Serpientes, continuó el sachem, restituirán a mi padre todas las mercancías que le han sido estafadas; él, por su parte, se comprometerá a abandonar los territorios de caza de los Pawnees y a retirarse en compañía de todos los rostros pálidos que han venido con él; los Pawnees renunciarán a la venganza que querían tomar por el asesinato de sus hermanos, y el hacha de guerra será enterrada entre los pieles rojas y los rostros pálidos del Oeste. He dicho.

Después de estas palabras hubo un momento de silencio.

Los circunstantes estaban llenos de estupor. Aquellas condiciones eran inaceptables, y por lo tanto, la guerra llegaba a ser inminente.

—¿Qué responde mi padre? preguntó el jefe al cabo de un instante.

—¡Ay de mí! Jefe, respondió el capitán con dolor, no puedo aceptar tales condiciones, es imposible. Lo más que puedo hacer es duplicar el precio que antes pagué.

El jefe se encogió de hombros desdeñosamente y dijo con una sonrisa de desprecio:

—El Ciervo-Negro se había equivocado; los rostros pálidos tienen verdaderamente la lengua partida.

Fue imposible hacer comprender al sachem la verdadera situación de las cosas: con esa obstinación ciega que caracteriza a su raza, nada quiso oír, y cuanto más intentaron probarle que estaba equivocado, más se convenció de que la razón estaba de su parte.

A una hora avanzada de la noche se retiraron el canadiense y el Ciervo-Negro, acompañándoles el capitán hasta los atrincheramientos.

Cuando hubieron salido, Jaime Watt se volvió muy pensativo a la torre. En el umbral de la puerta tropezó con un objeto bastante voluminoso y se bajó para ver lo que era.

—¡Oh! exclamó al levantarse, ¿Con que realmente quieren la guerra? ¡Vive Dios! Ya aprenderán a conocerme.

El objeto con que había tropezado el capitán era un haz de flechas atadas con una piel de serpiente; los dos extremos de esta piel y las puntas de las flechas estaban teñidas en sangre.

El Ciervo-Negro, al retirarse, había dejado caer detrás de sí la declaración de guerra.

Toda esperanza de paz quedaba desvanecida, y era preciso disponerse para combatir.

Pasado el primer momento de estupor, el capitán recobró su sangre fría, y aunque todavía no había amanecido, hizo que despertasen a todos los colonos y los reunió delante de la torre con el fin de celebrar consejo y discurrir los medios de neutralizar el peligro que amenazaba a la colonia.


IX.

LOS PAWNEES SERPIENTES.


Aclararemos ahora algunos puntos de esta narración que pueden parecerle oscuros al lector.

Los pieles rojas, por grandes que sean sus defectos, profesan a las comarcas en que han nacido un cariño que raya en fanatismo y al que nada puede sustituir.

Cara de Mono no había mentido cuando dijo al capitán Jaime Watt que él era uno de los jefes principales de la tribu de los Pawnees-Serpientes: esto era muy cierto; solo que se había guardado muy bien de revelarle la razón por la cual le habían expulsado de la tribu.

Pero esta razón ha llegado ya el momento de decir cual fue.

Cara de Mono no solo se hallaba dotado de una ambición desenfrenada, sino que también, cosa bastante extraordinaria en un indio, estaba completamente desprovisto de creencias religiosas y de esas debilidades y esa credulidad supersticiosa a que son por demás accesibles sus compatriotas; además era un hombre sin fe, sin honor y de costumbres más que de pravedad.

Habiendo sido llevado muy joven a las ciudades de la Unión americana, tuvo ocasión de ver de cerca la civilización excéntrica de los Estados Unidos: incapaz de comprender lo bueno y lo malo de aquella civilización, y de mantenerse en un justo límite, como sucede siempre en tales circunstancias, se había dejado seducir por lo que más halagaba a sus inclinaciones y gustos, y de las costumbres de los blancos solo había tomado lo que debía terminar y completar su precoz depravación.

Por eso, cuando se halló de regreso en su tribu, sus costumbres y su lenguaje estuvieron en tan total desacuerdo con lo que se hacía y se decía en torno suyo, que no tardó en excitar el menosprecio y el odio de sus compatriotas.

Sus enemigos más encarnizados fueron naturalmente los sacerdotes, es decir, los brujos, a quienes en varias ocasiones había tratado de poner en ridículo.

Desde el momento en que Cara de Mono se hubo malquistado con el omnipotente partido de los brujos, se hundieron sus proyectos ambiciosos; todas sus intrigas fracasaron, pues una oposición sorda derribaba constantemente los proyectos que él formaba en el mismo momento en que creía verlos alcanzar buen éxito.

Durante un espacio de tiempo bastante largo, el jefe, no sabiendo a quien culpar, se mantuvo prudentemente en la defensiva, vigilando de una manera activa los pasos de sus enemigos, y aguardando con la paciencia astuta que constituía el fondo de su carácter a que la casualidad llegase a revelarle el nombre del hombre en quien debía recaer su venganza. Como todas sus medidas estaban muy bien tomadas, no tardó en descubrir que aquel a quien debía atribuir los continuos descalabros que sufría, no era sino el brujo principal de la tribu.

Este brujo era un anciano querido y respetado de todos por razón de su sabiduría y su bondad. Cara de Mono disimuló su odio durante algún tiempo; pero un día en pleno consejo, a consecuencia de una discusión bastante fuerte, se dejó arrebatar por la ira, y precipitándose sobre el desventurado anciano, le dio de puñaladas delante de todos los jefes de su tribu, sin que los circunstantes pudiesen oponerse a la realización de su intento.

El asesinato del brujo llevó a su colmo el horror que inspiraba aquel miserable; en el acto los jefes le expulsaron del territorio de la nación, negándole el fuego y el agua, y amenazándole con los mayores castigos si se atrevía a presentarse delante de ellos.

Cara de Mono, harto débil para resistirse a la ejecución de esta sentencia, se alejó con el corazón henchido de rabia y profiriendo las amenazas más terribles.

Ya hemos visto de qué manera se vengó vendiendo el territorio de su tribu a los americanos, y causando así la ruina de los que le habían castigado. Pero tan luego como hubo conseguido esa venganza que por tanto tiempo anhelara, se verificó una trasformación singular en el corazón de aquel hombre. La vista de aquella comarca en que él nació y en donde descansaban las cenizas de sus padres despertó en él, con suma intensidad, el sentimiento de la patria, sentimiento que juzgaba ya muerto y que solo estaba adormecido en el fondo de su corazón.

La vergüenza por la acción odiosa que había cometido entregando a los enemigos de su raza los territorios de caza que él mismo había recorrido con plena libertad durante tanto tiempo, el encarnizamiento con que los americanos se ocupaban en variar el aspecto de la comarca y en destruir sus árboles seculares, cuya sombra había cobijado los consejos celebrados por su nación, todas estas razones reunidas le habían hecho reflexionar; y desesperado por el sacrilegio que el odio le impulsara a cometer, procuró acercarse de nuevo a sus compatriotas con el fin de ayudarles a recobrar lo que por su culpa habían perdido.

Es decir resolvió hacer traición a los amigos nuevos en provecho de los antiguos.

Aquel hombre se hallaba desventuradamente lanzado a una senda fatal en la que cada paso que daba debía ser señalado por un crimen.

Le fue más fácil de lo que pensaba el ponerse de nuevo en contacto con sus compatriotas. Estos vagaban dispersos y llenos de desesperación por los bosques inmediatos a la colonia.

Cara de Mono se presentó audazmente a ellos; se guardó muy bien de revelarles que él era la única causa de las desgracias que les abrumaban. Por el contrario, les expuso como un mérito su regreso, diciéndoles que la noticia de las calamidades que de improviso habían caído sobre ellos era la causa exclusiva de su llegada; que si hubiesen continuado siendo felices, nunca le habrían visto; pero que ante una catástrofe tan espantosa como la que les había abrumado, todo sentimiento debía desaparecer y ceder el puesto a la venganza común que era preciso tomar de los rostros pálidos, esos implacables y eternos enemigos de la raza roja.

En resumen, supo hacer tan bello alarde de buenos sentimientos, supo presentar bajo un aspecto tan favorable el paso que daba en aquel momento, que consiguió engañar completamente a los indios, y persuadirles de la pureza de sus intenciones y de su buena fe. Entonces, con la diabólica inteligencia de que se hallaba dotado, urdió una vasta trama contra los americanos, trama en la cual tuvo la habilidad de hacer que entrasen otros pueblos indios aliados de su tribu, y al paso que en la apariencia seguía siendo amigo de los colonos, organizó y preparó silenciosamente su completa ruina.

La influencia que en poco tiempo había logrado adquirir sobre su tribu era inmensa; solo tres hombres conservaban contra él una desconfianza instintiva, y vigilaban con el mayor cuidado todos sus actos: estos tres hombres eran el cazador canadiense Tranquilo, el Ciervo-Negro y el Zorro-Azul.

Tranquilo no acertaba a explicarse la conducta del jefe: le parecía extraordinario que este hombre hubiese llegado a ser tan amigo de los americanos: varias veces le había pedido explicaciones acerca de esto; pero Cara de Mono nunca le respondió sino de una manera ambigua, o bien eludió la cuestión.

Tranquilo, cuyas sospechas se acrecentaban de día en día, y que tenía empeño en saber de un modo positivo a que atenerse respecto de aquel hombre cuyos manejos le parecían cada vez más sospechosos, consiguió que en el gran consejo de la nación le designasen con el Ciervo-Negro para ir a llevar la declaración de guerra al capitán Watt.

A Cara de Mono le disgustó la elección de los enviados, pues sabía que eran secretamente enemigos suyos; pero disimuló su resentimiento con tanto más motivo, cuanto que las cosas estaban demasiado adelantadas ya para retroceder, y todo se hallaba dispuesto para la expedición.

Así pues, Tranquilo y el Ciervo-Negro partieron con el encargo de declarar la guerra a los rostros pálidos.

—O mucho me equivoco, decía el canadiense a su amigo mientras iban andando, o estoy seguro de que vamos a saber algo nuevo acerca de Cara de Mono.

—¿Lo cree V. así?

—Apostaría cualquier cosa. Estoy convencido de que el muy tuno juega con dos barajas, y nos está engañando a todos en provecho suyo.

—No tengo gran confianza en él; pero no puedo creer que lleve tan lejos su descaro.

—Muy pronto sabremos a que atenernos; pero en todo caso prométame V. una cosa.

—¿Cuál es?

—La de que solo yo he de hablar. Sé mejor que V. la manera en que es preciso obrar con los rostros pálidos del Oeste.

—Corriente, respondió el Ciervo-Negro, obrará V. como mejor le plazca.

Cinco minutos después llegaron a la colonia. Ya hemos referido en el capítulo precedente la manera en que fueron recibidos, y lo que pasó entre ellos y el capitán Watt.

Esa costumbre de declarar la guerra a sus enemigos, establecida entre los indios a quienes en Europa se acostumbra a considerar como salvajes estúpidos, puede parecer extraordinaria; pero no hay que equivocarse: los pieles rojas tienen un carácter eminentemente caballeresco, y a no ser que se trate de una razzia, es decir, de un robo de caballos o de ganados, nunca atacarán a un enemigo sin habérselo advertido con anticipación a fin de que esté en guardia.

Por lo demás, ese espíritu caballeresco hábilmente explotado por los norteamericanos, quienes, debemos confesarlo para su vergüenza eterna, carecen por completo de él, es él que ha valido a los blancos la mayor parte de las victorias conseguidas sobre los pieles rojas.

A poca distancia de la colonia encontraron los dos hombres sus caballos, que habían dejado maneados. Montaron y se alejaron con rapidez.

—¡Vamos! dijo Tranquilo, ¿qué piensa V. de todo esto?

—Mi hermano tenía razón: Cara de Mono siempre nos ha hecho traición; es evidente que ese documento emana de él.

—¿Qué piensa V. hacer?

—Todavía no lo sé; quizás sería peligroso arrancarle la máscara en este momento.

—No opino como V., jefe; la presencia de ese traidor entre nosotros no puede menos de perjudicar a nuestra causa.

—Veámosle venir ante todo.

—Corriente, pero permítame V. una observación.

—Ya escucho a mi hermano.

—¿Cómo es que, después de haber conocido la falsedad del acta de venta, se ha obstinado V. en declarar la guerra a ese Cuchillo Largo del Oeste, puesto que está probado que ha sido engañado por Cara de Mono?

El jefe se sonrió de una manera astuta, y dijo:

—El rostro pálido se ha dejado engañar porque le convenía.

—No le entiendo a V., jefe.

—Voy a explicarme. ¿Sabe mi hermano como se hace una venta de terreno?

—En verdad que no. Confieso que, como por mi parte hasta ahora nunca he tenido ningún terreno que vender ni comprar, no me he cuidado de eso en manera alguna.

—¡Ooah! Entonces voy a decírselo a mi hermano.

—Me alegro mucho. Lo que más deseo es instruirme, y luego eso podrá servirme en alguna ocasión, dijo el canadiense riendo.

—Cuando un rostro pálido quiere comprar el territorio de caza de una tribu, va a buscar a los sachems principales de la nación, y después de haber fumado en el consejo la pipa de paz, les expone su petición: las condiciones son discutidas: si las dos partes contratantes se ponen de acuerdo, el brujo principal de la nación dibuja un plano del territorio; el rostro pálido entrega las mercancías; todos los jefes ponen su jeroglífico al pie del plano; los árboles son señalados con el hacha; se establecen las fronteras, e inmediatamente toma posesión el comprador.

—Vamos, dijo Tranquilo, eso es muy sencillo.

—¿En qué consejo ha fumado la pipa el jefe de la Cabeza Gris? ¿Dónde están los sachems que han tratado con él? Que me enseñe los árboles que han sido señalados.

—En efecto, creo que eso le sería difícil, repuso el cazador.

—Cabeza Gris, continuó diciendo el jefe, sabía que Cara de Mono le engañaba; pero el territorio le convenía y contaba con la fuerza de las armas para mantenerse en él de buen o mal grado.

—Es probable.

—Vencido por la evidencia y conociendo demasiado tarde que ha obrado de una manera inconsiderada, ha creído resolver todas las dificultades ofreciéndonos algunos bultos más de mercancías. ¿Cuándo han tenido los rostros pálidos una lengua recta y honrada?

—Gracias, dijo el cazador riendo.

—No hablo de la nación de mi hermano, que nunca he tenido que quejarme de ella: solo me refiero a los Cuchillos Largos del Oeste. ¿Sigue creyendo mi hermano que he hecho mal en dejar caer las flechas ensangrentadas?

—Quizás en esta ocasión, jefe, haya V. sido un poco precipitado y se habrá dejado arrebatar por la cólera; pero tiene V. tantos motivos para aborrecer a los norteamericanos que no me atrevo a censurarle.

—Según eso, ¿puedo contar con la cooperación de mi hermano?

—¿Por qué se lo he de negar a V., jefe? Su causa sigue siendo la que era, es decir, justa. Es deber mío ayudarle, y lo haré, suceda lo que quiera.

—¡Och! Doy gracias a mi hermano; su rifle nos será muy útil.

—Hemos llegado: ya es tiempo de adoptar una determinación respecto de Cara de Mono.

—Ya está tomada, respondió el jefe lacónicamente.

En aquel momento desembocaron en una vasta explanada en cuyo centro había varias hogueras encendidas.

Quinientos guerreros indios, pintados y arpados como para entrar en combate, estaban tendidos sobre la yerba en diferentes puntos, mientras que sus caballos, enjaezados y preparados, estaban maneados y comían su pienso.

En torno de la hoguera principal se hallaban colocados varios jefes que fumaban silenciosamente.

Los dos jinetes que llegaban echaron pie a tierra y se dirigieron con rapidez hacia aquella hoguera, por delante de la cual se paseaba con agitación Cara de Mono.

Ambos se colocaron junto a los demás jefes y encendieron sus pipas; aunque todos aguardaban su llegada con impaciencia, nadie les interrogó, pues la etiqueta india se opone a que un jefe tome la palabra antes de acabar de fumar su pipa.

Cuando el Ciervo-Negro hubo concluido, sacudió las cenizas de la pipa, se la puso al cinto y dijo:

—La orden de los sachems está cumplida; las flechas ensangrentadas han sido entregadas a los rostros pálidos.

Al oír esta noticia, los jefes inclinaron la cabeza en señal de satisfacción.

Cara de Mono se acercó y preguntó:

—¿Ha visto mi hermano el Ciervo-Negro a Cabeza Gris?

—Sí, respondió el jefe secamente.

—¿Qué piensa mi hermano? repuso Cara de Mono insistiendo.

El Ciervo-Negro le dirigió una mirada torva: y replicó:

—¿Qué importa en este momento el pensamiento del jefe, puesto que el consejo de los sachems ha resuelto la guerra?

—Las noches son largas, dijo entonces el Zorro-Azul; ¿se van a quedar mis hermanos aquí fumando?

Tranquilo tomó la palabra y dijo:

—Los Grandes Cuchillos están sobre aviso, en este momento velan; vuelvan mis hermanos a montar a caballo y retírense, que la hora no es propicia.

Los jefes hicieron un ademán de asentimiento.

—Iré de descubierta, dijo Cara de Mono.

—¡Bueno! respondió el Ciervo-Negro con una sonrisa feroz, mi hermano es hábil, ve muchas cosas y nos dará noticias.

Cara de Mono se dispuso a montar en un caballo que un guerrero le llevaba; pero de improviso el Ciervo-Negro se levantó, se precipitó sobre él, y apoyándole rudamente una mano en un hombro, le obligó a caer de rodillas en el suelo.

Los guerreros, sorprendidos por esta agresión súbita, cuyo motivo no adivinaban, cambiaban entre sí miradas de sorpresa, aunque sin hacer el más leve movimiento para interponerse entre los dos jefes.

Cara de Mono levantó bruscamente la cabeza, e intentando desembarazarse de la férrea presión que le tenía clavado al suelo, dijo:

—¿Turba por ventura el Espíritu del mal el cerebro de mi hermano?

El Ciervo-Negro se sonrió de una manera siniestra, y sacando de su cinto el cuchillo de desollar cráneos, dijo con voz sombría:

—Cara de Mono es un traidor: ha vendido sus hermanos a los rostros pálidos y va a morir.

El Ciervo-Negro, a más de ser un guerrero afamado, tenía en la tribu una merecida reputación de sabiduría y de lealtad; nadie puso en duda la acusación que acababa de pronunciar, pues además hacía mucho tiempo que conocían a Cara de Mono, desgraciadamente para él.

El Ciervo-Negro alzó su cuchillo, cuya hoja azulada, herida por los reflejos de la llama de la hoguera, produjo un relámpago siniestro; pero Cara de Mono, haciendo un esfuerzo supremo, logró desembarazarse, saltó como una fiera y desapareció entre los matorrales, lanzando una carcajada estridente.

El cuchillo había resbalado, y solo cortó un poco las carnes sin causar herida grave al astuto y diestro indio.

Hubo un momento de estupor, y luego todos se levantaron tumultuosamente para lanzarse en persecución del fugitivo.

—¡Deteneos! exclamó Tranquilo con voz fuerte; ahora es ya demasiado tarde. Apresuraos a atacar a los rostros pálidos antes de que ese miserable haya tenido tiempo para avisarlos, porque sin duda medita ya nuevas traiciones.

Los jefes reconocieron la conveniencia de este consejo, y los indios se prepararon para el combate.


X.

LA BATALLA.


Entre tanto, según dijimos anteriormente, el capitán Watt había reunido delante de la torre a todos los individuos de la colonia.

El número de los combatientes ascendía a sesenta y dos, comprendidas las mujeres.

A las señoras europeas puede parecerles singular que contemos a las mujeres en el número de los combatientes; en efecto, en el viejo mundo ha pasado para siempre, por fortuna, el tiempo de las Marfisas y las Bradamantas, y merced al creciente progreso de la civilización, el bello sexo no se ve reducido a competir en valor con los hombres.

En la América septentrional, en la época en que pasaba nuestra historia, y aún hoy en día en las praderas y en los desmontes, no sucede así: muchas veces, cuando el grito de guerra de los indios llega a resonar súbitamente en los oídos de los colonos, las mujeres se ven obligadas a abandonar las labores propias de su sexo para coger un rifle con sus manos delicadas y consagrarse con resolución a la común defensa.

En caso necesario podríamos citar muchas de esas heroínas de dulce mirada y ojos de ángel que, en ocasiones dadas, han cumplido valerosamente con su deber de guerreras, y han peleado como verdaderos diablillos contra los indios.

Mistress Watt no era una heroína, ni con mucho, pero era hija y mujer de militares; había nacido y se había criado en la frontera india; varias veces olió la pólvora y vio correr la sangre, y además era madre. Se trataba de defender a sus hijos; toda su timidez había desaparecido para ser sustituida por una resolución enérgica y fría.

Su ejemplo había electrizado a las demás mujeres de la colonia, y todas se habían armado, resueltas a combatir al lado de sus maridos y de sus padres.

Repetimos, pues, que, entre hombres y mujeres, el capitán tenía en torno suyo sesenta y dos combatientes.

Intentó disuadir a su mujer de que tomase parte en la lucha; pero aquella dulce criatura, a quien hasta entonces había visto tan tímida y obediente, se negó terminantemente a renunciar a su propósito, y el capitán se vio precisado a dejarla obrar a su antojo.

Entonces adoptó sus disposiciones de defensa. Veinticinco hombres fueron distribuidos por los atrincheramientos bajo las órdenes de Bothrel. El capitán se reservó el mando de una partida de veinticuatro cazadores, destinada a acudir a los puntos que se hallasen más expuestos. Las mujeres, bajo las órdenes de mistress Watt, quedaron custodiando la torre, en donde fueron colocados los enfermos y los niños. Luego aguardaron la llegada de los indios.

Era próximamente la una de la madrugada cuando el cazador canadiense y el jefe Pawnee se marcharon de la colonia. A las dos y media todo estaba ya dispuesto para la defensa.

El capitán hizo su última ronda en torno de los atrincheramientos para cerciorarse de que todo se hallaba en orden; y después de haber mandado apagar todos los fuegos, salió secretamente de la colonia por una puertecita practicada en los atrincheramientos, y que solo él y el sargento Bothrel conocían.

Echaron una tabla sobre el foso, y el capitán pasó seguido tan solo de Bothrel y de un cazador llamado Bob, mozo resuelto y robusto a quien ya hemos tenido ocasión de mencionar.

La tabla fue escondida con el mayor cuidado a fin de que sirviese a la vuelta, y los tres hombres se deslizaron como fantasmas en medio de la oscuridad de la noche.

Cuando hubieron llegado a un centenar de metros de la colonia, el capitán se detuvo.

—Señores, les dijo en voz tan baja, que tuvieron que inclinarse hacia él para oírle, les he escogido a VV. porque la expedición que vamos a intentar es peligrosa, y necesitaba tener conmigo hombres resueltos.

—¿De qué se trata? preguntó Bothrel.

—La noche está tan oscura, que esos malditos paganos, si quisieran, podrían llegar hasta la misma orilla del foso sin que nos fuese dado verlos. Así pues, he resuelto prender fuego a los árboles cortados y amontonados de trecho en trecho, y a las raíces reunidas también en montones. En ocasiones dadas es preciso saber hacer sacrificios. Esas hogueras que arderán durante mucho tiempo, derramarán una claridad resplandeciente que nos permitirá distinguir a nuestros enemigos a gran distancia y dirigirles certeros tiros.

—La idea es excelente, respondió Bothrel.

—Sí, respondió el capitán; solo que no se nos debe ocultar que es en extremo peligrosa. Es indudable que los exploradores indios se hallan ya desparramados por la llanura, acaso muy cerca de nosotros; y cuando estén ya encendidas dos o tres hogueras, si nosotros los vemos, tampoco ellos dejarán de vernos. Cada uno de nosotros se va a proveer de los objetos necesarios, y con la rapidez de nuestros movimientos procuraremos frustrar las tretas de esos demonios. Acuérdense VV. de que obraremos aisladamente, y de que cada uno de nosotros tiene que encender cuatro o cinco hogueras; por lo tanto no debemos contar unos con otros. ¡Manos a la obra!

Distribuyéronse entre los hombres los combustibles y las materias inflamables, y se separaron.

Cinco minutos más tarde brilló una chispa, luego otra, después otra, al cabo de un cuarto de hora había diez hogueras encendidas.

Débiles al pronto, pareció que vacilaban durante algunos instantes; luego creció la llama, tomó consistencia, y muy pronto toda la llanura se vio iluminada por el reflejo sangriento de aquellas antorchas inmensas.

El capitán y sus compañeros habían sido más afortunados de lo que esperaban en su expedición; pues consiguieron incendiar los montones de madera desparramados por el valle sin llamar la atención de los indios. Se apresuraron a regresar a todo correr a los atrincheramientos. Ya era tiempo, porque de improviso resonó detrás de ellos un grito de guerra terrible y apareció en el lindero del bosque una tropa numerosa de guerreros indios que corrían a rienda suelta y blandían sus armas cual una legión de demonios.

Pero llegaron demasiado tarde para apoderarse de los americanos, pues estos habían pasado el foso y se hallaban al abrigo de sus golpes.

Una descarga de fusilería saludó la llegada de los indios: varios cayeron del caballo y los demás volvieron grupas y se alejaron con precipitación.

El combate estaba empeñado, pero ya le importaba muy poco al capitán: merced a su feliz ocurrencia era imposible una sorpresa, porque se veía como si fuese de día.

Hubo un momento de descanso, que los americanos aprovecharon para volver a cargar sus armas.

Los colonos habían tenido un momento de inquietud al ver encenderse unas en pos de otras, en la pradera, aquellas hogueras inmensas; creyeron que era un ardid de los indios; pero muy luego quedaron desengañados con el regreso del capitán; y al contrario, se felicitaron por aquella inspiración magnífica que les permitía asestar tiros certeros.

Sin embargo, los Pawnees no habían renunciado a su proyectado ataque, y según toda probabilidad, solo se retiraban para deliberar.

El capitán, con un hombro apoyado en la empalizada, examinaba atentamente la llanura desierta, cuando le pareció observar un movimiento desusado en un sembrado de trigo bastante extenso situado a unos dos tiros de fusil de la colonia.

—¡Alerta! dijo; el enemigo se acerca.

Cada cual puso el dedo en el gatillo.

De improviso se oyó un gran ruido, y la pila de madera más lejana se hundió con estrépito lanzando millares de chispas.

—¡Vive Dios! exclamó el capitán, hay en eso alguna diablura india: es imposible que esa pila enorme de leña esté ya consumida.

En el mismo instante se hundió otra, y después otra, y otra, hasta cuatro.

Ya no quedaba duda alguna acerca de la causa de aquellos hundimientos sucesivos: los indios, cuyos movimientos se hallaban neutralizados por la luz que derramaban aquellos faros monstruosos, habían adoptado la sencilla determinación de apagarlos, lo cual pudieron hacer con entera seguridad porque aquellos fuegos estaban fuera del alcance de los tiros.

Apenas caía la leña al suelo, la dispersaban por todos lados y la apagaban con bastante facilidad.

Esta medida había permitido a los indios que se acercasen algún tanto a las empalizadas sin ser vistos.

Sin embargo, no todos los montones de leña estaban derribados; los que aún quedaban se hallaban todos bastante próximos a la plaza para ser defendidos por los fuegos de esta.

A pesar de todo, los Pawnees intentaron apagarlos.

Pero entonces comenzó de nuevo el fuego de fusilería, y las balas cayeron como una granizada sobre los sitiadores, que después de haberse sostenido durante algunos minutos, se vieron obligados al fin a emprender la fuga, porque no puede darse el nombre de retirada a la precipitación con que se alejaron.

Los americanos se echaron a reír y comenzaron a silbar a los fugitivos.

—Creo, observó Bothrel en tono de broma, que esas buenas gentes encuentran nuestra sopa demasiado caliente y sienten haber venido a probarla.

—En efecto, contestó el capitán, esta vez no parece que se hallen dispuestos a volver.

El capitán se equivocaba, porque en aquel mismo instante los indios volvían a rienda suelta.

Nada pudo contenerlos, y a pesar del fuego de fusilería, al cual desdeñaron responder, llegaron hasta la orilla del foso.

Verdad es que, cuando hubieron llegado allí, volvieron grupas y se marcharon con la misma rapidez con que habían venido, pero no sin dejar sembrados en su camino numerosos cadáveres desapiadadamente derribados por las balas americanas.

Pero el proyecto de los Pawnees había alcanzado buen éxito, y los blancos observaron demasiado tarde, con gran disgusto, que se habían apresurado por demás a alegrarse de su fácil triunfo.

Cada jinete Pawnee llevaba a la grupa un guerrero que, llegado al foso, había echado pie a tierra, y aprovechando la confusión y el humo que impedían fuese visto, se había guarecido más o menos bien detrás de los troncos derribados y de los accidentes del terreno, tanto que, cuando el humo se hubo disipado, en el momento en que los americanos se inclinaban por encima de la empalizada para examinar los resultados de la carga ejecutada por sus enemigos, fueron saludados a su vez por una descarga de fusilería y de largas flechas acanaladas que derribaron a quince hombres.

Hubo un movimiento de desatentado terror entre los blancos al sufrir aquel ataque verificado por enemigos invisibles.

Quince hombres menos de un solo golpe eran una pérdida terrible para los colonos; el combate adquiría serias proporciones que amenazaban degenerar en derrota, porque los indios nunca habían desplegado tanta energía ni encarnizamiento en un ataque.

No había medio de vacilar: a toda costa era preciso desalojar a aquellos enemigos audaces del puesto en que tan temerariamente se habían emboscado.

El capitán se decidió a hacerlo.

Reuniendo unos veinte hombres resueltos, mientras los demás vigilaban en las empalizadas, mandó bajar el puente levadizo y se lanzó intrépidamente fuera.

Entonces los enemigos se batieron al arma blanca y lucharon cuerpo a cuerpo.

La pelea se tornó horrible: los blancos y los pieles rojas, enlazados como serpientes, ebrios de coraje y cegados por el odio, procuraban mutuamente darse de puñaladas.

De improviso una claridad inmensa iluminó aquella escena de carnicería, y en la colonia resonaron gritos de terror.

El capitán volvió la cabeza y lanzó un grito de desesperación al contemplar el espectáculo horrible que se ofrecía ante su vista.

La torre y los edificios principales estaban ardiendo; a la claridad de las llamas se veía a los indios saltar como demonios persiguiendo a los defensores de la colonia que, agrupados en varios puntos, intentaban todavía una resistencia casi imposible.

He aquí lo que había sucedido.

Mientras que el Ciervo-Negro, el Zorro-Azul y los demás jefes principales de los Pawnees intentaban el ataque por el frente de la colonia, Tranquilo, seguido de Quoniam y de unos cincuenta guerreros escogidos, se embarcó en unas piraguas de piel de bisonte, bajó silenciosamente por el río y fue a desembarcar en la misma colonia sin dar la más leve alarma, por la sencilla razón de que los americanos no podían temer de ningún modo una sorpresa por la parte del Misuri.

Sin embargo, debemos hacer al capitán la justicia de decir que no había dejado indefenso aquel punto; colocó allí centinelas, pero desgraciadamente, en el desorden que siguió a la última carga de los indios, los centinelas, creyendo que nada tenían que temer por aquella parte, habían abandonado su puesto para acudir a donde juzgaban que el peligro era más apremiante, y ayudar a sus compañeros a rechazar al enemigo.

Esta falta imperdonable perdió a los defensores de la colonia.

Tranquilo desembarcó sin disparar un tiro.

Los Pawnees, tan luego como hubieron entrado en la colonia, arrojaron teas incendiarias a los edificios construidos todos con madera, y lanzando su grito de guerra, se precipitaron sobre los americanos, a quienes cogieron por retaguarda colocándolos así entre dos fuegos.

Tranquilo, Quoniam y algunos guerreros que no se habían separado de ellos, se dirigieron a la torre.

Mistress Watt, aunque atacada por sorpresa, se dispuso para defender valerosamente el puesto confiado a su custodia.

El canadiense se acercó a ella con las manos alzadas al cielo en señal de paz y exclamó:

—Ríndanse VV., en nombre del cielo, o quedan perdidas: la colonia ha caído en nuestro poder.

—¡No! respondió la joven resueltamente; no me rendiré a un villano que hace traición a sus hermanos para abrazar el partido de los indios.

—Es V. injusta para conmigo, replicó el cazador con tristeza; vengo a salvar a V.

—No quiero ser salvada por V.

—¡Mujer desventurada! Si no lo hace V. por sí, hágalo al menos por sus hijos; mire V., ya está ardiendo la torre.

La joven alzó los ojos, lanzó un grito de horror y se precipitó llena de desconsuelo en el interior del edificio.

Las demás mujeres, fiando en la palabra del cazador, no intentaron resistirse y entregaron sus armas.

Tranquilo confió la custodia de aquellas pobres mujeres a Quoniam, agregándole algunos guerreros, y se alejó rápidamente con la intención de hacer cesar la carnicería que continuaba en todos los puntos de la colonia.

Quoniam entró en la torre, en donde encontró a mistress Watt medio asfixiada y estrechando a sus hijos en sus brazos con inaudita fuerza. El buen negro cargó a la joven sobre sus robustos brazos; y reuniendo a todas las mujeres y los niños, los condujo a las orillas del Misuri, a fin de ponerlos fuera del alcance del fuego y esperar a que el combate concluyese, sin exponer a las prisioneras al furor de los vencedores.

A la sazón, aquello no era ya un combate sino una carnicería, a la que aún hacían más espantosa los bárbaros refinamientos de los indios que se encarnizaban con indecible rabia contra sus desventurados enemigos.

El capitán, Bothrel, Bob y unos veinte americanos, los únicos colonos que aún estaban vivos, reunidos en el centro de la explanada, se defendían con la energía de la desesperación contra una nube de indios, resueltos a dejarse matar antes que caer en manos de los feroces Pawnees.

Sin embargo, Tranquilo, a fuerza de súplicas y arrostrando mil peligros, consiguió hacer que depusiesen las armas y que cesase por fin la carnicería.

De pronto se oyeron gritos, llantos y súplicas hacia la parte del río.

El cazador se lanzó rápidamente hacia allá, agitado por un presentimiento sombrío.

El Ciervo-Negro y sus guerreros le seguían. Cuando llegaron al sitio en que Quoniam había reunido a las mujeres, se ofreció ante su vista un espectáculo espantoso.

Mistress Watt y otras tres mujeres yacían sin movimiento en el suelo en medio de un charco de sangre. Quoniam estaba tendido delante de ellas, con dos heridas, una en la cabeza y otra en el pecho.

Fue imposible obtener de las demás mujeres ningún dato acerca de lo que había pasado, porque estaban casi locas de terror.

¡Los hijos del capitán habían desaparecido!


XI.

LA VENTA DEL POTRERO.


Usando ahora de nuestro privilegio de novelistas, trasladaremos la escena de nuestro relato al Texas, y volveremos a tomar nuestra historia unos dieciséis años después de los acontecimientos referidos en el capítulo anterior.

El alba comenzaba a teñir las nubes con sus nacaradas tintas, las estrellas se apagaban unas en pos de otras en las sombrías profundidades del cielo; y en la última línea azul del horizonte, un reflejo de un color rojo vivo, precursor de la salida del sol, anunciaba que tardaría muy poco en ser de día. Los millares de pájaros invisibles, frioleramente cobijados en la enramada, se despertaban de repente y entonaban alegres su melodioso concierto matutino, mientras que los aullidos de las fieras, al retirarse de beber y regresar con lento paso a sus inexploradas guaridas, se iban tornando cada vez más sordos y oscuros.

En aquel momento se levantó la brisa; se engolfó en la densa nube de vapores que, a la salida del sol, se exhalan de la tierra en aquellas regiones intertropicales, la hizo revolotear un instante, la desgarró y la disipó por el espacio, haciendo aparecer sin transición, cual una decoración de teatro, el paisaje más delicioso que puede imaginar el alma soñadora de un pintor o de un poeta.

En América, sobre todo, es donde parece que la Providencia se ha complacido en prodigar los efectos más imponentes de paisaje, variando hasta lo infinito los contrastes y las armonías de aquella naturaleza poderosa que solo allí se encuentra.

En el seno de una inmensa llanura, rodeada completamente por la poblada enramada de una selva virgen, se dibujaban los caprichosos giros de un camino arenoso, cuyo color amarillento se destacaba de un modo agradable sobre el verde oscuro de las crecidas yerbas y el blanco plateado del agua de un río angosto al que los primeros rayos del sol hacían resplandecer cual un conjunto de pedrería. Cerca del río, próximamente en el centro de la llanura, se alzaba una casa blanca con columnas que formaban un pórtico, y con un tejado encarnado.

Esta casa, coquetamente tapizada con plantas trepadoras que se extendían en anchos mechones por sus paredes, era una venta u hostería, edificada en lo alto de una leve eminencia. Llegábase a ella por una pendiente insensible, y merced a su posición, dominaba aquel paisaje inmenso y grandioso, como el que abarca con su vista el cóndor cuando se cierne cerca de las nubes.

Delante de la puerta de la venta, unos veinte vagones, pintorescamente agrupados, acababan de ensillar sus caballos, mientras que unos arrieros se ocupaban presurosos en cargar siete u ocho mulas.

En el camino, algunas millas más allá de la venta, se veían, como puntos negros casi imperceptibles, varios jinetes que se alejaban con rapidez, y estaban próximos a internarse en la selva de que hemos hablado, selva que se elevaba gradualmente y estaba dominada por una faja de altas montañas, cuyas cumbres fragosas y escarpadas se confundían casi con el azul del cielo.

Se abrió la puerta de la venta, y un oficial joven salió tarareando; le acompañaba un fraile gordo y rollizo, provisto de un voluminoso abdomen y de una cara muy alegre; detrás de ellos apareció en el umbral de la puerta una encantadora joven de dieciocho a diecinueve años, rubia y delgada, con los ojos azules y los cabellos dorados, linda y graciosa.

—Vamos, vamos, dijo el capitán, porque el oficial llevaba las insignias de aquel grado, a caballo, que ya hemos perdido demasiado tiempo.

—¡Hum! dijo el fraile, apenas hemos tenido tiempo para desayunarnos. ¿Por qué diablos tiene V. tanta prisa, Capitán?

—Santo varón, repuso el capitán en tono irónico, si quiere V. quedarse, es muy dueño de hacerlo.

—¡No, no, me voy con V.! exclamó el fraile haciendo un gesto de espanto; ¡cáspita! Quiero aprovechar la escolta de V.

—Pues entonces dese V. prisa, porque dentro de cinco minutos voy a dar la orden de marcha.

El oficial, después de haber dirigido una mirada a la llanura, hizo seña a su asistente para que le acercase el caballo y montó con ligereza y con esa gracia peculiar de los jinetes mejicanos. El fraile ahogó un suspiro de sentimiento, pensando probablemente en la suculenta hospitalidad que abandonaba para correr los peligros de un viaje largo, y ayudado por los arrieros consiguió subirse a duras penas sobre una mula, cuyo lomo se dobló al recibir aquel peso enorme.

—¡Uf! murmuró, ya estoy.

—¡A caballo! gritó el capitán.

Los dragones obedecieron en seguida, y durante algunos segundos se oyó un golpeteo de hierro.

La joven de quien hemos hablado había permanecido hasta entonces inmóvil y silenciosa en el umbral de la puerta, al parecer poseída por una agitación secreta y dirigiendo en torno suyo miradas inquietas, que fijaba en dos o tres campesinos que, recostados con indolencia en las tapias de la venta, observaban los movimientos de la caravana con una mirada a la vez indiferente y curiosa; pero en el momento en que el capitán iba a dar la orden de marcha, la joven se acercó resueltamente a él, y presentándole un mechero, le dijo con voz dulce y melodiosa:

—Señor Capitán, se le ha apagado a V. el cigarro.

—¡Es verdad! respondió el oficial, e inclinándose con galantería hacia ella, cogió el mechero, se sirvió de él, y se lo devolvió diciendo:

—Gracias, hermosa niña.

La joven aprovechó el momento en que el rostro del oficial se aproximaba al suyo para decirle rápidamente y en voz muy baja estas palabras:

—¡Tenga V. cuidado!

—¿Cómo? dijo el oficial mirándola fijamente.

La joven, sin contestar, puso el dedo índice en sus rosados labios, y volviéndose con viveza, entró corriendo en la venta.

El capitán se enderezó sobre la silla, frunció su negro entrecejo y dirigió una mirada amenazadora a los dos o tres individuos que estaban recostados en la tapia; pero muy luego sacudió la cabeza y murmuró con desdén:

—¡Bah! No se atreverían.

Entonces desenvainó su sable, cuya hoja lanzó un relámpago deslumbrador al ser herida por los rayos del sol, y poniéndose a la cabeza de la escolta dijo:

—¡En marcha!

Partieron.

Las mulas siguieron el esquilón de la nena o mula que sirve de guía, y los dragones, dispuestos en torno de la recua, la encerraron en su centro.

Durante algunos instantes, los pocos campesinos que habían presenciado la partida de la tropa siguieron con la vista su marcha por las sinuosidades del camino; luego entraron en la venta uno tras otro.

La joven estaba sola sentada sobre un escaño, y al parecer ocupándose con actividad en componer un vestido. Sin embargo, por el temblor casi imperceptible que agitaba su cuerpo, por el rubor de su frente y por la mirada tímida que dejó filtrar bajo sus largos párpados al ver entrar a los campesinos, era fácil adivinar que la calma que fingía estaba muy lejos de su corazón, y que, por el contrario, la atormentaba un temor secreto.

Los campesinos eran tres, todos ellos hombres en la fuerza de la edad, de facciones duras y acentuadas, de mirada torva y de modales bruscos y brutales.

Llevaban el traje mejicano de las fronteras, e iban bien armados.

Se sentaron en un banco colocado delante de una mesa tosca, y uno de ellos dio un puñetazo fuerte sobre la tabla y se volvió hacia la joven diciéndola bruscamente:

—¡Queremos beber!

La joven se estremeció y levantó la cabeza en seguida.

—¿Qué desean VV., caballeros? preguntó.

—Mezcal.

La joven se levantó y se apresuró a servirles. El que había hablado la agarró del vestido y la detuvo en el momento en que se disponía a alejarse, diciéndola:

—Aguarde V. un momento, Carmela.

—Deje V. mi vestido, Ruperto, dijo Carmela haciendo un gestecito de mal humor; me le va V. a rasgar.

—¡Bah! repuso Ruperto riéndose con insolencia, ¿tan torpe me juzga V.?

—No, pero no me convienen esos modales.

—¡Oh! ¡Oh! No está V. siempre tan arisca, mocita.

—¿Qué quiere V. decir? repuso Carmela ruborizándose.

—¡Basta! Yo me entiendo, pero por el momento no se trata de eso.

—¿Pues de qué se trata? preguntó la joven con fingida sorpresa; ¿no le he servido a V. ya el mezcal que pidió?

—Sí, sí, pero tengo que decirla una cosa.

—Bueno, pues diga V. pronto y déjeme marchar.

—Mucha prisa tiene V. de escaparse. ¿Teme V. que su novio la sorprenda hablando conmigo?

Los compañeros de Ruperto se echaron a reír, y la joven se quedó muy cortada.

—No tengo novio, Ruperto, ya lo sabe V., contestó al fin con los ojos arrasados en agua, y hace V. mal en insultar a una pobre muchacha indefensa.

—¡Bueno, bueno! Yo no insulto a V., Carmela; ¿qué mal hay en que una linda niña tenga un novio, y aunque sean dos?

—Déjeme V., exclamó la joven haciendo un movimiento brusco para desembarazarse.

—No la dejo a V. hasta tanto que haya contestado a mi pregunta.

—Pues haga V. pronto esa pregunta y concluyamos.

—Pues bien, arisca niña, tenga V. la bondad de repetirme lo que dijo en voz baja a ese almibarado capitán.

—¡Yo! respondió Carmela algo confusa; ¿qué quiere V. que le haya dicho?

—He ahí justamente el asunto, niña: no quiero que le haya V. dicho cierta cosa, y por eso deseo saber que ha sido ello.

—Déjeme V. en paz, Ruperto, no está V. contento sino cuando me atormenta.

El mejicano la miró fijamente y le dijo con sequedad:

—No cambie V. de conversación, Carmela; la pregunta que la dirijo es muy grave.

—Es posible, pero nada tengo que contestar.

—Porque sabe V. que ha obrado mal.

—No entiendo.

—¡De veras! Pues bien, entonces voy a explicárselo. En el momento en que el oficial iba a marchar le ha dicho V.: «¡Tenga V. cuidado!» ¿Se atreverá V. a negarlo?

La joven se puso muy pálida, e intentando chancearse dijo:

—Puesto que me ha oído V., ¿por qué me lo pregunta?

Los otros dos campesinos habían fruncido el entrecejo al oír la acusación de Ruperto; la posición iba siendo grave.

—¡Oh! ¡Oh! dijo uno de ellos levantando sabiamente la cabeza, ¿de veras ha dicho eso?

—Así parece, puesto que yo lo oí, repuso brutalmente Ruperto.

La joven dirigió una mirada de espanto en torno suyo, como para implorar una protección ausente.

—No está aquí, dijo Ruperto con malvada expresión, y por lo tanto es inútil que le busque V.

—¿Quién? dijo Carmela vacilando entre lo vergonzoso de la suposición y el espanto de su posición peligrosa.

—¡Él! respondió Ruperto con ironía. Escuche V., Carmela: varias veces se ha enterado V. ya de nuestros negocios más de lo que convenía; repetiré ahora las palabras que hace un instante, dijo V. al capitán: ¡tenga V. cuidado!

—Sí, dijo brutalmente el segundo interlocutor, porque podríamos olvidar que no es V. más que una chiquilla y hacerla pagar muy caras sus delaciones.

—¡Bah! dijo el tercero, que hasta entonces se había contentado con beber sin tomar parte en la conversación, la ley debe ser igual para todos: si Carmela nos ha vendido, es preciso que se la castigue.

—¡Bien dicho, Bernardo! exclamó Ruperto dando un puñetazo sobre la mesa; justamente somos los suficientes para pronunciar la sentencia.

—¡Dios mío! gritó Carmela desembarazándose con viveza de la presión del hombre que hasta entonces la había mantenido sujeta, ¡déjeme V.! ¡déjeme V.!

—¡Detenedla! exclamó Ruperto levantándose, pues de lo contrario va a suceder alguna desgracia.

Los tres hombres se precipitaron hacia la joven; esta, medio muerta de terror, hacía esfuerzos inútiles para abrir la puerta de la venta y escaparse.

Pero de improviso, en el momento en que los tres hombres ponían sus rudas y callosas manos sobre los hombros blancos y delicados de Carmela, la puerta de la venta, que en vano procuraba abrir, se abrió de par en par, y en sus umbrales apareció un hombre.