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Los miserables - Tomo 1 (de 2) cover

Los miserables - Tomo 1 (de 2)

Chapter 15: LIBRO SEXTO EL PEQUEÑO PICPUS
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About This Book

La narrativa sigue a un hombre liberado de una larga pena que intenta rehacer su vida, proteger a una niña vulnerable y expiar errores pasados, mientras un funcionario inflexible persigue el orden jurídico. Entre entrelazadas historias de sacrificio, desesperación y pequeñas bondades, se exponen la explotación, la miseria urbana y la hipocresía social. El texto alterna episodios dramáticos con amplias digresiones históricas y filosóficas sobre justicia, misericordia y redención, mostrando cómo actos individuales y estructuras sociales afectan destinos personales.

LIBRO SEXTO
EL PEQUEÑO PICPUS

I
Callejuela de Picpus, número 62

Nada se parecía más, hace medio siglo, á cualquier puerta cochera como la puerta cochera del número 62 de la callejuela de Picpus. Aquella puerta, generalmente entreabierta del modo más halagüeño, dejaba ver dos cosas nada fúnebres: un patio rodeado de tapias cubiertas de vides, y el semblante de un portero ocioso. Por encima de la pared del fondo se descubrían grandes árboles. Cuando un rayo de sol alegraba el patio, cuando un vaso de vino alegraba el portero, era difícil pasar por delante el número 62 de la calle de Picpus sin llevarse una idea risueña. Era, no obstante, lo que se entreveía un lugar sombrío.

El sol se reía; la casa rezaba y lloraba.

Si se conseguía pasar de la portería, lo cual no era fácil, y aun puede decirse casi imposible para casi todos, porque había un ¡Sésamo, ábrete! que era preciso saber; si pasada la portería, se entraba á la derecha en un pequeño vestíbulo, al que daba una escalera oprimida entre dos paredes, y tan estrecha, que no podía pasar por ella más que una sola persona; si no se dejaba uno asustar por el embadurnamiento amarillo con zócalo color de chocolate que cubría aquella escalerilla; si se aventuraba uno á subir, se pasaba un primer descansillo, después otro, y se llegaba al primer piso, á un corredor en que la pintura amarilla y el plinto chocolate continuaban persiguiéndole con pacífico encarnizamiento. Escalera y corredor estaban alumbrados por dos magníficas ventanas. El corredor formaba recodo, que quedaba obscuro. Al doblar este cabo, después de dar algunos pasos, se encontraba una puerta, tanto más misteriosa, cuanto que no estaba cerrada. Empujándola, se encontraba uno en una pequeña habitación de unos seis pies cuadrados, embaldosada, lavada, limpia, fría, cubierta de papel color de marrón, con florecillas verdes, de quince sueldos la pieza. Una luz blanca y mate penetraba por una gran ventana de vidrios pequeños, situada á la izquierda de toda la anchura de la habitación.

Si se miraba, no se veía á nadie. Si se escuchaba, no se oía una pisada, ni un murmullo humano. Las paredes estaban desnudas; el cuarto no estaba amueblado; no había ni una silla.

Mirándolo de nuevo, se descubría en la pared, frente á la puerta, un agujero cuadrangular, como de un pie cuadrado, con una reja de hierro de barras cruzadas, negras, nudosas, fuertes, formando cuadrados; mejor diremos, mallas de menos de pulgada y media de diagonal. Las florecillas verdes del papel amarillo llegaban en orden á las barras de hierro, sin que este contacto fúnebre las asustase, ni las hiciera estremecer. Suponiendo que un ser viviente hubiese sido tan excesivamente delgado que hubiera intentado entrar ó salir por aquel agujero cuadrado, la reja se lo habría impedido. Aquella reja no dejaba pasar el cuerpo; pero dejaba pasar los ojos, es decir, el espíritu. Parecía que hasta en esto se había pensado, porque estaba forrada de una plancha de hoja de lata introducida en la pared un poco más adentro, picada por mil agujeritos más microscópicos que los de una espumadera. Por debajo de esta plancha había una abertura, muy parecida á la de un buzón de correos. Una cinta de hilo atada á un torniquete de campanilla, colgaba á la derecha del agujero enrejado.

Si se tiraba aquella cinta, sonaba la campanilla, y se oía una voz muy cercana que hacía temblar.

—¿Quién va?—preguntaba la voz.

Era una voz de mujer, una voz dulce, tan dulce como lúgubre.

Aquí era también preciso saber una palabra mágica. Si no se sabía, la voz se callaba y la pared volvía á su silencio; como si del otro lado estuviese la aterradora obscuridad del sepulcro.

Si se sabía la palabra, la voz respondía:

—Entrad por la derecha.

Entonces se veía á la derecha una puerta vidriera, coronada de una ventana-vidriera también, y pintada de gris. Levantábase el picaporte, pasábase la puerta, y se experimentaba absolutamente la misma impresión que cuando en un teatro se entra en un palco con celosía, antes de que ésta se haya bajado y se haya encendido la araña. Entrábase, en efecto, en una especie de palco de teatro, iluminado apenas por la luz de la puerta-vidriera, estrecho, amueblado con dos sillas viejas y una estera destrozada, verdadero palco con su barandilla á regular altura, que tenía una tablita de madera negra. Aquel palco estaba enrejado, pero no con una reja dorada como en la Ópera, sino con un monstruoso enverjado de barras de hierro horriblemente entrelazadas, y empotradas en la pared con enormes soldaduras, que parecían puños cerrados.

Pasados los primeros momentos, cuando la vista había empezado á acostumbrarse á la media luz de aquel aposento y trataba de atravesar la verja, no podía pasar más allá de seis pulgadas. Allí se tropezaba con una barrera de postigos negros, asegurados y reforzados por traviesas de madera, pintadas de amarillo obscuro. Aquellos postigos estaban formados por largas hojas y planchas delgadas que se doblaban unas sobre otras; pero juntas entre sí ocultando toda la verja. Siempre estaban cerrados.

Al cabo de algunos instantes oíase una voz que llamaba por detrás de los postigos, diciendo:

—Aquí estoy. ¿Qué me queréis?

Era una voz amada, muchas veces una voz adorada. No se veía á nadie. Apenas se oía el ruido de la respiración.

Parecía que fuése aquello una evocación que hablase al través de la losa de la tumba.

Si el que llegaba poseía ciertas condiciones exigidas, rarísimas por cierto, se abría la estrecha hoja de un postigo, y la evocación se convertía en aparición. Detrás de la reja y detrás del postigo sé veía, tanto como permitía verlo el enrejado, una cabeza, de la cual sólo se descubría la boca y el mentón; lo demás estaba cubierto por un velo negro: Entreveíase una toca negra y una forma apenas perceptible, cubierta por un sudario negro.

Aquella cabeza hablaba; pero no miraba ni sonreía jamás.

La luz que entraba por detrás estaba dispuesta de tal modo, que el visitante veía blanca la aparición y ella veía negro al visitante. Aquella luz era un símbolo.

Los ojos, sin embargo, penetraban ávidamente por aquella abertura hecha en aquel sitio cerrada á todas las miradas. Una vaguedad impenetrable rodeaba aquella figura vestida de luto. Los ojos escudriñaban aquella vaguedad, tratando de separarla de la aparición. Al poco tiempo se conocía que no se veía nadie, porque lo que se veía era la noche, el vacío, las tinieblas, una bruma de invierno mezclada al vapor de la tumba, una especie de paz horrorosa, un silencio en que no se recogía nada, ni aún los suspiros; una sombra en que no se distinguía nada, ni aún los fantasmas.

Lo que se veía era el interior de un claustro.

Era el interior de aquella casa triste y severa que se llamaba el convento de las bernardas de la Adoración perpetua. Aquel palco era el locutorio. La voz que había hablado primero era la voz de la tornera, que estaba siempre sentada inmóvil y silenciosa, al otro lado de la pared, cerca de la abertura cuadrada, defendida por la verja de hierro y por la placa de mil agujeros como por una doble visera.

La obscuridad provenía de que el locutorio tenía una ventana del lado del mundo, y no tenía ninguna del lado del convento. Los ojos profanos no debían ver nada de aquel lugar sagrado.

Pero había de haber algo más allá de aquella sombra; había una luz: había pues una vida en aquella muerte. Aunque aquel convento era el más resguardado de todos, vamos á probar de penetrar en él y de hacer penetrar al lector, diciéndole, sin olvidar la discreción, cosas que los narradores no han visto, y que por consiguiente jamás se han dicho.

II
La obediencia de Martín Verga

Este convento, que en 1824 existía desde muchos años en la callejuela Picpus, era una comunidad de bernardas de la obediencia de Martín Verga.

Las tales bernardas dependían, pues, no de Claraval, como los bernardos, sino del Císter, como los benedictinos. Ó en otros términos: seguían la regla, no de San Bernardo, sino de San Benito.

Cualquiera que haya ojeado algunos infolios, sabe que Martín Verga fundó en 1425 una congregación de bernardas benedictinas, que tenía por capital de la orden á Salamanca, y por sucursal Alcalá.

Esta congregación había extendido sus raíces en todos los países católicos de Europa.

Estos injertos de una orden en otra, no tienen nada de nuevo en la Iglesia latina. Para no hablar más que de la orden de San Benito, diremos que pertenecían á ella, sin contar la obediencia de Martín Verga, cuatro congregaciones: dos en Italia, la de Montecasino y Santa Justina de Padua; dos en Francia; Cluny y San Mauro, y nueve órdenes, Valombrosa, Gramont, los Celestinos, los Camaldulenses, los Cartujos, los Humillados, los del Olivo, los Silvestrinos y, por último, los Cistercienses, porque Císter mismo, aunque tronco de otras órdenes, no era más que una rama de San Benito. Císter fué fundado por San Roberto, abad de Molesme, en la diócesis de Langres, en 1098. Ahora bien; en 529 fué cuando el diablo, que se había retirado al desierto de Subiaco (era ya viejo; ¿se habría hecho ermitaño?), fué arrojado del antiguo templo de Apolo, donde vivía, por San Benito, que tenía entonces diez y siete años.

Después de la regla de las carmelitas, las cuales iban descalzas con una áspera esterilla de mimbre al cuello y no se sentaban nunca, es la más dura la de las bernardas-benedictinas de Martín Verga. Van vestidas de negro, con una pechera, que, según la prescripción expresa de San Benito, sube hasta la barba. Una túnica de sarga de mangas anchas, un gran velo de lana, la pechera que sube hasta la barba, cortada en forma cuadrangular sobre el pecho y la toca que baja hasta los ojos; he aquí el hábito. Todo es negro, excepto la toca, que es blanca.

Las novicias llevan el mismo hábito todo blanco. Las profesas llevan además un rosario al lado.

Las bernardas-benedictinas de Martín Verga practican la adoración perpetua como las benedictinas llamadas señoras del Santo Sacramento, las cuales al principio de este siglo tenían en París dos casas, una en el Temple y otra en la calle de Santa Genoveva. Por lo demás las bernardas-benedictinas del Pequeño Picpus, de las cuales hablamos, eran una orden completamente distinta de la que seguían las señoras del Sacramento que vivían en la calle nueva de Santa Genoveva y en el temple. Había muchas diferencias en la regla como en el hábito. Las bernardas-benedictinas del Pequeño Picpus llevaban la pechera negra, y las benedictinas del Sacramento de la calle Nueva de Santa Genoveva la llevaban blanca; y además, en el pecho, un Santísimo Sacramento de unas tres pulgadas de alto, de plata sobredorada ó cobre. Las religiosas del Pequeño

Picpus no llevaban el Santísimo Sacramento. La Adoración perpetua común al Pequeño Picpus y al convento del Temple, dejaba, sin embargo, que fuesen completamente distintas las dos órdenes.

Había únicamente semejanza en esa práctica entre las señoras del Sacramento y las bernardas de Martín Verga, de igual manera que la había en el estudio y glorificación de todos los misterios relativos á la infancia, á la vida y á la muerte de Jesucristo y de la Virgen entre otras dos órdenes separadas, y aún enemigas á veces: la del oratorio de Italia, establecida en Florencia por Felipe de Neri, y la del oratorio de Francia, fundada en París por Pedro Bérulle. El oratorio de París pretendía la primacía, porque Felipe de Neri, no era más que santo cuando Bérulle era cardenal.

Volvamos á la severa regla española de Martín Verga.

Las bernardas-benedictinas de esta regla comen de viernes todo el año, ayunan toda la cuaresma y otros muchos días especiales, se levantan en el primer sueño, desde la una de la madrugada hasta las tres, para leer el breviario y cantar maitines; se acuestan en sábanas de jerga en todas las estaciones y sobre paja, no toman baños ni encienden nunca lumbre, se azotan todos los viernes, observan la regla del silencio, no se hablan más que en las horas de recreo, que son muy pocas, y llevan camisa de buriel durante seis meses, desde el 14 de septiembre, que es la Exaltación de la Santa Cruz, hasta la Pascua. Estos seis meses son una gracia, la regla dice todo el año; pero la camisa de buriel insoportable en el rigor del verano, ocasionaba fiebres y espasmos nerviosos, y fué preciso limitar su uso. Á pesar de esta modificación el 14 de septiembre, cuando las religiosas se ponen esta camisa, tienen tres ó cuatro días de calentura. Obediencia, pobreza, castidad y estabilidad en el claustro; tales son sus votos altamente agravados por la regla.

La priora es elegida cada tres años por las madres que se llaman madres vocales, porque tienen voz en el capítulo.

Una priora no puede ser reelegida más de dos veces, lo cual fija en nueve años el mando más duradero de una priora.

No ven jamás al sacerdote celebrante, que permanece oculto por una cortina de nueve pies de alto. Durante los sermones, cuando el predicador está en el púlpito, bajan el velo, cubriéndose el rostro. Deben hablar siempre en voz baja, andar mirando al suelo y con la cabeza inclinada.

Sólo un hombre puede entrar en el convento, el arzobispo diocesano.

Hay otro que puede entrar también, que es el jardinero, pero siempre es un viejo; y al objeto de que esté constantemente solo en el jardín, y de que las religiosas puedan evitar su presencia, lleva un cascabel atado en la rodilla.

Están sometidas á la priora con una sumisión absoluta y pasiva: es la sujeción canónica en toda su abnegación. Como la voz de Cristo, ut voci Christi; al gesto, al primer signo, ad nutum, ad primum signum; inmediatamente, con alegría, con perseverancia, con cierta obediencia ciega, prompte, hilariter, perseveranter et cœca quadam obedientia; como la lima en mano del artífice, quasi lima in manibus fabri; no pueden ni leer, ni escribir nada sin permiso especial, legere vel scribere non addiscerit sine expressa superioris licentia.

Turnan todas en lo que llaman ellas la reparación.

La reparación es el ruego por todos los pecados, por todas las faltas, por todos los desórdenes, por todas las violaciones, por todas las iniquidades, por todos los crímenes que se cometen en la tierra. Durante doce horas consecutivas, desde las cuatro de la tarde hasta las cuatro de la mañana, ó desde las cuatro de la mañana hasta las cuatro de la tarde, la hermana que está de reparación permanece de rodillas sobre las piedras ante el Santísimo Sacramento con las manos juntas y una soga al cuello. Cuando el cansancio se le hace insoportable, se prosterna extendida con el rostro en tierra y los brazos en cruz: éste es todo su descanso. En esa actitud ruega por todos los culpables del universo. Esto es grande, casi sublime.

Como este acto se practica ante un poste, sobre el cual arde un cirio, se dice indistintamente estar de reparación ó estar en el poste. Las religiosas prefieren, para mayor humildad, esta última frase que encierra mejor la idea de suplicio ó humillación.

Estar de reparación es un acto en el cual se absorbe toda el alma. La hermana del poste no volvería la cabeza aunque cayera un rayo á sus espaldas.

Además, hay siempre otra monja de rodillas delante del Santísimo Sacramento. Esta estación dura una hora y se relevan como los soldados de centinela. Ésta es la Adoración perpetua.

Las prioras y las madres llevan siempre nombres de una gravedad particular, tomados por lo general, no de los santos y mártires, sino de los momentos de la vida de Jesucristo, como: la madre Natividad, la madre Concepción, la madre Presentación, la madre Pasión. Sin embargo, no están prohibidos los nombres de santos.

Cuando se ven no puede vérseles más que la boca.

Todas tienen los dientes amarillos. Jamás ha entrado en el convento un cepillo para los dientes. Limpiarse los dientes es el extremo de una escala después de la cual viene la perdición del alma.

Ellas no dicen nunca de nada mío, ni mi porque no tienen nada suyo, ni deben tener afecto á nada. Dicen siempre nuestro, como nuestro velo, nuestro rosario; y si hablasen de su camisa, dirían indudablemente nuestra camisa. Algunas veces se aficionan á cualquier objeto insignificante, á un libro de rezo, á una reliquia, á una medalla bendita; pero en cuanto advierten que empiezan á aficionarse á ese objeto, deben darlo inmediatamente. Recuerdan las palabras de santa Teresa, á quien dijo una gran señora al entrar en su orden: «Permítame, madre, que vaya á buscar una santa Biblia que aprecio en mucho». ¡Ah! ¡Apreciáis todavía algo! Entonces no entréis en nuestra casa.

Les está prohibido encerrarse y tener un mi cuarto, una mi celda. Viven en celdas abiertas. Cuando se encuentran, dice una: Bendito y alabado sea el Santísimo Sacramento del altar. Y responde la otra: Por siempre jamás. Esta ceremonia se repite cuando una llama á la puerta de otra. Apenas ha tocado la puerta, cuando por dentro se oye una voz dulce, que dice: Por siempre jamás... Como todas las prácticas, se hace ésta maquinalmente con la costumbre, así es que á veces dice una: Por siempre, antes que la otra haya tenido tiempo de decir lo que es algo más largo: Bendito y alabado sea el Santísimo Sacramento del altar.

En los conventos de la Visitación, dice la que entra: Ave María, y la que está dentro responde: Gratia plena. Éste es un saludo, que está en efecto «lleno de gracia».

Á cada hora del día da tres golpes supletorios la campana de la iglesia del convento. Á esta señal, priora, madres vocales, profesas, conversas, novicias y postulantes interrumpen lo que dicen ó lo que hacen, ó lo que piensan, y dicen todas á la vez, si son las cinco, por ejemplo: Á las cinco y á todas horas bendito y alabado sea el Santísimo Sacramento del altar. Si son las ocho: Á las ocho y á todas horas, etc.; y así siempre, según la hora que da.

Esta costumbre cuyo objeto es interrumpir el pensamiento y dirigirse á Dios, existe en muchas comunidades; sólo varía en la fórmula. Así, en la del Niño Jesús se dice: Á esta hora y á cualquier otra, el amor de Jesús inflame mi corazón.

Las benedictinas-bernardas de Martín Verga, claustradas hace cincuenta años en el Pequeño Picpus, cantaban los oficios salmodiando gravemente en canto llano puro, y siempre á toda voz mientras duraba el oficio. Al encontrar un asterisco en el misal, hacían una pausa, diciendo por lo bajo: Jesús, María y José. En el oficio de difuntos tomaban un tono tan bajo, que parecía imposible que pudiese descender tanto la voz de mujer; lo cual producía un efecto conmovedor y trágico.

Las del Pequeño Picpus habían mandado abrir una fosa debajo del altar mayor para sepultura de la comunidad. El Gobierno, como decían ellas, no permitía que se depositasen allí los ataúdes. Debían, pues salir del convento cuando morían; lo cual las afligía y consternaba como una infracción.

Pero en cambio habían conseguido ser enterradas á una hora especial, y en un rincón especial del antiguo cementerio de Vaugirard, que ocupaba un terreno que se decía había sido de la comunidad.

Los jueves asistían estas religiosas á la misa mayor, vísperas y demás oficios, como los domingos. Observan escrupulosamente todas las demás fiestas menores desconocidas de los mundanos, que la Iglesia prodigaba antiguamente en Francia y prodiga aún en España é Italia. El tiempo que pasan en la capilla es interminable. Con relación al número y duración de sus rezos, no podemos dar mejor idea que citando estas frases candorosas de una de ellas: Los rezos de las postulantes son horrorosos, los de las novicias lo son más todavía, y los de las profesas aún son peores.

Una vez por semana el capítulo se reúne, presídelo la priora, y asisten á él las madres vocales. Cada hermana se arrodilla á su vez en la piedra, y confiesa en alta voz, á presencia de todas, las faltas y pecados que ha cometido durante la semana. Las madres vocales deliberan públicamente después de cada confesión, é imponen también en alta voz la penitencia.

Sobre la confesión en alta voz, para la cual se reservan todas las faltas un poco graves, tienen para las faltas veniales lo que llaman la culpa. Hacer la culpa es prosternarse durante la misa boca abajo delante de la priora, hasta que ésta, á quien no llaman nunca más que nuestra madre, avisa á la paciente que puede levantarse dando un golpecito en el brazo de su sillón. Se hace la culpa por cosas insignificantes: por romper un vaso, por rasgar un velo, por retardar involuntariamente algunos segundos al ir á misa, por cantar mal una nota en la iglesia, etc.; esto es bastante para hacer la culpa. La culpa es enteramente voluntaria; la culpable (esta palabra está usada aquí etimológicamente) se juzga y castiga á sí misma. Los días de fiesta y domingos, hay cuatro madres cantoras que salmodian los oficios ante un gran facistol de cuatro pupitres. Cierto día, una madre cantora entonó un salmo que empezaba por Ecce, y en vez de Ecce dijo en alta voz estas tres notas: do, si, sol. Por su distracción, hizo una culpa que duró toda la función. Lo que agravó enormemente la culpa fué que el capítulo se había reído.

Cuando llaman al locutorio á una de las monjas, aunque sea la priora, se baja el velo de manera, según ya hemos dicho, que sólo deja ver la boca.

La priora es la única que puede hablar con los extraños; las demás no pueden ver más que á su familia, pocas y raras veces. Si por casualidad quiere alguien ver á una monja á quien ha conocido ó amado en el mundo, tiene que formar casi un expediente. Si es una mujer puede en algunas veces concedérsele la autorización; la monja va al locutorio y habla por entre los postigos, que sólo se abren por una madre ó una hermana. No hay para qué decir que este permiso se niega siempre á los hombres.

Tal es la regla de san Benito, rigorizada por Martín Verga.

Aquellas monjas no estaban alegres, sonrosadas y frescas como lo están frecuentemente las de otras muchas órdenes. Estaban pálidas y graves. Desde 1825 á 1830, tres se volvieron locas.

III
Severidades

Se ha de ser por lo menos dos años postulante, generalmente cuatro, y otros cuatro novicia. Es muy raro que los votos definitivos puedan pronunciarse antes de los veintitrés ó veinticuatro años. Las bernardas-benedictinas de Martín Verga no admiten bajo ningún concepto viudas en su orden.

Entréganse en sus celdas á muchas maceraciones desconocidas, de las cuales no deben hablar nunca.

El día en que profesa una novicia se la viste con sus más hermosos atavíos, se cubre su cabeza con blancas rosas, se perfuman y rizan sus cabellos, y después se prosterna; extiéndese sobre ella un gran velo negro, y se canta el oficio de difuntos. Entonces las religiosas se dividen en dos filas, y mientras pasa junto á ella una de estas filas, diciendo con lastimero acento: Nuestra hermana ha muerto, responde la otra: Vive en Jesucristo.

En la época en que pasó esta historia, había anexo al convento un colegio de niñas nobles, ricas la mayor parte, entre las cuales se distinguían las señoritas Sainte-Aularie y de Belissen, y una inglesa que llevaba el ilustre nombre católico de Talbot. Estas jóvenes, educadas por las religiosas, entre cuatro paredes, crecían en el horror al mundo y al siglo. Una de ellas nos decía un día: Ver el empedrado de la calle me hacía estremecer de pies á cabeza. Iban vestidas de azul con un gorro blanco, y un Espíritu Santo de plata sobredorada, ó de cobre, en el pecho. En ciertos días de gran festividad, y particularmente en el de santa Marta, se les concedía, como un gran favor y felicidad suprema, vestirse de monjas y cumplir las prácticas de san Benito durante todo el día. Al principio las religiosas les prestaban sus vestidos negros; pero después, pareciendo esto una profanación, fué prohibido por la priora. Sólo se permitió desde entonces hacer este préstamo á las novicias. Es muy notable que estas representaciones, toleradas sin duda y alentadas en el convento por un secreto espíritu de proselitismo, y para dar á las niñas cierto anticipado goce del santo hábito, fuése un placer real y una verdadera diversión para las educandas. Éstas se entretenían simplemente, puesto que se trataba de una cosa nueva, de un cambio. Cándidas razones de la infancia, que no logran hacer comprender á los mundanos el placer de tener un hisopo en las manos, y estarse de pie horas enteras cantando á coro ante un facistol.

Las educandas, excepción hecha de la austeridad, se conformaban con todas las prácticas del convento.

Hubo joven, que habiendo vuelto al mundo, aún muchos años después de casada, no logró dejar la costumbre de decir en alta voz cada vez que llamaban á la puerta: ¡Por siempre jamás! Las educandas, como las monjas, sólo veían á sus familias en el locutorio. ¡Ni sus mismas madres podían abrazarlas! Véase hasta qué punto se llevaba la severidad. Cierto día, fué una de las jóvenes visitada por su madre acompañada de una hermanita de tres años. La pequeña lloraba porque quería abrazar á su hermana. Imposible. Suplicóse que á lo menos se permitiera á la niña pasar la manita por entre los hierros para besársela. También fué negada esta petición, casi con escándalo.

IV
Alegrías

Aquellas niñas no dejaron por esto de llenar de encantadores recuerdos aquella rígida morada. Había horas en las que resplandecía la infancia en aquella clausura. En cuanto sonaba la de recreo, abríase una puerta, y los pájaros decían: ¡Bueno! ¡Aquí están las niñas! Un torrente de juventud inundaba aquel jardín cortado por una cruz como una mortaja. Fisonomías radiantes, frentes blancas, ojos inocentes llenos de alegre luz, auroras de toda especie se esparcían entre aquellas tinieblas. Después de los salmos, de las campanas, de los toques, de los lamentos y de los oficios, estallaba de repente el ruido que hacían las niñas, ruido más dulce que el de las abejas. Abríase la colmena de la alegría, y cada una llevaba su miel. Jugaban, se llamaban, se agrupaban, corrían; bellísimos y diminutos dientes blancos charlaban en todos los rincones, los velos desde lejos vigilaban las risas, las sombras vigilaban los rayos; pero ¡qué importaba! Brillaban y reían. Aquellas cuatro lúgubres tapias tenían su minuto de alegría y asistían, vagamente iluminadas por el reflejo de tanto placer, á todos esos dulces susurros del enjambre infantil. Venía á ser como una lluvia de rosas en medio de aquel luto. Las niñas loqueaban bajo los ojos de las religiosas; la mirada de la impecabilidad no puede incomodar á la inocencia. Gracias á aquellas niñas, entre tantas horas de austeridad, había una de desahogo. Saltaban las pequeñas, y las grandes bailaban. En aquel claustro el juego andaba mezclado con el cielo. Nada tan tierno y augusto á la vez como aquellas almas inocentes entregadas á la expansión. Homero habría venido á reirse allí con Perrault, y en aquel negro jardín había juventud, salud, ruido, algarabía, aturdimiento, placer y felicidad bastante para desarrugar el ceño de todas las ancianidades, así de la epopeya como del cuento, así del trono como de la cabaña: desde Hécuba hasta la abuela.

En tal casa se han oído, más que en ninguna otra parte quizás, esas ocurrencias infantiles tan graciosas y que hacen reir y meditar á un tiempo. Entre aquellas cuatro fúnebres paredes exclamó cierto día una niña de cinco años: «¡Madre mía! acaba de decirme una de las grandes que ya no tengo que estar aquí más que nueve años y diez meses. ¡Qué alegría!».

Fué allí también donde se oyó este memorable diálogo:

Una madre vocal.—¿Por qué lloráis, hija mía?

La niña (de seis años) sollozando.—He dicho á Alicia que sabía yo la historia de Francia, y ella me ha dicho que no la sabía, ¡y la sé!

Alicia, la grande (de nueve años).—No, no la sabes.

La madre.—¿Cómo es eso, hija mía?

Alicia.—Me ha dicho que abriese el libro al azar y que le hiciese una pregunta de lo que trae el libro, y ella me respondería.

¿Y qué?

Que no ha contestado.

—Veamos: ¿qué le habéis preguntado?

—He abierto el libro al azar, como ella decía, y le he hecho la primera pregunta que ha salido.

—¿Y cuál ha sido la pregunta?

—Ésta: ¿qué sucedió después?

También se hizo allí esta observación profunda sobre una cotorra un poco golosa que pertenecía á una señora pensionista:

«—¡Es muy graciosa! ¡Se come la manteca de las tostadas como una persona!».

Fué sobre una de las losas de aquel convento, donde se recogió esta confesión, escrita de antemano para no olvidarla, por una pecadora de siete años:

«—Acúsome, padre, de haber sido avara.

«—Acúsome, padre, de haber sido adúltera.

«—Acúsome, padre, de haber dirigido miradas á los hombres».

En uno de los bancos de césped de aquel jardín, fué improvisado por una boca de rosa de seis años este cuento, escuchado por ojos azules de cuatro y cinco:

«—Éranse que se eran tres pollitos que vivían en un país donde había muchas flores; cogieron las flores y se las metieron en el bolsillo, y después las hojas, y las pusieron en sus juguetes. Y había un lobo en aquella tierra, y muchos bosques; el lobo estaba en el bosque, y se comió los pollitos».

Y este otro poema:

«—Sucedió que dieron un palo.

«Y fué Polichinela quien se lo dió al gato.

«Y no hízole bien sino mal.

«Entonces una señora metió á Polichinela en la cárcel».

Allí también dijo una niña abandonada, recogida por el convento y educada por caridad, esta frase tierna y dolorosa, oyendo hablar á las demás de sus madres, murmurando la pobre en un rincón:

«—Mi madre no estaba allí cuando nací yo».

Había una tornera muy gruesa que andaba siempre atareada por los corredores con su manojo de llaves, y que se llamaba sor Ágata. Las grandes—de más de diez años—la llamaban Ágatocles.

El refectorio era una gran sala rectangular que sólo recibía la luz por un claustro de arquivoltas al nivel del jardín; era obscuro y húmedo y como decían las niñas, «estaba lleno de bichos». Todos los sitios contiguos le suministraban su contingente de insectos.

Cada uno de los cuatro ángulos había recibido, en el lenguaje de las educandas, un nombre particular y expresivo. Había el rincón de las arañas, el rincón de las orugas, el rincón de las cucarachas y el rincón de los grillos.

El rincón de los grillos estaba cerca de la cocina, y era el más apreciado, porque allí hacía menos frío que en los demás. Del refectorio habían pasado los nombres al colegio y servían para distinguir, como en el antiguo colegio de Mazarino, cuatro naciones. Cada educanda pertenecía á una de las cuatro naciones, según el rincón del refectorio en que se sentaba á la hora de comer. Un día el señor arzobispo, haciendo la visita pastoral, vió entrar en la clase, por donde pasaba, una niña muy coloradita de hermosos cabellos rubios, y preguntó á otra educanda, linda y morenita de frescas mejillas, que estaba á su lado:

—¿Quién es ésa?

—Es una araña, monseñor.

—¡Bah! ¿Y esta otra?

—Ésta es un grillo.

—¿Y aquélla?

—Una oruga.

—¡De veras! ¿Y tú?

—Yo soy una cucaracha, monseñor.

Cada casa de este género tiene sus particularidades. Á principios del siglo, Ecouen era uno de esos lugares encantadores y severos en los que se desarrolla, en una sombra casi augusta, la infancia de las niñas. En Ecouen, para tomar puesto en la procesión del Corpus, se hacía distinción entre las vírgenes y las floristas. Había igualmente «palios é incensarios»; las unas llevaban los cordones del palio, y las otras incensaban al Santísimo Sacramento. Las flores correspondían de derecho á las floristas. Cuatro «vírgenes» abrían la marcha. Durante la mañana de este gran día, no era raro oir preguntar en el dormitorio:

—¿Quién es virgen?

Madama Campan cita este dicho de una «pequeña» de siete años, dirigiéndose á una «grande» de diez y seis que iba á la cabeza de la procesión, mientras que ella, la pequeña, se quedaba á la cola:

—¡Ah, tú eres virgen! Y ¡yo no lo soy!

V
Distracciones

Sobre la puerta del refectorio estaba escrita en grandes letras negras la siguiente oración, llamada el Pater Noster blanco, la cual tenía la virtud de conducir las gentes directamente al cielo.

«Pequeño Padre nuestro blanco, que Dios hizo, que Dios dijo, que Dios puso en el paraíso. Por la noche, al acostarme, tres ángeles me encontré acostados en mi cama, uno á los pies, dos á la cabecera, y en medio á la Virgen Santa, que me dijo me acostase y de nada me cuidase. Dios bueno es mi padre, la Santa Virgen mi madre, los tres apóstoles mis hermanos y las tres vírgenes mis hermanas. La camisa en que Dios nació éste mi cuerpo envolvió; la cruz de santa Margarita en mi pecho tengo escrita. Nuestra Señora la Virgen por los campos va caminando, á su hijo querido llorando, y con el señor san Juan se ha encontrado.—Señor san Juan ¿de dónde venís?—Vengo del Ave Salus.—¿Habéis visto si está allí Dios?—En el árbol de la Cruz, pendientes tiene los pies, clavadas tiene las manos, lleva sobre la cabeza corona de espinos blancos.

«Quien rezare esta oración tres veces por la mañana y otras tantas por la noche, ganará el cielo á la postre».

En 1827 había desaparecido de la pared esta oración tan característica, bajo una triple capa de pintura. Hoy acaba de borrarse también de la memoria de algunas niñas, jóvenes de entonces, señoras ancianas actualmente.

Un gran crucifijo colgado de la pared completaba la decoración del refectorio, cuya única puerta, como creemos haber dicho, daba al jardín. Dos mesas estrechas, con dos bancos á lo largo de cada una, formaban dos líneas paralelas desde uno á otro extremo del refectorio. Las paredes eran blancas, las mesas negras; colores ambos de luto, variedad única de los conventos. Las comidas eran frugales, y aún el régimen de las niñas muy severo. Un solo plato de carne y legumbres mezcladas, ó de pescado salado, era todo su lujo. Este plato ordinario, reservado solamente á las educandas, era, sin embargo, una excepción. Las niñas comían y callaban bajo la vigilancia de la madre de semana, que de cuando en cuando abría y cerraba ruidosamente un libro de madera siempre que alguna mosca trataba de volar ó zumbar contra la regla. El silencio iba sazonado con algún trozo de la vida de los Santos, leído en alta voz desde un púlpito con atril, colocado al pie del crucifijo. La lectora era una de las educandas de más edad, que estaba de semana. En la mesa había colocados á distancia regular lebrillos barnizados, en donde las educandas lavaban por sí mismas su vaso y su cubierto, y algunas veces arrojaban también los desperdicios de carne dura ó de pescado pasado: esto se castigaba. Los tales lebrillos se llamaban los círculos de agua.

La niña que rompía el silencio «hacía una cruz con la lengua». ¿Dónde? En la tierra. Lamía el suelo. El polvo, este fin de todas las alegrías, se encargaba de castigar á aquellas pobres hojas de rosa, culpadas de murmullo.

Había en el convento un libro, del cual no se había impreso más que un ejemplar único, y que estaba prohibido leer. Éste era la regla de san Benito, arcano que no debía penetrar ningún ojo profano. «Nemo regulas, seu constitutiones nostras, externis communicabit».

Las educandas consiguieron un día coger el libro, y se pusieron á leer naturalmente, interrumpiendo con frecuencia la lectura por el temor de ser sorprendidas, lo cual les hacía cerrar el libro precipitadamente. De todo aquel gran miedo no sacaron más que un placer muy mediano.

Algunas páginas ininteligibles acerca de los pecados de los muchachos. Esto fué lo «más interesante».

Las colegialas jugaban en una alameda de desmedrados árboles frutales. Á pesar de la extremada vigilancia y de la severidad de los castigos, cuando el viento había sacudido los árboles, algunas de ellas recogían furtivamente del suelo una manzana verde, ó un albaricoque macado, ó una pera roída de gusanos. Aquí dejaremos hablar por nosotros una carta que tenemos á la vista, escrita hace veinticinco años por una antigua educanda, hoy marquesa de***, y una de las mujeres más elegantes de París. La copia es textual.

«Se guarda una su pera ó su manzana como puede, y cuando se sube á dejar el velo encima de la cama, y á esperar la hora de cenar, se la esconde debajo de la almohada, y por la noche se la come estando en la cama: y cuando ni aún esto es posible, se come en el excusado». Era ésta una de sus mayores delicias.

Una vez, al pasar la visita el señor arzobispo, una de las educandas, la señorita Bouchard, que tenía algunas relaciones de parentesco con los Montmorency, apostó á que le pediría un día de asueto, atrevimiento enorme, tratándose de una comunidad tan austera. La apuesta fué aceptada; pero ninguna de las que habían apostado creían en que se hiciera la petición.

Llegó el momento, y al pasar el señor arzobispo por delante de las educandas, la señorita Bouchard, con indescriptible admiración de todas sus compañeras, salió de la fila y dijo: «Monseñor, un día de asueto».

La señorita Bouchard era fresca y crecida, y tenía además la carita de rosa más linda del mundo. Monseñor de Quélen se sonrió, y dijo: «¡Cómo, querida hija mía, un día de asueto! Tres días, si gustáis. Os concedo tres días». La priora nada podía hacer, había hablado el señor arzobispo. Qué escándalo para el convento, y qué alegría en el colegio. Júzguese del efecto.

Este claustro tan severo no estaba, sin embargo, tan amurallado que la vida de las pasiones del mundo, el drama y aún la novela no penetrasen en él. Para probarlo nos limitaremos á consignar aquí, y á indicar brevemente un hecho real é incontestable, que por otra parte nada tiene que ver con la historia que vamos refiriendo. Citaremos simplemente el hecho para completar la fisonomía del convento.

Hacia dicha época pues, había en el convento una mujer misteriosa, que sin ser monja, era tratada con gran respeto; se llamaba «señora Albertina». No se sabía de ella sino que estaba loca, y que pasaba por muerta en el mundo. Tenía, según se decía, encerrados en la historia, arreglos de fortuna indispensables á un gran casamiento.

Esta mujer, que apenas contaba treinta años, morena y hermosa, miraba vagamente con sus negros y grandes ojos. ¿Veía? No se sabía de cierto.

Se deslizaba más bien que andaba; no hablaba nunca, y no era cosa segura si respiraba ó no. Tenía las ventanas de la nariz contraídas y lívidas, como después de lanzar el último suspiro; tocar su mano era tocar la nieve. Mostraba cierta gracia especial de espectro. Donde ella entraba se sentía frío. Un día, una de las hermanas al verla pasar, díjole á otra:—Pasa por muerta.—Puede que lo esté,—respondió la segunda.

Hacíanse sobre la señora Albertina mil diversas suposiciones. Era el objeto eterno de la curiosidad de las educandas. Había en la capilla una tribuna, que se llamaba del Ojo de buey. Esta tribuna sólo tenía un ojo redondo por ventana, una claraboya, desde la cual la señora Albertina asistía á los actos del culto. Generalmente estaba siempre sola allí, porque situada la tribuna en el primer piso, podía verse perfectamente al predicador y al celebrante, lo cual estaba prohibido á las religiosas. Un día ocupaba el púlpito un clérigo joven de elevada alcurnia, el señor duque de Rohan, par de Francia, oficial de mosqueteros rojos en 1815, cuando era príncipe de León, muriendo después en 1830 de cardenal-arzobispo de Besanzón.

Era la primera vez que el señor de Rohan predicaba en el convento del Pequeño Picpus. La señora Albertina asistía generalmente á los sermones y á los oficios en la mayor calma y en la más completa inmovilidad. Aquel día, en cuanto vió al duque de Rohan, se medio levantó, y dijo en voz alta, en medio del silencio de la capilla: ¡Calla, Augusto! Toda la comunidad, asombrada, volvió la cabeza; el predicador levantó los ojos; pero la señora Albertina había ya vuelto á su natural inmovilidad. Un soplo del mundo exterior, un rayo de vida pasó instantáneamente por aquella figura marchita y helada; después todo se desvaneció, y la loca volvió á ser nuevamente un cadáver.

Aquellas dos palabras, sin embargo, dieron que hablar á todo lo que podía hablar en el convento.

¡Qué de misterios, qué de revelaciones! en aquel ¡Calla, Augusto! El duque de Rohan se llamaba efectivamente Augusto. Era evidente que la señora Albertina había salido del gran mundo, puesto que conocía al duque de Rohan; que había ella ocupado en el siglo alta posición, porque hablaba familiarmente á tan gran señor, y que tenía con él relaciones de parentesco tal vez, y muy íntimas seguramente, cuando le llamaba por su nombre de pila.

Dos duquesas muy severas, las de Choiseul y de Sérent, visitaban con frecuencia á la Comunidad, en la cual penetraban sin duda en virtud del privilegio Magnates mulieres, dando mucho miedo á las colegialas. Cuando pasaban las dos viejas, todas las educandas temblaban y bajaban los ojos.

El duque de Rohan era, por otra parte, sin saberlo él, objeto de la atención general de aquellas jóvenes. Acababa de ser nombrado, como aspirante al episcopado, vicario general del arzobispado de París, y tenía por costumbre ir á cantar los oficios en las funciones de la capilla del Pequeño Picpus. Ninguna de las jóvenes reclusas podía verle á causa de la cortina de sarga; pero tenía una voz dulce y un tanto aguda, que ya conocían y distinguían todas perfectamente. Había sido mosquetero; se decía que era muy pulcro, que peinaba con gran esmero sus hermosos cabellos castaños, formando bucles alrededor de la frente, que llevaba un ancho cinturón de magnífico moaré, y que su sotana negra estaba cortada elegantísimamente. Así es que llevaba toda la atención de aquellas imaginaciones de diez y seis años.

Ningún ruido exterior penetraba en el interior del convento.

Sin embargo, hubo un año en que se oyó el sonido de una flauta. Fué éste un acontecimiento del que se acuerdan todavía las educandas de aquel tiempo. Era una flauta tocada indudablemente por algún vecino, que siempre repetía el mismo aire, un aire muy antiguo: Zetulbé mía, ven á reinar en mi alma, el cual se oía dos ó tres veces diariamente. Las muchachas se pasaban las horas escuchando, las madres vocales estaban indignadas, las imaginaciones trabajaban, llovían los castigos. Esto duró muchos meses. Las educandas estaban todas más ó menos enamoradas del músico desconocido. Cada cual se creía otra Zetulbé. El sonido venía del lado de la calle Droit-Mur. Todas lo hubieran dado todo, lo hubieran comprometido é intentado todo, por ver, siquiera por un segundo, por entrever, por vislumbrar solamente al «gallardo joven» que tañía tan deliciosamente la flauta, y que sin imaginárselo, conmovía á un mismo tiempo todas aquellas almas. Las hubo que se escaparon por una puerta excusada y subieron al tercer piso de la calle Droit-Mur para tratar de ver por los respiraderos. Imposible. Una de ellas llegó hasta el punto de pasar el brazo por cima de la cabeza al través de los hierros, agitando su pañuelo blanco. Otras dos fueron más osadas aún. Encontraron medio de trepar hasta el tejado, arriesgándose por él, hasta que por fin consiguieron ver al «gallardo joven».

Era un viejo hidalgo emigrado, ciego y arruinado, que se entretenía en su buhardilla, tocando la flauta para consolarse.

VI
El convento pequeño

Había en el recinto del Pequeño Picpus tres edificios completamente distintos: el convento grande, que habitaban las religiosas; el colegio en que estaban las educandas, y el convento pequeño. Era éste un departamento con jardín, donde vivían en común toda clase de antiguas religiosas de distintas órdenes, restos de los claustros destruidos por la revolución; una abigarrada mezcla de todos los hábitos negros, grises y blancos, de todas las comunidades, y de todas las variedades posibles. Era lo que puede llamarse, si se nos permite semejante combinación de palabras, un convento arlequín.

Desde el Imperio se había permitido á aquellas infelices, dispersas y desterradas, acogerse bajo la protección de las benedictinas-bernardas, donde recibían una corta pensión del Gobierno. Las religiosas del Pequeño Picpus las habían acogido muy bien. Era, pues, aquello una mezcla chocante. Cada una seguía su regla. Algunas veces se permitía á las educandas, como gran concesión, hacerles una visita; y estas jóvenes han conservado, entre otros recuerdos, los de la madre santa Basilia, de la madre santa Escolástica, y de la madre Jacob.

Una de estas refugiadas se hallaba reinstalada como en su casa. Era una religiosa de Santa Aura, y era también la única que sobrevivía de su comunidad. El antiguo convento de monjas de Santa Aura ocupaba, desde principios del siglo XVIII, precisamente la misma casa del Pequeño Picpus, que perteneció después á las benedictinas de Martín Verga. Esta santa monja, demasiado pobre para poder llevar el magnífico hábito de su orden, que era un manto blanco con escapulario escarlata, había vestido piadosamente con él un pequeño maniquí, que enseñaba á todo el mundo con satisfacción, y que legó al convento cuando murió. En 1824 no quedaba de aquella orden más que una religiosa; hoy día no queda más que una muñeca.

Además de estas dignas madres, había algunas viejas del siglo, que habían obtenido permiso de la priora, como la señora Albertina, para retirarse al convento pequeño.

Pertenecían á este número, la señora de Beauford de Hatpoul y la marquesa Dufresne.

Otra había también que era sólo conocida en el convento por el gran ruido que hacía al limpiarse las narices. Las educandas la llamaban la señora Batahola.

Hacia 1820 ó 1821, la señora de Genlis, que publicaba en dicha época un periódico, titulado el Intrépido, pidió para entrar de pensionista en el convento del Pequeño Picpus, por recomendación del señor duque de Orléans. Esto alborotó la colmena; las madres vocales temblaban; la señora de Genlis había escrito novelas, pero declaró que era la primera en condenarlas. Además, había llegado al punto en que la devoción se vuelve insociable. Por fin, con la ayuda de Dios y la del príncipe, entró en el convento, pero se marchó á los seis ú ocho meses, dando por toda razón que el jardín carecía de sombra. Las religiosas se alegraron muchísimo. La señora de Genlis, aunque ya vieja, tocaba aún el arpa bastante bien.

Al marcharse dejó el sello de su estancia en la celda. Era supersticiosa y latinista. Estas dos palabras expresan gráficamente su perfil. Hace algunos años se encontraban aún pegados en lo interior de un armarito de su celda donde guardaba el dinero y las alhajas, estos cinco versos latinos, escritos por su propia mano con tinta roja en papel amarillo, y que, en su opinión, tenían la virtud de espantar á los ladrones: