PRIMERA PARTE
FANTINA
LIBRO PRIMERO
UN JUSTO
I
El señor Myriel
En 1815 el señor Carlos Francisco Bienvenido Myriel estaba de obispo en D***. Era este un anciano como de setenta y cinco años y ocupaba el obispado de D*** desde 1806.
Por más que semejante detalle no tenga nada que ver con el fondo de lo que nos proponemos relatar, no estará tal vez fuera del caso, aún cuando no tenga otro objeto que el de ser verdaderos en todo, al consignar los rumores y murmuraciones que acerca de su personalidad habían circulado cuando llegó á tomar posesión de su diócesis. Lo que de los hombres se dice, verdadero ó falso, ocupa generalmente en su existencia é influye sobre todo en su porvenir, tanto como lo que hacen. El señor Myriel era hijo de un consejero del parlamento de Aix; nobleza de toga. Se decía que su padre, deseando que heredara su cargo, le había casado siendo aún muy joven, esto es, á los diez y ocho ó veinte años, siguiendo una costumbre muy generalizada entre las familias de los magistrados. Carlos Myriel, sin embargo de su matrimonio, había dado bastante que hablar. Á pesar de su corta estatura, era de presencia gallarda, elegante, graciosa y espiritual; la primera parte de su vida perteneció por completo al mundo y á la galantería.
Sobrevino la Revolución, precipitáronse los acontecimientos, dispersáronse, diezmadas por la persecución general, las familias de la antigua magistratura, y el señor Carlos Myriel, desde las primeras jornadas de la revolución, emigró á Italia. Su esposa, falleció allí, de una enfermedad de pecho de la que venía padeciendo hacía mucho tiempo. No tuvieron hijos. ¿Qué aconteció luego en los destinos del señor Myriel? El derrumbamiento de la antigua sociedad francesa, la caída de su propia familia, los trágicos espectáculos del 93, más horrorosos sin duda para los emigrados que los miraban de lejos con el agrandamiento del miedo ¿engendraron tal vez en su alma ideas de retiro y soledad? Entre alguna de las diversas afecciones ó distracciones que llenaban su vida, ¿se vió herido de súbito por un golpe terrible y misterioso, de esos que muchas veces aplastan el corazón del hombre que las catástrofes públicas no conmovería aún cuando atacasen su existencia ó su fortuna? No podemos decirlo; sólo sabemos que á su vuelta de Italia era sacerdote.
En 1804, el señor Myriel ocupaba el curato de B. (Brignoles). Era ya viejo y vivía completamente retraído.
Durante la época de la coronación, cierto insignificante asunto de su ministerio que no podemos precisar, le llevó á París. Entre otras personas de valimiento á quienes acudió en bien de sus feligreses contábase el cardenal Fesch. Un día en que el emperador había ido á visitar á su tío, el digno cura que esperaba en la antecámara se encontró al paso con Su Majestad; Napoleón, al observar que el buen anciano le miraba con cierta curiosidad, volvióse y dijo bruscamente:
—¿Quién es este buen hombre que me mira?
—Señor,—dijo el señor Myriel;—vos mirando un buen hombre y yo un grande hombre, podemos ambos aprovecharnos de ello.
Aquella misma noche pidió el emperador al cardenal el nombre de aquel cura, y algún tiempo después fué sorprendido el señor Myriel con el nombramiento de obispo de D***.
¿Qué había de verdad, por otra parte entre los cuentos que se inventaban sobre la primera parte de la vida del señor Myriel? Nadie lo sabía. Pocas eran las familias que habían conocido á la del señor Myriel antes de la revolución.
El señor Myriel debía correr la suerte de todo recién llegado á una pequeña población, donde se encuentran muchas bocas que hablan y muy pocas cabezas que piensen. Debía correrla, por más que fuése obispo y por que era obispo. Sin embargo, las murmuraciones con las que iba mezclado su nombre no pasaban de murmuraciones, es decir: murmullos, frases, palabras; menos que palabras, palabrerías, como diríamos en el idioma enérgico del Mediodía.
Sea como fuere, después de nueve años de episcopado y de residencia en D*** todos los cuentos, objeto de las conversaciones del primer momento, en que se ocupan las pequeñas poblaciones y la gente pequeña, habían caído en el olvido más profundo. No había quien se atreviese á hablar de ello ni quien osase recordarlo siquiera.
El señor Myriel había ido á D*** en compañía de una buena señora, la señorita Batistina, hermana suya, la cual contaba diez años menos que él.
No tenían ambos más servidores que una criada de la misma edad que la señorita Batistina, á quien llamaban señora Magloria, la cual, después de haber sido el ama del señor cura, tomó á la sazón el doble título de camarera de la señorita y ama de gobierno de su ilustrísima.
Era la señorita Batistina de corta estatura, delgada, pálida y bondadosa; la encarnación del ideal expresado en la palabra «respetable» puesto que parece necesario en una mujer para ser venerable, el haber sido madre. Jamás había sido bonita; no había sido su existencia otra cosa que una serie no interrumpida de obras piadosas, la cual había acabado por derramar sobre ella cierta especie de blancura diáfana; así es que, al envejecer, había adquirido lo que podríamos llamar hermosura de la bondad. Lo que en su juventud había sido flaquedad convirtióse con los años en transparencia, al través de la cual se adivinaba el ángel. Era mejor que una virgen, un alma. Parecía su persona hecha de sombra; apenas tenía bastante cuerpo para encerrar un sexo; un poco de materia conteniendo una luz; dos grandes ojos fijos siempre en la tierra, esto es, un pretexto para que el alma viviese en ella.
La señora Magloria era una viejecilla blanca, rellena, sonrosada, rechoncha, activa, hacendosa y atareada y sofocada siempre, á causa de su actividad natural al principio, á causa de su asma después.
Á su llegada, dieron posesión al señor Myriel de su palacio episcopal, con los honores decretados por el imperio, según los cuales, se coloca al obispo inmediatamente después de el mariscal. El alcalde y el presidente le hicieron la primera visita, y él, por su parte, hizo su visita primera al general y al prefecto.
Terminada la instalación, esperó la ciudad á apreciar al obispo por sus obras.
II
El señor Myriel vuélvese Monseñor Bienvenido
El palacio episcopal de D*** estaba situado junto al hospital.
Era dicho palacio un grandioso y magnífico edificio labrado en piedra á principios del último siglo, por monseñor Enrique Puget doctor en teología de la facultad de París y abad de Simore, el cual fué nombrado obispo de D*** en 1712. Este palacio era una verdadera morada señorial. Todo era espléndido en él, las habitaciones del obispo, los salones, las cámaras interiores, el patio de honor extensísimo con sus galerías de arcos, y según la antigua costumbre florentina, los jardines plantados de magníficos árboles.
En la sala comedor, ancha y soberbia galería situada en el piso bajo con acceso á los jardines, monseñor Enrique Puget dió en 29 de Julio de 1714 un gran banquete de honor á los eminentes señores Carlos Brulart de Genlis, arzobispo y príncipe de Embrun; Antonio de Mesgrigny, capuchino, obispo de Grasse; Felipe de Vendôme, gran prior de Francia y Abad de San Honorato de Lerins; Francisco de Berton de Crillón, obispo y barón de Vence; César de Sabran de Forcalquier, obispo y señor de Glandeve, y Juan Soanen, predicador del rey, capellán del Oratorio, obispo y señor de Senez.
Los retratos de estos siete reverendos personajes adornaban la sala, al par de esta fecha memorable «29 DE JULIO DE 1714» grabada en letras de oro sobre una lápida de mármol blanco.
El hospital era una pequeña casa baja, reducida á un solo piso, con un jardín insignificante.
Á los tres días de su llegada visitó el obispo el hospital. La visita terminó rogando al director que se sirviese hacerle otra á su vez en su palacio.
Dos días después, el director del hospital sostenía con el obispo el siguiente diálogo:
—Señor director del hospital, ¿cuántos enfermos tenéis en este momento?—le preguntó el obispo.
—Veintiséis, monseñor.
—Los mismos que yo había contado.
—Las camas,—repuso el director,—están casi unidas las unas á las otras.
—Esto mismo he notado.
—Las salas, no son más que cuartos, y el aire se renueva difícilmente en ellas.
—Esto me parece.
—Y luego, cuando viene un rayo de sol, es el jardín demasiado pequeño para los convalescientes.
—También lo creo así.
—En tiempos de epidemia, este año hemos tenido el tifus, y hace dos años tuvimos la fiebre miliar, más de cien enfermos reunidos dan mucho que hacer.
—También pensé yo en ello.
—¡Cómo ha de ser, monseñor!—exclamó el director del hospital,—es preciso conformarse.
Esta conversación tenía lugar en la galería comedor, situada junto al jardín.
El obispo permaneció callado unos instantes, después de los cuales dirigiéndose de súbito al director del hospital le dijo:
—Señor mío: ¿cuántas camas creéis que caben buenamente en esta sala?
—¿En la sala comedor de su ilustrísima?—preguntó estupefacto el director.
El obispo recorría la sala con su mirada, pareciendo como que tomase medidas y echase cálculos.
—Aquí caben perfectamente veinte camas,—decía hablando consigo mismo;—luego, levantando la voz:
—Atended, señor director del hospital,—dijo.—Existe aquí un evidente error. Allí estáis reducidos á cinco ó seis departamentos, veintiséis personas. Aquí no somos más que tres y tenemos espacio para sesenta. Hay error, lo repito: vosotros ocupáis mi lugar y yo el vuestro. Devolvedme por lo tanto mi casa y tomad la que os pertenece.
Al día siguiente, estaban los veintiséis enfermos pobres instalados en el palacio del obispo, y el obispo en el hospital.
Monseñor Myriel carecía de bienes, por haber sido arruinada su familia por la Revolución. Su hermana percibía una renta vitalicia de quinientos francos, que satisfacía en el curato sus gastos personales. Monseñor Myriel cobraba del Estado, como obispo, un sueldo de quince mil francos.
El mismo día en que se alojó en el hospital, determinó monseñor Myriel emplear de una vez para siempre aquella suma en la siguiente forma. Transcribimos aquí la nota escrita de su propia mano.
NOTA PARA REGULAR LOS GASTOS DE MI CASA
| Para el pequeño seminario | Mil quinientas libras. |
| Congregación de la misión | Cien libras. |
| Para los lazaristas de Montdidier | Cien libras. |
| Seminario de las misiones extranjeras en París | Doscientas libras. |
| Congregación del Espíritu Santo | Ciento cincuenta libras. |
| Establecimientos religiosos de la Tierra Santa | Cien libras. |
| Sociedades de caridad maternal | Trescientas libras. |
| Además, para la de Arlés | Cincuenta libras. |
| Obra para el mejoramiento de cárceles | Cuatrocientas libras. |
| Obra para el alivio y redención de presos | Quinientas libras. |
| Para libertar á los padres de familia presos por deudas | Mil libras. |
| Suplemento al sueldo de los pobres maestros de escuela de la diócesis |
Dos mil libras. |
| Pósito de los Altos Alpes | Cien libras. |
| Congregación de señoras de D***, de Manosque y de Sisterón, para la enseñanza gratuita de niñas indigentes |
Mil quinientas libras. |
| Para los pobres | Seis mil libras. |
| Mis gastos personales | Mil libras. |
| Total | Quince mil libras. |
Durante todo el tiempo que ocupó la sede de D*** monseñor Myriel no varió en nada esta disposición. Llamábala, como hemos visto, tener regulados los gastos de su casa.
Este arreglo fué aceptado con sumisión absoluta por la señorita Batistina. Para esta santa criatura, Monseñor de D***, era á un mismo tiempo su hermano y su obispo; su amigo por la naturaleza, y su superior según la Iglesia. Le amaba y veneraba sencillamente. Cuando él hablaba, asentía inclinándose; cuando obraba, se adhería á sus obras. Sólo el ama, la señora Magloria, murmuraba un poco.
El señor obispo, como se habrá comprendido, no se reservaba más que mil libras, las cuales, unidas á la pensión de la señorita Batistina, sumaban mil quinientas anuales. Con estas mil quinientas libras vivían las dos ancianas y el anciano.
Y cuando algún cura de aldea iba á D***, aún encontraba el señor obispo con qué agasajarle, gracias á la severa economía de la señora Magloria; y á la inteligente administración de la señorita Batistina.
Cierto día, á los tres meses de estar en D***, dijo el obispo:
—¡Con todo y con esto me encuentro bastante apurado!
—Ya lo creo,—exclamó la señora Magloria,—como que monseñor no ha reclamado siquiera la renta que le adeuda el departamento por sus gastos de carruaje en la ciudad y de visita en la diócesis, según costumbre de los obispos de otros tiempos.
—¡Es verdad!—dijo el obispo,—tenéis mucha razón, señora Magloria.
Y presentó su reclamación.
Algún tiempo después, el consejo general tomaba en consideración la solicitud del obispo, votó en su favor una suma anual de tres mil francos, bajo el siguiente epígrafe: Asignación al señor obispo, para gastos de carruaje, postas y visitas pastorales.
Esto dió mucho que hablar á la clase media de la localidad, y con tal motivo, un senador del Imperio, antiguo miembro del Consejo de los Quinientos, favorable al del diez y ocho Brumario y agraciado por la ciudad de D*** con una magnífica senaduría, escribió al ministro de Cultos, señor Bigot de Preamenú, una esquela confidencial irritadísima, de la cual tomamos las siguientes líneas auténticas:
«—¿Gastos de carruaje? ¿Á qué objeto en una ciudad de menos de cuatro mil habitantes? ¿Gastos de viaje? ¿Á qué hacer semejantes viajes? ¿Ni como ha de correr la posta en un país montañoso? Aquí no hay carreteras, ni se puede viajar más que á caballo. El mismo puente de Durance en Château-Arnoux, apenas puede sostener las carretas de bueyes. Estos curas son todos iguales, ambiciosos y avaros. Éste cuando vino, hizo la del buen apóstol. Ahora ya hace como los demás, necesita coche y silla de posta. Quiere ya como los antiguos obispos tener lujo. ¡Oh! es mucha clerigalla ésta! Señor conde, las cosas no irán como deben ir hasta que el emperador no nos libre de solideos. ¡Abajo el papa! (Entonces andaban embrollados los negocios con Roma). Yo por mi parte estoy por el César único y solo, etc., etc.».
En cambio la cosa regocijó mucho á la señora Magloria.
—Bueno,—dijo ella á la señorita Batistina,—monseñor ha comenzado por los otros, pero á la postre le ha sido preciso acabar por sí mismo. Tiene ya arregladas todas sus limosnas. He aquí por lo tanto tres mil francos para nosotros. ¡Al fin!
Aquella misma noche, el obispo escribió y entregó á su hermana una nota, concebida en los siguientes términos:
GASTOS DE CARRUAJE Y VISITAS
| Para dar caldo de carne á los enfermos del hospital | Mil quinientas libras. |
| Para la sociedad de caridad maternal de Aix | Doscientas cincuenta libras. |
| Para la sociedad de caridad maternal de Draguignan | Doscientas cincuenta libras. |
| Para los niños expósitos | Quinientas libras. |
| Para los huérfanos | Quinientas libras. |
| Total | Tres mil libras. |
Tal fué el presupuesto de monseñor Myriel.
En cuanto á los derechos episcopales, dispensa de amonestaciones, dispensas de parentesco, aspersiones, predicaciones, bendición de iglesias ó capillas, casamientos, etc., el obispo los cobraba á los ricos con igual rigor que presteza tenía para darlo á los pobres.
Al poco tiempo afluyeron las ofrendas en dinero. Los ricos y los pobres llamaban á la puerta de monseñor Myriel; acudían los unos á recoger la limosna que iban los otros á depositar. En menos de un año, llegó á ser el obispo el tesorero de todas las buenas obras, y el cajero de todas las necesidades. Pasaban por sus manos sumas considerables; pero nada logró hacerle cambiar en lo más mínimo su género de vida, ni añadir la menor superfluidad á sus necesidades.
Lejos de eso, como siempre hay abajo más miseria que fraternidad arriba, todo estaba, por así decirlo, repartido antes de recibido; era como el agua en tierra seca; por mucho dinero que le dieran, nunca lo tenía. Entonces se despojaba de lo suyo.
Siendo costumbre que los obispos encabecen con sus nombres de pila sus mandatos y letras pastorales, los pobres del país habían escogido con cierta especie de instinto afectuoso, entre los nombres del obispo, aquel que ofrecía un significado en relación con su modo de ser, así es que no le llamaban más que monseñor Bienvenido. Nosotros haremos otro tanto, y como ellos, le llamaremos así en lo sucesivo. Por lo demás, el que se le designase con este nombre le complacía.
—Me agrada el nombre,—decía, Bienvenido;—suaviza el monseñor.
No pretendemos que el retrato que aquí bosquejamos sea verdadero; nos concretamos á consignar que es parecido.
III
Á buen obispo, mal obispado
Aunque el señor obispo había convertido su carruaje en limosnas, no dejaba por ello de hacer sus visitas pastorales. La diócesis de D*** es verdaderamente pesada, hay en ella poquísimas llanuras y muchas montañas; sin caminos casi, como hemos visto, comprende treinta y dos curatos, cuarenta y un vicariatos y doscientos ochenta y cinco agregados. Visitar todo eso era penosísimo, sin embargo, el señor obispo llenaba cumplidamente su misión. Cuando debía visitar un punto cercano iba á pie, en tartana cuando estaba en la llanura y, como Dios le daba á entender, en la montaña. Las dos viejecitas le acompañaban generalmente, pero cuando el camino era demasiado penoso para ellas, iba solo.
Un día llegó á Senez, antigua ciudad episcopal, montado en un asno. Su bolsa, harto escasa á la sazón, no le había permitido tomar otro vehículo. El alcalde del pueblo salió á recibirle mirándole apearse de semejante cabalgadura con ojos escandalizados. Varios vecinos reían en derredor suyo.
—Señor alcalde,—dijo el obispo,—y señores acompañantes, bien se me alcanza lo que os escandaliza; creéis que prueba mucho orgullo en un pobre sacerdote montar una cabalgadura igual á la de Jesucristo. Hágolo por necesidad y no por vanidad, os lo aseguro.
En sus visitas era siempre indulgente y bondadoso: predicaba menos que hablaba. No buscaba nunca raciocinios ni ejemplos remotos. Á los habitantes de una comarca citaba el ejemplo de otra comarca vecina. En los lugares donde eran duros para los menesterosos les decía:
—Ved lo que hacen los de Brianzón. Han dado permiso á los pobres, á las viudas y á los huérfanos, para que vayan á cortar yerba en sus prados tres días antes que á ningún otro; y les reparan las casas gratuitamente cuando están ruinosas. Por eso Dios bendice ese país. En todo un siglo de cien años no ha habido en su comarca un solo asesino.
En los pueblos avaros y perezosos, decía:
—Ved á los de Embrun. Si al tiempo de la cosecha se encuentra un padre de familia con que sus hijos están en el ejército y sus hijas sirviendo en la ciudad, y él se encuentra enfermo é impedido, el cura le recomienda desde el púlpito; y el domingo, después de misa, todas las gentes del lugar, hombres, mujeres y niños, van al campo del pobre infeliz, le hacen su siega, y luego llevan á su granero paja y grano.
Á las familias divididas por cuestión de interés y herencia les decía:
—Mirad á los montañeses de Devolny, país tan salvaje, que no se oye cantar en él un ruiseñor en cincuenta años. Pues bien; cuando muere en una familia el padre, vanse los mozos á probar fortuna, dejando la hacienda á las muchachas para que puedan encontrar marido.
En los lugares donde reinaba la afición á pleitos y se arruinaban los labradores comprando papel sellado, solía decirles:
—Tomad ejemplo de esos buenos campesinos del valle de Queiras. Existen allí unas tres mil almas. ¡Bendito sea Dios! es aquello una pequeña república. Allí no se conoce escribano ni juez. El alcalde lo hace todo. Él arregla el reparto de la contribución; él fija en conciencia á cada cual su cuota, juzga gratis toda diferencia, divide las herencias sin honorarios, da las sentencias sin gastos; y le obedecen, porque es un hombre justo entre hombres sencillos.
En los pueblos donde no encontraba maestro de escuela, citaba también el de Queiras:
—¿Sabéis lo que hacen?—decía:—Como en los lugares de doce á quince chozas no se puede sostener siempre un maestro, los tienen pagados por todo el valle, los cuales recorren las aldeas, pasando ocho días en una, diez en otra, y así enseñando. Los tales maestros acuden á las ferias, donde yo los he visto, y se los conoce por las plumas de escribir que llevan en la cinta del sombrero. Los que únicamente enseñan á leer llevan solamente una pluma, los que enseñan á leer y contar, dos; los que enseñan latín además de la lectura y el cálculo, llevan tres plumas... Estos son los más sabios. ¡Qué vergüenza el ser ignorantes! Haced, haced lo que hacen los de Queiras.
De esta manera hablaba, grave y paternalmente; á falta de ejemplos inventaba parábolas, yendo siempre derecho á su objeto, con pocas frases y muchas imágenes, que esta era la elocuencia de Jesucristo, convencida y persuasiva.
IV
Obras como palabras
Su conversación era afable y alegre, siempre al alcance de las dos ancianas que pasaban la vida junto á él; cuando reía, su risa era la de un estudiante.
La señora Magloria le trataba siempre de eminencia. Cierto día levantóse de su sillón, y fué á su biblioteca á buscar un libro. Estaba el libro en una de las tablas más altas de la estantería, y como el obispo era de cortísima estatura, no lograba alcanzarle.
—Señora Magloria,—dijo,—arrimad una silla; mi eminencia no alcanza á esa tabla.
Una de sus parientas de cuarto ó quinto grado, la condesa de Lô, desperdiciaba raras veces la ocasión de enumerar en presencia suya lo que ella llamaba «las esperanzas» de sus tres hijos. Tenía la tal, muchos ascendientes viejos ya y próximos á morir, de quienes eran sus hijos herederos naturales. El más joven de los tres debía heredar de una tía abuela más de cien mil libras de renta; el segundo debía suceder á un su tío en el título de duque y el mayor á su abuelo en la dignidad de par.
El obispo oía silencioso tan inocentes como perdonables alardes maternales. Una vez, sin embargo, pareció más pensativo que de costumbre, al repetir la condesa de Lô los pormenores de todas aquellas sucesiones y «esperanzas». Interrumpióse á sí misma la condesa, diciendo con cierta impaciencia:
—¡Dios mío, primo! ¿en qué estáis pensando?
—Pienso,—contestó el obispo,—en una frase bien singular, que me parece de San Agustín: «Poned vuestra esperanza en aquel á quien nadie ha de suceder».
Otra vez, al recibir una carta en que se le anunciaba la muerte de un hidalgo del país, en la que iban enumerados en larga fila, además de las dignidades del difunto, todos los títulos feudales y nobiliarios de su parentela, exclamó:—¡Qué buenas espaldas tiene la muerte! ¡Qué carga más admirable de títulos le hacen llevar alegremente, y cuánto ingenio deben tener los hombres que así llenan la tumba de vanidades!
Tenía oportunas y suaves salidas satíricas, que encerraban casi siempre una lección moral.
Durante una cuaresma, fué á D*** un cura joven, quien predicó en la catedral. Estuvo bastante elocuente; el objeto de su sermón era la caridad. Invitó á los ricos á dar á los pobres para evitar el infierno, que pintó todo lo mas horroroso que supo, y á ganar el cielo, que presentó halagüeño y seductor. Había entre los oyentes un rico mercader retirado, un tanto usurero, llamado Geborad, el cual había ganado dos millones en la fabricación de paños burdos, sargas y bayetas. En su vida, el señor Geborad, había dado limosna á ningún pobre. Desde el día de aquel sermón, notóse que daba todos los domingos una moneda de cinco sueldos á las viejas pobres que mendigaban á las puertas de la catedral. Eran seis, y tenían que partirse entre todas aquella moneda.
Vióle un día el obispo dando su limosna, y dijo á su hermana sonriendo:
—Mira, mira al señor Geborad comprando cinco sueldos de cielo.
Cuando se trataba de caridad, no se acobardaba jamás ante una negativa, siempre encontraba palabras con que contrarrestarla.
Cierto día estaba pidiendo para los pobres en una de las tertulias de la ciudad; encontrábase en ella el marqués de Champtercier, viejo, rico y avaro, el cual había sabido encontrar la manera de ser á un tiempo ultra realista y ultra-volteriano. Es género que ha existido. Llegóse á él el obispo, y cogiéndole del brazo le dijo:
—Señor marqués, es indispensable que deis alguna cosa.
Volvióse el marqués, y respondió secamente:
—Monseñor, tengo ya mis pobres.
—Pues dádmelos,—replicó el obispo.
Un día predicó en la catedral este sermón:
—«Queridísimos hermanos y amigos míos: existe en Francia un millón trescientas veinte mil casas de aldeanos que solo tienen tres aberturas; un millón ochocientas diez y siete mil que solo tienen dos, la puerta y una ventana; y finalmente, trescientas cuarenta y seis mil chozas, que no tienen mas que la puerta. Esto es á consecuencia de una cosa que llaman la contribución de puertas y ventanas. Llenemos de familias pobres, mujeres viejas y criaturas pequeñas, esas casuchas, y pronto tendremos calenturas y otras enfermedades. ¡Dios da el aire á los hombres, y la ley se lo vende! No acuso á la ley, pero bendigo á Dios. En el Isere, en el Var, en ambos Alpes, Altos y Bajos, los campesinos no tienen siquiera carretoncillos, teniendo que transportar el estiércol á cuestas; carecen de velas, y se alumbran con teas resinosas y pedazos de cuerda embreados.
«Lo mismo sucede en toda la parte alta del Delfinado. Amasan pan para seis meses, y lo cuecen con boñiga de vaca seca. En invierno parten á hachazos ese pan, que tienen que poner veinticuatro horas en remojo para poder comerle.
«¡Hermanos míos, sed compasivos! ¡Considerando lo mucho que se padece en rededor nuestro!»
Habiendo nacido en la Provenza, se había familiarizado sin esfuerzo con todos los dialectos del Mediodía. Decía así: ¡Eh bé! moussu, sés sagé? como en el bajo Languedoch.—¿Onté anaras passa? en los bajos Alpes.—Puerte un bouen moutou embe un bouen fromage qrase, en el alto Delfinado. Esto complacía mucho al pueblo y contribuía no poco á ganarle simpatías con todo el mundo. Encontrábase en la cabaña, y aún en medio del monte, como en su casa. Sabía decir las verdades mas sublimes en los idiomas mas vulgares; hablando en todas las lenguas, penetraba fácilmente en todas las almas.
Por lo demás, él era siempre el mismo, así para las gentes del gran mundo como para las del pueblo.
Jamás condenaba á nadie ni nada, sin apreciar debidamente las circunstancias, para lo cual solía decir: veamos el camino por donde ha pasado la falta.
Siendo, como se calificaba á sí mismo sonriendo, un ex pecador, no poseía ninguna de las asperezas del rigorismo, estaba siempre mas elevado, sin preocuparse poco ni mucho del fruncimiento de cejas de los virtuosos intransigentes; su doctrina podía reasumirse en estos términos:
«El hombre lleva sobre sí la carne que es á la vez su carga y su tentación. La lleva y sucumbe á su peso.
«Debe guardarla, contenerla y reprimirla, sin sucumbir hasta el postrer esfuerzo. En este caso puede existir aún falta; pero las faltas de esta naturaleza no pasan de veniales; son una caída, sí, pero una caída sobre las rodillas que pueden convertirse en plegaria.
«Ser santo, es la excepción; ser justo, la regla general. Errad, desfalleced, pecad, pero sed justos.
«Pecar lo menos posible, esta es la ley del hombre. No cometer jamás pecado alguno es sueño de ángeles. Todo lo terrenal está sujeto á pecar. El pecado es la gravitación».
Cuando veía á muchos que gritaban fuerte y se indignaban fácilmente decía sonriendo:—¡Caramba! parece que se trata de un gran crimen cometido por todo el mundo, y que los hipócritas espantados se apresuran á protestar para estar á cubierto.
Era sobre todo indulgente para con las mujeres y los pobres, sobre quienes gravita con todo su peso la sociedad. Decía él: Las faltas de las mujeres, de los niños, de los criados, de los débiles, de los pobres y de los ignorantes, son faltas de los maridos, de los padres, de los maestros, de los fuertes, de los ricos y de los sabios.
Decía además:—Á los que ignoran, enseñadles lo más que podáis: la sociedad es culpable de no dar gratis la instrucción y responsable por lo tanto, de la obscuridad que ella produce. Si un alma envuelta en tinieblas comete pecado, no es ella, aunque peque, la culpable, sino el que produjo las sombras.
Como se ve, tenía su manera especial de juzgar de las cosas. Supongo que la había sacado del Evangelio.
Cierto día oyó hablar en una reunión de un proceso criminal que se estaba instruyendo y que pronto se debía fallar. Tratábase de un infeliz quien por amor á una mujer y un hijo, que de la misma había, y falto de recursos, cometió la torpeza de acuñar moneda falsa. En aquella época se castigaba todavía con la pena de muerte á los monederos falsos. La mujer había sido detenida al poner en circulación la primera moneda fabricada por el hombre. Estaba presa, pero no existían otras pruebas contra ella; ella solamente podía deponer contra su amante y perderle confesando. Negó, siguió la causa sosteniéndose firme en su negativa, hasta que el señor procurador del rey (fiscal) tuvo la idea de suponer una infidelidad del amante, y con fragmentos de cartas, diestramente combinados, logró convencer á la desgraciada presa de que tenía una rival y de que aquel hombre la engañaba. Entonces exasperada por los celos, denunció al amante, confesando y probándolo todo.
Aquel hombre, por lo tanto, estaba perdido. Iba próximamente á ser juzgado con su cómplice, en Aix. Comentábase el hecho, deshaciéndose todo el mundo en alabanzas de la destreza y habilidad del fiscal, por haber sabido hacer entrar los celos en aquel juego, arrancando la verdad á la cólera, para que surgiese de todo ello la justicia de la venganza. El obispo escuchó silencioso cuanto se dijo. Cuando todo el mundo hubo concluido preguntó:
—¿Dónde van á ser juzgados este hombre y esta mujer?
—En el tribunal del jurado.
Y luego repuso:
—¿Y al señor fiscal, dónde se le juzgará?
Tuvo lugar en D*** un triste drama. Un hombre fué condenado á muerte por asesino. Era un desgraciado, no del todo instruido ni ignorante del todo, que había hecho de titiritero en las ferias y de escribiente público. Durante el proceso no se hablaba en la ciudad de otra cosa. La víspera del día en que debía tener lugar la ejecución, se puso enfermo el cura de la cárcel. Faltaba, por lo tanto, un sacerdote para asistir al reo en sus últimos momentos. Fueron á buscar uno, el cual rehusó diciendo: Esto no es de mi incumbencia. Qué tengo yo que hacer ni que ver con ese saltimbanqui; yo también estoy enfermo, y sobre todo, no es este mi deber. Esta respuesta fué trasladada al obispo, quien contestó inmediatamente: Tiene razón el señor cura, no es suyo este deber, sino mío.
Se fué inmediatamente el obispo á la cárcel, bajó al calabozo donde estaba el reo, y llamándole por su nombre, le tendió la mano y le habló. Pasó todo el día junto al condenado, olvidándose del alimento y del sueño, rogando á Dios por el alma de aquel desgraciado y á este por la suya propia. Díjole las mayores verdades, que son las más sencillas, fué padre, hermano y amigo; obispo, para bendecirle únicamente. Supo hacérselo ver todo de una manera tan clara, que llegó á consolarle y tranquilizarle. Aquel hombre iba á morir desesperado; la muerte era un abismo para él. Erguido y estremeciéndose junto al horrible precipicio de la tumba, retrocedía espantado. No era todo lo ignorante que se necesita para ser indiferente en absoluto. La sentencia de que era objeto sacudió profundamente su ser, habiendo roto por diversos puntos la valla que nos separa de lo misterioso, y á la cual llamamos vida. Miraba sin cesar más allá de este mundo por aquellas fatales aberturas, sin ver más que tinieblas. El obispo le hizo ver una luz.
Al día siguiente, cuando fueron á buscar al reo, estaba allí el obispo. Acompañóle y presentóse ante la multitud, con sus vestiduras moradas y su cruz episcopal pendiente del cuello, codeándose con aquel miserable aherrojado. Subió con él á la carreta, subió con él al catafalco. El reo, tan triste y abatido la víspera, aparecía radiante; sentía reconciliada su alma y esperaba en Dios. Abrazóle el obispo, y en el momento en que iba á bajar la cuchilla, le dijo:
—«Aquél á quien el hombre mata, resucita en Dios; aquel á quien rechazan los hermanos, el Padre lo acoge. Ruega, cree, entra en la vida: el Padre está allí».
Cuando descendió del tablado, había en su mirada algo que hizo que el pueblo le abriese respetuoso paso. En verdad, no se sabía que admirar más, si su palidez ó su serenidad. Al penetrar de nuevo en aquella humilde morada, que él llamaba sonriendo su palacio, dijo á su hermana: vengo de oficiar de pontifical.
Como las cosas más sublimes son generalmente las menos comprendidas, no faltaron en la ciudad gentes que dijeron, al comentar la conducta del obispo: Es mucha vanidad. Sin embargo, no pasó ello de cuento de salón; el pueblo, que no entiende de malicia en cosas santas, enternecióse y admiró.
En cuanto al obispo, el haber visto de cerca la guillotina fué para él un golpe del que tardó mucho en reponerse.
Realmente, el patíbulo, cuando se le ve levantado y dispuesto, tiene algo que alucina. Puede sentirse más ó menos indiferencia acerca de la pena de muerte, no decidirse por una opinión categórica, no decir sí ni no, mientras no se haya visto con ojos propios una guillotina; pero si llega uno á tropezarse con ella, la violenta sacudida que se siente, obliga á pronunciarse y tomar partido en pro ó en contra.
Los unos la admiran, como de Maistre; los otros la execran, como Beccaria. La guillotina es la concreción de la ley, y se llama vindicta; no es neutral, ni permite al individuo que lo sea.
Quien la percibe se estremece con el más misterioso estremecimiento. Todas las cuestiones sociales escriben su interrogante al rededor de esa cuchilla. El catafalco es una visión; no es un simple tablado, un instrumento, una máquina inerte hecha de madera, hierro y cuerda; no. Parece una especie de ser que tenga cierta sombría iniciativa; diríase que aquel tablado ve, que aquella máquina oye, que aquel mecanismo comprende, que aquella madera, aquel hierro y aquellas cuerdas tienen voluntad. En medio de los espantosos desvaríos en que se precipita el alma á su presencia, surge el terrible catafalco como tomando parte en lo que hace. El patíbulo es cómplice del verdugo; devora, come carne y bebe sangre. Es una especie de monstruo fabricado por el juez y el carpintero; un espectro que parece vivir cierta vida abominable, alimentada por todas las muertes que ha producido.
Así es que la impresión fué horrible y profunda; al día siguiente de la ejecución y otros muchos después, apareció el obispo como anonadado. La serenidad, tal vez violenta, del momento de horror se había desvanecido, hostigándole de continuo el fantasma de la justicia social. Él, que de ordinario aparecía satisfecho de todas sus santas acciones, parecía como que se reprochase algo. Á veces hablaba consigo mismo, murmurando á media voz monólogos lúgubres. He aquí uno que cierta noche le oyó, y recordó siempre su hermana:
—No creía yo que fuése tan monstruoso. No deja de ser una falta el absorberse en la ley divina, hasta el punto de olvidarse de la humana. La muerte solo pertenece á Dios. ¿Con qué derecho se atreven los hombres á lo desconocido?
Atenuáronse con el tiempo tales impresiones, y tal vez se borraron también. Observóse, no obstante, que en lo sucesivo evitaba el obispo pasar por el lugar de las ejecuciones.
Á cualquiera hora podía llamarse á monseñor Myriel á la cabecera de los enfermos y moribundos. No ignoraba que era éste su principal deber y su trabajo más importante. Las viudas ó huérfanas no tenían necesidad de llamarle jamás; presentábase él mismo oportunamente. Sabía sentarse y callar largas horas al lado del hombre que había perdido á la mujer amada ó al de la madre que había perdido á su hijo.
Y como sabía el momento de callar, sabía también conocer el punto en que debía hablar. ¡Oh verdadero y admirable consolador! No intentaba jamás borrar el dolor con el olvido, al contrario, procuraba engrandecerle y dignificarlo con la esperanza. Él decía: Conviene mucho fijarse en la manera de recordar los muertos. No penséis en lo que se pudre. Elevad vuestra mirada á lo alto; fijaos bien, y allá, en el fondo del cielo, veréis la viviente luz del difunto bien amado.
Sabía él que la creencia es sana; por eso procuraba aconsejar y calmar al hombre desesperado, señalándole con el dedo al hombre resignado, y transformar el dolor que mira á una fosa, mostrándole el dolor que contempla una estrella.
V
De cómo monseñor Bienvenido hacía durar demasiado tiempo
sus sotanas
La vida privada de monseñor Myriel la llenaban los mismos pensamientos que su vida pública. Quien hubiese podido verla de cerca, hubiera saboreado un espectáculo grave y placentero á la vez, en aquella pobreza voluntaria en que vivía el obispo de D***.
Como todos los ancianos, y como la mayoría de los pensadores, dormía poco. Este corto sueño era profundo. Recogido en sí mismo por la mañana, parecía orar mentalmente durante una hora. Luego decía misa, unas veces en la catedral, otras en su casa. Después de la misa, se desayunaba con pan de centeno, mojado en leche de sus vacas. Luego se ponía á trabajar.
El cargo de obispo da muchísimo que hacer; es preciso que reciba diariamente al secretario del obispado, que es de ordinario un canónigo, y casi también todos los días á sus vicarios particulares. Tienen congregaciones que revisar, privilegios que conceder, toda una librería eclesiástica que examinar, devocionarios, catecismos, rituales, etc.; pastorales que escribir, sermones que autorizar, curas y alcaldes que poner de acuerdo, su correspondencia clerical y su correspondencia administrativa; por un lado el Estado, por otro la Santa Sede; en fin, negocios á millares.
El tiempo que le dejaban libre estos innumerables negocios, sus oficios y breviario, lo dedicaba en primer lugar á los necesitados, á los enfermos y á los afligidos; el tiempo que le dejaban libre los afligidos, los enfermos y los necesitados, lo dedicaba al trabajo. Así se entretenía en escabar en su jardín, como en escribir ó leer. Con una sola palabra designaba estas dos clases de trabajo; llamábalo jardinear. «El espíritu es también jardín», decía él.
Á eso del medio día, cuando el tiempo se presentaba bien, salía á pasear al campo ó la ciudad, entrando frecuentemente en las casas pobres. Veíasele andar solo, entregado á sus meditaciones, bajos los ojos, apoyado en su largo bastón, vistiendo su ropón morado, calzando medias moradas también y gruesos zapatos, y cubierto con su sombrero chato, de cuyos tres canalones pendían bellotas de oro y seda verde.
Daba carácter de fiesta doquier se presentaba. Hubiérase dicho que su paso tenía algo de refrigerante y luminoso. Los niños y los viejos salían al umbral de las puertas para ver al obispo como se sale á ver el sol. Él los bendecía y ellos le bendecían á él. Todo el mundo señalaba la casa del obispo á los menesterosos.
Parábase aquí y allá, hablando á los chiquillos y á las niñas, y sonriendo á las madres. Visitaba á los pobres mientras tenía dinero, y cuando lo había acabado visitaba á los ricos.
Como hacía durar mucho sus sotanas y no quería que esto se notase, jamás salía por la ciudad sin su esclavina morada, lo cual no dejaba, en verano, de ser incómodo.
Al regresar á casa comía. La comida se parecía al almuerzo.
Por la noche á las ocho y media cenaba acompañado de su hermana: la señora Magloria, de pie á su espalda, servía á la mesa. Nada más frugal que esa comida. Si el obispo convidaba algún cura, entonces aprovechaba la ocasión la señora Magloria para servir á monseñor algún pescado bueno de los lagos ó alguna pieza escogida del monte. Todo cura servía de pretexto para mejorar la comida, y el obispo dejaba que así fuése. Salvo estas excepciones, no se componía su cena ordinaria más que de legumbres cocidas en agua y sopas de aceite. Así se decía en la ciudad:—«Cuando el obispo no hace comida de cura, la hace de trapense».
Después de cenar, hablaba como media hora con la señorita Batistina y la señora Magloria; luego iba á su cuarto y se ponía á escribir, ya en cuartillas sueltas ó ya en las márgenes de algún in folio. Era instruido en letras y bastante erudito. Dejó cinco ó seis manuscritos muy curiosos; entre otros, una disertación sobre el versículo del Génesis: Al principio el Espíritu de Dios flotaba sobre las aguas. Confrontóle con tres textos; el versículo árabe que dice: Soplaban los vientos de Dios; el de Flavio Josefo: Un viento de lo alto se precipitó sobre la tierra, y por último, la paráfrasis caldea de Onkelos que dice: un viento que venía de Dios soplaba sobre la faz de las aguas. En otra disertación examina las obras teológicas de Hugo, obispo de Tolemaida, tío bisabuelo del que escribe este libro, y consigna la opinión de que dicho obispo fué el autor de los opúsculos publicados en el siglo último con el pseudónimo de Barleycourt.
Á veces, en medio de una de sus lecturas, fuése el que fuere el libro que tuviese entre las manos, sumergíase de repente en una meditación profunda, de la que no salía sino para escribir algunas líneas en los márgenes del mismo. Las tales líneas, por lo general, nada tienen que ver con el libro que las contiene; así se encuentra una nota escrita por él en el margen de un volumen en cuarto titulado: Correspondencia de lord Germain con los generales Clitón, Cornwallis y los almirantes de la estación de América. Versalles, librería de Peincot, y París, librería de Pissot, Muelle de los Agustinos.
He aquí la nota:
—«¡Oh, vos! ¿quién sois?
«El Eclesiastés os llama Todopoderoso; los Macabeos os dicen Creador; la Epístola á los Efesios, Libertad; Baruch, Inmensidad; los Psalmos, Sabiduría y Verdad; Juan, Luz; los Reyes, señor; el Éxodo, Providencia; el Levítico, Santidad; Esdras, Justicia; la Creación os llama Dios, y el hombre, Padre; pero Salomón, al deciros Misericordia, os da el más bello de todos vuestros nombres».
Á eso de las nueve de la noche se retiraban las mujeres á sus habitaciones del primer piso, dejándole solo, en el piso bajo, hasta el día siguiente.
Aquí creemos necesario dar una idea exacta de la morada del señor obispo de D***.
VI
Por quién hacia Su Ilustrísima guardar su casa
La casa del señor obispo se componía como hemos dicho, de planta baja y un solo piso; tres piezas en los bajos, tres en el primer piso, y encima un desván. Detrás de la casa había un jardín de una extensión de un cuarto de yugada. Las dos mujeres ocupaban el piso, el obispo los bajos. La primera habitación, y que daba á la calle, servía de comedor, la segunda de dormitorio, y de oratorio la tercera. No podía salirse del oratorio sin pasar por el dormitorio, ni salir de éste sin atravesar el comedor. Al fondo del oratorio había una alcoba cerrada, con una cama para los huéspedes. El obispo solía ofrecer esta cama á los curas de aldea, cuyos asuntos ó necesidades parroquiales les llevaban á D***.
La que había sido farmacia del hospital, pequeño edificio adosado á la casa junto al jardín, servía á la sazón de cocina y bodega.
Había además en el jardín, un establo, que fué cocina del hospicio y en el que el obispo tenía dos vacas. Fuése la que fuere la cantidad de leche que diesen las vacas, mandaba diariamente la mitad al hospital. Debo pagar este diezmo, decía.
La habitación era bastante grande, y por consiguiente difícil de calentar durante el invierno. Como la leña estaba muy cara en D*** imaginó y mandó hacer Su Ilustrísima un compartimiento cerrado con tablas en el mismo establo de las vacas, en el cual se pasaba las veladas durante la época de los fríos. Llamábale á este departamento su salón de invierno.
No había en este salón de invierno, como en el comedor, otros muebles, que, una mesa de madera cuadrada, sin pintar, y cuatro sillas de paja. El comedor estaba adornado además con un aparador antiguo pintado de color de rosa. Otro aparador parecido y convenientemente puesto, con sus manteles blanquísimos, orlados de imitaciones de encaje, servía de adorno y altar del oratorio.
Los ricos devotos y las mujeres piadosas de D*** abrían frecuentes suscripciones para enriquecer con un altar nuevo el oratorio de Su Ilustrísima; cada vez que esto sucedía, tomaba agradecido el dinero destinado al objeto repartiéndolo inmediatamente entre los pobres. «El altar más bello, decía él, es el alma de un pobre elevándose á Dios en oración de gracias».
Tenía en su oratorio dos sillas arrodilladeras de paja, y un sillón, de paja también, en su dormitorio. Cuando por casualidad recibía Su Ilustrísima siete ú ocho personas á la vez, el prefecto, el general, la plana mayor del regimiento de guarnición, ó algunos estudiantes del seminario, veíase obligado á recurrir á las sillas del salón de invierno del establo, al oratorio por las arrodilladeras y al sillón del dormitorio; de esta manera alcanzaba reunir hasta once asientos para los visitantes. Á cada nueva visita tenía que desamueblar una pieza.
Cuando llegaba el caso de que los visitantes fueran doce, salía del paso manteniéndose de pie junto á la chimenea, si era en invierno, ó paseando por el jardín, si en verano.
Había además en la alcoba cerrada otra silla, pero estaba casi despajada y sostenida sólo por tres pies, lo cual quiere decir que no podía utilizarse sin apoyarla contra la pared. La señorita Batistina tenía también en su cuarto una gran poltrona cuya madera había sido dorada en otros tiempos, cubierta de peskin floreado; pero habiendo sido preciso subir la tal poltrona por la ventana, á causa de la estrechez de la caja de la escalera, no había medio de utilizarla en casos apurados.
Las ambiciones de la señorita Batistina se hubieran satisfecho con poder comprar una sillería de terciopelo Utrecht amarillo labrado, con marco de caoba de cuello de cisne, con su canapé. Pero esto hubiera costado, á lo menos, quinientos francos; viendo pues que no había podido reunir con las economías de cinco años, más de cuarenta y dos francos y medio, había acabado por renunciar. ¡Quién llega jamás á su ideal!
Nada más fácil de figurarse lo que era el dormitorio del obispo. Una puerta-vidriera con salida al jardín; enfrente, la cama, una de esas camas de hierro de hospital con cobertor de sarga verde; en un ángulo obscuro, entre la cortina y la pared, los utensilios de tocador, revelando aún los antiguos hábitos elegantes del hombre de mundo; dos puertas, una junto á la chimenea dando acceso al dormitorio, y otra cerca del armario biblioteca para salir al comedor. Este armario, cerrado por grandes vidrieras y lleno de libros en todos sus estantes; la chimenea, de madera pintada imitando mármol, sin fuego casi siempre, y en el hogar un par de morillos de hierro, figurando por guirnaldas florones huecos, con incrustaciones de plata, especie de lujo episcopal; encima de la chimenea un crucifijo de cobre, que había sido plateado también, sobre terciopelo negro raído, encuadrado en un marco de madera desdorado; cerca de la puerta-vidriera, una gran mesa con un tintero, cargado de papeles en confusión y de tomos in folio. Delante de la mesa, el sillón de paja. Delante de la cama, un reclinatorio perteneciente al oratorio.
Dos retratos, en marcos ovalados, colgaban de la pared á uno y otro lado de la cama. Las pequeñas inscripciones, doradas en el fondo perdido del lienzo al lado de las figuras, indicaban que los retratos representaban, uno al abad de Chaliôt, obispo de San Claudio, el otro el abad Tourteau, vicario general de Agda; abad de Grand Champ, de la orden de Citeaux, diócesis de Chartres. Al reemplazar el obispo en aquella sala á los enfermos del hospital, había encontrado aquellos retratos, y allí mismo los había dejado. Eran de eclesiásticos, probablemente de donadores; dos motivos por los cuales él los respetaba. Lo único que sabía de los tales personajes, es que ambos habían sido nombrados por el rey, uno para su obispado y el otro para su beneficio, en un mismo día, el 27 de abril de 1785. Al descolgar los cuadros la señora Magloria para sacudirles el polvo, encontró el obispo esa particularidad escrita con tinta descolorida en un pedacito de papel, enmohecido por el tiempo, pegado con cuatro obleas detrás del retrato del abad de Gran-Champ.
Había en la ventana una antigua cortina de tela gruesa de lana, la cual llegó á tal extremo de vejez, que por no tener que gastar en otra nueva, vióse obligada la señora Magloria á hacerle un gran zurcido precisamente en su punto medio. Este remiendo dibujaba una cruz. El obispo lo hacía notar frecuentemente. ¡Está muy bien! decía.
Todas las piezas de la casa, así las de la planta baja como las del principal, sin excepción, estaban blanqueadas con cal, como lo están generalmente todos los cuarteles y hospitales.
No obstante, en los últimos años, encontró la señora Magloria, como veremos luego, bajo el papel enjalbegado, unas pinturas que adornaban el aposento de la señorita Batistina. Antes de ser hospital, había sido aquella casa parlatorio público; de ahí semejante decorado. Los suelos estaban enladrillados de rojo, se lavaban todas las semanas, con su esterilla de paja junto á todas las camas. Así es que aquella casita, cuidada por dos mujeres, patentizaba de arriba abajo una limpieza encantadora. Único lujo que permitía el obispo, quien solía decir: Esto no les quita nada á los pobres.
Debemos confesar, sin embargo, que le quedaban, de lo que había poseído en otro tiempo, seis cubiertos de plata y un cucharón, que la señora Magloria miraba todos los días regocijada brillar espléndidamente sobre el tupido mantel de hilo blanquísimo. Y como describimos aquí al obispo de D*** tal cual era, debemos añadir que le había ocurrido decir más de una vez:
—Renunciaría difícilmente á comer con cubiertos de plata.
Debemos añadir á esta plata dos grandes candeleros macizos, que procedían de la herencia de una tía abuela. Generalmente estaban colocados sobre la chimenea con sus dos correspondientes velas de cera, pero cuando había algún convidado, la señora Magloria encendía las velas y ponía los candeleros sobre la mesa.
Había en el dormitorio del obispo, y junto á la cabecera de la cama, una pequeña alhacena, en la cual guardaba todas las noches la señora Magloria los seis cubiertos y el cucharón. Debemos decir también que jamás se quitaba la llave.
El huerto, algo afeado por las construcciones de que hemos hablado anteriormente, componíase de cuatro calles en cruz, convergentes á un pozo, y de otra calle que seguía la línea de la tapia blanqueada que le cercaba. Estas calles dejaban entre sí cuatro cuadrados separados por bojes. En tres de los cuales, la señora Magloria cultivaba legumbres, y en el cuarto tenía él miles de flores entre algunos árboles frutales.
Cierto día la señora Magloria le dijo con cierta intencionada dulzura:
—Monseñor, vos que sabéis sacar partido de todo, ved ahí, por cierto, un espacio inútil. ¿No valdría más sacar de él ensaladas que ramos?
—Señora Magloria—respondió el obispo—estáis en un error. Lo bello es tan necesario como lo útil.—Añadiendo después de una pausa:—Tal vez más.
Aquel cuadrado, compuesto de tres ó cuatro franjas de flores, ocupaba casi tanto al obispo como sus libros. Pasábase allí entretenido diariamente una ó dos horas, cortando, escardando ó abriendo su tierra, aquí y allá, para echar sus semillas. No era tan hostil á los insectos como hubiese exigido un jardinero.
Por otra parte, no tenía pretensiones de botánico. Nada sabía de los grupos y del solidismo; no se curaba ni remotamente de decidir entre Tournefort, y el método natural; no era partidario de las utrícolas contra los cotiledones, ni por Jussieu contra Linneo. No estudiaba las plantas; gustaba de las flores. Si respetaba mucho á los sabios, respetaba aún más á los ignorantes; y sin faltar nunca á ambos respetos, regaba sus floridas franjas de verdura todas las noches de verano con una regadera de lata, pintada de verde.
No había en la casa puerta alguna que se cerrase con llave.
La del comedor, de que hemos hablado, daba directamente á la plaza de la catedral, y en tiempos antiguos había ostentado también sus cerrojos y cerraduras como las puertas de una cárcel; pero el obispo había mandado quitar todos aquellos hierros, y así de noche como de día se cerraba únicamente con un picaporte. El primero que llegase, á cualquier hora que fuere, no tenía mas que empujar. Al principio mortificó bastante á las dos mujeres aquella puerta, que nunca se cerraba, pero el obispo les había dicho: «Si queréis, ponedle cerrojos á las de vuestros cuartos». Sin embargo, acabaron ambas por participar de la confianza del obispo, ó de aparentar al menos que participaban. Á pesar de todo, tenía la señora Magloria de cuando en cuando, sus temorcillos.
En cuanto á él, puede apreciarse la explicación de su pensamiento indicado cuando menos en estas dos líneas, escritas de su puño al margen de una Biblia:
«He aquí la diferencia: la puerta del médico no debe estar cerrada jamás; la del sacerdote debe estar siempre abierta».
En otro libro, intitulado Filosofía de la ciencia médica, había escrita esta otra observación:
«¿No soy yo por ventura médico como ellos? Yo también tengo mis enfermos; en primer lugar los suyos, á quienes llaman ellos enfermos, en segundo, los míos, á quienes llamo yo desgraciados».
Había además escrito en otra parte:
«No pidáis jamás su nombre á quien os demanda asilo. Precisamente quien mas necesidad tiene de asilo es quien mas apurado se encuentra para decir su nombre».
Aconteció que un digno cura, no recuerdo si fué el párroco de Couloubroux ó el de Pompierry, instigado sin duda por la señora Magloria, tuvo la ocurrencia de preguntarle un día, si Su Señoría estaba seguro de no cometer hasta cierto punto una imprudencia dejando día y noche su puerta abierta á disposición de quien quisiese entrar, y si no temía que acabase por suceder alguna desgracia en una casa tan mal guardada. El obispo le tocó en el hombro con dulce gravedad diciéndole: Nisi Dominus custodierit domum, in vanum vigilant qui custodiunt meam.
Pasando enseguida á hablar de otra cosa.
Decía también frecuentemente: «Existe el valor del sacerdote, como el del coronel de dragones. Solamente, añadía, que el nuestro debe ser tranquilo».
VII
Cravatte
Aquí tiene su lugar natural un hecho que no debemos omitir porque es de aquellos que demuestran perfectamente que hombre era el señor obispo de D***.
Después de la destrucción de la partida de Gaspard Bes, que había infestado los desfiladeros de Ollioules, uno de sus tenientes, Cravatte, se refugió en la montaña. Ocultóse por algún tiempo con sus bandidos, resto de la cuadrilla de Gaspard Bes, en el condado de Niza; pasó después al Piamonte, súbitamente reapareció en Francia de nuevo por el lado de Barcelonette. Viósele primero en Jauziers y después en Tuiles. Escondíase en las cavernas de Joug de-l'Aigle, y desde allí descendía hacia las aldeas y los lugares por los barrancos de la Ubaye y de Ubayette.
Llega un día hasta Embrum, penetra por la noche en la catedral, y roba cuanto encuentra en la sacristía. Sus fechorías asolaban el país. Encargóse de su persecución la gendarmería, todo en vano; siempre se escapaba; á veces resistía á la fuerza. Era miserable y audaz á un mismo tiempo.
En medio de todos aquellos horrores, llegó el obispo que estaba haciendo su visita por el Chastelar. El alcalde le salió al encuentro para aconsejarle que retrocediera. Cravatte dominaba la montaña hasta el Arche, y aún mas allá; era peligroso viajar por allí, aunque fuése escoltado. Era exponer inútilmente tres ó cuatro infelices gendarmes.
—Por lo mismo,—dijo el obispo,—pienso ir sin escolta.
—¿Esto piensa Su Ilustrísima?—preguntó el alcalde.
—Y tanto pienso esto, que no quiero absolutamente ningún gendarme y voy á salir dentro de una hora.
—¿Salir?
—Salir.
—¿Solo?
—Solo.
—¡Monseñor! no haréis lo que decís.
—Hay allí, en la montaña,—dijo el obispo,—un lugarejo que no he visitado hace tres años. Son muy amigos míos aquellos pacíficos y honrados pastores. Poseen los pobres una cabra por cada treinta que guardan. Tejen muy bonitos cordones de lana de colores variados, y tocan deliciosos aires pastoriles en flautitas de seis agujeros. Necesitan que de cuando en cuando se les hable de la bondad de Dios. ¿Qué dirían los pobres de un obispo que tuviese miedo? ¿Qué dirían si yo no fuése allí?
—Pero monseñor, ¿y los ladrones?
—¡Calle!—dijo el obispo,—ahora recuerdo. Tenéis mucha razón. Puedo encontrarlos, y precisamente ellos han de tener mucha necesidad de que se les hable de Dios.
—¡Monseñor! ¡tened presente que son unos bandidos! ¡una cuadrilla de lobos!
—Señor alcalde, quién sabe si es por eso que Jesús me ha hecho su pastor. ¿Quién sabe las miras de la Providencia?
—Os van á desvalijar, monseñor.
—Si no tengo nada.
—Os matarán.
—¿Á un pobre sacerdote viejo que pasa murmurando sus oraciones? ¡Bah! ¿Y á qué objeto?
—¡Ah, señor! ¡si llegáis á encontrarlos!
—Les pediré limosna para mis pobres.
—Monseñor, no vayáis. ¡En nombre del cielo! exponéis vuestra vida.
—Señor alcalde,—dijo el obispo,—¿no es decididamente más que eso? Yo no estoy en el mundo para guardar mi vida, y sí para guardar almas.
No hubo más remedio que dejarle hacer.
Y salió, en efecto, inmediatamente, acompañado sólo de un muchacho que se ofreció á servirle de guía. Hablóse mucho en la comarca de su obstinación, causando mucho miedo.
No quiso llevar consigo ni á su hermana ni á la señora Magloria. Atravesó la montaña, cabalgando en su mula, sin encontrar á nadie, llegando sano y salvo á casa de sus buenos amigos, los pastores. Estuvo por allí quince días, predicando, administrando, enseñando y moralizando. Al acercarse el día de su partida, resolvió cantar un Te-Deum, de pontifical. Habló de ello al cura. Pero, ¿cómo hacerlo? careciendo de los ornamentos episcopales. No podía el pobre cura poner á su disposición más que una miserable sacristía de aldea, con algunas casullas de damasco, usadas y guarnecidas de galones falsos y deslucidos.
—¡Bah!—dijo el obispo.—Señor cura, anunciad desde el púlpito nuestro Te Deum. Y todo se andará.
Buscóse en las iglesias de los alrededores. Todas las grandezas de aquellas humildes parroquias reunidas no hubieran sido bastantes á vestir convenientemente un chantre de catedral.
Cuando estaban en lo mejor de sus apuros, trajeron y depositaron en casa del cura, una gran caja con destino al señor obispo, dos jinetes desconocidos, los cuales volvieron á partir inmediatamente. Abrióse la caja, encontrándóse en ella una capa de tejido de oro, una mitra guarnecida de diamantes, una cruz arzobispal, un báculo magnífico; en una palabra, todas las vestiduras pontificales robadas hacía un mes á la catedral de Nuestra Señora de Embrun. Dentro de la caja venía un papel en el cual estaban escritas estas palabras: Cravatte á monseñor Bienvenido.
—¡Cuando decía yo que todo se arreglaría!—exclamó el obispo. Después añadió sonriendo:—Al que se contenta con el sobrepelliz de un cura, le manda Dios una capa de arzobispo.
—Monseñor,—murmuró el cura encogiéndose de hombros y sonriendo también:—¡Dios ó el diablo!
El obispo miró fijamente al cura, reponiendo con autoridad:
—¡Dios!
Cuando volvió de nuevo á Chastelar, en toda la extensión del camino salían á verle por curiosidad. Encontróse en la casa rectoral de Chastelar á la señorita Batistina y á Magloria que le esperaban, y dijo á su hermana:
—¿Qué tal, tenía yo razón? El pobre cura que salió á visitar á los pobres montañeses con las manos vacías, vuelve acá con las manos llenas. Partí, llevando únicamente mi esperanza en Dios, y me traigo el tesoro de una catedral.
Por la noche, antes de acostarse dijo todavía:
—No he temido jamás á los ladrones ni á los asesinos. Estos son los peligros exteriores, es decir, los peligros ligeros. Las preocupaciones, éstas son los ladrones; los vicios, éstos son los asesinos. Los grandes peligros residen en nosotros mismos. ¡Qué importa lo que puede amenazar nuestra cabeza ó nuestro bolsillo! No debemos preocuparnos sino de lo que amenaza á nuestras almas.
Luego, dirigiéndose á su hermana, dijo:
—Hermana mía, el sacerdote jamás debe tomar precauciones contra el prójimo. Lo que hace el prójimo, Dios lo permite. Concretémonos á rogar cuando creamos que nos amaga algún peligro. Roguémosle, no por nosotros, pero sí por nuestros hermanos, á fin de que no cometan falta por causa nuestra.
Por lo demás, los sucesos extraordinarios eran rarísimos en su existencia. Damos cuenta de aquellos que sabemos; pero ordinariamente, se pasaba su vida haciendo todos los días lo mismo y á las mismas horas. Un mes de sus años se parecía á una hora de sus días.
En cuanto á lo que fué «el tesoro» de la catedral de Embrun, nos veríamos apurados si se nos interrogara sobre ello. Contenía objetos muy ricos, tentadores y muy á propósito para emplearlos en provecho de los desgraciados. Robados ya lo estaban, la mitad de la aventura era por lo tanto una realidad; no faltaba sino cambiar la dirección del robo, haciéndole dar un rodeo hacia la parte de los pobres. Nada podemos afirmar, sin embargo, sobre el particular.
Solamente que se encontró entre los papeles del obispo, una nota bastante confusa que se refería, tal vez á este particular, concebida en los siguientes términos: La cuestión está en si esto debe ser devuelto á la catedral ó al hospital.
VIII
Filosofía después de beber
El senador de quien antes hemos hablado, era un hombre inteligente, que había hecho su carrera con una rectitud incapaz de reconocer como obstáculos esto que llamamos conciencia, fe jurada, justicia y deber; había caminado siempre directamente á su objetivo, sin separarse un punto de la recta de su encumbramiento é intereses. Era un antiguo procurador, enternecido por el éxito, no malo del todo, prestando cuantos servicios insignificantes podía á sus hijos, á sus yernos, á sus demás parientes y aun á sus amigos; había tomado sabiamente de la existencia sólo la parte buena y utilitaria. Todo lo demás le parecía estúpido.
Tenía ingenio y había leído lo suficiente para creerse discípulo de Epicuro, sin ser otra cosa que un simple producto de Pigault-Lebrun. Reíase de buen grado y alegremente de las cosas eternas é infinitas, como de las «ocurrencias del buen obispo». Llegando algunas veces, con cierta condescendiente autoridad, á reirse á las mismas barbas de Monseñor Myriel de lo que este decía.
No recuerdo bien con motivo de qué ceremonia medio oficial, el conde*** (dicho senador) y Monseñor Myriel debieron comer en casa del prefecto. Á los postres, el senador, un poco alegre, pero digno siempre, exclamó:
—¡Voto á san...! ¡señor obispo! Charlemos un poco. Un senador y un obispo se miran raras veces sin guiñar el ojo. Somos dos agoreros. Voy á seros franco. Tengo mi filosofía.
—Tenéis mucha razón,—respondió el obispo.—Cuando uno se ocupa de sus filosofías, uno se acuesta. Y vos, señor senador, os habéis echado en un lecho de púrpura.
El senador envalentonado, repuso:
—Seamos buenos chicos.
—Ó buenos diablos, lo mismo da,—dijo el obispo.