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Los miserables - Tomo 1 (de 2) cover

Los miserables - Tomo 1 (de 2)

Chapter 12: LIBRO TERCERO CUMPLIMIENTO DE LA PROMESA HECHA Á LA DIFUNTA
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About This Book

La narrativa sigue a un hombre liberado de una larga pena que intenta rehacer su vida, proteger a una niña vulnerable y expiar errores pasados, mientras un funcionario inflexible persigue el orden jurídico. Entre entrelazadas historias de sacrificio, desesperación y pequeñas bondades, se exponen la explotación, la miseria urbana y la hipocresía social. El texto alterna episodios dramáticos con amplias digresiones históricas y filosóficas sobre justicia, misericordia y redención, mostrando cómo actos individuales y estructuras sociales afectan destinos personales.

LIBRO TERCERO
CUMPLIMIENTO DE LA PROMESA HECHA Á LA DIFUNTA

I
La cuestión del agua en Montfermeil

Montfermeil está situado entre Livry y Chelles, en el lindero meridional de la alta meseta que separa el Ourcq del Marne.

Hoy día es una gran población adornada todo el año de quintas construidas de yeso, y el domingo, de artesanos alegres y expansivos. En 1823 no había en Montfermeil, ni tantas casas blancas, ni tantos artesanos satisfechos: no era más que una aldea en el bosque. Veíanse aquí y allá algunas casas de recreo del último siglo, que se distinguían por su gran aspecto, sus balcones de hierro retorcido y sus altas ventanas, cuyos vidrios pequeños formaban sobre lo blanco de los postigos cerrados, toda clase de matices de verdes distintos. Pero Montfermeil no pasaba por ello de ser una aldea. Los tenderos retirados y los aficionados á veranear no le habían aún descubierto. Era un sitio agradable y delicioso, que no era de paso para ninguna parte, y en el cual se pasaba económicamente esa vida del campo tan abundante y fácil. Solamente se sentía escasez de agua, á causa de la elevación de la meseta.

Era preciso irla á buscar bastante lejos. El extremo de la población que está junto á Gagny, se surtía de agua en los magníficos estanques que hay en el bosque; el otro extremo, que rodea la iglesia situada en la parte de Chelles, no encontraba agua potable más que en un pequeño manantial situado á mitad de la cuesta, junto al camino de Chelles, á un cuarto de hora de Montfermeil.

Era, pues, tarea harto ruda para cada vecino, la de tener que proveerse de agua. Las casas grandes, la aristocracia, entre las que figuraba el bodegón Thénardier, pagaban medio céntimo por cubo de agua á un pobre hombre que lo había tomado por oficio, y en cuya empresa del agua de Montfermeil ganaba escasamente dos reales diarios, pero este buen hombre sólo trabajaba hasta las siete de la tarde en verano y hasta las cinco en invierno, y una vez entrada la noche, una vez cerradas las ventanas bajas, el que no tenía agua que beber, iba á buscarla ó se pasaba sin ella.

Esto era lo que aterraba á la pobre criatura, de la cual no puede haberse olvidado el lector, á la pequeña Cosette.

Téngase presente que Cosette era útil á los Thénardier de dos maneras, pues se hacían pagar por la madre, haciéndose servir de la hija. Así es, que cuando la madre dejó de pagarles del todo, ya hemos leído el por qué en los capítulos precedentes, los Thénardier siguieron conservando á Cosette, en su poder. Les hacía las veces de criada. Y en esta cualidad, ella era quien iba á buscar el agua cuando hacía falta. Por eso la criatura, asustada con la idea de tener que ir de noche á la fuente, tenía buen cuidado de que no faltase nunca agua en la casa.

La Navidad del año 1823 fué brillantísima, particularmente en Montfermeil. El principio del invierno había sido benigno, no había helado ni nevado aún. Titiriteros, llegados de París, habían obtenido del señor alcalde permiso para colocar sus barracas en la calle principal de la aldea, y una banda de mercaderes ambulantes, con igual permiso, había construido sus barracones en la plaza de la Iglesia, y hasta en la misma callejuela de Boulanger, donde estaba situado, como sabemos, el bodegón de los Thénardier. Toda aquella gente llenaba las hosterías y tabernas, dando á aquella población tan tranquila, cierta vida bulliciosa y alegre. Debemos decir igualmente, para ser fieles historiadores, que entre las curiosidades expuestas en la plaza, había una barraca de diversos animales, en la cual unos feísimos payasos, vestidos de harapos y venidos de Dios sabe dónde, enseñaban en 1823 á los aldeanos de Montfermeil, uno de aquellos horribles buitres del Brasil, que nuestro Museo Real no poseyó antes de 1845, y que tienen por ojo una escarapela tricolor. Los naturalistas llaman, según creo, á ese pájaro, Caracara Poliborus; pertenece al orden de los apicidas y á la familia de los falcónidos. Algunos antiguos soldados bonapartistas retirados en la aldea, iban á ver aquella ave con cierta devoción. Los charlatanes presentaban aquella escarapela tricolor como un fenómeno único, y hecho expresamente por el buen Dios para su colección de animales raros.

En la noche misma de Navidad muchos hombres, carreteros y trajineros, estaban sentados bebiendo alrededor de las mesas, alumbradas por cuatro ó cinco velas de sebo, en la sala baja del bodegón Thénardier. Esta sala se parecía á todas las salas de taberna: mesas, jarras de estaño, botellas, bebedores, fumadores; poca luz y mucho ruido. La fecha del año 1823 estaba, por lo tanto, indicada por los dos objetos en moda á la sazón entre la clase media, los cuales estaban sobre una mesa, á saber; un caleidoscopo y una lámpara labrada de hoja de lata. La Thénardier vigilaba la cena, que se estaba asando á buen fuego, mientras el marido bebía con los huéspedes y hablaba de política.

Además de las disertaciones políticas, cuyo objeto principal era la guerra de España y el señor duque de Anguleme, oíanse, en medio del bullicio, paréntesis puramente locales, como éste:

—Por la parte de Nanterre y de Suresnes ha dado mucho el vino. Donde se calculaban diez medidas se han conseguido doce. Se ha sacado de los lagares más jugo de lo que se esperaba.—¿Pero la uva no estaría madura?—En este país no conviene vendimiar maduro; porque el vino se tuerce en cuanto llega la primavera.—¿Entonces se saca solamente vinillo?—Son vinillos más ligeros que los de por acá. Hay que vendimiar en agraz.

Etc...

Ó bien, era un molinero el que exclamaba:

—¿Acaso somos responsables nosotros de lo que va en los sacos? Se encuentran en ellos una porción de granos que no podemos entretenernos en limpiar y que es preciso dejar pasar por las piedras: como la cizaña, el añublo, el tizón, la algarroba, el cañamón, la cola de zorra, y otro sinnúmero de drogas, sin contar las arenillas que abundan mucho en ciertos trigos, sobre todo en los trigos bretones. No es ciertamente nada gustoso moler trigo bretón, como no lo es para los serradores de largo aserrar vigas que tengan clavos. Calcúlese el maldito polvo que de todo esto resulta después. Y luego se quejan sin razón de la harina. Si la harina es mala, no es nuestra la culpa.

En el espacio entre dos ventanas, un segador, sentado á una mesa con un propietario que ajustaba precio para segar un prado en primavera, decía:

—No importa que la hierba esté mojada. Así se corta mejor. El rocío es bueno, señor. De todos modos, vuestra hierba es temprana y muy difícil de segar. ¡Que por aquí es tierna, que allí se dobla contra la hoz!...

Etc...

Cosette ocupaba su puesto acostumbrado, sentada sobre el travesaño de la mesa de cocina, junto al hogar; mal vestida de harapos, los pies desnudos metidos en los zuecos, haciendo, al resplandor del fuego, calcetines de lana para las niñas de Thénardier. Un gatito joven jugaba debajo de las sillas.

Oíanse reir y charlar en la pieza inmediata dos voces frescas é infantiles; eran las de Eponine y Azelma.

En un rincón de la chimenea había un martinete colgado de un clavo.

Á intervalos, penetraban por entre el ruido de la taberna, los chillidos de una criatura de corta edad, que estaría en otra parte en la casa. Era un niño que la Thénardier había tenido en uno de los inviernos anteriores, «sin saber por qué, decía ella: efecto del frío», y que contaría unos tres años. La madre se lo había criado ella misma, pero no le tenía cariño. Cuando el encarnizado clamor del chiquillo resultaba demasiado importuno, tu hijo chilla, decíale Thénardier á la madre, ve á ver lo que quiere. ¡Bah!—respondía ella.—Me fastidia.

Y el chiquillo abandonado continuaba desgañitándose en las tinieblas.

II
Dos retratos completados

No han aparecido todavía en este libro los Thénardier más que de perfil; ha llegado el momento de dar la vuelta alrededor de este grupo, y contemplarlo por todas sus fases.

Thénardier acababa de cumplir los cincuenta años; su mujer rayaba en los cuarenta, que es la cincuentena femenina; de manera que había equilibrio de edad entre la mujer y el marido.

Los lectores conservan tal vez algún recuerdo de la primera aparición de aquella Thénardier, alta, rubia, colorada, gruesa, membruda, cuadrada, enorme y ágil; tenía, como ya hemos dicho, algo de la raza de esas salvajes colosales que en las ferias levantan del suelo grandes piedras con su cabellera.

Ella lo hacía todo dentro de la casa: las camas, los cuartos, la colada, la cocina, la lluvia, el buen tiempo y el diablo. Tenía por única sirvienta á Cosette; un ratoncillo al servicio de un elefante. Todo temblaba al eco de su voz: los vidrios, los muebles y las gentes. Su ancho rostro, cribado de pecas rojizas, tenía el aspecto de una espumadera. Tenía también barbas. Era el ideal de un terne de plazuela vestido de mujer. Juraba que era un primor, y se jactaba de partir una nuez de un puñetazo. Á no ser por las novelas que había leído, y que á veces hacían aparecer de extravagante manera la remilgada bajo el marimacho, jamás se le hubiera ocurrido á nadie decir de ella: Es una mujer. La tal Thénardier era como el producto del injerto de una señorita en una verdulera. Cuando se la oía hablar, exclamaba uno: Es un gendarme; cuando se la veía beber, decíase: Es un carretero; cuando se la veía manosear á Cosette, decíase uno: Es un verdugo. Al dormir le salía de la boca un diente.

Thénardier era un hombre pequeño, flaco, pálido, anguloso, huesoso, endeble, de aspecto enfermizo, gozando de buena salud; en lo cual estribaba su maulería. Sonreíase habitualmente por precaución, y era atento casi con todo el mundo, hasta con el mendigo á quien negaba un ochavo. Tenía la mirada del zorro y el fondo del letrado. Se parecía mucho á los retratos del presbítero Delille. Su coquetería consistía en beber con los trajineros. Nadie había podido jamás emborracharle. Fumaba en una gran pipa. Llevaba blusa, y bajo de la blusa un antiguo frac negro. Tenía pretensiones de literato y materialista, y sabía nombres que pronunciaba frecuentemente para apoyar cualquier cosa de las que decía, como: Voltaire, Raynal, Parny y, cosa rara, san Agustín. Afirmaba tener «un sistema». Por lo demás, era un grande estafador filósofo. Este matiz existe.

Se recordará que pretendía haber servido; contaba, con cierto lujo, que siendo sargento en Waterloo, en un 6.º ó 9.º de ligeros cualquiera, había él solo, contra todo un escuadrón de húsares de la muerte, cubierto con su cuerpo y salvado á través de la metralla «á un general peligrosamente herido». De ahí provenía sobre su puerta la flamante muestra, y el nombre dado en el país á su figón de «posada del sargento de Waterloo». Era liberal, clásico y bonapartista. Se había suscripto para el campo de Asilo. Decíase en la aldea que había estudiado para cura.

Nosotros creemos que había sencillamente estudiado en Holanda para posadero. Este tunante del orden compuesto era, según todas las probabilidades, algún flamenco de Lila en Flandes, francés en París, belga en Bruselas, montado cómodamente sobre dos fronteras. Su proeza de Waterloo, ya la conocemos; y como se ve, la exageraba un poco. El flujo y el reflujo, lo tortuoso, lo aventurero, eran el elemento de su existencia; conciencia desgarrada supone naturalmente vida descosida; y verosímilmente en la tormentosa época del 18 de junio de 1815, Thénardier pertenecía á aquella variedad de cantineros merodeadores de que hemos hablado, recorriendo los caminos, vendiendo á unos, robando á otros, y rodando en familia, marido, mujer é hijos, en algún desvencijado calesín á la cola de las tropas en marcha, con el instinto de unirse siempre al ejército victorioso.

Terminada la campaña, y teniendo, como él decía, cum quibus, había ido á establecer su bodegón en Montfermeil.

Este quibus compuesto de las bolsas y relojes, de las sortijas de oro y de las cruces de plata, cosechadas al tiempo de la siega en los surcos sembrados de cadáveres, no sumaba por cierto un gran total, ni había hecho adelantar gran cosa á aquel vivandero trocado en bodegonero.

Thénardier tenía en el gesto ese algo rectilíneo inexplicable, que con un juramento recuerda el cuartel, y con la señal de la cruz recuerda el seminario. Era muy hablador, y dejaba que le creyeran sabio. Sin embargo el maestro de escuela había notado que cometía errores. Extendía las cuentas de los pasajeros con superioridad; pero no faltaban ojos ejercitados que encontraban á veces faltas de ortografía. Thénardier era cazurro glotón, gandul y listo. No desdeñaba á las criadas, lo cual era causa de que su mujer no tuviese ninguna. Aquella gigante era celosa. Parecíale que aquel hombrecillo flaco y descolorido debía ser objeto de concupiscencia universal.

Thénardier, hombre de astucia y equilibrio, era ante todo un bribón del género templado. Esto es, de la peor especie, por la hipocresía que entra en ella.

No es que Thénardier no fuése en ocasiones capaz de encolerizarse, al menos tanto como su mujer; pero esto era rarísimo, y en tales momentos, como aborrecía por completo al género humano, como había dentro de él un horno profundísimo de odio, como era de esas gentes que se están vengando perpetuamente, que acusan á todo cuanto pasa delante de ellos como causa de todo lo que cae encima de ellos, y que están siempre dispuestos á arrojar sobre el primero que llegue, como legítimo agravio, el total de las decepciones, bancarrotas y calamidades de su vida, y como toda esta levadura fermentaba en él y bullía en su boca y en sus ojos, se ponía espantoso. ¡Desdichado del que pasase entonces bajo su furor!

Aparte de todas sus otras cualidades, era Thénardier, atento y penetrante, callado ó hablador según los casos, y siempre con elevada inteligencia. Tenía algo en su mirada de los marinos acostumbrados á mirar con anteojos de larga vista. Thénardier era un hombre de Estado.

Todo recién llegado que entraba en el bodegón, al ver á la mujer Thénardier, exclamaba: ¡He aquí el amo de la casa! Error, no era siquiera el ama. Amo y ama, lo era el marido. Ella hacía, él creaba. Ella lo dirigía todo por una especie de acción magnética, invisible y continua. Una palabra le bastaba á él, muchas veces un signo, el mastodonte hembra obedecía. Thénardier era para su mujer, sin que ella se explicase el por qué, una especie de ser particular y soberano. Tenía ella las virtudes de su modo de ser; nunca, jamás, aunque hubiese disentido sobre algún detalle con el «señor Thénardier», hipótesis, por otra parte inadmisible, no le hubiera quitado la razón en público á su marido, sobre ningún asunto fuése el que fuere. Nunca jamás hubiera cometido delante de extraños esa falta que cometen con tanta frecuencia las mujeres y que se llama en lenguaje parlamentario descubrir la corona. Aún cuando semejante acuerdo no diese otro resultado que el mal, había algo contemplativo en esa sumisión de la Thénardier á su marido. Aquella montaña de ruido y carne, movíase debajo el dedo meñique de aquel frágil déspota. Visto ello por su lado raquítico y grotesco, patentizábase la gran cosa universal: la adoración de la materia hacia el espíritu; porque hay ciertas fealdades, cuya razón de ser está en las profundidades mismas de la belleza eterna. Había en Thénardier algo de lo desconocido, y de ahí provenía el imperio absoluto de este hombre sobre su mujer. En ciertos momentos le veía ella como una vela encendida; en otros, le sentía como una garra.

Aquella mujer era una criatura formidable, que no amaba más que á sus hijos, y sólo temía á su marido. Era madre, porque era mamífera. Por lo demás, su maternidad se limitaba á sus hijas, pues como se verá más adelante, no alcanzaba á los varones. El hombre, sólo tenía una idea: enriquecerse. Y no lo conseguía. Faltábale un teatro digno de su gran talento. Thénardier en Montfermeil se arruinaba, si la ruina cabe bajo cero. En Suiza ó en los Pirineos, este hombre sin un cuarto se habría hecho millonario. Pero donde la suerte enclava al posadero, allí es menester que viva.

Ya se comprende que la palabra posadero, está aquí empleada en sentido limitado, y que no se extiende á la clase entera.

Ese mismo año, 1823, Thénardier tenía una deuda de unos mil quinientos francos, una deuda apremiante, que le preocupaba.

Cualquiera que fuése para con él la injusticia persistente del destino, Thénardier era uno de esos hombres que comprendían mejor, con más profundidad y del modo más moderno, esta cosa que es una virtud en los pueblos bárbaros, y una mercancía en los pueblos civilizados: La hospitalidad. Por otra parte, era un cazador furtivo y admirable, citado por su certera puntería. Poseía cierta risita fría y apacible, que era particularmente peligrosa.

Sus teorías de posadero brotaban de él algunas veces como relámpagos. Empleaba ciertos aforismos de su profesión que procuraba inculcar en el espíritu de su mujer. El deber de posadero le decía una vez violentamente y en voz baja, es vender al primero que llega, comida, descanso, luz, fuego, sábanas sucias, muchacha, pulgas y sonrisas; detener al pasajero, vaciar los bolsillos pequeños, aligerar honradamente los grandes, dar albergue con respeto á las familias en viaje, desollar al hombre, desplumar á la mujer, limpiar al chiquillo; poner precio á la ventana abierta, á la ventana cerrada, al rincón de la chimenea, al sillón, á la silla, al taburete, al escabel, al lecho de pluma, al colchón y al haz de paja; saber cuándo se sirven del espejo, con la imagen del que se mira en él tarifárselo; y, con quinientos mil diablos, hacérselo pagar todo al viajero, incluso las moscas que se come su perro.

El tal hombre y la tal mujer eran la astucia y la rabia unidas, maridaje repugnante y terrible.

Mientras el marido calculaba y combinaba, la Thénardier no pensaba en los acreedores ausentes, ni se preocupaba del ayer ni del mañana, viviendo exclusivamente al día.

Tales eran estos seres. Cosette estaba entre ellos, sufriendo la doble presión de uno y otro, como una criatura que fuése á la vez triturada por una piedra de molino y destrozada por unas tenazas.

El hombre y la mujer tenían, cada cual, su manera distinta de martirizarla; si Cosette estaba amoratada á golpes era cosa de la mujer; si iba con los pies desnudos en invierno, era cosa del marido.

Cosette subía, bajaba, lavaba, cepillaba, fregaba, barría, andaba, corría, se fatigaba, removía las cosas más pesadas y, débil como era, hacía todo lo más pesado. No había piedad para ella; una ama feroz, un amo venenoso. El bodegón de Thénardier era como una red en que Cosette se hallaba cogida y temblorosa. El ideal de la opresión estaba realizado en aquella domesticidad siniestra. Era algo como la mosca sirviendo á las arañas.

La pobre criatura, pasiva, se callaba.

Cuando así se encuentran, desde su aurora, desnudas y desamparadas entre los hombres, ¿qué pasa en esas almas que acaban de dejar el seno de Dios?

III
Los hombres necesitan vino, los caballos agua

Habían llegado cuatro nuevos viajeros.

Cosette meditaba tristemente; pues aún cuando no tenía más que ocho años, había ya sufrido tanto, que se ensimismaba en el aire lúgubre de una vieja.

Tenía un párpado amoratado á consecuencia de un puñetazo que la Thénardier le había sacudido, lo cual hacía decir á la propia Thénardier de cuando en cuando:

—¡Está bien fea con su cardenal en el ojo!

Cosette pensaba, pues, que era de noche, muy de noche; que había sido menester llenar de improviso las jarras y vasijas de los cuartos de los viajeros recién llegados, y que no había ya más agua en el depósito.

Lo que la tranquilizaba un poco, era que no se bebía mucha agua en casa Thénardier. Es verdad que no faltaban gentes que tuviesen sed; pero era de esa sed que mejor se dirige al jarro que al cántaro. Quien hubiese pedido un vaso de agua, entre aquellos vasos de vino, hubiera parecido un salvaje á todos aquellos hombres. Hubo un momento, sin embargo, en que la muchacha tembló; la Thénardier levantó la tapadera de una cacerola que hervía en el hornillo, después cogió un vaso y se acercó al depósito. Dió vuelta al grifo. Cosette había levantado la cabeza y seguía todos sus movimientos. Un delgadísimo hilo de agua, llenó apenas la mitad del vaso.

—¡Mira,—dijo la mujer,—no hay más agua!

—Siguió un instante de silencio. La criatura no respiraba.

—¡Bah!—repuso la Thénardier, examinando el vaso medio lleno.—Con ésta habrá bastante.

Cosette se volvió á su trabajo; pero durante un buen cuarto de hora, sintió saltar el corazón precipitadamente dentro el pecho.

Contaba los minutos que iban pasando, deseando estar ya al día siguiente.

De cuando en cuando, uno de los bebedores miraba á la calle y exclamaba:

—¡Está obscuro como boca de lobo!

Ó decía otro:

—¡Es preciso ser gato para salir á la calle sin farol!

Cosette se estremecía.

De pronto, uno de los mercaderes ambulantes hospedados en el bodegón entró, y dijo con acento rudo:

—No habéis dado de beber á mi caballo.

—Sí, por cierto,—dijo la Thénardier.

—Yo os digo que no,—repuso el mercader.

Cosette había salido de debajo de la mesa:

—¡Oh! ¡Sí, señor!—dijo.—El caballo ha bebido, ha bebido en el cubo, en el cubo lleno, y yo misma soy quien le he dado de beber y le he hablado.

Esto no era verdad. La niña mentía.

—He aquí otra, que no es mayor que un puño, y miente como una casa,—exclamó el mercader.—¡Yo te digo que no ha bebido, bribonzuela! Tiene un modo de resollar, cuando no ha bebido, que se lo conozco perfectamente.

Cosette insistió, añadiendo con voz enronquecida por la angustia y que se oía apenas:

—¡Y mucho que ha bebido!

—¡Ea,—repuso el mercader en tono colérico,—no hay que hablar de eso; que se le dé de beber á mi caballo, y acabemos!

Cosette volvió á meterse debajo de la mesa.

—En efecto: nada hay más justo,—dijo la Thénardier;—si el animal no ha bebido, es preciso que beba.

Luego mirando en torno suyo exclamó:

—¡Y bien! ¿Dónde está ésa?

Bajóse, y vió á Cosette agazapada al otro extremo de la mesa, metida casi debajo de los pies de los bebedores.

—¿Quieres salir de ahí?—gritó la Thénardier.

Cosette salió de la especie de agujero donde se había escondido. La Thénardier repuso:

—Señorita doña Perra sin nombre, vaya á dar de beber al caballo.

—Pero, señora,—dijo Cosette toda temblorosa,—¡es que no hay agua!

La Thénardier abrió de par en par la puerta de la calle.

—¡Pues ir á buscarla!

Cosette bajó la cabeza, y fué á tomar un cubo vacío que estaba en el rincón de la chimenea.

Este cubo abultaba más que ella, tanto, que la muchacha hubiera podido sentarse dentro y estar ancha.

La Thénardier se volvió á sus hornillas, y probó con una cuchara de palo lo que había en una cacerola, gruñendo al mismo tiempo:

—En la fuente la hay; todas las dificultades fuesen como ésta. Creo que hubiera sido mejor preparar las cebollas.

Púsose luego á buscar en un cajón donde había dinero, ajos y pimienta.

—Toma, señorita Renacuajo,—añadió;—de vuelta tomarás un pan en la panadería. Aquí tienes una moneda de quince sueldos.

Cosette tenía una faltriquera pequeña en un lado del delantal; tomó la moneda sin decir una palabra, y la guardó en el bolsillo.

Después se quedó inmóvil con el cubo en la mano, y la puerta abierta delante de ella. Parecía esperar que alguien fuése en su ayuda.

—¡Aprisa!—gritó la Thénardier.

Cosette salió. La puerta se volvió á cerrar.

IV
Entrada en escena de una muñeca

La hilera de puestos de venta al aire libre que partía de la iglesia, se extendía, como hemos dicho, hasta la posada Thénardier. Dichos puestos, esperando que pasara luego gente que debía ir á la misa de media noche, estaban iluminados todos con velas, que ardían dentro de cucuruchos de papel, lo cual, como decía el maestro de escuela de Montfermeil, sentado en aquel momento á una de las mesas de la taberna Thénardier, producía «un efecto mágico».

En cambio no se veía una sola estrella en el cielo.

El último de estos puestos, establecido precisamente enfrente de la puerta de los Thénardier, estaba lleno de juguetes de todas clases, y ostentaba mil objetos de oropel, vidrio de colores y otras cosas magníficas de hoja de lata. En la primera fila, y en lugar preferente, había colocado el mercader, sobre un fondo de servilletas blancas, una inmensa muñeca de casi dos pies de altura, vestida con traje de crespón color de rosa, con espigas de oro en la cabeza, pelo verdadero y ojos de esmalte. Todo el día había estado expuesta aquella maravilla á la admiración de los transeuntes de menos de diez años, sin que hubiese habido en Montfermeil una madre bastante rica ó bastante pródiga para comprársela á su hija. Eponine y Azelma se habían pasado contemplándola horas enteras, y Cosette misma furtivamente, por supuesto, había osado mirarla también.

En el momento en que salió Cosette, con su cubo en la mano, por triste y disgustada que estuviese, no pudo dejar de levantar los ojos hasta la prodigiosa muñeca, hasta la señora, como ella la llamaba. La pobre niña se quedó petrificada. No había visto aún tan de cerca la tal muñeca. Toda la barraca le parecía un palacio; y aquella muñeca no era muñeca, era una visión. Era la alegría, el explendor, la riqueza, la dicha que aparecía en una especie de irradiación quimérica ante aquel pequeño y desgraciado ser, tan profundamente envuelto por una miseria fúnebre y helada. Cosette medía con la sagacidad triste y sincera de la infancia, el abismo que la separaba de aquella muñeca. Decíase ella que era menester ser reina, ó al menos princesa, para poseer una «cosa» como aquélla. Contemplaba aquel lindo vestido de color de rosa, aquellos hermosos y bien peinados cabellos, pensando y diciendo ¡qué feliz debe ser esa muñeca! Sus ojos no podían apartarse de aquel puesto fantástico. Cuanto más miraba, más se embelesaba. Creía estar viendo el paraíso. Veía otras muñecas, detrás de «la grande», que le parecían hadas y genios. El mercader que se movía, allá en el fondo del barracón, le producía cierto efecto de Padre eterno.

En aquella adoración, se olvidaba de todo, hasta del encargo que se le había hecho. De súbito, la áspera voz de la Thénardier la hizo volver en sí.

—¡Cómo! ¿Aún estás aquí bachillera? ¡Aguarda, allá voy yo! ¿Qué tiene que hacer ahí ese monstruo?

La Thénardier había dado una mirada á la calle, y había visto á Cosette extasiada.

Cosette se escapó, cargando con el cubo y alargando los pasos cuanto pudo.

V
La chiquilla sola

Como la taberna Thénardier estaba en aquella parte de la población inmediata á la iglesia, era la fuente del bosque, de la parte de Chelles, á donde Cosette debía ir por el agua.

Ya no volvió á mirar ningún otro puesto de la feria. Mientras estuvo en la callejuela de Boulanger y en los alrededores de la iglesia, las tiendecillas iluminadas alumbraban el camino; pero muy pronto desapareció el último resplandor del último barracón. La pobre criatura se encontró pues en la obscuridad. Penetró en ella. Pero sintiendo que se apoderaba de su espíritu cierta emoción; á medida que iba caminando iba agitando cuanto podía el asa del cubo. El ruido que producía con ello, le servía de compañía.

Cuanto más andaba, más espesas se iban volviendo las tinieblas. No había ya en las calles persona alguna. Sin embargo, tropezó con una mujer, que se volvió al verla y que permaneció inmóvil, murmurando entre dientes:

—¿Adónde puede ir esta muchacha? ¿Si será algún duende?—Luego la mujer reconoció á Cosette, y exclamó:—¡Mira! ¡si es la Alondra!

Así atravesó Cosette el laberinto de calles tortuosas y desiertas en que termina por la parte de Chelles la población de Montfermeil. Mientras hubo casas y aún sólo paredes por ambos lados del camino, anduvo bastante animosa. De cuando en cuando veía la claridad de una vela á través de las rendijas de una ventana; era luz y vida; allí había gente, y esto la alentaba. Sin embargo, á medida que adelantaba, sus pasos iban acortándose maquinalmente. Cuando hubo pasado el ángulo de la última casa, Cosette se paró. Ir más allá de la última tienda había sido difícil; ir más allá de la última casa, se le hacía imposible. Dejó el cubo en el suelo, llevóse la mano á la cabeza, y púsose á rascarse lentamente, actitud propia de las criaturas aterradas é indecisas. Ya no estaba en Montfermeil, puesto que se encontraba en medio del campo. Tenía únicamente ante ella el espacio negro y desierto. Contempló desesperada aquella obscuridad, donde no había nadie, donde había solamente animales, y donde había tal vez aparecidos. Miró bien, y creyó oir las bestias que andaban por entre la yerba, y ver claramente los aparecidos que se movían entre los árboles. Entonces volvió á coger su cubo, el miedo le dió audacia.

—¡Bah!—exclamó ella,—diré que ya no había agua.

Y volvió á entrar resueltamente en Montfermeil.

Apenas había andado cien pasos, se paró nuevamente y volvió á rascarse la cabeza. Entonces fué la Thénardier quien se le apareció; la Thénardier, amenazadora, con su boca de hiena y destellando cólera sus ojos. La muchacha lanzó una triste mirada en torno suyo. ¿Qué hacer? ¿Cómo salir del paso? ¿Adónde ir? Delante tenía el espectro de la Thénardier, detrás todos los fantasmas de la noche y del bosque. Á pesar de todo, retrocedió ante la Thénardier. Emprendió otra vez el camino de la fuente y echó á correr. Salió corriendo de la población, entró corriendo en el bosque, sin mirar ni escuchar nada. No detuvo su curso hasta faltarle la respiración; pero no interrumpió su marcha. Iba avanzando como desvanecida.

Iba corriendo con ganas de llorar.

El estremecimiento nocturno de la selva la envolvía por completo. No pensaba, no veía ya; la inmensidad de la noche estaba frente á frente de aquel pequeño ser. Por una parte, todo sombras; por otro, un átomo.

No había más que unos siete ú ocho minutos de la orilla del bosque al manantial. Cosette conocía el camino por haberle recorrido de día muchas veces. ¡Cosa extraña! No se extravió. Un resto de instinto la conducía vagamente. Sin embargo, no dirigía los ojos ni á la derecha ni á la izquierda, temerosa de ver cosas entre las ramas y entre la maleza. Así llegó á la fuente.

Era un estrecho pozo natural, formado por el agua en un suelo arcilloso, á la profundidad de unos dos pies, rodeado de musgo y de esas grandes yerbas rizadas llamadas gorgueras de Enrique IV, y enlosado con grandes piedras, del cual salía un arroyuelo, produciendo un ruido escaso y tranquilo.

Cosette no se tomó ni aún el tiempo indispensable para respirar. Estaba la noche obscurísima; pero ella tenía ya costumbre de ir á aquella fuente. Buscó con la mano izquierda, entre la obscuridad, una encinilla inclinada sobre el manantial, la que le servía ordinariamente de punto de apoyo; encontró una rama, se agarró á ella, se inclinó y sumergió el cubo en el agua. Se encontraba en un estado tan violento, que sus fuerzas se habían triplicado. Mientras estaba así inclinada, no echó de ver que la faltriquera de su delantal se vaciaba en la fuente, y que la moneda de quince sueldos se le cayó en el agua. Cosette no vió ni oyó caer nada. Retiró el cubo casi lleno, y lo dejó sobre la yerba.

Hecho esto, advirtió que estaba abrumada de cansancio. Bien hubiera querido partir enseguida; pero el esfuerzo de llenar el cubo había sido tal, que le fué imposible dar un paso. Vióse, por lo tanto, obligada á sentarse, y dejándose caer sobre la yerba, se quedó acurrucada.

Cerraba los ojos, volviéndolos á abrir luego sin saber por qué, pero no pudiendo hacer otra cosa. Á su lado tenía el cubo, cuya agua agitada formaba círculos á manera de serpientes de fuego blanco.

Encima de su cabeza, el cielo aparecía cubierto de extensas nubes negras, que eran como masas de humo. La trágica máscara de la sombra parecía ir cayendo vagamente sobre aquella criatura.

Júpiter se envolvía en las profundidades.

La pobre criatura miraba con ojos extraviados esta grande estrella, que no conocía y que le daba miedo. El planeta se hallaba en realidad en aquel momento cerca del horizonte, y atravesaba una espesa capa de niebla que le daba un tinte rojizo horrible. La bruma, lúgubremente teñida de púrpura, agrandaba el astro, dándole el aspecto de una llaga luminosa.

Un viento frío soplaba de la llanura. El bosque estaba tenebroso, sin ningún rozamiento de hojas, sin ninguna de aquellas vagas y suaves claridades de estío. Alzábanse horriblemente grandes ramajes; agitábanse en los claros deformes y espantosos matorrales. Extremecíanse con el cierzo las altas yerbas como anguilas; las zarzas retorcíanse como largos brazos armados de garras para coger su presa. Algunas malezas secas, sacudidas por el viento, pasaban rápidamente como huyendo espantadas de algún objeto que las persiguiese. En todas partes no se advertía más que extensiones lúgubres.

La obscuridad es vertiginosa. El hombre necesita claridad; quien penetra en lo opuesto á la luz, se siente oprimido el corazón. Cuando el ojo ve negro, el espíritu ve turbio. En el eclipse, en la noche, en la opacidad fuliginosa, hay ansiedad hasta para los más fuertes. Nadie atraviesa solo de noche por las obscuridades de un bosque sin temblar. Sombras y árboles, son dos espesuras temibles. Una realidad quimérica aparece en la profundidad indistinta. Lo inconcebible se bosqueja á pocos pasos de nosotros con claridad espectral. Vemos flotar, en el espacio ó en nuestro propio cerebro, algo vago é impalpable como los sueños de flores dormidas. Hay en el horizonte actitudes feroces, aspiramos los efluvios del gran vacío obscuro. Tenemos á un tiempo miedo y deseo de mirar atrás.

Las cavidades de la noche, las cosas convertidas en objetos espantosos, perfiles taciturnos que se van disipando á medida que vamos adelante, cabelleras sueltas flotando en la obscuridad, espesuras irritadas, charcos lívidos; lo lúgubre reflejándose en lo fúnebre, la inmensidad sepulcral del silencio; los seres desconocidos posibles, ramas misteriosamente doblegadas, torsos horribles de árboles, prolongadas ráfagas de yerbas temblorosas, no existe defensa contra todo eso. No hay valor que no tiemble y no sienta la proximidad de la angustia. Se experimenta algo horroroso, como si el alma se confundiese con la sombra. Esta penetración íntima de las tinieblas, es inexplicablemente siniestra en los niños.

Las selvas son apocalipsis, y el simple batir de alas de un alma infantil, produce cierto ruido de agonía bajo su bóveda monstruosa.

Sin darse cuenta á sí misma de lo que experimentaba, Cosette se sentía sobrecogida por aquella obscura enormidad de la naturaleza. No era únicamente terror lo que la impresionaba, era algo más terrible que el terror mismo. Temblaba. No hay expresiones para manifestar lo que tenía de extraño aquel temblor que la helaba hasta el fondo de su corazón. Su mirada se había vuelto esquiva. Creía sentir que tal vez no podría evitar al día siguiente, el volver allí á la misma hora.

Entonces, movida por cierto instinto, para salir de aquel estado singular que ella no comprendía, pero que la asustaba, púsose á contar en alta voz uno, dos, tres, cuatro, hasta diez, y cuando concluía empezaba á contar otra vez de nuevo. Esto le devolvió la clara percepción de los objetos que la rodeaban. Sintió frío en sus manos, que se habían mojado al sacar el agua. Levantóse volviendo nuevamente al miedo, un miedo natural é invencible. No tuvo ya más que un pensamiento, huir; huir á todo correr, al través del bosque, al través del campo, hasta dar con las casas, con las ventanas, con las velas encendidas. Su mirada tropezó con el cubo que tenía delante.

Era tal el horror que la inspiraba la Thénardier, que no se atrevió á huir sin el cubo de agua. Cogióle por el asa con ambas manos, y no sin gran trabajo alcanzó levantarlo.

Caminó difícilmente unos doce pasos, pero el cubo estaba lleno y era tan pesado, que se vió obligada á dejarle nuevamente en el suelo. Respiró un instante, cogiéndolo de nuevo, y echó á andar; avanzando esta vez más largo trecho. Pero fuele preciso descansar aún; después de algunos segundos de reposo, prosiguió. Caminaba inclinada hacia adelante, con la cabeza baja, como una vieja; el peso del cubo estiraba y entumecía sus débiles brazos. El asa de hierro acababa de entorpecer y helar sus manecitas húmedas; de cuando en cuando se veía obligada á pararse, y cada vez que lo hacía, el agua helada que se desbordaba del cubo, caía sobre sus desnudas piernas. Esto le acontecía en el fondo de un bosque, de noche, en invierno, lejos de toda mirada humana, á una niña de ocho años; Dios solamente podía ver una cosa tan triste, en tan triste momento.

Y sin duda su madre también, ¡ay!

Porque hay cosas capaces de hacer abrir los ojos á los muertos dentro de sus tumbas.

Respiraba la pobre con cierto doloroso estertor; los sollozos oprimían su garganta, pero no se atrevía á llorar, tanto era el miedo que le infundía, aun de lejos, la Thénardier. Tenía la costumbre de imaginarse siempre presente á la posadera.

Á pesar de todo, no podía adelantar mucho camino de aquella manera, y proseguía lentamente. Por más que acortaba la duración de las paradas y caminaba de una á otra cuanto podía, calculaba angustiada que le faltaba más de una hora para llegar así á Montfermeil, y que la Thénardier la pegaría. Á semejante angustia se mezclaba el espanto de verse sola, de noche y en el bosque. Estaba abrumada de fatiga, y no había aún salido de la selva. Al llegar junto á un viejo castaño que ya conocía, hizo una última parada más larga que las anteriores, para tomar mayor descanso; reunió después todas sus fuerzas, cogió de nuevo el cubo, y echó á andar otra vez valerosamente.

Sin embargo, la pobre criatura, desesperada, no pudo evitar esta exclamación: ¡Oh Dios mío! ¡Dios mío!

En aquel momento, sintió de súbito que el cubo no le pesaba ya. Una mano, que le pareció enorme, acababa de coger el asa y lo levantaba vigorosamente. Levantó Cossette la cabeza. Un gran bulto negro enhiesto y alto, caminaba á su lado en la obscuridad. Era un hombre que había llegado detrás de ella, y á quien no había oído venir. Aquel hombre, sin decir una palabra, había empuñado el asa del cubo que ella podía levantar apenas.

Hay instintos para todos los acontecimientos de la vida.

La niña no tuvo entonces miedo.

VI
Donde tal vez se prueba la inteligencia de Boulatruelle

En la tarde del mismo día de Navidad de 1823, estuvo paseando un hombre largo tiempo la parte más desierta del boulevard del Hospital en París. Este hombre tenía el aspecto del que busca dónde alojarse, y se detenía preferentemente ante las casas de más modesta apariencia de aquel ruinoso extremo del arrabal de San Marcelo.

Luego veremos cómo aquel hombre había alquilado, efectivamente, un cuarto en este aislado barrio.

Aquel hombre, así en su traje como en toda su persona, presentaba el tipo de lo que podría llamarse el mendigo de buena sociedad: la extremada miseria combinada con el extremado aseo. Es ello una mezcla bastante rara, que inspira á los corazones inteligentes el doble respeto que se siente por quien es muy pobre y por quien es muy digno. Llevaba un sombrero redondo muy viejo y muy cepillado, una levita hasta descubrir los hilos, de paño común color de ocre, color que no tenía nada de particular en aquella época, un gran chaleco con bolsillos de forma secular, calzón corto negro, pero que mostraba haberse descolorido hasta el gris por las rodillas, medias de lana negra y gruesos zapatos con hebillas de cobre. Hubiérase dicho que era un antiguo preceptor de casa grande, recién llegado de la emigración. Por sus cabellos blancos, por las arrugas de su frente, por lo lívido de sus labios, por su rostro en que todo respiraba abatimiento y cansancio de la vida, se le hubieran supuesto más de sesenta años. Por su paso firme, aunque lento, y por el vigor singular impreso en todos sus movimientos, apenas se le hubieran concedido cincuenta.

Las arrugas de su frente estaban bien colocadas, y hubieran prevenido en favor suyo á cualquiera que le hubiese observado atentamente. Sus labios se contraían con un pliegue particular, que parecía severo siendo humilde. Había en el fondo de su mirada cierta lúgubre serenidad. Llevaba en la mano izquierda un paquetito envuelto en un pañuelo, apoyando la derecha en una especie de bastón cortado de un seto. Este bastón había sido labrado con cierto esmero, y no tenía un mal aspecto; habían sacado partido de los nudos, y le habían figurado un puño de coral con lacre encarnado; era un palo, que se parecía á un bastón.

Poca es la gente que pasa por aquel boulevard, sobre todo en invierno. Aquel hombre, no obstante, aunque sin afectación, más parecía evitarla que buscarla.

En aquella época, el rey Luis XVIII iba casi todos los días á Chois-le-Roy. Era uno de sus paseos favoritos. Á eso de las dos, casi invariablemente, se veía el coche con la escolta real pasar á todo escape por el boulevard del Hospital.

Esto hacía las veces de reloj á los pobres del barrio, que decían: las dos; pues ya se vuelve á las Tullerías.

Y los unos acudían y los otros se alineaban para esperarle; porque el paso de un rey, es siempre tumultuoso. Por lo demás la aparición y desaparición de Luis XVIII, producía cierto efecto en las calles de París. Era rápido, pero majestuoso. Aquel rey impotente gustaba de ir al galope; no pudiendo andar, quería correr; ese inválido hubiera deseado de buena gana ser conducido por el relámpago. Pasaba pacífico y severo en medio de los sables desnudos. Su berlina maciza, enteramente dorada, con gruesas ramas de lirio pintadas en los costados, rodaba estrepitosamente. Apenas había tiempo bastante para dirigirle una mirada. Veíase en el ángulo del fondo, á la derecha, sobre almohadones de raso blanco, una cara ancha, firme y colorada, una frente recién empolvada, una mirada altiva, dura y fina, una sonrisa de letrado, dos grandes charreteras con canalones flotantes sobre un frac de paisano, el Toisón de oro, la cruz de San Luis, la cruz de la Legión de Honor, la placa de plata del Santo Espíritu, un gran vientre y un grueso cordón azul: esto era el rey. Fuera de París colocaba su sombrero con plumas blancas sobre sus rodillas envueltas en altas polainas inglesas, y cuando entraba de nuevo en la población, se lo ponía en la cabeza, saludando poco. Miraba fríamente al pueblo, que le correspondía perfectamente. Cuando apareció por primera vez en el barrio de San Marcelo, todo el éxito que obtuvo fué esta frase de uno de los vecinos á otro vecino: «Ese gordo que va ahí es el gobierno».

Este paso infalible del rey á la misma hora, era, pues, el acontecimiento cotidiano del boulevard del Hospital.

El paseante de la levita amarilla, no era evidentemente del barrio, ni de París tampoco probablemente, puesto que ignoraba esta circunstancia. Así es que cuando al dar las dos vió el coche real, rodeado de un escuadrón de guardias de Corps galoneados de plata, desembocar en el boulevard, después de dar la vuelta á la Salpêtrière, se quedó sorprendido y casi aterrado. No había nadie más que él en la calle de árboles, y se arrimó vivamente contra un ángulo de la tapia de cerca, lo que no impidió que le viese el señor duque de Havré. El señor duque de Havré, como capitán de guardias de servicio aquel día, iba sentado en el coche frente á frente del rey, y dijo á su majestad:

—¡He aquí un hombre de bien mala traza! Varios agentes de policía, apostados para vigilar en la carrera que seguía el rey, se fijaron también en aquel hombre, y uno de ellos recibió orden de seguirle. Pero el hombre se internó en las callejuelas solitarias del arrabal, y como el día empezaba á declinar, el agente perdió la pista, según resulta de un parte dirigido aquella misma noche al conde Anglès, ministro de Estado y prefecto de policía.

Cuando el hombre de la levita amarilla hubo hecho perder la pista al agente, redobló el paso, no sin haberse vuelto muchas veces para cerciorarse de que no le seguían. Á las cuatro y cuarto, es decir, cerrada ya la noche, pasaba por delante del teatro de la puerta de San Martín, donde se representaba aquel día el drama Los dos presidiarios. El cartel, alumbrado por los faroles del teatro, debió chocarle, porque aún cuando caminaba deprisa se paró á leerle. Poco después estaba en el callejón de la Planchette, y entraba en el Plato de estaño, donde estaba entonces la administración de diligencias de Lagny.

El coche partía á las cuatro y media. Los caballos estaban enganchados, y los viajeros, llamados por el mayoral, se encaramaban á toda prisa por el alto peldaño de hierro del vehículo.

El hombre preguntó:

—¿Hay asiento?

—Uno solo, á mi lado, en el pescante,—contestó el mayoral.

—Le tomo.

—Subid.

Sin embargo, antes de partir, el conductor dirigió una mirada al traje nada lujoso del viajero, y á su pequeño lío, é hizo que se lo pagase.

—¿Vais hasta Lagny?—le preguntó el cochero.

—Sí,—dijo el hombre.

Y el viajero pagó hasta Lagny.

Partieron enseguida.

Cuando hubieron atravesado la barrera; el mayoral procuró anudar la conversación; pero viendo que el viajero sólo contestaba por monosílabos, tomó el partido de silbar y jurar contra los caballos.

Envolvióse el conductor en su manta. Hacía frío. El hombre no parecía acordarse de ello. Así atravesaron Gournay y Neuilly-sur-Marne.

Á eso de las seis de la noche estaban en Chelles. El mayoral se paró para dar aliento á los caballos delante de la posada de trajineros, establecida en los viejos edificios de la abadía real.

—Yo bajo aquí,—dijo el hombre.

Cogió su lío y su bastón, y saltó del carruaje.

Un instante después había desaparecido.

No había entrado en la posada.

Cuando después de algunos minutos la diligencia volvió á emprender la marcha para Lagny, no le encontró en toda la calle mayor de Chelles.

El mayoral se volvió hacia los viajeros del interior, diciendo:

—Aquel hombre no es de aquí, pues yo no le conozco. Tiene cara de no llevar un céntimo, y sin embargo no se preocupa mucho del dinero, pues ha pagado hasta Lagny y no pasa de Chelles. Es de noche, todas las casas están cerradas, no entra en la posada, y no se le vuelve á ver. Se le ha de haber tragado la tierra.

No había sido el hombre tragado por la tierra, sino que había cruzado á grandes pasos entre la obscuridad la calle mayor de Chelles, después había tomado á la izquierda, y antes de llegar á la iglesia, el camino vecinal que conduce á Montfermeil, como cualquiera conocedor del país que hubiese ya transitado por él.

Siguió rápidamente este camino. En el lugar donde cruza la alameda antigua que va de Gagny á Lagny, oyó venir gente; ocultóse precipitadamente en una zanja, y esperó á que los que pasaban se hubiesen alejado. La precaución era por otra parte casi superflua; porque, como hemos dicho, era una noche de diciembre obscurísima. Apenas se veían dos ó tres estrellas en el cielo.

Estaba donde empieza la subida de la colina. El hombre no volvió á entrar en el camino de Montfermeil; tomó á la derecha, al través de los campos, y se internó en el bosque apresuradamente.

Cuando se encontró ya en el bosque, acortó el paso, y empezó á mirar atentamente todos los árboles, avanzando poco á poco, como si buscase ó siguiera una senda misteriosa conocida por él únicamente. Hubo un momento en que pareció haberse perdido y se detuvo indeciso. Por fin, tentando aquí y allá, llegó á encontrar un claro en que había un montón de piedras grandes y blanquizcas. Dirigióse vivamente donde estaban las piedras y las examinó con atención, al través de la bruma de la noche, como si las revisara.

Un gran árbol, cubierto de esas excrecencias, que son como las verrugas de la vegetación, estaba á pocos pasos de aquellas piedras. Acercóse al árbol, paseando la mano sobre la corteza del tronco, como si quisiera reconocer y contar todas las verrugas.

Frente á ese árbol, que era un fresno, había un castaño, enfermo de una descortezadura, al cual habían puesto por vendaje una tira de zinc clavada. Levantóse de puntillas, y tocó aquella venda de zinc.

Después anduvo tentando el suelo con los pies, todo el espacio comprendido entre el árbol y las piedras, como pretendiendo cerciorarse de que la tierra no había sido recientemente removida.

Hecho lo cual, se orientó nuevamente, y emprendió su marcha á través del bosque.

Éste era el hombre que acababa de encontrar á Cosette.

Caminando por la espesura en dirección á Montfermeil, había distinguido aquella pequeña sombra que se movía gimiendo, que dejaba un peso en el suelo, que lo levantaba otra vez y volvía á moverse. Acercósele, y vió que era una pobre criatura cargada con un enorme cubo de agua. Entonces se llegó á la niña, cogiendo silenciosamente el asa del cubo.

VII
Cosette en la sombra junto al desconocido

Cosette, ya lo hemos dicho, no había tenido miedo.

El hombre le dirigió la palabra. Hablábale en voz grave y casi baja.

—Hija mía, es muy pesado para ti eso que llevas.

Cosette levantó la cabeza, y respondió:

—Sí, señor.

—Dame,—repuso el hombre,—yo voy á llevártelo.

Cosette soltó el cubo. El hombre se puso á caminar junto á ella.

—Mucho pesa, en efecto,—dijo entre dientes; y añadió luego:

—Chiquilla, ¿qué edad tienes?

—Ocho años, señor.

—¿Y vienes con eso de muy lejos?

De la fuente que está en el bosque.

—¿Y vas muy lejos ahora?

—Á un cuarto de hora largo de aquí.

El hombre permaneció un momento sin hablar; luego preguntó bruscamente:

—¿No tienes madre?

—No lo sé,—respondió la chiquilla.

Y antes que el hombre hubiese tenido tiempo de tomar nuevamente la palabra, añadió:

—No lo creo. Las otras sí tienen, pero yo no.

Y después de una pausa, prosiguió:

—Creo que nunca la he tenido.

Detúvose el hombre, dejó el cubo en el suelo, se inclinó, y poniendo ambas manos sobre los dos hombros de la niña, hizo un esfuerzo por mirarla y ver su rostro en la obscuridad.

El flaco y escuálido semblante de Cosette, se dibujaba vagamente á la pálida luz del cielo.

—¿Cómo te llamas?—preguntó el hombre.

—Cosette.

El hombre sintió como una sacudida eléctrica. Mirola nuevamente, separó después sus manos de los hombros de Cosette, volvió á coger el cubo, y echó á andar.

Después de unos instantes, preguntó:

—Chiquilla, ¿dónde vives?

—En Montfermeil, sabéis...

—¿Es allí dónde vamos?

—Sí, señor.

Hizo otra pausa todavía, y volvió á preguntar:

—¿Y quién es el que así te manda á buscar agua al bosque á estas horas?

—La señora Thénardier.

El hombre replicó con un sonido de voz que esforzaba, para darle el tono de indiferente, pero en el que se notaba, sin embargo, un temblor singular.

—¿Qué es lo que hace esta señora Thénardier?

—Es mi ama,—dijo la niña.—Es la dueña de la posada.

—¿De la posada?—dijo el hombre.—Pues bien; allá voy á pasar esta noche. Acompáñame.

—Vamos allá,—dijo la niña.

El hombre andaba bastante de prisa. Cosette le seguía sin dificultad. No sentía la menor fatiga. De cuando en cuando levantaba los ojos hacia aquel hombre, con cierta expresión de tranquilidad y confianza inexplicable. Jamás le había enseñado nadie á dirigirse á la Providencia y orar. No obstante, sentía ella dentro de sí misma, algo que se parecía á la esperanza y á la alegría, y que se elevaba hasta los cielos.

Pasáronse algunos minutos. El hombre repuso:

—Pero, ¿no hay criada en casa de la señora Thénardier?

—No, señor.

—¿Luego estás tú sola?

—Sí, señor.

Hubo todavía otra interrupción. Cosette levantó la voz:

—Es decir, hay dos niñas.

—¿Dos niñas?

—Ponine y Zelma.

La muchacha simplificaba en esta forma aquellos nombres novelescos tan agradables á la Thénardier.

—¿Quiénes son estas Ponine y Zelma?

—Son las niñas de la señora Thénardier, es decir, sus hijas.

—Y, ¿qué hacen estas niñas?

—¡Oh!—dijo Cosette.—Tienen muñecas muy bonitas, tienen cosas en que hay oro, mucho con que entretenerse, y ellas juegan, se divierten...

—¿Todo el día?

—Sí, señor.

—¿Y tú?

—Yo, trabajo.

—¿Todo el día?

La niña alzó sus grandes ojos, en los que había una lágrima, que á causa de la obscuridad no podía verse, y respondió dulcemente:

—Sí, señor.

Y prosiguiendo, después de un intervalo silencioso:

—Á veces, cuando he concluido mi tarea, y me lo permiten, me divierto también.

—Y ¿cómo te diviertes tú?

—Como puedo. Me dejan; pero yo no tengo muchos juguetes. Ponine y Zelma no quieren que yo juegue con sus muñecas. Tengo solamente un sable muy pequeñito de plomo, que no es mayor que esto.

Y la muchacha levantaba su dedo meñique.

—¿Y que no corta?

—Sí, señor,—dijo la niña,—corta ensalada y cabezas de mosca.

Llegaron á la población. Cosette guió al forastero por las calles. Pasaron por delante de la panadería, pero Cosette no se acordó del pan que debía llevar. El hombre había cesado de hacerle preguntas, guardando entonces un silencio sombrío. Cuando hubieron dejado tras sí la iglesia, viendo el hombre todos aquellos puestos al aire libre, preguntó á Cosette:

—¿Hay feria aquí?

—No, señor; es Navidad.

Cuando estuvieron cerca de la posada, Cosette le tocó en el brazo tímidamente:

—¿Señor?

—¿Qué hay, hija mía?

—Enseguida estaremos en la casa.

—¿Y qué?

—¿Que si queréis dejarme otra vez el cubo?

—¿Por qué?

—Porque si viese el ama que me lo han traído, me pegaría.

El hombre le devolvió el cubo. Un instante después estaban á la puerta del bodegón.

VIII
Desagrado en recibir en casa un pobre que tal vez sea un rico

Cosette no pudo evitar una mirada oblicua hacia la muñeca grande que continuaba expuesta en la tienda de juguetes, y llamó enseguida.

Abrióse la puerta; apareció la Thénardier con una vela en la mano.

—¡Ah! ¡eres tú, holgazana! ¡Gracias á Dios! ¡Pues no has malgastado el tiempo que digamos! ¡Se habrá estado divirtiendo la sinvergüenza!

—Señora,—dijo Cosette temblorosa,—aquí hay un señor que desea hospedaje.

La Thénardier reemplazó enseguida su expresión hocicuda por una mueca amable, cambio tan visible como propio de posaderos, buscando ávidamente con la mirada al recién llegado.

—¿Es este señor?—dijo ella.

—Sí, señora,—respondió el hombre, llevándose la mano al sombrero.

Los viajeros ricos no son tan corteses. Este ademán, y la inspección del traje y equipaje del forastero, á que la Thénardier pasó revista de una ojeada, borraron la expresión amable de su gesto, y volviendo á poner la cara hocicuda, replicó entonces secamente:

—Entrad, buen hombre.

Entró el «buen hombre». La Thénardier le echó una segunda mirada, examinó particularmente su levita raída por completo, y su sombrero algún tanto abollado, y consultó con un movimiento de cabeza, un fruncimiento de nariz y un guiño de ojos á su marido, quien continuaba bebiendo con los trajineros. El marido respondió con aquella imperceptible agitación del índice que, sostenida por el inflamiento de los labios, significaba entonces: «pobre de solemnidad». Partiendo de este supuesto, dijo la Thénardier:

—Buen hombre, aunque lo siento mucho, no hay cuarto disponible.

—Ponedme donde queráis—dijo el hombre;—en el granero ó en la cuadra. Pagaré como si me diérais cuarto.

—Cuarenta sueldos.

—¿Cuarenta sueldos? Bien.

—Corriente.

—¡Cuarenta sueldos!—dijo por lo bajo un trajinero á la Thénardier.—¡Si no son más que veinte!

—Cuarenta para él,—replicó la Thénardier en el mismo tono.—Yo no admito pobres á menos precio.

—Es verdad,—añadió el marido con dulzura,—es un perjuicio para los establecimientos el recibir gente de esta clase.

Entre tanto el hombre, después de haber dejado sobre un banco su envoltorio y su bastón, se había sentado á una mesa sobre la que Cosette se había apresurado á poner una botella de vino y un vaso. El mercader que había pedido el cubo de agua se lo llevó él mismo á su caballo. Cosette había vuelto á ocupar su lugar debajo de la mesa de cocina y tomado su calceta.

El hombre, que apenas había mojado sus labios en el vaso de vino que se había servido, contemplaba á la niña con atención particular.

Cosette era fea. Dichosa, hubiera sido bonita tal vez.

Hemos ya bosquejado aquella figurita sombría. Cosette estaba flaca y descolorida; tenía cerca de ocho años, y apenas aparentaba seis. Sus grandes ojos, hundidos en una especie de sombra, estaban casi apagados á fuerza de llorar. Los extremos de su boca tenían esa especie de curvatura de la angustia habitual, que se advierte en los condenados y en los enfermos deshauciados. Sus manos estaban, como había adivinado su madre, «perdidas de sabañones». El fuego que la iluminaba en aquel momento hacía resaltar los ángulos de sus huesos, y ponía horriblemente de manifiesto su demacración. Como siempre estaba tiritando de frío, había tomado la costumbre de apretar las rodillas una contra otra. Todo su vestido no era más que un harapo, que hubiera dado lástima en verano y horrorizaba en invierno. No tenía sobre sí más que ropa agujereada, ni siquiera un mal pañuelo de lana. Se le veía la piel por varias partes, distinguiéndose en muchas de ellas manchas azules ó negras, que indicaban los sitios donde la Thénardier la había golpeado. Sus piernas desnudas eran delgadísimas y amoratadas. Lo hundido de sus clavículas hacía llorar. Toda la persona de aquella criatura, su porte, su actitud, el sonido de su voz, los intervalos entre palabra y palabra, su mirada, su silencio, su gesto más insignificante expresaban y traducían una sola idea: el temor.

El temor se había posado sobre ella; la cubría, por así decirlo; el temor la hacía recoger los codos sobre sus caderas, esconder los talones debajo la falda, ocupar el menor sitio posible, sin dejarla respirar más que lo necesario, convirtiéndola en lo que podría llamarse su vicio corporal, sin otra variación posible que la de aumentar. Había en el fondo de su pupila un rincón sombrío, donde se anidaba el terror.

Era tal su miedo, que al llegar, mojada y todo como estaba, no se había atrevido á ir á secarse al fuego, y se había vuelto silenciosamente á su tarea.

La expresión de la mirada de aquella criatura de ocho años era de ordinario tan triste, y á veces tan trágica, que en ciertos momentos parecía tener trazas de volverse idiota ó demonio.

Jamás, hemos dicho, había sabido lo que era rezar; jamás había puesto el pie en una iglesia. ¿Acaso tenía tiempo? decía la Thénardier.

El hombre de la levita amarilla no apartaba los ojos de Cosette.

De repente la Thénardier, exclamó:

—¡Á propósito! ¿Y el pan?

Cosette, según su costumbre, cada vez que la Thénardier levantaba la voz, salía inmediatamente de debajo de la mesa.

Habíase olvidado por completo del pan. Recurrió entonces al expediente sempiterno de los niños asustados. Mintió.

—Señora, el panadero tenía cerrado.

—¡Haber llamado!

—Ya llamé, señora.

—¿Y bien?

—No abrieron.

—Mañana sabré yo si eso es verdad—dijo la Thénardier;—y si mientes, verás la danza que te espera. Entre tanto, devuélveme la moneda de quince sueldos.

Cosette metió la mano en el bolsillo del delantal, y se puso verde. La moneda de quince sueldos había desaparecido.

—¡Ea!—dijo la Thénardier—¿Me has oído?

Cosette volvió el bolsillo del revés; no había nada. ¿Qué podía haberse hecho aquel dinero? La pobre criatura no encontraba una palabra que contestar. Estaba petrificada.

—¿Es que has perdido la moneda de quince sueldos?—dijo aullando la Thénardier.—¿Ó es que quieres robármela?

Al mismo tiempo alargó el brazo hacia el martinete, colgado en el rincón de la chimenea.

Este ademán amenazador, dió á Cosette fuerzas para gritar:

—¡Perdón, señora! ¡Señora, no lo volveré á hacer!

La Thénardier descolgó el martinete.

Entre tanto el hombre de la levita amarilla había metido los dedos en el bolsillo de su chaleco, sin que nadie hubiese advertido este movimiento.

Por otra parte, los demás viajeros bebían ó jugaban á las cartas, sin fijarse en nada más.

Cosette haciéndose un ovillo, llena de angustias en el rincón de la chimenea, procuraba encoger y esconder sus pobres miembros casi desnudos. La Thénardier levantó el brazo.

—Permitidme, señora,—dijo el hombre;—pero acabo de ver una cosa que ha caído del bolsillo del delantal de esa niña, y que ha rodado. Puede que sea esto.

Y así diciendo, se bajó, é hizo ademán de buscar por el suelo un instante.

—Aquí está precisamente,—añadió levantándose.

Y entregó una moneda de plata á la Thénardier.

—Sí, ésta es,—dijo ella.

No era tal, porque era una pieza de veinte sueldos, pero la Thénardier salía beneficiosa. Guardó, pues, la moneda en su faltriquera, y se contentó con lanzar una mirada feroz á la pobre muchacha, diciéndole:

—¡Cuidado con que te vuelva á suceder!

Cosette volvió á entrar en lo que la Thénardier llamaba «su nicho», y sus grandes ojos, fijos en el desconocido viajero, comenzaron á tomar una expresión que nunca había tenido. No era más que un horrible asombro, al cual se mezclaba una especie de confianza estupefacta.

—Á propósito, ¿queréis cenar?—preguntó la Thénardier al viajero.

Éste no respondió. Parecía meditar profundamente.

—¿Quién será este hombre?—dijo ella entre dientes.—Algún pobre asqueroso. No tiene de seguro con qué cenar. ¿Me pagará siquiera la posada? Gracias que se le haya ocurrido la idea de robar el dinero que estaba en el suelo.

Entre tanto se había abierto una puerta, y habían entrado Eponine y Azelma.

Eran en verdad, dos hermosas niñas, que más parecían señoritas que lugareñas, muy graciosillas; una con sus trenzas color de castaña, muy lustrosas, y otra con sus largos cabellos negros, que le caían sobre la espalda, las dos vivarachas, aseadas, gorditas, frescas y sanas, que daba gusto el verlas. Vestían ambas ropas de abrigo, pero con tanto arte maternal, que lo grueso de la tela no quitaba nada á la coquetería del conjunto. Estaba previsto el invierno sin que desapareciera la primavera. Ambas criaturas irradiaban. Además eran reinas. En su tocado, en su alegría, en el ruido que hacían, tenían algo de soberanas.

Cuando entraron, la Thénardier les dijo en tono de reprobación, lleno de adoración:—¡Ah! ¿sois vosotras?

Después, colocándolas entre sus rodillas una después de otra, acariciando sus cabellos, rehaciendo sus lazos, y dejándolas luego con la tierna manera de soltar, propia de las madres, exclamó:

—¡Vais de cualquier manera!

Fueron á sentarse junto al hogar. Tenían una muñeca que volvían y revolvían sobre sus rodillas entre diversos y alegres arrullos. De cuando en cuando, Cosette desviaba los ojos de su calceta y mirábalas jugar con aire triste.

Eponine y Azelma no se fijaban para nada en Cosette. Era para ellas como el perro. Las tres criaturas, que no sumaban en junto veinticuatro años, representaban ya toda la sociedad humana: por una parte la envidia, por otra el desdén.