LIBRO SEXTO
LA CONJUNCIÓN DE DOS ESTRELLAS
I
El apodo: manera de formar nombres de familia
Mario, era en aquella época un hermoso joven de mediana estatura, cabellos muy espesos y negros; frente ancha é inteligente; las ventanas de la nariz abiertas y apasionadas; aspecto sincero y tranquilo, y sobre todo, se reflejaba en su rostro ese no sé qué, que denota á un mismo tiempo altivez, reflexión é inocencia. Su perfil, cuyas líneas eran todas contorneadas, sin dejar de ser firmes, tenía esa dulzura germánica que ha penetrado en la fisonomía francesa por Alsacia y Lorena, y aquella absoluta carencia de ángulos, que hacía reconocer tan fácilmente á los sicambros entre los romanos, y que distingue á la raza leonina de la raza equilina. Hallábase en la época de la vida en que la imaginación de los hombres pensadores se compone, casi en iguales proporciones, de profundidad y sencillez. Dada una situación grave, tenía cuanto era menester para ser estúpido; un paso más, y podía ser sublime. Sus maneras eran reservadas, frías, políticas y poco francas. Como su boca era muy graciosa, sus labios lo más encarnado, y sus dientes lo más blanco del mundo, su sonrisa corregía toda la severidad de su fisonomía. Había momentos en que formaban singular contraste aquella frente casta y aquella sonrisa voluptuosa. Tenía pequeños los ojos y grande la mirada.
En el tiempo de su mayor miseria, observaba que las muchachas se volvían á mirarle cuando pasaba, lo cual era causa de que huyese ó se ocultase con la muerte en el alma. Creía que le miraban por su traje raído, y que se reían de él; lo cierto es que le miraban por su gracia, y que no faltaba alguna que soñase en ella.
Aquella mala inteligencia muda, entre él y las lindas transeuntes, le había vuelto esquivo. No eligió ninguna, por la sencilla razón de que huía de todas. Así es que vivía indefinidamente; bestialmente, como decía Courfeyrac.
Courfeyrac solía decir también: No aspires á ser venerable. Se tuteaban (ya se sabe que el tuteamiento es el sello de las amistades jóvenes).
—Querido, un consejo. No leas tanto en los libros, y mira un poco más á las faldas. Siempre hay algo de bueno en ellas; ¡oh Mario! Á fuerza de huir y de sonrojarte, te embrutecerás.
Otras veces Courfeyrac le encontraba, y le decía:—Buenos días, señor abate.
Siempre que Courfeyrac le dirigía alguna frase de este género, Mario estaba ocho días huyendo más que nunca de las mujeres, y procuraba á todo trance no encontrarse con Courfeyrac.
Había, sin embargo, en la inmensa creación, dos mujeres de que Mario no huía, y contra las cuales no tomaba precaución alguna. Verdad es que hubiese sido extremada su admiración, si le hubieran dicho que eran dos mujeres. Una era la vieja barbuda que barría su cuarto, y de la cual decía Courfeyrac: «Al ver que su criada se deja la barba, Mario no se deja la suya». La otra era cierta jovencita, á quien veía frecuentemente, pero sin mirarla nunca.
Hacía ya más de un año que Mario observaba de continuo en una alameda desierta del Luxemburgo, la que costea el parapeto del vivero, á un hombre y á una niña, casi siempre sentados uno al lado del otro en el mismo banco, en el extremo más solitario del paseo, por la parte de la calle del Oeste. Cada vez que esta casualidad, que se entromete en los paseos de las personas meditabundas, llevaba á Mario por aquella calle, y esto sucedía casi todos los días, se encontraba con la pareja. El hombre podría tener unos sesenta años; parecía triste y grave; toda su persona presentaba el aspecto robusto y fatigado de los militares retirados. Si hubiera llevado alguna condecoración, Mario habría dicho: es un antigua oficial. Tenía buen aspecto, pero inabordable; y nunca fijaba su mirada en la mirada de nadie.
Vestía pantalón azul, levitón también azul, y un sombrero de anchas alas, traje que parecía siempre nuevo, corbata negra y camisa de cuáquero, es decir, deslumbrante de blancura, pero de tela gruesa. Al pasar cierto día una griseta junto á él, exclamó: «¡Vaya un viejo aseado!». Tenía el pelo completamente blanco.
La primera vez que la joven que le acompañaba fué á sentarse con él en el banco, que parecía habían adoptado, era una muchacha de trece ó catorce años, flaca, hasta el extremo de ser casi fea, encogida, insignificante, que prometía tener algún día buenos ojos. Sólo que los tenía siempre levantados con una especie de seguridad desapacible. Tenía el ademán aviejado é infantil á la vez, de las colegialas de convento, y vestía un traje mal cortado de merino negro y ordinario. Parecían ser padre é hija.
Mario examinó durante dos ó tres días á aquel viejo, que no era todavía un anciano, y á aquella niña, que no era todavía una joven; y después no fijó más la atención en ellos. Éstos, por su parte, parecía que ni siquiera le veían. Hablaban entre sí con ese aire tranquilo é indiferente. La joven charlaba sin cesar, alegremente; el viejo hablaba poco, pero á cada momento fijaba en ella sus ojos, llenos de inefable ternura paternal.
Mario había contraído maquinalmente la costumbre de pasearse por aquella alameda, en la cual los encontraba invariablemente todos los días.
Véase lo que pasaba.
Mario llegaba ordinariamente por el extremo de la calle opuesta á su banco, la recorría á lo largo y pasaba por delante de la pareja; después volvía y recorría de nuevo el paseo hasta el extremo por donde había entrado, y volvía á empezar. Repetía este recorrido cinco ó seis veces cada día, y el paseo otras cinco ó seis veces por semana, sin que, á pesar de tanto encuentro, aquellas personas y él hubieran llegado á cambiar un saludo. Aquel hombre y aquella niña, aunque parecían evitar las miradas, y quizá porque parecían evitarlas, habían llamado naturalmente la atención de cinco ó seis estudiantes, que de cuando en cuando se paseaban por el vivero; los estudiosos después de sus clases, los otros después de su partida de billar. Courfeyrac, que pertenecía á estos últimos, los observó algún tiempo; pero pareciéndole fea la muchacha, tuvo buen cuidado de alejarse pronto. Había huido como un Parto, lanzándoles en vez de dardo, un apodo. Habiéndole chocado principalmente el traje de la joven y los cabellos del viejo, llamó á la joven la señorita Lanoire (La Negra), y al padre el señor Leblanc, (El blanco) y con tal suerte, que no conociéndolos nadie, é ignorando su verdadero nombre, el apodo ocupó su lugar, haciendo las veces de tal. Los estudiantes decían: «¡Ah! Ya está en su banco el señor Leblanc», y Mario como los demás, halló muy cómodo llamar por lo tanto á aquel desconocido el señor Leblanc.
Seguiremos su ejemplo, y adoptaremos el nombre de Leblanc, para mayor facilidad del relato.
Mario continuó así, viéndolos casi todos los días á la misma hora durante el primer año.
El hombre le agradaba, pero la muchacha le parecía algo desapacible.
II
Lux facta est
El segundo año, precisamente en el punto de esta historia á que ha llegado el lector, interrumpióse la costumbre de pasear por el Luxemburgo, y sin que el mismo Mario supiera por qué, estuvo cerca de seis meses sin poner los pies en aquel paseo. Por fin, un día volvió allí; era una hermosa mañana de verano, y Mario estaba alegre, como se suele estar cuando hace buen tiempo. Parecíale llevar en su corazón todos los cantos de los pájaros que oía y todo el cielo azul que veía al través de la enramada.
Se fué directamente á «su paseo», y cuando estuvo al extremo de la alameda, divisó siempre en el mismo banco, la conocida pareja. Solamente que cuando se acercó vió que el hombre continuaba siendo el mismo; pero le pareció que la joven era otra. La persona que á la sazón veía era una hermosa y alta niña, con las más encantadoras formas de mujer, en el momento preciso en que se armonizan todavía con las gracias más cándidas de la infancia; momento purísimo y fugaz, que sólo puede traducirse en estas dos palabras: quince años. Tenía admirables cabellos castaños, matizados con reflejos de oro; una frente que parecía hecha de mármol; mejillas como hojas de rosa; un matiz pálido; una blancura que revelaba cierta emoción interior; una boca de forma exquisita, de la cual surgía la sonrisa como una luz y la palabra como una música; una cabeza que Rafael hubiera dado á María, colocada sobre una garganta que Juan Goujon hubiera dado á Venus. Y en fin, para que nada faltase á aquellas facciones encantadoras, la nariz no era bella, era bonita; ni recta ni aguileña, ni italiana, ni griega; era la nariz parisiense; es decir, algo espiritual, fina, irregular y pura, que es, á un tiempo, desesperación de pintores y encanto de poetas.
Cuando Mario pasó junto á ella, no pudo ver sus ojos, que tenía constantemente bajos. Vió solamente sus largas pestañas de color castaño, llenas de sombra y de pudor.
Esto no impedía que la hermosa joven se sonriese escuchando al hombre de cabellos blancos que la hablaba, y nada tan arrebatador como aquella fresca sonrisa con los ojos bajos.
En el primer momento creyó Mario que podía ser otra hija del mismo hombre, hermana sin duda de la primera. Pero cuando la costumbre le llevó por segunda vez cerca del banco y la hubo examinado con atención, conoció que era la misma. En seis meses la niña se había hecho mujer; he aquí todo. Y nada más frecuente que ese fenómeno. Llega un momento en que las niñas, en un abrir y cerrar los ojos, pasan de capullo á rosa. Se las deja niñas á la víspera, y se las encuentra seductoras al día siguiente.
Ésta, no sólo había crecido, sino que se había idealizado. Así como bastan tres días de abril para que ciertos árboles se cubran de flores, seis meses habían bastado para vestirla á ella de belleza. Su abril había llegado.
Se ve algunas veces á personas pobres y mezquinas que parecen despertar, pasando súbitamente de la indigencia al fausto, hacer gastos de todo género, y aparecer de pronto deslumbradoras, pródigas y magníficas. Consiste esto en una fortuna improvisada, en un plazo á cobrar vencido. La joven había cobrado su semestre.
No era ya la colegiala con su sombrero anticuado; su traje de merino, sus zapatos rusos y sus manos amoratadas. El buen gusto se había desarrollado en ella al propio tiempo que su hermosura. Era una señorita simpática, vestida con elegante y rica sencillez, sin afectaciones de ninguna especie.
Llevaba un vestido de damasco negro, una manteleta de la misma tela y una capota de crespón blanco. Sus guantes claros hacía resaltar la forma de su mano, que jugaba con el mango de marfil chinesco de una sombrilla, y su botita de seda, dibujaba su pequeño y bien formado pie. Al pasar junto á ella se absorbía cierta penetrante fragancia de juventud procedente de su tocado.
El hombre, seguía siendo el mismo.
La segunda vez que Mario llegó cerca de ella, la joven levantó los párpados; sus ojos eran de un profundo azul celeste; pero en aquel azul velado no había aún más que la mirada de una niña. Miró á Mario con indiferencia, como hubiera podido mirar á cualquier chiquillo jugando á la sombra de los sicómoros, ó el jarrón de mármol que proyectaba su sombra sobre el banco. Mientras Mario, por su parte, continuaba el paseo, pensando en otras cosas.
Pasó todavía cuatro ó cinco veces junto al banco donde estaba la joven, pero sin volver nunca los ojos para verla.
Los días siguientes volvió, como de ordinario, al Luxemburgo; y como de ordinario halló «al padre y á la hija», pero no se fijó tampoco en ellos. No pensó más en aquella joven cuando la vió hermosa, de lo que había pensado cuando fea. Pasaba, sí, muy arrimado al banco donde ella estaba; porque era ésta su costumbre.
III
Efecto de primavera
Cierto día, en que el aire era tibio, el Luxemburgo inundado de sombra y de sol, el cielo puro como si los ángeles lo hubiesen lavado por la mañana, los pajarillos cantaban alegremente posados en el ramaje de los castaños; Mario tenía abierta toda su alma á la naturaleza, en nada pensaba; vivía y respiraba. Pasó cerca del banco; la joven alzó los ojos, y sus dos miradas se encontraron.
¿Qué había entonces en la mirada de aquella joven? Mario no hubiera podido decirlo. No había nada, y lo había todo. Fué un relámpago extraño.
Ella bajó los ojos; él prosiguió su camino.
Lo que acababa de ver no era la mirada ingenua y sencilla de una niña; era una sima misteriosa que se había entreabierto y cerrado luego bruscamente.
Llega un día en que miran así todas las jóvenes. ¡Desgraciado del que se encuentra allí!
Aquella mirada primera de un alma que no se conoce todavía á sí misma, es como el alba en el cielo. Es el despertar de un algo radiante y desconocido. Nada puede pintar el encanto peligroso de aquella inesperada luz que ilumina vagamente de súbito, tinieblas adorables, compuesta de toda la inocencia del presente y de toda la pasión del porvenir. Es una especie de ternura indecisa que se revela por casualidad, y que espera. Es un lazo que la inocencia tiende á pesar suyo, y en el cual aprisiona los corazones sin saberlo ni quererlo. Es una virgen que mira como una mujer.
Es muy raro que no produzca una meditación profunda donde quiera que caiga semejante mirada. Toda clase de purezas y toda suerte de candores se encuentran reunidos en aquel rayo celeste y fatal, que tiene, más aún que las miradas mejor elaboradas de las coquetas, el mágico poder de hacer brotar de súbito en el fondo del alma la flor sombría llena de perfumes y venenos, que se llama amor.
Por la tarde, al volver á su desván, fijó Mario la vista en sus vestidos, notó por primera vez que no eran bastante aseados y la inaudita estupidez é inconveniencia de irse á pasear al Luxemburgo con su vestido de «todos los días»; es decir, con un sombrero roto por el ala, con botinas gruesas como de carretero, un pantalón negro emblanquecido por las rodillas, y una levita negra, pálida por los codos.
IV
Principio de una grande enfermedad
Al día siguiente, á la hora acostumbrada, Mario sacó de su armario su frac nuevo, su pantalón nuevo, su sombrero nuevo y sus botas nuevas. Revistióse de esta panoplia completa, calzóse guantes, lujo prodigioso, y se fué al Luxemburgo.
En el camino se encontró á Courfeyrac, y fingió no verle. Courfeyrac, al volver á su casa, dijo á sus amigos:
—Acabo de encontrarme el sombrero nuevo y el frac nuevo de Mario, y á Mario dentro. Sin duda iba á dar un examen, porque su aire era completamente estúpido.
Llegado Mario al Luxemburgo, dió la vuelta al estanque, miró los cisnes, luego permaneció largo rato contemplando una estatua que tenía la cabeza enteramente negra de moho, y á la cual faltaba una cadera. Cerca del estanque había un caballero como de cuarenta años y abdomen prominente, que llevaba de la mano un niño de cinco años, y le decía: evita los excesos. Mantente, hijo mío, á igual distancia del despotismo y de la anarquía. Mario escuchó á aquel hombre; luego dió todavía otra vuelta al estanque; y por fin se encaminó hacia «su alameda» lentamente, y como á su pesar. Hubiérase dicho que se veía á un tiempo obligado y retenido por impulsos contrarios. Él no se daba cuenta de todo aquello, y creía hacer lo que los otros días.
Al desembocar en la alameda, divisó al otro extremo «en su banco» al señor Leblanc y la joven. Abotonóse el frac de arriba abajo, le estiró por el pecho y espalda para que no hiciese arrugas, examinó con cierta complacencia los reflejos lustrosos de su pantalón, y se dirigió al banco. Había algo de ataque en aquella marcha, y hasta cierto aire de conquista. Digo, pues, que se dirigió al banco, como podría decir: Aníbal marchaba sobre Roma.
Por lo demás, todos sus movimientos eran maquinales, y las ocupaciones habituales de su imaginación y de sus trabajos no habían sufrido interrupción alguna. Pensaba, en aquel momento, que el Manual del bachillerato era un libro estúpido, y que era preciso que le hubiesen compuesto personas extremadamente sandías, para que en él se analicen como obras maestras del espíritu humano, tres tragedias de Racine, y sólo una comedia de Molière. Silbábanle fuertemente los oídos; y al acercarse al banco, volvió á estirar las arrugas de su frac, y sus ojos se fijaron en la joven, pareciéndole que llenaba de una vaga luz azulada toda la extremidad de la alameda.
Á medida que se acercaba, iba acortando el paso. Llegado que hubo á cierta distancia del banco, mucho antes de estar al final de la alameda, se detuvo, y ni él mismo pudo darse cuenta de cómo fué; pero es lo cierto que retrocedió en dirección opuesta á la que llevaba. Ni aún advirtió siquiera que no recorría todo el paseo. La joven apenas pudo verle de lejos, y hacerse cargo del buen efecto que producía con su vestido nuevo. Sin embargo, él caminaba muy tieso para tener buena apariencia, si por casualidad le mirase alguien que estuviese detrás.
Llegó al extremo opuesto, luego volvió; pero esta vez se acercó un poco más al banco. Aproximóse hasta la distancia de tres intervalos de árboles; pero allí sintió cierta imposibilidad de seguir adelante, y vaciló. Creyó ver el rostro de la joven volverse hacia él; sin embargo, hizo un esfuerzo enérgico y violento, dominó su vacilación, y continuó avanzando. Algunos segundos después pasaba por delante del banco, tieso y firme, encarnado hasta las orejas, sin atreverse á mirar ni á la derecha ni á la izquierda, con la mano metida entre los botones del frac, como un hombre de Estado. Al pasar bajo los fuegos de la plaza, sintió latirle fuertemente el corazón. Ella vestía, como la víspera, su lindo traje de damasco y su sombrero de crespón. Mario oyó una voz inefable, que debió ser «su voz». Hablaba tranquilamente. Estaba muy hermosa. Él lo conocía, aunque no procuraba verlo.—No podría ella dejar de estimarme y considerarme, pensaba Mario, si supiese que soy yo el verdadero autor de la disertación sobre el escudero Marcos de Obregón, que Francisco de Neufchâteau ha puesto, como de su cosecha, al frente de su edición del Gil Blas.
Pasó el banco, llegó hasta el extremo de la alameda, que estaba muy próximo, después volvió y cruzó nuevamente por delante de la linda joven. Esta vez estaba muy pálido. Por lo demás, todo cuanto sentía le era desagradable. Alejóse del banco y de la joven, y como, aún vuelto de espaldas, creía que le miraba, esto le hacía tropezar.
No trató de acercarse nuevamente al banco; detúvose á la mitad de la calle, y allí, cosa que nunca hacía, se sentó, dando miradas de reojo á un lado y otro, y pensando en las mas recónditas profundidades de su espíritu, que al fin y á la postre era difícil que la persona cuyo sombrero blanco y vestido negro admiraba, fuése absolutamente insensible á su lustroso pantalón y á su frac nuevo.
Al cabo de un cuarto de hora se levantó como si fuera á comenzar de nuevo su paseo en dirección á aquel banco, que aparecía rodeado de una aureola. Quedóse, sin embargo, plantado é inmóvil.
Por la primera vez desde hacía quince meses, se dijo á sí mismo que aquel señor, que se sentaba allí todos los días con su hija, habría reparado sin duda en él, y que le habría parecido probablemente extraña su asiduidad.
Por la primera vez también conoció que era algo irrespetuoso designar á aquel desconocido, aún en el secreto de su pensamiento, con el apodo de Leblanc.
Permaneció, pues, algunos minutos con la cabeza baja, haciendo dibujos en la arena con una varita que tenía en la mano.
Después se volvió bruscamente al lado opuesto al banco del señor Leblanc y de su hija, marchándose á casa.
Aquel día se olvidó de ir á comer. Á las ocho de la noche se acordó de ello; y siendo ya muy tarde para bajar á la calle de Santiago, ¡bah! exclamó, y comióse un pedazo de pan.
No se acostó sino después de haber cepillado su traje y de haberle doblado cuidadosamente.
V
Caen varios rayos sobre la tía Bougón
Al día siguiente, la tía Bougón, pues así llamaba Courfeyrac á la portera, inquilina principal y criada de la casucha de Gorbeau (en realidad se llamaba la tía Bourgón, como ya hemos dicho; pero el tarambana de Courfeyrac nada respetaba), la tía Bougón, decimos, observó estupefacta que el señorito Mario salía otra vez con su vestido nuevo.
Volvió al Luxemburgo, pero no pasó del banco que estaba á la mitad de la alameda. Sentóse allí, como la víspera, meditando de lejos y viendo distintamente el sombrero blanco, el traje negro, y sobre todo, la claridad azulada. No se movió de allí, y no volvió á su casa hasta que se cerraron las puertas del Luxemburgo. No viendo retirarse al señor Leblanc y á su hija, dedujo de ello que habían salido del jardín por la verja de la calle del Oeste. Posteriormente, algunas semanas después, cuando lo recordaba, no pudo nunca hacer memoria donde había comido aquella tarde.
Al día siguiente, era el tercero, la tía Bougón quedó deslumbrada nuevamente; Mario salió con su vestido nuevo.—¡Tres días seguidos!-exclamó la portera.
Y trató de seguirle; pero Mario andaba muy deprisa y á grandes pasos; era pues aquello como si un hipopótamo tratase de seguir á un corzo. Perdióle de vista á los dos minutos, volviéndose sofocada, casi asfixiada por su asma, y furiosa.—¡Habráse visto!—exclamaba.—¡Hay valor para ponerse la ropa nueva todos los días y hacer correr así á las gentes!
Mario se había dirigido al Luxemburgo. La joven estaba allí con el señor Leblanc. Mario se acercó lo más que pudo, aparentando leer en un libro, pero permaneció todavía muy lejos; luego volvió á sentarse en su banco, donde pasó cuatro horas mirando saltar en la alameda á los bulliciosos gorriones, que le parecía que se burlaban de él.
Así se pasaron quince días. Mario iba al Luxemburgo, no para pasear, sino para sentarse siempre en el mismo sitio; y sin saber por qué, luego que llegaba allí no se movía. Todas las mañanas se ponía su vestido nuevo para no dejarse ver, y al día siguiente repetía la operación.
Decididamente, era ella una hermosura maravillosa. La única observación que pudiera hacerse, parecida á una crítica, es que la contradicción que existía entre su mirada, que era triste, y su sonrisa, que era alegre, daba á su rostro un aspecto como extraviado, lo cual hacía que en ciertos momentos aquella dulce fisonomía pareciese extraña sin dejar de ser admirable.
VI
Aprisionado
Uno de los últimos días de la segunda semana, Mario estaba, como de costumbre, sentado en su banco, teniendo en la mano un libro abierto, del cual hacía dos horas que no había vuelto una hoja. De repente se estremeció; al final de la alameda se verificaba un acontecimiento.
El señor Leblanc y su hija acababan de levantarse; la hija había tomado el brazo del padre, y ambos se dirigieron lentamente hacia el medio del paseo, donde estaba Mario. Éste cerró su libro, luego le abrió de nuevo y procuró leer; temblaba; la aureola iba recta hacia él. ¡Ay, Dios mío! pensaba. No me va á dar tiempo para tomar una postura conveniente. En tanto, el hombre de los cabellos blancos y la joven continuaban avanzando. Parecíale que aquello duraba siglos, cuando en realidad sólo habían pasado algunos segundos. ¿Qué vendrán á hacer? se preguntaba. ¡Cómo! ¿Va á venir por aquí? ¿Sus pies van á pisar esta arena, en esta calle, á dos pasos de mí? Estaba completamente trastornado; hubiera querido en aquel instante ser hermoso, y ostentar alguna condecoración. Oía aproximarse el ruido dulce y mesurado de sus pasos. Figurábase que el señor Leblanc le dirigía miradas irritadas. «¿Irá á hablarme este caballero?» pensaba. Bajó la cabeza. Cuando la levantó, estaban enteramente junto á él. La joven pasó, y al pasar le miró. Le miró fijamente con cierta dulzura reflexiva, que hizo estremecer á Mario de la cabeza á los pies. Parecióle que le reconvenía por haber estado tanto tiempo sin acercársele, y que le decía: «Yo soy quien viene». Mario quedó deslumbrado ante aquellas pupilas llenas de rayos y de abismos.
Sentía arder una hoguera en su cerebro. Ella se le había acercado; ¡qué alegría! Y luego, ¡cómo le había mirado! Le pareció más bella que nunca. Bella, con una hermosura á la par femenil y angélica; con una belleza completa que hubiera hecho cantar al Petrarca y arrodillar al Dante. Le parecía estar nadando en pleno cielo azul. Al mismo tiempo estaba horriblemente contrariado, porque tenía empolvadas las botas.
Creía estar seguro de que ella había visto también sus botas.
La siguió con la mirada hasta que hubo desaparecido. Luego se puso á pasear por el Luxemburgo como un loco. Es probable que á ratos se riera solo, y hablase en voz alta. Pasaba tan ensimismado junto á las niñeras, que cada una le creía enamorado de ella.
Salió del Luxemburgo, esperando encontrarla en alguna calle.
Cruzóse con Courfeyrac bajo los arcos del Odeón, y le dijo:—Vente á comer conmigo.—Fuéronse á casa Rousseau y gastaron seis francos. Mario comió como un buitre, y dió seis sueldos de propina al mozo. Á los postres dijo á Courfeyrac:—¿Has leído el diario? ¡Qué buen discurso ha hecho Audry de Puyraveau!
Estaba perdidamente enamorado.
Después de comer dijo á Courfeyrac:—Te convido al teatro.—Y se fueron á la Puerta de San Martín á ver á Federico Lemaitre en el Castillo de San Alberto.
Mario se divirtió muchísimo.
Al mismo tiempo redoblóse en alto grado su esquivez. Al salir del teatro se negó á mirarle la liga á una modistilla que saltaba un arroyuelo, y Courfeyrac diciendo: De buena gana aumentaría mi colección con esta chica. Llegó á horrorizarle.
Courfeyrac le había convidado á almorzar al día siguiente en el café Voltaire. Mario aceptó, y comió aun más que en la víspera. Estuvo á un mismo tiempo reflexivo y alegrísimo. Hubiérase dicho que aprovechaba todas las ocasiones de reir á carcajadas, llegando á abrazar tiernamente á un provinciano cualquiera que le presentaron. Habíase formado en torno de la mesa un círculo de estudiantes; se había hablado de las tonterías pagadas por el Estado, que se arrojan desde la cátedra en la Sorbona; luego la conversación recayó sobre las faltas y vacíos de los diccionarios y prosodias de Quicherat. Mario interrumpió la discusión para exclamar: Sin embargo, es muy agradable tener una condecoración.
—¡Es gracioso!—dijo Courfeyrac por lo bajo á Juan Prouvaire.
—No,—respondió Juan Prouvaire;—al contrario, es serio.
Y era serio en efecto. Mario se hallaba en aquella primera hora violenta y encantadora en que comienzan las grandes pasiones.
Una mirada había causado todo aquello.
Cuando la mina está cargada, cuando el combustible está pronto, nada hay más sencillo. Una mirada es una chispa.
La suerte estaba echada. Mario amaba á una mujer; su destino entraba en lo desconocido.
La mirada de las mujeres se parece á ciertos rodajes, tranquilos en la apariencia, pero formidables. Pasamos á su lado todos los días tranquila é impunemente y sin la menor sospecha. Llega un momento en que hasta nos olvidamos de que aquello está allí. Se va, se viene, se sueña, se habla, se ríe. ¡De pronto nos sentimos cogidos! Todo acabó. La rueda nos detiene; la mirada nos ha hecho prisioneros.
Nos ha cogido, no importa por dónde, ni cómo, por una parte cualquiera de nuestro pensamiento que vagaba sin objeto; por una distracción que hemos sufrido. Estamos perdidos. Recorreremos por completo toda la máquina, se apodera de nosotros un encadenamiento de fuerzas misteriosas, y luchamos en vano. No hay socorro humano posible. Vamos á caer de engranaje en engranaje, de angustia en angustia, de tortura en tortura, nosotros, nuestra imaginación, nuestra fortuna, nuestro porvenir, nuestra alma; y según que nos hallemos en poder de una criatura malvada ó de un corazón noble, no saldremos de la espantosa máquina sino desfigurados por la vergüenza, ó trasfiguradas por la pasión.
VII
Aventuras de la letra U dentro las conjeturas
El aislamiento, el desapego de todo, la altivez, la independencia, la inclinación á las bellezas naturales, la falta de actividad cotidiana y material, la vida retraída, las luchas secretas de la castidad y el éxtasis benévolo ante la creación entera, habían preparado á Mario para ser poseído de ese espíritu que se llama la pasión. El culto por su padre había llegado poco á poco á ser una religión, y como toda religión, se había retirado al fondo de su alma. Faltaba algo en primer término, y vino el amor.
Pasó un mes largo, durante el cual Mario fué todos los días al Luxemburgo. Al llegar la hora nada bastaba á detenerle. «Está de servicio», decía Courfeyrac. Mario vivía en continuo éxtasis; es verdad que la joven le miraba.
Había acabado por atreverse, y se aproximaba al banco. Sin embargo no pasaba por delante, obedeciendo á la vez al instinto de timidez y al instinto de prudencia propios de los enamorados. Creía conveniente no llamar «la atención del padre». Combinaba sus paradas detrás de los árboles y de los pedestales de las estatuas con un maquiavelismo profundo, para mostrarse todo lo posible á la joven y dejarse ver lo menos que podía del hombre de los cabellos blancos. Á veces permanecía inmóvil más de una hora á la sombra de Leónidas ó de un Espartaco cualquiera, teniendo en la mano un libro, por encima del cual sus ojos, tiernamente levantados, iban á buscar á la hermosa joven, la cual, por su parte, volvía hacia él con vaga sonrisa su perfil encantador. Hablando lo más natural y lo más tranquilamente del mundo con el hombre de los cabellos blancos, lanzaba sobre Mario los misteriosos rayos de una mirada virginal y apasionada. Antiquísima é inmemorial maña que tuvo Eva desde el primer día del mundo, y que toda mujer posee desde el primer día de su vida. Su boca contestaba al uno, y su mirada al otro.
Es preciso creer, sin embargo, que el señor Leblanc había acabado por notar algo porque frecuentemente, al ver á Mario, se levantaba prosiguiendo el paseo.
Había abandonado su sitio acostumbrado, escogiendo al extremo opuesto de la alameda el banco inmediato al Gladiador, como para ver si Mario les seguiría también. Mario no comprendió aquel juego, y cometió esa falta. «El padre» empezó á no ser tan puntual como antes al paseo, y á no llevar consigo todos los días á su hija. Algunas veces iba solo; entonces Mario se marchaba. Otra falta.
Mario no se fijaba en aquellos síntomas. De la fase de la timidez había pasado, progreso natural y fatal, á la fase de la ceguedad. Su amor iba creciendo; soñaba con él todas las noches; y además había tenido una dicha inesperada, que fué como aceite sobre fuego, redoblando las tinieblas en derredor de sus ojos. Una tarde, al anochecer, había hallado en el banco que «el señor Leblanc y su hija» acababan de abandonar un pañuelo; un pañuelo sencillo y sin bordados, pero blanco, fino, y que le pareció que exhalaba inefables perfumes. Apoderóse de él con transporte. Este pañuelo estaba marcado con las letras U. F. Mario no sabía nada de aquella hermosa joven, ni de su familia, ni su nombre, ni su casa; estas dos letras eran la primera noticia que de ella tenía; adorables iniciales sobre las que comenzó inmediatamente á formar conjeturas. U era evidentemente la inicial del nombre. ¡Úrsula! pensó. ¡Qué nombre más hermoso! Besó el pañuelo, le aspiró, le puso sobre su corazón, sobre su carne durante el día, y por la noche bajo sus labios para dormirse.
—¡Siento palpitar en él toda su alma!—exclamaba.
Aquel pañuelo era sencillamente del anciano, que se le había caído del bolsillo.
Los días que siguieron á este hallazgo, Mario se presentó en el Luxemburgo besando el pañuelo y estrechándole contra su corazón. La hermosa joven nada comprendía de aquella pantomima, y así se lo manifestaba por medio de señas imperceptibles.
—¡Oh pudor!—decía Mario.
VIII
Hasta los inválidos pueden ser felices
Ya que hemos pronunciado la palabra pudor, y ya que nada ocultamos, debemos decir que cierta vez, sin embargo, á través de sus éxtasis, experimentó Mario de parte de «su Úrsula» una ofensa muy seria. Fué uno de esos días en que la joven hacía levantar al señor Leblanc y pasear por la alameda.
Una fresca brisa de mayo agitaba las copas de los plátanos. El padre y la hija, cogidos del brazo, acababan de pasar por delante del banco de Mario, el cual, levantándose enseguida, los siguió con la vista de una manera correspondiente á la apasionada situación de su ánimo.
De pronto una ráfaga de viento, algo más juguetona que las otras, encargada sin duda de los negocios de la primavera, levantó el vuelo desde el vivero, abatióse sobre la alameda, envolviendo á la joven en un encantador estremecimiento digno de las ninfas de Virgilio y de los faunos de Teócrito, atreviéndose á levantar su vestido, aquel vestido más sagrado que la túnica de Isis, casi hasta la altura de la liga, dejando instantáneamente al descubierto, una pierna de forma exquisita. Mario la vió. Aquel espectáculo le exasperó y puso fuera de sí.
La joven bajó rápidamente el vestido con un movimiento de espanto encantador; pero no por eso se indignó menos Mario. Estaba sólo en la alameda, es verdad, pero podía haber habido alguien. ¿Y si hubiera habido alguno? ¿Compréndese algo parecido? Era horrible lo que acababa de hacer la joven. ¡Ay! La pobre nada había hecho; no había más que un culpable, era el viento. Pero Mario, en quien rugía confusamente el Bartolo que hay en Querubín, estaba determinado á disgustarse, y sentía celos hasta de su sombra. Así es cómo se despiertan en el corazón humano, y se imponen, aún sin derecho, los acres y extraños celos de la carne. Por lo demás, y aún prescindiendo de los celos, la vista de aquella graciosa pierna no había tenido para él nada de agradable; la media blanca de la primera mujer que hubiese encontrado le habría causado mayor placer.
Cuando «su Úrsula», después de haber llegado al extremo de la alameda, volvió á pasar acompañada del señor Leblanc por delante del banco donde se había sentado de nuevo Mario, éste le dirigió una mirada irritada y feroz. La joven se encogió de hombros y arqueó ligeramente las cejas, con esa expresión que significa: «¡Qué tendrá!».
Éste fué «su primer disgusto».
Apenas acababa Mario de tener con ella esta escena de miradas, cuando una persona atravesó la alameda. Era un inválido encorvado, arrugado y encanecido, con uniforme del tiempo de Luis XV, que llevaba al pecho la pequeña placa ovalada de paño encarnado, con espadas cruzadas, cruz de San Luis del soldado, é iba adornado además de una manga de uniforme sin brazo dentro, una barba de plata y una pierna de palo. Mario creyó notar que aquel ser tenía el aire extremadamente satisfecho. Hasta le pareció que el tal viejo cínico, al pasar cojeando junto á él, le había dirigido un guiño demasiado familiar y gozoso, como si una casualidad cualquiera hubiera hecho que estuviesen de inteligencia, así tan contento aquel resto de Marte? ¿Qué había pasado entre aquella pierna de palo y la otra? Mario llegó al colmo de los celos. ¡Tal vez estaba ahí! dijo. ¡Y tal vez ha visto! Y le entraron ganas de exterminar al inválido. Andando el tiempo todo se olvida; la cólera de Mario contra «Úrsula» por justa y por legítima que fuése, pasó. Acabó por perdonar; pero tuvo que hacer un grande esfuerzo, y se manifestó irritado durante tres días. Sin embargo, al través de todo aquello, y á causa de todo lo demás, la pasión crecía, llegando á la locura.
IX
Eclipse
Acabamos de ver cómo Mario había descubierto, ó creído descubrir, que ella se llamaba Úrsula.
Comiendo se abre el apetito. Saber que se llamaba Úrsula había sido mucho, y ya era poco. Mario en tres ó cuatro semanas devoró aquella felicidad; deseó otra, y quiso saber dónde vivía.
Había cometido su primera falta: caer en la emboscada del banco del Gladiador. Había cometido la segunda: no permanecer en el Luxemburgo cuando iba solo el señor Leblanc. Cometió la tercera, que fué inmensa: siguió á Úrsula. Vivía en la calle del Oeste, en el sitio menos frecuentado, en una casa nueva de tres pisos, de modesta apariencia. Desde aquel momento, Mario añadió á su dicha de verla en el Luxemburgo, la de seguirla hasta su casa. Su hambre iba en aumento. Sabía cómo se llamaba, á lo menos de nombre; nombre lindísimo, verdadero nombre de mujer. Sabía también dónde vivía; quiso saber quién era.
Una noche, después de seguir al padre y á la hija hasta su casa, luego que los vió desaparecer tras de la puerta cochera, entróse siguiéndolos y preguntó muy resuelto al portero:
—¿Es el señor del piso principal el que acaba de entrar?
—No,—respondió el portero.—Es el inquilino del tercero.
Había ya dado otro paso; este triunfo, fácilmente conseguido, alentó á Mario.
—¿Interior ó exterior?—preguntó.
—La casa no tiene más que vistas á la calle,—contestó el portero.
—¿Y cuál es la profesión de ese caballero?—repuso Mario.
—Es rentista, caballero; hombre bueno, si los hay, y muy caritativo, que hace mucho bien á los pobres, aún cuando no es rico.
—¿Cómo se llama?—interrogó Mario.
El portero alzó la cabeza, y dijo:
—¿Sois acaso de la policía?
Mario se fué algo amoscado, pero contentísimo. Adelantaba.
—Bueno,—pensó;—sé que se llama Úrsula, que es hija de un rentista, y que vive aquí, en el piso tercero, calle del Oeste.
Al día siguiente, el señor Leblanc y su hija sólo dieron un paseo cortísimo por el Luxemburgo; todavía era muy temprano cuando se retiraron. Mario los siguió á la calle del Oeste como tenía acostumbrado. Al llegar á la puerta cochera, el señor Leblanc hizo pasar primero á su hija, luego se detuvo antes de atravesar el umbral, se volvió, y miró fijamente á Mario. Al otro día ya no fueron al Luxemburgo, y Mario esperó en balde toda la tarde.
Entrada la noche, fué á la calle del Oeste, vió luz en las ventanas del tercer piso, y se estuvo paseando por la calle hasta que se apagó la luz.
Al siguiente día tampoco fueron al Luxemburgo. Mario esperó toda la tarde, y luego fué á ponerse de centinela nocturno bajo las ventanas. Esto le entretenía hasta las diez de la noche. Su comida no tenía ni período ni sustancia fija. La fiebre alimenta al enfermo, y el amor al enamorado. Así se pasaron ocho días. El señor Leblanc y su hija no volvieron á parecer por el Luxemburgo. Mario, formando tristes conjeturas, no se atrevía á espiar la puerta cochera durante el día. Contentábase con ir de noche á contemplar la claridad rojiza de los cristales. Veía de cuando en cuando pasar algunas sombras y le latía el corazón.
Al octavo día, cuando llegó al pie de las ventanas no había luz en ellas. ¡Calla! exclamó. Todavía no han encendido luz, y sin embargo, es ya muy de noche. ¿Habrán salido? Esperó hasta las diez, hasta las doce, hasta la una, pero no se encendió ninguna luz detrás de las vidrieras del tercer piso, ni entró nadie en la casa. Se fué, pues, tristísimo.
Á la mañana siguiente (porque no vivía sino de mañanas sucesivas, ni había, por así decirlo, hoy para él), al día siguiente, no vió á nadie en el Luxemburgo, aunque lo esperaba. Al anochecer se fué á la casa.
No se veía luz en las ventanas; las persianas estaban cerradas; el piso estaba completamente á oscuras.
Mario llamó á la puerta cochera, entró, y dijo al portero:
—¿El señor del piso tercero?
—Ha desocupado,—contestó el portero.
Mario vaciló, y preguntó débilmente:
—¿Desde cuándo?
—Desde ayer.
—¿Adónde ha ido á parar?
—No lo sé.
—¿No ha dejado su nueva dirección?
—No.
Y el portero, levantando la nariz y reconociendo á Mario:
—¡Calle!—dijo.—¡Sois vos! ¿Es decir que decididamente sois de policía?
FIN DEL TOMO PRIMERO