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Los miserables - Tomo 1 (de 2) cover

Los miserables - Tomo 1 (de 2)

Chapter 10: LIBRO OCTAVO RETROCESO
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About This Book

La narrativa sigue a un hombre liberado de una larga pena que intenta rehacer su vida, proteger a una niña vulnerable y expiar errores pasados, mientras un funcionario inflexible persigue el orden jurídico. Entre entrelazadas historias de sacrificio, desesperación y pequeñas bondades, se exponen la explotación, la miseria urbana y la hipocresía social. El texto alterna episodios dramáticos con amplias digresiones históricas y filosóficas sobre justicia, misericordia y redención, mostrando cómo actos individuales y estructuras sociales afectan destinos personales.

LIBRO OCTAVO
RETROCESO

I
En qué espejo vió el señor Magdalena sus cabellos

El día comenzaba á romper. Fantina había pasado una noche de insomnio y calentura, llena, sin embargo, de imágenes risueñas; quedóse dormida al amanecer. Sor Simplicia, que la había velado, aprovechó este sueño para ir á preparar una nueva poción de quina.

La buena hermana hacía algunos instantes que se hallaba en el laboratorio de la enfermería con sus drogas y redomas, mirándolas muy de cerca, á causa de esa especie de bruma que el crepúsculo esparce sobre los objetos, cuando, volviéndose de repente, dió un ligero grito. El señor Magdalena estaba delante de ella; acababa de entrar silenciosamente.

—¡Sois vos, señor alcalde!—exclamó.

Y él respondió en voz baja:—¿Cómo sigue esa pobre mujer?

—No mal, en este instante. Pero ayer estuvimos todas muy inquietas.

Y le explicó lo que había pasado; cómo Fantina había estado muy mala la víspera, y cómo entonces seguía mejor, porque creía que el señor alcalde había ido á buscar á su hija á Montfermeil. La hermana no se atrevió á interrogar al señor alcalde, pero conoció desde luego que no era de Montfermeil de donde venía.

—Está bien,—dijo él;—habéis hecho bien en no desengañarla.

—Sí,—respondió sor Simplicia; pero ahora cuando os vea sin la niña, señor alcalde, ¿qué vamos á decirle?

Permaneció un momento reflexivo y luego:

—¡Dios nos inspirará!—exclamó.

—Sin embargo, no podremos mentir,—murmuró á media voz la hermana.

Era ya completamente de día al entrar en la enfermería; la claridad daba de lleno en el rostro del señor Magdalena. La casualidad hizo que la hermana alzase los ojos.

—¡Dios mío!—exclamó ella.—¿Qué os ha pasado? ¡Todo el pelo se os ha vuelto blanco!

—¡Blanco!—repitió él.

Sor Simplicia no usaba espejo, y no teniéndole, tuvo que buscar en un estuche de instrumentos, donde había un espejito, de que se servía el médico de la enfermería para comprobar cuando un enfermo estaba muerto, que ya no respiraba.

El señor Magdalena tomó el espejo y mirándose los cabellos, dijo:

—¡Es verdad!

Pronunció esta palabra con indiferencia y como si pensase en otra cosa.

La hermana sintió helársele la sangre por algo desconocido que entreveía en todo aquello.

Él preguntó:

—¿Puedo verla?

—¿Es que el señor alcalde no le recordará á su hija?—dijo la hermana, arriesgándose apenas á hacer la pregunta.

—Sin duda; pero faltan á lo menos dos ó tres días.

—Si no viera al señor alcalde hasta entonces,—repuso tímidamente la hermana,—no sabría que estaba de vuelta, y sería fácil inspirarle paciencia. Cuando llegase la niña, pensaría naturalmente que el señor alcalde había venido con ella. De este modo no habría necesidad de mentirle.

El señor Magdalena pareció reflexionar algunos instantes, y luego dijo con tranquila gravedad:

—No, hermana; es preciso que yo la vea. Ta vez lleve yo prisa.

La hermana no dió muestra de fijarse en estas palabras «tal vez», que daban un sentido obscuro y singular á la frase del señor alcalde, y respondió bajando los ojos, con voz respetuosa:

—En ese caso, está descansando; pero el señor alcalde puede entrar.

Hizo él algunas observaciones acerca de una puerta que cerraba mal, y cuyo ruido podía despertar á la enferma, y entró enseguida á donde estaba Fantina, á cuya cama se acercó entreabriendo las cortinas. Estaba durmiendo. El aliento salía de su pecho con ese ruido lúgubre propio de esa clase de enfermedades, que desconsuela á las pobres madres que velan por la noche á la cabecera de su hijo, desahuciado y dormitando. Pero aquella respiración fatigosa no turbaba apenas una especie de serenidad inefable, difundida por su semblante, y que la transfiguraba en su sueño. Su palidez se había trocado en blancura; sus mejillas estaban encarnadas. Sus largas pestañas rubias, único rasgo de belleza que le restaba de su virginidad y juventud, palpitaban á pesar de estar bajos y cerrados los ojos. Todo su cuerpo parecía como tembloroso por cierto movimiento de alas, dispuestas á entreabrirse y llevársela, cuyo aleteo se sentía sin verlas.

Al mirarla en aquel estado, nadie hubiera podido creer que era una enferma casi desahuciada. Antes parecía que iba á emprender el vuelo que á morirse.

La rama, cuando se acerca una mano para arrancar la flor, tiembla, y parece como que huye y se ofrezca al mismo tiempo. El cuerpo humano tiene algo de semejante temblor, cuando llega el instante en que los dedos misteriosos de la muerte van á coger el alma.

El señor Magdalena permaneció inmóvil algún tiempo al lado de aquel lecho, mirando alternativamente á la enferma y al crucifijo, como cuando dos meses antes, fué á verla por la primera vez en el asilo. Ambos aparecían en la misma actitud; dormida ella y orando él; pero en el trascurso de aquellos dos meses, ella tenía los cabellos grises y él los tenía blancos.

La hermana no había entrado con él. Estábase el señor Magdalena de pie junto á la cama, con el dedo sobre los labios, como si hubiese alguien allí á quien imponer silencio.

Ella abrió los ojos, le vió, y le dijo apaciblemente con dulce sonrisa:

—¿Y Cosette?

II
Fantina dichosa

No hizo el menor movimiento de sorpresa ni de alegría, puesto que era la alegría misma. Esta sencilla pregunta: ¿y Cosette? fué hecha con una fe tan profunda, con tanta certidumbre, con una ausencia tan completa de inquietud y de duda, que no se le ocurrió á él palabra alguna. Ella continuó:

—Ya yo sabía que estabais aquí, aunque dormía, lo estaba viendo. Y hace ya buen rato que lo veo, puesto que toda la noche os he ido siguiendo con los ojos. Estábais en medio de una gloria rodeado de toda clase de figuras celestes.

Él levantó su mirada hasta el crucifijo.

—Pero,—repuso ella,—decidme luego: ¿dónde está Cosette? ¿Por qué no la habéis sentado sobre mi cama para el momento en que yo despertase?

El señor Magdalena respondió maquinalmente algunas palabras, que no ha podido nunca recordar.

Afortunadamente el médico, á quien se había avisado, llegó á tiempo de auxiliar al señor Magdalena.

—Hija mía,—dijo el médico;—calmaos. Vuestra hija está ahí.

Los ojos de Fantina se iluminaron cubriéndose de claridad todo su semblante. Juntó ambas manos con una expresión que contenía todo cuanto puede haber en la oración á un tiempo mismo, dulce y violento.

—¡Oh!—exclamó.—¡Traédmela!

¡Tierna ilusión de madre! Cosette era aún para ella la criaturita que se lleva en brazos.

—Todavía no,—repuso el médico,—todavía no. Aún tenéis un poco de fiebre. La vista de vuestra hija os agitaría y podría haceros daño. Lo primero es curarse.

Ella le interrumpió impetuosamente:

—Pero, ¡si ya estoy buena! ¡Os digo que estoy buena! ¡Qué torpeza de médico! ¡Yo quiero ver á mi hija!

—¿Veis, veis,—dijo el médico,—cómo os exaltáis? Mientras estéis así, me opondré á que veáis á vuestra hija. No basta que la veáis, es preciso vivir para ella. Cuando seáis razonable, yo mismo os la traeré.

La pobre madre agachó la cabeza:

—Señor doctor, os pido perdón, os lo pido de veras. En otro tiempo no habría hablado como ahora, pero me han sucedido tantas desgracias, que algunas veces no sé lo que me digo. Comprendo que teméis la emoción, y esperaré cuanto queráis; pero os juro que no me hubiera hecho el menor daño ver ahora á mi hija. Si la estoy viendo, mis ojos no dejan de verla desde ayer noche. ¿Entendéis? Si ahora me la trajeran me pondría á hablar con ella tranquilamente. Nada más. ¿No es muy natural que tenga deseos de ver á mi hija, á quien han ido á buscar expresamente á Montfermeil? No estoy enfadada. Sé perfectamente que voy á ser dichosa. Toda la noche he estado viendo cosas blancas y personas que me sonreían. Cuando quiera el señor doctor me traerá él mismo á mi Cosette. Ya no tengo calentura, puesto que estoy curada, conozco bien que ya no tengo nada, pero voy á hacer como si estuviese enferma, y á no moverme para complacer á las hermanas. Cuando vean que estoy muy tranquila, dirán: hay que traerle su hija.

El señor Magdalena se había sentado en una silla que había junto al lecho.

Volvióse Fantina hacia él, haciendo visibles esfuerzos por parecer serena y «muy juiciosa», según su propia frase, durante aquel abatimiento de la enfermedad, parecida á la debilidad de la infancia, á fin de que, viéndola tan calmada, no encontrasen dificultad en llevarle su Cosette. Sin embargo, al mismo tiempo que se contenía, no podía menos de dirigir al señor Magdalena algunas preguntas.

—¿Habéis tenido buen viaje, señor alcalde? ¡Oh! ¡Y qué bueno sois en haber ido á buscarla! Decidme solamente cómo está. ¿Ha resistido bien el viaje? ¡Ay! ¡Ya no va á conocerme! Después de tanto tiempo, se habrá olvidado de mí la pobrecita. Las criaturas no tienen memoria, son como los pájaros. Hoy ven una cosa, mañana otra, y luego no se acuerdan de nada. ¿Tenía al menos ropa limpia? ¿Los Thénardier la tenían aseada? ¿Qué le daban de comer? ¡Oh! ¡Cuánto he sufrido, si supiérais, haciéndome todas esas preguntas en los tiempos de mi miseria! ¡Ahora todo ha pasado! ¡Estoy alegre! ¡Oh! ¡Y cómo querría verla! Señor alcalde, ¿os ha parecido bonita? ¿Verdad que es muy hermosa mi hija? ¿Habréis tenido mucho frío en la diligencia? ¿No me la podrían traer siquiera un momento? ¡Ya se la volverían á llevar enseguida! ¡Decidlo vos! ¡Vos que sois el amo!

Él le tomó la mano, y dijo:

—Cosette es hermosa, y está buena; pronto la veréis; pero calmaos. Habláis con demasiada viveza, y sacáis los brazos fuera de la cama, y esto os hace toser.

En efecto, accesos de tos interrumpían á Fantina casi á cada palabra.

Fantina no murmuró siquiera, temiendo haber comprometido con algunas quejas apasionadas la confianza que quería inspirar, y púsose á hablar de cosas indiferentes:

—¿Es muy bonito Montfermeil, no es verdad? Durante el verano se hacen muchas excursiones de recreo. ¿Hacen negocio los Thénardier? No pasa mucha gente por su casa. Es una especie de figón la tal posada.

El señor Magdalena seguía teniéndola cogida la mano y contemplándola ansioso; era evidente que había ido á decirle cosas, ante las cuales su mente vacilaba. El médico, terminada la visita, se había retirado. Sor Simplicia era la única persona que estaba con ellos.

Entre tanto, en medio de aquel silencio, exclamó Fantina:

—¡Ya la oigo! ¡Dios mío! ¡Ya la oigo!

Extendió la mano imponiendo silencio, retuvo el aliento, y se puso á escuchar como extasiada.

Había una criatura que estaba jugando en el patio, hija de la portera ó de alguna operaria. Fué una de esas casualidades que ocurren siempre, y que parecen formar parte del aparato misterioso de los sucesos lúgubres. La criatura, que era una niñita, iba, venía, corría para entrar en calor, reía y cantaba en alta voz.

¡Ah! ¡En qué no se mezclan los juegos de niños! El canto de aquella criatura era el que oía Fantina.

—¡Oh!—exclamó ella.—¡Es mi Cosette! Conozco su voz.

La chiquilla se alejó tal como había venido; la voz se extinguió. Fantina siguió escuchando por algún tiempo; después se cubrió de sombras su semblante, y el señor Magdalena la oyó que decía por lo bajo:

—¡Qué malo es ese médico, no dejándome ver á mi hija! ¡Mala cara tiene ese hombre!

Sin embargo, reapareció el fondo risueño de sus pensamientos, y continuó hablándose á sí misma, sin levantar la cabeza de la almohada:

—¡Qué felices vamos á ser! Tendremos en primer lugar un jardinito. Me lo ha prometido el señor Magdalena. Mi hija jugará en el jardín. Ya debe saber de seguro, las letras. Yo la haré deletrear. Correrá entre la yerba detrás de las mariposas. Yo la contemplaré. Luego hará su primera comunión. ¡Ah! ¿Cuándo debe hacer su primera comunión?

Púsose á contar con los dedos.

—...Uno, dos, tres, cuatro... Tiene siete años. Dentro de cinco, llevará un velo blanco y medias caladas, parecerá una mujercita. ¡Oh, mi buena hermana, no sabéis lo tonta que yo soy! ¡Pues no estoy ya pensando en la primera comunión de mi hija!

Y se puso á reir.

Él había dejado la mano de Fantina, y oía aquellas palabras como se oye el viento que sopla, con la vista en el suelo y el espíritu sumido en reflexiones profundas. De pronto dejó ella de hablar, y esto le hizo á él levantar maquinalmente la cabeza. Fantina se había puesto horrorosa.

No hablaba ya, no respiraba; se había medio incorporado sobre la cama; su hombro descarnado salía por entre la camisa; su rostro, radiante hacía un momento, estaba descompuesto, parecía fijarse en algo formidable que estaba ante su vista al otro extremo de la sala, agrandados sus ojos por el terror.

—¡Dios mío!—exclamó él.—¿Qué tenéis, Fantina?

Ella no respondió, ni apartó los ojos del objeto que parecía estar viendo; tocóle el brazo con una mano, y con la otra le hizo seña de que mirase detrás de sí.

Volvióse, y vió á Javert.

III
Javert contento

He aquí lo que había pasado.

Acababan de dar las doce y media, cuando el señor Magdalena salió de la sala de los jurados de Arras. Había llegado de vuelta á la posada precisamente á tiempo de partir con la silla correo en el asiento que recordará el lector que había tomado.

Poco antes de las seis de la mañana había llegado á M* sur M*, y su primer cuidado había sido echar al correo su carta dirigida al señor Laffite, y luego ir á la enfermería á ver á Fantina.

En el entretanto, y apenas había dejado él la sala de audiencia del tribunal de los jurados, cuando vuelto en sí el fiscal de su primera sorpresa, había tomado la palabra para deplorar el acto de locura del honorable alcalde de M* sur M*, y declarar que no por ese incidente peregrino, que se aclararía más tarde, se habían modificado sus convicciones requiriendo por lo tanto, la condena de aquel Champmathieu, evidentemente verdadero Juan Valjean. La persistencia del fiscal estaba visiblemente en contradicción con el sentimiento de todos, así del público, como del tribunal y del jurado. Al defensor le costó poquísimo trabajo refutar aquella arenga y establecer que, á consecuencia de las revelaciones del verdadero Juan Valjean, el asunto había cambiado completamente de aspecto y que el jurado no tenía ya ante sí más que un inocente. El abogado había proferido con ese motivo algunas sentencias declamatorias, desgraciadamente poco nuevas, acerca de los errores judiciales, etc., etc.; el presidente, en su resumen, se unió al defensor, y el jurado en breves momentos declaró libre de culpa á Champmathieu.

Sin embargo, hacía falta un Juan Valjean y el fiscal, no teniendo ya á Champmathieu, tomó á Magdalena.

Inmediatamente después de haber sido puesto en libertad Champmathieu, el fiscal se encerró con el presidente. Ambos conferenciaron acerca «de la necesidad de apoderarse de la persona del señor alcalde de M* sur M*». Esta frase, en la que hay muchos de, es del fiscal, escrita toda de su mano en la minuta de su informe al tribunal superior. Pasada la primera emoción, el presidente hizo pocas objeciones. Creyó que era preciso que la justicia siguiese su curso.

Y luego, para decirlo todo, aunque el presidente fuése hombre de bien y bastante entendido, era al propio tiempo muy realista, casi furibundo, y le había chocado que el alcalde de M* sur M*, hablando del desembarco de Cannes, dijese el emperador y no Buonaparte.

La orden de arresto fué expedida inmediatamente. El fiscal la envió á M* sur M*, por uno de sus hombres, á uña de caballo, encargándosela al inspector de policía Javert.

Ya sabemos que Javert había regresado á M* sur M*, inmediatamente después de haber prestado su declaración.

Javert se estaba levantando en el momento en que el enviado del fiscal le entregó la orden de arresto y mandato de traslación.

El enviado del fiscal era también un agente de policía muy experimentado, quien puso en dos palabras á Javert al corriente de lo sucedido en Arras. La orden de arresto, firmada por el fiscal, estaba concebida en estos términos:

«El inspector Javert reducirá á prisión al señor Magdalena, alcalde de M* sur M*, quien en la audiencia de este día ha sido reconocido por ser el presidiario cumplido Juan Valjean».

Quien no conociera á Javert y le hubiese visto en el momento de penetrar en la antesala de la enfermería, no habría podido adivinar nada de lo que pasaba, y le habría encontrado el aire más natural del mundo. Estaba frío, sereno, grave, con su pelo gris perfectamente alisado sobre las sienes, y acabando de subir la escalera con su lentitud acostumbrada. Pero quien le hubiese conocido á fondo, examinándole atentamente, se hubiera estremecido. La hebilla de su corbatín de cuero, en vez de estar sobre la nuca, estaba junto la oreja izquierda. Esto revelaba una agitación inaudita.

Javert era un carácter completo, no permitiéndose el menor pliegue ni en su deber ni en su traje; metódico con los criminales, rígido con los botones del vestido.

Para haberse dejado fuera de lugar la hebilla de su corbatín, menester era que se verificase en él una de aquellas emociones que podríamos llamar terremotos interiores.

Habíase presentado sencillamente, después de haber pedido un cabo y cuatro soldados en el cuerpo de guardia inmediato, y dejándoles en el patio había preguntado por el cuarto de Fantina, cuya indicación le había dado la portera sin la menor desconfianza, acostumbrada como estaba, á ver gentes armadas preguntando por el señor alcalde.

Al llegar al cuarto de Fantina alzó el picaporte, empujó la puerta con la suavidad de un enfermero ó de un espía, y entró.

Mejor dicho: no entró. Se mantuvo de pie junto á la puerta entreabierta con el sombrero puesto, y la mano izquierda metida bajo la solapa de su levitón que llevaba abrochado hasta la barba. En el pliegue del codo asomaba el puño de plomo de su enorme bastón, el cual desaparecía detrás de él.

Permaneció en esta actitud cerca de un minuto, sin que se notase su presencia. De pronto Fantina alzó los ojos, le vió, é hizo que se volviese el señor Magdalena.

En el momento en que la mirada de Magdalena tropezó con la mirada de Javert, Javert, sin moverse, sin dar un paso, sin adelantarse, apareció espantoso. Ningún sentimiento humano puede manifestarse tan horrible como la alegría.

Fué aquélla la expresión de un demonio que acababa de encontrar á su condenado.

La certidumbre de tener por fin á Juan Valjean, hizo aparecer en su fisonomía todo cuanto se guardaba encerrado en su alma. El fondo removido subió á la superficie. La humillación de haber perdido la pista y haberse equivocado durante algunos minutos con aquel Champmathieu, se borraba bajo el orgullo de haber adivinado tan bien desde el principio, y tenido por tanto tiempo un instinto certero. El contento de Javert estalló en su actitud soberana. La deformidad del triunfo brilló sobre su deprimida frente. Adquirió todo el desarrollo del horror que pueda caber en un semblante satisfecho.

Javert en aquel momento estaba en el cielo. Sin que él mismo supiese darse cuenta exacta de lo que pasaba por él, comprendía, sin embargo, por una intuición confusa de su deber y de su éxito, que él, Javert, personificaba la justicia, la luz y la verdad en su función sublime de aplastar el mal. Tenía detrás de sí y en derredor suyo, á una profundidad infinita, la autoridad, la razón, la cosa juzgada, la conciencia legal, la vindicta pública, todas las estrellas. Él protegía el orden, hacía surgir el rayo de la ley, vengaba á la sociedad, prestaba su fuerza á lo absoluto; erguíase en medio de su gloria. Había en su triunfo un resto de provocación y de lucha; en pie, altanero, radiante, desplegaba á manos llenas en el azulado ambiente, la bestialidad sobrehumana de un arcángel feroz. La sombra terrible de la acción que desempeñaba hacía visible en su crispada mano el vago centelleo de la espada social. Satisfecho é indignado, tenía bajo su planta el crimen, el vicio, la rebeldía, la perdición, el infierno. Irradiaba, exterminaba, sonreíase, y no puede negarse que había cierta grandeza en aquel san Miguel monstruoso.

Javert, espantoso, no tenía nada de innoble.

La probidad, la sinceridad, el candor, la convicción, la idea del deber, son cosas que, equivocándose, pueden trocarse en repugnantes; pero que, repugnantes y todo, permanecen grandes. La majestad propia de la conciencia humana, persiste en el horror. Son virtudes que tienen un vicio, el error. La despiadada alegría honrada de un fanático en plena atrocidad, conserva cierta aureola tristemente venerable. Sin él advertirlo en medio de su contento formidable, era Javert digno de lástima, como todo ignorante que triunfa. No puede darse nada tan doloroso y terrible como aquel semblante, en que se manifestaba lo que podríamos llamar todo lo malo de lo bueno.

IV
La autoridad recobra sus derechos

Fantina no había vuelto á ver á Javert desde el día en que el alcalde la había librado de sus manos. Su cerebro enfermo no se daba cuenta de nada; pero se imaginó que iba á buscarla. No pudo, pues, soportar la vista de aquel semblante horrible; sintióse morir, ocultó el rostro entre ambas manos, y exclamó angustiada:

—¡Señor Magdalena, salvadme!

Juan Valjean—ya no le llamaremos de otro modo en adelante—se había levantado y dicho á Fantina con acento apacible y sereno:

—Tranquilizaos, no es por vos por quien viene.

Después dirigiéndose á Javert, le dijo:

—Ya sé lo que queréis.

Javert respondió:

—¡Vamos pues!

Hubo en la inflexión con que acompañó estas dos palabras algo, en verdad, frenético y feroz. Javert no dijo: ¡Vamos pues! sino ¡Vampués! No hay ortografía que pueda expresar el acento con que lo pronunció. No fué aquello palabra humana; fué un rugido.

No obró según costumbre, no entró en materia, no presentó la orden de arresto. Para él Juan Valjean era una especie de enemigo misterioso é impalpable, un luchador tenebroso, á quien venía atacando hacía cinco años sin poder derribarle. Aquella prisión no era un principio, sino un fin. Limitóse por ello á exclamar:

—¡Vamos, pues!

Y así diciendo, no adelantó un paso, lanzó solamente sobre Juan Valjean aquella mirada que él arrojaba como un garfio, y con la cual acostumbraba á arrastrar violentamente hacia él á los desgraciados.

Ésta fué la mirada que sintió penetrar Fantina, hasta la médula de sus huesos, dos meses antes.

Al grito de Javert, Fantina había vuelto á abrir los ojos. Pero estando allí el señor alcalde ¿qué había de temer?

Javert se adelantó hasta el medio de la sala y exclamó:

—¡Ea! ¿Vienes?

La infeliz miraba en torno suyo. No había nadie más que la hermana y el alcalde. ¿Á quién se podía dirigir aquel tuteo abyecto de Javert? Á ella solamente; y empezó á temblar.

Entonces vió Fantina una cosa inaudita, de tal modo inaudita, como nunca jamás se le había aparecido otra alguna, ni en los más espantosos delirios de su fiebre.

Vió al repugnante Javert coger por el cuello al señor alcalde, y vió al señor alcalde bajar la cabeza. Parecióle que se hundía el mundo.

Javert, en efecto, había cogido por el cuello á Juan Valjean.

—¡Señor alcalde!—exclamó Fantina.

Javert se echó á reir con aquella expresión espantosa que descubría todos sus dientes.

—¡Ya no hay aquí señor alcalde alguno!

Juan Valjean no probó siquiera de rechazar la mano que le tenía sujeto por el cuello de su levita, y dijo solamente:

—¡Javert!...

Javert le interrumpió:

—Llámame señor inspector.

Señor inspector,—repuso Juan Valjean—quiero deciros una palabra á solas.

—¡Alto y claro! Habla alto,—respondió Javert.—Á mí se me habla siempre en alta voz.

Juan Valjean continuó bajándola:

—Es un favor que os pido...

—Dígote que hables alto.

—Es cosa que únicamente vos debéis oir...

—¿Y á mí qué me importa? ¡No escucho nada!

Juan Valjean se volvió hacia él, y dijo rápidamente muy por lo bajo:

—¡Concederme tres días! ¡Tres días para ir á buscar la criatura de esta pobre mujer! ¡Pagaré lo que sea! Podéis acompañarme si queréis.

—¡Quieres reirte!—exclamó Javert.—¡No te creía yo tan bruto! ¡Me pides tres días para marcharte! ¡Dices que es para ir á buscar la hija de esta chica! ¡Ja, ja! ¡Vaya una gracia!

Fantina se estremeció.

—¡Mi hija!—exclamó.—¡Ir á buscar á mi hija! ¡Luego no está aquí! Hermana mía, respondedme: ¿Dónde está Cosette? ¡Yo quiero á mi hija! ¡Señor Magdalena, señor alcalde!

Javert dió una patada.

—¡Ahora la otra! ¡Á ver si te callas, buena pieza! ¡Bonito país es éste donde los presidiarios son magistrados y las mujeres públicas están cuidadas como condesas! Pero todo ello va á cambiar pronto; ¡ya era tiempo!

Y mirando fijamente á Fantina, añadió, cogiendo otra vez por la corbata, la camisa y el cuello á Juan Valjean:

—Te digo que no hay aquí ningún señor Magdalena, ni señor alcalde alguno. No hay sino un ladrón, un bandido, un presidiario llamado Juan Valjean, que es á quien tengo cogido! ¡Eso es lo que hay!

Fantina se incorporó de súbito, apoyada en sus brazos débiles y descarnadas manos; miró á Juan Valjean, miró á Javert, miró á la hermana, abrió la boca como para hablar, pero salió solamente un ronquido del fondo de su garganta, y chocaron sus dientes; extendió después los brazos con angustia, abrió convulsivamente las manos, y buscando á su alrededor como el que se ahoga, cayóse luego por su propio peso sobre la almohada.

Su cabeza chocó contra la cabecera de la cama, doblándose sobre el pecho; la boca abierta, abiertos los ojos y apagados.

Estaba muerta.

Juan Valjean puso su mano sobre la mano de Javert que le tenía asido, y se la abrió como se abre la mano de un niño, diciéndole:

—¡Habéis matado á esa mujer!

—¡Acabaremos!—exclamó furioso Javert.—Yo no estoy aquí para atender razones. No perdamos el tiempo; la guardia está abajo, vamos enseguida, ó mando que te aten.

Había en un rincón de la sala una cama vieja de hierro en bastante mal estado, que servía para recostarse las hermanas cuando estaban de vela. Dirigióse á ella Juan Valjean, desencajó en un momento la cabecera, ya muy quebrantada, cosa facilísima á un hombre de sus fuerzas, y empuñando la barra principal, lanzó sobre Javert una mirada de alto á bajo. Javert retrocedió hasta la puerta.

Juan Valjean, empuñando su barra, llegóse lentamente hasta el lecho de Fantina y al llegar á él volvióse de frente hacia Javert, diciéndole en voz apenas perceptible:

—No os aconsejo que me estorbéis en este momento.

Es lo cierto que Javert temblaba.

Tuvo intención de ir á llamar á la guardia, pero Juan Valjean podía aprovecharse de aquel minuto para huir. Quedóse pues, cogiendo su bastón por lo más delgado, y reclinándose contra el quicio de la puerta miraba fijamente á Juan Valjean.

Juan Valjean apoyó su codo sobre el pomo de la cabecera y la frente en su mano, contemplando á Fantina inmóvil y tendida, permaneciendo así, absorto, mudo, y sin pensar seguramente en nada de esta vida. No se manifestaba en su rostro ni en su actitud mas que una inexplicable piedad. Después de algunos momentos de semejante meditación, inclinóse hacia Fantina, y le habló en voz baja.

¿Qué le dijo? ¿Qué podía decirle aquel hombre considerado réprobo, á aquella mujer muerta? ¿Qué significaron aquellas palabras? Nadie en la tierra las oyó. ¿Las oyó la difunta? Hay ilusiones conmovedoras que son tal vez realidades sublimes. Lo que está fuera de duda es que sor Simplicia, único testigo de cuanto allí pasó, repitió luego muchas veces que en el momento en que Juan Valjean habló al oído de Fantina, vió asomar claramente una inefable sonrisa en aquellos pálidos labios y en aquellas vagas pupilas, llenas del asombro de la tumba.

Juan Valjean tomó entre sus manos la cabeza de Fantina y la acomodó en la almohada, como hubiera podido hacer una madre con su hija; después le ató el cordón de la camisa y metió sus cabellos en la gorra. Hecho esto, le cerró los ojos.

La cara de Fantina en aquel instante parecía extrañamente iluminada.

La muerte es la entrada en la gran luz.

La mano de Fantina colgaba fuera de la cama. Juan Valjean se arrodilló delante de aquella mano, que levantó suavemente, y la besó.

Después, de pie otra vez, volvióse hacia Javert, diciendo:

—Ahora estoy á vuestras órdenes.

V
Tumba apropiada

Javert encerró á Juan Valjean en la cárcel de la población.

La prisión del señor Magdalena produjo en M* sur M* una sensación, ó por mejor decir, una conmoción extraordinaria. Sentimos no poder disimular, que á la sola exclamación de: ¡Era un presidiario! casi todo el mundo le abandonó. En menos de dos horas, todo el bien que había hecho fué olvidado, y ya no fué mas que «un presidiario». Justo es advertir que no se conocían aún los pormenores del suceso de Arras. Durante todo el día oyéronse en toda la población conversaciones como esta:

—¿No lo sabéis? Era un presidiario cumplido.

—¿Quién?

—El alcalde.

—¡Bah! ¿El señor Magdalena?

—Sí.

—¿De veras?

—No se llama Magdalena; tiene un nombre horrible: Bejean, Bojean, Boujean.

—¡Ay! ¡Dios mío!

—Está preso.

—¡Preso!

—Sí, en la cárcel de la ciudad hasta que se le traslade.

—¡Que se traslade! ¿Le van á trasladar? ¿Y adónde?

—Van á hacerle comparecer ante los jurados por un robo en despoblado que cometió en otro tiempo.

—¡Ya me lo sospechaba yo! Era un hombre demasiado bueno, demasiado perfecto, demasiado confiado. No quería condecoraciones, daba limosna á todos los pilluelos que encontraba. Siempre creí que debía encerrar todo esto una mala historia. En las «reuniones del buen tono» especialmente, dominó esta idea.

Una vieja señorona, suscriptora de la Bandera blanca, hizo esta reflexión de la cual es casi imposible sondear la profundidad.

—Me alegro. ¡Así aprenderán los bonapartistas!

Así fué como aquel fantasma que se había llamado señor Magdalena, se desvaneció en M* sur M*. Tres ó cuatro personas solamente en toda la población permanecieron fieles á su memoria. La vieja portera que le había servido fué una de ellas.

La noche de aquel mismo día, esta buena anciana, estaba sentada en su cuartito asustada aún y reflexionando tristemente. La fábrica había estado cerrada todo el día, la puerta cochera tenía echado el cerrojo, y la calle estaba desierta. No había en la casa más que las dos hermanas, sor Simplicia y sor Perpetua, que velaban junto al cuerpo de Fantina. Hacia la hora en que el señor Magdalena acostumbraba á entrar, la buena de la portera se levantó maquinalmente, sacó de un cajón la llave del cuarto del señor Magdalena, tomó la palmatoria que le servía por las noches para subir á su cuarto, y colgó la llave en el clavo de donde él la solía alcanzar colocando la palmatoria al lado, como si también le esperase. Luego volvió á sentarse y se puso á reflexionar. La pobre vieja había hecho todo aquello sin darse cuenta de lo que hacía.

Hasta que se pasaron dos horas largas no salió de sus meditaciones, exclamando:

—¡Calle! ¡Dios mío Jesucristo! ¡por qué he puesto yo la llave en el clavo!

En aquel mismo instante se abrió el ventanillo de la portería, pasó una mano, cogió la llave y la palmatoria, y encendió la bujía en la vela que estaba ardiendo.

La portera levantó los ojos y se quedó asombrada, sin poder lanzar un grito que ahogó en la garganta.

Había conocido aquella mano, aquel brazo y aquella manga de levita.

Era realmente el señor Magdalena.

Quedóse algunos segundos sin poder hablar, sobrecogida, como decía después ella misma, contando la aventura.

—¡Dios mío, señor alcalde!—exclamó por fin;—yo os creía...

Paróse. El final de su frase hubiera sido una falta de respeto al principio. Juan Valjean continuaba siendo para ella el señor alcalde.

Éste terminó por sí mismo la frase.

—En la cárcel,—dijo.—Sí, allí estaba; he roto un barrote de una ventana, y me he dejado caer desde un tejado, y aquí me tenés. Subo á mi cuarto; avisad á sor Simplicia. Estará sin duda junto á esa pobre mujer.

La vieja obedeció enseguida.

No le hizo él recomendación ninguna; tan seguro estaba que le guardaría ella mejor que él mismo.

Jamás ha podido saberse como logró penetrar en el patio sin hacer abrir la puerta cochera. Tenía y llevaba siempre consigo una llave maestra que abría una puertecilla lateral, pero debían haberle registrado y quitádole esa llave. Este punto no ha sido esclarecido.

Subió la escalera que conducía á su cuarto. Al llegar arriba dejó la palmatoria en el último tramo, abrió la puerta sin hacer ruido, y fué á cerrar á tientas la ventana y postigos; después volvió á tomar la palmatoria y entró en la habitación.

La precaución era útil, porque debemos recordar que la ventana podía ser vista desde la calle.

Dirigió una mirada á su alrededor, sobre la mesa, sobre la silla, sobre la cama, que no se había deshecho hacía tres días. No quedaba el menor vestigio del desorden de la penúltima noche. La portera había «arreglado el cuarto». Y, al arreglarlo, había recogido de entre la ceniza, y colocado cuidadosamente sobre la mesa las dos conteras del palo y la moneda de cuarenta sueldos ennegrecida por el fuego.

Tomó un pliego de papel, en el cual escribió: «Éstas son las dos conteras de mi bastón y la moneda de dos francos robada á Gervasillo, de que he hablado al tribunal». Puso sobre dicho papel la moneda de plata y las dos conteras, de modo, que fuera lo primero que se viese al entrar á la habitación. Sacó de un armario una camisa vieja, la que desgarró envolviendo con los pedazos los dos candeleros de plata. No se dió prisa alguna ni mostró la menor agitación. Y mientras envolvía los candeleros del obispo, iba mordiendo un pedazo de pan negro. Es probable que fuera este pan el de la cárcel, que se había llevado consigo al evadirse.

Esto fué comprobado por las migajas de pan que se encontraron en el suelo del aposento, cuando más tarde se hizo en el mismo un reconocimiento por la justicia.

Dieron dos golpecitos en la puerta.

—Adelante,—dijo él.

Era sor Simplicia.

Estaba pálida, tenía los ojos enrojecidos, la vela que llevaba vacilaba en su mano. Las violencias del destino tienen la particularidad de que, por perfectos y fríos que seamos, nos sacan del fondo de las entrañas la naturaleza humana, obligándola á mostrarse al exterior. Con las emociones de aquel día, la religiosa se había convertido nuevamente en mujer. Había llorado y temblaba.

Juan Valjean acababa de escribir algunas líneas en un papel, que entregó á la hermana, diciéndola:—Hermana, mandaréis este papel al señor cura.

El papel estaba desdoblado. La hermana fijó en él los ojos.

—Podéis leerlo,—dijo Juan Valjean.

La hermana leyó:

«Ruego al señor cura que cuide sobre todo de lo que dejo aquí. Con ello se servirá pagar las costas de mi proceso y el entierro de la mujer que ha muerto hoy. Lo restante será para los pobres».

La hermana quiso hablar, pero apenas pudo balbucear algunos sonidos inarticulados. Sin embargo, consiguió decir:

—¿No desea el señor alcalde volver á ver por última vez á esa pobre infeliz?

—No,—respondió él,—me persiguen, y si llegaran á prenderme á su lado, esto turbaría su reposo.

No bien había terminado, cuando sonó un gran ruido en la escalera. Oyóse un tumulto de pasos de gente que subía, y la vieja portera que decía en voz alta y penetrante:

—¡Señor mío, os juro por Dios santo, que no ha entrado aquí nadie durante todo el día, ni durante la noche, porque no me he apartado un instante de la portería!

Un hombre respondió:

—Sin embargo, hay luz en este cuarto.

Reconocieron la voz de Javert.

La estancia estaba dispuesta de manera que la puerta, al abrirse, ocultaba el ángulo de la pared á la derecha. Juan Valjean mató la luz de un soplo y se quedó en el ángulo.

Sor Simplicia cayó de rodillas junto á la mesa.

Abrióse la puerta.

Entró Javert.

Oíase el cuchicheo de varios hombres y las protestas de la portera en el corredor.

La religiosa no alzó los ojos, estaba orando.

La vela, recién apagada, estaba sobre la chimenea, dando con el humeante pábilo escasa claridad.

Javert entrevió á la hermana y se quedó parado.

Recuérdese que el verdadero fondo de Javert, su elemento, su centro respirable, era la veneración á toda autoridad. Homogéneo en su modo de ser, no admitía objeciones ni restricciones. Según él, era la autoridad eclesiástica la primera de todas, era religioso, superficial y correcto en este punto, como en todo.

Un cura, á sus ojos, era un espíritu que no se engaña nunca; una religiosa, una criatura que no peca jamás. Eran almas muradas, en este mundo, con sólo una puerta que jamás se abre, sino para dar paso á la verdad.

Al entrever la hermana, su primer movimiento fué retirarse.

Sin embargo, había otro deber que le dominaba é impelía imperiosamente en sentido inverso. Su segundo movimiento fué permanecer allí y arriesgar al menos una pregunta.

Era aquella sor Simplicia, que no había mentido jamás. Javert lo sabía y la veneraba particularmente por esta razón.

—Hermana,—le dijo;—¿estáis aquí sola?

Hubo un momento horrible, durante el cual la pobre portera se sintió desfallecer.

La hermana levantó los ojos, y respondió:

—Sí.

—Así,—repuso Javert,—dispensadme si insisto, es mi deber: ¿no habéis visto esta noche una persona, un hombre que se ha escapado, y á quien vamos buscando, llamado Juan Valjean? ¿No le habéis visto?

La hermana dijo: No.

Mintió, y mintió dos veces seguidas una tras otra, sin vacilar, rápidamente, como quien se presta al sacrificio propio.

—Perdonadme,—dijo Javert, y se retiró saludando profundamente.

¡Oh santa mujer! ¡Años hace que no pertenecéis ya á este mundo; que estáis reunida en el seno de la luz con vuestras hermanas las vírgenes y con vuestros hermanos los ángeles! ¡Que se os tenga en cuenta en el paraíso esta mentira!

La afirmación de la hermana fué para Javert tan decisiva, que ni siquiera advirtió la singularidad de aquella bujía que acababa de ser apagada, y que humeaba aún, sobre la mesa.

Una hora después, un hombre, caminando á través de los árboles y de las brumas, se alejaba rápidamente de M* sur M* en dirección á París.

Este hombre era Juan Valjean.

Hase sabido posteriormente, por el testimonio de dos ó tres arrieros que le encontraron, que llevaba un paquete y que vestía blusa. ¿De dónde había sacado aquella blusa? Se ignora. Sin embargo, hacía pocos días que había fallecido un obrero anciano en la enfermería de la fábrica sin dejar otra cosa que una blusa. Puede que fuése ésta.

Una frase final para Fantina.

Todos tenemos una madre común, la tierra. Fantina fué devuelta á esta madre.

El cura creyó hacer bien, y estuvo en lo justo tal vez, reservando, de lo que Juan Valjean le había dejado, la mayor suma posible con destino á los pobres. Porque, al fin ¿de quiénes se trataba? De un presidiario y de una mujer pública. Por esto simplificó el entierro de Fantina reduciéndolo á lo estrictamente necesario, á lo que se llama la fosa común.

Fantina fué, pues, enterrada en el rincón gratuito del cementerio que, siendo de todos no es de ninguno, y en el cual desaparecen los cuerpos de los pobres. Afortunadamente, sabe Dios dónde encontrar las almas. Enterróse á Fantina en las tinieblas, entre los primeros huesos que se encontraron, sufriendo la promiscuidad de las cenizas.

Fué arrojada á la fosa pública. Su tumba se parece á su lecho.