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Los Merodeadores de Fronteras

Chapter 56: XXVI.
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About This Book

The narrative opens amid vast North American forests being cleared by westward settlement and follows a vigorous young hunter as he moves through rivers, swamps, and wooded canopies. Episodes of tracking, shooting, and swift canoe travel alternate with rich natural description, while encounters on the frontier underline the displacement and suffering of Indigenous communities. The text pairs adventure and pursuit with contemplative passages about progress, conflict, and survival, presenting an episodic account of frontier life that oscillates between action scenes and moral observation.

—¡Oh! No lo crea V., dijo el fraile con un gesto negativo.

—¡Basta! repuso el Desollador interrumpiéndole con rudeza; piensa en ti que tus enemigos llegan.

De un salto se puso en la silla, hizo dar una vuelta a su caballo y se emboscó detrás del tronco enorme de un roble.

Fray Antonio, estimulado por la aproximación del peligro, cogió con viveza su rifle y se colocó también detrás del árbol.

En el mismo instante se oyó en los matorrales un crujido muy fuerte, se apartaron las ramas y aparecieron unos quince hombres: eran guerreros apaches, y en medio de ellos se hallaban el Zorro-Azul, John Davis y su compañero.

El Zorro-Azul, aunque nunca se había encontrado frente a frente con el Desollador-Blanco, había oído hablar de él muchas veces, tanto a los indios como a los cazadores. Por eso cuando le oyó pronunciar su nombre, una angustia inexplicable le oprimió el corazón recordando todas las crueldades de que sus hermanos habían sido víctimas por parte de aquel hombre, y se le ocurrió el pensamiento de apoderarse de él. Se apresuró a hacer la señal convenida con los cazadores, y lanzándose por entre los jarales con esa velocidad singular que caracteriza a los indios, fue al sitio que le aguardaban sus guerreros y les mandó que le siguiesen; al volver atrás encontró a los dos cazadores, quienes habían oído su señal y acudían a auxiliarle.

En breves palabras les enteró el Zorro-Azul de lo que pasaba: para ser verídicos nos vemos obligados a confesar que esta confidencia, lejos de excitar el ánimo de los guerreros y los cazadores, calmó de una manera singular su ardor, revelándoles que iban a exponerse a un peligro terrible luchando con un hombre tanto más de temer cuanto que ninguna arma podía herirle, y que los que hasta entonces se habían atrevido a atacarle, habían sido víctimas de su temeridad.

Sin embargo, era demasiado tarde para retroceder, ya no había posibilidad de fugarse, y los guerreros, aunque de mala gana, se decidieron a avanzar.

En cuanto a los dos cazadores, si bien no compartían por completo la ciega credulidad y los temores supersticiosos de sus compañeros, aquella lucha estaba muy lejos de agradarles. Sin embargo, contenidos por la vergüenza de abandonar a unos hombres a quienes se juzgaban muy superiores en inteligencia y aún en valor, se decidieron a seguirlos.

—¡Señor! exclamó el fraile con voz lamentable cuando vio aparecer a los indios, ¡no me abandone V.!

—No, si no te abandonas a ti mismo, perillán, respondió el Desollador.

Los apaches, cuando hubieron llegado al lindero del bosque, siguiendo su táctica habitual se guarecieron detrás de los troncos de los árboles, y tan bien lo hicieron que aquella explanada angosta en la que tantos hombres se disponían a empeñar un combate encarnizado parecía que se hallaba completamente desierto.

Hubo un momento de silencio y de vacilación.

El Desollador se decidió a ser el primero en hacer uso de la palabra y gritó:

—¡Eh! ¿Qué quieren VV. aquí?

El Zorro-Azul iba a contestar, pero John Davis se lo impidió, diciéndole:

—Déjeme V. a mí.

Separándose entonces del tronco del árbol que le guarecía, se adelantó resueltamente algunos pasos, y parándose hacia el centro de la explanada, dijo en voz alta y firme:

—¿Dónde está V., él que habla? ¿Teme V. darse a luz?

—Yo no temo nada, respondió el Desollador.

—Entonces déjese V. ver para que le conozcan, repuso John en tono de zumba.

El Desollador, tan luego como se vio interpelado de este modo, hizo saltar a su caballo y fue a parar a dos pasos del cazador, diciendo,

—Heme aquí: ¿qué me quiere V.?

Davis había dejado llegar el caballo sin hacer ningún movimiento para huir de él, y dijo.

—¡Eh! Tenía ganas de ver a V.

—¿Es eso todo lo que tenía V. que decirme? repuso el otro con tono brusco.

—¡Vamos! ¡Mucha prisa tiene V., que diablo! Déjenos siquiera tiempo suficiente para tomar resuello.

—Basta de chanzas que podrían costarle a V. caras; dígame en seguida cuáles son sus proposiciones, pues no tengo tiempo que perder en vanas palabras.

—¡Eh! ¿Cómo diablos sabe V. si tengo que hacerle proposiciones?

—A no ser por eso, ¿estaría V. aquí?

—¿Y esas proposiciones, sin duda las conocerá V.?

—Es muy posible.

—Entonces ¿qué respuesta me da V.?

—Ninguna.

—¿Cómo, ninguna?

—Prefiero pelear con VV.

—¡Oh! ¡Oh! ¡Rudo trabajo es el que se prepara V. ahí! ¿Sabe V. que somos dieciocho?

—Me importa muy poco el número. Aunque fuesen VV. ciento me batiría lo mismo.

—¡Vive Dios! Por lo singular del hecho me gustaría ver ese combate de un hombre solo contra veinte.

—No será muy largo.

Y al decir el Desollador estas palabras, hizo que su caballo retrocediese algunos pasos.

—Aguarde V. un momento, ¡qué diablo! dijo el cazador con viveza, déjeme V. decirle una palabra.

—Dígala V.

—¿Quiere V. rendirse?

—¿Cómo? ¿Qué es eso?

—Le pregunto a V si quiere rendirse.

—¡Vamos! ¡Está V. loco! repuso el Desollador con acento burlón. Rendirme, ¡yo! V. será quien pedirá cuartel muy pronto.

—No lo creo, ¡vive Cristo! Aún cuando hubiese V. de matarme.

—Vamos, vuélvase V. pronto a su escondite, dijo el Desollador encogiéndose de hombros; no quiero matarle a V. sin defensa.

—Pues Señor, tanto peor para V., dijo el cazador; le he advertido lealmente, y ahora me lavo las manos, salga V. de su apuro como pueda.

—Gracias, repuso enérgicamente el Desollador, pero aún no me encuentro en el extremo de apuro que V. supone.

John Davis se contentó con encogerse de hombros sin dar más respuesta, y se volvió a guarecer detrás del árbol, caminando con lento paso y silbando el Yankee Doodle.

El Desollador no le había imitado: aunque sabía por demás que numerosos enemigos le rodeaban y vigilaban sus movimientos, permaneció inmóvil y firme en medio de la explanada.

—¡Hola! gritó con voz burlona, valerosos Apaches que os ocultáis como conejos en las madrigueras, ¿será preciso que vaya yo a buscaros para decidiros a daros a luz? Vamos, venid, si no queréis que crea que sois unas viejas charlatanas y cobardes.

Estas palabras insultantes llevaron a su colmo la exasperación de los guerreros Apaches, quienes respondieron con un prolongado grito de furor.

—¿Dejarán mis hermanos por más tiempo que un solo hombre se esté burlando de nosotros? exclamó el Zorro-Azul. Nuestra cobardía constituye su fuerza. Precipitémonos con la rapidez del huracán sobre ese genio del mal: no podrá resistir al choque de tantos guerreros afamados. ¡Adelante, hermanos! ¡Adelante! Sea nuestro el honor de haber vencido al enemigo implacable de nuestra raza.

Y el valiente jefe, lanzando su grito de guerra que fue repetido por sus compañeros, se precipitó hacia el Desollador blandiendo resueltamente su rifle por encima de su cabeza; todos los guerreros le siguieron.

El Desollador les aguardó sin cejar, pero tan luego como los vio a su alcance, recogiendo las riendas y oprimiendo las rodillas hizo saltar al noble animal en medio de los indios, y cogiendo su rifle por el cañón y sirviéndose de él como de una maza, comenzó a pegar a derecha e izquierda con un vigor y una rapidez que tenían algo de sobrenatural.

Entonces comenzó una pelea espantosa; los indios se encarnizaban contra aquel hombre que, como jinete hábil, hacía dar a su caballo las vueltas y los giros más imprevistos, y por la rapidez de sus movimientos impedía que agarrasen la brida y le parasen.

Los dos cazadores aguardaron al pronto con el arma descansada, convencidos de que era imposible que un solo hombre pudiese, no ya luchar, sino tan siquiera resistir dos minutos a unos enemigos tan numerosos y tan valientes; pero muy luego conocieron con suma sorpresa que se habían equivocado: ya varios indios yacían tendidos en el suelo con el cráneo partido por la terrible maza del Desollador, que no desperdiciaba un solo golpe.

Los cazadores comenzaron entonces a variar de opinión acerca del resultado de la lucha y quisieron acudir al auxilio de sus compañeros; pero sus rifles les eran inútiles en el continuo movimiento del combate cuyo terreno variaba a cada instante, sus balas hubieran podido equivocarse fácilmente y herir a un amigo en vez del enemigo a quien querían derribar; entonces tiraron sus rifles, desenvainaron sus cuchillos y se lanzaron al auxilio de los Apaches, que comenzaban a flaquear.

El Zorro-Azul, peligrosamente herido, estaba tendido en el suelo sin sentido; los guerreros que aún se hallaban sanos comenzaban a pensar en la retirada y a dirigir miradas ansiosas detrás de sí.

El Desollador seguía batiéndose con la misma furia, burlándose de sus enemigos e insultándolos; su brazo se levantaba y se bajaba sin cesar.

—¡Ah! ¡Ah! exclamó al ver a los dos cazadores, ¿quieren VV. su parte? ¡Vengan, vengan acá!

Éstos no se lo hicieron repetir y se precipitaron ciegos sobre él; pero en mala hora lo hicieron: John Davis recibió un golpe con el pecho del caballo que le hizo ir rodando por el suelo a más de veinte pasos de distancia, donde quedó tendido; en el mismo instante su compañero caía con el cráneo roto y expiraba sin proferir ni una queja.

Esta última peripecia dio el golpe de gracia a los indios, que, no pudiendo resistir ya el espanto que les inspiraba aquel hombre extraordinario, comenzaron a huir en todas direcciones lanzando aullidos de terror.

El Desollador dirigió a la ensangrentada plazoleta, en la que había unos diez cuerpos tendidos, una mirada de triunfo y de odio satisfecho, y lanzando su caballo hacia adelante alcanzó a uno de los fugitivos, le levantó agarrándole por la cabellera, se le puso atravesado sobre el arzón de su silla, y desapareció en el bosque profiriendo un grito horrible.

Ya no quedaban en la plazoleta del bosque más que diez o doce cuerpos tendidos en el suelo, de ellos solo dos o tres vivían aún, y los demás no eran sino cadáveres.

También esta vez el Desollador-Blanco se había abierto paso de una manera sangrienta.

En cuanto a fray Antonio, tan luego como vio empeñado el combate juzgó inútil aguardar su resultado; aprovechó juiciosamente la ocasión, y deslizándose con suavidad de árbol en árbol, llevó a cabo una retirada muy bien entendida y huyó.


XXIV.

DESPUÉS DEL COMBATE.


Durante cerca de media hora, un silencio mortal reinó en la explanada que, a consecuencia del combate que hemos descrito en el capítulo anterior, ofrecía el aspecto más triste y lúgubre que puede imaginarse.

Sin embargo, John Davis, que en realidad no había recibido herida alguna, puesto que su caída fue ocasionada tan solo por el choque del poderoso caballo del Desollador, abrió los ojos y dirigió en torno suyo una mirada sorprendida; la caída había sido bastante violenta para causarle graves contusiones y sepultarle en un desmayo profundo; por eso el americano, al volver en sí, muy aturdido todavía, no recordó en el primer momento nada de lo que había pasado, y se puso a reflexionar muy seriamente cómo, era que se hallaba en aquella postura singular.

Sin embargo, poco a poco se fueron aclarando sus ideas y se acordó de aquella lucha extraordinaria y desproporcionada de un hombre solo contra veinte, lucha de la cual salió victorioso el Desollador después de haber muerto o puesto en fuga a sus agresores.

—¡Eh! murmuró, quien quiera que sea ese individuo, hombre o demonio, ¡vive Dios que es un mozo muy templado!

Se levantó con alguna dificultad, tentándose con cuidado sus miembros doloridos; luego, cuando se hubo cerciorado de que no tenía lesión alguna, repuso con evidente satisfacción:

—A Dios gracias, he salido mejor de lo que me hubiera atrevido a suponer después de la manera en que fui derribado.

En seguida, dirigiendo una mirada de compasión a su compañero tendido cerca de él, añadió:

—¡Ese pobre Sam no ha sido tan feliz como yo! Han concluido sus correrías. ¡Qué rudo golpe ha recibido! ¡Bah! exclamó con esa filosofía egoísta del desierto, todos somos mortales y a cada cual le toca su vez. Hoy él, mañana yo; así va el mundo.

Entonces, apoyado en su rifle, porque todavía le costaba algún trabajo moverse, anduvo algunos pasos por la explanada, tanto para desentumecer sus miembros, como para cerciorarse, por medio de una experiencia postrera, de que se hallaba en buen estado.

Al cabo de algunos momentos de un ejercicio que restableció la circulación de la sangre y la elasticidad de las articulaciones, completamente tranquilizado ya respecto de sí mismo, se le ocurrió la idea de ver si entre los cuerpos tendidos en el suelo en torno suyo, habría algunos que respirasen aún.

—No son más que indios, murmuró, pero en último resultado son hombres; aunque se hallen casi privados de razón, la humanidad me impone el deber de socorrerlos, sobre todo ahora que mi situación no es nada agradable, y si logro salvar a algunos de ellos, su conocimiento del desierto podrá serme de suma utilidad.

Esta última consideración le decidió a auxiliar a unos hombres a quienes, a no ser por eso, según toda probabilidad, habría dejado abandonados por completo a su suerte, es decir, entregados a los dientes de las fieras que, en cuanto llegase la noche, atraídas por el olor de la sangre, no habrían dejado de acudir a devorarlos.

Ahora es deber nuestro hacer al egoísta ciudadano de los Estados Unidos la justicia de decir que, tan luego como hubo adoptado aquella determinación, cumplió con sagacidad y conciencia el deber que se había impuesto, empresa fácil para él, en último resultado, porque los numerosos oficios que había ejercido durante el curso de su azarosa existencia, le habían hecho adquirir una experiencia y unos conocimientos médicos, que le ponían en el caso de prodigar a los heridos los cuidados que su estado reclamaba.

Desgraciadamente la mayor parte de los individuos a quienes examinó habían recibido heridas tan graves, que hacía mucho tiempo ya que se hallaban sin vida, y todo socorro era inútil.

—¡Diablo! ¡Diablo! murmuraba el americano cada vez que se encontraba con un cadáver, ¡estos pobres salvajes han sido muertos de mano maestra! Al menos no han padecido mucho tiempo, porque con estas heridas espantosas han debido entregar su alma al Creador casi instantáneamente.

Así llegó hasta el sitio en que yacía el cuerpo del Zorro-Azul; una ancha herida se abría en su pecho.

—¡Ah! He aquí al digno jefe, repuso; ¡vaya una herida! Veamos si también él está muerto.

Se inclinó sobre el cuerpo inmóvil y puso la bruñida hoja de su cuchillo delante de la boca del indio.

—No rebulle, continuó diciendo con tono de desaliento, y creo que me costará trabajo sacarlo del estado en que se encuentra.

Sin embargo, al cabo de algunos instantes, miró a la hoja de su cuchillo y vio que estaba levemente empañada.

—Vamos, aún no está muerto, y mientras el alma se halla agarrada al cuerpo, todavía hay esperanza. Probemos.

Después de decir estas palabras, John Davis llenó de agua su sombrero, le echó algunas gotas de aguardiente y comenzó a lavar cuidadosamente la herida; cuando hubo hecho esto, la sondeó y vio que era poco profunda; según toda probabilidad, la pérdida de sangre era la que había producido el desmayo. Tranquilizado por esta reflexión muy acertada, machacó entre dos piedras algunas hojas de orégano, hizo una especie de cataplasma, la aplicó a la herida y la vendó sólidamente por medio de una tira de corteza de árbol; en seguida, entreabriendo con la hoja de su cuchillo los dientes del indio, introdujo en su boca el cuello de su calabaza y le hizo beber un gran trago de aguardiente.

El buen éxito coronó casi al instante los esfuerzos del americano, porque el jefe lanzó un suspiro profundo y abrió los ojos casi inmediatamente.

—¡Bravo! exclamó John gozoso por el resultado inesperado que había obtenido. Ánimo, jefe, que está V. salvado. ¡Vive Dios! ¡Bien puede V. alabarse de haberse librado en una tabla!

Durante algunos minutos el indio permaneció como atontado, dirigiendo en torno suyo miradas de asombro, sin conocer la situación en que se encontraba ni los objetos que le rodeaban.

John le examinaba con sumo cuidado, dispuesto a auxiliarle si llegaba a necesitarlo de nuevo, pero no fue preciso. Poco a poco pareció que el piel roja se reanimaba; sus ojos perdieron la expresión de extravío que tenían. Se incorporó, y pasándose la mano por la frente bañada en frío sudor, dijo:

—¿Ha concluido ya el combate?

—Sí, respondió John, porque nuestra derrota es completa. ¡Bonita idea fue la que se nos ocurrió de apoderarnos de ese demonio!

—Según eso, ¿se ha escapado?

—Sí por cierto, y sin ninguna herida, después de dar muerte a diez guerreros de los de V., por lo menos, y partir el cráneo hasta los hombros a mi pobre compañero Sam.

—¡Oh! murmuró sordamente el indio, ¡eso no es un hombre, es el espíritu del mal!

—Que sea lo que quiera, ¡voto al diablo! exclamó John enérgicamente, yo no he de quedarme con la duda, porque espero que algún día he de volver a encontrarme con ese demonio.

—¡Que el Wacondah libre a mi hermano de ese encuentro, porque el demonio le mataría!

—Puede ser; por cierto que si no lo ha hecho hoy, no ha sido por culpa suya; pero ¡que se ande con cuidado! Quizás algún día nos encontraremos frente a frente, con armas iguales, y entonces...

—¿Qué le importan a él las armas? ¿No ha visto V. que nada pueden hacerle y que su cuerpo es invulnerable?

—¡Eh! Es muy posible. Pero por ahora dejemos eso para cuidarnos de asuntos que nos atañen más de cerca. ¿Cómo se encuentra V.?

—Mejor, mucho mejor, el remedio que me ha aplicado V. me ha hecho mucho bien. Siento un bienestar indecible.

—Tanto mejor; ahora procure V. descansar dos o tres horas mientras yo velo su sueño, y luego discurriremos los medios para salir del mal paso en que nos hemos metido.

El piel roja se sonrió al oír estas palabras y dijo:

—El Zorro-Azul no es una vieja cobarde a quien un dolor de muelas o de oídos le incapacita de moverse.

—Ya sé que es V. un guerrero valiente, jefe; pero la naturaleza tiene sus límites de los cuales no puede pasar; y por grandes que sean el valor y la voluntad de V., la hemorragia abundante que le ha ocasionado su herida debe haberle reducido a una debilidad extremada.

—Doy gracias a mi hermano, esas palabras son las de un amigo; pero el Zorro-Azul es un sachem en su nación, y solo la muerte debe dejarle inmóvil. Juzgue mi hermano la debilidad del jefe.

El indio, al pronunciar estas palabras, hizo un esfuerzo supremo; resistiéndose al dolor, con esa energía y ese desprecio al sufrimiento que caracterizan a la raza roja, consiguió levantarse, y no solo se mantuvo firme sobre sus pies, sino que anduvo algunos pasos sin auxilio ajeno y sin que en su rostro se revelase la más leve emoción.

El americano le miraba con profunda admiración; él, que con justa razón disfrutaba cierta nombradía de valiente, no podía imaginar que fuese posible llevar tan lejos el triunfo de la fuerza moral sobre la fuerza física.

El indio se sonrió con orgullo al leer en los ojos del americano la sorpresa que le causaba su acción.

—¿Sigue creyendo mi hermano que el Zorro-Azul esté tan débil? le preguntó.

—¡En verdad, jefe, que ya no sé qué pensar! Lo que le veo a V. hacer, me confunde; me hallo dispuesto a suponerle capaz de ejecutar las cosas más imposibles.

—Los jefes de mi nación son guerreros afamados que se ríen del dolor, y para quienes no existe el sufrimiento, dijo el piel roja con orgullo.

—Me hallo inclinado a creerlo así, según el modo de proceder de V.

—Mi hermano es un hombre, me ha comprendido. Examinaremos juntos a los guerreros tendidos en el suelo, y después pensaremos en nosotros.

—En cuanto a sus pobres compañeros, jefe, me veo obligado a confesarle que ya no tenemos que cuidarnos de ellos, pues todo auxilio les sería inútil: están muertos.

—¡Bueno! Han sucumbido noblemente peleando. El Wacondah les recibirá en su seno y les hará cazar con él en las praderas bienaventuradas.

—¡Amén!

—Ahora, ante todo, terminemos el asunto de que habíamos comenzado a hablar esta mañana y que fue interrumpido tan fortuitamente.

John Davis, no obstante su hábito de la vida del desierto, estaba confundido al ver la sangre fría de aquel hombre que, habiéndose librado milagrosamente de la muerte, sufriendo el dolor producido por una herida espantosa, y haciendo apenas algunos minutos que había recobrado el uso de sus facultades intelectuales, parecía que ya no pensaba en lo que había ocurrido, no consideraba los sucesos de que estuvo próximo a ser víctima sino como accidentes muy naturales de la existencia que llevaba, y con la más entera libertad de ánimo proseguía una conversación interrumpida por un combate terrible, tomándola precisamente en el punto en que la había dejado. Era porque el americano, no obstante lo mucho que hasta entonces había frecuentado el trato de los pieles rojas, nunca se había tomado el trabajo de estudiar seriamente su carácter, pues se hallaba persuadido, como la mayor parte de los blancos, de que los indios son seres casi desprovistos de inteligencia, y de que la vida que llevan les rebaja casi hasta el nivel de los animales, mientras que, por el contrario, esa vida de libertad y de riesgos incesantes hace que el peligro les sea tan familiar que han llegado a despreciarle y a no concederle sino una importancia muy secundaria.

—Corriente, dijo al cabo de un instante, puesto que V. lo desea, jefe, le trasmitiré el mensaje que me han confiado.

—Siéntese mi hermano a mi lado.

El americano se sentó en el suelo junto al jefe, no sin cierta preocupación por motivo del aislamiento en que se encontraba en aquel campo de batalla sembrado de cadáveres; pero el indio parecía tan sereno y tan tranquilo que a John Davis le dio vergüenza mostrar su inquietud; y fingiendo una indiferencia que se hallaba muy lejos de su corazón, tomó la palabra en estos términos:

—Soy enviado cerca de mi hermano por un gran guerrero de los rostros pálidos.

—Le conozco: se llama el Jaguar. Su brazo es fuerte y su ojo brilla como el del animal cuyo nombre lleva.

—Bien. El Jaguar desea enterrar el hacha entre sus guerreros y los de mi hermano a fin de que la paz los reúna y que, en vez de pelear, unos contra otros, persigan a los bisontes en los mismos territorios de caza y se venguen de sus enemigos comunes. ¿Qué respuesta llevaré al Jaguar?

El indio permaneció silencioso durante mucho tiempo; al fin levantó la cabeza y dijo:

—Abra mi hermano los oídos: un sachem va a hablar.

—Ya escucho, respondió el americano.

El jefe repuso:

—Las palabras que sopla mi pecho son sinceras, el Wacondah me las inspira; los rostros pálidos, desde que fueron traídos por el genio del mal en sus grandes barcas-medicinas a las tierras de mis padres, siempre han sido enemigos encarnizados de los hombres rojos, invadiendo sus territorios de caza más ricos y fértiles, persiguiéndolos como fieras en cuantas partes los encontraban, incendiando sus callis (aldeas) y dispersando los huesos de sus antepasados a los cuatro vientos del cielo. ¿No ha sido esa la conducta observada constantemente por los rostros pálidos? Responda mi hermano.

—¡Eh! dijo el americano con cierto embarazo, no puedo negar, jefe, que hay algo de verdad en lo que V. dice; sin embargo, no todos los hombres de mi color se han portado mal con los pieles rojas; muchos han procurado hacerles bien.

—¡Ooah! Dos o tres todo lo más; pero eso no hace sino probar lo que yo digo. Vengamos ahora a la cuestión que nos proponemos discutir.

—Sí, creo que será lo mejor, respondió el americano muy contento interiormente, por no tener que sostener una discusión en la que sabía que no había de llevar la mejor parte.

—Mi nación aborrece a los rostros pálidos, repuso el jefe; el cóndor no hace su nido con el mawkawis, y el oso gris no acompaña al antílope; yo mismo profeso a los rostros pálidos un odio instintivo. Así pues, esta mañana hubiera yo rechazado perentoriamente las proposiciones del Jaguar: ¿qué nos importan a nosotros las guerras que los rostros pálidos sostienen entre sí? Cuando los coyotes se devoran unos a otros, los gamos se regocijan; es para nosotros una alegría el ver a nuestros opresores destrozarse recíprocamente. En los momentos presentes, aunque mi odio continúa igualmente vivo, debo encerrarlo en el fondo de mi corazón. Mi hermano me ha salvado la vida, me ha socorrido cuando yo me hallaba tendido en el suelo exánime y el genio del mal se cernía sobre mi cabeza; la ingratitud es un vicio blanco, el agradecimiento es una virtud roja. Desde hoy mismo queda enterrada el hacha entre el Jaguar y el Zorro-Azul por el espacio de cinco lunas consecutivas. Durante esas cinco lunas, los enemigos del Jaguar lo serán también del Zorro-Azul; los dos jefes pelearán uno junto al otro como dos hermanos queridos; dentro de tres soles, el sachem se reunirá con el jefe pálido a la cabeza de quinientos guerreros afamados, cuyos talones están adornados con numerosas colas de coyotes, y que forman la parte más escogida de la nación. ¿Qué hará el Jaguar por el Zorro-Azul y por sus guerreros?

—El Jaguar es un jefe generoso; si bien es terrible para con sus enemigos, su mano está siempre abierta para sus amigos; cada guerrero apache recibirá un rifle, cien cargas de pólvora y un cuchillo de desollar cráneos. El sachem, además de estos regalos, recibirá dos pieles de vicuña llenas de agua de fuego.

—¡Ooah! exclamó el jefe con marcada satisfacción, mi hermano ha hablado bien, el Jaguar es un jefe generoso. He aquí mi tótem en señal de alianza, así como mi pluma de mando.

Al decir esto, el jefe sacó de su morral o saco de medicina, que llevaba colgado de los hombros, un pedazo cuadrado de pergamino, en el cual se veía toscamente trazado el tótem o animal emblema de la tribu, se lo entregó al americano, que lo guardó en seguida, y luego, quitándose la pluma de águila hincada en su moño de guerra, se la dio también.

—Doy gracias a mi hermano el sachem, dijo entonces John Davis, porque ha accedido a mi proposición, y no se arrepentirá de haberlo hecho.

—Un jefe ha dado su palabra. Pero ya prolonga el sol las sombras de los árboles; el mawkawis hará resonar muy pronto su canto de la noche; ha llegado la hora de tributar los últimos honores a los guerreros que han muerto, y de separarnos para ir a incorporarnos con nuestros amigos respectivos.

—A pie, según estamos, me parece que eso será bastante difícil, observó John.

El indio se sonrió y dijo:

—Los guerreros del Zorro-Azul velan por él.

En efecto, apenas hubo hecho el jefe por dos veces una seña particular, cuando unos cincuenta guerreros apaches invadieron la explanada y fueron a formarse silenciosos en torno suyo.

Los fugitivos que consiguieron librarse del temible brazo del Desollador-Blanco tardaron muy poco en reunirse; regresaron al campamento y dieron a sus compañeros la noticia de la derrota sufrida; entonces se envió un destacamento de jinetes, mandado por un jefe subalterno, a buscar al sachem; pero estos jinetes, viendo al Zorro-Azul en conferencia con un rostro pálido, permanecieron en la espesura aguardando con paciencia a que quisiese llamarlos.

El sachem mandó enterrar los muertos. Entonces comenzó la ceremonia de los funerales, ceremonia que las circunstancias exigían se apresurase algún tanto.

Los cadáveres fueron lavados cuidadosamente y envueltos en mantos nuevos de piel de bisonte; en seguida se los colocó sentados en unas zanjas abiertas para cada uno de ellos, con sus armas, los frenos de sus caballos y víveres, a fin de que de nada careciesen durante su viaje hasta las praderas bienaventuradas, y que cuando llegasen junto al Wacondah, pudiesen inmediatamente montar a caballo y cazar.

Cuando se hubieron verificado estas diferentes ceremonias, se llenaron las zanjas y encima se colocaron piedras voluminosas para que las fieras no pudiesen desenterrar los cadáveres y devorarlos.

El sol se hallaba próximo a desaparecer en el horizonte cuando los Apaches concluyeron por fin de tributar los últimos honores a sus hermanos. El Zorro-Azul se acercó entonces al cazador, que hasta aquel momento había permanecido como espectador, si no indiferente, al menos impasible, de la ceremonia, y le dijo:

—¿Va a volver mi hermano junto a los guerreros de su nación?

—Sí, respondió lacónicamente el americano.

—El rostro pálido ha perdido su caballo: que monte en el mustang que le ofrece el Zorro-Azul, y antes de dos horas se hallará de regreso entre los suyos.

John Davis aceptó con gratitud el regalo que tan generosamente le ofrecían, montó en seguida a caballo, y después de despedirse de los indios, se separó de ellos y se alejó con rapidez.

Los Apaches, por su parte, a una señal del jefe se internaron en el bosque, y la explanada en que habían acontecido tan terribles sucesos volvió a quedar sumida en la soledad y en el silencio.


XXV.

UNA EXPLICACIÓN.


El Jaguar, como todos los hombres cuya existencia trascurre en su mayor parte en el desierto, se hallaba dotado de una prudencia excesiva unida a una circunspección extremada.

Aunque era muy joven todavía, su vida se había hallado mezclada con tan singulares peripecias, había sido actor en escenas tan extraordinarias que desde muy temprano se había acostumbrado a encerrar sus emociones en su corazón y a conservar en su semblante, viera o experimentara lo que quisiera, esa impasibilidad marmórea que caracteriza a los indios, y que estos han convertido en una arma temible contra sus enemigos.

Al oír resonar de improviso en su oído la voz de Tranquilo, el joven sintió que un estremecimiento interior agitaba todo su cuerpo, frunció el entrecejo, y se preguntó a sí mismo mentalmente cómo sería que el cazador le iba a perseguir así hasta en su campamento, y qué razón bastante poderosa le impulsaría a obrar en tal manera, tanto más cuanto que sus relaciones con el canadiense, sujetas a frecuentes intermitencias, se hallaban en aquel momento en términos, si no del todo hostiles, al menos muy lejos de ser amistosos.

Sin embargo, el Jaguar, en cuyo corazón el sentimiento del honor hablaba siempre muy alto, y a quien el paso dado para con él por un hombre del valor de Tranquilo halagaba mucho más de lo que aparentaba, ocultó la preocupación que le agitaba, y se adelantó presuroso y con la sonrisa en los labios al encuentro del cazador.

Éste no iba solo: le acompañaba Corazón Leal.

El aspecto del canadiense, sin ser altanero, era reservado; sus modales eran fríos y su semblante estaba velado por una nube de tristeza.

—Sea V. muy bienvenido en mi campamento, cazador, le dijo amistosamente el Jaguar tendiéndole la mano.

—Gracias, respondió lacónicamente el canadiense sin tocar la mano que le presentaban.

—Me alegro mucho de ver a V., repuso el joven sin formalizarse. ¿Qué casualidad le ha traído hacia esta parte?

—Mi compañero y yo estamos de caza hace mucho tiempo; nos abruma el cansancio; el humo del campamento de V. nos ha atraído aquí.

El Jaguar fingió creer que aceptaba aquella derrota torpemente imaginada por un hombre que se lisonjeaba con razón de ser uno de los cazadores más robustos del desierto.

—Venga V., pues, a ocupar un puesto junto al fuego de mi tienda, y sírvase considerar como suyo cuanto hay aquí, obrando en consecuencia.

El canadiense se inclinó sin responder, y con Corazón Leal siguió al Jaguar, que les precedía y guiaba por las revueltas del campamento.

Cuando hubieron llegado junto a la hoguera, el joven echó en ella algunos brazados de leña seca, los cazadores se sentaron sobre unos cráneos de bisonte colocados allí a manera de escaños, y luego, sin romper el silencio, llenaron sus pipas y se pusieron a fumar.

El Jaguar les imitó.

Los blancos que recorren las praderas y cuya vida trascurre cazando por aquellas vastas soledades, han contraído, casi sin apercibirse de ello, la mayor parte de los hábitos y costumbres de los pieles rojas, con quienes de continuo les ponen en contacto las exigencias de su posición.

Hay una cosa digna denotarse, y es la tendencia que tienen los hombres civilizados a volver a la vida salvaje, la facilidad con que los cazadores, nacidos en su mayor parte en grandes centros de población, olvidan sus cómodos hábitos, abandonan las costumbres de las ciudades y renuncian a los usos con arreglo a los cuales se han manejado durante la primera parte de su vida, para adoptar los usos y aún las costumbres de los pieles rojas.

Muchos de los cazadores llevan tan lejos esta especie de manía que la mayor lisonja que se les puede hacer es fingir que se les toma por guerreros indios.

Debemos confesar que, en contraposición de esto, los pieles rojas no desean en manera alguna nuestra civilización, de la cual se cuidan muy poco, y que aquellos a quienes, la casualidad o algún motivo comercial conducen a las ciudades populosas como Nueva York o Nueva Orleans, lejos de mostrarse maravillados por lo que ven, dirigen en torno suyo miradas de compasión, sin comprender que haya hombres que consientan gustosos en encerrarse en una especie de jaulas ahumadas que denominan casas, y en gastar su vida en trabajos ingratos, en vez de irse a vivir al aire libre en soledades extensas, cazando los bisontes, los osos y los jaguares bajo la mirada de Dios.

¿Se equivocan por completo los salvajes al pensar así?

¿Es falso su raciocinio?

No lo creemos.

La vida del desierto, para el hombre cuyo corazón está todavía bastante abierto para comprender sus conmovedoras peripecias, tiene encantos embriagadores que solo allí se sienten, y que la existencia matemáticamente sujeta de las ciudades no puede hacer olvidar en manera alguna si se llega a disfrutarlos una sola vez.

Con arreglo a los principios de la etiqueta india, muy estricta en materias de urbanidad, ninguna pregunta debe dirigirse a los forasteros que se sientan en el hogar del campamento mientras no entablan ellos mismos la conversación.

Bajo la choza del indio, un huésped es considerado como si le enviase el Gran Espíritu; es sagrado para aquél a quien visita durante todo el tiempo que guste permanecer junto a él, aún cuando fuese su enemigo mortal.

El Jaguar, muy enterado de las costumbres de los pieles rojas, permaneció sentado silenciosamente junto a sus huéspedes, fumando, reflexionando y aguardando con paciencia a que tuviesen a bien hacer uso de la palabra.

Por fin, después de un espacio de tiempo bastante largo, Tranquilo sacudió sobre la uña del dedo pulgar de su mano derecha la ceniza de su pipa, y volviéndose hacia el joven, le dijo:

—No me aguardaba V., ¿verdad?

—En efecto, respondió el Jaguar. Sin embargo, crea que su visita, no por ser inesperada, me es menos agradable.

El cazador arqueó los labios de una manera singular, y contestando más bien a su pensamiento que a las palabras del Jaguar, murmuró:

—¿Quién sabe? Quizás sí y quizás no. El corazón del hombre es un libro indescifrable, en el cual solo los locos son los que creen que pueden leer.

—No sucede así con el mío, cazador: le conoce V. lo bastante para saberlo.

El canadiense movió la cabeza y repuso:

—Es V. joven todavía; ese corazón de que me habla, hasta para V. mismo es desconocido: en el corto periodo de existencia que hasta hoy cuenta, el viento de las pasiones no ha soplado todavía sobre V., y no le ha doblegado bajo su presión potente. Para responder con esa seguridad, aguarde V. a haber amado y sufrido; entonces, si ha sostenido V. valerosamente el choque, si ha resistido al huracán de la juventud, le será lícito llevar erguida la frente.

Estas palabras fueron pronunciadas con acento severo; pero, sin embargo, no revelaban la más leve amargura.

—Se muestra V. duro hoy para conmigo, Tranquilo, respondió el joven con tristeza. ¿En qué puedo haber desmerecido a los ojos de V.? ¿Qué acto reprensible he cometido?

—Ninguno, al menos me complazco en creerlo así; pero temo que muy pronto...

Se detuvo y movió dolorosamente la cabeza.

—¡Acabe V.! exclamó el Jaguar con vehemencia.

—¿Para qué? repuso Tranquilo. ¿Quién soy yo para imponer a V. una moral que sin duda despreciaría, y unos consejos que serían mal recibidos? Más vale guardar silencio.

—¡Tranquilo! respondió el joven con una emoción que no alcanzó a dominar, hace mucho tiempo que nos conocemos, y sabe V. la estimación y el respeto que le profeso; ¡hable V.! Sea lo que quiera lo que tenga V. que decir, por rudas que sean las reconvenciones que me dirija, ¡le juro a V. que le escucharé!

—¡Bah! Olvide V. lo que he dicho; he hecho mal en quererme mezclar en sus asuntos. En la pradera cada cual debe pensar tan solo en sí, y por lo tanto no hablemos más de ello.

El Jaguar le dirigió una mirada profunda, y respondió:

—¡Corriente! No hablemos más de ello.

Se levantó y dio algunos paseos con suma agitación; luego, volviendo bruscamente junto al cazador, le dijo:

—Dispénseme V. si no he pensado todavía en ofrecerle algún refresco; pero he aquí la hora del desayuno, y espero que V. y su compañero me harán el favor de compartir mi frugal almuerzo.

Y el Jaguar, mientras hablaba así, fijaba en el canadiense una mirada de singular expresión. Tranquilo vaciló un momento y al fin dijo:

—Esta mañana, al salir el sol, almorzamos mi compañero y yo algunos minutos antes de entrar en el campamento de V.

—¡Estaba seguro de ello! exclamó el joven con vehemencia. ¡Oh! ¡Oh! Ahora se han disipado ya mis dudas, cazador: ¡rehúsa V. aceptar el agua y la sal en mi hogar!

—¡Yo! Se equivoca V...

—¡Oh! repuso el Jaguar interrumpiéndole con violencia, nada de negativas, Tranquilo; no busque V. pretextos indignos de V. y de mí; ¡Cuerpo de Cristo! Es V. un hombre demasiado leal y sincero para no ser franco. Lo mismo que yo conoce V. la ley de las praderas: no se rompe el ayuno con un enemigo. Ahora, si le queda a V. en el fondo del alma un solo y mínimo resto de esos sentimientos de benevolencia que tuvo V. hacia mí en otra época, explíquese claramente sin ambages ni rodeos, ¡lo exijo!

El canadiense pareció que reflexionaba durante algunos instantes, y luego exclamó de improviso con resolución:

—A la verdad, tiene V. razón, Jaguar; más vale explicarnos como francos cazadores, que andar en raterías el uno con el otro como los pieles rojas, y luego ningún hombre es infalible: puedo engañarme lo mismo que cualquier otro, y bien sabe Dios que quisiera sucediese así.

—Le escucho a V., y le juro por mi honor que si las reconvenciones que V. me dirige son fundadas, lo confesaré.

—Bueno, dijo el cazador con tono más amistoso del que hasta entonces había empleado, habla V. como un hombre; pero acaso preferiría V. que nuestra conversación fuese reservada, añadió señalando a Corazón Leal, quien por discreción hacía el ademán de retirarse.

—Al contrario, respondió el Jaguar con viveza, ese cazador es amigo de V., espero que muy pronto lo será mío, y nada quiero tener oculto para él.

—Por mi parte, dijo Corazón Leal inclinándose, deseo ardientemente que la ligera nube que se ha interpuesto entre V. y Tranquilo se disipe cual el leve vapor que impulsa a lo lejos la brisa de la mañana, a fin de que así nos conozcamos mejor, y puesto que V. lo quiere, asistiré a la conferencia.

—Gracias, caballero. Ahora hable V., Tranquilo; estoy dispuesto a escuchar los cargos que, según dice, tiene que formular contra mí.

—Desgraciadamente, dijo Tranquilo, la vida singular que V. lleva desde su llegada a estas regiones se presta en sumo grado a las suposiciones más desfavorables; ha alistado V. bajo sus órdenes a una turba de gentes de mal vivir, merodeadores de fronteras, desterrados de la sociedad y que viven completamente fuera de la ley común de los pueblos civilizados.

—¿Pues qué, nosotros, hombres de los desiertos, habitantes de los bosques y cazadores de las fronteras, estamos obligados a sujetarnos a todas las mezquinas exigencias de las ciudades?

—Sí, hasta cierto punto; es decir, no nos es lícito ponernos en estado de abierta rebelión contra las instituciones de hombres que, a pesar de habernos separado de ellos, no por eso han dejado de ser hermanos nuestros, y a quienes continuamos perteneciendo por nuestro color, nuestra religión, nuestro nacimiento y los vínculos de familia que nos unen con ellos y que no hemos podido romper.

—Corriente, admito en cierta manera la exactitud del raciocinio de V.; pero suponiendo que los hombres que tengo bajo mi mando sean realmente bandidos, merodeadores de fronteras, como V. los llama, ¿sabe V. cuál es el móvil que les impulsa a obrar? ¿Puede V. formular contra ellos alguna acusación?

—Paciencia, que aún no he concluido.

—Pues entonces continúe V.

—Luego, además de esa partida de bandidos de la cual es V. el jefe ostensible, ha formado usted alianza con los pieles rojas, con los Apaches entre otros, que son los ladrones más descarados de la pradera; ¿es verdad, sí o no?

—Sí y no, amigo mío, pues la alianza que V. me echa en cara nunca ha existido hasta ahora; pero en esta misma mañana ha debido ser estipulada entre dos amigos míos y el Zorro-Azul, que es uno de los jefes apaches más afamados.

—¡Ah! He ahí una coincidencia desgraciada.

—¿Por qué?

—¿Sabe V. lo que han hecho en la pasada noche sus nuevos aliados?

—¿Cómo he de saberlo, si ignoro donde están, y ni siquiera he recibido todavía la noticia oficial del tratado ajustado con ellos?

—Pues bien, voy a decírselo a V.: han atacado la venta del Potrero y han robado cuanto en ella había.

Las oscuras pupilas del Jaguar lanzaron un relámpago de furor; se levantó de un salto, y cogiendo con mano convulsa su rifle, exclamó con voz estridente:

—¡Vive Dios! ¿De veras han hecho eso?

—Lo han hecho, y aún se supone que ha sido por instigación de V.

—El Jaguar se encogió de hombros con desdén, y dijo:

—¿Con qué objeto? Pero, y doña Carmela, ¿qué ha sido de ella?

—¡Se ha salvado, a Dios gracias!

El joven lanzó un suspiro de desahogo.

—¿Y ha creído V. tal infamia por parte mía? dijo en seguida en tono de reconvención.

—Ya no lo creo, respondió el cazador.

—¡Gracias! ¡Gracias! Pero, ¡vive Dios! juro a usted que esos demonios han de pagar muy caro el crimen que han cometido. Ahora continúe V.

—Desgraciadamente, si ha conseguido V. sincerarse de mi primer cargo, dudo que le sea posible hacer otro tanto respecto del segundo.

—No importa, dígalo V.

—Está en camino para Méjico una conducta de plata mandada por el capitán Melendez.

El joven se estremeció levemente y dijo con breve acento.

—Lo sé.

El cazador fijó en él una mirada interrogadora, y repuso con cierta vacilación:

—Se dice...

—Se dice, replicó el Jaguar interrumpiéndole con energía, que yo sigo el rastro de esa conducta de plata, y que cuando llegue el momento propicio, la atacaré al frente de mis bandidos, y me apoderaré del dinero, ¿no es cierto?

—Sí.

—Tienen razón, respondió fríamente el joven; esa es, en efecto, mi intención. ¿Qué más?

Al oír tan cínica respuesta, Tranquilo se estremeció de sorpresa y de indignación.

—¡Oh! exclamó con dolor, ¿con que es cierto lo que de V. se cuenta? ¿Es V. realmente un bandido?

El joven se sonrió con amargura, y dijo con voz sorda:

—¡Puede ser! Tranquilo, tiene V. doble edad que yo; su experiencia es grande: ¿por qué juzgar temerariamente fiado en apariencias?

—¡Cómo fiado en apariencias! ¿No lo ha confesado V. mismo?

—Sí, lo he confesado.

—¿Con que medita V. un robo?

—¡Un robo! exclamó el Jaguar ruborizándose lleno de indignación.

Pero serenándose en seguida, añadió:

—¡Es verdad! ¡Debe V. suponerlo así!

—¿Qué otro nombre puede darse a una acción tan infame? exclamó el cazador con violencia.

El Jaguar levantó la cabeza con viveza, como si hubiese tenido intención de responder; pero sus labios permanecieron mudos.

Tranquilo le miró un instante con cierta mezcla de compasión y de cariño; y luego, volviéndose hacia Corazón Leal, dijo:

—Venga V., amigo mío, que ya hemos permanecido demasiado tiempo aquí.

—¡Deténgase V.! exclamó el joven; no me condene V. así; ¡repito que V. ignora los motivos que me impulsan a obrar!

—Esos motivos, sean los que quieran, no pueden ser honrosos; no veo en ellos más que el asesinato y el robo.

—¡Oh! dijo el joven ocultando con dolor su rostro entre ambas manos.

—Vámonos, repuso Tranquilo.

Corazón Leal había examinado atenta y fríamente aquella escena singular.

—Aguarde V. un momento, dijo, y adelantándose algunos pasos, puso una mano sobre el hombro del Jaguar.

Éste levantó la cabeza, y le preguntó:

—¿Qué me quiere V.?

—Escuche V., caballero, respondió Corazón Leal con voz profunda; no sé por qué, pero un presentimiento secreto me dice que la conducta de V. no es infame, aunque todo induce a suponerlo, y que llegará un día en que le sea a V. lícito explicarla y disculparse a los ojos de todos.

—¡Oh! ¡Si me fuese posible hablar!

—¿Durante cuánto tiempo cree V. que se verá obligado todavía a guardar silencio?

—¿Qué sé yo? Eso depende de circunstancias independientes de mi voluntad.

—Según eso, ¿no puede V. fijar una época?

—Me es imposible: he hecho un juramento y debo cumplirle.

—Bien: prométame V. tan solo una cosa.

—¿Cuál es?

—El no atentar a la vida del capitán Melendez.

El Jaguar vaciló.

—¿Qué dice V.? repuso Corazón Leal.

—Que haré todo lo posible por librar su vida.

—¡Gracias! exclamó Corazón Leal.

En seguida, volviéndose hacia Tranquilo que permanecía inmóvil junto a él, le dijo:

—Vuelva V. a ocupar su asiento, hermano, y almuerce con el Jaguar sin escrúpulo alguno, pues yo respondo de él con mi cabeza. Si dentro de dos meses contados desde hoy, no le da a V. una explicación satisfactoria acerca de su conducta actual, yo, que no me hallo ligado por juramento alguno, revelaré a V. ese misterio que le parece inexplicable y que en efecto lo es.

El Jaguar se estremeció, lanzando a Corazón Leal una mirada penetrante, pero que se estrelló en el rostro plácidamente indiferente del cazador.

El canadiense vaciló algunos instantes; pero al fin volvió a ocupar su asiento delante del fuego murmurando:

—Corriente, ¡dentro de dos meses!

Y añadió mentalmente:

—Pero hasta entonces yo le vigilaré.


XXVI.

EL PARTE.


El capitán Melendez tenía prisa de atravesar el peligroso desfiladero junto al cual había hecho establecer el campamento. Sabía cuán grande era la responsabilidad con que había cargado al aceptar el mando de la escolta, y no quería que, si llegaba a suceder una desgracia, tuviesen que reconvenirle por incuria o descuido.

La suma que trasportaba la recua de mulas era importante. El gobierno de Méjico, que siempre estaba apurado para procurarse dinero, la aguardaba con impaciencia. No se le ocultaba al capitán que harían pesar desapiadadamente sobre él la responsabilidad de un ataque, y que sufriría todas sus consecuencias, fuera él que quisiera el resultado de un combate con los merodeadores de fronteras.

Por eso su inquietud y su ansiedad crecían por momentos; la infamia evidente de fray Antonio aumentaba más aún sus recelos, haciéndole sospechar una traición probable. Sin que le fuese posible adivinar por qué lado vendría el peligro, puede decirse que le sentía acercarse paso a paso, estrecharle por todas partes, y a cada momento aguardaba una explosión terrible.

Esta intuición secreta, este presentimiento providencial que desde el fondo de su corazón le gritaba que anduviese con cuidado, le ponía en un estado de sobreexcitación indescriptible, y le colocaba en una situación intolerable, de la cual quería salir a toda costa, prefiriendo ver por fin el peligro y combatirle frente a frente, a permanecer por más tiempo recelando en el vacío.

Por eso aumentó su vigilancia, examinando por sí mismo los alrededores del campamento, presenciando la operación de cargar las mulas que, atadas unas detrás de otras en forma de reata, en caso de una alarma debían ser colocadas en medio de los soldados más fieles y resueltos de la escolta.

Mucho antes de la salida del sol, el capitán, cuyo sueño no había sido más que una continuación de insomnios crueles, abandonó el duro lecho de pieles y mantas, sobre el cual había buscado en vano algunas horas de un reposo que hacía imposible el estado nervioso en que se encontraba, y comenzó a pasearse con agitación por el angosto espacio que había libre en el centro del campamento, envidiando a pesar suyo el sueño descuidado y tranquilo de los soldados tendidos por el suelo y envueltos en sus capotes.

Entre tanto iba amaneciendo gradualmente. El búho, cuyo canto matutino anuncia la salida del sol, había lanzado ya al viento sus notas melancólicas. El capitán dio con el pie al arriero principal que estaba tendido junto al fuego, y le despertó.

El buen hombre se restregó los ojos varias veces, y cuando ya se hubieron disipado las últimas nubes del sueño y comenzó a restablecerse el orden en sus ideas, exclamó ahogando un bostezo postrero:

—¡Diantre! Capitán, ¿qué mosca le ha picado a V. para despertarme sobresaltado tan temprano? Mire V., apenas blanquea el cielo en el horizonte; déjeme dormir una horita más. ¡Es una cosa tan buena el sueño!

El capitán no pudo menos de sonreírse al oírle; sin embargo, no juzgó que debía acceder a la reclamación del arriero, pues las circunstancias eran harto graves para desperdiciar el tiempo.

—¡Arriba! ¡Arriba! ¡Cuerpo de Cristo! exclamó; recuerde V. que no estamos todavía en el Río Seco, y que si queremos atravesar ese paso peligroso antes de la puesta del sol, tenemos que apresurarnos.

—Es verdad, respondió el arriero, quien en un momento estuvo de pie, ágil y despabilado como si hubiese despertado una hora antes. Perdóneme, capitán, ¡vive Dios! Tengo tanto interés como V. en no tropezar con un mal encuentro. Con arreglo a la ley, mi fortuna responde del cargamento que llevo, y si ocurriese una desgracia, me vería reducido a la miseria con mi familia.

—Es muy cierto, no recordaba yo esa cláusula de su contrato.

—No es extraño, porque a V. no le interesa; en cuanto a mí, no me sale de la cabeza, y le juro a V., Capitán, que desde que he emprendido este malhadado viaje, me he arrepentido ya muchas veces de haber aceptado las condiciones que me fueron impuestas: no sé por qué se me figura que no hemos de llegar sanos y salvos al otro lado de esas malditas montañas.

—¡Bah! Esos son locuras, Señor Bautista. Se halla V. en excelentes condiciones, bien escoltado; ¿qué puede V. temer?

—Nada, ya lo sé, y sin embargo estoy convencido de que no me equivoco y de que este viaje ha de serme fatal.

Los mismos presentimientos agitaban al oficial; sin embargo, delante del arriero no debía dejar traslucir lo más mínimo de su inquietud interior; por el contrario, necesitaba fortalecerle y restituirle el valor que parecía próximo a abandonarle.

—¡Por mi alma que está V. loco! exclamó. ¡Vayan al diablo las ideas descabelladas que se le han metido en la cabeza!

El arriero se revistió de una expresión grave y respondió:

—Es V. muy dueño de reírse de esas ideas, Señor D. Juan; es V. muy instruido y naturalmente en nada cree. Pero yo no soy más que un pobre indio ignorante, y tengo fe en todo lo que mis padres creyeron antes que yo. Mire V., Capitán, nosotros los indios, ya seamos civilizados o salvajes, tenemos la cabeza dura, y todas las ideas nuevas de VV. no pueden atravesar nuestro duro cráneo.

—Veamos, explíquese V., repuso el capitán, quien quería concluir de una vez, aunque sin lastimar las preocupaciones del arriero; ¿qué razón le induce a V. a suponer que su viaje será desgraciado? No es V. hombre capaz de asustarse de su sombra; hace mucho tiempo que conozco a V. y sé que tiene probado valor.

—Doy a V. gracias, Capitán, por la buena opinión que de mí tiene. Sí, soy valiente y creo haberlo probado en varias ocasiones; pero ha sido siempre ante los peligros que mi inteligencia comprendía, y no ante unos peligros que se salen de las leyes naturales que nos rigen.

El capitán estaba mordiéndose los bigotes con impaciencia al ver la molesta prolijidad del arriero; pero, como ya se lo había dicho, conocía al buen hombre y sabía por experiencia que el procurar hacerle abreviar un relato era perder lastimosamente el tiempo, y que era preciso dejarle hablar a su manera.

Hay ciertos caracteres para los cuales, como sucede con la espuela respecto de un caballo vicioso, el tratar de hacerlos adelantar equivale, por el contrario, a llevarlos hacia atrás.

El joven dominó, pues, su impaciencia, y respondió fríamente:

—¿Tuvo V., sin duda, algún mal presagio en el momento de su salida?

—En efecto, capitán, así fue; y de seguro que ante lo que vi, me hubiera guardado muy bien de ponerme en camino si hubiese sido hombre fácil de asustar.

—¿Y cuál fue ese presagio?

—No se ría V., capitán: hasta la Sagrada Escritura dice que Dios, en muchas ocasiones, se complace en dar a los hombres ciertos avisos saludables a los que por desgracia no tienen suficiente juicio para dar crédito.

Y al concluir estas palabras, lanzó un suspiro.

—Es verdad, murmuró el capitán a manera de asentimiento.

—Sepa V., pues, continuó diciendo el arriero, halagado al recibir aquella aprobación por parte de un hombre como el oficial, que mis mulas estaban aparejadas, aguardándome en el corral, custodiadas por los peones, y me disponía para marchar. Sin embargo, como no quería separarme de mi mujer, quizás para mucho tiempo, sin decirle adiós otra vez, me dirigía hacia mi casa para darle otro abrazo, cuando al llegar al umbral de la puerta levanté maquinalmente los ojos y vi posados en la azotea dos búhos que clavaban en mí una mirada de infernal fijeza. Al ver aquella aparición inesperada, me estremecí sin querer y miré a otro lado. En aquel momento cruzaba por el camino un hombre moribundo, llevado por dos soldados en una camilla y escoltado por un fraile que le hacia recitar los salmos de la penitencia y le disponía con dulzura para que muriese como buen cristiano; pero el herido, sin responder una palabra, miraba al fraile sonriéndose sardónicamente: de pronto aquel hombre se incorporó en la camilla, sus ojos se animaron, se volvió hacia mí, me dirigió una mirada llena de sarcasmo y volvió a caer murmurando estas dos palabras que sin duda se dirigían a mí: «¡Hasta luego!»

—¡Ah! dijo el capitán.

—Esa especie de cita que me daba aquel individuo nada tenía de agradable, ¿verdad? repuso el arriero. Aquellas palabras me afectaron mucho y me precipité hacia él con la intención de dirigirle las reconvenciones que me parecían oportunas: ¡había muerto!

—¿Y supo V. quién era aquel hombre?

—Sí, era un salteador que, en un encuentro con los cívicos, quedó mortalmente herido por estos, y le trasladaban al atrio de la catedral para que acabase de expirar allí.

—¿Y es eso todo? preguntó el capitán.

—Sí Señor.

—Pues bien, amigo mío, he hecho bien en insistir para averiguar los motivos de la inquietud de V.

—¡Ah!

—Sí, porque el presagio que entonces le favoreció, le ha interpretado V. de muy distinto modo del que debe hacerlo.

—¿Cómo así?

—Me explicaré: ese presagio significa, por el contrario, que con prudencia y con una vigilancia incansable frustrará V. las traiciones y derribará a sus pies a los bandidos que se atrevan a atacarle.

—¡Oh! exclamó el arriero con alegría, ¿está usted seguro de lo que me dice?

—Tan seguro como de mi salvación en el otro mundo, respondió el capitán santiguándose devotamente.

El arriero tenía una fe profunda en las palabras del capitán, a quien profesaba suma estimación por su probada superioridad; así pues, ni siquiera pensó en poner en duda la seguridad que le daba acerca del error que había cometido en la interpretación del presagio que tanta inquietud le causara. Recobró instantáneamente su buen humor, y pegando un estallido con los dedos, dijo:

—¡Cáspita! Puesto que es así, a nada me expongo. ¿Entonces será inútil que yo dé a Nuestra Señora de la Soledad el cirio que le había prometido?

—Completamente inútil, contestó el capitán.

El arriero enteramente tranquilizado ya, se apresuró a dedicarse a sus faenas habituales. Así el capitán, fingiendo admitir las ideas de aquel indio ignorante, había sabido arrastrarle suavemente a abandonarlas.

Entre tanto todo estaba ya en movimiento en el campamento; los arrieros aparejaban y cargaban las mulas, mientras que los dragones se ocupaban con actividad en ensillar sus caballos y prepararlos todos para la marcha.

El capitán vigilaba los movimientos de todos con una impaciencia febril, metiendo prisa a unos, riñendo a otros y cerciorándose de que sus órdenes se ejecutaban con puntualidad.

Cuando todos los preparativos hubieron terminado, el oficial mandó que almorzasen de pie y con los caballos del diestro, a fin de perder menos tiempo, y en seguida dio la orden de marcha.

Los soldados montaron a caballo; pero en el momento en que la escolta se ponía en movimiento, oyóse un gran estrépito en los jarales, las ramas se apartaron bruscamente, y de improviso apareció a corta distancia un jinete que vestía el uniforme de dragón mejicano y que corría a rienda suelta hacia la tropa.

Cuando hubo llegado cerca del capitán, por un prodigio de equitación paró de golpe su caballo, hizo respetuosamente el saludo militar, y dijo:

—Dios guarde a V. ¿Es al capitán D. Juan Melendez a quien tengo la honra de hablar?

—Al mismo, respondió el oficial sorprendido. ¿Qué me quiere V.?

—Tengo que entregar a V. un pliego en mano propia, repuso el soldado.

—¡Un pliego! ¿De parte de quién?

—De parte del Excmo. Sr. General D. José María Rubio, y lo que contiene este pliego debe ser importante, porque el general me mandó que me diese mucha prisa, y he anclado cuarenta y siete leguas en diecinueve horas.

—Bueno, démelo V., contestó el capitán.

El dragón sacó del pecho un pliego grande con un sello de lacre encarnado, y se le presentó respetuosamente al capitán.

Éste lo cogió y lo abrió; pero antes de leerlo dirigió al soldado, que estaba inmóvil e impasible delante de él, una mirada recelosa que el dragón sostuvo con imperturbable aplomo.

Aquel hombre parecía que tenía a lo más treinta años; su estatura era elevada y bien proporcionada; llevaba con cierto desembarazo el uniforme que vestía; sus facciones inteligentes tenían cierta expresión de astucia y de malicia, que hacían fuese aún más marcada sus ojos negros y de continuo movimiento que no se fijaban en el capitán sino con visible vacilación.

Aquel individuo se parecía en conjunto a todos los demás soldados mejicanos, y nada había en él que pudiese llamar la atención ni excitar sospechas.

Sin embargo, solo con suma repugnancia fue como el capitán consintió en entablar relaciones con él. De seguro que le habría sido difícil, ya que no imposible, explicar la razón de aquel sentimiento; pero hay en la naturaleza ciertas leyes cuya fuerza no puede ponerse en duda, y ellas hacen que desde luego, y solo con ver a una persona, aún antes de dirigirle la palabra, esta persona nos sea simpática o antipática, y que instintivamente lleguemos a sentirnos bien o mal predispuestos respecto de ella. ¿De dónde procede esa especie de presentimiento secreto que nunca se engaña en sus apreciaciones? No acertaríamos a explicarlo; únicamente nos limitamos a consignar un hecho positivo, del cual nosotros mismos con suma frecuencia, durante el curso de nuestra azarosa vida, hemos sufrido la influencia y reconocido la eficacia.

Debemos confesar que el capitán no sentía la más leve simpatía hacia el hombre de quien hablamos, y que, por el contrario, se hallaba muy dispuesto a no tener la más mínima confianza en él.

—¿En qué paraje se separó V. del general? preguntó dando vueltas maquinalmente al pliego que tenía abierto en la mano, pero en el cual no había fijado aún la vista.

—En Pozo Redondo, mi Capitán, un poco antes de llegar a la Noria de Guadalupe.

—¡Ah! ¿Quién es V.? ¿Cómo se llama V.?

—Soy asistente del señor General, y me llamo Gregorio Felpa.

—¿Conoce V. el contenido de este despacho?

—No; únicamente supongo que debe ser importante.

El soldado había respondido a las preguntas del capitán con entero desembarazo y con una franqueza de buena ley. Era evidente que no mentía.

D. Juan, después de vacilar todavía un momento, se decidió a leer; pero muy luego se frunció su entrecejo, y una expresión de mal humor nubló su semblante.

He aquí lo que contenía aquel despacho:

«POZO REDONDO, a.... de 18......

»El general D. José María Rubio, comandante general del estado de Tejas, tiene la honra de poner en conocimiento del capitán don Juan Melendez de Góngora que han estallado nuevos disturbios en el Estado; varias gavillas de ladrones y de merodeadores de fronteras, bajo las órdenes de diferentes jefes, recorren el campo, saqueando e incendiando las haciendas, deteniendo los convoyes e interceptando las comunicaciones. Ante hechos tan graves, que comprometen la fortuna pública y la seguridad de los habitantes, el gobierno, según su deber se lo impone de una manera imperiosa, ha tenido que adoptar medidas generales en interés de todos con el fin de reprimir esos desórdenes antes que se extiendan en mayor escala. Por consiguiente, el estado de Tejas queda declarado en estado de sitio, etc. (Aquí seguían las medidas adoptadas por el general para sofocar la rebelión, y luego el despacho continuaba en estos términos): El general D. José María Rubio, enterado por algunos espías con cuya lealtad puede contar, de que uno de los jefes principales de los insurgentes a quien sus compañeros han puesto el sobrenombre de Jaguar, se dispone a arrebatar la conducta de plata confiada a la custodia del capitán D. Juan Melendez de Góngora, y de que con este objeto el referido cabecilla se propone emboscarse en Río Seco, paraje muy favorable para una sorpresa, el general Rubio ordena al capitán Melendez que se deje guiar por el portador del presente despacho, hombre seguro y fiel, quien llevará la conducta de plata a la laguna del Venado, en donde verificará su unión con un destacamento de caballería enviado al efecto por el general, y cuya fuerza numérica pondrá a la conducta de plata al abrigo de todo ataque. El capitán Melendez tomará el mando superior de todas las tropas, y en el más breve espacio de tiempo posible se reunirá con el infrascrito en su cuartel general.

»¡Dios y libertad!

»El Comandante general del estado de Tejas,

«JOSÉ MARÍA RUBIO.»

El capitán, después de haber leído atentamente este despacho, levantó la cabeza y examinó un instante al soldado con profunda y sostenida atención.

El dragón, con la mano apoyada en la empuñadura de su sable, jugaba indolentemente con la borla de su dragona, sin que al parecer se cuidase en manera alguna de lo que pasaba en torno suyo.

—La orden es formal y terminante, murmuró por dos veces el capitán; debo conformarme con ella, y sin embargo, todo me dice que este hombre es un traidor.

Luego añadió en alta voz:

—¿Conoce V. bien esta comarca?

—Soy hijo del país, mi Capitán, respondió el dragón, y no hay por aquí senda ni atajo que yo no recorriese cien veces siendo niño.

—¿Sabe V. que me tiene que servir de guía?

—El señor general me dispensó la honra de decírmelo.