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Los miserables - Tomo 1 (de 2) cover

Los miserables - Tomo 1 (de 2)

Chapter 17: LIBRO OCTAVO LOS CEMENTERIOS TOMAN LO QUE SE LES DA
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About This Book

La narrativa sigue a un hombre liberado de una larga pena que intenta rehacer su vida, proteger a una niña vulnerable y expiar errores pasados, mientras un funcionario inflexible persigue el orden jurídico. Entre entrelazadas historias de sacrificio, desesperación y pequeñas bondades, se exponen la explotación, la miseria urbana y la hipocresía social. El texto alterna episodios dramáticos con amplias digresiones históricas y filosóficas sobre justicia, misericordia y redención, mostrando cómo actos individuales y estructuras sociales afectan destinos personales.

LIBRO OCTAVO
LOS CEMENTERIOS TOMAN LO QUE SE LES DA

I
Donde se trata de la manera de entrar en un convento

En esta casa fué donde Juan Valjean había, según dijo Fauchelevent, «caído del cielo».

Había saltado por la pared del jardín que formaba el ángulo de la calle Polonceau. Aquel himno de ángeles que había oído en medio de la noche, era el canto de maitines de las monjas; la sala que había visto en la obscuridad, era la capilla; la fantasma que vió tendida en tierra, era la hermana del poste en el acto del desagravio; la campanilla cuyo extraño ruido le había sorprendido tanto, era el cascabel del jardinero, atado á la pierna del tío Fauchelevent.

Acostada Cosette, Juan Valjean y Fauchelevent habían cenado, como hemos dicho, un pedazo de queso y un vaso de vino al amor de una buena hoguera chispeante; y como la única cama que había, estaba ocupada por Cosette, se habían echado cada uno sobre un haz de paja.

Juan Valjean antes de cerrar los ojos, había dicho: «Es preciso que me quede aquí». Esta frase había estado dando vueltas todo la noche en el cerebro de Fauchelevent.

Á decir verdad, ninguno de los dos durmió.

Juan Valjean, viéndose descubierto y perseguido por Javert, comprendía que tanto Cosette como él, estaban perdidos si entraban de nuevo en las calles de París. Puesto que la nueva ráfaga de viento que le impeliera le había arrojado á aquel claustro, ya no tenía Juan Valjean más que una idea: quedarse allí. Para un desgraciado en su posición, era el convento á la vez que el refugio más peligroso, el más seguro; el más peligroso, porque no pudiendo entrar allí ningún hombre, si era descubierto, lo sería en flagrante delito, y no tendría que esperar para ir á la cárcel; el más seguro, porque si conseguía que le admitiesen y se quedaba, ¿quién había de ir á buscarle allí? Habitar en un lugar imposible, era su salvación.

Fauchelevent, por su parte, se devanaba los sesos, acabando por conocer que nada comprendía.

¿Cómo se encontraba allí el señor Magdalena dadas las tapias del jardín? Las paredes de un claustro no se traspasan.

¿Cómo estaba allí llevando aquella niña? Una pared vertical no se escala llevando en brazos una criatura.

¿Quién era aquella niña? ¿De dónde venían ambos? Desde que Fauchelevent entró en el convento no había oído hablar más de M* sur M* y no sabía nada de lo que allí había pasado. El señor Magdalena tenía ese aspecto que desanima á los curiosos; y además, Fauchelevent se decía á sí mismo: Á un santo no se le interroga. El señor Magdalena había conservado para él todo su prestigio. Solamente por ciertas palabras escapadas á Juan Valjean el jardinero creyó poder deducir que el señor Magdalena había podido quebrar, á causa de las dificultades de la época, y que le perseguían sus acreedores, ó bien que se había comprometido en algún negocio político y debía ocultarse, lo cual no repugnaba á Fauchelevent, quien, como casi todos los campesinos del Norte, tenía un antiguo fondo bonapartista. Ocultándose, pues, el señor Magdalena, había buscado un asilo en el convento, y era natural que quisiese permanecer en él. Pero lo inexplicable, y en lo cual devanaba inútilmente sus sesos Fauchelevent, era en el cómo había entrado allí el señor Magdalena, y entrado además con la niña. Fauchelevent los veía, los tocaba, les hablaba, y no podía creerlo. Lo incomprensible acababa de hacer su entrada en el tabuco de Fauchelevent, que andaba á tientas en medio de mil diversas conjeturas, y no veía claro sino esto: Que el señor Magdalena le había salvado la vida.

Esta única certidumbre le bastaba para decidirse. Díjose para sí: Ha llegado mi turno. Y añadió en conciencia: El señor Magdalena no deliberó tanto cuando se metió debajo de la carreta para sacarme de allí. Y decidió salvar al señor Magdalena.

Esto no obstante se hizo algunas preguntas dándose las correspondientes respuestas: Después de lo que hizo por mí, si fuera un ladrón ¿le salvaría? Sin duda alguna. Si fuera un asesino, ¿le salvaría? Igualmente. Entonces siendo un santo, ¿le salvaré? no hay duda.

Pero hacer que se quede en el convento, ¡ahí está la dificultad!

Ante esta tentativa, casi quimérica, no retrocedió Fauchelevent; aquel pobre campesino picardo, sin más medios que su buena intención y voluntad, y algo de esa proverbial astucia del lugareño, puesta á la sazón al servicio de una intención generosa, propúsose escalar las imposibilidades del claustro y las duras escabrosidades de la regla de San Benito. El tío Fauchelevent era un viejo que había sido egoísta toda su vida, y que al fin de sus últimos días, cojo, enfermo y sin vínculo alguno en el mundo, encontró un placer en el agradecimiento; y viendo que podía hacer una buena acción se arrojó como un hombre que en el momento de la muerte, se encontrase en la mano un vaso de buen vino del que jamás hubiese catado, y se lo bebiese con avidez.

Puede añadirse también, que el aire que respiraba hacía algún tiempo en aquel convento había destruido su personalidad, habiendo acabado por hacerle necesaria una buena acción, cualquiera que fuése.

Tomó, pues, la resolución de consagrarse al señor Magdalena.

Acabamos de calificarle de pobre campesino picardo. La calificación es justa, pero incompleta. En el punto á que hemos llegado de esta historia, es conveniente dar alguna idea fisiológica del tío Fauchelevent. Era aldeano; pero había sido escribiente, lo cual añadía la astucia curialesca á su astucia natural, y cierta penetración á su sencillez. Habiéndole salido mal sus negocios, por diferentes causas, pasó de curial á carretero y bracero.

Sin embargo, á despecho de los juramentos y los latigazos, que necesitan, al parecer, los caballos, había seguido interiormente siendo curial. Tenía cierto talento natural: no decía j'ons ni j'avons; sostenía una conversación, cosa rara en una aldea; y sus paisanos decían de él: habla casi como un señor de sombrero. Fauchelevent pertenecía efectivamente á la clase que el vocabulario impertinente y superficial del último siglo llamaba: «entre burgués y rústico»; y que las metáforas que iban del palacio á la cabaña, calificaban de «medio villano, y medio cortesano; sal y pimienta».

Fauchelevent, aunque muy probado y aún gastado por la suerte, especie de pobre y gastado ánimo, cuya trama se veía claramente, era hombre de primer impulso y muy espontáneo; preciosa cualidad que impide siempre ser malo. Sus defectos y sus vicios, porque los había tenido, eran superficiales; en suma, su fisonomía era de las que simpatizan desde luego con el observador. Su rostro no tenía ninguna de aquellas arrugas siniestras en lo alto de la frente, que indican perversión ó brutalidad.

Al amanecer, después de haber meditado muchísimo, el tío Fauchelevent abrió los ojos y vió al señor Magdalena, que sentado sobre un haz de paja, contemplaba á Cosette dormida. Fauchelevent se incorporó y le dijo:

—Y ahora que estáis aquí, ¿como vais á componeros para salir?

Esta frase resumía la situación, sacando á Juan Valjean de sus meditaciones.

Los dos buenos hombres celebraron consejo.

Tenéis que empezar,—dijo Fauchelevent,—por no poner los pies fuera de este cuarto ni la niña ni vos. Un paso en el jardín nos perdería.

—Naturalmente.

—Señor Magdalena,—continuó Fauchelevent,—habéis llegado en muy buen momento, quiero decir, muy malo; hay una de estas señoras muy enferma. Esto hará que no vengan á mirar mucho por aquí.

Parece que se muere. Están rezando las cuarenta horas. Toda la comunidad está en el aire, ya no piensa más que en eso. La moribunda es una santa; y no es extraño, porque aquí somos santos todos. La diferencia entre ellas y yo sólo está en que ellas dicen: nuestra celda, y yo digo: mi choza. Ahora van á rezar la oración de los agonizantes, y luego la de los muertos. Por hoy podemos estar aquí tranquilos; pero no respondo de mañana.

—Sin embargo,—dijo Juan Valjean,—esta choza está en un recodo de la pared; está además oculta por unas ruinas y por los árboles, y no se la ve desde el convento.

—Y yo añado que las religiosas no se acercan nunca por aquí.

—¿Entonces?—dijo Juan Valjean.

Este «entonces» acentuado por un interrogante, significaba: Me parece que podemos permanecer aquí escondidos. Á esto respondió Fauchelevent:

—Pero están las niñas.

—¿Qué niñas?—interrogó Juan Valjean.

Cuando Fauchelevent abría la boca para explicar lo que acababa de decir, se oyó una campanada.

—La religiosa ha muerto,—dijo.—Éste es el toque.

É hizo una seña á Juan Valjean para que escuchara.

Sonó otra campanada.

—Es el toque, señor Magdalena. La campana seguirá tocando de minuto en minuto, durante veinticuatro horas, hasta la salida del cuerpo de la iglesia. Ya veis, las niñas juegan. En las horas de recreo basta que una pelota ruede un poco más para que llegue hasta aquí, á pesar de las prohibiciones, y vengan á buscar y recorrer todo esto. Son unos diablillos esos querubines.

—¿Quiénes?—preguntó Juan Valjean.

Las niñas. Os descubrirían enseguida, y gritarían: ¡un hombre! Por hoy no hay cuidado, porque no hay recreo. El día se va á ir en rezos. ¿Oís la campana? Como os he dicho, dará un golpe cada minuto. Es el toque.

Ya entiendo, tío Fauchelevent; hay colegialas.

Juan Valjean pensó para sí:

—¡Sería la educación de Cosette finalmente encontrada!

Fauchelevent exclamó:

—¡Pardiez! ¡Si hay colegialas! ¡Y que no chillarían al veros! ¡Y que no huirían! Porque aquí ser hombre es estar apestado. Ya veis que á mí me hacen llevar una campanilla en la pata como una fiera.

Juan Valjean continuaba meditando cada vez más profundamente. «Este convento podrá ser nuestra salvación», murmuró. Luego levantó la voz diciendo:

—Sí, lo difícil es quedarse.

—No, dijo Fauchelevent;—lo difícil es salir.

Juan Valjean sintió que le afluía la sangre al corazón.

—¡Salir!

—Sí, señor Magdalena; para volver á entrar es preciso salir.

Y después de haber dejado pasar una campanada de duelo, continuó:

—Así no podéis continuar aquí. ¿De dónde venís? para mí habéis caído del cielo, porque os conozco; pero para las religiosas es menester haber entrado por la puerta.

Oyóse en este momento un toque bastante complicado de otra campana.

—¡Ah!—dijo Fauchelevent.—Llaman á las madres vocales al capítulo. Siempre que muere alguna celebran capítulo. Ha muerto al amanecer; es la hora en que se suele morir.

Pero ¿no podríais salir por donde habéis entrado? Veamos, yo no lo digo por preguntar: ¿por dónde habéis entrado?

Juan Valjean se puso pálido. La sola idea de volver á bajar aquella temible calle le hacía temblar. Salir de una selva de tigres, y estando ya fuera, pensad en el efecto que os haría el consejo de un amigo que os invitara á entrar otra vez. Juan Valjean se figuraba ver á toda la policía recorriendo el barrio, á los agentes en observación, centinelas por todas partes, horribles garras extendidas hacia su cuello, y al mismo Javert quizá en el centro de la encrucijada.

—¡Imposible!—dijo.—Tío Fauchelevent, suponed que he caído del cielo.

—Si yo lo creo, por mí lo creo,—respondió Fauchelevent.—No tenéis necesidad de decírmelo. Dios os habrá cogido con la mano para veros de cerca, y después os habrá soltado. Sólo que sin duda quería llevaros á un convento de hombres, y se ha equivocado.

¿Otro toque? ¡Ah! es para decir al portero que vaya á avisar á la municipalidad, para que ordene al médico de los muertos á que venga á ver el cadáver. Todo esto es la ceremonia de cuando se muere; pero á estas señoras no les gusta mucho esa visita. Un médico no cree en nada. Viene, levanta el velo, y algunas veces otra cosa también. ¡Qué prisa han tenido esta vez para avisar al médico! ¿Qué será ello?

Vuestra niña duerme. ¿Cómo se llama?

—Cosette.

—¿Es hija vuestra? Ó lo que es igual ¿sois su abuelo?

—Sí.

—Á ella le será fácil salir de aquí. Hay una puerta excusada que da al patio. Llamo, el portero abre, yo llevo mi cesto al hombro, la niña va dentro, y salgo. El tío Fauchelevent sale con su cesto; esto es muy sencillo.

Diréis á la niña que esté quietecita debajo de la tapa. Después la deposito el tiempo necesario en casa de una vieja frutera, amiga mía, sorda, que vive en la calle de Chemin Vert, donde tiene una camita. Le gritaré al oído, que es una sobrina mía que la tenga allí hasta mañana; y luego la niña entrará con vos, pues yo os facilitaré la entrada. Será preciso. Pero vos, ¿cómo vais á salir?

Juan Valjean meneó la cabeza.

—Todo consiste en que nadie me vea, tío Fauchelevent. Buscad un medio de que salga como Cosette, en un cesto y bajo una tapa.

Fauchelevent se rascó la punta de la oreja con el dedo medio de la mano izquierda, señal evidente de grave apuro.

Oyóse un tercer toque.

—El médico de los muertos se va,—dijo Fauchelevent.—Habrá mirado y dicho: Bien; está muerta. Cuando el médico ha visado el pasaporte para el paraíso, la administración de pompas fúnebres envía un ataúd. Si se trata de una madre, la amortajan las madres; si de una hermana, la amortajan las hermanas. Después clavo yo la caja. Esto forma parte de mis obligaciones de jardinería. Por lo visto, un jardinero tiene algo de sepulturero. Se deposita el cadáver en una sala baja de la iglesia, que da á la calle, y en la que no puede entrar ningún hombre más que el médico de los muertos, pues no cuento como hombres á los sepultureros ni á mí. En dicha sala es donde clavo yo la caja. Los sepultureros vienen por ella, y ¡arrea, cochero! Así es cómo se va á los cielos. Traen una caja donde no hay nada, y se la llevan con algo dentro. Y he ahí lo que es un entierro. De profundis.

Un rayo de sol horizontal iluminaba el rostro de Cosette dormida, que abría vagamente los labios. Parecía un ángel bebiendo la luz. Juan Valjean se puso á contemplarla. No escuchaba ya á Fauchelevent.

El no ser escuchado no es razón para callarse. El buen jardinero continuó pacíficamente su charla:

—Se abre la fosa en el cementerio de Vaugirard, que según dicen, va á ser suprimido. Es un cementerio antiguo que está fuera de las ordenanzas, que no tiene uniforme y va á tomar el retiro. Es lástima, porque es muy cómodo. Tengo allí un amigo, el tío Mestienne, el sepulturero. Estas monjas tienen el privilegio de ser enterradas al caer de la noche. Existe un decreto de la prefectura dado expresamente para ellas.

¡Qué de acontecimientos desde ayer! Ha muerto la madre Crucifixión, y el señor Magdalena ha...

—Sido enterrado,—dijo Juan Valjean, sonriendo tristemente.

Fauchelevent hizo rebotar la palabra.

—¡Diablo! Si estuviérais aquí en realidad, sería ello un verdadero entierro.

Oyóse un cuarto toque. Fauchelevent descolgó precipitadamente del clavo la rodillera con el cascabel, y se la puso en la pierna.

—Esta vez el toque es para mí. Me llama la madre priora. Bueno, me he pinchado con la punta de la hebilla. Señor Magdalena, no os mováis de aquí, esperadme. Algo de nuevo ocurre. Si tenéis necesidad, ahí encontraréis vino, pan y queso.

Y salió del cuchitril diciendo:—¡Allá voy, allá voy!

Juan Valjean le vió atravesar el jardín tan deprisa cuanto lo permitía su pierna torcida, mirando de pasada su melonar.

Antes de diez minutos el tío Fauchelevent, cuya campanilla dispersaba á su paso las religiosas, llamaba suavemente á una puerta, y una voz dulce respondía: Por siempre jamás. Por siempre jamás, es decir: Adelante.

Aquella puerta era la del locutorio reservado al jardinero para las necesidades del servicio, el cual estaba contiguo á la sala capitular. La priora, sentada en la única silla del locutorio, esperaba á Fauchelevent.

II
Fauchelevent ante la dificultad

El aire agitado y grave es peculiar en ocasiones críticas á ciertos caracteres y ciertas profesiones, y especialmente á los curas y frailes. En el momento en que entró Fauchelevent, estaba impreso este doble signo de la preocupación en la fisonomía de la priora, que era aquella buena é ilustrada señorita de Bleumeur, madre Inocente, generalmente alegre.

El jardinero hizo un saludo tímido, y se paró en el umbral de la celda. La priora, que estaba pasando las cuentas de su rosario, levantó los ojos y le dijo:

—¡Ah! ¿Sois vos, tío Fauvent?

Tal era la abreviación adoptada en el convento.

Fauchelevent repitió el saludo.

—Tío Fauvent, os he mandado llamar.

—Aquí me tenéis, reverenda madre.

—Tengo que hablaros.

—Y yo por mi parte,—dijo Fauchelevent con un valor que le asustaba interiormente,—tengo también algo que decir á la reverendísima madre.

La priora le miró.

—¡Ah! ¿Tenéis que comunicarme algo?

—Una súplica.

—Está bien, hablad.

El buen Fauchelevent, ex-escribiente, pertenecía á la categoría de los aldeanos que tienen mucho aplomo. Cierta hábil ignorancia es una gran fuerza; no se desconfía de ella, y engaña. En los dos años largos que Fauchelevent llevaba en el convento, se había granjeado el afecto de la comunidad. Siempre solitario y siempre dedicado á su jardín, no tenía realmente otro que hacer que ser curioso. Á la distancia que estaba de todas aquellas mujeres, que iban y venían cubiertas con su velo, no veía delante de sí más que una agitación de sombras. Á fuerza de atención y penetración había llegado á reponer la carne en todas aquellas fantasmas, así es que aquellas muertas vivían para él. Era como un sordo cuya vista se alarga, ó como un ciego cuyo oído se aguza. Se había dedicado á estudiar y explicarse la significación de los diversos toques de campana, y lo había conseguido, de modo que aquel claustro enigmático y taciturno no tenía misterios para él, aquella esfinge le decía al oído todos sus secretos. Fauchelevent, sabiéndolo todo, lo ocultaba todo. Éste era su arte. Todo el convento le creía estúpido; gran mérito en religión. Las madres vocales le hacían caso. Era un mudo curioso. Y así inspiraba confianza.

Luego lo hacía todo con mucha regularidad, y no salía nunca más que para sus necesidades naturales de hortelano y jardinero. Esta discreción de salidas se le tenía muy en cuenta.

No por eso había dejado de hacer hablar á dos hombres: en el convento al portero, por cuyo medio sabía las particularidades del locutorio; y en el cementerio al enterrador, con lo cual sabía las particularidades de la sepultura; de manera, que tenía respecto de las religiosas una doble luz, así sobre la vida como sobre la muerte. Pero de nada abusaba.

La congregación le apreciaba.

Viejo, cojo, casi ciego, probablemente algo sordo, ¡qué de cualidades! Difícilmente se le hubiera podido reemplazar.

El buen hombre, con la seguridad del que se ve apreciado, entabló, frente á frente con la reverenda priora, una arenga de aldeano bastante difusa y muy profunda. Habló largamente de su edad, de sus enfermedades, del peso de los años, contándolos dobles, de las exigencias crecientes del trabajo, de la extensión del jardín, de las noches que pasaba, como la última, por ejemplo, en que había tenido que cubrir con estera los melones resguardándolos de los efectos de la luna, acabando por decir: que tenía un hermano (la priora hizo un movimiento), un hermano no joven (segundo movimiento de la priora, pero movimiento de tranquilidad), que si se le permitía podría su hermano vivir con él y ayudarle; que era un excelente jardinero; que la comunidad podría utilizar sus buenos servicios, mejores que los suyos; que de no ser admitido su hermano, él, que era el mayor, sintiéndose cascado é inútil para el trabajo, se vería bien á pesar suyo, obligado á marcharse; y que su hermano tenía una niña, que llevaría consigo y se educaría en Dios en la casa, y podría, ¿quién sabe? llegar á monja.

Cuando hubo terminado, la priora interrumpió el recorrido de las cuentas de su rosario entre los dedos, y le dijo:

—¿Podríais procuraros de aquí á la noche una barra fuerte de hierro?

—¿Para hacer?

—Una palanca.

—Sí, reverenda madre,—respondió Fauchelevent.

La priora, sin decir una palabra más se levantó y entró en el cuarto inmediato, que era la sala capitular, donde estaban reunidas, probablemente, las madres vocales.

Fauchelevent, quedó solo.

III
La madre Inocente

Trascurrió próximamente un cuarto de hora. La priora entró de nuevo sentándose otra vez en la silla.

Los dos interlocutores parecían preocupados. Trascribiremos lo mejor que podamos el diálogo que se empeñó:

—¿Tío Fauvent?

—¿Madre reverenda?

—¿Conocéis bien la capilla?

—Tengo en ella un pequeño rincón para oir misa y asistir á los oficios.

—¿Habéis entrado en el coro alguna vez?

—Dos ó tres.

—Es preciso levantar una piedra.

—¿Pesada?

—La losa del suelo que está junto al altar.

—¿La piedra que cierra la bóveda?

—Sí.

—Es obra para la que se necesitan dos hombres.

—La madre Ascensión, que es fuerte como un hombre, os ayudará.

—Una mujer no es nunca un hombre.

—No tenemos más que una mujer para ayudaros. Cada uno hace lo que puede. Porque Mabillón dé cuatrocientas diez y siete epístolas de san Bernardo, y Merlonus Horstius no dé más que trescientas sesenta y siete, no he de despreciar á Merlonus Horstius.

—Ni yo tampoco.

—El mérito consiste en trabajar según nuestras fuerzas. Un claustro no es un taller.

—Ni una mujer un hombre. ¡Mi hermano sí que es fuerte!

—Además, tendréis una palanca.

—Ésta es la única llave que va bien á semejantes puertas.

—La piedra tiene una argolla.

—Pasaré por ella la palanca.

—La piedra está colocada de modo que pueda girar.

—Está bien, reverenda madre; abriré la bóveda.

—Las cuatro madres cantoras os ayudarán.

—¿Y cuando la bóveda esté abierta?

—Será preciso volverla á cerrar.

—¿Es esto todo?

—No.

—Dadme vuestras órdenes, madre reverendísima.

—Fauvent, tenemos confianza en vos.

—Estoy aquí para lo que se ofrezca.

—Y para callar.

—Sí, reverenda madre.

—Cuando esté abierta la bóveda...

—La cerraré de nuevo.

—Pero antes...

—¿Qué, reverenda madre?

—Será preciso bajar algo.

Hubo un momento de silencio. La priora, después de hacer un movimiento con el labio inferior que parecía indicar cierta duda, lo rompió:

—¿Tío Fauvent?

—¿Reverenda madre?

—¿Sabéis que esta mañana ha fallecido una madre?

—No.

—¿No habéis oído la campana.

—En el fondo del jardín no se oye nada.

—¿De veras?

—Apenas distingo yo mi toque.

—Ha muerto al amanecer.

—Además, esta mañana el viento soplaba de la parte contraria.

—Es la madre Crucifixión. ¡Una bienaventurada!

La priora se calló, moviendo un momento los labios como haciendo oración mental, y continuó:

—Hace tres años, que sólo por haber visto rezar á la madre Crucifixión, una jansenista, la señora de Béthune, se hizo ortodoxa.

—¡Ah! Sí; ahora oigo el toque, reverenda madre.

—Las madres la han llevado al departamento de las difuntas que da á la iglesia.

—Ya sé.

—Ningún hombre más que vos puede y debe entrar en dicho departamento; vigilad bien. ¡Tendría que ver que un hombre entrase en el depósito de los muertos!

—¡Con más frecuencia!

—¿Eh?

—¡Con más frecuencia!

—¿Qué es lo que decís?

—Que con más frecuencia.

—¿Con más frecuencia que qué?

—Reverenda madre, no digo con más frecuencia que qué, digo sencillamente con más frecuencia.

—No os comprendo. ¿Por qué decís con más frecuencia?

—Por decir lo que vos, reverenda madre.

—Pero yo no he dicho con más frecuencia.

—No lo habéis dicho; pero lo he dicho yo para decir lo que vos.

En este momento dieron las nueve.

—Á las nueve de la mañana, y á todas horas, alabado y adorado sea el Santísimo Sacramento del altar,—dijo la priora.

—Amén,—contestó Fauchelevent.

La hora sonó muy oportunamente, cortando el «con más frecuencia». Es muy probable que sin esta interrupción la priora y Fauchelevent no hubiesen desenredado nunca aquella madeja.

Fauchelevent se enjugó la frente.

La priora murmuró de nuevo por lo bajo, rezando sin duda, y dijo después levantando la voz:

—Durante su vida hizo la madre Crucifixión muchas conversiones; después de muerta hará milagros.

—¡Los hará!—contestó Fauchelevent afirmándose en su terreno, y esforzándose para no volver á tropezar.

—Tío Fauvent, la comunidad ha sido bendecida en la madre Crucifixión. Sin duda no es dado á todo el mundo morir como el cardenal de Bérulle celebrando la santa misa, y exhalar el alma hacia Dios pronunciando estas palabras: Hanc igitur oblationem. Pero sin alcanzar tanta dicha, la madre Crucifixión ha tenido una buena muerte. Ha conservado el conocimiento hasta el postrer instante. Nos hablaba á nosotras, y luego hablaba á los ángeles. Nos ha hecho sus últimos encargos. Si tuviérais un poco más de fe, y hubiérais podido estar en su celda, os habríais curado la pierna con sólo tocarla. Sonreía de continuo. Sentíase que iba á resucitar en Dios. Adivinábase en su muerte el paraíso.

Fauchelevent creyendo que terminaba una oración, dijo:

—Amén.

—Tío Fauvent, es preciso cumplir las disposiciones de los muertos.

La priora recorrió algunas cuentas de su rosario. Fauchelevent continuó callado.

Ella prosiguió:

—He consultado sobre este punto á varios eclesiásticos trabajadores en la viña del Señor, que se ocupan en los ejercicios de la vida clerical recogiendo admirables frutos.

—Reverenda madre, desde aquí se oyen los toques mucho mejor que desde el jardín.

—Y luego, que más que una difunta, es una santa.

—Como vos, madre reverenda.

—Dormía en su ataúd desde hace veinte años, por concesión expresa de nuestro santo padre Pío VII.

—El que coronó al emp... Buonaparte.

Para un hombre hábil como Fauchelevent, semejante recuerdo era una torpeza. Afortunadamente la priora, entregada á sus meditaciones, no le entendió.

—¿Tío Fauvent?

—¿Reverenda madre?

—San Diódoro, arzobispo de Capadocia, quiso que en su sepultura se escribiese sólo esta palabra: Acarus, que significa gusano de tierra, y así se hizo. ¿No es verdad?

—Sí, reverenda madre.

—El bienaventurado Mezzocane, abad de Aquila, quiso ser inhumado bajo la horca, y se hizo así.

—Es verdad.

—San Terencio, obispo de Porto, en la desembocadura del Tíber, pidió que se grabase en la losa de su sepulcro el signo que se ponía en la losa de los parricidas, con el deseo de que los transeuntes escupiesen sobre su tumba. Y así se hizo también. Que es preciso obedecer á los muertos.

—Así sea.

—El cuerpo de Bernardo Guidonis nacido en Francia cerca de Roche Abeille, fué, según había dispuesto, y á pesar del Rey de Castilla, conducido á la iglesia de los dominicos de Limoges, por más que Bernardo Guidonis hubiese sido obispo de Tuy en España. ¿Puede decirse lo contrario?

—No, reverenda madre.

—El hecho está atestiguado por Plantavit de la Fosse.

Volvieron á correr en silencio las cuentas del rosario.

La priora continuó:

—Tío Fauvent, la madre Crucifixión será enterrada en el ataúd en que ha dormido por espacio de veinte años.

—Es justo.

—Es una continuación del sueño.

—¿Tendré, pues, que clavarla en ese ataúd?

—Sí.

—¿Y prescindiremos de la caja de las pompas fúnebres?

—Naturalmente.

—Estoy á las órdenes de la reverendísima comunidad.

—Las cuatro madres cantoras os ayudarán

—¿Á clavar la caja? No hay necesidad.

—No; á bajarla.

—¿Adónde?

—Á la bóveda.

—¿Qué bóveda?

—Debajo del altar.

Fauchelevent dió un brinco.

—¿En la bóveda debajo del altar?

—Debajo del altar.

—Pero...

—Llevaréis una barra de hierro.

—Sí; pero...

—¡Levantaréis la piedra introduciendo la barra en el anillo!

—Pero...

—Debemos obedecer á los muertos. El deseo supremo de la madre Crucifixión ha sido ser enterrada en la bóveda debajo del altar de la capilla, no descansar en tierra profana; continuar muerta en el mismo sitio en que ha rezado viva. Así nos lo ha pedido, es decir, mandado.

—Pero eso está prohibido.

—Prohibido por los hombres; mandado por Dios.

—¿Y si llega á saberse?

—Confiamos en vos.

—¡Oh! Yo soy una piedra de estas paredes.

—Se ha reunido el capítulo. Las madres vocales á quienes acabo de consultar, y que están aún deliberando, han decidido que la madre Crucifixión sea, según su orden, enterrada en su ataúd, debajo del altar. ¡Figuraos, tío Fauvent, si se llegasen á hacerse aquí milagros! ¡Qué gloria en Dios para la comunidad! Los milagros salen de las tumbas.

—Pero, reverenda madre, si el inspector de la comisión de salubridad...

—San Benito II, en materia de sepulturas, resistió á Constantino Pogonates.

—No obstante, el comisario de policía...

—Chonodemaro, uno de los siete reyes alemanes que entraron en las Galias, bajo el imperio de Constancio, reconoce expresamente el derecho de los religiosos á ser enterrados en religión, es decir, debajo del altar.

—Pero el inspector de la prefectura...

—El mundo no significa nada ante la cruz. Martín, undécimo general de los cartujos, dió esta divisa á su orden: Stat crux dum volvitur orbis.

—Amén,—dijo Fauchelevent, que seguía imperturbablemente su costumbre de salir del paso siempre que oía hablar en latín.

Un auditorio cualquiera le basta á quien se ha estado callado mucho tiempo. El día en que el retórico Gymnastoras salió de la cárcel, llevando el cuerpo lleno de dilemas y silogismos reprimidos, se paró ante el primer árbol que encontró, arengándole y haciendo grandes esfuerzos para convencerle. La priora, habitualmente sujeta al dique del silencio, tenía demasiado lleno el depósito, y se levantó, exclamando con una locuacidad propia de una compuerta que se levanta:

—Tengo á mi derecha á Benito y á mi izquierda á Bernardo. ¿Quién es Bernardo? El primer abad de Claraval. Fontaines, en Borgoña es el país bendito por haberle visto nacer. Su padre se llamaba Tecelino y su madre Aletha. Principió en Císter para llegar á Claraval; fué ordenado de presbítero por el obispo de Chalón del Saona Guillermo de Champeaux; tuvo setecientos novicios, y fundó ciento sesenta monasterios; él fué quien derribó á Abelardo en el concilio de Sens en 1140, como á Pedro de Bruys y Enrique su discípulo, y á otra secta de extraviados, que se llamaban los apostólicos; confundió á Arnoldo de Brescia; anonadó al monje Raoul, el matador de judíos; dominó en 1148 el concilio de Reims; hizo condenar á Gilberto de la Porée, obispo de Poitiers, y á Éon de l'Etoile; intervino en las diligencias de los príncipes; iluminó al rey Luis el Joven; aconsejó al papa Eugenio III; arregló el Temple; predicó la Cruzada; hizo doscientos cincuenta milagros durante su vida, y hasta treinta y nueve en sólo un día.

¿Quién es Benito? Es el patriarca de Montecasino, es el segundo fundador de la Santidad Claustral, el Basilio de Occidente. Su orden ha producido cuarenta papas, doscientos cardenales, cincuenta patriarcas, mil seiscientos arzobispos, cuatro mil seiscientos obispos, cuatro emperadores, doce emperatrices, cuarenta y seis reyes, cuarenta y una reinas, tres mil seiscientos santos canonizados, y subsiste aún, después de mil cuatrocientos años.

¡De un lado San Bernardo, de otro el encargado de la salubridad! ¡De un lado San Benito, de otro el inspector de vialidad! El Estado, la vialidad, las pompas fúnebres, los reglamentos, la administración, ¿qué tenemos nosotras que ver con eso? Cualquiera se indignaría al ver cómo se nos trata. ¡Ni aun tendremos el derecho de dar nuestras cenizas á Jesucristo! La salubridad es una invención revolucionaria. Dios subordinado al comisario de policía: ése es el siglo. ¡Silencio, Fauvent!

Fauchelevent, bajo semejante ducha, no estaba, en verdad, muy á su gusto. La priora continuó:

—El derecho del monasterio á la sepultura no es dudoso para nadie. No pueden negarlo más que los fanáticos y los ilusos. Vivimos en unos tiempos de confusión terrible. Se ignora lo que se debe saber, y se sabe lo que se debe ignorar. Dominan la ignorancia y la impiedad. Hay gentes en esta época que no hacen distinción entre el grandísimo San Bernardo y el Bernardo llamado de los Pobres Católicos, un buen eclesiástico que vivía en el siglo XIII. Otros blasfeman hasta el punto de comparar el cadalso de Luis XVI con la cruz de Jesucristo. Luis XVI no era más que un rey. ¡Tengamos, pues, en cuenta á Dios!

No hay ya nada justo ni injusto. Se sabe el nombre de Voltaire, y se ignora el de César de Bus. Y sin embargo, César de Bus es un bienaventurado, y Voltaire un infeliz. El último arzobispo, el cardenal de Périgord, ni aun sabía que Carlos de Gondren sucedió á Bérulle, y Francisco Bourgoin, á Gondren, y Juan Francisco Senault á Bourgoin, y el padre Santa Marta á Juan Francisco Senault. Se sabe el nombre del padre Cotón, no porque fuése uno de los tres que contribuyeron á la fundación del Oratorio, sino porque dió motivo para uno de sus juramentos exclamatorios al rey hugonote Enrique VI.

Lo que hace á san Francisco de Sales simpático á las gentes del mundo, es que hacía fullerías en el juego.

¡Y luego se ataca á la religión! ¿Por qué? Porque ha habido malos sacerdotes; porque Sagitario, Obispo de Gap, era hermano de Salone, obispo de Embrun, y que ambos siguieron á Mommol. ¿Y eso qué importa? ¿Impide por ventura que Martín de Tours sea un santo, y de que diera la mitad de su capa á un pobre? Se persigue á los santos; se cierran los ojos á la verdad; se acostumbra el hombre á las tinieblas. Los animales más feroces son los ciegos. Nadie se acuerda del infierno para nada. ¡Ah pueblo pervertido! En nombre del rey significa hoy lo mismo que en nombre de la revolución. No se sabe lo que se debe á los vivos ni á los muertos. Está prohibido morir santamente. El sepulcro es un negocio civil. Esto es horroroso. San León II escribió expresamente dos cartas, la una á Pedro Notaire y la otra al rey de los visigodos, para combatir y rechazar en las cuestiones que se relacionan con los muertos, la autoridad del exarca, y la supremacía del emperador Gauthier, obispo de Châlons, se las tuvo tiesas en esta materia á Otón, duque de Borgoña. La antigua magistratura estaba en esto conforme. En otros tiempos teníamos nosotras voz en el capítulo, aun en las cosas del siglo. El abad de Císter, general de la orden, era consejero nato del parlamento de Borgoña. Podíamos hacer de nuestros muertos lo que queríamos. Pues qué, el mismo cuerpo de san Benito, ¿no está en Francia en la abadía de Fleury, llamada de San Benito del Loira, aunque murió en Italia en Montecasino, el sábado 21 de marzo del año 543? Todo esto es incontestable. Aborrezco á los intrusos; odio á los herejes, pero odiaría más aún á quién me sostuviese lo contrario. No hay más que leer á Arnaldo Wion, á Gabriel Bucelin, á Tritemo, á Maurólico y á Lucas de Achery.

La priora tomó aliento, volviéndose luego á Fauchelevent:

—Tío Fauvent, ¿está dicho?

—Está dicho, reverenda madre.

—¿Se puede contar con vos?

—Obedeceré.

—Está bien.

—Estoy completamente consagrado al convento.

—Quedamos entendidos. Cerrareis el ataúd; las hermanas le llevarán á la capilla y se rezará el oficio de difuntos. Después se volverán al claustro. Á las once y media vendréis con la barra de hierro, y todo se hará con el mayor sigilo. No habrá en la capilla nadie más que las cuatro madres cantoras, la madre Ascensión y vos.

—Y la hermana que esté en el poste.

—No se volverá.

—Pero oirá.

—No escuchará. Además, lo que el claustro sabe lo ignora el mundo.

Hubo todavía otra pausa: la priora continuó:

—Dejaréis vuestro cascabel. Es inútil que la hermana que esté en el poste advierta que estáis allí.

—¿Reverenda madre?

—¿Qué, tío Fauvent?

—¿Ha venido ya el médico de los muertos?

—Vendrá hoy á las cuatro. Ha sonado ya el toque que manda llamarle. ¿Pero vos no oís ningún toque?

—No me fijo más que en el mío.

—Muy bien hecho, tío Fauvent.

—Reverenda madre, se necesita una palanca lo menos de seis pies.

—¿De dónde la sacaréis?

—Donde no faltan rejas no pueden faltar barras de hierro. Tengo un montón de hierro viejo allá en el fondo del jardín.

—Tres cuartos de hora antes de la media noche; no lo olvidéis.

—¿Reverenda madre?

—¿Qué?

—Si otra vez tuviérais que hacer obras como ésta, mi hermano sí que es fuerte. ¡Un verdadero turco!

—Despacharéis lo antes posible.

—No por ganas podré ir más aprisa. Estoy tan delicado; no me vendría mal un buen auxiliar. Cojeo.

—El ser cojo no es una desgracia, es tal vez una bendición. El emperador Enrique II, que combatió al antipapa Gregorio y restableció á Benito VIII, tiene dos sobrenombres: el Santo y el Cojo.

—Es muy bueno eso de tener dos sobretodos,—murmuró Fauchelevent,—que en realidad tenía el oído un poco duro.

—Tío Fauvent, estoy pensando en que debemos tomarnos una hora entera. Y no será demasiado. Estaréis junto al altar mayor con la barra de hierro á las once. El oficio empezará á las doce, y es menester que todo esté concluido un cuarto de hora antes.

—Todo lo haré para probar mi celo por la comunidad. Está dicho. Clavaré el ataúd. Á las once en punto estaré en la capilla. Estarán ya allí las madres cantoras y la madre Ascensión. Dos hombres valdrían mucho más. En fin, ¡no importa! Llevaré mi palanca. Abriremos la bóveda, bajaremos el ataúd, volveremos á cerrar. Y punto concluido; no va á quedar el menor rastro. El Gobierno nada sospechará. Reverenda madre, ¿todo quedará así arreglado como queréis?

—No.

—¿Hay más que hacer?

—Sobre la caja vacía...

Esto produjo un momento de silencio. Fauchelevent meditaba. La priora meditaba igualmente.

—Tío Fauvent. ¿Qué haremos del ataúd?

—Le enterraremos.

—¿Vacío?

Nuevo silencio. Fauchelevent hizo con la mano izquierda esa especie de gesto que parece dar por terminada una cuestión enojosa.

—Reverenda madre, soy yo quien he de clavar la caja en el depósito de la iglesia; nadie puede entrar allí más que yo; yo cubriré el ataúd con el paño mortuorio.

—Sí, pero los mozos al llevarle al carro, y al bajarle á la fosa, conocerán fácilmente que no tiene nada dentro.

—¡Ah, di...!—exclamó Fauchelevent.

La priora empezó á santiguarse, y miró fijamente al jardinero. El ablo se le quedó atascado en la garganta.

Apresuróse á inventar una salida para hacer olvidar el juramento.

—Reverenda madre, llenaré de tierra la caja y hará el mismo efecto que si llevara dentro un cuerpo.

—Tenéis razón. La tierra es lo mismo que el hombre. ¿De modo que llenaréis así el vacío del ataúd?

—Queda á mi cargo.

El semblante de la priora, hasta entonces turbado y sombrío, se serenó. Hizo al jardinero la señal del superior que despide al inferior. Fauchelevent se dirigió á la puerta. Cuando ya iba á salir, la priora levantó dulcemente la voz.

—Tío Fauvent, estoy satisfecha de vos. Mañana, después del entierro, acompañad á vuestro hermano, decidle que lleve también la niña.

IV
Donde parece que Juan Valjean había leído á Agustín Castillejo

Los pasos de un cojo son como las miradas de un tuerto: no llegan fácilmente adonde se dirigen. Por otra parte, Fauchelevent estaba perplejo. Empleó cerca de un cuarto de hora en llegar á la barraca del jardín. Cosette había despertado; Juan Valjean la había sentado cerca de la lumbre, y cuando entró Fauchelevent le estaba enseñando el cesto del jardinero, pendiente de la pared, y diciéndole:

—Oye bien, hijita. Es preciso que salgamos de esta casa; pero volveremos y estaremos muy bien en ella. Este buen hombre que vive aquí te llevará á cuestas ahí dentro. Tú me esperarás en casa de una señora, adonde iré á buscarte. ¡Si no quieres que te coja otra vez la Thénardier, obedece y no digas otra palabra!

Cosette hizo un movimiento de cabeza con aire grave.

Al ruido de Fauchelevent abriendo la puerta, se volvió Juan Valjean.

—¿Y qué?

—Todo está arreglado, y nada se ha hecho,—contestó Fauchelevent.—Tengo yo permiso para haceros entrar; pero antes es preciso salir. Aquí está el atolladero de la carreta. En cuanto á la niña, es cosa fácil.

—¿La llevaréis?

—¿Se estará callada?

—Yo respondo.

—Pero ¿y vos, señor Magdalena?

Y después de un silencio lleno de ansiedad, exclamó Fauchelevent:

—¡Pero salid por donde habéis entrado!

Juan Valjean, como la primera vez, se limitó á contestar:

—¡Imposible!

Fauchelevent, hablando más bien consigo mismo que con Juan Valjean, murmuró:

—Hay otra cosa que me atormenta. He dicho que la llenaré de tierra, y ahora se me ocurre que, llevando tierra en vez de un cuerpo, no tendrá semejanza verdadera. Se moverá, se correrá, los hombres lo conocerán.

¿Comprendéis, señor Magdalena? y el Gobierno se apercibirá.

Juan Valjean le miró atentamente, creyendo que deliraba.

Fauchelevent continuó:

—¿Cómo di...antres vais á salir? ¡Y es preciso que todo quede hecho mañana! Porque mañana os he de presentar. La priora os espera.

Entonces explicó á Juan Valjean que esto era en recompensa de un servicio que él, Fauchelevent, prestaba á la comunidad. Que en sus atribuciones entraba algo de sepulturero; que clavaba el ataúd y ayudaba al enterrador del cementerio. Que la religiosa que había muerto aquella mañana había pedido ser enterrada en el ataúd que le servía de cama, y sepultada en la bóveda debajo del altar de la capilla. Que esto estaba prohibido por los reglamentos de policía; pero que la religiosa era una de esas muertas á quienes nada se puede negar. Que la priora y las madres vocales creían que debían cumplir lo mandado por la difunta. Y que tanto peor para el Gobierno. Que, él, Fauchelevent, clavaría el ataúd en la celda, levantaría la losa de la capilla y bajaría el cadáver á la bóveda. Y que para recompensárselo, la priora admitiría á su hermano de jardinero y á su sobrina de educanda. Que su hermano sería el señor Magdalena y su sobrina Cosette. Que la priora le había dicho que llevase á su hermano el día siguiente por la tarde después del entierro simulado en el cementerio. Pero no podía traer de afuera al señor Magdalena, si el señor Magdalena no estaba afuera antes. Ésta es la primera dificultad. Después había otra: el ataúd vacío.

—¿Qué es eso del ataúd vacío?—preguntó Juan Valjean.

Fauchelevent respondió:

—El ataúd de la administración.

—¿Qué ataúd? ¿Y qué administración?

—Cuando una religiosa muere, viene el médico de la municipalidad y dice: Ha muerto una monja. El Gobierno envía el ataúd, y al día siguiente envía un carro fúnebre y sepultureros, que cargan el ataúd y se lo llevan al cementerio. Vendrán los sepultureros, levantarán la caja, y no habrá nada dentro.

—Pues meted cualquier cosa.

—¿Un muerto? No le tengo.

—No.

—¿Pues qué?

—Un vivo.

—¿Qué vivo?

—Yo,—dijo Juan Valjean.

Fauchelevent, que estaba sentado, se levantó como si hubiese estallado un petardo debajo de su silla.

—¿Vos?

—¿Y por qué no?

Juan Valjean dejó escapar una de esas sonrisas parecidas á un relámpago en un cielo de invierno.

—Sabéis, Fauchelevent, que habéis dicho: la madre Crucifixión ha muerto, y que yo añadí: y el señor Magdalena está enterrado. Pues ahí tenéis.

—¡Ah! os reís; no habláis formalmente.

—Hablo formalmente. ¿No es preciso salir de aquí?

—Sin duda.

—¿No os dije que buscarais también para mí un cesto y una tapa?

—¿Y qué?

—Que el cesto será de pino, y la tapa un paño negro.

—No; un paño blanco. Á las religiosas las entierran vestidas de blanco.

—Vaya por el paño blanco.

—Vos no sois un hombre como los demás, señor Magdalena.

Al oir Fauchelevent semejantes ocurrencias, que no eran otra cosa que las salvajes y temerarias invenciones del presidio, surgiendo de las cosas apacibles que le rodeaban, y mezclándose, con lo que él llamaba «la marcha regular del convento», sentía un estupor comparable al de un transeunte que viera á una gaviota metiendo el pico para pescar en el arroyo de la estrecha calle de San Dionisio.

Juan Valjean prosiguió:

—Se trata de salir de aquí sin ser visto; pues no deja de ser éste un medio. Pero antes instruidme. ¿Qué pasos se han de dar? ¿Dónde está ese ataúd?

—¿El vacío?

—Sí.

—Abajo, en la llamada sala de los muertos. Sobre dos caballetes y debajo del paño mortuorio.

—¿Cuál es la longitud de la caja?

—Seis pies.

—¿Y dónde está la sala de los muertos?

—Es una pieza del piso bajo que tiene una ventana con reja al jardín, la cual se cierra por fuera con un postigo, y dos puertas, una que da al convento, y otra á la iglesia.

—¿Á qué iglesia?

—Á la iglesia de la calle, la iglesia pública.

—¿Tenéis las llaves de ambas puertas?

—No. Tengo la de la puerta que da al convento, y el portero tiene la de la puerta que da á la iglesia.

—¿Y cuándo abre esa puerta el portero?

—Solamente para dar entrada á los sepultureros cuando vienen á buscar el ataúd. Cuando el ataúd sale, vuelve á cerrarse la puerta.

—¿Quién clava el ataúd?

—Yo.

—¿Quién pone el paño encima?

—Yo.

—¿Vos solo?

—Ningún otro hombre, excepto el médico de la policía, puede entrar en la sala de los muertos. Así está escrito en la pared.

—¿Y podríais esta noche, cuando todos duerman en el convento, ocultarme en dicha sala?

—No; pero puedo ocultaros en un cuartito obscuro que da á la propia sala de los muertos, donde guardo mis útiles de enterrar, y cuya llave tengo en mi poder.

—¿Á qué hora vendrá el carro mañana por el ataúd?

—Á eso de las tres de la tarde. El entierro se verificará en el Cementerio de Vaugirard poco antes de anochecer. No está muy cerca.

—Bien; estaré escondido en el cuartito de vuestras herramientas toda la noche y toda la mañana. ¿Y para comer? Porque tendré hambre.

—Yo os llevaré que comer.

—Podréis ir á encerrarme en el ataúd á las dos.

Fauchelevent retrocedió, haciendo chasquear los dedos.

—¡Pero es imposible!

—¡Bah! ¿Coger un martillo y clavar unos clavos en una tabla?

Lo que le parecía altamente difícil á Fauchelevent, era sencillísimo para Juan Valjean, quien había atravesado peores dificultades. El que ha estado en presidio sabe el arte de encogerse según el diámetro de las evasiones. El preso está sujeto á la fuga como el enfermo á la crisis que le salva ó le pierde. Una evasión es una curación. ¿Y qué es lo que no se acepta para curar? Dejarse encerrar y conducir en un cajón como un bulto, vivir largo tiempo en una caja, encontrar aire donde no le hay, economizar la respiración horas enteras, saber asfixiarse sin morir, todo ello era uno de los sombríos talentos de Juan Valjean.

Por lo demás, un ataúd dentro del cual va un ser viviente, si es estratagema de presidiario, lo es también de emperador. Si hemos de dar crédito al monje Agustín Castillejo, este fué el medio de que se valió Carlos V, al querer después de su adjudicación, ver por última vez á la Blomberg, para hacerla entrar y salir en el monasterio de Yuste.

Fauchelevent, algo tranquilizado, preguntó:

—Pero ¿cómo lo haréis para respirar?

—Respirando.

—¡Dentro de aquella caja! Solamente de pensar en ello me ahogo.

—Tendréis una barrena, está claro; haced unos agujeritos en rededor de la boca, y clavad luego sin apretar la tapa.

—¡Bueno! ¿Y si se os ocurre toser ó estornudar?

—El que se evade no tose ni estornuda jamás.

Y Juan Valjean añadió:

—Tío Fauchelevent, es preciso decidirse: ó ser aquí descubierto, ó salir en el carro de los muertos.

Todo el mundo conocerá la afición de los gatos á pararse y juguetear entre las hojas de una puerta entreabierta. ¿Quién no le ha dicho á un gato: pero entra de una vez? Hay hombres que cuando tienen un incidente abierto ante sus ojos, tienen también inclinación á permanecer indecisos entre dos resoluciones, á riesgo de hacerse aplastar por el destino cerrando bruscamente la aventura. Los más prudentes, por más gatos que sean, y porque gatos son precisamente, corren alguna vez mayor peligro que los audaces. Fauchelevent era naturalmente indeciso. Sin embargo, la sangre fría de Juan Valjean le dominó á pesar suyo, y murmuró:

—La verdad es que no hay otro medio.

Juan Valjean replicó:

—Lo único que me preocupa es lo que sucede en el cementerio.

—Pues eso es lo que á mí no me apura,—exclamó Fauchelevent.—Si tenéis seguridad de salir de la caja, yo la tengo de sacaros de la fosa. El enterrador es un borrachín amigo mío, el tío Mestienne, un viejo de cepa secular. El enterrador mete los muertos en la fosa, y yo meto al enterrador en mi bolsillo. Voy á deciros lo que sucederá. Llegaremos un poco antes de anochecer; tres cuartos de hora antes del cierre de la verja del cementerio. El carro llegará hasta la fosa, y yo le seguiré, porque éste es mi deber. Llevaré un martillo, escoplo y tenazas en el bolsillo. Se detendrá el carro; los mozos atarán una cuerda al ataúd, y os bajarán al hoyo. El capellán recitará las oraciones, hará la señal de la cruz, echará agua bendita y se retirará. Entonces quedaré yo sólo con el tío Mestienne, que es mi amigo, como os he dicho. Y sucederá una de dos: ó que esté borracho, ó que no lo esté. Si no está borracho, le diré: vente á echar un trago, mientras está abierto aún el Buen Membrillo. Me lo llevo y le emborracho: no cuesta mucho emborrachar al tío Mestienne, porque siempre está resbaladizo. Le dejo bajo la mesa, le cojo su tarjeta para volver á entrar en el cementerio, y entro de nuevo solo. Entonces ya no tenéis que habéroslas sino conmigo. Si no está borracho, le digo: anda, yo haré tu trabajo. Se va, y os saco del agujero.

Juan Valjean le tendió la mano, y Fauchelevent se precipitó á tomársela con toda la tierna efusión de que puede ser susceptible un campesino.

—Está convenido, tío Fauchelevent. Todo saldrá bien.

—Con tal que nada se descomponga,—pensó Fauchelevent.—¡Sería terrible!

V
No basta ser borracho para ser inmortal

Al día siguiente, cuando declinaba el sol, los escasos transeuntes de la calle ancha del Maine se quitaban el sombrero al paso de un carro fúnebre de antiguo modelo, adornado de calaveras, tibias y lágrimas. Este carro conducía un ataúd cubierto por un paño blanco, sobre el que se destacaba una cruz negra, semejante á un gran cadáver con los brazos colgando. Un coche enlutado, en el que iban un cura con sobrepelliz y un monaguillo con sotana roja, seguía al carro; á derecha é izquierda de él marchaban dos sepultureros de uniforme gris con adornos negros. Detrás iba un viejo cojeando y en traje de artesano. El cortejo se dirigía al cementerio de Vaugirard.

Del bolsillo del hombre se veían salir al mango de un martillo, la hoja de un escoplo y las puntas de unas tenazas.

El cementerio de Vaugirard era una excepción entre los cementerios de París. Tenía, por así decirlo, sus costumbres particulares, lo mismo que tenía su puerta cochera y su puerta pequeña, llamadas en el barrio por los viejos, siempre apegados á los dichos antiguos, la puerta de los caballeros y la puerta plebeya. Las bernardas-benedictinas del Pequeño-Picpus habían obtenido, según ya hemos dicho, el privilegio de ser enterradas en sitio aparte y por la tarde, en un terreno que había pertenecido á su comunidad. Los sepultureros estaban también sujetos á una disciplina particular, por lo que debían prestar ese servicio en el cementerio por la tarde en verano, y de noche en invierno. Las puertas de los cementerios de París se cerraban en aquella época al ponerse el sol; y siendo ésta una medida municipal, estaba sometido á ella el cementerio de Vaugirard lo mismo que todos los demás. La puerta de caballeros y la puerta de peatones eran dos verjas contiguas, situadas á los lados de un pabellón construido por el arquitecto Perronet, y habitado por el portero del cementerio. Estas verjas giraban por lo tanto inexorablemente sobre sus goznes en el momento en que el sol desaparecía por detrás de la cúpula de los Inválidos.

Si algún sepulturero al cerrarse las verjas se había quedado dentro, no tenía otro medio para salir, que presentar su nombramiento de enterrador, expedido por la administración de pompas fúnebres. En un postigo de la casa del guarda había una especie de buzón como los de correos. El sepulturero echaba en él su tarjeta; el guarda la oía caer, tiraba de una cuerda, y se abría la puerta de peatones. Si el sepulturero no llevaba su tarjeta, decía su nombre, y el guarda, que solía haberse acostado y dormido, se levantaba, le examinaba, y abría la puerta con la llave. El sepulturero salía, pero pagaba quince francos de multa.

Aquel cementerio, que con sus privilegios especiales rompía la simetría administrativa, fué suprimido poco después de 1830. El cementerio de Mont-Parnasse, llamado del Este, le sucedió, y heredó la famosa taberna medianera con el cementerio de Vaugirard, que tenía una muestra con un membrillo pintado, y formaba ángulo por un lado hacia las mesas de los bebedores, y por otro hacia las sepulturas, con esta inscripción: Al Buen Membrillo.

El cementerio de Vaugirard era lo que podía llamarse un cementerio en decadencia. Había caído en desuso. Le invadía la yerba, y le abandonaban las flores; los burgueses gustaban poco de que les enterrasen en Vaugirard; olía á pobre. El cementerio del Padre Lachaise ¡ya era otra cosa! Ser enterrado en él, era como tener muebles de caoba. En esto se conocía la elegancia. El cementerio de Vaugirard era un cercado venerable, plantado como los antiguos jardines franceses, con calles rectas, bojes, tuyas, acebos, sepulcros á la sombra de algunos tejos, y la yerba muy crecida. La noche era allí imponente. Presentaba líneas verdaderamente lúgubres.

Aún no se había puesto el sol, cuando el carro fúnebre del paño blanco con la cruz negra entró en la alameda del cementerio de Vaugirard. El cojo que le seguía era Fauchelevent.

El entierro de la madre Crucifixión en la bóveda debajo del altar, la salida de Cosette, la entrada de Juan Valjean en la sala de los muertos, todo se había llevado á cabo sin el menor obstáculo; nada había salido mal.

Digamos, como de pasada, que la inhumación de la madre Crucifixión debajo del altar es para nosotros una falta perfectamente venial. Es una de esas culpas que se parecen á un deber. Las religiosas lo habían hecho, no solamente sin turbación, sino con aplauso de su propia conciencia. En el claustro, lo que se llama «el gobierno» no es más que una intrusión en la autoridad, intrusión siempre discutible. Lo importante es la regla; en cuanto al Código, ya se verá. Hombres, haced cuantas leyes queráis; pero guardadlas para vosotros. El tributo que se paga al César, no es nunca más que el resto del tributo que se paga á Dios. Un príncipe no significa nada ante un principio.

Fauchelevent andaba renqueando muy satisfecho detrás del carro.

Sus dos conspiraciones juntas, una con las religiosas y otra con el señor Magdalena; una en pro del convento y contra el convento la otra, habían sido afortunadas por igual. La serenidad de Juan Valjean era una de esas tranquilidades potentes que se comunican.

Fauchelevent no dudaba del éxito. Lo que faltaba hacer ya no tenía la menor importancia. En dos años había emborrachado ya diez veces al sepulturero, al excelente tío Mestienne, que era un hombre tan bueno como mofletudo. Hacía de él lo que se le antojaba. Le encasquetaba el gorro á medida de su gusto; y la cabeza de Mestienne se ajuntaba perfectamente á la de Fauchelevent. Su confianza era, por lo tanto, completa.

Cuando el cortejo fúnebre entró en el camino que conducía directamente al cementerio, Fauchelevent, lleno de satisfacción, miró al carro, y dijo á media voz frotándose sus grandes manos:

—¡Vaya una farsa!

Paróse súbitamente el carro: había llegado á la verja. Como era preciso enseñar la licencia para el entierro, el encargado de las pompas fúnebres se adelantó y habló un momento con el portero. Durante este coloquio, que produjo una detención de dos ó tres minutos, apareció un desconocido y fué á colocarse detrás del carro, al lado de Fauchelevent: parecía un trabajador; llevaba una blusa con grandes bolsillos, y un azadón al brazo.

Fauchelevent miró á ese desconocido.

—¿Quién sois?—le preguntó.

El hombre le respondió:

—El sepulturero.

Si á Fauchelevent le hubiese cogido de lleno una bala de cañón, no hubiera hecho un movimiento más expresivo.

—¡El sepulturero!

—Sí.

—¡Vos!

—Yo.

—El sepulturero es el tío Mestienne.

—Ha sido.

—¿Cómo... ha sido!

—Porque ha muerto.

Fauchelevent lo había previsto todo, menos que pudiera morirse un enterrador.

Y sin embargo es cierto; también se mueren los enterradores: á fuerza de cavar fosas ajenas, van abriendo la propia.

Fauchelevent se quedó con la boca abierta. Apenas tuvo aliento para tartamudear:

—¡Pero esto no es posible!

—Pues lo es.

—Pero,—repitió todavía débilmente,—el enterrador es el tío Mestienne.

—Después de Napoleón vino Luis XVIII; después de Mestienne vino Gribier. Compadre, yo me llamo Gribier.

Fauchelevent palideció por completo y empezó á examinar á Gribier.

Era éste un hombre alto, flaco, lívido, enteramente fúnebre. Parecía un médico desacreditado convertido en enterrador.

Fauchelevent se echó á reir.

—¡Ah! ¡Qué cosas suceden en este pícaro mundo! ¡Murió el tío Mestienne! ¡Pues viva el tío Lenoir! ¿Sabéis quién es el tío Lenoir? Es la bota del tinto de á doce; es la bota de Surenne; ¡caramba! el verdadero Surenne de París. ¡Ah! ¡Murió el pobre Mestienne! Lo siento; era un buen bebedor; pero vos también lo sois. ¿No es verdad, camarada? Iremos juntos á probar unas copas, enseguida.

El hombre respondió:

—He estudiado; he estudiado hasta el cuarto año, y no bebo nunca.