LIBRO SÉPTIMO
PARÉNTESIS
I
El convento: idea abstracta
Este libro es un drama, cuyo primer personaje es el infinito.
El hombre es el segundo.
Siendo así y habiéndose encontrado un convento en nuestro camino, hemos debido penetrar en él. ¿Por qué?
Porque el convento, que es propio así del Oriente como del Occidente, de la antigüedad como de los tiempos modernos, propio del paganismo, del budismo, del mahometismo, como del cristianismo, es uno de los instrumentos ópticos dirigidos por el hombre al infinito.
No es éste lugar de desenvolver desmedidamente ciertas ideas; sin embargo, aún manteniendo absolutamente nuestras reservas, nuestras restricciones, y hasta nuestras indignaciones, debemos decirlo: siempre que hallamos en el hombre el infinito, bien ó mal comprendido, nos sentimos sobrecogidos de respeto. Hay en la sinagoga, hay en la mezquita, en la pagoda, en el wigwam, la parte repugnante que execramos y la parte sublime que adoramos. ¡Qué contemplación para el espíritu y que infinidad de meditaciones! El reflejo de Dios dando la muralla de la humanidad.
II
El convento: hecho histórico
Bajo el punto de vista de la historia, de la razón y de la verdad, queda el monaquismo condenado.
Los monasterios, cuando abundan en una nación, son obstáculos de la circulación, establecimientos embarazosos, centros de pereza allí donde son necesarios centros de trabajo. Las comunidades monásticas son á la gran comunidad social, lo que el muérdago es á la encina, lo que la verruga al cuerpo humano. Su prosperidad y crecimiento significan la miseria del país. El régimen monacal, bueno al nacer de las civilizaciones, útil para producir la reducción de la brutalidad por medio de lo espiritual, es perjudicial á la virilidad de los pueblos. Además, cuando se relaja y entra en su período de desarreglo, como continúa dando ejemplo, se vuelve nocivo por las mismas razones que le hacían saludable en su período de pureza.
La clausura ha tenido su tiempo. Los claustros, útiles en la primera educación de la civilización moderna, han sido perjudiciales á su crecimiento y dañosos á su desarrollo. Como institución y como manera de formar el hombre, fueron los monasterios, buenos en el siglo décimo, discutibles en el décimoquinto y son detestables en el décimonono. La lepra monacal ha corroído casi hasta el esqueleto dos admirables naciones: la Italia y la España: luz una y esplendor la otra de Europa, durante algunos siglos; y en la época en que vivimos, esos dos pueblos ilustres no comienzan á curar sino gracias á la vigorosa higiene de 1789.
El convento, el antiguo convento de mujeres particularmente, como aparece todavía á principios del siglo actual así en Italia, como en Austria y España, es una de las más sombrías concreciones de la Edad Media. El claustro, ese claustro citado, es el punto de intersección de los terrores. El claustro católico, propiamente dicho, está completamente lleno de las negras irradiaciones de la muerte.
El convento español, sobre todo, es fúnebre. Allí, en la obscuridad, bajo bóvedas llenas de bruma, bajo cúpulas vagas á fuerza de sombra, se elevan altares babélicos macizos, altos como catedrales; allí, pendientes de cadenas, entre las tinieblas, inmensos crucifijos blancos; allí se ostentan desnudos, sobre el ébano, grandes Cristos de marfil; más que ensangrentados, sanguinolentos, horribles y magníficos, los codos mostrando los huesos, las rótulas mostrando los tegumentos, las llagas mostrando las carnes; coronados de espinas de plata, clavados con clavos de oro, rubíes por gotas de sangre en la frente, y diamantes por lágrimas en los ojos. Los diamantes y rubíes parecen mojados y hacen llorar, abajo en la sombra, á seres velados, que tienen las costillas maceradas por el cilicio y por las disciplinas ferradas, los pechos aplastados por pleitas de esparto, las rodillas desolladas por la oración, mujeres que se creen esposas, espectros que se creen serafines. ¿Piensan esas mujeres? No. ¿Quieren? No. ¿Aman? No. ¿Viven? No.
Sus nervios se han convertido en huesos; sus huesos se han trocado en piedras. Su velo es un tejido tenebroso, y bajo aquel velo, su aliento se parece á no se sabe qué trágica respiración de la muerte. La abadesa, una larva, las santifica y aterra. Allí está lo inmaculado espantoso. Tales son los antiguos monasterios de España; madrigueras de devoción terrible, antros de vírgenes, lugares feroces.
La España católica ha sido más romana que la misma Roma. El convento español ha sido, por excelencia, el convento católico. Sentíase allí el Oriente. El arzobispo, kislar-agá del cielo, tenía bajo cerrojos y espiaba aquel serrallo de almas reservado á Dios. La monja era la odalisca, el sacerdote el eunuco. Las fervientes eran escogidas en sueños, y poseían á Cristo. De noche, el hermoso mancebo, desnudo, descendía de la cruz para el éxtasis de la celda. Altos muros guardaban de toda distracción viviente á la sultana mística que tenía al crucificado por sultán. Una mirada al exterior era una infidelidad. El in pace reemplazaba al saco de cuero. Lo que de los harenes en Oriente se arrojaba al mar, era arrojado á la tierra en los conventos de Occidente. Allí, como aquí, había mujeres que retorcían sus brazos; para las unas la ola, para las otras la fosa; ahogadas aquéllas, enterradas éstas. ¡Monstruoso paralelismo!
Hoy día, los defensores del pasado, no pudiendo negar estas cosas, han tomado el partido de sonreir. Se ha puesto en moda una manera cómoda y extraña de suprimir las revelaciones de la historia, de invalidar los comentarios de la filosofía, y de eludir todos los hechos embarazosos y todas las cuestiones sombrías. Materia para declamar, dicen los hábiles. Declamaciones, repiten los necios. Juan Jacobo, declamador; Diderot, declamador; Voltaire hablando de Calás, Labarre y Sirven, declamadores. No sé quién ha descubierto últimamente que Tácito era un declamador, que Nerón fué una víctima, y decididamente debía compadecerse á «este pobre Holofernes».
Los hechos, sin embargo, son difíciles de desbaratar, porque se obstinan en ser lo que son. El autor de este libro ha visto por sus ojos, á ocho leguas de Bruselas, un recuerdo existente de la Edad Media que está al alcance de todo el mundo, en la abadía de Villers; es éste el agujero de los olvidados en medio del prado, que fué patio del claustro, y á orillas del Thil; cuatro calabozos de piedra, mitad bajo el suelo, mitad bajo el agua. Son lo que llamaban el in pace. Cada uno de aquellos calabozos conserva todavía un trozo de puerta de hierro, una letrina y un tragaluz enrejado, que, por fuera, está á dos pies más alto que el río, y por dentro, á seis pies bajo el piso. Cuatro pies de río pasan exteriormente á lo largo del muro. El suelo está siempre mojado. El habitante del in pace tenía por lecho aquella tierra mojada. En uno de los calabozos se ve un pedazo de argolla sujeta al muro; en otro se encuentra una especie de caja cuadrada hecha con cuatro losas de granito, demasiado corta para tenderse en ella, demasiado baja para incorporarse. Metíase allí dentro un ser humano cubriéndolo con otra piedra. Esto existe. Esto se ve y se toca.
Este in pace, estos calabozos, estos goznes de hierro, estas argollas, este elevado tragaluz al nivel del cual corre el río, esta caja de piedra cerrada con una tapa de granito como una tumba, con la diferencia de que el muerto era un vivo, este suelo que es lodo, este agujero de letrina, estos muros que rezuman, ¡vaya unos declamadores!
III
Con qué condición puede respetarse lo pasado
El monaquismo, tal cual existía en España y tal como existe en el Tíber, es para la civilización una especie de tisis. Detiene la vida. Despuebla simplemente. Claustración, es como castración. Ha sido el azote de Europa. Agréguese á ello la violencia frecuentemente hecha á la conciencia, las vocaciones forzadas, la feudalidad apoyándose en el claustro, la primogenitura vertiendo en el monaquismo el exceso de los nacidos en la familia, las atrocidades de que hemos hablado, los in pace, las bocas cerradas, los cerebros tapiados, tantas inteligencias infortunadas encerradas en el calabozo de los votos eternos, la toma de hábito, entierro de almas llenas de vida. Añadid los suplicios individuales á las degradaciones nacionales, y quien quiera que seáis, os estremeceréis indudablemente ante la cogulla y el velo, esos dos sudarios de invención humana.
Y todavía, sobre ciertos puntos y en ciertos lugares, á despecho de la filosofía y del progreso, el espíritu claustral persiste en pleno siglo XIX, y una peregrina recrudescencia ascética, asombra hoy al mundo civilizado. La terquedad de las instituciones envejecidas, en perpetuarse, se parece á la obstinación del perfume rancio que reclamase el derecho de aromatizar nuestros cabellos, ó á la pretensión del pescado pasado que quisiere ser comido, ó á la persecución del traje del niño que quisiera seguir vistiendo al hombre, ó á la ternura de los cadáveres que volvieran para abrazar á los vivos.
¡Ingratos! dice el vestido. Yo os he guardado del mal tiempo. ¿Por qué me rechazáis ahora? Vengo de la pleamar, dice el pescado. Yo he sido rosa, dice el perfume. Yo os amé, dice el cadáver. Yo os civilicé, dice el convento.
Á todo ello basta una sola respuesta: Antiguamente.
Pensar en la prolongación indefinida de las cosas muertas y en el gobierno de los hombres por embalsamamiento, restaurar los dogmas deteriorados, dorar de nuevo los tabernáculos, revocar nuevamente los claustros, volver á bendecir los relicarios, rehabilitar las supersticiones, alimentar de nuevo los fanatismos, echar mangos nuevos á los hisopos y á los sables, reconstituir el monaquismo y el militarismo, creer en la salvación de la sociedad por la multiplicación de los parásitos, imponer el pasado al presente, parece, en verdad, cosa extravagante.
Y existen, no obstante, teóricos para semejantes teorías. Los tales teóricos, gente de talento por otra parte, usan un procedimiento muy sencillo: aplican sobre el pasado cierto barniz que llaman orden social, derecho divino, moral, familia, respeto á la ancianidad, autoridad antigua, tradición santa, legitimidad, religión; y van gritando: ¡Mirad, atended! Ahí va eso, gentes honradas. Esta lógica era ya conocida de los antiguos. Los arúspices la practicaban. Frotaban con tiza una becerra negra, y exclamaban: Es blanca. Bon cretatus.
Por nuestra parte, respetamos eso y lo otro, y en todos terrenos perdonamos lo pasado, con tal que consienta en estar muerto. Si quiere vivir todavía, le atacamos, procurando matarle.
Supersticiones, hipocresías, mojigaterías y preocupaciones, todas esas larvas, que, como larvas que son, se agarran tenazmente á la vida: tienen dientes y uñas entre sus nebulosidades y es preciso acorralarlas cuerpo á cuerpo y hacerles la guerra, y hacérsela sin tregua; porque es una de las fatalidades de la humanidad la de estar condenada á combatir fantasmas eternamente.
Es muy difícil coger á la sombra por el cogote y derribarla.
Un convento en Francia, en plena luz del siglo XIX, es un corro de búhos encarándose con el sol. Un claustro, en flagrante delito de ascetismo, en medio de la ciudad de 1789, de 1830 y 1848; Roma floreciendo dentro de París, es un anacronismo. En tiempos normales, para disolver un anacronismo y desvanecerlo, no hay más que apelar al milésimo. Pero no estamos en tiempos normales.
Combatamos.
Combatamos, pero distingamos. Es propio de la verdad no ser nunca excesiva. ¡Qué necesidad tiene de exagerar! Existe lo que es preciso destruir, y lo que buenamente se debe aclarar y examinar. El examen benévolo y grave, ¡cuánta fuerza da! No llevemos, por lo tanto, la llama allí donde alcanza la luz.
Dado pues el siglo XIX, somos contrarios, en tesis general y respecto á todos los pueblos, en Asia como en Europa, en la India como en Turquía, á las claustraciones ascéticas. Quien dice convento dice pantano. Su putridez es evidente, su estancamiento malsano, su fermentación produce calenturas á los pueblos y los marchita, su multiplicación atrae las plagas de Egipto. No podemos pensar sin horror en esos países en que los faquires, los bonzos, los santones, los caloyos, los morabitos, los talapuinos y los derviches pululan y hormiguean como gusanos.
Dicho esto, la cuestión religiosa subsiste. Esta cuestión tiene ciertos lados misteriosos, temibles casi; seanos permitido observarla bien.
IV
El convento bajo el punto de vista de los principios
Reúnense varios hombres y habitan en común. ¿En virtud de qué derecho? En virtud del derecho de asociación.
Se encierran en su casa. ¿En virtud de qué derecho? En virtud del derecho que tiene todo hombre de abrir ó cerrar su puerta.
No salen. ¿En virtud de qué derecho? En virtud del derecho de ir y venir, que implica el derecho de estarse en su casa.
Y allí, en su casa, ¿qué hacen?
Hablan quedo; bajan los ojos; trabajan. Renuncian al mundo, á las ciudades, á la sensualidad, á los placeres, á las vanidades, al orgullo, á los intereses.
Visten tosca lana ó grosera tela. Ninguno de ellos posee cosa alguna en propiedad. Al entrar allí, el que era rico se hace pobre. Lo da todo á todos. El que era lo que se llama noble, hidalgo y señor, es igual al que era simple campesino. La celda es idéntica para todos. Todos se someten á la misma tonsura, llevan el mismo sayal, comen el mismo pan negro, duermen sobre la misma paja, mueren sobre la misma ceniza. La misma cogulla á la espalda, la misma cuerda á la cintura.
Si la regla manda ir con los pies desnudos, con los pies desnudos andan todos. Entre ellos podrá haber un príncipe; pero este príncipe será una sombra como los demás.
Nada de títulos. Hasta los mismos apellidos desaparecen; sólo son conocidos por el nombre. Todos están encorvados bajo la igualdad del nombre de pila. Han disuelto la familia carnal y constituido en su comunidad una familia espiritual. Sus parientes son todos los hombres. Socorren á la humanidad y cuidan á los enfermos.
Eligen á aquellos á quienes han de obedecer, y al nombrar uno á otro, le llama: hermano.
Aquí se me interrumpirá diciendo: ¡Pero ése es el convento ideal! Basta que sea el convento posible, para que sea el que yo tenga en cuenta.
De esto procede que en el libro anterior haya hablado de un convento en tono respetuoso. Descartándonos de la Edad Media y del Asia, y reservándonos la cuestión histórica y política bajo el punto de vista estrictamente filosófico, fuera de la esfera de la polémica militante, y con la condición de que la vida monástica sea absolutamente voluntaria, y sólo entren en ella los que tengan vocación, miraremos siempre la comunidad claustral con esta atenta gravedad, y hasta con diferencia en ciertos casos. Donde hay comunidad hay asociación; donde hay asociación hay derecho. El monasterio es el producto de la fórmula: Igualdad, Fraternidad.
¡Oh! ¡Cuán grande es la libertad! ¡Qué transfiguración más espléndida! La libertad bastándose á sí misma para convertir en república el monasterio.
Prosigamos.
Pero estos hombres ó estas mujeres que viven encerrados entre cuatro paredes, que se visten de buriel, que son iguales, que se llaman hermanos, ¿hacen todavía algo más?
Sí.
¿Qué?
Contemplan la sombra; se arrodillan y juntan las manos.
¿Y esto, qué significa?
V
La oración
Ruegan.
¿Á quién?
Á Dios.
Rogar á Dios; ¿qué quiere decir esta palabra?
¿Hay un infinito después de nosotros? ¿Es este infinito uno, inmanente, permanente, necesariamente sustancial, puesto que es infinito, y que, si la materia le faltase, allí estaría su límite; necesariamente inteligente, puesto que es infinito, y que, si la inteligencia le faltase, allí terminaría? Este infinito ¿despierta en nosotros la idea de la esencia, en tanto que no podemos atribuirnos á nosotros mismos más que la idea de la existencia? En otros términos: ¿no es el absoluto respecto del cual somos nosotros lo relativo?
Al mismo tiempo que hay un infinito fuera de nosotros, ¿no hay dentro de nosotros otro infinito? Estos dos infinitos (¡plural espeluznante!) ¿se superponen tal vez el uno al otro? El segundo infinito, ¿no es, por así decirlo, subyacente al primero? ¿No es su espejo, su reflejo, su eco, abismo concéntrico de otro abismo?
¿Ese segundo infinito es inteligente también? ¿Piensa? ¿Ama? ¿Quiere? Si ambos infinitos son inteligentes, cada uno de ellos tiene un principio volente, en cada uno hay un yo, así en el infinito superior como en el infinito inferior. El yo de abajo es el alma; el yo de arriba, Dios.
Poner en contacto por mediación del pensamiento, el infinito de abajo con el infinito de arriba, se llama orar.
No le quitemos nada al espíritu humano; suprimir siempre es malo. Lo necesario es reformar y transformar. Ciertas facultades del hombre se dirigen á lo Desconocido; el pensamiento, la meditación, la oración. Lo desconocido es un océano. ¿Qué viene á ser la conciencia? La brújula de lo Desconocido. Pensamiento, meditación, oración: son éstos, grandes fulgores misteriosos. Respetémoslos. ¿Adónde van esas irradiaciones del alma? Á la sombra; es decir, á la luz.
La grandeza de la democracia consiste en no negar nada, ni renegar de nada de la humanidad. Junto al derecho del hombre, al menos á su lado, está el derecho del alma.
Destruir los fanatismos y venerar lo infinito; ésta es la ley. No debemos limitarnos á caer de rodillas bajo el árbol Creación, y á contemplar su inmenso ramaje lleno de estrellas. Tenemos un deber: trabajar en pro del alma humana; defender el misterio contra el milagro, adorar lo incomprensible, y rechazar lo absurdo; no admitir como inexplicable más de lo necesario; sanear la creencia; separar las supersticiones de la religión; limpiar de gusanos la idea de Dios.
VI
Bondad absoluta de la oración
En cuanto al modo de orar, todos son buenos, siendo sinceros. Cerrad todo libro y penetrad en lo infinito.
Sabemos que existe una filosofía que niega el infinito; pero también hay una filosofía clasificada patológicamente, que niega el sol. Esta filosofía se llama ceguedad.
Erigir un sentido de que carecemos en origen de verdad, es ciertamente una razón de ciego.
Lo curioso es el tono altivo, de superioridad y de compasión que toma para con la filosofía que ve á Dios, esa filosofía que anda á ciegas. Nos parece oir á un topo exclamando: ¡Me dan lástima con su sol!
Sabemos que hay ilustres y poderosos ateos; pero en el fondo, encaminados á la verdad por su mismo poder, no tienen la seguridad de su ateísmo; para ellos la cuestión viene á ser casi de nombre; y en todo caso, si no creen en Dios, con ser hombres de talento prueban que existe.
Nosotros saludamos en ellos á los filósofos, al par que calificamos inexorablemente su filosofía.
Continuemos.
Lo igualmente admirable es la facilidad con que muchos se pagan de palabras. Una escuela metafísica del Norte, algo cargada de neblina, ha creído que hacía una revolución en el entendimiento humano reemplazando la palabra Fuerza por la palabra Voluntad.
Decir: la planta quiere, en lugar de la planta crece, sería en efecto una frase fecunda, si se añadiese: el Universo quiere. ¿Por qué? Porque de ahí se deduciría que si la planta quiere, es que hay un yo; el Universo quiere, hay pues un Dios.
Por nuestra parte, que en contraposición á semejante escuela no rechazamos nada á priori, creemos que, admitir en la planta una voluntad, como dicha escuela admite, es mucho más difícil que admitir la voluntad en el Universo, que ella niega.
Negar la voluntad del infinito, es decir, Dios, no puede hacerse sino negando el infinito mismo. Ya lo hemos demostrado.
La negación del infinito conduce directamente al nihilismo. Todo se convierte en «concepción del espíritu».
Con el nihilismo no hay discusión posible; porque si el nihilista es lógico, duda de que su interlocutor exista, sin estar seguro de que exista él mismo.
Desde su punto de vista, es posible que no sea él para sí mismo más que «una concepción de su espíritu».
Pero no advierte que todo lo que niega lo admite en junto, con sólo pronunciar la palabra: espíritu.
En suma, no ha abierto todavía ninguna senda al pensamiento, esa filosofía que quiere terminarlo todo con este monosílabo: No.
Al No, no hay más que una respuesta: Sí.
El nihilismo no tiene trascendencia.
No existe la nada. El cero no existe. Todo es algo. La nada es nada.
El hombre vive de la afirmación más que de pan.
Ver y mostrar no es suficiente. La filosofía debe ser una energía; debe tener por esfuerzo y por efecto, mejorar al hombre. Sócrates debe entrar en Adán y producir á Marco Aurelio; ó en otros términos, hacer salir del hombre de la felicidad el hombre de la sabiduría. Transformar el Edén en Liceo. La ciencia debe ser un cordial. ¡Gozar! ¡Qué triste fin! ¡Qué ambición más mezquina! Los brutos gozan. ¡Pensar! he aquí el verdadero triunfo del alma.
Hacer fluir el pensamiento al alcance de la sed de los hombres; darles á todos en elixir la noción de Dios; unir fraternalmente la conciencia y la ciencia, y hacerles justos por medio de este misterioso enlace. Tal es la misión de la filosofía verdadera. La moral es una expansión de verdades. La contemplación lleva á la acción. Lo absoluto debe ser práctico. Es preciso que el ideal sea respirable, potable y comestible para el espíritu humano. Sólo lo ideal tiene derecho á decir: Tomad, ésta es mi carne; bebed, ésta es mi sangre. La sabiduría es una comunión sagrada. Bajo esta sola condición deja de ser un amor estéril de la ciencia para convertirse en el modo único y soberano de la unión humana; y de filosofía se eleva á religión.
La filosofía no debe ser un edificio construido sobre el misterio para mirarle fácilmente, sin más resultado que un objeto de curiosidad.
Nosotros, y dejando para otra ocasión el desarrollo de nuestro pensamiento; nos limitaremos á decir que no comprendemos, ni el hombre como punto de partida, ni el progreso como fin, sin estas dos fuerzas, que son los dos motores: creer y amar.
El progreso es el fin; lo ideal es el tipo.
¿Qué es lo ideal? Dios.
Ideal, absoluto, perfección, infinito; palabras idénticas.
VII
Precauciones indispensables para condenar
La historia y la filosofía tienen deberes eternos, que son al mismo tiempo simples deberes: combatir á Caifás obispo, á Dracón juez, á Trimalción, legislador, á Tiberio emperador; esto es claro, directo, explícito, y no ofrece el menor inconveniente. Pero el derecho de vivir aparte, aún con sus inconvenientes y sus abusos, debe ser reconocido y respetado. El cenobitismo es un problema humano.
Cuando se habla de los conventos, de esos lugares de error, pero de inocencia; de extravío, pero de buena voluntad; de ignorancia, pero de devoción; de suplicio, pero de martirio, es preciso casi siempre decir sí y no.
Un convento es una contradicción. Su fin es la salvación; su medio, el sacrificio. El convento es el supremo egoísmo dando por resultado la abnegación suprema.
Abdicar para reinar: ésta parece ser la divisa del monaquismo.
En el claustro se sufre para gozar. Se gira una letra de cambio sobre la muerte. Se descuenta en noche terrena la luz celestial. En el claustro se acepta el infierno como herencia anticipada sobre el cielo.
La toma del velo ó de la cogulla es un suicidio que se paga con la eternidad.
No nos parece, pues, que semejante asunto sea cosa de burla. Todo es en ello serio, así el bien como el mal.
El hombre justo frunce el entrecejo, pero no sonríe con maligna sonrisa.
Comprendemos la cólera, no la malignidad.
VIII
Fe, ley
Algunas palabras todavía.
Censuramos la Iglesia cuando está saturada de intrigas; despreciamos la aspereza espiritual opuesta á la temporal; pero honramos en todas partes al hombre pensativo.
Saludamos al que se arrodilla.
Una fe, es necesaria para el hombre. ¡Desgraciado del que nada cree!
El hombre no está desocupado cuando está absorbido. Existe el trabajo visible y el invisible.
Contemplar, es trabajar; pensar, es producir.
Los brazos cruzados trabajan; las manos juntas hacen. La mirada al cielo es una obra.
Thales estuvo cuatro años inmóvil, y fundó la filosofía.
Para nosotros, ni los cenobitas están ociosos, ni son los solitarios holgazanes.
Pensar en la Sombra es una cosa seria.
Sin invalidar en nada cuanto hemos dicho, creemos que conviene á los vivos un perpetuo recuerdo de la tumba. Sobre este punto el sacerdote y el filósofo están de acuerdo.
Morir habemos, replica á Horacio el fundador de la Trapa.
Mezclar á la vida algo de la muerte, es la ley del sabio; pero es también la ley del asceta. Sobre este punto el asceta y el sabio convergen.
Existe el crecimiento material, y le queremos; pero existe también el engrandecimiento moral, que respetamos.
Los espíritus irreflexivos y ligeros dicen:
—¿Qué objeto tienen esas figuras inmóviles contemplando el misterio? ¿Para qué sirven? ¿Qué hacen?
¡Ay! En presencia de la obscuridad que nos rodea y nos espera, sin saber lo que hará de nosotros la dispersión inmensa, les respondemos:
—No hay tal vez cosa más sublime que la que hacen esas almas. Y añadimos: No hay tal vez en el mundo trabajo más útil.
Es preciso que haya los que oran siempre, por los que nunca oran.
Para nosotros, todo consiste en la cantidad de pensamiento que entra en la oración.
Leibnitz orando, es grande; Voltaire adorando, magnífico. Deo erexit Voltaire.
Estamos por la religión contra las religiones.
Somos de los que creen en la miseria del rezo y en la sublimidad de la oración.
Por lo demás, durante el minuto que cruzamos por el mundo, minuto que afortunadamente no imprimirá su sello al siglo XIX; en esta hora en que tantos hombres tienen la frente baja y el alma poco elevada; entre tantos vivientes que tienen por regla de moral el gozar, y se ocupan de las cosas perecederas y deformes de la materia; aquél que se destierra á sí propio nos parece venerable.
El monasterio es un gran destierro. El sacrificio que da en lo falso no deja de ser un sacrificio. Tomar por deber un error severo, no deja de tener su grandeza.
Considerado en sí mismo é idealmente, y mirándole bajo todos sus aspectos para llegar al examen imparcial de la verdad, el monasterio y, sobre todo el convento de monjas, porque en nuestra sociedad la mujer padece más, y su destierro en el claustro es una especie de protesta; el convento de monjas, decimos, tiene incontestablemente cierta majestad.
La vida del claustro, tan austera y tan monótona, de la que acabamos de bosquejar algunas líneas, no es la vida, porque no es la libertad; no es la tumba, porque no es la plenitud: es el lugar extraño desde donde se descubre, como desde la cima de una alta montaña, á un lado el abismo en que vivimos, y al otro el abismo en que iremos á parar; es la estrecha y tortuosa frontera que separa, dos mundos, iluminado y obscurecido á un tiempo por los dos, y donde se confunden el rayo debilitado de la vida y el rayo ténue de la muerte; es la penumbra de la tumba.
En cuanto á nosotros, que no creemos lo que esas mujeres creen, pero que vivimos como ellas por la fe, no hemos podido pensar nunca, sin cierto terror religioso y tierno, sin cierta piedad llena de envidia, en esas criaturas resignadas, trémulas y confiadas; en esas almas humildes y augustas que se atreven á vivir en el borde mismo del misterio, esperando, entre el mundo que les está cerrado y el cielo que no se les ha abierto, volviéndose hacia la caridad invisible; pero consolándose con la idea de saber dónde está, aspirando al abismo y á lo desconocido, con la mirada fija en la inmóvil obscuridad, arrodilladas, desvanecidas, estupefactas, esperanzadas, y casi elevadas á ciertas horas por el soplo profundo de la eternidad.