LIBRO QUINTO
Á LA CAZA NOCTURNA, JAURÍA MUDA
I
Las sinuosidades de la estrategia
Aquí, con respecto á las páginas que van á leerse y á otras que vendrán después, es indispensable una observación.
Hace ya muchos años que el autor de este libro, forzado á pesar suyo á hablar de sí mismo, se halla ausente de París. Desde que le dejó, París se ha transformado. Ha surgido una ciudad nueva, que le es hasta cierto punto desconocida. No tiene necesidad de decir que ama á París; París es la ciudad natal de su espíritu. Á consecuencia de los derribos y reedificaciones, el París de su juventud, aquel París que se llevó religiosamente en su memoria, es á estas horas el París de otros tiempos. Permítasele hablar de este París como si existiera todavía. Es posible que allí donde va el autor á conducir á los lectores, diciéndoles: «En tal calle hay tal casa», no exista hoy día casa ni calle. Los lectores lo comprobarán, si quieren tomarse el trabajo de hacerlo. En cuanto á él, desconoce el París nuevo, y escribe con el París antiguo delante de los ojos, en medio de la ilusión más agradable. Es una satisfacción para él soñar que queda algo tras de sí de lo que veía cuando estaba en su país, y que no se ha desvanecido todo aún.
Mientras uno va y viene por su país natal, créese que las calles le son indiferentes; que las ventanas, los tejados y las puertas nada significan; que las paredes le son extrañas; que los árboles no son más que árboles; que las casas donde no entra le son inútiles; que el empedrado por donde anda son simplemente piedras.
Pero más tarde, cuando se encuentra fuera, advierte que aquellas calles le son queridas; que aquellos tejados, aquellas ventanas y aquellas puertas le hacen falta; que aquellas paredes le son necesarias; que aquellos árboles le son amados; que aquellas casas donde él no entraba, había quien entraba en ellas todos los días, y que ha dejado parte de sus entrañas, de su corazón y de su sangre en aquellas piedras. Todos aquellos sitios que ya no vemos y que quizá no volveremos á ver jamás, y cuya imagen hemos conservado, adquieren cierto encanto doloroso, se nos presentan con la melancolía de una aparición, nos hacen visible la tierra santa, y son, por decirlo así, la forma misma de la patria; y los amamos y los evocamos tales como son, tales como eran, obstinándonos en ello, y no queremos cambiar nada de ellos, porque estamos apegados á la forma de nuestra patria como á las facciones de nuestra madre.
Séanos, pues, permitido hablar del pasado en el presente. Dicho esto, suplicamos al lector que lo tenga en cuenta, y continuamos.
Juan Valjean había dejado enseguida el boulevard y se había engolfado en las calles, haciendo cuantas líneas quebradas podía, volviendo algunas veces sobre sus propios pasos para cerciorarse de que no le seguían.
Es ésta una maniobra natural en el ciervo hostigado. En los terrenos en que puede quedar impresa la huella, esa maniobra tiene, entre otras, la ventaja de engañar á los cazadores y á los perros con el contrapié. Es lo que en montería se llama emboscada falsa.
Era una noche de luna llena. Á Juan Valjean no le disgustaba. La luna, muy cerca todavía del horizonte, marcaba en las calles grandes espacios de luz y sombra. Juan Valjean podía escurrirse á lo largo de las casas y paredes del lado sombrío, y observar el claro. No reflexionaba quizá bastante que el lado obscuro se le esparcía, sin embargo, en todas las callejuelas que rodean á la calle de Polibeau, y creyó estar seguro de que nadie iba tras él.
Cosette andaba sin preguntar. Los sufrimientos de los seis primeros años de su vida habían introducido cierta pasividad á su naturaleza. Por otra parte, y ésta es una observación que tendremos que tener en cuenta más de una vez, estaba ella acostumbrada, sin darse muy exacta cuenta del porqué, á las singularidades del buen hombre y á las extravagancias del destino. Además se sentía segura junto á él.
Juan Valjean no sabía mejor que Cosette adónde iba. Confiaba en Dios como ella confiaba en él. Parecíale que alguien superior á él le llevaba también de la mano; creía sentir un ser invisible que le conducía. Por lo demás, no tenía idea alguna decidida, ningún plan, ningún proyecto. Ni siquiera estaba seguro del todo de que aquel Javert, pudiendo también ser Javert, sin que supiese que él era Juan Valjean. ¿No iba disfrazado? ¿No se le creía muerto? Sin embargo, hacía algunos días que le pasaban cosas que parecían singulares. No necesitaba más. Estaba resuelto á no volver á entrar en la casa de Gorbeau. Como el animal arrojado de su guarida, buscaba un hueco donde esconderse, mientras encontraba donde alojarse.
Juan Valjean describió gran número de laberintos en el barrio Montfetard, que yacía dormido como si estuviera todavía bajo la disciplina de la Edad Media, al yugo de la queda; combinó de diversas maneras, en hábiles estrategias, la calle Censier y la calle Copeau, la calle del Battoir-Saint-Victor y la calle del Puits l'Ermite. Hay por allí casas-posadas, pero ni siquiera entraba en ellas, no encontrando lo que le convenía. Es decir, dudaba que si por casualidad le buscaban, hubiesen perdido la pista.
Al dar las once de Saint-Etienne-du-Mont, atravesaba la calle de Pontoise, delante de la comisaría de policía, que está en el número 14. Algunos instantes después, el instinto de que hablábamos más arriba hizo que se volviese. En cuyo momento vió claramente, gracias al farol de la comisaría que los descubría, á tres hombres que le seguían de bastante cerca, pasar sucesivamente bajo aquel farol por la parte obscura de la calle. Uno de aquellos tres hombres entró en el portal de la casa del comisario. El que marchaba al frente se le hizo decididamente sospechoso.
—Ven, hija mía,—díjole á Cosette. Y se apresuró á dejar la calle de Pontoise.
Describió un circuito, dió la vuelta al pasaje de los Patriarcas, que estaba cerrado á causa de la hora, cruzó á grandes pasos la calle de la Epée-de-Bois y la de la Arbalete, y penetró en la de Postas.
Hay allí una encrucijada, donde existe hoy el colegio Rollin y adonde va á empalmar la calle Nueva de Santa Genoveva.
Es por demás decir que la calle Nueva de Santa Genoveva es una calle vieja, y que por la calle de Postas no pasa apenas en diez años una silla de posta. Dicha calle de Postas estaba habitada en el siglo VIII por alfareros, y su verdadero nombre era calle de los Potes.
La luna arrojaba sus clarísimos rayos en la encrucijada. Juan Valjean se escondió en el hueco de una puerta, calculando que si aquellos hombres le seguían todavía, no podría dejar de verlos muy bien cuando atravesasen por aquella claridad.
En efecto, aún no habían trascurrido tres minutos cuando aparecieron los hombres. Entonces eran cuatro; todos de elevada estatura, vestidos con largos levitones obscuros, con sombreros redondos, y gruesos bastones en la mano. No eran menos sospechosos por su elevada estatura y grandes puños, que por su marcha siniestra en las tinieblas. Se les podía tomar por cuatro espectros disfrazados de paisano.
Detuviéronse en medio de la encrucijada, y se agruparon como para consultar. Parecían estar indecisos. El que guiaba, volvióse de repente señalando con la mano derecha la dirección que había tomado Juan Valjean; otro de los del grupo parecía indicar con cierta persistencia la dirección contraria. En el instante en que se volvió el primero, la luna iluminó por completo su rostro, Juan Valjean reconoció claramente á Javert.
II
Es muy ventajoso que por el puente de Austerlitz pasen carruajes
Cesó la incertidumbre para Juan Valjean; afortunadamente duraba todavía para aquellos hombres. Aprovechóse él de su vacilación. Ellos perdían tiempo, y él lo ganaba. Salió del hueco de la puerta en que se había escondido avanzando por la calle de Postas, hacia al lado del Jardín Botánico. Cosette empezaba á fatigarse; tomola entonces él en brazos y así la llevó. No pasaba nadie por allí y no se habían encendido los faroles á causa de la luna.
Dobló el paso.
En pocas zancadas llegó á la alfarería de Goblet, en cuya fachada la claridad de la luna hacía perfectamente legible la antigua inscripción:
De Goblet el hijo, está aquí la fábrica,
Venid á escoger floreros y cántaros,
Cantarillas, tiestos, ladrillos y jarras,
Que todo se vende, ya en fino y en basto.
Dejó tras de sí la calle de la Clef, después la fuente de San Víctor, bordeó el Jardín Botánico por las calles bajas, y llegó al muelle. Volvió la cabeza al estar allí. El muelle se encontraba desierto; las calles también. Nadie iba detrás de él. Respiró.
Llegó al puente de Austerlitz.
Todavía se pagaba peaje en aquella época.
Acercóse al ventanillo del peajero y dió un céntimo.
—Son dos sueldos,—dijo el inválido del puente.—Lleváis una criatura que puede andar. Debéis pues pagar dos.
Pagó, contrariado de que su paso hubiese dado lugar á una observación. Toda fuga debe pasar inadvertida.
Un gran carro atravesaba el Sena al propio tiempo que iba él también hacia la orilla derecha. Esto le favoreció mucho, puesto que pudo atravesar todo el puente á la sombra de aquel carro.
Hacia la mitad del puente, teniendo Cosette los pies entumecidos, quiso andar. Él la puso en el suelo y volviola á tomar de la mano.
Salvado ya el puente, distinguió en frente de él, hacia la derecha, unos depósitos de madera. Dirigióse allí; pero para llegar era preciso atravesar un ancho espacio descubierto é iluminado. No vaciló. Los que le perseguían estaban evidentemente despistados, y Juan Valjean se creía fuera de peligro. Buscado sí, pero no seguido.
Abríase entre dos de aquellos depósitos, cercados de tapia, una callejuela, la del Chemin Vert Saint Antoine. Era la tal, estrecha, obscura y como hecha á propósito para él. Antes de entrar miró tras de sí.
Desde allí donde estaba, veía en toda su longitud el puente de Austerlitz.
Cuatro sombras acababan de entrar en el puente.
Esas sombras volvían la espalda al Jardín Botánico dirigiéndose hacia la orilla derecha.
Aquellas cuatro sombras eran los cuatro hombres.
Juan Valjean sintió el estremecimiento de la fiera descubierta.
Quedábale una esperanza, y era que quizá aquellos cuatro hombres no habían entrado aún en el puente y no le habrían distinguido en el momento en que él había atravesado, con Cosette de la mano, el gran espacio iluminado.
En este caso, penetrando por la callejuela delante de la cual se encontraba, logrando llegar á los depósitos, huertas, sembrados y terrenos baldíos, podía escapar fácilmente.
Pareciéndole que podía confiar en aquella callejuela silenciosa, entró en la misma.
III
Véase el plano de París de 1727
Á cosa de unos trescientos pasos, llegó á un punto en que la calle bifurcaba. Dividíase oblicuamente en dos, una á la izquierda y otra á la derecha. Juan Valjean tenía delante de sí como los dos brazos de una. Y. ¿Cuál debía seguir?
No vaciló un momento, y tomó por la derecha.
¿Por qué?
Porque la izquierda se dirigía hacia el arrabal, es decir, á los sitios habitados, y la derecha hacia el campo, es decir, á los lugares desiertos.
Entre tanto, no andaba muy aprisa. El paso de Cosette acortaba el de Juan Valjean.
Volvió á tomarla en brazos. Cosette apoyaba su cabeza sobre el hombro de su buen conductor sin decir una sola palabra.
Volvíase de cuando en cuando para mirar teniendo buen cuidado de ir por el lado sombrío de la calle. La calle seguía recta detrás de él, y las dos ó tres primeras veces que volvió la cabeza no vió nada; el silencio era profundo; continuó pues su marcha algo tranquilizado. De pronto, en cierto momento, al volverse, parecióle divisar, por la parte de la calle que acababa de pasar, á lo lejos, entre la obscuridad, algo que se movía.
Precipitóse adelante, mejor que anduvo, esperando encontrar alguna callejuela lateral, y huir por ella, haciendo perder una vez más su pista.
Pero encontró una tapia.
Aquella tapia, sin embargo, no era un obstáculo para seguir adelante; era una pared que costeaba una callejuela transversal, en la cual terminaba la calle que venía siguiendo Juan Valjean.
Era allí preciso tomar nuevamente por la derecha ó por la izquierda.
Miró á la derecha. La callejuela se prolongaba á trozos entre construcciones, que eran cobertizos ó granjas, pero no tenían salida. Veíase claramente el fondo cerrado por una gran pared blanca.
Miró á la izquierda. La callejuela por este lado estaba abierta, y á distancia como de doscientos pasos, penetraba en otra calle de la que era afluente. Por aquella parte estaba su salvación.
En el momento en que Juan Valjean pensaba tomar por la izquierda, á fin de llegar hasta la calle que se divisaba al extremo de la callejuela, observó en el ángulo formado con la otra, á la cual se dirigía, una especie de estatua negra, inmóvil.
Era evidentemente un hombre apostado allí que esperaba para cortarle el paso.
Juan Valjean retrocedió.
El punto de París en que se encontraba Juan Valjean, situado entre el arrabal Saint Antoine y la Râpée, es uno de los que han sido completamente reformados por obras recientes, afeándole, según unos, transfigurándole según otros. Los cultivos, los almacenes y los edificios viejos, han desaparecido. Hoy existen en su lugar grandes calles modernas, anfiteatros, circos, hipódromos, estaciones de caminos de hierro, una cárcel, Mazas; el progreso, como se ve, con su correctivo.
Hace medio siglo, en la lengua usual popular, compuesta toda ella de tradiciones, que se obstina en llamar al Instituto las Cuatro Naciones, y á la Ópera Cómica Feydeau, el preciso lugar adonde había llegado Juan Valjean se llamaba Le Petit Picpus. La puerta de Saint Jacques, la puerta de París, la barrera de los Sargentos, los Porcherons, la Galiota, los Celestinos, los Capuchinos, el Mail, la Bourbe, el árbol de Cracovia, la Pequeña Polonia, el Pequeño Picpus, son nombres del París antiguo que sobrenadan en el nuevo. La memoria del pueblo flota sobre los residuos del pasado.
El Pequeño Picpus, que por lo demás apenas ha existido y nunca pasó de ser la sombra de un barrio, tenía casi el aspecto monacal de una ciudad española[11]. Los senderos estaban apenas apisonados, las calles poco edificadas. Á excepción de las dos ó tres de las que vamos á hablar, todo eran tapias y soledad. Ni una tienda, ni un carruaje; apenas aquí y allá alguna luz encendida en las ventanas; siendo todas apagadas á las diez. Jardines, conventos, depósitos de maderas, huertas, algunas, pocas, casas bajas, y grandes tapias tan elevadas como las casas.
Tal era aquel barrio en el último siglo. La Revolución lo había ya maltratado. La municipalidad republicana lo había demolido, atravesado y agujereado. Habíanse establecido allí depósitos de cascotes. En treinta años ha ido desapareciendo este cuartel bajo el rasero de las nuevas construcciones. Hoy no queda ya el menor vestigio.
El Pequeño Picpus del que no guarda indicio ninguno de los planos actuales, está bastante bien indicado en el plano de 1727, publicado en París por la casa Denis Thierry, calle de Saint Jacques, frente á la de Platre, y en Lyon en casa Juan Girin, calle Mercière, en la Prudence. El Pequeño Picpus dibujaba lo que acabamos de llamar una Y de calles, formada por la del Chemin Vert Saint Antoine, separándose en dos ramas; tomando la izquierda el nombre de callejuela de Picpus, y la derecha el de calle de Polonceau. Las dos ramas de la Y estaban reunidas en su parte superior como por una barra. Esta barra se llamaba calle del Droit-Mur. La calle de Polonceau desembocaba en ella; la callejuela de Picpus seguía más allá, y avanzaba hacia el mercado Lenoir. Subiendo del Sena, los que llegaban al extremo de la calle de Polonceau tenían á su izquierda la calle Droit-Mur, volviendo bruscamente en ángulo recto, en frente la tapia de esta última, y á su derecha una prolongación truncada de la misma calle Droit-Mur, sin salida, llamada el callejón Genrot.
Éste era el punto donde se encontraba Juan Valjean.
Como hemos dicho ya, al distinguir la negra silueta del espía en el ángulo de la calle Droit-Mur y la callejuela de Picpus, retrocedió. No cabía duda; estaba siendo objeto de la vigilancia de aquel fantasma.
¿Qué hacer?
No estaba ya á tiempo de retroceder. Lo que había visto moverse en la sombra á alguna distancia detrás de él un momento antes era, sin duda, Javert y su ronda. Javert estaba ya probablemente á la embocadura de la calle, en cuyo extremo se hallaba Juan Valjean. Javert, según todas las apariencias, conocía perfectamente aquel pequeño dédalo y había tomado sus precauciones, enviando á uno de sus hombres á guardar la salida. Estas conjeturas, tan parecidas á la evidencia, se arremolinaron enseguida como un puñado de polvo que hace girar una ráfaga súbita de viento, en el dolorido cerebro de Juan Valjean. Examinó éste el callejón sin salida llamado Genrot; allí estaba la valla. Examinó después la callejuela Picpus; allí el centinela. Veía esta figura sombría destacarse en negro sobre el blanco suelo inundado de luz por la luna. Avanzar, era caer en manos de aquel hombre. Retroceder era lanzarse en brazos de Javert. Juan Valjean se sentía cogido como por un lazo que fuera estrechándose lentamente.
Miró al cielo con desesperación.
IV
Tentativas de evasión
Para comprender lo que vamos á decir, es preciso figurarse de una manera exacta la calleja Droit-Mur, y en particular el ángulo que quedaba á la izquierda, al salir de la calle Polonceau para entrar en ella. La calleja de Droit-Mur estaba casi enteramente á la derecha, hasta la callejuela de Picpus, formada por casas de pobre apariencia; á la izquierda por un solo edificio de aspecto severo, compuesto de varios cuerpos, que iba aumentando gradualmente uno ó dos pisos á medida que se aproximaban á la callejuela de Picpus, de suerte que ese edificio, muy elevado por esta última calle, resultaba muy bajo por la de Polonceau. Aquí, en la parte del ángulo de que hemos hablado, descendía hasta el extremo de no ser más que una sencilla tapia, la cual no terminaba en la recta de la calle, sino que formaba un chaflán muy rebajado, oculto por sus dos esquinas á dos observadores que estuviesen, el uno en la calle Polonceau y el otro en la de Droit-Mur.
Á partir de los dos ángulos del chaflán, la pared se prolongaba por la calle Polonceau hasta una casa señalada con el número 49, y por la calle Droit-Mur, donde su extensión era mucho menor, hasta el edificio sombrío de que hemos hablado, y cuyo primer trozo de fachada cortaba lateralmente, formando así en la calle un nuevo ángulo entrante. Esta parte de la fachada era de triste aspecto; no se veía en ella más que una ventana, ó por mejor decir, dos postigos, cubiertos por una plancha de cinc, siempre cerrados.
La manera de ser de los lugares que describimos es rigurosamente exacta y despertará de seguro recuerdos fidelísimos en la mente de los antiguos moradores del barrio.
El chaflán estaba enteramente ocupado por una cosa que se parecía á una puerta colosal y miserable. Era una vasta é informe unión de tablas perpendiculares más anchas las de arriba que las de abajo, enlazadas por largas tiras de hierro trasversales. Al lado había una puerta cochera de dimensiones comunes, cuya construcción no se remontaba evidentemente más allá de cincuenta años.
Un tilo mostraba su ramaje por cima del chaflán, y la pared estaba cubierta de hiedra por el lado de la calle Polonceau.
Dado el inminente peligro que corría Juan Valjean, tenía este edificio sombrío cierta apariencia de inhabitado y solitario que le atraía. Recorrióle rápidamente con la vista. Diciéndose que si lograba penetrar en él, quizá se salvaría; tuvo, pues, de pronto, una idea y una esperanza.
En la parte media de la fachada de aquel edificio por la calle Droit-Mur, había en todas las ventanas de los diversos pisos antiguas vertedoras de embudo hechas de plomo. Los diversos empalmes de estos conductos que iban á parar de las cubetas al conducto central, dibujaban sobre la fachada una especie de árbol. Dicha ramificación de tubos con sus cien codos, imitaban perfectamente las parras deshojadas que se extienden retorcidas por las paredes de las antiguas granjas.
Aquella caprichosa espaldera de ramas de plomo y hoja de lata, fué el primer objeto que llamó la atención de Juan Valjean. Sentó á Cosette de espaldas contra un guardacantón, recomendándola el silencio, y corrió al sitio en que el canalón principal llegaba al suelo. Quizá hubiese medio de trepar por allí y entrar en la casa. Pero el conducto estaba destrozado é inservible, pudiéndose sostener apenas donde estaba. Además, todas las ventanas de aquella morada silenciosa estaban guardadas por espesas rejas de hierro, hasta las de las buhardillas de la techumbre. Y luego, la luna alumbraba de lleno la fachada, y el hombre que observaba á Juan Valjean desde el extremo de la calle, hubiera podido ver si la escalaba. Finalmente ¿qué hacer de Cosette? ¿Cómo subirla á lo alto de una casa de tres pisos? Renunció, pues, á trepar por el canalón, subiendo á lo largo de la pared para entrar de nuevo en la calle de Polonceau.
Cuando llegó al chaflán donde había dejado á Cosette, advirtió que nadie podía verle. Y como acabamos de decir, escapábase á todas las miradas de cualquier lado que viniesen. Además estaba en la sombra. En fin, había dos puertas; quizá podría forzarlas. La tapia sobre la cual se veía el tilo y la hiedra, daba evidentemente á un jardín, donde podría al menos esconderse, aun cuando los árboles no tenían hoja todavía, pasando así el resto de la noche.
Corría el tiempo; era preciso correr igualmente.
Tentó la puerta cochera, y reconoció desde luego que estaba condenada por dentro como por fuera.
Llegóse á la otra puerta grande más esperanzado. Estaba atrozmente desvencijada, su misma extensión la hacía menos sólida, las tablas estaban podridas, y las ligaduras de hierro, que eran sólo tres, estaban enmohecidas. Parecía posible taladrar aquella barrera carcomida.
Al examinarla, vió que lo que creía puerta no era tal puerta. No tenía goznes, ni pernios, ni cerradura, ni partición en medio. Las barras de hierro la atravesaban de parte á parte sin solución de continuidad. Por las hendiduras de las tablas divisó cascotes y guijarros groseramente cimentados, que los transeuntes podían ver todavía hace diez años. Le fué preciso reconocer tristemente que aquella apariencia de puerta era simplemente el paramento de madera de una tapia á que estaba pegado. Era muy fácil arrancar una tabla, pero se encontraría frente á frente con una pared.
V
Lo que sería imposible con el alumbrado por gas
En aquel momento un ruido sordo y acompasado empezó á dejarse oir á cierta distancia. Juan Valjean arriesgóse á mirar cautelosamente por fuera de la esquina de la calle. Siete ú ocho soldados, formados en pelotón, acababan de desembocar en la calle Polonceau. Vió brillar las bayonetas. Aquello se dirigía hacia él.
Dichos soldados al frente de los cuales distinguía la elevada figura de Javert, avanzaban lentamente y con precaución. Parábanse con mucha frecuencia. Era indudable que exploraban todos los rincones de las paredes y todos los huecos de puertas y pasadizos.
No cabía ya la menor equivocación ni conjetura; aquélla era una patrulla que Javert había encontrado, y á la que había pedido auxilio.
Los dos acólitos de Javert venían en las filas.
El paso que llevaban y con las paradas que hacían, necesitaban un cuarto de hora para llegar al sitio en que se encontraba Juan Valjean. Fué aquél un instante terrible. Pocos minutos separaban á Juan Valjean de aquel espantoso precipicio que se abría delante de él por la tercera vez. Y el presidio no era ya solamente el presidio, era Cosette perdida para siempre; es decir, una vida parecida al interior de una tumba.
No había más que una cosa posible.
Juan Valjean tenía una particularidad; podía decirse que llevaba dos alforjas: en la una guardaba loa pensamientos de un santo, en la otra los terribles talentos de un presidiario. Buscaba en una ó en otra, según el caso.
Entre otros recursos, gracias á sus numerosas evasiones del penal de Tolón, recuérdese que era maestro consumado en el arte increíble de elevarse sin escala, sin garfios, con sólo la fuerza muscular, apoyándose en la nuca, en los hombros, en las caderas y en las rodillas, ayudándose en los más insignificantes relieves de las piedras, por el ángulo derecho de un muro, hasta la altura de un sexto piso si era menester: arte que ha hecho tan terrible como célebre el rincón del patio de la Conserjería de París por donde se escapó, hace unos veinte años, el condenado Battemolle.
Juan Valjean midió con los ojos el muro, sobre del cual asomaba el tilo. Tendría unos diez y ocho pies de altura. El ángulo que formaba con la fachada lateral del gran edificio estaba relleno en su parte inferior con un macizo de manpostería de forma triangular, destinado probablemente á preservar aquel harto cómodo rincón, de las paradas de esos estercoleros que llamamos transeuntes. Este relleno preventivo de los rincones de pared está muy generalizado en París.
Aquel macizo tendría unos cinco pies de altura. Desde su parte superior, el espacio que había que salvar hasta colocarse sobre la tapia apenas llegaba á catorce pies.
El muro estaba coronado de piedra lisa, sin cabrio.
La dificultad estribaba en Cosette. En Cosette que no sabía escalar un muro. ¿Abandonarla? Juan Valjean no podía soñar con ello. Subirla consigo era imposible. Todas las fuerzas de un hombre le son indispensables para llevar á cabo semejantes ascensiones. El menor peso trastornaría su centro de gravedad y le precipitaría.
Faltábale una cuerda. Juan Valjean no la tenía ¡Dónde encontrar una cuerda, á media noche, en la calle Polonceau? Seguramente que en aquel instante, si Juan Valjean hubiera poseído un reino, lo habría dado gustoso por una cuerda.
Todas las situaciones extremas tienen sus destellos, que así nos deslumbran como nos iluminan.
La mirada desesperada de Juan Valjean dió con el sustentáculo del farol del callejón Genrot.
En aquella época, no estaban aún iluminadas por el gas las calles de París. Al anochecer se encendían faroles de reverbero, colocados de trecho en trecho, los cuales subían y bajaban por medio de una cuerda que atravesaba la calle de parte á parte, y que se ajustaba en la ranura de una palomilla. El torniquete en el cual se arrollaba la cuerda, estaba empotrado en la pared, más abajo del farol, dentro de un pequeño armario de hierro cuya llave tenía el farolero, y hasta la misma cuerda estaba protegida por un tubo de metal.
Juan Valjean, con la energía de una lucha suprema, cruzó la calle de una zancada, entró en un callejón é hizo saltar el pasador del armario con la punta de su navaja: poco después estaba nuevamente junto á Cosette. Tenía ya la cuerda. Son muy listos en sus maniobras esos sombríos descubridores de expedientes, luchando con la fatalidad.
Hemos dicho que los faroles no habían sido encendidos aquella noche. El farol del callejón Genrot estaba, pues, naturalmente, apagado como los demás; y podíase pasar junto al mismo sin notar siquiera que no estaba en su sitio.
Mientras tanto, la hora, el lugar, la obscuridad, la preocupación de Juan Valjean, sus gestos singulares, sus idas y venidas, todo eso empezaba á inquietar á Cosette. Cualquiera otra criatura que ella, hubiera ya gritado hacía rato. Limitóse á tirar á Juan Valjean del faldón de la levita. Seguía oyéndose cada vez más claro el ruido de la patrulla que se acercaba.
—Padre,—dijo ella por lo bajo,—tengo miedo. ¿Quién viene ahí?
—¡Chist!—respondió el pobre hombre.—Es la Thénardier.
Cosette se estremeció. Él añadió:
—No digas nada. Déjame hacer á mí. Si gritas, si lloras, la Thénardier te descubre. Viene para llevarte.
Entonces, sin preocuparse, pero sin perder tiempo, con una precisión firme y resuelta, tanto más de notar en semejante caso, ya que la patrulla y Javert podían aparecer de un instante á otro, quitóse su corbata, pasola alrededor del cuerpo de Cosette por bajo de los sobacos, teniendo cuidado de no lastimarla, ató la corbata á un cabo de la cuerda por medio de un nudo, llamado de golondrina por las gentes de mar, tomó el otro cabo de la cuerda entre los dientes, quitóse los zapatos y las medias, que arrojó á la otra parte de la tapia, subió sobre el macizo de mampostería, y empezó á elevarse entre el ángulo del muro y de la fachada, con tanta seguridad y aplomo como si hubiese tenido escalones en que apoyar las plantas y los codos. Aún no se había pasado medio minuto estaba ya de rodillas sobre la tapia.
Cosette le miraba con estupor, sin decir una sola palabra. El encargo de Juan Valjean y el nombre de la Thénardier la habían helado.
De súbito oyó la voz de Juan Valjean que le gritaba, pero en voz muy baja.
—Arrímate á la tapia.
Ella obedeció.
—No hables ni tengas miedo,—repuso Juan Valjean.
Y ella sintió elevarse del suelo.
Antes de que hubiese tenido tiempo de darse cuenta de lo que le sucedía, estaba ya también en lo alto del muro.
Juan Valjean la cogió, cargó con ella á cuestas asiendo sus manecitas con su mano izquierda, echóse boca abajo, y arrastrándose por el corte del muro, llegó hasta el chaflán. Como se había creído, había allí un cobertizo, cuyo tejado partía de lo alto del cierre de tablas, y descendiendo así hasta el suelo, seguía un plano inclinado muy suave rozando con el tilo. Circunstancia feliz, porque la tapia era mucho más alta por este lado que por el de la calle. Juan Valjean no distinguía el suelo debajo de él, sino á mucha profundidad.
Acababa de llegar al plano indicado del tejado, y no había dejado aún la cresta del muro, cuando un murmullo violento anunció la llegada de la patrulla. Oyóse la voz tonante de Javert:
—¡Regístrese el callejón! La calle Droit-Mur está guardada, la callejuela Picpus también. ¡Yo respondo de que está en el callejón!
Los soldados se precipitaron en aquel callejón sin salida.
Juan Valjean se deslizó fácilmente á lo largo del tejado, llevando consigo á Cosette, y al llegar al tilo, saltó á tierra. Fuése miedo ó valor, Cosette no había respirado. Tenía las manos algo desolladas.
VI
Principio de un enigma
Juan Valjean se hallaba en una especie de jardín vastísimo, de aspecto singular; uno de aquellos jardines tristes que parecen hechos para ser vistos de noche y en invierno. Era el tal jardín de forma oblonga con una calle de grandes álamos en el fondo, con arbolado bastante alto en los lados, y un espacio sin sombra en medio, donde se distinguía un árbol corpulento, aislado: después algunos árboles frutales, torcidos y erizados como gruesos matorrales, cuadros de legumbres, un melonar cuyas campanas de vidrio para resguardarle del frío brillaban á la luz de la luna, y un pozo antiguo. Había aquí y allá bancos de piedra, que parecían negros por el musgo. Las calles estaban bordeadas de pequeños arbustos, sombríos y rectos. La hierba invadía la mitad, y cierto moho verde cubría el resto.
Juan Valjean tenía á su lado el cobertizo cuyo tejado le había servido para bajar, un montón de haces de leña, y detrás, junto á la pared, una estatua de piedra, cuyo semblante mutilado no era ya más que una máscara informe que aparecía vagamente en la obscuridad.
El cobertizo era una especie de ruina donde se distinguían algunas habitaciones desmanteladas, de las cuales una, llena por completo de trastos, parecía ser la única que cumplía su objeto.
El gran edificio de la calle Droit-Mur, que daba la vuelta á la callejuela Picpus, presentaba sobre dicho jardín dos fachadas á escuadra. Estas fachadas interiores eran más lúgubres aún que las exteriores. Todas las ventanas tenían rejas. No se entreveía luz en ninguna. En los pisos superiores había tragaluces como en las cárceles. Una de aquellas fachadas proyectaba su sombra sobre la otra, descendiendo hasta el jardín como un inmenso manto negro.
No se veía otra casa alguna. En el fondo del jardín se perdía entre la bruma y la noche. Sin embargo, se distinguían confusamente algo como tapias cruzándose entre sí, indicando que había más allá otros huertos, y los tejados bajos de la calle Polonceau.
No puede imaginarse nada más aterrador y solitario que aquel jardín. No había nadie, lo que era muy natural dada la hora; pero no parecía que aquel sitio fuése á propósito para que nadie anduviera por él, ni aún en medio de la luz del día.
El primer cuidado de Juan Valjean fué el de buscar y calzarse sus zapatos, entrando luego en el cobertizo con Cosette. Quien huye no se cree jamás bastante escondido. La niña pensando siempre en la Thénardier, participaba del mismo instinto de ocultarse todo lo posible.
Cosette temblaba y se pegaba á él. Oíase el ruido tumultuoso de la patrulla que registraba el callejón y la calle, los culatazos contra las piedras, las voces de Javert llamando á los espías que tenía apostados, y sus imprecaciones mezcladas con palabras que no se entendían claramente.
Después de un cuarto de hora, pareció que aquella especie de zumbido borrascoso comenzaba á alejarse; Juan Valjean no respiraba apenas.
Había puesto suavemente su mano sobre la boca de Cosette.
Por lo demás, aquella soledad era tan extrañamente tranquila, que aquel barullo horrible, tan furioso y cercano, no producía en él la menor sombra de turbación. Parecía que aquellos muros estuviesen elevados con las piedras sordas de que nos habla la Escritura.
De pronto, en medio de aquella profunda calma levantóse un ruido nuevo, ruido celeste, divino, inefable, tan embelesador como era el otro horroroso. Era un himno suspendido de las tinieblas, un fulgor de súplica y de armonía en el obscuro y terrorífico silencio de la noche; voces de mujeres, pero voces compuestas á la vez del acento puro de las vírgenes y del sencillo acento de las niñas; de voces que no son de la tierra y que se parecen á las que los recién nacidos oyen todavía y los moribundos oyen ya. Aquel cántico venía del edificio sombrío que dominaba el jardín. En el instante en que el ruido de los demonios se alejaba, podía decirse que era un coro de ángeles aproximándose en la sombra.
Cosette y Juan Valjean cayeron de rodillas.
No sabían lo que era aquello; no sabían dónde estaban; pero ambos comprendían, el hombre y la niña, el penitente y la inocente, que debían estar de rodillas.
Aquellas voces tenían de extraño que no impedían que el edificio pareciese desierto. Era aquello como un canto sobrenatural en una morada deshabitada.
Mientras cantaban las voces, Juan Valjean no pensaba ya en nada. No veía la noche, veía un cielo azul. Parecíale sentir cómo se le desplegaban las alas que todos tenemos dentro de nosotros.
El canto se apagó. Había tal vez durado largo tiempo. Juan Valjean no hubiera podido decirlo. Las horas de éxtasis no son nunca más que de un minuto.
Todo había vuelto al silencio. Ningún ruido en la calle; ningún ruido en el jardín. Lo amenazador, como lo tranquilizador, se había desvanecido por completo. El viento rozaba sobre la cresta de la tapia algunas yerbas secas, que producían un murmullo suave y lúgubre.
VII
Continuación del enigma
Soplaba ya la brisa de la noche, la cual indicaba que debía ser la una ó las dos de la madrugada. La pobre Cosette no decía nada. Como se había sentado al lado de Juan Valjean, y apoyaba en él su cabeza, creyó éste que se había dormido. Inclinóse y la miró.
La niña tenía los ojos desmedidamente abiertos, y cierto aire pensativo que apenó á Juan Valjean.
Además seguía temblando.
—¿Tienes sueño?—le dijo Juan Valjean.
—Tengo mucho frío,—respondió ella.
Un momento después le preguntó:
—¿Está ahí todavía?
—¿Quién?—dijo Juan Valjean.
—La señora Thénardier.
Juan Valjean había ya olvidado el medio de que se había valido para imponer silencio á Cosette.
—¡Ah!—prorrumpió él.—Se ha ido. No temas ya nada.
La criatura suspiró como si le quitaran del pecho un grave peso.
La tierra estaba húmeda y el cobertizo abierto por todas partes; la brisa era más fresca á cada instante. El buen hombre se quitó el levitón, envolviendo con él á Cosette.
—¿Tienes así menos frío? le preguntó.
—¡Oh! ¡Sí, padre!
—Pues bien, espérate un instante. Vuelvo enseguida.
Salió de las ruinas, y empezó á correr á lo largo del gran edificio, buscando donde cobijarse mejor. Encontró puertas, pero estaban cerradas. Las ventanas del piso bajo todas tenían reja.
Cuando hubo pasado el ángulo interior del edificio, notó que se iba acercando á unas ventanas cintradas, distinguiendo en ellas alguna claridad. Levantóse de puntillas y miró por una de aquellas ventanas. Daban todas á una sala vastísima, embaldosadas con grandes losas, cortada por arcos y pilares, donde no se distinguía nada más que una débil luz y grandes sombras. La luz provenía de una lamparilla encendida en un rincón. Aquella sala estaba desierta, y nada se movía en ella. Sin embargo, á fuerza de mirar, creyó ver en tierra, sobre las losas del pavimento, algo que parecía cubierto por un sudario que aparentaba tener forma humana. Estaba boca abajo, la cara contra el enlosado, los brazos en cruz, en la inmovilidad de la muerte. Hubiérase dicho que era una especie de serpiente arrastrándose por el suelo, y que aquella forma siniestra tenía el cordel al cuello.
Toda la sala estaba inundada por aquella bruma de los sitios apenas alumbrados, que aumenta sus horrores.
Juan Valjean ha dicho después distintas veces, que aun cuando había visto durante su vida muchos espectáculos fúnebres, nunca había presenciado nada más glacial y terrible que aquella figura enigmática, cumpliendo, quien sabe qué misterio desconocido, en aquel lugar sombrío y así entrevisto en plena noche. Da grima suponer que aquello pudiese ser algún muerto, y más aun todavía pensar que fuése acaso un vivo.
Tuvo el valor de pegar su frente al vidrio y observar si aquello se movería; pero por mucho que así permaneció durante un espacio que le pareció larguísimo, la forma extendida no hizo el menor movimiento. De pronto se sintió sobrecogido por cierto indescriptible terror y huyó. Echó á correr hacia el cobertizo sin atreverse á volver la vista atrás. Parecíale que, si volvía la cabeza, vería la figura corriendo detrás de él agitando los brazos.
Llegó jadeante á las ruinas. Doblábansele las rodillas, y el sudor corría por todo su cuerpo.
¿Dónde estaba? ¿Quién habría podido imaginar jamás nada semejante á aquella especie de sepulcro en medio de París? ¿Qué venía á ser aquella extraña mansión? ¡Edificio lleno de misterio nocturno, llamando á las almas en la sombra con la voz de los ángeles, y cuando acuden, les ofrece bruscamente aquella espantosa visión; prometiendo abrir las puertas radiantes del cielo y no abriendo más que aquella horrible puerta de la tumba! ¡Y aquello era realmente un edificio, una casa que tenía su número en una calle! ¡No era un sueño! Necesitaba para creerlo tocar las piedras.
El frío, la ansiedad, la inquietud, las emociones de la noche le habían producido una verdadera fiebre, y todas estas ideas chocábanse entre sí dentro de su cerebro.
Acercóse á Cosette. Estaba durmiendo.
VIII
Auméntase el enigma
La niña había colocado su cabeza sobre una piedra, y se había dormido.
Sentóse él junto á ella, y púsose á contemplarla. Poco á poco, á medida que la miraba, se iba calmando y recobrando la posesión de su libertad de espíritu.
Explicábase claramente esta verdad, fondo de su vida para lo sucesivo, esto es: que mientras ella existiera, mientras ella estuviese cerca de él, no tendría él necesidad de nada sino para ella, ni miedo de nada sino por ella. Ni sentía siquiera que tenía mucho frío, habiéndose quitado su levitón para abrigarla á ella.
Sin embargo, al través de la meditación en que había caído, oía hacía algún rato un ruido singular. Era como de un cascabel que se agitara. Aquel ruido estaba en el jardín. Oíale claro, aunque débilmente. Parecíase á la vaga y débil música que producen los cencerros de los ganados pastando por la noche en los prados.
Aquel ruido hizo que se volviese Juan Valjean.
Miró, y vió que había alguien en el jardín.
Un ser que tenía apariencias de hombre, andaba por entre las campanas del melonar, levantándose, bajándose, parándose con movimientos regulares, como si arrastrase ó extendiese alguna cosa por tierra. Aquél ser parecía cojear.
Juan Valjean se estremecía con aquel temblor continuo de los desgraciados, á quienes todo es hostil y sospechoso. Desconfían del día porque ayuda á verlos, y de la noche porque ayuda á que se les sorprenda. Hacía poco, temblaba de que el jardín estuviese desierto, y entonces se estremecía de que hubiese alguien.
Volvió otra vez de los terrores quiméricos á los terrores reales. Creyó que Javert y los polizontes no se habían marchado tal vez, y que sin duda había quedado gente de observación en la calle; que si aquel hombre le descubría en el jardín, gritaría ladrones, y le entregaría. Cogió entonces suavemente á Cosette dormida entre sus brazos, llevándosela detrás de un montón de muebles y trastos viejos, al rincón más oculto del cobertizo. Cosette no se movió.
Desde allí observó los ademanes del ser que estaba en el melonar. Lo que le parecía extraordinario era que el ruido del cascabel seguía todos los movimientos de aquel hombre. Cuando el hombre se aproximaba, el ruido se aproximaba también, cuando se alejaba, se alejaba el ruido igualmente; si hacía algún gesto precipitado, un trémolo acompañaba el gesto; cuando se paraba, cesaba el ruido al mismo tiempo. Parecía, por lo tanto, evidentemente que el cascabel estaba unido al hombre; pero ¿qué podía significar aquello? ¿Quién podía ser aquel individuo que llevaba colgando una campanilla como un carnero ó como un buey?
Haciéndose estas reflexiones, tocó las manos de Cosette. Estaban heladas.
—¡Ay, Dios mío!—exclamó.
Y la llamó en voz baja:
—¡Cosette!
Ella no abrió los ojos.
Sacudiola vivamente.
No despertó.
—¡Estará muerta!—dijo para sí; y se levantó, temblando de pies á cabeza.
Las ideas más horribles atravesaron su espíritu confusamente. Hay momentos en que nos asaltan las suposiciones más horrendas como un escuadrón de furias, forzando violentamente las paredes de nuestro cerebro. Cuando se trata de aquellos á quienes amamos, nuestra prudencia inventa todas las locuras. Recordó que el sueño puede ser mortal al contacto del aire de una noche fría.
Cosette, pálida, estaba tendida en tierra á sus pies, sin hacer el menor movimiento.
Escuchó su respiración; respiraba, es verdad, pero á su parecer tan débilmente, que pensó se extinguía.
¿Cómo reanimarla? ¿Cómo despertarla? Todo lo que no era esto se borró de su mente. Salió desatentado de entre las ruinas.
Era absolutamente necesario que antes de un cuarto de hora estuviese Cosette delante de la lumbre, y en la cama.
IX
El hombre del cascabel
Se fué derecho al hombre que veía en el jardín, llevando en la mano el paquete de dinero que sacó del bolsillo de su chaleco.
Aquel hombre tenía inclinada la cabeza, y no le vió acercarse. En pocos pasos Juan Valjean se puso á su lado, y dirigiéndose al hombre exclamó por todo saludo:
—¡Cien francos!
Sobresaltóse el hombre y levantó los ojos:
—-¡Cien francos á ganar,—repitió Juan Valjean,—si me dais asilo por esta noche!
La luna iluminaba de lleno el asustado semblante de Juan Valjean.
—¡Vaya! ¡Sois vos señor Magdalena!—exclamó el hombre.
Este nombre, pronunciado á aquella hora sombría, en aquel lugar solitario, por aquel hombre desconocido, hizo retroceder á Juan Valjean.
Todo se lo esperaba menos eso. El que le hablaba era un viejo, cojo y encorvado, vestido casi como un aldeano, que llevaba en la pierna izquierda una rodillera de cuero, de la que pendía un gran cascabel. No se distinguía su semblante por estar en la sombra.
Entre tanto el hombre se había descubierto y exclamaba temblando:
—¡Ay! ¡Dios mío! ¿Cómo estáis aquí, señor Magdalena? ¿Por dónde habéis entrado? ¡Jesús! ¡Dios mío! ¿Habéis caído del cielo? Pero no lo extraño; si caéis alguna vez, del cielo caeréis... Pero ¿cómo es esto? ¿Vos sin corbata, ni sombrero, ni levita? ¿Sabéis que hubiérais dado miedo á quien no os hubiese conocido?... ¡Sin levita! ¡Señor Dios mío! Pero ¿es que los santos se han vuelto locos hoy?... Pero ¿cómo habéis entrado aquí?
Una palabra no esperaba la otra. El buen viejo hablaba con una volubilidad en que no se descubría inquietud alguna; decía todo esto con cierta mezcla de asombro y sencilla honradez.
—¿Quién sois vos? ¿Qué casa es ésta?—preguntó Juan Valjean.
—¡Ah! ¡Pardiez! ¡Eso sí que es gracioso!—exclamó el viejo.—Estoy aquí colocado por vos; y es esta casa la casa en que me colocasteis. ¡Cómo! ¿No me conocéis?
—No,—dijo Juan Valjean.—¿Cómo me conocéis vos á mí?
—Me habéis salvado la vida,—dijo el hombre.
Entonces se volvió, y á la luz de un rayo de luna reconoció Juan Valjean al tío Fauchelevent.
—¡Ah!—dijo Juan Valjean.—Sí, os reconozco.
—¡Me alegro!—dijo el viejo en tono de reconvención.
—¿Y qué hacéis aquí?—preguntó Valjean.
—¡Vaya! Estoy cubriendo mis melones.
En efecto; el tío Fauchelevent tenía en la mano, en el momento en que Juan Valjean se le acercó, uno de los serones que iba extendiendo sobre el melonar, y había ya colocado muchos otros en una hora que hacía que estaba en el jardín. Era esta operación lo que le obligaba á hacer los movimientos particulares que había observado Juan Valjean desde el cobertizo. El hombre continuó:
—Yo me he dicho: la luna es muy brillante, va á helar; pues voy á ponerles el carric á mis melones para que no se constipen.—Y añadió, mirando á Juan Valjean y riéndose:—¡Habríais hecho muy bien en hacer vos lo mismo! ¿Pero cómo os veo así?
Juan Valjean, viendo que este hombre le conocía, á lo menos por señor Magdalena no adelantaba sino cautelosamente. Él multiplicaba las preguntas.
¡Cosa rara! ¡Los papeles parecían trocados! El intruso era quien interrogaba.
—¿Y qué campanilla es ésa que lleváis en la pierna?
—Eso,—dijo Fauchelevent,—es para que eviten mi presencia.
—¡Cómo! ¿Para que eviten vuestra presencia?
El viejo Fauchelevent guiñó el ojo de un modo inexplicable.
—¡Virgen santa! En esta casa no hay más que mujeres, hay muchas jóvenes, y parece que es peligrosa mi presencia. El cascabel las avisa y cuando yo me acerco ellas se alejan.
—¿Pues qué casa es ésta?
—¡Toma! Bien debéis saberlo.
—No, ¡qué he de saber!
—¿Pues no me habéis hecho colocar aquí de jardinero?
—Respondedme como si nada supiera.
—Pues bien: éste es el convento del pequeño Picpus.
Juan Valjean iba coordinando sus recuerdos. La casualidad, es decir, la Providencia, le había arrojado precisamente en el convento del barrio de San Antonio, en que por recomendación suya había sido admitido hacía dos años el tío Fauchelevent, inutilizado de resultas de la caída de su carreta.
Repitió, pues, como hablando consigo mismo:
—¡El convento del pequeño Picpus!
—Pero al hecho,—dijo Fauchelevent.—¿Cómo diablos habéis entrado aquí, señor Magdalena? Por más que podéis ser muy bien un santo, sois un hombre, y los hombres no pueden entrar aquí.
—Pues, ¿no estáis vos?
—No hay nadie más que yo.
—Sin embargo,—dijo Juan Valjean,—es preciso que yo me quede aquí.
—¡Ay, Dios mío!—exclamó Fauchelevent.
Juan Valjean se aproximó al buen viejo, y le dijo con acento grave:
—Tío Fauchelevent, yo os salvé la vida.
—Yo he sido el primero en recordarlo,—respondió Fauchelevent.
—Pues bien; hoy podéis hacer por mí lo que yo hice por vos en otra ocasión.
Fauchelevent tomó entre sus arrugadas y temblorosas manos las dos robustas de Juan Valjean, y permaneció algunos momentos como si no pudiese hablar.
Por fin exclamó:
—¡Oh, sería una bendición del Dios bueno que yo pudiera hacer algo por vos! ¡Yo salvaros la vida!... Señor alcalde, disponed de este pobre anciano.
Su rostro se había como transfigurado por un sentimiento de admirable alegría; parecía irradiar.
—¿Qué queréis que haga?—preguntó.
—Ya os lo explicaré. ¿Tenéis aquí dentro habitación?
Tengo una choza aislada, allá detrás de las ruinas del antiguo convento, en un rincón oculto á todo el mundo. Allí hay tres cuartitos.
La barraca estaba, efectivamente, tan oculta detrás de las ruinas, y tan bien dispuesta para que nadie la viese, que Juan Valjean tampoco la había visto.
—Bien,—dijo Juan Valjean.—Ahora tengo que pediros dos cosas.
—¿Cuáles, señor alcalde?
—La primera es que no digáis á nadie lo que sabéis de mí. La segunda que no tratéis de saber más.
—Como queráis. Sé que no podéis hacer nada que no sea bueno, y que siempre seréis un hombre de bien... Además, vos me habéis empleado aquí; soy vuestro, estoy á vuestras órdenes.
—Está bien. Ahora venid conmigo. Vamos por la niña.
—¡Ah!—dijo Fauchelevent.—¡Hay una niña!
Sin añadir una palabra más, siguió á Juan Valjean como sigue á su amo un perro.
Habría pasado como media hora, cuando Cosette, iluminada por la llama de una buena hoguera, dormía en la casa del jardinero. Juan Valjean se había vuelto á poner la corbata y el levitón, y había encontrado el sombrero arrojado por encima de la tapia. Mientras que Juan Valjean se ponía la levita, Fauchelevent se había quitado la rodillera con el cascabel, que, colgada de un clavo cerca de un canasto, era una especie de adorno de la pared. Los dos hombres se calentaban apoyados los codos sobre una mesa, en que Fauchelevent había puesto un pedazo de queso, pan moreno, una botella de vino y dos vasos. El viejo decía á Juan Valjean, poniéndole la mano en la rodilla:—¡Ay, señor Magdalena! ¡No me habéis conocido enseguida! ¡Salváis la vida á la gente, y después la olvidáis! ¡Oh! ¡Eso está muy mal! ¡Ellos sin embargo se acuerdan de vos! ¡Sois un ingrato!
X
Donde se explica cómo Javert había espiado inútilmente
Los acontecimientos que acabamos de describir en orden inverso, por así decirlo, habían tenido lugar en las condiciones más sencillas.
Cuando Juan Valjean, en la noche del mismo día en que Javert le prendió al lado del lecho mortuorio de Fantina, se escapó de la cárcel municipal de M* sur M*, la policía supuso que se habría dirigido á París. París es un embrollo donde todo se pierde, y todo desaparece en el seno de su mundo, como en el seno de la mar. No hay espesura que oculte á un hombre como aquella multitud. Los fugitivos de toda especie lo saben muy bien, y van á París como á un abismo; hay abismos que salvan.
La policía lo sabe igualmente, y así es que busca en París lo que ha perdido en otra parte. Allí buscó pues, al ex-alcalde de M* sur M*. Javert fué llamado á París para auxiliar á la policía en la persecución, y el celoso inspector ayudó en efecto poderosamente á la captura de Juan Valjean. El celo é inteligencia de Javert en aquella ocasión fueron mencionados por el señor Chabouillet, secretario de la prefectura en tiempo del conde Anglès, quien por lo tanto habiendo ya protegido á Javert, consiguió que el inspector de M* sur M* fuése incorporado á la policía de París. Ya en ella, Javert se hizo varias veces, y lo diremos aunque la frase parezca impropia de semejantes trabajos, honrosamente útil.
Ya no se acordaba de Juan Valjean: estos perros, siempre en acecho olvidan el lobo de ayer por el lobo de hoy: cuando en diciembre de 1823 leyó un periódico, cosa que no acostumbraba, pero como monárquico, quiso saber los detalles de la entrada triunfal del «príncipe generalísimo» en Bayona. Cuando acabó el artículo, objeto de su interés, llamó su atención en lo último de la página un nombre, el nombre de Juan Valjean. El periódico anunciaba que el presidiario Juan Valjean había muerto, y publicaba la noticia en términos tan formales, que á Javert no le cupo la menor duda; limitóse á decir: Es ése el registro mejor. Después dejó el periódico, sin acordarse más.
Algún tiempo después, una nota trasmitida por la prefectura del Sena Oise á la prefectura de París, advertía el robo de una niña, según decía, verificado con circunstancias particulares, en el término municipal de Montfermeil. Una niña de siete á ocho años, decía la nota, que había sido confiada por su madre á un posadero de la población, había sido robada por un desconocido. Aquella niña respondía al nombre de Cosette, y era hija de una mujer llamada Fantina, muerta en un hospital de no se sabía dónde ni cuándo. Esta nota pasó por las manos de Javert, y le dió que pensar.
El nombre de Fantina le era muy conocido; y recordaba que Juan Valjean le había hecho reir, pidiéndole un plazo de tres días para ir á buscar á la hija de la enferma. Recordó que Juan Valjean fué detenido en París en el momento en que subía en la diligencia de Montfermeil. Ciertos indicios habían hecho creer que era la segunda vez que subía en aquel carruaje, y que el día antes había hecho una excursión por los alrededores de Montfermeil, puesto que no había sido visto en el pueblo. ¿Qué tenía que hacer en Montfermeil? Nadie había podido averiguarlo, pero Javert lo adivinó entonces. Allí estaba la hija de Fantina, Juan Valjean iba á buscarla. Aquella niña acababa de ser robada por un desconocido. ¿Quién podía ser el desconocido? ¿Sería tal vez Juan Valjean? Pero Juan Valjean había muerto.
Javert, sin decir nada á nadie, tomó el carruaje del «Plato de estaño», en el callejón de la Planchette, é hizo un viaje á Montfermeil.
Creyendo encontrar allí una gran luz, encontró solamente obscuridad.
Durante los primeros días, los Thénardier, desesperados, habían charlado. La desaparición de la Alondra había hecho ruido en la población, habiéndose dado mil versiones á la historia, que había acabado por presentarse como la del rapto de una niña. De ahí la nota de la policía. Sin embargo, pasada la primera impresión, Thénardier, con su admirable instinto, había comprendido enseguida que no era conveniente llamar mucho la atención del procurador del rey, y que sus quejas sobre el rapto de Cosette tendría por primer resultado atraer sobre sí, y sobre muchos negocios que tenía, la penetrante mirada de la justicia. Lo primero que los búhos rechazan, es la proximidad de la luz. ¿Cómo se justificaría de los mil quinientos francos que había recibido? Dió, pues, vuelta al asunto, amordazó á su mujer, haciéndose el asombrado cuando le hablaba alguien de la niña robada.
No sabía de qué se hablaba. Es verdad que se había quejado en el instante preciso en que «le quitaban» tan pronto su niña querida; que hubiera deseado tenerla consigo siquiera dos ó tres días más; pero como era «su abuelo» quien había ido á buscarla, nada más natural en el mundo. Había añadido, que el abuelo hizo bien. Ésta fué la historia que oyó Javert cuando llegó á Montfermeil. El abuelo desvanecía para él á Juan Valjean.
Javert, sin embargo, introdujo algunas preguntas á manera de sondas en la historia de Thénardier. ¿Quién era y cómo se llamaba el abuelo? Thénardier respondió sencillamente:
—Es un labrador rico. He visto su pasaporte, y me parece que se llama Guillermo Lambert.
Lambert era nombre de hombre de bien y tranquilizador. Javert se volvió á París.
—Juan Valjean está bien muerto,—díjose á sí mismo;—¡qué torpe soy!
Comenzaba ya á olvidar toda aquella historia, cuando en marzo de 1824 oyó hablar de un extraño personaje que vivía en la parroquia de San Medardo, conocido por «el mendigo que daba limosna». Este personaje era, según se decía, un rentista de quien nadie sabía el nombre, que vivía solo con una niña de ocho años, que tampoco sabía más sino que había venido de Montfermeil. ¡Montfermeil! Este nombre, sonado de nuevo á los oídos de Javert, llamó su atención. Un viejo mendigo, polizonte, que había sido bedel, al cual daba limosna el desconocido, dió otros varios detalles. El rentista era un hombre muy huraño; no salía más que de noche; no hablaba á nadie; á los pobres alguna que otra vez; no permitía que nadie se le acercase.
Llevaba un feo y viejo levitón amarillo, que valía muchos millones, por estar forrado de billetes de banco. Esto picó decididamente la curiosidad de Javert; y con objeto de ver de cerca á aquel hombre extraordinario sin asustarle, se puso un día el traje del pordiosero, y ocupó el lugar en que el soplón se acurrucaba todas las tardes, murmurando oraciones y espiando al través de su rezo.
«El individuo sospechoso» llegóse en efecto á Javert disfrazado, y le dió limosna; en aquel momento Javert levantó la cabeza, y Juan Valjean recibió la misma impresión al reconocer á Javert, que Javert al reconocer á Juan Valjean.
Sin embargo, la obscuridad hubiera podido engañarle; la muerte de Juan Valjean era oficial. Quedaban, pues, á Javert graves dudas, y en la duda, Javert, el hombre escrupuloso, no ponía su mano encima de nadie.
Siguió á su hombre hasta la casa de Gorbeau, é hizo «hablar á la vieja», lo cual no era difícil. La vieja confirmó lo del levitón forrado de millones, contándole el episodio del billete de mil francos. ¡Ella le había visto! ¡Ella le había tocado! Javert alquiló un cuarto, en el cual se instaló aquella misma noche. Púsose á escuchar á la puerta del misterioso huésped, esperando oir el sonido de su voz; pero Juan Valjean vió su luz por la cerradura, y chasqueó al espía, guardando silencio.
Al día siguiente Juan Valjean se marchó. Pero el ruido de la moneda de cinco francos que dejó caer fué notado por la vieja, quien, oyendo sonar dinero conoció que se iba á mudar, y se apresuró á avisar á Javert. Por la noche, cuando salió Juan Valjean, le estaba esperando Javert detrás de los árboles del boulevard en compañía de dos hombres.
Javert había pedido auxilio á la prefectura, pero no había dicho el nombre del individuo á quien pensaba prender. Éste era su secreto, que se había guardado por tres razones: en primer lugar, por la menor indiscreción podía despertar las sospechas de Juan Valjean; luego, porque echar mano á un antiguo presidiario escapado y tenido por muerto, á un condenado clasificado para siempre por la Justicia entre los malhechores de peor condición, era un gran servicio, que de seguro los antiguos polizontes de París no abandonarían á un novato como Javert, y temía que le arrebatasen su ex-presidiario; y finalmente, porque Javert era artista, y gustaba de lo imprevisto. Odiaba los sucesos anunciados, que pierden su mérito con lo que se habla de ellos antes de tiempo. Gustábale elaborar en la sombra sus grandes obras, y desenvolverlas después bruscamente.
Javert había seguido á Juan Valjean de árbol en árbol, luego de esquina en esquina, y no le había perdido de vista un solo instante, ni aún en los momentos en que Juan Valjean se creía en mayor seguridad. Pero ¿por qué Javert no detenía á Juan Valjean? Porque dudaba aún.
Debe recordarse que en aquella época la policía no obraba con toda libertad; la prensa libre la tenía á raya. Algunas detenciones arbitrarias denunciadas por los periódicos, habían resonado en las Cámaras é intimidado á la Prefectura. Atentar á la libertad individual era un hecho grave.
Los agentes temían equivocarse, porque el prefecto les hacía responsables á ellos, y un error importaba una destitución. Figurémonos el efecto que hubiera producido en París este breve suelto, reproducido por veinte periódicos:
«Ayer un anciano de cabellos blancos, respetable rentista, que paseaba acompañado de una niña de ocho años, nieta suya, fué detenido y conducido al depósito de la Prefectura como desertor de presidio».
Debemos repetir también, que Javert tenía sus escrúpulos; las prevenciones de su conciencia se unían á las prevenciones del prefecto. Dudaba en realidad.
Juan Valjean volvía la espalda, y marchaba en la obscuridad.
La tristeza, la inquietud, la ansiedad, el cansancio, el nuevo disgusto de verse obligado á huir de noche y buscar á la ventura un asilo en París para Cosette y para él, la necesidad de regular un paso al de una niña, todo esto había cambiado el modo de andar de Juan Valjean é impreso en su cuerpo tal aire de senectud, que la policía, encarnada en Javert, podía engañarse, y se engañó. La imposibilidad de aproximársele mucho, un traje de preceptor emigrado, la declaración de Thénardier que le hacía abuelo, y finalmente la creencia de su muerte en el penal, aumentaba la incertidumbre que iba acrecentándose en el espíritu de Javert.
Tuvo por un momento intención de detener bruscamente á Juan Valjean y pedirle sus documentos. Pero si aquel hombre no era Juan Valjean, y si no era el viejo y honrado rentista, podía seguramente ser algún bribón profunda y hábilmente mezclado en la obscura trama de los crímenes de París, algún jefe de partida peligroso, que daba limosna para ocultar sus mañas, costumbre ya generalizada. Tendría sin duda compañeros, cómplices, y lugares á propósito para ocultarse. Todas aquellas vueltas y revueltas que daba parecían indicar que no era simplemente un buen hombre. Detenerle de súbito, era «matar la gallina de los huevos de oro». Por otra parte, ¿qué inconveniente había en esperar? Javert estaba seguro de que no se le escaparía.
Le seguía, pues, bastante perplejo, é interrogándose cien veces acerca de aquel personaje enigmático.
Hasta que llegó á la calle Pontoise, gracias á la viva luz que salía de una taberna, no reconoció sin la menor duda á Juan Valjean. Existen en el mundo dos seres que se estremecen profundamente: la madre cuando encuentra á su hijo perdido, y el tigre cuando encuentra á su presa. Javert experimentó entonces ese estremecimiento profundo. Desde que tuvo la seguridad de que aquel hombre era Juan Valjean, el terrible presidiario, advirtió que en su persecución no le acompañaban mas que dos agentes, y pidió auxilio al comisario de policía de la calle de Pontoise. Para coger una vara de espino, hay que ponerse guantes.
El tiempo que advirtió para ello, y un minuto que se paró en la encrucijada Rollin para dar instrucciones á su agente, le hicieron perder la pista. No obstante, conoció enseguida que Juan Valjean trataría de poner el río entre él y sus perseguidores. Recogió la cabeza y reflexionó un momento como un sabueso que olfatea la tierra para descubrir el rastro. Javert, con su poderosa rectitud de instinto, se fué derecho al puente de Austerlitz. Una frase del peajero le puso al corriente:
—¿Habéis visto un hombre con una niña?
—Le he cobrado dos sueldos,—dijo el peajero.
Javert entró en el puente en el momento preciso de estar Juan Valjean al otro lado del río, atravesando, con Cosette de la mano, el espacio iluminado por la luna. Le vió entrar en la calle de Chemin ver Saint-Antoine; recordó el callejón Genrot que no tiene salida, situado allí como una trampa, y la única salida de la calle de Droit-Mur á la calle de Picpus. Le cogió las vueltas, como dicen los cazadores, y envió inmediatamente uno de sus agentes para que guardase aquella salida. Vió una patrulla que volvía al cuerpo de guardia del Arsenal; pidió auxilio, y se hizo acompañar por ella. En tales partidas, soldados son triunfos, para todo sirven. Para cercar al jabalí se necesita conocer la montería y tener muchos perros. Combinadas tales disposiciones, teniendo á Juan Valjean cogido entre el callejón por la derecha, su agente por la izquierda y él por detrás, tomó un polvo de tabaco.
Después empezó á obrar. Tuvo un momento de alegría infernal; dejó ir su presa delante de él, en la confianza de que la tenía segura, deseando retardar todo lo posible el instante de echarle mano, gozándose en tenerle cogido y verle marchar libre, pero cubriéndole con esa cruel y voluptuosa mirada de la araña, que deja volar la mosca, y del gato que deja que corra el ratón. La uña y la garra tienen una sensualidad monstruosa que se deleita con los movimientos confusos de la bestia aprisionada en su tenaza. ¡Cuánta delicia encierra aquella opresión!
Javert gozaba. Las mallas de su red estaban sólidamente unidas. Estaba seguro del triunfo; ya no tenía que hacer otra cosa que cerrar la mano.