WeRead Powered by ReaderPub
Los Merodeadores de Fronteras cover

Los Merodeadores de Fronteras

Chapter 61: JOHN DAVIS.
Open in WeRead

Explore more books like this:

About This Book

The narrative opens amid vast North American forests being cleared by westward settlement and follows a vigorous young hunter as he moves through rivers, swamps, and wooded canopies. Episodes of tracking, shooting, and swift canoe travel alternate with rich natural description, while encounters on the frontier underline the displacement and suffering of Indigenous communities. The text pairs adventure and pursuit with contemplative passages about progress, conflict, and survival, presenting an episodic account of frontier life that oscillates between action scenes and moral observation.

—¿Y cree V. estar seguro de podernos conducir sanos y salvos al sitio en que nos esperan?

—Al menos pondré cuanto esté de mi parte para conseguirlo.

—Bueno. ¿Está V. cansado?

—Mi caballo lo está más que yo. Si mandase usted que me diesen otro, inmediatamente estaría en disposición de obedecer las órdenes de V., porque veo que tiene prisa de ponerse en marcha.

—Corriente. Escoja V. un caballo.

El soldado no dio lugar a que le repitiesen la orden. Varios caballos de repuesto seguían a la escolta, y cogió uno de ellos sobre el cual colocó el equipo del que dejaba. Al cabo de breves instantes estaba hecho el cambio, y el jinete colocado en la silla.

—Estoy a las órdenes de V., mi Capitán, dijo el dragón.

—En marcha, respondió el oficial.

Y en seguida añadió mentalmente:

—¡No perderé de vista a este tuno!


XXVII.

EL GUÍA.


La ley militar es inflexible y tiene reglas de las cuales nunca se aparta, pues la disciplina no admite vacilaciones ni tergiversaciones. El axioma despótico que tan en boga está en las cortes orientales: «Entender es obedecer», es vigorosamente cierto bajo el punto de vista militar. Seguramente, por muy duro que esto pueda parecer al pronto, es indudable que debe ser así, porque si a los inferiores se les concediese el derecho de discusión respecto de las órdenes que reciben de sus superiores, toda disciplina quedaría destruida; los soldados, no obedeciendo ya más que a su capricho, llegarían a ser ingobernables, y el ejército, en vez de prestar a su país los servicios que éste tiene derecho a exigir, llegaría a ser una verdadera calamidad para él.

Estas reflexiones y muchas más se agolpaban en confuso tropel a la mente del capitán, mientras iba siguiendo muy pensativo al guía que el despacho de su general le había impuesto de una manera tan singular. Pero la orden era clara, terminante; se veía obligado a obedecer y así lo hacía, aunque en su interior se hallaba convencido de que el hombre en quien le obligaban a fiar, era, si no completamente un traidor, al menos indigno de la confianza que en él se depositaba.

En cuanto al soldado, galopaba con la mayor indiferencia a la cabeza del convoy, fumando, riendo y cantando, sin que pareciese que recelaba en manera alguna las sospechas que sobre él recaían.

Verdad es que el capitán había ocultado con el mayor cuidado en el fondo de su corazón la mala opinión que formara respecto de su guía, y que ostensiblemente parecía que tenía en él la mayor confianza. En la situación crítica en que se hallaba el convoy, la prudencia exigía que los que de él formaban parte no sospechasen la inquietud de su jefe, a fin de que no se desmoralizasen con el temor de una traición próxima.

El capitán, antes de ponerse en marcha, había dado con cierta afectación las órdenes más severas para que las armas se tuviesen en buen estado, había mandado una descubierta a vanguardia y flanqueadores a los costados, con el fin de explorar las cercanías y cerciorarse de que el paso estaba libre y no tenía que recelar peligro alguno. En fin, había adoptado con el mayor esmero todas las medidas que la prudencia exigía para garantizar el buen éxito del viaje.

El guía, testigo impasible de estas precauciones, y por quien se habían adoptado todas con tanta ostentación, pareció que las aplaudía, apoyando las órdenes del capitán y haciendo observar la habilidad que tenían los merodeadores de fronteras para deslizarse entre los matorrales y las yerbas sin dejar rastro alguno, y la atención que debía consagrar la descubierta al cumplimiento del encargo que se le confiaba.

Cuanto más avanzaba el convoy hacia la parte de las montañas, más difícil y peligrosa se tornaba la marcha. Los árboles, que al pronto estaban desparramados en mayor espacio de terreno, se habían ido acercando unos a otros insensiblemente; a la sazón formaban un poblado bosque, en cuyo centro era preciso abrirse paso con el hacha en muchos sitios por razón de las guirnaldas de plantas trepadoras que se enredaban unas con otras y algunas veces formaban un laberinto impenetrable; además se encontraban riachuelos que solían ser bastante anchos y de orillas escabrosas y de difícil acceso, que los caballos y las mulas tenían que vadear por medio de las iguanas y los aligátores, muchas veces con el agua hasta las cinchas.

La espesa bóveda de ramas bajo la cual avanzaba penosamente el convoy, ocultaba por completo el cielo, y solo con sumo trabajo dejaba que se filtrasen algunos rayos de sol que no bastaban del todo para disipar la oscuridad que reina casi de continuo en las selvas vírgenes aun en mitad del día.

Los europeos que, en materia de bosques, no conocen más que los del viejo mundo, no pueden formarse una idea, ni siquiera remota, de lo que son aquellos inmensos océanos de verdor que en América denominan selvas vírgenes.

Allí parece que todos los árboles se sostienen unos a otros, tanto es lo enredados y mezclados que están, atados y unidos entre sí por redes de plantas trepadoras que enlazan sus troncos, se retuercen en torno de sus ramas, se introducen en el suelo para surgir de nuevo como los tubos de un órgano inmenso, unas veces formando caprichosas parábolas, otras subiendo y bajando sin cesar en medio de los inmensos grupos de esa especie de muérdago parásito, denominado tilansia, que cae en anchos ramilletes del extremo de las ramas de todos los árboles. El suelo cubierto de detritos de todas clases y del humus formado por los árboles que se secan y perecen, se esconde bajo una alfombra de yerba abundante y de muchos pies de altura. Los árboles, casi todos de la misma clase, ofrecen tan poca variedad, que cada uno de ellos parece que es una mera repetición de todos los demás.

Estos bosques se hallan cruzados en todas direcciones por sendas trazadas desde hace siglos por los pies de las fieras, y que conducen a sus misteriosos abrevaderos: en diferentes puntos, y perdidos bajo la enramada, varios pantanos infectos sobre los cuales revolotean nubes de mosquitos, producen densas nieblas que se alzan de su seno y llenan la selva de tinieblas; reptiles e insectos de todas clases se arrastran silenciosos por el suelo, mientras que el canto de los pájaros y los roncos gritos de las fieras forman un concierto aterrador que los ecos de las lagunas repiten simultáneamente.

Los más aguerridos cazadores de los bosques solo temblando es como se aventuran en las selvas vírgenes, porque es casi imposible orientarse en ellas con certidumbre y no se puede fiar en las sendas que a cada instante se mezclan y se confunden. Los cazadores saben por experiencia que un hombre perdido en una de esas sendas, a no ser por algún milagro, tiene que perecer en ella, encerrado entre las murallas que forman la crecida yerba y los cortinajes de plantas trepadoras, sin esperanza de verse socorrido ni salvado por un ser de su especie.

En una selva virgen era donde el convoy se había internado en aquel momento.

El guía, siempre tranquilo y descuidado, continuaba avanzando sin vacilar lo más mínimo, como si estuviese completamente seguro del camino que seguía, y contentándose, muy de tarde en tarde, con dirigir una mirada distraída a la derecha o a la izquierda, pero sin contener por eso el paso de su cabalgadura.

Sin embargo, era cerca del mediodía, el calor iba siendo sofocante; los caballos y los hombres, que estaban en marcha desde las cuatro de la madrugada, por senderos en extremo dificultosos, se hallaban abrumados de cansancio y reclamaban imperiosamente algunas horas de un descanso indispensable para poder seguir adelante.

El capitán se decidió a hacer acampar a su gente en una de esas plazoletas bastante extensas que con tanta frecuencia se encuentran en aquellos parajes, y que están formadas por la caída de árboles derribados por los huracanes o muertos de vejez.

Sonó la voz de «¡Alto!» Los soldados y los arrieros lanzaron un suspiro de satisfacción, y se detuvieron en seguida.

El capitán, cuyos ojos se hallaban fijos casualmente en aquel momento en el guía, vio en su frente una nube de descontento; sin embargo, el soldado, conociendo que le observaban, se serenó en seguida, fingió compartir la general alegría, y echó pie a tierra.

Quitáronse las sillas y aparejos a los caballos y las mulas, a fin de que pudiesen pastar con entera libertad los retoños de los árboles y la abundante yerba que crecía por todas partes.

Los soldados tomaron su frugal comida y se tendieron sobre sus capotes para dormir la siesta.

Muy luego estuvieron sepultados en el más profundo sueño todos los individuos que formaban parte del convoy; solo dos hombres velaban: eran el capitán y el guía.

Probablemente cada uno de ellos se hallaba atormentado por reflexiones bastante graves para desterrar el sueño y mantenerlos despiertos cuando todo les convidaba al descanso.

A pocos pasos de la explanada, monstruosos iguanas estaban tendidos al sol revolcándose en el fango ceniciento de un arroyo cuya agua corría blandamente, con un murmullo leve, por entre los obstáculos de todas clases que entorpecían su curso. Nubes de insectos llenaban el aire con el continuo zumbido de sus alas; las ardillas saltaban alegremente de rama en rama; los pájaros, ocultos en la enramada, cantaban con todas sus fuerzas, y algunas veces por encima de la crecida yerba se veía aparecer la cabeza fina y los ojos asustados de un gamo o de un ashata que se lanzaba de pronto a la espesura con bramidos de terror.

Pero los dos hombres estaban sobrado preocupados por sus pensamientos para observar lo que pasaba en torno suyo.

El capitán levantó la cabeza: en aquel momento el guía clavaba en él una mirada de singular fijeza. Avergonzado al verse sorprendido así de improviso, procuró desorientar al oficial dirigiéndole la palabra, táctica antigua por la cual no se dejó éste engañar.

—¡Qué día de calor! dijo el soldado con tono indiferente.

—Sí, contestó lacónicamente el capitán.

—¿No tiene V. ganas de dormir?

—No.

—Pues yo siento mis párpados muy pesados, se me cierran los ojos sin querer. Con permiso de V. voy a hacer como mis compañeros y a disfrutar algunos instantes del excelente sueño que ellos están saboreando con tanta delicia.

—Aguarde V. un momento que tengo que decirle algunas palabras.

—¿A mí?

—Sí.

—Corriente, dijo el soldado con la más completa indiferencia.

Se levantó ahogando un suspiro de pesadumbre, y fue a colocarse junto al capitán, quien se apartó para hacerle sitio bajo la sombra protectora del árbol corpulento y frondoso que extendía por encima de sus cabezas sus brazos de gigante cargados de pámpanos y de tilansia.

—Tenemos que hablar seriamente, repuso el capitán.

—Como V. guste.

—¿Puede V. ser franco?

—¿Cómo? dijo el dragón desconcertado por aquella pregunta a quemarropa.

—O si V. lo prefiere, ¿puede V. ser leal?

—Según.

El capitán le miró.

—¿Responderá V. a mis preguntas?

—No lo sé.

—¿Cómo que no lo sabe V.?

—Escuche V., mi Capitán, dijo el guía en tono inocentón: mi madre, la buena mujer, me encargó siempre que desconfiase de dos clases de personas: de los que piden prestado y de los que hacen preguntas; porque decía, y con mucha razón, que los primeros atentan a nuestra bolsa y los segundos a nuestro secreto.

—¿Tiene V. un secreto según eso?

—¡Yo! No por cierto.

—Pues entonces ¿qué teme V.?

—No mucho, en verdad. Vamos, pregúnteme V., mi Capitán, que yo procuraré responder.

El campesino mejicano, indio manso o civilizado, se parece mucho al labriego normando en que es casi imposible obtener de él una respuesta positiva a la pregunta que se le dirige. El capitán se vio obligado a contentarse con la semipromesa del guía, y repuso:

—¿Quién es V.?

—¡Yo!

—Sí.

El guía se echó a reír y dijo:

—Ya lo ve V.

El capitán movió la cabeza y replicó:

—No le pregunto a V. lo que parece ser, sino lo que es en realidad.

—¡Eh! mi Capitán, ¿quién puede responder de sí y saber positivamente lo que es?

—Escuche V., tuno, repuso el capitán con tono amenazador, no quiero perder mi tiempo en seguir a V. en todos los circunloquios que se le antoje inventar. Responda V. categóricamente a mis preguntas, o si no...

—¿Si no? repitió el guía con tono de zumba.

—¡Le levanto a V. la tapa de los sesos como a un perro! replicó el capitán sacando una pistola de su cinto y amartillándola con rapidez.

Los ojos del soldado lanzaron un relámpago, pero sus facciones permanecieron impasibles, y ni un músculo de su rostro se movió.

—¡Oh! ¡Oh! ¡Señor Capitán! tiene V. una manera singular de hacer preguntas a sus amigos, dijo con voz sombría.

—¿Quién me asegura que V. lo es mío? No le conozco a V.

—Es verdad; pero conoce V. a la persona que me ha enviado; esa persona es jefe de V. lo mismo que mío, y al venir aquí, he obedecido su mandato como V. debe obedecerle conformándose con las órdenes que le ha enviado.

—Sí; pero esas órdenes me han sido trasmitidas por V.

—¿Qué importa eso?

—¿Quién me asegura que ese despacho que he recibido ha sido entregado realmente a V.?

—¡Cáspita! mi Capitán, ¡lo que está V. diciendo nada tiene de lisonjero para mí! repuso el guía con tono ofendido.

—Lo sé; desgraciadamente vivimos en un tiempo en que es tan difícil distinguir a los amigos de los enemigos, que nunca pueden adoptarse sobradas precauciones para evitar el caer en un lazo. Estoy encargado por el gobierno de desempeñar una misión en extremo delicada, y más que nadie debo obrar con reserva respecto de gentes que me son desconocidas.

—Tiene V. razón, mi Capitán; por eso, no obstante lo injuriosas que sus sospechas son para mí, no me enfado por lo que V. me dice: las posiciones excepcionales exigen medidas excepcionales también. Únicamente procuraré probar a V. con mi conducta que se ha equivocado respecto de mí.

—Me alegraré infinito de haberme equivocado; ¡pero tenga V. cuidado! Si observo la más mínima cosa sospechosa, ya sea en los movimientos o en las palabras de V., no vacilaré en levantarle la tapa de los sesos. Ahora ya está usted avisado, y puede obrar con arreglo a ello.

—Corriente, mi Capitán, correré ese riesgo. Suceda lo que quiera, estoy seguro de que mi conciencia me absolverá, porque habré puesto cuanto esté de mi parte para cumplir con mi deber.

Y esto lo dijo con tal aspecto de franqueza, que impuso al capitán a pesar de sus sospechas.

—Veremos, dijo este. ¿Saldremos pronto del bosque infernal en que estamos?

—Ya no nos quedan más que dos horas de marcha: a la puesta del sol nos reuniremos con los que nos aguardan.

—¡Dios lo quiera! murmuró el capitán.

—¡Amén! dijo el soldado con tono burlón.

—Pero como ha juzgado V. conveniente no responder a ninguna de mis preguntas, repuso el oficial, no llevará V. a mal que desde este momento no le pierda de vista, y que cuando volvamos a ponernos en marcha, le conserve a mi lado.

—Como V. guste, mi Capitán; tiene V. de su parte la fuerza, ya que no el derecho, y me veo obligado a conformarme con su voluntad.

—Muy bien; ahora puede V. dormir si así le parece.

—Según eso, ¿nada más tiene V. que decirme?

—Nada.

—Pues entonces voy a aprovechar el permiso que V. se sirve darme y a tratar de recuperar el tiempo perdido.

Entonces el soldado se levantó ahogando un bostezo prolongado, se alejó algunos pasos, se tendió en el suelo, cerró los ojos; y al cabo de algunos minutos pareció que se hallaba sepultado en un sueño profundo.

El capitán continuó velando. La conversación que acababa de tener con el guía no había hecho sino aumentar su inquietud, probándole que aquel hombre ocultaba una gran astucia bajo una forma tosca y trivial. En efecto, no había respondido a ninguna de las preguntas que le dirigiera, y al cabo de algunos instantes logró obligar al capitán a dejar el ataque por la defensa, dándole razones muy lógicas contra las cuales nada se podía alegar.

Así pues, en aquel momento se hallaba don Juan en la peor disposición de ánimo en que puede encontrarse un hombre de corazón, descontento de sí mismo y de los demás, íntimamente persuadido de que tiene razón, pero obligado, en cierto modo, a confesar que ésta no está de su parte.

Como sucede siempre en tales casos, los soldados fueron quienes sufrieron las consecuencias del mal humor de su jefe, porque el oficial, temiendo agregar las tinieblas de la noche a las malas probabilidades que se figuraba tener contra sí, y deseando en extremo no ser sorprendido por la oscuridad en medio del intrincado laberinto de la selva, abrevió el alto mucho más de lo que lo habría hecho en cualquiera otra ocasión.

A las dos de la tarde próximamente, hizo tocar el botasillas, y dio la orden de marcha.

Sin embargo, ya había cedido el calor más fuerte del día; los rayos del sol, más oblicuos, habían perdido una parte considerable de su intensidad, y la marcha se continuó bajo condiciones comparativamente mejores que antes.

El capitán, según lo había prevenido, intimó al guía la orden de colocarse a su lado, y en cuanto le era posible, no le perdía de vista ni un segundo.

El dragón parecía que no se cuidaba en manera alguna de esta vigilancia molesta; seguía caminando, en la apariencia, con la misma indiferencia que antes, fumando su cigarrillo de papel y tarareando a media voz algunos trozos de jarabes.

El bosque comenzaba a aclararse poco a poco; las explanadas o plazoletas iban siendo más frecuentes, y la vista abarcaba un horizonte más vasto. Todo inducía a presumir que no se tardaría en llegar al lindero de la selva.

Sin embargo, a derecha e izquierda se veían movimientos de terreno; el suelo comenzaba a elevarse insensiblemente, y la senda que seguía el convoy, se encajonaba cada vez más a medida que iba avanzando.

—¿Llegamos ya a los estribos de la montaña? preguntó el capitán.

—¡Oh! No, todavía no, respondió el guía.

—Sin embargo, muy pronto vamos a estar entre dos colinas.

—Sí, pero de poca elevación.

—Es verdad; sin embargo, si no me engaño, vamos a pasar un desfiladero.

—Pero tiene poca extensión.

—Debiera V. habérmelo advertido.

—¿Para qué?

—Para haber destacado una descubierta a vanguardia.

—Es cierto; pero aún es tiempo de hacerlo si V. quiere: al extremo de este desfiladero es donde se encuentran los que nos están aguardando.

—Según eso, ¿llegamos ya?

—Casi, casi.

—Entonces apresuremos el paso.

—Con mucho gusto.

Y continuaron marchando.

De pronto el guía se detuvo y dijo:

—¡Eh! mi Capitán, mire V. allí: ¿no es un cañón de fusil lo que brilla a la luz del sol?

El capitán alzó los ojos con viveza hacia el sitio que le señalaba el soldado.

En el mismo instante estalló una descarga espantosa en ambos lados del camino, y una granizada de balas llovió sobre el convoy.

Antes de que el capitán, furioso al ver aquella traición indigna, hubiese podido sacar una pistola de su cinto, cayó al suelo arrastrado por su caballo al que un balazo había herido en el corazón.

El guía acababa de desaparecer sin que fuese posible saber cómo se había fugado.


XXVIII.

JOHN DAVIS.


John Davis, el mercader de esclavos, tenía un temple sobrado fuerte para que las escenas que había presenciado durante aquel día, y en las que en cierto momento representó él también un papel bastante activo, hubiesen dejado en su mente una impresión muy duradera.

Después de haberse separado del Zorro-Azul continuó bastante tiempo galopando y orientándose en dirección del sitio en que debía reunirse con el Jaguar; pero poco a poco fue entregándose por completo a sus cavilaciones, y como el caballo, con el instinto admirable que distingue a estos nobles animales, comprendió que su jinete ya no se cuidaba de él, fue disminuyendo gradualmente la rapidez de su marcha, pasando del galope rápido a una media rienda, de ésta al trote, y por fin al paso, llevando la cabeza baja y cogiendo con el extremo del hocico algunos bocados de yerba o algunas hojas.

John Davis sentía su curiosidad muy excitada por la conducta de uno de los personajes con quienes la casualidad le había puesto en contacto en aquella mañana tan fértil en sucesos de todas clases. El personaje que tenía el privilegio de llamar en tan sumo grado la atención del americano, era el Desollador-Blanco.

La lucha heroica sostenida por aquel hombre solo contra una nube de enemigos encarnizados, su fuerza hercúlea, la destreza con que manejaba su caballo, todo le parecía prodigioso en aquel individuo singular.

Muchas veces, en las veladas del vivac, había oído hacer, acerca de aquel cazador, los relatos más extraordinarios y exagerados, sobre todo a los indios a quienes inspiraba un terror cuya razón comprendía ya desde que había visto al hombre, porque éste se reía de las armas dirigidas contra su pecho, y siempre salía sano y salvo de los combates que empeñaba, fuese el que quisiera el número de sus adversarios, y parecía más bien un demonio que una criatura humana. John Davis, a pesar suyo, se estremecía con aquellos pensamientos y se felicitaba por haberse librado tan milagrosamente del peligro que corrió en su encuentro con el Desollador.

Consignaremos de paso que no hay en el mundo pueblo alguno más supersticioso que el norteamericano. Esto es muy fácil comprenderlo: aquella nación, verdadera capa de arlequín, es un compuesto heterogéneo de todas las razas que pueblan al antiguo mundo; cada uno de los representantes de estas razas llegó a América llevando en su equipaje de emigrado, no solo sus vicios y sus pasiones, sino también sus creencias y sus supersticiones de todas clases, las más locas, las más pueriles y las más absurdas, con tanto más motivo cuanto que la masa de los emigrados que en diferentes épocas se refugiaron en América, se componía de gentes en su mayor parte desprovistas de toda instrucción: bajo este punto de vista los norteamericanos, debemos hacerles esta justicia, no han degenerado en manera alguna: hoy son por lo menos tan groseros y tan brutales como lo eran sus antepasados.

Fácil será imaginar la cantidad notable de leyendas de brujas, de fantasmas, etc., que circulan por la América del Norte, y lo mucho que esas leyendas, conservadas por la tradición, pasando de boca en boca, y con el tiempo mezclándose unas con otras, han debido acrecentarse aún en un país en que los aspectos grandiosos de la naturaleza arrastran de por sí la imaginación a la melancolía.

Por eso John Davis, aunque se jactaba de ser hombre despreocupado, no dejaba de poseer, como todos sus compatriotas, una fuerte dosis de credulidad, y aquel hombre, que sin duda no habría retrocedido, aunque viese varios fusiles dirigidos contra su pecho, se estremecía de miedo al oír el ruido de una hoja que caía por la noche sobre su hombro.

Por lo demás, tan luego como a John Davis se le ocurrió la idea de que el Desollador-Blanco era un demonio, o cuando menos un brujo, se apoderó de ella, y esta suposición llego a ser inmediatamente para él un artículo de fe. Como es natural, al instante se sintió tranquilizado por este descubrimiento; sus ideas volvieron a tomar su curso ordinario, y la preocupación que atormentaba a su mente desapareció como por encanto; su opinión se hallaba ya completamente formada respecto de aquel hombre, y si otra vez volvía la casualidad a ponerlos frente a frente, ya sabría cómo había de proceder con él.

Juzgándose dichoso porque al fin había encontrado aquella solución, levantó alegremente la cabeza y dirigió en torno suyo una mirada investigadora con el fin de enterarse de los sitios por donde iba pasando.

Hallábase próximamente en el centro de una llanura extensa y poco accidentada, cubierta de una yerba crecida, y sombreada en algunos puntos por pequeños grupos de árboles.

Pero de improviso se empinó sobre los estribos, colocó su mano derecha sobre sus ojos a manera de pantalla, y miró atentamente.

A media milla, sobre poco más o menos, del sitio en que estaba parado, un poco hacia la derecha, es decir, precisamente en la dirección que John se disponía a seguir, veía una delgada columna de humo que se alzaba del centro de unos matorrales.

En el desierto un poco de humo que se vea en el camino, da siempre amplio motivo de reflexión.

El humo se alza, por lo general, de un fuego en torno del cual se hallan sentados varios individuos.

Ahora bien, el hombre, más desgraciado en esto que las fieras, teme siempre en la pradera el encuentro de su semejante, porque siempre hay cien probabilidades contra una de que el individuo a quien llegue a ver sea un enemigo.

Sin embargo, John Davis, después de reflexionar maduramente, resolvió avanzar hacia el humo que estaba viendo; desde la madrugada se hallaba casi en ayunas, el hambre comenzaba a hostigarle, y además sentía gran cansancio. Examinó, pues, sus armas con la mayor atención con el fin de poder recurrir a ellas si era necesario, y clavando las espuelas a su caballo, se encaminó resueltamente hacia el humo, aunque vigilando con esmero los alrededores por temor de ser sorprendido.

Al cabo de diez minutos llegó al sitio que se proponía; pero como a unos cincuenta pasos del grupo de árboles contuvo la carrera de su caballo, volvió a colocar su rifle atravesado sobre el arzón de su silla, su semblante perdió la expresión recelosa que tenía, y se adelantó hacia la hoguera con la sonrisa en los labios y con el aspecto más pacífico y amistoso que pudo imaginar.

En medio de una espesura cuya sombra protectora ofrecía cómodo abrigo al viajero cansado, un hombre que vestía el uniforme de los dragones mejicanos se hallaba indolentemente sentado delante de una hoguera que le servía para condimentar su comida, mientras fumaba una pajilla. Una larga lanza guarnecida de su banderola estaba apoyada cerca de él en el tronco de un árbol, y un caballo completamente aparejado, pero al cual habían quitado el freno, comía con la mayor tranquilidad los retoños de los árboles y la tierna yerba de la pradera.

Aquel hombre parecía que tenía veintisiete o veintiocho años; su astuto rostro estaba animado por unos ojillos vivos, y el color cobrizo de su piel revelaba su origen indio.

Hacía mucho tiempo que había visto al jinete que se acercaba; pero no pareció que le daba gran importancia, y con la mayor tranquilidad continuó fumando y vigilando su comida, sin adoptar contra la visita imprevista que le llegaba más precaución que la de cerciorarse de si su sable salía bien de su vaina. John Davis, cuando ya distó pocos pasos del soldado, se detuvo, y llevándose la mano al sombrero, dijo:

—¡Ave María Purísima!

—¡Sin pecado concebida! respondió el dragón correspondiendo al saludo del americano.

—Santas tardes, repuso John.

—Dios se las dé a V. muy buenas, respondió inmediatamente el soldado.

Apuradas ya estas fórmulas sacramentales de todo encuentro, se prescindió de toda ceremonia y quedó hecho el conocimiento.

—Eche V. pie a tierra, caballero, dijo el dragón; el calor es sofocante en la pradera; tengo aquí una sombra excelente, y en este momento estoy cociendo un pedazo de cecina con habichuelas encarnadas, sazonadas con pimentón, que le han de gustar a V. mucho si quiere hacerme el favor de participar de mi comida.

—Acepto con mucho gusto su amable convite, respondió el americano sonriendo, y con tanto más motivo, cuanto que confieso a V. que me estoy muriendo de hambre y cayendo de cansancio.

—¡Cáspita! Entonces me felicito de la afortunada casualidad que nos reúne. Eche V. pie a tierra sin más tardanza.

—Eso mismo voy a hacer.

En efecto, el americano se apeó de su caballo, le quitó el freno, y el noble animal fue al instante a reunirse con su compañero, mientras que su amo, lanzando un suspiro de satisfacción, se tendió en el suelo junto al dragón.

—¿Parece que ha andado V. una jornada muy larga? preguntó el soldado.

—Sí Señor, respondió el americano, hace diez horas que estoy a caballo, sin contar con que he pasado la mañana batiéndome.

—¡Cuerpo de Cristo! Rudo trabajo ha hecho usted.

—Bien puede V. decirlo sin temor de equivocarse, porque, a fe de cazador, que nunca he tenido tanto que hacer.

—¿Es V. cazador?

—Para servir a V.

—¡Hermoso oficio! dijo el soldado lanzando un suspiro. Yo también lo he sido.

—¿Y le echa V. de menos?

—¡Cada día más!

—Comprendo eso. Cuando se ha llegado a probar la vida del desierto, siempre se quiere volver a ella.

—¡Ay! Sí por cierto.

—¿Por qué la abandonó V., puesto que tanto le gustaba?

—¡Ah! Ahí tiene V., dijo el soldado, el amor.

—¿Cómo el amor?

—Sí, cometí la tontería de enamorarme de una muchacha que me hizo sentar plaza.

—¡Diablo!

—Sí, y luego apenas me hube puesto el uniforme, me dijo que se había equivocado respecto de mí, y que vestido de soldado estaba aún más feo de lo que ella había creído. En resumen, me dejó plantado sin ceremonia para irse con un arriero.

El americano no pudo menos de reírse al oír tan singular historia.

—Es triste cosa, ¿verdad? repuso el soldado.

—Muy triste, replicó John Davis procurando en vano recobrar su seriedad.

—¡Qué quiere V.! añadió melancólicamente el soldado, ¡el mundo no es más que un continuo engaño! Pero creo que nuestra comida está ya en sazón, exclamó variando de tono; percibo cierto olorcillo que me advierte que es ya tiempo de quitarle del fuego.

Como John Davis ninguna objeción tenía que oponer al dictamen del soldado, éste llevó a cabo en seguida su determinación; retiróse la comida del fuego y fue puesta delante de los dos hombres, quienes comenzaron a atacarla con tanto vigor, que muy luego quedó agotada, a pesar de que era abundante.

Aquel manjar suculento había sido rociado con sendos tragos de refino de Cataluña, del que parecía que el soldado se hallaba abundantemente provisto.

Todo ello concluyó con el cigarrillo de rigor, ese complemento indispensable de toda comida hispano-americana, y los dos hombres, fortalecidos por el buen alimento con que habían provisto sus estómagos, se encontraron muy contentos y en la mejor disposición para conversar con entera franqueza.

—Me parece V. hombre muy precavido, dijo el americano echando una cantidad enorme de humo, de la que una parte salía por la boca y la otra por la nariz.

—Es una reminiscencia de mi antigua vida de cazador. Los soldados, por lo general, no suelen ser tan cuidadosos como yo, ni con mucho.

—Cuanto más le observo a V., repuso John Davis, más extraño me parece que haya V. podido decidirse a adoptar un género de vida tan poco lucrativo como el de soldado.

—¡Qué quiere V.! La fatalidad, y luego la imposibilidad en que me encuentro de mandar el uniforme al diablo. Al menos tengo la esperanza de ascender a cabo antes de un año.

—¡Eh! No es mal grado, según he oído decir; la paga debe ser buena.

—No sería mala si nos la diesen.

—¿Cómo es eso?

—Sí, parece que el gobierno no está muy holgado de dinero.

—Según eso, ¿sirven VV. al fiado?

—No hay otro remedio.

—¡Diablo! Pero perdóneme V. si le hago todas estas preguntas, que deben parecerle indiscretas.

—Nada de eso, no se contenga V., estamos hablando como dos amigos.

—¿Cómo se mantienen VV.?

—¡Ah! De una manera muy sencilla: tenemos lo casual.

—¡Lo casual! ¿Y qué es eso?

—¿No lo entiende V.?

—Confieso que no.

—Pues voy a explicárselo

—Me dará V. mucho gusto.

—Sucede de vez en cuando que nuestro capitán o nuestro general nos confía una misión.

—Muy bien.

—Y eso se paga aparte: cuanto mayor es el peligro, mayor es también la recompensa.

—¿Siempre al fiado, por supuesto?

—¡No, diablo! Pagada de antemano.

—¿Y suelen VV. tener algunas veces encargos de esa especie?

—Muy a menudo, sobre todo en tiempo de pronunciamientos.

—Sí; pero hace cerca de un año que ningún general se ha pronunciado.

—¡Desgraciadamente!

—¿De modo que estará V. exhausto de fondos?

—No del todo.

—¿Ha tenido V. alguna de esas misiones?

—Tengo una en este momento.

—¿Bien pagada?

—Regular.

—¿Habrá indiscreción en preguntar a V. cuánto le han dado?

—Nada de eso: he recibido veinticinco onzas de oro.

—¡Cáspita! La cantidad es bonita. Peligrosa debe ser el encargo para haberle tasado tan alto.

—No deja de serlo.

—¡Ah! ¡Pues entonces tenga V. cuidado!

—Gracias, pero no corro gran riesgo; solo se trata de entregar un oficio.

—Verdad es que un oficio, repuso el americano con la mayor indiferencia.

—¡Oh! Éste es más importante de lo que V. supone.

—¿De veras?

—Sí por cierto, pues se trata de varios millones.

—¿Qué está V. diciendo? exclamó John Davis estremeciéndose sin querer.

El cazador, desde su encuentro con el soldado, había maniobrado astutamente para inducirle a revelar el motivo que le llevaba a aquellos parajes desiertos, porque la presencia de un dragón aislado así en la pradera le había parecido muy singular, y con razón. Así pues, grande fue su alegría cuando vio al soldado caer por si mismo en el lazo que le tendía.

—Sí, repuso el dragón, el general Rubio, de quien soy asistente, me ha despachado con un parte para el capitán Melendez, que en este momento va escoltando una conducta de plata.

—¿Lo cree V.?

—¡Cáspita si lo creo! Cuando le digo a V. que llevo yo el oficio.

—Es verdad. Pero ¿con qué objeto escribe el general al capitán?

El soldado miró un instante de soslayo al cazador, y luego, variando repentinamente de tono y mirándole frente a frente, le dijo:

—¿Quiere V. que juguemos con cartas descubiertas?

John se sonrió y respondió:

—¡Bueno! Veo que podremos entendernos, ¿Por qué no? Entre caballeros, las condiciones son las que lo hacen todo. Así pues, jugaremos con entera franqueza, ¿eh?

—Queda convenido.

—Confiese V. que desearía en extremo conocer el contenido de este oficio.

—¡Oh! Por mera curiosidad, se lo juro a V.

—¡Pardiez! Estoy convencido de ello. Pues bien, solo de V. depende el lograrlo.

—Entonces no tardaré mucho. Veamos las condiciones de V.

—Son muy sencillas.

—Dígalas V.

—Míreme V. bien. ¿No me conoce V.?

—En verdad que no.

—Ya veo que tengo más memoria que V.

—Es muy posible.

—Yo le conozco a V.

—¿Sí?

—Sin duda alguna.

—Me habrá V. visto en alguna parte.

—Es probable. Pero esto importa muy poco: lo principal es que yo sepa quién es V.

—¡Oh! Un simple cazador.

—Sí, y un amigo íntimo del Jaguar.

—¡Cómo! exclamó el cazador estremeciéndose de sorpresa.

—No se asuste V. por tan poco: respóndame tan solo si es verdad o no.

—Es verdad. De V. para mí no sé por qué habría de negarlo.

—Haría V. muy mal. ¿Dónde está el Jaguar en este momento?

—No lo sé.

—Es decir, no quiere V. revelármelo.

—Justamente.

—Bien; pero, si yo lo desease, ¿podría V. conducirme a su presencia?

—No veo en ello inconveniente alguno, si el asunto merece la pena.

—¿No he dicho ya que se trata de algunos millones?

—Sí por cierto, pero no me lo ha probado usted.

—¿Y esa prueba es la que V. exige?

—Nada más.

—Eso es bastante difícil.

—No por cierto.

—¿Cómo así?

—¡Pardiez! Yo soy buen compañero, y solo quiero poner a cubierto mi responsabilidad: enséñeme V. el oficio y con eso me contento.

—¿Y quedará V. satisfecho?

—Con tanto más motivo cuanto que conozco la letra del general.

—¡Oh! Entonces está muy bien.

Y sacando el dragón de su pecho un ancho pliego, se lo enseñó al americano, aunque sin soltarlo, y le dijo:

—Mire V.

John lo examinó atentamente durante algunos minutos.

—Es realmente la letra del general, ¿verdad? repuso el soldado.

—Sí.

—¿Consiente V. ahora en conducirme a donde se halle el Jaguar?

—Cuando V. quiera.

—Entonces al momento.

—Corriente, al momento.

Los dos hombres se levantaron a un tiempo, pusieron los frenos a sus caballos, montaron y abandonaron a galope el sitio que, durante algunas horas, les había ofrecido tan grata sombra.


XXIX.

EL TRATO.


Los dos aventureros caminaban alegremente al lado uno de otro, charlando acerca de la lluvia y el buen tiempo, dándose mutuamente malicias del desierto, es decir, de las cacerías y de las escaramuzas con los indios, y hablando de los sucesos políticos que, desde hacía algunos meses, habían adquirido cierta gravedad y una importancia peligrosa para el gobierno mejicano.

Pero mientras charlaban así sin tino, dirigiéndose mutuamente preguntas cuyas respuestas no se tomaban el trabajo de escuchar, su conversación no tenía más objeto que el de ocultar la secreta preocupación que les agitaba.

En su discusión precedente cada uno de ellos había querido andar con astuciosas tretas, procurando arrancarse mutuamente sus secretos, el cazador maniobrando para inducir al soldado a cometer una traición, y éste deseando más que nada venderse y obrar en tal concepto. De esta lucha de astucia resultó que los dos se encontraron de igual fuerza, y que cada cual obtuvo el resultado que ambicionaba.

Pero, para ellos, la cuestión no estribaba precisamente en esto: como sucede con todos los caracteres viciados, el buen éxito, en vez de satisfacerles, suscitó en su mente una multitud de sospechas. John Davis se preguntaba a sí mismo qué causa habría inducido al dragón a hacer traición tan fácilmente a los suyos sin estipular desde luego ventajas importantes para sí, porque en América todo se cotiza y la infamia, sobre todo, produce mucho.

El dragón, por su parte, juzgaba que el cazador había creído con sobrada facilidad sus palabras, y no obstante los modales afectuosos de su compañero, cuanto más se acercaba al campamento de los merodeadores de fronteras, más se aumentaba su malestar, porque comenzaba a temer que había ido a dar de cabeza en un lazo y que se había fiado con sobrada imprudencia de un hombre cuya fama estaba muy lejos de tranquilizarle.

He ahí la disposición de ánimo en que los dos aventureros se hallaban el uno respecto del otro una hora escasamente después de haber abandonado el sitio en que se encontraron de un modo tan fortuito.

Sin embargo, cada cual ocultaba con el mayor cuidado sus recelos en el fondo de su corazón; nada dejaban traslucir exteriormente. Por el contrario, aumentaban su cortesía y su urbanidad el uno para con el otro, tratándose más bien como hermanos queridos y gozosos por volver a verse después de una ausencia prolongada, que como hombres que dos horas antes se habían hablado por primera vez.

Hacía próximamente una hora que se había puesto el sol, y la noche cerraba por completo cuando llegaron a poca distancia del campamento del Jaguar, cuyas hogueras brillaban en medio de la oscuridad, reflejándose con efectos de luz a cual más fantásticos sobre los objetos inmediatos, y dando al paisaje agreste de la pradera un carácter de salvaje majestad.

—Ya hemos llegado, dijo el cazador parando su caballo y volviéndose hacia su compañero; nadie nos ha visto: todavía puede V. retroceder sin temor de que nadie le persiga. ¿Qué decide usted?

—¡Canario! Compañero, respondió el soldado encogiéndose levemente de hombros con expresión desdeñosa, no he venido hasta aquí para volverme atrás desde la entrada del campamento. Permítame V. que le diga con el debido respeto que su observación me parece cuando menos singular.

—Era deber mío hacérsela a V.: ¿quién sabe si mañana se arrepentirá V. del paso aventurado que hoy Va a dar?

—Es muy posible; pero ¿qué quiere V.? Correré ese riesgo: mi determinación está adoptada y es invariable. Así pues, sigamos adelante en nombre de Dios.

—Como V. guste. Antes de un cuarto de hora estará V. en presencia del hombre a quien desea ver; se explicará con él, y habré cumplido mi cometido.

—Y solo me restará dar a V. infinitas gracias, dijo el soldado interrumpiéndole con viveza. Pero no permanezcamos aquí más tiempo, que podemos llamar la atención y convertirnos en blanco de alguna bala, lo cual confieso a V. que me agradaría muy poco.

El cazador, sin responder, hizo sentir la espuela a su caballo, y continuaron avanzando.

Al cabo de algunos instantes se encontraron en el círculo de luz proyectado por la llama de las hogueras; casi en seguida se oyó el ruido que se produce al amartillar un rifle, y una voz brusca les gritó que se detuviesen al momento.

La intimación, a pesar de no ser del todo cortés, era, sin embargo, muy perentoria, y los dos aventureros juzgaron prudente obedecerla.

Entonces salieron de los atrincheramientos varios hombres armados, y uno de ellos, dirigiéndose a los dos forasteros, les preguntó, quiénes eran y qué buscaban a una hora tan inoportuna.

—Somos amigos, respondió el cazador, y queremos entrar cuanto antes.

—Todo eso está muy bien, repuso el otro; pero si no dicen VV. sus nombres, no entrarán tan pronto, y mucho más cuando uno de VV. viste un uniforme que no está muy bien mirado entre nosotros.

—Está bien, Ruperto, respondió el americano; soy John Davis, y creo que ya me conoce V. Así pues, franquéeme V. el paso sin más tardanza, y yo respondo del señor, quien tiene que comunicar al jefe un asunto de la mayor importancia.

—Sea V. muy bienvenido, John, y no se enfade: ya sabe V. que la prudencia es la madre de la seguridad.

—Sí, sí, dijo el americano riendo, V. nunca se compromete por obrar de ligero, compadre.

Entraron en el campamento sin encontrar más obstáculo.

La mayor parte de los merodeadores de fronteras dormían tendidos en torno de las hogueras; únicamente unos cuantos centinelas vigilantes, colocados en los límites del campamento, velaban por la común seguridad.

John Davis echó pie a tierra, invitando a su compañero a que le imitase; luego, haciéndole una seña para que le siguiese, se adelantó hacia una tienda de campaña, al través de cuya lona se veía brillar una luz débil y temblorosa.

Cuando el cazador hubo llegado a la entrada de la tienda, se paró, y después de dar dos palmadas, preguntó con voz contenida:

—¿Duerme V., Jaguar?

—¿Es V., John Davis, mi buen compañero? preguntaron en seguida desde adentro.

—Sí Señor.

—Entonces entre V., que le aguardo con impaciencia.

El americano levantó la cortina que cubría la entrada y penetró en la tienda; el soldado se deslizó detrás de él, y la cortina volvió a caer.

El Jaguar, sentado sobre un cráneo de bisonte, hojeaba una correspondencia voluminosa a la luz de un candil; en un rincón de la tienda se veían extendidas dos o tres pieles de oso, que sin duda estaban destinadas a servirle de lecho. Al ver a los que llegaban, el joven dobló sus papeles y los metió en una cajita de hierro cuya llave se guardó en el pecho; en seguida levantó la cabeza y fijó una mirada inquieta en el dragón.

—¿Qué es eso, John? dijo: ¿nos trae V. prisioneros?

—No, respondió el cazador; este soldado deseaba a toda costa ver a V. por ciertas razones que él mismo explicará, y he creído que debía complacerle.

—Bien, dentro de un momento nos entenderemos con él. Y V., ¿qué ha hecho?

—Lo que V. me había encargado.

—Según eso, ¿ha alcanzado V. un completo buen éxito?

—Completo.

—¡Bravo! Amigo mío. Cuénteme V. eso.

—¿Para qué dar ahora pormenores? respondió el americano señalando con una ojeada al dragón que permanecía inmóvil e impasible a pocos pasos de distancia.

El Jaguar lo comprendió y dijo:

—Es cierto. Veamos ahora qué viene a ser este hombre.

Y dirigiéndose al soldado, añadió:

—Acérquese V., amigo.

—A la orden de V., mi Capitán.

—¿Cómo se llama V.?

—Gregorio Felpa. Soy dragón, como puede usted verlo por mi uniforme.

—¿Por qué motivo deseaba V. verme?

—Por el deseo de prestar a V. un servicio importante.

—Doy a V. gracias; pero, por lo general, los servicios cuestan sumamente caros, y yo no soy rico.

—Llegará V. a serlo.

—Así lo deseo. Veamos, ¿cuál es ese gran servicio que intenta V. prestarme?

—Voy a explicarme en pocas palabras. Toda cuestión política presenta dos aspectos: esto depende del punto de vista bajo el cual se la considere. Yo soy nacido en Tejas, e hijo de un norteamericano y de una india, lo cual equivale a decir que aborrezco con toda mi alma a los mejicanos.

—Al grano, al grano.

—A eso voy. Siendo soldado, aunque contra toda mi voluntad, el general Rubio me ha encargado que lleve al capitán Melendez un despacho en el cual le cita para un sitio en que debe reunirse con él a fin de evitar el Río Seco, en donde dicen que tiene V. intención de emboscarse para apoderarse de la conducta de plata.

—¡Hola! ¡Hola! dijo el Jaguar, quien escuchaba ya con suma atención; pero ¿cómo conoce V. el contenido de ese despacho?

—De una manera muy sencilla. El general tiene en mí la mayor confianza y me ha leído el despacho, porque a mí es a quien ha encargado que sirva de guía al capitán Melendez para dirigirse al sitio de la cita.

—Según eso, ¿hace V. traición a su jefe?

—¿Es ese el nombre que da V. a mi acción?

—Hablo colocándome en el lugar del general.

—¿Y colocándose V. en el suyo?

—Cuando hayamos arreglado el asunto, se la diré a V.

—Bueno, respondió el dragón con tono indiferente.

—¿Tiene V. ahí ese despacho?

—Aquí está.

El Jaguar lo cogió, lo examinó atentamente dándole algunas vueltas, e hizo el ademán de abrirlo.

—¡Deténgase V.! exclamó el soldado con viveza.

—¿Por qué?

—Porque si le abre V., ya no podré entregársele a la persona a quien está destinado.

—¿Cómo dice V. eso?

—No me entiende V., replicó el soldado con una impaciencia mal disimulada.

—Así lo creo, respondió el Jaguar.

—Solo le pido a V. que me escuche durante cinco minutos.

—Hable V.

—El punto en que el general cita al capitán Melendez es la laguna del Venado. Antes de llegar a ese sitio hay un desfiladero bastante angosto y muy fragoso.

—Le conozco, es el desfiladero del Palo Muerto.

—Bueno. Se emboscará V. en él, a la derecha y a la izquierda, entre los matorrales, y cuando pase el convoy, le atacará V. por todos los lados a la vez. Es imposible que se escape, si, como supongo, adopta V. bien sus disposiciones.

—Sí, el sitio es muy favorable para un golpe de mano; pero ¿quién me responde de que el convoy pasará por ese desfiladero y no por el del Río Seco?

—Yo.

—¿Cómo V.?

—Sí por cierto, puesto que yo he de servir de guía.

—Ahora sí que ya no nos entendemos.

—Al contrario, nos entendemos muy bien. Voy a separarme de V.; iré a reunirme con el capitán a quien entregaré el despacho del general; que quiera que no, se verá obligado a tomarme por guía y le llevaré a poder de V., con la misma seguridad con que se conduce a un novillo al matadero.

El Jaguar dirigió al soldado una mirada que parecía que quería penetrar hasta lo más profundo de su corazón.

—Es V. un mozo muy atrevido, le dijo por fin; pero, en concepto mío, arregla V. demasiado bien las cosas a su antojo. Yo no le conozco a V.: ésta es la primera vez que le veo y (perdóneme que le hable con tanta franqueza) es para fraguar una traición. ¿Quién me responde de la fidelidad de V.? Si soy bastante necio para dejarle marchar tranquilamente, ¿quién me asegura que no se volverá contra mí?

—Mi propio interés ante todo: si merced a mi auxilio se apodera V. del convoy, me pagará quinientas onzas de oro.

—No es demasiado caro. Sin embargo, permítame V. que le haga todavía otra observación.

—Hágala V.

—Nada me prueba que no le hayan prometido a V. el doble por apoderarse de mí.

—¡Oh! ¡No! dijo el soldado con energía.

—¡Cáspita! Oiga V., cosas más singulares se han visto, y por poco que valga mi cabeza, confieso a V. mi debilidad de tenerla mucho apego. Así pues, le advierto que si no tiene mejores garantías que darme, queda deshecho el negocio.

—¡Sería lástima!

—Ya lo sé; pero la culpa es de V. y no mía. Debía V. haber adoptado mejor sus medidas antes de venir a buscarme.

—¿Con que nada podrá convencerle a V. de mi buena fe?

—Nada.

—Veamos, es preciso concluir, exclamó el soldado con impaciencia.

—Eso es lo que más deseo.

—¿Queda bien convenido entre nosotros que me dará V. quinientas onzas de oro?

—Sí, si por mediación de V. me apodero de la conducta de plata.

—Desde luego.

—Pues se las prometo a V.

—Basta; sé que nunca falta V. a su palabra.

Entonces se desabrochó el uniforme, cogió una bolsita colgada de su cuello con una cadena de acero, y se la presentó al cabecilla diciéndole:

—¿Conoce V. esto?

—Sí por cierto, respondió el Jaguar santiguándose devotamente, es una reliquia.

—Bendecida por el Papa, como lo prueba este certificado.

—Es cierto.

El dragón se quitó la reliquia y la puso en manos del Jaguar; luego, cruzando el pulgar de la mano derecha con el de la izquierda, dijo con voz firme y acentuada:

—Yo, Gregorio Felpa, juro sobre esta reliquia cumplir fielmente todas las cláusulas del trato que acabo de estipular con el noble capitán denominado el Jaguar: si falto a mi juramento, renuncio desde hoy y para siempre a la parte que espero tener en el paraíso, y me consagro a las llamas eternas del infierno. Ahora, añadió, guarde V. esa reliquia preciosa; a mi regreso me la devolverá.

El capitán, sin contestar, se la colgó inmediatamente al cuello.

¡Contradicción singular del corazón humano! ¡Anomalía inexplicable! Esos hombres, esos indios, paganos en su mayor parte no obstante el bautismo que han recibido, y que a pesar de fingir que observan ostensiblemente las reglas de nuestra religión, practican en secreto los ritos de su culto, tienen viva fe en las reliquias y los amuletos; todos llevan alguna al cuello en una bolsita, y esos hombres disolutos y perversos, para quienes nada hay sagrado, que se ríen de los sentimientos más nobles, y cuya vida entera trascurre imaginando picardías y maquinando traiciones, profesan tan profundo respeto a aquellas reliquias, que no hay ejemplo alguno de que un juramento prestado sobre una de ellas haya sido falseado nunca.

Explique quien quiera este hecho extraordinario: en cuanto a nosotros, nos limitamos a consignarle.

Ante el juramento prestado por el dragón, las sospechas del Jaguar se desvanecieron inmediatamente para ser sustituidas por la confianza más completa.

La conversación perdió el tono ceremonioso que hasta entonces había tenido; el soldado se sentó sobre un cráneo de bisonte, y los tres hombres, puestos ya de acuerdo, discutieron en la mejor armonía los medios más oportunos que debían emplearse para no sufrir un descalabro.

El plan propuesto por el soldado tenía una sencillez y una facilidad de ejecución que garantizaban su buen éxito; por eso fue adoptado en su totalidad, y la discusión solo versó ya sobre los pormenores.

Por último, a una hora bastante avanzada de la noche se separaron con el objeto de disfrutar algunos momentos de un descanso indispensable entre las fatigas del día que acababa de trascurrir y las que tendrían que soportar en el siguiente.

Gregorio durmió, como suele decirse, a pierna suelta, es decir, sin interrupción.

Unas dos horas antes de que saliese el sol, el Jaguar se inclinó hacia el soldado y le despertó: éste se levantó en seguida, se restregó los ojos, y al cabo de cinco minutos estaba tan ágil y dispuesto como si hubiese dormido cuarenta y ocho horas seguidas.

—Ya es tiempo de marchar, le dijo el Jaguar a media voz; John Davis ha cuidado y ensillado ya por sí mismo vuestro caballo. Venga V.

Salieron de la tienda. En efecto, el americano tenía de las riendas el caballo del soldado. Éste se puso en la silla de un salto, sin valerse de los estribos, para demostrar que estaba perfectamente descansado.

—Sobre todo, dijo el Jaguar, observe V. la mayor prudencia, tenga sumo cuidado con sus palabras y con sus más mínimos gestos, porque va V. a tener que habérselas con el oficial más valiente y más experimentado del ejército mejicano.

—Fíe V. en mí, Señor Capitán. ¡Canario! La recompensa es demasiado buena para que yo me exponga a echar a perder el negocio.

—Una palabra todavía.

—Diga V.

—Arréglese V. de modo que el convoy no llegue al desfiladero hasta el anochecer, pues la oscuridad entra por mucho en el buen éxito de una sorpresa. Y ahora, ¡adiós y buena suerte!

—Deseo a V. otro tanto.

El Jaguar y el americano escoltaron al dragón hasta los últimos atrincheramientos con el fin de dar el santo y seña a los centinelas avanzados, quienes, a no ser por esta precaución, y viendo el uniforme que Gregorio vestía, sin duda alguna le habrían hecho fuego desapiadadamente.

Cuando hubo salido del campamento, los dos hombres le siguieron con la vista durante todo el tiempo que pudieron distinguir su negra silueta, deslizándose como una sombra entre los árboles del bosque, en donde no tardó en desaparecer.

—He ahí lo que se llama un pícaro redomado, dijo John Davis; es más astuto que una zorra. ¡Vive Dios! ¡Qué tuno tan hediondo!

—¡Eh! Amigo mío, respondió el Jaguar, se necesitan hombres de ese temple. Sin eso ¿qué sería de nosotros?

—¡Es verdad! Esos hombres son necesarios como la peste y la lepra. Sin embargo, sostengo mis palabras: ¡es el pícaro más completo que he visto en toda mi vida, y bien sabe Dios que en el curso de mi existencia he visto desfilar por delante de mí una colección magnífica!

Algunos minutos después, los merodeadores de fronteras levantaban el campo y montaban a caballo con el fin de dirigirse al desfiladero para el cual habían dado cita a Gregorio Felpa, el asistente del general Rubio, quien había depositado en él una confianza a que tan acreedor se hacía en todos conceptos.


XXX.

LA EMBOSCADA.


El Jaguar adoptó tan bien sus medidas, y el traidor que guió la conducta de plata maniobró tan bien, que los mejicanos habían caído en una emboscada de la cual era muy difícil, ya que no imposible, que saliesen.

Los soldados, atemorizados un instante por la caída de su jefe cuyo caballo fue herido mortalmente en el principio de la acción, pero dóciles, sin embargo, a la voz del capitán, quien por un esfuerzo supremo había logrado levantarse casi en seguida, se agruparon en torno de la recua, y haciendo frente con resolución a todos los costados a la vez, se dispusieron a defender con valor el precioso depósito confiado a su custodia.

La escolta mandada por el capitán Melendez, aunque poco numerosa, se componía de soldados viejos y de experiencia, acostumbrados hacía mucho tiempo a la guerra de guerrillas y para quienes nada extraordinario ofrecía la posición crítica en que su mala estrella les había colocado.

Los dragones echaron pie a tierra, y tirando sus largas lanzas que les eran inútiles en una lucha como la que se preparaba, cogieron sus carabinas, se las echaron a la cara, y con los ojos fijos en los matorrales, aguardaron impasibles la orden de comenzar el fuego.

El capitán Melendez había estudiado el terreno con una ojeada rápida, y vio que estaba muy lejos de serle favorable. A derecha e izquierda había ásperas pendientes coronadas de enemigos; a retaguardia, una partida numerosa de merodeadores de fronteras, emboscada detrás de unos árboles caídos que, como por encanto, habían interceptado súbitamente el camino y cortado la retirada; por último, a vanguardia, un precipicio de cerca de veinte metros de anchura y de una profundidad incalculable.

Así pues, parecía que a los mejicanos se les arrebataba toda esperanza de salir sanos y salvos de la posición en que se hallaban acorralados, no solo por razón del considerable número de enemigos que les cercaban por todos lados, sino también por la disposición del sitio. Sin embargo, después que el capitán hubo estudiado atentamente el terreno, brilló en sus ojos un relámpago, y una sonrisa sombría iluminó su semblante.

Hacía mucho tiempo que los dragones conocían a su jefe, tenían fe en él, vieron aquella sonrisa y se acrecentó su valor.

El capitán se había sonreído, luego tenía esperanza.

Verdad es que ni un solo hombre, en toda la escolta, hubiera podido decir en qué consistía aquella esperanza.

Después de la primera descarga, los merodeadores coronaron inopinadamente las alturas, pero permanecieron inmóviles, contentándose con vigilar con la mayor atención los movimientos de los mejicanos.

El capitán aprovechó este momento de tregua que tan generosamente le ofrecía el enemigo, para adoptar algunas disposiciones defensivas y corregir su plan de batalla.

Descargáronse las mulas, colocáronse los preciosos cajones enteramente atrás, lo más lejos posible del enemigo; luego las mulas y los caballos, llevados al frente de la línea de batalla del destacamento, fueron colocados de modo que sus cuerpos sirviesen de parapetos a los soldados, los cuales, con una rodilla en tierra y doblados detrás de aquel atrincheramiento vivo, se encontraron guarecidos en cierto modo contra las balas enemigas.

Cuando todas estas medidas estuvieron adoptadas y una ojeada postrera cercioró al capitán de que sus órdenes se habían ejecutado con puntualidad, se inclinó al oído del señor Bautista, arriero principal, y le dijo algunas palabras en voz baja.

El arriero hizo un movimiento brusco de sorpresa al oír las palabras del capitán; pero reanimándose en seguida, bajó afirmativamente la cabeza.

—¿Obedecerá V.? preguntó D. Juan mirándole fijamente.

—Sí, mi Capitán; lo juro por mi honor, contestó el arriero.

—Pues entonces le respondo a V. de que vamos a reírnos, dijo alegremente el joven.

El arriero se retiró, y el capitán fue a colocarse al frente de sus soldados. Apenas había ocupado su puesto de combate cuando un hombre apareció en la cumbre de la pendiente de la derecha: aquel hombre llevaba en la mano una lanza en cuyo extremo flotaba un pedazo de tela blanca.

—¡Oh! ¡Oh! murmuró el capitán, ¿qué significa eso? ¿Temen ya que se les escape su presa?

—¡Eh! gritó con voz fuerte, ¿qué quieren VV.?

—Parlamentar, respondió lacónicamente el hombre de la bandera.

—¡Parlamentar! replicó el capitán, ¿para qué? Además, tengo la honra de ser oficial en el ejército mejicano, y no puedo estipular tratos con bandidos.

—Tenga V. cuidado, Capitán, un valor inoportuno suele degenerar en fanfarronada; la posición de V. es desesperada.

—¿Lo cree V. así? respondió el joven con voz burlona.

—Está V. cercado por todas partes.

—Excepto por una.

—Sí; pero en esa hay un precipicio que no se puede pasar.

—¿Quién sabe? dijo el capitán, siempre en tono de sorna.

—En fin, ¿quiere V. escucharme, sí o no? repuso el otro a quien este diálogo comenzaba a impacientar.

—Corriente, dijo el oficial, veamos las proposiciones de V., y después le manifestaré mis condiciones.

—¿Qué condiciones? preguntó el parlamentario con sorpresa.

—¡Pardiez! Las que me propongo imponer a usted.

Una carcajada homérica de los merodeadores de fronteras acogió estas palabras altaneras. El capitán permaneció impasible y frío.

—¿Quién es V.? preguntó.

—El jefe de la gente que les tiene a VV. cautivos.

—¡Cautivos! Creo que no; en fin, allá veremos. ¡Ah! ¿Con que es V. el Jaguar, ese bandido feroz cuyo nombre es execrado en todas estas fronteras?

—Yo soy el Jaguar, respondió éste sencillamente.

—Muy bien. ¿Qué me quiere V.? Hable, y sobre todo sea breve, replicó el capitán apoyando la punta de su sable en el extremo de su bota.

—Quiero evitar la efusión de sangre, dijo el Jaguar.

—Eso está muy bien; pero me parece un poco tarde para adoptar una resolución tan laudable, dijo el oficial con su voz burlona.

—Escuche V., Capitán; es V. un oficial valiente, y sentiría yo que sucediese una desgracia; no se obstine V. en sostener una lucha imposible, rodeado como lo está por fuerzas considerables; toda tentativa de resistencia sería una locura imperdonable que no daría más resultado que la muerte de todos los soldados que usted manda, sin que le quede la menor esperanza de salvar el convoy confiado a su custodia. Ríndase V., se lo repito, pues no le queda otro medio de salvación.

—Caballero, respondió el oficial hablando ya esta vez en tono muy serio, doy a V. gracias por las palabras que acaba de pronunciar; tengo cierta experiencia para conocer a los hombres, y veo que en este momento habla V. lealmente.